Cartas — Plato ============== ΕΠΙΣΤΟΛΑΙ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/epist/ This file: https://plato-scroll.com/text/epist-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/epist.txt - R. G. Bury: https://plato-scroll.com/text/epist-b.txt - R.G. Bury (Loeb, 1929): https://plato-scroll.com/text/epist-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/epist-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/epist-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [309a] Habiéndoos tratado tanto tiempo como os traté, y administrado vuestro principado cual el ministro de mayor confianza, recibisteis Vos el provecho; mas yo aguanté las calumnias y —qué malas de llevar!—, porque sabía que ninguna de vuestras crueldades parecería haberse hecho con mi consentimiento, ya que todos los que participan de vuestra administración me son testigos de a cuántos de ellos ayudé, librándolos de no pequeños castigos. Mas, no obstante de haber tenido, muchas veces, a mi cuidado absoluto vuestra Ciudad, fui despedido de manera más indecorosa aún de la debida a mendigo, despachándome Vos y mandándome salir por mar, —¡a mí, vuestro compañero de tanto tiempo! [309b] Pues bien: voluntariamente, por cierto, trataré yo mismo de apartarme de los humanos; mas tú, por tirano: y qué tirano!, vivirás solitario. La suma, en oro brillante, que para despedida me diste, te la devuelve Baquito, el portador de esta carta; pues no era suficiente para gastos del viaje mi adecuada para otros menesteres vitales. Para ti —el donante— resultaría grandemente deshonroso; para mí —el receptor— no lo sería menos, —por esto no la acepto. Evidentemente, para ti, el dar o recibir tal suma no tiene importancia; así que dispón de ella para cultivar la amistad de otro, cual conmigo lo hiciste, porque, ya suficientemente, has cultivado la mía. Y bien oportunamente, cuando te sobrevengan otros trabajos, se diga lo de Eurípides: Suspirarás por tener a lu lado tal varón Quisiera que recordaras por qué la mayoría de los demás poetas trágicos, cuando sacan a escena a un tirano, en el trance de ser asesinado, hacen que exclame: ¡En soledad de amigos, desgraciado muero! [310a] Mas ninguno de esos poetas ha hecho que muriera por escasez de oro. Añádase aquel poema que no parece mal a los sensatos: Ní el brillante oro, escasísimo en la desesperada vida de Ní el diamante, ni los lechos de plata, apreciados por el [hombre por deslumbrantes a los ojos: Ni de la amplia tierra los prados fecundos, cargados de Nada, como la unanimidad de pensamiento ron varones ¡Salud! Y reconoce cuánto has faltado contra mi, para que te comportes mejor respecto de los demás. [310b] Platón a Dionisio, ¡Pásala bien! [310b] Por Arquedemo he sabido que, crees, debe guardarse acerca de ti silencio; guardarlo no solamente yo, sino cesar además mis allegados de hacer o decir, respecto de ti, nada desagradable. No haces excepción alguna, fuera de Dión. Mas esa frase “excepto Dión” indica que yo no tengo poder alguno sobre mis allegados, porque si tuviera alguno sobre los demás, sobre ti y sobre Dión, gran bien fuera para nosotros y para los demás griegos, —así lo afirmo. Pero ahora me contento, y es mucho, con seguir a mi razón. Y digo esto porque Cratístolo y Polixeno no te han relatado nada razonable. De ellos, uno afirma decir, el otro haber escuchado de muchos en Olimpia que algunos de mis acompañantes hablaban mal de ti. Tal vez su oído es más fino que el mío, porque, en realidad, yo nada oí. Es preciso, tal me parece, que, en adelante, has de obrar de esta manera cuando alguien diga algo acerca de nosotros: preguntármelo por carta, porque ni rehusaré ni me avergonzaré de decir la verdad. [310d] Respecto de ti y de mí, en realidad, el estado de nuestras relaciones es, de hecho, éste: ni somos unos desconocidos para ningún griego, digámoslo así, ni nuestra amistad es un secreto. Ni se te pase por alto que tal secreto no se lo guardará posteriormente, ¡tantos son los que conocen que nuestra amistad no fue ni pequeña ni yerma! Pues bien: ¿a qué me estoy refiriendo? Te lo diré remontándome a su principio. Es natural que inteligencia y gran poder confluyan a lo mismo, y que, mutua y constantemente, se persigan, busquen y reúnan. Posteriormente, los hombres gozarán también refiriéndolo ellos y oyéndolo de otros en conversaciones privadas y en los poemas. Así, cuando hablan los hombres sobre Hierón, y sobre Pausanias el espartano, gozan aduciendo sus relaciones con Simónides, y qué hizo y les dijo. Y acostumbran elogiar, juntamente, a Periandro el corintio, a Tales de milesio, a Pericles y Anaxágoras, a Creso y Solón, como sabios; y a Ciro, como potentado. Y, por cierto, que, imitándolos en esto, los poetas juntan a Creón con Tiresis, a Polyeido con Minos, a Agamenón ' con Néstor. Ulises y Palamedes, -y, como me lo parece, los 1 primeros hombres juntaron, más o menos así, aun a Prometeo con Júpiter. Cantan, de algunos de aquéllos las discordias; de otros, sus vueltas a amistad; cuándo a unos les da por la amistad, cuándo, a otros, por el contrario, les da por la discordia, y cantan en qué concuerdan y en qué discuerdan. Digo, por cierto, todo esto queriendo mostrarte precisamente que, cuando hayamos fenecido, no se dejará de hablar de nosotros, de manera que se debe cuidar de ello; porque, al parecer, es necesario que, aun nosotros, nos cuidemos del porvenir, ya que es algún tanto natural suceda el que los más viles no se preocupen de ello; mas lo es el que los más discretos hagan todo para que, posteriormente, oigan que se habla bien de ellos. Lo cual me sirve de indicio fehaciente de que los muertos tienen una cierta percepción de lo de acá; que las mejores almas adivinan ya set así. Empero, las peores afirman que no. Por otra parte lo adivinado por los varones divinos es de mayor valor que lo por los no divinos. Hasta creo, refiriéndome a estos últimos, que, si estuviere en su poder el rectificar sus tratos, se esforzarán grandemente en que se hablara de ellos mejor de lo que se hace ahora. Pues bien: esto es lo que, gracias sean dadas a dios, está aún en nuestro poder: que si algo de nuestras anteriores relaciones estuvo no bellamente hecho, rectificarlo de palabra-y-obra. Afirmo yo: la verdadera opinión futura de filosofía resultará de que nosotros seamos buenos; y lo contrario, si fuéramos malos. Añádase que, si nos cuidamos solícitamente de esto, nada haremos de más pío; ni nada, de más impío, si lo descuidamos. [311e] Cómo ha de hacerse y dónde está lo justo, lo declararé: Llegué a Sicilia con fama de eminente respecto de los dados a filosofía; pero, al venir a Siracusa, pretendía tomarte a ti de garantía a fin de que, aun ante la plebe, se honrara en mía la filosofía. Pero esto no me resultó bien. No digo que la causa fuera la que, tal vez, señalarían los más; sino que la de que parecía no confiabas gran cosa en mí; más bien, parecías querer despedirme a mí y llamar a otros, y escudriñar cuál era mi intento, —por desconfianza, cual me parece. Muchos eran, además, los que en voz alta decían que e desdeñabas, y que otros eran tus intereses. Todo esto se ha dicho en voz alta. Escucha lo que, dado esto, es justo se haga, a fin de que así responda a tu pregunta: cómo hemos de comportarnos en nuestras relaciones. Pues bien: si, en realidad, desprecias totalmente a la filosofía, hay que dejarla a sus anchas: mas si algo mejor que lo que has oído de mí, has oído de otro, o bien lo has tú mismo hallado, estímalo. Empero si te place lo mío, has de apreciar sobre todo ello a mi persona. Guía, pues, tú ahora, como al comienzo; yo seguiré; que, honrado por ti, te honraré: mas si no me honras, lo llevaré tranquilamente. Además: por honrarme a mí, partiendo de ti la iniciativa parecerá que haces honor a la filosofía; y esto mismo de ocuparte de otros, te aportará ante muchos la buena opinión cual si fueras realmente filósofo. Empero, al honrar yo a quien o me honra parecerá que admiro y persigo la riqueza, lo que —bien lo sabemos— no goza de bella nombradía ante todos. Para decirlo en una palabra, si me honras, ganamos los dos; si te honro, perdemos los dos. Pues bien: respecto de esto, con esto basta. [312d] Lo de la esferilla no es correcto; te lo mostrará Arquedemos cuando llegue. Pero además de este punto, hay otro que es más importante y divino, y que ante todo y sobre todo debe explicarse; es precisamente lo que enviaste, desconcertado, a preguntar. Porque afirmas, según dice él, que no se te ha mostrado suficientemente la doctrina referente a la naturaleza de Primero. Te la explicaré por enigmas, a fin de que, si a esta carta por accidentes de mar o de tierra le pasa algo, quien la lea no la entienda. Las cosas son así: Todo circula al derredor del Rey de todas las cosas; de todas. Aquél es fin, y es Aquél causa de todas las cosas bellas. Circulan las secundarias al derredor de Segundo; las terciarias, al derredor de Tercero. Pues bien: el alma humana apetece, respecto de ellas, aprender sus calidades, considerando lo que de parentesco tiene ella con aquéllas, —nada de ello es suficiente. [312e] por cierto; que respecto del Rey y de los Nombrados, nada hay de tal parentesco. Consiguientemente el alma se dice a sí misma: pues, ¿qué es, por cierto, el Tal? Esta es, hijo de Dionisio y de Doris, la cuestión, causa de todos los males; pero, mejor, lo es, acerca de esto, los dolores de parto que en el alma engendra de los cuales, si no se la libra, no tendrá la suerte de dar, realmente, en la verdad. Pues bien: tú mismo me afirmabas en el jardín bajo los laureles, haber pensado sobre ello, y ser descubrimiento tuyo. A lo cual respondí que, si te parecía ser así, me habrías ahorrado muchos discursos. Por cierto, te contesté, que yo no había tenido aún la suerte de encontrar a nadie que tal hubiera descubierto, a pesar de que no me ocupo de nada más. Pero, tal vez, lo has oído a alguien; tal vez una gracia divina te encaminó: después, convencido de poseer las demostraciones de ello, no las aseguraste; así que ellas, a veces de una manera, a veces de otra, yerran al derredor de la apariencia; que, por otra parte, nada tiene de seguro. Esto no te ha pasado a ti solo. Sabe que a ninguno de los que, por primera vez, me oyen les ha pasado jamás entonces algo diferente. Unos con mayor trabajo, otros, con menor, sálense dificultosamente del paso; mas casi nadie, sin trabajo. [313c] Habiendo sido, y siendo, esto así, hemos según mi opinión, de dar por encontrado lo que tú pretendías: cuáles han de ser nuestras mutuas relaciones. Mas ya que te pones a examinar aquellas doctrinas, o en compañía de otros o considerándolas comparativamente con las de los otros, o a ellas en sí mismas, si el examen lo es verdaderamente, se te harán ellas ahora naturales, y llegarás a familiarizarte con ellas y con nosotros. ¿Cómo sea esto así, y todo lo demás que hablamos? Hiciste ahora correctamente en enviarme a Arquedemo; y en cuanto a lo demás, cuando a su vuelta te cuente mi respuesta, tal vez te acometan, tras ella, otras dificultades. Reenvíame a Arquedemo, una vez más, si lo crees correcto; que él revertirá bien provisto. Y si haces esto dos o tres veces y examinas suficientemente lo que te comunico, me extrañaría de que las actuales dificultades te molestasen más que ahora lo hacen. Valor, pues, y obrad así, porque ni tú comprenderás ni Arquedemo comerciará en comercio más bello y más agradable a los dioses. Ten, por cierto, buen cuidado de que esto no caiga en manos de hombres no educados, porque como me parece, no hay, ante la mayoría, más ridículas doctrinas; más, a su vez, para los biennacidos, no las hay de más admirables y divinizadoras. Empero, aun dichas frecuentemente, y oídas de continuo, y esto durante muchos años, difícilmente y con mucho trabajo llegan, como el oro, a purificarse. Pero escucha qué es aquí lo admirable: hombres hay, y muchos que en habiéndolo oído, son capaces, por cierto, de aprenderlas, capaces de recordarlas y de juzgarlas, habiéndolo examinado de todas las maneras; viejos ya, y oyentes durante no menos de treinta años, afirman, precisamente ahora, que lo que antes les parecía más increíble les parece ahora lo más creíble y evidente; pero lo entonces más creíble, resúltales ahora la contrario. Considerando lo cual, por buen cuidado en que no tengas que arrepentirte de difundir indignamente algo de esto. Lo más seguro consiste en no escribirlo, sino en aprenderlo de memoria, porque no hay manera de que no se difunda lo escrito. Por lo cual yo, jamás, he escrito nada sobre esto; ni hay ni habrá “escritos de Platón”. Lo que ahora se llama así, lo son de Sócrates, —de sus tiempos de bello y de joven. Vale, y obedece; en leyendo que leyeres y releyeres esta carta, quémala. [314c] De esto, basta. Te extrañas de que te haya enviado a Polixeno. Respecto de Licofrón y de los demás que le rodean digo ahora, y dije siempre lo mismo: que, en punto a dialéctica, los sobrepasas de muchísimo, tanto de natural como por el método de los razonamientos y que ninguno de ellos se deja de buena gana refutar, como algunos lo imaginan, sino de mala gana. Me parece, además, que te has servido de ellos y recompensándolos de manera absolutamente correcta. Esto acerca de éstos; que es mucho para lo que los tales son. En cuanto a Filistión; si lo necesitas, sírvete de él; pero, si es posible, envíalo y que sirva a Espeusipo. Te lo pide, además. Espeusipo mismo. Por otra parte. Filistión me prometió, si le das licencia, venir de buena gana a Atenas. Al de las canteras, hiciste bien en despedirlo; es poca cosa lo que pide, tanto para sus familiares como para Hegesipo, el hijo de Aristón, porque me escribiste que si alguien los perjudica a él o a ellos y tú lo sabes, no lo dejarás pasar. En cuanto a Lisíclido hay que decir la verdad, porque únicamente él, de los que llegaron de Sicilia a Atenas, nada ha tergiversado de nuestra relaciones, sino que, acerca de lo pasado, se expresa siempre bien y en el mejor sentido. [315a] Platón a Dionisio, “albricias”; escribiéndote así, ¿habría dado con la mejor fórmula de saludo?; o más bien, ¿escribiendo, “¡pasarla bien!", como es en mí la habitual, con la que acostumbro dirigirme en las cartas a los amigos? Que tú también, como lo refirieron quienes entonces lo presenciaron en Delfos, te dirigiste al dios, con esta misma fórmula de afecto, y escribiste, como se dice: ¡Albricias!, y asegura placentera vida al tirano En cuanto a mí, con tal ruego no pediría ni en favor de hombre y menos aún de dios el que pasara eso; no de dios, porque exigiría algo contra su naturaleza, ya que lo divino está más allá de placer y dolor; no de hombre, porque placer y dolor suelen engendrar muchos males, pariendo en el alma estupidez, olvido, insensatez e insolencia. Quede dicho así esto por mí respecto del saludo; mas tú, una vez leído, tómalo como quieras tomarlo. [315b] Afirman no pocos decir tú a algunos de los embajadores acreditados ante ti y que yo oí decirte en cierta ocasión que intentabas reconstruir las ciudades griegas en Sicilia, y sublevar a los siracusanos, transformando el poder en realeza, en vez de tiranía; que yo, entonces, te lo estorbé; eso dices tú, contrariando grandemente tus anhelos; pero que ahora estaría enseñando a Dión a hacer eso mismo, y que, con tus propios pensamientos, estamos arrebatándote el poder. Pero tú mismo conocerás si sacas provecho de tales dichos; en todo caso me perjudicas diciendo lo contrario a. lo sucedido. Más que suficiente es lo que Filistido y otros muchos me han calumniado ante los mercenarios y pueblo de Siracusa por permanecer en la acrópolis; mientras que los de fuera, si pasa algo malo, me lo endosan entero, afirmando que tú me obedeces en todo. Pero clarísimamente sabes tú mismo que si de buena gana hube al principio de compartir contigo los negocios de política, fue pocas veces, cosas cortas; y, de buena gana, porque creía hacer algo de importancia, y tomé debido empeño en los proemios a las leyes, prescindiendo de las añadiduras tuyas o de otro; porque oigo decir que, posteriormente, algunos de vosotros los habéis retocado, aunque de quién sean unas u otras resultará patente a los que puedan juzgar de mi estilo. — Así que, como acabo de decir, no necesito de que se me calumnie una vez más ante los siracusanos, además de algunos otros a los que hablando, persuades; pero necesito muchísimo más de defensa contra la primera calumnia contra la que, después de ella, ha surgido ahora, mayor y más formidable. Me es, pues, necesario hacer yo una doble defensa contra las dos: primero, cuán razonablemente huí de participar contigo en los negocios de la Ciudad; segundo, que no fue mío, cual han dicho, el consejo, y el obstáculo, por los que, acometiendo tú reconstruir las ciudades griegas, resulté yo la traba. Escucha primero el origen de lo que te dije acerca del primer punto. Llegué a Siracusa llamado por ti y por Dión a quien grandemente aprecio, y fue hace mucho tiempo huésped mío; de edad, entonces, en el justo medio y pujante, de todo lo cual han menester absolutamente los que, por poco entendimiento que posean, hayan de ponerse a deliberar sobre negocios tales cuales eran entonces los tuyos. Por otra parte eras tú entonces grandemente joven; y grande, tu inexperiencia respecto de lo que era ya preciso fueras experimentado; además, me eras grandemente desconocido. Presto, un hombre o dios —o alguna mala suerte para ti expulsaron a Dión y te quedaste solo. ¿Crees que era el momento de colaborar yo contigo en la política, cuando acababa de perder un colaborador sensato, y veía al insensato preso de hombres perversos y muchos; que en realidad no mandaba, aunque creía mandar, sino mandado por tales hombres? ¿Qué había de hacer en tal caso? ¿Que no era necesario hacer lo que hice?: dejar correr los negocios políticos pendientes, precaviéndome de las calumnias de los envidiosos. Mas, en cuanto a vosotros, ¿tratar, de todas las maneras, de haceros lo más amigos posible, a pesar de vuestro distanciamiento y diferencias? Por cierto que tú mismo eres testigo de que no cejé jamás de tender a ello. Y de mala gana ciertamente, convinimos en que volviese por mar a casa, ya que a vosotros os retenía la guerra; mas que, al hacerse de nuevo paz, vendríamos yo y Dión a Siracusa, —pero que tú nos llamarías. Así es como pasó respecto de mi primer traslado a Siracusa, y respecto de mi salvador regreso a casa. En cuanto al segundo, al hacerse la paz me llamaste; mas no según lo convenido; que me mandaste ir ya solo; y dijiste que, en otra oportunidad, enviarías por Dión. Por lo cual no fui; mas por ello me enemisté además con Dión, porque creyó Dión ser mejor el que yo fuera, y te obedeciere. Después de esto, más tarde, al cabo de un año, llegó una trirreme, y cartas tuyas; comenzabas por escribirme en ellas que, si iba, los negocios de Dión se arreglarían según mi mente; empero, si no Iba, pasaría lo contrario. Por cierto que me da vergüenza decir cuántas cartas llegaron entonces de tu parte —y de la de otros, por tu medio—, de Italia y de Sicilia; y para cuántos de mis familiares y conocidos. Todas ellas me instaban a ir y me suplicaban que te obedeciera enteramente. Parecía, por cierto, a todos, comenzando por Dión, que había de embarcarme, sin dilatorias. Objetábales con mi edad y, respecto de ti, sostenía que no serías capaz de resistir a nuestros calumniadores y a los que quieren lleguemos a enemistarnos, —pues veía entonces, y veo también ahora, respecto de las grandes y excesivas riquezas, tanto de los particulares como de los monarcas que, casi casi, cuanto sean mayores, otro tanto alimentan más numerosos y mayores calumniadores; y en los que las tratan en vistas a placer, acompáñanles infamantes perjuicios; ningún mal mayor que éste engendran la opulencia y el poder de cualquier otra clase. Pasando por alto. no obstante, todo esto, fui, pensando en que ninguno de mis amigos tuviera que encausarme de que, por mi negligencia, se perdió todo lo suyo, pudiendo no haberse perdido. Pero llegué, y bien sabes tú todo lo que, desde entonces, pasó. Daba por cierto, a tenor de lo convenido en las cartas, el que volvería Dión a tu intimidad; hablo de esa intimidad que, si entonces me hubieses hecho caso, resultara, tal vez, para ti y los Siracusanos, y aun para los demás griegos, mejor que lo que ahora ha pasado, —así lo adivina mi opinión, Además, exigía que se dieran los bienes de Dión a sus familiares y que no los administrasen los administradores que tú sabes. Creía además deber ponerse a su disposición lo que cada año acostumbra recibir; y que, por estar yo presente, se le enviara aún más, y no menos. Caso de no obtener nada de esto, pensaba marcharme. Mas me persuadiste de que me quedara un año. afirmándome que, en vendiendo todos los bienes de Dión, remitirías la mitad a Corinto, y el resto quedaría para su hijo. Teniendo mucho que decir acerca de promesas tuyas no cumplidas en nada, por su multitud abreviaré: vendiste todos sus bienes, sin consentimiento de Dión, mientras afirmabas que no los venderías sin su consentimiento, poniendo así, admirable, un petulante colofón a las promesas. Porque encontraste una artimaña no bella, ni fina, ni justa ni provechosa: la de desconcertarme, cual si ignorara lo que estaba entonces pasando; así no trataría de que se le remitiera el dinero. Cuando, pues, desterraste a Heráclides, por no parecernos justo ni a los siracusanos ni a mi, te pedimos yo. Teodoto y Euribio que no lo hicieras; echando mano de esto como de suficiente pretexto dijiste que, desde mucho tiempo atrás se echaba claramente de ver que en nada me preocupaba de él, sino de Dión, de sus amigos y familiares; y que, hallándose ahora 'Teodoro y Heráclides, familiares de Dión, bajo sospecha, empleaba toda clase de artimañas para que no pagaran la justa pena. Esto, y de esta manera, en cuanto a nuestra cooperación respecto de lo político. Mas si viste que me apartaba de ti por algo diverso, cree, es razonable, que todo esto pasó de tal manera. Y no te sorprendas; porque a cualquier varón de entendimiento aparecería yo como malo si, convencido por la magnificencia de tu poder, hubiera, sea dicho así, traicionado al viejo amigo y huésped maltratado por ti y en nada inferior a ti; mas haber preferida a ti, al malhechor y obrar en todo cual lo ordenabas, —evidentemente era por amor al dinero. Porque ninguna otra causa se dijera haber para mi cambio, si es que hubiera cambiado. Tal como, por tu causa, pasó todo esto, produjo esa, tuya y mía, “amistad de lobos”, y esa disconformidad. [318e] Ya casi este punto, conexo con el anterior, está llegando a aquel otro punto del que, afirmé, era preciso, en segundo lugar, defenderme. Considera con toda intención si te parece falto en algo a la verdad, y no la digo. Porque afirmo que en el jardín, y en presencia de Arquedemo y de Aristócrito, más o menos unos veinte días antes de mi partida de Siracusa a casa, me reprendiste por lo que dices ahora: que me preocupaba de Heráclides y de todos los demás más que de ti Y, ante ellos, me preguntaste si recuerdo que, al comienzo, cuando llegué te exigí reconstruyeras las ciudades griegas; reconocí recordarlo, y aun ahora me parece eso lo mejor. Pero hase de decir, Dionisio, la que u esto entonces se añadió; 2 porque te pregunté si te aconsejaría tan sólo en este punto a en algo, además de éste. Empero tú, de grandemente airada y despectiva manera, me respondiste con algo que, entonces, era desprecio y, ahora, de sueño resultó realidad, tal creo; dijiste, pues, con muy fingida risa, si lo recuerdo bien, que “me exiges que, una vez instruido, haga o no haga todo esto”. Respondí que tu memoria era excelentísima. “Una vez instruido en geometría, ¿o cómo?”, añadiste. Pero lo que me venía a la boca decir, a continuación, no lo dije temiendo que, por una pequeña palabra, el embarque previsto se me dificultara, en lugar de facilitárseme, ¿Para qué, pues, repito todo esto? Para esto: para que no me calumnies diciendo que yo no te permití reconstruir las ciudades griegas, destruidas por los bárbaros y aliviar a los siracusanos, transformando tiranía en realeza. Nada de menos concorde con lo que soy que tal mentira tuya; además de que, puesto a refutarte, daría razones más evidente que esa, en caso de que se sometiera esto a competente juicio, para probar que yo te lo exigí; mas tú no quisiste hacer nada de eso. Además de que no es difícil poner en claro que, hecho todo eso, hubiera resultado ser lo mejor para ti, los siracusanos y los sicilianos todos. [319e] Pero, amigo, si afirmas que nada de lo dicho dijiste, se me hace justicia; pero si lo admites, reconoce inmediatamente que Estesícoro fue sabio; e, imitando su palinodia, arrepiéntete y pasa de decir mentiras a decir la verdad. [319e] Platón a Dión de Siracusa. ¡Pasarla bien! [320a] Creo, y por cierto, que, durante todo este tiempo ha quedado patente mi interés por los negocios que nos ocupaban, y que grande fue, respecto de ellos, el empeño que tuve en llevarlos a término, no por otro motivo alguno mayor que el honorable amor por la bello. Porque creo ser justo el que los, en realidad de verdad, buenos y practicantes de lo bello, obtengan la debida honra. Pues bien: al presente, gracias a Dios, algunas cosas van bien; mas, respecto de las futuras, grandísima es la lucha; porque obtener tales cosas mediante valor, agilidad y fuerza parecería ser propio de ellos; mas obtenerlas mediante verdad, justicia, magnanimidad y con buenas maneras, alguien afirmaría, con nosotros, que quienes pretenden honrarlas han, razonablemente, de distinguirse de aquellos otros. Ahora bien: es evidente lo que digo. No obstante hemos de recordar que conviene se distingan —los que, por cierto, tú sabes— de los demás hombres más que los hombres de los niños. Ha de ponerse de manifiesto el que nosotros hemos llegado a ser tales cuales nos proclamábamos, aparte de que, con ayuda de Dios, nos será fácil. A otros, por cierto, se les hizo necesario errar por muchos lugares para llegar a ser conocidos; mas, respecto de ti, las cosas están ahora de manera que los habitantes de toda la tierra, si no es exageración juvenil decirlo, tienen su mirada puesta en un lugar; y, en él, hacia ti. Así que, cual mirado por todos, prepárate a desbancar a aquel viejo Licurgo y a Ciro y a cualquier otro que se haya, por carácter y gobierno, destacado; especialmente porque muchos, y casi todos los de aquí dicen que, desaparecido Dionisio, es grandemente de temer se estropee todo por la ambición tuya, las de Heráclides. [320e] de Teodoto y de los demás notables, ¿Lo mejor?, —que ninguno fuera tal; pero, si alguno lo es, que se eche de ver lo curas, y todo mejoraría. Tal vez te parezca ridículo el que yo diga esto, pues tú mismo no lo desconoces. Mas en los teatros veo que aun los muchachos azuzan a los actores, —no se diga lo hacen los amigos que, se creería, empeñosamente los animan por benevolencia. Luchad, pues, vosotros ahora; y comunicadnos si algo necesitáis. Lo de aquí está más o menos como cuando estabais presentes. Escribid cómo os va o qué habéis conseguido; que, nosotros, vimos muchas cosas, las no sabemos ninguna. Acaban de llegar a Lacedemonia y Egina cartas de Teodoto y Heráclides; pero, nosotros, como queda dicho, oímos aquí muchas cosas; mas nada sabemos. Reflexiona además sobre que parece a algunos eres más descuidado de lo debido. No se te pase por alto que se ha de agradar a los hombres, para hacer algo; mas la arrogancia cohabita con la soledad, ¡Buena Suerte! [321c] Platón a Pérdicas. ¡Pasarla bien! [321c] Recomendé a Eufreos, como me lo escribiste, que tratase de cuidar solícitamente de tus asuntos. Es de justicia que tal recomendación —sagrada y debida a ti como a huésped— la extienda a lo demás que me digas y a cómo he de servirme ahora de Eufreo. Que, en realidad, este varón es grandemente útil; pero, sobre todo, para lo que ahora estás tú necesitando a causa de tu edad y por no ser muchos que, en este punto, aconsejan a los jóvenes. Porque cada régimen político tiene su voz, cual si fuera un cierto animal; y una es la voz de la democracia; otra, la de la oligarquía; y otra, a su vez, la de monarquía. Muchos, por cierto, afirman conocerlas. Empero, muchísimo les falta, fuera de a unos - pocos, para comprenderlas. De los regímenes políticos, el que hable con su propia voz a los dioses y a los hombres, y a su vez obedezca con las consiguientes obras, florecerá siempre y se salvará; mas si insitare otra, perecerá. Para esto, pues, no menos que para otras cosas, te resultaría útil Eufreos, aunque para estotras también sea todo un hombre. Estoy seguro de que hallará las palabras propias de monarquía para ti, no menos que para los que te rodean en este asunto. Así que, sirviéndote de él en esto, saldrás ganancioso y le harás un grandísimo beneficio. [322a] Empero si, oyendo esto, alguno dijera: “al parecer. Platón aparenta saber lo conveniente a la democracia; mas, pudiendo decirlo en público al pueblo y aconsejarle lo mejor, jamás se levantó a proclamarlo”. Decid a esto: “Platón nació tarde en su patria y halló a su pueblo aviejado y acostumbrado ya por los antepasados a hacer muchas cosas que, según sus consejos, eran ilegales. Tal vez le hubiera sido la más agradable de todo aconsejarle, cual a padre, si no creyera correr vanamente peligros, —sin hacer nada más”. Eso mismo creo haría mi consejero, porque, si pareciéramos incurables, diciéndonos “allá vosotros”, se apartaría de eso de aconsejarme a mí sobre lo mío. ¡Buena Suerte! [322c] Me parece que alguno de los dioses os prepara, benévola y generosamente, una suerte buena si la aprovecháis bien. Porque vivís vecinos unos de otros y os necesitáis unos a otros de manera que os beneficiéis grandísimamente. Porque auxilios bélicos, ni aun por acrecentamiento de oro se haría, para todo, mayor su poder que por la posesión de amigos seguros y morigerados. En cuanto a Erasto y Corisco digo yo —viejo ya— que, además de esa bella sabiduría: la de los eídoses, han de añadir esotra sabiduría: la de saberse guardar de perversos e injustos, además de una cierta fuerza defensiva. Porque están inexperimentados a causa de haber pasado toda su vida en compañía de nosotros, discretos y nada malos. Por esto dije que les hace falta añadir aquello a fin de que no se vean forzados a descuidar la sabiduría verdadera y preocupante, más de lo debido, de la humana y urgente. Pues bien: me parece que, aun sin haber convivido como por arte, mediante experiencia, ¿En qué sentido lo digo? de ti; afirmo, garantizo y testifico que no hallarás fácilmente caracteres más dignos de confianza que los de estos tus vecinos. Te aconsejo, pues, te vincules, de todas las maneras justas, con ellos; no se te pase por alto tal indicación. A su vez, con tales vínculos mutuos de llegar a bien entretejida amistad. Mas si alguno de vosotros pensara de alguna manera disolverla —porque nada de lo humano es absolutamente seguro— enviadme aquí y a los míos una carta delatora de la queja, porque creo que las palabras de justicia y respeto que de aquí os llegaren —a no ser que la ruptura haya llegado a ser grande—-, restablecerán más que cualquiera ensalmo y religarán aquella primitiva amistad y comunidad. Que si amamos tal sabiduría todos —nosotros y vosotros— en la medida en que las fuerzas de cada uno lo consientan, lo que ahora esa predicción será realidad. Mas si no hacemos eso, no diré nada, porque soy adivino de buenas nuevas, —así que afirmo que todo esto redundará en nuestro bien; si dios lo quiere. [323c] Es preciso que todos vosotros, los tres, leáis esta carta; lo mejor, si es posible, es que la leáis los tres, juntos; si no, de dos en dos en común y las más veces que se pueda; y servíos de ella cual de convenio y de ley vigente, lo que es justo; y jurando sobre ella con seriedad no exenta de gracia a la vez que con esa clase de juego que es hermano de la seriedad. Y jurando por el dios de todas las cosas, rector de las actuales y futuras, y por el padre y señor del rector y causa a quien, si filosofamos en realidad de verdad, conoceremos claramente todos, en lo que es posible a hombres bienaventurados. [323d] Platón a los familiares y compañeros de Dión Me escribís que he de pensar son vuestros pensamientos los mismos que tuvo Dión mismo; y, encima de esto, me exigís los comparta de palabra y obra, en lo que sea capaz. Pues bien: si vuestra opinión y deseos son los mismos que tenía él, consiento en compartirlos; pero si no, lo habré de pensar muchas veces. Mas diría cuál fue su pensamiento y deseos, no por conjeturarlo, sino por saberlo con certeza. Porque cuando llegué, de unos cuarenta años, la primera vez a Siracusa. Dión tenía la edad que ahora tiene Hiparinos; y tenía Dión entonces la misma opinión que termina teniendo: creer que los siracusanos habían de ser libres, rigiéndose por las mejores leyes. Así que nada tiene de sorprendente el que alguno de los dioses haya hecho que Hiparino resultara opinar lo mismo y consonantemente con él acerca del régimen político. Pero, ¿cómo surgió esto? Vale la pena de que lo oigan jóvenes y no jóvenes. Trataré, tomándolo desde el comienzo, de referíroslo. Que es ahora oportuno. [324b] Allá, cuando joven, me pasó lo mismo que a tantos: creía que, en llegando a señor de mí mismo, entraría, sin más, en los negocios comunes de la Ciudad. Algunas oportunidades respecto de los negocios de la Ciudad se me ofrecían, es como un trastorno del régimen político existente a la sazón, por atacado por muchos. Cincuenta y un varones se alzaron de jefes del cambio; de ellos, once en la Ciudad; diez, en el Pireo. Ambos grupos tanto para el ágora, como para cuantos asuntos hubiera que resolver en las Ciudades. Empero, treinta de ellos se constituyeron en gobierno de autócratas. Por haber sido algunos de ellos familiares míos y conocidos, me llamaron inmediatamente, cual si tales asuntos me convinieran. Por mi juventud nada de ello me sorprendió, porque creía que administrarían ellos la Ciudad sacándola de mala vida a la justa, de modo que puse gran atención en qué harían. Y, vi, por cierto, que tales varones hacían, en poco tiempo que la política anterior pareciera de oro. Aparte de otras cosas: a un varón querido para mí: al viejo Sócrates, que casi me atrevo a decir sin avergonzarme era el más justo de los contemporáneos, lo comisionaron, junto con otros ciudadanos para que trajeran por la fuerza a un ciudadano para matarlo, a fin de que, así, resultara Sócrates su cómplice en tal acción, quisiéralo o no; mas no obedeció y se expuso a padecer toda clase de peligros antes de ser copartícipe de obras impías; viendo, por cierto, todo esto, además de otras cosas tales no pequeñas, me indigné y retiré de estas maldades presentes. Después de no mucho tiempo cayó el gobierno de los Treinta y todo su régimen. Una vez más, aunque brevemente, me arrastró el deseo de actuar en la política pública. Muchas cosas pasaron en aquellos tiempos, por desordenados, capaces de indignar a cualquiera; y nada tiene de sorprendente el que se tomaran de algunos enemigos venganzas mayores que en las revoluciones, aunque de gran equidad usaron las que entonces volvieron. Pero es el caso que algunos poderosos llevaron ante el juzgado, una vez más, a aquel nuestro compañero Sócrates, llevándolo a juicio por una causa la más sacrílega y, de todas, la menos adecuada a Sócrates, porque unos lo llevaron a juicio por impío; otros, lo condenaron e hicieron matar a quien, en aquella otra ocasión, no quiso participar de un procedimiento impío contra uno de los entonces fugitivos amigos, cuando, aun fugitivos, los perseguía la mala suerte. Considerando tales cosas y los hombres que hacían tal política y las leyes y costumbres, cuanto más lo consideraba y adelantaba en edad me parecía ser tanto más difícil administrar correctamente los asuntos de la Ciudad. Porque sin varones amigos y compañeros fieles no es posible hacerlo; no era fácil hallarlos entre los presentes, porque nuestra Ciudad no era ya administrada según las costumbres y procedimientos de nuestros padres; adquirir nuevos amigos resultaba imposible hacerlo con alguna brevedad. Además: corrompíanse leyes escritas y costumbres, y adelantaba esto de tan sorprendente manera que, habiendo comenzado, lleno de gran ímpetu, a actuar en política, mirando todo eso y viendo que todo iba de acá para allá, terminé por aturdirme; sin dejar de mirar, por si acaso mejoraran las cosas y aun el régimen íntegro. Más aguardando siempre las oportunidades de obrar. Empero, terminé pensando que todas las Ciudades actuales rígense políticamente mal, porque sus legislaciones tienen casi casi algo de incurable, si no da la Suerte de que las acompañen ciertas admirables disposiciones; y me sentí forzado a decir, alabando a la recta filosófica, que de ella Es propio percibir lo que es justo para los negocios de la Ciudad y para todos los de particulares. Así que los males no abandonarán al linaje humano hasta que el linaje de los rectamente filosofantes llegue a las poderes políticos, o bien que el linaje de los gobernantes en las Ciudades llegue, por una especie de Suerte divina, a filosofar según realidad de verdad. [326b] Con tales pensamientos llegué a Italia y a Sicilia, la primera vez que arribé. Recién llegado, la vida, allí llamada “bienaventurada”: la de italianos y siracusanos, la de a mesas siempre puestas, en manera alguna me agradó, —eso de vivir hartándose de comer dos veces al día y jamás dormir a solas por la noche y las demás usanzas que a tal género de vida siguen. Porque de tales costumbres no puede ni resultar jamás sensato ninguno de los que, bajo tal cielo, y desde joven, esté así ocupado —que no es ésta manera de hacerse una naturaleza admirable—, ni tampoco llegará nadie jamás a morigerado; y la misma razón valdría respecto de las demás virtudes. Además: ninguna Ciudad puede ser estable ni en cuanto a leyes ni de ninguna otra manera, si los ciudadanos piensan se ha de gastar todo en francachelas; y juzgan, por otra parte, deber estar ociosos en todo menos para comilonas y bebederas, —trabajando nada más en empresas de amores. Necesariamente, tales Ciudades no cesan nunca de transtornarse cambiando entre tiranías, oligarquías y democracias. Por otra parte, quienes en ellas mandan no soportan ofr ni aun el nombre de régimen político justo, legal y equitativo. [326d] Pensaba en esto, además de en lo anterior, durante mi viaje a Siracusa, —un poco al azar, tal vez. Parecía como si alguno de los Poderosos estuviera tramando de poner el principio de los trabajos que ahora han pasado Dión y los de Siracusa —y, es de temer, que aun el de otros mayores, si no hacéis ahora caso de quien por segunda vez os aconseja. ¿En qué sentido digo que aquella mi llegada a Sicilia fue el principio de todo? Por mi intimidad con Dión, entonces joven, corra el peligro —al pensar que lo que para mí es lo mejor lo es para los hombres y explicarlo por razones y al aconsejar lo realicen— de ignorar el que no caía yo mismo en cuenta de estar en alguna manera tramando la disolución de la tiranía. Porque Dión, fácil en aprender todo y en especial los razonamientos que yo entonces hacía, escuchábalos tan ávida e intensamente cual ningún otro de los jóvenes que haya yo jamás encontrado; y se determinó a vivir en adelante una vida diferente a la de la mayoría de italianos y siracusanos, estimando la virtud más que el placer y otros lujos; por lo cual, mientras vivió, se hizo más odioso a los partidarios de los procedimientos tiránicos, —hasta que sucedió la muerte de Dionisio. [327b] Después de ella, se decidió a no guardar únicamente para sí tales pensamientos que por rectos razonamientos poseía; pero cayó en cuenta de que tales pensamientos habían nacido; lo veía ya en otros, aunque no en muchos. Y que estaban naciendo en algunos entre los cuales creía que, en uno de estos, en Dionisio, nacerían, con probable colaboración de los dioses. Si tal sucediera, tanto su vida como la de los demás siracusanos llegarían a descomunal felicidad. Además: creía ser menester que, lo más pronto posible, y fuera como fuera, llegara yo, de colaborador, a Siracusa, recordándose de cuán suavemente nuestra intimidad consiguió llevarlo a desear la más bella y mejor vida. Lo cual, si como lo emprendió, lo hubiera conseguido en Dionisio, grandes esperanzas tenía de, sin degollinas, muertes y demás males pasados, instaurar en toda la región vida bienaventurada y verdadera. Seguro Dión de la justeza de tales pensamientos, convenció a Dionisio de que me llamara, y aun él mismo lo exigía al urgirme ir cuanto antes y de todas maneras, antes de que algunos otros, acercándose a Dionisio, lo convirtieran a otra vida, diferente de la mejor. Me lo exigía, diciendo esto y aun otras cosas más largas de contar. Porque “¿qué otras oportunidades aguardaremos mejores que, por una cierta divina Suerte, nos han venido?”. Pasando revista a la región de Italia y Sicilia, al poder que sobre ella tenía Dionisio, a su juventud y a su confesado ardor por la filosofía y educación, a sus sobrinos y familiares —qué bien dispuestos estaban hacia la doctrina y vida, por mí explicadas, y la grandísima influencia de todos ellos sobre Dionisio— tenía toda la . esperanza de llevar entonces —como nunca antes— a término el que llegaran a resultar los mismos hombres filósofos y gobernantes de las grandes Ciudades. Estas eran sus exhortaciones y otras muchas de tal talante; mas sobrecogíame el miedo al pensar qué resultaría respecto de los jóvenes, ya que los deseos de los tales son arrebatados y, frecuentemente, llevados en dirección contraria; en cuanto al carácter del alma de Dión conocía bien ser de natural grave y ya de edad madura. W Considerando lo cual, y dudando de si habría de ir —y acceder a sus ruegos y cómo—, no obstante era preciso hacerlo si había, alguna vez, de emprender llevar a realidad lo que uno pensaba sobre leyes y regímenes políticos; y ésta cra la hora de ensayarlo, porque convencer a uno solo sería suficiente para conseguir yo todos los bienes. [328c] Pues bien: con estos pensamientos me atreví a partir de casa; no por los motivos que algunos creyeron, sino dándome sobre todo, vergüenza ante mí mismo de que pareciera, simplemente, alguna vez, a mis propios ojos ser un “todo palabras”, mas incapaz de querer, alguna vez, poner manos a la obra; pero si capaz de correr el peligro de traicionar, primero, la hospitalidad de Dión y ese compañerismo hacia quién estaba realmente en no pequeños peligros. Si, pues, le pasara algo; o si, expulsado por Dionisio y demás enemigos, llegara, huyendo, a nosotros y, hablando, me preguntara: ““Platón, luego huido; no porque me hayan faltado hoplitas» caballeros para defenderme de los enemigos, sino por falta de esos persuasivos razonamientos por los que, bien lo sabía, eres capaz de impeler a hombres jóvenes hacia lo bueno y lo justo, exhortándolos a establecer, siempre y entre ellos, amistad y compañerismo. Por falta de esto, en cuanto de ti depende, estoy ahora aquí, tras abandonar Siracusa. Por cierto, que de lo tuyo, poca deshonra te resulta, mas a la filosofía —a la que de continuo encomias y de la que afirmas ser tratada indignamente por el resto de los hombres—, ¿no lo has traicionado, en cuanto de ti dependía, en mi caso actual? Si Hubiéramos habitado en Megara, habrías, sin duda venido a socorrerme, te llamase para lo que fuera; si no, te tendría por el más vil de los hombres. Mas ahora, encausando tal vez de ello a lo largo del viaje, y a la magnitud de travesía y trabajos, ¿crees podrás huir alguna vez de la opinión de malo? Ni de lejos”. A esta palabras, ¿cuál fuera, para ellas, respuesta presentable? No la hay. Partí, pues, por motivos razonables y justos —lo máximo posible a humanos—, abandonando así mis propias ocupaciones —que no eran insignificantes— por una tiranía que parecía no convenir ni a mis enseñanzas ni a mí. Yendo, pues, quedaba ya libre de obligaciones hacia Júpiter Hospitalario, y salía irreprochable la profesión de filósofo que hubiera resultado despreciabilísima si, por blando y cobarde, tomo parte en tal vergonzosa maldad. [329b] Al llegar —no hace falta explicarse— encontré la corte de Dionisio rebosante en discusiones y calumnias acerca de Dión. Lo defendí, pues, en lo que podía, —de bien poco era capaz. Mas, apenas al cabo de tres meses, acusó Dionisio a Dión de intrigar contra la tiranía; lo embarcó en pequeño bajel y lo expulsó deshonrado. Después de lo cual, todos los amigos de Dión temimos que, acusando a alguno, lo castigara cual concausa de las intrigas de Dión. En cuanto a mi, se corrió la voz por Siracusa de que había sido muerto por Dionisio, —cual causante de todo lo que había sucedido. Mas notando él tal estado nuestro y temeroso de que resultara de tales miedos algo mayor nos trató a todos benévolamente; sobre todo a mí me exhortó, animó instantemente y rogó que, de todas maneras, permaneciera y que, en caso de huir de él, nada de bueno le resultaría a Dión; pero si, de permanecer, —por esto aparentaba pedírmelo tanto. Bien sabemos que las peticiones de los tiranos van entremezcladas con violencia. Para impedirme partir por mar, tramó lo de llevarme a la acrópolis y encerrarme de manera que capitán alguno de nave pudiera sacarme, y no solamente por no impedirlo Dionisio: mandó que no se me sacara si no enviaba, él mismo, al encargado de ello. [329e] No habría ni comerciante ni ninguno de los encargados de los puestos fronterizos del país, ni uno solo de ellos, que viéndome salir solo no me detuviera inmediatamente y me devolviera a Dionisio, —especialmente porque ya se corría una noticia contraria a la anterior: que Dionisio quería extraordinariamente a Platón. Pero, ¿cómo así? Hay que decir la verdad: Conforme avanzaba el tiempo me iba siempre queriendo más, por hacerse a mis maneras y carácter; pero quería lo alabara a él más que a Dión y que me mostrara tenerlo a él por más apreciado amigo que a éste, —y ¡de qué sorprendente manera se encelaba en este punto! Mas, si en caso de pasar, pasara así, bellísimo fuera. Pero se retraía —al aprender y oír los razonamientos sobre filosofía— de familiarizarse e intimar conmigo, temeroso de lo que decían los calumniadores: que le coartarían su libertad y que Dión sería quien mandara en todo: Mas yo aguanté todo esto, fiel al designio primero por el que vine: el de si, tal vez, llegaría a desear la vida de filósofo. Pero me venció, —resistiendo. [330b] Tal fue todo por lo que pasé en el primer tiempo de mi llegada y estancia en Sicilia. Después de esto partí. Pero, una vez más, volví por las insistentes llamadas de Dionisio. ¿Para qué lo hice y qué hice?, ¿cuán razonable y justo fue?, os lo referiré, comenzando por aconsejaros qué debe hacerse, a tenor de lo que acaba de pasar. Después, esotro conexo: lo de quienes preguntan qué quería al ir por segunda vez. Lo diré de modo que lo accesorio no resulte lo principal. [330c] Quien aconseja a varón enfermo, sometido a régimen dietético perjudicial a la salud, ¿qué otra cosa ha de ser la primera sino hacerle cambiar el régimen de vida? Y al que quiera obedecer, prescribirle ya lo demás. Mas del que no quiere, ha de huir de darle consejos un varón médico, —tal creería yo. Pero a quien continuara dándoselos, tendríalo por la contrario: por cobarde y medicastro. Lo mismo, aun respecto de la Ciudad, —tanto que el señor de ella sea uno como muchos. Si, como es debido, yendo por el recto camino el régimen político se le aconsejara algo conveniente, es propio de hombre razonable darle tal consejo. Empero, a régimen que ande absolutamente fuera del correcto, y en modo alguno quiera seguir sus huellas, mas comience por indicar al consejero que deje a tal régimen en paz y nada de él mueva [331a] —que si algo moviere dése por muerto—, mandaría se le aconsejara —sometiéndose a sus quereres y apetencias— lu manera de continuar siendo tal, más difícil, más breve y más duradera. A quien soportara hacer de consejero en esto tendríalo por cobarde; mas a quien no lo soportara, por todo un varón. Por pensar yo así, cuando alguien me pide consejo acerca de los asuntos más importantes de su vida —cual adquisición de riquezas, cuidado del cuerpo o del alma—, si me parece vive de ordinario según alguna norma o quiere, siguiendo mis consejos, obedecer a lo convenido, de buena gana le aconsejo y no cesaría de hacerlo sólo por cumplir un deber. Empero, si no se me pide consejo o si es evidente que de modo alguno se obedecerá al consejero, no iré espontáneamente a aconsejar a los tales, —y menos a forzar a nadie, aunque fuera mi hijo. Mas daría consejos a un esclavo y, si no los acepta, se los impondría a la fuerza. Pero no creo sea piadoso forzar a padre o madre, —a no ser que estén enfermos de locura. Mas si viven según un estilo de vida que a ellos les es agradable, mas no 1 mí, no hay que hacerse odioso en vano reprendiéndolos, ni, mimándolos, someterse a sus apetencias, proporcionándoles satisfacciones tales que, caso de abrazarlas yo, no querría vivir. Pues bien: de esa misma manera ha de vivir y pensar el sensato respecto de su Ciudad: si le pareciere que está no bellamente gobernada, si no va a hablar en vano ni a morir por hablar, que hable. Empero, no hacer violencia a la patria transtornando el régimen cuando sin exilios y degollinas de varones no es posible mejorarla. Quédese tranquilo y pida a los dioses lo que sea bueno para sí y para la Ciudad. [331d] De esta misma manera aconsejara a vosotros, y aconsejé, con Dión a Dionisio; ante todo, vivir cada día de manera a hacerse lo más posible señor de sí mismo, adquirir amigos y compañeros fieles para que ho le pasara lo que a su padre, quien, recobrando de los bárbaros muchas y grandes ciudades, saqueadas por ellos, no fue capaz, una vez restauradas, de establecer en ellas regímenes políticos confiados a varones compañeros —ni a extranjeros, de donde fueran ni a hermanos a quienes, de más jóvenes, él mismo educó; y, de particulares, hízolos gobernantes; y, de pobres, extraordinariamente ricos. No fue capaz de hacerlo aunque trató de ello, mediante convencimiento, enseñanza, beneficios y convivencia familiar. Resultó así siete veces inferior a Darío quien, confiado no en hermanos ni aun en los educados por él —colaboradores suyos tan sólo en el golpe de mano contra el eunuco medo— dividió el reino en siete partes, cada una mayor que Sicilia entera; y se sirvió de varones fieles, colaboradores y no intrigantes ni contra él ni entre ellos. Mostró el paradigma de cómo legislador y rey han de ser buenos, porque estableciendo leyes, hasta el día de hoy se ha conservado el imperio persa. Pero, frente a esto, los atenienses no colonizaron ellos mismo las numerosas ciudades, arrebatadas por los bárbaros; las tomaron pobladas; sin embargo conservaron el poder durante setenta años, por poseer, en cada ciudad, varones fieles. Mas Dionisio quien reunió en una Ciudad toda Sicilia. [332c] ho fiándose, sabio de él, de nadie, a duras penas se mantuvo, por pobre en varones amigos y fieles; que no hay señal mayor de virtud o de maldad que estar o no privado de tales varones. Pues bien: esto era lo que yo y Dión aconsejábamos a Dionisio, porque le cayó la herencia del padre; la de no estar versado en educación y la de no conversar con adecuadas compañías. Ante todo le aconsejábamos proponerse precisamente esto: adquirir amigos —diferentes de sus familiares y coetáneos— concordes en tender a la virtud. Pero, sobre todo, concordar él consigo mismo, porque de ello estaba extraordinariamente necesitado. No lo decíamos así, tan claro, —porque no carecía de peligro; lo insinuábamos e insistíamos en las conversaciones en que, de esta manera, toda varón se salvará él y a los que gobernare; mas, caso de no portarse así, terminará por pasarle todo lo contrario. Procediendo del modo que decimos: hacerse a sí mismo sensato y prudente, si colonizaba las ciudades devastadas de Sicilia, y las vinculaba con leyes y régimen político de manera que resultasen ellas cual de una familia respecto de él y entre sí para defenderse de los bárbaros, no solamente duplicaría el reino paterno; en realidad, lo multiplicaría. De ser esto así, estaría mucho más preparado para someter a los Cartagineses de lo que los sometió Gelón; pero no como ahora, que, por el contrario, su padre tuvo que pagar tributo a los bárbaros. ¡Tales eran los discursos y avisos de nosotros los conspiradores contra Dionisio! Difundiéronse tales discursos por muchas partes y, tomando fuerza ante Dionisio, fueron los que expulsaron a Dión y nos metieron miedo a nosotros. Empero, para resumir no pocos sucesos que en poco tiempo pasaron, al volver Dión del Peloponeso y Atenas puso ante Dionisio las cosas en su punto. Mas después de que liberó y devolvió a los siracusanos la Ciudad, les pasó a ellos entonces lo que antes a Dionisto mismo, que —al intentar Dión educarlo y criarlo para rey digno de gobernar, cooperando así con él en todo lo de la vida— Dionisio, por el contrario, creyó a los calumniadores que decían conspiraba contra la tiranía al hacer todo lo que entonces estaba haciendo; que Dionisto, encantada su mente por la educación, se descuidaría del gobierno, encomendándolo a él, quien se apoderaría del gobierno y expulsaría dolosamente de él a Dionisio. Tales dichos vencieron entonces, y, después, repetidos en Siracusa, —victoria agradablemente absurda y vergonzosa para los causantes de ella. [333c] ¿Qué, pues, pasó? Deben oírlo quienes reclaman mi concurso en las actuales circunstancias. Yo, varón ateniense, compañero de Dión y aliado suyo, fui para ver de hacer amistad con el tirano en vez de guerra; luché contra los calumniadores; fui vencido. Mas confiando Dionisio hacerme, mediante honras y dineros, testigo y amigo suyo para justificar la conveniencia de expulsar a Dión, en todo ello falló. Empero, más adelante, volviendo Dión a casa, se hizo acompañar desde Atenas por dos hermanos, —amigos, no tales por la filosofía, sino por esa clase corriente de compañerismo entre la mayoría de los amigos que resulta del hospedarse e iniciarse juntos en los misterios. Al regresar, se llevó a estos dos por amigos, que lo eran por lo dicho, y que resultaron compañeros por ayudas de viaje. Mas, en llegando a Sicilia, al advertir que, ante los siracusanos por él libertados se le Calumniaba de intrigar para hacerse tirano, no tan sólo traicionaron al compañero y huésped, sino se hicieron a sí mismos, cual manos del asesinato, al con las armas en sus manos hacerse asistentes y ayudas de los asesinos. No seré yo quien deje correr tal hecho vergonzoso e impío, ni quien diga algo, —quedó al cuidado de muchos otros el celebrarlo y quedará a su cuidado para el futuro. Empero, la que se dice de los atenienses: que los tales cubrieron de vergüenza a la Ciudad, lo rechazo; porque afirmo que fue también ateniense aquel que no traicionó a Dión, y eso que podía proporcionarse con ello riqueza y tantos otros honores. Es que no se hizo su amigo por vulgar amistad, sino más bien por comunidad de educación liberal, únicamente de la cual ha de fiarse el poseedor de entendimiento, y fiarse más que de la afinidad natural de almas y de cuerpos. Así que no juzgo sean vergüenza para la Ciudad ambos asesinos de Dión, cual si hubieran sido alguna vez varones de cuenta y razón. [334b] Quede todo esto dicho para advertencia de los amigos y parientes de Dión. Repito, por cierto, para ellos el mismo consejo y la misma sentencia, diciéndolo por tercera vez a vosotros tres: Que Sicilia no sea esclava de hombres déspotas ni ella ni otra Ciudad, tal es mi sentencia—, sino lo sea de Leyes, porque aquello no es lo mejor ni para los esclavizantes ni para los esclavizados, ni para ellos ni para sus hijos y descendientes. Tal empresa es, por el contrario, totalmente perniciosa. Caracteres pequeños y serviles de almas son los que aman apoderarse de tal clase de ventajas o ignorantes totalmente de lo que es, para el futuro y aun para la oportunidad presente, bueno y justo para dioses y hombres. Traté, primero, de convencer de esto a Dión; en segundo lugar, a Dionisio; ahora, a vosotros, las terceros. Convenceos, por amor de Júpiter, tercer Salvador. Después, mirad a Dionisio y a Dión; de ellos, el que no me obedeció vive ahora, mas no bellamente; pero el que me obedeció, murió bellamente, porque quien tiende a procurar para sí y para Ciudad lo mejor y más bello, pásele lo que le pasare, todo será recto y bello. Porque ninguno de nosotros ha nacido inmortal; y caso de pasarle eso a alguno, no por ello sería bienaventurado, cual se lo parece a la mayoría. Que, para lo inanimado, no hay cosa mala o buena, digna de tal nombre; mas sí la hay y le pasa al alma o mientras está en cuerpo o separada de él. Hay un fiarse siempre y firmemente de aquellas palabras, antiguas y sagradas, que nos revelan ser inmortal el alma y que, una vez libre del cuerpo, se le hará máxima justicia y pagará con máximos castigos. Por lo cual, respecto de los grandes crímenes e injusticias, hay que tener por menor mal el padecerlas que el hacerlos. El amante del dinero y el varón pobre de alma no quiere ni oír esto, y, si lo oyere, búrlase, —tal parece. Con total sinvergüencería arrebata, cual fiera, todo lo que es de comer, beber; o del esclavizante. y sin gracia, placer —incorrectamente llamado Venéreo— trata de procurárselo hasta la saciedad. Ciego de él y no vidente, de que la impiedad, acompañante de tales acciones, es un mal, proporcionado siempre a cada injusticia; impiedad que ha de arrastrar el injusto tanto mientras peregrina sobre la tierra como, bajo la tierra, al emprender esotro viaje, de todo y en todo, indecoroso y miserable. Diciendo todo esto y cosas tales, persuadí a Dión. Y con grandísima justicia me indignaría contra quienes lo asesinaron, y de alguna bien semejante manera, contra Dionisio, porque, los unos y el otra, gravísimamente nos perjudicaron a mí y, por decirlo así, a todos los hombres. Los unos, por cierto, destruyendo a quien no quiso se procediera sino según justicia; el otro, no queriendo, durante todo su gobierno, proceder según justicia, teniendo máximo poder en el caso de juntarse realmente, en el mismo hombre, filosofía y poder, y de resplandecer ante todos los hombres —griegos y bárbaros—, hubiera bastado para dejar establecida ante todos la verdad de esa sentencia: que, jamás, llegarán a ser bienaventurados ni Ciudad ni varón alguno que no pase su vida acompañado de sapiencia y dominado por justicia, —sea que las posea él, de suyo, o por criado en costumbres de varones piadosos gobernantes y por educado en justicia. Esto es precisamente lo que estropeó Dionisio; lo demás fuera, para mí, daño pequeño, respecto de aquello. Empero, el asesino de Dión no supo que hacía, realmente, eso mismo. Mas yo sabía muy bien —en la medida en que un hombre puede asegurarlo de otro— que, si hubiera tenido en sus manos El poder, jamás lo hubiere dirigido hacia otro tipo de gobierno, sino, primero, tras librar a Siracusa —su propia patria— de la esclavitud, la estableciera en la categoría de libre; y después de esto tratara por todos los medios de dotar a los ciudadanos de leyes convenientes y óptimas. Conexo con esto, esforzárase en llevar a la práctica el repoblar toda la Sicilia; hacerla libre de los bárbaros, —expulsando a algunos de ellos sometiendo a otros más presta de lo que hizo Hierón. A su vez, caso de haber pasado esto por virtud de un varón justo, valiente, morigerado y filósofo, hubiera nacido en la mayoría esa opinión de virtud que, de obedecerme Dionisio, y hecha común, salvara por decirlo así a todos los hombres. Ahora, por el contrario, tal vez algún daimonio o divinidad vengadora ha hecho caigamos en ilegalidad, ateísmo y, lo que es pésimo, en ignorancia audaz de la que, cual de raíz, proceden y crecen todos los males para todos, y terminan por [levar amarguísimo fruto para sus hechores. Ella es la que, por segunda vez, lo transtornó y destruyó todo. [336c] Pero, ahora, por tercera vez, y en gracia al Ave, hablemos favorablemente. A pesar de todo, os aconsejo imitéis a Dión, vosotros sus amigos, en su benevolencia para con la patria y en su sapiente régimen de vida; mas tratad de realizar, bajo mejores auspicios, sus designios, —cuáles fueron, lo habéis oído claramente de mí. En cuanto a quien de vosotros no pueda vivir a lo dórico, a tenor de los antepasados, mas siga el género de vida de los asesinos de Dión y el de los sicilianos, ni lo llaméis en vuestra ayuda ni lo creáis por de fiar y de obrar algo sano. En cuanto a los otros, hay que incitarlos a colonizar a Sicilia entera y a vivir según leyes iguales, vengan de Sicilia misma o de cualquier parte del Peloponeso; pero nada de temer a los atenienses, porque hay allí, entre ellos, quienes son superiores en virtud a todos los hombres y odian a quienes se atreven a asesinar a sus huéspedes. Mas si todo esto fuera secundario, y os asaltaran esas discusiones múltiples, variadas, cotidianas de las facciones, ha de saber todo varón —a quien, por una Suerte divina, se le dio algo, aunque fuera poco, de buen sentido— que no cesarán de caer males sobre los facciosos hasta que los vencedores en batallas cesen de devolver mal por mal con expulsiones, degollinas de hombres y pertinacia en tomar venganza de los enemigos. Sean, más bien, ellos mismos, señores de sí; estableciendo leyes comunes, en nada más agradables para sí que para los vencidos; fuércenlos a que se sirvan de las leyes según la doble constrición de pundonor y miedo; de miedo, porque sus superiores están enseñándoles la fuerza; de pundonor, porque los superiores están mostrándose tales respecto de los placeres, y que quieren y pueden, más bien, servir a las leyes. Especialmente, no hay como Ciudad, en sí misma escindida, descanse de males; por el contrario, facciones, enemistades, odios, desconfianzas: todo ello se engendra, continuamente y a gusto, en las Ciudades así internamente dispuestas. En cuanto a los vencedores —si desean, por cierto, la salvación— han de elegir, ellos de entre ellos, a muchos griegos de quienes les conste ser los mejores; ante todo, a ancianos que tengan, en casa, hijos y mujeres y progenitores suyos, cuantos más mejor, buenos y renombrados, y poseedores, todos ellos de suficiente riqueza, —para una Ciudad de diez mil varones bastaría con que fueran los tales en número de cincuenta. A éstos hay que sacarlos de casa con súplicas y máximos honores; y, salidos, atarlos con juramentos y mandarles establecer leyes que no den más a vencedores que a vencidos, sino lo igual y común a toda la Ciudad. Que de esto depende todo. [337c] una vez establecidas las leyes. Porque si los vencedores se muestran más sometidos, ellos mismos, a las leyes que los vencidos, toda rebosará de salud y bienaventuranza, —evitados todos los males. Mas si no, nada de llamar, ni a mí ni a otro. [337d] cual colaborador de quien no obedezca a lo ahora indicado. [337d] Todo esto es hermano de lo que Dión, de lo que yo. [337d] emprendimos hacer, con la mejor intención, en Siracusa, —por cierto, que en la segunda vez; en la primera, emprendimos. [337d] con Dionisio mismo, realizar el bien común para todos. Empero, un Sino, más poderoso que los hombres, lo destruyó. Tratad vosotros ahora de llevarlo a la práctica con mucha mayor suerte: con buen sino y divina Suerte. [337e] Queden así explicados mi consejo, recomendación y mi primera partida a donde Dionisio. Mas en cuanto a mis posteriores viajes y travesía, de qué manera, razonable y detallada, tuvieron lugar, podrá oírlo, a continuación, quien en ello se interese. Pues bien: el primer tiempo de mi estancia en Sicilia se terminó tal como lo dije, —antes de dar consejos a familiares y compañeros de Dión. Después de ello, traté, de la manera entonces posible, de persuadir a Dionisio de que me dejara partir. Hechas las paces —que había entonces guerra en Sicilia—, convinimos en que Dionisio, tal afirmó, nos llamaría de nuevo a Dión y a mí, cuando llegara a estar, él mismo, más firme en el poder; mas pedía a Dión que no considerara lo que le estaba pasando como destierro, sino cual traslado. Convine, a tenor de tales palabras, en volver. Hechas las paces, me llamó; mas exigía de Dión que aguardara aún un año. En cuanto a mí, me pedía fuera en todo caso. Me urgía, pues. Dión y exigía el que me embarcara, porque, además, se hablaba mucho en Sicilia de que en Dionisio había ya renacido, de admirable manera, la apetencia por la filosofía; por lo cual Dión nos exigía, incesantemente, que no desobedeciéramos a tal llamado. Mas yo, por cierto, sabía bien que, a los jóvenes, les pasan muchas de tales cosas respecto de la filosofía. Me pareció, no obstante, ser más seguro entonces no hacer caso en esto mi a Dión ni a Dionisio; y me indispuse con ambos al responder que era anciano y que nada de lo que estaba haciendo se hacía según lo convenido. Pareció que, después de esto, fuera Arquitas a donde Dionisio, —porque, antes de partir yo, habiendo hospedado y hecho amistad con Arquitas, con los de Tarento y con Dionisio, me di a la mar; algunos otros en Siracusa habían escuchado eso que se decía de Dión y, de éstos, algunos estaban llenos a rebosar de lo referido sobre filosofía. Me parece que éstos trataron de hablar sobre tales puntos con Dionisio, cual si Dionisio hubiera comprendido todo mi pensamiento. Pero Dionisio quien, por lo demás, no carece de una natural facultad de aprender, es, por otra parte, extremadamente vanidoso; tal vez, pues, le agradó lo que se decía, a la vez que se avergonzó de que se descubriera no haber aprendido nada durante mi estancia; de lo cual le vino el deseo de aprenderlo más claramente, estimulado a la vez por la vanidad. Porque no me oyó durante mi anterior estancia, lo expliqué en lo anteriormente dicho. Cuando volví, pues, a casa sano y salvo, mas me negué, por segunda vez, a su llamada —como acabo de decir— me pareció que Dionisio se resentía grandemente en su vanidad de que a algunos pareciera que lo menospreciaba yo; y que por haber hecho yo la experiencia de su natural, a la vez que de su carácter y régimen de vida, ya no quería, descontento, volver a donde él. Pues bien: es de justicia decir la verdad y aguantar el que, oyendo alguien lo sucedido, menosprecie mi filosofía; crea, por el contrario, que el tirano tenía sobrada razón. Por cierto que Dionisio me envió, por tercera vez, una trirreme para comodidad del viaje; me envió además a Arquedemo, a quien, creía, apreciaba yo más que a nadie en Sicilia, consocio de Arquitas, y a otros conocidos de Sicilia. Todos ellos me comunicaban la misma noticia: cuánto y cuán admirablemente había progresado Dionisio en filosofía. Me remitió, además, una carta bien larga, sabiendo mis sentimientos hacia Dión y el interés que, a su vez, tenía Dión de que me embarcara y llegara a Siracusa. Con tales datos preparada, la carta comenzaba, con una frase cual: «Dionisio, a Platón»; dicho lo acostumbrado en tales casos, lo primero que, a continuación, decía no era sino que “si dejándote persuadir por nosotros, vienes ahora a Sicilia, primero, los asuntos de Dión tendrás facultad de resolverlos de la manera que tú mismo quieras, —sé que guerras ni más ni menos que lo debido y yo convendré en ello. Pero si no, ninguno de los asuntos de Dión se arreglaría según tu criterio, ni otros ni los personales de él”. Esto, dicho así. Lo demás, fuera largo e inoportuno de decir. Otras cartas llegaron: de Arquitas y de los de Tarento, encomiásticas sobre la filosofía de Dionisio; y que, si no fuera ahora, echaría yo a perder, de todo en todo la amistad que, por mi medio, había nacido hacia ellos en Dionisio; de importancia, ella, no pequeña para lo político. Tiraban de mí por una parte los de Sicilia e Italia; por otra, los de Atenas sencillamente casi me empujaban con súplicas. Y una vez más aducíase la misma razón: no hay que traicionar a Dión nia los huéspedes y compañeros de Tarento. A mí mismo. [339e] por cierto, no se me hacía nada sorprendente lo que un hombre joven, escuchando asuntos, dignos de estudio, bien enseñado, llegue a tomar amor por la mejor de las vidas. Había, pues, que poner claramente a prueba tal situación y en modo alguno traicionarla, ni ser yo causa de una tal y tan verdadera ofensa, en caso de que, en realidad, fueran las cosas como se habían dicho de él. Pues bien: parto, vendados los ojos con tal razonamiento, —grandemente temeroso yo, y no demasiado bello adivino, como apareció. Pero llegué, — 'vaya la tercera” copa por el Salvador, pues al menos saqué realmente esto: salvarme, una vez más y con toda felicidad; y de esto, después de dios, hay que dar las gracias a Dionisio, 1 porque impidió acabaran conmigo muchos que lo querían y dio un cierto aspecto respetuoso a sus tratos conmigo. [340b] Apenas llegado, creí que debía, ante todo, poner a prueba si Dionisio estaba realmente prendido, cual por fuego, por la filosofía, o si era vano lo que se contaba en Atenas. Pues bien: hay, en estos casos, una manera —no ignoble, sino realmente adecuada respecto de tiranos— de ponerlo a prueba, especialmente con los rebosantes de cosas incidentalmente oídas; de lo que, por cierto, apenas llegado yo, noté a Dionisio grandemente afectado. A los tales hay que hacerles notar que se trata de algo total; de cuál es, mes¡ante cuánta práctica y cuánto trabajo trae consigo. Porque quien lo oye, si, en realidad, es filósofo y capaz, por ser divino, de familiarizarse dignamente con tal asunto, tendrá por admirable camino el de escuchar, emprenderlo ya y no vivir sino para ello. Después de lo cual, haciéndose violencia a sí mismo y haciéndola a su guía en tal camino, no ceje antes de llevar todo a su término, o de tomar él mismo fuerza para, sin el guía ser capaz de conducirse. Vive el tal pensando sobre esto mismo y de esa misma manera; hace, ciertamente, lo que se hace; mas, sobre todo y constantemente, está prendado por la filosofía y por ese alimento que, de día en día, lo hace, además de sobrio, en grandísimo grado buen aprendiz, memoriosa y potente en razones; mientras que termina odiando lo contrario. Empero los que, en realidad, no son filósofos, sino barnizados de opiniones, algo así cual los de cuerpos requemados por el sol, viendo cuánto hay que aprender y con cuánto trabajo y que un régimen diario y ordenado es el conveniente para este negocio, tiénenlo por dificultoso e imposible para ellos; no son capaces ni de emprenderlo; mientras que algunos de ellos se persuaden a sí mismos de que han escuchado ya lo suficiente y que, en total, de nada más necesitan en este negocio. Tal es, por cierto, la prueba que resulta la más declarativa y segura respecto de las licenciosos e incapaces de esfuerzo perseverante: no poder echar la culpa de esto al maestro sino a sí mismos, por impotentes de dar lo debido a tal empresa. [341a] Así es como entonces hablaba ya a Dionisio. Ni yo le expliqué todo por lo largo, ni Dionisio lo pedía, porque se las daba de saber, por sí mismo y suficientemente, muchas cosas y las más importantes por haberlas oído de pasada de otros. Oigo que, más adelante. llegó hasta escribir él mismo de lo mismo que oyera; componiendo cual si fuera de su cosecha y, en nada, de la de aquellos de quienes lo oyera. Pero nada sé de este punto, Sé que otros han escrito de eso mismo, pero ¿quiénes son? Ni ellos lo saben. Lo que, por cierto, tengo que declarar respecto de todos los que han escrito y escribirán —de cuantos afirman saber sobre lo que me intereso, tanto que lo hayan oído de mí como de otros o cual si ellos mismos lo hubieran hallado— que, según mi opinión, nada saben de tal asunto, pues ni hay ni habrá jamás escrito alguno mío sobre él, porque en manera alguna es formulable, cual otras enseñanzas; sino, tras grande trato y convivencia con tal asunto, de repente, cual luz que de fuego salta, no bien nacido en el alma aliméntase ya él a sí mismo. Sé con todo muy bien que, de escribir o hablar sobre él, yo lo haría mejor que nadie; aunque, mal escritas, no fuera yo a quien menos le pesara. No obstante, de parecerme posible escribir y hablar sobre ello de manera adecuada a la mayoría, ¿qué de más bello o provechoso habríamos hecho en la vida que escribir y sacar a luz, para todos, su naturaleza? Mas ni siquiera creo que para hombres, tal empresa, así llamada, les resulte un bien, a no ser para unos pocos: para cuantos sean capaces de hallarlo por si mismos y con leve indicación; respecto de los demás, unos se llenarían de incorrecto menosprecio, en manera alguna apropiado; otros, de altanera y vana esperanza, por haber llegado a aprender tales cosas. Pero tengo en mente hablar de esto más largamente, porque lo que estoy hablando se aclara más una vez dicho. Porque hay una cierta razón verdadera que se opone a quien se atreva a escribir, sea lo que sea, sobre esto, razón expresada por mí anteriormente y muchas veces; me parece, no obstante, debe repetirse también ahora. [342a] Respecto de cada uno de los seres hay tres cosas mediante las cuales se engendra necesariamente ciencia de él; la ciencia misma, es la cuarta; mas como quinta hay que poner lo que sea, a la vez, cognoscible y verdaderamente ser. La primera es el nombre; la segunda, la definición; la tercera; el cídolo; la cuarta, la ciencia. Si quieres aprender lo recién dicho toma un caso, y comprende todo desde él Una cosa hay llamada “círculo”; de él es ese mismo nombre que acabamos de pronunciar. Lo segundo es su definición, compuesta de nombres y verbos, porque eso de “lo distante respecto del centro por igual y desde todos los extremos” sería la definición de lo que tiene por nombre “redondo, circunferencia, círculo”. Lo tercero es lo dibujado, borrado, torneado, destruido; de todo esto el círculo, sobre el cual todo eso versa, nada padece, por ser algo diverso de todo ello. Lo cuarto: ciencia y entendimiento, y opinión verdadera sobre tales cosas. Todo esto hay que ponerlo, a su vez, coma algo “uno”, inseyente no en voces ni en corporales figuras, sino en almas, en lo cual, evidentemente, tal “uno” está siendo diverso de la naturaleza del círculo mismo y de las tres cosas anteriormente mencionadas. De éstas, la más próxima, por congénere y semejante, con la quinta, es el entendimiento; las otras, distan más. Lo mismo vale acerca de figura recta y circular, de color, y aun de Bien, Bello. Justo y de todo cuerpo (fabricado o naturalmente engendrado): de fuego, agua, y parecidos; y vale de todo viviente, de hábitos, ánimos y de toda clase de acciones y pasiones. Pero si de una manera u otra no se captaren las cuatro primeras cosas, jamás se llegará a poseer perfectamente la ciencia de la quinta. Añádase a esto, que, por la debilidad propia de las palabras, no pasará todo ello de un intento de declarar tanto la calidad de cada cosa como el ser de ella. Por lo cual nadie con entendimiento se atreverá jamás a poner en palabras lo que haya entendido, y esto, en eso inmoble que le sobreviene a letras grabadas. Apréndeselo una vez más en lo que se está diciendo: todo círculo —de los descritos en la práctica corriente o de los torneados— está relleno de lo contrario a lo quinto, pues es tangente en todas partes con lo recto. Empero, “el círculo mismo”, afirmamos, nada tiene en sí mismo, ni poco ni mucho, de la naturaleza de la contraria. Afirmamos, además, que el nombre de cosa alguna tiene, en nada, nada firme; que nada impide llamar “rectas” las cosas ahora llamadas “redondas”; y a las rectas, “redondas”; y nada de menos firme advendrá a las cosas porque se les cambió un nombre por el contrario. Y aun respecto de definición, vale igual razón; ya que se compone de nombres y verbos; que en nada es ella suficientemente firmemente firme. Largo, larguísimo fuera hablar de cuán oscuro es lo referente a esas cuatro cosas. Empero, lo máximamente importante es lo que hace bien poco dijimos: que de ese dúo de cosas: “lo de ser" y “lo de cualitativo” no es lo cualitativo, sino la que Es, lo que el alma busca conocer. Por ofrecer cada una de las cuatro cosas a alma de palabra y obra lo no buscado, lo presentado por cada una de ellas —dicho o exhibido— les resulta a las sensaciones siempre y fácilmente refutable, rellenado, por decirlo así, a todo varón de toda clase de despiste y oscuridad. Donde, pues, a causa de una mala crianza no estemos acostumbrados a buscar lo verdadero, nos basta con lo ofrecido por los eídolos para no hacer el ridículo mutuamente preguntados y preguntones, —poder como podemos disyungir y argüir contra las cuatro. Mas cuando nos fuercen a responder y declarar lo referente a la quinta, dominará uno cualquiera de los capaces a revolverlo todo; y hará que quien o de palabra o por escrito o en respuestas lo explique, dé a los más la impresión de no conocer él nada de lo que se meta a escribir o a hablar, ignorantes ellos a veces de que no es el alma del escritor o hablante la refutada, sino la naturaleza de cada una de aquellas cuatro cosas, por naturalmente deficiente. Empero un trato que, ascendiendo y descendiendo, pase por todas ellas, con dificultad produce ciencia de lo bien nacido, aun en el bien nacido. Que si de natural es malo cual es, habitualmente, el alma de la mayoría tanto para aprender como para las llamadas "costumbres”, por estar corrompidas, ni todo un Linceo haría que los tales vieran. En una palabra: en quien no sea congénere con algo, ni buena instrucción ni memoria harán jamás nada, porque, para comenzar, no se engendrarán en disposiciones tan extrañas. De modo que cuantos ni hayan nacido para, ni sean congéneres con lo justa y con cuanto es bello —aunque algunos de ellos sean buenos para aprender y recordar otras cosas—, ni cuantos, congéneres, sean malos para aprender y recordar, ninguno de ellos aprenderá jamás, en lo que es posible, la verdad acerca de virtud y vicio. Porque se ha de aprender a la vez tanto lo falso como lo verdadero de la realidad íntegra, —con toda laboriosidad y mucho tiempo, que es lo que al comienzo dije. Pero, al confrontar, trabajosamente cada una de ellas con las demás: nombres, definiciones, vistas, sensaciones,., discutido ello con bien intencionadas discusiones y sirviéndose, sin malicia, de preguntas y respuestas, surgen cual relámpago sapiencia e inteligencia sobre cada cosa, —poniendo en máxima tensión la potencia humana. Precisamente por esta todo varón serio, al tratar de cosas serias, estará bien lejos de, escribiéndolas, exponerlas a la envidia y despiste de los humanos. Hay, pues, que reconocer, en una palabra, que si se ve algo de alguien puesto por escrito —sea en leyes de legislador, o en otro asunto, sea el que fuere— no tomó muy en serio lo escrito aun en el caso de que él fuera serio, —descansa lo serio, allá en la más bella región de él. Mas, si puso por escrito lo que, en realidad, tomaba en serio, no dioses, sino mortales, son "quienes así y por ello pierden sus cabales”. Quien haya seguido este mito y digresión, comprenderá bien que tanto si Dionisio escribió algo sobre las cosas supremas y primarias, como si fue otro, menor 6 mayor que él, nada de sano habría oído o aprendido, a tenor de lo que he dicho, sobre lo que escribió, porque las hubiera respetado como yo, y no se habría atrevido a propalarlas de desconsiderada e inconveniente manera. Porque no las escribió por mor de recordarlas —ya que nada tiene de particular el que no se las olvide, pues basta con que una vez se las acoja en el alma, cosa brevísima entre todas; mas sí, por vergonzosa vanidad o exponiéndolas como suyas o cual si hubiera colaborado en una educación de la que no es digno por amor es fama que de tal colaboración nace. Si, pues, todo esto hubiera surgido en Dionisio por una simple conversación, tal vez así sería; mas le vino cual "allá lo sepa Júpiter”, dice el tebano. Como dije, de esto traté yo con él y una sola vez; después, ya no más. Quien se interese por hallar lo que y como pasó esto, por qué causa ya no continuamos conversando una segunda, tercera,., más veces, ha de parar mientes en lo siguiente: después de haberme escuchado Dionisio una sola vez, creyó ya saber: y sabía suficientemente o por haberlo él hallado o por haberlo anteriormente aprendido de otros o porque lo dicho por mí eran cosas simples o bien, tercero, porque no eran para él por superiores y, en realidad, por no ser capaz de vivir ocupándose solícitamente de sapiencia y virtud. Porque eso de “simples” va contra muchos testigos que dicen lo contrario, quienes, en este punto serían jueces muchísimo más competentes que Dionisio. Pero si por eso de "“haberlas hallado él e aprendido” —ser, pues, valiosas para educación de alma libre—, ¿cómo no sorprenderse de que mi hombre desprecie tan fácilmente al guía y maestro de ellas? ¿Cómo lo despreció?, lo relataré. No dejó pasar después de esto mucho tiempo; anteriormente permitía que Dión dispusiera de lo suyo y disfrutara de sus ingresos; mas ya no permitió que sus procuradores se los remitieran al Peloponeso, —cual si se hubiese olvidado enteramente de su carta; y fueran no de Dión sino de su hijo de quien, él mismo, era tutor según las leyes, por ser su sobrino. Esto es lo que hasta entonces había pasado. Así las cosas, a ojos vistas percibí exactamente a dónde iba eso del “amor de Dionisia por la filosofía”; y quisiéralo o no, tenía por qué indignarme. Fra ya verano y tiempo de partir las naves. Me pareció, por cierto, no deber enfadarme contra Dionisio más que contra mí y contra quienes me forzaron a pasar por tercera vez por el estrecha de Escila. [345e] para una vez más atravesar paso a paso la funesta Caribdis, y deber decir a Dionisio que me era imposible permanecer, tratándose como se trataba tan mal a Dión. Empero. Dionisio me exhortaba y pedía que me quedara, no creyendo le conviniera el que yo mismo, partiendo tan prestamente, hiciera de nuncio de tales hechos. No logrando convencerme, me dijo que él mismo prepararía el viaje. Porque yo, furioso, pensaba partir, embarcándome en las naves de mensajerías; y convencido de deber sufrir, caso de que se me lo impidiera, cualquier cosa, puesto que, evidentísimamente, no había hecho yo injusticia alguna, sino se me la había hecho. Empero, viendo él que no convenía yo de ninguna manera en eso de permanecer, tramó una maquinación para que permaneciera durante la temporada navegable. Al día siguiente vino y hablóme de tono de confianza: “Entre tú y yo, dijo. [346b] que Dión y lo de Dión deje de ser obstáculo por discutir de ello tantas y tantas veces. Por ti, dijo, haré en favor de Dión esto: determino que, en recobrando lo suyo, habite en el Peloponeso; mas no como exiliado, sino como facultado a regresar aquí cuando a él, a mí y a vuestros amigos de común acuerdo nos los pareciere. Que esto sea así, mas sin conspirar contra mí; y haciéndoos garantes de ello tú, tus familiares y aquí los de Dión; pero a vosotros, que él os dé seguridades. En cuanto a los bienes que se lleve, deposíteselos en el Peloponeso y en Atenas en manos de quienes os parezca. Que Dión tenga el usufructo de tales bienes, mas no sea dueño él, sin vosotros, de disponer de ellos. Porque no me fío demasiado de él en esto: que, en el uso de sus bienes, sea justo para conmigo, —que no san pequeños. Más confianza tengo en ti y los tuyos. Ve si esta te place y, según ello, quédate este año; pero para la primavera parte llevándote tales bienes. Y sé de cierto que Dión te lo agradecerá grandemente por haberlo hecho tú así en su favor”. Oyendo tales palabras me irrité; con todo respondí que después de pensarlo le comunicaría al día siguiente lo que sobre ello me pareciera. Convinimos entonces en esto, Á solas, después, conmigo mismo, repensábalo, grandemente confuso. Este razonamiento fue el primer resultado de pensar: ¡Bueno!, ¿y si Dionisio tiene en mientes no hacer nada de lo que dice, sino que, en partiendo yo, escriba persuasivamente a Dión —o él mismo o encargándolo a algunos de los suyos— lo mismo que me acaba de decir: que él bien lo quería, mas jue yo no quise la que él me exhortaba a hacer, cual si me iera bien poco de sus asuntos? Además de esto, si no cluícre dejarme partir, con no ordenarlo a ninguno de los capitanes de barco, ¿no demostrará fácilmente a todos que no quiere me vaya?, y, ¿quién va a querer llevarme de pasajero, una vez escapado de la casa de Dionisio? Porque, de hecho, además de otros males habitaba en el jardín adjunto a la casa, de donde el portero sin orden expresa de Dionisio para él no querría dejarme salir. Pero si me quedo un año, tendré manera de comunicar a Dión en qué circunstancias me hallo y qué estoy haciendo; y sí Dionisio hace algo de lo que dice, lo hecho no me pondrá totalmente en ridículo, porque la fortuna de Dión, correctamente apreciada, tal vez no sea menor de cien talentos. Mas si lo que barrunto pasa tal cual es verosímil que pase, no sabría, despistado, qué hacer de mí. No obstante, tal vez sea necesario penar por un año más y tratar de poner efectivamente a prueba las artimañas de Dionisio. Con tales pensamientos míos, al siguiente día dije a Dionisio: “Me ha parecido debo quedarme; mas exijo”, dije, “que no me tengas por apoderado de Dión; que tú y yo le enviemos una carta que le declare lo ahora resuelto y le preguntemos si le satisface; y si no, qué otra cosa quiere y exige, —y que responda lo más pronto mejor. En cuanto a ti, no alterar nada de lo concerniente a él”. Esto es lo que se dijo; en esto convinimos, —casi tal cual queda ahora dicho. Después, partiéronse las naves; y ya no me fue posible embarcarme; cuando, he aquí. Dionisio se acuerda de decirme que una mitad de los bienes debía ser de Dión; y la otra mitad, de su hijo. Y añadió que vendería tales bienes y, vendidos, me daría la mitad para que la llevara y reservaría la otra mitad para el niño, —porque esto era, en efecto, lo más justo. Atontado por tales palabras, tuve por ridículo añadir algo más. No obstante, dije ser necesario aguardar la carta de Dión y enviarle otra con tales innovaciones. Pero, sin más, y con grandes prisas, se dio a vender toda su fortuna, tal y como y a quienes quiso. Acerca de ello, absolutamente ni una palabra conmigo; por mi parte, parecidamente, no hablé ya con él acerca de los negocios de Dión nada, pues creí nada más podía hacerse. [347e] A esto se redujo mi ayuda a la filosofía y a los amigos. En adelante vivimos yo y Dionisio, yo mirando hacia afuera, cual pájaro ansioso de volarse; él, tramando de qué modo me aplacaría sin dar nada de lo de Dión. No obstante, ante toda Sicilia afirmábamos ser amigos. Pues bien: contra las costumbres de su padre. Dionisio trató de rebajar el salario de los mercenarios veteranos; mas, enfurecidos los soldados, convocaron una reunión y declararon no lo apoyarían. Pero él trató de llevar las cosas por la fuerza cerrando las puertas de la acrópolis. Mas asaltaron inmediatamente las murallas, vociferando un canto bárbaro y guerrero. Grandemente espantado Dionisio concedió todo, y aún más, a los peltastas allí entonces reunidos. Pues bien: corrió presto la voz de que Heráclides había sido la causa de todo ello; oyendo lo cual, huyó Heráclides y se quedó escondido. Pero Dionisio buscábalo para prenderlo. Mas, no sabiendo cómo, mandó a Teodoto que viniera al jardín —por casualidad estaba yo allí paseando. Ni sé ni oí lo que se dijeron; mas, aparte de ello lo que, en mi presencia dijo Teodoto a Dionisio, lo oí y lo recuerdo: “Platón”, dijo, "“trato de convencer justamente a Dionisio de que si puedo traer aquí a Heráclides para hablar de las acusaciones que se le han hecho; si no le parece que continúa viviendo en Sicilia, es mi opinión que, acompañado de su hijo y mujer, se embarque para el Peloponeso; more allí sin perjudicar en nada a Dionisio, —pero goce de sus bienes. Pues bien: ya antes lo he mandado a llamar y lo mandaré ahora también a llamar; tal vez, pues, haga caso a mi primera llamada o a la de ahora. Insisto én pedir a Dionisio que si se hallare a Heráclides, en el campo o aquí, no le pase sino el desagrado de salir de este país, hasta que otra cosa le pareciere a Dionisio. “¿Consientes en ello?”, dijo, —dirigiéndose a Dionisio, “Consiento”, respondió, “en que no le pase nada, fuera de lo dicho, aun si aparece en tu casa”. [348e] Pues bien: al día siguiente, por la tarde. Euribio y Teodoto vinieron apresurados y extraordinariamente turbados; y Teodoto dijo: 'Platón, ¿fuiste ayer testigo presencial de lo que, ante ti y mí, convino Dionisio acerca de Heráclides?”, “"Pero, ¿cómo no?”, respondí. “Pues bien”, añadió él, “por ahí están los peltastas tratando de prender a Heráclides, quien pudiera estar por aquí”. “Sen como sea, llévanos a donde Dionisio”, Partimos, pues; y entramos donde él. Aquellos dos se quedaron de pie, llorando en silencio; mas yo dije: “Temen estos dos que, contra lo convenido ayer, hagas algo nuevo acerca de Heráclides, porque me parece se ha descubierto que anda huido por aquí”. En oyéndolo. Dionisio se arrebató; se puso de todos esos colores que a los encolerizados les vienen. Echose Teodoto a sus pies; tomole la mano; lloraba y suplicábale que nada de eso hiciera. Intervine yo animándolo: “Valor, Teodoto”, dije, "no se atreverá Dionisio a hacer otra cosa que lo prometido ayer”. Y fijando en mi su mirada, me dijo en tono de gran tirano: “A ti, ya no te prometí nada ai pequeño ni grande”. "Por los dioses", repliqué, “precisamente eso que éste está pidiendo no lo hagas”. Y en diciendo esto, volvíle la espalda y mc salí. Inmediatamente púsose Dionisio a la caza de Heráclides; mas Teodoto, enviándole mensajeros, le instaba a que huyera. Por su parte. Dionisio mandó a Tisias y a peltastas que lo persiguieran; mas Heráclides, como se cuenta, adelantándosele unas pocas horas huyó a los dominios de Cartago. [349c] Después de lo cual, le vieja intriga de Dionisio para no devolver a Dión sus bienes pareció dar una razón aceptable a enemistad de Dionisio para conmigo. Y, primero. [349c] me sacó de la de la acrópolis, dando por pretexto el de que las mujeres debían hacer, durante diez días, un sacrificio en el jardín. A mí, me ordenó pasara fuera este tiempo con Arquedemos. Estando yo allí. Teodoto me mandó a buscar; se indignó por muchas de las cosas que habían pasado y culpó de ello a Dionisio. Quien, oyendo había yo ido a donde Teodoto, hizo de ello nuevo pretexto —diferente, aunque pariente del anterior— contra mí. Envió a preguntarme si estaba con Teodoto por haberme realmente invitado él. Respondí: “Así es del todo”, a lo cual el enviado replicó: "Manda, pues, le diga que de ninguna manera obras bellamente al tener siempre a Dión y a sus amigos en más que a él”. Esto fue lo que se dijo. Y ya no me volvió a invitar a su casa, cual si fuera ya evidente ser yo amigo de 'Teodoto y Heráclides, mas, enemigo de él, pensando que no podía ser yo benévolo para con quien tan completamente había liquidado los bienes de Dión. En adelante habité con los mercenarios, fuera de la acrópolis. Vinieron a verme, además de otras personas, algunos de mis sirvientes de Atenas, conciudadanos míos. Comunicándome que se me calumniaba ante los peltastas, y que algunos amenazaban con matarme si me agarraban. Traza para salvarme: Enviar a alguien que explique a Arquitas y demás amigos de Tarento en qué situación me hallo. Pero que ellos, arreglando, con cualquier pretexto una embajada de la Ciudad, envíen barco de cuarenta remos, y de entre ellos a uno: a Damiseo quien, al llegar, interceda de parte mía ante Dionisio, diciéndole que querría irme, y que él no haga nada en contra. Convino en ello Dionisio, y me despidió dándome viáticos; en cuanto a los bienes de Dión, ni yo pedí algo ni nadie me dio nada. [350b] Mas en llegando al Peloponeso, a Olimpia, me encontré con Dión de espectador de los juegos, y le conté lo sucedido. Empero Dión, poniendo por testigo a Júpiter, nos exhortó a mí, a mis familiares y amigos a preparar el vengarnos de Dionisio; nosotros, a causa de su traición a los huéspedes —que así la llamó y juzgó Dión; él, por la injusta expulsión y exilio. En oyéndole, le exigí que tal exhortación la hiciera a los amigos, a ver si querían. “Pero en cuanto a mí”, dije, “tú, con otros, me hicisteis ser a la fuerza de alguna manera copartícipe de mesa, hogar y ritos sagrados de Dionisio; quien tal vez creyó, ¡tantos eran los calumniadores!, que yo conspiraba contigo contra él y la tiranía; y, no obstante esto, no me mató; más bien me respetó. Ni tengo ya edad para hacer con alguien la guerra contra quien sea; contadme como uno de los vuestros si, alguna vez, necesitados . de amigos, queréis hacer algo bueno. Pero mientras queráis algo malo, acudid a otros”. Tal dije; tan odiosas me eran peregrinación y mala suerte en Sicilia! Pero por no escuchar ni atender a mis conciliatorias indicaciones, hiciéronse ellos a sí mismo causa de los males que ahora les sobrevinieron, ninguno de los cuales habría tal vez venido —de esos que son bien humanos males— si Dionisio hubiera entregado sus bienes a Dión o reconciliándose plenamente con él, —que, a Dión, tenía yo querer y poder para contenerlo más fácilmente. Mas ahora ellos, por sus encontrados intereses, han llenado todo de males. Aunque, de seguro. Dión tenía el mismo deseo que yo afirmaría deber tener tanto yo como otro cualquiera que, modestamente, piense respecto de su poder, de los amigos y de la propia Ciudad; el de que, haciéndose, en la medida de sus poderes, y en los cargos, su bienhechor es como se obtiene lo máximo en los máximos poderes y cargos. Mas no es así en el caso de que alguien se haga rico a sí mismo, a sus compañeros y Ciudad conspirando y reuniendo conjurados, de pobre que era e incapaz de ser señor de sí mismo, vencido por la cobardía ante los placeres, después haga matar a los poseedores de riquezas, llamándolos enemigos suyos; reparta sus bienes entre colaboradores y compañeros, advirtiéndoles de que nadie le reproche diciendo que es pobre. Lo mismo, respecto de quien es honrada por una Ciudad por beneficiarla de esa manera: repartir, por decreto, a muchos lo de unos pocos; o porque, puesto al frente de una Ciudad grande que manda sobre muchas pequeñas, reparte, y no según justicia, los bienes de las más pequeñas. Por cierto que ni Dión ni otro alguno va a querer voluntariamente para sí mismo y para su raza, para siempre, un poder maldito, sino más bien un régimen político y el establecimiento de leyes las mejores y más justas, y ni tan sólo un régimen surgido de poquísimas muertes y exilios. En efecto: Dión ha hecho ahora eso: preferir padecer obras impías a hacerlas, —aunque cuidándose bien de no padecerlas. No obstante, a punto ya de prevalecer sobre sus enemigos, tropezó. Nada de extraordinario tiene lo que le pasó, porque varón piadoso, sapiente y sensato, no se engañará, tal vez, en total, respecto del alma de los impíos. Mas nada tendría de sorprendente el que le pasara, tal vez, lo que a buen piloto: no ocultársele del todo inminente tempestad; mas sí, su extraordinaria e imprevisible magnitud; y, por ocultársele eso, inevitablemente se ahogara. Por esas mismas pequeñeces cayó Dión. No se le ocultaba cuán grande era la malicia de quienes le empujaban; pero se le ocultó lo que tenían de profundas su ignorancia, además de su perversidad y voracidad. Por eso precisamente cayó; descansa; inmenso duelo envuelve a Sicilia. [352a] Qué os aconseje, después de lo narrado, queda casi ya dicho y dése por dicho. ¿Por qué repetí lo de mi segunda ida a Sicilia?; me pareció ser necesario y debido contarlo a causa de lo absurdo e irracional de lo acontecido. Mas si a alguien le pareciere razonable lo que acabo de contar y tuviera por suficientes las excusas dadas respecto de lo sucedido, lo ahora referido estuviera para nosotros debida y suficientemente dicho. [352a] a los familiares y compañeros de Dión, ¡Pasarla bien! [352b] Qué hayáis, sobre todo, de pensar si habéis, realmente, de pasarla bien, trataré, en la medida de mis fuerzas, de explicároslo. Y espero aconsejaros lo conveniente no sólo a vosotros —aunque sí, sobre todo, a vosotros— sino en segundo lugar a todos los de Siracusa; pero, en tercero, aun a vuestros enemigos y adversarios, —exceptuando a quien de ellos se haya impíamente portado, porque tales obras son incurables y no hay quien pueda purificarlas. Pensad en lo que voy diciendo: Hay entre vosotros, por toda Sicilia, tras Ia caída de la tiranía, toda clase de luchas sobre esto: unos, por recuperar el poder; otros, por salir al fin definitivamente de tiranía. Pues bien: el Consejo que parece ser, en todo caso, el correcto para la mayoría es el de hacer el mayor mal posible a los enemigos; y el mayor bien posible, a los amigos. Pero no es, en manera alguna, fácil hacer a los demás muchos males sin padecer uno mismo otros muchos. Mas no es preciso ir muy lejos para ver claramente eso; basta con lo que acaba de pasar ahí mismo en Sicilia; unos, empeñados en obrar; otros, en defenderse contra sus acciones. Contando todo lo cual a otros, resultaríais siempre todos unos maestros. No falta, por cierto, qué contar. Empero, qué sería lo conveniente para todos: enemigos y amigos, o lo menos malo para ambos, no es cosa ni fácil de ver ni de que la lleve a cabo quien la vio. Que, en este punto, el consejo o un intento de razonar, parécense, más bien, a plegaria. Sea, pues, enteramente tal consejo una plegaria, —que de los dioses ha de partir, en todo y siempre, quien se ponga a hablar y a pensar; y sería perfecto si nos indicara un razonamiento como este: Ahora, desde que hay guerra, tanto sobre vosotros como sobre los enemigos, está toda el tiempo mandando una familia establecida por vuestros padres en aquel grandísimo Apuro: cuando estuvo en peligro extremo Sicilia, la de los griegos, de ser devastada entera y embarbarizada por los cartagineses. Eligieron entonces a Dionisio, por joven y por guerrero para todas las acciones de guerra, hábil en ellas; pero, por consejero y de más edad, a Hiparino, nombrándolos, como se dice, “dictadores” militares para salvar a Sicilia. Y sea que uno quiera atribuir a Suerte divina y a un dios o al valor de los jefes o a ambas cosas junto con los ciudadanos de entonces la causa de la salvación alcanzada —tómelo cada uno a su manera—, así fue como alcanzaron los de entonces salvarse. Por tales cualidades suyas es de justicia que todos los salvados se lo agradezcan. Pero si posteriormente la tiranía no usó bien de tal regalo de la Ciudad, algo de justo castigo está pagando; y algo más, que lo pague. ¿Cuáles, pues, serían los castigos necesariamente justos a pagar por lo que les está pasando? Si fuerais vos otros capaces, y fuéraos fácil, huir sin grandes peligros y trabajos, o si ellos pudieran recuperar brevemente el poder, ni siquiera hiciera falta aconsejar lo que voy a decir. Pero ahora es preciso que ambos repenséis y recordéis cuántas veces, unos y otros. habéis esperado y creído no falta casi nada para que todo saliera como era de razón; pero ese “casi nada” ha resultado, cada vez, causa de grandes e incontables males, sin llegar jamás a un final. Al revés: un final que parecía definitivo da origen a un principio nuevo; mas bajo el poder de tal ciclo llegará a parecer tanto la ralea íntegra de los tiranos como la de los demócratas. Llegará —caso, verosímil y no deseable, de surgir algo— a quedar muda de lengua griega la Sicilia entera, transformada en dominio y bajo poder de fenicios y oscos. Es preciso que, contra esto, y con todo empeño, todos los griegos hallen remedio. Empero, si alguien tiene uno más directo y mejor que el que voy a proponeros, apórtelo aquí; correctísimamente se lo llamaría “amigo de Grecia”. [354a] De lo que me parece ahora, intentaré manifestároslo con toda franqueza y sirviéndome de un razonamiento imparcial y justo. Hablo, pues, dirigiéndome, algo así como árbitro, a los dos partidos: al que ejerce la tiranía y al que la padece; y, para cada uno de ambos, un consejo mío y antiguo. Ahora bien: para todo tirano mi consejo sería huir tanto de tal nombre como de sus obras, y, si fuera posible, cambiarse en “realeza”. Pero es posible, como lo mostró con obras aquel varón sabio y bueno: "Licurgo”, quien, viendo cómo el linaje de sus familiares en Argos y en Misenia, de reyes pasaron a poder tiránico, arruinándose a sí mismos y cada uno a su Ciudad, temiendo él por su Ciudad, a la vez que por su linaje, aportó ese remedio: el poder senatorial y el de los éforos, vínculo salvador del poder regio. Así es como tantas generaciones ya se han conservado en honor; porque la ley fue señor-rey de los hombres; y no los hombres, tiranos de las leyes. Esto es lo que mi razonamiento recomienda ahora a todos: a los aspirantes a tiranos, apartarse y huir en firme de esa felicidad de hombres insaciables e insensatos; tratar de transformarse en eidos de Rey y obedecer a leyes reglas, poseyendo los supremos honores que de hombres libres y leyes provienen. Empero, a quienes persiguen los hábitos de libres y huyen, cual mn?n, el yugo de esclavos, aconsejaría tener buen cuidado de no caer jamás, por insaciables de libertad intempestiva, en la enfermedad de los progenitores de la que sufrieron los de entonces por exceso de anarquía y goce de desmesurado amor de libertad. Anteriormente al gobierno de Dionisio e Hiparino, los sicilianos se creían felices por vivir regaladamente y además gobernar a los gobernantes. Ellos hicieron apedrear a los diez generales, anteriores al Dionisio, sin juzgarlos por ley alguna, —para así, precisamente, no servir a ningún señor, ni aunque lo fuera con justicia y con ley, sino ser libres en todo y de todas maneras. De ahí les nacieron las tiranías. Porque servidumbre y libertad, exageradas, es cada una gran mal; pero, mesuradas, gran bien. Servidumbre mesurada lo es la servidumbre a Dios; desmesurada, la a los hombres. Para los hombres sensatos la ley es dios; para los insensatos, lo es el placer. Si esto, en efecto, es así, lo que a todos los siracusanos aconsejo exhorto se diga a los amigos de Dión ser consejo, a la vez, de él y mío. Que yo no haré sino interpretar para vosotros lo que, si respirara aún y pudiera hablar Él, os diría. Pues bien: tal vez dijera alguien: ¿cuál fuera el razonamiento que, antes las actuales circunstancias, nos hiciera, claramente y cual consejo, Dión? Este precisamente: “Siracusanos, aceptad, lo primero de todo, aquellas leyes que os pareciere no convierten vuestros pensamientos y apetitos hacia endineramiento y riqueza. De esas tres cosas: alma, cuerpo, y añádase dineros, tened por la más digna a la virtud del alma; por la segunda, a la del cuerpo, —subordinada a la del alma; pues por tercera, y más baja cosa, al valor de los dineros que ha de ser sirviente de cuerpo y alma, Ley, estatuto, que obre todo eso os estaría rectamente impuesta, por alcanzar ese fin de hacer realmente bienaventurados a quienes de ella se sirvan. [355c] Empero, dar a los ricos el nombre de “bienaventurado” es apelación, ella misma, desgraciada —por ser apelación insensata de mujeres y niños— y que hace desgraciados a los que se creen bienaventurados. Que sea verdad lo que aconsejo, lo conoceréis realmente si hacéis experiencia de lo que estoy diciendo acerca de las leyes; que la experiencia parece ser, en todas las cosas, la más verdadera prueba. Mas si aceptáis tales leyes —dado que el peligro acecha a Sicilia y que ni sois perfectamente vencedores ni estáis completamente vencidos— tal vez resultaría justo y conveniente para todos vosotros tomar un término medio: para los que estáis huyendo de la opresión del poder y para los enamorados de que les vuelva. Los progenitores de éstos —entonces, máxima hazaña— liberaron a los griegos de los bárbaros, tanto que, ahora, resulta factible discutir acerca de régimen político. Mas, derrotados entonces, nada de nada hubiese quedado: ni discursos ni esperanza. Así que, ahora, venga A unos una libertad con poder regio; a otros, poder real responsable, mandando las leyes sobre los demás ciudadanos y aun sobre los reyes mismos, sí es que hacen algo antilegal. Además de todo esto: con sincera y sana intención, y ayuda divina, instaurad como primer rey a mi hijo, por dos favores: El que de mí os vino y el que de mi padre quien, en aquel tiempo, liberó de los bárbaros a la Ciudad; pero yo, ahora, dos veces, de los tiranos, de lo que vosotros mismos habéis sido testigos; como segundo rey haced a quien lleva el mismo nombre que mi padre —al hijo de Dionisio—, en gratitud a su ayuda actual y por sus piadosas disposiciones. Quien, nacido de padre tirano, voluntariamente dío libertad a la Ciudad, adquiriendo, para sí mismo y su familia, honor eternamente viviente en lugar del efímero e injusto de la tiranía. En tercer lugar: hay que proclamar por rey de Siracusa, voluntariamente rey de una ciudad voluntariamente regida, al actualmente general de los enemigos —a Dionisio, hijo de Dionisio— si es que, voluntariamente, quiere transformar su poder en el de tipo real, —por temor a las vicisitudes de la suerte, por piedad para con la patria, templos y tumbas abandonados; no sea que, por ambición, destruya todo del todo, con gran regocijo de los bárbaros. Pero a estos tres reyes, tanto que le deis poder a lo espartano o se lo recortéis de común acuerdo entre vosotros, los estableceréis de una manera cual la dicha por mí anteriormente a vosotros; no obstante, oídla otra vez ahora. Si la familia de Dionisio e Hiparino quiere, por la salvación de Sicilia, poner término a los presentes males, aceptando para sí y sus descendientes, posteriormente y ahora, tales dignidades, convocad para este asunto, tal como anteriormente dijimos, embajadores que ellos quieran aceptar, dándoles poderes para pactar —sean de aquí o de fuera, o de ambas partes— y en el número que convengamos. Una vez llegados, que, primero, establezcan leyes y un régimen político en el que los reyes tengan, cual es cónsono, poder sobre lo sagrado y cuantas cosas corresponden a antiguos bienhechores. Pero para mandar en asuntos de guerra y paz, cread guardianes de ley, en número de treinta y cinco, —de acuerdo pueblo y Consejo; haya juzgados diversos para diversos casos; mas los treinta y cinco manden en los de muerte y exilio. Además: que se elija jueces, siempre de entre los magistrados del año precedente; uno de cada magistratura, —el que parezca ser mejor y más justo; que ellos juzguen durante el próximo año los casos de muerte, prisión y destierro de los ciudadanos. Pero al rey no le está autorizado el ser juez en tales casos judiciales; que, cual sacerdote, ha de estar puro de asesinato, prisión y - exilio. [357a] Esto es lo que yo, a lo largo de mi vida he pensado y aun ahora pienso; y es lo que, una vez vencidos, con vosotros. [357a] los enemigos —y si no lo hubieran estorbado las Erinias— hubiese establecido tal cual lo pensaba. Y, después de esto, habría colonizado el resto de Sicilia, en casa de suceder los hechos según mi mente, expulsando a los bárbaros que ahora la dominan, a excepción de cuantos guerrearon contra la tiranía y en favor de la común libertad. En cuanto a los anteriores habitantes de las regiones griegas, les devolviera sus antiguas y paternas habitaciones. Esto es, precisamente, lo que ahora estoy aconsejando a todos: pensar y obrar de consuno, y exhortar a todos a tal empresa y tener todos por enemigos a quien no lo hiciere. Esto, no es imposible, porque lo que esté siendo en dos almas que, puestas a razonar, hallen ser lo mejor, quien lo tenga por aun así imposible no está en sus cabales. Hablo de esas dos almas: la de Hiparino, hijo de Dionisio, y la de mi hijo. Porque si ambos concuerdan, creo que como ellos opinan los demás siracusanos que de la Ciudad se preocupan. [357c] Mas honrad y rogad a todos los dioses y a cuantos conviene asociar con los dioses; no cejéis en modo alguno de intentar persuadir y exhortar suavemente a amigos y disidentes hasta que a estas nuestras palabras, cual si fueran ensueños divinos enviados a despiertos, les deis vosotros esplendente, perfecta y bienaventurada realidad”. [357d] Platón, a Arquitas de Tarento, ¡Pasarla bien! [357d] Llegaron Arquipo. Filónides y sus acompañantes, trayéndome la carta que les diste, —además con noticias tuyas. Sin dificultad terminaron los negocios con la Ciudad, —que no eran en manera alguna trabajosos. Mas respecto de ti nos refirieron cuán de mala gana llevas el no poder librarte de los negocios públicos. Que, por cierto, lo más agradable en la vida es hacer el propio quehacer, especialmente cuando uno escoja hacer lo mismo que tú has escogido, —lo cual es, casi sin más y para todos, evidente. Empero, has de darte cuenta de que cada uno de nosotros no nació para él solo, sino r.?ue de nuestro nacimiento una parte se la lleva la patria; otra, los progenitores; otra, los demás amigos; pero gran parte hay que darla a las circunstancias que asedian nuestra vida. Mas cuando la patria misma nos llama a negocios públicos, — fuera incalificable no obedecer. Porque a la vez sucede que el país mismo cae en manos de hombres viles que, no en vistas al máximo bien, emprenden los negocios públicos. Sobre este punto, con esto basta. En cuanto a Equécrates nos cuidamos solícitamente de él y nos cuidaremos de él en adelante, tanto por mor de ti como de Frimón, su padre; y por el jovencito mismo. [358b] Platón a Aristodoro. ¡Pasarla bien! [358c] Oigo que eres uno de los grandísimos amigos de Dión; y que lo eres ahora y lo has sido siempre, —dando a la vez muestras de tener el carácter mejor, el más sabio, para la filosofía; porque carácter firme, fiel, sincero, esto afirmo yo ser la filosofía verdadera. Que a las otras sabidurías y destrezas, por tender a otros fines, creo que llamándolas "“artimañas” les doy el nombre correcto. Valor, pues; y mantente en las costumbres que ahora tienes. [358c] Platón a Laodartas. ¡Pasarla bien! [358c] Te escribí ya antes que para todo lo que me dices seria mucho mejor que vinieses tú mismo a Atenas. Pero ya que me afirmas serte imposible, lo mejor, en segundo lugar, sería, caso de ser posible, el que yo fuera o Sócrates, —que es la que en tu carta dices. Pero Sócrates está sufriendo de estranguria. Mas quedaría yo muy mal si, llegado ahí, no llevara a buen término aquello para lo que me llamas. Pues bien: no tengo grandes esperanzas de que resulte. Pero, ¿por qué?: haría falta una segunda, y larga, carta que lo explicara todo. Además: por mi edad mi cuerpo no está ya para correr esos caminos y peligros que, por mar y tierra, se encuentran, —que ahora, en los viajes, todo está lleno de peligros. Puedo, esto sí, darte consejos a ti y a los colonizadores. “Lo cual dicho por mí”, palabras de Hesíodo, parecería “ser sencillo, pero es dificultoso de pensar”. Porque si creen que, puestas las leyes, sean las que fueren, queda bien establecido un régimen político sin que haya alguna autoridad que en la Ciudad se cuide solícitamente del diario comportamiento morigerado y varonil de esclavos y libres, no piensa correctamente. Lo cual, a su vez, pasará si es que hay ya varones dignos de mandar. Mas si para la educación hace falta, como creo, educador y educandos, y no los hay entre vosotros, no os queda sino acudir a los dioses. Porque casi siempre, las antiguas Ciudades así se fundaron; y posteriormente, si al sobrevenir grandes pruebas —o por guerra o por otros hechos— se administraron bien, entonces, en tales oportunidades, surge un varón bello-y-bueno, poseedor de gran poder. Pero, ante todo, se debe y es necesario tomar esto en serio; repensar, pues, sobre lo que digo y no tontear, creyéndoos que esto lo vais a realizar fácilmente. ¡Buena Suerte! [359c] Platón a Arquitas de Tarento. ¡Pasarla bien! [359c] Recibimos grandemente complacidos los escritos que de tu parte nos han llegado; y nos admiró, a no poder más, su autor. Y nos pareció ser tal varón digno de aquellos sus antepasados, —varones, dícese, de Mira. Que eran de los troyanos emigrantes con Laomedonte varones buenos, como lo declara el mito tradicional. Pero en cuanto a mis escritos, a que en tu carta aludes, no están aún listos; pero te los envío tal cual están. Concordamos ambos en lo de guardarlos bien; de modo que no hace falta recomendación alguna. [359e] (Se niega el que sea de Platón). [360a] Platón a Dionisto, tirano de Siracusa. [360a] Que el comienzo de esta carta te sea a la vez signo de que es mía. [360a] Con ocasión de invitar a comer a los jóvenes locrios, reclinado tú lejos de mí, te levantaste, viniste a mi lado, y, benévolamente, me dijiste algo bien amable, —me lo pareció así a mí y al declinado a mi lado: era uno de los jóvenes bellos quien entonces dijo: "De seguro, Dionisio, que para la sabiduría te has aprovechado grandemente de Platón”. Pero tú respondiste: "Y para otras muchas cosas, porque hasta de la invitación misma, por haberlo invitado, esto mismo, de inmediato, me aprovechó”. Pues esto es lo que se ha de conservar y acrecentar entre nosotros: el mutuo aprovechamiento. Contribuyendo ahora a ello te envío algo de “los pitagóricos” y sobre “las Divisiones", y un varón del que, tal como entonces nos pareció, tanto tú como Arquitas —si Arquitas te visita— podríais ayudaros. Su nombre es Helicón, motivo de Cycico, discípulo de Eudoxo, grande y agradablemente versado en todo lo de él. Además: se formó con uno de los discípulos de Isócrates y con Polixeno, uno de los compañeros de Brisón. Pero cosa rara en estos casos, no es desagradable tratarse con él mi parece de mal carácter; más bien, lo tendría por ligero y de buen carácter. Lo digo con temor; porque declaro mi opinión acerca de “hombre”: “animal no despreciable, pero sí grandemente voluble”, —a excepción de muy pocos y en pocos casos. Así que, por temor y desconfianza en este punto, lo observé encontrarme con él y me asesoré de sus conciudadanos, —y nadie en nada menospreció a tal varón. Obsérvalo tú mismo y sé cauto. Sobre todo, pues, si tienes algún tiempo libre, aprende de él, y, en lo demás, filosofa. Pero, si de él, no, que otro te enseñe a fin de que, aprendiendo durante el tiempo libre, te hagas mejor y con buena fama. Así mi ayuda no cesará. Y de este punto con esto basta. [361a] Acerca de lo que me escribes te remita he cumplido con lo de Apolo, y te lo lleva Leptines, —es de un artista joven y bueno: su nombre, Leocares. En su taller había además otra obra grandemente fina, —tal me pareció. La compré con voluntad de regalarla a tu mujer, pues me cuidó solícitamente, sano y enfermo, de manera digna de tí y de mí. Dásela, si no te parece otra cosa. Envío también doce tinajas de vino dulce para los niños, y dos de miel. Llegamos tarde para conservas de higos; las bayas de mirto, en conserva, se pudrieron. Otra vez nos ocuparemos mejor de esto. Acerca de las plantas Leptines te hablará. [361b] La plata, por este motivo y para estas cosas y para algunos impuestos de la Ciudad, la tomé prestada de Leptines, diciéndole lo que me pareció más decoroso para nosotros, y díjele la verdad: que era nuestro lo que gastamos para el barco el de Leocadia, —unas dieciséis minas. Las tomé, pues; me serví de ellas y os he enviado esas cosas. Escucha, a continuación, cuál es el estado del dinero: del tuyo en Atenas y del mío. De tu dinero, como ya te dije, lo mismo que del de los demás amigos, me sirvo lo menos que puedo, —cuanto me parece necesario o justo o decoroso a mí y a aquel de quien lo tomo. Mi situación presente es ésta: las hijas de mis sobrinas —muertas cuando yo no me coroné, a pesar de tus instancias— son cuatro: una, casadera ya; otra, octoañera; la pequeña, va para los tres años; la otra, ni es aún de un año. A las que se casen mientras yo viva, hemos de dotarlas, yo y los parientes; a las que no, que se las arreglen. A aquellas cuyos padres sean más ricos jue yo, no tengo que dotarlas. Mas, actualmente, yo soy el e mayores recursos y di dote a sus madres, —entre otros con Dión. Una se casa con Espeusipo; para él, es hija de su hermana. No se le deben dar más de treinta minas; según nosotros, son dote suficiente. Además: si muriera mi madre, no harían falta más de diez minas para la construcción de la tumba. Tales son, en estos puntos, mis actuales necesidades. Pero, si surgiera otro gasto, privado o público, por causa de mi partida, trataré por todos los medios —como te d.dije entonces, debía hacer— de que resulte mínimo el gasto; lo que no pudiera, corre de tu cuenta. [362a] Paso a hablar de los dineros tuyos a gastar en Atenas. Primero: si algo he de gastar para montar un coro o algo por el estilo, no tienes aquí amigo que lo dé, —contra lo que creíamos. Además: si esto te importa mucho —por cierto que gastarlo ya, te ayudará demorar el gasto hasta que llegue un emisario tuyo, te perjudicaría, además de ser esto para ti un fastidio es vergonzoso. Tuve de ello una prueba cuando envié a Erasto a Andomenes de Egina, a quien, por ser amigo vuestro, me ordenaste acudir si algo necesitara; quería, en efecto, remitirte algunos encargos tuyos mayores. Mas me dío una respuesta aceptable y humana: que anteriormente había prestado algo a tu padre y recobrádolo con dificultad. Y que ahora te daría nada más un poco. Así que lo tomé de Leptines, y en esto es de alabar, no tanto por haberlo dado cuanto por su presta voluntad. Y en lo demás habla y se porta contigo cual si fuera verdadero amigo. Ls preciso que te comunique esto, y lo contrario: cómo me parece portarse cada uno respecto de ti. [362c] En cuanto, pues, al dinero, te hablaré con franqueza, porque es de justicia, además de que lo digo por experiencia de los que te rodean. Los que se te acercan, siempre que parecieran hacerlo por cuestiones de gastos no quieren acercársete, cual si temieran hacerse odiosos. Acostúmbralos y fuérzalos a que te hablen de eso y de lo demás. [362d] En lo posible has de saber todo esto: ser en ello juez y no huir el saberlo, porque esta será lo mejor para tu gobierno, ya que gastar ordenadamente lo a gastar y ordenadamente pagar, aun tú mismo afirmas, y lo afirmarás, ser bueno tanto para otras cosas como para llegar a tener dinero. Que no te difamen, pues, ante los hombres los que, dicen, se cuidan de ti; porque no es ni bueno ni bello para tu fama el parecer difícil en cuestión de negocios. [362e] Hablemos ya de Dión, —en cuanto a lo demás no tengo nada que decir hasta que lleguen las cartas, así me lo dices; sobre lo que no me permitiste recordarlo, nada le recordé y nada le hablé. Pero traté de averiguar si llevaría lo sucedido penosa o fácilmente; y me pareció que, si llegara a saberlo, le pesaría, y no ligero. En cuanto a lo demás me parece que Dión se porta comedidamente hacia ti de palabra y obra. [362e] A Cratino, hermano de Timoteo y amigo mío, le regalaremos una coraza hoplítica de esas de la infantería ligera; y a las hijas de Cebes, tres túnicas de las de siete pies, no de las recamadas de los amorginos, sino de las de lino siciliano. Verosímilmente conoces el nombre de Cebes; se halla escrito, junto con el de Simmias, en los discursos socráticos, dialogando con Sócrates en el de "sobre el alma”. Es varón amigo de todos nosotros y bien amable. [363b] Acerca del signo distintivo de las cartas —cuáles las escribo en serio y cuáles no— creo lo recuerdas. No obstante repiénsalo y pon gran atención, porque son muchos los que me ruegan las escriba, y no es fácil negarse abiertamente. De las cartas serias el comienzo es “Dios”; de las menos, “dioses”. [363b] También los embajadores me han rogado que te escriba, y es razonable, porque, fervorosamente y en todas partes, nos encomian a ti y a mí; y no el que menos, Filargos, que entonces padecía de la mano. También Filedes, recién llegado de donde el Gran Rey, me habló de ti. Si esta carta no fuera ya demasiado larga, te escribiera lo que dijo; entérate de ello por Leptinos. [363c] Acerca de la coraza o de lo demás que por carta te pido envíalo por quien quieras; si no, dalo a Terilo. Es de los constantemente navegantes, familiar nuestro y, aparte de en otras cosas, aficionado a la filosofía. Es yerno de Tión, quien al tiempo de embarcarnos era edil. [363c] ¡Salud!; filosofía; y a los más jóvenes exhórtalos a hacerlo. Saludos de mi parte a los compañeros de juego; y recomienda a los demás, especialmente a Aristócrito, que, si de parte mía te llegare alguna palabra o carta, te enteres de ello lo más presto y cuidadosamente y te recuerdes de que se cuide de lo que en ellas se encomienda. Y ahora, no te descuides de devolver la plata a Leptines; devuélvesela lo más presto posible, a fin de que, viéndolo los demás, se animen a ayudarnos. [363d] Iatrocles —a quien entonces, juntamente con Mirinidos, declaré libre— está ahora navegando, con lo que te envío. Tómalo a sueldo; te estima; empléalo en lo que quieras. Conserva esta carta —ella o un memorialín; y “sé tá mismo”.