Epinomis — Plato ================ ΕΠΙΝΟΜΙΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/epin/ This file: https://plato-scroll.com/text/epin-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/epin.txt - W.R.M. Lamb: https://plato-scroll.com/text/epin-b.txt - W.R.M. Lamb (Loeb, 1927): https://plato-scroll.com/text/epin-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/epin-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/epin-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [973a] Clinias: Según lo convenido, Extranjero, venimos todos exactamente, los tres que somos: yo, tú y este Meguilo para poner a consideración lo de la Sapiencia: con qué razonamiento discurrir acerca de lo que afirmamos constituye, al pensarlo detenidamente, la condición que haga al hombre más bellamente dispuesto para Sapiencia, —la que le es posible al hombre poseer. Porque en cuanto a lo demás, tal afirmamos, hemos discurrido de todo lo pertinente a imposición de Leyes. Empero, encontrar y hablar de lo máximo: aprendiendo que el hombre mortal llegaría a ser sabio, de esto precisamente ni hablamos ni lo encontramos. Tratemos, ahora, de no omitir esto, porque dejaríamos imperfecto precisamente aquello por gracia a lo cual emprendimos todos todo esto: hacerlo claro de principio a final [973b] Ateniense: Bellamente lo dices, amigo Clinias. Creo, no obstante, que vas a escuchar un razonamiento sorprendente; mas, de alguna manera, no tan sorprendente. Porque muchos de los escarmentados por la vida repiten la misma sentencia: «que el género humano no será ni feliz ni bienaventurado». Sígueme, pues; y ve conmigo si te parece, que yo con ellos, esté bellamente hablando de este asunto. Afirmo: no les es posible a los hombres ser, fuera de a unos pocos, felices y bienaventurados, —delimitaré esto: “mientras vivas”. Pero bella esperanza hay, para el que ha de morir, de obtener todo lo que anheló de vivo: vivir lo más bellamente posible, y tener la suerte de finar con parecido final. Pero no estoy diciendo nada de sabihondo, sino lo que todos los griegos y bárbaros sabemos de alguna manera: que el comienzo resulta dificultoso para todo viviente; primero, pasar por la condición de embrión; después, por la de nacer; y además, ser criado y educado; todo lo cual se obtiene mediante miles y miles de trabajos, —así lo afirman todos. Hecho el cálculo, breve es el tiempo, no precisamente para lo peor, sino para lo que todos tomarían por adecuado, y este mismo parece no dar casi sino un respiro hacia mitad de la vida humana; que, por cierto, sobreviniendo en breve la vejez, hará que nadie desee vivir una vez más, reviviendo la vida propia pasada, —a no ser quien esté relleno de opinión infantil. [974a] Pero de esto, ¿qué pruebas tengo? Que lo que ahora estamos buscando con este razonamiento ha pasado precisamente de esta manera: porque estamos buscando de qué manera llegaremos a sabios, cual si cada uno tuviera tal poder; mas éste húyese cuando uno va en busca de Sapiencia en las llamadas artes, sapiencias o cualesquiera otras de las que creemos ser ciencias; o que, de tales cosas humanas de “sapiencia”, ninguna es digna de llamarse con tal atributo. Más aún: que el alma sea grande en fe, y adivine que, de alguna manera, la Sapiencia le es natural, cuál sea Ella, cuándo y cómo, difícilmente puede hallarlo. Pues bien: ¿no consisten principalmente en esto el desconcierto y la búsqueda nuestra de Sapiencia, mayores de lo que esperarían cuantos de entre nosotros son capaces de llegar a ser ellos, en “sí mismos”, sapientes, y a otros ponerlos, de común acuerdo, a prueba mediante toda clase de razonamientos, y expuestos de toda manera? ¿Convendremos en que las cosas no son así. o en que lo son? [974c] Clinias: Convendremos. Extranjero —esperando en ti, con larga y común esperanza— que, una vez más, lleguemos, acerca de esto a opinión, —la más verdadera posible. [974d] Ateniense: Pues bien: recorramos, primero, todas las llamadas "“ciencias”. sin duda; mas que nada de sapiente aportan en definitiva ni a quien las adquiere ni a quien las posee; de manera que, poniendo de lado a éstos, tratemos de compararlas con aquellas otras de que necesitamos, y, una vez comparadas, aprenderlas. [974d] Primero, pues, de entre las de "primera” necesidad para el género humano, veamos que, ciertamente, son las más necesarias y casi Casi son verdaderamente "primarias”; mas quien llegue a ser entendido en ellas, si, al principio, pareció tal vez sabio, ahora ya no es tenido ni por sabio, y más bien, se le insulta por tal ciencia. [974e] Diremos, pues, cuáles son, y que todo varón que se proponga luchar por parecer llegado a varón óptimo, las huye en favor de la empresa de poseer Sapiencia. Sea, pues, la primera-y-primaria, la Sapiencia, que apartando entendimiento de la zoofagia mutua entre animales —de que habla el mito— a algunos de nosotros, a otros nos instaló en legalizada alimentación. Mas que los antiguos nos sean benévolos, y lo son; de ellos hablamos, y a ellos, primero, vaya nuestro saludo. Mas la invención de harinas de cebada y trigo y la de alimentarse a la vez de ellas es, ciertamente, invención bella-y-buena. Mas no dará jamás para hacer varón perfectamente sabio, porque ese mismo atributo de “invención” traería el descrédito de tales inventos. Pero casi casi, igual, respecto del cultivo de toda región; porque no por arte, sino por naturaleza —según dios— trabajamos, al parecer, todos a Tierra. Y aún más: ni la trama de habitaciones ni la edificación en general ni la fabricadora de toda clase de enseres, ni li del herrero, ni la proveedora de instrumentos para carpinteros, modeladores, tejedores e instrumentos en general, beneficiosa como lo es para un pueblo, no cuenta en punto a Virtud. Y aún más: ni la caza en general —que tan variada, y hasta arte ha llegado a ser— no proporcionan, juntamente con tal pericia, grandeza de alma. Más aún: ni toda la adivinatoria ni la interpretativa, en modo alguno; porque saben únicamente lo “dicho”; mas no aprenden si es “verdadero”. [975c] Como, pues, vemos que la adquisición de las cosas necesarias se obtienen mediante arte, mas ninguna de ellas hace sabio a nadie, la consecuencia de esto es que no queda sino un cierto juego, incitador, cuando más, pero, en modo alguno, cosa seria. Porque se sirven los artistas de muchas clases de instrumentos, aunque también de sus propios cuerpos, con no ser del todo decorosas imitaciones; y las en palabras y en toda clase de Música —y de cuantas la pintura es madre— que de muchas y variadas maneras llevan a cabo en materiales secos y húmedos sus obras; la imitativa no hace, mediante ellas, sabio en nada a nadie, aunque el artista-artesano las haga con la máxima seriedad. [975e] Pero, aun llevado todo a perfección, queda todavía la clase de “ayuda”. —miles de miles para miles y miles de casos; pero la máxima y para la mayoría de esos casos, lo es la llamada arte guerrera: “la estrategia”, la más afamada por su "utilidad”, necesitada de mucha y buena Suerte, mas dada por una natural valentía más bien que por sabiduría. En cuanto a la que llaman “medicina” es “ayuda" contra casi lodos esos males que las estaciones ocasionan, por frío y calor, a la naturaleza de los vivientes. Pero nada de esto poza de fama de ser la más verdadera de las sabidurías, porque procede a tanteos, y déjase arrastrar des-mesuradamente por opiniones. “Ayúdannos” también, diremos, los pilotos junto con los marineros; mas que nadie venga a darnos la nueva, sugiriéndonos, de que alguno de tales varones sea sabio, porque ninguno de ellos sabría algo ni de furor ni de benevolencia de vientos, —lo que fuera, para toda arte de pilotaje, bienvenido. Ni son “ayuda” cuantos, como se dice, son potentes de palabra en los procesos judiciales, —que no paran mientes sino en memoria, rutina y costumbres de opinión, mas andan descarriados respecto de la verdad de lo, realmente, justo. [976b] Pero queda aún una facultad desconcertante en punto 1 opinión de sabiduría, a la que la mayoría denominaría naturaleza más bien que sabiduría: cuando se advierte que alguien aprende más fácilmente lo que aprende, recuerda muchísimas cosas y con seguridad; y cuando se recuerda a propósito lo que, en cada caso, convendría hacer, y se lo hace prestamente, la mayoría pone todo esto a cuenta de naturaleza; otros, a la de sabiduría; pero otros, a la sutileza mental; mas nadie en sus cabales querrá llamar jamás, realmente, sabio a ninguno de ellos. [976c] Pues bien: es preciso salga a luz una ciencia que, poseída, haga a un sabio ser, realmente, sabio, y no tan sólo parecerlo. Veámoslo, pues. Empresa es, por cierto, dificultosísima hallar, mediante razonamiento, una ciencia diversa de las anteriormente mencionadas, y que se llamaría, realmente, y aun con verosimilitud, “Sabiduría”. Mas que su poseedor no resultará ni menestral ni estúpido, sino, mediante ella y justicieramente, sabio-y-buen ciudadano, gobernante y gobernado dentro de Ciudad, —y, a la vez, a su tono. Pues bien: Veamos, ante todo, cuál sería tal ciencia que, en faltando ella, sola, o no engendrándose en la naturaleza humana, haría al hombre, respecto de los animales actuales, el más insensato e insipiente de todos. Esto, por cierto, no es demasiado dificultoso de ver; porque, contrastando una con una, por decirlo así, la que dé a todo el género humano el Número haría precisamente eso; creo, por otra parte, que es dios mismo, más bien que un Azar, quien, al dárnosla, nos salva. Mas no en qué dios piense yo, preciso es decirlo, aunque desconcertante, en cierta manera; pero no desconcertante en otra, porque quien es, para nosotros, causa de todos los bienes, ¿no habráse de pensar tenga que ser causa precisamente del máximo: de Sapiencia? ¿De qué dios. Meguilo y Clinias, estoy tan reverentemente hablando? De Cielo, ciertamente, a quien todos —daimonios junto con dioses— es justísimo honrar y al que, especialmente, dirigir las plegarias. En que, además, haya sido para nosotros causa de todos los demás bienes, convendríamos todos. Mas nosotros afirmaríamos habernos él mismo dado, realmente, Número, —y aún más: que lo dará a quien quiera ser acólito suyo. Porque si uno se da a la contemplación correcta de El previamente —llámelo a su placer “Cosmos. Olimpo o Cielo"—, llámelo, pues. Mas acompáñelo en esa manera de proporcionarse ornato “a sí mismo", y haciendo girar dentro de “sí mismo” los astros por sus trayectorias, proporciónales estaciones y, para todo, alimentación. Y, aún más, diríamos, junto con Número proporciona a todos la demás sapiencia, y los restantes bienes. Pero esto es lo máximo: que, una vez alguien haya aceptado de El tal don de Número, recorra la Revolución íntegra. [977b] Pero, retrotrayéndonos aún un poco en el razonamiento, recordemos que con gran corrección pensamos que, si sacamos Número de la naturaleza humana, jamás llegaríamos a sapientes en nada, porque ya, jamás, el alma de tal viviente llegaría a tener ninguna otra virtud, —al faltarle cuenta-y-razón. Que viviente que no conociera dos, tres, par, impar,. ignoraría absolutamente Número; ni podría dar cuenta-y-razón de lo que tan sólo poseería por sensaciones y memorias; pero las demás virtudes, valentía y templanza, no habría inconveniente. Mas, carente de razón verdadera, jamás llegaría a sabio; la virtud en total— por no llegar a ser ya perfectamente bueno, jamás llegaría a bienaventurado. Es, pues, absolutamente necesario poner de base a Número; y, por ser precisamente necesario, razonarlo resultaría más largo que todo lo anteriormente explicado. Mas aun ahora resultaría correctamente dicho el que de todo lo dicho acerca de las demás artes —que ahora mismo acabamos de recorrer, admitiendo ser todas las artes—, de ellas, ni una sola queda, todas sobran en absoluto, si se elimina la arte aritmética. [977e] Mas, tal vez, le pareciera a alguien, dando una mirada a las artes, que el género humano necesita de Número para minucias, aunque esto mismo es importante; pero si alguien viera lo divino, y lo mortal de la generación en que se reconozca reverentemente lo divino y el número, realmente, ya no sería esto minucia. Que todos conocerían de qué poder sería para nosotros causa todo número inmanente, —aparte de que es patente necesitar de él todo lo concerniente a Música, por aritmetizar movimiento y sonidos; y lo máximo: que es causa de todo bien, y no de mal alguno, debe ser precisamente bien reconocido, —además de que entonces se realizaría brevemente. Empero, cualquier movimiento que sea irracional, desordenado, infigural, arrítmico y desarmonizada —y todo lo que tenga algo de común con algún mal— está ausente de todo número; y debe pensar ser así esto quien pretenda llegar a perfectamente bienaventurado. Y nadie que no conozca lo justo, bueno, bello —y cosas tales— mediante adquisición de opinión verdadera, se contará ni a sí mismo ni a otro entre los absolutamente convencidos de esto. [978b] Pues bien: vamos a considerar precisamente esto: cómo aprendimos a contar. ¡Bien!, porque, ¿de dónde nos nació el legar a pensar en uno y en dos, sino de tener una naturaleza capaz, y hecha por el Universo, de pensar sobre ello? Mas a muchos otros de los vivientes la naturaleza no les dio para esto precisamente: para ser capaces de que el Universo les enseñe a contar; mas en nosotros el dios mismo fue esto precisamente lo primero —primario que nos infundió, de manera que seamos capaces de concebir lo que él nos muestre; después, él nos lo mostró, y muestra. De entre ello, ¿qué de más bello, cosa por cosa, contemplaría uno que el nacimiento del Día? Después llegaría el vidente al turno de la Noche; por ella todo se le aparecería diverso. Y por no cesar Cielo de arrollar todo esto noches y noches, días y días, jamás cesa de enseñar a los hombres uno y dos, hasta que el peor aprendiz resulte capaz de contar; que aun en tres, cuatro y muchos, llegaría cada uno de nosotros a pensar, viendo todo aquello. Y lo redujo todo ello a unidad, al crear dios a la Luna, que apareciéndose, a veces, mayor, a veces menor, recorre, siempre - luciente, diferentes días, hasta llegar a quince días, —y noches. [979a] Tal es su período, si se quiere poner como unidad un ciclo entero. De modo que, por decirlo así, aun lo aprendería el viviente peor aprendiz entre aquellos a los que dios dio naturaleza capaz de aprender. Y hasta este punto, y en estos puntos, todo viviente ba nacido gran aritmético, al mirar y poner la mira en lo Uno mismo. Mas que en sus relaciones mutuas los vivientes —todos y constantemente— calculen con Número, pienso es en vistas a algo mayor; y, en vistas a ello, como decíamos, creando dios Luna, creciente y menguante, coajustó meses con año; y todas las cosas comenzaron, por bienaventurada Suerte, a verse y tratarse de número a número. Por lo cual la Tictra nos ha producido frutos y, ella, resultado fecunda, tanto que es nodriza de todos los vivientes, —al llegar vientos y lluvias, ni extemporánea ni des-mesuradamente. Pero si, contra esto, algo sale mal, hay que encausar de ello no a la divina, sino a la humana naturaleza, que no dispone ajustadamente su propia vida. [979c] Pues bien: al investigar nosotros lo concerniente a leyes, nos pareció, ya, que, en otras materias, resultábales fácil a los hombres conocer qué es lo mejor; y que todos nacen con capacidad tanto para comprenderlo como para hacerlo, si se conociera qué es lo que, verosímilmente, conviene, y qué, lo que no conviene. Y, por cierto, nos pareció —y aun ahora nos lo parece— que, en otras materias, no toda empresa resulta grandemente dificultosa; mas la de qué manera hayan de hacerse los hombres buenos, es de entre todas la más dificultosa. Y, en otras materias, llegar a adquirir todo lo “bueno” —lo llamado tal— es posible y no es dificultoso, y cuánta fortuna haya de adquirirse o no, y cuál cuerpo se deba o no. Y que haya de adquirirse alma buena, todos lo conceden totalmente, mas la manera de que sea buena —que sea justa, temperante y valiente, y cosas tales— que sea sabia, todos afirman se debe, pero sobre qué clase de sabiduría, nadie —como acabamos de explicarlo— concuerda ya del todo con ninguno de los más. Pues bien: al lado de todas las anteriores sabidurías, hallamos una, y no vil, respecto de esto mismo: que “parece” ser sabio quien haya aprendido precisamente lo que expusimos. Pero, ¿“es” sabio quien sea entendido en eso, y es bueno?, —sobre esto hase de razonar. [979d] Clinias: ¡Cuán verosímilmente, Extranjero, dijiste que emprendías tratar de lo grande en grande! [979e] Ateniense: Pues no son cosas pequeñas, Clinias; pero lo más dificultoso está en que son verdaderas, de todo en todo y totalmente. [979e] Clinias: Grandemente, por cierto, Extranjero. Sin embargo, no te retraigas de hablar sobre lo que afirmas. [979e] Ateniense: Sí; ni vosotros, así mismo, de escuchar. [979e] Clinias: Así será; y yo te lo digo por ambos. [980a] Ateniense: Bellamente. Hay, pues, que comenzar por decir, ante todo, de manera evidente y sobre todo, si podemos captar con un nombre cuál es esa que creemos ser "sabiduría”; mas si en esto resultamos demasiado impotentes, sea lo segundo: cuáles y cuántas son las sabidurías que, captadas, resultaría uno sabio, a tenor de nuestros dichos. [980a] Clinias: Di, pues. [980a] Ateniense: Pues bien: después de esto, no se tome a mal el que el legislador hable, por semejas, de los dioses de manera más bella que las anteriormente dichas, y mejor, cual si se sirviera de bello juego, y honre así a los dioses, y pase su vida propia celebrándolos con himnos y en bienaventuranza. [981b] Clinias: Bellamente hablas, Extranjero; ¡ojalá!, fuera éste para ti el fin de las leyes: honrando con tales juegos a los dioses llevar una vida más pura y, a la vez, tener la Suerte del mejor y más bello final. [981b] Ateniense: ¿Cómo, pues, Clinias, decirlo? ¿Parece, por cierto, que honramos grandemente a los dioses con himnos, suplicándoles nos induzcan a decir de ellos lo más bello y lo mejor? ¿así o cómo lo dices? [981c] Clinias: Así, admirablemente, por cierto. Mas, daimoníaco, suplica con fe a los dioses, y di ese discurso que te está sobreviniendo, acerca las bellezas referentes a los dioses y a las diosas. [981c] Ateniense: Así será, si dios mismo nos guía. Une tu plegaria a la mía. Sin más. [981c] Clinias: Puedes ya hablar. [981c] Ateniense: Pues bien: Es necesario, tal parece, que, primero, habiendo los anteriores imaginado malamente teogonía y zoogonía, las imagine yo mejor según el anterior razonamiento —retomando el que emprendí contra las palabras impías—, afirmando que hay dioses que se ocupan de todo: de lo pequeño y de lo mayor y que son por cierto inflexibles en asuntos de justicia; de seguro os acordáis, Clinias, pues hasta tomasteis memoranda, que se lo dijo entonces, y es grandemente verdadero. Pero lo más importante fue lo de que el alma es venerablemente anterior al cuerpo, toda alma a todo cuerpo —¿lo recordáis, precisamente esto?—, porque lo mejor, lo más antiguo y más deiforme es de creer sea más venerable que lo inferior, más joven y menospreciable, y que, de todos modos, lo gobernante sea más venerable que lo gobernado, y, de toda manera, lo conductor lo sea de lo conducido. Aceptemos, pues, precisamente esto: que alma es más venerable que cuerpo. Pero, si esta es así, respecto de Generación lo primero, según nosotros, sería, de suyo, más de fiar como primaria que lo primero, según otros. Y ponemos, aún más: que nuestro principio hace mejor figura de tal que el otro principio, y que procedemos correctísimamente en lo más importante de Sapiencia: en lo referente a la generación de dioses. [981e] Clinias: Dese esto por suficientemente dicho. [982b] Ateniense: Pues bien: ¿afirmaremos que se habla, verdaderísimamente y según naturaleza, de Viviente cuando "una” coincidente composición de alma y cuerpo dé origen a “una” forma? [982b] Clinias: — Correctamente. [982b] Ateniense: ¿A eso se llama, por cierto y ajustadísimamente, "viviente? [982b] Clinias: — Sí. [982b] Ateniense: Según verosímil razonamiento, hase de hablar de cinco cuerpos sólidos con los que se puede modelar lo más bello-y-mejor. En cuanto al otro género, íntegro, tiene una sola forma, porque no hay algo que sen incorporal y no tenga nada de ello en modo alguno, y jamás color, a excepción del género, realmente divinísimo, que es el género de Alma. El, precisamente, es el único al que corresponde el modelar y artificiar; mas al cuerpo, es lo que decimos: lo de ser modelado y hecho y ser visible. Pero a aquél —digámoslo una vez más, porque no se lo ha de decir una sola vez— le corresponde lo de ser invisible, cognoscente e inteligible, partícipe de memoria y de cálculo en las dominantes coalternancias de impares y pares. Por ser, pues, cinco los Cuerpos, hay que afirmar lo son Fuego y Agua; tercero, Aire; cuarto, Tierra; quinto, Eter. Pero en sus dominios cada clase de viviente llega a ser múltiple y multivariada. Empero, es preciso estudiarlos uno por uno de esta manera: pongamos como primera unidad lo térreo, todos los hombres, todo cuanto sea multipodo y ápodo, cuanto camine y cuanto esté inmoble, por preso de raíces. Mas hase de pensar que lo que le da unidad es que, estando hechas todas las cosas de todos estos géneros, la mayor parte de las de éste están hecha de Tierra y de la naturaleza sólida. Mas es preciso poner un segundo género de viviente que, además de real, es visible, por tener un máximo de luego; tiene, ciertamente, algo de Tierra y de Aire; mas tiene también partículas de todos los demás; por lo cual hase de afirmar que de ellos proceden vivientes, multivariados y visibles; pero hase de pensar, por cierto, que todos los cuerpos Celestes son, ellos, géneros de vivientes; a tal Todo hay que llamarlo género “divino” de Astros, —a que cayó por Suerte bellísimo cuerpo, ciertamente; mas alma, la más bienaventurada y, además, óptima. Es preciso darles, por ser dos, una de las dos Suertes: O que sea cada uno de ellos indestructible e inmortal y divino totalmente por toda clase de necesidad, o que tengan vida longeva, tan adaptada a cada clase de viviente que de nada más necesiten, jamás. [982e] Pensemos, pues, primero en que, como decimos, tales vivientes son de dos géneros —repitámoslo una vez más—, ambos, visibles, sin duda; uno de ellos, íntegro, tal es su apariencia, de Fuego; mas otro, de Tierra; éste, térreo y desordenadamente movido; aquel otro, de Fuego, y según orden total movido. Por movido desordenadamente hay que concebirlo como ininteligente, que es como obran de ordinario los vivientes que nos circundan; mas lo que se abre camino ordenado en el Cielo, gran testimonio da, y por tal ha de tenerse, de ser inteligente; porque abrirse camino, actuar y reaccionar siempre de "idéntica y parecida manera”, prueba suficiente y patente sería de vivir inteligentemente. La necesidad propia de alma poseedora de inteligencia resultaría ser de todas las necesidades la mayor, porque impone ley como gobernante; mas no, como gobernada. Mas cuando alma se proponga lo óptimo según óptima inteligencia, lo inmutable y lo perfecto descienden, inteligentemente, a la realidad, y jamás habría acero ni más fuerte ni más inmutable que aquello. Que, por dominar realmente las Tres Parcas garantizan el que sea perfecto lo que cada uno de los dioses se haya propuesto con el mejor de los propósitos. Mas para los hombres debiera ser prueba de que poseen inteligencia Astros y el conjunto de sus caminos el que hacen siempre lo mismo por hacer lo propuesto desde antiguo, desde un tiempo admirablemente largo; y no, cambiar de propósito, de uno a otro, haciendo unas veces una cosa, otras otra, errar y retroceder. A la mayoría de nosotros pareció en esto lo contrario: que hacer “lo mismo y de igual manera”, es no tener alma; la multitud siguió a los así insensatos en esto: en suponer que por moverse, lo humano es inteligente y viviente; mas que lo divino es ininteligente por permanecer en la misma clase de movimientos. Mas a hombre que tiende a lo más bello mejor y amable le está bien admita el que se ha de tener precisamente por inteligente a lo que obra "“siempre y de igual manera”, y por este motivo; y que ésta es la naturaleza de los astros, la más bella de ver, y que, por ejecutar una marcha y danza coral, más bella y magnífica que la de todos los coros, es causa perfecta de lo debido a todos los seres. Y, por cierto, que en justicia digamos de ellos estar animados, deduzcámoslo primero de sus magnitudes, porque, aunque parezcan pequeños, no son, en realidad, tales. Que la mole de cada uno sea descomunal, es cosa digna de fe porque se saca de adecuadas demostraciones; porque es posible pensar exactamente eso de que el sol entero es mayor que la tierra entera; y que todos los astros, aun los en movimiento, tienen magnitud admirable. Pensemos en cuál sería el modo de que una cierta naturaleza haga circular tal mole, siempre durante el mismo tiempo, tanta cuanto ahora emplea en circular. Pues bien: afirmo que un dios será la causa, y que jamás será posible de otro modo, porque jamás habría otro para ser animado, fuera de un dios, —cual nosotros lo hemos puesto en claro. Más ya que dios es de ello capaz, resultole del todo fácil, primero, hacer viviente a todo cuerpo y a toda mole; después, concebir la manera mejor de movimiento, y según ella moverlos. Pues bien: acerca de todo esto diríamos con una proposición verdadera: no hay como Tierra. Cielo y astros todos, todas sus moles —a no ser que al lado de cada uno o también en cada uno haya alma— marchen así, con exactitud, año tras año según meses y días, y que todo lo que pasa nos resulte bueno para todos nosotros. [984c] Pero cuanto más miserable sea el hombre, tanto más ha de mostrar claramente que no delira, sino que dice algo. Pues bien: si alguien afirma que son causas de cuerpos torbellinos, naturalezas o algo así, nada dirá de claro. Es preciso, más bien, retomar en firme respecto de lo dicha por nosotros si el razonamiento tiene razón o le falta enteramente, primero, en cuanto a que los seres sean de dos clases: una, la de alma; otra, la de cuerpo, y que haya muchos en cada una, -—todos, distintos, unos de otros; y los de una clase, de los de la otra; y que no haya otro, tercero, común en nada con nadie; y que el alma es superior al cuerpo. Pondremos que aquélla es inteligente; mas éste, ininteligente; aquélla, gobernante; éste, gobernado; aquélla, causa de todo; mas éste no es causa de afección alguna; de modo que afirmar que los seres celestiales han sido engendrados por otra causa, y que no son engendros de alma-y-cuerpo, así a la vez, grande locura fuera y sin razón. Si, pues, han de vencer nuestros razonamientos acerca de todos esos seres y que parezca creíble haber sido todos ellos engendros divinos, hay que poner una de dos cosas: a bien, ensalzarlos correctísimamente por ser dioses, o bien suponer que han sido engendrados, cual estatuas, a imagen de dioses, por obra de los dioses mismos; porque no lo han sido ni por insensatos ni por minusvalentes, sino —como dijimos que de dos cosas hay que poner una— puesto lo de “estatuas”, hay que reverenciarlas de manera superior a las demás, porque, jamás, entre todas las estatuas, obras de hombres, aparecerán algunas más bellas y comunes que aquéllas, ni instaladas en más distinguidos lugares, superando por pureza, majestad y total vitalidad a aquéllas: las íntegramente y de aquella manera engendradas. Ahora bien: por concerniente a dioses, emprendamos, considerando las dos clases de vivientes visibles —de las que decimos haber sido engendradas, una de ellas inmortal, la otra, la térrea, toda ella mortal— tratar de hablar de la manera más clara, según la opinión ya razonable, de los tres géneros intermedios entre los cinco. Pongamos, pues, a Eter después de Fuego; y pongamos que Alma modele de El —igual de los otros géneros— vivientes poseedores de potencias, en que predominen, por cierto, la naturaleza de El; pero modele de los demás géneros otros vivientes más pequeños, en favor de coajuste. Que, después de Eter, el alma modele de Aire otro género de vivientes; y un tercero, de Agua. Pero en habiendo Alma artificiado todos esos géneros de vivientes, es verosímil esté ya relleno el Cielo íntegro; por haber empleado todos los géneros según sus potencias, todo lo engendrado está participando,. ciertamente, del vivir; mas los géneros segundo, tercero, cuarto y quinto —partiendo de la generación de los dioses visibles—, nos tienen por final a los hombres. [985d] En cuanto a dioses: respecto a Júpiter. Vesta y todos los de este tipo escójase una manera cualquiera de ordenar; ordéneselos de ella según la misma ley y manténgase uno bien cerca de este razonamiento. Pero respecto a dioses visibles —los máximos y más venerables y los de más agua y universal vista— hay que decir que son los primeros en cuanto a naturaleza de astros y cuantos han sido hechos, y lo percibimos, cual cortejo suyo. Y bajo éstos, a continuación las daimonios; mas al género Aéreo, que ocupa el asiento tercero y medio, por hacer de mensajero es grandemente necesario honrarlo con plegarias en favor de una bendecible transmisión. Mas de estos dos géneros de tales vivientes —el que es de Eter y el que, a continuación, es de Aire— cada uno de ellos, e íntegramente, es transparente, —que estando, en efecto, cerca, no nos resultan claramente perceptibles. Mas por participantes de admirable sapiencia —ya que son de género buenaprendiz y memorioso— conocen, digamos, todos nuestros pensamientos y aman, de admirable manera, al que de nosotros sea bello y a la vez bueno, y odian grandemente al malo; que los daimonios comparten ya penas; que dios, por poseer perfecto el Lote de divinidad, está exento de eso: de pena y placer; mas participa de sapiencia y conocimiento en su totalidad; y por estar ya el Cielo relleno de vivientes. [986b] transmítense mensajes entre sí y a los dioses supremos sobre todos y sobre todo, porque los vivientes intermedios se trasladan hacia Tierra y hacia todo el Cielo con ímpetu ligero. En cuanto á los vivientes del quinto género, el del Agua, se los representaría uno correctamente asemejándolos a semidioses, nacidos de ella; y son unas veces visibles; otras, ocultándose, resultan invisibles, —objeto de admiración por su confusa vista. Habiendo, pues, realmente, estos cinco géneros de vivientes —de cualquier modo como algunos de nosotros los hayamos casualmente encontrado— o durante el sueño, en ensueños, o por algo dicho por modo de oráculos o adivinanzas, oído por algunos sanos y aun enfermos y aun agonizantes, ya al final de la vida: opiniones que, surgidas en privado o en público, han dado origen a muchos cultos de muchos pueblos, y lo darán a otros —el legislador de todo esta, por poquísimo entendimiento que posea, jamás se atreverá, innovando, a dirigir a su propia Ciudad hacia un culto divino que tenga algo de no claro. Y, por cierto, no prohibirá nada de lo que la ley patria haya dicho respecto de sacrificios, por no saber absolutamente nada acerca de estas materias, —que no Es posible las sepa la naturaleza mortal. Mas respecto de los dioses que nos están, realmente, patentes a la vista: ¿no nos muestra el mismo razonamiento que son malvados quienes no se atreven a hablarnos y poner en claro que son dioses realmente, aunque diferentes y no festejados, ni recibiendo los honores que les son debidos? Por cierto que esto está ahora precisamente pasando, porque si alguno de nosotros —habiendo visto engendrarse Sol o Luna, y que ellos nos están mirando a todos, no lo dijera de alguna manera, por incapaz de decirlo; y, estando ellos sin su Lote de honor, no se esforzara, a la vez, en cuanto está de su parte, llevándolos a lugar honroso, hacerlos conocer y hacer en su honor fiestas y sacrificios, y repartir para cada uno de ellos, según estaciones y turnos, tiempos determinados, mayor o menor, durante los años, llamándolo “malo”, para sí mismo y para otro de los conocedores, ¿no nos parecería llamarlo tal en justicia? [986e] Clinias: Pues, ¿cómo no?, Clinias; pues, aun “pésimo”. [986e] Ateniense: Pues bien. Clinías querido, esto precisamente es lo que ahora me está pasando, —sábelo. [986e] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [986e] Ateniense: Sabéis que, entre las potencias, hermanas entre si, que abarcan el Cielo íntegro, y que yo he contemplado —no?in de grande es lo que he hecho. [986e] porque cosa fácil es para cualquier otro—, hay tres —una de Sol; una, de Luna; una, de todos los astros, de ellas hice recordatorio antes; pero hay otras cinco. Pues bien: todas ellas, y los que en ellas están, marchan de esta manera: o Se mueven por "sí mismos” o llevados en vehículos. Nadie de nosotros piense jamás de otra manera respecto de que algunos de ellos sean, ciertamente, dioses; mas algunos, no; ni que algunos sean “legítimos”; mas algunos otros “lo que” a ninguno de nosotros le “es permitido decir”. Pero digamos todos acerca de todos ellos, y afirmemos, que son hermanos y con Lotes fraternales; y démosles honras, no a uno, anual; pero a otro, mensual; ni establezcamos para algunos un cierto Lote ni un determinado tiempo en que recorra su Órbita, realizando con los demás perfectamente el mundo visible, ordenado por cuenta-y-razón la más divina de todas; mundo que el bienaventurado comenzó por admirar; mas, después, le entró el deseo de aprender cuanto le es a la naturaleza mortal posible, convencido de que, así pasará la vida de la mejor y más bienaventurada manera; y, al terminarla, arribará a regiones debidas a Virtud; e iniciado, en realidad de verdad, participe él, uno, de Sapiencia, una, consumará el restante tiempo, hecho espectador de lo más bello para la vista. Pues bien: después de esto nos resta el hablar de cuántos y quiénes son, para que no parezcamos jamás mentirosos. Me hago firme en este punto porque, afirmo, una vez más, que son ocho; que de los ocho, de tres se ha hablado: mas quedan cinco. La cuarta traslación y trayectoria, a la vez que la quinta, son casi iguales en velocidad a la de Sol, y ni más lentas ni más veloces, en conjunto. De estos tres, ha de guiar el que tenga adecuada inteligencia; estamos hablando, por cierto, de las revoluciones de Sol, de Lucero matutino y de un tercero, —no hay como darle nombre por no ser conocido; mas es causa de esto el primer Observador de todo esto, por ser bárbaro; porque el lugar primitivo crió por la belleza de la estación vernal —que Egipto y Siria tienen— a los primeros que sobre esto pensaron, porque están viendo, por decirlo así, de continuo patentes los astros, por poseer de continuo un cielo sin nubes ni lluvias, de allí partió y llegó a todas partes, y aquí, todo eso, cual aprobado por milenios de milenios e infinito tiempo. Por lo cual hay que atreverse a poner esto por ley, —que, respecto de lo divino, no es, claramente, de sapientes, tener unas cosas por no honorandas, otras por honorandas. Mas de que no tuvieran “nombres”, hay que decir ser la causa aquélla. Pero recibieron “de-nominación” de dioses, porque el lucero matutino, que es el mismo que el vespertino, hay casi casi razón de que sea el de “Venus”, y grandemente apropiado para legislador sirio; mas el de curso igual al de Sol y al de tal lucero, lo es de “Mercurio”. Pero hablemos, además, de tres traslaciones de astros que marchan con Tuna y Sol hacia la derecha. Mas hase de hablar de un octavo que, especialísimamente, llamaríase “Mundo”, que marcha en dirección contraria a todos esos, y llévase a los demás, —cual lo parecería a hombres poco entendidos en esto. Empero, lo que sepamos suficientemente, hay que decirlo, y lo decimos, porque sabiduría, que, realmente, sea tal se hace patente de esta manera a quien tenga aunque sea una partícula de inteligencia recta y divina. Quedan ya tres astros, de los cuales uno se distingue de los demás por su lentitud, y llámanlo algunos con nombre derivado del de Sol; al siguiente en lentitud hay que llamarlo con el de Júpiter; al siguiente, con el de Marte, y es éste de todos el de más rojo color. Nada de dificultoso tiene caer en cuenta de esto al indicársenos; mas el aprendiz ha de creerlo tal cual lo decimos. [988d] Por cierto que todo varón griego ha de caer en cuenta de que poseemos una región, precisamente la de Grecia, la, entre todas, casi casi la mejor para Virtud; pero hase de decir que lo que hay en ella de alabar es lo de intermedia entre una naturaleza de extremados inviernos y veranos; mas la que nuestra naturaleza tiene de inferior en cuanto a verano respecto de aquella otra región, ya lo dijimos, nos ha proporcionado, posteriormente a ellos, la comprensión de tales dioses del Mundo. Pero admitamos que cuanto los griegos toman de los bárbaros lo llevan al colmo de la belleza. Especialmente respecto de lo ahora dicho hay que pensar eso mismo: que es, ciertamente, difícil descubrir todo eso sin resto de dudas; mas hay esperanza, grande y bella a la vez, de que de manera, realmente, más bella y más justa que la que viene de tradición, a la vez que de cuño, de los bárbaros, los griegos tratarán solícitamente 1 estos dioses, empleando la educación, oráculos y toda clase de culto enlegalizado. Que ningún griego abrigue jamás el temor de que, por ser ellos mortales, no deban tratar las cosas divinas; han de pensar, más bien, todo lo contrarío a esto: que lo divino no es ininteligente ni ignora lo que es la humana naturaleza, sino sabe que, él de maestro, seguirá ella y aprenderá lo enseñado. Que Él nos enseñe precisamente esto, mas que nosotros aprendamos lo de Número y contar con ellos, ciertamente él lo sabe; porque sería, en caso de ignorar esto, lo más ininteligente de todo, porque, cual se dice, en realidad, se ignoraría a si mismo, irritándose con el capaz de aprender, en lugar de regocijarse con él, sin envidia, por haberse hecho bueno con el concurso de dios. [989b] Tiene efectivamente su razón, grande y bella, lo de que cuando acudieron a los hombres esos pensamientos de que nacieron y con qué calidades nacieron los dioses, y eso de qué y cuáles actos practicaron, no les pareciera a los sensatos haberse dicho ni inteligente ni benévolamente, —eso y lo dicho recientemente sobre la antigüedad máxima de Fuego. Agua y de los demás Cuerpos; pero sobre la posterioridad de lo pertinente a lo admirable del alma; y que el movimiento más potente y venerable es aquel por el que El cuerpo mueve él y se mueve a “si mismo” con calor, frío y cualidades tales, y no aquel por el que el alma mueve al cuerpo y a “sí misma”. Mas ahora, cuando afirmamos que el alma, una vez nacida en cuerpo, no es prodigio alguno el que mueva y haga girar al cuerpo y a “sí misma”, ya no hay por qué desconfiemos, sin ninguna razón ya, de que el alma no pueda mover circularmente una mole cualquiera. Por lo cual si juzgamos ahora que Alma es causa de Todo, y que lo es de todos los bienes por ser tales de una manera, mas de los males, por ser tales, de otra manera, nada de prodigio tiene el que Alma sea causa de toda traslación y movimiento; mas puesto que traslación y movimiento hacia lo Bueno son propios del alma óptima, empero los hacia lo contrario, de la contraría, es preciso que haya vencido y venzan los bienes sobre los que no son tales. [989e] De todo esto hemos hablado según Justicia, la castigadora de los impíos. Mas, respecto de lo sujeto a discusión, no hay por qué desconfiemos de que no hayamos de tener al bueno por sabio. Pero esa sabiduría que, desde hace tiempo, buscamos, veamos si la comprehenderemos o por medio de una educación y por una arte, que en caso de ignorarlas resultaríamos ignorantes de lo Justo, precisamente por ignorantes. Tal me parece, por cierto, y debo decirlo, porque, buscándola Arriba y Abajo, así como se me ha revelado, trataré de declarárosla perfectamente. De no haber practicado nosotros bellamente lo más importante de Virtud fue la causa, como me parece indicarlo grandemente lo dicho; porque, en efecto, nadie, jamás, nos persuadirá de cfue, para el género mortal, haya algo mayor en Virtud que la piedad; mas hay que decir que esto ha pasado por ignorancia, la máxima, en naturalezas las mejores. Que las mejores son las más dificultosas de llegar a ser tales; mas, en llegando, son las de mayor utilidad, porque alma que acoja mesurada y tranquilamente lo naturalmente lento y lo contrario, sería de buen talante; enamorada de la valentía, y dócil para con templanza; y lo máximo en tales naturalezas es que, si es capaz de aprender y memoriosa, podría gozar tanto y tan bien de esas cualidades que llegara a ser amante-de-aprender. Porque tales naturalezas no es fácil nazcan; mas, una vez nacidas, y criadas y educadas cual se debe, podrían hacer que la mayoría de ellos, y aún los peores, pensaran, obraran y hablaran sobre los dioses todo lo que se debe; y respecto de sacrificios y de purificaciones —de las referentes a dioses y a hombres—, honrar a Virtud, no con artificiosos gestos, sino en verdad, —que es lo más importante de todo para toda la Ciudad. Pues bien: precisamente esta parte de ella es, decimos, la por naturaleza más señorial y la más capaz de aprender lo más bello y mejor, si alguien se lo enseñara. Mas no se lo enseñaría, a no ser ue dios guíe; pero si enseñare, mas no lo hace de la manera debida, mejor fuera no aprender. No obstante, por lo ahora dicho es necesario aprender eso y que yo afirme ser tal naturaleza la mejor. Tratemos, pues, de recorrer en este razonamiento qué es lo que se debe aprender, sus calidades y modo; y en la medida de mi poder —que soy yo quien habla— y del de los que me escuchen, de qué manera se aprenderá lo referente a piedad. Pues bien: es casi casi desconcertante para el oyente, pera nosotros le damos un nombre —que no se lo parecería tal vez a alguien por inexperiencia del asunto— “astronomía”; ignora que el verdaderamente astrónomo ha de ser necesariamente sapientísimo; no, el astrónomo a la manera de Hesíodo y todos los de tal talante, por observar ocasos y levantes, sino por observar siete circunvoluciones de las ocho circunvoluciones, recorriendo cada una su circulo propio de una manera que no toda naturaleza resultaría capaz de contemplar fácilmente, a no ser dotada de admirable natural. Lo que acabamos de decir, y diremos —cual afirmamos—, es de qué manera se debe y de qué modo es preciso aprender. Sea esto lo que primero digamos. [991b] Luna, por cierto, recorre su circuito velocísimamente, trayendo Mes y, primero, luna llena. En segundo lugar, hase de pensar en Sol, quien a lo largo de todo su circuito trae cambios de estación, —y en los de carrera igual a la de El. Mas para que no hablemos muchas veces de lo mismo respecto de los mismos, todas las demás órbitas descritas anteriormente no son fáciles de discernir. Es, no obstante, preciso preparar para ello naturalezas que lo puedan y que se trabaje en ello con muchas enseñanzas previas y hábitos, desde niño y joven. Por lo cual harían falta las matemáticas. Empero, lo más importante y primero de ellas es lo de los números mismos, no los de los que tienen cuerpo; mas sí todo lo de par e impar, de su generación y poder, cuanto de ellas contribuye a la naturaleza de los seres. Pero aprendido esto, lo que a esta sigue inmediatamente es lo que llaman, con nombre grandemente ridículo, "geometría”; mas no siendo los números, de suyo, semejantes entre sí, la semejanza se hace diáfana relacionada con lo propio del plano; lo que, por cierto, es maravilla, no humana; mas que, realizada, es divina, resultaría patente a quien pudiera comprenderlo; después de esto vienen los números aumentados tres veces, y semejantes a la naturaleza de lo sólido. Empero, a los aun desemejantes, otra arte, semejante a ésta, los haría semejantes: la que quienes por casualidad la hallaron denominaron “estereometría”. Mas lo divino —y admirable para quienes lo ven a fondo y piensan detenidamente— consiste en que, girando la potenciación y la operación contraria a ésta al derredor de lo doble, la naturaleza íntegra modela eidos y género según cada clase de cuenta-y-razón. La primera es la del doble, que progresa según cuenta-y-razón numérica de uno a dos; más doble, la que progresa según potencia; una vez más doble, la que progresa hacia lo sólido y tangible, yendo de uno a ocho; mas la que va de doble a una mediana, una de tales medianas está igualmente distante del extremo menor y del mayor, mas la otra supera a los extremos mismos y es superada por ellos en la misma fracción; así en medio de la relación de seis a doce cae la de "“tres-a-dos” y la de “cuatro-a-tres”. La progresión de estos términos por girar en ambos sentidos, al derredor del medio, dispensa a los hombres uso consonante y conmensurado en favor de juego, ritmo y armonía, don propio del bienaventurado coro de las Musas. [992b] Hágase y manténgase todo esto de esta manera. Pero para poner su fin-y-final a esto hay que ir a la generación de lo divina, a la vez que a la de la naturaleza, bellísima y divinísima, de lo visible tal cual dios la dio a contemplar A hombres y que, sin lo ahora explicado, nadie se gloriará, viéndola, de captarla fácilmente. Además de esto: hay que reconducir lo singular a lo eidético en cada discusión común, preguntando y refutando lo no bellamente dicho, porque, de todas, es ésta la más bella y primera de las pruebas, no de las ficticias, —lo que es, de todos los trabajos, el más vano. Además: hemos de captar la exactitud de Tiempo: cuán exactamente lleva a cabo cuanto pasa en el Cielo, a fin de que quien crea ser verdad esa afirmación de que Alma es más antigua, y a la vez, más divina que Cuerpo, tenga por bellísima y suficientemente dicho eso de que todo está lleno de dioses y que, jamás, no por olvido ni por descuido de los Mayores estamos menospreciados. Empero, acerca de todo esto hay que pensar precisamente en estotro: que si se capta correctamente cada una de estas cosas, gran ayuda le vendrá a quien según lo debido las tomare; pero si no, mejor es siempre invocar a dios. Mas el procedimiento es éste; que es necesario decir ni más ni menos que esto: que toda figura, sistema de Número y de armonía y la coordinación íntegra de las circunvoluciones de los astros han de poner de manifiesto, ante quien haya aprendido cual se debe, que tal unidad de cuenta-y-razón lo es de todos; mas quedarán de manifiesto, lo estamos diciendo, si uno lo aprende correctamente: mirando hacia Tínidad, porque quedará de manifiesto, ante los repensantes, que es, de natural, uno el vínculo de todos. Mas si se trata de esto de otra manera, hay que invocar a Fortuna, —como también lo decimos. Que sin esto, jamás, en Ciudades, llegará nadie a ser, de natural, bienaventurado. Este es el procedimiento, ésta la educación, éstas las cosas a aprender; pesadas o fáciles, por ellas hay que pasar. Mas no es Lícito descuidar a los dioses, precisamente cuando está ya 5)atente que lo que sobre todos ellos del debido modo se dice es de buena-ventura. A quien así haya captado todo esto, a él, precisamente, proclamo el verdaderísimamente sapientísimo. Y respecto de él mantengo, a la vez en juego y en serio, que cuando uno de los tales cumpla cabalmente con la muerte el propio Destino —igual después de que esté muerto— ya no participará, cual ahora, de la pluralidad de sensaciones; y, por poseedor únicamente de un Destino, y por hecho de muchos una, será, a la vez, bienaventuradísimo y feliz, tanto que viva, de bienaventurado, en un continente, como en islas; y quien haya pasado la vida, dedicado a esto en público o en privado, participará eternamente de tal Suerte, y recibirá de los dioses lo mismo y de la misma manera. Mas lo que al principio decíamos —y, ahora, el mismo razonamiento está siendo, realmente, verdadero— que "no les es posible a los hombres ser perfectamente felices y bienaventurados, a excepción de a unos pocos”, está correctamente dicho, porque a cuantos sean divinos y, a la vez, temperantes y partícipes, de natural, de las demás virtudes —y, además de esto, hayan adquirido todo lo atinente a aprendizaje beatificante: en qué consista, lo hemos explicado— a éstos, sólo a éstos, caen y llegan a poseer adecuadamente todo lo propio de daimonio. Pues bien: a quienes hayan así trabajado en esto decimos en privado —y lo ponemos por ley en público— que, llegados a ese final que es la vejez, a ellos han de darse los máximos cargos de autoridad; mas que los otros, a su ejemplo, han de bendecir conjuntamente a todos los dioses y diosas; y que nosotros debemos, justísimamente, acudir al Consejo nocturno, por ser todos los de él conocedores y oficialmente competentes en tal sabiduría.