Critias — Plato =============== ΚΡΙΤΙΑΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/crit/ This file: https://plato-scroll.com/text/crit-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/crit.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/crit-b.txt - R.G. Bury (Loeb, 1929): https://plato-scroll.com/text/crit-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/crit-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/crit-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [106a] Timeo: -Con cuánto placer, Sócrates, cual descansando de largo camino, doy por terminada ahora, así, contento, la peregrinación del razonamiento. Al dios, nacido precisamente ahora por la palabra, aunque, tal vez desde bien antes, por la obra, ruego que nos dé conservar de lo dicho lo mesuradamente dicho; mas, si, involuntariamente, acerca de ello algo fuera de tono dijimos, nos imponga el debido y justo castigo. Mas justo castigo es entonar al desentonado. Para que, pues, en lo restante hablemos correctamente acerca de la génesis de los dioses, pidámosle nos dé esa droga la más perfecta y mejor de las drogas: la ciencia. Hecha nuestra plegaria, entreguemos a Critias, según lo convenido, la continuación del razonamiento. [106b] Critias: — Lo acepto, Timeo; de lo que aun tú necesitabas, cuando, al comienzo pediste comprensión por la grandeza de lo que estabas a punto de tratar, eso mismo solicito también yo ahora, y hasta juzgo lo obtendré aun mayor por lo que estoy a punto de decir. Aunque casi casi sé que la petición que estoy a punto de hacer, es grandemente presuntuosa y más ruda de lo debido; hay, no obstante, que expresarla. Porque, que lo dicho por ti no estuvo bien dicho, ¿quién en su sano juicio, se empeñaría en decirlo? Pero que lo que se va a decir necesite, por ser más difícil, de mayor comprensión, esto es precisamente lo que, de intento se ha de mostrar. Porque, Timeo, hablar satisfactoriamente a los hombres sobre los dioses parece más fácil que a nosotros sobre los mortales. Porque la inexperiencia y grande ignorancia de los oyentes acerca de cómo es, realmente, algo, proporciona gran evasiva a quien se ponga a hablar de ello. Mas, respecto de los dioses, sabemos cuál es nuestra posición. Pero a fin de explicar más claramente lo que digo, seguidme en esto: porque lo que nosotros decimos resulta, necesariamente, imitación y semejanza. Vemos esos eídolos que de los cuerpos divinos y humanos hacen los pintores; mas en punto a la facilidad y dificultad con que a quienes los ven les parecen suficientemente imitados, advertimos que, respecto de tierra, montes, ríos y bosques, cielo en conjunto y cuanto en él circula y se mueve, comenzamos por contentarnos con que cualquiera de ellos sex capaz de imitarlos, por poca que sea la semejanza. Además: que, por no saber ellos acerca de todas esas cosas nada de riguroso, ni ponemos a prueba ni discutimos lo pintado, sino que, en estos casos, nos basta con una silueta difuminada y engañosa. Pero cuando un pintor se pone a hacer semblanzas de nuestros cuerpos, prestamente percibimos lo que falta en ellas, a cansa de nuestro constante y familiar reconocimiento; y resultamos severos críticos de quien no nos proporcione íntegramente todas las semejanzas. Pues bien: lo mismo se ha de ver que sucede respecto de los razonamientos; que, en lo referente a lo celestial y divino, nos 'contentamos con que lo dicho en ellos se les parezca, aunque sea poco; más examinamos rigurosamente lo mortal y lo humano. En cuanto a lo dicho en la presente improvisación, es necesario ser indulgente si no pudiéramos cabalmente cumplir; porque hace de pensar que no es fácil sino dificultoso representar aceptablemente lo mortal. Queriéndoos recordar esto y pidiéndoos comprensión, no menor sino mayor, hacía lo que estoy en trance de decir, dije, Sócrates, todo esto. Si pareciere, pues, que he pedido justicieramente tal don, dadlo de buena gana. [108a] Sócrates: ¿Cómo no iremos a darlo, Critias? Además: désele, de parte nuestra, eso mismo al tercero: a Hermócrates. Porque es claro que, un poco más tarde, cuando le toque hablar pedirá lo mismo que vosotros. A fin, pues, de que nos aporte diferente comienzo, y no se vea forzado a repetir el mismo, ual si tuviera ya indulgencia para entonces, que hable. Te digo de antemano, querido Critias, cuál es el estado mental de los espectadores; que, ante ellos, quedó con admirablemente buena opinión el anterior poeta, de manera que necesitarás de alguna, y aun grandísima, indulgencia si has de ser capaz de aceptar esto. [108b] Hermócrates: Por cierto, Sócrates, que estás advirtiéndome también a mí lo mismo que a éste. Pero, puesto que varones pusilánimes jamás alcanzan un trofeo, Critias, es preciso, varonilmente, proceder a hablar, e, invocando a Peón y . a las Musas, sacar a luz y celebrar, por buenos, a tus antiguos ciudadanos. [108c] Critias: Querido Hermócrates, por colocado el último, y tener otro por delante, estás aún con ánimos. Cuál sea el talante del asunto, él mismo te lo declarará. Hay que confiar, pues, en ti, avisado como estás y animoso; pero además de los dioses mencionados, hay que invocar a otros y sobre todo a Mnemosine, porque lo más importante de nuestros razonamientos depende, casi casi íntegramente, de esta diosa. Porque si recordamos satisfactoriamente y referimos lo dicho entonces a Solón por los sacerdotes, y lo que él trajo acá, casi casi estoy cierto de que parecerá a los espectadores presentes haber llevado a término de ajustada manera lo que nos concierne. Hagámoslo, pues, ya; y no lo aplacemos más. Primero que todo recordemos lo capital: que son nueve veces mil años desde que, según los recuerdos, ocurrió la guerra entre los habitantes más allá de las columnas de Hércules, y todos los que dentro de ellas están. De ello hase de hablar determinadamente ahora. Refiérese, pues, que en los de una parte mandaba esta nuestra Ciudad y que guerreó toda esa guerra; en los de la otra, mandaban los reyes de la isla Atlántida que, afirmamos, era entonces una isla, mayor que Libia y Asia; pero que, ahora, hundida por terremotos resulta, por el barro, intransitable para quienes desde acá salen a navegar más allá del confín del océano, de manera que tal barro pone ya impedimento para marchar. En cuanto a los numerosos pueblos bárbaros, y a las tribus de helenos entonces existentes, el discurso particularizado de nuestra leyenda pondrá de manifiesto, desarrollado, lo que en cada una de esas partes acaeció. En cuanto a los atenienses de entonces y a los enemigos con quienes guerrearon es necesario, ya desde el comienzo, describir primero las fuerzas de cada uno de ellos y sus formas políticas. Pero, más que de ellos, prefiramos hablar, ante todo, de lo de aquí. [109b] Pues bien; repartiéronse los dioses la tierra entera según regiones; no, según contienda; pues no fuera correcto decir que los dioses ignoraran los derechos de cada uno de ellos, y que, conociendo lo que a otros se debía más, intentaran unos apoderarse de algo para sí mismos mediante disputas. Y en alcanzando que alcanzaron lo querido según esa justicia de las Suertes pusieron su casa en las respectivas regiones y, en habiéndola puesto, nos criaron, cual pastores a rebaño, para posesiones y criaturas suyas; mas no, violentando cuerpos con cuerpos, al modo de los pastores que conducen sus ganados a golpes, sino por lo que resulta máximamente versátil un viviente: dirigirlo según sus pensamientos desde la proa, echando mano, cual de timón, de la persuasión del alma. De esta manera condujeron y gobernaron todo lo mortal. Pues bien: otros dioses, con otras regiones por Lote suyo, las organizaron de otra manera; mas Vulcano y Atenea —por comunidad de naturaleza: fraternal, por del mismo padre, a la vez que coincidentes en lo mismo por su amor a la sabiduría y a las artes— tomaron, como un solo Lote para ambos, esta región, por apropiada y adaptada, naturalmente, a virtud y a sapiencia; e, introduciendo en ella, como nativos, varones buenos para pensar, les impusieron el ordenamiento político. De tales varones se han salvado los nombres; mas, por la repetida destrucción de sus sucesores y la longitud de los tiempos, las obras desaparecieron. Porque, como anteriormente se dijo, la estirpe que, en cada caso quedó, fue un resto montaraz e iletrado, que, de los regentes en el país, solamente había oído los nombres. Afuera de esto, poco de las obras. Cierto que, por afecto, pusieron los nombres de ellos a sus hijos; más, por no saber las hazañas y leyes de los antecesores —sino de oídas y vagamente de cada uno de ellos— y estar durante muchas generaciones carentes de lo necesario —tanto ellos como sus hijos, no pensando ni hablando sino de sus necesidades— no se preocuparon de lo que anterior y antiguamente pasó; porque mitología e investigación de lo antiguo cosas son que llegan a las ciudades juntamente con el ocio, —cuando a algunos les parecen estar ya provistas las necesidades de la vida; pero no, antes. Esta es, pues, la manera como los nombres de los antiguos se salvaron, y no sus obras. Y de esto que digo voy a dar un testimonio: Cuenta Solón que los sacerdotes egipcios, al relatar la guerra de aquellos tiempos, hicieron, entre otros, recuerdos de Kekrops, Erecteo. Erictón y Erysictón sobre todo, y de' los nombres de los anteriores a Teseo, —y parecidamente de los de las mujeres. Además: la vestimenta y estatua de la diosa son indicio de que eran entonces comunes las ocupaciones de mujeres y varones en asuntos de guerra; así que, según tal ley, las imágenes votivas representaban, para los de entonces, armada a la diosa; que cuantos animales, hembras y machos, pacen juntos son, naturalmente, capaces de ejercitar, en común, todo lo pertinente a la virtud de la especie. [110c] Pues bien: entonces, en esta región, aparte de otras clases de ciudadanos, ocupados en artesanía y producción agrícola de alimentos, habitaba la clase militar, procedente de aquellos varones divinos, y, desde el comienzo, separada; tenía todo lo conveniente para alimentación y educación; nada de privado poseía nadie, convencidos de que todo era común propiedad de todos ellos, no juzgando haber de recibir de los demás ciudadanos sino tan sólo la alimentación suficiente, ocupándose en todas las ocupaciones mencionadas ayer: las que se atribuyen a los propuestos de “guardianes”. Además: lo relatado acerca de nuestra región es fiel y verdadero; primero, que tenía entonces sus límites delimitados por el istmo y hacia lo demás del continente, hasta las cumbres del Citerón y de Parnes; por la derecha descendían los límites hasta Oropía; por la izquierda, hacia el mar, deslindando al Asopo; que esta tierra superaba a todas las demás en fertilidad; por lo que era entonces capaz esta región de mantener un gran ejército, exento de las faenas del campo. Gran testimonio de fertilidad: lo que queda de tal tierra rivaliza, aun hoy, con cualquiera en productividad variadísima, en abundancia de cosechas y de pastos para todos los animales. Pero, entonces, además de la bella calidad, llevaba todo eso en grandes cantidades. Pues bien: ¿en qué grado es esto fiel, y en qué sentido llamar correctamente a ésta resto de aquella tierra? De lo demás del continente, esta tierra está, cual promontorio, extendida grandemente hacia el mar; el mar, que cual copa la rodea, se da el caso de ser, en la orilla misma, profundo. Pues bien: después de muchos y grandes cataclismos, sucedidos durante nueve mil años —porque tantos años han pasado desde aquel tiempo hasta ahora—, lo que, durante tales tiempos y calamidades, ha bajado de las alturas ni siquiera ha formado, como en otros lugares, sedimento digno de mencionarse y deslizándose continuamente a su derredor, desaparece en lo profundo. Como en las islas pequeñas, se ha reducido ya lo de ahora, respecto de lo de entonces, o,algo así como huesos de cuerpo enfermo; de la tierra se ha ido cuanto de pingüe y suave habla a su derredor, quedando tan sólo el mero cuerpo de la región. Empero, entonces, intacta aún la región tenía montes y arables alturas; y las llanuras, ahora denominadas “eriales”, teníalas rellenas de pingües tierras; tenía en los montes grandes bosques de los que, aun en día, quedan patentes señales; de tales montes, algunos no tienen sino alimento para abejas; pero no hace mucho tiempo tenían árboles de los que las vigas, cortadas para los mayores. edificios cual techo, están aún sanas. Había muchas otras clases de árboles, altos y de cultivo; y para los ganados, llevaba pastos sin cuento. Además: las lluvias anuales, regadío de Júpiter, no se perdían, como ahora descendiendo de una tierra, desnuda, hacia el mar; que la tierra tenía mantillo y lo retenía para sí; y tamizando el agua mediante una capa de tierra arcillosa y encaminándola, desde las alturas, hacia las hoyas proporcionaba a todos los lugares abundantes manantiales de fuentes y ríos, de los cuales, aun ahora, quedan, en las primitivas fuentes, capillas, —que son signos de ser verdad, acerca de la región, lo que de ella ahora se dice. [111d] Tal era, pues, el estado natural del resto de la región; hermosamente labrada, como es verosímil, por verdaderos agricultores, dedicados precisamente a esto; amantes-de-lo-bello y de buen natural, en posesión de óptima tierra, abundantísima agua; y, sobre tal tierra, de estaciones proporcionadísimamente coajustadas. En cuanto a la ciudad, estaba entonces dispuesta de esta manera: primero, la acrópolis no era entonces lo que es ahora; porque, ahora, bastó con una noche, extraordinariamente lluviosa, para derruirla y dejarla desnuda, al derredor, de tierra, al coincidir terremotos con la tercera inundación, extemporáneamente sobrevenida y desastrosa en tiempos de Deucalión. Pero anteriormente, en más remotos tiempos, se extendía, descendiendo, hacia el Erídano y el Iliso, y abarcaba interiormente el Pnyx y el Lycabeto, teniendo por límite al Lycabeto por la parte opuesta al Pnyx. Toda ella tierra bien abonada y, a excepción de pocos Jugares, plana arriba. Las partes externas, bajo sus laderas, estaban habitadas por los artesanos y por los labradores próximos a sus campos. Pero las partes altas habitábala sola y propiamente la clase militar, al derredor del templo de Atenea y Vulcano, circundados por una cerca, —cual jardín de una casa. Hacia el norte de ella construyeron las casas comunes y arreglaron las comensalías invernales, para tener a disposición de ellos y de los sacerdotes, mediante tales edificaciones, todo lo conveniente al régimen común, —sin oro y sin plata, que de ellos no se servían para nada y nunca. Por el contrario, persiguiendo el término medio entre ostentación y mezquindad edificaron para sí decorosas mansiones que ellos y los hijos de sus hijos al envejecer las transmitieran, siempre y tal cual, a otros semejantes a ellos. De las partes que daban hacia el sur, jardines, gimnasios y comensalías, las apropiadas En verano las usaban para ello. Junto al presente lugar de la acrópolis había una fuente que, cegada por terremotos, ha quedado reducida a pequeños arroyos a su derredor; pero a todos - los de entonces proporcionaba abundante corriente, atemperada para invierno y verano. Tal era su vivienda; guardianes de sus propios ciudadanos; comandantes de los demás griegos, por voluntad de éstos; mas vigilando ellos mismos que el número de varones y mujeres, capaces de guerrear ya, y más adelante, fuera lo más posible, y en todo tiempo, el mismo: al derredor de dos veces diez mil. [112e] Pues por estas sus cualidades y por administrar según ellos Justicieramente su propio país y la Hélada hiciéronse famosos en toda Europa y Asia, tanto por la belleza de los cuerpos como por la variada y total virtud de sus almas; y de todos los hombres de entonces, los más renombrados. Pero para que no se pierda la Memoria de la que, siendo niños, oímos, acerca de los que contra ellos guerrearon —qué pasó y desde el comienzo, cómo surgió—, os daremos ahora, como a amigos, una palmaria y común exposición. [113a] Empero, antes del relato, hay que dejar en claro un detalle, a fin de no os sorprenda al ofr dar muchas veces a varones bárbaros nombres griegos, porque estaréis informados de la causa de ello. Cuando estaba pensando Solón en servirse, para su poema, de este relato, se halló, puesto a informarse del poder de los nombres, con que aquellos primeros egipcios, al escribirlos, los trasladaron a su propia lengua. A su vez, retomando él mismo el sentido de cada uno de los nombres y, reconduciéndolos a nuestra lengua, los transcribió. Tales escritos estuvieron en poder de mi abuelo y están ahora en el mio, y cuando niño, me los aprendí cuidadosamente de Memoria. Si pues, oís unos nombres tales y como los de aquí no os sorprendáis por nada, porque tenéis conocida la causa de ello. Del largo relato, el comienzo fue, más o menos, entonces así: Conforme anteriormente se dijo acerca del reparto de los dioses, que se distribuyeron la tierra entera, aquí en lotes grandes, allá en pequeños, arreglando para si santuarios y sacrificios, parecidamente, por cierto, habiendo caído cual Lote a Neptuno la isla Atlántida, puso en ella casa para sus hijos, engendrados de una mujer mortal en cierto Jugar, descriptible así, de la isla: bordeando el mar y extendiéndose hasta la mitad de ella, había una llanura de la que se dice haber sido la más bella de todas las llanuras y de gran fertilidad. Cerca de la llanura, hacía su mitad, distante como cincuenta estadios, había un monte, bajo por todas partes. En él habitaba uno de los varones engendrados, al principio, de la tierra; Evenor, de nombre; cohabitaba con su mujer, Leucipa. Engendraron una hija, unigénita: Clito. Llegada ya la doncella a estar en sazón para varón, murió la madre, y también el padre. Neptuno llegó a apetecerla y se casó con ella; y para dejar bien cercado el cerro en que habitaban cavó al derredor circular foso; hizo además cinturones de mar y tierra, alternados y circundantes unos a otros; unos más pequeños; otros, más grandes; dos de ellos, de tierra; tres, de mar, cual si los torneara a partir de la mitad de la isla; equidistantes por todas partes, de modo que resultaran intransitables para los hombres, que no había entonces aún ni navíos ni navegar. [113e] Neptuno mismo, por ser dios, ordenó bella y fácilmente la isla en su centro, haciendo brotar de la tierra dos clases de agua, una que sale caliente de la fuente; otra, fría; y producir de la tierra alimento abundante y omnivariado. Engendró cinco pares de hijos gemelos; y las crió; y habiendo dividido la isla Atlántida entera en diez partes, al primogénito entre los más viejos asignó la mansión materna y el lote circundante, por ser el mayor y mejor; levantolo, además, a rey de los otros; los otros, a gobernantes, dando a cada uno de ellos el gobierno de muchos hombres y un lugar de gran extensión. A todos impuso nombres; pero ál de mayor edad y rey impuso el que a toda la isla y a todo el mar da nombre: el de Atlántico, que Atlas era el nombre del rey que entonces reinaba. Al gemelo, nacido en pos de él, y a quien tocó por lote las extremidades de la isla que dan a las columnas de Hércules, hasta esa parte de la región gadírica que tiene ahora por nombre, según el de tal región, en griego “Eúmelo”, mas el local de “Gadir”, dio por nombre aquel con que, efectivamente, se llamaría a tal región. Del par de los nacidos en segundo lugar, llamó a uno de ellos “Amfere”; al otro, “Evemón”. Del tercer par: al nacido primero, “Mneseo”; al que siguió, “Autóctono”. Del cuarto par: “Elasipo”, al primero; “Méstor”, al posterior. En el quinto par: al anterior puso por nombre “Azaes”, al posterior, “Diaprepes”. Todos: ellos y sus descendientes, durante muchas generaciones, vivieron allí y gobernaron sobre muchas islas de las de tal mar. Más aún: como anteriormente quedó dicho, extendieron su gobierno hasta Egipto y Toscania, —por la parte de dentro, respecto de aquí. Pues bien: otra progenie, numerosa y respetada, nació de Atlas; mas, siempre, fue el más viejo quien, como rey, entregaba al más viejo de sus descendientes la realeza, conservándola así durante muchas generaciones. La cantidad de riqueza que poseían era tanta que no la hubo igual en poder de cualquiera de los reyes anteriores, y no es fácil que la haya, posteriormente, mayor. Disponían de cuantas cosas ha de haber en una ciudad y de cuantas es preciso haya en el resto del país. Por gobernar, les entraban de fuera muchas cosas; pero las más, las requeridas para la vida, se las proporcionaba la isla misma; primero, todo lo que de metales duros y fusibles extrae la minería; además de lo que ahora no pasa de ser un nombre, pero era entonces algo más que nombre: el oricalco”, clase de mineral extraído de muchos lugares de la isla, y, a excepción del oro, el más precioso de los de entonces. Cuantas maderas un bosque ofrece para los trabajos de carpinteros, todas ellas las llevaba la isla en abundancia; y en cuanto a animales, criaba en cantidad suficiente los mansos y los salvajes. Además: había en ella una raza, numerosísima, de elefantes, porque había pasto —aparte de para esos animales que se apacientan en pantanos, lagunas y ríos, de los que en montes y de los que en llanuras— para todos abundante; lo había hasta para ese animal que es, por naturaleza, el más corpulento y más voraz. Además de esto: cuanto de aromático produce ahora la tierra —proceda de raíces, hierbas, árboles o gomas líquidas, flores o frutos— lo llevaba ella y lo criaba bien. Pero también los frutos de cultivos y los secos —que usamos como alimento y cuantos nos sirven para comidas— a sus clases llamamos "“vegetales”; y también ese fruto de leños que nos trae bebidas, alimentos y perfume; y esotro fruto de cáscara, difícil de conservar y que nos sirve para jugos y deleite; y cuantos para aliviar la pesadez de estómago, ofrecemos, cual agradable postre, al cansado. Todo lo cual: sagrado, bello, admirable e infinito en cantidad llevaba entonces la asoleada isla. Tomando, pues, de la tierra todo esto, edificaron los santuarios, las mansiones reales, los puertos, los muelles, embelleciendo también todo lo restante del país, según el orden siguiente: Sobre los cinturones del mar, circundantes la antigua ciudad maternal, comenzaron por echar puentes, haciendo así camino hacia afuera y hacia las mansiones reales. En cuanta a éstas, hiciéronlas, desde el principio, en la morada misma del dios y de los antepasados. Uno las recibió de otro; embellecía lo ya bello; poníase siempre a superar a su antecesor, hasta que consiguieron hacer una mansión deslumbrante para la vista por la magnificencia y belleza de las obras. Comenzaron, pues, por cavar, desde el mar, un canal de tres pletros de ancho, cien pies de profundo, largo de cincuenta estadios, hasta el cinturón más externo. De esta manera hicieron, desde el mar, una entrada navegable hacia él, cual hacia puerto, abriendo un boquete suficiente para que entraran las mayores naves. Además: en los cinturones de tierra que separaban los de mar, abrieron, a la altura de los puentes, pasajes, lo suficiente para pasar de uno a otro una trirreme, y los entecharon, de modo que la navegación resultó subterránea, porque las orillas de los cinturones de tierra se elevaban a altura suficiente sobre el mar. El mayor de los cinturones —el perforado hacia el mar— tenía de ancho tres estadios; el siguiente cinturón de tierra era igual de ancho. De los dos cinturones segundos: el de agua era dos estadios de ancho; el seco, igual a su vez al líquido anterior; mas era de un estadio el cinturón que circunfluía la isla central misma. La isla, lugar de las mansiones reales, tenía de diámetro cinco estadios. A la isla, a los cinturones y al puente —ancho de un 'pletro— rodeáronlos, por todas partes, de un muro circular de piedra; y pusieron torres y puertas sobre los puentes en todos los lugares de tránsito del mar. Sacaron la piedra de canteras bajo y al derredor de la isla central y bajo los cinturones exteriores e interiores; piedra blanca, una; otra, negra; otra, roja. A la vez que las extraían, excavaron dos cavidades para dársenas interiores; por techo, la cantera misma. De los edificios, unos eran sencillos; otros, por la mezcla de piedras, resultaban tejido, variado juego de colores, lo que les proporcionaba un connatural deleite. Al muro circundante del cinturón más externo lo revistieron, en todo su derredor, de cobre, usándolo cual enlucido. Mas a la parte interior del mismo muro recubriéronla de estaño; pero al cinturón, circundante de la acrópolis misma, con oricalco, de ígneos reflejos. [116c] Las mansiones reales, dentro de la acrópolis, estaban dispuestas de la siguiente manera: en el medio mismo se levantaba el templo consagrado a Clito y Neptuno; inaccesible y circundado de áurea valla. Allí, al principio, fue concebido y nació el linaje de las diez familias reales. Allí, cada año, venían de los diez lotes a ofrecer, a cada uno de Aquéllos los sacrificios propios de la estación. El templo de Neptuno mismo estaba ahí, —de largo, un estadio; de ancho, tres pletros; de alto, lo coajustado, además, a la visión; su eidos tenía algo de bárbaro. Todo lo exterior del templo revistiéronlo de plata, a excepción de los pináculos; pero a éstos, de oro: En cuanto a lo interior: daba el techo la apariencia de ser, todo él, de marfil, moteado con oro, plata y oricalco. Revistieron a todo de demás: muros, columnas y pavimento de oricalco. Mas pusieron estatuas de oro: el dios, de pie sobre su carroza, cochero de seis alados caballos; y él mismo, de tal magnitud, que tocaba con la cabeza el techo. A su derredor, cien nereidas sobre delfines, tantas en número creían los de entonces ser ellas. Pero había dentro además muchas otras estatuas, exvotos de particulares. Al derredor del santuario, en el exterior, estaban las imágenes de oro de todas las mujeres de los diez reyes y de cuantos descendientes engendraron; además de muchos otros y grandes exvotos de reyes y particulares, tanto de la ciudad misma como de los extraños sobre los que mandaban. Por su magnitud y labores, el altar respondía a la disposición general; las mansiones reales, parecidamente, eran las adecuadas a la magnitud del reino; y adecuadas, además, al ornamental ambiente del santuario. En cuanto a las fuentes: de la de agua fría y de la de caliente —abundantes, por la cantidad; mas, por su delicia y virtud, admirablemente adaptadas para el uso de ambas— servíanse, disponiendo a su derredor edificios y plantíos de árboles, apropiados a las aguas; y colocando, a su derredor también, embalses, unos, abiertos al cielo; otros, cubiertos, para baños calientes en invierno, —aparte los baños reales y los de los particulares; además, unos para mujeres, otros para caballos y los demás animales de carga, dando así a cada uno el adecuado ambiente. Al agua sobrante la conducían al bosque sagrado de Neptuno, que, por la virtud de tal tierra, tenía árboles muchos y variados en belleza y divinoide altura; y dirigían el agua, mediante canales a lo largo de los puentes, hacia los círculos exteriores. Estaban allí edificados muchos santuarios, y de muchos dioses; había muchos jardines y muchos gimnasios, los unos para hombres; mas los de para caballos estaban separados, en cada una de las islas, de los cinturones. Aparte de lo demás, y hacia la mitad de la mayor de las islas, tenían reservado para ellos un hipódromo, ancho de un estadio; pero la longitud de la circunferencia íntegra permitió carreras ecuestres. Al derredor de él, de parte y parte, estaban los cuarteles propios para el cuerpo de lanceros reales. Pero los más fieles estaban de guarnición en el cinturón más estrecho y más próximo a la acrópolis. Pero a los que de entre todos ellos se distinguían por la fidelidad se les habían dado habitaciones dentro de la acrópolis y al derredor de los reyes mismos. [117d] Los muelles estaban repletos de trirremes y de cuantos aparejos les son convenientes; todo, bien abastecido. [117d] Lo concerniente a la mansión de los reyes estaba dispuesto de esta manera: después de atravesar los puertos exteriores, tres en número, y partiendo del mar, corría circularmente un muro, distante, por todas partes, cincuenta estadios del cinturón mayor y del puerto, y se cerraba hacia la boca del canal que da al mar. Pues bien: todo este muro estaba cubierto de muchas y apretujadas casas. La entrada y puerto principal, rebosaban de naves y mercaderes, venidos de todas partes; produciendo su multitud, día y noche, toda clase y variedad de algarabía, tumulto y ruidos. [117e] Lo referente a la ciudad y a la mansión antigua, casi casi como entonces se refería, así ahora queda recordado. Intentemos hacer memoria del estado del resto del país y del eidos de su organización. Primero, pues: estaba todo el lugar a gran altura, cortado desde el mar. Mas los alderredores de la ciudad eran, en total, un llano, que la circuía, estando él, a su vez, circundado de montañas, extendidas hacia el mar; llano suave y de un nivel rectangular en conjunto. De tres mil estadios cada lado, de dos mil en el medio, partiendo del mar hacia arriba. El Jugar mismo de la isla entera estaba vuelto hacia el sur, al abrigo de los vientos del norte. Las montañas que lo circuían eran entonces alabadas por sobrepasar a las actuales en número, magnitud y belleza; con muchas aldeas, ricas en habitantes, ríos, lagunas y praderas, capaces de alimentar cumplidamente a todos los anímales domésticos y salvajes; madera, variada en cantidad y calidad, abundante para todas y cada una de las obras. Pues bien: a esta llanura trabajáronla, durante - mucho tiempo, naturaleza y muchos reyes, de esta manera: principió por ser, dicho una vez más, un cuadrángulo, en conjunto rectilíneo y alargado; cuando fallaba en esto, rectificábanlo cavando a su derredor un foso; lo que sobre la profundidad, latitud y longitud del mismo se cuenta, resulta increíble, si se hiciera de tal tamaño, a mano, tal obra, junto con los demás trabajos. No obstante, hay que relatar lo que hemos oído. [118b] L La profundidad del foso se la excavó un pletro; la anchura, un estadio por todas partes; y, por excavado al derredor de toda la llanura, resultó ser su longitud diez mil estadios Recibía el foso las corrientes que de las montañas descendían; hacíalas circular por la llanura y llegar desde diversas partes a la ciudad, enviándolas de esta manera a desembocar al mar. Desde lo alto de la ciudad salían cortados en la llanura canales rectilíneos, anchos de unos cien pies, que, a su vez, desembocaban en el foso junto al mar. Distaba uno de ellos de otro cien estadios. Acarreaban a la ciudad la madera de los montes y transportaban en barcos los otros productos estacionales, de esta manera: excavando, a partir de estos canales, pasos navegables y oblicuos de un foso a otro y hacia la ciudad. Por cierto, recolectaban la tierra dos veces al año, aprovechando en invierno las aguas de Júpiter; mas en verano, las que daba la tierra, dirigiendo las corrientes desde los canales. En cuanto ul número de varones útiles, en la llanura, para la guerra, estaba ordenado el que cada lote proporcionara un varón para comandante; la magnitud del lote era de diez por diez estadios y el total de los lotes cra de sesenta mil. Mas el número de hombres en los montes y el resto de la región dícese era inmenso y estaban repartidos todos ellos según lugares y aldeas en tales lotes a órdenes de los comandantes. Estaba ordenado el que el comandante proporcionara para la guerra una sexta parte de "carro-de-combate”, —para un total de diez mil carros; dos caballos y dos hombres montados; además, una pareja de caballos, pero sin biga; y en ella, dos montados, —uno para descender, armado de pequeño escudo; otro, montado en ella, de cochero de ambos caballos; dos hoplitas, dos arqueros, dos honderos, —dos de cada clase; mas tres infantes lanzapiedras y tres jabalineros, —tres de cada clase; cuatro marineros, para completar la dotación de mil doscientos navíos. Así estaba organizado el aparato guerrero de la ciudad real, el de las otras nueve, diverso para cada una; referir lo cual se llevaría mucho tiempo. [119c] Lo concerniente a magistraturas y cargos honoríficos estaba, desde el principio, organizado de esta manera: cada uno de los diez reyes mandaba en su propio Lote, según fuera su ciudad, sobre varones y la mayoría de las leyes, castigando y dando muerte a quien quisiera. Empero, el poder de unos sobre otros, y sus relaciones, regulábanse por los decretos de Neptuno, tal cual la ley se los transmitía y las inscripciones escritas por los primeros reyes en la columna de oricalco que en mitad de la isla y en el santuario de Neptuno estaba colocada. Por cierto que allí se reunían una vez cada cinco, otra cada seis años, alternativamente, —con distribución equitativa para par e impar. Reunidos, deliberaban sobre los asuntos comunes y examinaban si alguno había faltado en algo, y juzgaban. Mas al ir a juzgar, comprometíanse, entre sí, primero a lo siguiente: Estando ya sueltos los toros en el precinto sagrado de Neptuno, y los diez reyes a solas, habiendo rogado al dios que escoja la víctima a él más grata, poníanse a cazar, sin hierro, con palos y redes. Al toro que cogieran, llevándolo a la columna degollábanlo sobre su tope, sobre la inscripción. En la columna, además de las leyes estaba grabado un juramento, imprecando grandes maldiciones sobre los desobedientes. En habiendo hecho el sacrificio según sus leyes, consagrarían todos los miembros del toro, y, mezclando sangre en una copa de vino, vertían sobre cada uno de ellos un cuajarón de ella; lo demás, echábanlo al fuego, una vez purificada a su derredor la columna. Después de esto, sacando de la copa sangre con cucharas doradas, y haciendo libación con ella sobre el fuego, juraban sentenciar según las leyes inscritas en la columna y castigar a quien las hubiera anteriormente transgredido, y, para adelante, no transgredir, voluntariamente, nada de lo escrito, ni gobernar, no obedecer a quien mandare, a no ser que ordene según las leyes del padre, 2!echa tal invocación, caja uno en nombre propio y en el de su descendencia, bebía la sangre y depositaba la cuchara, como exvoto, en el santuario del dios; pasaba un tiempo entre cenar y otras necesidades; mas, al llegar la oscuridad, y enfriado el fuego de los sacrificios, revestidos todos ellos de estolas, profundamente azules, superlativamente bellas, sentábanse en tierra, junto a las cenizas de lo ritualmente sacrificado; de noche ya, y apagado todo fuego al derredor del santuario, eran juzgados y juzgaban, en caso de que alguno de ellos acusara a otro de alguna transgresión. En habiendo juzgado, inscribían, llegada ya la luz, lo juzgado en tabla dorada, dedicándola, junto con las estolas, a memorial. Había, además, otras muchas leyes sobre los privilegios de cada uno de los reyes, siendo los mayores no hacer jamás armas unos contra otros y ayudarse todos entre sí en caso de que alguno de ellos, en cualquier ciudad, intentara derrocar al linaje real; deliberar en común, como los antepasados, sobre lo concerniente a guerra y demás asuntos, dando la hegemonía al linaje de los Atlas. Un rey no era señor de condenar a muerte a uno de su linaje si no con el parecer de más de la mitad de los diez. [120d] Pues bien: a esta potencia, tal y tanta, en aquellos lugares existente entonces, la organizó el dios y la dirigió contra esta nuestra región, bajo, como se dice, un pretexto cual éste: durante muchas generaciones, y mientras predominó en ellos la naturaleza del dios, fueron obedientes a las leyes y se mantuvieron afectos a su congénere: lo divino. Eran los suyos pensamientos verdaderos y grandiosos en todo; con sapiente mansedumbre se enfrentaban a los continuos azares, y tratábanse unos con otros. Por lo cual, a excepción de la virtud, tenían en poco a todo lo presente; y les era fácil llevar, cual si fuera un fardo, la ingente masa del oro y de sus demás posesiones. No los emborrachaba la riqueza con el lujo de manera que, por no dominarse a sí mismos, tambalearan. Por sobrios, veían agudamente que todos esos bienes se acrecen por una amistad general acompañada de virtud; mientras que, por excesivo empeño y estimación, se estropean ellos y, con ellos, perece la virtud. Por efecto de tal razonamiento y de la permanencia de la naturaleza divina, se acrecentó en ellos todo lo que anteriormente describimos. Mas, al debilitarse en ellos el lote de divinidad, por mezclarse repetidas veces con mucho de lo mortal, llegó a predominar el carácter humano. Entonces, no pudiendo ya mantener su estado presente, se desfiguraron; al capaz de ver, parecieron feos, por haber destruido lo más bello de lo más estimable. Empero, a los incapaces de ver cuál es la vida verdadera para la felicidad, les parecieron ser, precisamente entonces, suprema y totalmente bellos y bienaventurados, —rellenos de opulencia injusta y de poder. [121b] Pero Júpiter, dios de dioses, que, según leyes, gobierna, capaz de percibir eso, y comprendiendo el miserable estado de tan bien dotado linaje, determinó imponerles justo castigo, a fin de que, entrando en razón, se morigeraran. Convocó, pues, a todos los dioses a la mansión, la más digna de ellos; la que, situada en el medio del mundo entero, tiene vistas sobre todo cuanto participa de engendramiento; y, en habiéndolos reunido, dijo.,