Cármides — Plato ================ ΧΑΡΜΙΔΗΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/chrm/ This file: https://plato-scroll.com/text/chrm-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/chrm.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/chrm-b.txt - W.R.M. Lamb (Loeb, 1927): https://plato-scroll.com/text/chrm-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/chrm-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/chrm-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [153a] Llegué ayer por la tarde del campamento en Potidea y, por ausente bastante tiempo, me fui gustoso a las habituales ocupaciones. Y por cierto entré en la palestra de Taureas, —la de enfrente al santuario de Basilé; y allí me hallé con muchísimos, muchos de ellos desconocidos para mi; los más, conocidos. Apenas me vieron entrar tan inesperadamente, inmediatamente, de lejos, y desde donde estaba cada uno me saludó. Mas Querefonte, por maniático, saliéndose de en medio de ellos se me precipitó y tomándome de la mano dijo: “Sócrates, ¿cómo has salido sano y salvo de la batalla?, (Que poco antes de partir nosotros tuvo lugar la batalla de Potidea, de la que apenas si los de aquí tienen noticias). [153b] —Y contestándole repliqué: Pues como me ves. Que aquí han llegado noticias, dijo él, de que la batalla fue grandemente dura y que cayeron muertos en ella muchos de los conocidos. [153e] —Son exactas y verdaderas, añadí yo. [153e] —¿Estuviste presente en la batalla?, preguntó él. [153e] —Estuve presente. [153e] —Siéntate aquí, dijo, y cuéntanoslo, porque no estamos de todo ello claramente informados. Y a la vez, conduciéndome, me hizo sentar junto a Critias el de Caliscro. Sentándome, pues, saludé a Critias y al resto y les referí, acerca del ejército, lo que se me preguntó, que cada cual preguntó lo suyo. Cuando quedamos satisfechos en este punto, pregunté yo, mi vez, por lo de aquí: sobre el estado actual de la filosofía, sobre los jóvenes, si se destacaban algunos por la sabiduría o por la belleza o aventajados en ambas. Mas Critias. [154a] mirando hacia la puerta, y viendo que algunos jóvenes entraban, peleándose unos con otros, seguidos de todo un grupo, dijo: “Sócrates, me parece que, acerca de los bellos, inmediatamente te enterarás, porque los que entran da la buena suerte de que son los precursores y enamorados del que pasa por ser el más bello entre los de ahora; y me parece que aun él mismo está ya cerca de llegar”. [154a] —¿Quién es y de quién?, repliqué yo. [154a] —Lo conoces, dijo; mas, antes de partir tú no había llegado a edad; es Cármides, el hijo de nuestro tío Glaucón, así que mi primo. [154b] —Conózcolo bien, por Júpiter! contesté yo; y no era, de niño, cosa de menospreciar; pero creo que debe ser ahora todo un mozo. [154b] —Inmediatamente, dijo, sabrás de su edad y talante. Y mientras decía esto, entraba Cármides. Para mí, compañero, no hay patrón de medida, porque, sencillamente, la soy en blanco para los bellos, y casi todos los de esta edad me parecen bellos. En verdad se me apareció entonces maravilloso en estatura y en belleza. Me pareció que todos los demás se extasiaron y perturbaron cuando entró; hacíanle de séquito muchos otros enamorados. Para nosotros los varones no resultaba tan maravilloso; mas observando a los muchachos advertí que ninguno, ni aun de los más pequeños, miraba a otra parte, sino que todos lo contemplaban cual a estatua. Mas Querefonte, llamándome, me dijo: ¿Qué té parece del joven, Sócrates? ¿No es bello de cara? [154e] —Superlativamente, respondí yo. [154e] —Mas si consintiera, dije, en desnudarse perderías de vista la cara, tan grandemente bello es de eidos! Y confirmaron los demás estas palabras de Querefonte. Mas yo añadí: ¡Por Hércules!, lo fuera irresistible si tan sólo se le sobreañadiera una pequeñez. [154e] —¿Qué?, preguntó Critias. [154e] —Sí fuera, respondí yo, bien nacido de alma. Aunque debe serlo, Critias, por ser de vuestra casa. [154e] —Es bello-y-bueno, dijo, aun en esto. [154e] —¿Qué, pues, añadí, si lo desnudáramos de alma y la contempláramos antes que su eidos? Porque a su edad querrá dialogar. [154e] —Y mucho, dijo Critias, porque, de cierto, es hasta filósofo y, como lo parece a otros y a sí mismo, gran poeta. [155a] —Querido Critias, dije yo, esta belleza os viene de lejos: del parentesco con Solón. Mas, ¿por qué, llamando al joven, no me lo presentas?, porque aunque fuera yo más joven nada habría de reprochable en que dialogara con él en tu presencia, siendo como eres su tutor y primo. [155a] —Bellamente hablas, dijo; llamémoslo. [155b] Y al acompañante añadió: “muchacho, llama a Cármides y dile que quiero presentarlo a un médico, sobre la indisposición de que me dijo ayer padecía”. Y a mí me dijo Critias: “me contó de su pesadez de cabeza al levantarse. ¿Qué impide el que finjas ante él conocer un remedio para la cabeza?”. [155b] —Nada, respondí yo; que venga. [155b] —Pues vendrá, dijo. Y así fue, pues vino; y causó mucha risa el que cada uno de los que estábamos sentados empujó violentamente al vecino para que así se sentara junto a él, de modo que, de los que estaban sentados en los extremos, a uno lo hicimos levantar; a otro, caer de lado. Cármides, en llegando se sentó entre mí y Critias. Mas entonces, querido, me desconcerté y se me vino abajo aquel mi anterior atrevimiento de que me sería cosa fácil dialogar con él. Empero, cuando dijo Critias que yo era el conocedor del remedio, me dio algo así como una mirada desconcertante, y se aprestaba a preguntar, y todos los de la palestra se apresuraron a hacernos círculo, entonces, por cierto, noble amigo, vi lo de dentro del manto y me inflamé; no estuvo en mi poder, y tuve Fidias por sapientísimo en cosas de amor, al decir, acerca de muchacho bello, aconsejando a otro: “onárdese bien el cervatillo frente al león, no llegue a ser su presa de carne”, que yo mismo creí haber sido hecho presa de tal creatura. Sin embargo, al preguntarme si sabía de remedio para la cabeza, con dificultad respondí que lo sabía. [155e] —¿Cuál es?, preguntó. Y yo contesté que era una cierta hoja, a la vez que un encantamiento con el remedio, que si se cantaba lo uno y administraba lo otro, el remedio operaba íntegramente; mas que, sin el encantamiento, la hoja no servía de nada. [156a] —Copiaré al dictado tuyo, dijo, el encantamiento. [156a] —¿Tanto, añadí yo, si me convences como si no? Riéndose replicó: Si te convenzo, Sócrates. [156a] —Sea, pues dije yo. ¿Estás seguro de mi nombre? Si no me equivoco, replicó; no es poco lo que hablamos de ti entre los de nuestra edad, aparte de que me recuerdo que, siendo niño, eras de la compañía de Critias. [156b] —Haces bellamente en recordarlo, añadí; por lo cual te hablaré, más francamente del encantamiento, en qué consiste, que estaba desconcertado acerca del modo de mostrarte su poder; porque, Cármides, es tal que no puede curar solamente la cabeza. Pero tal vez hayas oído de los buenos médicos que, cuando acude a ellos uno con dolor de ojos, dicen que no pueden encargarse tan sólo de curar los ojos, sino que es necesario cuidar también la cabeza, si es que se quiere el bien de los ojos; y, a su vez, que es gran insensatez creer que se puede sanar a la cabeza, a ella precisamente, aparte del cuerpo entero. En virtud de este razonamiento, prescribiendo un régimen para todo el cuerpo, emprenden curar y sanar, con el todo, la parte. ¿No te has enterado de que hablan así y de que así son las cosas? [156e] —Ciertamente, respondió. [156e] —¿Te parece bellamente dicho y aceptas el razonamiento? [156e] —Absolutamente, respondió. Oyendo yo su aprobación, me reanimé; volvióme poco a poco mi atrevimiento; me enardecí, y dije: “Así es la cosa, Cármides, y tal es la naturaleza del encantamiento. Lo aprendí, durante una campaña, de uno de los tracios, uno de los de Zalmoxis, de los que se dice hacen hasta inmortales. Decía ese tracio que, en este punto, los griegos decían bellamente lo que yo acabo de decir. Mas Zalmoxis, dijo, nuestro rey, siendo como era dios, afirma que, así como no se ha de emprender curar los ojos sin la cabeza ni la cabeza sin el cuerpo, parecidamente tampoco al cuerpo sin el alma; y ésta es la causa por la que la mayoría de las enfermedades se les evaden a los médicos de Grecia: que descuidan el todo, del que justamente habría que preocuparse; y, no habiéndose el todo bellamente, es imposible que la parte esté bien. Porque, dijo, del alma le viene al cuerpo y al hombre íntegro tanto lo malo como lo bueno, y fluye de ella igualmente de la cabeza a los ojos. Esto es lo que primero y ante todo y sobre todo hay que cuidar, si se quiere que estén bien lo de la cabeza y lo restante del cuerpo. Al alma, dijo, feliz de él, se la cuida con algunos encantamientos; mas tales encantamientos son las palabras que sean bellas, que de semejantes palabras se engendra en e almas la Sapiencia, engendrada y presente la cual resulta fácil proporcionar la salud la cabeza y al resto del cuerpo. Dándome a conocer, pues, el remedio y el encantamiento me advirtió: que nadie te convenza de curarle la cabeza con este remedio, si no comienza por encomendarte su alma a la cura del encantamiento. Que hasta el presente, dijo, el error entre los hombres consiste en que algunos médicos emprenden el que una cosa vaya sin la otra: sapiencia y salud. Y me recomendó muy particularmente que nadie, por rico, noble o bello que sea, me convenza de obrar de otra manera. Así que yo —pues se lo juré y debo obedecer— le obedeceré; y respecto de ti, si quieres, siguiendo las prescripciones del extranjero, comenzar por someter tu alma a los encantamientos del tracio, te daré el remedio para la cabeza; si no, no tendría qué hacer contigo, querido Cármides”. Habiéndome, pues. Critias oído decir esto, me replicó: "buena suerte, Sócrates, fuera, para el joven, este mal de cabeza si le forzara, mediante la cabeza, a mejorar la mente. Mas te diré que Cármides no sólo parece destacarse frente a los de su edad por la idea, sino aun por eso mismo que, como dices, tiene el encantamiento, que es la sapiencia. ¿No es así? [157d] —Ciertamente, respondí yo. [157d] —Sábete bien, dijo, que parece ser, de mucho, más sapiente que los de ahora; y en cuanto a lo que atañe a juventud, nadie es inferior. [157d] —Además, añadí yo, es de justicia, Cármides, que te distingas de los demás en todos estos aspectos, porque, creo, que ninguno de los presentes puede ostentar tan fácilmente cómo dos casas atenienses convergen, al parecer, en lo mismo: en más bella y mejor genealogía que la por ti heredada. Porque respecto de vuestra casa paterna, la de Critias, hijo de Drópides, encomiada por Anacreonte y por Solón y por tantos otros poetas, se nos presenta cual distinguida en belleza, virtud, y demás de lo llamado “bienaventuranza”. A su vez, la de vuestra madre, parecidamente. Pirilampo, tu tío materno, parece haber sido varón el más bello y mejor del continente, siempre de embajador ante el Gran Rey o ante cualquiera otro del continente, aparte de que su casa no es inferior a ninguna. Proviniendo de los tales, es verosímil hb que en todo seas el primero. En cuanto a lo visible de tu idea, hijo querido de Glaucón, me parece que ninguno de tus antepasados te ha superado. Mas si eres bien nacido aun en cuanto a sapiencia y cosas por el estilo, tu madre, añadí yo, querido Cármides, te dio a luz feliz. Pero el punto es éste: si, como dice Critias, posees sapiencia, y la posees suficiente, no tienes necesidad de los encantamientos de Zalmoxis o de los de Abaris el hiperbóreo; así que habría de darte ya el remedio para la cabeza; mas si carecieres de aquélla, el encantamiento ha de preceder a la administración del remedio. Dime, pues, tú mismo si convienes con Critias, y afirmas que posees ya suficiente sapiencia o estás deficiente en ella. Ruboroso, comenzó Cármides por parecer aún más bello. [158a] —que a su edad le iba bien tal timidez; después, respondió, y no sin dignidad, que no le era fácil, de momento, ni conceder ni negar lo preguntado. Porque si, añadió, afirmo que no soy sapiente, aparte de resultar desconcertante el decir tal cosa de uno mismo, dejo a la vez en falso a Critias y a otros muchos a cuyos ojos paso por sapiente, como dice él. Mas si lo afirmo, me alabo a mí mismo, y parecerá pesadez; no tengo, pues, qué contestarte. Entonces le dije: "es natural que lo digas, Cármides. Y me parece, añadí yo, que consideremos en común si posees o no lo que pregunto, para que ni tú te sientas forzado a decir lo que no quieres ni yo, inconsideradamente, eche mano a la medicina. Si te agrada, pues, lo quiero considerar contigo; si no, dejarlo correr”. [158e] —Me es, respondió, sobremanera agradable; así que, en vista de esto, considera cuál te parece ser la mejor manera, y considerémoslo de ella. [158e] —Esta me parece ser, añadí yo, la mejor manera de considerarlo: es claro que, si posees sapiencia, tendrás alguna opinión sobre ella, ya que, de necesidad, existiendo en ti y por existir en ti, dará de sí alguna sensación de la que te procederá alguna opinión sobre "qué es' y "cuál es” la sapiencia. ¿No lo crees? [159a] —lo creo, respondió. [159a] —así que, añadí yo, puesto que por cierto sabes griego, ¿no me dirías, acerca de lo que crees, lo que te parece? [159a] —Tal vez, respondió. [159a] —Para que, pues, conjeturemos si la tienes o no, dime, añadí yo, 'qué es', según tu opinión, Sapiencia. [159b] De buenas a primeras se resistió y no quería contestar; mas después dijo que le parecía consistir Sapiencia en hacer todo decorosa y tranquilamente, —caminar en las calles, hablar y hacer parecidamente todo lo demás. Y me parece, añadió, que lo que preguntas es, compendiosamente, una cierta tranquilidad. [159b] —¿Dices bien?, añadí yo; se dice por cierto, Cármides, que los tranquilos son sapientes. Veamos, por cierto, si con ello dicen algo, porque dime tú: la sapiencia, ¿no es una de ce las cosas bellas? [159b] —Absolutamente, contestó. [159b] —Pues bien: en la escuela de gramática, ¿qué es más bello escribir, parecidas las letras, de prisa o despacio? —De prisa. [159b] —Y ¿qué en la lectura? ¿De prisa o despacio? —De prisa. [159b] —Así mismo, respecto de tocar la cítara hacerlo de prisa; y de boxear, ágil, ¿no es mucho más bello que hacerlo tranquila y lentamente? —Sí. [159b] —Y ¿qué del pugilato y del pancracio? ¿No vale lo mismo? —Ciertamente. [159d] —En el correr, saltar y en toda otra acción del cuerpo, hechas ágil y velozmente ¿no son bellas?; ¿mas las tranquilas y cansinas, feas? [159d] —Parece. [159d] —Nos parece, pues, añadí yo, que, respecto del cuerpo, no lo tranquilo sino lo más veloz y más ágil es lo más bello. ¿No es así? [159d] —Ciertamente. [159d] —Mas ¿la sapiencia es algo bello? —Sí. [159d] —En este caso, respecto del cuerpo, no sería la lentitud, sino la velocidad, lo más sapiente, ya que la sapiencia es bella. [159d] —Tal parece, dijo. [159d] —¿Pues qué?, añadí yo; en el aprender ¿la facilidad es más [159e] — bella que la dificultad? —La facilidad lo es. [159e] —Mas, repliqué, ¿la facilidad en aprender es aprender velozmente, mientras que la dificultad en aprender es hacerlo cansina y lentamente? —Sí. [159e] —Enseñar a otro, ¿no es más bello hacerlo veloz y lo es mucho más que cansina y lentamente? —Sí. [159e] —Y ¿qué, respecto de recordar y acordarse, es más bello tranquilo y lento que mucho y veloz? —Mucho y veloz, respondió. [160a] —la sutileza, ¿es una cierta agudeza del alma; mas no, lentitud de ella? —Es verdad. [160a] —Según esto mismo: aprehender lo dicho, tanto en la escuela de gramática, como en la de cítara y en todo lo demás, ¿no es lo más bello lo más lento sino lo más veloz? [160a] —Si. [160a] —Mas en las investigaciones del alma, en las deliberaciones, no es el más lento, según creo, y el que con dificultad se decide y descubre el que parece digno de alabanza, sino el L que lo hace fácil y velozmente. [160a] —Así es, contestó. [160a] —¿Así que, añadí, Cármides, en lo referente tanto al alma como al cuerpo la velocidad y la agilidad nos parecen más bellas que la lentitud y tranquilidad? [160a] —Parece, contestó. [160a] —Así que la sapiencia no sería una cierta serenidad, ni la vida sapiente sería la serena, al menos según este razonamiento, ya que quien es sapiente ha de ser bello. Porque una de dos: o nunca o raras veces las acciones serenas nos parecieron, en la vida, más bellas que las rápidas y fuertes. Si, pues, querido, las acciones tranquilas no son, en el mejor de los casos y con mayor frecuencia más bellas que las fuertes y rápidas, tampoco por igual razón la sapiencia no consistiría más en obrar tranquilamente que en hacerlo fuerte y velozmente, ni en el caminar ni en el hablar ni en otro caso alguno; ni la vida tranquila sería más sapiente que la intranquila, ya que en nuestro razonamiento supusimos que la sapiencia era algo bello; mas lo rápido no se ha aparecido como menos bello que lo lento. [160d] —Me parece, Sócrates, que has hablado correctamente. [160d] —Una vez más, Cármides, añadí, poniendo mientes y mirándote más a ti mismo, considerando la calidad que te da la presencia de la serenidad y cómo siendo ella tal te hizo tal a ti, recapitulando todo esto, contéstame bien y virilmente qué te parece ser ella. [160e] Contúvose un momento, y reflexionando bien varonilmente para consigo mismo, respondió: “me parece que la sapiencia hace al hombre avergonzarse y vergonzoso, y que la sapiencia es lo mismo que pudor”. [160e] —Pues bien, añadí, ¿no conviniste hace un momento en que la sapiencia es bella? [160e] —Ciertamente, contestó. [160e] —¿Así que los sapientes son además varones buenos? [160e] —Si. [160e] —¿Sería, pues, bueno lo que produce no buenos? —No por cierto. [160e] —Así que la sapiencia no es tan sólo algo bello sino aun bueno. [160e] —Me lo parece. [161a] —¿Qué?, pues, añadí; ¿no creerás que Homero dice bellamente, al decir que el pudor no le está bien a varón menesteroso? [161a] —Yo sí, respondió. [161a] —Al parecer, pues, el pudor es y no es bueno. —Parece. [161a] —Mas la sapiencia es buena, si su presencia hace buenos a los hombres, y nunca malos. [161a] —Me parece que esto se ha tal cual tú lo dices. [161b] —Así que la sapiencia no puede ser pudor, si se da el caso de que ella es buena; mas el pudor no es más bien bueno que malo. [161b] —Me parece, Sócrates, respondió, que esto está correctamente dicho; mas considera estotro acerca de la sapiencia, a ver qué te parece. Acabo de recordarme haber oído a alguien decir que sapiencia es “hacer cada uno su quehacer”. Considera si te parece lo dijo correctamente quien lo dijo. [161b] —Mas yo repliqué: ¡canalla! lo has oído de Critias o de algún otro de los sabios. [161b] —Al parecer, dijo Critias, de otro, pues no de mí. [161b] —Pero ¿qué importa, Sócrates, replicó Critias, de quién lo haya oído? [161b] —Nada en absoluto, respondí; que, en todo caso, no hay que poner en consideración lo de quién lo dijo, sino más bien si lo dijo según verdad o no. [161b] —Estás hablando ahora correctamente, contestó. [161b] —¡Por Júpiter!, repliqué yo; mas me admiraría si encontrásemos cómo se ha, pues se parece a enigma. [161b] —¿Por qué?, replicó. [161d] —Porque, respondí yo, lo que suena en las palabras no es lo mismo que lo que pensaba quien dijo que "sapiencia consiste en hacer cada uno su quehacer”. O ¿es que crees no hacer nada el maestro de escuela cuando escribe o lee? [161d] —Yo creería que hace, respondió. [161d] —¿Te parece, pues, que el tal maestro sólo escribe y lee su propio nombre, y enseña eso a los párvulos? ¿O bien escribís tanto vuestros nombres como los de los amigos? [161d] —No menos unos que otros. [161d] —¿Erais unos métomentodo y nada sapientes al hacerlo así? [161d] —En modo alguno. [161d] —Mas, por cierto, no hacíais vuestro quehacer, si escribir es hacer algo, y lo es leer. —Pues lo es. [161e] —Además, compañero, curar, edificar, tejer y ejecutar cualquiera de las obras de una arte cualquiera es, de seguro, hacer algo. —Ciertamente. [161e] —Y ¿qué de estotro?, añadí yo: ¿Crees que una Ciudad se administraría bien según una ley que mandara que cada uno tejiera y lavara sus propios vestidos, fabricara sus zapatos. [162a] su aceitera y almohaza y cosas por el estilo, sin meter mano en lo de los demás, haciendo, más bien, cada uno su quehacer? —No me lo parece, contestó. [162a] —¿Mas, de seguro, repliqué, una Ciudad sapientemente administrada estaría bien administrada? —Pues ¿cómo no?, respondió. [162a] —Así que, repliqué, hacer tales cosas y hacer así su propio quehacer no sería sapiencia. —Parece evidente que no. [162a] — Parece, pues, que hablaba en enigmas de lo que yo acabo de hablar quien decía ser Sapiencia hacer cada uno lo suyo; porque no era tan estúpido; ¿o es que a algún estúpido has oído, Cármides, decir eso? [162b] — Jamás, contestó, porque el tal me parecía ser grandemente sabio. [162b] —Me parece, pues, entonces que, sobre todo, nos propuso un enigma: el de que es difícil conocer en qué consiste el hacer cada uno lo suyo. [162b] —Tal vez, replicó. [162b] —¿Qué sería, pues, hacer cada uno lo suyo? ¿Puedes decírmelo? [162b] —Por Júpiter!, que no lo sé, respondió; mas tal vez no haya inconveniente en que ni siquiera quien lo dijo supiera qué entendía por ello. Y mientras decía esto sonrió y miró hacia Critias. Mas era evidente que, desde hacía rato. Critias estaba luchando por distinguirse ante Cármides y los presentes, pero habiéndose contenido dificultosamente hasta entonces, ya no podía más, porque me parece ser verdad, sobre todo, lo que suponía: que Cármides había oído a Critias tal respuesta acerca de la sapiencia. Pero Cármides, no queriendo someterse él al razonamiento, mas sí a Critias a la respuesta, lo incitaba y daba muestras de estar refutado. Pero Critias se resistía y me pareció que se enfadaba cual lo hace el poeta con el actor que representa mal sus obras, de manera que, fijando en él la mirada, le dijo: "¿Piensas, pues, Cármides, que, si tú no sabes qué entendía quien afirmó ser la sapiencia hacer cada cual lo suyo, tampoco él lo sabía?” [162d] —Mas, óptimo de Critias, repliqué yo, nada tiene de sorprendente que, a tal edad, lo ignore; empero es natural que tú lo sepas, a causa de tu edad y estudios. Si, pues, convienes en que la sapiencia es lo que él dice, y aceptas su razonamiento, me sería muchísimo más agradable que considerásemos contigo si es verdad o no lo dicho. [162e] —Convengo totalmente en ello y lo acepto, respondió. [162e] —Bello es de tu parte, repliqué yo, hacerlo así. Dime, pues; ¿convienes en lo que estaba preguntando: que todos los artesanos hacen algo? [163a] —Yo, sí, ciertamente. [163a] —¿No opinas que hacen no solamente lo suyo, sino también lo de otros? [163a] —También lo de otros. [163a] —Son, pues, sapientes al no hacer tan sólo lo suyo? [163a] —¿Qué lo impide?, respondió. [163a] —Nada por mi parte, repliqué; pero mira que esto no resulte impedimento para quien, habiendo supuesto que “la sapiencia es hacer cada cual lo suyo”, afirme después que hacer lo de los otros en nada impide el ser sapiente. [163a] —¿Convine ya, replicó, en que son sapientes los que hacen lo de otros, o convine en ello respecto de los que obran? [163b] —Dime, pues, añadí, ¿dices que no son lo mismo hacer y obrar? [163b] —No por cierto, contestó; que tampoco lo son trabajar y hacer; lo aprendí de Hesíodo quien afirmó «ningún trabajo es vergüenza». ¿Piensas que si hubiera aplicado lo de trabajar y obrar a esos oficios de los que tú hablas, habría afirmado que no es vergonzoso ser zapatero, conservero O fámulo? No hay que creerlo, Sócrates; más bien, creo, que concibió el hacer como distinto de obrar y trabajar; y que hacer resulta a veces una vergüenza cuando no se lo realiza con belleza; mas que trabajar no es jamás para nadie una vergüenza, porque a lo hecho con belleza y utilidad dio el nombre de “trabajo”; y a tales acciones, los de trabajo y obras. Hay que pensar, pues, que consideré como propias tan sólo a éstas; mas a todo lo dañino, cual ajeno; de manera que se ha de creer que Hesíodo, y cualquiera sensato, denominó "sapiente” al que obra lo suyo. [163e] —Critias, añadí yo; apenas comenzaste capté tu pensamiento: que a lo propio y a lo de uno llamabas “bueno”; y a las acciones de los buenos, “obras”; que miles de veces oí a Pródico acerca de las distinciones entre nombres. Mas te concedo que pongas los nombres de la manera que prefieras en cada caso; aclara solamente a qué aplicas el nombre que dices. Redefine, pues, desde el comienzo más claramente: ¿a la obra o acción, o como quieras denominarlo, de cosas buenas, a eso llamas “sapiencia”? [163e] —Yo, sí, ciertamente. [163e] —¿Así que no es sapiente el que obra mal, sino el que bien? [163e] —¿Es que, añadió, óptimo, no te lo pe así? [163e] —Deja eso, repliqué; que no consideramos lo que me parece a mí, sino lo que tú estás diciendo. [163e] —Pues bien, añadió, yo mismo afirmo que quien hace no el bien sino el mal no es sapiente; mas lo es quien hace el bien y no el mal. Así que claramente defino ser Sapiencia obrar el bien. [164a] —Tal vez nada impida el que digas verdad; mas esto, añadí, me desconcierta: si crees que los hombres sapientes ignoran que son sapientes. [164a] —No lo creo, respondió. [164a] —No mucho antes, repliqué, dijiste que nada impide el que los artesanos sean sapientes, aun haciendo lo de otros. [164a] —Se dijo; mas ¿qué? [164a] —Nada; pero dime si un médico, haciendo a uno sano, hace algo provechoso para sí y para el sanado, —Ciertamente. [164b] —¿Y quien obra así obra lo debido? —sí. [164b] —¿Quien obra lo debido no es sapiente? —Es, de seguro, sapiente. [164b] —Ahora bien: ¿es preciso que el médico conozca cuándo cura provechosamente y cuándo no?: y parecidamente, ¿que cada artesano conozca cuándo sacará beneficio de su trabajo y cuándo no? [164b] —Probablemente, no. [164b] —A veces, pues, añadí, obrando provechosamente o dañinamente el médico no conoce lo que obra, aunque, obrando provechosamente, según tu razonamiento obró sapientemente ¿O no lo dijiste así? [164b] —Yo, sí, ciertamente. [164b] —¿Así, pues, al parecer, obrando a veces provechosamente obra sapientemente y es sapiente; mas ignora que lo es? [164b] —Mas esto, Sócrates, respondió, jamás pasará. Pero si crees que necesariamente pasa a tenor de lo concedido anteriormente por mí, retiraría algo, y no me avergonzaría de afirmar haber hablado incorrectamente, más bien que conceder alguna vez que hombre que se ignora a sí mismo sea sapiente. Casi casi afirmaría que en esto mismo consiste la sapiencia: en conocerse a sí mismo; y concuerdo con quien puso en Delfos tal inscripción, porque me parece haberse puesto tal inscripción algo así como saludo del Dios a los que entran, en lugar de la de «regocíjate», cual si no fuera este saludo el correcto: el de regocijarse, ni a lo que hace falta exhortarse unos a otros, sino el de «sé sapiente». Así el dios de manera diferente a las humanas se dirige a los que entran al templo, pensando así puso tal inscripción quien la puso, tal es mi parecer; y no dice a quienquiera que entre sino «sé sapiente»; mas lo dice, por adivino, en forma más enigmática, porque, en realidad, «conócete a ti mismo y sé sapiente» son lo mismo, como decimos la inscripción y yo; tal vez alguien piense que no; la que me parece, por cierto, haber pasado a los que pusieron posteriormente inscripciones, cual «nada en demasía», «garantiza, y perderás». Y por esto creyeron que era un consejo eso de «conócete a ti mismo», y no una salutación del Dios a los que entraban; y para no ser ellos menos en eso de poner consejos provechosos, los pusieron inscribiendo estotros. La finalidad de decir todo esto, Sócrates, es que retiro todo lo anterior en favor de lo tuyo, pues tal vez tú hablaste más correctamente acerca de ello, o tal vez yo, —que no quedó en claro nada de lo que dijimos. Mas ahora quiero razonar contigo acerca de esto, si no admites que la sapiencia consiste en conocerse uno a si mismo. [165b] —Pero, Critias, repliqué, te diriges a mi cual si yo dijera que sé lo que pregunto, y que conviniera contigo si la quisiera. Mas no es así, sino que escudriño contigo lo propuesto porque yo mismo no lo sé; en habiéndolo considerado, pues, quiero decirte si convengo o no contigo. Aguarda que lo piense. [165b] —Piénsalo entonces, dijo. [165b] —Pues lo estoy pensando, repliqué. Porque si la sapiencia consiste en conocer algo, es claro que sería una cierta manera de ciencia y de ciencia de algo. ¿No es así? —Sí, respondió: ciencia de sí mismo. [165b] —Mas la medicina, repliqué, ¿no es ciencia de la salud? [165b] —Ciertamente. [165b] —Si, pues, añadí, me preguntaras si la medicina, por ser ciencia de la salud, nos es de utilidad y produce algo, diría que noes pequeña su utilidad, porque produce en nosotros esa bella obra que es la salud, —si me concedes esto. —Lo concedo. [165d] —Y si me preguntares ahora respecto de la arquitectura, que es la ciencia de edificar, cuál es la obra producida por ella, diría que son las casas. Y parecidamente respecto de las demás artes. Es, pues, preciso que tú, Critias, tengas qué responder acerca de la sapiencia, ya que afirmas que es ciencia de sí misma, qué obra bella y digna del nombre produce por ser ciencia de sí misma. Vamos, pues; dilo. [165e] — Mas, Sócrates, respondió, no procedes correctamente, por que no es su naturaleza semejante a la de las demás ciencias, que tampoco ellas lo son entre sí; mas tú procedes en la investigación cual si fueren iguales. Porque dime, añadió, respecto de la arte calculatoria o de la geométrica, ¿cuál es en ellas la obra equivalente a casa en la arquitectónica o vestido en la textilera u obras tales que se podrían mostrar en muchas artes? ¿Puedes mostrarme, en aquellas dos artes. [166a] algo así como una obra equivalente? No podrás, lo que yo respondí: “dices verdad”. Mas puedo mostrarte sobre qué versa cada una de estas ciencias, que se da el caso de ser distinto de la misma ciencia. Así la calculatoria es ciencia de lo par e impar cómo se han en cuanto a multitud respecto de sí mismos y de uno frente otro, ¿No es así? [166a] —Lo es ciertamente, respondió. [166a] —¿Siendo lo impar y lo par algo diverso de la calculatoria misma? —¿Cómo no? [166b] —De nuevo: la estática, por cierto, es ciencia de lo más o menos pesado y ligero; mas lo pesado y ligero son algo diverso de la estática misma. ¿Lo concedes? —Yo, sí, ciertamente. [166b] —Dime, pues: ¿la sapiencia es ciencia de qué, distinto, en su caso, de la sapiencia misma? [166b] —Estamos en las mismas, Sócrates: llegas, investigando, a "en qué' se distingue la sapiencia de todas las demás ciencias; mas tú vas en busca de la semejanza con ellas. Mas no hay tal cosa, porque las demás ciencias lo son de algo, mas no de sí mismas; tan sólo esta es ciencia de las demás ciencias y de sí misma. Y está bien lejos de ocultársete esto; sino que, creo, estás haciendo lo que afirmaste no harías, ya que te empeñas en refutarme, abandonando aquello de que trata el razonamiento. [166b] —Gran error haces, repliqué yo, creyendo que, si te refuto, lo hago por otro motivo, y no porque, investigando yo mismo qué es lo que digo, temo, tal vez sin darme cuenta, saber algo, no sabiendo nada. Te digo, por mi palabra, que esto Es lo que estoy haciendo: examinar el razonamiento no solamente en favor mío, sino, tal vez, también, en favor de los demás allegados. ¿O es que no crees que es, casi de seguro, bien común humano llegar a estar bien en claro cómo se ha cada ente? [166d] —Y mucho, por mi palabra, Sócrates, —contestó. [166d] —¡Animos!, pues, repliqué, feliz de ti; responde a qué te parece lo preguntado y envía a paseo eso de si el refutado es Critias o Sócrates; pon mientes en el razonamiento y considera cómo saldrá de la refutación. [166e] —Pues lo haré así, respondió, ya que me parece hablas convenientemente. [166e] —Di, pues, añadí, en qué sentido hablas sobre sapiencia. [166e] —Digo, pues, respondió, que sólo ella, entre todas las ciencias, lo es de sí misma y es ciencia de las demás ciencias. [166e] —Según esto, sería también ciencia de la insciencia, ya que lo es de la ciencia. —De seguro, contestó. [167a] —En tal caso sólo el sapiente se conocerá a sí mismo y será capaz él, y ningún otro, de poner a prueba si se da la suerte de que sepa él o no algo; y parecidamente podrá escudriñar en los otros —él, pero ninguno de los otros— qué es lo que uno sabe y cree saber, si es que lo sabe; y, a su vez, si cree que sabe, mas no sabe. En esto por cierto, consiste el ser sapiente y la sapiencia: en conocerse a sí mismo: en saber uno lo que sabe y lo que no sabe. ¿Es esto lo que dices? [167a] —Yo, sí, ciertamente. [167a] —Una vez más, añadí, y vaya «la tercera en honor del Salvador». Consideremos, ante todo y cómo, desde el comienzo, sí es posible o no esto: respecto de lo que sabe y de lo que no sabe, saber que sabe y que no sabe. Después, si de ser posible, qué ventaja, sobre todo reportaría a los que lo saben. [167b] —Hemos de considerarlo, respondió. [167b] —Vamos, añadí, Critias; considéralo, a ver si eres tú de más recursos que yo, porque yo estoy sin ellos; y, por qué sea así, te lo diré. [167b] —Dilo sea como sea, contestó. [167b] —Si es lo que acabas de decir, repliqué, todo esto se reduce que hay una ciencia que es, precisamente, ciencia de sí misma y de las demás ciencias, y que ella misma es ciencia hasta de la insciencia. [167c] —Así del todo es. [167c] —Ve, pues, compañero, cuán desconcertante es lo que pretendemos decir, porque, si consideras eso mismo en otros casos, te llegará a parecer, tal creo, imposible. —¿Cómo y en qué casos? [167c] —En éstos: piensa en si te parece haber una vista que no sea vista de lo que son las demás vistas, sino que sea vista de sí misma y de las demás vistas e igualmente vista de las no vistas; que, aun siendo vista, no vea color, mas sí a si misma y a las demás vistas. ¿Te parece haber una vista tal? [167c] —Por Júpiter!, no a mí. [167c] —¿Y qué, respecto de un oído, que no oiga voz alguna, mas se oiga a sí mismo y demás oíbles y no oíbles? —Tampoco esto. [167c] —In compendio: considéralo respecto de todas las sensaciones, si te parece haber alguna que sea sensación de sensaciones y de sí misma; mas no sienta nada de lo que sienten las demás sensaciones. — También no, a mí. [167c] —¡Te parece haber algún apetito que no sea apetito de ningún placer, sino de sí mismo y de los demás apetitos? [167c] —Tampoco, ciertamente. [167c] —NI hay volición, creo, que no sea voluntad de algo bueno; mas lo sea de sí misma y de las demás voliciones. [167c] —Pues no. [167c] —¿Mas afirmarías que hay un amor tal que no tenga la suerte de ser amor de algo bello; mas lo sea de sí mismo y de los otros amores? [167c] —No, por cierta, yo. [167c] —¿Has observado algún miedo que sea miedo de sí mismo y de los demás miedos, mas no tema a nada de lo terrible? [167c] —No lo he observado. [168a] —¿O una opinión que lo sea de opiniones y de sí misma; mas no opine sobre nada de lo que opinan las demás opiniones? —En ningún caso. [168a] —¿Empero afirmaremos, al parecer, que hay una ciencia de este talante, que no es ciencia de algo aprendible, mas lo es de sí misma y de las demás ciencias? —Lo afirmaremos. [168a] —¿Mas no es desconcertante el que haya algo así? Porque no vamos a sostener que no lo haya, sino a considerar si lo hay. — Hablas correctamente. [168b] —Vamos, pues: tal ciencia es ciencia de algo y tiene esa tal virtud: la de serlo de algo. ¿Es así? —Ciertamente. [168b] —¿Que también de lo mayor afirmaremos poseer tal virtud: la de ser mayor que otra cosa? —La posee. [168b] —Esa, por cierto, la de ser mayor que algo menor, si ha de ser mayor. —Necesariamente. [168b] —Si, pues, encontráramos un Mayor que fuera mayor que los mayores y que sí mismo, mas no mayor que aquello en que los otros son mayores, ¿no le convendría, puesto que es mayor que sí mismo, ser sobre todo menor que sí mismo? [168b] —De toda necesidad, Sócrates, respondió. [168b] —Pues bien: si hubiera algo Doble que lo fuese de los demás dobles y de sí mismo, sería, naturalmente, la mitad de sí mismo a la vez que doble que los otros, porque no hay doble que no sea doble de otra cosa, sino de una mitad. —Es verdad. [168b] —Por ser más que sí mismo, ¿no será también menos; por ser más pesado que sí mismo, no será más ligero; y por ser más viejo, más joven; y así de los demás casos?; que lo que tenga poder sobre sí mismo ¿no tendrá también aquella esencia para la que es tal poder? Y me refiero a casos como este: el oído, afirmamos, no es de cosa alguna sino oído de sonido. ¿Es así? —Sí. [168d] —Sí, pues, ha de oírse él a sí mismo, se oirá a sí mismo poseyendo sonido, de otro modo no oiría. [168d] —De toda necesidad. [168d] —Y la vista, óptimo, si se ve a sí misma, menester será que tenga color; porque, de ser incolora, no vería nada. [168e] —Efectivamente, no. [168e] —¿Ves, pues, Critias, respecto de los casos recorridos, que algunos de ellos nos parecen de todo en todo imposibles, mientras que otros nos hacen grandemente desconfiar de que tengan su poder respecto de sí mismos? Porque, respecto de magnitudes y de multitudes y casos por el estilo, es de todo en todo imposible. ¿No es así? [168e] —Ciertamente. [168e] —Mas oído, vista, y aun movimiento que se mueve a sí mismo y calor que se quema, y casos tales, en unos causarán desconfianza, tal vez en otros, no. Nos hace falta, pues, querido, un gran varón que discierna suficientemente entre tales casos: si ningún ente tiene, de natural, su potencia respecto de sí mismo, sino para otro, o unos sí y otros no; y si hubiere alguno que la tenga para sobre sí mismo; si entre éstos se halla la ciencia que afirmamos ser la Sapiencia. Que yo desconfío de mi suficiencia para discernirlo, por lo cual no me afirmo en si es posible que haya ciencia de la ciencia; ni. [169b] sí fuera posible, admitiría sin más que lo fuera la sapiencia, antes de considerar si nos aprovechará en algo, caso de ser tal, o no. Porque creo adivinar que la sapiencia es algo beneficioso y bueno. Tú, pues, hijo de Caliscro, sostienes que la sapiencia es tal: ciencia de ciencia y aun de insciencia; muestra, ante todo, que te es posible demostrar lo que ahora decías y, después, que además de posible es beneficiosa; además de que quedaré yo satisfecho acerca de la corrección de lo que dices ser la sapiencia”. Mas Critias, oyendo esto y viendo mi desconcierto, me pareció que, al modo como a los que ven a otros bostezando U ante ellos les pasa lo mismo, también él mismo se sentía forzado ante mi desconcierto, y atrapado por la dificultad. Por su constante buena fama, se avergonzaba ante los presentes, y no quería conceder el que no podía determinar lo que le objetaba; no respondió nada claro, ocultando así su desconcierto. Mas yo, para que el razonamiento prosiguiera, dije: “Si te parece, Critias, admitamos que es posible haya ciencia de ciencia, dejando para ulterior consideración si la hay o no”. Pues bien: si es, en principio, posible, ¿qué más nos da saber lo que se sabe y lo que no? Porque en esto afirmamos consistir el conocerse a sí mismo y el ser sapiente. ¿No es así? [169d] —Ciertamente, respondió, y las dos cosas van a la una, porque, Sócrates, si alguien posee una ciencia que se conoce a sí misma, el tal sería tal cual es lo que posee. Así: si se posee velocidad, sería veloz; y si belleza, bello; y si conocimiento, conocedor. Mas, si poseyere conocimiento que lo es de sí mismo, será entonces él conocedor de sí mismo. [169e] —No dudo de esto, respondí; que cuando uno posee lo que se conoce a sí mismo, él mismo se conozca a sí mismo; mas el que tal posee ¿qué necesidad tiene de saber lo que sabe y lo que no sabe? [170a] —Que, Sócrates, lo uno es idéntico a lo otro. [170a] —Tal vez sea así, repliqué; mas me expongo a quedar igual; porque no comprendo cómo es lo mismo saber lo que se sabe y saber lo que no se sabe. —¿Cómo dices?, preguntó. [170a] —De esta manera, repliqué: una ciencia que lo sea de ciencia ¿qué más es capaz de distinguir sino que, de dos cosas, la una es ciencia y la otra, no ciencia? [170a] —No, sino únicamente eso, [170a] —¿La ciencia y la insciencia de lo sano es, pues, lo mismo que la ciencia y la insciencia de lo justo? —En modo alguno. [170b] —Que lo uno, creo, es medicina; lo otro, política; mas todo esto no es sino ciencia. —¿Cómo no? [170b] —Sí, pues, no se sabe además lo que es sano y justo; mas conoce tan sólo ciencia, en lo que tiene tan sólo de ciencia, que es saber algo y tener una cierta ciencia, ¿conocería verosímilmente algo acerca de sí mismo y de los otros? ¿Es así? [170b] —St. [170b] —Mas lo que conoce ¿cómo lo sabrá precisamente por esta ce ciencia?; porque conoce lo sano por la medicina y no por la sapiencia, y lo armónico por la música, y no por la sapiencia, y lo edificable por la arquitectura y no por la sapiencia y así de lo demás. ¿No es así? [170b] —Tal parece. [170b] —Si, pues, la sapiencia es la única ciencia de las ciencias, ¿cómo sabrá ella que conoce lo sano o lo edificable? —No hay manera. [170b] —Quien ignore eso, no sabrá, pues, que sabe eso, sino tan sólo que sabe. —Parece. [170d] —No sería, pues, esto ni ser sapiente ni sapiencia: saber lo que se sabe y lo que no se sabe; sino, al parecer, saber tan sólo que sabe y que no sabe. —Es muy probable. [170d] —Ni el tal será capaz de poner a prueba a quien afirme que sabe algo: si sabe lo que afirma saber o no lo sabe; tan sólo, al parecer, conocerá que tiene alguna ciencia; mas la sapiencia no le hará conocer 'sobre qué”, —Parece que no. [170e] —No será, pues, capaz de discernir ante quien pretende ser médico, mas no lo es, al que en verdad lo es; y lo mismo respecto de cualquiera otro de los científicos. Considerémoslo según la dicho: si el sapiente, u otro cualquiera, se pone a diagnosticar quién es verdaderamente médico y quién no, ¿no lo hará así: dialogar con él sobre medicina, porque, como afirmamos, el médico no entiende sino de lo sano y de lo enfermo? ¿No es así? —Sí, así es. [170e] —Sobre Ciencia el médico no sabe nada, ya que esto lo hemos atribuido exclusivamente a la Sapiencia. —Sí. [170e] —Ni acerca de medicina sabe nada el médico, puesto que se da el caso de que la medicina es ciencia. —Es ta. [171a] —En cuanto que el médico tiene “una cierta” ciencia, conocerá el sapiente al médico; mas, si ha de poner a prueba "cuál es', ¿no habrá de considerar además que 'sobre qué? ¿O es que cada ciencia no se delimita por ser tan sólo ciencia, sino por ser 'tal': por serlo de algo? [171a] —Por esto precisamente. [171a] —La medicina, pues, se delimitaría frente a las demás ciencias por ser ciencia de lo sano y de lo enfermo. —Sí. [171a] —Según esto en tales casos es necesario que considere quien pretenda hacerlo con la medicina, sobre qué versa; y no, por cierto, sobre lo externo: sobre lo que no versa. —No. [171b] por cierto. [171b] —Así que, en cosas de salud y enfermedad, quien proceda correctamente tomará en consideración al médico en cuanto es médico, —Parece. [171b] —Y en lo que en tal caso se diga o se haga se tomará en cuenta respecto de lo que se dice si se dice según verdad; y, respecto de lo que haga, si se hace correctamente. —Necesariamente. [171b] —¿Mas, sin la medicina, podría alguien averiguar de qué casos se trata? —No, por cierto. —Ningún otro, parece, fuera de un médico, ni siquiera el sapiente; que habría de ser, además de médico, sapiente. [171b] —Así es. [171b] —Según esto, pues, si la sapiencia es tan sólo ciencia de la ciencia y de la insciencia, no será capaz de discernir al médico que sabe lo de su arte del que no lo sabe, mas la finge se la cree; ni de otro que sólo sepa de cualquier otra cosa, no ser que, como en el caso de los demás artesanos, sea de su misma profesión. [171b] —Tal parece, respondió. [171d] —¿De qué provecho, Critias, repliqué yo, nos sería aún la Sapiencia, caso de ser así? Porque si, como supusimos al principio, sabe el sapiente lo que sabe y lo que no sabe —de unas cosas, que las sabe; de otras, que no las sabe— y fuera además capaz de percibir si a otro le pasa lo mismo, de gran provecho, afirmaríamos, nos fuera ser sapientes; pasaríamos la vida sin errar tanto nosotros: los poseedores de Sapiencia, como todos aquellos que de nosotros dependieran; porque ni nosotros pretenderíamos hacer lo que no sabemos, en vez de buscar a los que saben y encomendarnos a ellos; ni incitaríamos a nuestros gobernados a hacer sino lo que, haciéndolo, obrarían en tal caso correctamente, lo cual pasaría si tuvieran ciencia de ello. De esta manera casa administrada según sapiencia, resultaría bellamente administrada, y lo mismo Ciudad así administrada, y todo lo demás gobernado por Sapiencia; porque eliminado el error, mas de conductora la rectitud, necesariamente los así dispuestos obrarían bellamente y bien; y, obrando bien, serían bienaventurados. ¿No hablamos así, Critias, añadí, sobre la Sapiencia al decir qué gran bien fuera saber qué es lo que uno Sabe y qué lo que no sabe? [171d] —Ssí fue, de todo en todo, respondió. [171d] —Mas ahora, repliqué, ¿no ves que una tal Ciencia no aparece por ninguna parte? [171d] —lo veo, respondió. [172b] —Pues bien, añadí, ¿no tiene de bueno esto que hemos hallado en la Sapiencia: saber la Ciencia y la Insciencia; que quien la posee aprenderá fácilmente cualquier cosa que — diere y todo le parecerá más claro, porque, además de lo que aprenda, tendrá ante la vista la Ciencia? ¿Y no pondrá prueba más bellamente a los otros respecto de lo que él sabe, mientras que estotros, sin tal prueba, obrarán eso mismo más floja y pobremente? ¿No será, querido, esto, todo lo que sacamos de la Sapiencia? ¿O es que estamos mirando a algo mejor, y buscando algo mayor de lo que realmente es [171d] —Probablemente sea así, respondió. [172c] —Tal vez, repliqué; tal vez nuestra búsqueda ha sido infructuosa. Y lo saco de que, si la sapiencia es tal, aparecen algunas cosas extrañas. Porque, si quieres, veamos de admitir tanto que es posible saber tal Ciencia como lo que, al comienzo, pusimos ser la sapiencia: saber uno lo que sabe y lo que no sabe; no lo retiremos, sino démoslo. Dado todo lo cual, ponderaremos mejor si, siendo tal, nos será de provecho. Ta que acabamos de decir: que la Sapiencia sería gran bien, si fuera guía de administración de casa y Ciudad, me parece, Critias, que lo hemos bellamente admitido. —¿Cómo, pues?, preguntó. [172d] —Porque, repliqué, demasiado fácilmente admitimos que era un bien para los hombres el que cada uno de nosotros haga lo que sabe; mas, en cuanto a lo que no sabe, que lo encomiende a los entendidos. [171d] —¿Cómo?, ¿que no lo admitimos bellamente?, preguntó. [172e] —Me parece que no, contesté. [172e] —En verdad, Sócrates, que dices cosas desconcertantes. [172e] — ¡Por el Perro!, replicó, que también a mí me lo parece; hace un momento, dando una mirada a esto, dije que me parecían surgir cosas extrañas, y que temía que nuestra investigación no procediera correctamente. Porque, en verdad, si la sapiencia es, sobre todo, eso, no me parece claro qué bien nos proporciona. [173a] —¿Cómo así?, replicó; habla, para que aun nosotros sepamos lo que dices. [173a] —Creo, respondí, que estoy delirando. No obstante es necesario poner en consideración lo que a uno le parece, y no pasar perezosamente de largo, —si uno se preocupa, aunque sea poco, de sí mismo. —Dices bien, respondió. — Escucha, pues, añadí, mi sueño, tanto si procede de cuernos como de marfil. Si la Sapiencia, siendo cual la definimos ahora, mandara, sobre todo, en nosotras, no obraríamos en todo de otra manera, sino según ciencias, y nadie que se dijera, mas no fuese, piloto, nos engañaría; ni médico, ni general, ni otro alguno se nos pasaría por alto al pretender saber lo que no sabe. Y si esto fuera así, ¿qué otra cosa pudiera sucedernos sino estar más sanos de cuerpo de lo que estamos ahora, y salvarnos de los peligros en mar y en guerra; y que utensilios, vestido y calzado, todos y todas las demás cosas, estuviérannos trabajadas según arte, por emplear para tales enseres verdaderos artesanos? Concedamos además, si quieres, que aun la adivinación es ciencia de lo porvenir, y que la sapiencia, gobernándola, nos desembarazara de charlatanes y nos levantara a los verdaderamente adivinos a profetas de lo porvenir. *- * Te sigo en eso de que, preparado así, el género humano, el obraría, y viviría sapientemente; porque la sapiencia, vigilante, no permitiría que la insciencia, sobreviniendo, fuera nuestra colaboradora:-Que obrando sapientemente obraríamos bien y seríamos bienaventurados, no es punto, querido Critias, que podamos aún aceptar. [173e] —Mas, por cierto, replicó, si menosprecias el obrar sapientemente, no encontrarás fácilmente otra manera perfecta de obrar bien. [173e] —Enséñame una poquito cosa más, dije yo: ¿sobre qué versa eso que llamas “sapientemente”? ¿Sobre cortar el cuero? [173e] —No, por supuesto. [173e] —¿O sobre trabajar el bronce? —De ninguna manera. [173e] —¿O sobre lana, madera o cosas por el estilo? —No por cierto. [173e] —En tal caso, repliqué, no mantenemos el razonamiento de que es bienaventurado quien vive sapientemente, porque éstos, aun viviendo sapientemente, no concedes que sean bienaventurados; limitas, me parece, lo de ser bienaventurado quien viva sapientemente en algo; o tal vez te refieres al caso de que trataba: al que sepa íntegramente el porvenir: al adivino. ¿Te refieres a él o a otro? [174a] —A, éste, respondió, y a otro. [174a] —¿A quién?, pregunté, ¿No será a quien supiera, además del porvenir, todo lo pasado y lo presente, e ignorara nada? Supongamos que lo haya. No dirías que haya entre los vivientes nadie más sapiente que él. —No, por cierto. [174a] —Deseo, además, esto: ¿cuál es la ciencia que lo hace bienaventurado? ¿O lo hacen todas por igual? [174a] —De ninguna manera, por igual, contestó. [174a] —¿Cuál, máximamente? ¿Aquella por la que se sabe algo de lo que está siendo y de lo pasado y de lo futuro? ¿Lo será la de juego de dados? [174b] —¿Cuál es esa de juego de dados?, preguntó. [174b] —¿O más bien sea la calculatoria? —De modo alguno. [174b] —¡¿O más bien sea la de la salud? —Más bien ésta, respondió. [174b] —Pero aquella que yo digo lo fuera máximamente, ¿cuál es?, preguntó. [174b] —La del bien y del mal, respondió. [174b] —¡Canalla!, repliqué; desde hace rato me haces andar en círculo, ocultándome que vivir sapientemente no hace obrar bien y ser bienaventurado, ni lo hace el conjunto de las demás ciencias; sino que es propio de una sola: la que versa sobre el bien y el mal. Porque, Critias, si decides a sacar esta ciencia de entre las demás, ¿la medicina dejará por eso de curarnos; la arte zapateril, de calzarnos; la textil, de vestimos; la del piloto, de impedir perezcamos en el mar; y la del general, en la guerra? [174b] —Nada menos que eso, respondió. [174b] —Mas. Critias querido, el que nos haga bien y sea útil cada unas de estas artes nos fallaría en estando ausente tal ciencia. [174d] —Dices verdad. [174d] —Empero, al parecer, tal Ciencia no lo es la sapiencia sino aquella cuya obra es beneficiarnos, porque la sapiencia no es la ciencia de las ciencias y de las insciencias, sino lo es la del bien y del mal; de modo mu si ésta nos es beneficiosa, la Sapiencia nos sería cosa diferente de la utilidad. [174d] —¿Cómo?, preguntó, ¿qué no sería beneficiosa?, porque si la sapiencia es, sobre todo, ciencia de las ciencias, presidirá sobre las otras ciencias, y por mandar sobre la ciencia del bien y del mal nos resultaría beneficiosa. [174e] —¿Nos curaría ella, pregunté; y no la medicina? ¿Y haría ella lo correspondiente a las demás artes; y no harían las demás cada una su obra propia? ¿O es que, desde hace rato, no hemos dejado constancia de que es tan sólo ciencia de la ciencia y de la insciencia, y de nada más? ¿No es así? [174e] —Parécelo, por cierto. [175a] —Así que no será artesana de salud. [175a] —No por cierto. [175a] —¿La salud es, pues, obra de otra arte? ¿O no? [175a] —De otra. [175a] —Ni será, pues, compañero, artesana de utilidad, pues que otra arte acabamos de dar tal obra, ¿Es, pues, así? [175a] —Ciertamente. [175a] —¿Cómo, pues, la Sapiencia será beneficiosa si no es artesana de ninguna utilidad? [175a] —De ninguna manera lo será, Sócrates, al parecer. [175a] —¿Ves, pues, Critias, cuán fundadamente temía, desde hace rato, y cuán justamente me acusaba de no saber nada que valga la pena sobre la sapiencia? Porque ¿cómo puede parecernos inútil lo que admitimos ser lo más bello de todo si yo valiera algo para eso de investigar bellamente? Mas ahora estamos completamente derrotados y no podemos encontrar a qué cosa el legislador de nombres impuso el nombre de Sapiencia. A pesar de todo convinimos en que muchos puntos no son cónsonos con el razonamiento. Porque convinimos en que existe una ciencia de la ciencia, a pesar de que el razonamiento no permitía ni decía que la hubiera; y admitimos que por esta ciencia no se conocen las obras propias de las demás ciencias, ni el razonamiento lo permitía para que no nos sucediera que el sapiente fuera sapiente por saber que sabe lo que sabe y por saber que no sabe lo que no sabe. Aunque esto lo concedimos por magnanimidad, sin atender a que es imposible el que lo que alguien ignora totalmente, eso mismo lo sepa de alguna manera, porque afirma nuestra convención que sabrá lo que no sabía; a pesar de que, creo, no hay cosa que parezca más ilógica que ésta. No obstante de que, por suerte, la investigación nos halló de temple simple y no rígido, no por eso pudimos hallar la verdad, sino que tanto tanto se burló de ella que lo que desde rato atrás, fuerza de convenir y compromisos, pusimos ser la Sapiencia, eso mismo se nos descubrió, con gran insolencia, ser inútil. Por lo que a mí hace, no lo llevo muy a mal; mas respecto de ti, Cármides, añadí, lo llevo grandemente a mal, porque siendo tal cual eres de idea y, además de ello, sapientísimo de alma, nada sacarás de tal sapiencia ni, de tenerla, te aprovechará en la vida. Mas aún, lo llevo peor respecto del encantamiento que aprendí del Tracio, si, aprendido con tanto esfuerzo, resultó de ningún valor. No creo, realmente, que éste sea el caso, sino que soy mal investigador; porque sostengo que la sapiencia es grande bien; y que, si la poseyeres, serás bienaventurado. Mira, pues, si la tienes. [176a] y no necesitarás para nada del encantamiento. Que si la posees, te aconsejo que me tengas por lelo y negado para una investigación racional; mas a ti, tente por tanto más bienaventurado cuanto más sapiente seas. lo que Cármides respondió: “¡Por Júpiter!, y por mi palabra, Sócrates, no sé si la tengo o no. Porque ¿cómo pudiera saber lo que ni aun vosotros sois capaces de hallar qué es, tal como tú lo dices? No te creo demasiado, Sócrates; y pienso que necesito mucho del encantamiento, y, por mí. [176b] nada obsta el que me lo cantes tantos días cuantos digas: son menester”. bs. y —Sea, pues, Cármides, dijo Critias; si lo haces así 'será esto testimonio de que eres sapiente al someterte al encantamiento de Sócrates y no apartarle de él ni poco ni mucho. a [176b] —Que lo seguiré y no lo abandonaré, respondió,' porque LE obraría terriblemente mal en no obedecer a mi tutor y no hacer lo que mandas. [176b] —Pues bien, replicó, te lo mando precisamente yo... —Lo haré, respondió, a partir del día de hoy.' ” [176b] —¿Qué tramáis vosotros?, pregunté yo. [176b] —Nada, respondió Cármides; ya lo hemos tramado. [176b] —¿Lo llevarás, tal vez, pues por vías de fuerza, repliqué yo, y ni siquiera me darás tiempo para mi réplica? [176b] —Lo llevaré por la fuerza, respondió, ya que éste me -lo manda. Ante. esto, determina qué harás. [176d] —No queda nada a mi albedrío, repliqué, porque si te propones hacer algo y usar de la fuerza no hay hombre que sea capaz de enfrentársete. [176d] —Así que, replicó, no te me enfrentes. [176d] —Por cierto, respondí, “no me enfrentaré”.