Erixias — Plato =============== ΕΡΥΞΙΑΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/eryx/ This file: https://plato-scroll.com/text/eryx-h.txt Other editions of this work: - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/eryx.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [392a] Dio la casualidad de hallarnos paseando, bajo el pórtico de Júpiter, el Libertador. Erixias el de Estiria y yo, cuando se nos acercaron Critias y Erasístrato el sobrino de Feax, hijo de Erasístrato, quien por cierto, acababa de venir de Sicilia y de aquellos lugares. Acercándose Erasístrato, dijo: "¡Salud!”, Sócrates—. También para ti, respondí yo. Y, ¿qué?, ¿traes para nosotros de Sicilia alguna bella noticia?—. “Y grande, ¿Pero no queréis, dijo, que primero nos sentemos?, pues estoy cansado por haber venido a pie desde Megara”—. “Perfectamente, si te parece”—. “Pues bien, dijo, ¿queréis, ante todo, ofr de los de allá?, acerca de ellos, ¿qué hacen? 0, ¿cómo se han respecto de nuestra Ciudad? Porque me parece les pasa a ellos respecto de nosotros cual si fueran avispas, que a éstas, por poco que se las hurgue, se las irrita y resultan invencibles hasta que, atacándolas, se destruya el avispero. Pues así también los siracusanos; si no se toma uno el trabajo de ir allá con bien grande flota no habrá manera de que tal Ciudad esté jamás bajo nuestras manos; flotillas, no harían sino irritarlos, tanto que así resultarían absolutamente insoportables. Pero nos acaban de enviar embajadores, queriendo, cual me parece, engañar a la Ciudad”. [392d] Mientras hablábamos, dio la casualidad de que pasaran los embajadores de Siracusa. Dijo, pues, Erasístrato, señalando a uno de ellos: “Ese, Sócrates, es el más rico de los sicilianos e itálicos. ¿Cómo no va a serlo, continuó diciendo, si tiene tal abundancia de tierra que, si uno quiere, se presta al cultivo gran parte de ella? Y otra tal que no la hay en toda la Grecia. Y más, de esas cosas que a la riqueza le advienen, incontables: esclavos, caballos, oro y plata”. Pero viendo yo cómo se dilataba hablando complacientemente de la riqueza de tal hombre, le pregunté: “Pero Erasístrato, ¿en qué opinión se tiene en Sicilia a ese varón?"—, “Al tal, dijo, se le tiene por el más perverso de los sicilianos e itálicos, y lo es tanto más cuanto es El más rico, de modo que si se quiere preguntar a algún siciliano a quién tiene por más perverso y más rico, ninguno señalará sino a ese”. [393a] Creyendo, pues, que la conversación versaba sobre no pequeño asunto, sino sobre uno de los tenidos en opinión de máximos: “sobre virtud y riqueza”, le pregunté: “¿Cuál afirmarías ser hombre más rico: quien tuviera talentos de plata o quien un campo que valiera dos talentos?'—. “Tengo por cierto, respondió, que quien tiene tal campo”—. “Así que, añadí yo, a tenor de este mismo razonamiento, si, sea el caso, alguien tuviera vestidos, tapices y otras cosas de mayor valor aún que cuantas tiene ese extranjero, ¿aquél sería más rico que éste?””—. Convino también en esto—. “Mas si te diera a escoger entre ellos, ¿a cuál elegirías?”—, “Yo, por cierto”, dijo, “al de mayor valía”—. “¿Y te tendrías por más rico?”—. Precisamente'—. “¿Luego ahora nos parece claro el que es más rico aquel que posea cosas de mayor valor?—. “Sí”, contestó—. “Por tanto”, continué yo, "¿los sanos serían más ricos que los enfermos, si la salud es posesión de mayor valía que las cosas del enfermo? Porque no hay; quien no prefiera estar sano, con poca plata suya, a estar enfermo, poseyendo las riquezas del Gran Rey; está claro que por tener por de mayor valía a la salud, ya que no la preferiría jamás en caso de no estimarla por superior a las riquezas'—. “Pues, no”—. “Según esto, también, si apareciera algo más valioso que la salud, quien lo poseyera, ¿sería, en todo, el más rico?"—, Sí—. “Pero si acercándosenos ahora alguien, nos preguntara; Sócrates. Erixias y Erasístrato, ¿podríais decirme cuál es la posesión de mayor valía para el hombre? ¿No será precisamente lo que poseído por el hombre, le aconseje la mejor manera de conducir óptimamente sus asuntos y los de los amigos? ¿Qué, afirmaríamos, lo es?”—. “A mí me parece, Sócrates, que lo de mayor valía para el hombre es la bienaventuranza”—. “Y no te lo parece mal”, añadí yo; “¿mas tendríamos por los más bienaventurados de los hombres a aquellos a quienes todo les fuera máximamente bien?'—, “Pues me lo parecen ser Esos”—. “¿Así que les fuera óptimamente a quienes erraran mínimamente respecto de sí mismos y de los demás hombres, pero acertaran las más de las veces?—. “Absolutamente”—. “¿Serían, pues, quienes supieran lo que es bueno y lo que es mala, lo que debe hacerse y lo que no, los que obrarían más correctamente y errarían menos veces?”—. Convino también en esto—. “Luego, evidentemente, son para nosotros los mismos varones los que son más sabios y a los que va mejor, los más bienaventurados y más ricos, si la sabiduría nos parece claro ser de todas las posesiones la de mayor valía”—. “Sí”. [394a] Tomando, entonces, la mano Erixias, dijo: “Sócrates, ¿qué provecho sacaría un hombre si fuera más sabio que Néstor, mas se diera el caso de no tener lo necesario para vivir: comida, bebida, vestidos y lo demás que de este estilo haya? ¿Qué le aprovecharía la sabiduría? ¿Cómo ser el más rico quien en nada está defendido contra el mendigar, ya que está sin recursos para lo más necesario?”—. Me pareció, pues, decir él algo grandemente importante; mas yo añadí: “Pero, ¿es que el poseedor de sabiduría padecería algo por eso de llegar a carecer de tales cosas? Al revés: si alguien poseyera la casa de Politión y estuviera la casa llena de oro y plata, ¿nada le faltaría?”—. “Todo eso —replicó— nada estorba para tener, en cualquier momento, inmediatamente, dispuestos sus recursos y adquirir por ellos lo que en un caso le faltare para el cotidiano vivir, o también podrá procurarse, mediante ellos, dinero y, sin más, salir de todos los apuros”—. “Esto en el caso —repliqué yo— de que haya hombres a quienes haga más falta esa casa que la sabiduría de este Néstor, que si fueran ellos capaces de tener a la sabiduría de este hombre —y a la que de ella procede— por de mayor valía, tendría él, en caso de necesitar algo y quererlo, un recurso mucho mayor de que disponer en su favor: la sabiduría y las obras que de ella proceden. La utilidad de casa es, realmente, tan grande e imprescindible y tan grande son, para la vida y para tal hombre, las diferencias de habitar tal casa que las de habitar en pequeña e insignificante casita; mas, ¿la utilidad de la sabiduría es de tan poca valía y las diferencias entre sabio e ignorante son tan pequeñas en relación a lo más importante, que los hombres la desprecien y no la compren, mientras que el ciprés de la casa y los mármoles pentélicos hallen muchos que los necesiten y quieran comprar? Si se trata de piloto sabio o de médico sabio en su arte o de quien en cualquiera otra de semejantes artes pueda ejercerlas bien y bellamente, ¿no va a ser más estimable que cualquiera otra de las mayores posesiones en el género de riqueza? Mas el capaz de deliberar bien a tanto él en favor suyo como de otros con óptimo resultado, ¿no podría alcanzar esto si es que quisiera hacerlo?”—. “Mas Erixias, interviniendo, cual si sospechara que en algo se le hubiera perjudicado, dijo: «Si fueras a decir la verdad, Sócrates, ¿afirmarías ser tú más rico que Calías, el hijo de Hipónico?; que, en verdad, no admitirías ser menos instruido que él en nada de lo más importante, sino mucho más sabio; mas por eso en nada eres más rico”—. “Tal vez” —repliqué yo— "crees, Erixias, que los discursos que ahora estamos haciendo son cosa de juego y que no van de verdad, sino cual en el chaquete que si uno sustrae piezas podría hacer que los adversarios en el juego fueran vencidos tanto que no tendrían contra ello jugada que oponer. Pues bien: respecto de ricos, crees también que es ni más ni menos así: que ciertos razonamientos no son, en nada, más verdaderos que falsos, diciendo los cuales un hombre se desharía de los adversarios, —cual esos razonamientos de que, para nosotros, los más sabios son también los más ricos, y diciendo tales falsedades contra los que dicen verdad. Y nada hay tal vez de admirable en ello, al modo que si dos hombres discutieran acerca de letras, y afirmara el uno que "Sócrates” comienza por “ese”, y el otro, que por “a”, y fuera el razonamiento de quien dice comienza por “a” más poderoso que el de quien dice que por Cese”»”. [395c] Dando Erixias una mirada a los circunstantes, sonriendo a la vez que ruborizándose, cual si no hubiera estado presente a lo anteriormente tratado, dijo: «No creía, Sócrates, que fuera preciso hacer razonamientos con los que no se pudiera persuadir a ninguno de los presentes ni de los que ningún provecho se sacara; porque, ¿qué hombre de entendimiento se convencería de que según nosotros “los más sabios son los más ricos”? “Pero, ya que de enriquecerse se trata, hay que discutir de dónde proviene que el enriquecerse sea bello y de dónde que sea vergonzoso; y respecto de lo rico mismo, su calidad de bueno o malo”—. “Sea”, respondí, "vigilemos, pues, en adelante; y bellamente obras advirtiéndonoslo. Pero ya que tú mismo introduces este razonamiento, ¿por qué no tratas de decir si enriquecerse te parece bueno o malo?, puesto que los anteriores razonamientos te parece no haber hablado de ello"—. “Pues bien: a mí me parece que es bueno el enriquecerse”, —afirmó». [395e] Pero, al disponerse a decir algo más. Critias le interrumpió: "Dime, pues, Erixias, ¿tienes por bueno el enriquecerse?”—. “¡Por Júpiter!, yo sí, o estaría loco. Y no creo haya nadie que no lo admita”—. "Por cierto, replicó el otro, yo hasta creo que no podría hacer convinieran conmigo otros hombres en eso de que sea malo el enriquecerse. Pues si fuera bueno, ni a algunos de nosotros nos parecería malo”. Dijeles, pues: “Si se diera el caso de que vosotros disintiérais acerca de quién de vosotros habla con mayor verdad sobre equitación, —sobre la óptima manera de montar; y si, por caso, fuera yo caballista, trataría yo mismo de hacer cesar vuestras disensiones, porque me avergonzaría, estando presente, de no ser capaz de evitarlas entre vosotros; o si disintiérais sobre cualquier otra cosa, y nada os importara no concordar en eso, os separaríais más enemigos que amigos. Mas pues que, ahora, se da el caso de que disentís en un asunto del que habréis de tratar necesariamente toda la vida, y hay gran diferencia en si hay que ocuparse respecto de él de si es útil o no, y no es de los insignificantes sino de los tenidos cual los máximamente tales por los griegos, —que los padres lo primero que avisan a sus hijos, apenas llegan a la edad de reflexionar ha de ser, tal piensan, ver cómo llegarán a ricos, que «si tienes algo, algo vales; si no, nada»; si, pues, tan grandemente serio es esto, vosotros, conviniendo en lo demás, discutís acerca de tal y tan grande asunto. Pero, además de esto, disentís acerca del enriquecerse, no si es negro o blanco, ni si ligero o pesado, sino sobre si malo o bueno, tanto que os llevaría a máxima enemistad precisamente porque disentís acerca de mal y bien —y eso que, de suyo, sois aun por parentesco grandes amigos—; yo, en cuanto de mí dependa, no pasaré por alto tal disentimiento vuestro, sino que, de ser yo mismo capaz, explicándoos cómo son las cosas, terminaría con tal disensión. Mas. pásame ahora no sentirme capaz, y pues cada uno de vosotros créese capaz de hacer asentir a otro, estoy presto a colaborar en lo posible para que os acordéis sobre el estado del asunto”. “Trata, pues, Critias” —añadí—, “de hacer, concordemos, cual aceptaste hacerlo—. “Mas, como al principio”, dijo, “preguntaría gustosamente a Erixias si le parece haber hombres injustos y justos”—. “¡Por Júpiter!”, respondió él, “y muchos, por cierto”—. “Pero, ¿qué?: ¿obrar injustamente te parece ser malo o bueno?"—. “A mí, malo”—. “Pero te parece que si un hombre hace, por plata, adulterar a las mujeres de los vecinos, ¿obra injustamente, o no? ¿Y esto, por cierto, a pesar de prohibirlo la Ciudad y las leyes?”—. “A mí, me parece que obra injustamente"—. “Pues bien”, continuó él, “si por caso, fuera rico y pudiese disponer de la plata, y fuera hombre injusto y lo quisiera, faltaría; mas si no fuera rico tal hombre, y no tuviera de donde gastar, no podría hacer lo que quisiera, de modo que no faltaría. Por lo cual le es más ventajoso al hombre no ser rico, que así hará menos lo que quiera, caso de querer lo malo. Volviendo a eso de enfermar, ¿afirmarías que es malo o bueno?”—. "Yo, que es malo”—. “¿Pero qué?, ¿crees que hay hombres intemperantes?”—, “Yo, sí”—. “Sí, pues, para tal hombre y para su salud, le fuera mejor abstenerse de comidas, bebidas y demás cosas de las tenidas por deleitables, mas no fuese capaz de ello por su intemperancia, ¿no le sería mejor a tal hombre no tener con qué procurársela, y mejor que superabundancia en tales comodidades? Porque así no tendría cómo faltar, por mucho que lo quisiera”. [397b] Pareció haber Critias hablado bien-y-bellamente, tanto que, de no ser por vergüenza ante los presentes, nada hubiera impedido que Erixias, levantándose, pegara a Critias; ¡tanto creía haber perdido al quedarle claro cuán incorrecta era su anterior opinión acerca del enriquecerse! Mas percibiendo yo el estado de Erixias, y tomando precauciones para que no se llegara a insultos y altercados, dije: “Precisamente este razonamiento sosteníalo, hace bien poco, en el Liceo un varón sabio. Pródico de Ceos; mas a los presentes parecíales bromear tanto tanto que no pudo convencer a ninguno de los presentes de que decía verdad. Y, por cierto, que un muchachito, bien joven, se acercó; tartamudeaba; se sentó, reíase, se burlaba y lo atormentaba queriendo que diera razón de lo que decía. Y, por cierto, que, ante los oyentes, ganó mayor reputación que Pródico”—, “Pues bien”, dijo Erasístrato, “¿podrías relatarnos el razonamiento?"”—. Ciertamente, si me acuerdo. De esta manera, pienso, pasó: Le preguntó el muchacho en qué sentido creía ser un mal el enriquecerse; y en qué sentido, un bien. Tomando la palabra Pródico dijo, también como tú ahora mismo: “Para los hombres bellos-y-buenos es, por cierto, un bien y lo es para quienes sepan cómo deben usarse las riquezas; para éstos es, ciertamente, un bien. Mas para los malvados e inscientes, un mal. Pero de esta manera”, añadió, “pasa respecto de todas las demás cosas, porque cuales sean los usuarios, tales, necesariamente, son para ellos las cosas”—. “Bellamente”, añadió, “me parece lo puso en verso el mismo Arquíloco": “A los buenos, las cosas les salen tal cual: buenas—. “Pues bien”, dijo el muchacho, "si alguien me hiciera sabio en esa sabiduría por la que los varones buenos son sabios, haría, por necesidad, que las demás cosas me resultaran buenas, sin tener que ocuparme en nada de ellas, tan sólo por haberme hecho de ignorante sabio; como, si alguien me hiciera ahora gramático, haría necesariamente para mí, gramaticales las demás cosas; y, si músico, musicales, como, cuando me haga bueno, habré hecho a la vez para mí buenas también las Cosas”. [398b] Por cierto que Pródico no admitió esto; mas convino, por cierto, en lo otro. Y dijo: "Te parece que así como es propia obra de hombre hacer una casa, ¿parecidamente lo es hacer buenas obras? ¿O que cuales fueron al principio, fueron malas o buenas, hayan de terminar, necesariamente, siendo tales?”. [398b] Me pareció sospechar Pródico a dónde tal razonamiento lo acorralaba bien arteramente; y para no dar la apariencia, ante todos los presentes, de que el muchacho lo refutara —que a él, a solas, le pasara eso lo tenía por indiferente—, contestó ser obra humana. Pero el muchacho preguntó: “¿Te parece ser la virtud enseñable o innata?”— “A mí, enseñable”, respondió. “Así que”, continuó, “cte parece estúpido quien creyera, pidiéndoselo a los dioses, llegar a ser gramático o músico o adquirir cualquiera otra ciencia de las que llegan a adquirirse o aprendiéndola de otro o hallándola uno mismo?”—. Convino también en esto. “Así que”, continuó diciendo el muchacho, “cuando tú, Pródico, pides a los dioses para ti bienandanza y bienes, no les pides entonces sino que te hagan ser bello-y-bueno, ya que para los hombres bellos-y-buenos resultan ser buenas también las cosas; mas para los viles, malas. Si, pues, la virtud fuera enseñable, parecería no les pides sino que te enseñen lo que no sabes”. [398d] “Dije yo, pues, a Pródico que me parecía haberle pasado algo, y no insignificante, si en esto se hubiera equivocado: en pensar que todo lo que, para nosotros, pedimos a los dioses nos adviene sin más. Que, si cada vez que vas a la Ciudad, les pides a los dioses con empeño que te den bienes, no sabes, de cierto, si podrán darte lo que les estás entonces pidiendo, al modo que si llamas a la puerta de un gramático y le suplicaras te diera la ciencia gramatical sin hacer nada más que recibirla inmediatamente y poder hacer yo las obras de gramático”. [398e] Mientras esto decía yo. Pródico se enfrentaba al muchacho, como para defenderse y demostrarle lo mismo que tú acabas ahora mismo de hacer, irritado de dar la apariencia de haber rogado en vano a los dioses. Acercóse el gimnasiarca y le mandó salir del gimnasio por no estar hablando de cosas apropiadas a los jóvenes, y, si no eran apropiadas, eran, claramente, malignas. [399a] “Te referí precisamente esto para que vieres cuál es la disposición de los hombres hacia la filosofía; que mientras Pródico estaba diciendo eso; presente él, les parecía a éstos delirar él tanto tanto que se lo expulsó del gimnasio; mas tú, ahora, pareces haber hablado tan bien que no solamente has convencido a los presentes, sino haber hecho que tu adversario concordara contigo. Claramente es como en los juzgados: si por caso dos hombres dan testimonio de lo mismo, mas uno de ellos parece bello-y-bueno, pero malo el otro, por el testimonio del malo no se convencerán en nada los jueces; al revés: caso de hacer algo, harían lo contrario; pero, aunque el bello-y-bueno parezca afirmar lo mismo, parecerá que lo mismo es Mucho más verdadero. Pues, tal vez, a los presentes les haya pasado algo así respecto de ti y de Pródico; a éste lo han tenido por sofista y charlatán; a ti, por político, varón de gran valía. Además: piensan que no se ha de considerar el razonamiento mismo, sino, en los locutores, quiénes son”—. “No obstante, Sócrates”, añadió Erasístrato, “es como si lo dices por broma; me parece, bien claro, que Critias está diciendo algo de importancia”—. “¡Por Júpiter!”, repliqué, “de ninguna manera es broma. Pero ya que tan bien-y-bellamente habéis hablado de esto, ¿por qué no termináis lo que falta del razonamiento? Que me parece os falta algo por considerar; una vez, pues, que, al parecer, convinisteis en que el enriquecerse es para unos, algo bueno; para otros, algo malo; falta considerar qué es el enriquecerse mismo. Porque si, primero, no sabéis esto, tampoco podréis conveniros en si es bueno o malo. Presto estoy, en la medida de mis fuerzas, a considerarlo yo con vosotros. [399e] Explíquenos, pues, quien sostenga que el enriquecerse es bueno, en qué sentido, y en este caso, lo es”—. “Pero, Sócrates”, añadió, “no digo, sobre qué es enriquecerse, algo más que la mayoría de los hombres: que poseer muchos bienes, eso precisamente es el ser rico. Y además pienso que Critias no piensa sea el ser rico otra cosa, sino ésta”—, “Luego, aún”, añadí yo, “quedaría así por considerar qué son bienes, a fin de que, un poco más adelante, no apareciere, una vez más, que sobre esto diferís. Porque, sea el caso, los cartagineses se sirven de esta clase de moneda: dentro de una pequeña bolsa de cuero meten y cosen algo del grandor justo de una estatera; mas qué haya dentro de lo cosido nadie lo sabe sino los que lo hicieron; después, una vez sellado tiénenlo por moneda legal; y quien posea más de eso, paréceles poseer más bienes y ser el más rico. Pero, si entre nosotros, alguno poseyera mucho de eso, no sería más rico que si tuviera muchos guijarros de montaña. En Esparta hacen de moneda pesas de hierro, —inservibles, por cierto, para otra cosa; y quien posea gran peso de tal hierro, paréceles rico. Por lo demás, fuera posesión sin valor alguno. En Etiopía se sirven de piedras grabadas, con las que nada podría hacer varón espartano. Entre los escitas nómadas si alguien poseyera la casa de Politión, no pasaría por ser más rico que, entre nosotros, poseer el Licabeto. Está, pues, claro que tales cosas no son riqueza, porque si algunos las poseyeran no parecerían ser, por ello, en nada más ricos. Mas algunas de estas cosas son”, afirmó, “para algunos riqueza, y ricos sus poseedores; mas para otros no son ni bienes, ni más ricos por ello, al modo que no son bellas ni feas las mismas cosas para todos; sino diversas para diversos. Si, por cierto, quisiéramos considerar por qué, para los escitas, no son riqueza las cosas, mas sí para nosotros; por qué aquellas bolsas lo son para los cartagineses, pero no para nosotros; o para los espartanos es riqueza el hierro; mas no, para nosotros, ¿encontraríamos mejor por qué es así? Ejemplo: si alguien en Atenas poseyera de esas piedras del ágora, que de nada nos sirven, un peso equivalente a mil talentos, ¿hay cómo por eso se lo tuviera por más rico?”—. “A mí, no me lo parece'—. “Pero, y si poseyera esos mil talentos en piedra lignita, ¿afirmaríamos que es grandemente rico?—. “Absolutamente”—. “Precisamente”, añadió, “¿porque esto nos es útil; mas aquello, inútil?”—. “Sí”—, "Por esta causa, pues, - entre los escitas las casas no son riqueza, porque ninguna utilidad sacan de casa; ni hay varón escita que prefiera la más bella de las casas a abrigo de piel caprina; ésta le es útil; aquélla, inútil. Otro caso: la moneda cartaginesa no la tenemos por riqueza, porque no podríamos proporcionarnos con ella lo que necesitamos, cual con la plata; así que nos sería inútil”—, "Es verosímil”—. “Luego, todas las cosas que nos sean útiles, son, precisamente, riqueza, y las que inútiles no son riqueza precisamente"—. "¿Cómo, pues, Sócrates”, dijo Erixias, tomando la palabra, “nos servimos, entre nosotros, de dialogar, calumniar y de otras muchas cosas? ¿Serían ellas para nosotros riqueza?, que, por cierto, parecen sernos útiles. Una vez más, ni así nos resultó patente qué es riqueza. Que, por una parte, haya de ser algo útil, si ha de ser en efecto riqueza, todos convendrían en que es algo así; mas, ¿cuáles de entre las cosas útiles, ya que no todas son riqueza?”. [400e] “Veamos ya, si acometiéndolo una vez más y de esta manera, encontramos lo que buscamos: ¿qué es aquello que, en la riqueza, nos sirve?, ¿en vistas a qué se inventó la posesión de riqueza?, —cual las medicinas, para librarnos de las enfermedades. Tal vez se nos hará esto más claro así: Puesto que es evidentemente necesario el que todo lo que, efectivamente, sea riqueza, sea también útil; mas hay, dentro del género de lo Útil, lo que llamamos “riqueza”, quedaría por considerar para qué peculiar utilidad sirve el servirse de la riqueza. Porque tal vez sea útil todo lo que nos sirve para alguna obra, al modo que todo cuanto tiene alma es viviente; mas hay un género de viviente al que llamamos “hombre”. Si, pues, nos preguntara alguien: ¿eliminado qué obstáculo, ya no necesitaríamos de medicina ni de sus aparatos?, podríamos decir: si las enfermedades abandonan a los cuerpos, y ya no se engendraran de modo alguno en ellos y, en caso de engendrarse, desaparecieran inmediatamente. ls, pues, al parecer la medicina de entre las ciencias, la útil para esto: expulsar las enfermedades. Pero si, de nuevo, se nos preguntara: ¿de qué cosa, una vez expulsada, ya no necesitaríamos en nada de la riqueza? ¿Tendríamos qué responder? Si no, una vez más considerémoslo de esta manera: Bien; y si el hombre fuera capaz de vivir sin comidas ni bebidas, y no tuviera ni hambre ni sed, ¿necesitaría de esas cosas: plata u otras tales, para procurarse de aquéllas?—. "Me parece a mí que no”—, “Y según esto también respecto de lo demás. Si no necesitáramos para el cuidado del cuerpo de lo que ahora nos hace falta —a veces calor, a veces frío— o lo demás que exige el cuerpo cuando lo echa en falta, inútil nos resultaría lo que ahora se llama “riqueza”, en caso, por cierto, de que nadie necesitará en modo alguno de nada de para lo que, ahora, queremos tener riqueza: para subvenir a las apetencias y necesidades del cuerpo siempre que nos acucien. Luego si para esto precisamente es útil la posesión de riqueza: para cuidar del cuerpo en sus necesidades, si esto se nos quitare de por medio, ya no necesitaríamos de la riqueza; tal vez ni siquiera habría riqueza”—. "Es evidente—. “Nos Es, pues, evidente, al parecer, el que todas las cosas útiles para este menester son, precisamente, riqueza”—. Convino en que esas precisamente son riqueza, aunque este discursito lo perturbó, y mucho. “Y, ¿qué en cuanto a estotro?: ¿Afirmaríamos que la misma cosa, respecto de la misma obra, resulte a veces Útil, a veces inútil?”—. “Yo, por cierto, no lo afirmaría; mas si nos hiciera falta para la misma obra, me parece ser entonces útil; si no, no'—. “"Que si, sin fuego, fuéramos capaces de hacer una estatua de bronce, para nada, respecto de tal obra, necesitaríamos de fuego; y si de él no necesitamos, tampoco nos sería útil. Y el mismo razonamiento también respecto de lo demás”—. “Es evidente'—. “Luego, todo aquello sin lo cual se puede hacer algo, nada de ello nos sería evidentemente útil para esto”—. “Pues no”—. “Luego si nos pareciera evidente que, sin plata, oro y otras cosas tales de que nos servimos para el cuerpo —cual comidas, bebidas, vestidos, mantas y casas— fuésemos capaces de apaciguar las necesidades del cuerpo, tanto que ya no echarlas en falta, no nos serían útiles para ello plata, oro y otras tales, ya que, sin ellas, fuera posible alcanzarlos”—. “Pues no”—. “Luego tales cosas ya no nos parecerían evidentemente riqueza, pues en nada son útiles; mas serían riquezas aquéllas con las que pudiéramos procurarnos las útiles”—. “Sócrates, jamás podría persuadirme de que oro, plata y otras cosas tales no nos sean riqueza. Por cierto, estoy grandemente convencido de que lo inútil no nos es riqueza; y además de que la riqueza es de lo más útil; y, si no esto, nos es útil cual las cosas que realmente nos son útiles para la vida, ya que por la riqueza nos las proporcionamos”. [402d] “Pues bien: ¿qué diríamos a esto? ¿Hay hombres que enseñan música o gramática o cualquier otra ciencia, y, mediante ellas, y haciéndoselas pagar, se proporcionan lo necesario?”—. “Pues los hay”—. “Si, pues, así se proporcionan lo que para la vida necesitan, ¿eso mismo resultaría útil para la vida? Que también afirmamos ser la plata útil para esto, porque con ella podríamos proporcionarnos lo necesario para El cuerpo”—. “Así es”, asintió—. “Si, pues, las ciencias mismas son de lo útil para esto, evidentemente nos serán las Ciencias riqueza por la misma causa por la que nos lo son el oro y la plata. Pero está claro también que sus poseedores son más ricos, aunque, hace poco, aceptamos dificultosamente el razonamiento de que fueran ellos los más ricos. Mas, por lo ahora admitido, sería necesario concluir que, a veces, los mejores en ciencia son los más ricos. Porque si se nos preguntara: ¿Creemos que, para todo hombre, es útil un caballo?; ¿qué afirmaríamos?: ¿que para quienes sepan cómo hay que servirse de él les sería útil; mas no, a los que no sepan?”—Lo afirmaríamos”—. “Así que, según el mismo razonamiento”, añadió, “¿tampoco una medicina es útil para todo hombre, sino para aquel que, realmente sepa cómo ha de usarse?"—. “Lo afirmo”—. “Luego oro, plata y lo demás reputado por riqueza, sería útil únicamente a quienes, realmente, supieran de qué modo usarlos”—. “Así es”—. “Pues bien; ¿no pareció ser propio de hombre bello-y-bueno saber dónde y cómo se ha de usar de cada una de esas cosas?”—. "Lo afirmo”—, “Luego de entre los hombres a los bellos-y-buenos, y únicamente a ellos, les resultarían útiles, ya que ellos saben cómo usarlas. Mas si únicamente a ellos les son útiles, solamente para ellos serían, evidentemente, riqueza. Así parece que al insciente en equitación, mas poseedor de caballos, le resultan inútiles los que tuviere; pero si alguien hiciera de él un caballista, llegaría a hacerlo a la vez más rico, ya que hizo fuera útil para él lo que antes era, malmente, inútil, porque, al dar una ciencia al hombre, háceselo a la vez hasta rico”—. “Evidentemente”. [403c] “No obstante, me parece que aún juraría no haber quedado Critias convencido por ninguno de estos razonamientos”—. "No, por Júpiter!, porque”, replicó, “estaría loco si por ellos me convenciera. Pero, ¿por qué no terminaste aquel razonamiento: que lo que parece ser riqueza: oro, plata y demás, no lo es? Que escuchando esos razonamientos que tú estás ahora desarrollando, grandísima es mi admiración”—. “Me parece, Critias”, dije yo, “que te complaces escuchándome a mí, cual a las rapsodas que cantan los versos de Homero, que, te parece, ninguno de ellos es verdadero. No obstante, vamos!; ¿qué diríamos acerca de algo como esto?: ¿afirmarías que, de entre los hombres, precisamente para los arquitectos hay cosas que les son útiles al ponerse a construir una casa?”—. “Me lo parece a mí”—. “Afirmaríamos, pues, ser útiles esas cosas: piedras, ladrillos, madera y otras tales de que se sirven para edificar una casa. O también, los instrumentos con los que fabrican la casa, los proveedores de madera y de piedra y de los instrumentos para éstas”—, "A mí me parece”, respondí, “que todo esto es útil para aquéllo”—. “Pues bien”, añadí yo, “también respecto de las demás trabajos, ¿son útiles no sólo aquellas cosas que empleamos para cada clase de trabajo, sino lo que nos las proporcione y sin las cuales no se realizaría?”—. “Absolutamente así”—. “Pues, una vez más, éstas y, si las hay, las precedentes a éstas; una vez más, estotras, y las de más arriba que ellas, de modo que, resultando al fin una cierta multitud infinita, ¿todo esto parezca necesariamente útil para la realización de los trabajos?'—, "Nada impide”, contestó, “que esto sea así'—, “Pero, ¿qué?, y si el hombre dispusiera de comida, bebida, vestido y lo demás de que ha de servirse para el cuerpo, ¿necesitaría aún de oro, plata y de algo más que proporcione lo mismo de que ya dispone?”—. “Me parece a mí que no”—. “Si, pues, todo eso resultara evidentemente inútil para tales obras, ¿tendrían por qué, una vez más, parecieran útiles?, porque ya quedó establecido el que no es posible que las cosas, respecto de la misma obra, sean unas veces útiles; otras, inútiles—. "Pero así”, añadí yo, “este mismo razonamiento valdría para ti y para mí: que si, una vez, éstas resultan útiles para esto, ya no pasará jamás otra vez que resulten inútiles. Pero, ahora, afirmaría yo que algunas valen para realizar obras malas; pero otras, buenas'—. “Pues, ¿qué?: ¿es posible que algo malo sea útil para la realización de algo bueno?”—. “No me lo parece”—. “Pero, ¿afirmaríamos que es bueno lo que el hombre obra por virtud?"—. "Lo afirmo”—. “¿Sería capaz el hombre de aprender algo de lo que por la palabra se enseña si estuviera de todo en todo privado de ofr a otro?”—. “¡Por Júpiter!, a mi me parece que no—. “Así que, ¿el oír nos parecería ser una de las cosas útiles para la virtud, caso de ser enseñable la virtud mediante el oído y de él nos sirviéramos para el aprendizaje?”—. “Tal parece”—. “Pues bien: si la medicina es capaz de curar al enfermo, ¿no nos parecería que, a veces también, la medicina Es útil para la virtud, si la medicina nos proporciona el oír?"—. “No hay obstáculo alguno”—. “Pues bien: una vez más: si por la riqueza nos procuramos la medicina, ¿no nos parecería que aun la riqueza es útil para la virtud?—. “Y lo es”, —respondió. “Pues, de nuevo, parecidamente, ¿y respecto de aquello por lo que nos procuramos la riqueza?”—. “Pues de todo en todo, todo ello”—. “Pues bien: ¿no te parece que un hombre podría, mediante acciones malas y vergonzosas, proporcionarse plata por la que adquirir la ciencia médica, y por ella el poder oír, tras no ser de ello capaz, mas servirse de eso mismo o de algo tal cual para la virtud?”—. “Pues me lo parece absolutamente—. “Pues bien: ¿no resultaría, por cierto, lo malo útil para la virtud?”—. “Pues no"—. “Luego no es necesario el que aquello mediante lo cual nos procuramos lo útil para tal o tal cosa, sea eso mismo útil para ella; porque pareciera a veces que algo malo es útil para algo bueno”. [404e] "Pero, algo más para aclarar esto mismo: si es útil para tal o tal cosa aquello sin lo cual ella no se realizaría, a no ser que esto preexistiera, ¡bueno!, ¿qué afirmarías respecto de casos como éstos: puede ser la ignorancia útil para la ciencia, o la enfermedad para la salud o la maldad para la virtud?”—. * “No lo afirmaría yo"—. “Cierto admitiríamos que es imposible precisamente esto: que ciencia se engendre en quien primero no haya existido ignorancia; y salud, en quien enfermedad; ai virtud, en quien no maldad”. Afirmolo así, tal me pareció. *'Luego no parece necesario el que aquello sin lo cual una cosa no puede llegar a ser, sea también eso mismo útil para ella, porque pareciera que la ignorancia es útil para la ciencia, y la enfermedad para la salud y la maldad para la virtud”. Aun con todos estos razonamientos resultaba grandísimamente difícil de convencer de que todo eso no era riqueza, Caí, pues, en cuenta de que convencerlo de eso sería lo mismo, como dice el refrán, que «cocer una piedra». [405c] “Pues bien: continué diciendo, dejemos de lado estos razonamientos ya que no podemos concordar en si útil es lo mismo que riqueza. Mas, ¿qué diríamos de estotro?: ¿Tendremos por más bienaventurado y mejor al hombre que necesite de lo concerniente al cuerpo y a su régimen, cuanto más * mejor o cuanto menos y en menores cosas, mejor? Tal vez fuera lo mejor considerar esto de esta manera: comparar a hombre consigo mismo, y mirar cuál de estos estados es el mejor: el estar enfermo o el estar sano”—. “Pues esto, respondió, no necesita de gran consideración”—. “Tal vez, porque”, añadí yo, “resúltale fácil a todo hombre el reconocer que el estado de sano es más excelente que el de enfermo. Pero, ¿qué?: ¿cuándo nos hallamos necesitados de más cosas y de más clases?, ¿cuando estamos enfermos o cuando sanos?”—. “Cuando enfermos”—. “Luego cuando nos hallamos en más débil disposición, entonces es precisamente cuando son más y más fuertes las apetencias y exigencias del cuerpo en punto a deleites'"—. “Así es”—. “Según, pues, el mismo razonamiento, parecidamente uno mismo parece hallarse mejor precisamente cuando menos necesita de tales cosas; ¿y, parecidamente también, cuando sean dos, si uno de ellos se da el caso de estar en grande apetito y exigencia de muchas; mas otro, de pocas y tranquilamente?, en casos tales cuales los de jugadores, bebedores, glotones, pues todos estos casos no son otra cosa que apetencias'—. "Y grandes'—. “Mas las apetencias no son, todas ellas, sino necesidades de algo. Los hombres, pues, que de ellas más padezcan se hallan en un estado peor que los que nada o mínimamente las padezcan”—. "Por mi palabra”, afirmó, pues, en firme, “que los que en tal estado se hallen son unos desgraciados, y cuando más estén en él, otro tanto son más desgraciados”—. “¿No nos parece que algo no puede servirnos para algo sino en el caso de que necesitemos de aquello para esto?"—, “Lo afirmo"—. “¿Luego es necesario el que si algo nos ha de ser útil para el cuidado del cuerpo en sus necesidades, necesitemos a la vez de eso para esto? — "Me lo parece”—. “Luego cuanto más cosas tenga uno por útiles para algo, evidentemente el tal necesitaría de más cosas para ellas ya que necesariamente le hacen falta todas las útiles"”—. "“Me parece ser evidentemente así'—. “Luego, según este razonamiento, parece evidente el que quienes tengan mucha riqueza, necesitan también de muchas cosas imprescindibles para el cuidado del cuerpo, porque quedó ya en claro el que para esto es útil la riqueza. De modo que, por necesidad, los más ricos nos parecerían, evidentemente, estar siendo los más desgraciados, ya que están careciendo de la mayoría de las útiles”.