Clitofonte — Plato ================== ΚΛΕΙΤΟΦΩΝ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/clit/ This file: https://plato-scroll.com/text/clit-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/clit.txt - George Burges: https://plato-scroll.com/text/clit-b.txt - R.G. Bury (Loeb, 1929): https://plato-scroll.com/text/clit-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/clit-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/clit-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [406a] Sócrates: Respecto de Clitofonte, hijo de Aristónimo, alguien nos refería hace poco que, hablando él con Lisias, criticaba sus conversaciones con Sócrates; mas alababa, sobremanera, la compañía de Trasimaco. [406a] Clitofonte: Ese alguien, Sócrates, no te hizo exacta recuerdo de las palabras que, acerca de ti, tuve yo con Lisias, porque, respecto de algunas cosas, no te alabé, mas sí, respecto de otras. Pero ya que, evidentemente, me lo reprochas —aunque finjas no importarte lo más mínimo—, me agradaría relatarte yo mismo tales palabras, aprovechando la suerte de estar los dos a solas, a fin de que creas menos eso de que te tengo en poco; que tal vez no las percibiste exactamente, de modo que me está pareciendo me tratas ahora más duramente de lo debido. Pero, si me das amplia licencia para hablar, gustosísimo lo aceptaría, que quiero explicarme. [407a] Sócrates: Por cierto que sería vergonzoso no dártela y bien larga, empeñado, como estás, en ayudarme; porque, evidentemente, conociendo yo en qué soy peor, en qué mejor, me ejercitaré y seguiré en esto, mas huiré con todas mis fuerzas de aquello. [407a] Clitofonte: Escucha, pues. Aun habituado a tu compañía, Sócrates, muchas veces me sorprendí al oírte y parecerme hablabas muchísimo mejor que los demás hombres cuando, reprendiéndolos, cual “Deux ex machina” en tragedia, solamente decías: «¿a dónde vais, hombre?; ignoráis que no hacéis, al obrar, nada de lo debido, ya que todo vuestro empeño se os va en cómo adquirir riquezas; mas, respecto de los hijos, a quienes las transmitiréis, no os preocupáis de que sepan servirse justamente de ellas, y ni les buscáis maestros en justicia, en caso de que sea enseñable; mas si es ella cosa de cultivo y ejercicio, no les buscáis quienes, adecuadamente, los ejerciten y cultiven, que ni siquiera vosotros mismos habéis comenzado por cuidaros de ello. Sino que viendo que vosotros mismos y vuestros hijos estáis suficientemente instruidos en letras. Música y gimnástica —lo que tenéis por educación perfecta en virtud—, y que, posteriormente, no por ello dejaríais de haceros malos en el uso de las riquezas, ¿cómo es que no despreciáis la educación actual ni buscáis quienes pongan fin a esa vuestra incultura? Que, realmente, por tal discordancia y ligereza —pero no por ir fuera de compás un pie acompañando con la lira—, tanto hermano con hermano. [407b] como ciudades con ciudades, se enfrentan desacompasada y desarmonizadamente; desaviénense y, luchando, llegan a acciones y padecimientos extremados. Empero, vosotros afirmáis que no por falta de educación ni por ignorancia los injustos son injustos, sino por voluntad; pero, a su vez, os atrevéis a decir que la injusticia es algo vergonzoso y odioso-a-los-dioses. Pues bien: ¿cómo va alguien a elegir voluntariamente tal mal? —El que esté, afirmáis, vencido por los deleites. ¿Que también esto es algo involuntario, si el vencerlos es voluntario? Así que tal razonamiento descarta, en todo caso, el que obrar injustamente sea voluntario; y que se debe hacer se preocupen solícitamente de esto —más de lo que ahora lo hacen—, tanto en privado, todo varón, como todas las ciudades, en público». Cuando, pues, Sócrates, te oigo decir frecuentemente esto, grande es mi admiración por ti, y te alabo de extraordinaria manera. Así también cuando, a su vez, afirmas, cual inmediata secuela, que quienes adiestran los cuerpos, mas descuidan el alma, hacen algo diverso, mas parecido a descuidar al rector, y atender empeñosamente a lo del regido. Y así también cuando dices que quien no sabe usar de algo, mejor es deje de usarlo; que si alguien no sabe usar ni de ojos ni de oídos, ni de todo lo del cuerpo, le es mejor no oír, ni ver, ni emplear para ningún otro uso el cuerpo, que emplear todo eso de cualquier manera. Y parecidamente, aun respecto de las artes; porque quien no sabe servirse de la propia lira, es evidente que no sabrá servirse de la del vecino; ni quien de las de otros, tampoco de la propia, ni de otro alguno de los instrumentos o posesiones. Y bella es, por cierto, la conclusión de este razonamiento tuyo: que a quien no sepa servirse del alma, mejor le está dejar al alma en paz, y no vivir, mejor que vivir obrando a su talante. Empero, si le es necesario vivir, mejor le está al tal pasar la vida de esclavo que de libre, entregando, cual si la mente fuera barco, el timón de ella a otro: al que sepa la arte de gobernar hombres, la que tú, tantas veces, denominas “política”, Sócrates, afirmando que es ella la misma arte que la de juzgar y hacer justicia. [408b] Por cierto que contra estos razonamientos y otros tales —muchos y bellísimamente dichos acerca de que la virtud es enseñable y que se debe, arte y sobre todo, cuidarse uno de sí mismo— ni he dicho jamás nada, ni creo diré nada en adelante; que los considero de grandísimo valor exhortatorio y superlativamente provechosos, y que, sencillamente, cual a dormidos, nos despiertan. Pues bien: me propuse escuchar cuál sería su continuación, no comenzando, Sócrates, por preguntarte algo a ti sino a algunos de tus coetáneos, aficionados como tú, y compañeros tuyos, —sea el que fuere el nombre que se haya de dar en este punto a tal relación contigo. Y, de entre ellos, interrogué, sobre todo y primero, a aquellos que tú más estimabas, a fin de enterarme de cuál sería el razonamiento siguiente, y, sometiéndoselo un poco a tu manera, les dije: «Vosotros, óptimos, ¿cómo vamos a tomar esa exhortación que, en relación a la virtud, nos ha propuesto Sócrates?; tan sólo de esta manera, ¿no dedicarnos a una cosa, y captarla perfectamente, sino que, para nosotros, sea, ante lodo, trabajo de por vida el de exhortar a los aún no exhortados, y que éstos lo hagan, a su vez, con otros? ¿O habrá, después de esto, que repreguntar a Sócrates, y nosotros unos a otros —una vez convenidos en que eso es lo que debe el hombre hacer—: qué es lo siguiente? ¿Cómo hay que comenzar, decimos, la enseñanza de la justicia precisamente? Cual si alguien nos exhortara a cuidar solícitamente del cuerpo; mas viendo que, como niños, nada sabemos de antemano de que hay un arte gimnástica y medicinal, nos insultara, entonces, diciendo que es vergonzoso poner todo el cuidado en trigo, cebada y viñas y en cuanto trabajemos y adquirimos en favor del cuerpo; mas, respecto de éste, no ponemos cuidado en encontrar arte alguna o artificio para mejorarlo al máximo, —y eso que hay tal arte! Empero, si repreguntáramos a quien así nos exhorta: “¿Dices que hay tales artes?”. Tal vez nos contestara que “lo son la gimnástica y la medicinal”. Entonces: “¿cuál afirmaremos ser la arte que versa sobre la virtud del alma?”. Que lo diga. Pues bien: el que de aquéllos parecía estar más fuerte en esto, me dijo, respondiéndome, que tal arte era precisamente esa de la que oyes te está hablando Sócrates, y que no es otra sino la justicia. Mas replicándole yo: No me respondas tan sólo con el nombre, sino con algo así: “se dice haber arte medicinal y que, de ella, son dos los - efectos: uno, producir constantemente nuevos médicos, además de los existentes; otro, la salud. Pero de éstos, uno de ellos no es, sin más, arte, sino efecto de esa arte que enseña, y es enseñada esa obra a la que damos el nombre de “salud”. Parecidamente, también respecto de la arte carpinteril, casa y carpintería son, la una, efecto; la otra, enseñanza. De semejante manera: el efecto de la justicia sea el de hacer justos, al modo que, en las otras artes, hacer sus correspondientes artesanos; mas, respecto de lo otro: del efecto que, en nosotros, puede hacer el justo, ¿cuál diremos, ser? Dímelo. Como pienso, respondería aquél: "lo conveniente”. Otro diría: lo debido”. Otro, lo útil”. Otro, “lo provechoso”. Pues bien: resumí, diciendo: en eso de los nombres, son los mismos los que hay en cada una de las artes: “obrar correctamente”, “provechoso”, "útil” y otros tales; mas, respecto de “a qué todo ello tienda”, cada arte dirá lo peculiar suyo; así la carpinteril afirmará que tiende a lo bueno, bello y debidamente hecho, de modo que resulten ser tales los enseres de madera, —que, de suyo, no son arte. Háblese, pues, así también respecto de la justicia. Finalmente, Sócrates, uno de tus compañeros, el que parecía hablar más finamente, respondió que el efecto propio de la justicia, y no de ninguna otra arte, sería producir amistad en las Ciudades. Pero, a su vez, preguntado, afirmó que la amistad es un bien, y jamás un mal; aunque a las amistades entre niños y a las entre bestias —a que nosotros damos tal nombre— no admitió, repreguntado, que fueran amistades; porque le resultó ser tales amistades las más de las veces malas, en lugar de buenas. Huyendo, pues, de tal resultado, afirmó no ser amistades las tales, y que quienes así las denominan, las denominan falsamente; mientras que la real y verdaderamente amistad es, evidentemente, “concordancia-demente”. Pero preguntado acerca de si “concordancia-de-mentes” afirmaba ser “concordancia-de-opinión” o “ciencia”, desestimó lo fuera la “concordancia-de-Opinión”, porque, irremediablemente, hay muchas y perjudiciales concordancias-de-opinión entre los hombres, mientras que, admitió, la amistad es de todo en todo un bien y efecto de la justicia, de manera que afirmó ser lo mismo “concordancia-de-mente” y “ciencia”, —mas no, opinión”. [410a] Pues bien: llegados a este punto del razonamiento, y desconcertados, los presentes fueron capaces de objetarle y decirle que el razonamiento había regresado, tras una vuelta, a lo primero; y decíanle que también la medicina es una cierta “concordancia-de-mentes” y lo son todas las artes y pueden decir de qué tratan; mas, en cuanto a las por ti llamadas “Justicia” o "concordia-de-mentes", evadía eso de “a qué tienden”, y quedaba oscuro cuál es su propio efecto». [410a] Finalmente, Sócrates, te lo pregunté a ti mismo y me dijiste que es propio de la justicia dañar a los enemigos, mas hacer bien a los amigos. Más adelante resultó claro que el justo jamás hace daño a nadie, porque obra en todo para ayudar. Insistiendo en esto —no una vez ni dos sino constantemente durante mucho tiempo— lo dejé correr, convencida de que ningún hombre mejor que tú para exhortar a un solícito cuidado de la virtud; pero, una de dos, o puedes hacer eso solamente, y nada más, —lo que pudiera suceder también respecto de cualquier otra arte cual si uno, sin ser piloto, se ocupara cuidadosamente de hacer de esa arte el elogio de ser grandemente valiosa para los hombres, y parecidamente respecto de las demás artes; eso mismo, también pudiera tal vez achacársete, acerca de la justicia: que no eres más sabio en justicia por encomiarla bellamente. No es, por cierto, según yo, éste el caso. Pero, una de dos, o no sabes o no quieres compartir contigo tu saber. Por lo cual, creo, habré de acudir, desconcertado, a Trasímaco o a donde pueda. Pero si quieres cesar ya de hacerme tales razonamientos exhortatorios, cual si después de haberme estado exhortando, respecto de la gimnástica, a que no se debe descuidar al cuerpo, dijeras, continuando el razonamiento exhortatorio, que mi cuerpo, por ser de tal naturaleza, necesita de tales cuidados. Pues bien: haz también ahora lo mismo. Supón que Clitofonte ha admitido que resulta soberanamente ridículo ocuparse solícitamente de cualquier otra cosa, mas descuidarse del alma, por mor de la cual pasamos todos los demás trabajos; y piensa, respecto de todo lo demás, que he hablado ya parecidamente de lo que sigue a lo que acabo de decir largamente. Y lo digo, pidiéndote que no obres de ninguna otra manera, a fin de que no pase, como ahora, que en algunas cosas te alabo ante Listas y los demás; pero, en otras, y en parte, te critico. Porque, ciertamente, afirmaré, Sócrates, que, para hombres no aún exhortado eres absolutamente valioso; mas, respecto del ya exhortado, eres casi casi un estorbo para que, en llegando al ápice de la virtud, sea bienaventurado.