Axíoco — Plato ============== ΑΞΙΟΧΟΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/axioch/ This file: https://plato-scroll.com/text/axioch-h.txt Other editions of this work: - George Burges: https://plato-scroll.com/text/axioch.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [364a] Sócrates: Partí hacia el Kynosargues, y al estar junto al Iliso me llegó la voz de alguien que gritaba: “Sócrates. [364a] Sócrates: Volviéndome, miré hacia de dónde vendría, y vi a Clinias, el hijo de Axíoco corriendo hacia Calirroé con Damón el músico y con Cármides el hijo de Glaucón; aquél era su maestro en cosas de música; éste —uno de sus compañeros—, amante y amado a la vez. Me pareció, pues, apartándome del camino recto, salirles al encuentro, a fin de más prestamente juntarnos. Mas Clinias, todo lloroso, me dijo: [364b] Sócrates: gran oportunidad la presente para hacer tú muestra de tu celebrada sabiduría, porque mi padre ha quedado inválido por un ataque repentino y está al final de la vida, y lleva con pena tal final, aunque, anteriormente se burlaba de quienes tenían, cual espantajo, a la muerte, y los ridiculizaba benévolamente. Ven, pues, a consolarlo cual sueles hacerlo, para que, sin lamentos, vaya a lo inevitable, y cumpla yo, en esto y lo restante, con la piedad”. —"Por mi parte, Clinias, nada de lo razonable te faltará en este caso, tanto más que invocas algo sagrado. Apresurémonos, pues; que si tal es su estado, hay que darse prisa”. [364c] Clinias: Con sólo verte, Sócrates, se reanimará, que ya muchas veces le pasó reponerse de tal accidente. [364c] Caminamos de prisa a lo largo de las murallas hacia las puertas itonias —porque habitaba Axíoco cerca de las junto a la columna de las Amazonas. Lo encontramos ya recobrado el tacto, fuerte de cuerpo, más débil de ánimos, grandemente necesitado de consuelo; se incorporaba muchas veces y exhalaba gemidos acompañados de lágrimas y castañeteo de manos. En viéndole le dije: “Axíoco, ¿qué es esto?: ¿dónde están tus anteriores bríos y continuos elogios de la virtud y aquella tu irrompible audacia, cual luchador cobarde, de genuinas apariencias en los ejercicios, flaqueaste en los combates. Puesto a reflexionar, no resumirás tú —hombre de tantos años y gran oyente de razones, y si no por otra cosa, por ateniense— lo natural en ese dicho tan celebrado de todos que «es la vida una cierta peregrinación», y que se ha de pasar sencillamente; y, sin tanto como cantar victoria, ir animosamente hacia lo irremediable? Mas portarse tan floja y apegadamente, es propio de un infante; no, de varón provecto en razón”. [365b] Axíoco: Es verdad, Sócrates, y me parece hablas correctamente; mas no sé cómo, llegado a este paso terrible, esos razonamientos potentes y superabundantes hácenseme, sin saber cómo, aire y quédanse sin valor. Enfréntaseme un cierto pavor, que me destroza el entendimiento, de quedar privado de esta luz y de estos bienes, y de yacer, ¿dónde, cuánto?, invisible e ignoto, pudriéndome, transformado en gusanos e insectos. [365b] Sócrates: Confundes, Axíoco, aparte de tu distracción, irreflexivamente, sensibilidad e insensibilidad y te contradices a ti mismo en lo que haces y dices; ¿no caes en cuenta de que te lamentas de la insensibilidad, a la vez que te están doliendo podredumbre y privación de placeres, cual si murieras para vivir otra vida, y no para caer en una total insensibilidad, la misma que antes del nacimiento? Bajo el régimen político de Dracón o Clístenes, mal alguno te afectaba porque, para comenzar, no existías tú a quien afectara; parecidamente, después de la muerte nada te afectará, porque no existirás tú, a quien afecte. Así que disipa todas esas cavilosidades, pensando que, una vez disuelto el compuesto, y el alma establecida en su propia casa, lo restante: el cuerpo, por ser térreo e irracional, no es el hombre. Porque nosotros somos, en realidad, alma: viviente inmortal encerrado en mortal prisión; mas, por nuestro mal, la naturaleza nos coajustó precisamente esta cobertura en la que lo placentero es volátil cosquilleo y con muchos dolores mezclado; mientras que lo doloroso es puramente tal, largamente durable y sin partícula de placer. Pero a las enfermedades, a las inflamaciones de los. sensorios —además de los males internos— el alma, por diseminada en los poros, padécelos todos necesariamente; anhela por el cielo y por el éter, congénere suyo; sedienta, apetente del régimen de vida y comparsa de Allá. De modo que librarse de este vivir es cambio de mal a bien. [366b] Axíoco: Pues tienes, Sócrates, por mal este vivir, ¿por qué te quedas en él? Y eso que eres un pensador y en inteligencia tanto te elevas sobre nosotros. [366b] Sócrates: Axíoco, tu testimonio sobre mí no es veraz. Piensas, cual la muchedumbre de atenienses, que por ser yo rebuscador de las cosas, soy sabio en algo. Me contentaría con conocer sólo las comunes; tan alejado estoy de las extraordinarias! Las que voy a decir son eco de Pródico, el sabio; algunas de ellas pagadas con medio dracma; otras, con dos dracmas, algunas con cuatro, porque este tal varón nada enseña gratis y es en él general costumbre declarar lo de Epicarmo: «una mano lava la otra», «toma y daca». Recién hizo una exhibición donde Calías, hijo de Hipónico, y tales cosas dijo acerca del vivir que, por mi palabra, casi casi renuncio a la vida; y, desde entonces, mi alma está de muerte, Axíoco. [366c] Axíoco: Pero, ¿qué es lo que se dijo? [366d] Sócrates: Repetiré lo que me acordare. Dije, pues: ¿Qué parte de la edad está sin su lote de molestias? Primero, nacido el niño, llora, comenzando con penas a vivir; ningún dolor lo abandona, sino quéjase de necesidades o de rigores de frío y calor, o de golpes. No pudiendo aún hablar, tiene las lágrimas como la única voz de su desagrado. Cuando llega a los siete años, ha pasado ya por muchos trabajos; impónensele de tiranos pedagogos, gramáticos y paidotribas; crecido, críticos, geómetras, tácticos: gran muchedumbre de déspotas; cuando queda inscrito entre los efebos, cosmetas y miedo de golpes; después. Liceo y Academia, gimnasiarcas, palos y desproporcionadas molestias, y el muchacho está todo su tiempo bajo el poder de sofronistas y el de los elegidos por el Consejo del Areópago para supervisores de los jóvenes. Pero al librarse de esto, caen sobre él las cuitas y deliberaciones acerca de qué camino de vida emprender. Y, respecto de las posteriores molestias: maniobras militares, heridas, continuos combates, parecen las primeras juegos de niños y espantajos de críos. Después sobreviene, subrepticia, la vejez en que confluye todo lo decrépito y malsano de la naturaleza. Y si uno no devuelve prestamente la vida cual deuda, la naturaleza, cual usurera insistente, por prenda llévase de uno la vista; de otro, el oído, frecuentemente ambos. Y, si alguien resiste, paraliza, deforma, desarticula. Algunos florecen durante larga vejez; y tales viejos hácense, de mente, dos veces niños. Por lo cual también los dioses, sabios conocedores de lo humano, a los que más aman llévanselos presto de la vida. Y, por esto, cuando Agamedes y Trofonio, constructores del templo del dios de Pytho, pidiéronle para sí lo mejor, dormidos, ya no despertaron. Y los hijos de la sacerdotisa de Argos para quienes su madre pidió, parecidamente (a Juno), premio por un cierto acto de piedad: el de que, fallando el tronco de caballos, unciéndose ellos lo condujeron al templo. Resultado de la petición: por la noche transmigraron. Largo fuera recontar lo que los poetas, con más divinas bocas, inspiradamente cantan acerca de la vida, cómo lamentan el vivir. Pero recordaré uno solo, el más digno de cita, quien dice: Que para los infelices mortales tejieron los dioses cual destino [e! de vivir en pena y Que, cierto, nada hay de más lastimero que un varón, entre cuantos respiran y se arrastran por la tierra. [368a] Pero sobre Amfiaro, ¿qué dice?: De corazón lo amaba Júpiter, el de la égida; y Apolo, de solo amorío; no llegó al umbral de la vejez. [368a] Y aquel que nos pide: Compadecer al recién nacido: ¡a cuántos males viene! [368a] ¿Qué te parece? Pero basta; para, contra lo prometido, no alargarme, recordando otros males. ¿De qué oficio o arte, una vez elegidos, no se arrepiente uno y, presentes, no le resultan pesados? Acudamos a los menestrales y obreros; trabajan de noche a noche y apenas se proporcionan lo imprescindible; laméntanse y llenan a rebosar sus insomnios de gemidos y lágrimas. Elijamos al marinero, a través de tantos peligros, como lo declara Bías, no está ni entre los muertos ni entre los vivientes, porque ese terrícola que es el hombre échase, como si fuera anfibio, a la mar, encomendándose entero a la suerte. Pero la agricultura, ¿dulce? Claro que lo es. Mas, ¿no es, en total, como se dice, una llaga, inventado pretexto de continuos pesares?: lamentos, ahora por sequía; ahora, por diluvio; ahora, por quemas; ahora, por tizón; ahora, por calor o frío inoportunos. Mas paso por alto la grandemente afamada política; a través de cuántos trabajos, obtiene gozos, cual si fuera fiebre, arrebatados e intermitentes, con resultados dolorosos y peores que miles y miles de muertes. Porque, ¿quién sería bienaventurado desviviéndose por la plebe, si va a ser juguete del pueblo, peloteado, adulado, aplaudido, silbado, insultado, expuesto a muerte y compasión? Porque, Axíoco, político, ¿dónde murió Miltíades?; ¿dónde, Temístocles?; ¿dónde, Efialtes? ¿Pero dónde, hace bien poco, los diez generales cuando yo, por cierto, no le pregunté al pueblo su opinión?, porque no me pareció decoroso ponerme al frente de un pueblo enloquecido. Mas los de la comparsa de Teramenes y Calieno sobornaron, al día siguiente, bien sobornados, a los presidentes; hicieron condenar, sin juicio, a tales varones a muerte. Aunque tú solo, y Euryptolemo, de los tres mil de la asamblea, te les opusiste. [369a] Axíoco: Así es, Sócrates, y, por mi palabra, que, desde entonces, quedé harto de la tribuna y nada me parece más fastidioso que la política; cosa, por lo demás, clara para los que están en tal menester. Pues bien: tú hablas cual espectador, de lejos; mas nosotros, los que hemos pasado por tal experiencia, lo sabemos de más exacta manera. Que el pueblo, querido Sócrates, es desagradecido, prestamente saciable, cruel, envidioso, maleducado, integrado cual numerosa reata de unos cualesquiera, violentos y locuaces. Mas quien de ellos, se haga compañero es mucho más. desgraciado. [369b] Sócrates: Cuando, pues, Axíoco, a la más liberal de todas las ciencias la pones cual la menos deseable, ¿qué pensaremos de las demás ocupaciones? ¿No habrá que huirlas? Pero, una vez, oí a Pródico decir que la muerte no existe ni para los vivientes ni para los transmigrados. [369b] Axíoco: ¿En qué sentido lo dices, Sócrates? [369b] Sócrates: En el de que para los vivientes no existe; pero, para los ya muertos, éstos no existen. De modo que para ti, ahora, no existe, —porque aún no has muerto; ni si te pasare algo, existirá para ti, porque tú tampoco existirás. Vana, pues, es tal pena: la de que Axíoco se lamente sobre Axíoco por lo que ni existe ni existirá para él, parecidamente a como si alguien se lamentare por Escila y Centauro que ni están existiendo ni existirán posteriormente para ti, una vez tu finado; porque lo temible lo es para los existentes; más, ¿cómo la sería para los no existentes? [369d] Axíoco: Mas estas charlatanerías tan sabihondillas que me has expuesto son de lo que por todas partes se dice; así que tal vaniloquencia está aderezada para los jovencitos; que a mí lo que me aflige es la privación de los bienes de la vida, aunque, Sócrates, me aturdieras con el ruido de razonamientos más persuasivos que esos. Que a la inteligencia no la descarría una bella dicción de razonamientos; eso queda a flor de piel; favorece a la pompa y brillo de las expresiones, mas falla en cuanto a verdad. Los padecimientos no soportan sofismas; se satisfacen únicamente con lo que pueda llegar realmente al alma. [369e] Sócrates: Conectas, Axíoco, irreflexiva e intrometidamente con la privación de los bienes de la vida la sensación de males, olvidándote de que estás ya muerto. Que duele la privación de bienes que sea, a su vez, padecimiento de males; mas quien no exista, ni siquiera percibirá esa privación. ¿Cómo, pues, dolerse de lo que no aportará conocimiento de futuros dolores? Si, ya desde el principio, Axíoco, no hubieras supuesto por insciencia, haber algo así como una sensibilidad, jamás te espantaras de la muerte. Pero, ahora, te atormentas a ti mismo al temer quedarte privado de alma; pones un alma en la privación, y tiemblas por no sentirte; mas crees apercibir con una sensación una sensación que no advendrá. [370b] Además de esto, hay muchos y bellos razonamientos acerca de la inmortalidad del alma; porque una naturaleza mortal, ¿emprendiera tantas y magnificentes obras —cual despreciar las fuerzas de acometedoras fieras, atravesar mares, establecer ciudades, instituir regímenes políticos, levantar la mirada al cielo y ver las revoluciones de los astros, el curso de Sol y Luna, sus orientes y ponientes, eclipses y veloces resurrecciones, equinoccios y los trópicos. Pléyades de invierno, vientos estivales, caída de lluvias, intempestivos soplos de huracanes y hacer, para siglos, el calendario de las vicisitudes del Universo— si no hubiera en el alma algo de realmente divino: un espíritu por el que ganar la perfecta inteligencia y conocimiento de tamañas cosas? Así que, Axíoco, no transmigras a la muerte, sino a la inmortalidad; ni conseguirás privación de bienes, sino más puro goce de ellos; ni placeres mezclados con cuerpo mortal sino exentos de todo dolor. Llegarás allá, soltado de esta cárcel, a donde todo es sin trabajo, sin lamentaciones, sin vejez; una cierta alma y vida, impasible de males, a transcurrir en inalterable tranquilidad y contemplación de la naturaleza filosofando, no ante la muchedumbre y teatro, sino ante verdad en florecimiento plenario. [370d] Axíoco: Con este razonamiento me convertiste a lo contrario: ya no tengo temor a la muerte, sino hasta deseo —así también yo lo digo exagerando, puesto a imitar a los retóricos. Y ya, hace rato, discurro por los astros y recorro su carrera inmortal y divina. Y me he recobrado a mí mismo de mi debilidad y héchome nuevo. [371a] Sócrates: Pero si quieres además otro razonamiento: el que me refirió Gobrías, varón mago. Contome que, cuando la travesía de Jerjes, su abuelo y homónimo, enviado a Delos para defender de saqueos la isla en que nacieron los dos dioses, se enteró, por ciertas tabletas de bronce, traídas de los hiperbóreos por Opis y Ecaergo, que después de su separación del cuerpo el alma pasaba a ese lugar oculto, habitación subterránea, donde está el reino de Plutón, no menor que el dominio de Júpiter, porque, ocupando la tierra el medio del mundo, y siendo esférico el cielo, uno de sus hemisferios fue la lote de los dioses; el otro, la de los infernales; aquéllos, hermanos; éstos hijos de hermanos. El vestíbulo del camino hacia Plutón está fortificado con cerraduras y llaves de hierro. Abiertas éstas. El río Áquerón, después de él el Cocito, recibe a los que han de atravesarlos para ser llevados a Minos y Radamanto, —a la llamada “llanura de la verdad". Allí están sentados los jueces que van a sentenciar, uno por uno, a los que lleguen, sobre qué vida han vivido y en qué se ocuparon mientras habitaban en el cuerpo. Pero no hay truco ni manera de mentir. Pues bien: quienes siguieron durante la vida la inspiración del daimonio bueno, pasarán a habitar el país de los piadosos, donde pródigas estaciones hacen brotar toda clase de fecundos frutos, corren manantiales de aguas puras, toda clase de praderas emprimaveradas de variadas flores, conversaciones de filósofos y teatros de poetas, coros circulares, audiciones musicales, banquetes bien ordenados, festines, regalo de los coristas mismos, inmezclada ausencia de penas, y placentero régimen de vida. Nada de invierno o verano rigurosos, sino corre, bien puro, un aire atemperado por suaves rayos de Sol. Hay allá, para los iniciados, asiento de primera fila, y allí cumplen los ritos sagrados. ¿Cómo, pues, no participarías tú, como uno de los primeros, de tal honor, siendo como eres progenie de los dioses? Y dícese que la comparsa de Hércules y Apolo, al descender al Hades, allí primero se iniciaron y que la diosa de Eleusis les dio alientos para atreverse a tal peregrinación. Mas quienes dirigieron su vida por el camino de la maldad son conducidos por las Erinias, a través del Tártaro, al Erebo y al Caos donde están el coro de los impíos, los toneles sin fondo de las Danaidas; de Tántalo, la sed; de Titio, las entrañas, eternamente devoradas y renacientes; y de Sísifo. El peñasco, trabajo inacabable cuyos términos son, a su vez, principio de nuevos trabajos. Allí, lamidos por fieras, abrasados permanentemente por antorchas de Penas y atormentados por toda clase de tormentos son consumidos por eternos castigos. [372a] Esto es lo que de Gobrías oí; sobre ello, juzga tú, Axíoco. Que yo, arrastrado por encontradas razones, solamente sé en firme que toda alma es inmortal; mas la que de esta región transmigre está, además, exenta de penas. Así que o arriba o abajo, has de ser bienaventurado, Axíoco, pues has vivido piadosamente. [372a] Axíoco: Me ruborizo de decirte, Sócrates, que tan lejos estoy de temer a la muerte que ya hasta amor le tengo. Tanto este razonamiento como el del cielo me han convencido, y desprecio ya la vida pues a mejor habitación transmigraré. Pero ahora, y tranquilamente, haré conmigo recuento de lo dicho. Házte presente, Sócrates, después del mediodía. [372a] Sócrates: Lo haré como dices, ya me vuelvo al Kynosargues a pasear, de donde me llamaron acá.