Apología — Plato ================ ΑΠΟΛΟΓΙΑ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/apol/ This file: https://plato-scroll.com/text/apol-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/apol.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/apol-b.txt - H.N. Fowler (Loeb, 1914): https://plato-scroll.com/text/apol-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/apol-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/apol-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [17a] Qué impresión hayan hecho en vosotros, varones atenienses, mis acusadores, no lo sé; que aun yo mismo, bajo su influjo, por unos momentos me olvidé de quién soy. ¡Tan persuasivamente han hablado! Aunque, por decirlo así, no hay en todas sus palabras ni una sola de verdad. Pero, de entre todas sus mentiras —que son muchas—, una me ha admirado sobremanera, a saber: aquella de que es menester os prevengáis bien para no dejaros embaucar por el terrible orador que dicen soy. Porque no haberse avergonzado de quedar inmediatamente refutados y en descubierto por el hecho de que vais a ver a plena luz lo poco de orador hábil que tengo, esto, digo, me ha parecido el colmo de su sinvergüenza, a no ser que los tales llamen orador terrible al que dice la verdad. Que si tal fuera, yo mismo confesara ser orador, y de manera bien diversa a la suya. Pues, como digo, en sus palabras no hay tan sólo algo, no hay nada de verdad. Vosotros, por el contrario. Varones atenienses, vais a oír de mi boca la verdad íntegra; y no, por Júpiter!, bellamente aderezados discursos, cual los de éstos, —de fluidas palabras, de nombres ajustados; oiréis más bien cosas sencillamente dichas con las palabras que primero me vinieren, pues estoy seguro de no decir sino lo justo. Así que ninguno de vosotros se prometa otra cosa. Que en verdad no me estaría bien, Varones, presentarme a mi edad ante vosotros, cual muchacho, con acicalados discursos. Así que. Varones atenienses, os pido, con seguridad de obtenerlo, que si me oís defenderme con las mismas palabras que acostumbro emplear tanto en la plaza pública junto los puestos de los vendedores, donde muchos de vosotros me habéis escuchado, como en cualquiera otra parte, no os sorprendáis ni arméis escándalo por este motivo, pues la realidad es ésta: ahora, por primera vez, a los setenta años cumplidos, subo al juzgado. Me hallo, pues, sin la técnica del lenguaje judicial, cual extranjero. Y a la manera, como si en realidad de verdad fuera extranjero, condescenderíais en que hablase en aquella lengua y según aquel modo con que fui criado, parecidamente os pido ahora, como justo y debido —tal lo creo— que permitáis mi manera de hablar, sea mejor o peor que otras, considerando y aplicando vuestra mente a esto y sólo a esto: si lo que digo es justo o no. Tal es la virtud propia del Juez; que la del orador consiste en decir la verdad. Ante todo. Varones atenienses, es justo que me defienda de las primeras acusaciones falsas y de los primeros acusadores; después, de las últimas y de los últimos. Porque muchos han sido mis acusadores ante vosotros y desde mucho tiempo atrás, y siempre en falso. A éstos temo yo mucho más que a los que rodean a Anyto, y eso que son también temibles. Pero los primeros lo son mucho más, Varones, pues os tomaron cuando erais pequeños casi todos vosotros y os persuadieron, acusándome de mil cosas, todas falsas: “que hay un tal Sócrates, varón sabio, astrólogo sospechoso, rebuscador zahorí de cuanto oculta Tierra, buen enderezador de malas razones”. [18c] Los que tal fama. Varones atenienses, han propagado son mis acusadores más temibles; porque quienes los oyen se dan a pensar que los dedicados a semejantes investigaciones no creen ni en dioses. Además: este tipo de acusadores míos es numeroso, y viene acusándome de mucho tiempo atrás, y hablándoos de ello precisamente en aquella edad en que uno es más crédulo: en vuestra niñez, en la mocedad de algunos de vosotros, acusando al desprevenido, sin defensor alguno. Y lo más desconcertante de todo es que ni siquiera se puede averiguar quiénes son los tales acusadores y llamarlos con sus nombres, —fuera del de un cierto comediógrafo. Y éstos son las más inabordables: cuantos por envidia y sirviéndose de la calumnia os han persuadido, cuantos una vez convencidos han convencido a otros, porque no hay modo de hacer subir a este juzgado a ninguno de ellos ni refutarlos, sino que es preciso defenderse sin técnica alguna, cual El que lucha con sombras, y argüir sin que nadie responda. Valorad, pues, en su valor el que, como digo, tenga que habérmelas con dos tipos de acusadores: unos, los que ahora se han puesto a acusarme; otros, los de antiguo, como los llamo; y convenceos de que es preciso, ante todo, defenderme de los antiguos, ya que vosotros mismos los habéis ido acusarme antes y mucho más que a los últimos. Séale esto lo que fuere, me voy a defender, Varones atenienses, intentar desalojar de vosotros esa calumnia: la que guardáis de tanto tiempo atrás, e ¡intentarlo en tiempo tan corto! Y querría conseguirlo, si ha de ser pera bien vuestro y mío, y aun tener éxito en mí defensa. Bien sé que es difícil, y no se me oculta en modo alguno cuánto lo sea. Con todo, ¡a la mano de Dios!, hay que obedecer a la ley y defenderse. Tomemos la cosa desde sus principios: ¿cuál es la acusación de que se ha originado la calumnia, fundándose en la cual Méleto ha redactado la acusación escrita? Veamos, pues: ¿qué es lo que dicen calumniosamente los calumniadores? Enterémonos de su acusación, cual si fueran acusadores presentes que la han jurado contra mí. Sócrates es culpable; se entromete en porfiadas inquisiciones acerca de las cosas subterráneas y celestiales, endereza las malas razones y resultan excelentes, y enseña a otros hacer lo mismo”. Tal es el capítulo de acusación; que tales cosas habéis visto vosotros mismos en la comedia de Aristófanes: se pasea por el escenario a un cierto Sócrates, que dice andar por los aires, y suelta mil otras sandeces de las que no sé ni poco ni mucho. Y no es que desprecie yo tal ciencia, si alguno es en ella realmente sabio, ni que pretenda escaparme de un nuevo proceso que por tal desprecio me levantara Méleto; sino que, en verdad, no me entrometo. Varones atenienses, en semejantes cosas. [19d] Por testigo pongo a la mayoría de vosotros; y juzgo que, por vuestro honor, os informaréis y hablaréis mutuamente los que alguna vez me hayáis oído dialogar, que entre los tales se cuentan muchos de vosotros. Decid, pues, si en alguna ocasión me oyó alguno de vosotros hablar poco o mucho sobre estos asuntos; y por esto conoceréis que lo mismo sucede respecto de otras cosas que de mi dicen los más. Así que de estos puntos no hay nada; y si oísteis de alguien que he tomado en mis manos educar hombres y que con ello hago dinero, tampoco es verdad. [19e] Que, por cierto, me parece bella empresa la de educar hombres, si es que hubiera alguien capaz de hacerlo como se dice de Gorgias, el de Leontini; de Pródico, el de Ceos; y de Hipias, el de Elis; que cada uno de ellos es capaz, Varones, de ir de ciudad en ciudad convenciendo a los jóvenes de que dejen el trato de sus conciudadanos por el suyo haciéndose pagar bien y con gracias encima, cuando pudieran los jóvenes tratar con uno cualquiera de sus conciudadanos, —con el que quisieran y de balde. Y aquí mismo está otro varón sabio, de Paros. Me enteró de su residencia al ir, por casualidad, a visitar al varón que ha gastado con los sofistas más dineros que todos los otros juntos: Callías, hijo de Hipónico. Pregúntele, pues tiene dos hijos: Callías, si tus dos hijos hubieran sido potros o terneros hubiésemos buscado para los dos un entendido, y hubiésemos pagado bien al que tomó a su cuenta hacerlos bellos-y-buenos en la correspondiente virtud; y el tal sería o un picador o un labrador. Mas, pues son hombres, ¿a quién tienes pensado encargar su cuidado? ¿Quién es el entendido en virtudes tales cual la humana y la política? Po que estoy seguro de que has pensado en este punto, ya que tienes hijos, ¿Hay alguien entendido, le dije, o no? [20b] —Por cierto que sí, me contestó. [20b] —¿Quién es, de dónde, y por cuánto enseña?, le pregunté de nuevo; y contestó: Sócrates, es Eveno, el de Paros, y por cinco minas. Y tuve por dichoso a Eveno, si en realidad de verdad poseía tal arte y enseñaba tan coajustadamente; que yo mismo me alabara y enorgulleciera de saber semejantes cosas; mas no las sé. Varones atenienses. Tal vez alguno de vosotros esté pensando en sus adentros: pero, Sócrates, ¿cuál es, pues, tu quehacer?; ¿de dónde te han provenido tales calumnias?, que, por cierto, si no hubieses hecho nada fuera del modo común, ni diverso de lo que hacen los más, no se te hubiesen originado ni tal fama ni tales hablillas. Dinos, pues, en qué consiste tu quehacer, para que no tengamos que decidir sobre tu caso por conjeturas nuestras. El que así hablare creo que lo hace con razón. Intentaré, pues, explicaros precisamente, qué es lo que me ha dado tal renombre y ocasión a semejante calumnia. Escuchad, pues; y por más que parezca tal vez a alguno de vosotros que tomo la cosa a broma, sabed de cierto que os voy a decir toda la verdad, ¡Varones atenienses!, el renombre que tengo no me ha venido de ninguna otra cosa sino de una cierta sabiduría. ¿Cuál es?: tal vez esa sabiduría que es precisamente sabiduría humana. Porque, en realidad de verdad, podría ser muy bien que según tal sabiduría humana fuera efectivamente sabio, mientras que aquellos de quienes poco ha os hablaba serían sabios según otra especie de sabiduría superior a la propia del hombre, de la cual nada tengo que decir, pues yo de mí no la sé, y quien os diga que la poseo miente y lo dice por calumniarme. Y ahora. Varones atenienses, no os alborotéis aunque parezca que digo de mí grandes cosas, que no diré con palabras mías lo que voy a decir, sino con las de un testigo de todo respeto para vosotros. Os e como testigo de mi sabiduría, si es que en realidad es sabiduría y sea cual fuere, a Dios: el de Delfos. Conocéis sin duda de alguna manera a Querefonte. Fue mi camarada de juventud, y camarada también de la mayoría de vosotros; compartió con vosotros el reciente destierro. [21a] y con vosotros volvió. Y sabéis por cierto cómo era Querefonte, ¡cuán esforzado en todo lo que emprendía! Habiendo, pues, ido una vez a Delfos se atrevió a pedir un oráculo sobre lo siguiente; y os repito, Varones, el ruego de que no alborotéis; preguntó, pues, Querefonte, si había alguno más sabio que yo. La Pythia negó que hubiera alguien más sabio que yo. Y sobre este punto, ya que Querefonte ha muerto, su hermano, aquí presente en persona, podrá daros testimonio. [21b] Considerad, empero, por qué os digo estas cosas; porque quiero explicaros de dónde me ha nacido la calumnia. Habiendo, pues, oído tal oráculo pensé en mi ánimo: “¿qué dice el Dios, y qué pretende con tal dicho dar a entender?; que no me sé sabio, ni poco ni mucho. ¿Qué, pues, querrá decir al afirmar que soy el más sabio?, porque de ninguna manera miente, que no le es lícito mentir”. Y durante mucho tiempo anduve desorientado sobre “qué es lo que dice”. Después, de muy mala gana, emprendí la comprobación de la siguiente manera: me dirigí a uno de los que pasaban por sabios, a fin de poner a prueba allí, mejor que en parte alguna, el oráculo y demostrar al oráculo con sus mismas palabras que “éste sí que es más sabio que yo, aunque tú dijiste ser yo”. Examinando, pues, a este personaje —no es menester que os diga su nombre, era uno de los políticos, en quien me fijé para tal fin— recibí. Varones atenienses, la siguiente impresión: me pareció, dialogando con él, que el tal varón parecía Sabio-a otros y aun a muchos hombres, y sobre todo se lo parecía a sí mismo; más no lo era. [21c] intenté entonces demostrarle que él se creía sabio, pero que no lo era. Lo que conseguí fue volverme odioso él y a muchos de los presentes. Al separarme, pues, de él, iba pensando para mí: “por cierto que soy más sabio que este hombre, porque, en realidad de verdad, cada uno de nosotros dos corremos el peligro de no saber nada ni de bello-ni-de-bueno; mas él cree saber sin saber; mientras que yo, como no sé nada, nada me creo saber. Parece, pues, que soy más sabio que él en esto poquito: en no creer saber lo que no sé”. Me dirigí después a otros de los reputados por aún más sabios que el primero; y saqué la misma impresión y la misma odiosidad de parte de éstos y de otros muchos. Continué, a pesar de todo, en mi investigación, notando, no sin pesar y temor, que me hacía odioso. Me pareció, con todo, necesario tener en muy más el oráculo del dios. [22a] Para saber, pues, qué decía el oráculo debía seguir dirigiéndome a todos los que pasaban por saber algo. Y, por U y so el Perro!, Varones atenienses, —preciso es que os diga la verdad— mi impresión fue más o menos la siguiente: los que de mayor renombre de sabios gozaban me parecieron, el examinarlos según el dios, estar casi faltos de lo más importante; mientras que otros varones, tenidos en menos, me parecieron mejor dotados de inteligencia y cordura. Es, pues, preciso que os refiera estas mis andanzas bien trabajosas para mí, emprendidas para que el oráculo de dios me pareciera irrefutable. Después de los políticos me dirigí a los poetas: a los de tragedias, a los de ditirambos, y a los demás, seguro de coger infraganti mi ignorancia respecto de ellos. Tomé, pues, aquellos -de sus poemas que me parecieron mejor elaborados. y preguntéles qué querían decir, con la intención de aprender, al mismo tiempo, algo de ellos. Me da vergüenza, Varones, deciros la verdad; con todo la diré. Y por decirlo así: casi cualquiera de los presentes hubiera hablado mejor que ellos sobre lo que ellos mismos habían compuesto. Y tuve que reconocer muy presto que los poetas no hacen por sabiduría lo que hacen, sino que se les viene como nacido y por endiosamiento, cual a los adivinos y oráculos, que también los tales dicen muchas cosas y bellas, pero no saben de qué hablan; y vi claramente que cosa parecida les sucede a los poetas. Y junto con esto caí en cuenta de que, por ser poetas, se creían los más sabios de los hombres, aun en las demás cosas en que no lo eran. Me aparté, pues, convencido de que sobre ellos poseía la misma superioridad que sobre los políticos. Para terminar me dirigí a los artesanos. Tenía para mí que nada sabía, por decirlo así; pero no estaba menos cierto de encontrar, entre éstos, entendidos en muchas y bellas cosas. Y no me engañé: que sabían lo que yo no sé, y en este aspecto eran más sabios que yo. Empero. Varones atenienses, me pareció que los buenos artesanos caían en el mismo defecto que los poetas: por practicar bien su arte se creía cada uno ser sapientísimo aun en lo más subido; y este defecto eclipsaba aquella su sabiduría, tanto que llegué a preguntarme en pro del oráculo qué prefería: si ser como soy, ni sabio en su particular sabiduría ni ignorante con su ignorancia, o juntar ambas [22e] —tal sabiduría con tal ignorancia— tal como ellos las juntan. Y me respondí a mí mismo y en pro del oráculo: que era preferible ser como soy. De esta investigación. Varones atenienses, se me originaron muchas enemistades y qué pesadas e insoportables!; y de ellas, aun muchas calumnias, y el renombre mismo de sabio, porque los presentes creen que lo soy en las mismas cosas en que muestro a otro que no lo es. Lo que casi de seguro da en lo cierto es. Varones atenienses, que, en realidad de verdad, sólo el Dios es sabio, y que el oráculo pretende decir únicamente: “la sabiduría humana vale bien poco o nada”. Y no me parece querer decir que “Sócrates es sabio”, sino servirse tan sólo de mi nombre como de paradigma cual si dijera: “aquel de vosotros, ¡oh hombres!, será superlativamente sabio quien, cual Sócrates, reconozca que, frente a Sabiduría, la suya no vale nada”. Esto es lo que he intentado e intento mostrar en todas mis andanzas; y por esto pongo a examen según el Dios a cualquiera, ciudadano o extranjero, que me parezca sabio. Y si, después de tal prueba, no me lo parece, le muestro, con ayuda del Dios, que no lo es. Y, así por falta de tiempo, no tengo tiempo libre para hacer algo que valga la pena en favor de la Ciudad, ni de los domésticos, sino que vivo en grandísima pobreza por servir a dios. Pero además, los jóvenes que me acompañan —los hijos de los más ricos que son, sobre todo, los que tienen más vagar—, se regocijan espontáneamente oyendo cómo pruebo a las gentes, y aun ellos mismos me imitan muchas veces, y pónense también a probar a otros. Y tengo entendido, además, que hallan gran abundancia de gentes que se piensan saber algo, mas que saben poco o nada. De aquí, pues, el que los probados por ellos se irriten contra mí en vez de irritarse contra ellos mismos, y digan que hay “un tal Sócrates, abominable, corruptor de la juventud”. Y cuando se les pregunta qué es lo que hace o enseña para pervertirlos, no tienen ni saben qué decir; mas para no quedar cortados traen a colación las ya manoseadas acusaciones contra todos los filosofantes: lo de “astrología”, lo de “bajo Tierra”, lo de “no creer en dioses", lo de “enderezadores de malas razones”. Pienso que no querrían tener que decir la verdad: que han quedado al descubierto, por presumir saber sin sal nada. Y como, me parece, son vanidosos, atrevidos y muchos, y hablan concorde y persuasivamente sobre mi, os han llenado los oídos ya desde mucho tiempo atrás y me han calumniado encarnizadamente. De estos motivos proceden el ataque de Méleto. Anyto y de Licón: de Méleto, presionado por los poetas; de Anyto, por los artesanos y políticos; de Licón, por los oradores; de manera que, como decía al principio, mucho me sorprendería si fuese capaz de expulsar de vosotros en tan poco tiempo tan crecida calumnia. Tal es. Varones atenienses, la verdad; y os la he dicho sin ocultaros nada, ni poco ni mucho; sin disimularos nada. Pero sé casi de seguro que me estoy volviendo odioso a vosotros; prueba fehaciente de que digo la verdad, de que ésta es precisamente la calumnia y de que éstas son sus causas. Y no hallaréis otras por mucho que lo investiguéis. Respecto, pues, de las acusaciones de mis primeros acusadores, sea ésta para vosotros suficiente defensa. Voy a intentar defenderme ahora de Méleto —el bueno, el amigo de la ciudad, como él mismo se llama—, y de los últimos acusadores; y, como si fueran acusadores diferentes de los primeros, traigamos el texto de su acusación-jurada contra mi. Ls, más o menos, del tenor siguiente: [24b] Sócrates: dice, es culpable de pervertir a los jóvenes; de no reconocer a los Dioses reconocidos por la Ciudad, sino otros daimonios nuevos”. Tal es la acusación; examinémosla cosa por cosa. Dice que soy culpable por pervertir a la juventud. Pero yo digo. Varones atenienses, que el culpable aquí es Méleto, por toma” en broma, a satrevidas, cosas tales cual traer las gentes a proceso judicial, fingiendo aplicarse y preocuparse por asuntos de los que jamás le importó lo más mínimo. Y que está es así, es lo que voy a intentar demostraros. Dime, pues, aquí, Méleto. ¿Hay cosa que te importe más que hacer óptimos a los jóvenes? [24d] —No la hay, por quien soy! Di, pues, ahora a los presentes; ¿quién los hace mejores?; porque es claro que lo sabes, ya que tanto te preocupas de ello: y precisamente por haber dado con el corruptor de la juventud, como tú dices, me has traído aquí, y me acusas. Di, pues, quién es el que los mejora, y hazlo conocer los presentes. ¿Ves, Méleto, cómo te callas y que no tienes qué decir? Y ¿no te parece esto vergonzoso y suficiente testimonio de que, como digo, no te importa nada tal asunto? Pero dinos, por fin, bueno de Méleto, ¿quién mejora los jóvenes? [24e] —Las Leyes. No es eso lo que te pregunto, óptimo de Méleto, sino qué hombre, que primero, naturalmente, conozca las leyes. [24e] —Estos, Sócrates, los Jueces. ¿Cómo dices, Méleto?; ¿éstos son los capaces de educar a los jóvenes y hacerlos mejores? [25a] —Sí, y de excelente manera. Y ¿son capaces de ello todos, o unos sí y otros no? [25a] —Lo son todos. ¡Por Juno!, buenas nuevas nos traes: ¡superabundancia de educadores! Y ¿qué?, ¿también éstos: los oyentes mejoran a los jóvenes o no? [25a] — También éstos. Y ¿los Consejeros? [25a] — También los Consejeros. Pero entonces, Méleto, ¿no serán también los ciudadanos pertenecientes a la Asamblea, los Asambleístas, los que perviertan a los jóvenes, o también todos ellos los hacen mejores? [25b] —También todos ellos. Así que, a lo que parece, todos los atenienses hacen a los jóvenes bellos-y-buenos; fuera de mí, que yo solo soy quien los pervierte. ¿Esto es lo que dices?.— [Esto es con todas mis fuerzas lo que digo. ¡Qué mala suerte la mía! y qué bien que la has conocido! Pero respóndeme todavía: ¿aun tratándose de caballos, crees que suceda lo mismo: que todos los hombres los mejoren, y que uno solo los males? ¿O bien lo contrario: que son uno o muy pocos los capaces de mejorarlos: los picadores, mientras que los más, si los tratan y usan, los echan perder?: ¿No pasa así, Méleto, con los caballos y con cualesquiera otros animales? así sucede, Méleto, tanto que tú y Ánito lo queráis como que no lo queráis admitir. Que, por cierto, grande sería la ventura de los jóvenes, si uno solo fuese el corruptor; y todos los demás, ayudadores. Pero ya has dado, Méleto, suficientes pruebas de que jamás te has preocupado de los jóvenes, y puesto en evidencia tu descuido y el no dársete nada del asunto por el que me has traído aquí. Pero, por Júpiter!, dinos además, Méleto, qué es mejor: ¿vivir entre buenos ciudadanos o entre perversos? Respóndeme, amigo, que no te pregunta nada tan difícil. ¿No hacen siempre los malos algún mal a los que se les acercan demasiado, y los buenos algún bien? [25d] —Así es. ¿Hay alguien que quiera ser perjudicado por su prójimo, más bien que ia Responde, bueno de Méleto, que la ley ordena responder, ¿Hay quién quiera ser perjudicado? [25d] —No, por cierto. Adelante, pues: ¿me has traído aquí por pervertir a los jóvenes y depravarlos voluntariamente o involuntariamente? [25e] —Voluntariamente, por quien soy! ¿Cómo así, Méleto: tan sabio eres ya a tu edad, más que yo a la mía, que llegaste a saber que los malos hacen mal a los que se les acercan demasiado y continuamente [25e] —y los buenos, bien— y yo he llegado con mis años a ignorancia tal que hasta desconozco que, si pervierto a cualquiera de mis prójimos, corro el riesgo de que me haga mal, y que hasta hago tal y tanto mal voluntariamente? ¿Así lo sostienes? Pero no puedo creerlo así, Méleto, ni lo puedes creer tú mismo ni hombre alguno; sino que o no pervierto a nadie o, si lo hago, es involuntariamente; de manera que mientes en ambos casos. Si pervierto involuntariamente, la ley manda que por tales faltas involuntarias no se traiga aquí a nadie, sino que, tomándolo en privado, se le enseñe y ponga en razón. Porque es claro que, si se me enseña, dejaré de hacer lo que hago involuntariamente. Empero tú me has rehuido y no has querido ni encontrarme ni instruirme; me traes más bien aquí donde manda la ley se traiga a los necesitados de castigo, no a los de instrucción. Pero resulta ya evidente. Varones atenienses, lo que decía: que a Méleto jamás le han importado poco ni mucho tales asuntos. Con todo, dinos, Méleto, ¿de qué manera dices que pervierto a los jóvenes? ¿O no es evidente, según la acusación que has redactado, que los pervierto enseñándoles a no creer en los dioses legalizados en quienes cree la Ciudad, sino en otros daimonios nuevos? ¿No dices que, enseñándoles esto, es como los pervierto? [26b] —Esto es lo que digo en firme. Pues por estos mismos dioses!, Méleto, cuyo nombre estamos tomando en nuestros labios, dime más claramente mí y a los varones presentes porque yo no acabo de entenderlo: ¿afirmas que enseño a creer que existen ciertos dioses, —y en este caso creo que hay dioses y no soy del todo ateo ni por este motivo soy culpable, aunque no crea en los mismos en que cree la Ciudad sino en otros, siendo esto lo que me echas en cara, el que sean otros—, o bien afirmas que ni creo yo mismo de ninguna manera en dioses y que enseño a otros a no creer en ninguno de ellos y de ninguna manera? [26c] —Esto es precisamente la que digo: que no crees de ninguna manera en dioses. ¡Oh admirable Méleto!, ¿por qué dices esto?; ¿es que ni siquiera creo, como los demás hombres, que sean dioses Sol y Luna? [26d] —¡Por Júpiter!, Varones jueces, que dice ser Sol piedra; y Luna, tierra. Piensa que estás acusando a Anaxágoras, amigo Méleto. Y ¿tan en poco tienes a los presentes, y por tan analfabetos, que no sepan que los libros de Anaxágoras, el de Clazomene, están llenos de semejantes razones? Y además: si los jóvenes aprendiesen de mí tales cosas, que cualquiera tiene ocasiones frecuentes de aprender comprándolas, a lo más por un dracma, en la orquesta, piensa que se rieran de Sócrates, si pretendiese hacerlas pasar como suyas, aun prescindiendo de que semejantes afirmaciones son dislates. Así que, por Júpiter!, ¿te parece que no creo en dios alguno?: [26e] —No crees, por Júpiter!, en ninguno absolutamente. Me parece, Méleto, que eres infiel a ti mismo; porque. Varones atenienses. Méleto me hace la impresión de ser gran insolente y del todo desenfadado, y simplemente haber redactado la acusación por insolencia, por desenfado, a lo mozuelo. Parece como si se hubiese propuesto, para tentarnos, presentar este acertijo: "¿caerá en cuenta Sócrates el sabio de que estoy bromeando y contradiciéndome, o bien lo engañaré a él y a los demás oyentes?”, porque me parece que está ahora diciendo Méleto lo contrario a lo que él mismo dijo en la acusación escrita, cual si dijera: "Sócrates es culpable de no creer en dioses, pero cree en dioses”. A esta se llama bromear. Considerad conmigo, Varones, por qué me parece Méleto hablar así. Y tú, Méleto, respóndenos; vosotros, por hb vuestra parte, y como os lo supliqué al principio, recordaos de no alborotar, si expongo las razones según mi acostumbrada manera, ¿Hay hombre alguno, Méleto, que crea darse cosas humanas, y no darse hombres? Que responda, Varones, que no alborote con otras cosas. ¿Hay quien crea no darse caballos, y sí, con todo, cosas ecuestres?; ¿que crea no haber flautistas, y crea no obstante haber cosas del correspondiente arte? —No lo hay, óptimo entre los Varones; y si no quieres responder, yo te lo diré a ti y a los demás presentes. Pero contesta al menos a lo siguiente: ¿hay quien crea darse lo daimoníaco, y no crea en daimonios? [27c] —No lo hay. ¡Cuánto te agradezco de que, al fin, hayas respondido, aunque de mala gana y forzado por los presentes! Según esto dices que creo y enseño a creer en lo daimoníaco nuevo o antiguo. Y creo en lo daimoníaco según tus mismas palabras, las mismas que, juradas, constan en el acta de acusación. Y si creo en la daimoníaco necesario es de gran necesidad que crea, de alguna manera, en daimonios, ¿No es así? —Así es; doy por supuesta que tal es tu respuesta, ya que no respondes. Y ¿no creemos que los daimonios son Dioses o hijos de dioses? ¿Es así o no? [27d] —Así es efectivamente. Si, pues, creo en daimonios, como tú dices, y si los daimonios son a su manera Dioses, estamos en lo que afirmo: que hablas en acertijos y en broma, diciendo que no creo haya dioses y diciendo que creo los haya, puesto que creo en daimonios. Ahora bien: si los daimonios son hijos de Dioses, —algunos de ellos hijos espurios, tenidos de ninfas o de cualquiera otro de quien se digan hijos, ¿qué hombre pensará darse hijos de Dioses, y no darse dioses? Absurdo semejante a como si alguien pensara que se dan hijos de caballos y de asnos, los mulos, y no creyera que se diesen ni caballos ni asnos. Así que, Méleto, no hay escapatoria: has escrito esta acta de acusación para tentarnos, y por no hallar acusación verdadera que hacerme; porque no hay artificio capaz de persuadir a hombre alguno, por muy menguado que sea de entendimiento, que un mismo varón pueda creer en cosas divinas y en cosas daimoníacas, y ese mismo varón no crea ni en daimonios ni en Dioses ni en héroes. Pues bien. Varones atenienses; que yo no delinco, a tenor de lo escrito en la acusación de Méleto, me parece no necesitar de más larga defensa, que la hecha es ya suficiente. Pero lo que dije antes: que me he malquistado con muchos, sabed que es, por cierto, verdad. Y esto será lo que me pierda, si es que me pierdo, y no Méleto ni Anyto: la calumnia y envidia de los más que a muchos otros varones buenos perdió ya y pienso que perderá. Así que no tiene nada de particularmente terrible el que no se detenga en mí. Mas tal vez diga alguno: “¿no te da vergüenza, Sócrates, de emprender una empresa que te está poniendo a peligro de morir?”, este tal le dijera yo, como respuesta debida: “No hablas bellamente, ¡oh hombre!, si piensas que deba ponerse razones con el peligro de vivir o de morir el varón que en algo, aunque sea mínimo, pueda ser de provecho; y no deba ponerse a considerar, cuando hace algo, solamente esto: si lo que hace es justo o injusto, y si son obras de varón bueno o de varón malo”. Que, por cierto, según estas razones hubieran sido insensatos tantos y tantos semidioses que en Troya murieron; y entre otros y otros el hijo de Tetis, que en tan alto grado despreció el peligro, antes que soportar deshonor ninguno, que habiéndose propuesto en su ánimo matar a Héctor, y habiéndole dicho su madre, que era diosa y todo, más o menos esto, como pienso: “hijo, si por tomar venganza del asesinato de tu amigo Patroclo malas a Héctor, morirás tú mismo”, “que tu suerte, le dijo, está echada ya con la de Héctor"; habiendo oído esto, tuvo, sin embargo, el hijo en bien poco la muerte, y el peligro; temió mucho más la maldad de vivir sin vengar a los amigos, y respondió: “muérame, tan pronto haya hecho justicia en el injusto, que no quedaré entonces en ridículo la vista de las naves, las de encorvada proa; cual oprimente peso de la arable tierra”. ¿Piensas, pues, que se preocupó de la muerte y del peligro? Porque así es, en verdad. Varones atenienses; que allí donde uno se apostó —o pensando de por sí que era lo mejor, o colocado por el jefe—, allí es preciso, como yo creo, permanecer contra todo peligro sin tomar en cuenta ni la muerte ni otra cosa alguna, fuera del deshonor. Según esto. Varones atenienses, obrara espantablemente mal si al ordenarme los jefes que vosotros elegisteis para que me mandaran en Potidea, en Anfípolis y en Delion, no me hubiera quedado firme en el puesto señalado, como uno de tantos, corriendo el común peligro de muerte; en cambio, al ordenarme el Dios, como yo supongo y tengo para mí, que debo vivir dado a filosofar y a ejercitarme a mí mismo y a los demás, entonces precisamente abandonara mi puesto. [29a] por miedo a la muerte o por otro motivo cualquiera. Espantablemente malo fuera, por cierto; y en este caso sÍ que se me trajera con justo motivo y con verdad ante el tribunal, por no creer se den Dioses, ya que desobedezco al oráculo, temo a la muerte, y me tengo por sabio sin serlo. Que temer a la muerte, Varones, no es otra cosa sino tenerse por sabio, pues es pensar saber lo que uno no sabe. Que nadie de cierto sabe ni siquiera si es para el hombre la muerte el mayor de los bienes: y, con todo, la temen como si supieran de buen saber que es el mayor de los males. [29b] Y ¿no será ésta la más vituperable de las ignorancias: creerse uno saber lo que no sabe? Por lo que a mí hace, Varones, tal vez en esto precisa y localizadamente me distinga de la mayoría de los hombres; y en caso de decir que soy más sabio que alguno, sería tal vez en esto: que, no sabiendo suficientemente acerca de las cosas del Hades, tengo para mí en consonancia que no las sé. Sé, por el contrario, que delinquir y desobedecer al mejor. Dios u hombre, es malo y deshonroso. Pues bien: ante los males, que sé lo son en realidad, temeré y huiré; pero en manera alguna temeré y huiré de los males que tal vez dé la suerte de que sean en realidad bienes. Así que aunque ahora me absolvieseis, no dando crédito a Anyto, —quien ha dicho era preciso o comenzar por no traerme aquí o puesto que se me haya traído, no hay ya manera de evitar mi condenación a muerte, asegurándoos que, si me escapase de ésta, todos vuestros hijos se pervertirían de todo en todo siguiendo las enseñanzas de Sócrates—, si me dijeseis a este respecto: “Sócrates, por esta vez no damos crédito a Anyto, sino que te dejamos libre, con la condición precisa de que, en adelante, ya no te des a la faena ni de poner a nadie a prueba ni de filosofar; pero, si te sorprendemos una vez más en la misma faena, morirás sin escape”. Si, pues, como decía, me soltaseis con estas condiciones os diría yo a mi vez: “Varones atenienses, sois para mí inseparables, os amo; obedeceré, con todo, antes a Dios que a vosotros, y mientras me quede un soplo de vida, mientras esté en mi poder, no cesaré de filosofar, exhortándoos y diciendo claramente a cualquiera de vosotros, a quien tenga ocasión de hablar, lo que en mí es ya costumbre decir: “¡oh óptimo entre los varones!, puesto que eres ateniense; de esa Ciudad la máxima y más dación en sabiduría y en fortaleza, ¿no te da verguenza de preocuparte solamente en hacerte con el máximo de riquezas, de fama y de honores, mientras que, por el contrario, ni te pecas ni te das a pensar cómo llevar a su perfección decoro, honor, cordura, inteligencia, verdad y alma?”. Y si cualquiera de vosotros pone en duda mi sospecha y asevera que se preocupa, no par eso lo soltaré sin más y me iré, sino que le interrogaré y lo pondré a prueba y a debate; y si no me pareciere que posee virtud, por más que él lo diga, le echaré en cata el que tiene en muy poco lo que es digno de muy mucho; y en más, lo superlativamente insignificante. Tal haré con quienquiera me encuentre: más viejo o más joven, extranjero o conciudadano; pero sobre todo con vosotros mis conciudadanos que me estáis muy más próximos por raza. Que esto es lo que me manda el Dios, sabedlo bien. Y yo estoy persuadido de que no puedo haceros en esta ciudad otro bien mayor que obedecer a Dios; que no otra cosa hago, yendo de acá para allá, sino persuadiros, lo mismo a los más jóvenes que a los más viejos, de no acuitarse ni por los cuerpos ni por las riquezas antes ni tan ahincadamente como por el alma, para hacerla óptima, diciéndoos; no se engendra virtud de las riquezas sino más bien de la virtud se engendran para los hombres, tanto en lo privado como en lo público, riquezas y todos los demás bienes. Y si diciendo semejantes cosas pervierto a los jóvenes, ellas serían tal vez las dañosas; empero si alguno me insinúa que diga otras y no éstas, habla en vano. Por último os diría: “Varones atenienses, o creéis a Anyto o a mí; y tanto que me absolváis como que no me absolváis, no he de hacer otra cosa, ni aunque me exponga miles de veces a morir”. No arméis escándalo. Varones atenienses; continuad, más bien, portándoos conmigo en la forma que os lo pedí al principio. No arméis escándalo por lo que diga, escuchadlo más bien; que, como me doy a pensar, os será de provecho el oírlo, pues voy a deciros otras cosas tales que tal vez os inciten a dar voces, mas en manera alguna lo hagáis así. Sabed, pues, bien sabido que si me matáis, siendo quien soy y como yo digo que lo soy, no es a mí a quien hacéis mayor daño sino a vosotros mismos. Que a mí en nada me dañarían ni Méleto ni Anyto porque no pueden; que no tengo por posible, según la inmutable Justicia, el que el varón peor dañe al mejor. Podrá tal vez asesinarlo, desterrarlo, infamarlo, cosas que tal vez este Anyto y aun alguien más tenga por grandes males, mas que yo no tengo por tales, que mucho peores cosas son las que está haciendo Anyto, proponiéndose injustamente matar a un varón. Así que. Varones atenienses, estoy en estos momentos muy lejos de defenderme a mí mismo, aunque alguno tal vez lo crea; a vosotros estoy defendiendo para que, condenándome, no pequéis de alguna manera contra el don que en mí os ha hecho Dios. Porque si me matáis, no os será fácil encontrar alguien y tal que —para decirlo sencillamente, aunque parezca cosa de risa—, esté destinado por Dios para esta Ciudad cual tábano para caballo magnífico y de raza, un poco perezoso ya por su mole, y necesitado de que lo despierte aguijón; como tal, creo, me ha destinado Dios para esta Ciudad y así no paro todo el día de asediaros por todas partes, despertándoos, persuadiéndoos y reprendiéndoos a cada uno, uno por uno. Varones, no os vendrá fácilmente otro tal; creedme, pues, y guardadme. Tal vez vosotros, tomando a molestia, como los adormilados, el que os despierte, me maltrataríais, —que de creer a Anyto hasta me mataríais; pero después pasaríais dormidos el resto de vuestra vida, a no ser que Dios, preocupándose de vosotros, os enviara algún otro. Y que a mí me haya cabido en Suerte, por don de Dios a esta ciudad, tal misión lo reconoceréis por esto: no parece, por cierto, cosa de hombre el que yo haya descuidado todas mis cosas, y continuado en tal descuido de lo de mi casa tantos y tantos años, atareado por el contrario con lo vuestro, yendo a cada uno de vosotros en particular, cual si fuera su padre o su hermano, para persuadirle el cuidarse solícitamente de la virtud. Y si, por cierto, hubiera sacado algo de todo ello, o se me pagara por recordároslo, tuviera todo esto una cierta razón; mas hasta vosotros mismos veis ahora que, habiéndome mis acusadores acusado desvergonzadamente de otras muchas cosas, no han sido capaces de desvergonzarse en este punto, presentando un testigo de que yo haya hecho alguna vez o haya exigido dinero alguno. Creo que puedo presentar un testigo, suficiente, de que digo verdad: la pobreza. Tal vez parezca extraño que aconseje en privado tales cosas, yendo de uno en otro, dándome gran faena; y que, con toda, no me atreva, subiendo aquí, a nuestra asamblea, aconsejar con vosotros públicamente a la Ciudad. La causa de esto es, como me la habéis oído decir muchas veces y de muchas maneras, que me sobreviene algo divino y daímoníaco, —como se contiene, en son de comedia, en la acusación escrita contra mí por Méleto. Y esto me comenzó ya desde niño, en forma de una cierta voz que, cuando me sobreviene, me disuade de hacer lo que estoy ya a punto de hacer; pero jamás me persuade a que haga algo. Y esto es lo que se me ha opuesto a que haga política. Y me parece perfectamente el que se me haya opuesto, porque sabéis bien. Varones atenienses, que, si tiempo atrás hubiese puesto mis manos en empresas políticas, ya hubiera perecido tiempo ha, y no hubiese sido de provecho ni para vosotros ni para mí mismo. Y no llevéis a mal que os diga estas verdades: no hay hombre capaz de salvar la vida, si se enfrenta noblemente con vosotros o con otra muchedumbre cualquiera, y si se pone a impedir las muchas injusticias e ilegalidades que se hacen en la Ciudad. Se hace imprescindible, más bien, al que pretenda pelear, en realidad, por la justicia, si quiere sobrevivir por un poco de tiempo, darse a la vida privada, pero no a la pública. Sobre estos puntos os voy a ofrecer grandes testimonios; no, palabras: sino lo que vosotros apreciáis: obras. Oíd, pues, lo que a mí me aconteció para que sepáis bien sabido que ni en una sola cosa cederé contra justicia, por temor a la muerte, aunque por el mero hecho de no ceder, pereciera. [32b] Os voy a decir cosas duras de llevar y de justipreciar; pero verdaderas. ¡Varones atenienses!, yo jamás he tenido en esta Ciudad mando alguno, fuera del de consejero. Y aconteció cuando nuestra tribu, la Antióquida, presidía en el Prytaneo, que vosotros pretendisteis juzgar en bloque a los diez capitanes que no recogieron los muertos en la batalla naval; contra ley, como vosotros todos habéis reconocido más tarde. Yo solo, entre todos los del Prytaneo, me enfrenté entonces con vosotros, a fin de que nada se hiciese contra las leyes. Y voté en contra. Y por más que los oradores estaban dispuestos a denunciarme y eliminarme, por más que vosotros lo pedíais a grandes voces, creí que debía con la ley y con la justicia correr todos los peligros antes que, por miedo a la prisión o la muerte, irme con vosotros que intentabais lo injusto. Y todo esto sucedió cuando la Ciudad se gobernaba aún por democracia; que, cuando sobrevino la oligarquía, los Treinta me llamaron a mí y a cinco en total a la Rotunda, y mandaron traer de Salamina a León de Salamina para matarlo; que tales cosas, y muchas, ordenaron los Treinta a otros muchos, como si quisieran complicar en crímenes a cuantos más mejor. En esta ocasión puse, una vez más, de manifiesto no con palabras sino con obras —si no fuera demasiado salvaje decirlo— que no me preocupo lo más mínimo de la muerte; por el contrario, toda mi preocupación fue no hacer nada ni injusto ni impío. Pues bien: aquel régimen, aun y siendo tan prepotente, no me atemorizó hasta el extremo de hacer algo injusto; sino que, en cuanto salimos de la Rotunda, los cuatro se partieron para Salamina y trajeron a León; yo, por el contrario, en saliendo, me partí para casa. Y tal vez esto me hubiese costado la vida, si no se hubiera acebado el régimen tan por lo breve. Y de estas cosas muchos os pueden ser testigos. [32e] Ahora bien: ¿pensáis que hubiera podido sobrevivir tintos y tantos años, si me hubiese dado a los asuntos públicos, si, obrando de una manera digna de varón recto, hubiera ayudado a lo justo, y si, como es debido, hiciera pasar la justicia por sobre todo? Ni con mucho. Varones atenienses, ni yo ni otro hombre alguno. [33a] Así que si a lo largo de mi vida he hecho algo en público, me he presentado a la luz del día tal cual he dicho, y exactamente el mismo soy en privado; que a nadie ni en nada ni en manera alguna condesciendo cosa contra la justicia, ni a los que no son mis discípulos ni a ninguno de los que lo son; de los que mis calumniadores dicen ser discípulos míos. Que yo jamás he sido maestro de nadie; ahora que, si alguno desea oírme cuando hablo o hago mi quehacer, sea más joven que yo o más viejo, nunca me recelé de nadie en manera alguna. Ni dialogo por recibir dinero, ni dejo de dialogar por no recibirlo. Me presto, por el contrario, a ser interrogado lo mismo por pobre que por rico; y lo que digo, al responder, puede oírlo el que quiera. Y si por todo ello uno se vuelve bueno y otro no, no es justo que se me atribuya a mí la causa, que jamás me he comprometido a enseñar nada a nadie ni he sido maestro de nadie en nada. Y si alguno afirma haber aprendido de mí u oídome algo en privado que no lo hubieran podido oír todos los demás, sabed bien sabido que no dice verdad. Pero, ¿por qué les gusta a algunos pasar tanto tiempo conmigo? Ya lo habéis oído. Varones atenienses; que os he dicho ya toda la verdad: les gusta oír cómo pongo a prueba los que se creen ser sabios, pero que no lo son. Y es, por cierto, cosa de no pequeño contentamiento. Que tal faena, como yo afirmo, me fue señalada para ponerla en práctica por Dios en oráculos, en ensueños y por todas las maneras según las cuales se ordena al hombre poner en práctica una Decisión divina cualquiera en cualquier asunto. Todo lo cual. Varones atenienses, es verdad; y, además, fácil de probar, porque si de los jóvenes, a unos estoy pervirtiendo, y a otros he pervertido ya, lo debido fuera que —al darse cuenta algunos de ellos, llegados a mayor edad, de que les había aconsejado, cuando jóvenes, algo malo—, subieran ahora ellos mismos a acusarme y pedir se me castigara; y si ellos no quisieran, que lo recordaran ahora algunos de sus familiares —padres, hermanos o cualesquiera de sus parientes, en el caso cierto de que alguno de sus familiares hubiera recibido algún mal de mí. Que por lo demás están aquí presentes muchos de ellos, que los estoy viendo: primero, por cierto, a Critón, mi coetáneo y convecino, padre de Critóbulo aquí presente también; además Lysanias el de Esfeto, padre de Esquines, aquí presente; y Antifón, el de Cefisia, aquí en persona, padre de Epígenes. Y estos otros cuyos hermanos llevaron conmigo el mismo género de vida: Nicóstrato, hijo de Teodótido, hermano de Teodoto —y este Teodoto por cierto murió tiempo ha, de modo que no tiene cómo influir por ruegos sobre éste—, y Páralos, éste precisamente, hijo de Demódoco, de quien era hermano Teages; y también este Adimanto hijo de Aristón, de quien es hermano justamente este Platón, y Ayantodoro, de quien precisamente este Apolodoro es hermano. Y tengo para nombrároslos a muchos otros, de entre los cuales fuera por cierto debido que Méleto en su discurso os presentase alguno como testigo. Pero si se le olvidó entonces, que los presente ahora, que yo vengo en ella, y que diga si tiene tal testigo. Mas hallaréis todo lo contrario, Varones: que todos están dispuestos a favorecer al corruptor, al malhechor de sus familiares, como dicen Méleto y Anyto; que los pervertidos mismos tal vez tuvieran su razón en ayudarme; pero los incólumes, varones ya de más edad, sus parientes, ¿qué otra razón pueden tener al ayudarme sino la rectitud y la justicia, sabiendo como saben que Méleto miente, que yo por el contrario digo la verdad? Sea, pues, de esto lo que fuere, Varones, lo que yo tuviera aún que decir en mi defensa son casi lo dicho y otras cosas a lo dicho parecidas. Pero tal vez alguno de vosotros lleve a mal —recordando que en combate muy menor del que yo estoy ahora combatiendo, suplicó él mismo y rogó a los jueces con muchas lágrimas, haciendo subir aquí a sus hijos y a otros de sus familiares y aun a muchos de los amigos, para alcanzar larga indulgencia— que yo por el contrario no haga nada de eso, aun corriendo, a mi parecer, un peligro tal que es de todos los peligros el supremo. Tal vez alguno pensando en esto, tome contra mí mayor rencor, y, enfurecido por ello, deposite con ira su voto. Si alguno, por cierto, estuviera así —que ni yo mismo, por dignidad, juzgo tal—, si con todo, lo hubiera, creo le diría modestamente palabras como éstas: “También yo tengo. Optimo, algunos familiares; que, para mí, es aquello de Homero: ni de piedra estoy hecho ni de bronce; sino de hombre. Así que. Varones atenienses, familiares tengo, e hijos Les: uno ya mozo, dos todavía niños”. Pero no estoy para hacer subir aquí a ninguno de ellos, a fin de pediros que me favorezcáis con vuestros votos. Mas ¿por qué no haré nada de eso?; no por altanería. Varones atenienses, ni por desprecio hacia vosotros, —que eso de que sea o no por valentía ante la muerte es cosa aparte; sino que por mi honor, por el vuestro y por el de toda la Ciudad, no me parece bello hacer ninguna de tales cosas, siendo, encima, de la edad que soy, y teniendo la nombradía que tengo, verdadera o falsa. Que es ya opinión pública que Sócrates se distingue por algo de la mayoría de los hombres. Sería, pues, vergonzoso que se portasen de semejante manera los que entre vosotros pasen por distinguidos en sabiduría, en valor o en otra virtud cualquiera; que muchas veces, durante los juicios, he visto yo algunos de los que eran tenidos en algo hacer cosas desconcertantes, cual si creyesen que les va a acontecer algo espantoso si mueren. ¡Ni que hubiesen de ser inmortales, caso de que vosotros no los matarais! mi parecer hacen los tales que la Ciudad se cubra de vergüenza, en grado tal que un extranjero pudiera suponer que los distinguidos en virtud entre los atenienses, los que ellos mismos ponen al frente de sus gobiernos y en las demás dignidades, en nada se diferencian de mujeres. Así que. Varones atenienses, es preciso que ni nosotros los que pasamos por ser algo, hagamos tales cosas, ni que vosotros permitáis que las hagamos; habría de quedar, por el contrario, bien patente que daréis muchos más votos contra el que dé semejantes espectáculos lamentables y ponga en ridículo a la Ciudad, muchos más que contra el que lleve las cosas con calma, [o Pero aun fuera de la cuestión de honor, Varones, no me parece justo suplicar al juez, ni por ruegos huir la justicia, sino informarlo y persuadirlo. Que no se sienta el juez para regalar graciosamente la justicia, sino para juzgar lo justo; y no juró regalarla graciosamente a los que le pareciere, sino que juró hacer justicia a tenor de las leyes. Así, pues, es preciso que ni nosotros nos acostumbremos ni vosotros os acostumbréis a perjurar, que en ninguno de nosotros fuera pío. No juzguéis, pues. Varones atenienses por vuestra dignidad, que deba yo hacer ante vosotros lo que no tengo ni por bello ni por pío, ni por justo, aun dejando completamente aparte por Júpiter!, el que por impiedad me está persiguiendo judicialmente este mismo Méleto. Que, si llegara a persuadiros y contra vuestro juramento os forzare por megos, os enseñara de descarada manera a pensar que no hay dioses, y, defendiéndome inhábilmente, me acusaría a mí mismo de que no creo en dioses. Pero las cosas no son, ni de lejos, así; puesto que. Varones atenienses, creo, cual ninguno de mis acusadores, que hay dioses; y encomiendo en vuestras manos, y sobre todo en las del Dios, juzgar sobre mí del modo que haya de ser el mejor para mí y para vosotros. Ir Para no llevar a mal. Varones atenienses, lo que me acaba de suceder —que habéis votado en contra mía—, muchas son las cosas que me ayudan. Y no me cogió de sorpresa este acaecimiento; más bien me admira la distribución efectiva de los votos; que nunca pensé, por cierto, fuera por tan poco margen, sino por mucho; pues si, según parece, solamente treinta votos se hubiesen invertido, saliera yo absuelto. Por lo que se refiere Méleto, creo que, en efecto, quedo absuelto; y no sólo absuelto sino que queda por todos modos manifiesto que de no haber subido con Anyto y Licón a acusarme, hubiera tenido que pagar mil dracmas, por no haber obtenido la quinta parte de los votos. Me tiene, pues, este varón por merecedor de muerte. Sea; yo, por mi parte, ¿de qué me tendré por merecedor ante vosotros, varones atenienses? [36b] —Es claro que de algo digno de mí, ¿De qué, pues? ¿Qué soy digno de padecer o de pagar por haber enseñado, sin descanso, toda mi vida, descuidando lo que tanto cuidan otros: enriquecimiento, negocios domésticos, generalatos, caudillajes de muchedumbres, magistraturas, conspiraciones y sediciones de las que han pasado en esta Ciudad, —por tenerme, en realidad, por muy moderado, para salvarme metiéndome en semejantes cosas? Por eso no me metí en ellas. [36e] que, de hacerlo, hubiera estado a pique de no ser de provecho alguno ni para vosotros ni para mí mismo. Me di, por el contrario, a hacer el bien en privado, el máximo bien posible; y como digo, me di a esto precisamente tomando entre manos persuadir a cada uno de vosotros de no acuitarse solícitamente por cosa alguna de las suyas antes de haberse cuidado de sí mismo: sobre cómo llegar a ser bueno en superlativo y, en superlativo, cuerdo; de no tomar a su cuidado las cosas de la Ciudad, antes de haberlo tomado por la Ciudad misma, y de poner cuidado en las demás cosas según esta misma manera. ¿Qué, pues, seré digno de recibir por ser así? —Algo bueno. Varones atenienses, sí se me ha de honra: en verdad según dignidad; y ha de ser, según esto, un bien que me esté bien a mí. Y ¿qué puede, pues, estarle bien a varón pobre y bienhechor que pide solamente tener vagar para amonestaros? No hay. Varones atenienses, cosa que estuviera mejor que sustentar en el Prytaneo a un tal varón, y mucho más, por cierto, que a cualquiera de vosotros que, en las Olimpíadas, haya vencido a caballo o en biga o en cuadriga. Que éste os hace creeros ser bienaventurados, pero yo os lo hago ser; y mientras que él no necesita de mantenimiento, yo sí que lo necesito. Si, pues, es debido que se me dé mi merecido según lo ajustado a mi dignidad, me doy como mi merecido el que se me sustente en el Prytaneo. Tal vez hablándoos así parezca que os hablo más o menos igual a como lo hice sobre lo de lamentaciones y súplicas: altaneramente. Pero, no hay tal. Varones atenienses, sino estotro más bien: estoy persuadido de que, de intento, a nadie he hecho mal; aunque a vosotros no os lo persuada, —que nos hemos puesto al habla muy poco tiempo. Si, cual es mi opinión, hubiere entre vosotros, como lo hay entre otros hombres, ley de no juzgar sobre muerte en un solo día, sino en muchos, tal vez os hubiera persuadido. Pero ahora no es fácil deshacer en corto tiempo grandes calumnias. Persuadido, pues, como estoy de no haber hecho mal a nadie, ni de lejos voy a hacérmelo a mí mismo ni decir yo mismo contra mí que soy digno de algún mal, ni que me haya merecido cosa semejante. ¿Qué habré, pues, de temer? Si no acepto pacientemente lo que según Méleto merezco, y que yo digo no saber si es bueno o malo, ¿voy a escoger en vez de ello algo que sepa de buen saber que es malo, y dármelo como condena? ¿Tal vez la prisión?; ¿y, por qué tener que vivir en prisión, sometido siempre a la guardia establecida por ley: ca los Once? ¿Tal vez multa pecuniaria, y estar preso hasta que termine de pagarla? ¡Pero esto es lo mismo que acabo de decir, pues no tengo cosa con que pagar! Pero, y ¿si me condenare a destierro?; que aun, tal vez, vosotros me condenaríais a él. Muy grande fuera por cierto. Varones atenienses, mi amor-a-la-vida si llegare a tanto mi falta de razón que no pudiese darme cuenta de que, si vosotros, siendo y todo mis conciudadanos, no habéis sido capaces de soportar mis diatribas y mis palabras —os han llegado a ser por el contrario más que pesadas y más que odiosas, hasta buscar ahora el modo de deshaceros de ellas — las vayan a soportar más fácilmente los extraños. Ni con mucho. Varones atenienses. ¡Hermosa vida fuera, por cierto, la de un hombre desterrado a mi edad!; vivir cambiando de ciudad, y expulsado de una a otra. Porque lo sé bien sabido que, llegare a donde llegare, vendrían, como aquí, a escuchar mis palabras los jóvenes. Y si los despido, ellos mismos serán los que me expulsen, convenciendo para ello a los más viejos; y si no los despido, lo harán por el bien de ellos sus padres y familiares. Podría ser que alguno me dijese: “Sócrates, ¿pero por qué no has de ser capaz, una vez lejos de nosotros, de callar y llevar vida tranquila?”. De esto es lo que se me hace más difícil convencer a algunos de vosotros; porque si digo que tal fuera desobedecer a Dios, y que por esto mismo me sería imposible llevar una vida tranquila, no me creeréis, cual si hablara por ironía; y si digo por otra parte que el mayor bien que puede caerle en suerte al hombre es hacer palabra todos los días sobre virtud y sobre las demás cosas que de mí habéis oído cuando dialogo y me pongo a prueba a mí mismo y a otros [38a] —que, para el hombre, una vida sin pruebas es una no visible vida— aunque lo diga, todavía me creeréis menos. Empero así son en verdad las cosas, Varones; por más que no sea fácil persuadiros de ello. Además: no estoy acostumbrado a tenerme por digno de mal alguno. Ahora que, si tuviese dineros, me daría como condena pagar cuantos pudiera, puesto que con ello en nada me dañara. Pero, en estos momentos, nada tengo; a no ser que queráis ponerme por pago condigno lo que pudiera pagar; y tal vez pudiera pagaros una mina de plata. tanto pues, me condeno. Pero Platón aquí presente. Varones atenienses, y Critón y Critóbulo y Apolodoro me mandan que me condene a treinta minas, que ellos salen garantes; tendréis en ellos, y para este dinero, garantes dignos de todo crédito. Por no aguardar un tiempo, no mucho. Varones atenienses, los difamadores de esta Ciudad os darán el nombre y encausarán cual asesinos de Sócrates, varón sabio; porque los que quieran injuriaros dirán que en verdad soy sabio, aunque no lo soy. Que si aguardarais un poco de tiempo, las cosas se hicieran por sí solas; mirad, sí no, mi edad, que está muy adelantada en vida, muy cerca de muerte. Y no digo esto para todos vosotros, sino para los que habéis votado por mi muerte. Y para los mismos digo también lo siguiente: tal vez pensaréis, Varones, que se me ha cogido po: no haber dado con aquellas razones que a lo mejor os hubieran persuadido, supuesto que pensara tener que hacer y decir todo para huir de la justicia. La cosa es muy otra: se me ha cogido ciertamente, no por falta de razones, sino por falta de audacia y de desvergoncería, y por no querer deciros cosas que os fuera muy agradable escuchar, —si me lamentase, llorara, hiciera y dijese muchas cosas indignas de mí, como yo afirmo, y que estáis acostumbrados a oír de otros. Pero ni entonces creí deber hacer algo servil por el peligro, ni ahora me arrepiento de haberme defendido de semejante manera: prefiero muchísimo más morir, habiéndome defendido así, que vivir de aquella otra manera. Que ni en juicios ni en guerra, ni yo ni otro alguno debe darse ingeniar únicamente cómo escapar de la muerte, haciendo lo que sea; porque es claro que, en las batallas, podría uno huir muchas veces de la muerte arrojando las armas y volviéndose suplicante hacia los perseguidores; y otras muchas tretas hay en todos los peligros para escapar de la muerte, si uno se atreve a decir y hacer todo. Pero no es difícil, Varones, huir de la muerte; muy más difícil es huir de la maldad, que «corre más veloz que la muerte». Yo ahora, por tardo y por viejo seguramente, he sido cogido por lo más lento, mientras que mis acusadores, por hábiles y por vivos, han sido cogidos por lo más veloz: por la maldad. Y ahora me parto yo de vosotros, debiendo a la justicia muerte; éstos, por el contrario, en deudas para con la verdad, por maldad y por injusticia. Y a mi estimación me atengo, y ellos también a la suya. ¡Quién sabe si todo esto debía pasar así!, y aun pienso que pasa de la más conveniente manera. [39e] Ahora, empero, después de lo dicho, me pide el alma haceros un vaticinio a vosotros: a los que habéis votado contra mí. Que me hallo ya precisamente en aquellos momentos en que les da a los hombres más que nunca por vaticinar: cuando están a punto de morir. Digo, pues. Varones que me matáis, que después de mi muerte, y muy presto, os sobrevendrá un tormento mucho más terrible, por Júpiter!, que aquel con que me matáis. Ahora habéis hecho esto creyendo libraros de tener que dar cuenta de vuestra vida; pero os va a suceder todo lo contrario, como digo. Van a ser muchos más los que os pidan cuentas; yo los refrenaba hasta el presente, aunque vosotros no lo notabais. Y os serán tanto más insoportables, por cuanto son más jóvenes y lo llevaréis mucho más a mal. Porque si creéis impedir, matando hombres, que alguien reprenda vuestra vida, supuesto que no viváis correctamente, no discurrís bellamente. Que no es esta manera de librarse ni muy eficaz ni bella; estotra es muchísimo más bella y muchísimo más fácil: aprestarse a ser óptimo, sin mutilar a otros. Y hecho este oráculo para vosotros, los que contra mí habéis votado, os dejo. Pero con vosotros, los que por mí habéis volado, dialogara gustosamente sobre lo que acaba de acontecer, mientras los magistrados van a sus asuntos, y yo no voy todavía a donde, en llegando, tengo que morir. Quedaos, pues, conmigo, Varones, este tanto de tiempo; que nada impide que, mientras sea posible, dialoguemos en mitos. Que a vosotros, como a amigos míos que sois, quiero declararos qué significa tal vez lo que me ha acontecido. Porque. Varones jueces —que, llamándoos así, os llamara correctamente— me ha pasado algo sorprendente: aquella voz divina que me es tan familiar, la del daimonio, se me oponía siempre en todo el tiempo pasado con grandísima frecuencia, y por cosas bien pequeñas, —si es que estaba a punto de hacer algo no correcto. Pero ahora, como por vuestros ojos lo habéis visto, me han pasado aquí cosas que no faltaría quien las reputase por todo extremo malas. Con todo, ni al salir esta mañana de casa, ni cuando subí aquí, en nada de lo que estaba a punto de decir durante mi razonamiento, se me opuso tal señal de Dios, aunque en otros me cortó frecuentemente la palabra a mitad. Ahora, por el contrario, en todo este proceso no se me ha opuesto ni a palabra ni a obra alguna. ¿Cuál, pues, supondré ser la causa? Os lo voy a decir: me arriesgo peligrosamente a pensar que es un bien lo que me ha acontecido; y que no habría manera de comprenderlo correctamente si pensamos que sea un mal el morir. Y para mí tengo un gran testimonio en este punto: de una manera u otra se me hubiera opuesto la acostumbrada señal, si hubiese estado a punto de hacer algo no bueno. Pensemos en firme sobre este punto: que grandes esperanzas hay de que la muerte sea un bien. Porque una de dos cosas es el morir: o bien, un como no ser ya el muerto cosa alguna ni tener sensación alguna de cosa alguna, o bien, como se dice, da la Suerte de que el morir sea para el alma una mudanza y cambio de domicilio de este lugar de aquí a otro. Y si el morir fuese un no sentir nada —algo así como un sueño tal que durmiéndolo ni tan sólo se viesen ensueños—, ¡maravillosa ganancia fuera la muerte! Porque tengo para mí que si alguien tuviera que escoger para sí una noche tal que en ella durmiese sin ni aun ver ensueños, y, contraponiendo las otras noches de su vida y sus otros días con esta tal noche, hubiera de decir, bien pensado, qué otro día y que otras noches mejores y más deliciosas que esta tal noche ha vivido en su vida, tengo para mí que no sólo un particular sino aun el Gran Rey encontraría ser muy contadas tales noches en relación al número de los días y de las demás noches. Si, pues, tal es la muerte, por mí que la llamo “ganancia”; que, en realidad, según esto el tiempo todo de nuestra vida no parece ser más de una tal noche. Pero si fuera la muerte un emigrar de aquí a otro lugar [40e] —y fuese verdad lo que se dice que Allá se encuentran todos los muertos—, ¿qué mayor bien que éste, varones jueces? [41a] Si, pues, al llegar al Hades, desembarazado ya de todos estos que se dicen jueces, se encontrase uno con los que lo son en verdad —y que se dice ser ellos los que allí juzgan: Minos y Radamanto, Eaco. Triptolemo y aquellos otros entre los semidioses que fueron justos durante su vida—, ¿hubiese sido ésta emigración sin importancia? Y ¿en cuánto no apreciara cualquiera de vosotros familiarizarse con Orfeo y Museo, con Hesíodo y Homero? Que yo, de cierto, muchas veces me quiero morir, si es verdad todo esto; porque para mí, tal como soy, fuera allí maravilloso mi género de quehacer, pues me encontrara con Palamedes y con Ayax, el hijo de Telamón, y con aquellos otros de los antiguos que murieron par juicio injusto, comparando mis padecimientos con los de ellos, lo que, tal creo, no fuera desagradable. Pero, de cierto, lo grande fuera pasar la vida poniendo prueba a los de Allá y escudriñando, como a los de acá, quién de ellos es sabio, y quién se lo piensa ser, mas no lo es. En cuánto tendría uno de vosotros. Varones jueces, poner a prueba por sí mismo al que condujo a Troya aquel tan grande ejército, o a Ulises o a Sísifo o a tantos miles de varones y mujeres que se pudiera nombrar, dialogar con los cuales, familiarizarse y ponerlos a prueba fuera sin duda descomunal bienaventuranza. ¡Que por esto no matan los de Allá! Y en lo demás también son más bienaventurados los de Allá que los de acá; y, si es verdad lo que se dice, serán ya, para el resto del tiempo, inmortales. Pero vosotros también. Varones jueces, habéis de ser varones de bellas esperanzas, respecto de la muerte; y tener como una de las verdades ésta: que no hay nada malo para el varón bueno, ni en vida ni en muerte; y que no descuidan sus cosas los dioses. Tampoco las mías han sucedido ahora por sí y ante sí; más bien está claro que es para mí lo mejor separarme de mis quehaceres y morirme ya. Por esto no se me interpuso mi señal en momento alguno. Y, a fe mía, que no me irrito gran cosa ni contra mis acusadores ni contra los que me han condenado, aunque no me hayan condenado ni acusado con esta intención, sino creyendo dañarme; y en esto son dignos de reprobación. [41e] Una cosa, por cierto, les pido: cuando mis hijos lleguen la bella edad, si os pareciere, Varones, que se acuitan por las riquezas o por otra cosa cualquiera más que por la virtud, dadles como merecidas las mismas molestias con que yo os he molestado; y si se tuviesen por algo, siendo nada, echadles en cara, como yo lo he hecho con vosotros, el que no se acuitan por lo que se debe, y que se creen ser algo, no siendo dignos de nada. [42a] Y si esto hiciereis, nos habréis hecho justicia a mí y a mis hijos. Pero es ya tiempo de irnos: que yo tengo que morir, que vosotros tenéis que vivir. Mas quién de nosotros vaya a lo mejor, cosa es, para todos menos para Dios, desconocida.