Eutidemo — Plato ================ ΕΥΘΥΔΗΜΟΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/euthy/ This file: https://plato-scroll.com/text/euthy-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/euthy.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/euthy-b.txt - W.R.M. Lamb (Loeb, 1924): https://plato-scroll.com/text/euthy-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/euthy-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/euthy-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [271a] Critón: Sócrates, ¿con quién estabas dialogando ayer en el Liceo?, que grande era la muchedumbre que te rodeaba, tanta que, queriéndote yo oír, ni aun acercándome pude oír claramente. Mas asomándome vi algo y me pareció que eta un extranjero con quien dialogabas. ¿Quién era? [271a] Sócrates: ¿De cuál preguntas, Critón?, porque no era uno, sino dos. [271b] Critón: Hablo del que estaba sentado el tercero a tu derecha. En medio de vosotros estaba el muchacho de Axíoco, que, por cierto, Sócrates, me pareció haber crecido extraordinariamente y no distinguirse gran cosa de nuestro Critóbulo, en cuanto a edad, sólo que éste es más flaco, mas aquél está espabilado y bueno y bello de ver. [271b] Sócrates: Preguntas, pues. Critón por Eutidemo; pero el sentado a mi izquierda era su hermano Dionisodoro, que también él comparte los razonamientos. [271b] Critón: A ninguno de los dos conozco, Sócrates; son, pues, al parecer sofistas nuevos. ¿De dónde?, y, ¿en qué son sabios? [271c] Sócrates: Por su origen y procedencia, creo, son de Quíos; mas emigraron a Turio, y, huyendo de allá, hace ya muchos años andan por estos lugares. En cuanto a la sabiduría por la que preguntas, maravillosa es la suya, Critón. Sencillamente, los dos son sabios en todo. Hasta ahora no sabía lo que eran pancraciastas. Pues estos dos son cabalmente omniluchadores, mas no al estilo de los dos hermanos pancraciastas de Acarnania; que éstos sólo eran capaces de luchar con el cuerpo; empero, esos dos son, primero, grandísimamen- «μὲν γὰρ τῷ σώματι μόνον οἵω τε μάχεσθαι, τούτω δὲ πρῶτον μὲν τῷ σώματι δεινοτάτω ἐστὸν [καὶ μάχῃ, ᾗ πάντων ἔστι κρατεῖν] ἐν ὅπλοις γὰρ αὐτώ τε σοφὼ πάνυ μάχεσθαι καὶ» (Burnet, 271d) [272b] Critón: ¿Cómo así, Sócrates?, ¿no temes que, por tu edad, resultes ya demasiado viejo? [272b] Sócrates: De ninguna manera, Critón; tengo suficientes pruebas y seguridades para no temer, porque estos mismos eran, por decirlo así, viejos, cuando comenzaron con tal sabiduría: la disputadora, que aun yo anhelo. El año pasado o antepasado no eran aún sabios. Lo único que temo es que no atraiga sobre estos dos extranjeros el mismo reproche ue sobre Conno, hijo de Metrobio, el citarista, quien hasta ahora me está enseñando a tocar cítara; pues, viéndome los muchachos, condiscípulos míos, se me ríen, y llaman a Conno “maestro de vejestorios”. Que no se reproche lo mismo a los dos extranjeros, pues, temerosos tal vez de esto mismo, pudiera ser que no me quisieran admitir. Mas yo, Critón, en otros casos he persuadido a otros viejos de que vengan conmigo a tomar lecciones; mas ahora trataré de persuadirlo a otros. Y, ¿por qué no vienes tú conmigo a tomarlas?, que, cual cebo, les llevaremos tus hijos; porque, atraídos por ellos, sÉ que aun a nosotros nos instruirán. [272d] Critón: No hay nada en contra, Sócrates, si te lo parece. Pero, ante todo, explícame en qué consiste la sabiduría de estos varones, para que así sepa lo que voy a aprender. [272d] Sócrates: Apresúrate a oírlo; no podría decir que no haya puesto atención en ellos, que la puse, y grande, y grandemente me recuerdo; así que trataré de explicarte todo desde su principio. Por Suerte divina, estaba sentado donde tú me vistes, yo solo en el desvestidero, y ya me disponía a levantarme e irme; mas, al levantarme, me sobrevino la acostumbrada señal: la daimoníaca. De nuevo, pues, me senté, y poco después entraron éstos: Eutidemo y Dionisodoro; y con ellos otros muchos que me parecieron discípulos. Entrados los dos, se fueron a pasear a la galería cubierta. Apenas le habían dado dos o tres vueltas, cuando llegó Clinias de quien tú dices haber progresado mucho, y dices verdad; tras Él, gran número de enamorados, muchos otros, y Ctesipo —joven de Peanea— grandemente bello y de buen natural —fuera de una cierta petulancia juvenil. Viendo, pues, Clinias, desde la entrada, que estaba yo sentado y solo, vino directamente y se sentó a mi derecha, como tú dices. Mas viéndole Dionisodoro y Eutidemo, comenzaron por dialogar, parados entre sí, mirándonos de cuando en cuando, que yo tenía puesta en ellos gran atención. Después se fueron, el uno —Eutidemo— a sentarse junto al mancebo, el otro, a mi lado, a la izquierda. Mas los restantes, cada uno como pudo. Saludé, pues, a los dos, que no los veía desde tiempo; después de lo cual dije a Clinias: «Este par de varones: Eutidemo y Dionisodoro, son sabios no en cosas pequeñas, sino en grandes, pues saben todo lo concerniente a guerra; las cosas necesarias a quien haya de ser general —las tácticas y las estrategias de los ejércitos— y cuantas haya que enseñar en luchas armadas; y además son capaces de hacer que pueda uno por sí mismo defenderse en los juzgados, si es que alguien lo perjudicó». [273d] Por haber dicho esto, me despreciaron los dos, y mirándose mutuamente se me rieron; mas Eutidemo dijo: «Ya no nos interesamos en esto, Sócrates, sino accesoriamente», — Mas yo, admirado, añadí: «Bello ha de ser vuestro negocio si aquellos otros, siendo tan grandes, os han resultado accesorios. Decidme, por los dioses!, ¿cuál es ese tan bello negocio? —La virtud, Sócrates, dijo; que creemos ser capaces de proporcionarla a los hombres de bellísima y brevísima manera. —¡Oh Júpiter!, repliqué yo; qué gran negocio el de que habláis! ¿De dónde habéis sacado tal tesoro? Que, como acabo de decir, creía aún que vosotros erais sobre todo peritos en luchas armadas, y tal dije de vosotros; porque, cuando emigrasteis acá, recuerdo que vosotros mismos así lo declarabais. Mas si ahora, en verdad, poseéis tal ciencia, sed benévolos; porque, sencillamente, cual si fuerais un par de dioses os hablaré pidiéndoos benévola comprensión para mis anteriores dichos. Mas ved. Eutidemo y Dionisodoro, de decir verdad, que nada tiene de sorprendente el que se desconfíe ante la magnitud de lo prometido. —Pues sábete bien, Sócrates, respondieron, que así es en realidad. —Felicítoos yo de tal posesión, más que lo hiciera al Gran Rey por su imperio. Mas decidme si tenéis en mientes hacer exhibición de esta sabiduría, o ¿qué pretendéis hacer ambos? —Por cierto que para esto precisamente estamos aquí, Sócrates; para exhibirla y enseñarla a quien quiera aprenderla. —Os salgo garante de que lo querrán todos los que no la poseen, y yo, el primero, después Clinias aquí presente; además de nosotros. Ctesipo y estos otros, añadí yo señalándole a los enamorados de Clinias», que en este momento nos rodeaban. Porque dio la casualidad de que Ctesipo estaba sentado lejos de Clinias, tal me pareció; mas cuando, por suerte. Eutidemo se inclinó hacia adelante para dialogar conmigo ocultó a Ctesipo la vista de Clinias, quien estaba entre nosotros. Queriendo, pues. Ctesipo contemplar a su doncel y a la vez ansioso de escuchar, adelantándose se paró frente a nosotros. Viéndole, pues, así, se pararon a nuestro derredor los demás: los enamorados de Clinias y los compañeros de Eutidemo y de Dionisodoro. Señalándolos yo a Eutidemo, le dije: todos están listos para aprender. Asintió a ello de buena gana Ctesipo, y los demás; y a la una pidieron todos a ambos que exhibieran el poder de tal sabiduría. [274d] Añadí, por mi parte, yo: «Eutidemo y Dionisodoro, de una manera u otra tanto para éstos como por amor a mí hacednos el favor de tal exhibición. Es claro que, respecto de lo principal, no será pequeño trabajo tal exhibición. Mas decidme esto: ¿podéis hacer virtuoso tan sólo al varón que esté ya convencido de que ha de aprender de vosotros a serlo, o — también a aquel que no esté aún convencido de ello por no creer en manera alguna que esa obra: la virtud sea aprendible o que vosotros dos seáis maestros de ella? Pues bien: ¿a quien así se siente podéis persuadirle de que es obra de tal arte, tanto el convencerle de que la virtud es enseñable como de que vosotros precisamente sois de quienes se aprendería mejor, o lo sería de otra? —Lo es, ciertamente, de esta misma, Sócrates, respondió Dionisodoro. —Entonces, ¿vosotros, repliqué yo, Dionisodoro, serías de — entre los hombres actuales, los que de más bella manera exhortaríais a filosofar y a practicar la virtud? —Así lo creemos, por cierto, Sócrates. —Dejad, pues, para otra vez la exhibición de toda, menos la de esto: persuadid a este joven de que es necesario filosofar y practicar la virtud, y así nos haréis un favor a mí y a todos estos. Porque, respecto de este muchacho, pasa el que yo y todos los presentes estamos. deseosos de que se haga lo mejor posible. Que es, por cierto, hijo de Axíoco, hijo de Alcibíades el viejo; y es, a su vez, él mismo primo del Alcibíades actual; su nombre propio es Clinias. Es joven, y tememos por él, cual lo temeríamos por un joven: que no se nos adelante otro y tuerza su mente a otra empresa, y lo corrompa; llegasteis, pues, vosotros dos en el mejor momento. Si no tenéis inconveniente, poned a prueba el muchacho y dialogad en nuestra presencia». [275b] En habiendo hablado yo, más o menos lo dicho. Eutidemo replicó, a la vez varonil y decididamente: «no tenemos inconveniente alguno, con tal de que el joven quiera responder. —Por cierto, replique yo, que está acostumbrado a esto, porque los aquí presentes le preguntan insistentemente sobre muchas cosas y dialogan con él, de manera que, sencillamente, es atrevido en responder». [275c] Lo que pasó a continuación, Critón, ¿cómo te lo referiría bellamente?, porque no es pequeña tarea poder repasar, detenidamente, una sabiduría tan descomunal, de modo que yo, cual los poetas, he de comenzar tal repaso invocando a las Musas y a Memoria, Comenzó, pues, creo. Eutidemo más o menos así: «¡Oh Clinias!, de entre los hombres, ¿quiénes son los aprendientes: los sabios o los ignorantes?». [275d] Ante la magnitud de la pregunta, el muchacho se ruborizó y, desconcertado, me miró. Mas yo, advirtiendo su turbación, le dije: «Anímate, Clinias, y responde valientemente lo que te parezca, que te será, tal vez, de grandísimo provecho». [275e] En esto, inclinándose Dionisodoro un poco, y sonriéndose mucho, me dijo al oído: «por cierto, Sócrates, te anticipo que, responda el muchacho lo que respondiere, quedará refutado». [275e] Mientras decía él esto, ya estaba Clinias respondiendo, de manera que no pude advertir al muchacho de que se cuidara; sino que respondió: «los sabios son los aprendientes». [276a] Y entonces Eutidemo le preguntó: «¿Llamas “maestro” a algunas personas? ¿O no?». [276a] Lo admitió. —«Así, pues, ¿los maestros de los aprendientes son maestros de igual manera a como el maestro de cítara y el de escritura fueron maestros tuyos y de los demás muchachos, pero vosotros erais aprendientes? [276a] Asintió. —Pero mientras aprendíais, ¿no sabíais aún las cosas que aprendíais? —No, respondió. —Erais, pues, sabios cuando no las sabíais? —No por cierto, respondió. —Sí, pues, no erais sabios, ¿erais ignorantes? —Absolutamente. —Así que, aprendiendo vosotros lo que no sabíais, ¿aprendíais siendo ignorantes? [276b] Asintió el muchacho. —Así que los ignorantes aprenden, Clinias, y no los sabios, como tú crees». [276c] Habiendo dicho lo cual, los secuaces de Dionisodoro y Eutidemo se alborotaron y rieron a la una, cual coro a la señal del director; y antes de que bien y bellamente recobrara el muchacho aliento, intervino Dionisodoro diciendo: «cuando, Clinias, vuestro maestro de escritura dictaba, ¿quiénes, de entre los muchachos, aprendían lo dictado: los sabios o los ignorantes? —Los sabios, respondió Clinias. —Ssí que los sabios aprenden; mas no, los ignorantes; y así no respondiste bien a Eutidemo». [276d] Entonces los enamorados de ambos varones se rieron y alborotaron grandemente, admirados de su sabiduría. Mas nosotros, desconcertados, callamos. Viéndonos desconcertados Eutidemo, a fin de que le admirásemos más, no soltó al muchacho sino le repreguntó, y cual los buenos bailarines dío doble vuelta sobre el mismo punto a las preguntas, y dijo: «¿los aprendientes, pues, aprenden lo que saben o lo que no saben?». [276d] Y de nuevo cuchicheando Dionisodoro me dijo: «También, Sócrates, esta pregunta es como la anterior, —¡Por Júpiter!, repliqué yo, que la anterior resultó claramente respuesta bella para vosotros. —Todas estas preguntas, Sócrates, dijo, las hacemos de modo que no admiten escape, —Por lo cual, añadí yo, parece alcanzáis gran fama ante los discípulos». [276e] Mientras tanto. Clinias respondía a Eutidemo que los — aprendientes aprendían lo que no sabían. Mas éste le preguntó de la misma manera que anteriormente; «¿pues qué?, dijo, ¿no conoces tú las letras? —Sí, respondió. —¿Así que todas?». Lo admitió. —«Cuando, pues, alguien dicta algo, ¿no dicta letras?». Lo admitió. —«¿Así que dicta, añadió, algo de lo que tú conoces, ya que conoces todas?». También admitió esto. [277a] Pues bien, añadió: «¿así que tú aprendes lo que se te dicta, de modo que un ignorante de letras aprende?». —No lo soy, respondió; mas aprendo. —Así que, replicó aquél, «aprendes lo que ya conoces, puesto que conoces las letras». Lo admitió: —«Luego, replicó, no respondiste correctamente». [277b] Casi casi no se había acabado de dar esta respuesta a Eutidemo, cuando Dionisodoro tomó en sus manos, cual si fuera un balón, el argumento, y una vez más lo dirigió contra el muchacho diciendo: «Clinias, te está engañando Eutidemo; porque dime: aprender, ¿no es adquirir ciencia de lo que se aprende?». [277b] Lo admitió Clinias, —«Mas saber, añadió aquél, ¿qué otra Cosa Es sino tener ya ciencia?». Asintió. —«¿Así que no saber es no tener aún ciencia?». Se lo concedió. —«Mas los que adquieren algo, ¿son los que ya lo tenían o los que no? [277b] LA —Los que no lo tengan. ¿Has admitido, pues, que la clase de éstos y los no sabias son de la de los que no tienen?». Indicó que sí. —«Así que los aprendices pertenecen a la clase de los que adquieren, y no a la de los que tienen». Concedió. —«Luego los no sabios, replicó, aprenden, Clinias; y no los ya sabios». [277d] Tendiéndole por tercera vez algo así como zancadilla. Eutidemo apretó al jovencito; mas conociendo yo que lo hundiría, y queriéndole dar respiro, para que no se nos atemorizara lo animé diciendo: «Clinias, no te extrañe el que los razonamientos te parezcan desacostumbrados; porque tal vez no adviertes qué es lo que están haciendo contigo estos dos extranjeros. Que están haciendo lo mismo que, en las iniciaciones, los coribantes cuando entronizan a quien van a iniciar. Que hay entonces danza y juegos infantiles —lo sabes si has sido iniciado. Así ahora no hacen éstos sino danzar en coro y cual bailar por juego a tu derredor, y después de ello iniciarte. Piensa, pues, que estás oyendo ahora los primeros de los misterios sagrados sofisticales. Porque, como dice Pródico, el primero a aprender es sobre la justedad de los nombres, que es por cierto lo que te están mostrando estos dos extranjeros: que no sabes que se aplica el nombre de “aprender” precisamente en caso de que alguien, no teniendo al comienzo conocimiento alguno acerca de una materia, más adelante llegue a adquirirla. Mas dan ese mismo nombre cuando, teniendo ya conocimiento, reflexiona, mediante tal conocimiento, qué se ha de hacer o decir respecto de esa misma materia. Llaman a esto “comprender”, más bien que “aprender”, aunque a veces llámanlo también “aprender”. Como éstos lo están mostrando, se te olvidó que hay quienes aplican este mismo nombre a casos contrarios: al que sabe y al que no. Caso próximo a éste es el de la segunda pregunta, en que te preguntaban si se aprende lo que se sabe o lo que no. Todo esto son, por cierto, juegos de niños en punto a aprendizaje; y por ello te digo que éstos juegan contigo. Y llámolos “juegos infantiles” porque, aun aprendiendo muchos o todos ellos, no por eso se sabría mejor cómo son en realidad las cosas, aunque se sería capaz de embromar a las gentes, tendiéndoles, mediante la ambigüedad de los nombres, zancadillas, y haciéndolos caer, del modo de los que se divierten y ríen, retirando el banquillo de los que están a punto de — sentarse, cuando ven a alguien caer de espaldas. Toma, pues, todo aquello cual broma de parte de estos dos. Mas es evidente que, a continuación, los dos te darán una exhibición en serio, y yo los conduciré de manera que cumplan lo que me prometieron, porque me aseguraron que harían exhibición de sabiduría exhortatoria. Mas ahora, me parece, creyeron deber comenzar por divertirse a costa tuya. Así que. Eutidemo y Dionisodoro, cesad de tal juego; ya es suficiente. Exhibid a continuación cómo exhortáis al muchacho respecto de la necesidad de practicar sabiduría y virtud; aunque, primero, yo os mostraré cómo lo concibo y de qué modo lo deseo oír. Si, pues, os pareciere que lo trato de manera común y ridícula no os burléis de mí, ya que, por mi impaciencia de escuchar vuestra sabiduría, me atreveré a improvisar ante vosotros. Reprimid, pues, vuestra risa, mientras vosotros y vuestros discípulos de oís». Mas tú, hijo de Axíoco, respóndeme: —«¿Todos los hombres queremos pasarlo bien? ¿O no será ésta una de las preguntas que estábamos temiendo fueran el colmo de la ridiculez?, porque es una insensatez el mero preguntar tales cosas. Porque, ¿quién no quiere pasarla bien? —No hay quien no lo quiera, respondió Clinias. —Sea así, añadí yo; además, si queremos pasarla bien, ¿cómo lo haríamos? ¿Tal vez si tuviéramos muchos bienes? ¿O es ésta una pregunta más estúpida que aquélla?, porque evidentemente lo es». Convino en ello. —«Pues bien: ¿qué cosas reales da además la Suerte de sernos buenas? ¿O no es dificultoso ni parece tan solo empresa para varón extraordinariamente augusto el hallarlas? Porque un cualquiera nos diría que es bueno el enriquecerse. ¿No es así? —Enteramente, respondió. —Y, ¿que así lo es el estar sano y ser bello y estar suficientemente provisto de todo lo conveniente al cuerpo?». Asintió. «¿No es evidente que son cosas buenas noble nacimiento, talentos y honras en la propia tierra?», Asintió. —Pues bien, dije; ¿omitimos aún algunos bienes? ¿Pues qué son el ser morigerado, justo y valiente? ¡Por Júpiter!, Clinias, piensas que si afirmamos ser buenas todas estas cosas, lo afirmaremos correctamente, ¿o que no? Porque tal vez alguien nos lo pondría en duda. Mas, ¿qué te parece? —Que son buenas, respondió Clinias. —Sea así, añadí yo. Mas, ¿en qué coro colocaremos a la sabiduría? ¿En el de bienes? ¿O cómo dirías? —Entre los bienes, —Pon mientes, pues, en que no se nos pase algún bien, digno de ser así llamado. [279c] —Me parece que no se nos pasa ninguno, respondió Clinias». [279c] Recordándome de algo le dije: «¡Por Júpiter!, que me parece estamos en peligro de omitir el máximo de los bienes. [279c] —¿Cuál es?, preguntó. —La buena Suerte, Clinias, de la que todos, aun los muy simples, afirman ser el máximo de los bienes. —Dices verdad, respondió». [279d] Mas yo, reconsiderándolo, añadí: «por poco hacemos el gran ridículo tú y yo, hijo de Axíoco, ante los extranjeros. [279d] —¿Cómo así?, preguntó. —Porque hemos estado tratando de la buena Suerte en todo lo anterior, y ahora una vez más hablamos de lo mismo. —Pues, ¿y qué? —Que es, por cierto. El colmo de la ridiculez lo desde siempre presente presentarlo una vez más y decir dos veces lo mismo. —¿A qué te refieres?, preguntó. —Por cierto, a que la sabiduría, repliqué yo, es “la buena Suerte”, lo que hasta un niño sabría». [279d] Y Clinias se sorprendió de ello; tan joven y simple es aún! Mas yo, conociendo su sorpresa le dije: «¿no sabes que, al tocar bien las piezas de flauta, los flautistas sienten estar de gran Suerte?». [279e] Asintió. —¿Y que asimismo, añadí yo, acerca de escritura y lectura se sienten los maestros de letras? —Ciertamente. —¿Y qué?: ¿respecto de los peligros del mar, no crees que hay quienes se sientan de mayor Suerte que los pilotos sabios —sea dicho en general? —No por cierto, —Pues bien: en campaña, ¿con quién te sería más agradable correr peligros y suerte?, ¿con un general sabio o con un ignorante? —Con un sabio. —Pues, y en caso de enfermar, ¿con quién te aventurarías gustosamente: con un médico sabio o con uno ignorante? —Con uno sabio. —¿Es, pues, así, añadí yo, porque tendrás mejor Suerte en que, de tratarte, te trate un sabio que un ignorante?». Asintió. —«Así que la sabiduría trae siempre la buena Suerte a los hombres, ya que la sabiduría no yerra jamás, sino que necesariamente obra correctamente y tiene éxito; porque, si no es así, no fuera sabiduría». Terminamos por convenir, no sé cómo, en que, en lo capital, pasa así: presente la sabiduría, para nada necesita, quien la tenga, de buena suerte. Mas, en habiéndonos convenido en esto, le pregunté en qué quedaba lo anteriormente convenido entre nosotros. «Porque, dije, convenimos en que, en caso de poseer muchos bienes, éramos bienaventurados y obrábamos bien». Asintió. —«¿Así que seríamos bienaventurados a causa de los bienes presentes, aun si en nada nos aprovecharan, o si nas aprovechan? —Si nos aprovechan, respondió, —Pero, ¿qué nos aprovecharían, si tan solo los poseyéramos, mas no nos sirviéramos de ellos?, cual si tuviéramos muchos alimentos, pero no los comiéramos; o bebidas, mas no las bebiéramos; ¿de qué nos aprovecharían? —De nada, por cierto, dijo, —¿Y qué si todos los artesanos tuvieran disponible todo lo conveniente al trabajo de cada uno, mas no lo usaran?; ¿les iría bien por tal posesión, y por ser ellos los poseedores de todo lo que ha de poseer un artesano? Por ejemplo: si el carpintero tuviese a su disposición todos los instrumentos, y suficiente madera, ¿sacaría algún provecho de tal posesión? —En manera alguna, respondió. —¿Y qué si alguien poseyera riqueza, y todos los demás bienes mencionados, mas no usara de ellos, sería bienaventurado por la posesión de tales bienes? —No por cierto, Sócrates. —Parece, pues, dije, que quien haya de ser bienaventurado no sólo ha de poseer tales bienes, sino servirse de ellos. —Dices verdad. —¿Así que, Clinias, para hacer que uno sea bienaventurado resulta ya suficiente poseer los bienes y usarlos? —Me lo parece. —Pero añadí: ¿tanto que se los use correctamente como que no? —Si correctamente. —Bellamente dicho, añadí yo; pues pienso que usar incorrectamente de algo es peor que dejarlo tal cual. ¿No lo diremos así?». [280e] Asintió. —«¿Y qué?: en el trabajo y uso de la madera, ¿hay algo, a excepción de la ciencia carpinterial, que produzca tal uso correcto? —No, por cierto, respondió. —Además: en la ala- — boración de muebles, ¿es la ciencia la que produce lo correcto?». [281a] Convino en ello. —«Así, pues, añadí yo, también acerca del uso de los bienes que primero mencionamos: riqueza, salud y belleza, ¿el usar LA de ellos correctamente sería todo una ciencia: la que dirigiría y rectificaría la práctica, u otra cosa? —la ciencia, respondió. —Así que, respecto de toda posesión y práctica, es la ciencia la que aporta no solamente la buena suerte, sino hasta la beneficencia». Asintió, —«¿Qué se saca, pues, por Júpiter!, añadí yo, de cualquiera otra posesión, sin sensatez y sabiduría? ¿Aprovecharía al hombre poseer mucho y hacer muchas cosas, mas sin entendimiento?; ¿o más bien, pocas, con entendimiento? Míralo así: haciendo pocas, erraría tal vez menos; mas errando menos, haría menos males; pero haciendo menos males, ¿no sería menos desgraciado? —Ciertamente, contestó. —¿Cuándo haría menos cosas, siendo pobre o rico? —Pobre, dijo. —¿O siendo débil o fuerte? —Débil. —¿O siendo de alta o baja posición? —De baja. —¿Quién obraría menos: el valiente y prudente, o el cobarde? —El Cobarde. —También así, ¿más bien el ocioso que el activo?». Asintió. —«¿Y más bien el lento que el veloz, el romo de vista y oído que el fino?». [281d] Convinimos en todo esto. —«En resumen, añadí, Clinias, respecto de todas las cosas que comenzamos por llamar “buenas”, parece como si no tratásemos del modo como de natural resultaron buenas, sino de estotro: si la ignorancia hace de guía, las buenas resultan peores que sus contrarios, tanto más cuanto más eficazmente se someten al mal guía. Mas, si las guían sensatez y sabiduría, resultan mejores. —Parece evidente, respondió, que es así tal como lo dices. —¿Qué sacamos, pues, de lo dicho? ¿Que ninguna de las demás cosas es ni buena ni mala; pero que, de éstas dos; la sabiduría es un bien; y la ignorancia, un mal?». Convino en ello. —«Consideremos, dije, el resto; puesto que nos empeñamos en ser bienaventurados, mas resultó claro que llegaríamos a serlo usando y usando correctamente de las cosas; pero, por otra parte, ya que es la ciencia la que aporta corrección y buena suerte, es necesario, al parecer, que, de todas maneras, todos¡procuren ser precisamente lo más sabios posible. ¿O no es así? —sí, respondió. —Y que, por cierto, hase de tener en mucho más recibir esto cual herencia paterna que dineros; y a guardianes, amigos, y a otros, y aun a esos que se llaman “enamorados”, a — extranjeros y conciudadanos, pedir y suplicar compartan sabiduría, no tiene, Clinias, nada de vergonzoso; ni es, por causa de esto, reprochable someterse y servir, tanto al enamorado como a cualquier hombre, voluntariamente, en cualquier bello servicio por empeñarse en hacerse sabio. ¿No te parece así?, dije yo, —Me parece absolutamente bien dicho, replicó. —Así es, Clinias, añadí, si la sabiduría es enseñable; y no, más bien, se engendra automáticamente en los hombres; porque este punto queda por considerar y sobre él aún no nos hemos convenido yo y tú. —Mas a mí, Sócrates, me parece que es enseñable, dijo». [282c] Y conmovido, dije: «¡Bellamente hablas, óptimo entre varones y bien hiciste en apartarme de una larga consideración de este punto: de si es o no enseñable la sabiduría! Ahora bien: puesto que te parece enseñable y que es la única cosa que, a tu parecer, hace al hombre feliz y bienaventurado, ¿qué otra cosa dirías sino que es necesario filosofar y que tienes pensado hacerlo? —Absolutamente, Sócrates, y cuanto más mejor, respondió». [282d] Y yo, complacido al oír esto, añadí; «tal es. Dionisodoro y Eutidemo, el paradigma de lo que yo anhelaría fueran los discursos exhortatorios; de forma ““común y corriente”, y, tal vez, pesada y larga, como el mío. Pues bien: cualquiera de vosotros dos, si así lo quiere, háganos una exhibición de ello según arte. Mas, si no lo quisiéreis, continuad haciendo para el muchacho la exhibición, desde donde yo la dejé: ¿es necesario que posea él toda ciencia, o bien hay una especial que conseguir, si ha de ser varón feliz y a la vez bueno; y — cuál es ella? Porque, como dije al comenzar, mucho os va realmente a vosotros en que este jovencito llegue a ser sabio, además de bueno». [282e] Tales fueron mis palabras, Critón; y puse gran atención a lo que iba a venir después, observando de qué manera retomarían el discurso y cuál sería el punto de partida de su 4 exhortación a que el muchacho se ejercitara en sabiduría y virtud. [283a] Pues bien: el de mayor edad de los dos: Dionisodoro, fue el primero en comenzar el discurso; todos nosotros teníamos la mirada fija en él cual si fuéramos, inmediatamente, a escuchar grandemente admirables palabras. Lo que así nos pasó; porque, Critón, maravilloso fue el discurso que nos hizo tal varón; valía la pena de oírlo como discurso exhortatorio a la virtud. —«Dime, Sócrates, añadió, y vosotros cuantos afirmáis desear que este jovencito llegue a ser sabio, ¿lo decís por juego o en verdad lo deseáis y tomáis en serio?». [283b] Y caí en cuenta de que creyeron al principio que lo tomábamos en juego, al exigirles que los dos dialogasen con el jovencito; y por esto lo tomaron ellos así, y no en serio. Cayendo, pues, en cuenta de esto insistí en que lo tomaríamos con seriedad de admirar. [283c] Y Dionisodoro dijo: «Mira, Sócrates, nada de desdecirse de lo dicho, —Lo miro, respondí yo; que no me desdiré por nada. —Pues bien, dijo: ¿afirmáis querer que se haga sabio? —Absolutamente. —Ahora bien; replicó; ¿Clinias es, en este momento, sabio o no? —Afirma que aún no; y no es pretencioso. —Pero vosotros, dijo, ¿queréis se haga sabio, y no ignorante?». —Convinimos en ello. —«Así, pues, queréis que se haga lo que no es; mas que ya no sea el que es». [283d] Oyendo lo cual me turbé; mas él, aprovechándose de mi turbación, añadió: «puesto que queréis que ya no sea el que es, ¿no estáis queriendo, al parecer, matarlo? ¡Qué amigos y — enamorados tan dignos, que harían cualquier cosa para que su querido estuviera ya muerto!». [283e] Oyendo lo cual Ctesipo, lo llevó a mal, por causa de su querido, y dijo: «Extranjero turio, si no fuera una salvajada decirlo, te diría “¡en tu propia cara!” lo que, aprendiéndolo tú de mi boca y de los demás, desmiente el que yo intente tal hecho: que el querido esté ya muerto, —decir lo cual, ni siquiera me parece piadoso. I —¿Pues qué?, Ctesipo, añadió Eutidemo: ¿piensas que es posible mentir? —¡Por Júpiter!, replicó; a no ser que esté yo loco. —¿Hablando de lo que se trata, dijo, o no hablando de ello? —Hablando, respondió. —Mas si habla de algo, — ¿no está hablando de otra cosa alguna sino de lo que habla? —¿Cómo, si no?, replicó Ctesipo. —Aquello de que habla, ¿no es una cosa especial, distinta de las demás? —Enteramente así. —Así que, hablando de ella, añadió, ¿habla de lo que está siendo? —Sí. —Mas, por cierto, por decir lo que una cosa, y las cosas, están siendo dice verdad; de modo que, si Dionisodoro habla de lo que las cosas están siendo, dice verdad y en nada miente sobre ti. —Sí, respondió, —Mas, Eutidemo, al decir lo que dijo, añadió Ctesipo, no dice Dionisodoro, lo que las cosas están siendo. —A lo que Eutidemo replicó: mas, que algo no esté siendo, ¿qué otra cosa es sino que no existe? —Que no existe. —¿Así que, en modo alguno, lo que no está siendo está siendo? —En modo alguno. —¿Hay, pues, manera de que se haga algo con tales cosas: las que no están siendo, de modo que se hiciera existir aun a lo que en ninguna parte está siendo? —No me lo parece, respondió Ctesipo. —Pues bien: cuando los oradores hablan ante el pueblo, ¿no hacen nada? —Cierto que algo hacen, respondió. —¿Si, pues, hacen algo, producen también? —Sí. —Hablar, ¿no es hacer y producir?». [284c] Convino en ello. —«Así que, replicó, nadie habla de lo que no es, porque produciría algo; mas tu conviniste en que lo que no está siendo no puede ni existir ni producir. De manera que, según tu razonamiento, nadie habla en falso; si, pues. Dionisodoro habla la verdad, dice lo que las cosas están siendo. —Así es, por Júpiter!, Eutidemo, respondió Ctesipo; sin embargo habla de alguna manera de lo que las cosas están siendo, mas no por cierto de cómo se han, —¿Cómo dices?, Ctesipo, añadió Dionisodoro; ¿hay, pues, quienes hablan de la manera como se han las cosas? —Lo hay. [284d] , respondió; los bellos-y-además-buenos, y los que dicen la verdad. -—¿Y qué?, replicó: las cosas buenas, ¿no se han bien, y las malas mal?, —dijo». [284d] Lo admitió. —«¿Admites el que los bellos-y-además buenos dicen cómo se han las cosas? —Lo admito. —¿Hablan, pues, mal, Ctesipo, añadió, los buenos de los malos, si es que hablan de cómo ellos se han? —Sí, por Júpiter!, replicó, y hablan muy mal de los hombres malos; de los que, tú, si me haces caso, te cuidarás para que los — buenos no hablen mal de ti; que bien sabes que los buenos hablan mal de los malos. —Y además, añadió Eutidemo, ¿hablan grandiosamente de los grandes, y calurosamente de los calientes? —Por cierto que así es, añadió Ctesipo; y hablan y dicen que dialogan fríamente con los fríos. —Me insultas, Ctesipo, me insultas, replicó Dionisodoro. —No, por Júpiter!, y por mi palabra, pues te amo y te amonesto como a compañero, y trato de persuadirte de que, en mi presencia, no digas nada de tan rudo como que “querría hubiesen muerto ya los que más aprecio"». [284e] Cuando, pues, me pareció que se trataban entre sí cada vez más rudamente, dije bromeando a Ctesipo: «Ctesipo, es preciso, me parece, que aceptemos lo que nos dicen los extranjeros, si es que quieren dárnoslo, y no disputar sobre un hombre. Pues si saben cómo deshacer a los hombres de manera que de malos e insensatos los hagan buenos y sensatos; y esto, tanto que ellos mismos lo hayan descubierto o que hayan aprendido de otro tal clase de destrucción y destrozo, de manera que, deshaciendo a quien estaba siendo malo, lo — rehagan y aparezca bueno, si de esto saben —es claro que lo saben, pues afirmaron que su arte, recientemente descubierta, consistía en hacer a los hombres de malos buenos— admitiremos tal su saber. Destrúyannos, pues, al jovencito, y reháganlo sapiente —y así a todos nosotros. Mas si vosotros los jóvenes tenéis miedo, que el experimento se haga en mí, cual en esclavo cario. Que yo, viejo como soy, dispuesto estoy a correr tal peligro y me ofrezco a Dionisodoro, cual a la Medea de Cólquida: que me deshaga, y, si quiere, que me cueza; y haga cualquier otra cosa que quiera; eso sí, que reaparezca bueno». [285c] Dijo entonces Ctesipo: «también yo, Sócrates, estoy dispuesto a ofrecerme a mí mismo a los extranjeros, aun si quieren despellejarme más de lo que están haciendo, con tal de que mi pellejo no termine, cual el de Marsias, en odre, sino en virtud. [285d] Aunque Dionisodoro, aquí presente, crea que estoy resentido con él, no lo estoy, sino tan sólo contradigo en lo que me parece aludirme de no bella manera. Mas tú, noble Dionisodoro, no llames “insultar” a “contradecir”, que insultar es otra cosa». [285d] A lo cual Dionisodoro respondió: «¿estás hablando, Ctesipo, cual si hubiera algo así como “contradecir”? —Ási es por cierto y en firme, respondió. ¿O es que tú, Dionisodoro, no crees que haya algo así cual contradecir? Pues difícilmente demostrarás, continuó diciendo, que no hayas escuchado a nadie contradiciendo a otro. —Dices verdad, respondió; mas oigamos ahora si yo te demuestro que Ctesipo está contradiciendo a Dionisodoro. —¿Aceptarías la razón de esto? —Absolutamente, respondió él. —Pues bien, replicó el otro. ¿Hay razones propias de cada cosa? —Absolutamente. [285e] —¿De cada una, pues, en cuanto está siendo, o en cuanto no está siendo? —En cuanto está siendo. —Si me acuerdo, dijo Ctesipo, ya antes demostramos que nadie habla de algo en cuanto no está siendo, porque quedó en claro que nadie habla de lo que no es, —¿Qué importa eso?, preguntó Ctesipo; ¿yo y tú dejamos por ello de contradecirnos? —¿Nos contradiríamos, añadió el otro, hablando los dos, al hablar de la misma cosa, o no estaríamos así hablando de lo mismo?». [286a] Lo concedió, —é«Mas cuando, añadió, al hablar ninguno de los dos hable de la cosa, ¿entonces tal vez nos contradiríamos? ¿O en tal caso ni siquiera recordaría uno de nosotros sobre qué?». [286b] Y lo concedió. —«Ahora bien: cuando yo, al hablar, hablo de una cosa, mas tú, al hablar, hablas de otra cosa, ¿entonces nos contradecimos? ¿O soy yo quien habla de la cosa, mas tú no dices en absoluto nada? Mas quien nada dice de una cosa, ¿cómo contradiría al que dice algo de ella?». [286b] A esto Ctesipo se quedó callado; mas yo, admirado del razonamiento, dije: «¿En qué sentido hablas, Dionisodoro? Porque, en verdad, habiendo oído de muchos y muchas veces este razonamiento, siempre me admira; a parte de que los secuaces de Protágoras se sirven grandemente de él, y aun otros más antiguos. Mas a mí me parece siempre maravilloso, y que no sólo trastorna otros razonamientos sino él mismo a sí mismo. Pero creo que de ti sacaré, de bellísima manera, la verdad de esto: “Que no hay como hablar en falso”; ¡tal es la fuerza del razonamiento! ¿No es así? Sino que, de hablar, ¿se habla la verdad o no se habla?». [286c] Convino en ello, —«¿Es?ue no hay cómo hablar en falso, mas hay cómo opinar en falso? —Ni siquiera hay cómo opinar, respondió. —¿Así que ni siquiera hay opinión falsa? —No, respondió. —¿Ni ignorancia ni hombres ignorantes?; ¿o Es que, si hay ignorancia, no es ella esto precisamente: falsear las cosas? —Absolutamente, contestó. —Mas no hay tal, repliqué yo». —No, dijo. —«¿Haces tal razonamiento, Dionisodoro, por hablar, por — decir algo desconcertante, o crees en verdad que no hay ningún hombre ignorante? —Pues refútame tú, replicó. —¿Es que, según tu razonamiento, hay algo así como “refutar”, si nadie habla en falso? —No lo hay, respondió Eutidemo. -—¿Así que, repliqué yo, ni siquiera me acaba de pedir Dionisodoro que lo refute? Porque, ¿cómo pedir lo que no es? ¿Mas tú lo pides? [286e] —El caso es, añadí yo, Eutidemo, que no comprendo del todo cosas tan sabihondas y tan bien pulidas; soy, más bien, un — poco pesado de entendederas. Así que tal vez diré algo rudo. Mas perdónamelo, y atiende: si no hay algo así como falsear ni opinar en falso ni ser ignorante, no habrá tampoco cómo fallar al hacer algo, porque al obrar no hay cómo fallar respecto de lo que se hace. ¿No es eso lo que decís? —Absolutamente, respondió. —Pues tal es, añadí yo, mi ruda pregunta, porque si no fallamos ni al obrar ni al hablar ni al discurrir, si las cosas son así ¿de quién, por Júpiter!, venís a ser nuestros? ¿O Es que no afirmasteis hace un momento que proporcionáis de bellísima manera la virtud a cualquier hombre que quiera aprender?». [287b] Interviniendo entonces Dionisodoro, dijo: «Sócrates, ¿eres tan Cronos que recuerdas ahora lo que dijimos antes, y me recordarás ahora aun lo que tal vez dije el año pasado, mas no sabes cómo arreglártelas con los razonamientos presentes? —Es que, respondí yo, son de gran peso, al parecer; que provienen de sabios; y por cierto que el último razonamiento ue hiciste resulta grandemente difícil de manejar. ¿Tal vez dices, Dionisodoro, “que no tengo cómo manejarlo”? ¿O no resulta patente que no tengo manera de refutarlo? Porque dime: ¿qué otra cosa piensas con esa frase: "no tengo cómo manejar los razonamientos”? —Ese, del que hablas, respondió, no es demasiado difícil de manejar. Respóndeme: —¿Antes de responderme tú, Dionisodoro?, repliqué yo. —¿No responderás?, replicó él, —¿Es justo? —Por cierto lo es, replicó. —¿Por qué razón?, pregunté yo. ¿O no es patente que por ésta: porque tú acabas de llegarnos cual sapientísimo en razonamientos y sabes cuándo hay que responder y cuándo no? ¿Y ahora no responderás ni palabra, puesto que reconoces que no debes? —Hablas, añadió, descuidándote de responder. Mas, sé bueno, obedece y responde, ya que admites que soy sabio, —Hay, pues, que obedecer, repliqué yo; y además por necesidad, al parecer. Tú mandas; pregunta, pues. [287d] — ¿Son las cosas que tienen alma las que entienden lo inteligible, o son las inanimadas? —¿Sabes, añadió, de alguna frase que tenga alma? —¡Por Júpiter!, y por mi palabra, no. —¿Por qué, pues, me acabas de preguntar si hay alguna — frase que me dé a entender algo? —¿Por qué, respondí yo, sino porque me equivoqué de estúpido? ¿O no me equivoqué, mas bien correctamente dije al decir que las frases entienden? ¿Afirmas que me equivoqué o no? Porque si no me equivoqué, no me refutarás, por sabio que seas, ni tienes cómo manejar el razonamiento. Pero si me equivoqué, ni aun así hablas correctamente, puesto que sostienes que no hay como equivocarse. Y digo esto no — contra lo que dijiste el año pasado. Parece, continué diciendo. Dionisodoro y Eutidemo, que tal razonamiento está atascado en el mismo lugar. Más aún, como antes, habiendo derribada a otros, se nos viene él abajo; y, cómo no pese esto, ni siquiera vuestra arte lo ha encontrado, —¡y eso que es tan admirable en punto a rigor de razonamiento!». [288a] Y aquí Ctesipo dijo: «Habláis maravillosamente, varones de Turio o de Quíos o de donde os plazca denominaros, tanto que no os preocupáis nada de divagaciones». [288b] Y temiendo yo que esto no degenerara en insulto, calmé una vez más a Ctesipo, y dije: «Ctesipo, lo que acabo de decir a Clinias, eso mismo te lo digo también a ti: que no conoces cuán maravillosa es la sabiduría de los extranjeros; mas no quisieron exhibirla seriamente ante vosotros, sino imitaron a Proteo, el sofista egipcio, embrujándonos así. Imitemos, pues, nosotros a Menelao y no soltemos a estos dos varones hasta que nos declaren qué toman en serio, porque estoy seguro de que algo grandemente bello aparecerá en ellos dos, apenas comiencen a enseriarse. Pidámosles, exhortémosles, roguémosles que lo saquen a luz. Pues bien, ya pienso, llevar una vez más la mano en esto de rogarles cómo quiero que los dos se me descubran. Partiendo de donde dejé antes la cuestión, trataré de la manera que pudiere de continuarla, si es que de algún modo los provoco a que, compadeciéndose y apiadándose de quien se esfuerza y la toma en serio, también ellos la tomen así. Mas tú, Clinias, recuérdame El punto donde la dejamos; que es, como creo, más o menos, éste: terminamos conviniendo en que se ha de filosofar. ¿No es así? —Así es, contestó. —Y que la filosofía es posesión de ciencia. ¿No es así?, dije. —Sí, respondió. [288e] —¿Cuándo, poseyendo una ciencia, la poseeríamos correctamente? ¿O no es sencillamente cuando nos ayude? —Absolutamente, afirmó: —¿Sacaríamos, pues, algún provecho de si, rondando por la tierra, supiésemos conocer dónde hay, en ella, enterrado más oro? —Tal vez, contestó. —Mas, continuó diciendo, anteriormente refutamos esto: que nada sacaríamos ni en el caso de que, sin trabajo y sin excavar tierra, fuera nuestro todo el oro; de manera que si supiéramos hacer de oro las piedras, tal ciencia nada valdría; pues si no supiéramos servirnos del oro, se echaría de ver que de nada nos sirve. ¿O no lo recuerdas?, añadí. —Absolutamente, respondió, lo recuerdo, —Ni, al parecer, nos resulta de provecho alguno cualquier ciencia —la monetaria, la medicinal u otra alguna— que nos dé el saber hacer algo, mas no el servirnos de lo que hace. ¿No es así?». [289a] —Ni siquiera, si hay alguna ciencia que nos haga inmortales, mas no nos dé saber el servirnos de la inmortalidad, no nos sería, al parecer, de algún provecho, si es que hemos de dar fe a lo dicho». [289b] Convinimos en todo ello. —Necesitamos, pues, jovencito bello, añadí yo, de una ciencia en que coincidan hacer y saber servirse de lo hecho. —Tal parece, respondió. —Falta, pues, mucho, al parecer, para que hayamos de ser grandes fabricantes de liras y dados a tal clase de ciencia, porque en este caso andan separadas por una parte la arte fabricadora y por otra, la arte usuaria, respecto de la misma cosa; porque la lirofactiva y la citarística se diferencian grandemente; ¿no es así?». [289b] Lo admitió. —«Ni tampoco es claro que necesitemos de la arte flautifactiva, porque ésta también es otra tal». [289b] Asintió. —Mas, por los dioses!; añadí, si aprendiéramos la técnica logofactiva, ¿no es ésta la que nos es imprescindible poseer para ser felices? —No lo creo, dijo Clinias, interviniendo. —¿De qué prueba te sirves?, repliqué yo. —Veo, respondió, que hay logofactores que no saben servirse de los razonamientos que ellos mismos hacen —cual los lirofactores, servirse de las liras— que también aquí otros son los capaces de usar lo que aquéllos fabrican, siendo ellos incapaces de hacer razonamientos. Es, pues, patente que también respecto de razonamientos son distintas la arte de hacer y la de servirse. —Suficiente prueba das, me parece, respondí, de que la técnica logofactiva no es la que haría feliz a quien la poseyera. Aunque creería que aquí trasparece la ciencia que, desde — hace rato, buscamos. Porque estos mismos varones, los logofactores, cuando me trato con ellos, me parecen, Clinias, supersabios, y que esta su técnica es una cierta y sublime divinación. Y por cierto nada tiene de admirable, porque es una parte de la técnica de los encantadores, y ligeramente inferior a ella. Porque la técnica de los encantadores resulta ser embrujamiento de serpientes, tarántulas, escorpiones, de otras bestias, y de enfermedades. Mas la otra resulta ser un cierto embrujamiento y tranquilizador de jueces, jurados y de otras multitudes. ¿O te parece, añadí yo, de otra manera? —No; me parece, respondió, tal cual tú lo dices. —¿Hacia qué, pues, nos volveremos?; ¿hacía qué arte?, añadí yo. —Por cierto que yo no sé hacia dónde, respondió. —¿Qué?, dijo Clinias. —Me parece, añadí, que la arte militar es, más que ninguna otra, la que haría feliz a quien la poseyera. —No me lo parece. —¿Cómo?, repliqué. —Es una cierta arte de cazar hombres. —Ninguna parte de la arte cazadora, replicó, va más allá de cazar y cobrar la presa, ya que, en habiéndola cobrado, no pueden servirse de lo mismo que han cazado, sino que cazadores y pescadores la entregan a los proveedores. Así, por su parte, geómetras, astrónomos y calculadores, porque éstos también son cazadores, porque cada uno en su clase no hacen diagramas, sino descubren los que hay; no sabiendo, pues, servirse de éstos, sino tan sólo cazarlos, entregan el servirse de sus descubrimientos a los dialécticos que no sean enteramente estúpidos. —Bien, dije, bellísimo y sapientísimo Clinias; ¿es así realmente? —Absolutamente; y lo es así, dijo, respecto de los generales que, cuando han cazado una ciudad o ejército, los entregan a varones políticos, porque no saben servirse de lo que han cazado, —así creo, lo hacen los cazadores de codornices, que las entregan a los criadores. Si, pues, necesitamos de una arte que dé el saber servirse de lo que se posee, o por hacerlo o por cazarlo, y que, la misma, nos haga felices, habremos de buscar, dijo, otra en lugar de la militar». [290e] Critón: — ¿Qué dices?, Sócrates; ¿tales cosas dijo aquel muchachito? [290e] Sócrates: ¿No lo crees?, Critón. [290e] Critón: No, ciertamente, por Júpiter!, porque creo que, si tal dijo, no necesitaba ya, para educarse, ni de Eutidemo ni de otro alguno de los hombres. [290e] Sócrates: Mas, por Júpiter!, tal vez Ctesipo no lo dijera, sino que me falla la memoria. [291a] Critón: — ¡Qué Ctesipo! [291a] Sócrates: Pero una cosa sé bien: que ni Eutidemo ni Dionisodoro lo dijeron; mas, daimoníaco de Critón, tal vez lo dijera alguno de los Grandes allí presente. De que lo oí, estoy bien seguro. [291a] Critón: Cierto, por Júpiter!, Sócrates; me parece ser alguno de los más, y mucho más, grandes. Mas, después de ésta, ¿qué otra arte pusisteis a prueba? ¿Encontrasteis o no la que buscabais? [291a] Sócrates: ¿Cómo encontrarla?, dichoso de ti; quedamos, más bien, en gran ridículo, cual los niños persiguiendo cogujadas. Creíamos continuamente capturar ya ya una u otra de las ciencias, mas ellas se nos evadían. ¿A qué contarte todo esto? Cuando llegamos a la arte regia y examinamos, si sería la que aportara y produjera la bienaventuranza, caímos en algo así como un laberinto. Creíamos estar ya en el final; pero, dando vueltas y más vueltas, resultó que estábamos lo mismo que al comienzo de la investigación, y faltos de lo mismo que desde el comienzo buscábamos. [291c] Critón: ¿Cómo os pasó esto?, Sócrates. [291c] Sócrates: Te lo diré. Nos pareció que la arte política y la regia eran la misma. [291c] Critón: ¿Y qué? [291c] Sócrates: El arte militar y las demás entregan a esta arte el mandar sobre las obras de que ellas son artífices, cual si fuera ella sola la que supiera servirse de ellas. Nos pareció claro que ésta era la que buscábamos y que era la causa de obrar correctamente en la Ciudad y que, sencillamente, según el yambo de Esquilo, ella sola “estaba sentada en la proa de la ciudad”, gobernando todo y que, mandando en todo, todo lo hacía útil. [291d] Critón: ¿Y no os lo pareció bellamente?, Sócrates. [291d] Sócrates: Lo juzgarás, Critón, si quieres escuchar lo que a continuación nos pasó. Porque, una vez más, lo pusimos así en consideración: ¡Bien!, mandando en todo la arte regía, ¿nos proporcionará alguna obra, o ninguna? Absolutamente, nos dijimos. ¿Y aun tú, Critón, no dirías lo mismo? [291e] Critón: Por mí que sí. [291e] Sócrates: ¿Cuál, pues, dirías ser tal obra? Como si te preguntara, caso de mandar en todo la medicina, ¿qué obra resultaría de mandar en todo? ¿No afirmarías que la salud? [291e] Critón: Por mí que sí. [292a] Sócrates: Pues bien: caso de mandar en todo vuestro arte: la agricultura, ¿qué obras resultaría de mandar en todo? ¿No afirmarías proporcionarnos el alimento que de la tierra proviene? [292a] Critón: Yo, sí. [292a] Sócrates: Pues bien: caso de mandar en todo la arte regia, ¿qué producirá, de mandar así? Tal vez no tengas lista la respuesta. [292a] Critón: Así es, por Júpiter!, Sócrates. [292a] Sócrates: Pues ni nosotros la tenemos, Critón; mas bien sabes que, si ésta fuera la que buscamos, habría tal arte de ser beneficiosa. [292a] Critón: — Absolutamente. [292a] Sócrates: ¿Y que habría ella de proporcionarnos algún bien? [292b] Sócrates: Mas yo y Clinias convinimos en que nada es bueno sino una cierta ciencia. [292b] Critón: Sí, así lo dijiste. [292b] Sócrates: Ahora bien: respecto de las obras que se diría son propias de la política —que han de ser muchas, cual hacer a los ciudadanos, ricos, libres y no facciosos— todas ellas, evidentemente, no son ni malas ni buenas; mas la política habría de hacerlos sabios y proporcionarles ciencia, si ha de resultar beneficiosa y hacerlos felices. [292c] Critón: — Así es; y así convinimos en ello, tal cual expusiste los razonamientos. [292c] Sócrates: ¿Así, pues, la arte regia hace a los hombres sabios y buenos? [292c] Critón: ¿Qué impedimento hay?, Sócrates. [292c] Sócrates: ¿Los hace, pues, buenos a todos y en todo? ¿Y ella misma les proporciona toda ciencia —la zapateril, carpintera y todas las demás? [292c] Critón: No creería tal, Sócrates. [292d] Sócrates: Pues, ¿qué ciencia, de la que nos sirvamos? Porque no es menester que sea ella misma artífice de obras que no sean ni malas ni buenas; sino que no nos proporciona La más ciencia que a sí misma. ¿Digamos, pues, cuál sea la de que nos sirvamos? ¿Quieres, Critón, que hablemos de con qué ciencia haremos buenos a otros? [292d] Critón: Absolutamente. [292d] Sócrates: ¿En qué nos serán buenos y en qué útiles? ¿o diremos, además, que han de hacer buenos a otros, y estotros a otros? En qué sean buenos, no queda aún claro, ya que hemos desacreditado las obras llamadas políticas, y sencillamente pasa lo proverbial de “Corinto, el de Júpiter”; y, coma decía, nos está faltando lo mismo y aún más para saber cuál es aquella ciencia que nos hará felices. [292e] Critón: “¡Por Júpiter!, Sócrates, ¡a qué gran sinsalida, al parecer, llegasteis! [292e] Sócrates: Pues, aun yo mismo, Critón, caído en tal — sinsalida, grité con toda mi voz, pidiendo ir al par de extranjeros, cual si invocara a los Dióscuros, que nos salvaron, a mí y al muchachito, de la tercera onda del razonamiento; que de todas maneras tomaran bien en serio el mostrarnos cuál es esa ciencia que, adquirida por buena Suerte, nos haría pasar bellamente el resto de la vida. [293a] Critón: Pues bien; ¿quiso Eutidemo mostrarnos algo? [293a] Sócrates: — ¿Pues cómo no? Y, compañero, dio comienzo grandilocuentemente, al razonamiento de semejante manera: —¿Te enseñaré, Sócrates, dijo, esa ciencia que tanto os desconcierta, o te mostraré que ya la tienes? —Feliz de ti, repliqué, ¿está en tu mano eso? —Absolutamente, respondió. —¡Por Júpiter!, repliqué, muéstrame que la tengo, porque esto es más fácil que aprenderla varón de mi edad. —Bien, pues, dijo: respóndeme: ¿Sabes algo? —Ciertamente, respondí y muchas cosas, aunque menudas. —Basta con ello, dijo; ¿crees que es posible haya realmente algo que no esté siendo lo mismo que está, de hecho siendo? —No, por Júpiter!, no lo creo. —¿No dices saber algo? —$sí, palabra. —¿Así que eres sabio, si sabes? [293c] —Precisamente por eso mismo. —Nada importa: ¿no tienes que saber todo, precisamente por estar siendo sabio? —No, por Júpiter!, respondí, porque no sé muchas otras cosas. —Si, pues, no sabes algo, no estás siendo sabio. —No lo soy de eso, querido, respondí yo. —¿Eres por eso, dijo, menos sabio? Acabas de afirmar que eres sabio; y así sucede que estás siendo eso mismo que eres y,a la vez, no lo eres, según lo mismo y simultáneamente. [293d] Sea, repliqué, Eutidemo, porque, como se dice: “bello es cuanto dices”. ¿Cómo, pues, sé precisamente la ciencia que buscamos? Que, por cierto “es imposible que lo mismo sea y no sea”. Que si sé una cosa, sé todas, porque no hay cómo ser sapiente y ser insipiente simultáneamente. Mas, pues sé todas las cosas, tengo también aquella ciencia. ¿Es así como lo dices, y en esto consiste lo sabio? [293e] —Te refutas a ti mismo, Sócrates, dijo. [293e] —Pues bien, añadí yo, Eutidemo, ¿no te ha pasado a ti esto mismo? Porque no llevaría grandemente a mal el que me pase cualquier cosa en tu compañía y la de Dionisodoro, aquí presente, cabeza querida. Dime: sabéis vosotros dos, de los seres, ¿algunas cosas sí y otras no? —De ninguna manera, Sócrates, respondió Dionisodoro. —¿Cómo decís?, repliqué; ¿que no sabéis nada? —Nada, respondió. —Así que, añadí yo, sabéis todo, ya que sabéis cualquier cosa? —Todo, respondió; y tú, además, si sabes una cosa sabes todas. [294a] —¡Oh Júpiter!, repliqué; qué bien, maravilloso y grande, afirmas haber descubierto! ¿Que también todos los demás hombres saben todo, o nada? —No, por cierto; contestó; que algunas cosas saben; y otras, no; y así son a la vez sapientes e insipientes. [294a] —¿Y qué?, repliqué. [294a] —Que todos saben todo, replicó, aun si saben una cosa. —¡Por los dioses!, Dionisodoro, añadí; que me parece os ponéis ya serios; antes, difícilmente hubiéraos llamado “'serios"; ¿que, en realidad, vosotros dos sabéis todo?; ¿cual carpintería y zapatería? —Absolutamente, respondió. —¿Y podéis ambos coser pieles? —Y, por Júpiter!, hasta remendar zapatos, contestó. — ¿Y hasta contar cuántas son las estrellas y arena? —Ciertamente, respondió. «¿Que crees que no lo admitiríamos?». [294b] Y Ctesipo, interviniendo, dijo: «¡Por Júpiter!, Dionisodoro, da una muestra y prueba de todo eso, por la que llegue a saber que decís verdad. — ¿En qué lo mostraré?, preguntó. —¿Sabes cuántos dientes tiene Eutidemo; y Eutidemo, cuántos tienes tú? —¿Que no te basta, replicó, con haber oído que sabemos todo? —De ninguna manera, contestó; decidnos solamente eso, y quedará demostrado que decís verdad; si decís cuántos tiene cada uno, y, si, contándolos nosotros, resulta claro que lo conocéis, os creeremos ya en todo lo demás». [294d] No quisieron hacerlo, pensando que nos burlábamos; mas convinieron en que sabían todas las cosas, al ser preguntados, uno a uno, por Ctesipo; porque Ctesipo, con todo descaro, terminó por preguntarles si sabían aun lo más vergonzoso. Mas ambos, a la una, se enfrentaron valentísimamente —cual a la una los jabalíes se arrojan contra los venablos— a las preguntas, admitiendo saberlo todo; de manera que yo mismo, Critón, forzado por la desconfianza, terminé por preguntar a Eutidemo si Dionisodoro sabía bailar. —«Absolutamente, respondió. —Pero a tu edad, repliqué, ¿llega a tanto tu sabiduría que bailes bailes de espadas y gires sobre trompo? —No hay nada, respondió, que no sepa. —Mas repliqué, ¿sabéis todo eso sólo ahora o siempre? —Siempre, respondió. —¿Lo sabíais cuando niños y apenas nacidos? —Todo, respondieron a la vez ambos». [295a] La cosa nos pareció increíble. Mas Eutidemo dijo: «Sócrates, ¿desconfías? —Mas no, respondí, de que vosotros sois, verosímilmente, sabios. —Pero, replicó, si quieres responderme te lo demostraré de manera que tú admitas tales maravillas, —Pues de seguro, contesté, me Placería grandemente ser refutado en este punto. Porque si se me ha pasado por alto que soy sabio, mas tú me demuestras que sé todo y siempre, ¿qué mayores albricias podría tener en toda mi vida? —Responde, pues, dijo. —Pregunta a quien va a responder. —Pues bien, Sócrates, dijo: ¿sabes algo o no? —Por mí que sí. — ¿Sabes precisamente en virtud de aquello en que eres sabio, o de otra cosa? —En virtud de lo en que soy sabio, porque me parece que ' estás refiriéndote al alma; ¿o no es eso a lo que te refieres? —¿No tienes vergüenza, Sócrates, de, preguntado, repreguntar? —Sea así, repliqué; mas, ¿cómo hago? Haré cual tú dispongas. — Mas cuando no sepa lo que preguntas, ¿me mandarás, con todo, que responda y que no repregunte? —¿Percibes, continuó, algo en lo que digo? —Ciertamente, respondí, —Responde, pues, precisamente según lo que percibes. —Pero, respondí, si tú preguntas una cosa pensando en otra, mas yo lo tomo de otra manera, y respondo después según Ésta, ¿no te basta con que no responda a propósito? —Por una parte, sí; contestó; mas no por la tuya, como creo. —Pues, por Júpiter! no responderé, repliqué, antes de que esté enterado, —¿No responderás, añadió, según lo que estás siempre suponiendo? —que estás chocheando y haciéndote más viejo de lo debido». [295d] Y yo caí en cuenta de que se enfadaría conmigo por definir yo con precisión lo dicho, ya que intentaba cazarme revolviendo los nombres. Me acordé, pues, de Conno, quien se enfada conmigo siempre y cuando no cedo; después de lo Cual se ocupa menos de mí, cual de ignorante. Mas habiendo pensado en acudir a estotro, creí necesario ceder para que . no teniéndome por estúpido, no me rechazara. Dije, pues: «Si así te parece, Eutidemo, hacerlo, hágase; porque tú sabes dialogar, por poseer la arte, muy más bellamente que yo, hombre lego. [295e] Recomienza, pues, a preguntar. —Responde, dijo, una vez más: ¿sabes mediante lo que sabes, o no? —Por mí, contesté, mediante el alma precisamente. —Una vez más, replicó, éste responde con algo más de lo — preguntado. Porque yo no pregunto “mediante qué”, sino si lo sabes “mediante algo”. —Repliqué: respondí más de lo debido por falta de educación, mas perdónamelo, porque respondo ahora sencillamente: sé “mediante” lo que sé. -—¿Siempre mediante lo mismo, preguntó; o, a veces, mediante una cosa, a veces mediante otra? —Cuando sé, respondí, “siempre” es “mediante lo que sé”. —¿No cesarás una vez más, replicó, de añadiduras? —Que esto de “siempre” no nos haga resbalar. —Responde, pues: ¿siempre sabes mediante eso? —Siempre, respondí, si hay que eliminar lo de “cuándo”. —Así que siempre sabes “mediante eso”, por una parte. Mas, por otra, al saber, ¿hay cosas que sabes, precisamente “mediante-lo-que-sabes”; pero otras, mediante otra cosa, o todas mediante aquello? —Mediante “aquello”, respondí; precisamente mediante —¡Todo “aquello”!; vuelve la misma añadidura. —Pues quitaré, respondí, eso de “lo-que-sé”. —No quites, dijo, ni una sola palabra; no te pido nada. Tan — sólo respóndeme: ¿podrías saber “precisamente todo eso” si no supieras “todo”? —Monstruoso sería, repliqué. [296c] Y continuó él: Añade ya lo que quieras, porque admites que sabes “todo”. —Así parece, respondí, ya que no tiene fuerza alguna eso de —Así que “siempre” has admitido que sabes mediante lo que sabes, tanto que lo sepas como que sea de ello lo que fuere, porque “siempre” admitiste “saber” y, a la vez, "todo”. Es, pues, claro que lo sabías de niño, tanto cuando naciste como cuando fuiste concebido. Y aun antes de nacer tú mismo, y aun antes de hacerse cielo y tierra, sabías todo, ya que lo sabías “siempre”. Y, por Júpiter!, añadió, sabrás tú mismo y siempre todo, si lo quisiera yo. —Pues, quiérelo, repliqué, adorabilísimo Eutidemo, si es que, en realidad, dices verdad. Sin embargo, no estoy seguro de tu suficiencia, si no te ayuda tu hermano Dionisodoro, aquí presente. De ser así, tal vez lo estuviera. Mas decidme, añadí, ya que por lo demás no tengo por qué dudar de que no sepa todo, ya que vosotros, hombres tan descomunalmente sabios, lo afirmáis. ¿Cómo afirmaré, Eutidemo, saber esto precisamente: “que los varones buenos son injustos”? Dime ya, ¿lo sé o no lo sé? —Por cierto que lo sabes, respondió. —¿Qué?, repliqué. — Que los buenos no son injustos”. —Hace tiempo que lo sé y muy bien, repliqué. Mas no es esto lo que pregunto, sino, ¿dónde aprendí eso de que “los buenos son injustos"? —En ninguna parte, respondió Dionisodoro. —Así que no lo sé, dije. —Corrompes el razonamiento, dijo Eutidemo a Dionisodoro, pues aparecerá que éste no sabe, y que está siendo a la vez sapiente e insipiente». [297a] Se ruborizó Dionisodoro; pero, dije: «Eutidemo, ¿cómo así? ¿Dices que tu hermano, el “sabelotodo”, no te parece hable correctamente? —¿Que yo soy hermano de Eutidemo?, saltó Dionisodoro. —Y yo dije: Déjalo buenamente correr hasta que Eutidemo me enseñe cómo sé que los varones buenos son injustos, y no me envidíes el que lo aprenda. —Huyes, Sócrates, dijo Dionisodoro, y no quieres responder. — Y con aceptable razón, respondí; porque soy más débil que cualquiera de vosotros dos, de manera que sólo me faltara que no huyera de dos. Y soy aun más inferior a Hércules, incapaz de luchar con la hidra —gran sofista y sabia en improvisar, en vez de una cabeza que se le cortara en la lucha. [297c] ” muchas— e incapaz de luchar con otro sofista: aquel cangrejo salido, me parece entonces mismo del mar, que tanto los apuró, por la izquierda, con sus voces y mordiscos, que Hércules llamó en su ayuda a Joleo, su sobrino, quien efectivamente lo ayudó. Mas si llegara mi Joleo, haría más bien lo contrario, —Responde, dijo Dionisodoro, ya que has hecho a esas cosas los debidos honores; ¿Es Joleo más sobrino de Hércules que tuyo? —Muchísimo mejor, Dionisodoro, me sería responderte, porque sé casi casi muy bien, que no dejarás de preguntarme. [297d] astidiar y estorbar para que no me enseñe Eutidemo sabiamente aquel punto tan sabihondo. —Responde, pues, dijo. —Respondo, dije, que Joleo era sobrino de Hércules; mas, a mi parecer, de ninguna manera lo es mío, porque Patrocles, mi “hermano”, no era padre; aunque Ificles, el hermano de Hércules, se le asemejaba en el nombre. —Mas, Patrocles, dijo, ¿es tuyo? —Ciertamente, respondí, mas de madre, no de padre. —Así que es, y no es, hermano tuyo. —No de padre, óptimo, repliqué; porque su padre fue Queredemo; pero el mío, Sofronisco. —¿Así que Sofronisco y Queredemo fueron Padre? —Seguramente, dije; aquél, mío; éste, de él. —¿Así que, continuó él diciendo. Queredemo fue distinto de Padre? —Del mío, respondí. —¿Así, pues, siendo padre era distinto de Padre? ¿O es que eres tú lo mismo que Piedra? —Me E —. temo, respondí, que no me hagas tú parecer lo mismo: mas no me lo parece a mí. —¿Así que eres distinto de Piedra?, preguntó. —Seguramente distinto. —Siendo, pues, distinto de Piedra, añadió, no eres piedra. Y siendo distinto de Oro, no eres oro. —Así es. —Según esto, pues, por ser Queredemo distinto de Padre, no sería padre. —Parece, respondí, que no es padre». [298b] Interviniendo Eutidemo, dijo: «Dado que Queredemo sea padre, por ser Sofronisco, a su vez, distinto de Padre, no es padre; de modo que tú, Sócrates, no tienes padre». [298b] A éstas Ctesipo, interviniendo, dijo: «¿a vuestro padre, no le pasó exactamente lo mismo?; ¿no es distinto de mi padre? —Ni de lejos, respondió Eutidemo. —¿Así que es el mismo?, preguntó. —El mismo, por cierto. —No lo admitiría; ¿no será, más bien, Eutidemo, que es únicamente padre de mí o que lo es de los demás hombres? —Lo es de los demás, respondió. ¿O piensas que el mismo que es padre no sea Padre? —Por cierto que lo pensaba, respondió Ctesipo. — Pues bien, replicó el otro; ¿o que lo que está siendo oro, no sea Oro? —Que no pase, Eutidemo, dijo Ctesipo, lo que se dice: “que entretejes con lino lo que no es lino”, porque desconcertante cosa dices, si tu padre es padre de todos. —Pero lo es, respondió. —¿De hombres?, añadió Ctesipo, ¿o también de caballos?, ¿y aun de los demás animales? —De todos, respondió. —Y tu madre, ¿así también es madre? —También mi madre. —¿Aun de los erizos de mar, preguntó, es Madre tu madre? —También, gor cierto, la tuya, replicó. —Así que tú eres hermano de gobios, cachorros y puercos. —Pues tú lo eres también, replicó. —Así que tu padre es jabalí y perro, —Pues el tuyo también, replicó». —Si me respondes, Ctesipo, continuó diciendo Dionisodoro, ¿me concederás inmediatamente todo esto; porque, dime: ¿tienes perro? —Y bien malo, respondió Ctesipo. —¿Tiene cachorros? —Tan malos como él, respondió. —¿Así que el perro es padre de ellos? —Yo mismo lo vi cubriendo a la perra. —Ahora bien: ¿el perro es tuyo? —Ciertamente, respondió. —Así que, por ser padre y ser tuyo, el perro resulta tu padre; y tú, hermano de cachorros». [298e] Una vez más, interviniendo Dionisodoro, antes de que Ctesipo hablara, dijo: respóndeme aun esto poco: «¿pegas a tal perro?». [298e] Y riéndose Ctesipo, respondió: «¡Por los dioses!, ya que a ti no te puedo pegar. —Así, pues, añadió, pegas a tu padre. —Por cierto que con mucha mayor justicia, respondió, pegara a vuestro padre, que supo engendrar tan sabios hijos. Pero, Eutidemo, añadió Ctesipo, muchos bienes debió sacar de esta LA vuestra sabiduría el padre de vosotros y el padre de los cachorros. —No te hacen falta muchos bienes, Ctesipo, ni a él ni a ti, —¿Ni tampoco a ti mismo?, Eutidemo, pregunto. —Ni a ningún otro hombre. Dime, Ctesipo, si crees ser bueno para un enfermo beber un medicamento, o no piensas le sea bueno cuando lo necesita; o cuando va a la guerra, ir armado, mejor que desarmado. —Me lo parece, respondió; aunque creo que lo dices por broma. —Lo sabrás mejor, añadió, si respondes. Porque ya que concedes que a un hombre le hace bien, cuando lo necesita, beber un medicamento, ¿habrá que beber de él cuanto más mejor, y en tal caso será mejor, triturado, mezclarlo con una carretada de eléboro?». [299b] A lo cual Ctesipo dijo: «absolutamente, Eutidemo, si el bebedor es tan grande como la estatua de Delfos. —Según esto, añadió, también en la guerra; si es bueno, llevar armas, ¿no habrá que llevar cuantas más lanzas y escudos mejor, ya que es bueno? —Por cierto que sí, respondió Ctesipo; que ni pensarás, Eutidemo, baste con un escudo y una lanza. —Así me parece. —¿Y aun a Gerión y a Briareo, dijo, armarías así? Te creía experto en esto, ya que eres hombre de armas —y lo mismo a este tu compañero». [299c] Y Eutidemo se calló; mas Dionisodoro preguntó a Ctesipo acerca de las anteriores respuestas: «y bien, ¿te parece, dijo, que es bueno tener oro? —Lo es, y cuanto más mejor, respondió Ctesipo. —Ahora bien: ¿no te parece también que se han de tener bienes siempre y en todo lugar? —Y muchos, respondió. —¿Concedes además que el oro es un bien? -—Pues ya lo he concedido, respondí. —¿Así que habrá que tenerlo siempre y en todas partes y cuanto más mejor consigo mismo? ¿Y que sería superlativamente bienaventurado teniendo tres talentos de oro en el vientre, un talento en el cráneo, mas una estatera de oro en cada uno de los ojos? —Pues se dice, Eutidemo, añadió Ctesipo, que, entre los escitas, son los más bienaventurados y mejores varones los que tienen mucho oro en sus propios cráneos, un poco como acabas de llamar al perro tu padre, y lo que es aun más admirable: que beben de esos sus dorados cráneos, que ven eso en su interior, al tener su cabeza en las manos. —¿Ven, preguntó Eutidemo, los escitas y los demás hombres lo que es posible ver a lo imposible? —Lo posible, sin duda. [300a] —¿Así, pues, tú también?, preguntó. —También yo. —¿Ves, pues, nuestros trajes? —Sí, —¿Es, pues, posible que vean? —Perfectamente, respondió Ctesipo. [300a] —¿Y qué?, añadió. —Nada; pero tal vez tú no creas verlos. [300a] tan simple eres! Pero, me parece, Eutidemo, que te has dormido a medias; y que, si es posible hablar y no decir nada, — es lo que tú estás haciendo. —Y, ¿por qué no sería posible, preguntó Dionisodoro, callando hablar? —En manera ninguna lo es, replicó Ctesipo, —¿Ni lo es, hablando callar? —Aun menos, respondió. —Cuando, pues, hablas de piedras, maderas y hierros, ¿no hablas de lo que está callando? —Pues no, respondió; que, si paso junto a herrerías, dícese que, tocados, los hierros suenan y dan grandes voces. Así que, por sabio, no caíste en cuenta de que estás hablando de nada. Pero demuéstrame, además, lo otro: qué manera hay de callar hablando». [300b] Y me pareció que Ctesipo estaba sobreexcitado a causa de su doncel. —«¿Cuando callas, prosiguió Eutidemo, no callas sobre todas las cosas? —Sí, replicó. —Así que callas sobre lo que hablas, ya que en eso de “todas” entran las que hablan. —Pues bien, dijo, Ctesipo; ¿no callan todas las cosas? —No por cierto, dijo Eutidemo. —Mas, óptimo, ¿hablan todas? —Sí, las que hablan. —Mas, añadió, no es esto lo que pregunto, sino: ¿callan o hablan todas? —Ni lo uno ni lo otro, ambos, o A. y dijo interviniendo Dionisodoro, porque sé bien que no sabrás servirte de la respuesta». [300d] Mas Ctesipo, con su habitual y grandísima carcajada, dijo: [300d] Eutidemo: tu hermano volvió ambiguo el razonamiento, lo destruyó y yace vencido». [300d] Sonrió complacidísimo Clinias, con la cual Ctesipo se creció en más de diez; pero creo que, por listo, se le pasaron a Ctesipo sin ofrlas bien tales palabras, porque en ningún otro hay una sabiduría cual la de los hermanos presentes, —«¿Qué de risible hay, Clinias, dije, en tales cosas, tan serías y bellas? —Pues, ¿que viste ya, Sócrates, alguna cosa bella?, preguntó Dionisodoro. [300e] LA —Por mí que sí, y muchas, Dionisodoro, respondí. —¿Como diversas de lo Bello, preguntó, o como idénticas con lo Bello?». [301a] Me quedé del todo desconcertado y creí que me pasaba lo que merecía por mis refunfuños. Con todo, respondí que eran diversas de lo Bello mismo, aunque algo de bello esté presente en cada una de ellas. —«Si, pues, preguntó, está presente junto a ti un buey, ¿eres Buey? Y porque ahora estoy yo presente junto a ti, ¿eres Dionisodoro? —¡Habla bien!, repliqué. —Pero, ¿de qué manera, dijo, por estar presente algo diferente junto algo diferente, un diferente resultaría ser el otro diferente? —Esto te desconcierta? —pregunté. Estaba ya intentando imitar la sabiduría de estos dos varones, ¡tanto la deseaba! —¿Cómo no desconcertarme, respondió, yo y todos los demás hombres ante lo que no existe? —¿De qué hablas, Dionisodoro, añadí yo?, ¿qué no es bello lo Bello, y feo lo Feo? —Sí, me lo parece, respondió. —¿Te lo parece, pues? —Absolutamente, contestó. —¿Así que también lo Idéntico es idéntico, y diverso lo Diverso?; pues, ciertamente, lo Diverso no es lo Idéntico, que no creería yo que ni aun un niño se desconcertara de que lo Diverso no es diverso. Pero, Dionisodoro, de intento pasaste de largo este punto; porque, respecto de los demás, me parece que, cual los artífices han de pulir cada obra, así vosotros pulís bellamente el dialogar. —¿Sabes, pues, preguntó, lo que corresponde a cada artífice? Y, primero, ¿a quién corresponde forjar el bronce? ¿Lo sabes? —Claro que sí; al broncista. —Y, ¿a quién, lo de cerámica? —Al ceramista. —Y, ¿a quién lo de degollar, desollar, cocer y asar la carne hecha trocitos? —Al carnicero. —Si, pues, añadió, uno hace lo que le corresponde, ¿obrará correctamente? —En absoluto. —¿Corresponde, cual dices, al carnicero degollar y desollar? ¿Lo admitiste o no? —Lo admití, contesté; excúsame. —Está claro, pues, continuó, que quien al cocinero degollado y despedazado lo cueza y ase, hará lo debido, y si se bronceó al broncista y enceramea al ceramista, también hará lo debido. —¡Oh Poseidón!, exclamé, pusiste con esto el colofón a la sabiduría. ¿No habrá manera de que esta sabiduría me nazca cual propia? —¿La reconocerías, Sócrates, replicó, si se te hiciera propia? —Sí, si tú quieres, contesté, es claro que sí. —Pues bien; replicó; ¿crees conocer lo que es tuyo? —Á no ser que tú digas otra cosa; hay que comenzar por ti y terminar por Eutidemo, precisamente. —¿Así, pues, prosiguió, crees que son tuyas las cosas sobre las - que mandas y de que puedes servirte en lo que quieras? Como respecto de un buey y una oveja, ¿creerías que son tuyos porque podrías venderlos, darlos y sacrificarlos al dios que quisieras? Mas las cosas que no tratas así, ¿no son tuyas?». [302a] Yo sabía ya que de estas preguntas emergería algo bello; pero queriendo oírlo lo más pronto posible, dije: «Así es; únicamente esas son absolutamente tuyas. —Ahora bien, dijo: ¿No llamas “animal” a lo que tiene alma? —Sí, contesté. —¿Admites, pues, que únicamente son tuyos aquellos animales con los que puedes hacer todo lo que acabo de decir? —Lo admito». [302b] Mas refrenándose con gran ironía, cual si estuviera pensando en algo grande, prosiguió: «Dime, Sócrates, ¿entra Júpiter en tu ascendencia?». [302b] Mas, sospechando yo que el razonamiento llegaba a un final sin salida, huía y me revolvía cual preso en red. —«No lo tengo, respondí, Dionisodoro. —Eres un desgraciado y ni siquiera eres ateniense, pues no tienes ni dioses ancestrales ni santuarios, ni nada bello y bueno, —Basta, repliqué, Dionisodoro; ¡habla bien!, y no me reprendas tan duramente, pues tengo yo altares, lugares sagrados y ancestrales y lo demás de esta clase que tienen los otros atenienses. —¿Así que, dijo, los otros atenienses no tienen un Júpiter ancestral? —Ninguno de los jonios, respondí, admiten esta denominación; ni nosotros ni los que emigraron de esta ciudad; mas tienen un Apolo ancestral, por descendencia de Ión. A Júpiter no lo llamamos “ancestral” sino “cerca” y “tribal”; y tenemos una Atenea tribal, —Basta con esto, dijo Dionisodoro; tienes, al parecer, un Apolo, un Júpiter y una Atenea. —Así es, respondí. —Según esto, ¿serían ellos tus dioses, dijo. —Ascendientes y señores, respondí. —Lo son para ti, añadió; ¿o no admitiste que eran tuyos? —Lo admití, contesté; ¿y qué va a pasarme? —Esos dioses, dijo, ¿no son también animales?, pues admitiste que todo lo que tiene alma es animal. ¿O es que tales dioses no tienen alma? —La tienen, respondí. —¿Así que son también animales? —Son animales, respondí. —Mas admitiste, continuó diciendo, que de los animales son tuyos aquellos que puedes regalarlos, venderlos, sacrificarlos al dios que te plazca. —Lo admití, contesté: no tengo escape, Eutidemo. —Bien, pues. Dime derechamente, ya que admites que son tuyos Júpiter y los demás dioses, ¿está en tu poder venderlos, — darlos y, a tu voluntad, tratarlos como a los demás animales?». [303a] Por cierto, Critón, que, cual herido por el razonamiento, me quedé sin voz. Pero Ctesipo, viniendo a mi socorro, exclamó: «¡Hércules!, ¡Bravo!, por el bello razonamiento». [303a] Y aquí Dionisodoro preguntó: «¿Hércules es bravo, a el bravo es Hércules?». [303a] A lo cual Ctesipo replicó: «Poseidón, qué de terribles razones! [303a] Me retiro; invencible es este par de varones». [303b] Entonces, querido Critón, no hubo, por cierto, ninguno de los presentes que no alabara el razonamiento y a los dos varones; y por poco se mueren de risa, aplausos y jolgorio. En los precedentes razonamientos, en todos y en cada uno, se alborotaron en grande solamente los enamorados de Eutidemo; mas ahora por poco se alborotan aun las columnas del Liceo, y se sienten conmovidas ante tal par de varones. [303b] Mas aún, yo mismo estaba dispuesto a admitir no haber — visto jamás hombres tan sabios; y del todo esclavizado por su sabiduría me puse a alabarlos y encomiarlos, diciendo: «Par feliz, de natural tan admirable que, veloz y en corto tiempo, llevasteis a término tan grande hazaña. Por cierto. Eutidemo y Dionisodoro, que vuestros razonamientos tienen muchas y variadas bellezas; pero, entre todas, es particularmente magnífico el que no os preocupéis lo más mínimo ni de la mayoría ni de los importantes ni de los que se creen ser algo, sino tan sólo de los semejantes a vosotros. Y yo sé bien que muy pocos de los semejantes a vosotros apreciarían tales razonamientos; mientras que otros los miran, lo sé bien, de manera que se avergonzarían más de refutar con ellos a otros que de ser refutados. Hay, con todo, algo popular y amable en tales razonamientos: cuando afirmáis que no hay nada ni bello ni bueno ni blanco ni cualquiera otra de tales cosas, ni, en general, algo distinto en los distintos, sencillamente estáis, en realidad, cosiendo la boca de la gente, tal cual lo afirmáis. Pero que no sólo cosáis las de los demás, sino que creáis coser ambos aun las vuestras, grande amabilidad es y elimina lo ofensivo de los razonamientos. Empero, lo máximo Es?ue todo esto lo domináis de tal manera, y habéis encontrado la arte de enseñarlo a cualquiera en bien breve tiempo. Yo mismo noté, parando mientes en Ctesipo, cuán brevemente, y sin más, resultó capaz de imitaros. [304a] Por cierto que eso de comunicar vosotros brevemente ta! habilidad es bello; pero no es conveniente el que se dialogue así en público. Hacedme caso y cuidaros de hablar ante muchos, a fin de que, por aprender presto, no os lo agradezcan. Más bien dialogad entre vosotros dos solamente. Si no es así, y lo hacéis en presencia de otro, que sea solamente ante quien os pague en plata. Si sois responsables, aconsejad eso mismo a los discípulos: no dialogar jamás con nadie, sino entre vosotros, y cada uno consigo mismo. Que lo escaso, Eutidemo, es preciable; mas “el agua, aún siendo lo mejor, es lo más barato”, —como dice Píndaro. Pero, vamos añadí, aceptadnos a mí y a Clinias». [304b] Habiendo dialogado sobre esto y cosas menores, Critón, partimos; mira, pues, cómo te arrimarás a estos dos varones que afirman ser capaces de enseñar a quien quiera pagarlo, y que ni carácter ni edad impiden a nadie adquirir de ellos la sabiduría, —y algo que, sobre todo, te conviene oír: que en nada estorba, dijeron, el hacerse de dineros. [304c] Critón: Amigo soy de oír, Sócrates, y gustosamente aprendería; mas temo, por cierto, ser uno de los no semejantes a Eutidemo, sino a aquellos de quienes decías serles más agradable ser refutados por tales razonamientos que refutar, Aunque me parece ridículo advertírtelo, quiero no obstante, — referirte lo que acabo de ofr. Sabe que de entre los que salían de vuestra compañía, se me acercó, mientras paseaba, uno que se tiene por gran sabio, uno de los diestros en razonamientos LA ante juzgados, quien me dijo: «Critón, ¿no te haces oyente de tales sabios? —No, por Júpiter!, respondí; porque no pude oír nada a causa de la multitud, y eso que estaba a su lado, —Pues, por cierto, añadió, que era digno de oírse. —¿Sobre qué?, pregunté. —Oyeras dialogando a estos varones, actualmente los más sabios en tales razonamientos!». [304e] A lo cual repliqué: «¿Qué te parecieron? —¿Qué otra cosa, respondió, sino las que se oyen siempre de tales delirantes y que hacen esfuerzos dignos de mejor causa?, —así, más o menos y con tales palabras habló». [304e] A lo cual repliqué: «no obstante, amable tarea es la filosofía. —Es tal, dijo, bienaventurado? Pues, por cierto, nada vale. Más aún, si hubieras estado realmente presente, creo que te habrías grandemente avergonzado por tu compañero: tan despistado estaba!, queriendo encomendarse a personas a quienes nada les importa lo que dicen, fuera de agarrarse de cualquier palabra. Y como acabo de decir, éstos están actualmente entre los más potentes. Pero, Critón, continuó diciendo, tal tarea, y los que de ella se ocupan, son vanos y ridículos». [305b] Sin embargo, Sócrates, no me parece correcto que ni él ni otro alguno la desestime, aunque me pareció correcto reprender el que se pretenda dialogar de tales cosas ante una multitud. [305b] Sócrates: De admirar son tales varones, Critón; aunque todavía no sé qué decirte de ellos. ¿De qué profesión era el que se te acercó y censuró la filosofía?: ¿de la de los diestros en luchas judiciales, algún orador?, o ¿alguien que los aprovisiona, compositor de esos razonamientos con que luchan los oradores? [305b] Critón: ¡Por Júpiter!, en modo alguno orador, ni creo que jamás haya aparecido en juzgado; pero se dice que entiende de tal ocupación, y que, por Júpiter!, es todo un Experto en componer expertos razonamientos. [305b] Sócrates: Ya entiendo; que yo mismo iba ahora a hablar de ellos, porque éstos son, Critón, de los que dice Pródico que están en la frontera entre filósofo y político, y W se tienen por los más sabios de los hombres, y, además de creerse ser$o, lo parecen a muchísimos, de modo que nadie, — fuera de los dedicados a filosofía, resulta obstáculo a que tal buena opinión sea universal. Creen, pues, que si levantan a opinión la de tenerlos en nada, sin duda alguna ya se llevarán, ante todo, la palma de la victoria en cuanto a sabiduría. Porque se creen ser en verdad los más sabios, aunque, cuando se los atrapa en conversaciones privadas, los desacredite el grupo de Eutidemo. Pero tienen grandes visos de ser sabios, porque saben decorosamente filosofía, decorosamente política; y por muy aceptable razón, ya que saben de ambas lo que necesitan, para manteniéndose fuera de peligros y disputas, cosechar la sabiduría. [305e] Critón: Pues bien, Sócrates: ¿te parece dicen algo importante? Pues no; mas tal razón no deja de tener una cierta conveniencia, en favor de ellos. [305e] Sócrates: Pues así es, Critón, conveniencia, más bien — que verdad, porque no es fácil convencerlos de que hombres y todas las demás cosas que están entre dos extremos: mal y bien, y se dé el caso de que participen de ellos, resultan mejores que el primero y peores que el segundo. Mas si participan de dos bienes que no sean del mismo orden, resultan peores respecto de aquello para lo que propiamente cada uno de los dos sirve, y de los que ellos se componen. Pero sólo las cosas compuestas de dos males que no lo son del mismo orden, en caso de estar tales compuestos entre los dos, tomado cada compuesto aparte es mejor que cada uno de los dos males de los que participan. Si, pues, la filosofía es un bien y lo es la praxis política, mas cada una lo es de manera diversa, participar algunos de ambos, por estar entre los dos bienes, no es decir gran cosa, pues resultan inferiores a ambos. Mas si una es buena y la otra mala, serán mejores que ésta y. peores que la otra; sí ambas son malas, por una parte dirían algo de verdad; por otra, nada. No creo admitan que ambas — —filosofía y política— sean, ambas, malas; ni que una de ellas sea mala y la otra, buena. En realidad, participando ellos de ambas, son inferiores a ambas, respecto de aquello para lo que la política y la filosofía resultan importantes. En verdad están ellos en tercer lugar, mas buscan aparecer ser los primeros. Hay, por cierto, que ser benévolos con ellos por LA tal ambición y no llevarla a mal; mas tenerlos por lo que son; porque hay que alabar a cualquiera, tanto por lo que diga de sensato como por trabajar en ello de varonil y progresiva manera. [306d] Critón: Por cierto, Sócrates, que yo mismo me siento desconcertado, como constantemente te digo, respecto de qué he de hacer con mis hijos. El menor es aún pequeño; mas Critóbulo es ya de edad, y necesita de alguien que le ayude. Cuando estoy en tu compañía, siento como si fuera locura — haberse tomado tanto empeño por los hijos respecto de matrimonio que haya de estar a la altura de madre nobilísima, y respecto del dinero, que sean lo más ricos posible; mas haber descuidado su educación. Empero, cuando miro a los que se precian de educar hombres, me desconcierto y me parece, bien — pensado, que, uno por uno, los tales son unos despistados, para decirte la verdad. Así que no sé cómo encaminar al muchacho hacia la filosofía. [307a] Sócrates: — ¿No sabes, querido Critón, que en toda ocupación son muchos los vanos y absolutamente despreciables; mas pocos, los serios y absolutamente apreciables? ¿No te parece bella ocupación la del atletismo, y aun la monetaria, la retórica y la militar? [307a] Critón: Absolutamente, me lo parecen. [307a] Sócrates: Pues bien: ¿no ves que en cada una de ellas y respecto de sus tareas los más hacen superlativamente el ridículo? [307b] Critón: Así es, por Júpiter!, y gran verdad dices. [307b] Sócrates: ¿Mas rehuirás por eso tales ocupaciones y no las recomendarás a tu hijo? [307b] Critón: No fuera justo, Sócrates. [307b] Sócrates: “No hay, pues, que hacerlo, Critón; deja a sus anchas a los ocupados en filosofía, sean ellos buenos o malos; mas examina bien y bellamente la ocupación misma; y si te pareciera vana, desaconséjala a todos, y no sólo a tus hijos. Pero si te pareciera ser lo que yo creo, valientemente persíguela y ejercítate en ella, como se dice, “tú y tus hijitos”.