Las Leyes — Plato ================= ΝΟΜΟΙ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/laws/ This file: https://plato-scroll.com/text/laws-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/laws.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/laws-b.txt - R.G. Bury (Loeb, 1926): https://plato-scroll.com/text/laws-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/laws-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/laws-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [624a] Ateniense: ¿Es un dios, a alguno de los hombres, Extranjero, a quien atribuís ser causa del establecimiento de vuestras leyes? [624a] Clinias: Un dios, Extranjero, un dios, sea dicho en toda justicia. Para nosotros, Júpiter; para los espartanos, de los que uno es éste, creo decirse fue Apolo. ¿Es así? [624a] Megilo: Sí. [624a] Ateniense: ¿Pues no dices, según Homero, que Minos acudía cada mueve años a conferenciar con su Padre, y que según sus instrucciones establecía las leyes en vuestras Ciudades? [624b] Clinias: Así, por cierto, se dice entre nosotros. Y además que Radamanto, su hermano —lo habéis oído nombrar— resultó “Justo” en superlativo. Pues bien: nosotros los cretenses decimos que, por la rectitud en la administración de justicia, se le otorgó ese título tan laudatorio. [624b] Ateniense: Bello, por cierto, tal apelativo; y grandemente adecuado a hijo de Júpiter. Mas, puesto que, tú y éste, habéis sido criados en costumbres tan legales, sospecho que no va a ser desagradable el que durante este paseo, hablando y oyendo, conversemos acerca, precisamente, de régimen político y leyes. Por otra parte, el camino de Cnosos hasta la gruta y santuario de Júpiter es, como hemos oído, suficiente para eso; y, a lo largo del camino, hay descansillos, que tal vez vayan bien en la presente estación de bochorno, bajo las sombras que dan los grandes árboles. Y nos estaría bien a los de nuestra edad descansar más de una vez bajo ellas; y, reconfortándonos mutuamente con razones, hacer de esta manera más llevadero todo el camino. [624b] Clinias: Por cierto, Extranjero, que, conforme adelantemos, hay en los bosques sagrados cipreses de altura y belleza admirables, y prados en que descansadamente conversaríamos. [624c] Ateniense: Correctamente dicho [624c] Clinias: Pues bien; lo diremos mejor, al verlo. Mas partamos, a la buena de dios. [624c] Ateniense: Así sea. Pero dime, ¿para qué la ley os ordenó las comidas-en-comunidad, ejercicios y el hábito de militares? [624c] Clinias: Creo, Extranjero, que es hasta fácil para cualquiera entender lo nuestro, porque veis la naturaleza entera del país que no es, cual la de los tesalias, plana, por lo que éstos se sirven más bien de caballos; mas nosotros, de carreras, porque éste es irregular y más adecuado, por ello, para el ejercicio de carreras a pie. Es, así, necesario disponer en él de armas ligeras, y correr sin llevar peso. Parece, así, ser conveniente la ligereza de arco y flechas. Todo, pues, se nos organiza para la guerra; y todo, como me lo parece, lo ordenó mirando hacia ella, el legislador, pues las comidas-en-comunidad se prestan a reunirse; basta con ver que todos, cuando están de campaña, se ven forzados por tal motivo, y por su propia seguridad, a comer en común todo ese tiempo. Por cierto que me parece haber el legislador comprendido la insensatez de la mayoría que no llegan a aprender que hay, en todo, siempre, continua guerra y de por vida, de una Ciudad contra todas las Ciudades. Si, pues, en estado de guerra, hay que, para seguridad, comer en común, y organizarse algunos comandantes y subordinados para turnos de guardia, eso mismo ha de hacerse en estado de paz. Que lo ue la mayoría de los hombres llama “paz” no lo es sino je nombre; de hecho, y de natural, hay siempre no declarada guerra de todas las Ciudades contra todas. Y, casi casi, mirándolo así hallarás que el legislador de los cretenses, mirándolo así también, coordinó todo lo nuestro, público y privado, en vistas a la guerra, y según este mismo nos encomendó guardar las leyes de manera que nada de lo demás: posesiones y actividades sea de provecho, a no ser que uno las emplee en favor de la guerra; mas todo lo de los vencidos resulta bienes de los vencedores. [626b] Ateniense: Bellamente, por cierto, Extranjero, me parece te has empeñado en ver clara-y-distintamente lo legal para los cretenses. Pero dime aún más claramente esto: respecto de lo que pusiste cual definición de Ciudad bien regida políticamente me parece dices estar ordenada de manera que venza a las demás Ciudades. ¿Es así? [626c] Clinias: Pues absolutamente. Mas me parece que a éste le parece también a sí. [626c] Megilo: Pues, ¿de qué otra manera respondería, divino, cualquier otro de los espartanos? [626c] Ateniense: Mas lo que resulta verdadero de Ciudades a Ciudades, ¿sería diverso entre una aldea y otra aldea? [626c] Clinias: En modo alguno. [626c] Ateniense: ¿Sino lo mismo? [626c] Clinias: — Sí. [626c] Ateniense: Pues bien: y en la aldea, casa respecto de casa, y varón respecto de varón, uno respecto de una, ¿es aún lo mismo? [626c] Clinias: Lo mismo. [626d] Ateniense: Y uno respecto de sí mismo, ¿habrá de tratarse cual enemigo frente a enemigo? ¿O qué decimos en este caso? [626d] Clinias: Extranjero “ateniense” —porque no querría llamarte “ático”, porque me pareces merecer más bien el que se te denomine, cual con sobrenombre con el de la diosa—, por encaminar rectamente este razonamiento hacia su principio, hiciste grandísima claridad, de modo que hallarás más fácil admitir que dijimos correctamente hace un momento eso de que todos son enemigos de todos en público; y que, en privado, cada uno lo es de sí mismo. [626e] Ateniense: ¿En qué sentido lo dices?, admirable. [626e] Clinias: Que en este último caso también, Extranjero, vencerse uno mismo a sí misma ces de todas las victorias la primera-y-la mejor; mas ser derrotado uno mismo por sí mismo es lo más vergonzoso-y-peor de todo. Que esto muestra haber en cada uno de nosotros guerra con nosotros mismos. [626e] Ateniense: Pues bien, volvamos al razonamiento. Puesto que cada uno de nosotros, uno mismo es el vencedor y el derrotado por sí mismo, ¿afirmamos que casa, aldea y Ciudad se han de idéntica manera en sí mismas? ¿O no lo afirmamos? [627a] Clinias: ¿Dices que alguna es también vencedora de $Í misma; pero otra, derrotada? [627a] Ateniense: Sí. [627a] Clinias: “También esto lo preguntas correctamente, porque para eso en grande; y no menos en las Ciudades. Porque en cuantas los mejores vencen a la plebe y a los peores, se diría de tal Ciudad que se vence a sí misma; y justísimamente se la alabaría por tal victoria. Mas lo contrario, en caso contrario. [627b] Ateniense: Pues bien: dejemos aparte si, alguna vez, lo peor domine a lo mejor, —que es largo de decir. Pero ahora entiendo lo que dices: que si, alguna vez, ciudadanos —parientes y nacidos en la misma Ciudad— injustos y muchos, reuniéndose esclavizan por la fuerza a justos, menores en número, en tal caso se diría correctamente de la Ciudad que es derrotada por ella misma y, a la vez, mala; mas si son ellos los derrotados, que es ella dominadora y buena. [627b] Clinias: Grandemente desconcertante es, Extranjero, lo que se acaba de decir; no obstante es, aun más necesario, aceptarlo tal cual. [627c] Ateniense: ¡Detente! Y reconsideremos esto: que muchos hermanos nacieran, por caso, hijos de un varón y de una, y que nada tendría de extraño que los más de ellos resultaran injustos; mas pocos, justos. [627c] Clinias: Nada en efecto. [627c] Ateniense: Y nada sacaríamos tú y ya de empeñarnos en dar caza a este punto: que, en caso de vencer los malos, tanto a casa como a parentela misma íntegra se las habría de llamar derrotadas por sí mismas; mas dominadoras, si derrotadas; porque lo que ahora estamos considerando respecto de lo dicho por la mayoría no lo hacemos en vistas a su bella o mala facha, sino a la rectitud o falla de las leyes, cual es por naturaleza. [627d] Clinias: Verdaderísimamente dicho, Extranjero. [627d] Megilo: A mí me parece también bellamente dicho todo ello y por el momento. [627d] Ateniense: Veamos además estotro; que para los acabados de llamar hermanos hubiera un cierto juez. [627d] Clinias: Perfectamente. [627d] Ateniense: ¡¿Cuál sería, pues, el mejor: el que hiciera perecer a cuantos de ellos son malos, y pusiera a gobernarse a sí mismos a los mejores, de ellos; o aquel otro que hiciera gobernar a los buenos; mas, dejando vivir a los malos, hiciera que éstos se dejaran voluntariamente gobernar? Como tercer juez, en punto a excelencia, ¿digamos sería aquel que, encontrándose con una parentela en discordia, no destruyera a nadie; sino, reconciliándola, imponiéndoles para en adelante leyes pudiera asegurar entre ellos durable amistad? [628a] Clinias: Con mucho, resultaría mejor tal juez y legislador. [628a] Ateniense: Por cierto que legislaría las leyes mirando a algo contrario a guerra. [628a] Clinias: Es esto gran verdad. [628a] Ateniense: Pero, ¿qué, de quién coarmonizara a la Ciudad? ¿Organizaría mejor y más bellamente su vida en vistas a guerra exterior o con la vista fija en guerra que en ella nazca; la llamada, y bien, “escisión”? Guerra, que, sobre todo, nadie querría que surgiera en su propia Ciudad y que, surgida, prestísimamente querría que [628b] Clinias: Es claro que mirando a esto. [628b] Ateniense: Pero, ¿qué preferiría uno?: ¿Que se hiciera paz tras tal escisión, destruidos unos. [628b] vencedores otros; ¿0, mejor, que hechas amistad y paz mediante reconciliación, no hubiera ya necesidad de pensar sino en los enemigos exteriores? [628c] Clinias: Esto, más bien que aquello, es lo que todos querrían para la propia Ciudad. [628c] Ateniense: ¿También, pues, así el legislador? [628c] Clinias: De seguro. [628c] Ateniense: ¿Así que todo legislador establecería la legislación en vistas a lo Optimo? [628c] Clinias: Pero, ¿cómo no? [628c] Ateniense: Por cierto que lo óptimo no es ni la guerra ni la escisión, ¡ojalá no nos veamos obligados a eso!; pero lo es paz y benevolencia mutua. Más aún: pareciera que vencerse una Ciudad ella a sí misma no fuera algo de lo óptimo, sino de lo necesario. Caso semejante a si creyera uno irle óptimamente por haber hecho efecto en su cuerpo enfermo las purificaciones medicinales; mas al cuerpo que de nada eso necesitara, ni tan sólo le prestara atención. Parecidamente también: quien, respecto de la felicidad de Ciudad o de particular, pensara así, jamás llegaría a ser correcto político, por mirar primero y solamente a guerra exterior; ni, a cumplido legislador, si no legisla lo de guerra en favor de la paz, mas bien que lo de paz en favor de lo de guerra. [628e] Clinias: De manera evidente, y correcta, Extranjero, me parece haberse dicho todo eso; y me sorprendo, por cierto, de si lo legislado entre nosotros y aun lo entre los espartanos, no se haya hecho poniendo todos los esfuerzos en vistas a guerra. [629a] Ateniense: Tal vez, tal vez; mas sobre el presente punto no hemos de discutirlo de manera rigurosa, sino tranquilamente preguntar, tomándolo con máxima seriedad nosotros y ellos, Acompañadme, pues, en el razonamiento. Presentemos, pues, a Tirteo —ateniense de nacimiento, aunque se hizo conciudadano de éstos— quien, más que hombre alguno, tomó en serio esto, al decir que ni haría memoria ni pondría en palabra a varón, aun si fuera el más rico de los hombres, dice, ni aun si poseyera grandes y muchos bienes, dijera él casi casi todos, si no fuera siempre el mejor en cosas de guerra. Tales poemas los has, tal vez, oído tú; que éste, creo, está de ellos que rebosa. [629b] Megilo: Pues absolutamente. [629b] Clinias: Y por cierto que a nosotros nos vinieron importados de Esparta. [629b] Ateniense: ¿Ahora bien: preguntemos en común a este poeta por semejante manera: “Tirteo, el más divino entre poetas —porque parécenos ser tú sabio y bueno, ya que a los distinguidos en la guerra los encomiaste de distinguida manera; se da el caso de que yo. Meguilo y Clinias de Cnosos éste precisamente— estamos grandemente de acuerdo en esto contigo, tal nos parece; mas sobre si hablamos de los mismos varones, o no, queremos saberlo más claramente. Dinos, pues: ¿piensas también tú claramente, como nosotros, que hay dos eídoses de guerra? ¿O cómo?" A esto, creo, aun uno muchísimo más flojo que Tirteo diría, y con verdad que hay dos; uno, al que todos llamamos “escisión”, que es de entre todas las guerras el más penoso, como hace un momento decíamos nosotros. Creo que todos nosotros pondremos cual el otro género de guerra aquel de que, en caso de diferencia, echamos mano contra los de fuera y de otras razas, —eidos, más benigno que el otro. [629d] Clinias: Pues, ¿cómo no? [629d] Ateniense: Pues bien, ¿a qué varones, y respecto de qué guerra, alabándolos, a unos los superalabaste; mas a otros los menospreciaste? Parece, por cierto, que respecto de la que contra extranjeros. Porque dijiste así en los poemas: que no aguantabas en modo alguno a esos que no se atreven a mirar “carnicería sangrienta”; y s, a los que ansían por lo terrible, firmes, de cerca Pues bien: después de esto diríamos que “alabas, tal parece, Tirteo, sobre todo a los que se hacen ilustres en guerra contra el extranjero y la de fuera”. Diría él a esto que sí, ¿y lo aceptaría? [629e] Clinias: ¿Cómo no? [629e] Ateniense: Mas nosotros afirmamos que, aun siendo buenos ésos, son mejores aún, y con mucho, los que se hacen patente y superlativamente buenos en la guerra máxima. Tenemos también nosotros un testigo: Teognis, conciudadano de los megáricos de Sicilia, quien dice Vale, y equilibra su peso en oro y plata. [630a] Cirnos, varón fiel durante penosa biescisión. [630a] De éste, pues, afirmaremos ser, durante penosa guerra, grandísima mejor que aquél, casi casi tanto mejor cuanto justicia y templanza, juntas y unidas con valentía, son mejores que valentía sola. Porque en las escisiones un varón no sería fiel y sano sin el total de la vida. Mas en eso de salir sanos y salvos, y aun de pelear, decididos a morir, hay, en la guerra de que habla Tirteo, gran número de mercenarios, de los cuales los más resultan atrevidos, injustos, insolentes e insensatos, casi todos; fuera de algunos, y bien pocos. ¿A dónde va, en fin, este nuestro presente razonamiento, y qué pretende declarar diciendo tales cosas? Es claro que precisamente esto: que, sobre todo, el legislador de aquí, de parte de Júpiter, y aun cualquiera que en algo sea de provecho, impondrá siempre las leyes mirando sobre todo y únicamente a la máxima virtud. Mas, como dice Teognis, tal lo es la fidelidad en los casos terribles, a la que se habría de denominar “justicia perfecta”. Pero en cuanto a la virtud alabada cual máxima por Tirteo, es, ciertamente, bella y oportunamente celebrada por el poeta; mas que sea, por cierto, la cuarta según orden y poder en lo de ser valiosa, dijéraselo correctísimamente. [630d] Clinias: A nuestro legislador, Extranjero, enviémoslo a hacer compañía a esos lejanos legisladores. [630d] Ateniense: No nosotros, por cierto, óptimo, sino a nosotros mismos, ya que creemos que todo lo legislado tanto en Esparta como aquí lo han establecido Licurgo y Minos en vistas, sobre todo, a la guerra. [630d] Clinias: Mas esto, ¿cómo hemos nosotros de decirlo? [630d] Ateniense: Creo que, hablando en sencillo diálogo, así: mirando a Verdad y Justicia —y no a una parte de la virtud, y ésa la menos apreciable, sino a toda ella— el legislador estableció las leyes y buscolas guiándose por eidos; no esos eídoses que los de ahora, cada uno, sale a buscar para establecer, uno, lo referente a herencias y herederas; otro, a injurias; otro, a miles y miles de cosas tales. Mas nosotros afirmamos que la búsqueda de leyes por las que bien las buscan, es cual nosotros, ahora, lo hemos iniciado. Y yo admiro absolutamente tu manera de emprender el dar sentido a las leyes, porque comenzar por la virtud, diciendo que a las leyes él las impone por causa de ella, es lo correcto; mas al afirmar tú que legisló refiriéndolo todo a una parte de la virtud, y ésa la menos apreciable, me pareció evidente que ya no hablabas correctamente, y todo lo que posteriormente dije lo dije por esto. ¿Cómo, pues, querría aún distinguieras dialogando, y querría yo mismo ofrlo? ¿Quieres que te lo explique? [631b] Clinias: Absolutamente. [631b] Ateniense: “Extranjero”, habría que decir, “las leyes de los cretenses no son, por nada, distinguidamente famosas ante todos los griegos, porque son, en realidad, rectas y consiguen el hacer felices a los que de ellas se sirven. Porque les aportan todos los bienes; que son de dos clases: unos, los humanos; otros, los divinos. Mas de los divinos penden los otros. Y si una Ciudad recibe los mayores, adquiere también los menores; pero si no, queda privada de ambos. Pues bien: hay, por cierto, bienes menores de los que Salud es comandante; cual segundo, belleza; de tercero, robustez para carrera y demás clases de movimientos corporales; de cuarto, ya, riqueza, no la ciega, sino la de aguda visión, si es que va a la par con ella Sapiencia; que es, por cierto, bien primero, comandante de los divinos, Sapiencia; segundo, disposición, atemperada racionalmente, de alma; después de éstos, mezclados con valentía, sería tercero Justicia; mas cuarto, Valentía. Pero, según naturaleza, todos estos bienes están pre-ordenados a aquéllos; y así hay que ordenárselos también al legislador. Después de esto, hay que declarar a los ciudadanos que las demás ordenanzas miran a aquellos bienes; los humanos bienes, a los divinos; a su vez, los divinos miran, todos ellos, a su Comandante: la Inteligencia. Y acerca de los casamientos, a contraer unos con otros; y, después de ello, a varones y hembras, unos y otros —en cuanto a engendramiento y crianza de los hijos, tanto de jóvenes, como de viandantes hacia mayores de edad, hasta vejez— hase de poner cuidado en honrar y deshonrar rectamente. En todas estas relaciones de ellos hay que, observando y vigilando penas, placeres, apetencias e intereses de toda clase de amores, reprender correctamente, y alabar mediante las leyes mismas. Y en ataques de ira y de miedo y en cuantas perturbaciones surjan, por mala suerte, en las almas, y en cuantas evasiones, por buena suerte, de tales casos, y en cuantos sufrimientos, por enfermedades o guerras o pobreza o sus contrarios advienen y cáenles a los hombres, en todo ello, hase de enseñar y definir lo que es bello y lo que no en cada una de tales casos. Después de lo cual es preciso que el legislador vigile haberes y gastos de los ciudadanos, de qué modo se hacen. En cuanto a los tratos mutuos y su disolución —sea toda ello, voluntario o contra voluntad— en qué medida cada uno se porte en tales casos respecto de los demás, supervisar en cuáles está lo justo y en cuáles se falta a ello; y repartir honras a los buenos obedientes de las leyes; imponer las penas ordenadas para los desobedientes, a fin de que, progresando hacia la meta del régimen político total, vea a cuál de los muertos, a cada uno, de qué manera se haya de hacerle el entierro y qué honras conferirle. Con la mirada puesta en las leyes quien las impuso pondrá para todas ellas guardianes, que procedan unos según sapiencia, otros según opinión verdadera, a fin de que la Inteligencia, vínculo de todo eso, descubra claramente lo que sigue a Sapiencia y Justicia, y no a riqueza ni ambición”. [632d] De esta manera, Extranjeros, querría yo, por cierto, y aun estoy ahora queriendo recorrer con vosotros cómo en las leyes llamadas de Júpiter, y en las de Apolo el pítico —que Minos y Licurgo nos pusieron— se halla todo esto; y de qué modo, por la posesión de un cierto orden, resultan transparentes al experto en leyes o por arte o por ciertas costumbres; aunque a los demás, a nosotros, no nos resulten en manera alguna evidentes. [632d] Clinias: ¿Cómo, pues, Extranjero, hay que hablar de lo que a esto sigue? [632d] Ateniense: Me parece preciso recorrer, una vez más, tal cual comenzamos primero, las hazañas de la valentía; después pasaríamos de un eidos diverso a otro diverso de esta virtud, si así lo queréis. Pero una vez que hayamos recorrido lo primero, trataremos, poniéndolo de paradigma, y hablando parecidamente de lo demás, hacer interesante el camino; pero, por fin, declararemos lo referente a la virtud íntegra y mirando hacia ella lo que acabamos precisamente de recorrer, si dios lo quiere. [633a] Megilo: Bellamente dicho. Y trata, primero, de examinar al ensalzador de Júpiter que aquí con nosotros está. [633a] Ateniense: To intentaré, y te examinaré al ti y a mí mismo, porque común es el razonamiento. Decid, pues, ¿afirmamos que comensalías y las gimnasias las inventó el legislador con vistas a la guerra? [633a] Megilo: Sí. [633a] Ateniense: ¿Y en tercer o cuarto lugar? Porque, tal vez, así será preciso recontar también lo referente a los demás de la virtud, háyaselo de denominar partes o cosa parecida, declarando únicamente lo que significan. [633b] Megilo: En tercer lugar, diría yo y cualquier espartano, inventó la caza. [633b] Ateniense: Tratemos de señalar, si podemos, lo cuarto a la quinto. [633b] Megilo: Por cierto que yo intentaría señalar precisamente lo cuarto: lo referente al fortalecimiento contra los dolores, alcanzado entre nosotros tanto en las luchas mano a mano como en ciertos saqueos de los que, casi siempre, se sacan muchos golpes. Además, el denominado “cripteia”, maravilloso y grande ejercicio para fortalecerse: pies descalzos en invierno, dormir en tierra, servirse cada uno á sí mismo sin criados, excursiones nocturnas y diurnas por todo el país. Más aún: con las gimnopedias obtiénense entre nosotros notables fortalecimientos para luchar en la fuerza de la canícula, y muchísimos otros tantos tantos que no terminaría uno de recorrerlos uno a uno. [633c] Ateniense: Bien hablado. Extranjero espartano. Pero, ¡tente!; la valentía: ¿qué diremos ser? ¿Ser, simple y únicamente lucha contra miedos y dolores, o también contra placeres, deseos y ciertas caricias terribles y seductoras que vuelven de cera aun a los ánimos de los que se tienen por respetables? [633d] Megilo: Creo, por cierto, que así es: contra todo eso. [633d] Ateniense: Si, pues, nos acordamos de la frase anterior, aplicaba éste a Ciudad esa de “derrotada ella por sí misma”; y también, a varón. ¿Así, extranjero de Cnoso? [633d] Clinias: Y del todo, por cierto. [633e] Ateniense: Pues bien: ¿llamamos ahora “malo” al derrotado por los sufrimientos y también al de por los placeres? [633e] Clinias: Mas todavía, me parece, al que por los placeres; y todos decimos eso de “más” respecto del dominado por los placeres; que éste es el más despreciablemente derrotado por sí mismo; más que el por los sufrimientos. [634a] Ateniense: ¿Así que, por cierto, el legislador de Júpiter y el pítico no han impuesto por ley una valentía coja, que sólo. pueda marchar contra lo de izquierda, mas impotente contra lo de derecha: lo sutil y acariciante; o contra ambas? [634a] Clinias: Yo juzgo que contra ambas. [634a] Ateniense: Señalemos, pues, una vez más, respecto de nuestras dos Ciudades, cuáles son las prácticas que se regodean en los placeres; y no los huyen. Según esto mismo: que no hagan remitir los sufrimientos, sino meterse en ellos; fuercen y persuadan con honores a dominarlos. ¿No hay algo en vuestras leyes que ordene esto mismo respecto de los placeres? Decid, pues, qué es precisamente lo que os hace a vosotros mismos valientes tanto contra dolores como contra placeres, venciendo lo que se debe vencer, y jamás vencidos por enemigos de esos que están muy más cerca de vosotros mismos, y son más temibles. [634b] Megilo: Pues bien, Extranjero, así como tenía, respecto de los sufrimientos, leyes que mencionar, muchas y resistentes a ellos, tal vez no me sería tan fácil señalar, respecto de los placeres, especímenes grandes y diáfanos, aunque tal vez fuera fácil señalar pequeñeces. [634c] Clinias: Ni aun yo mismo tendría, por cierto, cómo poner de manifiesto algo parecido a eso en las leyes de Creta. [634c] Ateniense: ¡Óptimos entre extranjeros!, nada tiene, por cierto, de sorprendente. Mas si alguno de nosotros critica algo acerca de las leyes de la casa propia, por querer descubrir lo que sea, a la vez, verdadero y mejor, no nos lo llevemos a mal sino pacientemente. [634c] Clinias: Correctamente hablaste. Extranjero ateniense; hase de obedecer. [634d] Ateniense: Pues, Clinias, no estaría eso bien a varones de nuestra edad. [634d] Clinias: Pues no. [634d] Ateniense: Por cierto, que si, correctamente o no, se reprocha algo al régimen político espartano o cretense, fuera otro asunto. Mas, en cuanto a lo que dice de ello la mayoría, tal vez tendría algo que decir yo mejor que vosotros dos, ya que, si entre vosotros lo de las leyes está debidamente dispuesto, una de las leyes más bellas fuera la de que nó se permita a ninguno de los jóvenes escudriñar lo que tengan ellas de bello o no bello; sino que todos, a una voz y con una boca, proclamen que todo está bellamente establecido, por imponerlo dioses; y si alguien habla de otra manera, que los oyentes no lo aguanten en modo alguno. Mas si un anciano tiene concepciones suyas acerca de algo de vosotros, que hable de ella con magistrado o con los de su edad; no, en presencia de joven alguno. [634e] Clinias: Correctisimamente dicho, Extranjero; y cual adivino, distante del pensamiento de quien entonces las impuso, me parece, sinceramente, aciertas tú ahora en ello, y dices gran verdad. [635a] Ateniense: Pues bien: la ausencia de jóvenes, ahora; y nosotros por vejez, tenemos licencia del legislador para dialogar, solos a solas, acerca de esto, sin en nada excedernos. [635a] Clinias: — Así es; y no dejes sin reprochar lo reprochable en nuestras leyes, porque no deshonra reconocer algo de lo no bellamente hecho; más bien, de ello suele venirle un remedio a quien acepta no con animosidad, sino con buen talante, lo que se le dice. [635b] Ateniense: Bellamente. Por cierto que no hablaré en son de reproche de vuestras leyes, antes de, en lo posible, fundada y minuciosa consideración; más bien, en son de duda. Porque, a vosotros solos de entre griegos y bárbaros, de los que tenemos noticias nosotros, ordenó el legislador abstenerse, y no regodearse, en los mayores placeres y diversiones. Pero en cuanta a lo de sufrimientos y miedos —lo que acabamos de enumerar— pensó que si, desde niños. Se huye enteramente de ellos, cuando se llegue a inevitables trabajos, miedos y sufrimientos huirán ante los en ellos ejercitados, y se les someterán. Esto mismo, por cierto, creo, tuvo que pensarlo, respecto de los placeres, el mismo legislador, diciéndose a sí mismo a solas que si, desde niños, nuestros ciudadanos no hacen experiencia de los mayores placeres, y han descuidado, al encontrarse con los placeres, el fortalecerse y no sentirse forzados a hacer nada de vergonzoso —a cansa de esa dulzura que arrastra el ánimo hacia los placeres— les pasará lo mismo que a los sometidos a los miedos: serán esclavos, de manera diferente y aun más vergonzosa que la de los que pueden dominarse en los placeres y ser dueños de sí en lo referente a los placeres, —hombres que, a veces son absolutamente malos; y llegarán a tener un alma, por una parte sierva, por otra libre, y no serán dignos de llamarse simplemente valientes y libres. Considerad, pues, si algo de lo ahora dicho os parece haberse debidamente dicho. [635e] Clinias: — Por cierto que así nos lo parece el razonamiento dicho. Mas, por su importancia, darle fe inmediata y fácil tal vez sea cosa más bien de jóvenes y de insensatos. [635e] Ateniense: Pero sí, después de esto. Clinias y Extranjero de Esparta, recorriéramos paso a paso lo que nos propusimos —y hablamos, por tanto, después, de la valentía de la templanza—, ¿qué diferencia hallaremos en estos regímenes políticos respecto de esotros: los de Ciudades regidas al azar en la política, al modo que ahora en cuanto a la guerra? [636a] Megilo: No es cosa fácil, por cierto. Porque parece que tanto las comensalías como la gimnástica son bellos inventos en favor de ambas virtudes. [636a] Ateniense: Parece, por cierto, Extranjero, que es dificultoso el que lo concerniente a los regímenes políticos resulte indiscutible por igual de palabra-y-obra, porque se corre el riesgo, cual en el caso de los cuerpos, de que no sez posible ordenar algo, un régimen para un cuerpo, que no se manifieste, él mismo, perjudicial por una parte para nuestros cuerpos; mas por otra, benéfico. Así también: lo de la gimnástica y comensalías, en muchos aspectos beneficia ahora a las Ciudades; mas resulta propicio a escisiones; se echa de ver en los muchachos de Mileto y Beocia y Turio. Más aún: por ser tal práctica, legalmente vieja, parece haber corrompido los placeres Venéreos naturales no sólo en hombres sino hasta en bestias. Y de esto echaría alguno la culpa, primero, a vuestras Ciudades y a cuantas de las demás se ocupan sobre todo de la gimnástica. Y tanto que esto haya que tomarlo en broma como en serio, hay que pensar que a la naturaleza femenina y a la de los varones le fue dado, al parecer, natural placer en esto al ayuntarse para la generación; mas el de varones a varones n el de hembras a hembras es contra naturaleza; y es un atentado, y de los primarios, contra ella por incontinencia en el placer. Mas, por cierto, que todos acusamos a los cretenses de haber inventado, y hablado del mito de Ganymedes; ya que, por creer haberles venido de Júpiter las leyes, pusieron este mito a cuenta de Júpiter, a fin de que, siguiendo en esto al dios, recolectasen ellos también el fruto de tal placer. Sea del mito lo que fuere, allá él; mas cuando los hombres se ponen a considerar las leyes, casi toda la consideración se les va en lo concerniente a placeres y sufrimientos, en Ciudades y en estados privados suyos, porque estas dos fuentes están dejadas a su curso natural; de las cuales quien saca de donde, cuando y cuanto debe, llega a feliz, —sea Ciudad y parecidamente un particular y cualquier animal. Empero, a quien, indoctamente y fuera de lo oportuno, le pasará en su vida lo contrario al otro. [636e] Megilo: Así, Extranjero, bellamente se dice; aunque, tal vez, un cierto mutismo se apodere de nosotros respecto de qué se debe decir en este punto; no obstante, me parece correcto eso de que el legislador de Esparta mande huir de los placeres. En cuanto a las leyes de Cnoso, éste precisamente nos ayudará, si lo quiere. En Esparta, me parece estar dispuesto lo más bellamente del mundo lo referente a los placeres, porque, sobre todo, lo que precipita a los hombres en los máximos placeres, excesos y toda clase de insensateces, eso precisamente lo expulsó nuestra ley del país entero; y no verías ni en los campos ni en las poblaciones dependientes de los espartanos ni banquetes ni todo lo que, acompañándolos, es capaz de excitar toda clase de placeres. Ni hay quien, tropezándose con cualquier juerguista borracho no le imponga inmediatamente el máximo y justo castigo; ni lo libraría de él la excusa de las Dionisíacas, cual lo que, una vez, vi yo entre vosotros en carrozas; y en Tarento, en nuestra colonia, vi el espectáculo de toda una Ciudad borracha en las Dionisiacas. Pero entre nosotros no hay nada de tal. [637b] Ateniense: ¡Extranjero de Esparta!; todo eso es de alabar, mientras haya alguna clase de frenos. Mas si se los suelta, el relajo es mayor; que fuera ligera defensa de lo nuestro el que alguno os señalara la licencia de las mujeres entre vosotros. Para todo esto, por cierto, sea en Tarento, entre nosotros, y an entre vosotros, hay una respuesta que parece absolver eso de que esté mal hecho, y no Correctamente; porque todo respondiente dirá a extranjero que se admite viendo en vosotros cosas tan desacostumbradas: “No te admires, extranjero; para nosotros eso es de ley; tal vez, para vosotros, la ley sea, en esto, diferente”. Empero nosotros, ahora, varones amigos, no tratamos de los demás hombres, sino sobre la maldad y virtud de los legisladores mismos. Digamos, pues, algo más sabre la borrachera en general, porque no es asunto pequeño, y no es de insignificante legislador el diagnosticarlo. Respecto del vino, no digo, en absoluto, que se lo beba o no; mas respecto de la borrachera, ¿hay que tratarla como es usanza de escitas y persas, y aun cartagineses, celtas, iberos y tracios —todos ellos, razas belicosas—, o como vosotros? Porque vosotros. Es lo que tú dices, sois del todo abstemios; pero escitas y tracios se sirven vino totalmente inmezclado, tanto mujeres como ellos, y lo derraman sobre los vestidos, y han juzgado hacen con ello algo bello y beatificante. Mas los persas se sirven de él en grande, y de las demás exquisiteces que vosotros rechazáis, aunque más ordenadamente que aquéllos. [638a] Megilo: ¡Excelencia!; nosotros los perseguimos a todos ellos apenas ponemos manos a las armas. [638a] Ateniense: ¡Eminencia!, no digas eso, porque huidas y persecuciones las ha habido y habrá, muchas y sin testigos; por lo cual mejor es dejar sin declarar, sino en dudas, de si son o no tales actos algo bello, cuando hablamos de victoria y derrota. Porque, en realidad, las Ciudades grandes vencen, en la guerra, a las pequeñas; y los siracusanos esclavizan a los locrios que, por cierto, parecen haber estado regidos por mejores leyes que sus circunvecinos; y a los de Ceos, los atenienses, y por miles y miles hallaríamos casos como esos. Mas sobre cada uno de estos asuntos intentemos convencernos hablando, poniendo fuera de tema lo de victoria y derrota; mas digamos que tal caso es bello, pero que tal otro no es bello. Empero, primero, oíd de mí, acerca de esto mismo, qué deba considerarse cual bueno o no. [638c] Megilo: Pues, ¿en qué sentido la dices? [638c] Ateniense: Me parece que todos los que toman un asunto a tratar de palabra y se proponen inmediatamente reprobar o alabar lo dicho, no proceden en modo alguno según lo debido, sino hacer lo mismo que quien, al alabarle alguien cual bueno comer un cierto grano, lo reprobara inmediatamente, sin enterarse de sus efectos y empleos de qué manera y a quiénes y en qué estado y cómo se ha de emplear. Pues bien: me parece que ahora estamos nosotros haciendo en nuestros razonamientos lo mismo, porque con sólo haber oído eso de borrachera, inmediatamente unos lo reprueban, otros lo alaban, y siempre de extraña manera. Porque sirviéndonos de testigos y ensalzadores estamos unos y otros alabando; y los unos, por presentar muchos de ellos, juzgamos decir algo decisivo; mas los otros, por ver que vencen al pelear a quienes no se sirven de vino. Empero, esto mismo es lo que está en dudas. Si, pues, sabre cada una de las demás cosas legisladas procedemos así, no me sería aceptable; mas quiero hablar de esto mismo: de la borrachera, de otra manera, que me parece la debida; tal vez así pueda, intentándolo, declararnos un método correcto para todos estos casos, ya que miles y miles de pueblos, poniendo en duda eso, discutirían a razones con vuestras dos Ciudades. [638e] Megilo: Por cierto que si tenemos una manera correcta de considerarlo no hemos de rehusar oírlo. [639a] Ateniense: Considerémoslo de esta manera: ¡Vamos!; si alguien aprobara la cría de cabras y aprobara la posesión de tal animal por bella; mas otro por haber visto cabras pacer sin cabrero en tierras de cultivo haciendo destrozos, la rechazara; y viendo cualquier bestia sin guarda o con malos guardianes lo reprochara parecidamente, ¿creemos que tal reproche sea éste, y otro tal, sano reproche? [639a] Megilo: ¿Cómo lo fuera? [639a] Ateniense: ¿ls para nosotros buen capitán de navíos solamente quien tenga la ciencia náutica, tanto que se maree como que no?; ¿o cómo lo diríamos? [639b] Megilo: En modo alguno si, aparte de tal atte, le pasa eso que dices. [639b] Ateniense: Pero, ¿qué, respecto de comandante de ejército, si por tener la ciencia de la guerra es capaz de mandar; mas que, por ser cobarde en los peligros, se marea por borrachera de miedo? [639b] Megilo: Y, ¿cómo lo fuera? [639b] Ateniense: ¿Pero si, además de no tener la arte, es cobarde? [639b] Megilo: Estás hablando de uno rematadamente malo, y de modo alguno comandante de varones, sino de algunos grandemente afeminados. [639c] Ateniense: Pero, ¿qué de un ensalzador o reprensor de una comunidad cualquiera en la que, como es natural, haya un jefe y con él resulte de provecho, mas que no haya visto jamás una comunidad unida ella consigo misma bajo un jefe, sino siempre una anárquica o unificada bajo malos jefes? ¿Creeremos que espectadores tales de tales comunidades desaprueben o ensalcen bien? [639c] Megilo: Mas, ¿cómo, no habiendo visto jamás ni convivido con ninguna de tales comunidades correctamente constituida? [639d] Ateniense: Pues bien: ¿afirmaríamos que tales reuniones de bebedores y tales bebercios constituyen una cierta-y-real convivencia? [639d] Megilo: ¡Y grande por cierto! [639d] Ateniense: ¿Presenció jamás alguien que tal haya pasado correctamente? Y tal vez a vosotros no os sea en modo alguno fácil responder que jamás, —porque eso no os es ni práctica local ni legal; pero yo me he encontrado en muchas y en muchas partes y, por decirlo así, las he escudriñado a todas: y casi casi no he visto ninguna ni oído de ninguna que haya sido íntegramente correcta; mas si lo han sido algunas partecitas de ellas, pequeñas y pocas, las más y en total, sea dicho, resultaron un fracaso. [639e] Clinias: ¿En qué sentido lo dices, Extranjero? Explícate más claramente, ya que, como dijiste, nosotros por falta de experiencia, ni aun tal vez asistiendo reconoceríamos de inmediato lo que en ellas pasó correctamente o no. [640a] Ateniense: Es verosímil lo que dices; trata de aprenderlo por lo que voy a explicar; que en todas las convenciones y reuniones por el motivo que sea es correcto haya siempre y en cada una un jefe, ¿lo aceptas? [640a] Clinias: Pues, ¿cómo no? [640a] Ateniense: Y por cierto decíamos hace un momento que para combatientes ha de haber un jefe valeroso. [640a] Ateniense: ¿Ahora bien: al valiente lo turba menos el miedo que a los cobardes. [640b] Clinias: También esto es así. [640b] Ateniense: Pero si hubiera traza para poner al frente de un ejército un jefe absolutamente sin miedo a nada o imperturbable, ¿no sería esto lo que haríamos en todo caso? [640b] Clinias: Pues y mucho, ciertamente. [640b] Ateniense: Pero ahora no estamos hablando de un jefe de ejército en esos encuentros de varones enemigos con enemigos durante guerra, sino de los de amigos reunidos con amigos en paz y con benevolencia. [640b] Clinias: Correctamente. [640b] Ateniense: ¿Pero hay manera de que tal reunión, si se hace con borrachera, no resulte tumultuosa? ¿Es así? [640b] Clinias: Pues, ¿cómo? Creo que todo lo contrario. [640b] Ateniense: ¿Así que, primero, ha de haber para los tales un jefe? [640b] Clinias: Como que sí, más que para cualquier otro caso. [640b] Ateniense: Pues, si fuera posible, haber alguien imperturbable, ¿habría que proporcionar tal jefe? [640b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [640b] Ateniense: Además: ha de ser, tal parece, entendido en reuniones, porque hace de guardián de la amistad que entonces entre ellos hay; y, más aún, se cuida de que por la presente reunión la amistad se haga mayor. [640d] Clinias: — Verdaderísimo. [640d] Ateniense: ¿Así que se ha de poner al frente de borrachos jefe sobrio y sabio, y no lo contrario? Porque si jefe de borrachos borracho, joven y no sabio, no hace algún mal y grande, de buena suerte se está. [640d] Clinias: Pues de buenísima, por cierto. [640d] Ateniense: Si, pues, alguien reprobara reuniones tales que pasaran en las Ciudades de manera lu más correcta posible, hablando contra la práctica misma, tal vez no las reprobara correctamente; mas si viendo que se llevan a cabo de manera la más desarreglada posible las vilipendiara, primero está claro que ignora hacerse eso de manera incorrecta; después, que todo eso en tal caso toma la apariencia de malo por practicarse sin señor ni jefe sobrio, ¿O no caes en cuenta de que precisamente piloto borracho y cualquier otro jefe trastorna todo, sea navíos, carros, ejército, sea lo que fuere lo gobernado por él? [641a] Clinias: Has dicho, Extranjero, de todo en todo la verdad. Tras esto dinos estotro: en caso de hacerse correctamente eso: lo establecido acerca de bebidas, ¿qué bien nos aportaría? Cual, caso de que acabamos de hablar, si a un ejército le cayera en suerte jefatura correcta, resultara de ello para los que le siguen victoria en guerra, que no es pequeño bien, y así de los demás casos; mas de combebedería correctamente educada, ¿qué bien grande resultaría a particulares o a la Ciudad? [641b] Ateniense: Pero, ¿qué? De un solo niño o aun coro educados según lo debido, ¿qué bien grande diríamos le resulta a la Ciudad? O a esto, así preguntados, responderíamos que, de uno, ciertamente resultaría pequeño provecho para la Ciudad; mas si, en general, preguntas por qué gran ayuda trae a la Ciudad la educación de los educados, no es dificultoso decir que, por bien educados, resultarían varones buenos que, por ser tales harán lo demás bellamente, ademís de que, al pelear, vencerían a los enemigos. Así, pues, educación trae aun victoria; mas victoria, a veces, maleducación, porque muchos, insolentes por victorias obtenidas en guerra, rellénanse por tal insolencia de miles y miles de otros males; y jamás hubo educación “cadmea”, aunque, entre hombre, haya habido, y habrá, muchas victorias tales. [641c] Clinias: Nos parece, Extranjero, que afirmas que esas reuniones de bebida-en-común, si se hacen correctamente aportan un gran lote a la educación. [641d] Ateniense: Como que sí. [641d] Clinias: ¿Podrías confirmarnos de seguidas la verdad de lo dicho? [641d] Ateniense: Es verdad, sostener que eso es así, contra tantos y tantos que lo ponen en duda, es cosa de un dios; mas si se ha de decir lo que a mí me parece, no hay inconveniente alguno, ya que nos hemos propuesto hacer que nuestros razonamientos versen sobre leyes y regímenes políticos. [641d] Clinias: Pues esto mismo es lo que intentamos: comprender tu opinión acerca de lo ahora puesto en duda. [641e] Ateniense: Así ha de hacerse: vosotros a comprender, y yo, tratando, sea como sea, de declararlo desarrollar el razonamiento. Mas primero escuchad esto: todos los griegos damos por supuesta que nuestra Ciudad Es amiga-de-hablar y de mucho-hablar; mas que Esparta y Creta, la una es corta-de-palabra; la otra, larga-de-pensamiento más bien que dedicada amorosamente al mucho hablar. Yo, por cierto, estoy mirando a no daros la impresión de decir muchas cosas sobre cosa pequeña; sobre borrachera, asunto pequeño, no voy a declararlo con grandemente dilatado discurso. Aparte de que lo naturalmente correcto en este punto no podría quedar claro y suficientemente puesto en palabras sin determinar lo correcto en Música; mas la Música no podría, a su vez, quedarlo sin la educación en total. Ved, pues, qué hacemos; si, por el momento, dejaremos correr esto, y pasaremos a otro discurso sobre leyes. [642b] Megilo: Extranjero ateniense, es el caso de que nuestro hogar es “la hospedería” de vuestra Ciudad. Tal vez, pues, a todos los niños, cuando oigan ser ellos huéspedes de una Ciudad, les entre por ello de inmediato, ya desde jóvenes, a cada uno una cierta benevolencia hacia nuestra Ciudad de que son huéspedes, cual si fuera una segunda patria después de su propia Ciudad. Pues bien: esto mismo me sucedió ahora a mí, porque oyendo de pequeños eso de que “los espartanos reprocharon o alabaron algo en los atenienses”, -—cual si dijeran “vuestra Ciudad, Meguilo, nos trató no bellamente o bellamente”— oyendo eso, y peleando siempre y en cada caso en favor vuestro contra quienes se meten a desaprobar algo de vuestra Ciudad, mostré mi gran benevolencia, y ahora vuestro dialecto mismo se me hace agradable, y eso que dice la mayoría que «cuando un ateniense es bueno, lo es de excelente manera», me parece dicho verdaderísimo, porque únicamente ellos son buenos no a la fuerza, sino de por sí, naturalmente, por gracia divina, verdaderamente y no fingidamente. Anímate, pues, y por mí puedes decir todo cuanto te sea grato. [642d] Clinias: Por cierto también, Extranjero, en habiendo vida y percibido mi razonamiento, anímate a decir todo lo que quieras, pues tal vez hayas oído que aquí nació Epiménides, varón divino, uno de nuestra parentela, quien diez años antes de las guerras con los persas fue a donde vosotros a tenor del oráculo del dios e hizo ciertos sacrificios que el dios le ordenó. Más aún: que temiendo los atenienses la irrupción de los persas les dijo que no llegarían antes de diez años; mas que, venidos, se retirarían sin conseguir nada de lo que esperaban, sufriendo ellos males mayores que los causados. Desde entonces, pues, nuestros antepasados os fueron hospederos, y desde entonces, tenemos para con vosotros benevolencia yo y los nuestros de progenie. [643a] Ateniense: Así que todo está presto, al parecer, para oír lo vuestro; en cuanto a lo mío, la voluntad está presta; poder, no es cosa tan fácil; con todo hay que intentarlo. Primero, pues, definamos, en favor del razonamiento, “qué es educación y qué poder tiene”, que, por este camino, afirmamos, ha de marchar el razonamiento que ahora hemos tomado en nuestras manos, hasta que se llegue al dios. [643a] Clinias: Hagámoslo, pues, así, si te place. [643a] Ateniense: En diciendo yo, pues, en qué ha de consistir la educación, considerad si os agrada lo dicho [643b] Clinias: Di, pues. [643b] Ateniense: Digo, por cierto, y afirmo: el varón bueno que se ponga a ser algo, sea lo que fuere, ha de ocuparse de eso mismo ya desde niño, jugando e interesándose en todo lo concerniente a tal ocupación. Así: a quien se ponga a ser buen agricultor o arquitecto, el educador ha de proporcionar a cada uno de ellos —al arquitecto para que tenga que jugar a casas de niños, al agricultor para lo suyo— instrumentos, para cada caso, en miniatura, imitaciones de los verdaderos; y, además, de los aprendizajes cuantos sea necesario llevar previamente aprendidos, cual el constructor, medir y aplomar; el guerrero, que juegue a montar o haga algo de todo eso; y tratar de que, mediante los juegos, se encaminen los placeres y apetencias de los niños al fin que, llegados a mayores, han de tener. Decimos, pues, que lo capital de educación es la recta crianza que conduzca, lo más posible, al alma del juguetón al amor de lo que necesitará, llegado a varón, para ser perfecto en la virtud de su oficio. Ved, pues, si, como dije, lo hasta aquí explicado os agrada. [643d] Clinias: Pues, ¿cómo no? [643d] Ateniense: Pues que no resulte quede indeterminado lo que decimos ser educación. Porque, ahora, al reprender o alabar las clases de crianzas, decimos que uno de los nuestros está educado, que otro está ineducado, respecto, a veces, de hombres muy bien educados para buhoneros y armadores, y lo mismo decimos de otros tales. Pues bien: nuestra presente definición de educación no lo sería, parece, la de quienes piensan eso; mas lo sería la educación que, desde niños, vaya hacia virtud, y los haga apetentes y enamorados de llegar a ser ciudadano perfecto, y saber mandar y ser mandado según justicia. Definiendo, pues, este razonamiento, como me lo parece, precisamente esta tal crianza, querría ahora llamarla a ella sola “Educación”; mas la que tiende a dinero o a cualquier otra destreza, o bien, cualquier sabiduría sin inteligencia ni justicia, además de ser menestral y servil, no es digna, en modo alguno, de llamarse “Educación”. Mas nosotros, entre nosotros, no disputemos por nada más que un nombre; sino quede en firme la definición convenida entre nosotros: que los rectamente educados son, casi, sin más, buenos; y que ni ha de menospreciarse en nada la educación, que es ella el primero de los más bellos bienes que adviene a los mejores. Y si, por un caso, se desvía uno de ella, y es posible rectificarse, esto es lo que siempre durante la vida han de hacer todos en la medida de sus fuerzas. [644b] Clinias: Correctamente, y convenimos en lo que dices. [644b] Ateniense: Pues bien: hace rato, por cierto, nos convinimos en que los buenos son los que, en realidad, pueden dominarse a sí mismos; y los malos, los que no. [644b] Clinias: Correctísimamente lo dices. [644b] Ateniense: Para mayor claridad aún, volvamos a lo mismo que antes decíamos. Y aceptádmelo si, mediante un símil, resulto capaz de aclararos eso a vosotros. [644c] Clinias: Dilo sin más. [644c] Ateniense: Pues bien: ¿ponemos que cada uno de nosotros sea, él mismo, “uno”? [644c] Clinias: —Sí. [644c] Ateniense: ¿Mas que tenga en sí mismo dos consejeros —contrarios e insensatos— a los que llamamos “placer” y “dolor”? [644c] Clinias: — Así es. [644c] Ateniense: Pero que, además de estos dos, tiene opiniones sobre lo futuro, a las que les es común El nombre de “expectación”; pero más propio, el de “miedo” para expectación de dolor; mas el de “audacia”, para lo contrario. Empero, por sobre todo esto, haya un cálculo de lo que de ellos sea mejor o peor, cálculo que, en llegando a ser dogma de Ciudad, denomínase Ley. [644d] Clinias: Dificultosamente te sigo; mas continúa hablando de lo siguiente cual si te siguiera. [644d] Megilo: Por cierto que a mí me está pasando lo mismo. [644d] Ateniense: Discurramos acerca de esto así: pensemos que cada uno de nosotros, de los vivientes, sea títere divino, bien cual juguete de Ellos, bien cual hecho para algo serio, porque esto, por cierto, no lo conocemos; mas sabemos que aquellas afecciones son en nosotros cual tendones o cordeles y que tiran de nosotros y, por ser ellas contrarias entre sí, nos arrastran a acciones contrarias precisamente donde está el límite divisorio entre virtud y vicio. Dice, pues, el razonamiento que cada uno, dejándose llevar siempre por una de las tracciones y no abandonándola nunca, ha de resistir a la tracción de los otros tendones. Que tal es la conducción, áurea y sagrada, de la razón, llamada "“ley común de la Ciudad”; las otras, rígidas y de hierro; aquella dúctil, por ser áurea; las demás, semejantes a toda clase de eídoses. Que se ha de colaborar siempre con esa bellísima conducción, que es la de la ley, ya que, por ser la razón realmente bella, tranquila y no violenta, necesita tal conducción de sirvientes a fin de que, en nosotros, venza a todas las razas la raza de oro. Y de esta manera el mito de la virtud quedaría, respecto de los que estamos siendo títeres, a salvo de lo de "ser dominado de y derrotado por sí mismo”, y resultaría, de alguna manera, más aclarado en cuanto a su sentido; y que respecto de Ciudad y particular, acogiendo éste en sí mismo la Razón verdadera acerca de esas tracciones ha de vivir siguiéndola; mas Ciudad, aceptándola o bien de alguno de los dioses o de algún entendido en ello, ponerla de ley, y tratar según ella aun a las demás Ciudades. Así, además, quedarían para nosotros vicio y virtud más claramente articuladas. Pero este punto, puesto en evidencia mayor, hasta la educación y demás empresas resultarían tal vez más patentes; y aun lo referente a la conversación sobre los bebercios, que creeríase tratada en cantidad, grande y excesiva de palabra, sobre una pequeñez, tal vez pareciera ahora no indigna de tal cantidad. [645c] Clinias: Bien dicho. Y pongamos final a lo que, de la presente conversación, resulte digno. [645d] Ateniense: Habla, pues. Si a ese títere lo emborrachamos, ¿qué es lo que hacemos de él? [645d] Clinias: ¿En vistas a qué preguntas esa? [645d] Ateniense: En vistas, por ahora, a nada. Pero, en general, puesto en tal estado, ¿qué le acaecerá? Trataré de decir más claramente aún lo que quiero. Porque pregunto: algo así como beber vino, ¿atesa y refuerza los placeres, sufrimientos, coraje y amores? [645d] Clinias: Y mucho, por cierto. [645d] Ateniense: Pero, ¿qué en cuanto a las sensaciones, memorias, opiniones y pensamientos? ¿Las refuerza parecidamente? ¿O no abandona todo eso a quien llegue a estar en el colmo de la borrachera? [645e] Clinias: Sí, de todo en todo lo abandona. [645e] Ateniense: Pues bien: en cuanto a la disposición del alma, ¿no llega a ser entonces la que cuando era niño pequeño? [645e] Clinias: Como que sí. [645e] Ateniense: Entonces, por cierto, sería mínimamente dueño de sí mismo. [646a] Clinias: Mínimamente. [646a] Ateniense: ¿No afirmaremos del tal que es el peor? [646a] Clinias: Y con mucho. [646a] Ateniense: Luego, al parecer, no sólo el viejo sería dos veces niño, sino también el borracho. [646a] Clinias: Optimamente dicho, Extranjero. [646a] Ateniense: ¿Hay, empero, algún razonamiento que se ponga a persuadirnos de que se debe gustar de tal práctica y no huir de ella, en lo posible, con todas nuestras fuerzas? [646a] Clinias: Parece haberlo; pues que tú mismo lo dices, y estabas dispuesto, hace un momento, a afirmarlo. [646b] Ateniense: Lo recuerdas, y es verdad; y estoy ahora dispuesto a ello ya que ambos habéis dicho querer de buena gana oírlo. [646b] Clinias: Pero, ¿cómo no vamos u escuchar?, aunque no sea por otra cosa sino por lo sorprendente y desconcertante que es eso de que, a veces, un hombre haya de arrojarse voluntariamente a la vileza integral. [646b] Ateniense: ¿Hablas de la del alma? ¿Es así? [646b] Clinias: — Sí [646b] Ateniense: Pero, ¿por qué?, compañero a males del cuerpo: flacura, fealdad e impotencia, ¿nos admiraríamos de si alguien, alguna vez, se vaya voluntariamente a ello? [646b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [646b] Ateniense: Pues, ¿qué en cuanto a los que de por sí se van a los hospitales a beber medicinas? Creemos ignoran que poco más tarde y durante muchos días el estado del cuerpo será tal que, si fueran a tenerlo así hasta el final, no aceptarían vivir. ¿O no sabemos que quienes van a gimnasios y se dan a trabajos duros comienzan, por de pronto, a sentirse cual débiles? [646b] Clinias: “Todo eso lo sabemos. [646b] Ateniense: ¿Y qué van voluntariamente a ello en vistas a provecho posterior? [646d] Clinias: Perfectamente. [646d] Ateniense: Pues bien: ¿hay que pensar eso mismo también respecto de los demás asuntos? [646d] Clinias: — Absolutamente. [646d] Ateniense: Y del trato con el vino hay que pensar de esta manera si en casos tales se ha de pensar [646d] Clinias: Pero, ¿cómo no? [646d] Ateniense: Si, pues, se echa de ver que tal trato nos trae algún provecho, en nada menor que el del ejercicio corporal, véncela aquél ya desde el comienzo porque éste se acompaña de dolores; y aquél, no. [646e] Clinias: Correctamente dicho, pero me admirara si pudiésemos percibir algo de eso en él. [646e] Ateniense: Pues precisamente esto, parece, es lo que ya hemos de tratar de explicar. Y dime: ¿podemos percibir haber dos eídoses de miedo casi casi contrarios? [646e] Clinias: ¿Cuáles, por cierto? [646e] Ateniense: Estos justamente: tememos, por una parte, los males, previendo que advendrán. [646e] Clinias: — Sí. [646e] Ateniense: Por otra, tenemos muchas veces la opinión, al pensar que se nos tendrá por malos, por hacer o decir algo de lo no bello; miedo al cual nosotros — llamamos, y creo que aun todos, “pundonor”. [647a] Clinias: Pero, ¿cómo no? [647a] Ateniense: De estos dos miedos hablaba: de los cuales el segundo es contrario a los dolores y a los otros miedos; pero contrario también a los más y mayores placeres. [647a] Clinias: — Correctísimamente dicho. [647a] Ateniense: Pues bien: tanto un legislador como cualquiera por poco que valga, ¿no tienen a este miedo en la mayor estima; y llamándolo “vergüenza”, denominan a la audacia, contraria él, “desvergüenza” y a ésta la han juzgado ser para todos, en privado y en público, máximo mal? [647b] Clinias: — Correctamente dicho. [647b] Ateniense: Pues bien: este miedo nos preserva de muchos y grandes males; y ninguna cosa, una por una, nos trae tan seguramente como efectos la victoria en la guerra y salir sanos y salvos. Porque ambas cosas son las que traen por efecto la victoria: audacia frente a enemigos, miedo de vergüenza mala, ante amigos. [647b] Clinias: — Así es. [647b] Ateniense: Luego cada uno de nosotros ha de ser sin miedo y miedoso; pero por qué esas dos cosas, lo hemos explicado. [647c] Clinias: Perfectamente, por cierto. [647c] Ateniense: Y, en efecto, al querer hacer de uno un sinmiedo respecto de muchas clases de miedo, exponiéndolo, en compañía de la ley, al miedo, obtenemos tal efecto. [647c] Clinias: Nos parece evidente. [647c] Ateniense: Pero, ¿qué cuando tratamos de hacer a alguien temeroso, con justicia? ¿No lo metemos en tentaciones de desvergüencería, y que se ejercite en lo que se debe hacer que es vencerse en la lucha contra los placeres? Que quien luche contra la cobardía propia y la venza ha de hacerse así perfecto en valentía; mas cualquiera que sea un inexperimentado y no ejercitado en tales combates valdría nada más que la mitad para la virtud; al revés, el morigerado: lo será perfectamente si sin regirse por tantos placeres y apetencias propensos a desvergüencerías e injusticias, ha luchado y vencido por razón, obras y arte en cosas serias y de juego. Mas, ¿y si no ha pasado por todo esto? [647d] Clinias: Pues no hubiera razón verosímil. [647e] Ateniense: Pues bien: ¿Hay algún dios que haya dado a los hombres un medicamento tal que, cuanto más de él uno quiera beber, otro tanto más se tenga, después de cada trago, por desgraciado, y tema lo presente y todo lo que le pueda venir, y que el más valiente de los hombres terminará por temer todo; mas que, al despertarse y dejar de beberlo, se recobre cada vez a sí mismo? [648a] Clinias: Y, ¿qué, diríamos, Extranjero, ha llegado a ser tal brebaje para los hombres? [648a] Ateniense: Nada. Pero si en algún lugar se hubiera producido, ¿hay cómo le sirva al legislador en favor de la valentía? Que, en este caso sobre todo podríamos hablarle así: “Veamos, legislador; si legislas sea para cretenses o para otros cualesquiera, ¿querrías, ante todo, poder disponer de un medio para poner a prueba lo referente a valentía y cobardía?”. [648b] Clinias: Cualquiera de ellos, pienso, diría: “evidentemente sí”. [648b] Ateniense: “Pero, ¿qué?, ¿con seguridad y sin grandes peligros, o con lo contrario?”. [648b] Clinias: Cualquiera de ellos convendrá en que "con seguridad”. [648b] Ateniense: “Pero, ¿te servirías de él metiéndolos en casos de miedo, y calculando la fuerza de tales impresiones, de manera que fuerce a hacerse intrépido, con exhortaciones, reprensiones y honores, a uno; pero a otros, con degradación, si no te obedeciera en portarse en todo cual lo ordenas? ¿Y al bien y valientemente ejercitado lo despedirías impune; mas al que malamente, le impondrías castigo? ¿O bien no te serviríais en modo alguno de tal brebaje, sin reprocharle nada?”. [648c] Clinias: Y, ¿cómo no va a servirse de él?, Extranjero. [648c] Ateniense: Respecto de lo actual, sería, amigo, tal ejercicio admirablemente fácil para uno, para pocos o para cuantos se quisiera; y si alguien solo y a solas, abrigándose tras el pundonor, juzgando no haber de ser visto antes de estar bien ejercitado, se ejercitara así como los miedos, proveyéndose de tal brebaje solamente, de preferencia a otras cosas, obrara correctamente; y si alguien, confiado en que está bellamente preparado por su natural y cuidados no tuviera reparo alguno, así ejercitado, en exhibirse ante muchos combebedores superando y dominando el poder que en la inevitable conmoción del brebaje hay, de modo que no falte gravemente por indecencia ni una sola vez, ni se altere en nada por virtuoso, mas se retirare antes de llegar al último trago por temor de la derrota que a todos los humanos inflige tal brebaje. [648e] Clinias: Sí; que el tal, obrando así, Extranjero, sería morigerado. [649a] Ateniense: Volviendo al legislador digámosle: “Demos, legislador, que ningún dios haya, en realidad, dado a los hombres tal brebaje para ese miedo, ni nosotros lo hayamos inventado —porque no cuento en el banquete a los magos; mas para intrepidez, audacia excesiva y extemporánea indebidas, ¿hay brebaje, o qué decimos?”. [649a] Clinias: Lo hay, dirá refiriéndose al vino. [649a] Ateniense: ¿Que no pasa en esto lo contrario a lo que acabamos de decir?: que al hombre que lo bebe lo hace, primero, e inmediatamente, más risueño de lo que era, y cuanto más tome de él tanto más se llenará de buenas esperanzas y de pretensiones a fama; y finalmente, teniéndose el tal por sabio, se desborda en toda clase de franquezas y libertad, mas también de intrepidez hasta decir, sin reparo, cualquier cosa, y hacer, parecidamente, cualquiera. Todos, creo, lo concederán. [649b] Clinias: Como que sí. [649b] Ateniense: Pero recordemos esto: que en nuestras almas, tal afirmamos, han de cultivarse dos cosas: una que nos hará audaces cuanto más mejor; otra, lo contrario: temerosos, cuanto más mejor. [649c] Clinias: Eso decías respecto de la vergüenza, tal creemos. [649c] Ateniense: Bellamente lo recordáis. Pero, pues a la valentía e intemeridad se las ha de ejercitar en lo . temeroso, hay que poner en consideración si habría de cultivarse lo contrario en casos contrarios. [649c] Clinias: Es verosímil, ciertamente [649c] Ateniense: Luego, cuando pasándonos algo, nos sentimos naturalmente audaces y atrevidos, en tal Caso, al parecer, habría que poner cuidado en rellenarnos mínimamente de desvergüencería y atrevimiento; temerosos, más bien, de atrevernos a decir o padecer o hacer algo vergonzoso en cualquier orden. [649d] Clinias: — Así parece. somos tales, ¿no son todos estos: coraje, amor, soberbia, ignorancia, codicia, cobardía; y demás estotros: riqueza, belleza y vigor y cuantas cosas nos hacen mentecatos por embriaguez de placer? Mas para hacer de ello, primero, una prueba bien sencilla e inofensiva; después, para ejercitarnos, podemos, aparte de esa tentación y diversión del vino, ¿señalar algún otro placer más moderado, si se lo toma con la debida precaución? Considerémoslo: de alma díscola y salvaje, de la que surgen injusticias por miles, ¿haremos prueba de ella metiéndonos en contratos, corriendo en ellos riesgos, lo que es más resbaladizo que convivir con ella en espectacular fiesta de Baco? ¿O poner a prueba a un alma proclive a ser vencida por lo Venéreo, encomendándole las propias hijas, hijos, mujer, corriendo ese peligro en lo más querido, para descubrir el carácter de tal alma? Y mencionando miles y miles de casos, no llegaría uno a mostrar cuánto se gane en contemplar tal alma en plan de un juego, que, por lo demás, no cuesta demasiado. Más aún: acerca de esto mismo creemos que nadie —ni cretenses ni ningún otro hombre— pondrá en duda el que tal tipa de prueba sea conveniente para ambas partes, y que, respecto de las demás clases de tentación, sea Esta preferible por sencilla, segura y rápida. [650b] Clinias: Es verdad esto. [650b] Ateniense: Esto, pues, fuera de las tosas más útiles: conocer las naturalezas y hábitos de las almas mediante aquella arte de la que es propio cultivar estas cosas; mas es, afirmámoslo, tal pienso, propio de la política. ¿Es así? [650b] Clinias: — Absolutamente, pues. [652a] Ateniense: Después de esto hay que poner en consideración, parece, respecto de esto mismo, estotro: si el solo bien que tiene esto es que veamos cuáles son nuestras naturalezas o además si alguna ventaja, digna de gran empeño, hay en el uso correcto de las reuniones a base de vino. Pues, ¿qué decimos? La hay, cual parece pretende indicarlo el razonamiento; mas, cómo y de qué manera, escuchémoslo parando mientes en que no nos ponga una zancadilla. [652b] Clinias: Habla, pues. [652b] Ateniense: Deseo, pues, una vez más recordaros qué decimos ser para nosotros la recta educación. Porque, como estoy conjeturando ahora, en tal ocupación, bellamente enderezada, está Salvación. [653a] Clinias: Gran cosa dices. [653a] Ateniense: Digo, pues, que, para los niños, la sensación primera lo son placer y dolor, y que ellas son de quienes se engendran primero en el alma virtud y vicio; mas sapiencia y opiniones verdaderas firmes es cosa de buena Suerte el que se engendren en alguien, aun hacia la vejez. Es, pues, varón perfecto el que posea estos bienes y en ellos todos los demás. Así que llamo “educación” a la virtud que, primera, se engendre en los niños. Por cierto que si placer, amistad, dolor, odio se engendran correctamente en almas que aún no han llegado al uso de razón, mas, al llegar a él consuenan con la razón por haberse acostumbrado por las correspondientes costumbres; tal concordancia es la virtud integral; mas, respecto de los placeres y dolores, lo criado en el alma tan correctamente que odie lo que se ha de odiar desde el principio hasta e? fin, pero ame lo que hay que amar, recortando precisamente esto en el razonamiento, y llamándolo “educación”, lo llamarías, según mi opinión, correctamente. [653c] Clinias: Pues, por cierto, Extranjero, nos parece que tanto lo anteriormente dicho sobre educación, como lo de ahora, se ha dicho correctamente. [653c] Ateniense: Así que bellamente. Aun correctamente criados placeres y dolores, por ser cosa de educación relájanse los tales en los hombres, y aun corrómpense las más de las veces durante la vida. Mas los dioses, compadecidos del género humano, nacido para trabajos, ordenaron en su favor pausas en los trabajos: alternancias de fiestas en honor de los dioses; y les dieron por acompañantes en ellas a las Musas, a Apolo su conductor, y a Baco, a fin de rectificar sus modales en las fiestas con los dioses. Es preciso mirar si este discurso que ensalza lo presente lo hace de manera verdadera y natural, o cómo. Pues afirma que todo lo joven, por decirlo así, es incapaz, en sus cuerpos y almas, de mantenerse en tranquilidad; más bien, tratan de moverse siempre y hablar; unos, saltando, y brincando, cual si bailaran de placer y jugaran entre sí; otros, haciendo sonar de toda manera la voz. Por cierto que los otros animales no tienen sentido para esas clases de orden y desorden en los movimientos, cuyos nombres son “ritmo” y “armonía”. Mas a nosotros, a quienes dijimos habérsenos dado los dioses por compañeros de coro, estos mismos son también quienes nos han dado el sentido deleitable de mantener ritmos y armonía, y de movernos según éstos y hacer nosotros coro con ellos y, en cantos y danzas, entrelazarnos con ellos; y el haber dado 1 esto el nombre de “coros”, cual nombre natural derivado del de "gozo”. ¿Admitiremos esto de primero? ¿Ponemos que la educación primera viene de Musas y de Apolo? ¿O cómo? [654a] Clinias: — Así. [654a] Ateniense: Según esto, pues, para nosotros el "no educado” será el “no corista”: mas se había de poner que el educado ha sido cumplido corista. [654b] Ateniense: Mas “coristia” es el conjunto de danzas y canto. [654b] Clinias: Necesariamente. [654b] Ateniense: Luego el bellamente educado sería capaz de cantar y bailar bellamente. [654b] Clinias: — Parece. [654b] Ateniense: Veamos ya qué es lo que ahora toca decir. [654b] Clinias: ¿Qué es eso? [654b] Ateniense: “Bellamente canta”, decimos; "y bellamente danza”. ¿Añadimos o no, "si además canta cantos bellos y danza danzas bellas?”. [654c] Clinias: Lo añadimos. bello por bello, y lo feo por feo; y así se sirve de ellos? ¿El tal estará, según nosotros, mejor educado en coristia y música, o quien sea capaz en cada caso de someterse en cuerpo y alma a lo que piensa ser bello, mas no goce de lo bello ni odie lo no bello? ¿O aquel que no sea gran cosa de capaz para juzgar sobre ello rectamente mediante la voz y el cuerpo; mas juzgara correctamente mediante placer y dolor, abrazando algunas cosas: cuantas sean bellas; pero no soportando otras: cuantas sean no bellas? [654d] Clinias: Dices, Extranjero, lo que es, con mucho, lo distintivo de la educación. [654d] Ateniense: Luego si reconocemos nosotros, que somos tres, lo bello de canto y danza, sabemos también correctamente quién ha sido bien educado y quién está ineducado. Mas si, ignoramos precisamente esto, no podríamos discernir si hay alguna salvaguarda de la educación y en dónde está. ¿No es así? [654e] Clinias: Pues así es. perras tras huellas, hemos, a nuestra vez, de investigar: lo bello en gestos, melodías, canto y danza. Mas si esto huye y se nos escapa, nuestro ulterior razonamiento acerca de educación correcta —griega o de bárbaros— resultaría vano. [654e] Clinias: — Sí. [654e] Ateniense: Sea así. Pero, ¿qué se ha de decir, en fin, que es lo bello respecto de figura o melodía? Veámoslo: puesta en los mismos e iguales trabajos alma varonil y alma cobarde, ¿pasa el que figura y palabra sean parecidas? [655a] Clinias: ¿Y cómo lo fueran cuando no lo son ni los colores? [655a] Ateniense: Bellamente, compañero. Mas aún, en música hay figuras y melodías, ya que la música lo es por ritmos y armonías, de modo que es ella bellamente rítmica y armoniosa. Mas no hay como, en caso de hablar Correctamente, ni de por símil decir de melodía y figura eso de bella color, como lo hacen, por símil, los maestros de coro. Pero lo de cobarde y varonil lo son figura y melodía; y es correcto llamar bellas a las de los varoniles; mas feas, a las de los cobardes. Y para que no resulte grandemente largo el razonamiento acerca de todo esto, sencillamente: sean bellas todas las figuras y melodías de alma y cuerpo atenidas a Virtud: a ella misma o a una imitación de ella; pero las a vicio, todo lo contrario. [655b] Clinias: — Correctamente propuesto; y pase así para nosotros, por de pronto, a cosa juzgada. [655b] Ateniense: Aún algo más: ¿gozamos todos parecidamente de todas las danzas? ¿O mucho le falta? [655c] Clinias: Le falta todo, por cierto. [655c] Ateniense: ¿De qué, pues, diremos, proviene el que estemos errados? ¿Que las mismas cosas no son bellas para todos nosotros?; o bien lo son las mismas, ¿pero no parece sean las mismas? Porque nadie dirá que las danzas del vicio sean más bellas que las de la virtud, ni que sea el mismo quien se goza en las figuras de la maldad; mas los otros, en alguna Musa, contraria a aquélla; aunque la mayoría dice que la corrección de la música consiste en ese poder de proporcionar placer a las almas. Mas, por cierto, que decir esto no es ni aceptable ni piadoso, en modo alguno. Pero es más verosímil que nos haga errar estotro: [655d] Clinias: — ¿Qué? [655d] Ateniense: Puesto que lo concerniente a la coristia consiste en imitaciones de caracteres hechas en grandemente varias acciones, circunstancias, costumbres y actos de imitación por cada uno de los ejecutantes, a quienes lo recitado, cantado o lo danzado, sea lo que fuere, se les acomode o por ser según su naturaleza o por según costumbre o por según ambas, esles necesario, a ellos y en esto, gozarse, alabar y llamarlo “bello”. Mas a quienes les sea contra naturaleza o carácter o alguna consuetud, no les es posible ni gozarlo ni alabarlo; sino llamarlo "feo”. Pero a algunos unas cosas les resultan naturalmente correctas; mas otras, contrarias a lo consuetudinario; o unas, consuetudinariamente correctas; mas otras, contrarías a su naturaleza; los tales aplican a los placeres alabanzas contrarias porque dicen que cada uno de ellos es placentero, más perverso. Y ante otros a quienes tienen por sapientes se avergüenzan por una parte de tales movimientos corporales; se avergüenzan, por otra, de cantar cual si descubrieran tomar en serio lo bello: mas se regodean en ello a solas. [656a] Clinias: — Correctísimamente dicho. [656a] Ateniense: ¿Trae, pues, eso algún perjuicio al que se regodea en figuras o melodías perversas o, a su vez, algún provecho a quienes toman los placeres de manera contraria? [656a] Clinias: Es verosímil. [656b] Ateniense: ¿Es verosímil o hasta necesario? ¿Es lo mismo que cuando uno, en medio de perversas costumbres de hombres malos no las odie, mas complacido las admita; pero las repruebe como cosa de juego, soñando en su perversidad? Es, por cierto, necesario que quien en algo se regodee termine asemejándose a aquello en que se goce, aun cuando tal vez se avergüence de alabarlo. ¿Y afirmaríamos que de esto tiene necesariamente que resultarnos algún bien o mal mayor? [656b] Clinias: Me parece que ninguno. [656c] Ateniense: Pues bien: donde haya leyes bellamente establecidas o las que lo serán para el futuro acerca de la educación Musical y juego, ¿creemos será lícito a los compositores, siempre que en la composición le plazca al compositor mismo cualquier cosa afín a ritmo o a melodía o a dicción, enseñar precisamente eso en los coros a niños y jóvenes de los buenos ciudadanos, tenga los efectos que tuvieren respecto de virtud y maldad? [656c] Clinias: Por cierto que esto no tiene sentido, pues, ¿cómo lo tuviera? [656d] Ateniense: Mas esto es lo que, por decirlo así, es lícito hacer en todas las Ciudades, a excepción de Egipto. [656d] Clinias: Pero en Egipto, por cierto, ¿cómo dices que ha sido legislado esto? [656d] Ateniense: Es maravilloso de ofr, porque ya antiguamente, al parecer, fue reconocido por ellos este mismo razonamiento que estamos diciendo: que en las Ciudades los jóvenes han de disponer habitualmente de bellas figuras y bellas melodías; y ordenando esto y cosas tales las exhibieron en los templos. Y fuera de éstas no era lícito a pintores, ni a todos cuantos hacen figuras o casas tales, innovar ni inventar otras diferentes de las patrias; pero ni ahora es lícito, no lo es ni en esto ni en todo lo musical. Mas si pones atención hallarás allí mismo que lo pintado y esculpido hace miles y miles de años —y no es un decir eso de “miles y miles”, sino en realidad— no es en algo ni más bello ni más feo que lo de los artífices actuales, sino trabajado según la misma arte. [657a] Clinias: De algo admirable hablas. [657a] Ateniense: Por cierto que extraordinariamente bien legislado, y político. Pero hallarías también allí mismo otras cosas deficientes. Mas lo concerniente a la música es verdad, y digno de pensarse: que es posible, en Esto, atreverse a legislar en firme sobre melodías que lleven consigo rectitud natural. Lo cual sería tal vez algo propio de un dios o de alguien divino, al modo que allí afirman haber sido obras de Isis las melodías, durante ese tan largo tiempo conservadas. De manera que, como decía, si pudiera alguien captar de alguna manera lo correcto en este punto, habría de atreverse a hacer de ello ley y regla. Que ese buscar y rebuscar nuestros placeres y dolores la novedad en música no tiene, probablemente, una gran fuerza para destruir la coristia consagrada, calumniándola de arcaica. En modo alguno, por cierto, ha sido capaz, parece, de destruir a aquélla, sino todo lo contrario. [657c] Clinias: — Parece que esto es así, por lo que tú acabas de decir. [657c] Ateniense: ¿Nos atreveremos, pues, a decir que el uso de la música y de los juegos en danzas corales es correcto, de una manera más o menos como ésta? Nos regocijamos cuando creemos irnos bien, y cuando nos regocijamos creemos, a su vez, irnos bien. ¿No es así? [657c] Clinias: Pues así es. [657c] Ateniense: Y por cierto que en tal estado —el de regocijo— no podemos quedarnos en reposo. [657c] Clinias: Así es. [657d] Ateniense: Pues, ¿que no están nuestros jóvenes listos para bailar en coro; mas nosotros, los viejos, contemplándolos, creemos proceden de conveniente manera, regocijándonos en sus juegos y fiestas, ya que nuestra ligereza nos está abandonando? Por anhelarla y apreciarla establecemos así concursos para los que puedan despertar lo más posible en la memoria nuestra juventud. [657d] Clinias: Verdaderísimo. [657d] Ateniense: ¿Tenemos, pues, por absolutamente vano lo que ahora se dice como dicho por la mayoría acerca de los festivales: que se ha de tener por más sabio y juzgar vencedor precisamente a quien consiga alegrarnos y regocijarnos cuanto más mejor? Porque, en efecto, nos permiten divertirnos en ellos, a quien haga regocijarnos más y, a más, al tal se habría de apreciar más y, como decía hace un momento, darle los premios por tal victoria, ¿No se diría y haría correctamente esto, si pasara de esta manera? [658a] Clinias: Tal vez. [658a] Ateniense: Peto, Venerable, no juzguemos de prisa sobre esto; sino que, dividiéndolo según partes, considerémoslo de una manera como esta: Que, si alguna vez alguien, así simplemente, estableciera un concurso cualquiera, sin distinguir aparte ni el gímnico ni el musical ni el ecuestre, sino, convocando a todos los de la Ciudad, comenzara, al establecer los premios a la victoria, por decir: que se llegue quien quiera concursar únicamente en placer. Quien haga gozar más a los espectadores, sin someterse a regla alguna de ninguna clase, vencerá si consigue precisamente eso en máximo, y se juzgue ha resultado el más placentero de los concursantes. ¿Qué creemos resultará de tal proclama? [658b] Clinias: ¿Sobre qué hablas? [658b] Ateniense: Es verosímil el que uno exhiba, cual Homero, una rapsoda; otro, una citarodía; pero otro, una tragedia; mas otro, a su vez, una comedia. Pero no sería sorprendente si alguien, aun exhibiendo títeres, creyera vencer a todos. En caso de llegar éstos, otros tales y aun otros concursantes, por miles y miles, ¿podemos decir quién vencerá según justicia? [658c] Clinias: ¡Desconcertante pregunta! Porque, ¿quién te respondería a eso, cual conocedor, antes de haber escuchado y haberte tú mismo puesto a escuchar a uno por uno de los competidores? [658c] Ateniense: Pues, ¿qué?, ¿queréis que os responda con una respuesta bien desconcertante? [658c] Clinias: Como que si. [658c] Ateniense: Si, pues, juzgaran los niños, los bien pequeños, juzgarán en favor del exhibidor de títeres. ¿Es así? [658d] Clinias: Pues, ¿cómo no? [658d] Ateniense: Pero si niños mayores, en favor del de comedias. Empero, en favor de la tragedia, las más educadas entre las mujeres, los ya muchachos y, tal vez, casi íntegra la mayoría. [658d] Clinias: Tal vez, en efecto. [658d] Ateniense: Pero que un rapsoda recite bellamente La Ilíada. La Odisea o algo de lo de Hesíodo, tal vez nosotros, los viejos, después de oírlo con placer diríamos que vence, y con mucho. Pues bien, después de esto, estotro: correctamente, ¿quién habría vencido? ¿Es así? [658d] Clinias: — Sí. [658e] Ateniense: Está claro que yo y vosotros tendremos que declarar vencedor a quien los de nuestra edad lo juzguen tal según rectitud. Porque nuestra condición parece ser, y con muchísimo, la mejor, respecto de las que rigen en todas las demás Ciudades y partes. [658e] Clinias: Como que sí. [658e] Ateniense: Por cierto, aun yo concedo a la mayoría este tanto: que la música ha de juzgarse según el placer; no, ciertamente, por el de cualesquiera. Que, casi de seguro, aquella Musa es la bellísima que encante a los mejores y suficientemente educados ya; pero, sobre todo, la que a individuo distinguido en virtud y educación. Por esto decimos que los jueces de esto necesitan de Virtud porque, aparte de las demás, han de poseer sapiencia y valentía. Porque el verdadero juez no ha de aprender a juzgar en el teatro, impresionado y fuera de sí por el tumulto de la mayoría y por la propia falta de educación; ni tampoco, por falta de virilidad y por cobardía, con la misma boca con la que invocó a los dioses al disponerse a juzgar, por esa misma dar pública, mentirosa y ligera sentencia. Porque no de discípulo, sino de maestro de los espectadores en punto a justicia se sienta el juez, y para oponerse —lo que es lícito según la antigua ley griega— a quienes proporcionan placer a los espectadores de manera inconveniente e incorrecta, cual ahora la ley de Sicilia e Italia, que encomienda esto a la muchedumbre de los espectadores y determina el vencedor levantando las maños. Esto ha corrompido a los poetas mismos, porque componen en vistas al placer, realmente vil, de los jueces, de modo que los espectadores mismos los educan a ellos; pero esto ha corrompido los placeres del teatro mismo, cuando es preciso que, oyendo algo mejor que lo habitual en ellos, reporten placer mejor; ahora les pasa que hacen todo la contrario. El haber llegado ya al final en el razonamiento, ¿qué intenta a su vez indicarnos? Meditad en si es esto: [659c] Clinias: — ¿Qué? [659c] Ateniense: Me parece que, por tercera o cuarta vez, el razonamiento llega tras una vuelta a lo mismo: que educación es tracción y conducción de niños hacía la razón declarada “recta” por la ley, y que a los discretos y ancianos les parezca, por experiencia, ser realmente recta. Para que, pues, el alma del niño no se acostumbre a regocijarse y apenarse por lo contrario a la ley y a los obedientes a ella, sino la siga gozándose y apenándose en los mismos casos en que el viejo, con tal finalidad los que llamamos cantos” han llegado ahora a ser realmente encantamientos para las almas, tendientes a esa que llamamos “concordancia” Mas porque las almas de los jóvenes no pueden soportar el esfuerzo, llámaselo y practícaselo cual juegos y cantos, al modo que, a los enfermos y a los que están débiles de cuerpo, procuran quienes de ellos se ocupan servirles en ciertos manjares y bebidas agradables la alimentación provechosa; mas en desagradables, la dañosa, a fin de que acepten gustosamente aquélla, mas se acostumbren a aborrecer debidamente estotra; eso mismo también persuadirá el buen legislador al compositor en eso de bello lenguaje y alabanza; y, en caso de no persuadirse, la forzará a que en ritmos y armonías ponga las figuras y melodías de los morigerados, varoniles y varones totalmente buenos, componiendo así correctamente. [660b] Clinias: ¿Te parece, pues, por Júpiter!, Extranjero, que en las otras Ciudades se componga así? Porque, por la que yo noto, no sé que fuera de nosotros y de los espartanos, se practique lo que acabas de decir. Novedades están continuamente surgiendo en danzas y en todo lo demás de Música, no cambiadas por leyes, sino por ciertos placeres desordenados, a los que mucho falta para estarse los mismos y de idéntica manera —cual lo es la de Egipto, según tu interpretación—, sino jamás los mismos. [660c] Ateniense: Muy bien, Clinias. Pero si te pareció decir yo que lo que tú dices está ahora realizándose, no me extrañaría de que lo hice y me pasó por no decir claramente lo que pienso. Pero lo que quiero pase respecto de Música, lo dije tal vez de manera que te pareció decir yo aquello. Que vilipendiar prácticas incurables y grandemente avanzadas en error no es en modo alguno placentero, aunque a veces sea necesario. Mas ya que en esto nos parece lo misma a ti y a mí, ¡adelante!; ¿afirmas que, entre vosotros y éstos, pasen tales cosas más que entre los demás griegos? [660d] Clinias: Como que si [660d] Ateniense: Pero, ¿qué, y si aun entre los demás pasara así, afirmaríamos que así estarían mejor de como actualmente están pasando? [660d] Clinias: Gran diferencia habría, si tal cual pasan en éstos, pasaran también entre nosotros; y aun mayor, si pasaran cual estabas ahora diciendo deberían ser. [660d] Ateniense: Pues bien: vamos a convenirnos, respecto de lo presente. Entre vosotros, ¿qué otra cosa se ha dicho respecto de educación en general y de Música sino ésta?: obligáis a los poetas a decir que el varón bueno, por ser morigerado y justo, es también feliz, sea grande y robusto, o pequeño y débil y tenga o no riquezas. Pero si teniendo más riqueza que Cinyras y Midas es injusto, es también un desgraciado y vive miserablemente. Y os dice vuestro poeta, si habla correctamente: «Ni haría memoria ni pondría en palabras a varón» que no practicara y poseyera con justicia todo lo llamado "“bello”; y además sea tal que «a lo terrible próximo lo aguante atrevido y firme»; mas que si es injusto, no se atreva «a mirar sangrienta carnicería» ni venza en las carreras «de Boreas, el tracio», ni ninguno de los llamados bienes por la mayoría le venga, porque a los llamados bienes por la mayoría no se los llama así correctamente. Porque dícese ser el óptimo bien la salud; en segundo lugar, la belleza; mas en tercero, la riqueza; y miles y miles de otras cosas llámanse bienes, que lo son ver y oír agudos y poseer sensitivamente todo lo conexa con las sensaciones; “bien” lo es más aún el ser tirano y hacer en todo su gana; y lo es ese colmo de toda felicidad: poseyendo todo eso llegar a ser inmortal, cuanto antes mejor. Empero, vosotros y yo decimos estotro: que todo eso son posesiones óptimas para varones justos y píos; mas todas ellas son lo peor de lo peor para los injustos, comenzando por la salud. Y aún más: ver, ofr, sentir, el vivir mismo es, de todo en todo, el máximo mal para quien siendo para siempre jamás inmortal, posea todos los llamados bienes, sin justicia y sin virtud integral. Pero es mal menor el que el tal sobreviva el menor tiempo posible. A vuestros poetas, creo, persuadiréis y forzaréis a decir lo mismo que yo; y además que, adaptando consecuentemente a ello ritmos y armonías, eduquen así a vuestros jóvenes, ¿Es así? Vedlo. Que yo, por cierto, digo claramente que los llamados males son bienes para los injustos; pero males, para los justos; mas que los llamados bienes son realmente bienes para los justos; pero males, para los injustos. Lo que preguntaba, pues: ¿concordamos yo y vosotros? ¿O cómo? [661d] Clinias: En algunas cosas me parece que sí; pero en otras, en modo alguno. [661d] Ateniense: Haya quien posea salud, riqueza, tiranía de por vida, y, aun añado para vosotros, robustez y valentía distinguidas, junto con inmortalidad, y no le pase nada de lo que se llaman males, mas no tiene en sí mismo más que injusticia y desmesura, ¿tal vez no os persuado de que quien así viva no sólo no llega a ser bienaventurado, sino a patentemente miserable? [661e] Clinias: Verdaderísimamente dicho. [661e] Ateniense: Bien, ¿qué es, pues, preciso os diga a continuación? Sea un valiente, robusto, bello y rico, y que haga su vida entera lo que le dé la gana, ¿no os - parece que, si fuera injusto y descomedido, viviría necesariamente de manera vergonzosa? ¿O tal vez no concederíais eso de “vergonzosamente”? [662a] Clinias: Absolutamente. [662a] Ateniense: Pero, ¿qué?, ¿y también malamente? [662a] Clinias: Esto ya no sería igual. [662a] Ateniense: Pero, ¿qué, y además desagradablemente y desaprovechadamente para él mismo? [662a] Clinias: Y, ¿cómo podríamos concederte además esto? [662b] Ateniense: ¿Cómo? Si, al parecer, un dios, amigos, nos diera tal concordancia, que ahora cantamos cada uno por su lado. A mí, por cierto, me parece, amigo Clinias, ser aquello necesario y evidente cual ninguna otra cosa, tanto como que Creta es isla; y en caso de ser yo legislador intentaría forzar a que hablaran así los poetas y todos los ciudadanos; e impondría un castigo, un poco menor que el máximo, a quien, en el país, hablara de que hay hombres, malos ciertamente, mas que viven placenteramente; o de que hay cosas que son provechosas y lucrativas; pero distintas de las justas; y contra muchas otras cosas que al presente dicen, aparentemente, cretenses y espartanos, y aun en otras partes, los demás hombres, persuadiría a mis conciudadanos de que afirmaran lo contrario. Veamos, pues, por Júpiter y Apolo!, óptimos entre los varones, si 1 esos mismos dioses que para nosotros van a legislar les hablaríamos de esta manera: “¿Es la vida más justa la más placentera, o bien hay un cierto par de vidas, de las cuales la una es la más placentera; la otra, la más justa?”. Si afirmaran haber dos, tal vez les diríamos, en caso de repreguntar correctamente: “¿a quiénes se ha de llamar más bienaventurados: a quienes llevan la más justa toda su vida, o a quienes la más placentera?”. Por cierto que si afirmaran que quienes la más placentera, tal respuesta de ellos sería desconcertante. Pero no quiero se diga tal a cuenta de los dioses, sino más bien a la de padres y legisladores. Pregúntese, pues, a padre y legislador lo anteriormente por mí preguntado; y diga aquel que el más feliz es quien viva la vida más placentera”. Tras lo cual yo le diría: “Padre, ¿no querrías que yo viviera de la manera más bienaventurada posible? Pero no cesabas de exhortarme, de continuo y en todo, a vivir de la manera lo más justa posible". Pues bien: quien tal afirmara, fuera legislador o padre, daría, por una parte, la apariencia de desorientado e incapaz de hablar concordemente consigo mismo; mas si, por otra, declarara que la vida más justa es la más bienaventurada, cualquiera que lo oyera, creo, iría a buscar qué es eso bueno y bello, superiores al placer, que la ley alaba por intrínseco en tal vida. Porque, en realidad, ¿qué de bueno le viniera al justo de un bien separado de placer? ¡Veamos!, fama y alabanzas provenientes de hombres y dioses son algo bueno y bello, mas un sin-placer; pero la mala fama, ¿es lo contrario? Nada menos que eso, amigo legislador, diremos. Mas ni hacer mal alguno a nadie ni padecerlo de nadie es un sin-placer, pero algo bueno o bello; mientras que lo otro es, por cierto, placentero, ¿mas feo y malo? [663a] Clinias: Y, ¿cómo? [663b] Ateniense: Luego razonamiento que no separe placentero de justo, bueno y bello resultaría persuasivo ciertamente, si no para otra cosa, para decidirse a vivir una vida pía y justa, de modo que para un legislador el razonamiento más vergonzoso y contrario es el que afirme que las cosas no son así; porque, voluntariamente, nadie querría, por convencimiento, hacer algo de que no se siga más de gozo que de sufrimiento. Lo visto de lejos, y en oscuridad, da vértigo a todos, y más que más a los niños; mas el legislador instaurará en nosotros la opinión de lo contrario eliminando la oscuridad; y persuadirá de una manera u otra con costumbres, alabanzas y razones que lo justo e injusto están pintados en sombras; por una parte lo injusto, desde el punto de vista de uno que se sea injusto y malo, parece placentero; mas lo justo, displacienterísmo; pero lo injusto, desde el punto de vista de uno que sea justo, parece, en todo, lo contrario en ambos casos. [663c] Clinias: Tal parece evidentemente. [663c] Ateniense: Mas, respecto de la verdad de tal juicio, ¿qué afirmación diremos predomina?: ¿la del alma peor, o la de la mejor? [663d] Clinias: Necesariamente, la de la mejor. [663d] Ateniense: Luego, necesariamente, la vida peor no solamente es más fea y perversa, sino aun más displacentera en verdad, que la de la vida justa y pía. [663d] Clinias: Tal parece, amigos, a tenor del presente razonamiento. [663d] Ateniense: Pero el legislador que valga algo, aunque sea poco, aun si esto no fuera tal como el presente razonamiento dijo haberse, y si hasta se atrevió a mentir a los jóvenes en favor del bien, ¿mintió alguna vez con mentira más provechosa que ésta y que era capaz de hacer el que todos hagan, no por fuerza sino voluntariamente, todo lo justo? [663e] Clinias: Algo bello y permanente, Extranjero, es la Verdad; mas no parece, por cierto, ser cosa fácil el convencerse. [663e] Ateniense: Sea así. Resultó más fácil convencerse del mitologuema del Sidonio, aun siendo tan poco de fiar, y así miles y miles de otros casos. [663e] Clinias: — ¿Cuáles? [663e] Ateniense: El que, de unos dientes cierta vez sembrados, nacieron hoplitas. Aunque de gran paradigma sirve al legislador en cuanto a convencer de lo que pretenda convencer a las almas de los jóvenes; de modo que no ha de mirar a ninguna otra cosa sino a encontrar, convenciendo, de qué hará mayor bien a la Ciudad; y, acerca de esto, inventar cualesquiera trazas, sea como fuere, para que tal comunidad íntegra afirme en esto siempre y lo más posible una y la misma cosa durante toda su vida en cantos, mitos y palabras. Mas sí os parece algo distinto de esto, no hay inconveniente alguno en que lo pongáis en duda en este razonamiento. [664b] Clinias: Mas me parece que ninguno de nosotros dos pueda poner en duda esto. [664b] Ateniense: Así que, después de esto, sería mi turno de hablar. Afirmo, pues, que todos los coros, los tres que hay, han de encantar a las almas de los niños, mientras están siendo nuevas y tiernas; hablando, entre otras cosas bellas, de todas las que describimos y todavía describiremos; pero sea lo capital de ellas esto precisamente: que, al afirmar que, según los dioses, es la misma vida la más placentera y la mejor, diremos lo que es más verdadero, a la vez que a quienes haya de convencer los convenceremos más y mejor que, si hablando, decimos esto de otra manera. [664c] Clinias: Hay que convenir en lo que dices. [664c] Ateniense: Ási que, primero, el coro infantil “Musas” entraría el primero —es lo más correcto— para cantar en medio, con toda seriedad y ante toda la Ciudad, lo dicho; mas el segundo coro, el que abarca hasta a los de treinta años, llamará a Peán como testigo sobre verdad de lo dicho, y le pedirá que con persuasión se haga propicio a los jóvenes. Pero es preciso, que aun los del tercer coro: los superiores a treinta años, hasta los de sesenta, canten; que los de mayor edad, por impotentes ya de soportar el cantar, se queden de contadores-de-mitos, mediante inspiración divina, acerca de estas mismas costumbres. [664d] Clinias: Pero, Extranjero, ¿por qué llamas a esos coros “los tres”?; porque no con)rendemos claramente lo que pretendes explicarnos acerca de ellos. [664d] Ateniense: Pues, por cierto, que en vistas a ellos se dijo casi enteramente lo anterior. [664d] Clinias: Todavía no lo comprendemos; trata de explicárnoslo an más claramente. [664e] Ateniense: Dijimos, si lo recordáis, al comienzo de los razonamientos que la naturaleza de todos los jóvenes, por ser fogosa, no sería capaz de estarse quieta ni de cuerpo ni de alma, con siempre desordenadas voces y saltos. Para esto de orden, no tiene sentido ninguno de los demás animales; solamente lo tendría la naturaleza humana. El nombre de “ritmo” se reserva para el orden del movimiento; pero el de la voz, al mezclarse simultáneamente lo agudo y lo grave, recibiría el nombre de “armonía”; mas llamaríase “coristia” el conjunto de ambos. Pero los dioses, decíamos, compadeciéndose de nosotros, habernos dado de concoristas y directores de coro a Apolo y a las Musas; además de, en tercer lugar, decíamos, si lo recordamos, a Baco. [665a] Clinias: ¿Cómo no vamos a recordarlo? [665a] Ateniense: Cierto que se trató del coro de Apolo y del de las Musas; mas es preciso se hable del tercero y último: del de Baco. [665b] Clinias: ¿Cómo, pues?, dilo; porque resultaría sorprendente al que de repente oyera lo de coro de Baco, si los de edad mayor que treinta y cincuenta años, hasta sesenta, hicieran de coristas en él. [665b] Ateniense: Verdaderísimamente dicho, por cierto. Hace falta, creo, razonarlo de manera que resulte razonable el hacerse así. [665b] Clinias: ¿Cómo así? [665b] Ateniense: ¿Estamos de acuerdo en lo anterior? [665c] Clinias: ¿Acerca de qué? [665c] Ateniense: En que debe todo adulto y niño, libre y esclavo, hembra y varón, y, en toda la Ciudad, toda ella no cesar jamás de encantarse a sí misma con lo que hemos descrito, aunque de una manera u otra se lo cambie, ofreciendo toda clase de variedad, de modo que para los cantores haya algo así como insaciabilidad de himnos y placer. [665c] Clinias: Pero, ¿cómo no habrá de convenirse en que se haga así esto? [665d] Ateniense: Pues bien: ¿cantando dónde lo Optimo de la Ciudad —lo más de confiar por edad a la vez que por sapiencia en la Ciudad— obtendríanse bienes de la más bella manera? ¿O insensatamente dejaremos ir a lo que tal vez sea el gran Señor de cantos, los más bellos y provechosos? [665d] Clinias: Es imposible dejarlos ir, a tenor de lo ahora dicho. [665d] Ateniense: ¡¿Cuál sería para esto la más conveniente manera? Ved si de ésta. [665d] Clinias: — ¿Cuál? [665d] Ateniense: Quien se está haciendo viejo llénase de reparos para cantar, y se alegra de practicarlo poco, y se avergonzaría, en caso de necesidad, tanto más cuanto más viejo y morigerado se haga, ¿No es así? [665e] Clinias: Pues así es. [665e] Ateniense: Pues bien: ¿no se avergonzaría aún más de cantar en teatro, ante toda clase de hombres, quieto y erguido? Y además de esto, si cual las coros en concurso para victoria, tuvieran que cantar los tales tras ejercicios de fonética, abstemios y ayunos, cantando así de manera bien desagradable y vergonzante, ¿no lo harían de mala gana? [666a] Clinias: Por gran necesidad pasa lo que dices. [666a] Ateniense: ¡¿Cómo, pues, exhortarlos a que canten de gana? ¿No pondremos por ley, primero, que los niños no prueben, hasta llegar a los dieciocho años. [666a] nada de vino, enseñándoles que no se ha de avivar con fuego el fuego de cuerpo y alma, antes de que vayan a poner manos al trabajo, precaviéndose contra la condición alocada de los jóvenes? Después, hasta los treinta años, que moderadamente pruebe el vino el joven; mas que se abstenga enteramente de borrachera y violencia. Llegando a los cuarenta años. [666b] en grandes fiestas de comensalías invoque a los dioses y particularmente invite a Baco a lo que es, a la vez, misterio recreación de los viejos, cual medicina regalada a los hombres para asistencia en los rigores de la vejez, de modo que nos haga rejuvenecer y que, olvidando la mala gana, resulte el estado del alma, de enrigecido, más suave, cual le pasa a hierro metido al fuego, que así resulta más dúctil. En tal estado, primero, ¿no querría ya cada uno —de mejor gana y con menor vergüenza, no, por cierto, ante muchos, sino ante discreto número, no entre extraños, sino entre familiares— cantar, y aun lo que hemos dicho, muchas veces ya, encantar? [666c] Clinias: Y mucho, por cierto. [666c] Ateniense: Para inducirlos, pues, a que nos hagan partícipes del canto, este procedimiento no resultaría del todo indecoroso. [666d] Clinias: En modo alguno. [666d] Ateniense: Pero tales varones, ¿con qué voz y Musa cantarán? ¿No está claro que ha de ser con una adecuada a ellos? [666d] Clinias: Pues, ¿cómo no? [666d] Ateniense: ¿Cuál es, pues, la adecuada a varones divinos? ¿Que no es la de los coros? [666d] Clinias: Que nosotros, Extranjero, y éstos, no podríamos cantar sino el canto que aprendimos en los coros, cuando llegamos a habituarnos a cantar. [666d] Ateniense: Verosímilmente, porque, en realidad, no llegasteis a familiares del más bello de los cantos; porque estáis en régimen de campamento militar; mas no en el de domiciliados en Ciudades; tenéis a los jóvenes como a potros, arrejuntados en rebaño, ganado pastoreado. Pero ninguno de vosotros, cogiendo el suyo, arrebatándoselo a los pastores comunes, aunque se enfurezca y resista grandemente, le impone domador privado, y lo educa, almohazándolo y amenazándolo y dándole todo lo adecuado a la crianza y educación por las que resulte no tan sólo buen soldado, sino capaz de administrar Ciudad y ciudades; del que dijimos ser mejor guerrero que los guerreros de Tirteo, por apreciar siempre y todo caso a la valentía como posesión, para particulares y aun para Ciudad entera, de cuarto grado; y no de primero, de Virtud. [667a] Clinias: No sé, Extranjero, si esta vez no rebajas a nuestros legisladores. [667a] Ateniense: No lo hago, bueno de Clinias, parando mientes en ello, si es que hay algo de eso. Mas, tal como nos conduzca el razonamiento, sigámoslo, si lo queréis. Porque si tenemos una Musa más bella que la de los coros y que la de los teatros públicos, tratemos de repalársela a aquellos de quienes decíamos se avergüenzan de la otra; mas buscan cuál es la más bella, y de ella se acompañan. [667b] Clinias: — Absolutamente. [667b] Ateniense: Pues bien: ¿no ha de haber, primero, esto en cuantas cosas están acompañadas de un cierto grado: o que esta misma sea, de por sí, lo más incitante, o tenga una cierta rectitud o, en tercer lugar, un provecho, cual digo precisamente que a comida, bebida y a toda alimentación acompaña un agrado a la que apellidamos “placer”? En cuanto al agrado que apellidamos “rectitud y provecho” —que es lo que de ordinario llamamos “sano” en lo que nos presenten— eso mismo es en ella también lo recto. [667c] Clinias: Pues absolutamente. [667c] Ateniense: Además, aun al aprendizaje acompaña lo de agrado: el placer; en cuanto a rectitud, provecho, bien y bellamente, es la verdad la que los realiza finalmente [667c] Clinias: Así es. [667c] Ateniense: Pero, ¿qué respecto de la producción de semejanza por las artes de imitación? Si la consiguen, el placer que resulta acompañarlas en caso de resultar, ¿no se habría justísimamente de llamarlo “grado”? [667d] Clinias: Sí. [667d] Ateniense: Empero, la rectitud en tales artes provendría, para decirlo en general, del equilibrio entre cantidad y cualidad; mas no, del placer. [667d] Clinias: Bellamente. [667d] Ateniense: Así que sólo se juzgaría correctamente según placer lo que, al presentarse, no produzca ni algún provecho ni verdad ni semejanza, ni por otra parte, daño, sino tan sólo provenga de esto precisamente por ese séquito de lo demás que es el agrado que, por cierto, lo más bello es que se lo llame “placer”, cuando nada de lo demás lo siga. [667e] Clinias: Hablas únicamente de placer inocuo. [667e] Ateniense: Sí; y dijo además que es él mismo un juego cuando ni dañe ni aproveche en algo digno de interés o de mención. [667e] Clinias: Verdaderísimamente dicho. [667e] Ateniense: Afirmaríamos, pues, que, según lo dicho ahora, toda imitación no ha de ser juzgada, menos que nada, según el placer y según opinión no verdadera; ¿y lo mismo respecto de toda equiparación. Porque, no porque a uno se lo parezca, o alguien se plazca en algo, lo igual sería igual y lo con-mensurado con-mensurado, así en general; sino lo sería máximamente según verdad, pero mínimamente según algo diverso? [668a] Clinias: De todo en todo. [668a] Ateniense: Pues bien: ¿no decimos que toda música es arte representativa e imitativa? [668a] Clinias: Como que sí. [668a] Ateniense: Luego cuando alguien afirma que la música ha de ser juzgada según placer, este aserto es el que menos debe aceptarse, e ir a la búsqueda de una tal cual si fuera seria, si es que en alguna parte se produjera; sino, de aquella que ha obtenido mediante la imitación asemejamiento con lo Bello. [668b] Clinias: — Verdaderísimo. [668b] Ateniense: Y quienes buscan el canto más bello, han de buscar, como parece, una Musa que no sea la placentera, sino la correcta, porque, como decíamos, la rectitud de la imitación está en que lo imitado se realice perfectamente en magnitud y carácter. [668b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [668b] Ateniense: Y de seguro todos nos concederían acerca de la música esto precisamente: que todas las obras a ella concernientes son imitación y representación. Y esto, ¿no lo concederían todos a la vez: compositores, oyentes y actores? [668c] Clinias: Enteramente. [668c] Ateniense: Así que quien no se haya de equivocar en esto ha de conocer, como parece, “qué es” cada obra; porque, al no conocer la esencia, lo que pretende ser y de qué es realmente imagen, despídase de llegar a reconocer la rectitud del propósito o también sus fallas. [668c] Clinias: Que se despida; ¿cómo no? [668d] Ateniense: Mas quien no conozca lo de “correctamente”, ¿cómo podría reconocer lo de “bien” y lo de “malamente”? Mas no lo expreso demasiado claramente; tal vez lo diría más claramente de esta manera: [668d] Clinias: ¿Cómo? [668d] Ateniense: Hay, por cierto, ante nuestra vista imágenes por miles y miles. [668d] Clinias: — Sí. [668d] Ateniense: Pues bien: ¿qué, si alguien ignorara en tales casos lo de “qué es”' cada uno de los cuerpos imitados?; ¿conocería entonces lo que de ellos está correctamente reproducido? Digo algo así como si se han establecido las medidas del cuerpo y de cada una de sus partes, cuántas son aquéllas, y qué partes, unas respecto de otras, han alcanzado el orden debido; y además, colores y figuras, o si se ha hecho todo eso de ordenada manera, ¿te parece diagnosticaría alguien esto, ignorando enteramente “qué es” el viviente imitado? [668e] Clinias: Y, ¿cómo? [668e] Ateniense: Pero, ¿qué, si conociéramos que lo pintado o esculpido es un hombre, y que ha recibido el arte todas sus partes, a la vez que colores y figuras? ¿Será entonces necesario que quien tal conozca esté ya listo para conocer si es bello o si tal vez le faltaría algo de belleza? [669a] Clinias: En tal caso, Extranjero, sea dicho así, todos reconoceríamos los bellos de los vivientes. [669a] Ateniense: Verdaderísimamente - dicho. Respecto de cada representación, tanto en pintura como en música y en todo, quien vaya a ser juez sensato, ¿ha de tener estas tres cosas: conocer, primero, "qué es”; después, lo de “correctamente”; después, lo de “bien”, en tercer lugar; hecha cada una de tales representaciones con palabras, melodías y ritmos? [669b] Clinias: Pues tal parece. [669b] Ateniense: No renunciemos, pues, a hablar de la dificultad peculiar respecto de la Música, ya que se la ensalza por sobre todas las demás clases de representación, hace falta máxima precaución, mayor que respecto de todas las representaciones. Que, en caso de errar, saldría uno grandemente perjudicado, albergando en su mente malas habitudes, cosa dificilísima de percibirse por ser nuestros compositores inferiores a las Musas mismas. Porque Ellas no erraran jamás en eso de dar a palabras de varones el colorido y melodía de mujeres; ni, a su vez, componiendo melodías y figuras de libres, adaptarles ritmos de esclavos y de inlibres; ni, a su vez, sobre una base de ritmos y figuras de libres sobreponer Ellas melodías o palabras contrarías a los ritmos; ni reunir en la misma obra voces de bestias, de hombres, de instrumentos y toda clase de ruidos, puestas Ellas a imitar algo con unidad. Mas los compositores humanos, complicando y entretejiendo en grande todo eso, se expondrían a la risa de cuantos hombres, según dice Orfeo, “les cayó en suerte gozo en sazón”. Todo eso lo ven éstos enmarañado. [669d] Y aún más: los compositores separan de la melodía ritmo y figuras, poniendo en verso palabras desnudas; pero, a su vez, melodía y ritmo, sin palabras, sirviéndose, al tocar, de cítara y flauta a solas, casos en que resulta grandemente difícil reconocer, sin palabras, ritmo y armonía ejecutados, y a cuál de los modelos dignos-de-mención se parecen. Es preciso admitir que está lleno de mucha rusticidad todo lo que sea grandemente amigo de velocidad, glissandos, voces de bestias, tanto que empleen flauta y cítara fuera de cuanto danza y canto exijan; de emplear a cada una de ellas cual solista resultaría toda clase de vulgaridad y trucos. Sobre esto baste con lo dicho; mas nosotros no estamos considerando cómo los nuestros ya treintañeros y los que han pasado el límite de los cincuenta no han de emplear las Musas, sino qué es lo que se debe. Me parece, pues, que el razonamiento nos está ya indicando, según lo anterior, que los quincuagenarios, o quienes corresponda cantar, han de estar mejor educados que los de la Musa coral, porque es necesario que tengan, y conozcan, gran sensibilidad para los ritmos y armonías. ¿O cómo conocerá lo correcto para las melodías: a cuál de ellas le va bien, o a cuál no, el modo daría; y si El ritmo que el compositor le aplicó, fue o no el correcto? [670b] Clinias: Es claro que de ninguna manera. [670b] Ateniense: Es ridícula, pues, toda esa gran muchedumbre que cree conocer abastanza lo que está bellamente armonizado y ritmado, y no, por haber tenido que ejercitarse en cantar a compás de flauta y en marchar con ritmo; mas no caen a la vez en cuenta de que lo hacen, ignorando sus particularidades. En realidad, toda melodía, hecha de lo apropiado, se ha correctamente; mas la hecha de lo inapropiado, defectuosamente [670c] Clinias: Por grandísima necesidad. [670c] Ateniense: Pues, ¿qué, de quien ni siquiera conozca cómo se ha esto? ¿Reconocerá en cada caso lo que decimos ser “haberse correctamente”? [670c] Clinias: ¿Qué traza habría? [670c] Ateniense: Al parecer, pues, hemos ahora encontrado esto: ser casi necesario que cuantos hemos ahora invitado y, de alguna manera, forzado a que canten, de buena gana, en nuestros cantos se hayan educado hasta este punto: hasta ser cada uno capaz de seguir el compás de los ritmos y las notas de las melodías para que, percibiendo las armonías y los ritmos, sean capaces de seleccionar las convenientes: las que está bien canten personas de tal edad y condición; y cantarlas así; y, cantándolas, complacerse, sin más, en placeres innocuos, y para los jóvenes hacerse ellos guías de buenas costumbres, dignas de abrazar; educados hasta tal punto, dispondrían de una educación más rigurosa que la difundida en la multitud y la de los compositores mismos. En cuanto a lo tercero, no hace falta alguna que el compositor conozca si la imitación es bella o no bella; mas es casi casi necesario, lo de armonía y ritmo. Pero a los viejos, lo de las tres cosas, para seleccionar entre lo más bello y lo segundón; si no, llegará a tener para los jóvenes aliciente suficiente la virtud. [671a] Y lo que el razonamiento pretendía desde el comienzo mostrar: que la ayuda prestada al coro de Baco estaba bellamente señalada, quede dicho, según nuestro poder. Consideremos ya si realmente ha resultado así. Cierto que tal asamblea, al avanzar la bebedera, resulta, por necesidad, más y más tumultuosa; lo que, desde el comienzo, supusimos ser necesario sucediera en las “asambleas” que ahora tienen lugar. [671b] Clinias: Por necesidad. [671b] Ateniense: Cierto que, por sentirse cada uño más ligero de lo que es, se exalta y regocija; y, en tal estado, desbórdase en franqueza y en sordera hacia los vecinos; hasta tendríase ya por capaz de gobernarse a sí mismo y a los demás. [671b] Clinias: Como que sí. [671b] Ateniense: ¿Pues no decimos que, cuando tales cosas pasan, cual si fueran trozo de hierro las almas de los bebedores, hechas incandescentes, hácense más suaves y jóvenes, de modo que se da el caso de resultar bien dúctiles para quien pueda y sepa educar y moldear, como cuando eran jóvenes? El moldeador es el mismo que entonces: el buen legislador, de quien han de proceder las leyes sobre bebederas, leyes capaces de hacer que aquel —el optimista, atrevido, y más desvergonzado de lo debido, y que no quiere someterse al orden ni al turno de callar, hablar, beber y cantar— quiera hacer todo lo contrario a esto; y al hacer su entrada el atrevimiento no bello, enviar a pelear con él a ese miedo el más bello —de entre los que con justicia lo son— al que hemos dado por nombre “pundonor” y “vergüenza”, miedo divino. [671d] Clinias: Así es. [671d] Ateniense: De estas leyes hay guardianes y colaboradores; los imperturbables y sobrios estrategas de los no sobrios, sin los cuales pelear contra la borrachera es más terrible que, aun con jefes imperturbables, pelear contra enemigos; quien, a su vez, no sea capaz de querer obedecerlos a éstos y a los comandantes de Baco —a los que han pasado de los sesenta años— sacará una vergüenza igual y mayor que quien desobedece a los jefes de Marte. [671e] Clinias: Correctamente. chera, y tal el juego, tales combibiales, ¿se despedirían unos de otros beneficiados y más amigos que antes —pero no, como ahora, enemigos— reunidos y siguiendo durante tal reunión las leyes, cada vez que los sobrios fueran guías de los no sobrios? [672a] Clinias: Correctamente, si tal reunión fuera cual ahora lo dices. [672a] Ateniense: No desaprobemos ya, pues, simplísticamente esto de “regalo de Baco”, cual de ser malo e indigno de aceptarlo una Ciudad. Porque más cosas aún se pudieran decir en su favor; ya que, del máximo bien que da, uno se recela de hablar ante la multitud porque, dicho, los hombres lo captan y conocen mal. [672b] Clinias: ¿Cuál es?, pues. [672b] Ateniense: Corren subrepticias leyendas, y a la vez fama, de que ese dios perdió el juicio del alma a manos de su madrastra Juno; por lo que él, en venganza, mete en las danzas convulsiones báquicas y toda clase de frenesí; por eso y para eso hizo don del vino. Mas yo dejo que hablen esa de los dioses quienes lo tengan por seguro. Pero yo sé esto precisamente: que todo viviente no nace jamás teniendo tanta inteligencia cuanta le está bien tenga llegado a su perfección. Que durante el tiempo en que aún no posee el juicio propio, todos están locos, y gritan desordenadamente; y que, apenas apenas se tienen en pie, saltan desordenadamente. Mas recordemos que, según afirmamos, tales son los principios de música y gimnástica. [672c] Clinias: Nos acordamos; pero, ¿cómo no? [672c] Ateniense: ¿Y que, según esto, afirmamos, tal principio nos regaló la sensación de ritmo y armonía a los hombres, siendo de entre los dioses los causantes de ello Apolo. Musas y Baco? [672d] Clinias: Pues, ¿cómo no? [672d] Ateniense: Por cierto que, respecto del vino, sentencia de otros es, al parecer, que les fue dado a los hombres por castigo; para enloquecerlos. Mas la que ahora dijimos afirma, por el contrario, que nos fue duda para adquirir pudor de alma, salud y robustez de cuerpo. [672d] Clinias: Bellísimamente, Extranjero, nos recordaste el razonamiento. [672e] Ateniense: Quede con esto finiquitada la mitad de la coristia; la otra mitad, según lo que nos parezca, la terminaremos o la dejaremos de lado. [672e] Clinias: ¿De cuál hablas?; y ¿cómo distinguen una de otra? [672e] Ateniense: La coristia íntegra era, para nosotros, la educación íntegra. De ello, una parte era ritmos y armonía; lo referente a la voz. [672e] Clinias: —Sí. [672e] Ateniense: Por otra parte, el movimiento del cuerpo tenía en común con el de la voz el ritmo; mas - peculiar, la figura. Pero allí, es la melodía el movimiento de la voz. [673a] Clinias: Verdaderísimo. [673a] Ateniense: Cuando, pues, por una parte. [673a] lo de la voz llega hasta el alma, no sé cómo la hemos llamado “música”, siendo educación en virtud. [673a] Clinias: Pues correctamente. [673a] Ateniense: Mas, por otra, en cuanto a eso del cuerpo que llamamos “danza de juego”, si tal movimiento llega a ser virtud del cuerpo, a la educación tecnificada que a ello conduzca denominaremos “gimnástica”. [673a] Clinias: Correctísimamente. [673b] Ateniense: Respecto de eso de la música que, casi ahora mismo decíamos, era la mitad de la coristia. [673b] escrita y finiquitada, dígase ahora lo mismo. Mas respecto de la otra mitad, ¿cómo y de qué manera tratarla? [673b] Clinias: ¡Excelencia!, has dialogado acerca de la música con cretenses y espartanos, acompañándote nosotros; mas si abandonamos lo de la gimnástica, ¿qué te parece vamos nosotros a responder a tal pregunta? [673b] Ateniense: Yo diría que casi casi has respondido al preguntar tú tan claramente eso; y percibo que una tal pregunta ces, ahora, y en esto, una respuesta —quede dicho—, y aun una orden de finiquitar lo de la gimnástica. [673c] Clinias: Optimamente lo tomaste; hazlo, pues, así. [673c] Ateniense: Hay que hacerlo. No es, por cierto, grandemente difícil hablaros de lo bien conocido por vosotros dos. Porque en esta arte tenéis mayor experiencia que en aquélla. [673c] Clinias: Casi, casi dices la verdad. [673c] Ateniense: Pues bien: el principio de este juego, ¿NO es esa costumbre, tan natural a todo viviente, que es la de saltar? Empero, el humano, como dijimos, por ser sensible al ritmo engendró y parió la danza; mas al recordar y despertar la melodía al ritmo, la comunidad de ambos parió coristia y juego. [673d] Clinias: Verdaderísimo. [673d] Ateniense: Una parte de la coristia, afirmamos, queda ya descrita; pero la otra, trataremos a continuación de recorrerla. [673d] Clinias: Perfectamente, pues. [673d] Ateniense: Pongamos, primero, el colofón al uso de la borrachera, si así os lo parece. [673e] Clinias: ¿Cuál es, y de qué hablas? [673e] Ateniense: Si una Ciudad emplea en serio, conforme a leyes y orden, la práctica de lo que ahora se ha hablado, empleándola en vistas del cultivo de la templanza, y, respecto de los otros placeres, no salirse de esto y por la misma razón, dándose traza para dominarlos, de esta manera empléase en casos tales. Mas sí se la toma en juego, y. Es lícito a quien lo quiera y cuando lo quiera y con quienes quiera beber en cualesquiera otras ocasiones, no pondría mi voto en favor de que esta Ciudad o este varón se sirva de la borrachera. Sino, más bien que el uso de cretenses o espartanos, impondría la ley de los cartagineses: que nadie, jamás, durante campaña, pruebe tal brebaje; sino durante todo ese tiempo, reunidos, beban agua; y en la ciudad, ni esclava ni esclavo gusten de él jamás; ni los arcontes, durante el año en que manden; ni, a su vez, los pilotos ni los jueces, en ejercicio, prueben, en modo alguno, vino; ni quien se apreste a dar un consejo, digno de mención; ni nadie, en modo alguno, durante el día, a no ser por ejercicio corporal o por causa de enfermedad; ni, de noche, cuando les acuda a varón y mujer hacer hijos. Y muchos otros casos podrían nombrarse en los que a los poseedores de inteligencia y rectitud legal no les está bien beber vino. Así que, según este razonamiento, ninguna Ciudad necesitaría de muchas viñas. Pero, si estuvieran reglamentados los cultivos y demás régimen de vida, lo referente al vino habría de estarlo de manera más regulada y restringida que todo lo demás. [674c] Sea, para vosotros, Extranjeros, si os parece, este colofón, final de lo dicho en el razonamiento sobre el vino. [674c] Clinias: Bellamente; y nos lo parece. [676a] Ateniense: Esto quédese, pues, así. Empero, ¿cuál diremos haber sido el origen de Régimen político? ¿No se lo percibiría de más fácil y bella manera desde este punto de vista? [676a] Clinias: ¿Desde cuál? [676a] Ateniense: ¿Desde el que hay que considerar, en cada caso, el acrecentamiento progresivo de las Ciudades tanto hacia Virtud como hacia Vicio? [676a] Clinias: Pero, ¿dirías desde dónde? [676a] Ateniense: Creo que desde tiempo inmemorial y desde inexperiencia, y desde los cambios durante él. [676b] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? dades y hombres políticamente regidos, ¿crees apercibirte de cuán largo tiempo ha pasado? [676b] Clinias: En modo alguno es sencillo. [676b] Ateniense: ¿Mas que sería, por cierto, algo inconmensurable y descomunal? [676b] Clinias: Esto sí, por cierto. [676b] Ateniense: En este tiempo, pues, ¿surgieron miles de miles y miles de Ciudades, y según este mismo razonamiento desaparecieron no menores en número? ¿Y que, en esa misma medida, fueron regidas muchas veces por toda clase de regímenes políticos? ¿Y que unas veces de pequeñas se hicieron grandes; otras veces, de grandes pequeñas; de malas, buenas y de buenas malas? [676c] Clinias: Es necesario. [676c] Ateniense: Apercibámonos, pues, si podemos, de la causa de este cambio, porque tal vez nos mostraría el origen y cambio primeros de los regímenes políticas. [676c] Clinias: Bien dicho. Y hemos de esforzarnos: tú, declarando lo que acerca de ello piensas; nosotros, siguiéndote. [676c] Ateniense: ¿No os parece que las antiguas leyendas encierran algo de verdad? [677a] Clinias: — ¿Cuáles? [677a] Ateniense: ¿Que pasaron muchas destrucciones de la humanidad por diluvios, pestes y mil otras cosas, quedando por todo ello bien poco del género humano? [677a] Clinias: Muy de creer es esto en todo y para todos. [677a] Ateniense: Pues bien: pensemos, de entre muchas, en una especial destrucción sucedida en un especial diluvio. [677a] Clinias: ¿En qué de especial hemos de pensar acerca de ella? [677b] Ateniense: En que los escapados de tal destrucción serían así todos montañeses, pastores, pequeñas chispas salvadas del género de los hombres. [677b] Clinias: Evidente, por cierto. [677b] Ateniense: Así que los tales tenían, por necesidad, que carecer de experiencia en las demás artes y de las artimañas que los de las ciudades usan unos con otros para enriquecerse, competir y demás malhechurías inventadas por unos contra otros. [677b] Clinias: Es, pues, verosímil. [677b] Ateniense: Suponemos, pues, que ciudades fundadas en llanuras y junto al mar se destruyeron enteramente en aquel tiempo. [677b] Clinias: Quede puesto. [677b] Ateniense: Afirmaremos, pues, que se perdieron en tal tiempo todos los instrumentos, y si algo de arte había laboriosamente inventado o de político o de otra sabiduría, ¿qué todo se lo llevó la correntera? Porque, óptimo, si eso hubiere quedado durante todo ese tiempo de la misma manera que ahora están disponibles, ¿cuándo inventaríase algo nuevo? [677d] Clinias: En realidad, eso lo ignoraron los de entonces durante por miles de miles de años; mas desde hace mil o dos mil años, algunos inventos se revelaron a Dédalo; otros, a Orfeo; otros, a Palamedes; mas los de músicas a Marsias y Olimpo; los de la lira, a Amfión; otros muchísimos, a otros, —otros inventos son, por decirlo así, de ayer y antes de ayer. [677d] Ateniense: Optimamente, Clinias, pasaste por alto a tu amigo: el, sencillamente nacido ayer. [677d] Clinias: ¿Te refieres a Epiménides? [677e] Ateniense: Sí, a ese precisamente, porque frente a vosotros todos sobresalió, y mucho, en esa artimaña, amigo, que adivinó Hesíodo hace gran tiempo “de palabra”; mas que, “de hecho”, aquél llevó a cabo, como afirmáis vosotros. [677e] Clinias: En efecto pues, lo afirmamos. [677e] Ateniense: -Así, pues, tal era el estado, tras aquella destrucción, respecto de las cosas humanas: inmensa y temerosa soledad, grandísima cantidad de tierra fértil; mas llevados por la riada los demás animales; algunos bovinos y tal vez algún género de cabras quedó por buena suerte, pocas en número; y éstos, para que, entonces, al principio, vivieran los pastores. [678a] Clinias: — ¿Cómo así? [678a] Ateniense: Mas de lo referente a régimen político y legislación de Ciudad —de lo que ahora nos apremia el razonamiento—, ¿Creemos, por decirlo así, que [678a] Clinias: En modo alguno. [678a] Ateniense: Pues bien: a partir de tal estado, ¿no nos ha surgido todo lo actual: Ciudades. [678a] regímenes políticos, artes, leyes; y también, gran maldad, y aun [678a] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [678b] Ateniense: ¿Pensamos, admirable, que los de entonces, por inexperiencia de tantas y tantas bellezas de las que hay en las ciudades, y de muchos de sus contrarios. [678b] llegaran a ser perfectos para virtud o para vicio? [678b] Clinias: Bellamente lo dices, y comprendemos lo que dices. [678b] Ateniense: Avanzando, pues, el tiempo, mas rellenándose nuestro género, ¿llegó todo a su estado actual? [678b] Clinias: — Correctísimo. [678b] Ateniense: No de repente, es verosímil, vino poco a poco, ¿en algo así como muchísimo tiempo? [678b] Clinias: Y mucho que así convenía. [678b] Ateniense: Porque, creo, eso de bajar de las alturas a los llanos, les metía a todos miedo en el alma. [678b] Clinias: Pero, ¿cómo no? [678b] Ateniense: En aquel tiempo, ¿no les era, por ser pocos, agradable el verse? Mas el trasladarse, e ir entonces a verse, por tierra o por mar, ¿no desapareció, junto con las artes, del todo, por decirlo así? No era, pues, gran cosa de posible, creo, comunicarse unos con otros, porque hierro, bronce y todos los minerales revueltos, desaparecieron, de manera que no había modo de purificarlos; además padecían de escasez de leña. Porque si, casualmente, algún instrumento quedara en los montes, bien presto, corroído, desapareció; y otros no iban a surgir antes de que, de nuevo, viniera a los hombres la arte de la minería. [678d] Clinias: Pues si no, ¿cómo? [678d] Ateniense: ¿Con cuántas generaciones, creemos, se llegó más adelante a esto? [678e] Clinias: Es claro que con muchísimas de ellas. [678e] Ateniense: Así que también todas las artes que necesitan de hierro, bronce y de todo lo tal, ¿habrían durante ese mismo tiempo, y aun durante otro mayor, desaparecido entonces? [678e] Clinias: Como que sí. [678e] Ateniense: ¿Así que disensión y guerra desaparecieron durante tal tiempo y en muchos lugares? [678e] Clinias: — ¿Cómo? [678e] Ateniense: Primero, por cierto, por la soledad se amaban y amistaban entre si; después, la alimentación no era cuestión para pelearse, porque no había escasez de pastos, a no ser tal vez para algunos y al principio, y de ellos vivían sobre todo en aquel tiempo, porque no necesitaban en modo alguno de leche y carnes. Además: la caza ofrecíales alimentación, no menospreciable ni poca. Aún más: sobrábanles vestidos, mantas, habitación y enseres para usar con y sin fuego, porque las artes plásticas y todas las de tejer para nada necesitan de hierro. Todo esto: este par de artes regaló dios y puso a disposición de los hombres, a fin de que, caso de volver a tal apuro, tuviera de qué renacer y progresar el género humano. Por esta causa o había grandemente pobres; ni forzados por la pobreza resultaban resentidos; mas no llegarían jamás a ricos por estar desprovistos de oro y plata, que es lo que entonces les pasaba. Que cuando en una comunidad no formen parte de ella ni riqueza ni pobreza, es la oportunidad para que surjan los más nobles caracteres; que no llegan en ella a engendrarse desmesura e injusticia, celos y envidias. Eran por esto buenos, y por la llamada “candidez”, porque lo que oían llamar "bello y feo”, por cándidos creían ser grandísima verdad, y obedecían. Por sabios no sabían, como ahora, disimular las mentiras; sino tomando por verdadero lo que sobre dioses y hombres se decía, vivían a tenor de ello. Por esto precisamente eran íntegramente, tales cuales nosotros acabamos de describirlos. [679d] Clinias: A mí y a éste, así nos lo parece. [679d] Ateniense: Digamos, pues, que pasaron su vida de está manera muchas generaciones de las anteriores al diluvio; menos industrializadas que las de ahora, y menos instruidas llegarían a estar respecto de las demás artes, y de las guerreras: de cuantas se hacen ahora a pie y por mar: y de cuantas hay únicamente ahí, en Ciudad: las llamadas “enjuiciamientos” y “sediciones”, que han hallado trazas de - toda clase, “de palabra y obra”, para hacerse maldades e injusticias unos a otros. Pero, por más cándidos, ¿no serían también más valientes, y a la vez, más temperantes y, en conjunto, más justos? La causa de ello, queda ya descrita. [679e] Clinias: Correctamente dicho. [679e] Ateniense: Para nosotros, dese esto por dicho, y lo a ello consecuente; todo quede afirmado para esto; para que comprendamos cuál sería para los de entonces el uso de leyes, y quién, para ellos, sería el legislador. [680a] Clinias: Y bellamente lo dijiste. [680a] Ateniense: Pues bien: ellos, ni necesitaban de legisladores, ni eran propicios aquellos tiempos para que surgieran, porque no hay escritura entre los que, en aquella parte del período, nacieron; que viven siguiendo a las costumbres y a las leyes llamadas “patrias”. [680a] Clinias: — Es verosímil. [680a] Ateniense: Pero hay ya una cierta manera de régimen político. [680a] Clinias: — ¿Cuál? [680b] Ateniense: Me parece que todos al régimen político de tal tiempo llaman “dinastía”; que, aun hoy, la hay en muchas partes, tanto entre griegos como entre bárbaros. Cuenta Homero que fue la forma de administración de los cíclopes, diciendo: Entre ellos no hay ni asambleas deliberantes ni mandasino que habitan en las cimas de altos montes. [680b] en huecas cavernas; cada uno manda sobre hijos y esporas; ni se ocupa de los demás. [680c] Clinias: Ese vuestro poeta parece haber sido de vuestro agrado. Y por cierto que de él se nos han referido también otros poemas, grandemente urbanos, aunque no muchos; porque los cretenses no nos servimos gran cosa de poemas extranjeros. [680c] Megilo: Pero nosotros, al revés, nos servimos de ellos; y parécenos predominar él sobre poetas de tal clase. Por cierto que, en cada caso, no describe la vida espartana, sino más bien algo así como la jónica. Ahora, parece testimoniar bien en favor de tu razonamiento, atribuyendo mitológicamente a su salvajismo lo arcaico de ellos. [680d] Ateniense: Sí; lo testimonia a favor; y tomémoslo por garante de que tales regímenes políticos los hubo alguna vez. [680d] Clinias: Bellamente. [680d] Ateniense: Pues bien: ¿no serán éstos: los de habitación común y de un género —dispersados por los apuros en tales desgracias, durante las que manden los más viejos por venirles el poder de padre y madre— a quienes, siguiendo, cual pájaros, los demás, formen un solo rebaño, regidos patriarcalmente y bajo una realeza la más justa de todas? [680e] Clinias: Absolutamente. [680e] Ateniense: Después de lo cual, reúnense muchos en comunidad, haciendo ciudades más grandes; y tórnanse primero hacia los cultivos en las laderas; hacen cercados de piedras secas, cual defensas, por causa de las fieras —realizando por fin una casa, común y grande. [681a] Clinias: Es verosímil que esto pase así. [681a] Ateniense: Pero, ¿qué, estotro no es verosímil? [681a] Clinias: — ¿Qué? [681a] Ateniense: Al crecer y hacerse tales caseríos, de insignificantes y primitivos, grandes, cada uno de los pequeños, por tener según es natural por jefe al más viejo, es verosímil que aporte además costumbres propias suyas por habitar en mutuo aislamiento, diferentes unas de otras por serlo los parientes y educadores; costumbres, respecto de dioses y de sí mismos; más finas, las de los más finos; mas varoniles, las de los varoniles. Y por parecida manera, por haber formado cada uno sus hijos según sus preferencias, decimos que llegan a tal mayor comunidad temiendo leyes propias. [681b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [681c] Ateniense: Y es necesario que a cada uno les gusten sus leyes; y, en segundo lugar, las de los otros. [681c] Clinias: Así es. [681c] Ateniense: Se nos pasó desapercibido, al parecer, que hemos llegado a instalarnos en el principio de la legislación. [681c] Clinias: Absolutamente. [681c] Ateniense: Pues bien: después de esto Es necesario que los así reunidos seleccionen algunos de la comunidad, quienes —por mirar lo que todos tienen por legal y lo que de ello les agrada más para lo común, y por mostrárselo claramente, cual a reyes, a los jefes y conductores de las pueblos, y dárselo a elegir— serán llamados “legisladores”. Mas por instalar aquéllos los gobernantes y hacer de los dinastas una cierta aristocracia o también una cierta realeza, vivirán cual en casa en tal cambio de régimen político. [681d] Clinias: Así y de esta manera, paso a paso, pasaría. [681d] Ateniense: Hablemos, pues, de una tercera figura de régimen político ya realizado en la que resulta coinciden todos los eídoses y afecciones de regímenes políticos y, a la vez, de Ciudades. [681e] Clinias: — ¿Cuál es? [681e] Ateniense: La que también Homero indicó a continuación de la segunda, al decir que la tercera se originó así: Fundó Dardania; porque afirma: aún no Troya la sagrada estaba establecida en la llanura, cual Ciudad de mortales quienes, más bien, habitaban an en las laderas de Troya. [681e] la multifortanal. [682a] Recita, pues, estos versos, y aquellos en que habló de los cíclopes, ual dichos según dios y según naturaleza; ya que, por ser el género de los poetas divino y, al cantar, endiosado, percibe, con el favor de ciertas Gracias y Musas, muchas cosas de las que en verdad han pasado. [682a] Clinias: Y muchas. [682a] Ateniense: Avancemos aún más en el mito que nos acaba de acudir, porque tal vez nos indique algo pertinente a nuestro propósito. ¿No ha de ser así? [682b] Clinias: — Absolutamente. [682b] Ateniense: Decimos, pues, que desde las alturas bajaron a habitar en la grande y bella llanura de Troya, sobre una colina no elevada, y poseedora de muchos ríos que de las cumbres del Ida se precipitan. [682b] Clinias: Pues así se dice. [682b] Ateniense: Pues bien: ¿no creemos que esto haya sucedido a lo largo de mucho tiempo después del diluvio? [682b] Clinias: Pero, ¿cómo no, a lo largo de muchos? [682b] Ateniense: Parece, pues, que en gran olvido tenían ya entonces lo que ahora llamamos “desastre”, tanto que colocaron la ciudad bajo muchos ríos, y fluyentes desde las alturas, confiándose a colinas no gran cosa de altas. [682c] Clinias: Es, pues, claro que distaba grandísimo tiempo de tal suceso. [682c] Ateniense: Además, creo, que se fundaron ya entonces otras muchas ciudades, creciendo en número los hombres. [682c] Clinias: Como que sí. [682c] Ateniense: Las que hasta le armaron guerra, tal vez por mar, —que ya sin miedo, todos se servían del mar. [682d] Ateniense: Tras sitiarla unos diez años, los aqueos trocaron en ruinas a Troya. [682d] Clinias: Y mucho. [682d] Ateniense: Pues bien: en ese tiempo, de diez años, que duró el sitio de Troya, los males que, en casa, les sobrevinieron a cada uno de los sitiadores fueron muchos: sublevaciones de los jóvenes, quienes, aun a los soldados que volvían a sus propias ciudades y casas, los recibieron no bellamente y no según justicia, de modo que de ello resultaron muertes, degollinas y exilios, —grandísimos en número. A su vez los regresados volvieron con el nombre cambiado, llamándose “dorios” en lugar de “aqueos”, por ser Dorio quien reunificó a los entonces exiliados. Por cierto que vosotros los espartanos, a partir de aquí, habéis puesto todo esto en mito y en detenido relato. [682e] Megilo: Como que sí. [682e] Ateniense: Volvemos, por cierto, a donde dialogando sobre leyes, partimos: recayendo, tras una vuelta, en música y borracheras, ahora, cual cosa de dios, hemos llegado una vez más a lo mismo. Y el razonamiento nos da algo así cual asidero, porque llega a la fundación misma de Esparta que vosotros afirmáis correctamente haberse fundado, al igual que Creta, sobre leyes hermanas. Pues bien: ¡tanto tanto hemos ganado con esta digresión del razonamiento, haciendo desfilar regímenes políticos y fundaciones! Contemplamos una Ciudad primera, segunda y tercera, cuyas fundaciones, creemos, ocuparon inacabables trechos de tiempo. Pero, ahora, como cuarta, nos llega esta Ciudad —o, si lo queréis, esta raza— entonces a fundar; ahora, fundada. [683b] De todo lo cual, si podemos sacar qué es lo bellamente fundado, o lo no, y cuáles leyes suyas salvan lo salvado y cuáles destruyen lo destruido, y, en vez de cuáles, cuáles otras cambiadas, harían la bienaventuranza de una Ciudad. Meguilo y Clinias, esto es de lo que, una vez más, cual si comenzáramos, hemos de hablar, a no ser que tengamos algo en contra de los razonamientos hechos. [683b] Megilo: Si, pues, Extranjero, un dios nos prometiera que, en caso de emprender por segunda vez la consideración sobre legislación, oiríamos razones ni peores ni más cortas que las ahora dichas, aun yo fuera más lejos, y pareciérame corto este mismo presente día, aunque es casi casi precisamente el día en que el dios se cambia de verano u invierno. [683c] Ateniense: Ál parecer, esto es lo a considerar. [683c] Megilo: Absolutamente. [683c] Ateniense: Pues bien: Hagámonos presentes por el pensamiento a aquel tiempo cuando Esparta, Argos. Mesenia y lo de ellas, estaba, Meguilo, bien bajo las manos de nuestros progenitores. Después de lo cual, empero, les pareció, como lo cuenta el mito, dividiendo en tres partes el ejército, fundar tres Ciudades: Argos, Mesena, Esparta. [683d] Megilo: En efecto. [683d] Ateniense: Y rey de Argos fue Témenos; de Mesena, Cresfontes; de Esparta. Procles y Euristenes. [683d] Megilo: ¿Qué más? [683e] Ateniense: Y todos juraron ayudarles, siempre y cuando alguien pusiera en peligro sus reinos. [683e] Megilo: ¿Qué mas? [683e] Ateniense: Si, por Júpiter!, la realeza se deshace —o algún otro principado se deshizo alguna vez—, ¿no fue por otros sino por ellos mismos? Ahora bien: hace bien poco, ¿no nos encontramos por suerte con estas razones, y así las dejamos establecidas?; pero, ahora, ¿lo hemos olvidado? [683e] Megilo: Y, ¿cómo? [683e] Ateniense: Pues bien: ahora reforzaremos más todo eso, porque, habiéndonos por Suerte encontrado con hechos pasados, tal parece, hemos llegado al mismo razonamiento, de manera que nuestra investigación no versará sobre algo vacío, sino sobre algo acaecido y, ello, verdadero. Pues bien, acaeció esto: las tres realezas juraron a las tres ciudades, y cada una de ellas a las demás, gobernar y ser gobernados según las leyes que habían establecida cual comunes; mas leyes, para que, avanzando el tiempo y la raza, no se volviera el gobierno más duro; mas otras, comprometiéndose los gobernantes mismos a no atentar a deshacer ellos las realezas ni a excitar a otros; sino a ayudar los reyes a — reyes y pueblos perjudicados; y los pueblos, a pueblos y reyes perjudicados. ¿No es así? [684b] Megilo: Pues así es. [684b] Ateniense: Pues bien: ¿era eso lo mejor que había en las constituciones de los regímenes políticos, impuestas cual ley en las tres Ciudades, tanto que las impusieran cual ley reyes u otros cualesquiera? [684b] Megilo: ¿Qué? [684b] Ateniense: ¿El ayudarse siempre dos Ciudades contra una, siempre que ésta desobedeciera a las leyes establecidas? [684b] Megilo: Está claro. ordena a. los legisladores que establezcan leyes tales que, voluntariamente, las acepten pueblos y multitudes, cual si se ordenara a maestros de gimnasia y médicos tratar con placer y curar los cuerpos tratados. [684c] Megilo: De todo en todo así es. [684c] Ateniense: Mas frecuentemente hay que darse por contento si se puede hacer con dolor, no grande, que los cuerpos lleguen a estar buenos y sanos. [684c] Megilo: ¿Qué más? [684d] Ateniense: Estotro: que para los de entonces había algo, no pequeño, que facilitaba el establecimiento de leyes. [684d] Megilo: ¿Qué? [684d] Ateniense: Que no caía sobre los legisladores que tratan de imponer a los ciudadanos una cierta igualdad de fortuna ese máximo reproche que se les hace en otras muchas ciudades regidas por leyes al meterse a tocar lo de posesión de tierra y abolición de deuda, viendo que, sin eso, no podría realizarse de manera adecuada la igualdad. Al legislador que se meta a tocar algo de eso, todos se le enfrentan diciendo «no mover lo inmoble», y maldicen a quien introduzca repartos y recortes de deudas, de manera que todo varón no sabe qué hacer. Mas para los dorios, hasta esto les iba bellamente y sin querellas, así: tierra, repartida sin disputas y no había grandes y viejas deudas. [684e] Ateniense: ¿De qué manera pues, óptimo, la fundación y legislación resultaron tan mal? [685a] Megilo: ¿Cómo, y qué dices en tono de reproche? [685a] Ateniense: Que de los tres países, dos de ellos echaron a perder prestamente régimen político y leyes; pero uno quedó firme: el de vuestra Ciudad. [685a] Megilo: No sencilla cosa preguntas. [685a] Ateniense: No obstante, es debido el que, ahora precisamente, poniéndolo a consideración y examen, jugando con las leyes un juego para varones viejos y morigerados, continuemos tranquilamente el camino, cual lo decíamos al comenzar nuestro paseo. [685b] Megilo: Que sí; y ha de hacerse como dices. [685b] Ateniense: Pues bien: ¿cuál de más bella consideración acerca de Leyes haríamos que la de éstas que organizan estas Ciudades? o acerca de las fundaciones, ¿cuáles de más famosas y mayores Ciudades pondríamos en consideración? [685b] Megilo: No es fácil hablar en vez de éstas de otras. [685b] Ateniense: Pues bien: es bastante claro que los de entonces pensaron que tal constitución sería suficiente ayuda no sólo para el Peloponeso, sino hasta para todos los griegos, en caso de que alguno de los bárbaros les perjudicara en algo, al modo que los entonces habitantes y vecinos de Troya, confiados en la potencia de los asirios de tiempo de Nino atreviéronse a despertar la guerra que a Troya le sobrevino, porque no era pequeño lo que aún se conservaba de la faz de tal imperio; al modo que ahora tememos nosotros al Gran Rey, también los de entonces se estremecieron ante el entonces constituido bloque. Gran acusación contra los griegos resultó la segunda toma de Troya, porque era parte del imperio. Frente a todo lo cual la organización del ejército, entonces repartido entre las tres Ciudades, unida baja reyes hermanos —hijos de Hércules— pareció bellamente inventada y equipada, y superior a la que había llegado a Troya. Porque los heráclitas se tenían por jefes mejores que los jefes de los Pelópidas; después, a su vez, este ejército superaba en valor al llegado a Troya, por haber éstos vencido; aquéllos, sido vencidos por éstos, —los aqueos, por los dorios. ¿No creemos que los de entonces pensaran y se prepararan así? [685e] Megilo: Absolutamente. [685e] Ateniense: Pues bien: ¿y que creyeran verosímil el que eso resultara firme y durara un largo tiempo, ya que habían sido copartícipes de muchos trabajos y peligros mutuos, organizados bajo uno de los reyes, todos ellos hermanos; pero, además, asistidos de muchos oráculos, entre otros del de Apolo délfico? [686a] Megilo: Pero, ¿cómo no iba a ser verosímil? [686a] Ateniense: Por cierto que tales grandes previsiones voláronse, al parecer bien presto, a excepción, acabamos de decir, respecto de una pequeña parte: la de vuestro país; y ésta no ha cesado jamás, hasta el día de hoy, de estar en guerra contra las otras dos. Mas si el pensamiento de entonces se hubiera realizado y concordado en unidad, resultara, guerreramente, poder insometible. [686b] Megilo: Porque, ¿cómo no? [686b] Ateniense: Pues, ¿cómo y de qué manera se destruyó? ¿No vale la pena considerar qué Azar deshizo tal y tan grandiosa coalición? [686b] Megilo: En vano, pues, se consideraría otro caso. ¿O se consideraría cómo otros regímenes políticos o leyes salvan bellas y grandiosas empresas, o, al contrario, las destruyen enteramente, si pasáramos por alto estos casos? [686c] Ateniense: Al parecer, pues, hemos llegado, por buena Ventura, a una consideración adecuada. [686c] Megilo: Pues, absolutamente. [686c] Ateniense: Pues, admirable, todos los hombres, y ahora nosotros, nos hemos olvidado, por cierto, de esto: cada vez que creemos ver algo bellamente hecho, creemos haría maravillas si no supiera servirse de ello bellamente según su talante. Mas, tal vez, nosotros no pensemos sobre esto ni correctamente ni según su naturaleza, y ni aun todos sobre todo lo demás: sobre lo que así se den a pensar. [686d] Megilo: ¿Qué es lo que dices? Y, refiriéndose a qué, diremos que has precisamente hecho este razonamiento? [686d] Ateniense: ¡Bueno de Meguilo!, de mí mismo me estoy burlando. Porque dando una mirada a esa organización sobre la que dialogamos, me pareció ser bellísima y aun haber caído cual admirable tesoro a los griegos, si, cual decía, se usara entonces de él bellamente. [686e] Megilo: Pues, ¿que no dijiste todo eso bien y bien pensado, y nosotros lo alabamos? [686e] Ateniense: Tal vez. Pienso, por cierto, que si alguien ve algo grande y dotado de grandes poder y fuerza, siente ya sin más esto: que, si el poseedor supiera usarlo, haría, por ser tal y tanto, maravillas, con ello; y tantas haría, que llegara a ser bienaventurado. [687a] Megilo: ¿Que esto no es, pues, correcto? ¿O como dices? [687a] Ateniense: Considera hacia dónde está mirando quien, caso por caso, da esa alabanza de “dice correctamente”. Primero, acerca de lo mismo de que se está hablando: ¿cómo, si hubiesen sabido poner el debido orden en el ejército quienes entonces lo organizaban, aprovecharan la oportunidad? Si lo hubieran consolidado, lo salvaran para siempre, de modo que serían libres ellos, y jefes de otros sobre quienes, si lo quisieran, mandar; y, en general, respecto de todos los hombres —tanto griegos como bárbaros— hacer lo que desearan ellos y sus descendientes. ¿No los alabaríamos por esto? [687b] Megilo: Y mucho, por cierto. [687b] Ateniense: Pues bien: quien viendo gran riqueza u honores distintivos de un linaje, o aun cualquiera de estas cosas, diga eso mismo; ¿lo dice mirando hacia esto: que, mediante ello, le vendrá todo cuanto deseare o la mayor parte, y cuanto sea digno de mención? [687b] Megilo: Pues así parece [687c] Ateniense: Pues bien: ¿No es común apetencia de todos los hombres, una cierta cosa, puesta en claro por el razonamiento, tal cual el razonamiento mismo la dice? [687c] Megilo: — ¿Cuál? [687c] Ateniense: Que lo que adviniere advenga según lo que ordenare la propia alma, —mejor que mejor, todo; pero si no, al menos lo humano. [687c] Megilo: Como que sí. [687c] Ateniense: Si, pues, lodos —de niños y varones viejos— lo queremos siempre, ¿no será hasta el final esto mismo lo que para nosotros necesariamente pidamos? [687c] Megilo: Pero, ¿cómo no? [687d] Ateniense: Y por cierto que para los amigos pediríamos lo mismo que ellos piden para sí. [687d] Megilo: Como que sí. [687d] Ateniense: Querido, por cierto, es para padre hijo; niño, para varón. [687d] Megilo: Pero, ¿cómo no? [687d] Ateniense: Y, de seguro, de entre lo que el niño pide le advenga, el padre suplicaría a los dioses que en manera alguna le vengan muchas cosas según las peticiones del hijo. [687d] Megilo: ¿Hablas de cuando pida insensatamente, y aún joven? [687d] Ateniense: Y cuando el padre, ya viejo 9 aún viejo verde, ignorante total de lo bello y justo, pide algo fervorosamente hallándose sentimentalmente en parecido estado al de Teseo respecto de Hipólito, el de desventurado final; pero sí lo conoce el hijo, ¿crees que, entonces, el hijo unirá su plegaria a la del padre? [687e] Megilo: Comprenda lo que dices. Porque me parece dices que no se ha de pedir ni insistir en que todo siga a nuestra querencia; sino más bien, que nuestra querencia siga a nuestra razón. Pero Ciudad y cada uno de nosotros ha de suplicar y esforzarse en llegar a ser razonables. [688a] Ateniense: Sí, y que además el varón político legislador, mirando siempre a eso, ha de imponer las ordenanzas legales; yo mismo la recuerdo, y a vosotros os lo recuerdo una vez más, si es que nos recordamos de lo dicho al principio: que era, por cierto, exigencia vuestra la de que el buen legislador debería disponer todo lo legal en vistas a la guerra; mas, por mi parte, dije que esto era exigir que se legislara en favor de una virtud, cuando ellas son cuatro; que se debía, por el contrario, mirar hacia todas; pero, sobre todo, hacia la primaria: hacia la Comandante de todas las virtudes. Tal sería Sapiencia, e Inteligencia y Opinión con amor, y con apetito que, a ellas, haga de séquito. Y una vez más el razonamiento vuelve a lo mismo; y yo, quien lo digo, digo una vez más lo que entonces, si lo queréis. [688b] eje en juego; si no, en serio: que afirmo servirse de súplicas es cosa resbaladiza para quien no posea inteligencia; que, al revés, le resulte lo contrario a sus quereres. Mas si queréis que lo tome yo en serio, tomadlo vosotros; porque preveo os encontraréis ahora con que, según el razonamiento anteriormente propuesto, la causa de la destrucción de los reyes y de la empresa íntegra no fue la cobardía, ni que los comandantes y quienes habían de ser mandados no supieran lo concerniente a la guerra; sino que las cosas se corrompieron por todas las demás clases de vicios, y, sobre todo, por ignorancia acerca de lo máximamente propio de las cosas humanas. Que, pues, así pasaron las cosas entonces, y, de pasar, así pasarán ahora, y no acaecerán de otra manera en el futuro íntegro, intentaré, si lo queréis, procediendo paso a paso en el razonamiento, yo hallarlo y, a vosotros, declarároslo en lo posible, como a amigos. [688d] Clinias: Por cierto, Extranjero, que resultaría grandemente pesado alabarte de palabra; mas te alabaremos, en grande, de obra, porque seguiremos de buena gana a lo que digas, que en esto sobre todo se pone de manifiesto el hombre libre al alabar. [688d] Megilo: Optimamente, Clinias; y hagamos lo que dices. [688e] Clinias: Así será, si dios quiere. Habla sin más. [688e] Ateniense: Decimos, pues, ahora —procediendo encaminadamente en lo restante del razonamiento— que la máxima ignorancia destruyó entonces aquella potencia y hará que pase ahora lo mismo; de manera que, si las cosas son así, ha de intentar el legislador introducir en las Ciudades cuanta más sapiencia mejor; y, cuanto más mejor, arrancar la ignorancia. [688e] Clinias: Está claro. [689a] Ateniense: ¿A qué ignorancia, pues, se llamaría, justicieramente, máxima? Considerad si lo que se va a decir es opinión mía y vuestra. Pongo como mía ésta precisamente. [689a] Clinias: — ¿Cuál? [689a] Ateniense: Cuando, habiéndole a alguien parecido algo bello o bueno, no lo ame sino lo odie; mas, aun pareciéndole malo e injusto, lo ame y abrace, tal discordancia de dolor y placer con la opinión razonable afirmo ser la extrema ignorancia; pero también la máxima, porque lo es de la totalidad del alma, porque lo doliente y placiente - de ella es cual el pueblo y la muchedumbre de Ciudad. Cuando, pues, el alma se opone a ciencias u opiniones o razón, que son las, por naturaleza, comandantes, a esto precisamente llamo “ininteligencia"; y respecto de Ciudad, cuando la multitud no obedezca a gobernantes y leyes, lo mismo; y aun respecto de varón individual, cuando, presentes en el alma bellas razones, nada de bueno hacen sino, al revés, todo lo contrario a ellas. A todas estas ignorancias las pondría yo como las más desentonadas para Ciudad y para cada uno de los ciudadanos; mas no, a las de los artesanos, —si comprendéis, extranjeros, lo que digo. [689b] Clinias: Lo comprendemos, amigo; y convenimos en lo que dices. [689b] Ateniense: Quede, pues, ahora así puesto esto como dogma y fórmula: que a los ciudadanos, indoctos en Esto, no se ha de encomendar nada atinente a gobierno; y, cual a ignorantes, háselos de reprender, aunque sean grandes razonadores y se hayan ejercitado en toda clase de sutilezas y en cuanto es naturalmente apropiado para rapidez del alma. Mas a los de disposición contraría a esa, hay que hablarles cual a sabios, aunque, como se dice, no sepan «ni leer ni nadar», y habrá que darles el gobierno, cual a realmente sapientes. [689d] Porque, amigos, sin consonancia, ¿cómo surgiría aun el eidos más pequeño de sapiencia? No hay cómo. Empero, a la más bella y mejor de las consonancias, llamaríasela justísimamente “sabiduría”, de la que es partícipe quien viva según razón; mas el falto de ella es arruinador de su casa; y, respecto de Ciudad, en modo alguno será salvador, sino, por ignorante en eso, mostrará ser todo lo contrario. Así que como acabamos de decir, dese esto por dicho de esta manera. [689e] Clinias: Dese, pues, por dicho. [689e] Ateniense: Pero es necesario, por cierto, el que en las Ciudades haya gobernantes y gobernados. [689e] Clinias: Como que sí. [690a] Ateniense: Sea así. ¿Cuáles y cuántos son los axiomas sobre gobernar y ser gobernado, tanto en las Ciudades, grandes y pequeñas, y en las casas, igualmente? ¿No lo es uno el de padre y madre? Y, en general, ¿no sería en todas partes axioma correcto el de que gobiernen padres sobre descendientes? [690a] Clinias: Y mucho. [690a] Ateniense: Y el siguiente a éste, el que los nobles gobiernen a los ignobles; y de tercero sigue a éstos el de que los viejos han de gobernar; pero los más jóvenes, ser gobernados. [690a] Clinias: Como que sí. [690b] Ateniense: Cuarto: que los esclavos han de ser gobernados; mas los señores, gobernar. [690b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [690b] Ateniense: Tengo por quinto: que el más fuerte gobierne; pero el más débil, sea gobernado. [690b] Clinias: Has hablado de un gobierno bien necesario. [690b] Ateniense: Y que es el mayor y más natural en todos los vivientes, como ya lo dijo Píndaro el tebano. Empero, el axioma mayor resultaría ser el sexto que manda al indocto seguir; mas al docto, guiar y gobernar. Aunque, sapientísimo Píndaro, casi casi diría yo que no resulta ser contra naturaleza, sino según ella el Gobierno de la ley que se implante voluntariamente; y no, por violencia. [690c] Clinias: — Correctísimamente dicho. [690c] Ateniense: Llamando al séptimo gobierno “querido a los dioses" y “favorecido por la Suerte”, lo hacemos remontar a un cierto Sorteo; y a quien le cayó la Suerte, que gobierne; mas a quien no le cayó, que se vaya con los gobernados; esto es, decimos, lo más justo. [690c] Clinias: Verdaderísimamente dicho. [690d] Ateniense: “Ves, pues, legislador” —diríamos, jugando, a cualquiera de los que emprenden a la ligera la imposición de leyes—, “cuántos son los axiomas que sirven para gobernar; y que, si se los opone unos a otros, sirven para lo contrario, porque, aquí, hemos hallado una cierta fuente de discordias, de la que te debes guardar. Pero, primero, reconsidera con nosotros cómo y contra qué de esto faltando los reyes de Argos y Mesenia se perdieron ellos y juntamente la potencia de los griegos, ¡y eso que en aquel tiempo era maravillosa! ¿Que no fue por ignorantes del correctísimo dicho de Hesíodo: «que, muchas veces, la mitad es más que el todo»? Que, cuando tomar el todo resulta perjudicial, pero tomar la mitad, co-medido, en tales casos tenía el a lo comedido en más que a lo des-co-medido; aquello por ser mejor, estotro, por peor”. [690e] Clinias: — Correctísimo. [690e] Ateniense: ¿Creemos, pues, que eso de corromperse comience siempre por pasar en los reyes, antes que en los pueblos? [691a] Clinias: Es, por cierto, verosímil, y las más de las veces, que tal sea enfermedad de reyes que vivan ostentosamente en lujo. [691a] Ateniense: ¿No está, pues, en claro que a los reyes de entonces les pasó esto, ante todo por enriquecerse a costa de las leyes establecidas; y porque no obraron en consonancia con lo que habían ensalzado de palabra y con juramento? Mas por ser la disonancia, como nosotros afirmamos, ignorancia máxima, con reputación de sabiduría, corrompió todo aquello por desentonancia e inmusicalidad, la aguda. [691a] Clinias: Pues así lo parece. [691b] Ateniense: Sea pues. ¿Qué es lo que el legislador debía precavidamente hacer entonces ante el nacimiento de tal afección? Ahora, por los dioses!, no es cosa de especial sabiduría el conocerlo; y decirlo no es cosa difícil. Mas si, entonces, fuera cuestión de previsión, ¿no sería de entre nosotros más sabio el previsor? [691b] Megilo: ¿De qué por cierto, hablas? [691b] Ateniense: Por lo acaecido entre vosotros, Meguilo, es fácil ahora a quien lo mire conocer y, al conocedor, decir lo que entonces se debía hacer. [691b] Megilo: Dilo más claramente aún. [691b] Ateniense: Ms claro sería, pues, algo así. [691b] Megilo: ¿Qué? [691c] Ateniense: Si se da más a los menores, preteriendo la medida —a naves, velamen; a cuerpos, alimentación y a almas gobierno— trastórnase todo y, por tal desmesura, algunas cosas corren hacia enfermedades; otras, a injusticia, progenie de desmesura. ¿Qué, pues, estamos diciendo? ¿Que no es esto precisamente: que no hay, varones amigos, naturaleza de alma mortal que pueda jamás llevar el máximo poder sobre los hombres, si es joven y no rígida, de modo que, si ha llenado su inteligencia con esa máxima enfermedad que es la insensatez, no acarree sobre sí el odio de los más íntimos amigos, pasando lo cual se destruye brevemente a sí misma y disípase toda su potencia? Así que precaverse en este punto, conociendo la justa medida, es de grandes legisladores. Por haber, pues, pasado ya esto, es ahora cuestión de conjeturar lo más adecuado, que, por otra parte, parece ser: [691d] Megilo: ¡¿Qué? [691d] Ateniense: Primero: que algún dios ha cuidado de vosotros, quien previendo lo futuro, e implantando entre vosotros una realeza nacida en reyes gemelos, en lugar de nacida en único, la encaminó mejor hacia la justa medida. Y después de esto, aún algo más: una cierta naturaleza humana, mezclada con una cierta potencia divina, percibiendo que vuestra realeza estaba aún enfiebrada, mezcló la morigeradora potencia de la vejez con el audaz vigor propio de la raza, dando, para los mayores asuntos, a los veintiocho ancianos un voto igual en poder al de los reyes. Mas Tercer Salvador, viendo a vuestra realeza, inflada aún y bullente, impúsole cual freno la potencia de los éforos, aproximándola a la potencia de la suerte. Y según esta cuenta-y-razón la realeza entre vosotros, mezclada con los elementos debidos, y según justa medida, salva ella, resultó para los demás causa de salvación. [692b] Porque, en realidad, con Témeno. Cresfontes y los legisladores de entonces —fuesen quienes fueran los que se pusieran a legislar— ni una partícula de Aristodemo se hubiera tal vez salvado, porque no estaban suficientemente expertos en punto a legislación; que no iban a creer poder moderar con juramentos alma joven que tomara un poder tal del que era posible engendrarse tiranía. Pero dios les mostró de hecho cuál debe ser el poder y cuál, por cierto, será el máximamente permanente. Reconocer nosotros esto, una vez realizado, nada tiene de particular sabiduría, como dije antes, porque ver mediante lo acaecido, cual paradigma, nada tiene de dificultoso. Mas si hubiera habido entonces un previsor de ello, capaz, además, de moderar los poderes y hacer de los tres uno, habría salvado entonces tantos y tan bellos pensamientos y, tal vez, ni la invasión de los persas, ni otra cualquiera, vinieran sobre Grecia, por despreciarnos cual cosa de poco valor. [692c] Clinias: Dices la verdad. [692d] Ateniense: Por cierto, Clinias, que su defensa fue una vergüenza. Y digo "“vergüenza”, no porque no hubieran entonces vencido por tierra y por mar, y vencido con bellas victorias; sino lo que yo llamo "vergonzoso” entonces, digo que es esto: primero, de aquellas Ciudades, todo y siendo tres, una sola tomó la defensa de Grecia; mas las otras dos estaban tan corrompidas que una de ellas impidió a Esparta entrar en tal defensa haciéndole con todo su poder la guerra; mas la otra, a su vez, primera en rango en los tiempos aquellos: los del reparto, la de Argos, exhortada a la defensa contra el bárbaro, ni escuchó ni defendió. En caso de hablar de muchas cosas entonces acaecidas durante tal guerra, habría que, al decirlas, acusar a Grecia de cosas en modo alguno de buen ver. Pero, a su vez, quien diga que Grecia se defendió,. tampoco lo diría correctamente; que si la resolución común de atenienses y espartanos no se defiende contra la esclavitud que se venía encima, casi ya entonces quedaran revueltas entre sí todas las razas griegas, y las bárbaras con las griegas, las griegas con las bárbaras, tal como, actualmente, las tiranizadas por los persas, dispersas, revueltas, y malamente diseminadas cohabitan. Esto es. Clinias y Meguilo, lo que tenemos que reprochar a los antiguamente llamados políticos y legisladores, y a los de ahora, a fin de que, rebuscando las cansas de ello, encontremos qué otra cosa deba hacerse, aparte de eso. Ejemplo, precisamente lo que estamos diciendo: no hay que establecer por ley ni grandes ni inmezclados poderes, con la mirada puesta en esto precisamente: que Ciudad ha de ser libre, sensata y amiga de sí misma, y que, mirando hacia esto, el legislador ha de legislar. No nos admiremos de si, al proponer tales cosas muchas veces ya, decimos que, mirando hacia esto, ha de legislar el legislador; ni de si que lo propuesto no se nos aparezca como lo mismo. Es preciso tomarlo con su cuenta-y-razón. Cuando decimos que se ha de mirar hacia temperancia o hacia sapiencia o amistad, tal meta no es diversa, sino la misma; y no nos perturbe el que haya otras muchas expresiones tales. [693c] Clinias: Intentemos hacerlo así, dando una vuelta al razonamiento. Así que, ahora, di, respecto de amistad, sapiencia y libertad, qué es lo que ibas a decir debe tomar cual meta el legislador. [693d] Ateniense: Oyelo pues. Hay de los regímenes políticos algo así cual dos madres, de las que, diciendo haberse originado las demás, se diría lo correcto; y es correcto llamar a la una “monarquía”; a la otra, “democracia”. Lo sumo de aquélla lo tiene la raza de los persas; lo de estotra, nosotros. Empero, casi todas las demás, como dije, son abigarramientos de éstas. Pues bien: se debe y es necesario tomar partes de ambas, si ha de haber libertad y amistad junto con sapiencia. Que es lo que nuestro razonamiento quiere ordenar al decir que Ciudad sin tales dotes no podría ser bellamente regida en lo político. [693e] Clinias: Pues, ¿cómo lo fuera? [693e] Ateniense: Por haber amado exclusivamente y más de lo debido, una la monarquía, otra la libertad, ninguna de las dos las tiene según justa medida. Mas las Vuestras —la espartana y cretense— más de la medida. En efecto, atenienses y persas, antiguamente casi lo justo; mas ora, menos. Recorramos las causas, ¿Lo hacemos así? [694a] Clinias: — Absolutamente, si hemos de llevar a término nuestro propósito. [694a] Ateniense: Escuchemos pues. Cuando, pues, los persas, en tiempos de Ciro, prefirieron llevar en la vida la justa medida de esclavitud y libertad, llegaron primero a ser libres; después, señores de otros muchos. Porque haciendo los comandantes partícipes de la libertad a los comandados y tratándolos en pie de igualdad, eran mayores amigos de los generales los soldados, y mostrábanse más animosos en los peligros. Y si alguno, entre ellos, resultaba sapiente y capaz de aconsejar —por no ser celoso el rey, dándole, por el contrario, franquía de hablar y honrando a los capaces de aconsejar en algo—, ponía a disposición pública tal sapiencia, cual potencia común. Y, en tal tiempo, todo prosperó para ellos por virtud de libertad, amistad y comunidad de pensamientos. [694b] Clinias: Parece que lo contado haya pasado así. [694c] Ateniense: Pues bien: ¿cómo se estropeó bajo Cambises y, una vez más, casi salió a salvo con Darío? ¿Queréis que, en esta revisión, nos sirvamos de algo así cual la adivinatoria? [694c] Clinias: Ella nos lleva, pues, a considerar precisamente aquello hacia lo que tendemos. [694c] Ateniense: Creo adivinar que Ciro, por lo demás buen general y amante de su Ciudad, no ha captado en modo alguno lo que es la educación correcta, ni ha parado mientes en nada de régimen doméstico. [694c] Clinias: ¿En qué sentido lo decimos? [694d] Ateniense: Desde joven, pasó, al parecer, su vida entera en campañas, entregando la crianza de los hijos a las mujeres. Mas éstas los criaron cual si, sin más, desde niños, fueran bienaventurados y felices ya por nacimiento, y nada les faltara para serlo. Por ser, pues, cumplidamente bienaventurados, impidiendo ellas el que nadie se les opusiera en nada, y forzando a todos a que celebraran sus dichos y hechos, los criaron otros tales cual ellas. [694d] Clinias: ¡De bella crianza has hablado!, al parecer. [695a] Ateniense: De femenina, por cierto, de mujeres del rey, recientemente enriquecidas; y que crían a los niños sin ayuda de varones, sin tiempo libre a causa de guerras y muchos peligros. [695a] Clinias: Está puesto en razón. [695a] Ateniense: Mas el padre adquiría, para ellos, rebaños, ganados y greyes de varones y de muchas otras clases de animales; mas ignoraba que aquellos a quienes iba a entregar todo eso no estaban siendo educados según la arte patria, la realmente de los persas, —que, realmente, son pastores los persas, hijos de rudo país: educación austera y adecuada para formar pastores grandemente robustos y capaces de vivir descampado, velar y, si fuera preciso guerrear, guerrear. No vio que sus propios hijos estaban siendo educados según la llamada educación para "“felicidad”: educación de Medios, y por mujeres y eunucos; educación corrompida, de la cual lo verosímil era que salieran tales cuales los criados con no refrenadora crianza. Muerto, pues, Ciro, heredáronle sus hijos, licenciosos a rebosar y desenfrenados; primero, uno asesinó al otro, llevando a mal la igualdad; después de esto, enloquecido por borrachera e ineducación, hizo que pereciera el imperio a manos de los Medos y del entonces llamado “eunuco”, por desprecio hacia la locura de Cambises. [695c] Clinias: Eso se cuenta, y parece que casi casi así pasó. [695c] Ateniense: Y se cuenta que, una vez más, el imperio volvió a los persas por obra de Darío y de los Siete. [695c] Clinias: Como que sí. [695c] Ateniense: Veámoslo, siguiendo juntos el razonamiento. Pues bien: Darío no era hijo de rey, y estaba criado según educación no licenciosa; llegado al imperio; y tomándolo él y los Seis en sus manos, lo dividió en siete lotes y los repartió, de los cuales han quedado hasta hoy ligeros ensueños. Y juzgó, estableciendo leyes, introducir una cierta igualdad común; y al tributo que Ciro prometiera a los persas lo fijó por ley, consiguiendo amistad y concordia entre todos los persas, atrayéndose al pueblo de los persas con dinero y regalos. Así, pues, sus ejércitos le adquirieron mediante benevolencia no menos territorios que los que Ciro le dejó. Pero después de Darío, vino Jerjes, —el educado una vez más con educación “regia y licenciosa”. '¡Oh Darío!" —tal vez sea lo más justo hablarle así—, “que no aprendiste de los males de Ciro, sino que críaste a Jerjes en las mismas costumbres en que Ciro a Cambises”; así que, por engendro de la misma educación, terminó casi casi pasándole lo mismo que a Cambises. Y desde entonces no ha surgido entre los persas rey verdaderamente “grande” a no ser de nombre. [695e] Pero la causa no es cosa de Azar, tal es mi sentencia, sino la mala vida que viven, casi siempre, los hijos de los escandalosamente ricos y de los tiranos, porque jamás de tal crianza sale niño, varón y viejo distinguido en virtud. Lo cual, decimos, ha de tomarlo en consideración el legislador; y nosotros, en el momento actual. Es, por cierto, de justicia, espartanos, reconocer a vuestra Ciudad que ni a pobreza, riqueza, privado y rey, otorgáis peculiares honra y crianza de ninguna clase que, de parte de algún dios, no os las haya inspirado lo divino, ya desde el principio. Porque no ha de haber en Ciudad honores superiores porque alguien se distinga en riqueza, ni porque sea veloz o bello o robusto, sin alguna virtud; ni por -Virtud, de la que templanza esté ausente [696b] Megilo: Esto, Extranjero, ¿en qué sentido lo dices? [696b] Ateniense: La valentía, ¿es una parte de Virtud? [696b] Megilo: Pues, ¿cómo no? [696b] Ateniense: Júzgale, pues, tú mismo, oyendo la cuestión de si admitirías en casa o de vecino a quien fuera grandemente valeroso pero no templado, sino [696b] Megilo: ¡Cuidado con la lengua! [696b] Ateniense: Pero, ¿qué, a un artesano y 1 un sabio en eso; mas, injusto? [696b] Megilo: En modo alguno. [696b] Ateniense: Mas la justicia no se engendra aparte de la templanza. [696b] Megilo: Pues, ¿cómo lo fuera? [696b] Ateniense: No, por cierto, lo es el sabio que ahora mismo hemos propuesto de modelo: quien tenga los placeres y dolores concordantes y secuaces de razonamientos rectos. [696b] Megilo: Pues no. [696b] Ateniense: Consideremos además, respecto de los honores en las Ciudades, esto: cuáles son o no lo correcto en cada caso. [696b] Megilo: ¿Cuáles? [696b] Ateniense: Templanza, residente sin todas las demás virtudes en alguna alma, resultaría, según justicia, algo honroso o deshonroso? [696d] Megilo: No tengo qué decir. [696d] Ateniense: Por cierto que hablaste comedidamente, porque, de haber respondido de una manera u otra a lo preguntado, me parece hubieras cantado fuera de tono. [696d] Megilo: ¡Buena la hubiera hecho! [696d] Ateniense: Sea pues; de la añadidura a lo que “son” honores y deshonras, no valdría la pena hablar, sino, más bien, callar de palabras. [696e] Megilo: Parece que te refieres a templanza. más que todo lo otro con tal añadidura, honrándolo máximamente lo honraríamos correctísimamente; lo segundo, en segundo lugar. Y así, según progresiva cuenta-y-razón, quien recibiere por lote progresivas honras las recibiría correctamente. [697a] Megilo: Así se ha. [697a] Ateniense: Pues bien: ¿no diremos que Es propio del legislador repartir esto también? [697a] Megilo: Y mucho. [697a] Ateniense: ¿Quieres, pues, que le dejemos reparta él todo en conjunto, tanto respecto de cada obra como en detalle; mas intentemos nosotros dividir de tres maneras, ya que estamos deseosos de legislar, distinguiendo entre lo máximo, segundo y tercera? [697a] Megilo: Pues absolutamente. [697a] Ateniense: Decimos, según esto, que, al parecer. Ciudad que pretenda salvarse y ser feliz en lo posible al hombre, debe y es necesario que reparta correctamente honras y deshonras. Mas lo correcto es poner como bienes los más honorables y primarios los pertinentes al alma, suponiendo ya en ella la templanza; mas, cual secundarios, lo bueno y bello pertinentes al cuerpo; y de terceros, los llamados pertinentes a hacienda y dineros. Mas si se sale uno de estos, sea legislador o Ciudad, en dirección a honras o dineros, Osi, en eso de honras ordena el que algo de lo posterior pase a anterior, no haría obra ni pía ni política. ¿Quédenos dicho así? ¿O cómo? [697c] Megilo: Quede dicho así, por evidente. [697c] Ateniense: Esto es, por cierto, lo que nos ha hecho, abundando, decir la detenida consideración del régimen político de los persas: encontramos que, año tras año, se fueron haciendo peores; mas decimos que la causa es que, por haber restringido demasiado la libertad del pueblo, pero aumentado más de lo debido lo señorial, destruyeron en la Ciudad amistad y comunidad; corrompidas las cuales las decisiones de los gobernantes ya no deciden en favor de los gobernados y del pueblo, sino en favor del propio gobierno. Y por poco que crean ganar en cada caso para ellos, arrasan ciudades, arrasan pueblos amigos a sangre y fuego; y odiando inamistosa e inmisericordemente, son así odiados. Y cuando llegan a necesitar de que los pueblos peleen en su favor, no hallan en ellos algo de común por lo que quieran de buena gana correr peligros y pelear. En posesión de miríadas, irreductibles al cálculo, lo que poseen son miríadas de inútiles para guerra; y, cual si les faltaran hombres, creen que, tomando otros a sueldo, se salvarán por obra de asalariados y extraños. Pero además de esto, se ven forzados a decir con obra, locos, que, respecto de oro y plata, es palabrería lo que, según la Ciudad, se llama honroso y bello. [698a] Megilo: Pues absolutamente. [698a] Ateniense: Dese por terminado lo referente a los persas: que su mal régimen actual proviene de un exceso de esclavitud y despotismo. [698a] Megilo: Absolutamente. [698a] Ateniense: Después de esto, no es preciso exponer, parecidamente, lo pertinente al régimen político ático: que la libertad total, y respecto de todo gobierno, es peor, y no en poco, que la sumisión al gobierno moderado de otros. Porque en aquel tiempo, cuando acaeció la invasión de los persas contra los griegos, y tal vez contra casi todos los habitantes de Europa, muestro régimen político era viejo; algunas autoridades lo eran por censo de cuatro clases; y señora, lo era un cierto pundonor, por el que aceptábamos vivir de esclavos de las leyes vigentes. Además: la magnitud de la invasión por tierra y por mar, metiéndonos desconcertante miedo hizo esclavizarnos con esclavitud aun mayor a las autoridades y a las leyes; y, por todo esto, nos sobrevino gran amistad entre nosotros. Porque casi diez años antes de la batalla naval de Salamina, vino Datis conduciendo otra ejército de persas, enviado por Darío expresamente contra atenienses y eretrios para traérselos cargados de cadenas, —conminándole con muerte, en caso de no conseguirlo. Datis, en bien breve tiempo, y con miríadas de tropas, capturó a la fuerza e íntegramente a los eritreos; e hizo llegar a nuestra Ciudad una cierta temerosa noticia: que ninguno de los eritreos se le había escapado, porque, cogidos por las manos los soldados de Datis, como con red pescaron todo el país. Esta noticia, tanto que fuese verdadera como propalada, consternó a los demás griegos y aun a los atenienses; y enviando ellos a todas partes mensajeros por ayuda, nadie lo quiso, a excepción cfe los espartanos. Mas éstos, impedidos por la guerra que entonces tenían con Mesenia —y tal vez por alguna otra cosa, que no sabemos lo que se cuenta— llegaron, de hecho, un día más tarde que el de la batalla tenida en Maratón. Después de esto, hablábase de grandes preparativos y venían miles y miles de amenazas de parte del Rey. Avanzando el tiempo, se corrió que Darío había muerto; mas que su hijo, joven y ardiente, había tomado posesión del imperio, y, en modo alguno, renunciaba a la empresa. Empero, los atenienses - creían que todo esto se preparaba contra ellos por lo pasado en Maratón. Y, oyendo lo de Atos perforado y puente de pontones del Helesponto y lo de muchedumbre de navíos, creyeron no haber para ellos salvación ni en tierra ni en mar, porque nadie los socorrería, recordando cómo se portaron cuando su primera llegada, y lo de Eretria, que entonces nadie los socorrió ni se aventuró a compartir la Jucha. Presumían que pasaría también entonces lo mismo por tierra; y por mar venían desesperada la salvación ante el asalto de mil naves, y ¡aún más! Por cierto que una salvación imaginaron, leve y desesperada, pero única, mirando lo anteriormente acaecido: cómo aun entonces la victoria pareció resultar de luchar sin salida; mas llevados por tal esperanza no hallaron para sí refugio sino solamente en sí mismos y en los dioses. 'Todo esto, pues, produjo amistad mutua: el miedo, el presente y el nacido de las leyes antiguas, miedo que poseían por someterse a las anteriores, al que frecuentemente en los razonamientos precedentes llamamos “pundonor”; al que afirmamos deber someterse quienes se decidan a ser buenos; de él está libre y sin miedo el cobarde. Si tal terror no los agarra, tal vez no se reunieran para defenderse ni defendieran templos, sepulcros, patria, y todo lo demás, familiar y querido, como entonces tal miedo les ayudó; si no, cada uno de nosotros, poco a poco y en tal ocasión, desbandado, echara cada uno por su lado. [699d] Megilo: Y bien correctamente has hablado, Extranjero, y de manera adecuada a ti mismo y a la patria. [699d] Ateniense: Así es, Meguilo; que es justo que de lo en aquel tiempo acaecido se te hable a ti, copartícipe, por nacimiento, del natural paterno. Remirad, pues, tú y Clinias, si estamos diciendo lo adecuado a la imposición de leyes, porque no discurse en favor de mitos, sino en favor de lo que digo, porque vedlo, ya que, de algún modo nos ha pasado a nosotros lo mismo que a los persas, —a éstos, por haber conducido al pueblo a servidumbre total; a nosotros, al contrario, por excitar a la plebe a libertad total; decimos, por ello, que los razonamientos anteriormente hechos han sido de alguna manera bellamente dichos. [700a] Megilo: Bien dicho; pero trata de indicarnos aún más claramente lo ahora dicho. [700a] Ateniense: Así será. No fue, amigos, respecto de las antiguas leyes señor de ninguna el pueblo, sino, de algún modo, voluntario siervo de ellas. [700a] Megilo: ¿De cuáles hablas? [700a] Ateniense: Primero, de las referentes entonces a la música, a fin de que, desde su principio, pasemos al excesivo acrecentamiento de la vida libre. Porque, entonces, la música estaba para nosotros dividida según eídoses y, además de otras cosas, en figuras propias de ella; y un eidos de canto era el de plegarias a los dioses, que tenían por nombre himnos”; y había otro eidos de canto, contrario a éste —al que se llamó propiamente “trenos”; y otro eidos, “peanes”; y otro llamado “ditirambo”, creo que por lo del nacimiento de Baco. A los “nomos” los llamaron con ese mismo nombre, cual a otra clase de canto le impusieron el de “citaródicos”. Una vez así ordenados, estos y otros eidos, no era lícito servirse de uno o de otro eidos para las melodías. Mas el señor de esto en cuanto a conocer y, en conociendo, juzgar, y, a su vez, castigar al desobediente, no lo eran los pitos y ciertos gritos, nada musicales, de la plebe, como pasa ahora, ni tampoco los aplausos, dadores de alabanza. Por cierto que para los naturalmente educados, les era dogma escuchar en silencio hasta el final. Mas para niños, pedagogos y el gran público la batuta disponía lo correcto. Pues bien: los ciudadanos en conjunto aceptaron ser mandados así de ordenadamente, y nada de atreverse a juzgar por tumulto. Después de esto, y avanzando el tiempo, la autoridad sobre delitos contra la música pasó a los poetas, creadores, ciertamente, por naturaleza; mas ignorantes de lo justo y debido legalmente a la Musa; borrachos, y poseídos más de lo debido por el placer, mezclando trenos con himnos, y peanes con ditirambos, imitando con cítaras cantos para flauta, y confundiendo todo con todo, involuntariamente, por falta de inteligencia en cuanto a música, dijeron mentirosamente que la música no tiene regla alguna; que se la juzgaría correctamente según el placer de cualquiera, sea mejor o peor, que la esté gozando; metieron así en la mayoría leyes contrarias a la música, y audacia en juzgar cual si fueran entendidos. De ahí que los teatros se hicieron de áfonos vociferantes, cual si supieran en música lo que es bella y la que no; y en lugar de aristocracia en música lo que surgió fue una cierta teatrocracia maligna. Si, por cierto, hubiese surgido en música una cierta democracia solamente de varones libres, no habría pasado nada de grandemente terrible. Mas, ahora, partiendo de la música, comenzó entre nosotros esa opinión de saber todos de todo, y la desobediencia a las leyes; a todo lo cual siguió “libertad”, Perdieron, pues, el miedo por dárselas de entendidos; mas tal falta de miedo engendró la desvergüencería, porque no temer, por audacia, la opinión del mejor, esto precisamente es la desvergüencería perversa, causada por una cierta libertad demasiado atrevida. [701b] Megilo: Verdaderísimamente dicho. [701b] Ateniense: A continuación de esta libertad surgiría la de no querer someterse a las autoridades, y, siguiendo a ésta, la de huir de la sumisión y avisos de padre, madre y ancianos; y, puestos cerca del final, buscar cómo no obedecer a las leyes; y ya en el final mismo, no preocuparse de juramentos, compromisos y, en total, de los dioses; ponen de manifiesto la llamada “antigua” naturaleza “titánica” y, por imitarla, llegan, una vez más, a lo mismo: a no librarse jamás de males durante penosa eternidad. ¿En gracia a qué hemos dicho una vez más esto? Me parece deber, cual si fuera caballo, retomar el razonamiento; y no, por tener algo así cual boca desenfrenada, arrastrada violentamente por el razonamiento, «caer de burro», según el refrán; mejor, repreguntar lo hace un momento dicho: “¿en gracia a qué se dijo?” [701d] Megilo: Bellamente. [701d] Ateniense: Esto se dijo en gracia a aquello. [701d] Megilo: ¿A qué? [701d] Ateniense: Dijimos que el legislador había de legislar proponiéndose cual meta tres cosas: de qué manera Ciudad establecida sobre leyes será libre, amiga de sí misma y razonable, ¿Esas eran? ¿Es así? [701d] Megilo: Absolutamente. [701e] Ateniense: Con este fin, habiendo seleccionado, de entre los regímenes, el más despótico y el más liberal, nos ponemos a considerar cuál de éstos rige según política correcta. Tomados cada uno de ellos en una cierta medida justa —una vez en lo de mandar, otra en lo de libertar— nos apercibimos de que en ellos surgía entonces gran bienestar. Mas, llevados al extremo, uno de esclavitud; otro, de lo contrario, no les iba bien ni a unos ni a otros. [702a] Megilo: Verdaderísimamente dicho. [702a] Ateniense: En vistas a esto precisamente consideramos la instalación del ejército dórico, y los primeros supervivientes del diluvio. Además los razonamientos, anteriores a éstos, respecto de música, borrachera y aun otros precedentes a éstos. Porque todo esto se dijo a fin de apercibirse de cómo se fundaría más bellamente Ciudad; y, respecto de un particular, cómo pasaría mejor su propia vida. Pero, de si hemos hecho una buena obra, ¿qué confirmación nos daríamos a nosotros mismos. Meguilo y Clinias? [702b] Clinias: Me parece, Extranjero, apercibiría yo una. Me parece haber habido suerte en lo de todos los razonamientos que hemos hecho; que ahora creo caer en cuenta de su utilidad, y oportunamente estás presente tú juntamente con Meguilo precisamente, porque no os ocultaré lo que ahora me está pasando; y como lo tengo como de buen augurio, porque la mayor parte de Creta se prepara a fundar una colonia y encomienda a los de Cnosos se ocupen de tal asunto; mas lo hace la ciudad de Cnosos a mí y a otros nueve; nos manda además que pongamos de leyes las de ella, si algunas nos agradan; si otras, de otras partes, sin tomar en cuenta el que sean extranjeras, con tal de que nos parezcan mejores. Démonos, pues, yo y vosotros, este gusto a nosotros mismos, seleccionando de entre lo dicho en el razonamiento; construyamos Ciudad, cual si la fundáramos desde su principio; lo cual nos resultará a la vez reconsideración de lo que buscamos, y, juntamente, tal vez me serviría tal construcción para la Ciudad futura. [702d] Ateniense: No es, por cierto, Clinias, declaración de guerra; si nada obsta por parte de Meguilo, por la mía considera estar a tu disposición, naturalmente, todo. [702d] Clinias: Bien dicho. [702d] Megilo: Y también, lo de mi parte. [702e] Clinias: Bellísimas palabras las vuestras. Así que tratemos primero de fundar sobre razonamiento la Ciudad. [704a] Ateniense: Pues bien: ¿cómo hay que concebir sea la futura Ciudad? No hablo ni como si estuviera ahora preguntando cuál es su nombre pi con cuál habrá que llamarla posteriormente, porque, tal vez, tal vez, el acto de fundarla, o el lugar o el sobrenombre de un río o fuente o de los dioses del lugar, asociarán su nombradía a la nacida Ciudad. Acerca de ella, lo que más bien pretendo preguntar es precisamente esto: será marítima o continental. [704b] Clinias: La ciudad de que ahora estamos hablando, Extranjero, dista del mar más o menos unos ochenta estadios. [704b] Ateniense: Pero, ¿qué?, de este lado de ella, ¿hay puertos o-carece enteramente de puertos? [704b] Clinias: Por cierto, Extranjero, que los tiene buenos, en la medida de lo posible. [704c] Ateniense: ¡Qué bien!, por lo que dices. Pero, ¿qué, en cuanto a la región circundante? ¿Es de todo llevar o carece de algo? [704c] Clinias: Casi casi no carece de nada. [704c] Ateniense: Pero, ¿habrá cerca de ella alguna ciudad? [704c] Clinias: No, en absoluto; por eso mismo se la funda; que una antigua emigración acaecida en ese lugar dejó esa región desierta desde hace incalculable tiempo. [704c] Ateniense: Pero, ¿qué, respecto de llanos, montes y selvas? ¿De cada uno de ellos le cayó parte? [704d] Clinias: Se parece a la naturaleza integra del resto de Creta. [704d] Ateniense: Dirías pues, que es más bien escarpada que llanera. [704d] Clinias: Pues justamente. [704d] Ateniense: Según esto, no sería incurable para adquirir Virtud. Porque en caso de hacerse marítima y de buen puerto, y no de todollevar, sino carente de muchas cosas, harían falta un gran salvador y legisladores divinos, si no iba a adquirir muchas costumbres, abigarradas y viles, nacida en tal naturaleza. Mas con lo de ochenta estadios hay para animarse. Está, sin duda, más cerca del mar de lo debido; casi por eso que dices de estar provista de buenos puertos; no obstante, aun esto es de apreciar. Para una región, mar próximo es, ciertamente, delicia diaria; mas, en realidad, vecino salino y corrosivo, porque rellenándola, por la buhonería, de tráfico y mercancías, implantando en las almas costumbres inestables y no de fiar, hace a la Ciudad misma nada de fiar, ni amable para sí misma, y, parecidamente, para los demás hombres. Consuelo para esto lo posee en ser feraz; mas, por ser escarpada, es claro que no sería, a la vez, tierra de llevar de todo y abundantemente; porque si lo tuviera, ofreciendo gran facilidad para exportación, se rellenaría, una vez más, de moneda de plata y oro, de lo que, por decirlo así, no hay mal que no resulte; mal mayor que cualquier otro, uno por uno, para una Ciudad que haya de tener costumbres nobles y justas, —como decíamos, si lo recordáis, en los anteriores razonamientos. [705b] Clinias: Pues nos recordamos; y convenimos en que, entonces y ahora, hablamos correctamente. [705c] Ateniense: Pero, ¿qué?, ¿cómo nuestra región dispondrá de madera para construcciones navales? [705c] Clinias: No hay ni abetos ni pinos, dignos de mención, y no mucho de cipreses; mas se hallaría algo de pino llanero y de plátano de los que es necesario servirse constantemente para las partes interiores de las naves. [705c] Ateniense: Aun esto no sería de suyo un mal para la región. [705c] Clinias: ¿Cómo así? [705c] Ateniense: Es bueno que una Ciudad no pueda imitar fácilmente a los enemigos con imitaciones perversas. [705d] Clinias: ¿Mirando hacia qué de lo dicho dijiste lo que afirmas? [705d] Ateniense: Daimoníaco, advierte que estoy mirando hacia lo dicho al principio: hacia qué miran las leyes de Creta. Por cierto que vosotros dos decíais que hacia la guerra; mas yo, interviniendo, dije que, si tales leyes establecidas miraran hacía la virtud, bello fuera; pero no por eso concedí el que lo fuera si miraran hacia una parte, mas no hacia la Virtud total. Pues bien: vigiladme vosotros ahora, mientras me seguís en el punto presente sobre legislación, si legislo no en vistas a Virtud sino a una parte de Virtud. Supongo que tan sólo aquella ley está correctamente impuesta que, cual arquero tienda en cada caso a aquello que siempre y únicamente vaya en compañía de algo bello, dejando de lado todo lo demás sea riqueza o algo de tales cosas, que esté sin lo dicho. Pero lo que acerca de la imitación decía: de la mala: la de los enemigos, adviene cuando se vive junto al mar, pero hostigado por enemigos. Ejemplo —lo diré sin intención de molestaros con el recuerdo—: Minos impuso a los habitantes de la Ática un pesado tributo, por tener él gran potencia naval; mas, ellos, no poseían, como ahora, navíos de guerra ni una región llena de maderas para construcciones navales de modo de hacerse fácilmente con potencia naval. Así que no fueron capaces, mediante imitación náutica, de hacerse prestamente marinos, y rechazar entonces a los enemigos. Más aún: conviniérales perder muchas veces siete hijos de preferencia a —hechos marineros, en vez de hoplitas a pie firme— acostumbrarse a, retrocediendo constantemente, retirarse corriendo una y otra vez a las naves; y pensar no hacer nada de vergonzoso en no atreverse a morir en ataque enemigo; sino con excusas verosímiles y siempre prestas tiran las armas y huyen, como dicen, con «no vergonzosas huidas». Tales son, en efecto, las expresiones preferidas en tales casos por la infantería de marina, no dignas de «miles y miles de alabanzas», sino lo contrario. Porque jamás hay que acostumbrar con perversas costumbres a nadie, y menos a la mejor parte de los ciudadanos. Aun de Homero se habría de aprender esto: que tal práctica no es bella; porque Ulises insulta a Agamenón que ordena, mientras los aqueos están retenidos en batalla por los troyanos, a arrastrar al mar las naves; se enfada con él, y dice: tú, que, pelea y vocerío ya comenzados, mandas arrastrar al mar naves de bella quilla, para que a los troyanos, que no otra cosa anhelan, se te cumplan pero sobre nosotros caiga feroz la perdición. Porque los no mantendrán combate, viendo arrastradas al mar las sino mirarán de reojo, y se evadirán de la refriega. [707a] Ese tu consejo tal cual se lo das, los perderá, Conocía, pues, aun él, que trirremes apostadas junto al mar son un mal para hoplitas en combate; aun leones se acostumbrarían a huir de liebres, sirviéndose de costumbres tales. Pero, además de esto, los poderes de las Ciudades no dan, al salvarse por acciones navales, los honores al más bello de los combatientes: porque, alcanzada la salvación por virtud de la arte del piloto, de la del contramaestre, de la arte marineril y de tanta clase de hombres, no gran cosa de distinguidos, no hay quien pueda repartir correctamente a cada uno los honores. Y no obstante, ¿cómo podría un régimen político ser correcto, faltándole eso? [707b] Clinias: Es casi casi imposible. Sin embargo, Extranjero, de la batalla naval en Salamina de los griegos contra los bárbaros, nosotros los cretenses decimos que salvó a Grecia. [707b] Ateniense: Y, en efecto, la mayoría de - los griegos y de los bárbaros dicen eso. Mas nosotros, amigo —y éste: Meguilo— decimos que la batalla a pie en Maratón y en Platea, la una dio principio a la salvación de los griegos; la otra púsole final; y que éstas hicieron mejores a los griegos; mas aquéllas, no mejores, para hablar nosotros así de las batallas que entonces nos salvaron a todos. Para ti añadiré a la batalla naval de Salamina la de Artemisio. Volviendo ahora, pues, la mirada a la virtud del régimen político, consideremos además la naturaleza de la región y el ordenamiento de leyes, no teniendo, como la mayoría, por lo más excelente, el simple salvarse y existir; sino el hacerse y ser cuanto mejores mejor, tanto tiempo cuanto el de la existencia. Pero creo se nos ha dicho también esto en lo anterior. [707d] Clinias: Como que sí. [707d] Ateniense: Así que consideremos solamente esto: si estamos siguiendo el mismo camino, por ser mejor, respecto a fundaciones y legislaciones para Ciudades. [707d] Clinias: Y con mucho, ciertamente. [707e] Ateniense: Después, lo que viene a continuación de esto: ¿cuál será el pueblo que, según vosotros, la vaya a fundar? Quien quiera, de toda Creta, por haber ya en cada una de las ciudades población mayor que lo que da de alimento la tierra; porque no vais a congregar de los griegos al que lo quiera, aunque veo que para residentes os han venido al país algunos griegos de Argos, de Egina y de otras partes. Pero el ejército de ciudadanos, disponible actualmente, dinos, según tú, ¿de dónde saldrá? [708a] Clinias: Parece saldrá de toda la Creta: y de los demás griegos me parece se aceptará sobre todo de residentes a los del Peloponeso; y lo que estabas ahora diciendo, y diciendo con verdad, a los que son de Argos; y son la raza actualmente, de las de aquí, la más famosa: la górtica, porque se da el caso de que emigró de Gortina: la del Peloponeso. [708b] Ateniense: Según esto, la colonización no resultaría tan fácil para las ciudades cuando no se haga a manera de los enjambres; viene a habitar una raza de una región, amigos a casa de amigos, —asediada por una cierta escasez de tierra o forzada por otras penalidades tales. Pero también, obligada por sediciones, se vería forzada alguna parte de la Ciudad a irse al extranjero. Pero ya ha pasado el que toda una ciudad huyera, oprimida por irresistible guerra. En todos estos cacos son, por una parte, más fácil es colonización y legislación; pera, por otra, más dificultosas. Porque, por una parte, eso de ser una raza de iguales lengua y leyes trae consigo una cierta amistad, por haber comunidad de sacrificios y de todo lo de tal clase; mas, por otra, no acepta fácilmente otras leyes y otros regímenes diferentes de los de la casa de origen. A veces por haber la sedición provenido de la maldad de las leyes; y, por la costumbre, tratar tal raza de servirse aún de las mismas leyes que la corrompieron antes, al fundador y legislador resúltale eso dificultoso y, ella, desobediente. Pero, por otra parte, raza abigarrada, venida al mismo lugar, tal vez aceptaría mejor someterse a leyes nuevas; aunque respirar a la una -—cual yunta de caballos, «resollar a la una», como se dice— es cosa de mucho tiempo y grandísimamente dificultosa. Con toda, legislación y fundación de Ciudades es, en realidad, lo más adecuado para hacer varones perfectos en virtud. [708d] Clinias: Es verosímil; mas mirando a qué lo dijiste; explicalo más claramente aún. [708e] Ateniense: Bueno de Clinias, volviendo y reconsiderando a la vez lo de los legisladores me parece ir a decir algo aun irreverente; pero sí lo decimos a tiempo, no importará ya nada. Aunque, ¿por qué me hago el difícil?, que casi casi se han de esta manera, creo, todas las cosas humanas. [708e] Clinias: ¿Sobre qué hablas? [709a] Ateniense: Iba a decir que ningún hombre legisla en nada; sino Azares y calamidades de toda clase, sobreviniéndonos de mil maneras, nos dan todo legislado. Porque una guerra trastorna, violentamente, regímenes políticos y cambia leyes, o los apuros de dificultosa pobreza; y aun enfermedades fuerzan a innovar muchas cosas, al sobrevenir pestes y destiempo durante largo tiempo, muchas veces durante muchos años, Dando, pues, una mirada a todo esto juzgaría alguien deber decir lo que yo ahora mismo: que ningún mortal legisla en nada, sino que todas las cosas humanas son casi casi cosas de Azar; y esto es así respecto de navegación, de arte pilotil, medicinal y guerrera; quien diga parecerle ser todo esto así, habla bien; mas, parecidamente, quién, acerca de esto mismo, diga estotro, habla bien: [709b] Clinias: ¿Qué es eso? [709b] Ateniense: Que dios gobierna todas las cosas humanas; y con dios, azar y oportunidad. Aunque es más delicado convenir en que, con ellos, ha de juntarse un tercero: la arte; porque que el arte del piloto colabore con ocasión de una tempestad, lo tendría yo por gran ganancia. [709c] Clinias: — Así es. [709c] Ateniense: Y así, parecidamente, según el mismo razonamiento pasaría en lo demás; y aun a la legislación se le ha de dar esto mismo: que en medio de cuantos accidentes tienen que caer por suerte a un país, si ha de vivir felizmente Es preciso, que le caiga a tal Ciudad un legislador, atenido a Verdad. [709c] Clinias: Verdaderísimamente dicho. [709d] Ateniense: Según esto, quien, respecto de cada cosa de las dichas tenga la arte, ¿podría correctamente pedir para sí, ante lo que le depare la suerte, que le basta con sola a arte? [709d] Clinias: Absolutamente, pues. [709d] Ateniense: ¿Y todos los demás, ahora mismo mencionados, urgidos a decir lo que para ellos mismos piden, lo dirían? ¿Es así? [709d] Clinias: Como que sí. [709d] Ateniense: Creo que eso mismo haría también el legislador. [709d] Clinias: Yo también lo creo. [709d] Ateniense: “Bien, pues, legislador”, digámosle, “¿qué te damos a ti y en qué estado te damos la Ciudad, tomando lo cual tendrás con lo demás cómo gobernar tú mismo la Ciudad?". ¿Qué es correcto decir después de esto? ¿Lo explicitaremos nosotros, por el Legislador? ¿Es así? [709e] Clinias: —Sí. [709e] Ateniense: Es esto precisamente: “dadme Ciudad regida por tirano”, dirá; “mas que el tirano sea joven, memorioso, bien instruido, valeroso y magnificente de natural. Pero, además, lo que antes dijimos deber acompañar a todas las partes de la virtud, y que, ahora, sea ello del séquito del alma que vaya para tirano, —si algo de lo restante ha de ser de algún provecho”. [710a] Clinias: Me parece, Meguilo, que el Extranjero está diciendo deber ser de tal séquito Templanza. ¿Es así? [710a] Ateniense: La popular, ciertamente, Clinias; y no, la que, reverencialmente, alguien llamara “Templanza”, empeñándose en que sea Sapiencia; sino la que florece innata e inmediatamente en niños y bestias, tanto en los que se comportan incontinentemente respecto de los placeres, como en los que continentemente; de la que decíamos además que, a solas de tantas cosas llamadas “bienes”, no vale la pena hablar. ¿Comprendéis, pues, lo que digo? [710b] Clinias: Absolutamente pues. [710b] Ateniense: Que el tirano posea, pues, según nosotros, esta dote natural, además de las otras naturales, si Ciudad ha de poseer lo más presto y mejor posible un régimen político que, en teniéndolo, la hará bienaventuradísima. Disposición más veloz y mejor que ésta para un régimen político, no la hay ni tal vez la haya jamás. [710b] Clinias: — Pero, ¿cómo y con qué razonamiento, Extranjero, diciendo esto, alguien se convencería a sí mismo de que habla correctamente? [710b] Ateniense: Es fácil de entender, Clinias: que es, según naturaleza, esto así: [710b] Clinias: — ¿Cómo dices?: ¿si fuera el tirano, afirmas, joven, temperado, bien instruido, memorioso, valiente y magnificente? [710b] Ateniense: Añade, “afortunado”, si no por otra cosa, por tener consigo legislador digno de elogio, y que tina buena suerte se lo llevara para eso mismo; porque, en pasando esto así, quedará realizado casi todo lo que dios quiere cuando quiere que a una Ciudad le vaya superlativamente bien. En Jugar segundo, si tal vez hubiera dos gobernantes de ésos: mas en tercero, y parecidamente según proporción, cuantos más haya, tanto más dificultoso será eso; mas lo contrario, sí de manera contraria. [710d] Clinias: — Afirmas, como parece claro, que de tiranía procede la Ciudad mejor, por conjunción de legislador sumo y tirano discreto; y que más fácil y prestamente se llega a eso partiendo de esto; en segundo lugar, partiendo de oligarquía, —¿o cómo lo dices?; y en tercer lugar, de democracia. [710e] Ateniense: En modo alguno; sino en primer lugar, partiendo de tiranía; en segundo, de régimen político real; mas en tercero, de una cierta democracia. Pero en cuarto lugar, la oligarquía no sería capaz de aceptar, sin grandísima dificultad, el que surja tal orden, porque en ella hay máximo número de potentados. Decimos, pues, que esto sucede precisamente cuando surge, por una parte, un legislador verdadero por naturaleza; mas, por otra, le acompaña una cierta inteligencia con los máximos potentados de la Ciudad. Mas, a su vez, cuando éstos son menores en número, pero más fuertes, como en la tiranía, esta manera y ocasión son propicias para un cambio veloz y fácil. [711a] Clinias: ¿Cómo?, porque no lo comprendo. [711a] Ateniense: Por cierto que lo hemos dicho ho una vez, sino muchas. Pero tal vez no hayáis visto vosotros ni siquiera una Ciudad tiranizada. [711a] Clinias: Ni estoy yo deseoso, por cierto, de ver tal espectáculo. [711b] Ateniense: Pues bien: tal vez verías en ella lo que ahora mismo voy a decir. [711b] Clinias: — ¿Qué? [711b] Ateniense: Que al tirano que se proponga transformar las costumbres de una Ciudad no le hacen falta ni gran cosa de trabajos ni grandísimo tiempo; sino ha de comenzar a marchar primero él mismo hacia donde quiere empujar a los ciudadanos, sea hacía empresas de Virtud o hacia lo contrario, comenzando por esbozar él mismo en su conducta, alabando y honrando, algunas cosas; vilipendiando otras; y deshonrando, caso por caso, al desobediente. [711c] Clinias: Y ¿cómo pensamos que los demás ciudadanos seguirán prestamente a quien eche mano a la vez de tales persuasión y violencia? [711c] Ateniense: Nadie trate, amigo, de persuadirnos de que de otra manera una Ciudad cambie de leyes más presto y fácilmente que bajo la hegemonía de los potentados; ni de que ahora pase esto de otra manera ni de que, alguna otra vez, haya de pasar. Y en efecto, pues, para nosotros esto no es imposible ni siquiera dificultoso de pasar. Empero, estotro es lo dificultoso de pasar y que *poco” de ellos ha advenido tras tanto y tanto tiempo; mas que, cuando adviene, produce miles y miles de bienes en la Ciudad en que se engendrare. [711d] Clinias: ¿De qué “poco” hablas? [711d] Ateniense: Cuando amor divino, nace por la práctica de templanza y justicia, en algunos grandes potentados que ejerzan el poder en forma de monarquía o que se distingan por superioridad en riquezas o nacimiento o por reproducir el natural de Néstor, de quien se dice que, superando a todos los hombres en la fuerza de hablar, aún se distinguía más por la sapiencia. Esto, dicen, pasó en tiempos de Troya; mas no, en los nuestros. Mas si alguno hubo o habrá o hay ahora entre nosotros, ¡bienaventurado de él mientras vive!; pero bienaventurados quienes oigan las palabras que de tan sapiente boca proceden. Mas parecidamente las mismas palabras valen de cualquier poder: que cuando coinciden en el mismo hombre y para lo mismo sapiencia, templanza y poder máximo surgen entonces el régimen político mejor y leyes de tal clase; pero no, jamás, surgen en otro caso. Esto, pues, contado cual mito, quede de oráculo y de demostración de que, por una parte, es dificultoso surja Ciudad bien regida por leyes; pero, por otra, que, si se realizara lo que decimos, surgiría eso, con mucho, de la más veloz y fácil de las maneras. [712a] Clinias: ¿Cómo? [712b] Ateniense: Tratemos, adaptándolo a tu Ciudad, cual lo hacen viejos niños, modelar con la razón las leyes. [712b] Clinias: Vayamos, pues, a ello; y no lo dilatemos más. [712b] Ateniense: Invoquemos a dios en favor de la preparación de la Ciudad; pero que él nos oiga; y, en oyéndonos, venga a nosotros propicio y benévolo para, con nosotros, organizar la Ciudad y las leyes. [712b] Clinias: Pues que venga. [712b] Ateniense: Mas, ¿qué régimen político tenemos en mente ordenar a la Ciudad? [712c] Clinias: — ¿Qué quieres con esto decir? Explícate más claramente aún. ¿Algo así como democracia u oligarquía o aristocracia o realeza? Porque no irías a hablar de tiranía, cual nosotros creeríamos. [712c] Ateniense: Vamos, pues; ¿quién de vosotros querría responder de primero, hablando de cuál de éstos es el régimen político en su casa? [712c] Megilo: ¿Que no es lo más justo que yo, por más viejo, hable el primero? [712c] Clinias: Tal vez. [712d] Megilo: Por cierto, Extranjero, que repensando sobre el régimen político en Esparta no tengo como decirte qué nombre se le baya de dar, porque me parece asemejarse a tiranía —porque lo de los éforos resultó en ella de sorprendente manera tiránico; a veces, me parece asemejarse a democrático muchísimo más que el de todas las ciudades. Pero, a su vez, no llamarlo “aristocracia” sería del todo raro; por otro lado la realeza es en ella de por vida, y es la más antigua de todas, —tal lo declaran todos los hombres y nosotros mismos. Mas yo, interpelado ahora así de repente, no tengo, ya lo dije, cómo definir en palabras cuál de estos regímenes políticos es. [712e] Clinias: Esto mismo, Meguilo, me parece haberme pasado a mí; porque estoy grandemente desconcertado al empeñarme en decir cuál es de todos esos el régimen político de Cnosos. [712e] Ateniense: Es que, óptimos, tenéis en realidad de verdad regímenes políticos; mas los que ahora denominamos “regímenes políticos”, no lo son, sino “caseríos” de gentes mandadas y esclavizadas por algunos partidos de ellas mismas; mas el nombre le viene a cada uno de tales regímenes del poder del señor. Empero, si de él ha de venirle el nombre a la ciudad ha de dársele el nombre del dios que, en realidad, mande sobre los poseedores de inteligencia. [713a] Clinias: Pero, ¿quién es tal dios? [713a] Ateniense: ¿No hemos de echar, pues, un poco mano del mito si nos ponemos a declarar de manera acorde lo ahora preguntado? [713a] Clinias: Pues bien: así ha de hacerse. [713a] Ateniense: En absoluto. Porque de las — ciudades cuyos asentamientos anteriormente expusimos, se cuenta haber habido, muy anterior a ellos, un cierto principio y fundación, grandemente feliz, en tiempos de Cronos, imitación del cual se halla en cualquiera de las actualmente mejor administradas. [713b] Clinias: — Al parecer, sería grandemente debido oír acerca él. [713b] Ateniense: Pues me lo parece. Por eso la traje a mitad de los razonamientos. [713b] Clinias: Correctísimamente hecho. Y dando, a continuación, término al mito, sí es que viene a propósito, obrarías bien [713c] Ateniense: Hay que hacerlo como decís. Hemos, pues, recibido una tradición acerca de la vida feliz de entonces; que tenía todo en abundancia, de por sí y sin más. La causa de esto cuéntase ser algo así como ésta: Conociendo, pues, Cronos, cual explicamos, que la naturaleza humana nc es, en ninguno, capaz de administrar todo lo humano cual señor-absoluto sin hincharse de soberbia e injusticia, pensando, pues, en esto, puso entonces al frente de nuestras ciudades reyes y gobernantes, no humanos sino de un género más divino y mejor —el de daimonios—, al modo que nosotros ahora hacemos con los rebaños, y todos los ganados de domesticados; que no hacemos gobiernen en ellos bueyes sobre bueyes ni cabras sobre cabras, sino nosotros mandamos en ellos, por ser de género mejor que el de ellos. También lo mismo dios, por ser filántropo, nos impuso un género mejor que el nuestro: el género de los daimonios, que con gran facilidad de su parte, y comodidad de la nuestra, proporcionándonos paz, pundonor, buena legislación y abundancia de justicia, consiguió el que el género humano fuera progresivo y feliz. Dice además la presente leyenda, sirviéndose de la verdad, que en cuantas ciudades mande no un dios sino un mortal, no hay para ellas escape de males y trabajos. Cree que nosotros debemos imitar por todos los medios la vida llamada “del tiempo de Cronos”; y, obedeciendo a cuanto hay en nosotros de inmortal, administrar en público y en privado casas y ciudades, dando a tal “régimen de la razón” el nombre de “ley”. Mas si un hombre particular o una oligarquía o también una democracia, de alma atraída por placeres, apetencias y exigencias de rellenarse de ellos, sin defensa alguna —presa, al contrario, de mala enfermedad, inevitable e insaciable— llega a mandar sobre ciudad o un particular, conculcador de las leyes, no hay, lo acabamos de decir, modo ni medio de salvarse. Es, pues, preciso, Clinias, que consideremos respecto de este razonamiento si lo obedeceremos o qué hacemos. [714b] Clinias: Es necesario, por cierto, obedecer. [714b] Ateniense: ¿Caes, pues, en cuenta de que hay, dicen algunos, tantos eídoses de leyes cuantos de regímenes políticos?; mas acabamos de recorrer cuantos regímenes dice la mayoría que hay. De seguro que no piensas verse sobre algo sin importancia la cuestión presente, sino sobre algo de la máxima. Una vez más la cuestión nos ha llevado a que se ha de mirar hacía lo justo e injusto. Porque, dícese, no han de mirar las leyes ni hacia la guerra ni hacia la virtud total; sino que, establecido un régimen político, hase de mirar hacia lo conveniente a él: cómo gobernará para siempre, y no se disolverá; y ha de decirse, y es lo más bello, que la definición natural de “lo justo” es así. [714c] Clinias: — ¿Cómo? [714c] Ateniense: "Lo conveniente al más poderoso”. [714c] Clinias: — Dilo aún más claramente. [714c] Ateniense: Así: Impone, por cierto, dícese, las leyes en la Ciudad el potentado del momento. ¿Es así? [714c] Clinias: — Dices la verdad. [714d] Ateniense: ¿Crees, pues, dícese, que en venciendo el pueblo o alguna otra oligarquía 6 también un tirano van a imponer, voluntariamente, leyes en favor de otra cosa sino, primeramente, en favor de lo conveniente a su permanencia en el poder? [714d] Clinias: Pues, ¿cómo? [714d] Ateniense: Así pues, a quien transgreda lo establecido, el legislador, dando a esto el nombre de “justo””, ¿lo castigará por injusto? [714d] Clinias: Pues así parece. [714d] Ateniense: Así que lo establecido tendría siempre, así y de esta manera, la justicia de su parte. [714d] Clinias: Este razonamiento, pues, lo afirma. [714d] Ateniense: Porque es éste uno de aquellos axiomas atinentes a gobierno. [714d] Clinias: ¿De cuáles? [714d] Ateniense: De los que antes consideramos: quiénes han de gobernar a quiénes. Y quedó en claro que padres a hijos, más viejos a más jóvenes, nobles a ignobles, y había otros muchos casos; y, si lo recordamos, había otros impedimentos en otros casos y, en especial, uno de ellos era éste que dijimos que Píndaro tiene por naturalmente justo el que mande lo más violento, tal es su decir. [715a] Clinias: Sí, eso se dijo entonces. [715a] Ateniense: Considera, pues, a quiénes hemos de entregar nuestra Ciudad, porque ha pasado ya miles y miles de veces en algunas ciudades esto: [715a] Clinias: ¿Qué? [715a] Ateniense: En habiendo luchado por el poder, los vencedores se apropiaron de los asuntos propios de la Ciudad tan fuertemente que no dieron participación alguna en el poder a los vencidos, ni a éstos ni a sus descendientes; mas viven recelándose aquéllos de éstos, no sea que, en llegando alguno de éstos al poder, se rebele, recordándose de los males anteriormente pasados. De estos regímenes políticos afirmamos nosotros ahora que no lo son; ni son leyes correctas todas las que no se establecieron en favor del bien común de la ciudad entera, sino en favor de algunos; de éstos decimos que son “facciosos”; pero no, “ciudadanos”; y que en vano se llama 'justo” lo que ellos dicen lo es. Mas decimos esto en favor de estotro: que nosotros no daremos cargos de mando en tu Ciudad ni porque uno sea rico, ni porque posea algo de tales cosas, —fuerza, talla o linaje. Mas quien obedezca mejor a las leyes vigentes y, por esta victoria venza en la Ciudad, a éste, en al primero, decimos, hay que entregar además el servicio de los dioses, que es el máximo cargo; y el segundo, a quien venza en segundo lugar; y así, según cuenta-y-razón, hay que dar 1 los siguientes cada uno de los siguientes cargos. Pero a los ahora llamados “gobernantes” denominé “servidores de las leyes”, no por novelería en materia de nombres, sino porque creo que de esto, más que de otra cosa alguna, le viene a Ciudad la salvación, o su contrario, porque en la que la ley esté gobernada y sin vigor, veo estar ya presta la perdición; mas en la que sea señora de los gobernantes, y los gobernantes esclavos de la ley, percibo tiene ya salvación y todos los bienes que a las Ciudades dieron los dioses. [715d] Clinias: Sí, por Júpiter!. Extranjero; ves agudamente, como es propio de tu edad. [715e] Ateniense: Porque todo hombre, de joven, ve confusísimamente tales cosas, las suyas; pero, de viejo, agudísimamente. [715e] Clinias: — Verdaderísimo. [715e] Ateniense: Pues bien: ¿qué viene a continuación? Suponemos que los emigrados han llegado; que están presentes. ¿No habría que tener presto para ellos el discurso siguiente?: [715e] Clinias: — Pues, ¿cómo no? “el dios que, como dice antigua sentencia, tiene en sus manos principio, final y medios de todos los seres, va derecho a su fin a través de las circunvoluciones de la naturaleza. Compañera eterna suya es Justicia, vengadora de las omisiones contra la ley divina; quien se propone ser bienaventurado la sigue constante, humilde y ordenadamente; mas el hinchado por orgullo o altanero por rico o por bella figura corporal, juntas a juventud y locura, inflamásele el alma de soberbia, tanto que por no necesitar ni de gobernante ni de guía alguna, tal crec, sino teniéndose por suficiente guía de los demás, resulta abandonado y yermo de dios; abandonado; y lo que es más: reuniendo a otros tales va de aquí para allá perturbando, a la vez, todo; a muchos otros parece ser alguien; mas, al cabo de no mucho tiempo, pagando a la Justicia no despreciable castigo, causa irreparable ruina a sí mismo, casa y Ciudad. Ante tales cosas, así ordenadas, ¿qué ha de hacer o en qué pensar el sensato?”. [716b] Clinias: Está claro que en esto precisamente: que todo varón ha de pensar en llegar a ser uno de los acólitos de dios. [716c] Ateniense: ¿Cuál es, pues, la conducta agradable a dios, y acólito suyo? Hay una, y un antiguo refrán referente a ella; que lo semejante, si es comedido, es amigo de lo semejante: mas las cosas des-co-medidas no lo son ni entre sí ni con las co-medidas. Pues bien: dios sería, sobre todo, para nosotras, «medida de todas las cosas»; y mucho más, como alguno dice, que lo «es el hombre». Quien, pues, haya de hacérsele agradable, es necesario que él mismo se haga tal, lo más posible; y, según este razonamiento, de los nuestros el temperado es amigo de dios, pues es semejante. Empero, el no temperado es desemejante y hostil, y lo es el injusto; y lo demás, parecidamente, según la misma razón. Advirtamos que lo consiguiente a esto es un razonamiento como éste: el más bello y verdadero de todos los razonamientos es, creo, que para el bueno sacrificar, tratarse constantemente con los dioses mediante plegarias, ofrendas y toda clase de servicios es lo más bello, lo mejor y lo más seguro para la vida bienaventurada. Aún más: es lo especialmente adecuado. Pero al malo le pasa lo contrario. Porque impuro de alma es el malo; mas puro, el contrario. Del sucio, es lo correcto el que ni varón bueno ni dios acepten dones; vano es, pues, todo trabajo que ante los dioses se tomen los impíos; mas el de todos los buenos es bienvenido. Tal es la meta a la que se ha de tender; “saetas” hacia ella, y “disparo”, dígase así, con las saetas, ¿cuáles de los así llamados irían más derechos? Primero, por cierto, afirmamos que, después de las honras a los Olímpicos y a los dioses dueños de la Ciudad, dando a los del terruño lo par, lo inferior y lo izquierdo, llegaríase más derechamente a la meta de la piedad; mas lo superior a esto, lo impar y lo diestro serían para los dioses acabados de nombrar. Pero después de esos dioses el sensato celebraría a los daimonios; a los héroes, después de éstos. Seguiríanles ceremonias propias de dioses patrios, celebradas según la ley, después de esto, las honras a progenitores vivientes: que es de justicia se paguen las deudas primeras y mayores, las más venerables de todas las acreencias; mas hase de pensar que lo que e posee y tiene es, todo ello, de quienes nos engendraran y criaron, a fin de ponerlo a su servicio en todo lo que podamos; comenzando por la hacienda; en segundo lugar, lo del cuerpo; en tercero, lo del alma, pagando los gastos de cuidados y de angustias pasadas con tantos trabajos, gastadas en los jóvenes; devolviendo, por otra parte, a los avanzados en vejez lo que tanto tanto necesitan. Mas a lo largo de toda la vida hay que tener, y haber tenido, para con los padres propios, lenguaje especialmente respetuoso, porque pesadísimo es el castigo de palabras ligeras, y aladas, —que Némesis, mensajera de Justicia, es la supervisora establecida en este punto; si están enfurecidos, hase de ceder, y que satisfagan su gana; y si de palabra o de obra hacen algo de eso, reconocer por grandemente verosímil el que un padre se enfurezca de manera especial al creer que un hijo le perjudica. Pero, al morir los padres, los funerales más modestos son los más bellos, sin ir más allá de lo acostumbrado, y sin omitir nada de lo que los abuelos hicieron por sus padres; y hacerles parecidamente las atenciones —las de honras— que cada año se hacen a los ya finados. Mas honrarlos sobre todo y siempre con no cesar de tener para con ellos perpetua memoria, y repartiendo a los difuntos la parte debida de las entradas regaladas por la Suerte. Haciendo esto, y viviendo según ello, cada uno de nosotros y en cada caso obtendríamos lo debido de parte de los dioses y de cuantos nos son superiores, transcurriendo la mayor parte de la vida en buenas esperanzas. [718a] Mas respecto de las atenciones para con descendientes, parientes, amigos y ciudadanos, y respecto de cuantas, de parte de los dioses, hay para con los extranjeros huéspedes, y en el cumplido trato con todos los demás, hase de organizar según ley, encantadoramente la vida propia. La serle de las leyes —mediante persuasión unas veces, pero otras, al no ceder las costumbres a persuasión, por castigar con violencia y justicia-— producirá al fin para nosotros, aconsejándonos los dioses, el que nuestra Ciudad sea feliz y bienaventurada. Mas, respecto de lo que de una ley se expresa en forma no rigurosa de ley, me parece que el legislador que piense como yo, ha de aportar previamente en este caso, una muestra para sí mismo y para aquellos para los que va a legislar; recorrer en lo posible los demás casos; y, después de ello, comenzar a imponer las leyes, ¿Está esto establecido en alguna forma preferida? No es cosa grandemente fácil decirlo, resumiéndolo en algo cual en tipo; mas tomémoslo, tal vez así podamos dejarlo más asegurado, de la siguiente manera: [718c] Clinias: Di de cuál. [718c] Ateniense: Querría que fueran las más persuasivas para la virtud y es claro que el legislador tratará de hacerlo en toda legislación. [718d] Clinias: Pues, ¿cómo no? [718d] Ateniense: Pues bien: lo que se acaba de decir me pareció aportar algo de efectivo a lo recomendado. En caso de no hallar alma enteramente cerrada, resultaría más apacible de oír y más benévolo, de modo que, aunque no ser gran cosa, sino un poco, hará que el oyente, tal se dice, por estar más benévolo se deje mejor instruir; todo ello es grandemente aceptable. Porque no es grande la facilidad; ni hay gran abundancia de los que aspiran a hacerse, cuanto más y más velozmente, óptimos; que la mayoría declara por sabio a Hesíodo por decir que el camino hacia la maldad es liso y se presta a marchar sin sudor, por ser grandemente corto; mas del de la virtud; dice: ...Pusieron ante él sudor los dioses inmortales; Largo es y empinado el sendero hacia ella. [719a] y al comienzo áspero; mas, llegado a la cima. [719a] es, después, fácil de llevar, aunque sea dificultoso. [719a] Clinias: Parece bellamente dicho. [719a] Ateniense: Pues absolutamente. Qué efecto me haya hecho el razonamiento precedente, quiero exponéroslo abiertamente. [719a] Clinias: Exponlo. [719a] Ateniense: Dialogando con el legislador digámosle esto: "Dinos, legislador: si supieras lo que hemos de hacer y decir, ¿no es claro que lo dirías?”. de h y d ¿Jaro que lo dirías? [719b] Clinias: Necesariamente. [719b] Ateniense: “Por cierto que un poco antes, ¿no te oímos decir que el legislador no ha de incitar a los poetas a que hagan lo a ellos agradable? ¿Porque no sabrían, al decir algo contrario a las leyes, lo que dañarían a la Ciudad?". [719b] Clinias: Dices, por cierto, verdad. [719b] Ateniense: Mas si en favor de los poetas le dijésemos esto, ¿lo dicho sería comedido? [719b] Clinias: — ¿Qué? [719c] Ateniense: Esto: Es mito antiguo, Legislador, dicho constantemente acerca de ellos, y dogma admitido por todos los demás, que cuando el poeta se sienta en el trípode de la Musa, no está en sus cabales; mas, cual fuente, deja que corra fácilmente lo que afluya, y, por ser tal arte imitación. cuando crea hombres de disposiciones contrarias las de uno «las de otro, se ve forzado a contradecirse frecuentemente a sí mismo; y no sabe si unas u otras de las cosas dichas son verdad. Mas en la ley no puede el Legislador hacer esto: dos razones sobre un asunto; sino que el razonamiento ha de dejar en claro siempre una sobre uno. Considéralo desde el punto de vista de lo que ahora mismo acabas de decir. Porque habiendo unos funerales excesivos, otros deficientes; mas otros, modestos, eligiendo tú unos: los medianos, los mandaste y los alabaste sin reserva. Mas sí hubiera una mujer, distinguida por su riqueza, y se me exigiera enterrarla en un poema, alabaría funerales suntuosos; mas si es varón tacaño y pobre, los humildes; pero si posee moderada hacienda y es él mismo moderado, alabaría los semejantes. Empero, no se ha de hablar como lo hiciste tú ahora hablando de 'modesto'; hase de decir qué es lo modesto y cuánto; o no pienses aun hacer de tal razón Jey”. [719e] Clinias: Verdaderísimamente dicho. [719e] Ateniense: Así que nuestra Ordenanza En leyes, nada de eso ha de proclamar:3 comienzo de las leyes; sino, inmediatamente, expresar lo que ha de hacerse o no; y, en amenazando con el castigo, pasar a otra ley, no añadiendo a lo legislado nada de exhortaciones o de persuasivo. Cual los médicos acostumbran curarnos, uno de una manera; otro, de otra, Recordemos, pues, cada una de las dos maneras, cuando pidamos al Legislador cual los niños piden al médico los. cure de la manera más blanda para ellos. ¿A qué propósito lo decimos? Hay, afirmamos, médicos y ayudantes de médicos; mas aun a éstos llamamos “médicos”. [720b] Clinias: — Absolutamente. [720b] Ateniense: Sean libres o esclavos, —adquieren la arte bajo instrucciones de los dueños, y por ver y por experiencia; mas no, según naturaleza, cual los libres la han aprendido y la enseñan así a sus hijos. ¿Admitirías estos dos eídoses en los llamados médicos? [720b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [720b] Ateniense: ¿Adviertes, [pues. además que, habiendo en las ciudades esclavos y libres enfermos, a los esclavos suelen las más de las veces curarlos los esclavos, de vista circulante o permaneciendo en las enfermerías? Y ninguno de tales médicos da o acepta explicación alguna sobre cada caso o enfermedad de cada uno de los sirvientes, sino le ordena lo que le parece según experiencia, cual si lo supiera perfectamente, y atrevidamente como tirano; y parte prestamente a donde otro sirviente enfermo, y proporcionan así al dueño descanso del cuidado de los enfermos. Mas el libre cuida, las más de las veces, las enfermedades de los libres y las vigila. Y examinándolos desde el principio, y según naturaleza, comunicándose con el enfermo y sus amigos aprende él mismo algo de los enfermos, a la vez que él mismo enseña al enfermo lo que sea capaz de aprender, y no le ordena antes de convencerlo; mas entonces, preparando al enfermo, ya tranquilo, con persuasión, trata de llevarlo finalmente a la salud. ¿De esta manera o de aquella otra el médico resultará médico mejor; y el adiestrador, adiestrando; empleando al poder de las dos maneras, u obrando de una, y según la peor y más salvaje de las dos? [720e] Clinias: Gran diferencia hay, por cierto, Extranjero, en favor de la doble. [720e] Ateniense: ¿Quieres, pues, que veamos operar la manera doble y la simple en las legislaciones mismas? [720e] Clinias: Pues, ¿cómo no lo voy a querer? [720e] Ateniense: Sea, pues, por los dioses! ¿Qué ley impondría el Legislador cual primera? ¿No organizará naturalmente en las ordenanzas para las Ciudades lo referente al origen primero de los nacimientos? [721a] Clinias: Como que sí. [721a] Ateniense: Pero el origen de los nacimientos en todas las ciudades, ¿no lo es el ayuntamiento y comunidad de los casamientos? [721a] Clinias: Pues, ¿cómo no? ras las leyes matrimoniales, resultarán puestas, casi ciertamente. de manera bella para rectitud en toda ciudad. [721a] Clinias: Pues absolutamente. [721a] Ateniense: Formulemos, pues, la primera y simple; sería más o menos así: “Casarse uno, después de los treinta, hasta los treinta y cinco; pero si no, castigarlo con multa y deshonor; con multa de tanto y tanto; con deshonor tal y tal”. [721b] Sea, pues, ésta la ley sencilla sobre casamientos; su doble Es ésta: “Casarse después de los treinta, aun hasta los treinta y cinco, pensando que el género humano participa, por un cierto don natural, de inmortalidad y que de ello tiene, por naturaleza, todo hombre todo un deseo; porque hacerse famoso, y ho quedar anónimo, una vez muerto, de esto es tal deseo. El género humano es algo connacido con el tiempo íntegro, lo cual le acompaña y acompañará hasta el final, siendo inmortal de esta manera: dejando hijos de hijos; y siendo siempre uno y el mismo participará, por la generación de la inmortalidad. Pues bien: no es en modo alguno pío el que uno, voluntariamente, se prive de esto; mas se priva de propósito quien descuide lo de hijos y mujer. Así que, obedeciendo a esta ley saldrá libre de castigo; mas si desobedece, por no casarse teniendo ya de nacido treinta y cinco años, castígueselo anualmente con tanto y tanto a fin de que no piense que la soltería le es ganancia y trae comodidad; y no tenga parte en los honores con que, en la Ciudad, los más jóvenes honran siempre a los más viejos que ellos”. [721d] En habiendo oído esta ley al lado de la otra, se podría repensar acerca de cada una si ha de hacerse a la más pequeña doble en extensión por tener que convencer a la vez que amenazar; o, por lo de sólo amenazar, hacerlas sencillas en extensión. [721e] Megilo: Es del carácter espartano, Extranjero, preferir siempre lo más breve. Pero si, acerca de estas materias, se me exigiera ser juez de cuáles querría imponer escritas en la Ciudad, elegiría las más largas. Aún más: respecto de toda ley, en caso de hacerse de ambas maneras según ese paradigma, elegiría lo mismo. Pero, aparte de otras cosas, es preciso que le agrade a Clinias lo ahora puesto cual ley, porque su Ciudad está pensando ahora en servirse de leyes tales. [722a] Clinias: Bellamente lo dijiste, Meguilo. [722a] Ateniense: Por cierto que ponerse a razonar acerca de lo de largas o cortas, respecto de leyes escritas fuera gran simpleza porque, creo, hay que apreciar algo por ser lo mejor, y no por brevísimo o por extensión. Mas en las leyes de que ahora mismo se hablaba, una no se diferencia de la otra por eso de doble respecto del uso valioso, sino por lo que se acabó hace un momento de decir: por lo del género doble de médicos; que se lo trajo a colación correctísimamente. Además de esto, ninguno de las legisladores parece haber alguna vez pensado en que era factible servirse, para el establecimiento de leyes, de dos cosas, persuasión y violencia; y, en cantidad adecuada a muchedumbre carente de educación, se sirven solamente de la segunda, porque, sin mezclar con persuasión constricción, imponen leyes; únicamente, con no mezclada violencia. Mas yo, felices de vosotros, veo aún, acerca de las leyes, una tercera condición, en manera alguna realizada ahora. [722c] Clinias: ¿De cuál hablas? [722c] Ateniense: Según la mente de un cierto dios resultó ella de lo que ahora hemos discutido. Porque, poco a poco, desde que comenzamos a hablar de las leyes, de aurora se hizo mediodía, y, por cierto en este bellísimo lugar de reposo, nos hemos encontrado no dialogando nada más que de leyes; mas me parece haber apenas comenzado a hablar de leyes, y que lo anterior, todo, no fue para nosotros, sino: proemio de leyes. ¿Por qué he dicho esto? Queriendo decir precisamente esto; en todos y cuantos razonamientos entra a tomar parte la voz hay proemio, y algo así cual preludios que tienen una función específica, útil para lo que se va a ejecutar. Y por cierto que a los llamados “nomos” en canto citarístico y en toda música preceden proemios maravillosamente elaborados. Mas respecto de los realmente “nomos”, a los que llamamos “políticos”, nadie, jamás, habló de algo así cual de proemio, ni compositor sacó alguno a luz, cual si de natural no lo hubiera. Mas la discusión que ahora hemos tenido indica, como me lo parece, que los hay: y, por cierto, las leyes dobles dichas me parecieron no ser así simplemente dobles, sino realmente dos: ley y proemio de ley. La ordenanza tiránica se dijo asemejarse las ordenanzas aquellas de los médicos a los que llamamos inlibres. Tal es la ley sin mezcla; pero la anteriormente dicha, llamada por éste “persuasiva”, es ciertamente persuasiva, y equivale al poder del proemio respecto de los razonamientos. Para que, pues, de buena gana, y, por tal buena gaña, resulte mejor aprendible, y acepte lo ordenado —esto es la ley — aquel a quien el legislador la dicta, en gracia a esto me parece claramente haberse dicho todo este razonamiento, al que quien lo dijo llamó "persuasivo”. Por lo cual, ciertamente y según mi razonamiento, se lo llamaría eso mismo: "proemio”; mas no, correctamente, "palabra de la ley”. Diciendo, pues, esto, ¿qué querría yo decir a continuación de esto? Estotra: que, antes todas las leyes, y siempre, es. preciso que el legislador no las haga sin ese lote de proemios, a cada una; con lo cual se diferenciarán tanto entre sí cuanto se diferenciaban las dos dichas. [723b] Clinias: En cuanto a mí, y a nosotros, mandaría al entendido en tales cosas el que no hiciera leyes de otra manera. [723c] Ateniense: Bellamente, por cierto, Clinias, me parece hablas en esto precisamente: que para todas las leyes haya proemios, y que quien comience a establecer toda una legislación ha de anteponer al texto entero el proemio propio a cada ley, porque lo que se va a decir a continuación de esto ho Es cosa pequeña, ni es pequeña la diferencia para recomendarlas claramente o no. Ciertamente que si ordenáramos poner proemios semejantes para las llamadas leyes grandes y pequeñas, no hablaríamos correctamente. Porque ni siquiera hay que hacer tal cosa respecto de todos los cantos y razonamientos, aunque, de suyo, ha de haberlos para todos; mas no usarlos para todos. Hay que encargar tal cosa, en cada caso, al orador mismo, al cantante y al legislador. [723d] Clinias: Me parece que hablas verdaderísimamente. Pero, Extranjero, no prolonguemos la discusión más allá de lo intentado; revirtamos el razonamiento; y principiemos, si te place, por lo que entonces dijiste sin proponerte hacer un proemio, «Una vez más» pues, como dicen los jugadores, «¡que la segunda jugada sea mejor que la del principio!», al proponernos hacer proemio, y no, como hace poco, hablar de lo que sea, Tomemos, pues, su principio, confesando que vamos a hacer su proemio. Respecto de lo concerniente a las honras a dioses y cuidados de los padres, lo hasta ahora dicho es suficiente Mas tratemos de decir lo a eso siguiente, hasta que te parezca que el proemio íntegro quede suficientemente expresado. Después de esto recorre ya, hablando, las leyes mismas. [723e] Ateniense: Pues bien: respecto de dioses, y de los que vienen tras ellos, y de los padres —vivientes y muertos—, hicimos entonces suficiente proemio, como acabamos de decirlo. Mas respecto de lo que de proemio falta aún, me parece estarme tú exigiendo ahora que, por decirlo así, lo saque a luz. [723e] Clinias: Pues absolutamente así es. [723e] Ateniense: Pues bien; después de esto, qué de la propia alma, cuerpo y hacienda se haya de mantener entre esfuerzo y relajamiento es lo conveniente a tratar; y es lo más común a locutor y oyentes decididos a hacerse en lo posible avanzados en educación. Pues bien: esto es lo que, después de aquello, hemos de decir y hacer. [724b] Clinias: — Correctísimamente dicho. [726a] Ateniense: Pues bien: escúchenme todos los que me acaban ahora mismo de oír acerca. de dioses y de los queridos progenitores; porque, después de los dioses, de todas las posesiones de uno mismo la más divina es el alma, por ser la más íntima. Todas las posesiones de uno son, para todos, de dos clases: las superiores y mejores, son señores; mas las inferiores y peores, esclavos. Luego las señoriales de uno deben ser siempre más honradas que las esclavas. Así que, después de los dioses —por ser ellos Señores y los que a ellos los siguen—, diciendo que el alma se la ha de honrar en segundo lugar, exhorto a lo correcto. Pero, por decirlo así, ninguno de nosotros la honra correctamente, aunque lo parezca: porque es el honor un bien divino: pero de los males, ninguno es honroso. Mas quien piense que con ciertas palabras o dones acrecienta al alma, o con ciertas complacencias, no la hace en nada mejor de peor; parece honrarla; pero nada de eso hace. Apenas todo hombre acaba de llegar a niño créese capaz de conocer todo y cree honrar al alma propia alabándola; y, animosamente, se mete a hacer lo que quiere. Pero lo que ahora se ha dicho es que, haciendo eso, la daña, y no la honra. Empero, como decimos, ha de honrarla en segundo lugar, después de los dioses. Ni cuando un hombre no se tiene a sí mismo por causante de sus ocasionales faltas, lo mismo que de maldades mayores y máximas, sino u otros, mas a sí mismo jamás se tiene por causa, honrando, al parecer, a su propia alma, falta mucho para que haga eso, pues la daña. Ni cuando se complace, contra la sentencia y alabanza del legislador, en deleites, en modo alguno la honra entonces; sino la deshonra rellenándola de males y remordimientos. N/ cuando, a su vez, lo contrario; no soporta con fortaleza, sino sucumbe a trabajos, miedos, dolores y penas alabados; entonces, sucumbiendo, no la honra, porque hace algo deshonroso para ella haciendo todo eso. N cuando tiene por bien absoluto al vivir, la honra; mas la deshonra, aun entonces; porque teniendo su alma por malo todo lo del Hades, sucumbe él y no la resiste enseñándole y argumentando que no sabe ella ni siquiera si lo contrario: lo de los dioses de Allá, no nos resulte ser de todos los bienes el mayor. Ni, por cierto, cuando prefiere uno la belleza a la virtud, esto no es otra cosa sino la real y total deshonra del alma, porque este tal razonamiento afirma ser más honorable el cuerpo que el alma, en falso; porque nada de lo terrígeno es más honorable que lo olímpico; mas quien, acerca del alma, opine de otra manera ignora cuánto descuida tan maravillosa posesión. N? cuando alguien ama al poseer riquezas bellamente, o poseyéndolas así, no lo lleva a mal, honra entonces con dones a su propia alma, —pues le falta, por cierto, en todo; porque lo valioso a la vez que lo bello de ella lo da por un poco de oro, porque todo el aro de sobre y bajo la tierra no compensa el valor de la virtud. Pero para decirlo resumidamente: lo que el legislador, hecho el recuento, ordena se tenga por feo, y lo contrario, por bueno y bello, quien no quiera de todas las maneras y medios apartarse de aquéllo, mas estotro procuráselo con todas sus fuerzas, no sabe en todos estos casos tal hombre que está tratando al alma —que es lo más divino— de la más deshonrosa e ignominiosa manera. Porque nadie, por decirlo así, calcula el llamado "justo castigo” máximo de la malhechuría; que es el máximo el asemejarse a los en realidad varones malos; y, hecho semejante a ellos, huir y separarse de varones y razonamientos buenos; mas, siguiéndolos, apegarse a ellos en el trato social. Pero una vez allegado a los tales, por necesidad hará y sufrirá lo que los tales entre sí suelen naturalmente hacerse y decir. Por cierto que tal resultado no es justicia —porque bella cosa es lo justo y Justicia; mas es castigo, resultado acólito de injusticia, del que tanto el afectado, como el que no, es un desgraciado; aquél, ciertamente, si no se cura; pero éste, donde muchos otros se salva, él se pierde. Pero sea honor para nosotros, para decirlo en total, seguir lo mejor; mas que lo peor, capaz de hacerse mejor, alcance esto mismo de la mejor manera posible. [728c] No hay, pues, en el hombre posesión mejor, de natural, que el alma para huir del mal y seguir las huellas y capturar lo mejor de todo, y, una vez capturado, vivir en comunidad con ello lo restante de la vida; por esto se la puso en segundo lugar en cuanto a honra; mas en el tercero —todos lo reconocerían— está, naturalmente, la honra del cuerpo. Acerca de estas honras hay que considerar cuáles de ellas son verdaderas, cuáles falsificadas; mas esto es cosa del legislador. Pues bien: me parece indicar él que son éstas y de estas calidades: que es honorable el cuerpo, no el bello ni el robusto, ni el gran corredor ni el grande, ni aun el sano, aunque esto se lo parezca a muchos, ni tampoco sus contrarios; sino los cuerpos, asentados en el justo medio de esta disposición íntegra, son, con mucho, los más temperados y seguros, porque los primeros hacen vanas y atrevidas a las almas; pero los segundos, bajas y mezquinas. Parecidamente, la posesión de riquezas, posesiones y honra se ha según el mismo ritmo: que los excesos en cada una de esas cosas producen enemistades y sediciones en las Ciudades y en privado; los defectos, esclavitudes, casi siempre. [729a] Que nadie, pues, ame las riquezas por causa de los hijos, a fin de dejarlos lo más ricos posible; porque esto no es lo mejor ni para ellos ni para la Ciudad. Porque la hacienda que no mime a los jóvenes, mas no sea deficiente en lo necesario, es, ésta, de todas la más musical y mejor, porque, coafinada y coarmonizada con nosotros, produce una vida en todo exenta de dolor. A los hijos hay que dejarles pudor, mucho; no, desvergüencería. Mas creemos que, reprendiendo en los jóvenes la desvergüencería, les dejaremos eso. Mas esto no se engendra en los jóvenes por la admonición hecha ahora, por la que les amonestamos al decir que el joven ha de ser pudoroso en todo. Más bien, el legislador sensato admonestaría a los más viejos ser pudorosos ante los jóvenes; y, sobre todo, que tomen precauciones para que ninguno de los jóvenes los vea u oiga haciendo o diciendo algo vergonzoso; que, cuando los viejos se desvergüenzan, necesario es que, por ellos, los jóvenes se vuelvan grandemente desvergonzados, porque la educación de los jóvenes, a la vez que la de nosotros mismos, no consiste específicamente en reprender: lo que uno diría puesto a reprender a otro, sino en que se eche de ver que uno hace eso toda la vida. [729c] En cuanto al parentesco y comunidad con los dioses de familia, quien los honre y reverencie por todo eso de natural posesión de la misma sangre, obtendría, razonablemente, la benevolencia de los dioses del nacimiento hacia la procreación de los propios hijos. En cuanto a lo de amigos y compañeros: llegaría uno a ganarse trato benévolo en la vida, teniendo los servicios de ellos para con uno por mayores y más apreciables que lo que los tienen ellos; mas reconociendo los favores de uno para con los amigos por menores que los de los amigos y compañeros mismos. [729d] Respecto de Ciudad y ciudadanos es, con mucho, el mejor quien prefiera vencer —antes que en Olimpíadas y en todos los combates de guerra y paz— en servicios a las leyes de Casa, con reputación de haberlas servido durante la vida más bellamente que todos los hombres. [729e] Mas respecto de los extranjeros hay que tener por sagradísimos los contratos, porque las faltas de los extranjeros y las contra los extranjeros están, respecto de las de los ciudadanos, en especial dependencia de un dios vengador, ya que, por estar el extranjero falto de compañeros y familiares, resulta más de compadecer a hombres y a dioses; así que quien puede castigar más ayuda más prestamente; pero pueden hacerlo especialmente el daimonio y dios de los extranjeros, del séquito, éstos, de Júpiter. Es, pues, cosa de gran cuidado para quien tenga aunque sea un poco de previsión, no habiendo cometido contra los extranjeros falta alguna durante la vida, encaminarse al final de la misma. Mas de las faltas contra extranjeros y coterráneos la máxima falta es, en todos los casos, la referente a los suplicantes, porque el suplicante, por suplicar, consiguió hacer de un dios un garante de un convenio; tal dios resulta especial guardián del paciente, de modo que el paciente no padezca jamás sin venganza lo que le pasare. [730b] Así que lo concerniente a padres, a sí mismo, y sus cosas propias, a Ciudad, amigos y parentela, a extranjeros y coterráneos queda casi casi recorrido. Pero, siendo cuál uno mismo, pasaría más bellamente la vida, hay que recorrerlo a continuación. Cuántas cosas, no la ley, sino alabanza y reprensión de educadores harían a cada uno más dócil y mejor dispuesto hacia las leyes que se van a imponer; esto es precisamente de lo que hemos de hablar tras lo otro. Pues bien: Verdad es guía de todos los bienes para los dioses; y de todos, para los hombres; quien desde el principio se apreste a ser feliz y bienaventurado habría de ser inmediatamente partícipe de ella, a fin de que cuanto más tiempo mejor pase la vida en la verdad. El tal es, pues, de fiar; mas no es de fiar quien voluntariamente ama el mentir; pero quien, involuntariamente, es un insensato. Ninguno de los dos es de envidiar; porque carece de amigos quien no es de fiar y no es instruido; reconocido por tal al progresar el tiempo, la vejez le deparará al final de la vida lo pesado: soledad completa, de modo que, vivos o no compañeros e hijos, casi casi igual de huérfana le resultará la vida. Por cierto que quien en nada fue injusto es digno de honor; mas quien, además, no dejó pasar las injusticias de los injustos es digno de honor mayor que el doble del de aquél, porque aquél vale por uno; mas estotro vale por muchos otros, delatando a los magistrados la injusticia de los otros. Mas a quien, en la medida de sus fuerzas, hasta colabore con los magistrados en castigar, proclámeselo en la Ciudad gran varón y perfecto, portaestandarte de la virtud. Esta misma alabanza, por cierto, hase de aplicar a templanza y sapiencia, y a cuantos bienes uno posea, capaces no sólo de pertenecerle a él sino, además, de ser compartidos con otros. Y a quien los dé a participar, hay que honrarlo cual supremo; mas al que no pudiere, pero lo quisiera, dejarlo en segundo lugar. Empero, al envidioso, y a quien, voluntariamente, por amistad nada de bien alguno comunique a otro, a éste reprenderlo; mas no menospreciar en nada, por tal poseedor, a la posesión, sino tratar, en lo posible, de adquirirla. Que nos emulen todos en la virtud, sin envidia, porque el tal engrandece a las Ciudades, contendiendo por ella él, mas no estorbando a los demás con calumnias. Mas el envidioso que piensa haber de superar a los otros mediante calumnia, esfuérzase él mismo menos por la verdadera virtud; y a los otros contendientes desanímalos por reprenderlos injustamente; y haciendo, mediante esto, a la Ciudad íntegra no adiestrada para contender por la virtud, la hace, por su parte, menos apta para la buena fama. Todo varón ha de ser, por cierto, corajudo; pero cuanto más manso mejor. Porque las injusticias graves y difícilmente curables de los otros, o absolutamente inmortales, no hay otra manera de evitarlas que vencerlas peleando y defendiéndolas y castigándolas sin remisión alguna; mas esto toda alma es incapaz de hacerlo sin noble coraje. Pero en cuanto a las injusticias de cuantos las hacen, ciertamente, mas sean curables, hay que saber, primeramente, que todo injusto no es voluntariamente injusto, porque de los mayores males nadie, de ninguna manera y jamás, acogería voluntariamente ninguno; pero muchísimo menos, en lo más honorable de sí mismo. Empero, como dijimos, el alma es, en verdad, lo más honorable de todo. Pues bien: en lo más honorable nadie, voluntariamente, acogerá jamás lo máximamente malo ni vivirá su vida entera con tal posesión. No obstante, es el injusto de compadecer absolutamente;-y lo es quien se halle mal; compadecer al poseído de un mal curable es admisible, y lo es amansar al ánimo desatado, y no pasar encolerizado y amargado, a modo de mujer. Mas respecto del indominable e incorregiblemente descuidado y malo hay que dar rienda suelta a la ira; por lo cual decimos que el bueno ha de ser siempre, y conviene lo sea, irascible y manso. [731d] Empero, hay innato en las almas de la mayoría de los hombres un mal mayor que todos los males, mal del que quien se lo perdona a sí mismo no tiene escapatoria alguna. Es precisamente ese que dice que «todo hombre es, naturalmente, amigo de sí mismo, y que es correcto el haber de serlo». Mas la causa, en verdad, de todas las faltas resulta ser siempre el demasiado amor a sí mismo, porque el amante se engaña respecto del amado, de modo que juzga malamente acerca de lo justo, lo bueno y lo bello, creyendo siempre deber estimar lo propio por sobre lo verdadero, porque varón que vaya para grande no ha de encariñarse ni de sí mismo ni de lo suyo, sino de lo justo, aunque se dé el caso de que esto lo practique otro mejor que uno mismo. De tal error proviene también en todos el pensar que la ignorancia es, en ellos, sabiduría; por lo cual, no cayendo en cuenta, por decirlo así, de que nada saben, creemos saberlo todo; no encomendando a los otros el que hagan lo que nosotros no sabemos, por necesidad erramos al hacerlo nosotros mismos. Por lo cual todo hombre ha de huir del amarse demasiado a sí mismo; mas perseguir siempre lo mejor que él, sin desde el comienzo hacer de esto cuestión de vergüenza alguna. Pero de cosas menores que éstas, y repetidamente dichas, mas no menos útiles que aquéllas, hase de hablar, recordándoselas a sí mismo. Porque a un reflujo ha de seguir siempre, en sentido contrario, un aflujo. Pues bien: la reminiscencia es aflujo de sapiencia ida. Por lo cual hay que reprimir risas y lágrimas intempestivas; que todo varón lo advierta a todo otro; y que, disimulando toda excesiva alegría y toda excesiva pena, trate de hacer buena cara; en la prosperidad, manteniéndose firme el daimonio de cada uno; y, en la mala suerte, cual si los daimonios se enfrentaran en sus acciones a escarpadas alturas, esperar, no obstante, siempre en que a los realmente buenos dios, por sus dones a ellos, hará menores en vez de mayores los males que les sobrevengan; y, a su vez, que cambie lo presente en mejor; mas, respecto de los bienes, que toda lo contrario a ellos pase de largo con buena Suerte. Pues bien: en tales esperanzas ha de vivir cada uno, y con el recuerdo de todo ello, sin preocupación alguna; sino, siempre, en lo de , juego y en lo serio, recordárselo claramente a otros y a sí mismo. [732d] Ahora bien: respecto de las empresas, cuáles ha de emprender cada uno para sí, cuál es menester sea, quedó ya casi dicho todo lo de él referente a lo divino; mas, hasta ahora, no se habló de lo humano; pero es debido, porque dialogamos con hombres; mas no con dioses. Pues bien: son cosa la más humana, placeres, penas y apetencias con lo que, necesariamente, lo mortal —todo viviente— está cual articulado y de-pendiente con el mayor de los empeños. Es, pues, preciso alabar la vida más bella, no solamente porque, con su prestancia, favorece poderosamente para la buena reputación, sino que, si uno quiere gustarla, y, de joven, no se huye de ella, favorece poderosamente lo que precisamente todos buscamos: gozar más, apenarse menos, durante toda la vida. Pero cómo se aclarará eso de “gozarse” uno correctamente, va a quedar en claro prestamente y en grande. ¿Qué rectitud es ésa? Hay que considerarlo ya, tomándolo del razonamiento; comparando vida con vida —la más placentera y la más penosa— hay que considerar si, en tal caso, una resulta natural; otra, antinatural. Queremos tener placer; mas pena, ni la elegimos ni la queremos; lo de “ni una ni otra cosa” no lo queremos en vez de placer; mas lo queremos cual cambio de pena; queremos menor pena con placer; mas no queremos menor placer con mayor pena; mas que queramos uno de los dos en caso de igualdad entre ellos, no tendríamos cómo ponerlo en claro. Mas todas estas cosas son, en cuanto a multitud, magnitud, intensidad e igualdad, y todas las contrarias a éstas, objeto para “querencia”; y, respecto de “elección” de cada una, hace y no hacen diferencia alguna. Dispuestas necesariamente así estas cosas, vida en que haya mucho, grande e intenso de ambas, mas predomine lo placentero, la queremos; en la que, lo contrario, no la queremos. A su vez: en la que ambas cosas sean pocas, pequeñas y mansas, mas predomine lo penoso, no lo queremos; mas en la que lo contrario, la queremos. Empero, respecto de vida en que estén equilibradas, hay que razonar cual anteriormente: queremos la vida equilibrada, si llega a predominar lo que nos agrada: mas no la queremos, si lo opuesto. Por cierto que se ha de caer en cuenta de que todas nuestras vidas están, desde nacidas, encadenadas en estas oposiciones, y hase de repensar cuáles, por naturaleza, queremos. Mas si afirmamos querer , algo, en contra de esto, lo decimos o por ignorancia o por inexperiencia de las vidas que, en realidad, lo son. [733d] Pues bien: ¿cuáles y cuántas son las vidas según las cuales —preelegido lo a querer y lo voluntario, lo a no querer e involuntario, ordenando esto uno para sí mismo mirando a la ley, eligiendo lo que sea a la vez agradable, placentero, óptimo y bellísimo— ha de vivir el hombre lo más feliz que le es posible? [733e] Digamos que, ciertamente, la vida sensata es una de ellas; una, la sapiencia; una, la valerosa; y clasifiquemos como una a la sana. Y frente a éstas, por ser cuatro, otras cuatro contrarias: la insensata, cobarde, disoluta, enfermiza. Pues bien; quien conozca la vida sensata la tendrá por apacible respecto e todo; aporta penas tranquilas, placeres tranquilos, apetencias suaves, amores no enloquecedores; mas a la disoluta, por extremosa en todo, aporta violentas penas, violentos placeres, apetencias intensificadas y aguijoneadoras, y amores lo más enloquecedores posible. Mas en la vida sensata predominan los placeres sobre los sufrimientos: pero en la disoluta, en magnitud, multitud e intensidad las penas sobre los placeres. Por lo cual aquélla es, para nosotros, más agradable vida; mas estotra llega por necesidad, y es natural, a resultar más penosa. Y quien quiera vivir placenteramente no se aviene ya a vivir voluntariamente de manera disoluta; sino que está ya claro que, si lo ahora dicho es correcto, todo disoluto lo es, por necesidad, involuntariamente, porque o por ignorancia, o por incontinencia, o por ambas, la muchedumbre humana entera vive carente de sensatez. Esto mismo es lo que debe pensarse acerca de vida enferma y sana: que tienen placeres y dolores, predominando placeres sobre dolores en la salud; dolores sobre placeres, en las enfermedades. Mas, en nosotros, lo que queremos al “elegir” entre las vidas no es que predomine lo penoso; mas donde sea predominado, es que a tal vida la hemos juzgado por más placentera. Ciertamente: la vida sensata respecto de la disoluta, la sapiente respecto de la insipiente, la de valentía respecto de la de cobardía, diríamos que está teniendo menos, en menor y más raramente de ambas cosas: en lo de placeres una de ellas predomina sobre la otra en lo de penas, estotras predominan sobre aquéllas: que, por cierto, el valiente vence al cobarde, el sapiente al insipiente, de modo que unas vidas son más placenteras que otras: la sensata, valiente, sapiente y sana. [734d] que la del cobarde, insensato, disoluto y enfermo; y, en compendio, que la vida atenida en cuerpo y alma a la virtud es más placentera que la atenida a maldad, y que supera a las otras, con mucho, en belleza, rectitud, virtud y buena fama, de manera que hace al poseedor de ella más bienaventurado, en total y en todo, que la contraria. [734e] Y llegue a su final el proemio para las leyes, expuesto aquí en los razonamientos. Pero tras el proemio es necesario que siga la ley; o más bien, en verdad, es necesario escribir las leyes del régimen político. A la manera pues, como respecto de un tejido o entramado cualquiera no se puede hacer con la misma materia el tejido y la trama; mas es necesario el que la materia de la trama se distinga en calidad: que sea fuerte y tenga una cierta firmeza en el marco; pero que el tejido sea más suave y con una cierta flexibilidad justa, así también es preciso que —de alguna manera como ésta, siempre según cuenta-y-razón— se separen los futuros gobernantes en los cargos de las ciudades, de los aprobados tras somera educación. Porque hay dos eídoses en un régimen político: uno, la instalación de los gobernantes en cada cargo; otro, las leyes pertinentes a los cargos. [735a] Mas, antes de todo esto, se ha de pensar en estotro: Quien pastor, boyero, criador de caballos, tome en sus manos cualquier clase de ganado, o lo parecido, no se meta nunca a cuidarlo de otra manera sino, primero, lo purifique con la purificación adecuada a cada uno, separando lo sano de lo que no lo esté; lo de raza, de lo sin ella; a éstos los remitirá a otros ganados a aquéllos, los cuidará, considerando cuán vano e inacabable trabajo sería cuidar cuerpo y almas que, corrompidos de natural y por mala crianza, propagarían y destruirían la raza de lo sano e intacto en costumbres y en cuerpos de cada ganado, a no ser que purifique lo que posee. Lo concerniente a los otros animales es tarea menor, y que solamente para paradigma vale la pena traerlo en el razonamiento; mas respecto de los hombres es cosa de la mayor de las tareas para el legislador escudriñar y explicar lo a cada uno conveniente en punto purificación y a todas las demás prácticas. Ante todo, pues, lo de purificaciones de Ciudad habríase así: de entre las muchas purificaciones que hay, unas son más fáciles; otras, más pesadas; y con éstas, que son a la vez las más pesadas y mejores. [735d] podría un tirano que fuera también legislador purificar; mas legislador, que sin ser tirano, instaurara un régimen político nuevo y leyes, si purificara con la más suave de las purificaciones, lo haría de la más agradable manera. Empero, la mejor es la dolorosa, cual de las medicinas lo es la más repulsiva. Es la que lleva a corregir con justicia acompañada de castigo, poniendo cual castigo final muerte o destierro; porque a los máximos criminales, los en realidad incurables, por ser ellos el daño máximo de Ciudad, suele ella así eliminarlos. La más suave de las purificaciones es, según nosotros, ésta: a cuantos por falta total de pitanza se muestran listos, por no tener ellos nada, a seguir a quienes los lleven al asalto de los bienes de quienes los tienen, a éstos, como a enfermedad nacida dentro de Ciudad, los expulsaría de la más benévola manera, poniendo a esto el nombre de “expulsión”; por eufemismo, el de “deportación”. Pues bien: esto es lo que todo legislador ha de hacer, de una u otra manera, al principio. Cierto que, entre nosotros y respecto de esto, cosas aún más extrañas que éstas nos acaban de suceder, porque, al presente, no se ha de emplear esa treta de purificar por expulsión, por una cierta selección; sino, cual al afluir juntamente muchas aguas —unas provenientes de fuentes, otras, de torrentes— en una laguna, es necesario, atentamente, cuidar de que el agua afluyente en ella sea lo más pura posible, —dirigiendo unas aguas, mas canalizando y desviando otras. Pero, al parecer, trabajo y peligro hay en toda empresa política. Mas ya que lo hecho lo ha sido, al presente, de palabra; y no, de obra, demos por terminada la selección y que su purificación se haya realizado según nuestro pensamiento. Porque a los malos que pretendan entrar de ciudadanos futuros en la Ciudad actual, una vez puestos a prueba y cribados mediante toda clase de persuasión y suficiente tiempo, les prohibiremos la entrada; mas a los buenos los atraeremos en lo posible con benevolencia y afabilidad. [736c] Pero no se nos pase por alto esa buenaventura que, como dijimos, fue la buena Suerte en la emigración de los heráclidas; que escapamos de esa riña, terrible y peligrosísima, por tierra, abolición de deudas y repartos; que a una Ciudad, forzada a legislar sobre ello, no le es posible ni el dejar inmoble lo antiguo ni, a su vez, el revolucionarlo de alguna manera. No le quedan, por decirlo así, sino los buenos deseos; un pequeña cambio, con buen cuidado de escalonarlo poco a poco en mucho tiempo, es esto: que haya, entre los revolucionarios, poseedores, ellos mismos, de abundante tierra, poseedores además de muchos deudores suyos; y con voluntad de compartir, por equidad, algo de eso con los indigentes, bien por remisión o por reparto, atenidos de una u otra manera a la justa medida; y convencidos de que la pobreza no la produce la disminución de la riqueza, sino el acrecentamiento de la avaricia. Tal resulta ser el máximo principio para la salvación de Ciudad; y sobre él, cual sobre base firme, es posible que edifique quien más adelante edifique un mundo político ajustado a tales condiciones. Mas si el fundamento está podrido, la práctica política no resultaría, por ello, gran cosa de fácil para ninguna Ciudad. Como decimos, hemos de escaparnos de eso; no obstante, fuera más correcto el haber dicho cómo organizaríamos la huida, aun en el caso de no escapar. Dígase ahora que sería por no amar el traficar con la justicia; no hay otra escapatoria ni ancha ni estrecha de tal trampa, Nos queda, para nosotros, por el momento, esto cual fortín de Ciudad. Porque, sea como sea, hay que arreglar lo de las haciendas de modo que no sean objeto de mutuas disputas; O no estar dispuesto a proceder adelante en las reformas mientras haya viejas disputas mutuas entre los que no tienen ni un poco de entendimiento. Mas a los que, como a nosotros ahora, dio dios fundar Ciudad nueva y no tener entre nosotros enemistades algunas, sernos causa de enemistades eso de reparto de la tierra y habitaciones sería no humana ignorancia acompañada de toda maldad. [737b] ¿Cuál, pues, sería el modo correcto? Primero, hay que regular, en cuanto al número, cuál ha de ser el total de ellos; después de esto, habrá que convenirse en cuanto al reparto de los ciudadanos: entre cuántas clases en número, y cuáles, habrá que distribuirlos; pero, entre ellas, dividir, lo más igual posible, la tierra y las habitaciones. Pues bien: el número de pobladores no resultaría elegido correctamente, a no ser en relación a la tierra y a las ciudades de los vecinos. Tierra, tanta cuanta sea suficiente para alimentar a cuantos haya de temperados; más, no hace falta alguna. Pero en cuanto a número total, sea tal que puedan defenderse de invasores perjudiciales a ellos; y puedan, no del todo sin esperanza, socorrer a vecinos suyos impotentes. Pero esto, en viendo el país y los vecinos, lo definiremos de palabras y de obra; mas, ahora, para terminar esto, hecho para esbozo y delineado, pase el razonamiento a la legislación. [737e] Para número adecuado sea el de cinco mil cuarenta el de los terratenientes y defensores de su lote; a tierra y habitaciones . divídanselas parecidamente en otras tantos lotes, —varón y late apareados. Pero, lo primero, divídase en dos partes al número total; después, el mismo, en tres; porque tal número se presta, por naturaleza, a ser dividido por cuatro, por cinco, y sucesivamente así hasta diez. Por cierto que todo varón legislador ha de haber pensado, respecto de números, qué número y cuál resultaría el más útil para todas las Ciudades. Digamos, por cierto, qué Número se presta, sobre todo, y en sí mismo, a todas las divisiones y seguidas; que no a todo número le cayó eso de tener toda clase de divisores para todo; mas el de cinco mil cuarenta, para guerra, para cuanto concierne a paz, a toda clase de contratos y convenios, y en lo referente a ingresos y repartos, no podría ser dividido en más de sesenta menos un divisores, que seguidos van de uno a diez. [738b] Pues bien: esto lo han de tomar, detenidamente, y en firme, aquellos a quienes la ley mande que lo tomen, porque es así, y no de otra manera; pero hay que, por ello, decírselo expresamente al fundador de la Ciudad. Tanto que, desde el principio, la haga nueva como que reforme una vieja, corrompida, nadie con entendimiento se meterá, respecto de dioses y de santuarios —cuántos haberse de levantar en la ciudad a cada uno y de qué dioses o daimonios darles nombre— a trastornar lo que Delfos o Dodona o Ammón o algunos oráculos antiguos indicaron, indicándolo de cualquier manera —o por apariciones o por inspiración hablada de dioses. Obedeciéndolo, instituyeron sacrificios mezclados con iniciaciones, provenientes de la propia tierra o de Etruria o de Chipre o de cualquier otra región; según tales oráculos purificaron tradiciones, estatuas, altares y templos, y a cada uno de ellos repartieron su recinto. Nada de todo esto ha de tocar, en lo más mínimo, el legislador, ni alterar; mas dedicar a cada una de esas partes o un daimon o cualquier héroe; pero en la repartición de la tierra, les dedicará a ellos, los primeros, recintos y todo lo demás pertinente, de modo que las reuniones de los de cada uno de los lotes, hechas según los tiempos preestablecidos, den facilidades para cada necesidad, contraigan amistad durante los sacrificios, se familiaricen y conozcan entre sí; que no hay para Ciudad bien mayor que el mutuo conocimiento. Porque donde no hay en las relaciones mutuas, luz sino oscuridad, no se daría el caso de que hubiera, correctamente, ni la debida honra ni gobernantes ni justicia. Es preciso, pues, que todo varón, uno por uno, tome en todas las Ciudades esto con empeño; ni mostrarse jamás él a nadie falso, sino siempre sencillo y verdadero; ni que otro, que sea tal, le engañe. [739a] El siguiente cambio —cual el de peones en el chaquete, al salirse de “lo sagrado” — el de la instauración de leyes, por ser desacostumbrado, tal vez comience por causar admiración en el oyente; mas, por cierto, al reflexivo y experimentado la Ciudad así fundada no le parecerá inferior respecto de lo óptimo. Tal vez no se lo aceptaría por no estar uno acostumbrado a un legislador no tirano. Pero lo más correcto es hablar de un régimen político óptimo, de un segundo y de un tercero; mas dar, habiendo, la elección al señor de la fundación. Hagámoslo, pues, nosotros ahora y según este razonamiento, hablando de régimen político primero, segundo y tercero según Virtud; mas dejemos a Clinias, al presente, la elección; y a cualquier otro que quisiera, alguna vez, llegado el caso de tal elección, repartir a su manera lo que le es querido en su propia patria. [739b] Ahora bien: lo primero es la Ciudad, el régimen política y las leyes en que el antiguo proverbio se realice en toda Ciudad, óptimamente: dice que, en realidad, «comunes son las cosas de los amigos»; y, por todas las trazas, se arranca de la vida todo lo llamado “privado”; mas se emplean todas las trazas, hasta donde sea posible, para que las cosas naturalmente privadas —cual ojos, oídos y manos— lleguen a ser de una u otra manera comunes; común ver, oír, creer y obrar; y que todos, a la una, alaben y vilipendien, cuanto más mejor, lo mismo, gozándose o apenándose por las mismas cosas; y que “leyes que hacen, en lo posible, máximamente una a Ciudad, sean, exagerando esto, las mejores para Virtud”, nadie, jamás, puesto. a dar otra definición, dará ni mejor ni más recta definición que ésta. Que a tal Ciudad la habiten dioses —o hijos de dioses, más de uno— si transcurre su vida de esa manera, la habitan gozosos. Por lo cual no hace falta buscar en otra parte con la mirada Paradigma de régimen político; sino, ateniéndose a éste, ira la búsqueda, a medida de nuestras fuerzas, de otro máximamente semejante. La Ciudad que nosotros hemos ahora tomado entre manos, sería, realizada, la más próxima a inmortalidad; y en honor, la segunda; pero, después de éstas, de la tercera trataremos largamente, si dios quiere. Mas, ahora, ¿a cuál lamamos segunda, y cómo resulta tal? [739e] Repártanse, pues, primero tierra y casa, y que no las cultiven en común, ya que esto, decimos, resulta superior a su nacimiento, crianza y educación. Mas queden repartidas con el pensamiento de que el beneficiado ha de tener su lote cual común de la Ciudad entera. Pero por ser el país patria, ha de cultivarlo mejor que madre e hijos, y, por ser diosa resultó ser natural señora de los que son mortales. Estos mismos pensamientos ha de tener aun respecto de los dioses y también de los daimonios del coterráneo. [740b] Mas para que esto subsista así para todos los tiempos, hay que añadir y pensar estotro: que cuantos hogares hay ahora repartidos, otros tantos han de ser siempre; y ni, por nada, hacerse más ni menos en número. Esto resultaría asegurado, en toda Ciudad, de esta manera: el beneficiario de un lote deje siempre por heredero de tal hacienda a uno de sus hijos; a quien le sea más querido, de sucesor y cuidador de dioses, raza y ciudad, de los vivos y de los que para tal tiempo hayan ya finado. Mas, en cuanto a los otros hijos —esto para los que tengan más de uno: a las hembras casarlas según la ley a establecer; y a los varones, repartírselos a los ciudadanos carentes de posteridad, cual hijos suyos, por cierto y sobre todo según sus gracias; mas si a algunos les faltaren gracias, o a alguien le nace gran descendencia de hombres o de varones, o lo contrario cuando sea menor, por sobrevenir infecundidad de hijos, en todos estos casos la autoridad que pusimos cual máxima y más honoranda, que ella, considerando qué haya de hacerse en favor de los excedentes o deficientes, apreste un procedimiento para que las haciendas sean siempre y únicamente cinco mil cuarenta. Los procedimientos son muchos: porque lo es el de restringir la generación en quienes la generación sea una riada: y, lo contrario, hay cuidados e incitaciones para multiplicar los nacimientos; y por medio de honras, deshonras y advertencias que los ancianos hacen a los jóvenes en discursos admonitorios, puede hacerse lo que decimos. Más aún, y es el final: si se produce total desconcierto en mantener la igualdad de las cinco mil cuarenta casas, y sobreviene aflujo excesivo de ciudadanos por entendimiento amoroso de los cohabitantes, y estamos desconcertados, está el antiguo expediente de que hablamos muchas veces: envío de colonos, envío de amigos a amigos, lo que parezca ser conveniente. Si, por el contrario, sobreviene alguna vez oleada con diluvio de enfermedades o destrucción por guerra, resultando, por orfandad, un número de habitantes menor que el establecido, voluntariamente no se ha de aceptar a educados con educación bastarda; mas «a Necesidad, ni dios», se dice, «es capaz de hacerle violencia». [741a] Pues bien: digamos, que el razonamiento ahora dicho nos exhorte diciendo: "Óptimos entre todos los hombres, honrando, como es según naturaleza, la semejanza, igualdad, identidad y concordancia, no dejéis de hacerlo respecto de número y de todo poder que produzca lo bello-y-bueno. Y, en especial, ahora guardad primero, durante toda la vida, el número indicado; después, a la altura y anchura de vuestra hacienda —la que, al principio, os cayó de lote, por ser la justa en medida— no la deshonréis comprando o vendiéndoosla unos a otros, porque siendo dios quien reparte el lote, no será aliado vuestro ni él ni el legislador, porque, primero. Ley se está oponiendo al desobediente, al advertir de antemano a quien quiera entrar en el sorteo que es bajo estas condiciones, —o que no entre: que, primero, por ser sagrada, la tierra es de todos los dioses; después, de los sacerdotes y sacerdotisas que vayan a recitar las plegarias sobre los sacrificios primero, segundo y hasta tercero; que el comprador o vendedor de casa o terreno obtenidos de lote pague por ello con adecuadas penas. Mas depositarán en los templos tablas de cedro, inscribiendo en ellas memoriales que queden inscritos para todos los tiempos; además de esto, de entre las autoridades la que se crea tiene más aguda vista instalará como haya lugar, cofres para guardarlos, a fin de que las transgresiones que acaso se cometan contra esto no se les pasen desapercibidas, sino castiguen al desobediente ellas juntamente con Ley y con Dios. Cuán bueno para todas las Ciudades que lo obedezcan, añadiendo las disposiciones consiguientes, resulte lo ahora ordenado, «no lo sabrá», según el antiguo proverbio, «nadie que sea malo», sino quien haya llegado a ser experto y decoroso en costumbres; porque en tal régimen no hay cómo hacer dineros; y con él va el ni haber de, ni el ser lícito, hacer dineros nadie en nada, a la manera de hacer dineros los inlibres; que, en su tanto, esa, vilipendiosamente llamada “menestralía”, pervierte el carácter de libre; ni, en modo alguno juzgará digno el hacerse con dineros por tales medios. [741e] Además de estas leyes, una más sigue a todas ellas: que no está permitido a ningún particular poseer nada ni de oro ni de plata; pero sí, moneda para los pagos de diario: la que es casi casi necesaria para pagar a artesanos, y para todos cuantos de tales cosas necesiten para pagar salarios a asalariados, esclavos y emigrados. Por esto afirmamos que la moneda ha de poseer valor para ellos; mas, carece de valor para los demás hombres. Pero en cuanto a una moneda común a Grecia: si es preciso, o para expediciones o para viajes a otros países —cual para embajadas u otros mensajes necesarios a Ciudad— enviar a alguien, para tal finalidad es necesario, siempre, que la Ciudad posea moneda "“griega”. Pero si a un particular se le hace necesario salir del país, que salga con permiso de las autoridades; mas si vuelve a casa con dinero extranjero sobrante, que lo entregue a la Ciudad, recibiendo el equivalente, calculado en moneda del país. Mas si se demuestra que se lo ha apropiado, pase a haber del pueblo; y quien lo sepa y no lo delate, comparta con el introductor maldición, infamia, y demás multa que no será inferior a la cantidad de moneda extranjera traída. Cuando uno se case o dé en casamiento a una hija, no dar ni recibir gratificaciones algunas de ninguna clase; ni depositar dinero en manos no de fiar; ni prestar a interés, —que está permitido no devolver absolutamente nada, ni interés ni capital, al prestamista. Para Ciudad, tales son los mejores comportamientos a tener; se los juzgaría correctamente, considerándolos de esta manera: referirlos siempre al principio y a la intención. Pues bien: la intención de un político con entendimiento, decimos, no es la que dirían los más debe tener el buen legislador: que legislaría bien pensando que la Ciudad sea la mayor posible, la máximamente rica, poseedora de objetos de oro y plata, mandando por tierra y por mar cuanto más pueda. Habríase de añadir que el legislador correcto debe querer que la Ciudad sea la mejor y la más bienaventurada. De estas cosas, unas son posibles de realizar; pero otras, no lo son- Así que el organizador intentaría las posibles; mas las no posibles, ni las querría con vano querer, ni las emprendería. Por cierto que ser conjuntamente bienaventurados y buenos es una necesidad, y esto lo querría; mas es imposible ser grandemente ricos y buenos, los que precisamente tienen la mayoría por ricos; llaman así a los poseedores, pocos entre los hombres, de posesiones de máximo valor monetario que, aun un malo, poseería. Mas si esto se ha así, no concedería el que el rico llegue a ser, en realidad, bienaventurado, no siendo también bueno; pero que siendo extraordinariamente bueno sea extraordinariamente rico, es imposible. Pero, ¿por qué?, diría tal vez alguno. Porque, diríamos, la ganancia que resulta de lo justo e injusto es más que doble de la resultante de ganar solamente lo justo; y los gastos de quien no quiere gastar ni de bella ni de fea manera son doblemente menores que los de quienes quieren gastar bellamente y para lo bello. Pues quien obre al contrario de esto: dobles ingresos y mitad de gastos, jamás se haría más rico. [743b] De estos dos, uno es bueno; mas el otro, malo, cuando sea parsimonioso; pero a veces malísimo; mas, como se acaba de decir, bueno, jamás. Porque quien gana justa e injustamente, y no gasta ni justa ni injustamente, hácese rico, si además es parsimonioso; mas el malísimo, que casi siempre es un disoluto, es grandemente pobre. Pero quien gasta en lo bello y saca ganancias solamente de lo justo, ni llegaría fácilmente a ser notable en riqueza ni, a su vez, a grandemente pobre. Así que nuestro razonamiento es correcto; los muy ricos no son buenos; pero sí no son buenos, tampoco son felices. [743c] Mas el establecimiento de leyes miraba, según nosotros, precisamente a que los ciudadanos lleguen a ser lo más felices y amigos entre sí, cuanto más, mejor. Pero no serían amigos si hubiese entre ellos pleitos, muchas injusticias; sino cuando de eso haya poquísimo e insignificante. Decimos que no ha de haber en la Ciudad ni oro ni plata ni mucho comercio por menestralías, intereses, ni por tratantes en animales vergonzosos, sino haya de todo lo que da o produce la agricultura, y, de esto, cuanto, de comercializarlo, no forzaría a descuidar para qué, por su naturaleza, es el dinero: que es para alma y cuerpo de los que, sin gimnástica y lo demás de la educación, no valdría la pena ni de hablar. Por lo cual, ciertamente, dijimos, y no una sola vez, que a la solicitud por el dinero se la ha de honrar en último lugar, porque, siendo tres todas las cosas por las que se esfuerza el hombre, la última —y tercera— es el esfuerzo que se esfuerce correctamente por el dinero; el segundo, el del cuerpo; mas el primero, el del alma. Y por cierto que el régimen político ahora explicado, si ordena así los honores, ha sido establecido correctamente por ley. Mas si alguna de las leyes ordenadas allí parece que honra en la Ciudad a la salud más que a la templanza o a la riqueza más que a la salud y a la sapiencia, tal ley no está, evidentemente, correctamente impuesta. Es, pues, preciso que, frecuentemente, el legislador se interrogue: “¿qué es lo que quiero?”; y "si lo consigo o no doy en la meta”. Y tal vez así de terminaría su tarea legislativa, y descargaría de ella a otros; de otra manera, jamás, a nadie. [744b] Pues bien: que el beneficiario de un lote, decimos, lo adquiera bajo las condiciones dichas. Sería, por cierto, bello el que cada uno llegara a la colonia igual en todo lo demás. Pero ya no es posible, sino que uno llegará poseyendo más dineros, otro, menos. Es preciso, por muchas razones y por la igualdad de oportunidades en la Ciudad, que los rangos sean desiguales a fin de que cargos, contribuciones y repartos estén en relación can el rango, según censo, de cada uno; no, con el rango, según virtud, de los progenitores y de él mismo; ni con la fortaleza y bella forma según el cuerpo, sino también según el uso de la riqueza y la pobreza; y recibiendo honores y cargos de la manera más igual posible respecto de lo desigual comensurado, no surjan disensiones. Por razón de esto es preciso se hagan según la magnitud de la hacienda cuatro rangos de censatarios: primero, segundo, tercero y cuarto, o designados con otros nombres, cuando permanezcan en el mismo rango; y cuando de pobres se hagan más ricos o de ricos pobres se traslade cada uno a su rango censatario propio. [744d] Según esto propondría el siguiente esquema de ley. Es preciso, afirmamos, que en Ciudad no afectable de esa máxima enfermedad —llamaríasela “disensión” mejor que “sedición” — no haya, en algunos de los ciudadanos, ni pobreza, la dura, ni tampoco riqueza; porque estas dos engendran a aquellas dos. Pues bien: el legislador debe ahora definir el límite entre éstas. Sea, pues, el límite de la pobreza el valor del lote que ha de ser constante y que ningún gobernante dejará pasar jamás por alto el que a nadie se le haga menor, y, por esto mismo, tampoco, de entre los demás, nadie que se precie de virtuoso. Mas, poniendo el legislador tal valor cual unidad-de-medida, permitirá que se adquiera el doble, el triple y hasta el cuádruple. Mas si alguien adquiere más de eso, o por hallazgo o por donación o por negociante o por alguna otra suerte resultó haber adquirido un excedente sobre la medida, distribuyéndolo entre la Ciudad y los dioses que la poseen, haríase con buena fama y horro de castigo. Mas si alguien desobedece a esta ley, quienquiera lo descubra recibe la mitad; mas el culpable pagará otro tanto de sus propios bienes; pero la otra mitad es de los dioses. Todas las propiedades de los ciudadanos, a excepción del lote, queden inscritas en lugar público a cargo de guardianes oficiales, los que designe la ley, a fin de que las sentencias judiciales de todo lo referente a dinero resulten fáciles y bien claras. [745b] A continuación, primero, la Ciudad ha de construirse la más posible en medio del país, una vez elegido un lugar provisto de todo lo demás ventajoso para Ciudad; y nada de dificultoso es concebir y decir cuál es. Pero después de esto dividirla en doce partes, primera: santuario reservado a Vesta. Júpiter y Minerva, al que llame “acrópolis”, y rodee con cerca circular; a partir de la cual divida en las doce partes la Ciudad y el país entero. Mas las doce partes han de ser iguales en cuanto que sean pequeñas las de tierra buena; pero mayores, las de mala. Hacer cinco mil cuarenta lotes; dividir cada uno en dos y unir las dos secciones del lote de modo que cada lote participe de cercanía y de lejanía; la parte que dé hacia la Ciudad haga un lote con la que hacia la frontera; y la segunda a partir de la ciudad, con la segunda a partir de la frontera, y todo lo demás parecidamente. Respecto de los dos sectores, hallar trazas para cumplir, lo hace un momento dicho, sobre terreno en punto a mediocridad y excelencia, equilibrándolos según magnitud y pequeñez en el reparto. Pero repartir también a los varones en doce partes, ordenando que el reparto de los bienes restantes sea lo más posible en doce partes también iguales, hecho el censo de todo. Aún más: después de esto, dando doce lotes a doce dioses, consagrar a cada uno el lote que le cayó; darle su nombre, y darlo a la tribu misma. Dividir también los doce sectores de la Ciudad de la misma manera según la que se dividió lo restante del país; y que se reparta a cada uno dos residencias, una cerca del medio; y otra, de la frontera. Y de esta manera llega a su final la fundación. [745e] Pero es preciso caer en cuenta, en todo caso, de esto precisamente: que todo lo dicho ahora tal vez no coincida tan oportunamente que todo lo que pase pase según cuenta-y-razón: que haya varones a quienes no moleste tal cohabitación, sino que se sometan a tener durante toda la vida dinero, fijado y medido, y el número de hijos, asignado a cada uno, y a carecer de oro y de otras cosas que, evidentemente, el legislador ordenará a tenor con lo ahora dicho; pero, además, se sometan en lo de campo y villa, posiciones centrales y casas en círculo. [746a] Estoy casi casi hablando de todo esto en ensueños, o modelando, cual en cera. Ciudad y ciudadanos. De alguna manera, no están mal dichas tales cosas; mas debe recapacitar para sí estotras precisamente. Una vez más, pues, Legislador, explícanos esto: "En estos razonamientos, amigos, no creáis que aun yo me haya olvidado de que lo ahora mismo dicho haya descrito de alguna manera la verdad. Porque en todo proyecto creo ser esto lo más justo: que quien pone a consideración un paradigma cuya realización haya de emprenderse no ha de omitir nada de lo que sea lo más bello y lo más verdadero; mas a quien resultare imposible algo de esto, dejarlo de lado y no hacer nada, mas hacer lo que de lo restante esté más cercano del paradigma, y lo que, de suyo, sea más afín a lo propio de El; esto, precisamente tratar, sea como sea, de realizarlo; dejar, por otra parte, que el legislador lleve hasta el final su intención; mas una vez realizado esto, entonces ya, en común con él, considerar qué de lo dicho es conveniente y qué de arduo se dijo en la legislación, porque estar en todo concorde consigo mismo ha de hacerlo aun el artesano de lo más insignificante, si ha de ser digno de tal nombre”. [746d] Ahora bien: después de nuestra opinión sobre la división en doce partes hay que proponerse ver de qué manera clara las doce partes —que contienen dentro de sí la mayor parte de otras divisiones, y las consecuentes a éstas y engendradas por ellas, hasta la de en cinco mil cuarenta, de las que provienen fratrías, barriadas, aldeas y, cosas referentes a la guerra, ordenaciones y marchas y hasta monedas, y medidas para sólidos, líquidos, y pesos— todo eso es preciso lo ordene la ley que sea según medida y concordancia mutuas. Pero además de esto no hay que arredrarse, por temor a llegar a lo tenido por minuciosería, en ordenar que respecto de todos los enseres que se posean no se permite en ellos nada que se salga de la medida; teniendo por principio común que, para todo, son útiles - las divisiones y variedades de los números, tanto las que son variedades internas suyas como las variedades que hay en extensiones y profundidades, y además las que hay en sonidos y movimientos, en los rectilineos hacia arriba o hacia abajo, y los de la Revolución circular, porque, con la mirada puesta en todo, el legislador ha de ordenar a todos los ciudadanos el que, en lo posible, no se salgan de tal coordinación. Porque para el régimen doméstico y para el político, y para todas las artes, ninguna enseñanza tiene tanto poder educativo como el trato con los números; pero, de ella, lo más importante es que despierta al de natural adormilado e inculto y lo vuelve culto, memorioso y penetrante, acrecentando por arte divina su propia naturaleza. Si, además de todo esto, con otras leyes y ocupaciones se elimina la servilonería y codicia de las almas de quienes se dispongan a adquirirlas de manera suficiente y provechosa, las enseñanzas resultarían bellas y convenientes. Pero si no, no caería uno en cuenta de que ha conseguido en vez de sabiduría la llamada “chapucería”, como ahora es de ver en egipcios y fenicios y muchas otras razas deformadas por la servilonería a otras ocupaciones y ganancias, —sea que algún legislador, vil él, se la hizo adquirir, sea que una mala Suerte les cayó, sea una naturaleza, otro que tal. [747d] Pues bien. Meguilo y Clinias, no se nos pase por alto el que, respecto de lugares, los hay unos diferentes de otros para lo de engendrar hombres mejores y peores, contra lo cual no se ha de legislar; lugares hay, por cierto, que, por acción de vientos varios y olas de calor, resultan inhóspitos o aceptables; mas otros lo son por las aguas; otros, por la alimentación que nace de la tierra, que no solamente resulta mejor o peor para los cuerpos, sino que es no menos capaz de hacer todo eso en las almas. Mas, respecto de todo esto diferirían grandísimamente aquellos lugares de un país en que divino hálito sople o haya tierras reservadas para daimonios que, a quienes de continuo en ellos habitaren los aceptaren benévolamente, o lo contrario. Considerando lo cual legislador con entendimiento, en la medida en que hombre es capaz de considerar tales cosas, trataría de imponer las leyes. Que es, por cierto, Clinias, lo que tú debes hacer: primero, dedicarse a esto quien emprenda colonizar un país. [747e] dicho, Extranjero; y, para mí. [751a] Ateniense: Pues bien: después de todo lo ahora dicho sería llegado el momento de establecer autoridades en tu Ciudad. [751a] Clinias: Pues así es. [751a] Ateniense: Estos son los dos eídoses que, en realidad, se presentan respecto de la organización de un régimen político: primero, por cierto, el establecimiento de Autoridades y de quiénes van a ser autoridad, cuántas han de ser y de qué modo establecerlas. Después, asimismo, dar a cada Autoridad sus leyes; sería conveniente señalar cuántas en número, y cuáles. Mas, deteniéndonos un poquito antes de elegir, digamos unas palabras adecuadas a lo que sobre esto se va a decir. [751b] Clinias: ¿Qué es eso? [751b] Ateniense: Esto precisamente: es para todos claro que, por ser la legislación gran obra, en caso de poner al frente de Ciudad bien organizada con leyes bien puestas autoridades incapaces, no sólo no se sacaría nada de lo bien puesto, aparte de la gran risa consecuente, sino, casi de seguro, provendrían de ello para las Ciudades grandísimos perjuicios y desprestigios. [751c] Clinias: Pues, ¿cómo no? [751c] Ateniense: Pensemos, amigo, en que esto precisamente te está pasando al régimen político y Ciudad actual. Veo que, primero, los correctamente aspirantes a los poderes de las Autoridades han de haber dado, ellos y familia de cada uno, desde niños hasta la elección, pruebas de suficiencia; después, a su vez, los futuros electores han de haber sido criados y educados bien, ellos los primeros, en la práctica habitual de las leyes; y, reprendiendo o aprobando, ser capaces de juzgar correctamente y discriminar a los dignos de una u otra cosa. Mas, respecto de esto, los recién reunidos, e ignorantes unos de otros, pero aun no educados, ¿cómo podrían de manera irreprensible elegir las autoridades? [751d] Clinias: Casi casi no podrían. [751d] Ateniense: Pero, como se dice, «la pelea no admite excusa alguna»; y, por cierto, que esto es lo que ahora hemos tú y yo de hacer; tú, porque te comprometiste animosamente a fundar la Ciudad para la raza cretense, tú, diez en - total, y ahora, como dices; mas yo, a colaborar contigo guiándonos por la mitología que a nuestra disposición ahora tenemos. Por ser yo quien está hablando, no dejaría ciertamente acéfalo un mito, porque, traído sin ton ni son, parecería informe. [752a] Clinias: Optimamente dicho, Extranjero. [752a] Ateniense: No sólo dicho, sino que, además, lo haré así según mis fuerzas. [752a] Clinias: Pues bien: hagámoslo como lo decimos. [752a] Ateniense: Así será, si dios quiere, y si vencemos lo suficiente a la vejez. [752b] Ateniense: Pues es verosímil, en efecto. Pero sigámosle, y apercibámonos de esto: [752b] Clinias: ¿De qué? Corra todo peligro, será ahora fundada nuestra Ciudad. [752b] Clinias: ¿Mirando hacia qué y sobre todo hacia dónde has dicho lo de ahora? [752b] Ateniense: ¡Con qué ligereza e intrepidez legislamos para varones no puestos a prueba de cómo reciban las leyes establecidas! Pero, Clinias, esto precisamente está en caro casi para todos, y para el no gran sabio: que no aceptará, al principio fácilmente, ninguna. Mas sí, si aguardáramos tanto tiempo que los niños, habiendo gustado y alimentándose de leyes, y acostumbrados suficientemente a ellas, intervinieran con los demás en la elección de todas las autoridades de la Ciudad. Realizando, pues, lo que decimos, si de alguna manera y con alguna traza se hubiera realizado correctamente, creo yo que habría gran seguridad, y después del tiempo entonces disponible, de que quedara firme una Ciudad así guiada-por-talesniños. [752d] Clinias: Pues tiene esta su razón. [752d] Ateniense: Ahora bien: veamos, además de esto, si, de alguna manera, podríamos proporcionarnos un expediente suficiente para este caso. Digo, pues, Clinias, que los de Cnosos, a diferencia de los demás cretenses, no solamente han de guardar religiosamente los ritos respecto del País que ahora se está fundando, sino además cuidaros atentamente de que se instalen las autoridades primeras de la manera más segura y mejor posible, pues respecto de las demás el trabajo es menor. Pero lo más necesario es, para vosotros, elegir con toda [752e] Clinias: Para esto, ¿qué expediente y razón hallaremos? [752e] Ateniense: Este. Hijo de Creta, digo, es preciso que los cnosios, por su preeminencia sobre tantas ciudades vuestras, en común con los recién llegados elijan, para tal fundación, de entre ellos y los otros, treinta y siete en total, nueve y diez de los inmigrados; pero los demás, de Cnosos mismo. A éstos, los cnosios te los darán a tu Ciudad, y te harán a tí ciudadano de tal colonia y uno de los dieciocho, convenciéndoos o violentándoos con comedida fuerza. [753a] Clinias: Mas, ¿por qué, tú y Meguilo, extranjeros, no os hacéis miembros de nuestro régimen político? [753a] Ateniense: En mucho, Clinias, se tienen los atenienses; y en mucho también Esparta, y lejos están asentadas ambas; pero para ti todo esto está cuidadosamente arreglado, y para los otros fundadores lo mismo, al igual que lo ahora dicho sobre ti. Cómo, pues, se haría esto de la manera más equitativa según las presentes circunstancias nuestras, dese por dicho; mas, progresando el tiempo, y permaneciendo el régimen político, la elección será más o menos así: Que participen de la elección de autoridades todos los que lleven armas, a caballo o a pie, y que hayan tomado parte en la guerra en la medida, y según las fuerzas, de su edad. Que se haga la elección en el santuario que la Ciudad tenga por más venerando; que cada uno lleve a? altar del dios, escrito en una tableta, el nombre —con el del padre, tribu y barriada de donde viene— del representante; escribiendo al lado el propio nombre suyo y de Ín misma manera. Séase permitido a cualquiera elector en caso de parecerle no estar escrita correctamente alguna de las tabletas retirarla y depositarla en el ágora, durante no menos de treinta días. Mas, de entre las tabletas, las seleccionadas en primer lugar, hasta trescientas, que las autoridades las expongan a la revisión de la Ciudad entera; a su vez la Ciudad sacará de entre ellas la que cada elector quiera. A los cien primeros de los seleccionados por ellos en este segundo turno, que se los muestre a todos. En cuanto al tercer turno, de los cien saque el elector al que quiera elegir, pasando él a través de las víctimas. A los treinta y siete que hayan obtenido más votos, examinándolos, las autoridades los declaren elegidos. [753e] ¿Quiénes son, pues. Clinias y Meguilo, los que establecerán en nuestra Ciudad todo lo concerniente a cargos y pruebas? ¿No caemos en cuenta de que en las Ciudades sometidas así, por primera vez, al yugo, lo necesario, por una parte, es que haya alguno para ellos; mas que no los hay, antes de que se hayan creado todos los cargos de autoridad? Es, de una u otra manera preciso, el que los haya; y, en esto, no de baja calidad, sino eminentes, porque se dice en los proverbios que «el principio es la mitad de la obra»; y, por cierto, que todos y siempre alaban el comenzar bellamente; pero esto es, como me lo parece, más de la mitad; y, a lo que bellamente comenzó, nadie lo encomió suficientemente. [754a] Clinias: Correctísimamente dicho. pasemos de largo sin hablar de ello, y sin aclararnos a nosotros mismos la manera de realizarlo. Pues bien, yo no hallo para decir, respecto de lo presente, salida alguna, a excepción de una afirmación necesaria y a propósito. [754a] Clinias: — ¿Cuál, por cierto? [754a] Ateniense: Afirmo que, para esta Ciudad que nos aprestamos a fundar, no hay, por decirlo así, más padre ni madre que la misma Ciudad a fundar, sin desconocer el que muchas de las fundadas han tenido, frecuentemente, y tendrán, algunas diferencias con las fundadoras. Mas ahora, al presente, es como niña; y si alguna vez llega a tener alguna diferencia con sus engendradores, en su presente estado de desorientación educativa ama a sus progenitores, y es amada de ellos; y refúgiase constantemente en los familiares, y a ellos solos halla de necesarios aliados. Lo cual, digo, está próximo a pasarles a los de Cnosos por su solicitud hacía la nueva Ciudad; y a ésta, hacia Cnosos. [754c] Digo, pues, como decía ahora mismo —porque «lo bello, dicho dos veces, en nada daña»— que los cnosios han de poner común cuidado en esto: en seleccionar de entre los llegados para colonos, y, en lo posible, elegir a los más ancianos y mejores, no menos de cien varones. Y de entre los cnosios mismos, otros cien. Llegados a la nueva Ciudad, digo que han de cuidarse conjuntamente de que se instalen según las leyes las autoridades, e instaladas, que sean examinadas. Hecho esto, que los cnosios habiten en Cnosos; mas que la nueva Ciudad, ella misma, trate de salvarse y sea feliz. Mas los que forman parte de los treinta y siete queden elegidos ahora y para todo el tiempo posterior para esto: primero, para que sean guardianes de las leyes; después, de los documentos que cada uno somete a los magistrados describiendo el monto de su hacienda; exceptuando cuatro minas el contribuyente mayor; tres, el segundo; dos, el tercero; una, el cuarto. Mas si se descubriere que alguien posee algo además de lo declarado por escrito, todo ello pase a poder del Pueblo; y, además de esto, si se le sorprende despreciando por la ganancia las leyes, quede sometido a quien quiera seguirle un proceso no bello ni de renombre, sino feo. Que cualquiera, pues, acusándolo por escrito de codicioso, lo persiga en justo juicio ante los guardianes mismos de la ley. Si el acusado pierde, que no participe de la propiedad común; sino que, cuando en la Ciudad se haga un reparto, quede sin parte, aunque sí con su lote; quede inscrito cual “condenado”, mientras viva, donde quien lo quiera pueda leerlo. Que el guardián-de-Ley no mande más de veinte años; mas llegue al cargo con no menos de cincuenta años de nacido. [755a] Llegado a él de sesenta, que mande solamente diez, y así según la misma cuenta-y-razón. Si alguien vive más de setenta, que no piense va a ejercer tal cargo entre tal clase de autoridades. [755b] Queden, pues, con esto explicadas las tres ordenanzas concernientes a los guardianes de-las-leyes; mas, avanzando las leyes, cada uno de ellos ordenará a estos varones de qué hayan de cuidarse, además de lo ahora dicho. Ahora, por ser continuación, podríamos hablar de la elección de otros cargos. [755b] Porque, después de aquello, hay que elegir comandantes y. Cual asistentes suyos para guerra, comandantes de caballería y de tribu y ordenadores de las filas de la infantería tribal, a los que, sobre todo, convendría ese mismo nombre: el que la mayoría les da: el de “taxiarcas”. Que los guardianes mismos propongan, sacados de la Ciudad misma, comandantes para esas clases; mas, de entre los sacados, elijan a los comandantes todos los que hayan tomado parte en la guerra, por tener la edad; y los que vayan teniéndola para ella. Mas si alguno cree que alguno de los no propuestos es mejor que alguno de los propuestos, designe por su nombre a quien propone en su Jugar, y, jurándolo, haga su contraproposición en favor del otro; mas al que de los dos favorezca el mayor voto-de-mano seleccióneselo para la elección. Pero tres de los más favorecidos por tal voto sean comandantes y comisarios en cosas de guerra, sometidos a examen cual los guardianes-de-Ley. Los comandantes elegidos propongan para sí mismos doce taxiarcas, un taxiarca por cada tribu; las contraproposiciones háganse para los taxiarcas del mismo modo que para los comandantes, e igualmente el modo de votar y el examen. Mientras tanto, tal asamblea, anterior a la elección de pritanes y Consejo, convóquenla los guardianes-de-Ley para instarla en un lugar, el más sagrado y suficiente; aparte, la infantería armada; aparte, los de a caballo; en tercer lugar, y a continuación de éstos, todo lo restante del ejército; todos votarán-a-mano por comandantes e hiparcos; por los taxiarcas, los que llevan escudo; toda la caballería elija fylarcas para éstos; mas en cuanto a capitanes de sencillos arqueros o de otro de los cuerpos guerreros, que los comandantes los instalen de por sí. Nos restaría añn hablar de la instalación de hiparcas. Que a éstos los propongan los mismos que propusieron a los comandantes; mas, en cuanto a la elección y contraproposición de éstos hágase como se hizo la de los comandantes; mas por ellos vote-a-mano la caballería en presencia y a la vista de la infantería mas a los dos que favorezca tal voto mayor, que éstos sean comandantes de toda la caballería. Pero las impugnaciones de votos sean hasta dos; mas si, por tercera vez, alguien impugna algo, que lo decidan con votodefichas aquellos a quienes pertenecía en cada caso contar exactamente el voto-a-mano. [756b] Que el Consejo sea de treinta docenas, —trescientos sesena se presta a subdivisiones: unas cuatro secciones de a noventa en número cada una; que cada una de las clases censitarias aporte noventa Consejeros. Primero, de la clase de los contribuyentes mayores, que todos por obligación aporten su voto; o quien no obedezca sea multado con la consabida multa. Después de votados, que se consignen sus nombres; el día siguiente, que aporten su voto los de la segunda clase de contribuyentes según el mismo procedimiento del día anterior; en el tercero, de los de la tercera clase vote quien lo quiera; es forzoso lo hagan los de las tres primeras; mas la cuarta y última queda libre de castigo. En el cuarto día, que todos los de la cuarta y última clase de contribuyentes aporten su voto; mas quede libre de castigo quien de la cuarta o tercera clase no quiera aportarlo. Mas el de la segunda y primera clase que no lo aporte sea multado; el de la segunda, con el triple de la malta primera; mas el de la primera, con el cuádruple. En el quinto día, que las autoridades expongan los nombres consignados a la vista de todos los ciudadanos; que todo varón aporte una vez más su voto, o sea multado con la primera multa. Seleccionando ciento ochenta nombres de cada clase impositiva, quede reconocida la mitad, sacada a suerte, de ellos; sean éstos los Consejeros del año. [756e] De hacerse así la elección, tendríase un término medio entre régimen político, monárquico y democrático, respecto de - los cuales el régimen político ha de estar en el medio, porque no habría cómo esclavos y señores fueran amigos; ni en honras iguales públicas tenidos viles y honestos, porque lo igual resultaría desigual en desiguales, si no se da, por suerte, en la medida justa; porque por estas dos cosas los regímenes políticos rebosan en escisiones. Porque por ser verdadero el dicho antiguo de que «igualdad produce amistad», se lo trae aquí correctamente y a tono. Mas cuál sea la igualdad que produce eso, por no estar grandemente en claro nos perturba también grandemente, porque habiendo dos igualdades del mismo nombre por cierto, mas, en la práctica, casi siempre contrarias, a una de ellas toda Ciudad y todo legislador son capaces de introducirla en las cargas; es la igualdad en medida, peso y número, rectificándola mediante el sorteo en los repartos. Pero a la más verdadera y mejor igualdad no resulta fácil a todos el verla, porque pertenece al juicio de Júpiter, y los hombres se dan siempre por satisfechos con un poco de ella; mas todo cuanto de ella satisfaga a Ciudades y a particulares produce toda clase de bienes; Porque al mayor reparte más; al menor, cosas menores; dando lo co-medido a la naturaleza de cada uno de ellos; y hasta los honores, a los mayores en virtud les da siempre mayores; mas a los que se han de manera contraria en virtud y educación reparte lo adecuado a cada uno según cuenta-y-razón. Porque, en realidad, para nosotros, lo político es siempre eso mismo: lo Justo, de lo que hemos de estar siempre apetentes; y con la mirada fija, Clinias, en esa igualdad, hemos de fundar la ahora naciente Ciudad. Mas si alguien funda alguna vez una, es preciso que, considerando esto mismo, legisle; y no, mirando hacia unos pocos tiranos o hacia alguno, ni hacia una cierta democracia; sino siempre hacia lo Justo. Esto es lo que precisamente ahora se ha dicho: que a desiguales se les dé lo naturalmente igual. Cierto que toda Ciudad tiene a veces necesidad de servirse de estos contrasentidos si ha de evitar sediciones. en alguna parte de la comunidad, porque lo equitativo e indulgente - resultan, cuando se los practica, traumas de la perfecta exactitud, a costa de la recta justicia; por esto hay que servirse de la igualdad del sorteo a causa de la rebeldía de la mayoría, invocando entonces en nuestras oraciones a dios y a la buena suerte a fin de que dirijan el sorteo hacia lo más justo. Así que se han de emplear necesariamente ambas clases de igualdad, pero lo menos posible de una de ella: de la necesidad de Suerte. [758a] Así que, amigos, es necesario haga esto Ciudad que intente salvarse; y puesto que barco navegando en mar ha menester de vigilancia constante día y noche, también Ciudad, parecidamente, viajando en medio de la tempestad de las otras Ciudades y en peligro doméstico de ser arrebatada por toda clase de conspiraciones, es preciso que de día y hasta la noche y desde la noche al día las autoridades se releven en el mando; que los guardianes no cesen de recibir y entregar constantemente la guardia a otros guardianes. No es posible el que una multitud haga nada de esto de manera rigurosa. Por otra parte, es necesario permitir el que la mayoría de los Consejeros dediquen constantemente gran parte del tiempo a sus propios asuntos; los referentes a sus propias casas. Mas distribuyendo - la duodécima parte de ellos en los doce meses, uno en uno, que estén de guardianes disponibles para cualquiera, venga de donde viniese, o de la misma Ciudad, y si alguien quiere notificar algo o enterarse de lo que a una Ciudad conviene o responder algo a otras Ciudades, y, si ha preguntado a otras, recibir la respuesta; y aún más: respecto de las novelerías de toda clase que acostumbran a surgir siempre, ver de que, ante todo, no surjan: mas, si surgieran, que de lo surgido sane lo más presto posible la Ciudad. Por esto lo que en la Ciudad presida ha de ser señor de convocar y disolver asambleas, y de lo que pase dentro de las leyes y de lo que, de repente, le sobrevenga a la Ciudad. Pues bien: la duodécima parte del Consejo sería la encargada de arreglar todo esto, las once partes vacando durante el año. Mas, junto con las demás autoridades, es preciso que tales guardianes —parte del Consejo— guarden siempre lo de la Ciudad. [758d] Y dispuesto así lo de la Ciudad, estaría co-medidamente ordenado. Pero, respecto del resto del país, ¿qué cuidado, qué orden? Puesto que la Ciudad entera y todo el país han quedado divididos en doce partes, ¿no habrá de haber, designados, algunos superintendentes de los caminos de la ciudad, de las casas, edificaciones, puertos, ágora y fuentes, y aun recintos sagrados, santuarios y todo lo de tal calidad? [758e] Clinias: Pues, ¿cómo no? [759a] Ateniense: Digamos, pues, que es preciso haya en los santuarios sacristanes, sacerdotes y sacerdotisas. Mas para caminos, edificios, y ornatos propios de ellos, y para hombres —y demás animales— a fin de que no dañen, y para que, dentro del circuito mismo y barriadas de la Ciudad, pase lo conveniente a Ciudades, hanse de elegir tres eídoses de Autoridades: a las atinentes a lo ahora dicho llámeselas “astínomos”; a las atinentes al orden del ágora, “agoránomos”. Mas en cuanto a sacerdotes de santuarios, nada de tocar a los o a las que lo de “sacerdote” les viene por herencia. Mas si, cual es verosímil pase en esto en los recién fundados santuarios: pase el que no haya, o en ninguno o en algunos pocos, sacerdotes y sacerdotisas, hase de establecerlos para que sean santeros de los dioses. De todos estos cargos a instruir, unos han de serlo por elección; otros, por sorteo, mezclando, en favor de amistad mutua, pueblo y no pueblo, en cada una de las regiones y ciudad, de modo que resulte máxima concordia. En cuanto a lo de los sacerdotes, encomendar a dios resulte lo que le sea más agradable, dejando el sorteo a la buena de dios; mas examinar, siempre y primero, al favorecido de la suerte: si es íntegro y biennacido; después, lo más que sea posible, si es de casa pura, limpio de asesinato y de todo lo que, en este punto, ofende a lo divino, y si han vivido así él mismo, padre y madre. [759c] Pero se han de traer de Delfos las leyes sobre todo lo divino; y, según ellas, establecer intérpretes, y servirse de ellos. Que el sacerdocio sea por un año, y no más largo; pero que no tenga menos de sesenta años de nacido quien vaya a cumplir sanamente, según las leyes, lo pertinente a lo divino. Sea esto también de ley para las sacerdotisas. Mas las cuatro tribus escogerán, en tres veces, cuatro intérpretes, uno de cada una de ellas; a tres de ellos, sobre quienes haya recaído mayor número de votos-de-ficha, una vez examinados, enviarlos a Delfos a que el dios escoja de cada terna uno. Mas en cuanto al examen, la edad en tiempo sea cual la de los sacerdotes. Pero los intérpretes séanlo de por vida; mas, si alguno viene a faltar, el grupo de cuatro tribus de que falte elija otro en su lugar. En cuanto a los administradores de las cosas sagradas en cada uno de los templos, de los recintos, sus frutos y salarios, elíjanse de responsables, de entre los máximos contribuyentes, a tres para los máximos santuarios; mas dos, para los más pequeños; para los más modestos, uno. Su elección y examen, háganse cual se hicieron los de los comandantes. [760a] Que, en lo posible, nada esté sin guardia. Los guardias de Ciudad séanlo en favor de ella, bajo la vigilancia superior de comandantes, taxiarcas, hiparcas, filarcas y pritanes, y aun de astínomos y agoránomos, cuando, de entre los elegidos por nosotros, estén instalados algunos en número suficiente. Que el resto del país entero se lo guarda de esta manera: Todo nuestro país ha quedado dividido en doce partes, en lo posible, iguales. Una tribu, adscrita por lotería a su propia parte, proporcione al año cinco de agrónomos y guardianes jefes; a ellos les pertenezca, a cada uno, seleccionar, dentro de la tribu propia, doce de cinco años de ex jóvenes; no menos de veinticinco años de nacidos, pero no más de treinta. Sortéenseles las partes del país, cada parte a cada uno por un mes, a fin de que resulten todos experimentados y conocedores del país. Que la autoridad y la guardia sean de dos años para guardias y autoridades. Sea cual fuere la parte y lugares del país que les hayan caído en el primer sorteo, se trasladarán cada mes al lugar siguiente, conducidos por los guardianes-jefe hacia la derecha en círculo; lo de "hacía la derecha” es lo de “hacia aurora”. Transcurrido el año, en el año segundo, a fin de que la mayoría de los guardas resulten con experiencia del país, no solamente en cuanto a una estación del año, sino, además, de la región, aprendan, cuantos más de ellos mejor, lo que pasa en cada lugar en cada estación, los jefes de entonces recondúzcanlos hacia la izquierda, cambiando siempre de región, hasta que recorran y salgan el segundo año. En el tercero, que se elija a otros agrónomos y guardias-jefe, cinco, que se cuiden de los doce. Mas durante la estancia en cada lugar, que su solicitud verse sobre esto: primero, que la región esté bien cercada, cuanto más mejor, contra los enemigos, desmochando cuanto para ello haga falta, excavando y, en lo posible, refrenando con fortines a quienes pretendan, como fuere, perjudicar país y posesiones, empleando, para ello, yuntas y domésticos de cada lugar; que trabajen éstos - bajo su dirección, escogiendo lo más posible los ratos libres de sus trabajos caseros. Hacer todo intransitable a los enemigos; pero lo más transitable posible a los amigos, hombres, yuntas y ganados, cuidando de que los caminos estén, cada uno, lo más trillados posible; y, respecto de las aguas de Júpiter, cuiden de que no dañen la región, más bien la ayuden descendiendo desde las alturas a cuantas concavidades haya en los montes, frenando sus riadas con muros y canales, a fin de que las aguas, venidas de Júpiter, remansadas y absorbidas, haciendo arroyos y fuentes para los campos y lugares inferiores, transformen a los lugares más secos en abundantes en agua y bien regados. Y en cuanto a los manantiales, ríos y fuentes, adornados con plantíos y edificios resultarán más agradables; y reuniendo con acequias los arroyos todo se hará fértil, y con riegos en toda estación; si a su derredor hay bosques o recinto reservado, desviando hacia ellos las corrientes adornarán los santuarios de los dioses. Mas en todas estas partes han de arreglar gimnasios los jóvenes para sí mismos; y para los viejos instalen baños calientes, aprovisionándolos de abundante madera seca y añosa, que acojan agradablemente y sean para pacientes por enfermedades y para - cuerpos tronzados por las faenas de campo, alivio mucho mejor que receta de médico no gran sabio. [761d] Pues bien: todo esto, y otras cosas tales, resultarían de adorno y de provecho para esos lugares, y, a la vez, de diversión, en modo alguno, privada de gracia; pero lo serio en este punto sea esto: que los Sesenta guarde cada uno su propio lugar, no sólo contra los enemigos, sino contra los que se dicen “amigos”; mas respecto de los vecinos y de los demás ciudadanos, si uno perjudica a otro, sea esclavo o libre, harán justicia a quien se dice perjudicado los Cinco jefes mismos en asuntos pequeños; en los mayores, que juzguen los Diecisiete junto con los Doce en todo lo que hasta la cantidad de tres minas uno acuse a otro. Mas ni juez ni autoridad alguna ha de juzgar o gobernar sin rendir cuentas, a excepción de los que ponen su final a un asunto, —cual los reyes. Además: si esos mismos agrónomos abusan en algo contra los puestos a su cuidado, ordenando desiguales cargas y tratando de tomar y llevarse algo de los cultivos sin consentimiento de ellos, o si reciben algo de quienes lo dan para corromper, o reparten justicia injustamente, cediendo a las seducciones, carguen con la deshonra ante toda la Ciudad. Mas en cuanto a otras injusticias en que incurran contra los del lugar sométanse voluntariamente, ante los del poblado y vecinos, a pagar hasta una mina; mas si en los casos de injusticias mayores o menores no quieren comparecer, confiados en que, por cambiar cada mes de lugar, se escaparán, el perjudicado en esto acuda ante juzgados comunes; sí gana, que pague el doble el fugitivo que no quiso voluntariamente comparecer. [762b] Jefes y agrónomos vivirán durante los dos años de esta manera: primero, en cada lugar haya comensalías en las que la dieta será común a todos. Mas quien no acuda a ellas, aunque no sea sino por un día, o por una noche duerma fuera sin mandato de los jefes, o por alguna necesidad imprevista, si los Cinco se declaran contra él, y por desertor de la guardia inscriben su nombre en el ágora, quede deshonrado por haber, en cuanto está de parte, traicionado el régimen político; y sea castigado a golpes por quien lo encontrare y quiera castigarlo impunemente. Mas si alguno de los jefes mismos hace algo tal, los Sesenta tienen el deber de ocuparse de tal caso; pero quien, conociéndolo y enterado, no lo persiga, quede sometido a las mismas leyes, y sea castigado más gravemente que los jóvenes; quede descalificado para todo cargo de autoridad sobre los jóvenes. Sean los guardianes-de-Ley rigurosos vigilantes de esto para que, en principio, no suceda o, sí sucediere, lleve el castigo condigno. Todo varón convénzase de que, respecto de todos los hombres, quien no haya servido, no resultaría tampoco señor digno de alabanza; y de que ha de gloriarse de haber servido bellamente más bien que de haber mandado bellamente;, ante todo, a las leyes, que en esto consiste el servicio a los dioses; después, y siempre, los jóvenes, a los de mayor edad y que hayan vivido honradamente. Después de esto: quien haya llegado a ser uno de los agrónomos ha de haber, durante los dos años, probado de la sobria y fría dieta. Una vez seleccionados los Doce, reuniéndose con los Cinco, determinen que, de sirvientes, no tendrán otros sirvientes y esclavos que a sí mismos; ni de los otros: agricultores y aldeanos, no emplearán, para su uso privado, los ayudantes de ellos, sino tan sólo para cuanto sea de servicio público. En cuanto a lo demás convénzanse ellos mismos de que habrán de vivir sirviendo, y sirviéndose a sí mismos. Además de esto, escudriñarán toda la región, verano e invierno, armados, para guardar y llegar a conocer todos los lugares y siempre. Porque pareciera ser en nada menor a ningún otro este aprendizaje de llegar todos a conocer exactamente el propio país, para esta finalidad el efebo ha de ocuparse en la caza con jauría y en las demás no menos que lo hiciera por el placer y provecho que, a la vez, reporten todos de eso. Que a éstos, a ellos y a su ocupación, llame alguien “policía secreta” o “agrónomo” o lo que a uno le plazca, llamándolo así, ocúpese en ello de buena gana y en la medida de sus fuerzas todo varón que se proponga salvar eficazmente a su Ciudad. [763c] Lo siguiente a esto es, según nosotros, la elección de autoridades: de agrónomos y astínomos. A los Sesenta agrónomos corresponden Tres astínomos, quienes distribuirán en tres partes las doce de la Ciudad; imitando a los agrónomos, ocúpense de las calles de las de la villa, y de que las que, desde el país, traen a la gente a la Ciudad, estén siempre en orden, y de los edificios, a fin de que todos se hagan según las leyes; además, de las aguas que los guardianes les envían y entregan bien cuidadas, de modo que, llegando suficientes y puras a las fuentes, adornen a la vez que aprovechen a la Ciudad. Es preciso que sean capaces, y tengan tiempo libre para ocuparse de los asuntos comunes. por lo cual todo varón podrá proponer para astínomo a cualquiera de los mayores contribuyentes; seleccionados por voto-a-mano, y llegados al número de seis los de más votos, aquellos a cuyo cuidado esté esto escojan, por sorteo, a tres; examinados, que gobiernen según las leyes establecidas para ellos. [763e] A continuación de éstos, que se elija a los agrónomos, cinco, de entre los contribuyentes de segunda y primera; en cuanto a lo restante, que la elección de ellos se haga cual la de los astínomos: de los seleccionados por voto-a-mano sáquense cinco a suerte y, examinados, decláreselos gobernadores. Todos voten-a-mano en todo. Pero a quien no quiera, una vez denunciado a las autoridades, múlteselo con cincuenta dracmas, además de la mala fama. Pero vaya a asamblea y reuniones comunes quien lo quiera, mas sea forzoso al contribuyente de segunda y primera clase, multando con diez dracmas a quien se pruebe no haber estado presente en las reuniones. Pero a la tercera y cuarta clase no le sea forzoso, sino déjeselo ir horro de multa, a no ser que las autoridades convoquen a reunión por alguna necesidad. Que los agoránomos mantengan el orden establecido para el ágora por las leyes, y se cuiden especialmente de los santuarios y fuentes que haya en el ágora, de modo que nadie estropee nada; mas castiguen al malhechor, con golpes y cadena al esclavo y al extranjero; mas si un coterráneo se desmanda en esto, ellos son dueños de condenarlo justamente hasta con cien dracmas en moneda; mas hasta el doble de esto, juzguen y castiguen al culpable en común con los astínomos. Estas mismas multas y castigos queden también a juicio de los astínomos dentro de su gobernaduría, castigando ellos hasta con una mina; hasta con el doble, con los agoránomos. [764c] Después de esto sería conveniente el que establecieran lo de música y gimnástica las autoridades; dobles, para las dos: un par de ellas, para la educación; otro, para concursos de lucha. En cuanto a educación la ley sobre gimnasios y escuelas quiere hablar de encargados del orden y educación; a la vez que del cuidado de esto: de las asistencias y residencias de jóvenes varones y hembras. En cuanto a competencias, la ley tratará de quiénes, en concursos de gimnástica y de música darán los premios a atletas. Son ellos de dos clases: unos, para la música; otros, para concursos de lucha. Sean los mismos para concursos de hombres y de caballos; mas, para música, sean diversos; unos, sería conveniente dieran los premios para monodía y artes imitativas —cual las de rapsodas, citaristas, flautistas y todo lo parecido; otros, diferentes, para canto coral. Primero, para ese juego de coros de niños, jóvenes —varones y hembras— en danzas y en todo lo organizado con música, hay que elegir autoridades. Mas para ello basta con una autoridad, de no menos de cuarenta años de edad. Una también para monodía, no menor de treinta años de edad, para admitir y dar competente veredicto sobre los concursantes. Al director e instructor de coros hay que elegirlo de una manera cual ésta: cuantos hayan sido aficionados a esto acudan a la convocatoria; múlteselos, si no van, —de esto son jueces los guardianes-de-Ley; a los demás, si no quieren, nada de forzarlos. Para la proposición, hay que sacar de entre los expertos al elegido y en el examen no haya más que una cosa; admisión, exclusión; ésta, que recaiga en el inexperto; aquélla, en el experto. Mas uno, el favorecido por el voto-a-mano, examinado, mande, según ley, en los coros del año. De la misma manera y modo y por lo . mismo, el favorecido por la suerte mande sobre los que, para tal año, se hayan presentado a juicio de monodías y coro de flautas, si es que el favorecido por la suerte deja la decisión a los jueces. Después de esto es preciso elegir a los jueces para premios de lucha en ejercicios de caballos y de hombres, de la tercera y segunda clase de contribuyentes; mas, para la elección es forzoso acudan de las tres clases; a la ínfima déjesela ir libre de multa. Sean tres los favorecidos por la suerte, de entre los veinte admitidos por voto a mano; mas a los tres favorecidos por la suerte de entre los veinte, que el voto-a-ficha de los examinadores los apruebe. Pero si alguno es reprobado en un sorteo y juicio, por la causa que fuere, elíjase a otros según la misma norma y hágase el examen de ellos de manera igual. [765d] Falta un mandatario para lo anteriormente dicho: el encargado de la educación integra de hembras y varones. Sea único quien mande sobre ellos según las leyes, de edad, no menos de cincuenta años, padre de hijos legítimos, —más que todo de hijos-e-hijas; mas si no, de uno de los dos. Estén el elegido mismo y el elector convencidos de que a este cargo de autoridad es, con mucho, el mayor de los más altos cargos en la Ciudad, porque, en todo viviente, si el brote primero arranca bellamente, es él el decisivo para dar excelencia a la naturaleza propia; es lo adecuado para llevar a perfección tanto la de plantas como la de animales mansos y salvajes, y la de hombres. El hombre, decimos, es manso. No obstante, si tiene la suerte de caerle educación recta y natural propicio suele resultar el más divino y manso de los animales; mas criado, o no suficientemente o no bellamente, resulta el más salvaje de cuantos cría la tierra. Por lo cual no ha de dejar el legislador que se trate cual algo secundario o accesorio la crianza de los niños; pero, primero, hay que comenzar por elegir bellamente a quien de ellos se vaya a cuidar: que sea de los de la Ciudad el mejor en todo; y a éste precisamente, sobre todo, y en lo posible, instalándolo ponerlo de cuidador y presidente de ellos. Así que todas las autoridades, a excepción de Consejo y pritanos, vayan al templo de Apolo, depositen en secreto su voto a favor del guardián-de-Ley a quien, cada uno, juzgue gobernará mejor lo referente a educación. Aquel sobre quien recaiga la mayoría de los votos, examinado por las demás autoridades electoras, a excepción de los guardianes-de-Ley, gobierne cinco años; mas en el sexto que se elija para tal gobierno a otro, según el mismo procedimiento. [766c] Mas si alguien, gobernando cargo público muriera faltando más de treinta días para salir del cargo, quienes tienen propiamente tal deber instalen a otro para tal cargo, y de la misma manera. Y si tutor de huérfanos falleciere, los parientes, y coterráneos, de parte de padre y madre hasta los hijos de los primos hermanos, instalen a otro dentro de diez días; o pague cada uno dracma por día, hasta que instalen tutor a los niños. [766d] Por cierto que Ciudad dejaría de ser Ciudad si los tribunales no se constituyeran según lo debido. Mas, a su vez, juez áfono y que hable en las instrucciones no mucho más que los encausantes, cual sucede en los arbitrajes, no resultaría capacitado para decidir en justicia. Por lo cual no es fácil el que muchos, por ser muchos, juzguen bien; ni el que pocos, si son mediocres. Hay que hacer siempre claridad en lo que ambas partes discuten; mas tiempo y lentitud y repetir muchas veces el juicio colaboran en aclarar lo discutido. Por lo cual, primero, han de acudir los litigantes a sus respectivos vecinos, y a los amigos y mejores conocedores de las acciones en litigio; pero si, en estos casos, no se llega a sentencia aceptable, acúdase a otro tribunal. Pero si los dos tribunales no pueden decidirlo, que el tercero ponga fin al juicio. [767a] En cierta manera, aun las instalaciones de tribunales son elecciones de gobernantes, porque, necesariamente, todo gobernante es juez en algunos casos; mas juez, que no esté gobernado o que gobierne de alguna manera, no demasiado floja, resulta gobernante precisamente en el día en que, juzgando, dé por fin, sentencia justa. Admitiendo, pues, que también los jueces sean gobernantes, digamos quiénes serían los convenientes, de qué causas jueces y cuántos para cada una. Sea el tribunal más competente aquel que las partes, cada parte, lo han declarado tal, eligiéndolo en común. Mas para lo restante, dos criterios: uno para cuando un particular acusa a otro particular de que le perjudica, y llevándolo a juicio quiere que se lo juzgue; otro para cuando uno cree que alguno de los ciudadanos está perjudicando a lo del Pueblo, y quiere ayudar a lo comunal. Pero hase de decir cuáles y quiénes son los jueces. Primero, haya, entre nosotros, un tribunal común a todos los particulares que, en tercera instancia, discuten entre sí, constituido más o menos así: Todas las autoridades que gobiernan por año y las que por tiempo mayor, cuando, después del solsticio de verano, va en el mes siguiente a comenzar año nuevo, en el día anterior a tal día han de concurrir todas ellas a un templo; y, jurando por dios, cual si se fuera a inaugurar toda autoridad, elegir un juez: al que en cada cargo parezca ser el mejor, y el que dé muestras calle que juzgará mejor y más píamente los pleitos de sus ciudadanos durante el año inmediato. Elegidos éstos, han de pasar examen ante los electores mismos; pero, si alguno falla en el examen, elíjase a otro, y de igual manera, en su lugar; mas que los aprobados juzguen a quienes huyen de otros tribunales; pero su voto háganlo público. Que haya testigos de oído y de vista para tales juicios; por obligación los son los Consejeros y otras autoridades que los han elegido; de los demás, quien quiera. Si alguien acusa a algún juez de, voluntariamente, dar sentencia injusta, acuda a los guardianesde-Ley, y acúselo; mas el condenado en tal juicio, que pague al perjudicado la mitad del perjuicio; pero si pareciere merecer multa mayor, que los jueces del caso estimen qué pena, además de ésta, ha de sufrir, o que resarza a lo comunal y al demandante de justicia. Mas en casos de acusaciones públicas, es necesario, ante todo, dar al Pueblo participación en el juicio, porque todos son los perjudicados cuando alguien perjudica a la Ciudad, y llevarían a mal en el juicio el que no tuvieran parte en tales decisiones. Mas la iniciación de tal juicio y su final han de entregarse al Pueblo; pero las pruebas, a los tres magistrados superiores que ambos, acusado y acusador, acepten. Mas si no pudieran ellos mismos llegar a común acuerdo, que el Consejo juzgue y decida sobre la elección hecha por cada uno de ellos. Mas también en juicios de particulares es preciso que, en lo posible, todos tomen parte, porque quien no participa e esa facultad de ser conjuez, no se cree en modo alguno ser partícipe de la Ciudad. Por esto, pues, es necesario el que, aun en las tribus, haya tribunales y jueces por sorteo que juzguen de improviso, e incorruptibles a las súplicas. Empero, Ia sentencia final de todos estos casos pertenece a aquel tribunal que, dijimos, siendo el más incorruptible que le sea posible al poder humano, esté a disposición de los que no puedan ni ante los vecinos ni ante los tribunales propios de la tribu llegar a una solución. [768c] Ahora bien: acerca de nuestros tribunales —respecto de los cuales, decimos, no se ha explicado sin ambigüedad, y no es fácil de decir, si son o no autoridades—, acerca de ellos, algo así como un cierto círculo externo ha circunscrito algo de lo dicho, mas dejado fuera bastante, porque al final de una legislación, tal vez resulten, con mucho, más correctas tanto la rigurosa imposición de sentencias y leyes como su distinción. Díganles, pues, que nos aguarden al final. Las instalaciones referentes a las demás autoridades han recibido ya legislación casi casi plenaria; mas lo referente al Todo y a exactitud de una por una y todas las disposiciones propias para Ciudad y todo régimen político no pueden quedar en claro antes de que el recorrido que va desde el principio, por todas las partes —segunda e intermedias-— habiendo recibido las suyas, llegue a su final. Ahora bien: hecha ya, al presente, la elección de autoridades, este final sería suficiente para lo anterior, sin que el principio de imposición de leyes admita ya nada de dilaciones y reservas. [768e] Clinias: Lo anteriormente dicho, Extranjero, está del todo puesto en razón; mas juntar ahora con el final de lo dicho lo que se va a decir resulta más agradable aún esto que aquello. [769a] Ateniense: Bellamente, pues, habríamos jugado hasta ahora este sensato juego de ancianos. [769a] Clinias: Parece declaras bello el esfuerzo de estos varones. [769a] Ateniense: Verosímilmente. Mas repensemos esto por si te parece a ti lo que a mí. [769a] Clinias: — ¿Qué, por cierto, y acerca de quiénes? [769a] Ateniense: Sabes que, caso el de los pintores, el trabajo sobre cada pintura parece no tener final, —en eso de colorear, descolorear, o llámeselo como lo llamen los aprendices de pintores; no parece acabarse jamás el retoque tanto que ya no admita realce en cuanto a hacer más bello y más luminoso lo pintado. [769b] Clinias: Oyéndote, casi casi yo mismo comprendo lo que dices, que, por cierto, no he llegado a ser en modo alguno entendido en tal arte. [769b] Ateniense: En nada saliste perjudicado. Empleemos, por cierto, del razonamiento que ahora en este punto la suerte nos deparó esto precisamente: si a alguien le viniera el pensamiento de pintar una figura lo más bella posible, y esto de manera que, pasando sin cesar el tiempo, no se deteriorara sino mejorara, ¿crees que, por ser él mortal —si no dejara tras sí sucesor que la reparara, en caso de que con el tiempo se estropeara algo, y que fuera capaz de acrecentar para el futuro en perfección lo que quedó deficiente por la debilidad de aquél en su arte—, tan grande trabajo suyo durará breve tiempo? [769b] Clinias: Es verdad. [769b] Ateniense: Pues, ¿qué?, ¿no opinas que tal es también la voluntad del legislador? Primero, redactar las leyes con la exactitud posible, y suficiente; después, pasando el tiempo y sometido a la prueba real de las opiniones futuras, ¿crees que haya habido legislador tan insensato que ignore ser necesario dejar muchísimas cosas que alguno de los sucesores deberá rectificar a fin de que el régimen político no empeore, sino mejore, y el orden se acreciente siempre en la Ciudad por él fundada? [769e] Clinias: Es verosímil —pues, ¿cómo no?— el que todo legislador quiera eso. [769e] Ateniense: Pues bien: si alguno tuviera alguna traza para esto, ¿enseñaría, de palabra y obra, a otro mejor o no tan bueno, a parar mientes en esto: de qué manera, es preciso conservar y corregir las leyes? ¿No cesaría de decir esto antes de llegar al final? [770a] Clinias: — Pues si no, ¿cómo? [770a] Ateniense: luego, al presente, esto precisamente es lo que hemos de hacer yo y vosotros. [770a] Clinias: ¿De qué estás hablando? [770a] Ateniense: Ya que nos metemos a legislar, que hemos tratado de los guardianes-de-Ley, y que, por otra parte, estamos en el ocaso de la vida, mientras que ellos son, respecto de nosotros, jóvenes, hemos nosotros de legislar y, a la vez, intentar hacer de ellos mismos, en lo posible, legisladores¹ [770b] Clinias: — Como que sí; si somos nosotros lo suficientemente capaces. [770b] Ateniense: Pues intentémoslo y esforcémonos. [770b] Ateniense: Digámosles, pues: Amigos, salvadores de las leyes, respecto de cada materia sobre la que impusimos leyes dejaremos nosotros muchísimos defectos, —por necesidad; mas no, en cosas no pequeñas; y al conjunto no lo dejaremos, en lo posible, incompletamente delineado, cual si fuese un esbozo. Mas habréis vosotros de rellenar lo delineado. ¿Mirando a qué lo haréis?, es preciso lo oigáis. Por cierto que Meguilo, yo y Clinias nos lo hemos dicho no pocas veces: y convinimos en que lo habíamos dicho bellamente. Mas nosotros queremos que vosotros seáis, a la vez, coaprobadores y discípulos nuestros, mirando hacia lo que, según convinimos nosotros, deben mirar guardián-de-ley y legislador. Mas el acuerdo común tenía una cosa por capital: que de cualquier manera que un varón llegue a ser bueno —o por poseer la virtud de alma propia de hombre, o por alguna ocupación o por alguna costumbre o posesión cualquiera o deseo u opinión o cualquier aprendizaje, sea la naturaleza de los convivientes la de varón o hembra, sean jóvenes a viejos— de esa manera ha de estar, durante toda la vida, tendiendo esforzadamente hacia lo mismo de que hablamos; mas no se verá que nadie prefiera en estimación nada de lo que, en relación a aquello, resulte impedimento, así sea, en último caso, la Ciudad, si pareciere evidente y necesario destruirla antes que, sometida al yugo de la esclavitud, aceptar esté gobernada por malvados; o abandonar, exiliándose, la Ciudad. Que cosas tales hay que soportar y padecer a cambio de un régimen político que, por su naturaleza, empeore a los hombres. En esto, anteriormente, nos convinimos. Y, ahora, vosotros, mirando hacia ese doble fin, alabad, y reprobad cuantas no sean aptas para él; pero a las aptas, abrazadlas y, aceptándolas de buena gana, vivid según ellas. Pero a las demás ocupaciones que tiendan hacia otros bienes de los así llamados hay que decirles públicamente: «¡Pasadla bien!». [771a] De las leyes que a continuación de esto vienen, séanos éste el principio: el que principia por lo sagrado. Pues bien: retomemos, primero, aquel nuestro número de Cinco mil cuarenta, a cuántas divisiones cómodas se prestó, y presta, tanto el número total como el de cada tribu que pusimos era la duodécima parte del total, correctísimamente nacido de veintiuno por veinte. El número total tiene, ciertamente, doce por divisor; pero por doce también, el de la tribu. A cada lote hay que tenerlo por sagrado, por don de dios, acompañante de los Meses y de la circunvolución del Todo. Por lo cual también toda Ciudad sigue a lo que le es connatural santificando tales divisiones, aunque otros hayan tal vez hecho la división más correctamente y la hayan de más feliz manera divinizado. Mas nosotros decimos ahora que hemos elegido correctísimamente el número Cinco mil cuarenta que contiene todas las divisiones hasta el doce, partiendo del uno, —excepción: el once; y ésta tiene un remedio mínimo, porque queda curada, sacando dos hogares, uno de cada parte, —que esto sea verdad, lo demostraría, sobradamente, un no largo mito. Confiándonos, pues, ahora precisamente, a la leyenda presente y al razonamiento, restemos la excepción, y atribuyendo a cada parte un dios o un hijo de dioses, y dándoles altares y lo a éstos pertinente, hagamos con ocasión de sacrificios reuniones en ellos, dos por mes; doce, para la sección tribal; doce, para división misma de la Ciudad; primero, en gracia de los dioses y de su corte; después, para familiaridad y conocimiento entre nosotros mismos, como diríamos, y de toda clase de trato. Porque para esa comunidad y coyunda del matrimonio es necesario eliminar la ignorancia entre la familia de que uno proviene y qué y a quiénes se entrega, haciendo gran caso de no dar, sobre todo, y en modo alguno, y en lo posible, paso en falso en este asunto. Por la seriedad del asunto - es preciso que se hagan juegos de donceles y doncellas, bailando unos con otras, mirando a la vez y siendo mirados —con cuenta-y-razón y en esa edad que ofrece discretas excusas— a desnudos y desnudas hasta el límite de sensato pudor de cada edad. Mas cuidadores de todo esto y organizadores séanlo los directores de coros y los legisladores, junto con los guardianes-de-ley, ordenando cuanto hayamos omitido. Mas es inevitable, lo dijimos, que, acerca de todo esto, el legislador se descuide en muchas pequeñeces; mas siempre los expertos en ellas, año tras año, aprendiendo por el uso, que las arreglen y, corrigiéndolas, las cambien cada año, hasta que parezca haberse llegado a definición suficiente de tales regulaciones y asuntos. Pues bien: un tiempo discreto y a la vez suficiente para tal experiencia sería el de un decenio de sacrificios y danzas, ordenado todo, en total y detalles, en común con el legislador, durante su vida; mas al final de ella, que cada autoridad, indicando lo deficiente a los guardianes-de-Ley, lo corrija por propia autoridad, hasta que parezca haber cada caso llegado ese final que es realizarlo bellamente. Mas, entonces, imponiéndolo como inmutable, emplearlo junto con las demás leyes que desde el principio ordenó, al imponérselas, el legislador. Nada de mudar, voluntariamente, jamás, nada de esto; mas, si pareciere necesario alguna vez retocar algo, hay que aconsejarse de todas las autoridades, del pueblo entero, y acudir a todos los oráculos de dioses; si todos concuerdan, entonces, cambiar; mas, en otro caso, nunca y de ninguna manera, sino que, según ley, el opositor gane siempre. [772d] Cuando, pues, alguien, con veinticinco años de nacido, observando, alguna vez, y observado por otros, crea haber razonablemente encontrado a alguien adecuado para comunidad y engendramiento de hijos, cásese, él y cualquiera, dentro de los treinta y cinco años; pero primero escuche cómo ha de buscar lo adecuado y lo armonioso; porque, como dice Clinias, hay que anteponer a cada ley el proemio propio para cada una. [772e] Clinias: Bellisimamente, Extranjero, lo recordaste, y echaste mano oportunamente del razonamiento y, a mi parecer, grandemente a propósito. [772e] Ateniense: Bien dicho: “Hijo”, digamos a punto, “nacido de buenos padres, de casarse hay que casarse con casamiento honorable ante los sensatos quienes te recomendarían no huir del casamiento con pobres, ni perseguir, preferentemente, el de con ricos; sino, en igualdad de lo demás, estimar siempre en más el convivir con el interiormente dotado. Porque esto, de esta manera, resultaría ventajoso para la Ciudad y para los hogares a construir, porque lo igual y co-medido vale para la virtud miles y miles de veces más que lo inmezclado. Además: hay que empeñarse en ser yerno de padres discretos, cuando uno esté consciente, él mismo, de ser más impetuoso y, a la vez, arrebatado más velozmente de lo debido en todas las acciones. Mas el de natural contrario ha de preocuparse de lo contrario. Y, en general, sea el mito del casamiento uno solo: que se contraiga el casamiento más conveniente a la Ciudad; pero no, el más agradable para sí mismo. Mas, a su manera, y naturalmente, todos van siempre hacia lo más semejante consigo mismos, de donde proviene el que la Ciudad íntegra resulte desigual en cuanto a bienes y comportamientos de caracteres. Por lo cual nos pasa a nosotros lo que no queremos; y muchísimo más les pasa a la mayoría de las Ciudades. Ahora bien: ordenar con palabras de ley estas cosas: que no se case rico con rico, ni gran potentado con otro tal; mas a precipitados de carácter forzarlos a entrar en comunidad conyugal con más lentos, y a más lentos con más precipitados, aparte de ser ridículo excitaría la cólera en muchos, porque no es fácil de entender el que una Ciudad haya de estar mezclada cual copa en que vino, mientras vertido, hierve furiosamente; mas, corregido por otro dios sobrio, adquiere bella asociación y produce buena y comedida bebida. Pues que esto pase en la procreación de hijos es capaz, por decirlo así, de verlo cualquiera; en gracia a esto es necesario dejar tales cosas fuera de la ley, intentando, cual por encantamientos, persuadir de que cada uno haga más caso de igualar entre sí a los hijos que, en los casamientos, de esa igualdad en riquezas, que es insaciable. Y, por vituperios, arredrar a quien en los casamientos tome en serio lo de riquezas; mas no imponerlo a la fuerza por ley escrita”. [773e] Pues bien: sobre casamientos, quede esto dicho en forma de exhortación; y también lo explicado anteriormente a esto: que se ha de captar lo eterno, dejando tras sí hijos de hijos, para, en nuestro lugar, entregarlos a dios cual servidores. Todo esto, pues, y aún más, podría decirse acerca de casamientos, comenzando correctamente por el proemio de hay que casarse. Pero si alguien no obedece voluntariamente, mas se mantiene extraño e insociable en la Ciudad, y, sin casarse, llega a los treinta y cinco años, múlteselo cada año: al de la clase superior de contribuyentes, con cien dracmas; pero al de cuarta, con treinta. Sea este tesoro consagrado a Vesta. Pero quien no pague lo de cada año, quedará debiendo el décuplo; el administrador de la diosa, que lo cobre; si no lo recobra, que lo quede a deber él, y que en las rendiciones de cuentas dé cada uno cuenta-y-razón de ello. En cuanto, pues, a dineros, sea así multado quien no quiera casarse; quede sin honra alguna de parte de los más jóvenes, y que ninguno de los jóvenes le obedezca voluntariamente en nada; si se mete él a castigar a alguien, ayude cualquiera, y defienda, al maltratado; mas quien, presente, no - ayude, sea declarado por la ley ciudadano cobarde y, a la vez, malo. [774b] Acerca de la dote se habló ya anteriormente; mas dígaselo una vez más: que, según equidad, los pobres no van, por carencia de recursos, a envejecer sin haber tomado esposa o dado esposo a una hija, porque de lo necesario hay para todos en tal Ciudad; habría así, por causa del dinero, menos ocasión de insolencia en las mujeres, y, en los maridos, menor, de servidumbre baja y deshonrosa. Y, ciertamente, el obediente hará en esto una obra de las bellas; mas el desobediente —quien dé o reciba, por razón de vestimenta, valor superior a cincuenta dracmas, o a una mina, o a mina y media o a dos—- si es contribuyente de primera clase quedará a deber otro tanto al tesoro público; mas lo dado o recibido sea tesoro sagrado de Vesta y Júpiter, a cobrar por los administradores de estos dos dioses, según se dijo, respecto de los no casados; que los administradores de Vesta lo recobren caso por caso, so pena de pagar la multa cada uno de ellos de lo suyo. [774e] La garantía principal es la del padre; la segunda, la del abuelo; la tercera, la de los hermanos de padre; pero si ninguna de ésas existe, sigue como principal, y de igual manera, lo de parte de la madre. Pero, en el caso de una mala y rara suerte, los más próximos parientes son, junto con los tutores, los principales garantes. [774e] Mas respecto de ritos prenupciales y de cualquier otra ceremonia sagrada que hayan oportunamente de llevarse a cabo o en futuro o en presente o pasadas las nupcias, es preciso interrogar a los exégetas y, obedeciéndolos, darse cada uno por satisfecho en todo. [775a] Mas, respecto de banquetes, no hay que invitar más de cinco amigos o amigas por ambas partes y, parecidamente, otros tantos de parientes y familiares por ambas partes. Mas no hacer nadie un gasto mayor que sus recursos; el mayor de ellos, una mina; el siguiente, la mitad de ella y así a continuación, según descienda cada uno en su clase de contribuyente. Y al obediente a esta ley han de alabarlo todos; mas al desobediente castíguenlo los guardianes-de-la-Ley cual a varón de mal gusto y mal educado en las leyes referentes a las Musas nupciales. Beber hasta emborracharse no es conveniente en ningún caso, fuera de las fiestas del dios dador del vino; ni es seguro, sobre todo para quien tome en serio las nupcias, en las que es conveniente sobre todo el que novia y novio estén en sus cabales, por cambiar con no pequeño cambio su vida, y a la vez para que lo engendrado lo sea siempre, y cuanto más mejor, por gentes en sus cabales, porque es ignoto qué noche o luz será, con dios, engendrado. Y además: la procreación no ha de hacerse por cuerpos disueltos por borrachera; que, más bien, el embrión se forme en regla: bien compacto y no liso y tranquilo en la matriz. Mas el vinolento agítase y agita de mil maneras, furioso de cuerpo y alma; desviado y malo para inseminar está el borracho, de modo que tal vez, es lo probable, engendre anormalidades, nada de seguro y nada de recto carácter ni de cuerpo. Por lo cual durante la vida, y más aún durante todo ese año, y sobre todo al tiempo que engendrar, hay que tomar precauciones y no hacer, voluntariamente, nada de malsano ni nada de infectado de insolencia e injusticias, porque, penetrando, se imprime esto necesariamente en las almas y cuerpos de los engendrados y pare de todo lo peor. Mas, especialmente, ese día y noche hay que abstenerse de tales cosas, porque Principio-y-Dios al establecerse entre los hombres, salva todo, si obtiene de cada uno de los que de él se sirven la honra que le es debida. [776a] Es preciso, por otra parte, que el novio tenga a una de las casas de las de su lote, cual lugar de engendramiento y crianza de los pequeños; y, separándose de padre y madre, hacer allí las nupcias, la habitación y la crianza suya y de los hijos. Porque si en las amistades hay algo de atractivo, esto apega y vincula todos los caracteres; mas convivencia saciada y que, por el tiempo, ya no posee atractivos, produce, por tales exageraciones de hartazgo, separación mutua. En gracia a esto hay que dejar, marchándose, a madre, padre y familiares de la mujer en sus casas, cual si ellos se marcharan a habitar en colonia, visitándolos y siendo visitados; engendrando y criando hijos, transmitiendo, cual antorcha, la vida unos a otros, sirviendo siempre a los dioses según las leyes. [776b] Después de esto, lo de los bienes: ¿poseyendo cuáles poseería más armoniosa riqueza? No es difícil ni concebir ni poseer la mayor parte; mas es grandemente difícil, respecto de los de los familiares. La causa es que sobre ellos hablamos incorrectamente de una manera, correctamente, de otra, porque, acerca de los esclavos, obramos y hablamos unas veces en contra del uso; otras, a favor del uso. [776c] Megilo: Pero, ¿en qué sentido lo decimos?, porque Extranjero, no comprendemos lo que estás explicando. [776c] Ateniense: Y es grandemente verosímil, Meguilo; porque casi casi en toda la Grecia, los hilotes de Esparta son caso de máximo desconcierto y discusión; para unos está bien hecho; para otros, no; menor discusión habría respecto de la esclavitud en Heraclea, reducidos a ella los Mariandinos; y en Tesalia, la raza peneste. Con la mirada puesta en todo esto, ¿qué hemos de hacer respecto de la posesión de sirvientes? Por cierto que lo que, a lo largo del razonamiento, me hallé diciendo, y tú, a propósito, me preguntaste qué quería decir, es precisamente esto: Sabemos todos, diríamos, que es preciso poseer, en lo posible, esclavos los más afables y mejores, porque muchos esclavos han ya resultado, en cuanto a toda clase de virtud, mejores que hermanos y que algunos de los hijos, salvando a sus dueños, posesiones y todas sus haciendas. Que todo esto, lo sabemos, se dice de algunos esclavos. [776e] Megilo: Como que sí. [776e] Ateniense: Pues también, lo contrario: ¿que nada hay de sano en alma de esclavo, y que no ha confiar jamás en nada en tal ralea quien tenga juicio? El más sabio de nuestros poetas llegó hasta declarar, hablando por Júpiter. [777a] Júpiter el de la gran voz, quita la mitad del entendimiento de los varones a quienes agarre el día fatal de la esclavitud. Pues bien: revolviendo cada uno esto en su mente, unos no se fían en nada de ralea de sirvientes; mas, según lo natural para con fieras, con aguijones y látigos, no solamente tres, sino muchas veces, hacen esclavas a las almas de los sirvientes. Pero otros, hacen todo lo contrario de esto. [777a] Megilo: Como que sí. [777b] Clinias: Pues bien: ¿qué hemos de hacer, Extranjero, ante tales diferencias, en nuestro país, respecto de la posesión y, además, del castigo de los esclavos? [777b] Ateniense: Pues, ¿qué?, Clinias. Es claro que Hombre es criatura díscola; y respecto de esa necesaria discriminación: la de discriminar de obra entre esclavo, libre ¿señor, parece que, en modo alguno, se presta y se preste a ser bien manejable, que es, por cierto, dificultoso ganado. Porque ha quedado esto demostrado muchas veces, de obra, en las continuas y habituales revueltas de los mesenios; y en las Ciudades que adquieren muchos sirvientes de la misma lengua, ¡cuántos males les sobrevienen!; y además los robos de toda clase, y los sufrimientos, causados por los llamados “vagabundos" en toda Italia. Mirando a todo esto, no sabría uno qué deba hacer respecto de este asunto. No quedan, por cierto, sino dos trazas: que no sean compatriotas, si es que han de servir dócilmente; y, en lo posible, y, sobre todo, que sean de diferente lengua; criarlos correctamente, no sólo en favor suyo, sino estimando en más el propio. Mas críeselos, tratando sin altanería a los sirvientes; pero, si es posible, ser con ellos menos injusto que con los iguales. Porque el por naturaleza y no fingidamente reverente hacia la justicia, mas realmente odiador de lo injusto, está entre hombres a quienes le es más fácil perjudicar. Quien, pues, respecto del carácter y acciones de los esclavos haya resultado limpio de impiedad e injusticia, sería el más adecuado para sembrar germen de virtud. Y esto mismo hay correctamente que decir hablando también de déspota, tirano y de todo dinasta de cualquier clase de dinastía respecto de sus inferiores. Se ha, ciertamente, de castigar, cuando sea justo, a las esclavos; y no hacerlos entrar en tazón, afablemente, cual a los libres; toda indicación hecha a sirviente ha de ser casi una orden, sin bromear jamás de ninguna manera con los sirvientes, sean hembras o varones; lo que a algunos les gusta tanto hacer con los esclavos: ser insensatamente afables, háceles a ellos más dificultosa la vida de obediencia; y a sí mismos, el mandar. [778a] Clinias: Correctamente dicho. [778a] Ateniense: Pues bien: cuando uno esté provisto de sirvientes, en lo posible en número suficiente y aptitud para ayudar a toda clase de trabajo, ¿no será preciso describir a continuación y en el razonamiento las casas? [778a] Clinias: Pues en efecto. [778b] Ateniense: Y, pues, por decirlo así, parece haber de ocuparse de la arquitectura en conjunto para una ciudad nueva y anteriormente inhabitada, ¿de qué modo se habrá, en particular, respecto de templos y muros? Esto, Clinias, venía antes de casamientos; mas, puesto que ahora, lo hacemos de palabra”, va muy bien el que al presente se haga así. Cuando se haga “de obra”, tratando de esto, si dios quiere, antes de los casamientos, entonces precisamente pondremos su final a todo esto. Pero ahora describimos brevemente algo así como un esbozo de ello. [778c] Clinias: En efecto pues. [778c] Ateniense: Los templos han de disponerse, por cierto, al derredor del ágora; y la Ciudad entera, en círculos sobre las alturas de cada lugar, para seguridad y pureza. Junto a éstos, las habitaciones de autoridades y juzgados en que, cual en lugares sacratísimos, se reciban y den las justicias; algunos de ellos, aptos para lo santo; otros, por ser además domicilio de tales dioses; y en ellos estén los juzgados en que se haga la justicia debida a asesinatos y a cuantos crímenes sean dignos de muerte. Mas, en cuanto a muros, Meguilo, yo mismo concedería a Esparta el que se los deje dormir, descansando, en la tierra y no levantados, por las causas siguientes: Bellamente, por cierto, los celebran aquellas poéticas palabras «que de bronce y hierro han de ser los muros, más bien que de tierra». En cuanto a lo nuestro, haríamos justa y soberanamente el ridículo al enviar cada año a los jóvenes al campo, para excavar aquí, hacer trincheras allá, para mediante estas construcciones detener a los enemigos, cual si ellas no les permitieran invadir las fronteras de la región. Por cierto que, primero, muralla no aprovecha en modo alguno a la salud de las ciudades; pero, además, suele inducir en las almas de los habitantes disposición a lo muelle, invitándolos, refugiándose en ellas, a no atacar a los enemigos, ni a montar en ellas día y noche guardia; que se crean estar a salvo encerrados tras muros y puertas y que, aun dormidos, tendrán en realidad cómo salvarse, cual si hubieran nacido para no trabajar, desconociendo que más bien de los trabajos procede en realidad la comodidad. Mas de la comodidad —de lo vergonzoso y de la dejadez— proceden, pienso, a su vez, y naturalmente, otros trabajos. Mas si fuera para los hombres necesario un muro, hay que proyectar, ya desde el principio, las casas de los particulares de manera que toda la Ciudad resulte un muro, formando todas las casas un bello cercado, por iguales en altura y semejantes, hacia los caminos; y no es desagradable de ver una Ciudad que tenga el aspecto de ser una sola casa, lo que resultaría excelente para facilitar la guarda y para salvarla del todo y en todo. Pero de que todo esto permanezca tal cual al principio se lo construyó sería conveniente se cuidaran sobre todos los habitantes; mas que los astínomos se cuiden de esto solícitamente, y fuercen al descuidado con multas, y se cuiden además de todo lo concerniente a la limpieza de la villa, y de que ningún particular se meta con edificaciones ni con excavaciones en nada de la Ciudad. Y además: es preciso que se cuiden diligentemente de que corran bien las aguas que de Júpiter vienen, y de cuanto sea conveniente regular dentro y fuera de la Ciudad. Viendo en la práctica todo esto los guardianes-de-Ley, legislen además en cuanto la ley, por deficiente, omita. Pero cuando todo esto: edificios concernientes al ágora y los a gimnasios, y todos los escolares, estén disponibles, que aguarden a los asistentes; y los espectáculos, a los espectadores; pasemos nosotros a lo siguiente a los casamientos, ateniéndonos inmediatamente a la legislación. [779d] Clinias: — Pues perfectamente. [779d] Ateniense: Pues bien: Que las bodas, Clinias, hayan tenido lugar; pero, después de esto, y antes del nacimiento de hijos, ha de durar no menos de un año un régimen de vida: el de cómo han de vivir novio y novia en una Ciudad que se haya de distinguir de la mayoría, —esto continúa lo que estábamos diciendo; no es de las cosas más simples de explicar, pero siendo tales no pocas cosas de las anteriores, resulta esto para la plebe más difícil de aceptar que la mayor parte de lo otro. No obstante, Clinias, hase de todos modos de decir lo que parezca correcto y verdadero. [779e] Clinias: Pues absolutamente. [780a] Ateniense: Ahora bien: quien piense dar oficialmente leyes a Ciudades sobre cómo han de vivir en la práctica de los asuntos públicos y comunes, mas crea no ser necesario darlas respecto de los privados, sino que cada uno tiene licencia para vivir el día como quiera, y crea que no todo debe hacerse según ordenanzas, dejando sin legislar lo privado, y crea que querrán ellos vivir según las leyes en los asuntos comunes y públicos, no piensa correctamente, ¿Por qué ve dice esto? Por esto: porque afirmamos que, según nosotros, los novios han de tomar su sustento en las comensalías, no de manera diferente ni menos que en el tiempo anterior al casamiento. Y, por cierto, que esto resultó sorprendente, cuando al principio y por primera vez se hizo en vuestro país, siendo, verosímilmente, una guerra la que lo impuso de ley, o siéndolo otro hecho de igual eficacia respecto de países escasos de hombres y presos de grandes apuros; pero, una vez tomado el gusto a las comensalías y forzados a emplearlas, pareció tal ley grandemente eficaz para la salvación; y, de alguna manera como ésta, se instituyó entre vosotros esa práctica de las comensalías. [780c] Clinias: Pues lo parece. [780c] Ateniense: Pues lo que decía: que entonces haya sido esto desconcertante, y que algunos lo ol$nen con temores, no sería ahora igualmente dificultoso al gobernante imponerlo cual ley. Mas qué a esto siga, y que, realizado, lo sería correctamente —y que, ahora, en ninguna parte se hace, y que de hacerlo el legislador, por poco le pasaría lo de los bromistas: «cardar en el fuego»; y, por hacer eso, hacer miles y miles de otras cosas de las vanas— no es fácil de decir, y, dicho, de llevarlo a su final. [780d] Clinias: Pero, extranjero, ¿qué es eso que, mientras estás tratando de decirlo, parece te retraes grandemente de decirlo? [780d] Ateniense: Ofrleislo, a fin de que larga discusión sobre ello no resulte en vano. Ciertamente, todo lo que en Ciudad se hace tomando en ello parte, orden y ley, acarrea toda clase de bienes; mas lo desordenado o malamente ordenado deshace la mayor parte de lo bien ordenado en otros casos. Lo cual viene ahora a propósito de lo dicho. Porque. Clinias y Meguilo, entre vosotros las comensalías para varones se instituyeron, en virtud de una cierta y divina necesidad, de a la vez bella y admirable manera, tal dije; mas, en cuanto a las mujeres, se lo dejó, y de manera absolutamente incorrecta, sin legislar; y para ellas esa práctica de las comensalías no llegó a ver la luz. Precisamente por esto, ese género de nosotros los hombres, el femenino, resultó, por su debilidad, más disimulado y complicado; y, al no haber impuesto eso correctamente el legislador, quedó a sus anchas y sin orden. Mas, por tal descuido, muchas cosas se os escapan que andarían mucho mejor que ahora, si para ellas hubiera ley; porque, cual lo parecería, pasar por alto al género femenino, no sólo es pasar por alto una mitad; sino cuanto la naturaleza femenina es inferior en cuanto a virtud a la nuestra: la de los varones, otro tanto se diferencia por ser ésta más del doble que aquélla. Revisar, pues, esto, rectificarlo y coordinar todos los asuntos de manera común a mujeres y varones sería mejor para la felicidad de una Ciudad. Mas ahora no se ha guiado hacia esto de manera alguna favorable al género humano, de modo que, de tener entendimiento, no hay que hacer de ello ni memoria en lugares y ciudades en que no existen en absoluto comensalías reconocidas por la Ciudad. ¿En virtud de qué, pues, sin hacer realmente el ridículo, pretender obligar a las mujeres a que se las vea comer y beber a la vista de todos?, porque no hay para este género algo más dificultoso de soportar, que está acostumbrado a vivir retirado y en penumbra; mas, sacado violentamente a la luz, resistiendo con toda clase de resistencias, llegará hasta a poder sobre el legislador. En otra parte, pues, como dije, no aguantaría, sin grandes gritos, que se le expusiera la sentencia correcta; mas aquí, tal vez. Si, pues, parece que el razonamiento acerca del régimen político general no ha estado feliz, quiero, en favor del razonamiento, decir cuán bueno y conveniente es, en caso de que os plazca oírme; pero si no, dejarlo correr. [781d] Clinias: Pero, Extranjero, a nosotros dos nos parece de maravilla escucharte en todo. [781d] Ateniense: Escuchadme, pues. No os maravilléis si os parece tomo el asunto desde algo alto; porque gozamos de vacación y nada nos impele a no considerar enteramente y de todas las maneras lo concerniente a las leyes. [781e] Clinias: Correctamente dicho. [781e] Ateniense: Pues bien: una vez más retrocedamos a lo primeramente dicho. Es, por cierto, preciso que todo varón llegue a convencerse de que la raza humana o no tuvo principio alguno —y no tendrá jamás final, sino que fue y por siempre jamás será— o de haber tenido un cierto principio lo habría tenido desde hace incalculable tiempo. [782a] Clinias: Como que sí. [782a] Ateniense: Pues, ¿qué?, constitución y perecimiento de Ciudades, variadísimos ensayos de orden y desorden, a la vez que de comida, bebidas y comestibles, variadísimas apetencias, ¿no creemos las haya habido de toda clase y por toda la tierra, además de variados cambios de estaciones, durante los cuales es verosímil el que los vivientes se hayan cambiado con innumerables cambios? [782b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [782b] Ateniense: Pues bien: ¿no creemos que las viñas hayan aparecido alguna vez, tras no haber sido? Y parecidamente, ¿los olivos y los dones de Ceres y Core? ¿Y que un Triptólemo haya sido proveedor de tales cosas? Pero durante el tiempo en que no las había, ¿no creemos que, como aun ahora, los animales se daban a entredevorarse? [782b] Clinias: Como que sí. [782b] Ateniense: Que los hombres se sacrifiquen unos a otros, aun hoy en día vemos se conserva en muchos lugares; y lo contrario, oímos en otros casos que no nos atrevíamos a comer ni de buey, ni había sacrificios de vivientes a los dioses, sino pasteles y frutos impregnados de miel y otros tales sacrificios “puros”; mas se abstenían de carnes cual si no fuera pío ni el comerlas ni el ensuciar de sangre los altares de los dioses. Mas la vida llamada “órfica” era la nuestra entonces, atenida a todo lo inanimado; abstenida, al contrario, de todo lo animado. [782d] Clinias: Y mucho que se nos cuenta eso, y es digno de creerse. [782d] Ateniense: Pues bien, diría alguien, “¿para qué se os ha relatado ahora todo esto?”. [782d] Clinias: Lo supusiste correctamente, Extranjero. [782d] Ateniense: Pues bien, Clinias, trataré, si puedo y a continuación, de explicároslo. [782d] Clinias: Dijéraslo ya. [782d] Ateniense: Veo que, para los hombres, todo depende de tres clases de necesidades y de apetencias, si se conducen en ello correctamente descendiendo sobre ellos Virtud; y lo contrario, a quienes se conducen mal. Inmediatamente de nacidos, son tales cosas la comida y bebida, respecto de las cuales, de todas, todo viviente tiene innato amor, y llénase de furor y rebeldía contra quien le diga ha de hacer algo diferente de hartarse de tales placeres y hartar tales apetencias en todo eso; lo que debe hacer es evitar siempre todo sufrimiento. Pero hay en nosotros una tercera, y máxima, necesidad, y amor, el más punzante, último en surgir, que hace a los hombres abrasarse en el fuego de toda clase de locuras: tal el fuego que arde con grandísima insolencia en lo referente a la semilla e la raza. A estas tres enfermedades, dirigiéndolas hacia lo mejor, contra lo llamado “lo más delicioso”, hay que tratar de domeñarlas con tres cosas de las máximas: miedo, ley y razonamiento verdadero; y sirviéndose precisamente de las Musas y de los dioses de Juegos tratar de apagar su crecimiento y difusión. [783b] Coloquemos ya la concepción de hijos, después de las bodas; después de la concepción, crianza y educación; y progresando así los razonamientos, tal vez cada una de nuestras leyes llegaría a su fin, como cuando anteriormente llegamos respecto de las comensalías: si tales reuniones han de serlo de mujeres o solamente de varones, lo veremos tal vez mejor desde cerca, mezclando este punto con el otro. Y en cuanto a lo previo a esto —que está aún por legislar— lo haremos una vez ordenado lo anterior; y, como se acaba de decir, lo veremos entonces más rigurosamente; y estableceríamos. mejor las leyes más adecuadas y convenientes para ella. [783c] Clinias: — Correctísimamente dicho. [783c] Ateniense: Pues bien: guardemos en la memoria lo que se acaba de decir, porque, tal vez, tendremos de todo ello necesidad. [783c] Clinias: ¿Respecto de qué lo recomiendas? [783c] Ateniense: Respecto de lo que distinguimos mediante tres términos; que hablamos, por una parte, de comida; en segundo lugar, de bebida; y en tercero, de transportes Venéreos. [783d] Clinias: — Nos recordamos, Extranjero, de todo lo que ahora recomiendas. [783d] Ateniense: Bellamente. Volvamos a lo de los novios enseñándoles qué han de procrear, y cómo, hijos: y si no obedecen, amenazarlos con las leyes. [783d] Clinias: — ¿Cómo? [783d] Ateniense: Es preciso que novio y novia se convenzan de que han de dar a la Ciudad hijos, los más bellos y buenos posibles. Mas todos los hombres, al tomar parte en cualquier acción, si ponen en sí mismos y en ella la mente, hacen todo bien y bellamente; mas sí no la ponen, o no la tienen, lo contrario. Que el novio, pues, la ponga en la novia y la procreación de hijos, y lo mismo también la novia; especialmente durante el tiempo en que aún no les han nacido hijos. Hagan de Vigilantes de todo esto las mujeres que elegimos, sean pocas o muchas; cuantas y cuando a las autoridades les parezca ordenarlo; reúnanse cada día hasta por un tercio de hora en el templo de Eilitía, donde, reunidas, comuniquen unas a otros si alguna ha visto a varón o mujer de los en estado de procrear dedicados a algo diferente de lo ordenado según los sacrificios y ritos sagrados verificados en las nupcias. Mas la procreación y vigilancia de los procreadores dure diez años, pero no más tiempo, cuando engendrar sea riada; mas si algunos resultan, durante tal tiempo, infecundos, se convendrán con los familiares y mujeres encargadas para aconsejar en común lo más ventajoso para ambas partes. Pero si surge alguna duda acerca de lo debido y ventajoso para ambos, que se elija a diez de los guardianes-de-Ley a quienes se lo encomiende; mas atenerse a lo que ellos ordenen. Tales mujeres entrarán en las casas de los recién casados para advertir de algunas cosas, amenazar con otras, evitándose así ellos faltas e ignorancias. Mas si no lo pueden, vayan y comuníquenlo a los guardianes-de-ley; mas éstos, insistan. Pero si, a su vez, éstos resultan impotentes, denuncien públicamente, por escrito y con juramento, que son impotentes para mejorar tal o cual cosa. Si el acusado por escrito no gana en el juzgado a los acusadores quede de infame en esto: no vaya ni a bodas ni a las celebraciones de nacimientos; mas, si va, que cualquiera, impunemente, lo castigue 1 golpes. Lo mismo sea de ley para la mujer: que no participe de las distracciones femeninas, de las honras y de las visitas con ocasión de bodas y de natalicios de niños, si, parecidamente deshonrada, se la acusa por escrito, y no gana el juicio. Cuando uno puede tener según la ley hijos, si varón se coadyunta con mujer extraña o mujer con varón, ambos en estado de procrear, impónganseles las mismas penas que a los aún procreantes. Después, al morigerado y a los morigerados en esto téngaselos en gran reputación; al contrario, téngaselo en la contraría, mejor aún: deshónreselo. Y si la mayoría son comedidos en este asunto déjenlo sin legislar y en silencio; mas, si des-co-medidos, legísleselo y aplíqueselo de igual manera que las demás leyes ya establecidas. El principio de toda vida para cada uno es el primer año; es preciso inscribir en los santuarios patrios “principio de la vida” para hijo e hija. Pero inscríbase además en muro blanqueado, en cada fratría, el número de arcontes correspondientes a los años; el de los aún vivientes de la fratría inscríbaselos al lado; mas bórrese a los emigrados de la vida. El límite de casarse sea para la doncella desde los dieciséis a los veinte, delimitado así el tiempo más largo; mas, para doncel, desde los treinta hasta los treinta y cinco; para los cargos-de-autoridad, cuarenta para la mujer; treinta, para el varón. Para la guerra, los hombres de veinte a sesenta años. Mas para la mujer, cuyos servicios se juzguen necesarios para lo de guerra, después de nacerle los hijos se les mandará lo que sea posible y conveniente, hasta los cincuenta años. [788a] Ateniense: Nacidos los hijos —varones y hembras—, lo más correcto sería para nosotros hablar, después de ello, de crianza y educación, pasarse sin hablar de la cual es totalmente imposible; pero pareceríanos más adecuado hablar de ella por modo de doctrina y consejo que son leyes. Porque, en privado y en casa, pasan, en todas, muchas, pequeñas y no públicas cosas que fácilmente, por ir —a causa de las penas, placeres y apetitos que cada uno lleva consigo— contra las intenciones del legislador, harían que las costumbres de los ciudadanos fueran abigarradas y no semejantes entre ellos. Lo cual es un mal para las Ciudades. Porque, dada su pequeñez y frecuencia, imponerles por ley castigo fuera a la vez inconveniente y de mal ver; por otra parte, corrompe aun 3 las leyes escritas el que los hombres se acostumbren a ir-contra-ley en cosas pequeñas y frecuentemente. De modo que no se sabe si legislar sobre ellas; mas es imposible callar. Pero lo que estoy diciendo, intentaré declararlo sacando a luz algo así como muestras, porque, ahora, a lo dicho se parece más bien lo oscuro. [788c] Clinias: Verdaderísimamente dicho. [788c] Ateniense: Pues bien: que la educación correcta haya de ser evidentemente poderosa para hacer a cuerpos y a almas cuanto más bellos y buenos mejor, esto quedó, ciertamente, correctamente dicho. [788c] Clinias: Como que sí. [788c] Ateniense: Mas, respecto de cuerpos, lo más sencillo, en cuanto a bellísimos, creo debe ser el que, ya, inmediatamente, desde la infancia, crezcan los hijos de la más Correcta manera. [788d] Clinias: Pues absolutamente. [788d] Ateniense: Pero, ¿qué?; ¿no caemos en cuenta de que el primer brote de todo animal es, de suyo, y con mucho, el mayor y más plenario, de manera que ha dado a muchos ocasión de disputar lo de sí el tamaño del hombre se duplica o no, por aumentar desde los cinco años durante los veinte siguientes? [788d] Clinias: Es verdad. [788d] Ateniense: Pues bien: ¿no sabemos que cuando una gran crecida afluye sin fatigas muchas y proporcionadas, trae consigo miles y miles de males en los cuerpos? [789a] Clinias: En efecto. [789a] Ateniense: Así que es necesario un máximo de fatigas cuando a los cuerpos sobreviene un máximo de crecimiento. [789a] Clinias: ¿Cómo así?, Extranjero, ¿que impondremos u los recién nacidos y a los más jóvenes un máximo de fatigas? [789a] Ateniense: En modo alguno, ciertamente; sino aún antes, a los alimentados en el seno de sus madres. [789a] Clinias: ¿En qué sentido lo dices?, Excelencia; ¿hablas de los fetos? [789b] Ateniense: Sí. No tiene nada de extraño El que ignoréis la gimnástica propia de los de tal edad, que, aunque rara, os la querría declarar. [789b] Clinias: Pues así es. [789b] Ateniense: Pues bien: esto nos resulta mejor de comprender por jugar aquí a ciertos juegos más de lo debido; porque, entre nosotros, no solamente los niños, sino aun algunos de más edad crían ciertas clases de aves para luchas entre ellas. Adiestrando a tales bestias, están lejos de caer en cuenta de qué trabajos son los adecuados para ello, y a los que, ejercitándolas, las excitan, porque, además de éstos, llevándolas bajo el brazo —a las más pequeñas en la mano, a las mayores bajo la axila— paseando recorren estadios y más estadios para tener en buen estado no el de sus propios cuerpos, sino el de tales criaturas. Y en ello ponen de manifiesto al capaz de aprender que todos los cuerpos, movidos por toda clase de sacudidas y movimientos, ganan el no fatigarse, tanto que se muevan a sí mismos o en balanceos de vehículos o en mar o a caballo o por otro cualquiera de los cuerpos transportantes; y, por esto, por sacudir los alimentos sólidos y líquidos son capaces de proporcionarnos salud, belleza y todo otro vigor. Siendo esto así, ¿qué hemos de hacer a continuación? ¿Queréis lo explicitemos, haciendo a la vez el ridículo al imponer por ley que la embarazada ha de pasear; que ha de modelar al recién nacido, cual si fuera cera, mientras sea tierno, y fajarlo hasta los dos años? Más aún: ¿que obliguemos a las nodrizas, por ley y con castigos, a que lleven siempre a los niños al campo o a los santuarios o a los familiares hasta que puedan ellos tenerse bien en pie; y, entonces, cuidando de que, por ser aún tiernos, no se les tuerzan las piernas al apoyarse violentamente sobre ellas, se tomen ellas el trabajo adicional de cargarlos hasta que cumplan tres años de nacidos? Han de ser, en lo - posible, robustas, y no ser una sola. Pero si no se hace, ¿inscribiremos, en cada caso, una pena para las que no lo hagan? 0, ¿habrá que dejar esto del todo? Porque lo ya dicho: resultaría largo y superabundante. [790a] Clinias: — ¿Qué? [790a] Ateniense: La gran risotada que mereceríamos, además de no querer cumplirlo los hábitos femeninos y esclavos de las nodrizas. [790a] Clinias: Pero, ¿en gracia a qué dijimos ser un deber hablar de ello? [790a] Ateniense: En gracia de esto precisamente: si señores y libres en las Ciudades se acostumbrarán, tal vez, oyéndolo, a pensar lo que es correcto: que si la vida privada doméstica no llega a ser en las Ciudades la correcta, en vano pensaría alguien que lo comunitario llegue a obtener una cierta firmeza por imposición de leyes. Y, repensando en esto, él mismo se serviría de las leyes ahora dichas; y, sirviéndose de ellas, administraría bien a la vez su casa y su Ciudad, y sería bienaventurado. [790b] Clinias: Y es grandemente verosímil lo que has dicho. [790b] Ateniense: Pues bien: no cejemos en tal legislación antes de indicar los tratamientos a dar a las almas de los niños bien pequeños, siguiendo el mismo método según el que comenzamos a tratar, en lo dicho, lo concerniente a sus cuerpos. [790c] Clinias: así se hará correctamente. [790c] Ateniense: Tomemos, pues, esto cual lo elemental para ambos: cuerpo y alma de los bien pequeños: que amamantamiento y movimiento duren, lo más posible, noche y día enteros, que es provechoso pare todos —pero no menos para los pequeñitos— morar de continuo, si fuera posible, algo así como en navío. Ahora bien: lo más cercano a esta es lo que debe hacerse con esas criaturas de los niños recién nacidos. Hay que tomar cual testimonio de esto el que de la experiencia lo recibieron y reconocieron por útil tanto las nodrizas de pequeños como las iniciadas en curas del mal de Coribantes, porque cuando las madres quieren hacer dormir a los niños desvelados, no emplean tranquilidad, sino lo contrario, movimiento, acunándolos sin cesar en los brazos; y no silencio, sino cierta melodía; y, sencillamente, encantan a los niños cual si fueran bacantes fuera de sus cabales, sirviéndose de esa cura de tal clase de movimiento que es, a la vez, danza y música. [790e] Clinias: ¿Cuál, pues, Extranjero, será para nosotros la causa principal de esto? [790e] Ateniense: No es demasiado difícil de conocer. [790e] Clinias: — ¿Cuál es, por cierto? [790e] Ateniense: Estas afecciones lo son, ambas, de temor; y son temores causados por una cierta mala disposición del alma. Pues cuando, desde afuera, se aplica a tales afecciones un balanceo, el movimiento externo, aplicado, domina sobre el movimiento interno por ser éste miedoso y loco; mas, dominado, parece haberse operado en el alma calma y tranquilidad respecto de los latidos penosos del corazón. Algo enteramente agradable hace que a unos les venga el sueño; mas que en los despiertos, que bailan y cantan con los dioses a quienes hacen bellos sacrificios, opere la inversión de nuestras maniáticas disposiciones en hábitos de sensatez. Y esto, para decirlo así, brevemente, tiene una cierta razón de que fiarse. [791b] Clinias: Absolutamente pues. [791b] Ateniense: Pero si esto posee una tal y semejante potencia hemos de repensar con nosotros mismos que toda alma que, desde joven, haya convivido con tales temores, viviría habitualmente espantada; a lo cual llamarían todos ejercicio, no de valentía, sino de cobardía. [791b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [791b] Ateniense: Por el contrario, diríamos que es empresa a emprender inmediatamente desde jóvenes, propia de la valentía, la de vencer los temores y miedos que nos sobrevengan. [791b] Clinias: — Correctamente. [791b] Ateniense: Pues bien; decimos que, para el alma, esta parte de Virtud —esa gimnástica de movimiento en los pequeñuelos-— nos ayuda en grande. [791b] Clinias: Pues absolutamente. [791b] Ateniense: Y, por cierto, que ser de alma malhumorada y bienhumorado no es poca cosa, cada uno a su manera, para buen o mal estado del alma. [791b] Clinias: Pero, ¿cómo no? [791b] Ateniense: ¿Á cuál, pues, de los dos, y de qué manera querríamos implantarlo, de inmediato, en el alma del recién nacido? Hay que tratar de explicar de qué modo y hasta dónde lo conseguiríamos. [791b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [791b] Ateniense: Digo, pues, que es para nosotros dogma el de que la cariñosería produce en los niños caracteres díscolos, coléricos y grandemente excitables por pequeñeces. Mas lo contrario: una esclavitud grande y salvaje, haciéndolos humillados, inlibres y misántropos, termina por hacerlos familiares intratables. [791b] Clinias: — ¿Cómo, pues, habrá de educar la Ciudad íntegra a quienes no entienden aún lo que se les dice ni son capaces de aprovechar otros modos de educación? [791b] Ateniense: Tal vez de este modo: todo lo recién nacido suele inmediatamente expresarse a gritos, y lo hace no menos la raza humana; aparte de que, además de gritar, propende más que las otras a llorar. [791b] Clinias: Efectivamente pues. [791b] Ateniense: Pues bien: adivinando las nodrizas qué apetecen, sacan de eso mismo fehaciente indicio de qué ofrecerles; porque si, ofrecido, calla, creen haberlo bellamente ofrecido; mas si llora y grita, no bellamente. Que en los niñitos la declaración de amar y odiar son lloros y gritos, signos en modo alguno acertados. Pero el tiempo de esta es no menor de tres años, parte, no pequeña, de la vida a pasar mejor bien que mal. [792a] Clinias: — Correctamente dicho. [792a] Ateniense: Mas, de ellos, ¿no parece malhumorado y con nada contentadizo ser llorón y gimotear de ordinario mucho más que lo que le está bien al bueno? [792b] Clinias: Pues me lo parece. [792b] Ateniense: Pues bien: Si, dándose toda clase de trazas, se intentara durante esos tres años que nuestro crío pruebe lo menos posible de dolor, miedos y toda clase de sufrimientos, ¿no creemos que, en el de tal edad, resultará el alma del crío mejor de humor y de contentar? [792b] Clinias: Es, por cierto, claro; y, muchísimo más, Extranjero, si se le procuran muchos placeres. [792c] Ateniense: En esto, ya no seguiría yo a Clinias, admirable. Porque tal práctica es, según nosotros, de todas la máximamente corruptora, porque tiene precisamente lugar en el principio mismo de la crianza. Veamos si decimos con ello algo importante. [792c] Clinias: Di, qué afirmas. [792c] Ateniense: Que nuestro razonamiento está versando ahora sobre algo no pequeño. Pero velo tú también, Meguilo, y júzgalo junto con nosotros. Porque mi razonamiento afirma que la vida correcta no ha de perseguir los placeres ni huir de todas las maneras de los sufrimientos, sino abrazar el término medio al que refiriéndome ahora mismo di el nombre de “contento”, estado que todos, atinadamente, atribuyen aun a dios, según cierta tradición entre adivinos. Afirmo que tal estado ha de perseguirlo quien de nosotros se ponga a hacerse divino; ni propender enteramente hacía los placeres, pues no se librará jamás de sufrimientos; ni dejar que a otro —varón o hembra— le pase lo mismo que a nosotros; pero, menos que a nadie, en lo posible, al recién nacido, porque es entonces cuando, de manera decisiva, se ennaturaliza en todos mediante el hábito el temperamento. Pero, más aún: si no fuera a parecer que yo mismo bromeo, diría que hay que cuidar, de entre todas las mujeres, a las embarazadas, durante ese año, para que, preñada, no se dé a placeres muchos e intensos, ni a penas; sino pase la vida, durante tal tiempo, prefiriendo lo llano, sereno y tranquilo. [793a] Clinias: — No hace falta alguna, Extranjero, que preguntes a Meguilo por quién de nosotros habló mejor, porque yo mismo concedo que todos deben de huir de una vida de pura pena y de puro placer, pero seguir una vida intermedia. Así que bellamente hablaste y, a la vez, bellamente oíste. [793a] Ateniense: Pues, por cierto, de manera grandemente correcta, Clinias. Ahora, además de esto, pensemos, somos tres, en estotro. [793a] Clinias: ¿En qué? [793a] Ateniense: En que todo esto que acabamos de recorrer son la llamada por la mayoría “legislables no escritas”. Y lo que denominan leyes “patrias”, no es otra cosa sino el conjunto de ellos. Y además la añadidura hecha ahora mismo en el razonamiento: que no se ha de permitir se las llame ni leyes ni no promulgadas, bellamente se dijo, porque ellas son vínculos de todo régimen político, por estar en el medio de todas: de las puestas por escrito y establecidas, y de las que aún se hayan de imponer. Son, sencillamente, cual legislables “patrias”, y de todo en todo antiguas que, bellamente establecidas, y llegadas a ser costumbres, mantienen a salvo, recubriéndolas, a las leyes ya escritas; mas si, por descuido, se salen de lo bello, pasa cual en los edificios: si las puntales de los techos se deslizan del medio, hacen que todo él se venga abajo, caiga una cosa sobre otra: ellos y lo, más adelante, bellamente construido sobre ellos, cayendo encima lo anterior. Pensando nosotros en lo cual, Clinias, te es preciso religar por todas partes la Ciudad, por ser nueva, sin, en lo posible, dejar nada, ni grande ni pequeño, de cuanto se llama leyes o costumbres o hábitos, porque con tales cosas se religa a Ciudad; pero cada una de éstas, sin las demás, no resulta estable, de manera que no hay que admirarse de que legislables y costumbres —muchos y pequeños, al parecer—, inundándonos, hagan más largas a las leyes. [793d] Clinias: Correctamente lo dices, y así lo pensaremos nosotros. [793d] Ateniense: Respecto del crío —niño o niña— de tres años de edad, si se observa exactamente, y no de manera accesoria, lo dicho, sería de no pequeña ayuda para los recién criados. Mas el estado de alma del de tres, cuatro, cinco, y aun de seis años, requeriría juegos. Pero hay que evitar mimos, reprendiéndolo sin humillarlo; lo que dijimos ya respecto de los esclavos: que no se los ha de reprender con soberbia para no excitar en ellos la cólera, ni mimarlos dejándolos sin represión, esto mismo ha de hacerse con los libres. Mas hay para los de esta edad juegos tan naturales que ellos, al juntarse los encuentran casi solos. Hay que reunir ya en los santuarios de las aldeas a los niñitos de tal edad, a partir de los tres años hasta los seis; y allí mismo, junto, a los de la misma aldea. Mas que las nodrizas de los tales se cuiden del orden y malascrianzas. Pero de entre las nodrizas mismas, y del rebaño en conjunto, doce mujeres —una por aldea— se encargarán, anualmente, del buen orden, de entre las nodrizas previamente escogidas para tal cargo por los guardianes-de-Ley. Mas a esas doce elíjanlas las encargadas del cuidado de los casamientos, a una por tribu y de su misma edad. La encargada mande acudiendo cada día al templo y castigando a quien delinca: esclavo, sirviente, extranjero, extranjera, —ella, por manos de algunos de los empleados de la Ciudad. Pero al ciudadano que discuta sobre el castigo, llévelo ante los astínomos para que le juzguen; mas si no discute sobre el castigo, que ella misma castigue al ciudadano. Después de los seis años sepárese ya a los dos sexos: niños y niñas; que se traten muchachos con muchachos, y, parecidamente doncellas entre sí; mas deben ambos dedicarse a instruirse: los varones aprendan equitación y manejo de arcos, jabalinas y hondas; las hembras, si muestran disposición, además de instruirse, que aprendan, sobre todo, lo concerniente al uso de las armas. Por cierto que lo que a esto está haciendo de base se les suele pasar desapercibido a la mayoría. [794d] Clinias: ¿Qué? [794d] Ateniense: Que haya una diferencia natural entre derecha e izquierda respecto de usos y de cada acción en las manos; ya que respecto de los pies y miembros inferiores no parece haber, para el trabajo, diferencia alguna. [794d] Mas, respecto de las manos, por ignorancia de nodrizas y madres hemos resultado, cada uno, mancos. Porque estando casi casi equilibrados por naturaleza, ambos miembros, los hemos hecho nosotros mismos por la costumbre diferentes, al no servirnos correctamente de ellos. En acciones en que la diferencia es no grande —cual tener la lira en izquierda, el plectro en la derecha— nada importa; y así, en tales casos. Mas servirse de tales casos cual de paradigmas y, cuando en otros no se debe, servirse de ellos, es casi casi insensatez. Esto lo pone de manifiesto la ley de los escitas: no sólo atesar el arco con la izquierda, y con la derecha acoplar la flecha, sino emplear de igual manera ambas manos para ambos casos. Muchísimos otros ejemplos tales hay en manejo de riendas y otros casos; en lo que se puede?render que quienes hacen a la izquierda más débil que la derecha hacen algo contra naturaleza. Pero esto, como dijimos, no es de grande importancia en el caso de plectros córneos y de instrumentos parecidos; mas cuando, en guerra, haya que emplear los de hierro, la diferencia es grande, y lo es en arcos, jabalinas y otros tales; mas es mucho, muchísimo mayor, cuando haya que emplear armas contra armas. Que entonces se diferencia grandísimamente quien ha aprendido del que no; y el adiestrado, del no adiestrado. Pues a la manera como el perfectamente ejercitado en pancracio, pugilato o lucha libre no es que sea incapaz de pelear con la izquierda, mas flaquea y, al menor descuido, se lo arrastra cuando alguien, asaltándolo, lo fuerza a trabajar con ambas manos, esto mismo, creo, es preciso tenerla por correcto en casos de armas y en todos los demás: que quien posea en doble con qué defenderse y atacar a otro no ha de dejar, en lo posible, que nada de ello quede ni ocioso ni desempleado. Aunque, pues, tuviera uno la naturaleza de Gerión o naciera con la de Briareo, con las cien manos debería ser capaz de lanzar cien jabalinas. Pues bien: en todo esto han de poner cuidado encargadas y encargados; aquéllas, al hacer de vigilantes en juegos y crianzas; mas éstos, en lo referente a aprendizaje, de modo que todos y todas resulten ambidiestros de pies y manos, y, en lo posible, en nada estropeen con costumbres su natural. [795d] Mas el aprendizaje ha de resultar, por decirlo, de doble uso: el de la gimnástica, para lo concerniente al cuerpo; el de la música, en favor de la bondad del alma. Lo de gimnástica es doble: una parte, danza; otra, lucha libre. Mas de la danza, una parte es la de imitadores del léxico de Musas, preservando lo que es, a la vez, magnificente y libre, pera la otra es en favor del buen estado, agilidad y belleza, de lo adecuado para flexión y extensión de los miembros y partes del propio cuerpo, dando á cada uno de ellos en rítmico movimiento, a la vez que, a toda la danza, ajustado acompañamiento. En cuanto a la lucha libre que, en tal arte, introdujeron a su manera. Anteo y Cerción por amor a inútil vanagloria, o, en pugilato. Epeo y Ámico, por no servir para nada en las contiendas guerreras, no es digno de adornarlo de palabra. Mas lo pertinente a lucha recta: a evadir golpes en cuello, manos y costados, por adquirirse a costa de trabajos por amor a la victoria y firmeza y, a la vez, por amor a la gallardía, fuerza y salud, por set esto útil para todo no debe descuidárselo, sino habrá de ordenarse a discípulos y, a la vez, a los maestros cuando llegue el momento de tales leyes; a éstos, que den de buena gana todas estas enseñanzas; a aquéllos, que las reciban con agradecimiento. Ni hay que descuidar el imitar cuantas imitaciones decorosas haya en los coros; aquí mismo, los a estilo de los juegos armados de los Curetas; en Esparta, los de los Dióscuros. A su vez, nuestra Virgen y Soberana, gozándose en el juego de la danza, no creyó debía entrar en él con manos vacías; mas, adornada de la panoplia íntegra, danzó así la danza de principio a fin. Sería, pues, grandemente conveniente que lo imitaran, juntos, donceles y doncellas, haciendo honor al gusto de la diosa, para usos en guerra y fiestas. En cuanto a los niños, tanto de inmediato como durante el tiempo en que aún no van a la guerra, deberían siempre, armados o a caballo, formar en honor de todos los dioses desfiles y procesiones en 4?uc se hagan, durante las danzas y marchas, más vivas, más lentas, rogativas a dioses y a hijos de dioses. Y, de haber concursos y preconcursos, que no se hagan para otro fin sino para éste; porque, en paz y durante guerra, son útiles para el régimen político y casas de particulares; pero los demás ejercicios, juegos y trabajos corporales no son. Meguilo y Clinias, cosas para libres. [796d] Lo que acerca de la gimnástica dije, al principio de los razonamientos, que debía explicarse, casi casi queda ya ahora recorrido, y déselo por completo. Mas si tuvierais vosotros algo mejor de esto, aportándolo a lo común, decidlo. [796e] Clinias: No es fácil, Extranjero, prescindiendo de eso, tener algo distinto y mejor que decir acerca de gimnástica y concursos de lucha. [796e] Ateniense: Lo que fuera continuación de esto respecto de lo de dones de las Musas y de Apolo, habiéndolo dicho del todo, entonces pensamos quedarnos por tratar tan sólo de lo referente a gimnástica. Pero ahora está claro lo que quedaba y lo que, ante todo, ha de decirse en esto. Hablemos, pues, de ello a continuación. [796e] Clinias: Háblese, pues, de ello. [797a] Ateniense: Oídme, pues, aunque me lo hayáis ya anteriormente oído. No obstante, quien de lo grandemente extraño y desacostumbrado habla, y oye, ha de poner gran cuidado; así ahora aquí. Pronunciaré, por cierto, una sentencia, no sin temor de decirla; no obstante, me atreveré y no retrocederé. [797a] Clinias: ¿A qué llamas así?, Extranjero. [797a] Ateniense: Afirmo, refiriéndome a todas las Ciudades, que, en todas ellas, se ha desconocido lo superlativamente importante de la materia de los juegos para la imposición de leyes o para que las impuestas, sean o no permanentes. Porque si se ordena y hace que los niños jueguen y se apasionen siempre de igual e idéntica manera por los mismos juegos, esto deja que lo legal establecido en serio permanezca tranquilo; mas, si cambia noveleramente eso, alterándolo continuamente y los jóvenes declaran que jamás les gusta lo idéntico ni en atuendo de sus cuerpos ni en las demás cosas de su uso; que lo de bella o fea factura ha de imponerse siempre de acuerdo con ellos; que se ha de honrar especialmente a quien constantemente invente algo nuevo e introduzca algo diverso de lo acostumbrado en factura, color, y cosas tales, afirmaríamos nosotros que nada trae a Ciudad perjuicio mayor que éste, y lo diríamos correctísimamente, porque hace que disimuladamente se alteren las costumbres de los jóvenes, que, ante ellos, lo viejo sea deshonroso; mas lo nuevo, honroso. Una vez más digo que no hay para todas las Ciudades castigo mayor que tales palabras y tal dogma. Oíd cuán grande mal afirmo que ES esto. [797d] Clinias: — ¿Hablas de lo de vilipendiar en las Ciudades lo antiguo? [797d] Ateniense: Pues en efecto. [797d] Clinias: — Por cierto que no tendrás respecto de este punto en nosotros oyentes flojos, sino, en la posible, los mejor dispuestos. [797d] Ateniense: Pues es bien natural. [797d] Clinias: Habla sin más. [797d] Ateniense: Vamos pues; mejor, lo oiremos nosotros; y, así, hablémoslo unos con otros. Pues bien: hallaremos que el cambio es, aparte de todos los males, lo más peligroso en todo: estaciones, vientos, dietas corporales, temples de almas; por decirlo así, en algunos casos sí; en otros, no; a excepción, cual acabo de decirlo, en los males. De modo que si se mira en los cuerpos cómo se acostumbran a toda clase de comidas, bebidas y trabajos, y que, perturbados al principio por ellos, después, y con el tiempo, les nazcan de ellos precisamente las apropiadas carnes; y hechos amigos, habituales, y conocidos por tal régimen conducen de óptima manera a placer y salud; y si, alguna vez, se ve alguien forzado a cambiar cualquiera de las dietas reconocidas, perturbado al principio, restablécese con dificultad de las enfermedades al retomar en la alimentación lo acostumbrado, esto mismo hase de pensar que sucede también tanto en los pensamientos de los hombres coma en los naturales de sus almas. Porque los alimentados de leyes que, gor una cierta buena suerte divina, han resultado inmutables durante largos y muchos tiempos —tanto que nadie tenga memoria, ni oído de alguien hayan sido de manera diferente de la actual—, toda alma las reverencia, y teme alterar algo de lo entonces estabilizado. Pues bien: el legislador ha de hallar, pensando, una traza para que, sea de la manera y modo que fuere, le pase esto mismo a la Ciudad. Yo, por cierto, hallo esta manera: todos piensan, respecto de cambios en los juegos de los jóvenes que, en realidad, es cosa de juego, y que de ello no se sigue nada de máxima seriedad y daño, de modo que no lo impiden, sino, cediendo, los siguen, y ni caen en cuenta de esto: que, por necesidad, los jóvenes noveleros en juegos llegarán a ser, de varones, diversos de los anteriores; que, hechos diversos, buscarán otra vida; que, buscándola, apetecerán otras ocupaciones y leyes. Y de que, tras esto, advenga el que ahora mismo se llamaba “máximo mal” para las Ciudades, nadie por ello se empavorecía. Ciertamente que cambios en otras cosas producirían males menores; pasa esto respecto del atuendo. Mas, respecto de aquellas sobre las que, cual las costumbres, recaen de ordinario alabanza y reproche, sobre todo ello, creo, habrían de tomarse, especialísimamente, grandísimas precauciones. [798d] Clinias: Porque, ¿cómo no? [798d] Ateniense: Pues, ¿qué? ¿Nos fiaremos de los anteriores razonamientos en que decíamos que lo perteneciente a ritmos y a toda clase de música es imitación de los comportamientos mejores y peores de los hombres? O, ¿cómo? [798e] Clinias: En manera alguna variaría acerca de esto nuestro dogma. [798e] Ateniense: Así, pues, afirmamos, hay que inventar toda clase de trazas para que nuestros niños ni siquiera deseen otros tipos de imitaciones en danzas o en melodías, ni que alguien se lo persuada ofreciéndoles placeres de cualquier clase. [798e] Clinias: Correctísimamente hablado. [799a] Ateniense: Pues bien: ¿alguno de nosotros tendría para esto un mejor artificio que el de los egipcios? [799a] Clinias: ¿A cuál te refieres? [799a] Ateniense: Al de consagrar toda danza y todos los cantares; ordenando en primer lugar las fiestas, calculando para cada año cuáles se hayan de celebrar, en qué tiempo y en honor de cuáles dioses, sus hijos, y daimonios; después de esto, en cada clase de sacrificios a honra de los dioses, qué himnos se deben cantar, y con qué danzas honrar el correspondiente sacrificio; que, primero se reglamente cuáles: mas, una vez ordenadas, sacrifiquen en común todos los ciudadanos a Moiras y a todos los demás dioses; y, entre libaciones, consagrarán cada uno de los himnos a cada uno de los dioses y demás. Mas si alguien ofreciera himnos y danzas diversas en honor de algunos de los dioses, que sacerdotes y sacerdotisas, juntos con los guardianes-de-Ley, lo expulsen, que lo expulsarán píamente y según ley; mas si el expulsado no acepta voluntariamente la expulsión, quede expuesto de por vida a que quien lo quiera lo persiga por crimen de impiedad. [799b] Clinias: Correctamente. zonamiento, que nos pase lo que nos esté bien. [799c] Clinias: ¿Acerca de qué hablas? [799c] Ateniense: Todo joven, no se diga un viejo, viendo tal vez u oyendo algo de extraordinario o totalmente desacostumbrado, no se abalanzaría, así, de inmediato, a admitir lo que de desconcertante tengan; sino que, deteniéndose —cual quien se halla ante trifurcado camino y, no conoce demasiado bien el camino, tanto en caso de que marche solo como con otros— se preguntaría a sí y a los otros acerca de tal desorientación, y no emprendería la marcha antes de estar seguro, tras considerarlo, de a dónde lleve tal dirección. Pues bien: al presente hemos nosotros de obrar así, porque lo que de extraño le ha caído al presente razonamiento sobre leyes ha de ser objeto de gran consideración, y no afirmar fácilmente nosotros, a nuestra edad, que, acerca de ello, y así de sopetón, estamos seguros de poder decir algo en claro. [799d] Clinias: Verdaderísimamente dicho. [799d] Ateniense: Así que daremos tiempo a esto, mas lo afirmaremos cuando lo hayamos considerado suficientemente. Pero a fin de no estropear, en vano, el llevar a su término el orden que se va siguiendo respecto de las leyes de que nos estamos ocupando, vayamos hacia su final, porque tal vez, si dios quisiera, y si este recorrido total, llegara a su fin, nos descubriría suficientemente la ahora desconcertante. [799d] Clinias: Optimamente dicho, Extranjero; y hagámoslo tal cual lo has dicho. [799d] Ateniense: Aceptemos, pues, digámoslo, ese hecho extraño de que nuestros cantos hayan llegado a ser nomos”, al modo que aun los antiguos, al parecer, dieron un hombre parecido a lo concerniente a aires en cítara; de modo que ni ellos estarían tal vez de todo en todo alejados de lo ahora dicho, —cual si alguien, en sueño o despierto, y en vigilia, lo hubiese adivinado. Pues bien: acerca de esto sírvanos esto de dogma: contra los aires populares, sagrados y el conjunto de danzas para jóvenes, nadie, y aún más que contra cualquiera otra de las leyes, altere nada ni en sonidos ni en pasos de danza. A quien obedezca, déjeselo ir sin castigo; mas a quien no obedezca, que, cual se acaba de decir hace un momento, lo castiguen guardianes-de-Ley, sacerdotisas y sacerdotes. Pero quede dicho en firme lo aquí dicho. [800b] Clinias: Quede firme. [800b] Ateniense: ¿Qué manera hay de legislar sobre esto sin hacerse grandísimamente ridículo? Veamos aun acerca de esta estotro: lo más seguro es comenzar por modelar con este razonamiento algo que sirva de característica; una de tales características, digo que es algo así: hecho un sacrificio, y quemadas según ley las ofrendas, si alguien, digamos, hijo o hermano, estando, cual particular, junto a altar y ofrendas, profiriera toda clase de blasfemias, ¿tales voces no echarían, diríamos, sobre padre y demás familiares descorazonamiento, presagios y presentimientos malhadados? [800b] Clinias: Como que sí. [800b] Ateniense: Pues bien: en nuestras regiones esto es, por decirlo así, lo que sucede en las Ciudades, casi casi en todas; porque cuando alguna autoridad hace en público algún sacrificio, inmediatamente después se acerca no un coro sino multitud de coros, y, de pie, no lejos de los altares, sino a veces junto a ellos, vierten sobre las ofrendas toda clase de blasfemias distorsionando con palabras, ritmos y las más dolientes armonías las almas de los oyentes; y quien más y más presto haga llorar a la Ciudad en trance de sacrificar, tal es quien se lleva el premio de victoria. ¿No rehusaremos el voto a tal nomos? Mas si alguna vez han de oír los ciudadanos tales lamentaciones, con ocasión de algunas purificaciones o días nefandos, es preferible se traigan entonces de fuera coros para cantores a salario, cual los que, asalariados, preceden, y cantan a lo cario, los cortejos de los difuntos. Tal sería lo conveniente, aún respecto de aquellos cantos. Más aún: pompa para esos fúnebres cantos: no convendría lo fueran ni coronas ni adornos dorados; sino lo contrario, diciéndolo así para evadirme brevísimamente de este punto. Pero os pregunto una vez más: si nos place el que quede firme, respecto de los cantos, como primera característica ésta: [800e] Clinias: — ¿Cuál? [800e] Ateniense: ¿La de buen augurio, y que admitamos en todo caso y manera que el género “canto” es de buen augurio? ¿O no os preguntaré nada, sino que supondré es así? [801a] Clinias: Pues, de todo en todo, suponlo así, porque esta ley vence con todos los votos. [801a] Ateniense: ¿Cuál sería, pues, además de la de "buen augurio” la segunda ley de la música? ¿No, la de ser “plegaria” a los dioses a quienes estemos sacrificando? [801a] Clinias: Pues, ¿cómo no? [801a] Ateniense: Pero la tercera ley, creo, es la de que los poetas deben conocer que las plegarias son peticiones; así que deben pensárselo muy bien, no sea les pase pedir algo malo cual si fuera bueno, porque, creo, si tal resultare la plegaría, sería por cierto bien ridículo suceso. [801b] Clinias: Como que sí. [801b] Ateniense: Pues bien; ¿no nos dejamos un poco antes convencer en el razonamiento de que en Ciudad no ha de tener santuario-residencia Plutos, ni dorado ni plateado? [801b] Clinias: Pues sí, por cierto. [801b] Ateniense: ¿De qué diremos se ha dicho ser paradigma esta sentencia? ¿Que no es de esto: que el género de poeta no es perfectamente capaz de conocer gran cosa lo de bueno o no? Cuando, pues, un poeta haya en prosa o en verso. Errado en esto: en plegarias no correctas, hará que nosotros, los ciudadanos, pidamos lo contrario respecto de lo más importante. Aunque, como dijimos, no hallaremos muchos errores mayores que éste. Respecto, pues, de las leyes, y tipos, referentes a la Musa pondremos ésta: [801c] Clinias: ¿Cuál? Dínoslo más claramente. [801c] Ateniense: Que el poeta no componga nada de contrario a lo legal, justo, bello o bueno según la Ciudad. Que no le sea lícito mostrar lo compuesto a ningún particular antes de que lo muestre, y agrade, a los jueces y guardianes-de-Ley designados para esto. Para nosotros están ya casi casi designados los que elejimos de legisladores en materia musical y el director de educación. Pues bien: lo que tantas veces pregunto: ¿Queda, según nosotros, en firme de tercera característica esta ley y modelo? ¿O cómo os parece? [801d] Clinias: Que quede firme que sí. [801e] Ateniense: Después de esto: correctísimo fuera cantar a los dioses himnos y encomios entreverados de plegarias; y después de a los dioses, parecidamente, a daimonios y héroes, a todos ellos, plegarias convenientemente acompañadas de encomios. [801e] Clinias: Pues, ¿cómo no? [801e] Ateniense: Después de esto, la ley inmediata sería ya, sin reparos, ésta: de los ciudadanos, cuantos hubieran llegado al final de la vida, habiendo hecho, con cuerpo y alma, bellas y penosas obras, y obedecido bien a las leyes, sería conveniente tuvieran su parte de encomios. [801e] Clinias: Pero, ¿cómo no? [801e] Ateniense: En cuanto a los aún vivos, honrarlos con encomios e himnos no es cosa segura, antes de que, recorrida íntegra la carrera de la vida, le haya alguien puesto bello final. Todo esto sea común a varones y mujeres que hayan sido diáfanamente buenos y buenas. Mas en cuanto a cantos y danzas ha de reglamentárselo así: Hay de los antiguos composiciones musicales, muchas y bellas; y, además, y parecidamente, para los cuerpos danzas, —de lo cual no hay reparo seleccione el régimen político lo conveniente y ajustado. Mas los examinadores elegidos para hacer esta selección no sean menores de cincuenta años; y lo que parezca satisfactorio en las composiciones antiguas, sepáreselo. Mas respecto de lo deficiente a del todo inconveniente: esta rechácelo de todo en todo; mas aquello, tomémoslo y pongámoslo a tono, asociándonos varones que sean, a la vez, poetas y músicos, sirviéndonos de sus facultades poéticas; mas no fiándonos de sus gustos y deseos, * no ser de los de unos pocos; y que interpreten las intenciones del legislador, componiendo según su mente lo referente, sobre todo, a danza, canto y toda clase de coros. Mas todo trato con Musa, que, de desordenado pase a ordenado, aun si no se le adhiere dulce Musa, es miles de miles veces mejor: que lo de dulce es común a todas. Quien, desde niño, hasta la edad asentada y sensata, haya convivido con Musa sensata y ordenada, al oír la contraria la odiará siempre, y la declarará inliberal. Mas si se crió en la común y dulce dirá que la a ésta contraría es fría y desabrida, de modo que, cual se acaba ahora mismo de decir, respecto de placer y desagrado, una en nada ha ganado a la otra; pero, por otra parte, una de ellas hace, en cada caso, a unos mejores, a otros peores de los en ella criados. [801e] Clinias: Bellamente lo has dicho. [801e] Ateniense: Además: deberíamos separar en los cantos los convenientes a hembras y a varones, delimitándolos por alguna nota típica; y es necesario, por cierto, ajustarlos a armonías y ritmos, porque seria terrible desafinar de la armonía total y desacompasar del ritmo, por no dar a los cantos lo conveniente a cada uno de ellos. Así que será necesario legislar también sobre sus delineamientos. Mas es necesario dar a ambos lo que a ambos pertenece; pero lo de las hembras, darlo a lo que en ellas por naturaleza se diferencia del otro sexo; y esto ha de quedar bien en claro. Ciertamente pues, a lo magnificente y a lo propendiente a valentía hay que llamarlo “varonil”; pero a lo inclinado más bien a decoro y modestia habrá que admitirlo, como más femenino, en ley y en razonamiento. Tal es, pues, el orden. Háblese, después de esto, de la enseñanza y transmisión de lo anterior: de qué modo, con quiénes y cuándo se ha de practicar cosa por cosa. A la manera pues, como un naviero, al proyectar el principio de la construcción del navío, delinea según la figura de navío la quilla, esto mismo, por cierto, me parece estar yo haciendo al tratar de proyectar las formas de vida según las clases de almas: echar en realidad sus quillas estudiando con qué traza y de qué manera organizaremos mejor toda esta travesía de la vida; esto es lo que estoy, correctamente, considerando. Por cierto que los asuntos humanos no son dignos de gran seriedad; mas hay que tomarlos en serio. Esto no es de buena suerte. Mas ya que estamos metidos en esto, si halláremos manera decorosa de cumplirlo, tal vez fuera lo más a nuestra medida, ¿De qué hablo? Quien acepte lo mismo que yo lo aceptaría correctamente. [803c] Clinias: Pues de seguro. [803c] Ateniense: Afirmo que es preciso tomar en serio lo serio; mas ho, lo no serio; que, por naturaleza, dios es merecedor de que se lo tome con toda seriedad, feliz ella; más que el hombre, como anteriormente dijimos, está montado cual juguete de dios, y, en realidad, esto es lo mejor de él. A esta su condición ha de conformar toda su vida; y, jugando a los juegos más bellos, han de pasar su vida todos: varón y mujer, —pensando lo contrario que ahora. [803d] Clinias: — ¿Cómo? [803d] Ateniense: Ahora, por cierto, creen que lo serio ha de hacerse con miras al juego; porque a las cosas de guerra, que son serias, creen disponérselas bien con miras a la paz. Pero lo de guerra, por cierto, no nació para juego, ni es ni será jamás para nosotros educación merecedora de tal nombre, que ésta es, afirmamos, el asunto más serio para nosotros; así que, según paz, ha de pasar cada uno la mayor y mejor parte de la vida, ¿Qué es lo correcto? Hay que pasar la vida jugando ciertos juegos: sacrificando, cantando y danzando de tal manera que sea posible tener para sí, por una parte, propicios a los dioses; por otra, defenderse de los enemigos y, en caso de luchas, vencer. ¿Cantando y bailando qué, se obtendrían ambas cosas?, de qué clases, ya quedó dicho. Y al modo que los caminos se hacen al caminar, hase de confiar en que el poeta dice bien aquello. [803e] Telémaco, unas cosas concebirás tú mismo en tu mente: mas otras te las sugerirá tu daimonio, porque no creo que hayas nacido y crecido sin quererlo los dioses. Esto mismo, pues, han de pensar nuestros críos; que crean haberse dicho de algunas cosas lo bastante; que el daimonio y dios les sugerirán las demás sobre sacrificios y danzas: a quiénes y cuándo dedicando a cada uno su juego y volviéndolos 4 cada uno propicio según su manera natural de ser, pasarán a ellos su vida, lo más de ella cual muñecos que es lo que son; pero un poquito de ella, participando algo de Verdad. [804b] Megilo: Grandemente envileces, Extranjero, nuestra humana raza. [804b] Ateniense: No te extrañe, Meguilo, perdónamelo; porque mirando hacia dios, y sintiéndolo, dije lo que acabo de decir. Quedemos, pues, si tal te place, en que nuestra raza no es vil, sino merecedora de tomarla un poco en serio. [804c] Pero prosigamos: se habló, por cierto, de edificios para gimnasios y escuelas comunes, por triplicado, hacia el medio de la Ciudad; y, para caballos, a su vez, por triplicado, al derredor de la villa, gimnasios y terrenos para ejercicios, y arreglados para tiro de arco y demás clases de proyectiles, y a la vez, para aprendizaje y adiestramiento de los jóvenes. Mas si entonces no se habló de ello suficientemente, háblese de ello aquí en tono de ley. Que en todos esos edificios residan nuestros extranjeros persuadidos por el salario, para enseñar a los alumnos todo lo aprendible en cuanto a guerra, y en cuanto a música; mas no, a un alumno, porque su padre lo quiera; pero si el padre no quiere, que abandone la educación. Sino lo dicho: que todo varón y niño, por pertenecer a la Ciudad más que a sus progenitores, ha de ser, en lo posible, educado obligatoriamente. Aun respecto, pues, de las hembras mi ley diría la mismo: todo lo dicho respecto de los varones; que aun las hembras han de adiestrarse igual. Y diría esto mismo sin miedo a eso de que equitación y gimnástica les están bien a los varones; mas no les está bien a las mujeres. De oídas, estuve persuadido de antiguos "mitos”; mas ahora, por decirlo así, sé que, en los alrededores del Ponto, hay miles y miles, innumerables, mujeres, llamadas “sauromátidas” a quienes está ordenado ejercitarse no sólo en equitación, sino en arcos y demás clases de armas, cual a los varones, y se ejercitan en ello igualmente. Acerca de esto tengo un “razonamiento” más o menos como éste: Afirmo, si es posible que esto pase así, que sería lo más insensato de todo el que ahora, en nuestros países, pasara precisamente el ue todos, varones y mujeres no se ejercitaran, con todas sus fuerzas y unánimemente, en lo mismo. Porque, de ser así y con los mismos gastos y trabajos, resulta, casi casi, toda Ciudad, semi-ciudad en vez de doble; lo que fuera en un legislador sorprendente error. [805b] Clinias: Tal pareciera. Mas de entre lo dicho hay, Extranjero, muchísimas cosas que van contra los regímenes políticos habituales. Mas eso de decir que se dejaría recorrer su carrera al razonamiento, pero que, recorrida, habría de elegirse lo que mejor pareciera, lo dijiste muy a punto, e hiciste que me echara en cara yo a mí mismo ahora lo que dije; di, pues, tú, a continuación lo que te plazca, que anteriormente dije: que si las “obras” no refutan suficientemente el que esto sea posible de realizar, tal vez habría habido algo que objetar al “razonamiento”: mas, ahora, ha de buscar otra cosa quien se niegue a aceptar esta ley. Nuestra exigencia no llegará a extinguirse tanto que no afirme ser preciso el que educación y lo demás el género femenino lo comparta, cuanto más mejor, con el género masculino. Así es como acerca de esto hay que pensar. Bien: puesto que las mujeres no compartan todo lo de la vida con los varones, ¿no será necesario el que haya para ellas un ordenamiento diferente? [805d] Clinias: Pues será necesario. [805d] Ateniense: De entre lo actualmente a la vista, ¿Cuál, pues, preferiríamos en lugar de esa comunidad que, ahora, nosotros, les ordenamos? ¿Lu que les imponen los tracios y otras razones: labranza, pastoreo de panado mayor y menor, y faenas en nada diferentes de las de los esclavos? ¿O lo que nosotros, y todos los circunvecinos de aquéllos? Porque, ahora, entre nosotros, esto es lo que, en esto, pasa: «recogiendo», coma se dice, «todas nuestras cosas en una mansión», encomendamos a las mujeres el administrarlas, y el mandar sobre ruecas y todo lo de lana. ¿O decimos, Meguilo, que sea lo intermediario: lo espartano? ¿Que las doncellas han de vivir compartiendo gimnasios, a la vez que música; mas las mujeres, liberadas de trabajos en lana, llevar una vida morigerada, en modo alguno ni vil ni comodona?, ¿llegando así a un término medio respecto de tareas y administración doméstica, y crianza de hijos?; ¿mas sin compartir lo de guerra; de manera que si, en algún caso, fuera necesario combatir en favor de Ciudad e hijos —por no haber podido compartir, según arte, las técnicas de arco, cual las Amazonas, y demás proyectiles, ni, tomando escudo y lanza, imitar a la diosa, oponerse con ellos gallardamente a la devastación de la patria— pudiesen, si no algo mayor, meter miedo a los enemigos que las vieran en orden de batalla? No se atreverían, ciertamente, habiendo vivido de esa manera, a imitar a las sauromátidas; mas, respecto de aquéllas, parecerían varones las mujeres de éstos. En esto, pues, quien quiera alabar alabe a vuestros legisladores; en cuanto a mí, no los alabara de otra manera, porque el legislador lo ha de ser perfecto, y no a medias; pero dejando, por una parte, a las hembras enmollecerse y gastar desordenadamente en cosas del régimen doméstico; mas, por otra, ocupándose solícitamente de los varones, lo que casi casi perfectamente aportan ellas para la Ciudad es darle a ésta una vida bienaventurada, a medias, en vez de doblemente. [806c] Megilo: ¿Qué haremos?, Clinias, ¿permitiremos al Extranjero rebajar así nuestra Esparta? [806d] Clinias: —Sí. Puesto que se le dio franquía de hablar, ha de permitírsele, hasta que hayamos tratado del todo suficientemente lo de las leyes. [806d] Megilo: Correctamente lo dices. [806d] Ateniense: Pues bien: ¿Es ya casi cosa mía tratar de proseguir la explicación? [806d] Clinias: Pues, ¿cómo no? [806d] Ateniense: ¿Cuál fuera, pues, la manera de vida de hombres a quienes se ha provisto de lo comedidamente necesario, encomendando a otros lo de artesanías; y la agricultura, entregada a esclavos, consigue sacar de la tierra productos suficientes para hombres de morigerada vida? Las comensalías estarían preparadas, unas aparte para varones; otras, al lado para sus familiares: hijos que sean a la vez hembras y sus madres; a presidentes y presidentas por turno estaría encomendado dar por terminadas tales comensalías, observando y viendo cada día la conducta de los comensales; después de lo cual, presidente y los demás, habiendo libado en honor de los dioses a quienes estén consagrados tal noche y día, se irán, hecho así, a casa. Para los así organizados, ¿no quedará por hacer nada necesario o de grandísima conveniencia, sino el deber de vivir cada uno engordando a modo de ganado? Pues bien: decimos que esto no es ni justo ni bello, ni es posible el que quien así viva escape de la mala suerte debida; mas a animal ocioso y comodonamente engordado le es, casi casi, debido el que lo despedace otro animal de esos que valentía trabajos traen enjutos. Pues bien: según la justa exactitud, que es lo que ahora buscaríamos, esto no se realizaría, tal vez, jamás, mientras mujeres, hijos y moradas sean de propiedad privada, y todo lo demás se nos proporcionara a cada uno de nosotros como a propietarios. Mas si se nos realizara lo ahora llamado “segundo”, después de lo otro, grandemente adecuada fuera tal realización. Mas, para los que así vivan, queda, decimos, una tarea, no la menor ni la más vil, sino la mayor de - todas las ordenadas por la ley justa; porque, respecto de una vida que se da vacación completa de todas las demás tareas, por apetecer victoria en olimpíadas y pitíadas, de doble y aun mucho mayor vacación de todo está llena esa vida, correctísimamente así llamada por ocuparse solícita y totalmente de la virtud de cuerpo y alma. Porque ninguna tarea accesoria ha de resultar obstáculo para las demás obras: las convenientes al cuerpo para trabajar y alimentarse; y las al alma, para aprender y morigerarse. Que noche y día, enteros, casi casi no serían suficientes a quien esto practicara, para sacar lo que ello de perfecto y suficiente posee. [807d] Siendo, pues, así las cosas, ha de haber para todos los libres an reglamento de ocupaciones para el tiempo íntegro, comenzando casi desde una aurora hasta la otra, continuadamente desde aurora hasta puesta del sol. Parecería mal en un legislador el que tratara de muchas y frecuentes pequeñeces referentes a la administración de la casa; aparte de otras cosas, de las atinentes a la vigilia nocturna de quienes van a montar durante toda ella guardia rigurosa de la Ciudad entera. Porque pasar durmiendo toda y cualquier noche cualquiera de los ciudadanos, y no aparecer despierto ya ante todos los sirvientes, levantado siempre el primero, han de tenerla todos por vergonzoso e indigno de libre, sea que haya de decirse ser de ley o de costumbre. Más aún: si, en casa, a la señora la despierta alguna de las criadillas, y no es ella la primera en despertar a las demás, hay que llamarlo “vergonzoso” ante sí mismo, ante esclavo, esclava y la casa integra. Despiertos de noche, es preciso que todos hagan gran parte de sus quehaceres políticos y domésticos, —los gobernantes, en favor de la Ciudad; mas las señoras y señores, en sus casas particulares. El mucho dormir no es, de natural, conveniente ni para los cuerpos ni para nuestras almas, ni para las actividades de todos ellos. Que, dormido, uno no vale nada, ni más, en nada, que el no viviente. Pero quien de nosotros se preocupe más de vivir y de pensar, está despierto el mayor tiempo posible, reservándose solamente el útil para la salud, que no es mucho, y lleva bellamente hacia costumbre. En las Ciudades, gobernantes despiertos de noche resultan temibles a los malos, por igual a enemigos y a ciudadanos; mas, apreciados y reverenciados, a los justos y sensatos; para sí mismos y para la Ciudad entera, provechosos. [808b] Por cierto que una noche, así pasada, además de todo lo dicho aportaría una cierta valentía a las almas de los habitantes en las Ciudades. Mas, al irrumpir día y amanecer, hay que encomendar los niños a los maestros; que, sin pastor, no han de vivir ni ovejas ni ningún otro rebaño; ni niños, sin pedagogos; ni esclavos, sin señores. Empero, es el niño el más difícilmente manejable de todas las bestias, tanto más cuanto, por no tener aún enderezada la fuente de pensar, resulta la más astuta, sutil e insolente de las bestias. Por lo cual hay que atarlo con algo así como muchas bridas; primero, cuando se lo separa de nodrizas y madres, con pedagogos por causa de educación y puerilidad; pero después, con quienes le instruyan, cual libre, en todo y especialmente en aprendizajes. Mas que al esclavo lo castigue cualquiera de los varones libres que lo encuentre —a él, al hijo mismo, al pedagogo y maestro— si alguno de ellos falla en algo. Mas si quien lo encuentra no los castiga según debe en — justicia, primero incurra en el máximo deshonor; por otra parte, de los guardianes-de-Ley el escogido para gobernar a los niños vigile a ese que se halló con los dichos y no lo castigó debiendo castigarlo; o lo castigó, mas no de la manera debida. Mas ese maestro guardián, mirando agudamente, y cuidándose especialmente de la crianza de los niños, enderece sus naturales, dirigiéndolos continuadamente hacia el bien según las leyes. [808e] En cuanto a él mismo, ¿cómo, según nosotros, la Ley misma lo educaría suficientemente? Porque, por una parte, no dijo ella nada de clara y suficiente manera, aunque habló de algunas cosas; de otras, no; mas, por otra, es preciso que, en lo posible, nada quede fuera de ella; que deje explícita cada sentencia a fin de que resulte ella para los demás intérprete y a la vez nodriza. En cuanto a lo de coros, ha quedado dicho lo de cantos y danza, de qué tipo hay que escogerlos, corregirlos y consagrarlos. Mas en cuanto a lo que escrito, mas no métrica, qué y de qué manera. Cuidador óptimo de los niños, ha de ponerse en manos - de los criados por ti, no lo hemos dicho. Pero, en cuanto a lo de guerra: qué se les ha ya de enseñar y practicar, los tienes en lo dicho; mas, primero, en cuanto a letras, después sobre lira y cálculos, de ello dijimos lo que debía y era preciso aprendiera cada uno de ellos para guerra, economía doméstica y administración ciudadana. [809c] Y además, respecto de esto mismo, lo útil que hay en lo divino de las Revoluciones: de las de astros. Sol y Luna, según las cuales se ha de administrar todo en toda Ciudad. Decimos, ¿qué?: la ordenación de días en períodos de meses, y de meses en cada año, a fin de que estaciones, sacrificios y fiestas se celebren ajustadamente por guiarse cada una por la naturaleza, salvando así a la Ciudad y manteniéndola despierta; dé por una parte a los dioses los honores debidos y, por otra, haga a los hombres acerca de esto más sensatos. Todo esto, óptimo, aún no ha recibido del legislador explicación suficiente. Así que para atención en lo que a continuación de esto se va a explicar. [809e] Acerca de las letras, ¿comenzamos por decir que no lo tienes suficientemente en claro, acusando de algo de eso a la explicación? De esto: de que aún no se ha precisado, según tú, si el futuro ciudadano ha de tender a la exactitud en lo aprendido o si ni siquiera ha de pretenderlo, cual, parecidamente, pasa respecto de la lira. Que deba pretenderlo, lo afirmamos. [809e] En cuanto a las letras, al niño de diez años, unos tres años son tiempo adecuado; mas para tocar la lira lo es comenzarlo a los trece, y continuarlo durante otros tres. Ni más ni menos que esto. Ni sea lícito al padre alargar, contra ley, tal ocupación, para el aficionado; acortarla, para el remiso. Quien no obedezca quede privado de los honores educacionales de los que habremos de hablar un poco más adelante. Durante tal tiempo, ¿qué han de aprender los jóvenes, y enseñar los maestros? Séate esto lo primero a aprender tú mismo: En cuanto a las letras, hay que trabajar hasta ser capaz de escribir y leer; mas, respecto a velocidad y belleza, ser, durante los años ordenados, rigurosamente exigente con los de natural no espabilado, —es cosa de correr. Respecto de lo a aprender: hay cosas de poetas, escritas sin acompañamiento de lira; unas, con métrica; otras, sin divisiones rítmicas; escritas, pues, para simplemente recitadas de palabra, prescindiendo de ritmo y armonía; para nosotros, escritos peligrosos, legados por algunos de los muchos hombres de tales cualidades. De lo cual, vosotros. Óptimos entre todos los guardianes-de-Ley, ¿qué habéis de emplear? Caso de ordenaros el legislador que emplearais algo, ¿lo ordenaría correctamente? Sospecho que él mismo estaría grandemente apurado. [810c] Clinias: ¿Qué es eso, Extranjero, que se te hace a ti mismo, y realmente, dificultoso de decir? [810c] Ateniense: Lo sospechas correctamente. [810c] Clinias: Como a copartícipes que sois vosotros en lo pertinente a leyes es necesario explicar tanto lo evidentemente factible como lo que no. [810d] Clinias: Pues, ¿qué?, ¿qué te está pasando ahora, en este punto, y qué te ha pasado para hablar así? contrario a lo que dicen miles y miles de bocas, no es cosa fácil. [810d] Clinias: Bien, ¿qué? ¿Te parecen coses pequeñas y pocas las anteriormente dichas por nosotros acerca de Leyes, y establecidas en contra de la mayoría? [810d] Ateniense: Grande verdad es lo que dices; porque, como me lo parece, me urges a que siga ese mismo camino, odioso a los más; pero, tal vez, amable a otros, no menores en número; pero sí menos, no por eso peores; y me urges a que lo siga corriendo con ellos peligros, y atreviéndome a marchar por el camino de la legislación, trazado por los razonamientos presentes, sin en nada desviarme. [810e] Clinias: Ciertamente que sí. [810e] Ateniense: Pues no lo abandono. Y digo que hay entre nosotros algunos compositores, muchísimos, de poemas en exámetros, trímetros y en todos los llamados “metros”; algunos de ellos, lo toman en serlo; otros, a risa; poemas, de los que dicen esos miles de miles se han de alimentar y hartar los jóvenes: los correctamente educandos; y, haciéndolos, a fuerza de lecturas, grandes oyentes y grandes eruditos, lleguen a saber de memoria, y enteros, los poetas. Pero otros, seleccionando lo capital de todos, y reuniendo ciertos pasajes enteros en una unidad, afirman deber aprendérselos y enmemoriarlos quien, entre nosotros, haya de ser bueno y sabio cual resultado de mucha experiencia y de mucha erudición. Pues bien: ¿me urges a que, ahora y francamente, declare qué es lo que dicen bellamente, y qué, no? [811a] Clinias: Pues, ¿cómo no? [811a] Ateniense: Pues bien: ¿qué diría, acerca de todo esto, en una frase que fuera suficiente? Creo que algo casi casi como esto, que todos me concederían: que cada uno de tales poetas ha dicho bellamente muchas cosas; pero muchas también, lo contrario. Mas si esto se ha así, digo que la erudición trae consigo un peligro para los niños. [811b] Clinias: ¿Cómo, pues, y qué aconsejarías al guardián-de-ley? [811b] Ateniense: ¿A qué te refieres? [811b] Clinias: Mirando a qué paradigma, permitiría que todos los jóvenes aprendieran unas Cosas; mas les prohibiera otras. Habla, y no te retraigas de hablar. [811c] Ateniense: Bueno de Clinías, en cierto modo estoy de buena suerte. [811c] Clinias: ¿En qué? [811c] Ateniense: En no estar en apuro alguno respecto de paradigma. Porque dando ahora una mirada a los razonamientos que, desde la aurora hasta este momento, hemos desarrollado —a mi parecer, evidentemente, no sin una cierta inspiración de los dioses—, me pareció habérselos dicho de manera de todo en toda semejante a un poema. Y, tal vez, nada de sorprendente haya en que tal impresión me asalte, y se sienta grandemente impresionado quien, al dar una mirada a nuestros razonamientos, los vea cualqbloquc, porque del grandísimo número de razonamientos que, dichos en poemas o cual prosa, he aprendido y oído, de todos ellos sólo los más co-medidos me parecieron ser los sobremanera convenientes para los jóvenes. Así que para el legislador y educador no tendría, tal creo, paradigma mejor que señalar, y a los maestros los exhortaría a enseñar esto a los niños; esto, y lo con esto conexo y semejante. Y, si recorriendo los poemas de poetas, encontrare cosas —escritas según plan o también simplemente dichas sin haberlas de intento escrito— hermanas de estos nuestros razonamientos, no dejarlas ir de ninguna manera, sino que se las escriba. Y, primero, que se obligue a los maestros mismos a aprenderlas y alabarlas; si a algunos de los maestros no les gusta, no emplearlos de colaboradores; mas a los que concuerden con él en la alabanza, emplearlos, y entregarles la enseñanza y educación de los jóvenes. Dese por terminado aquí y de esta manera este mito: el concerniente a la vez al maestro en escritura y a la escritura. [812a] Clinias: No me parece, Extranjero, que, según lo propuesto, nos hayamos salido de lo que nos propusimos decir: pero sobre si, en conjunto, estamos o no en lo correcto, tal vez fuera dificultoso de decidir en firme. [812a] Ateniense: Esto, por cierto, Clinias, quedará verosímilmente de manifiesto cuando, como hemos dicho muchas veces, lleguemos al final de este discurso sobre las leyes. [812b] Clinias: — Correctamente. [812b] Ateniense: ¿Después del maestro de escritura, no hemos de hablar del de cítara? [812b] Clinias: Como que sí. [812b] Ateniense: Según esto, creo que, recordándonos de los anteriores razonamientos, hemos de asignar a los maestros en cítara lo referente a la enseñanza y, a la vez, a la educación total en tal materia. [812b] Clinias: ¿A qué razonamiento te refieres? [812b] Ateniense: Dijimos, creo, que los Sesenta cantores de Baco debían ser por nacimiento especialmente sensibles a los ritmos y composición de armonías, a fin de que, siendo capaces de seleccionar en las imitaciones musicales la imitación bien o mal hecha, cuando el alma se halla en tales casos, seleccione también lo semejante a la imitación buena y lo de a la contraria; rechace ésta; mas, exhibiéndola, ensalce a la otra y encante a las almas de los jóvenes, exhortando a cada uno a adquirir la virtud, siguiéndola y acompañándola mediante la imitación. [812c] Clinias: Verdaderísimamente dicho. [812d] Ateniense: Pues para esto han de emplear el maestro de cítara y el discípulo los sonidos de la lira; para con claridad en las cuerdas dar a las voces su acompañamiento de cuerda. Mas en cuanto a hacer ellos sonar la lira con otra y variada voz, emitiendo las cuerdas una melodía propia, distinta de la hecha por el compositor, además: producir contraposición de voces mediante densidad-vacío, velocidad-lentitud, agudos-bajos, e imprimir a los sonidos de la lira, parecidamente, toda clase de adornos rítmicos, todo esto, pues, no darlo a los que, en tres años, se empeñen en sacar de prisa la útil de la música. Porque todas estas Cosas, por ser entre sí contrarias, se estorban, y dificultan el aprendizaje; mas es preciso facilitárselo lo más posible a los jóvenes, porque lo que les está ordenado aprender cual necesario no es ni pequeñeces ni poco; qué lo sea lo mostrarán progresando a la vez el razonamiento y el tiempo. Que de esta manera, se ocupe, en música, nuestro educador. En cuanto a cantos y palabras, qué y cuáles hayan de enseñar los maestros de coro, también todo esto quedó anteriormente dicho; y qué dijimos era preciso consagrar, adaptando cada cosa a las festividades, proporcionando a las Ciudades placer provechosa y de buena ventura. [813a] Clinias: “También esto lo dijiste según verdad. [813a] Ateniense: Por cierto, y verdaderísimamente. Y que el director de música elegido, tomando esto a su cargo, se cuide de ello con Suerte propicia: mas nosotros añadamos a lo anteriormente dicho lo referente a danza y a toda gimnástica corporal. Y al modo que dimos lo suyo a la enseñanza de la música, hagámoslo parecidamente también con la gimnástica, porque los niños y las niñas han de bailar y hacer gimnasia. ¿Es así? [813b] Clinias: — Sí. [813b] Ateniense: Por cierto, pues, que no habría inconveniente para tal trabajo en dar a los niños maestros de danzas; y a las niñas, maestras. [813b] Clinias: Sea así. [813b] Ateniense: Convoquemos, pues, a quien via tener la mayor parte del trabajo: al cuidador de niños, que Es quien, por cuidarse de lo de música y de lo de gimnástica, no tendrá mucho tiempo de vagar. [813c] Clinias: Pero, ¿cómo será capaz de cuidarse de eso a tal edad? [813c] Ateniense: Fácilmente, amigo. Porque la ley le ha dado y dará facultad de tomar para tal cuidado a los ciudadanos —varones y mujeres— que escoja. Conocerá a cuáles debe, y querrá no equivocarse en esto por sensato pundonor, y conociendo la importancia de su oficio; consciente, y con razón, de que, si los jóvenes están siendo y han sido bien criados, todo correrá rectamente para nosotros, pero si no.,: ni vale la pena decirlo, ni nosotros, los grandemente amigos de adivinar, lo decimos por reverencia a la nueva Ciudad. Por cierto que hemos dicho muchas cosas acerca de esto: sobre las danzas y toda clase de movimiento en los gimnasios, porque establecimos gimnasios; y en lo pertinente a la guerra, todos los ejercicios de arquería, de toda clase de tiro, de hondería y de toda clase de lucha armada; salidas tácticas, y de toda clase de movimientos de campamentos y acampamientos y cuantos aprendizajes atienen a caballerías. Los maestros en todo esto han de ser comunes, percibiendo salario de la Ciudad; y, por alumnos, a los jóvenes y varones que estén en la Ciudad: a las doncellas y a las mujeres, entendidas en todo eso, que, ya de doncellas, se hayan ocupado de toda clase de danzas guerreras y combates: mas, de mujeres, se hayan ejercitado en salidas, orden de batalla, colocación y toma de armas, si no por otro motivo por el de que, si alguna vez le hiciera falta a todo el pueblo combatir fuera, los encargados de defender a los niños y al resto de la Ciudad fuesen suficientes para esto; o, si por en contraria —no haya modo de conjurarlo— irrumpieran, desde fuera, con grandes fuerzas y violencia enemigos —enemigos bárbaros o griegos— de modo que fuera necesario combatir en el perímetro mismo de la Ciudad, gran mal sería para el régimen político el que las mujeres estuvieran tan vergonzosamente mal criadas que no quisieran, cual lo quieren los pájaros con sus polluelos, morir luchando contra cualquiera de las más feroces bestias y correr toda clase de peligros, sino que, inmediatamente yéndose a los templos, llenaran altares y naves, y difundieran la opinión de que el género humano es, por naturaleza, la más miedosa de las bestias. [814b] Clinias: No, por Júpiter!, Extranjero; no fuera en modo alguno decoroso el que tal pasara en Ciudad. [814c] Ateniense: Así que pongamos esto por ley: que las mujeres no han de descuidar, hasta ese extremo, lo pertinente a la guerra; sino cuidarse solícitamente de ello todos: ciudadanos y ciudadanas. [814c] Clinias: Pues convengo en ello. [814c] Ateniense: Respecto a la lucha, algo dijimos; pero lo más importante, diría yo, no quedó explicado: ni es cosa fácil de declarar sino mostrándolo, a la vez, con cuerpo y palabra. Este punto lo juzgaremos cuando, acompañado con acción, el razonamiento nos indique algo claro respecto de otros puntos, diferentes de los que trató, que, con el combate guerrero, este nuestro tipo de lucha es, en realidad. Mucho y muchísimo congénere; y que, an más, hay que cultivar ésta en gracia a aquél; y no, aprender aquél en favor de ésta. [814d] Clinias: Bellamente dicho, esto precisamente. [814d] Ateniense: Lo hasta aquí dicho acerca del poder educativo de la palestra quede ahora por dicho en firme. Mas, respecto de todos los demás movimientos del cuerpo entero —de los que a la parte principalísima, llamándola "danza”, se la denominaría correctamente— hay que admitir darse de ella dos eidos: el que imita, hacia lo augusto, los movimientos de los cuerpos más bellos; y el que, hacia lo vil, los de los más feos. Y, de nuevo, hay dos eidos de lo vil: otros dos, diversos, de lo noble. De lo noble, la danza guerrera y la de cuerpos enzarzados en trabajos violentos, —cuerpos bellos, mas de alma varonil. Pero a la de alma que está siendo morigerada en medio de prosperidad y placeres comedidos, llamándola “danza pacífica”, correcta y naturalmente se la llamara. Mas a la guerrera, por ser diversa de la pacífica, se la llamaría correctamente “pírrica”, por imitar las precauciones contra golpes y tiros con desvíos, con toda clase de retrocesos, saltos de altura y agachamientos; y con los movimientos contrarios a éstos: los que tienden al tipo de ofensivos cuando se ponen a imitar los movimientos de arrojar flechas y jabalinas, y toda clase de golpes. Lo que de correcto y bellamente tenso haya en ello, cuando lo imitan cuerpos y almas bellas, por dar a la mayor parte de los miembros del cuerpo algo así cual bella rectitud, resulta ella correcto; mas lo a esto contrario no es aceptable como correcto. Mas respecto de la danza pacífica se ha de considerar en ella y en cada caso si uno, dejándose llevar correctamente o no por la naturaleza de la danza bella, durante ella y hasta el final lo hace en las corales de manera adecuada a varones de buenas leyes, Primero, pues, es preciso separar la danza criticable de la no criticable, ¿Cuál es, pues, ésta, y cómo ha de separarse una de la otra? Toda la que sea báquica o las conexas con ella o las que, llamándolas de Ninfas, Pan. Silenos y Sátiros., invitan, dicen, a borrachos, al celebrar ciertas purificaciones e iniciaciones, todo este género no es fácil de definirlo ni como pacífico ni como guerrero ni como se quiera. Por cierto que me parece haberse de definir casi correctísimamente así: ponerlo fuera del guerrero y del pacífico, y decir que este género de danza no es propio de un ciudadano; dejando, pues, la cosa aquí, volver ya hacia el género guerrero y el pacífico que, indudablemente, son nuestros. [815d] El de la Musa no guerrera, que es el de los que honran en danzas a los dioses y a los hijos de dioses, resultaría ser en conjunto un solo género, tenida su práctica en buena opinión. Mas la dividiríamos en dos partes: una, la de los que han escapado con bien de ciertos trabajos y peligros, aporta mayores placeres; otra, la que, por salvar y acrecentar los bienes anteriores, posee placeres más tranquilos que los otros. En tales casos, todo hombre se mueve según movimientos que son mayores al ser mayores los placeres; mas menores, al ser menores; son menores en el morigerado que esté más ejercitado en valentía; pero el cobarde y no ejercitado en dominarse sufre de cambios mayores y más violentos de movimiento. En general: al emitir la voz, sea en cantos o en palabras, nadie es capaz de guardar, enteramente, en reposo al cuerpo. Por esto la imitación en gestos de lo dicho en palabras dio origen a toda la arte de danza. En todo esto, uno se mueve acompasadamente; otro, desacompasadamente. Por cierto que, pensándolo bien, hay que alabar muchos y diversos de los nombres antiguos por bien impuestos y según naturaleza; de entre éstos hay uno, y es el dado a las danzas de los bien acomodados, si son morigerados en los placeres; al que dio —sea quien haya sido— correcta y musicalmente nombre, e imponiéndoselo, según cuenta-y-razón, a todas, las denominó “enmelias”; y estableció dos eídoses de danzas bellas; uno, el guerrero, “pírrico”; otro, el pacífico, “emmelia”, imponiendo a cada una el nombre conveniente y coarmonizado. El legislador ha de describir los tipos; mas el guardián-de-Ley, buscarlos y, encontrados, componiendo la danza con las demás clases de música y repartiendo entre todas las fiestas lo perteneciente a cada clase de sacrificios, consagrando así todo ello según orden, de lo restante no ha de cambiar nada, ni en lo atinente a danza ni a canto; sino que, pasando, de esta igual manera, la Ciudad misma y los ciudadanos la vida en los mismos placeres, por estar siéndose, en lo posible, semejantes, vivan bien y bienaventuradamente. [816d] Ha quedado terminado, pues, lo referente a los cuerpos bellos y almas nobles, respecto de las danzas, —cuáles. se ha dicho, deben ser. Mas en cuanto a lo de cuerpos y pensamientos feos, y a lo de los proclives a comedianterías de risa, que han transformado en comedia palabra y canto, y lo concerniente a danza y a las imitaciones de todo esto, es necesario mirarlo y conocerlo, porque no es posible llegar a aprender lo serio sin lo ridículo; y lo contrarío, sin todos los contrarios, si se ha de ser entendido. Mas no es posible practicar ambas cosas si uno ha de participar, al menos un poco, de la virtud. Pero, por esta mismo, hay que aprenderlo, a fin de no hacer o decir, por ignorancia, cosas ridículas, cuando jamás es debido. A esclavos y Extranjeros asalariados se ha de mandar imiten tales cosas; mas no tomarlas jamás y de manera alguna en serio, ni que, en público, se vea a uno de los libres —ni mujer ni varón— aprendiéndolas; tales imitaciones han de parecer siempre novelerías. [817a] Lo referente, pues, a los juegos para reír —a los que todos llamamos “comedia”— quede firme según esta ley y razonamiento. Mas respecto de nuestros poetas “serios”, como se dice, los de tragedias, si viniendo a nosotros algunos de ellos nos preguntaran más a menos así: “¿Extranjero, podremos visitar o no vuestra Ciudad y país, llevar y exhibir tal poesía, o qué os ha parecido deber hacerse respecto de esto?”. Respecto, pues, de esto, ¿qué responderíamos correctamente a tales divinos varones? Á mí, me parece que esto: “Óptimos, entre los extranjeros, diría, nosotros mismos somos compositores de «tragedia», bellísima y a la vez óptima, si es posible, porque nuestro régimen político íntegro no resultó ser sino imitación de la vida más bella y buena, que es lo que nosotros afirmamos ser, en realidad, la tragedia más verdaderamente tal. Vosotros sois, pues, ciertamente, poetas; mas también de lo mismo lo somos nosotros; así que somos vuestros rivales en arte y concursos en el más bello de los dramas que solamente la verdadera ley es capaz, de suyo, de realizar perfectamente, —tal es nuestra esperanza. No creáis, pues, que fácilmente os vayamos a permitir el que montéis escenarios en el ágora e, introduciendo actores de bella voz, que suenen mejor que las nuestras, creáis os vamos a encomendar os dirijáis allí a niños, mujeres y a la multitud entera diciendo sobre las instituciones algo distinto de lo que decimos nosotros; sino, casi siempre, y en casi todo, lo contrario. Porque casi casi seríamos locos de remate, nosotros, y la Ciudad entera que os permitiera hacer lo dicho ahora, antes de que las autoridades juzguen de si lo que habéis compuesto es o no recitable y conveniente en público. Ahora bien, hijos progenie de Musas complacientes, comenzando por presentar ante las autoridades vuestros cantos al lado de los nuestros, si lo vuestro parece lo mismo o mejor que lo nuestro, os daremos un coro; pero si no, amigos, no lo podríamos jamás”. [817e] Pues bien: respecto de toda clase de danza, y de su enseñanza, sean todas las costumbres reguladas por leyes, —aparte, las de los esclavos; aparte, las de los señores, si os lo parece. [817e] Clinias: — Pero, ¿cómo no nos lo va a parecer ahora así? [817e] Ateniense: Ahora bien: hay para los libres tres aprendizajes: un primer aprendizaje, el de cálculos y lo pertinente a números; como segundo, el de la arte mensurativa de longitudes, plano y profundidad en conjunto; tercero, el de la arte sobre las circunvoluciones de los astros, cuál es su natural y relativa marcha. Sobre todo esto, en plan de exactitud, no han de trabajar los más, sino unos pocos quiénes, lo diremos al aproximarnos al final, porque tal sería lo conveniente; mas, en cuanto a la multitud, no conocer lo que se dice, y tal vez correctísimamente, ser necesario, sería aun para la mayoría algo vergonzoso; mas buscar en todo ello la exactitud no es ni fácil ni enteramente posible. Pero no se puede prescindir de lo que de ello sea necesario. Al revés, parece que el primero que en proverbios habló de dios, mirando a eso haber dicho que «ni dios parece luchar jamás con Necesidad»; pienso que habló, de entre las necesidades, de las que son divinas; porque, de las humanas, mirando hacia las cuales la mayoría dice eso mismo, tal sentencia es, de entre todas las sentencias, y con mucho, la más estúpida. [818b] Clinias: ¿Cuáles, pues, Extranjero, respecto de aprendizajes, no son necesidades humanas, sino divinas? [818b] Ateniense: Pienso, por cierto, que son aquellas que si uno no las practica o no las aprende, ni dios, ni daimonio, ni héroe sería jamás y en modo alguno capaz de tomar en serio el cuidado de los hombres. Pero mucho más le faltaría a un hombre para ser divino, si no es capaz de conocer ni Uno, ni Dos, ni Tres ni, en general, lo de par e impar, ni supiera nada de contar con números, ni fuera capaz de contar así noches y días; y no estuviera perito en contar las revoluciones de Luna. Sol y de los demás astros. Pues bien: que todos estos aprendizajes no sean necesarios a quien se proponga saber algo de cualquiera de las más bellas enseñanzas, grande locura fuera pensarlo. Mas, de todas ellas, cuáles, cuántas y cuándo haya que aprenderlas, y qué, con qué; y qué, aparte de lo demás, y la mezcla total de todo esto, tal es lo que correctamente se ha de tomar primero, y, con estas enseñanzas por guía, pasar a aprender las demás. Porque de esta manera se apoderó de Naturaleza esa Necesidad con la que decimos que ningún dios ni lucha ahora ni luchará jamás. [818e] Clinias: Parece, Extranjero, que lo así y ahora dicho ha sido correctamente dicho y según naturaleza. [818e] Ateniense: Pues así es, Clinias: mas resulta difícil imponer cual ley lo programado de esta manera. [818e] Clinias: Parece, por cierto, Extranjero, que temes nuestra habitual inexperiencia en este punto. Pues tu temor no es correcto; trata, no obstante, de hablar sin ocultar nada por este motivo. [819a] Ateniense: Temo, por cierto, eso que ahora dices; pero más aún me espanto de quienes emprendieron tales aprendizajes, mas los emprendieron mal. Porque la ignorancia grande de todo no es, en modo alguno, ni terrible ni el mayor de los males. Que daño mucho mayor que éstos proviene del mucho tantear y del mucho aprender con mala dirección. [819a] Clinias: Dices la verdad. [819a] Ateniense: Pues bien: de cada una de tales enseñanzas es preciso decir que han de aprender los libres tanto cuanto una multitud grandísima de niños en Egipto aprende junto con las letras. Porque, primero, acerca de cálculos se han inventado, sencillamente, para los niños, procedimientos para que aprendan jugando y con placer; repartos de ciertos frutos y coronas, coarmonizando a la vez el número de éstas con el mayor o menor de ellos; y en boxeo y lucha, sentarse y agarrarse en medio por turno o seguidos o como se haya quedado. Lo mismo en juego, unos juntan y revuelven botellitas de oro, bronce y plata; otros, las reparten todas de una manera cual la que dije, y adaptando a juego los usos de los números necesarios, ayudan a los aprendices para las clases de orden, conducción y marcha de los ejércitos y para la economía doméstica, y. [819c] . en total, hacen a los hombres más útiles para sí mismos y más espabilados. Después de esto, en las mediciones de cuanto tiene longitud, latitud y profundidad, en todo esto eliminar una cierta ignorancia ridícula y vergonzosa que hay en todos los hombres. [819d] Clinias: ¿De cuál y de qué estás hablando? [819d] Ateniense: Por cierto, amigo Clinias, que, al oírlo, me admiré muchísimo y tardíamente de lo que en esto nos ha pasado; y me pareció no ser esto cosa humana sino, más bien, de criaturas cerdunas; y me entró vergüenza no sólo de mí mismo, sino aun de todos los griegos. [819e] Clinias: ¿Sobre qué? Di qué es y explícate, Extranjero. [819e] Ateniense: Lo digo, mejor, te lo mostraré preguntándote. Respóndeme a esto poquito: ¿conoces lo que es longitud? [819e] Clinias: Como que sí. [819e] Ateniense: Pero, ¿qué?; ¿y, latitud? [819e] Clinias: Del todo. [819e] Ateniense: ¿Y que ellas son dos, y que la tercera de ellas es profundidad? [819e] Clinias: Pues, ¿cómo no? [819e] Ateniense: ¿No te parece, pues, que todas ellas son mutuamente conmensurables? [819e] Clinias: — Sí. [819e] Ateniense: Y creo que es, naturalmente, posible medir longitud con longitud, superficie con superficie, y parecidamente profundidad. [820a] Clinias: Y mucho. [820a] Ateniense: Pero si, respecto de algunas no lo fuera posible ni mucho ni poco; pero sí, de algunas; mas de otras, no, pero tú lo creyeras de todas, ¿cómo crees te habrías respecto de esto? [820a] Clinias: Es claro que cual nulo. [820a] Ateniense: Pero, ¿qué de la relación de longitud y latitud con profundidad o de latitud y longitud entre si? Acerca de esto, ¿no piensan todos los griegos de igual manera: que, de una manera u otra, es posible medirlas unas con otras? [820b] Clinias: Pues de todo en todo. [820b] Ateniense: Pero, ¿si de ningún modo y manera fuese posible? Mas lo que dije: si todos los griegos pensáramos que es posible, avergonzándome yo por todos, ¿no merecerían les dijera: “Óptimos de los griegos, no es ésta una de aquellas cosas de las que dijimos era ya vergonzoso el no saberlas?, mas saber las necesarias no es nada de grandemente bello”. [820b] Clinias: Pero, ¿cómo no? [820b] Ateniense: Y además de estos casos, hay otros parientes de ellos en que cometemos muchos errores hermanos de aquellos otros errores. [820c] Clinias: ¿Cuáles, pues? [820c] Ateniense: De qué naturaleza son las relaciones mutuas entre mensurables e inmensurables; porque es necesario, pensándolo bien, discernirlo, o ser una nulidad absoluta; y proponiéndonos unos a otros tal problema —ocupación mucho más agradable para ancianos que la del chaquete— competir en estos pasatiempos dignos. [820d] Clinias: Tal vez. Parece que el chaquete y estas enseñanzas no se diferencian entre sí gran cosa. [820d] Ateniense: Pues yo afirmo, Clinias, que éstas son las cáue deben aprender los jóvenes, porque no son ni dañinas ni dificultosas, y, aprendidas en juego, ayudarán, y en nada perjudicarán, a nuestra Ciudad. Mas si alguien dice otra cosa, se le ha de oír. [820d] Clinias: Pero, ¿cómo no? [820d] Ateniense: Pues bien: si parece que esto Es así, está claro que lo aprobaremos, mas si no pareciere haberse de esta manera lo reprobaremos. [820e] Clinias: Es claro, ¿cómo 10? [820e] Ateniense: Ahora bien: quede establecido, Extranjero, el que son tales enseñanzas de las necesarias, a fin de que no haya vacíos en nuestras leyes. Queden establecidas, cual prenda a rescatar por lo demás del régimen político, si no fueran del completo agrado o de nosotros los que las imponemos o de vosotros a quienes se imponen. [820e] Clinias: Hablas de una imposición justa. [820e] Ateniense: Ve, después de esto, lo referente a la enseñanza de los astros para los jóvenes, si lo dicho nos ayuda, o lo contrario. [820e] Clinias: Habla sin más. [820e] Ateniense: Por cierto que, acerca de esto, hay algo grandemente sorprendente, y que, de ningún modo ni manera, se ha de aceptar. [821a] Clinias: — ¿Qué? [821a] Ateniense: Que, dícese entre nosotros, que no se ha de rebuscar al dios supremo ni al universo en conjunto, ni meterse en todo a escudriñar las causas, porque no fuera ni piadoso. Mas parece cual si todo lo contrario a esto fuera lo correcto a hacer. [821a] Clinias: ¿Cómo dices? [821a] Ateniense: Paradójico es, ciertamente, lo dicho; y aun alguien creyera no estarles bien a viejos. Mas cuando alguien piensa que alguna enseñanza es bella, verdadera y útil para Ciudad, y de todo en todo agradable a dios, en modo alguno es posible no hablar de ella. [821b] Clinias: Dices lo verosímil. Pero, respecto de los astros, ¿hallaremos una enseñanza tal? [821b] Ateniense: ¡Buenos de nosotros!; ahora, por decirlo así, no hacemos todos los griegos sino mentir acerca de los grandes dioses: Sol, Luna, juntos. [821b] Clinias: ¿Con qué mentira? [821b] Ateniense: Afirmamos que no siguen jamás el mismo camino, e igual, con ellos, algunos astros, llamándolos “planetas”. [821c] Clinias: Sí, por Júpiter!, Extranjero, es verdad lo que dices; porque, durante mi vida, y muchas veces, yo mismo he visto que el lucero matutino y el vespertino, y otros tales, jamás van por la misma pista, sino errantes del todo; pero que el Sol y la Luna hagan eso siempre, todos lo sabemos. [821c] Ateniense: Esto es, pues. Meguilo y Clinías, lo que ahora estoy diciendo han de aprender, acerca de los dioses —los del cielo—, nuestros ciudadanos; y los jóvenes, aprender acerca de todo esto lo suficiente para no blasfemar en esto, sino hablar piadosamente, siempre que sacrifiquen y pidan algo en plegarias. [821d] Clinias: Esto es, ciertamente, lo correcto si, ante todo, es posible aprender lo que dices; después, si ahora no hablamos sobre ellos correctamente en algo, mas, en aprendiendo, hablaremos correctamente, concedo yo mismo que tan grande y tal enseñanza ha de aprenderse. Que esto sea así, trata tú, por tu parte, de declararlo enteramente; por la muestra, trataremos, aprendiendo, de seguirte. [821d] Ateniense: Lo que digo, no es fácil de aprender; mas tampoco de todo en todo difícil, ni demasiado largo en tiempo. Prueba: sin haber sobre esto oído yo algo ni de joven ni durante largo tiempo, podría ahora, y no en mucho tiempo, declarároslo. Mas, en caso de ser difícil, no sería capaz de declararlo a los de tal edad, yo, el de esa misma edad. [821d] Clinias: Dices verdad. Pero, ¿qué es esa enseñanza que tú dices ser, por una parte, maravillosa; mas, por otra, conveniente de enseñársela a los jóvenes; pero no conocida de nosotros? Trata de explicar cosa tan grande de la más clara manera. ma correcto, óptimo, acerca de Luna. Sol y los demás astros el de que sean planetas; es todo lo contrario. Porque cada uno de ellos recorre siempre el mismo camino —y no muchos, sino uno y circular—, aunque “parezca” llevar muchos. A veces, se opinará, y no correctamente, que el más veloz de ellos está siendo el más lento y lo contrario, de contraria manera. Si, pues, esto es, naturalmente, así, aunque nosotros no opinemos de esta manera; si, en Olimpia, pensáramos así respecto de caballos en carrera o de varones corredores en largo estadio, y declaráramos como más lento al más veloz, y como más veloz al a más lento, y, al componer encomios, cantáramos al vencido cual si hubiera vencido, creo que no aplicáramos nosotros los encomios ni correctamente ni de manera amable para con corredores que son hombres. Mas, ahora, errando en esto mismo acerca de dioses, no creemos que fuera ridículo y no correcto aquello de antes; mas, ahora, aquí y en este caso, no creemos haya nada de ridículo ni de no amable para con los dioses, al poner nosotros en himnos falsos cuentos sobre dioses. [822c] Clinias: Verdaderísimo, si esto es así. [822c] Ateniense: Si, pues, mostráramos que esto es así, ¿habría que enseñar todo esto hasta esto; mas si no lo mostramos, dejarlo correr todo? ¿Quede esto para nosotros así en firme? [822d] Clinias: Pues absolutamente. [822d] Ateniense: Hay, pues, que afirmar haber llegado ya a su final lo enlegalizado respecto a las enseñanzas para educación. Mas, sobre la caza, y sobre todo cuanto le es pertinente, es preciso discurrir de manera semejante, porque parece que lo ordenado al legislador es algo más que imponer leyes, y marcharse. Que, además de las leyes, hay algo diverso, intermedio a la vez entre amonestación y leyes, que muchas veces, por cierto, se entrometió en nuestros razonamientos, como en el caso de la crianza de los niños muy pequeños. No afirmamos el que quede sin decir; mas, en caso de decirlo, creer queramos imponerlo cual ley, fuera grande desborde de insensatez. Escritas ya de esta manera las leyes, y el régimen político íntegro, no resulta alabanza perfecta la que se hace del ciudadano distinguido en virtud cuando se afirma que quien se someta mejor a las leyes y las obedezca máximamente, tal es el bueno. Mas perfecta alabanza es dicho así: lo es quien pase puro el curso de la vida, obedeciendo a las leyes escritas del legislador que legisle, alabe y vilipendie. Tal es la más correcta sentencia en alabanza de un ciudadano; y que el legislador, realmente tal, no sólo debe escribir las leyes, sino, además de las leyes, todo lo que le parezca ser bello y no bello escribirlo entretejida con las leyes; mas el ciudadano supremamente tal ha de sentirse ligado no menos por esto que por lo reforzado con castigos por las leyes. [823a] Si trajéramos cual de testigo lo presente, declararíamos mejor lo que queremos, porque la caza es una operación muy amplia, comprendida ahora casi con un solo nombre, porque múltiple es la caza de los acuáticos; múltiple, la de los volátiles; mucho más lo es la cacería de pedestres; no sólo de fieras; y aun la de hombres merecería ser tenida por caza, la de en guerra; múltiple es también la cazadora por amistad; ésta es de alabar; aquélla, de reprobar. Y son caza los robos de los ladrones y los de los ejércitos durante campañas. No es posible que al legislador, al imponer las leyes sobre caza, se le pase eso por alto; ni lo es el que, al imponer sobre cualquier materia ordenanzas y castigos, las imponga cual amenazas legales. ¿Qué hay, pues, que hacer en estos casos? Es preciso, por una parte, que el legislador alabe o vilipendie lo de la caza, en relación a los trabajos y ocupaciones propios de los jóvenes; por otra, convencer al joven que lo oiga de que ni la ejercite por placer ni la evite por trabajosa; mas, respecto de lo amenazado en cada caso con castigo y lo impuesto cual ley, honrar más bien lo dicho con alabanza y, una vez ordenado, ejecutarlo perfectamente. [823d] Una vez dicho previamente esto, vendría a continuación alabanza y vilipendio comedidos de la caza, alabando a la que hace mejores a las almas de los jóvenes, vilipendiando a la que lo contrario, Hablemos, pues, inmediatamente tras esto a los jóvenes, dirigiéndonos a ellos por modo de súplica: “Querido, ojalá no se apoderen de vosotros ni apetencia ni amor por la caza marina, ni por la de animales acuáticos, ni por esa caza perezosa que, en favor de despiertos o dormidos, hacen con su trabajo las redes. Ni os asalte el anhelo de la caza de hombres en mar, ni de la piratería, que haría de vosotros cazadores crueles y sin ley. Pero que ni os venga el menor pensamiento de poneros a robar en campiña o en ciudad. Ni que astuto amor —no gran cosa digno de libres— por la caza de alados asalte a alguno de los jóvenes. No queda ya, para nuestros atletas, más que la que la cacería y captura de pedestres, de las que una es la llamada nocturna, propia de varones perezosos, durmientes por turno, no merecedores de alabanza; ni lo es la que, admitiendo pausas en el trabajo, sirviéndose de redes y trampas, mes no con victoria de alma amante del trabajo, doma la fuerza salvaje de las fieras. De todas, queda una y la óptima: la caza de cuadrúpedos con caballos, perros, y los propios cuerpos; se apoderen de todos ellos, cazándolos a carreras, golpes y tiros, con las propias manos: las de cuantos cultivan la divina valentía”. [824a] De todo esto, el razonamiento hecho sería su alabanza y vilipendio. Mas la ley es ésta: “que a estos cazadores, por ser sagrados, nadie les impida meter la jauría a donde y como quieran. Mas al nocturno que confía en redes y trampas, nadie le permita jamás cazar. Al pajarero, no se lo impida ni en barbechos ni en montes; mas de labrantíos y tierras sagradas expúlselo quien lo encontrare; al pescador, a excepción de en puertos, ríos, estanques y lagunas sagrados, déjeselo cazar, si no utiliza productos envenenadores”. [824a] Ahora hay que decir ya haber llegado a su final lo legislado sobre educación. [824a] Clinias: Puedes decirlo bellamente. [828a] Ateniense: La continuación de esto es ordenar y legislar, con ayuda de los oráculos de Delfos, sobre fiestas: qué sacrificios y a qué dioses sería mejor y más saludable sacrificara la Ciudad. Mas cuándo, y cuántas en cuanto a número, tal vez fuera cosa muy nuestra legislar acerca de ellas. [828a] Clinias: Tal vez, en cuanto al número. [828a] Ateniense: Hablemos, pues, primero del número. Sean trescientas sesenta y cinco, sin que falte alguna, de modo que alguna de las autoridades esté siempre sacrificando a alguno de los dioses o daimonios en favor de la Ciudad, de los de ella y de sus propiedades. Para esto, pues, reuniéndose intérpretes, sacerdotes, sacerdotisas y adivinos con los guardianes-de-Ley ordenen lo que, por necesidad, haya omitido el legislador. La ley, pues, dirá que haya doce fiestas en honor de los doce dioses de los que cada tribu lleva el nombre de uno, sacrificando a cada uno de ellos sacrificio por mes, y que haya coros y certámenes musicales; otros, de gimnástica, repartiéndolos según lo apropiado a la vez a los dioses mismos y a cada una de las estaciones; y fiestas femeninas, determinando de cuáles conviene o no excluir a los varones. Además: no ha de mezclarse lo denominativamente propio de los dioses terrestriales con lo de los celestiales, y lo que es de su séquito, sino hay que separarlo, dando por ley a Plutón el mes duodécimo. No desplazca a varones guerreros tal dios, sino háselo de honrar por ser siempre el mejor para el género humano, porque, para alma y cuerpo, la unión no es mejor, sin más, que la separación, como yo afirmaría de hablar en serio. [828d] Además de esto: quienes dispongan ajustadamente esto han de pensar en que tenemos una Ciudad tal que no se hallaría otra, entre las actuales, con más tiempo de vagar y más disponibilidades en lo necesario; mas que, cual si fuera un hombre, ha de vivir bien. Pero lo primero que han de tener quienes vivan bienaventuradamente es no perjudicarse a sí mismos y no ser perjudicados por otros. De estas dos cosas aquélla no es dificultosa; mas llegar a poseer el poder de no ser perjudicado es grandemente dificultoso, y no hay otra manera de poseerlo perfecto sino haciéndose perfectamente bueno. Pues bien: esto mismo vale también para Ciudad; para la llegada a buena, vida pacífica; mas vida en guerra, exterior e interior, si es mala. Siendo, casi casi de esta manera, las cosas, no ha de ejercitarse cada uno en guerra durante la guerra, sino durante la vida de paz. Así que una Ciudad inteligente ha de ponerse en pie de guerra no menos que un día en cada mes; pero más días si se lo parece a las autoridades, sin preocuparse de fríos o calores, y a la vez todos ellos, mujeres y niños, cuando a las autoridades les parezca bien sacar al pueblo entero, 6, alguna vez, por partes. Y hay que organizar junto con los sacrificios ciertos. juegos bellos que resulten cual batallas festivas que imiten lo más verídicamente posible las guerreras. Y hay que distribuir en cada una de ellas premios de victoria y excelencia; y hacer encomios y críticas unos de otros según lo que cada uno haya resultado en los concursos y en toda la vida, distinguiendo al que parezca el mejor; y al que no, degradándolo. Poeta de esto no lo sea cualquiera sino, primero, el de no menos de cincuenta años de nacido, ni cuantos, poseyendo en sí mismos suficiente capacidad poética y musical, no hayan hecho nunca ninguna obra bella y patente. Mas de cuantos, además de ser buenos, tengan prestigio en la Ciudad, y sean artífices de bellas obras, cántense sus poemas, aunque no hayan resultado musicales. Juzguen de esto el educador y los demás guardianes-de-ley, otorgándoles por premio a ellos solos completa franquía poética; mas a los otros, ninguna licencia; y que nadie se atreva a cantar composición no aprobada, ni aunque fuera más deleitable que los himnos de 'Tamiras y Orfeo. Pero los poemas aprobados por sagrados sean dedicados a los dioses, y de cuantos de los que critican o alaban a algunos de los varones tenidos por buenos apruébense los que hagan eso de comedida manera. Mas lo mismo respecto de ejercicios militares que de franquía poética digo: que ha de ser igual para mujeres y varones. [829e] Pero el legislador ha de reflexionar y decirse expresamente a sí mismo esto: “Bien, ¿a quiénes criaré, una vez haya constituido la Ciudad íntegra? ¿No es a atletas para los máximos combates con quienes se enfrenten miles y miles de rivales?” —"Seguramente”, diría quien hable correctamente. Pues bien: si criáramos púgiles o pancratiastas o atletas de cualquiera otra clase de concursos, ¿nos enfrentaríamos al concurso mismo, sin haber luchado anteriormente, día a día, con nadie? ¿O por ser realmente púgiles, no habríamos estado, durante muchísimos días, anteriormente al concurso, aprendiendo a pelear y esforzándonos en imitar todo aquello que habremos de utilizar cuando vayamos a pelear por la victoria? Y puestos a acercarnos lo más posible a lo real, revestiríamos los puños en lugar de guantes con esferas, de modo que, en lo posible, tanto los golpes como la buena recepción e ellos estuvieran, en lo posible, preparados. Y si hubiera una cierta escasez de cogimnastas, ¿no nos atreveríamos, por temor a la risa de los insensatos, colgando un eídolon inanimado, ejercitarnos contra él? Aún más: en caso de falta total de cogimnastas, animados e inanimados, en caso de tal soledad, ¿no nos atreveríamos a pelear, realmente cual con sombras, nosotros contra nosotros mismos? ¿O qué otra cosa, diría uno, resulta el cuidarse contra golpes con gestos de manos? [830c] Clinias: Casi casi, Extranjero, no otra cosa sino eso mismo que acabas de decir. [830c] Ateniense: Pues, ¿qué?, ¿los ¿guerreros de nuestra Ciudad se atreverían, estando en algo menos preparados que esos luchadores, a meterse en el máximo de los combates a guerrear en favor de vida, hijos, posesiones y Ciudad entera? Y, ¿por temer su legislador eso de que tales ejercicios a algunos les parezcan ridículos, no impondrá por Jey, ejercicios militares, organizando sobre todo ejercicios militares diarios en cosas pequeñas sin armas, dirigiendo a la vez a esto coros y toda la gimnástica?; mas respecto de ejercicios, dígase mayores y en armas, ordenará que se haga uno al menos por mes; que hagan incursiones unos contra otros a lo largo de todo el país, para apoderarse en ellas de puertos, tender emboscadas, e, imitando todo lo de la arte guerrera, pelear en realidad con guanteletes y tiros lo más próximos a los verdaderos, usando de proyectiles menos peligrosos, para que este juego de unos contra otros no resulte de todo en todo inofensivo, sino meta temorcillos y delate, de alguna manera, al animoso y al que no lo es; y repartiendo correctamente a unos, honores; a otros, deshonores, tenga a la Ciudad entera preparada y lista para el verdadero combate: el de por la vida. Además: si alguno muriere en tal caso, por ser involuntario tal asesinato declarase que el asesino, una vez purificado según ley, está puro de manos, convencido de que, en vez de los hombres muertos, mientras no sean muchos, otros no peores nacerán a su vez; mas si, por decirlo así, se muere el miedo, no encontrará, en todos esos juegos, cómo poner a prueba a los mejores y a los peores; mal éste, para la Ciudad, mayor, y no en poco, que el otro. [831b] Clinias: Convendríamos contigo, Extranjero, en que esto ha de ser puesto cual ley y encargarlo a la Ciudad entera. [831b] Ateniense: ¿Sabemos, pues, todos la causa por la cual tal vez ahora tal clase de coros y combates no exista casi de manera y modo alguno en las Ciudades, a no ser muy en pequeño? ¿O decimos que es así por ignorancia de la mayoría por la de los que les han impuesto las leyes? [831b] Clinias: Tal vez. [831b] Ateniense: En modo alguno, Clinias, hase de decir que son dos las causas de esto, y grandemente suficientes. [831b] Clinias: — ¿Cuáles? [831b] Ateniense: Una, la que por amor de la riqueza no queda tiempo libre alguno para ocuparse de otra cosa sino de las pertenencias privadas, de las cuales, si dependiera el alma entera de todo ciudadano, no podría tomar a su cuidado nada más que la ganancia diaria; y enseñanza u ocupación que a esto lleve, todos están dispuestísimos a aprenderla y ejercitarla; pero de lo demás se burlan. Esta Es una y hase de decir que esta causa es la primera por la que una Ciudad no quiere tomar en serio ni este ejercicio ni ninguna otra cosa bella-y-buena. Mas por el apetito insaciable de oro y plata, todo varón, si ha de hacerse rico, está dispuesto a aguantar toda clase de arte y menestralía, —más bellas o más indecorosas; hacer toda clase de acciones pías e impías y enteramente vergonzosas, no haciéndosele pesado nada con la única condición de que, cual a bestia, pueda proporcionarle toda clase de comida y bebida y saciedad Venérea total. [831e] Clinias: Correctamente. [831e] Ateniense: Quédese firme que ésta que digo es causa que impide, y no deja, que las Ciudades practiquen de manera adecuada ni otra cosa bella ni lo de la guerra, sino que hace, de hombres naturalmente morigerados en todo, comerciantes, marineros e intermediarios; mas a los valientes hácelos bandidos, rompemuros, saqueatemplos, guerreadores y tiránicos; y, muy frecuentemente, a los no malos de natural los hace, realmente, unos desgraciados. [832a] Clinias: — ¿Cómo dices? [832a] Ateniense: Pues, ¿cómo no llamaría totalmente desgraciados a los que tienen que pasar toda la vida, hambrientas siempre el alma? [832a] Clinias: Esta es, ciertamente, una causa; pero, ¿a cuál llamas segunda, Extranjero? [832a] Ateniense: Bellamente me lo recordaste. [832a] Megilo: Aquélla es, ciertamente, tú lo dices, una: esa búsqueda insaciable y de por vida que, no dejando tiempo alguno libre, impide a todos el practicar bellamente lo de la guerra. Sea; pero di la segunda. todo, no la digo, sino paso el tiempo? [832b] Megilo: No, sino, cual por odio, nos parece castigas tal disposición de alma más de lo debido al razonamiento en curso. [832b] Ateniense: Bellisimamente, Extranjeros, acertasteis. Como parece, escucharías lo siguiente. [832b] Clinias: Dilo sin más. [832b] Ateniense: De los no-regímenes políticos, afirmo yo ser las causas; de los que he hablado muchas veces en los anteriores razonamientos: de democracia, oligarquía y tiranía. En ellos, por cierto, no hay régimen político alguno; se los llamaría correctísimamente a todos ellos "facciosos”, porque ninguno de ellos gobierna con voluntad sobre voluntarios, sino con voluntad y siempre con alguna clase de violencia gobierna sobre involuntarios; por estar temiendo el gobernante al gobernado, no permitirá jamás voluntariamente que llegue a ser ni bello ni rico ni fuerte ni valiente ni, sobre todo, guerrero. Pues bien: estas dos son precisa y principalmente las causas de todo, o poco le falta; mas son realmente las principales. Mas respecto del régimen político que imponemos nosotros cual ley, de él afirmamos que evita a ambas; porque da máximo tiempo libre y los ciudadanos son libres cada uno respecto de los demás; y, creo, resultarían por tales leyes mínimamente amantes-de-dinero, de modo que, verosímilmente y, a la vez, según razón, la instauración de tal régimen político acogería, ella sola entre las actuales, a la vez la educación detenidamente definida y la conseguida correctamente por juegos guerreros, según el presente razonamiento. [832d] Clinias: Bellamente. [832d] Ateniense: Pues bien: a continuación de esto, ¿no hay que recordarse respecto de todos los concursos gímnicos que de cuantos de ellos son concursos preparatorios para guerra hay que ocuparse solícitamente, y dotarlos de premios a la victoria; mas a los que no, dejarlos de lado? Pero, cuáles sean, es mejor decirlo ya desde el principio, e imponerlos por ley. Y, primero, imponer lo referente, en general, a carrera y a velocidad. [832e] Clinias: Hase de imponer. [832e] Ateniense: Pues bien: de todo, lo mejor para guerra es, ciertamente, la agilidad de cuerpo: la de los pies y la de las manos; para huir y capturar, la de los pies; mas la lucha y aguante en casos de cuerpo a cuerpo exigen robustez y fuerza. [833a] Clinias: Como que sí. [833a] Ateniense: Por cierto que, sin almas, ninguna de las dos es de máxima utilidad. [833a] Clinias: Pues, ¿cómo lo fuera? [833a] Ateniense: En carrera de estadio: primero, como entre nosotros ahora en los concursos, el heraldo llama al concursante, quien entra armado; para el desarmado no pondremos premio. Entra de primero quien vaya a contender recorriendo armado el estadio; de segundo, el que su doble; de tercero, el que a caballo; de cuarto, precisamente el que el largo; mas, de quinto, soltaremos primero a un armado a que recorra una longitud de sesenta estadios: hasta el templo de Marte y vuelta; por más cargado lo denominaremos “hoplita”, a concursar en camino más liso; pero el otro arquero —cargado de todo el equipo de arquería—, que concurse recorriendo cien estadios hasta el templo de Apolo y Diana a través de montes y de toda clase de terreno. Y, abierto el concurso, aguardaremos a que regresen; y al vencedor le daremos el premio de la clase de victoria. [833c] Clinias: Correctamente. [833c] Ateniense: Pensemos en estas tres clases de concursos: uno, infantil; uno, para imberbes; uno, para varones. Y a los imberbes impondremos dos tercios de la carrera; a los niños, la mitad de ella; a los arqueros y hoplitas —a las mujeres, por cierto a las doncellas, impúberes, desnudas—, concursantes ellos y ellas en la misma carrera, estadio, el doble, el ecuestre y el largo; mas a las doncellas desde los tres años hasta el casamiento, que continúen concursando en común, no más allá de los veinte años ni menos que los dieciocho; mas han de entrar a concurrir en tales carreras vestidas de adecuada vestimenta. [833d] Sea esto lo pertinente a varones y mujeres respecto de carreras. En cuanto a concursos de fuerza: en lugar de Jucha y semejantes, concursen entre sí en lo que ahora es pesado: combate armado, peleando uno contra uno, dos contra dos, y hasta diez contra diez. Qué golpes, y hasta cuántos, no recibidos o dados, sean necesarios para vencer, al modo que, en la lucha, han legislado los diestros en ella sobre cuál es el comportamiento del bellamente y del no bellamente luchador, para esto mismo apelaremos nosotros a los campeones en luchas de armas, y los obligaremos a legislar, con nosotros, sobre quién es justo venza en tales combates por no haber recibido golpes o por propinarlos; y, parecidamente, qué regla decide sobre quién es el vencido. Quede esto mismo por legislado también para las hembras, hasta antes del casamiento. A la lucha del pancracio ha de sustituirse la de armas arrojadizas: saetas, peladillas, jabalinas y piedras, disparados a mano o con honda; y a quien más bellamente cumpla lo legalizado en esto, otorgarle premio y victoria. [834a] Después de esto, la continuación sería imponer las leyes sobre concurso de caballos. Mas nosotros nos servimos de pocos caballos, y poco, aquí en Creta, de modo que, necesariamente, el empeño que tomamos en criarlos es menor, y lo es el de hacer concursos con ellos. Pues carro, no hay entre nosotros, en absoluto, alguien que mantenga uno, ni quien, razonablemente, lo ambicionara, de modo que quienes establecen concurso de esto, que no es propio del país, será no tener seso mi parecer poseerlo. Mas establecer premios para caballos de silla, potros atesticulados y para los de edad intermedia —perfectos, mas atesticulados— y para los perfectos en todo eso, sería instituir los juegos lúdicos según la naturaleza del país. Haya, pues, de todo esto, y según ley, concursos y competencias, dando a filarcas e hiparcas el juzgar en común de todo: carreras y combatientes armados; mas no legislaríamos correctamente ni en gímnicos ni aquí estableciendo concurso para desarmados. Pero de arquero a caballo, el cretense no es una inutilidad; ni lo es el jabalinero, de modo que haya de esto, en gracia de juego, emulación y concurso. [834d] Pero a las hembras, no vale la pena forzarlas a participar en esto con leyes y ordenanzas; mas, si por los mismos adiestramientos anteriores, que vayan para hábito, la naturaleza acepta y no rechaza la participación de niños y doncellas, permitirlo y no vilipendiarlo. [834d] Ahora ya, acerca de concurso y aprendizaje de gimnástica y de cuantos trabajos pasamos en concursos y diariamente en las escuelas, todo esto llegó ya a su fin. Además: ha llegado a su final parecidamente lo más de lo pertinente a música; mas lo de rapsodas y su séquito, y lo de cuántos concursos de coros hayan de hacerse en las fiestas, una vez ordenado la de meses, días y años pertinentes a los dioses y a los acompañantes de los dioses, se determinará entonces lo de años: si cada tres o cada cinco; y lo repartirán, en cuanto al orden, del modo y manera que los dioses lo den a entender. Entonces también es preciso prever los concursos de música, a concursarse por partes, establecido el orden por los dadores de premios, por el Educador de los jóvenes y por los guardianesde Ley, reuniéndose para esto precisamente, y erigiránse en jueces de esto: de cuándo, quiénes y con quiénes se harán los concursos de toda clase de coros y danzas corales. Lo que en cada uno de ellos haya de haber de palabras, cantos y de armonías, mezcladas con ritmos y danzas, muchas veces lo ha dicho el primer legislador; en esto, los segundos han de, siguiéndole, legislar; y repartiendo apropiadamente los concursos a cada uno de los sacrificios y en los tiempos ajustados, dar a la Ciudad las fiestas a festejar. [835b] Por cierto que en esto, y cosas tales, no es difícil ni conocer de qué modo se haya de obtener un orden según ley; ni, si cambiar algo aquí o allá, traería a la Ciudad gran ganancia o perjuicio. Mas si la diferencia es no pequeña, y es dificultoso convencerse de ello, sería por cierto obra sobre todo de dios, —en caso de que fuera posible vinieran de él tales ordenanzas; mas, ahora, parece necesitarse de un hombre audaz que, apreciando más que nada la franqueza, dictamine lo que le parezca mejor para Ciudad y ciudadanos, ordenando, frente a almas corrompidas, lo conveniente y adecuado al régimen político total, contradiciendo a las más grandes apetencias, y sin tener por auxiliar a hombre alguno, viga él, a solas, a la sola razón. [835d] Clinias: ¿Qué estamos ahora diciendo, Extranjero?, que no lo comprendemos. [835d] Ateniense: Y es verosímil, mas intentaré explicároslo de manera aún más clara. Porque al llegar en el razonamiento a la educación, vi a jóvenes —ellos y ellas— en amigable y mutuo trato. Y me invadió, reflexionando, como es verosímil, el temor de qué pasaría en una Ciudad en que los jóvenes —ellos y ellas— estén bien alimentados, exentos de trabajos duros y serviles que son los que, sobre todo, apagan la petulancia; mas sin otra ocupación, para todos ellos, que sacrificios, fiestas y coros. En una Ciudad tal, ¿qué manera habrá para que se aparten de esas apetencias que empujan a muchos, y muchas veces, a extremos, de los que la razón ordena abstenerse, cuando la ley trata de imponerse? Y no habría de sorprenderse de que lo anteriormente ordenado cual legal llegara a dominar esas, tantas, apetencias, porque no ser lícito el enriquecerse en demasía resulta de no pequeña ayuda para ser morigerado; y la educación íntegra dispone de leyes adecuadas para tales casos; y, además de esto, la vista de los gobernantes —forzada a no mirar a otra parte, sino siempre vigilante— y los jóvenes mismos mantienen comedidas, cuanto es humanamente posible, a las demás apetencias. Mas en lo referente a amores hacia jovenzuelos —varones y hembras, hacia mujeres-varones y hacia varones-mujeres— de que, por cierto, han provenido tantos males, por miles de miles, a hombres particulares y a ciudades enteras, ¿cómo precaverse de esto, e, inventando, para cada uno de estos casos qué remedio, se hallará escapatoria de tal peligro? No es del todo fácil, Clinias. Que, por cierto, para otras cosas, y no pequeñas. Creta entera y Esparta nos apartan, sinceramente, ayuda y no pequeña a quienes imponemos leyes adversas a las costumbres comunes; mas, acerca de los amores —estamos entre nosotros— se nos oponen de todo en todo. Porque si alguien, siguiendo a la naturaleza, impusiera la ley anterior a Laios, dictaminando que lo correcto es no servirse de los varones y jóvenes cual de hembras para relaciones Venéreas, trayendo por testimonio la naturaleza de las bestias y mostrando contra esto que macho no toca a macho, por no ser esto según naturaleza, emplearía un razonamiento no persuasivo y en manera alguna consonante con vuestras Ciudades. Pero, además de esto, lo que decimos debe, sobre todo, salvaguardar el legislador, no se adapta al caso, porque buscamos siempre, por cierto, qué es lo que de lo impuesto cual ley conduce o no a la virtud. Pues bien: si concedemos que lo ahora puesto cual ley es bella o no del todo feo, ¿qué nos aportaría esto para la virtud? En el alma del seducido, ¿hará que se ennaturalice el carácter viril?; ¿0, en la del seductor, que nazca la idea de templanza? O nadie se convencería de esto, mas de todo lo contrario a esto: del que cede a los placeres y es incapaz de dominarlos vilipendiarán todos la molicie, pero al que se da a imitar lo de hembra, ¿no se le reprochará por esa semejanza con el modelo? Pues, ¿qué hombre impondrá por ley esto, casa de ser así? Casi nadie, si tiene en la mente la verdadera ley. ¿En qué sentido, pues, afirmamos ser esto verdad? Es necesario ver la naturaleza de la amistad y del apetito, a la vez que la de los llamados “amores”, si se quiere pensar correctamente acerca de ellos, porque, siendo dos y resultando de ambos un tercer eidos, la unidad de nombre que los abarca produce toda clase de desorientación y oscuridad. [837a] Clinias: ¿Cómo? [837a] Ateniense: A veces, por cierto, llamamos “amigo” a lo mutuamente semejante e igual en virtud; peto, a su vez, “amigo” hasta al indigente respecto del enriquecido, contrarios como son en género. Mas cuando uno de esos dos casos resulta vehemente, dámosle por nombre el de “amor” [837b] Clinias: Correctamente. [837b] Ateniense: ¿Ahora bien: amistad que proceda de contrarios es terrible y salvaje, y, entre nosotros, no llega frecuentemente a comunidad; mas la que de semejanza, es mansa y común de por vida; pero respecto de la que resulta de mezcla de ambos casos no es, primero, fácil de comprender qué pretenda para sí quien tal tercer amor posee; después, arrastrado por ambos en sentido contrario, está despistado, por empujarle uno de ellos a adoptarse de la edad florida, mas prohibiéndoselo el otra. Porque el enamorado del cuerpo y hambriento, cual de fruto en sazón, de la edad florida, está exigiendo saciarse sin respeto alguno al carácter de alma del amado, mas quien tiene por accesorio el apetecer el cuerpo —quien está viendo más bien que amando por haber tenido en realidad apetito del alma en el alma— tiene por insolencia saciar cuerpo en cuerpo. Y por respetar y reverenciar a la vez templanza, valentía, magnificencia y sapiencia, querría vivir casto con amado casto. Empero, el amor, mezcla de ambos, es precisamente el que acabamos de describir cual tercero. Siendo, pues, tantos, ¿la ley ha de prohibirlos a todos, impidiendo el que nazcan en nosotros? ¿O no está claro que queríamos existiera en nuestra ciudad el amor que lo es de la virtud y que apetece para el joven la mayor perfección posible, mas los otros dos, si fuéramos posible, los prohibiríamos? O, ¿cómo lo decimos, amigo Meguilo? [837d] Megilo: De todas maneras, Extranjero, acabas de hablar bellamente sobre ello. [837e] Ateniense: Parece, pues, amigo, que, como conjeturaba, estamos, por suerte, acordes. Mas en cuanto a vuestra ley no tengo por qué examinar lo que acerca de esto piensa, sino aceptar lo convenido en el razonamiento. Después de esto, y en otra oportunidad, trataré con encantamientos de persuadírselo a Clinias. Dejemos lo que me habéis concedido, y prosigamos hasta el final lo de las leyes. [837e] Megilo: Correctísimamente dicho. [837e] Ateniense: Pues bien: respecto de la imposición de la ley de que estamos tratando, dispongo en el momento presente de un artificio, fácil por una parte, mas, por otra parte, lo más dificultosísimo que cabe. [838a] Megilo: ¿En qué sentida lo dices? [838a] Ateniense: Sabemos, aun hoy, que la mayoría de los hombres, por muy inobservantes que sean de las leyes, se abstienen bien y rigurosamente del trato íntimo con los bellos, no involuntariamente, sino con la mejor buena voluntad. [838a] Megilo: ¿De qué caso hablas? [838a] Ateniense: Cuando uno tiene hermano o hermana bellos. Y, respecto de hijo o hija, la misma ley, aunque no escrita, proteje, más que suficientemente, contra yogar, patente u ocultamente con ellos a con cualquier clase de abrazo tocarlos. Pero ni siquiera les viene, en modo alguno, a la mayoría el apetito de tales tratos. [838b] Megilo: Dices la verdad. [838b] Ateniense: Así, pues, ¿una pequeña frase apaga todos esos deleites? [838b] Megilo: ¿A cuál te refieres? [838b] Ateniense: "Decir que eso no es, de ninguna manera, piadoso, sino odioso a los dioses y feísimo entre lo feo”. Mas la causa, ¿no es, precisamente, el que nadie hable de otro modo, sino que, apenas nacido cada uno de nosotros, oímos decir a todos, siempre y en todas partes esto —dicho muchas veces, tanto en broma como con toda la seriedad de la tragedia cuando se hace entrar en escena Tyestes o Edipos, o Macareos yogando ocultamente con sus hermanas— que, viéndose descubiertos, se impusieron de grado la muerte en castigo de tal falta? [838c] Megilo: Correctísimamente dices eso de que la voz pública posee un cierto poder admirable, cuando nadie se aventure ni a respirar de manera que vaya contra la ley. [838d] Ateniense: Correcto es, pues, lo ahora mismo dicho: que al legislador que quiera esclavizar un apetito de esos que esclavizan poderosamente a los hombres, le es fácil saber de qué mañera lo conseguiría: consagrar tal voz pública acerca de esto ante todos: esclavos y libres, niños y mujeres, y ante la Ciudad entera. Así habrá alcanzado el máximo de seguridad respecto de esta ley. [838d] Megilo: Pues bien, mas, ¿cómo será factible el que todos quieran decir lo mismo? [838d] Ateniense: Bellamente lo adviertes, porque esto precisamente era lo dicho por mí: que tendría yo un artificio en favor de esta ley: la de emplear el coayuntamiento de la procreación según naturaleza; de abstenerse de varón, no matando de intento al género humano, ni arrojando el semen a rocas y piedras donde jamás echará raíces fecundas según su naturaleza, absteniéndose de toda clase de arar hembra en que no quieras prenda lo inseminado. Pues bien: si esta ley llega a hacerse permanente y dominante a la vez, tal como ahora domina en los coayuntamientos dentro de familia, si vence, como es de justicia, en los demás, trajera miles y miles de bienes. Porque, primero, descansa sobre naturaleza; fuerza, por otra parte, a reprimir furor erótico, locuras, toda clase de adulterios y de desmesuras en beber y comer, y que sean los varones los amigos propios de sus mujeres. Muchísimos otros bienes resultarían si se pudiera imponer esta ley. Pero, tal vez, enfrentándosenos varón fuerte y joven, lleno a rebosar de semen, y oyendo la ley impuesta nos insultaría por haber nosotros dado estatuto legal a lo insensato e imposible, —y llenaría todo de gritos. Mirando, pues, por cierto, a esto dije aquella palabra: que poseía un “artífice”, de una parte el más fácil de todos, por otra el más dificultoso, para que esta ley, una vez impuesta, permaneciera. Porque es lo más fácil comprender que es posible y cómo lo es, ya que decimos que, una vez consagrado lo así legalizado, sería suficiente para esclavizar las almas, y haría obedecieran, con temor e íntegramente, a las leyes establecidas. Peto aun así hemos llegado a un puesto en que no parece se las cumpliera ni an entonces, al modo que, respecto de la práctica de las comensalías, se desconfiaba de que fuera posible el que toda la Ciudad pudiera cumplirlo la vida entera; mas quedó refutado por obras, y realizado entre vosotros, aunque, respecto de las mujeres, ni en vuestras Ciudades, parezca ser natural el realizarlo. Pues por esto: por la fuerza de la incredulidad, dije que era grandemente dificultoso el que permanecieran vigentes por ley ambas cosas. [839d] Megilo: Y lo estés diciendo correctamente. [839d] Ateniense: Pero que no está por sobre lo humano, mas que es posible se realice, ¿queréis intente os lo pruebe con un razonamiento poseedor de una cierta fuerza de persuasión? [839d] Clinias: — Pues, ¿cómo no? [839d] Ateniense: Pues bien: ¿quién se abstendría más fácilmente de lo Venéreo, y querría hacer ajustadamente lo ordenado en este punto: quien esté bien de cuerpo, y no como un cualquiera o flojamente? [839d] Clinias: Mucho mejor quien no como un cualquiera. [839d] Ateniense: ¿Pues no sabemos, por oírla, lo de Teco el tarentino con ocasión del concurso en las Olimpíadas, y de los demás; que, por amor a la victoria, y por poseer arte y, en el alma, valentía y temperancia, tal se dice, no tocó jamás mujer ni doncel durante el tiempo estricto del adiestramiento?; y lo mismo se dice de Crisón, Estilo. Diapompo y muchísimos otros, aunque estaban mucho peor educados de alma que mis conciudadanos y los tuyos, Clinias: y, en cuanto a los cuerpos, mucho más pujantes. [840b] Clinias: Dices en esto verdad: que los antiguos han dejado dichas acerca de estos atletas muchas cosas, cual si realmente hubieran pasado. [840b] Ateniense: Pues, ¿qué? Por vencer en palestra, carreras y concursos tales se atrevieron éstos a abstenerse de esa acción llamada por la mayoría “bienaventurada”; mas nuestros jovenzuelos, ¿no podrán dominarse por amor a una victoria mucho más bella de la que, por decírselo desde niños ser la más bella y diciéndoselo en mitos, en discursos y. Contándoselo en cánticos, verosímilmente se encantan? [840c] Clinias: ¿A cuál? [840c] Ateniense: A la victoria sobre los placeres; vencedores, se vive bienaventuradamente; vencidos, todo lo contrario. Pero, además de esto, el miedo de hacer algo que de ninguna manera ni modo sea piadoso, ¿no nos dará fuerza para dominarnos en lo que otros, peores que nosotras, se han dominado? [840c] Clinias: Pues es verosímil. [840c] Ateniense: Ya que hemos llegado, pues, aquí respecto de esta ley, mas que, por la perversión de la mayoría caímos en desconcierto, afirmo que nuestra legislación ha de proceder, sencillamente, tal cual, diciendo que nuestros ciudadanos no han de ser peores que los pájaros y demás bestias que, nacidos en grandes manadas, viven, hasta la época de crías, continentes, sin mancha de coito y castos; mas cuando llegan a la edad aparéanse varón con hembra, a su gusto, y hembra con varón; viven el tiempo restante santa y justamente, permaneciendo firmes en sus primeros tratos de mutua amistad. [840e] Si, pues, corrompidos por los otros griegos y la mayoría de los bárbaros, al ver en ellos lo de Venus —la llamada "sin ley'—, y por ofr de su grandísimo poder resulten así incapaces de dominarse, los guardianes-de-Ley, erigidos en legisladores, ha de inventar, para tal caso, una segunda ley. [841a] Clinias: ¿Qué ley les aconsejas impongan, si la ahora impuesta se les evade? [841a] Ateniense: Es claro, Clinias, que la segunda, continuación de esa. [841a] Clinias: ¿A cuál te refieres? [841a] Ateniense: Hacer que, lo más posible, no se ejercite la fuerza de tales placeres, desviando mediante trabajos hacia otra parte del cuerpo su flujo y crecimiento. Pero así sería, si la desvergüencería no interviniera en el uso de lo Venéreo; porque usando de ello menos frecuentemente por la Vergüenza, a causa de tal uso poco frecuente tendrían en Ella una más débil déspota. Que el ocultarse, pues, mientras se hace algo de eso sea, entre ellos, bello, legal por costumbre y legalizado por ley no escrita; mas el no ocultarse sea fea; pero no lo sea el no hacer eso en absoluto. Así, este tipo de feo y bello quedaría para nosotros cual ley en segundo lugar. [841b] —por rectitud secundaria; y en cuanto a los de natural corrompidos —a los que hemos llamado “seipsivencidos”— por haber un género abarcante tres géneros de fuerza lo forzarían tal vez a no ir contra le ley. [841c] Clinias: — ¿Cuáles son? [841c] Ateniense: Justamente “reverencia a los dioses”, “amor de la honra”, y “el amor nacido con apetencia no de cuerpo sino de calidades del alma que sean buenas”. Esto, dicho ahora cual si fuera mito, no pasaría de piadosos deseos; mas sería algo mucho mejor si, en caso de realizarse, se realizara en todas las ciudades. Pero tal vez, si dios lo quisiera e impusiéramos a la fuerza en cuestiones de amor una de estas dos cosas: o que nadie se atreva a tocar a nadie de la familia que sea a la vez libre, a excepción de esposo a su mujer, mas no inseminar esperma ilegítima y bastarda en concubinas, ni infecunda, por antinatural, en varones, o prohibir de todo en todo el trato de varones; mas el de mujeres, si alguno se ayunta con alguna —a excepción de las entradas en casa, dios de por medio y nupcias sagradas— de las entradas por compradas o adquiridas de cualquier otro modo, no ocultándolo a todos: varones y mujeres, imponiendo por ley se lo prive de honores cívicos tal vez parecería legislamos correctamente por ser, en realidad, extranjero. Quede pues esto por ley —tanto que hayamos de proclamarla como una o como dos— acerca de lo Venéreo y de todo lo erótico: cuántas. son las cosas que en el trato mutuo a causa de tales apetencias hacemos correctamente o no correctamente. [842a] Megilo: Pues bien; Extranjero, yo admitiría de buen grado esta ley; mas Clinías mismo diga qué piensa acerca de esto. [842a] Clinias: Así será, Meguilo, cuando se me presente alguna ocasión propicia. Ahora, dejemos que el Extranjero avance hacia lo que viene de las leyes. [842a] Megilo: Correctamente. [842b] Ateniense: Ahora bien: avanzando, estamos ya casi en lo de establecer las comensalías —de lo que dijimos ser en otra parte dificultoso, mas nadie en Creta supondría se haya de hacer de otra manera. Empero, de qué modo, como aquí o cual en Esparta o, aparte de éstas, hay un tercer eidos de comensalías mejor que ambos, esto no me parece difícil de descubrir ni, descubierto, producir gran bien, porque lo actualmente establecido lo está atinadamente. [842c] A esto sigue lo del abastecimiento en víveres: de qué manera adaptarlo a las vidas. Que, por cierto, la vida es, en diversas ciudades, de toda clase de maneras, y de muchas procedencias. Pero, sobre todo dobles que aquí, porque para la mayor parte de los griegos lo pertinente a la alimentación les viene preparado de la tierra y del mar; mas a los de aquí, solamente de la tierra. Esto es una facilidad para el legislador porque no sólo se reducen a la mitad las leyes pertinentes, sino aun a mucho menos, aparte de más adecuadas a hombres libres. De comercio marítimo y terrestre, de buhonería, albergues, aduaneros, préstamos, intereses simples y compuestos, y de miles y miles de tales cosas, se libra —diciéndole “C¡salud!”— el legislador de una tal Ciudad. Pero legislará para labradores, pastores, abejeros, para los guardadores de Sus cosas, para los fabricantes de instrumentos, habiendo ya legislado lo más importante sobre casamientos, a la vez que sobre nacimientos y crianza de hijos; pera, además, sobre educación e institución de autoridades en la Ciudad. Mas, ahora, es necesario que el legislador se ponga a legislar sobre alimentación, y sobre los que dedican a ella sus trabajos. [842e] Y sea el primer lugar para las leyes llamadas con el nombre de “agrícolas”. La primera ley —la de Júpiter, el de los Mojones— sea formulada así: "Nadie mueva los mojones de la tierra; ni los de conciudadano vecino ni los de un cofronterizo, si tiene en sus linderos por vecino a un extranjero, convencido de que esto es, verdaderamente, «mover lo inmoble». Prefieran todos meterse a mover cualquier otra roca, la mayor, más bien que el mojón, pequeña piedra, consagrada a los dioses con juramento, que delimita amistad y odio. De aquel lindero es testigo y garante Júpiter el Protector de la común tribu; de estotro. Júpiter el Protector de extranjeros, ambos no se despiertan sino seguidos de guerras, las más feroces. Quien obedezca a esta ley no sentirá los males que de ello proceden; mas si la desprecia, quede expuesto a doble castigo; uno, y primario, de parte de los dioses; otro, secundario, de parte de la ley. Así que nadie mueva voluntariamente los mojones de los vecinos. Mas a quien los moviere denúncielo cualquiera a los labradores, quienes lo llevarán ante el tribunal. Quien perdiere tal juicio por deshacer tal perdedor, ocultamente o por violencia patente, la distribución de la tierra, que el tribunal estime lo que debe, tal vencido, padecer o pagar”. [843b] Viene después de esto lo referente a las molestias, muchas y pequeñas, entre vecinos, que, por frecuentes, engendran todo un cúmulo de enemistades, volviendo a la vecindad dificultosa y grandemente amargante. Por lo cual hay que tomar todas las precauciones para no hacer vecino a vecino nada de distanciante; y, entre otras cosas, evitar cuidadosamente y siempre toda clase de invasión de labrantíos, porque hacer daño no es nada difícil; lo puede todo hombre; mas ayudar, no lo pueden todos. Quien, pues, haga eso de transgredir las linderos, pague por el daño; mas, a la vez, para curarse de tal desacato y abuso de libertad, pague al perjudicado el doble del perjuicio. De esto, y de todo lo tal, conozcan, juzguen y evalúen los agrónomos; de lo más grande, cual anteriormente se dijo, la orden entera de los Doce; mas de lo pequeño, los guardas locales; y, si alguien invade pastos con el ganado, viendo el daño, juzguen y evalúen ellos. Y si alguien hace suyos enjambres ajenos, siguiéndoles el gusto a las abejas y aturdiéndolas, así se las apropia, pague el perjuicio. Y si quemando su bosque no toma precauciones en favor del vecino, múltesele con la multa que a las autoridades les parezca; y si al plantar no deja, respecto de los terrenos del vecino, el espacio normal tal cual se determinó y es suficiente según la mayoría de los legisladores, de lo cual han de servirse ellos en las leyes y no juzgar que sobre todo —múltiple, pequeño y regulado por un legislador cualquiera— haya de legislar el Ordenanza mayor de Ciudad. Además, respecto de aguas, hay para los labradores antiguas y bellas leyes establecidas, que no vale la pena canalizarlas en razonamientos; mas quien quiera llevar agua a su terreno llévela desde su origen: los manantiales comunes, sin subrepticiamente sacarla de las fuentes abiertas por ningún particular; mas por donde quiera llevársela llévesela, a excepción de a través de casas, templos y tumbas, no haciendo más daños que los necesarios a tal canalización. Mas si la sequedad natural a ciertos lugares escurre de la tierra los manantiales que de Júpiter vienen, y la privan de la necesaria agua potable, cave En su propio terreno hasta llegar a tierra arcillosa; pero, si a tal profundidad no hallare nada de agua, saque de los vecinos el agua necesaria para beber cada uno de los de casa; mas si la hay justo para los vecinos, hará que tasen la tasa los agrónomos; se la irá a llevar cada día, y así quede establecida la comunidad de aguas con los vecinos. Mas si las aguas que de Júpiter vienen perjudican al labrador de arriba o también al casero con pared medianera, porque uno de los de abajo no da salida a las aguas; o, al contrario, el de arriba, dejando correr al azar la riada, perjudica al de abajo, y en esto, y por esto, no quieran avenirse entre sí, acuda cualquiera al astínomo en la ciudad, al agrónomo en el campo, y ordénese qué es lo que cada uno ha de hacer. Mas quien no observe lo ordenado sea sometido a juicio por envidiosa y díscola de alma; y, si lo pierde, pague al perjudicado el doble del perjuicio, por no haber obedecido a las autoridades. [844d] Todos han de participar de los frutos otoñales de una manera como ésta: la divinidad, ella misma, nmos hace la gracia de un doble regalo: uno, no atesorable juguete de Baco; otro, naturalmente hecho para conservar. Respecto, pues, de los frutos otoñales quede ordenada esta ley: Quien coma de frutos silvestres, uvas o higos, antes de llegar la hora de la vendimia: la coincidente con Arturo, sea que lo haga en su propio terreno o en el de otros, pague cincuenta dracmas sagradas a Baco si los ha cortado del propio; si de los vecinos, una mina; si de otros, dos tercios de mina. Pero si quiere recolectar en esa estación la uva llamada ahora “genuina” o los higos “genuinos”, si los toma de lo propio recoléctelos como quiera y cuando quiera; mas si de lo ajeno, sin permiso, conforme a la ley «no llevar lo que no depositó» castíguesele. Mas si un esclavo, sin permiso del amo de los terrenos, echa mano a algo de ellos, azóteselo con igual número de golpes que el número de granos del racimo o higos de la higuera tomados. Pero un meteco recolecte, pagándola, cosecha “genuina”, si es que la quiere; mas si un extranjero residente, pasando por los caminos, desea comer de los frutos de tal estación, tome, si quiere, de los genuinos, él y un acompañante, sin pagar, recibiéndolos cual regalo a extranjero; mas de los llamados silvestres y parecidos, prohíba la ley compartirlos nosotros con los extranjeros; mas si, ignorándola, él o el esclavo los coge, al esclavo se lo castigará con golpes, mas al libre, una vez reprendido, se lo dejará ir, advirtiéndole coja de la otra cosecha: de lu que. [845b] poseída, no es apta para conservas, de uva pasa y de higos secos. Mas respecto de peras, granadas y frutas parecidas, nada tenga de feo tomarlas a escondidas; mas al sorprendido en ello, si es menor de treinta años, golpéesele y déjeselo escapar sin heridas; mas contra tales golpes el libre nada puede en justicia reclamar. Séale permitido al extranjero, cual en el caso de frutos de tal estación, tomar de éstos una parte; mas si un mayor de treinta coge de éstos, y los come allí mismo, sin llevarse nada, cual si fuera extranjero tome una parte de todos ellos; mas si desobedece a esta ley, corra el peligro de ser descalificado para concursos de virtud si, en esa ocasión, alguien recuerda a punto a los jueces tales hechos suyos. [845c] El agua es, por una parte, excelente alimento para jardinería; mas, por otra, fácilmente corruptible; porque ni tierra ni sal ni aire —alimentos, con las aguas, de lo que de la tierra brota— son fácilmente corruptibles por drogas, desvíos y robos; mas al agua, por su naturaleza, puede pasarle todo eso. Por lo cual necesita de ley que la ayude. Sobre ella, pues, sea ésta la ley: Quien voluntariamente corrompe agua ajena, sea de fuente o de cisterna, con drogas, remansos o robos, el perjudicado lo llevará a juicio ante los astínomos, declarando por escrito el monto del perjuicio. El perdedor por perjudicar con drogas, además de la multa purifique las fuentes o depósito del agua de la manera como las leyes de los intérpretes indiquen debe hacerse según casos y personas tal purificación. [845e] Mas, respecto del acarreo de todas las cosechas, sea permitido a quien lo quiera acarrear lo propio por cualquier camino, de modo que o a nadie perjudique en nada o gane Él mismo triple del daño sufrido por el vecino; de esto conozcan las autoridades, y de todos los demás daños que voluntariamente canse él —con violencia u ocultamente y contra la voluntad de otro— a éste o a algo de éste mediante los bienes propios; descubierto, múltenlo las autoridades hasta por daños inferiores a tres minas. Pero si la queja de uno contra otro es por cantidad mayor, llevando el juicio ante los tribunales comunes, múltese al culpable. Pero si alguna de las autoridades parece claro juzga sobre las multas con criterio injusto, quede a deber el doble al perjudicado; a su vez, contra las injusticias de las autoridades en los casos de quejas podrá cualquiera apelar a los tribunales comunes. Mas por ser muchas y pequeñas las disposiciones legales según las cuales han de imponerse las multas, y las referentes a citaciones a juicio —citaciones de testigos y testificados, si se ha de llamar a dos o a cuántos—, mas todo lo de este estilo no puede quedar no legislado, ni es digno que lo haga legislador viejo; que lo legislen los jóvenes, guiándose en la imitación por lo anteriormente legislado, en lo pequeño por lo grande, y aprovechen hábilmente tal necesidad en que están hasta que todo parezca estar ya suficientemente establecida; entonces, decretándolo inmoble, tienen ya sirviéndose de ello, metro para toda su vida. [846d] Respecto de lo pertinente a los demás artífices ha de obrarse así: Primero, ningún ciudadano residente trabaje en tareas artesanales; ni tampoco, un sirviente de varón residente. Porque varón residente tiene una tarea suficiente —que exige a la vez gran ejercicio y muchos aprendizajes— en lo de salvar y asegurar el orden público de la Ciudad, que exige una no accesoria ocupación. Mas ocuparse en firme y con exactitud en dos tareas o dos artes no hay casi ninguna naturaleza de las humanas capaz de ello; pero ni siquiera es uno capaz de ejercer por sí mismo una, y vigilar a otro que ejerza la otra. Esto es, pues, lo primero a dejar establecido en Ciudad: que nadie sea a la vez herrero y carpintero; ni, en caso de ejercer uno de carpintero, vigile a otros, que ejerzan para él de herreros —más de lo que vigila la arte propia— con la excusa de que, vigilando a muchos sirvientes que para él trabajen, es natural que los vigile más, por sacar de ello para sí más réditos que de la arte propia. [847a] Cada uno, pues, tenga en Ciudad una sola arte y de ella, a la vez, viva. Que los astínomos se empeñen en hacer observar esta ley; y si uno de los ciudadanos residentes se da a una arte más que al ciudadano solícito por la virtud, castíguenlo con reprensiones y deshonras hasta que haya rectificado su curso vital; mas si un extranjero se ocupa en dos artes lo castigarán con prisión, multas pecuniarias y expulsión de la Ciudad, obligando así a uno a ser uno y no muchos. Mas acerca de sus salarios, y desencomendadas sus obras, y de si otro les hace un daño, o ellos lo hacen a otro, júzguenlo los astínomos hasta por cincuenta dracmas; pero lo que las exceda, que lo juzguen, según ley, los tribunales comunes. [847b] Que nadie pague nada a nadie en la Ciudad por importar o exportar mercancías. Mas inciensos y los demás perfumes extranjeros para los dioses, púrpura y colores para teñir, cuando no lo produzca el país, o respecto de otra cualquiera arte que necesite de importaciones, que nadie, a no ser por una necesidad, los importe mi exporte nada de lo que es necesario se quede en el país. De todo lo cual, a su vez, conocerán y lo vigilarán los guardianes-de-ley, los doce siguientes; una vez descartados cinco de los más viejos. [847c] Pero en cuanto a armas y todos los instrumentos para la guerra: si hay que importar alguna arte o planta o enser de metal o cadena o algún animal a causa de tal necesidad, los hiparcos y estrategas sean quienes manden sobre tal importación y exportación, siendo la Ciudad quien pague y reciba en ambos casos; mas en esto los guardianes-de-Ley impondrán las adecuadas y suficientes leyes. Que no haya buhonería ni en el país entero ni en nuestra Ciudad en vistas a ganancia, ni en este renglón ni en ningún otro. [847e] Respecto del aprovisionamiento y reparto de los productos del país, lo que se acerque u la corrección alcanzada en la ley de Creta sería lo más apropiado. Es preciso que todos dividan en doce partes todo lo que produce el país, pues de esta misma manera se habrá de consumir. Mas cada parte de las doce —cual de trigo y cebada, y a ello se adapten en reparto de todo lo de las demás estaciones y de cuantos animales sean, todos ellos, vendibles en cada estación, divídanse en tres partes según esta cuenta-y-razón: una parte, para los libres; una, para sus sirvientes; mas la tercera, para los artesanos y para toda clase de extranjeros; para los metecos, a los que, por vivir en casa, sea indispensable darles la alimentación necesaria; y para cuantos que para algún servicio de la ciudad o de algún particular llegan cada día, de todo lo necesario sepárese la tercera parte, y véndasela necesariamente a ella sola en el mercado, mas nada de las otras dos partes es obligatorio vender. ¿Cuál sería, pues, la más correcta división? Primero, por cierto, es claro que dividimos por una parte de manera igual; mas por otra de desigual. [848b] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [848b] Ateniense: Por necesidad, la tierra produce y cría de cada una de estas cosas unas peores; y otras, mejores. [848b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [848b] Ateniense: Que a ninguna de estas parles —que son tres— se la dé ventaja en el reparto, ni a la de los señores o esclavos ni a la de los extranjeros; sino que el reparto dé a todos la misma igualdad la dé en semejanza. Tomando cada una de los ciudadanos sus dos partes, sea dueño de repartirlas entre esclavos y libres; en cuanto a cantidad y calidad a repartir a su arbitrio. Mas lo restante de esto hay que repartirlo según medida y número de esta manera: tomando en cuenta el número total de animales que se han de alimentar de los productos de la tierra, hacer el reparto. [848c] Después de esto, ha de haber zonas residenciales separadas unas de otras; este orden es el conveniente para ello: ha de haber doce zonas, una en el centro de cada uno de los doce distritos; en cada una de las zonas, primero, selecciónese lo perteneciente a ágora y templos de dioses y daimonios del séquito de dioses —sean algunos de ellos divinidades locales de los Magnetos, o sean monumentos de otras divinidades antiguas, salvadas por la memoria, dando a éstas las honras que les dieron los hombres de entonces— de Vesta. Júpiter y Minerva; y al dios que sea el patrono de cada una de las partes de las doce, levantarle, en todas, su templo. Al derredor de tales templos estén, primero, los edificios, donde el terreno sea más elevado, lo mejor cercado posible para refugio de la guarnición. En cuanto al resto del país, dividirlo entero en trece partes para artesanos; una de ellas que habite en la villa, y esta parte distribuirla entre las doce partes de la ciudad entera, fuera y al derredor de cada una; mas, en cada barrio, habiten las clases de artesanos útiles u los labradores. De todos ellos se ocupen los jefes de los agrónomos, y sean cuantos y cuales cada lugar exija; y habiten donde resulten ser menos pesados y más útiles a los labradores. De los artesanos que habiten en la ciudad, que el jefe de los astínomos se ocupe de que ellos estén ocupados en lo mismo. [849a] A los agoránomos les corresponde cuidarse de todo la concerniente al ágora. Este cuidado, además de ser de vigilancia de los templos del ágora, lo es de que nadie dañe nada; lo segundo sería vigilar el comportamiento humano y, por vigilar ellos lo pertinente a templanza y descomedimiento, castigar al necesitado de castigo. En cuanto a ventas de viandas; primero, mirar si cada venta de las que está ordenado hagan los de la villa a los extranjeros se hace según la ley. La Ley sea sólo ésta: en el primer día del mes, lleven los encargados la paste de lo que debe venderse a los extranjeros, sean estos simples extranjeros en la villa o también esclavos para los encargados. Tal parte es la décima parte, primero, del trigo; que para todo el mes, y en ese primer día de mercado, ha de comprar el extranjero trigo y lo que va con el trigo. Mas en el día décimo del mes, hagan aquéllos la venta de líquidos; estotros, la compra suficiente para todo el mes. Cada tres meses, hágase la venta de animales, de tantos cuantos necesiten unos vender y otros comprar, y la de cuantos enseres a cosas se venden a labradores, cual pieles, todo lo de vestidos, tejidos, forros de piel o lo demás de tal clase. Mas los extranjeros, si los quieren adquirir, han de comprarlo á otros. En cuanto a ventas al por menor de esto; de avena o trigo molidos para harina y de todo lo demás de alimentos, nadie venda así nada a ciudadanos o a sus esclavos, ni comprar así de esto nadie a nadie. Mas en los mercados de extranjeros un extranjero venda así a los artesanos y a sus esclavos, verificando la venta de vino y trigo de esa manera que la mayoría llama “al por menor”. Y, descuartizados los animales, los carniceros ofrézcanlos así a extranjeros, artesanos y sus sirvientes. Todos los días el extranjero compre de una vez cuanta madera combustible quiera a los encargados de los campos; véndala él mismo a los extranjeros, cuanta quiera y cuando quiera. De las demás cosas y enseres útiles a particulares, venderlos, una vez llevados en el mercado común cada uno al lugar en que guardianes-de-Ley, agoránomos conjuntamente con los astínomos, hayan señalado puestos convenientes; depositen en ellos en montones las viandas. Que en estos lugares se cambien moneda por mercancías y mercancías por moneda, sin dar por adelantado algo en la transacción nadie a nadie. Quien adelante algo a crédito, tanto que se le dé o no lo debido dese por contento, porque, sobre tales transacciones, no hay aún decisión legal. En lo vendido o comprado, todo lo que por más 9 por menos se aparte de la Jey que dictaminó la diferencia en más o en menos que ni compra ni venta han de pasar, inscríbase el exceso ante los guardianes-de-Ley, y bórrese lo contrario. Y lo mismo valga también respecto de la inscripción de la fortuna de los metecos. Quien quiera entrar de meteco, entre bajo estas explícitas condiciones: que hay residencia para El extranjero que lo quiera y pueda hallar casa si posee una b arte y se queda no más de veinte años a partir de su inscripción, sin que pague nada por derechos de meteco ni otros derechos por comprar o vender algo. Mas cuando tales años hayan transcurrido, tomando su fortuna, váyase. Mas st durante tales años ha tenido oportunidad de hacer a la Ciudad un beneficio notable, digno de mención, y confía persuadir al Consejo y Asamblea o de que merece bien se le difiera la salida o también que merece más aún: residencia de por vida, que acuda y persuada a la Ciudad; si de esto la persuade, désele esto definitivamente. Mas para los hijos de metecos que sean artesanos y con quince años de nacidos el tiempo de residencia comience a partir del año décimo quinto; si, a partir de éstos permanece veinte años, váyase a donde le plazca; mas si quiere quedarse, quédese, tras aprobación, con las mismas condiciones. Mas quien se vaya váyase después de haber borrado las entradas que, ante las autorizadas, hayan estado anteriormente inscritas a su nombre. [853a] Ateniense: Después de esto, lo natural respecto de la progresiva ordenación de las leyes sería tratar de los procesos judiciales consiguientes a todos los anteriores actos. Acerca de cuáles de tales actos hayan de hacerse procesos judiciales se habló de ello en los casos de agricultura y de lo pertinente a ella. Empero, no se habló de lo más importante: tratar acerca de cada uno, uno por uno, qué castigo se le ha de imponer y qué jueces, en cada caso, hayan de intervenir; después de aquello hay que hablar a continuación de esto. [853b] Clinias: — Correctamente. [853b] Ateniense: Por cierto que es de alguna manera vergonzoso el ponerse a legislar sobre cuantos asuntos nos disponemos ahora a hacerlo, ea una Ciudad de la que afirmamos estará bien administrada y dotada de todo lo correcto para la práctica de la virtud. Que en una Ciudad tal, el simple pensar que pueda engendrarse alguien capaz de lo máximo en perversidad, de modo que se haya de legislar tomando precauciones, y amenazando, para que no se engendre, e imponer, cual si hubiera de suceder, leyes para evitarlo y, si sucede, para castigarlo, es lo que decía: algo de alguna manera vergonzoso. Pero ya que no estamos, cual los antiguos legisladores, legislando para hijos de dioses —para héroes— cual ahora se nos cuenta: que siendo ellos mismos progenie de dioses legislaban para otros nacidos tales —sino que ahora hombres legislan para hijos de hombres, no se tomará a mal el que temamos se nos engendre algún ciudadano tal que sea de natural tan “córneo”?uc por nada se derrita; y al modo de tales semillas en el fuego, éstos resultan inderretibles por las leyes, por muy fuertes que éstas sean. [853d] En gracia a esto, y no por gusto, hablaría primero de la ley sobre saqueos de templos, si alguno se atreviera a hacerlo. No querríamos ni es tampoco de esperar el que un ciudadano de los correctamente criados se enferme alguna vez de esta enfermedad; mas familiares suyos, extranjeros y esclavos de extranjeros, pudiera ser que más de una vez se metieran a hacerlo. Por esto sobre todo, mas tomando también en cuenta la debilidad en todo de la naturaleza humana, dictaré la ley sobre saqueos de templos y sobre todo lo demás que sex difícilmente curable o incurable. Para tales leyes, han de preceder proemios, según lo anteriormente convenido en el razonamiento, y los más breves posible, a todas las leyes. Conversando y, a la vez, exhortando a quien le incita de día y despierta de noche el mal deseo de ir a saquear algo de los templos, se le diría: "admirable, no es un mal ni humano ni divino el que te está moviendo ahora E impulsando a ir a saquear lo sagrado; sino un cierto aguijón, inserto en tu natural, procedente de crímenes antiguos y no purificados por los hombres; funesto, te está agitando; contra El cual, y con todas tus fuerzas, has de precaverte bien. Pero, ¿cual es la precaución?, escúchala: cuando alguno de tales pensamientos te sobrevenga, ve a las ceremonias expiatorias, ve, de suplicante, a los templos de dioses desvía maldiciones; ve a las reuniones de los que nosotros llamamos varones buenos; y oye, por una parte, y trata tú de hablar por otra, de que todo varón ha de honrar lo bello y lo justo. Y si haciendo esto se aplaca algo de enfermedad...; mas si no, mirando la muerte como algo más bello, apártate de la vida”. [854c] Cantando nosotros tales proemios a quienes estén intentando hacer todas esas obras impías y destructoras de la ciudad, respecto del presto a obedecer hay que dejar en silencio a la ley, mas al dispuesto a desobedecer, después del proemio, que cante con gran voz: “Quien sea sorprendido saqueando en sagrado, si es esclavo o extranjero imprímasele en rostro y manos tal desgracia, y, azotado tantas veces cuantas parezca a los jueces, expúlselo desnudo fuera de las fronteras de la Ciudad, porque, pagando así con tal pena, tal vez, metido en razón, mejorará. Porque ningún castigo, justo según la ley, es para mal; y hace de suyo, una de dos cosas, porque, hace o mejor o menos mal o al que acepta el castigo justo. Mas ciudadano que sea descubierto haciendo algo de haya contra dioses o padre o Ciudad faltando con alguna de las faltas grandes e innombrables, que el juez lo dé ya por incurable, tomando en cuenta que, a pesar de las calidades de educación y crianza recibidas, no se apartó de tamañas grandísimas maldades. Castigo justo, muerte: el menor de los males para él; para los demás, servirá de ayuda, hecho paradigma, infame y desaparecido allende las fronteras del país”. Pero sus hijos y raza, si huyen de las costumbres paternas, gocen de fama y buena reputación por haber bien y virilmente huido del mal hacia el bien. No convendrá el que la fortuna de ninguno de los tales pase al dominio público en un régimen político en que los lotes han de mantenerse siempre los mismos e iguales. Los pagos por castigo, cuando alguien crea haber perjudicado en algo valorable en dinero, pagarlos en caso de tener alguien superávit en el valor del lote que le ha correspondido; que se le multe hasta por tal exceso; pero no más. En cuanto a exactitud en este punto los guardianes-de-Ley, mirando los registros, comuniquen siempre lo que esté claro a los jueces, de modo que ninguno de los lotes quede jamás, por falta de recursos, improductivo. Quien pareciere merecer multa mayor, si no tiene amigos que quieran salir sus garantes o también, pagando ellos, liberarlo, que se lo castigue con prisión prolongada y con proclamas y otros maltratos. Mas nadie quedará infame para siempre por uno solo de tales crímenes ni por expulsado allende la frontera. Sean castigos: muerte, cadena, golpes, ciertas posturas sin gracia, sentado, de pie, arrimado a templos de la frontera del país, o dineros con los que, según dijimos antes, han de hacerse los pagos. Sean jueces sobre muerte los guardianes-de-Ley y el tribunal constituido por selección de los mejores magistrados del año anterior. Mas la de introducción de procesos, proclama y todo lo de por el estilo, y cómo deba hacerse, ha de encomendarse al cuidado de los jueces jóvenes; legislar el modo de votación es tarea nuestra. El voto depositese en público; antes de ello, y, cara a cara de actor y demandado, siéntense los jueces unos junto a otros, por orden de edad. Mas todos los ciudadanos, desocupados en el ágora, asistan de oyentes interesados en tales juicios. Que pronuncien un solo discurso, primero el actor, segundo el demandado; después de tales discursos comience el juez más viejo de investigación, poniendo a adecuada consideración lo dicho por ellos; pero a continuación del más viejo los demás han de repasar lo dicho o no dicho por cada uno de los contendientes, si así lo desean; quien nada desee pase a otro la interrogación. Sellen de lo dicho lo que pareciere pertinente, echando las firmas escritas de todos los jueces; y, reuniéndose para lo mismo al día siguiente, prosigan parecidamente el juicio, y echen la firma a las declaraciones. Y en habiendo hecho esta tres veces, y tomado suficientes testimonios y testigos, dando cada uno religiosamente su voto y prometiendo por Vesta juzgar, en lo posible, según justicia y verdad, poner así final a tal juicio. [856b] Después de los crímenes contra dioses, los referentes a destrucción del régimen político. A quien esclavice a las leyes poniéndolas bajo poder de hombres, haga que la Ciudad obedezca a una prostituta, y haciendo todo esto violentamente y despertando guerra civil atente contra la ley, al tal hay que considerarlo cual el máximo enemigo de la Ciudad entera. Mas a quien, sin participar en nada de eso, pero siendo una de las máximas autoridades, olvidando o recordando esto, por cobardía no vengue a la patria, «a tal ciudadano hay que considerarlo criminal en segundo grado, 'Todo varón, por poco que valga, denuncie unte las autoridades, llevando a juicio, a quien conspire para cambiar el régimen político de violenta e ilegal manera. Sean en esto jueces los mismos que para los ladrones sacrílegos: proceda todo el juego con aquéllos de igual manera que con éstos; muerte a dar por mayoría de votos. Pero, en una palabra, deshonras y castigos de padre no pasen a ninguno de los hijos, a no ser que padre y abuelo y padre del abuelo, uno tras otro, hayan sido condenados a muerte; a éstos, dejándoles la Ciudad su fortuna personal, exceptuando enteramente todo lo del lote familiar, remítalos a sus primitivas patria y ciudad. Para el caso de ciudadanos que tengan más de un hijo, no menor de diez años, escójase a suerte diez de entre los reconocidos por padre o abuelo, —de parte de padre o de madre; los nombres de los favorecidos remítaselos a Delfos; al que el dios eligiere, por suerte mayor!, institúyaselo de heredero de la casa de los desheredados. [856e] Clinias: Bellamente.; [856e] Ateniense: Establézcase además una tercera ley común para los jueces que habrán de juzgar, y lá manera del juicio, a quienes por causa de traición se las lleve ante tribunal. Y Parecidamente, respecto de los hijos de éstos, en cuanto a permanencia o expulsión de la patria, haya una sola ley para estos tres casos: traición, saqueo sacrílego y destructor por violencia de las leyes de la Ciudad. Respecto de robo, sea grande o pequeña lo que uno robase, establézcase una sola ley y un solo castigo legal para todo; habrá de pagar, primero, el doble de lo robado, si pierde tal juicio, y tiene para pagar más recursos que los del lote familiar; pero si no, que se lo meta en prisión hasta que pague o convenza a su acreedor legal. Pero si queda a deber pena legal por robo al pueblo, si convence a la Ciudad o paga el doble de lo robado, suéltesela. [857b] Clinias: ¿Cómo, pues, Extranjero, decir que no hay diferencia alguna entre quien roba algo grande o sustrae algo pequeño, sea de lo sagrado o profano, y respecto de tantos casos: desemejantes dentro de robo en conjunto, cuya variedad debe seguir el legislador, no castigándola con castigos semejantes? [857b] Ateniense: Muy bien, Clinias; por cierto que, en tu objeción, me despertaste cual a fuera de sí, y me recordaste además lo que anteriormente había pensado: que lo referente a imposición de las leyes no quedó en modo alguno correctamente elaborado, para decirlo así ante lo que acaba de pasar. De nuevo, pues, ¿qué decimos? Nuestra semblanza no estuvo mal cuando pusimos semejanza entre esclavos curados por esclavos y todos los que ahora se ponen a legislar. Porque ha de saberse bien precisamente que si un médico de esos que practican la medicina por experiencia no razonada viniera por caso a encontrarse con un médica libre conversando con un enfermo libre, y empleando razonamientos próximos a filosofía, tomando la enfermedad desde su principio, remontándose a la naturaleza general de los cuerpos, presto y grandemente se reiría, y no dijera otras palabras sino las que, para tales casos, tienen siempre a mano la mayoría de los llamados médicos: “¡Loco!”, diría, "no curas al enfermo, sino, más bien, lo instruyes cual si necesitara hacerse médico; y no, sano”. [857e] Clinias: Hablando así, ¿no hablaría correctamente en [857e] Ateniense: Tal vez, si pensara, además. [857e] que quien discurre sobre leyes, cual nosotros ahora, instruye a los ciudadanos, mas no legisla. ¿No parecería hablar también en esto según lo debido? [857e] Clinias: — Tal vez. [857e] Ateniense: ¡Qué buena suerte ahora la [857e] Clinias: ¿Cuál, por cierto? [857e] Ateniense: Que no tenemos necesidad alguna de legislar, sino que, puestos a reflexionar sobre régimen político en general, hemos de intentar ver perfectamente qué es lo óptimo y lo más necesario, y, de realizarse, de qué modo se realizaría. Precisamente en este momento nos está permitido, si lo queremos, considerar qué es lo mejor; pero, si la queremos, qué es lo más necesario, respecto de leyes. Elijamos, pues, lo que nos parezca. [858a] Clinias: Ridícula elección nos proponemos, Extranjero; y, sencillamente, seríamos semejantes a legisladores constreñidos por alguna gran necesidad a legislar ya, cual si no fuera lícito dejarlo para mañana. Pero a nosotros nos es lícito, gracias a dios, cual a albañiles y otros que van a comenzar alguna construcción, acarrear y amontonar materiales de entre los que elegiremos los aptos para la futura construcción; más aún, elegirlos sin prisas. Supongamos, pues, que nosotros no somos de los que edifican por necesidad, sino de los que, sin prisas aún, ponen unos al alcance de la mano; otros, los encajan, de moda que resultan correcto decir que, de las leyes, unas están ya algo así como impuestas; pero otras, como puestas al alcance de la mano [858b] Ateniense: Pues, Clinias, esta nuestra visión global de las leyes resultaría más conforme a su naturaleza. Pero, por los dioses!, veamos acerca de los legisladores esto: [858b] Clinias: ¿Qué, por cierto? [858b] Ateniense: Escritos y discursos por escrito los hay escritos por muchos y varias de las ciudades; pera escritos y discursos lo son también los del legislador. [858b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [858b] Ateniense: Pues bien: en los escritos de los otros: poetas y cuantos, sin métrico o con métrica, han puesto por escrito sus consejos sobre la vida para memoria, ponemos atención, ¿mas no la ponemos en los de los legisladores? ¿O no habría de ser, sobre todo, así? [858d] Clinias: Y mucho. [858d] Ateniense: Mas, por cierto, ¿no ha de ser el legislador, el único entre los escritores, que aconseje en lo referente a lo bueno, bello y justo, enseñando qué son y cómo se los ha de cultivar a quienes intenten ser bienaventurados? [858d] Clinias: Y, ¿cómo no? [858e] Ateniense: ¿Sino que será, en Homero. Tirteo y los demás poetas poner por escrito, y mal, lo referente a la vida y sus ocupaciones, más vergonzoso, y lo será menos en Licurgo y Solón, y en cuantos legisladores escribieron por escrito las leyes? ¿O no es lo correcto el que de cuantos escritos hay en las Ciudades los referentes a leyes hayan de ser, evidentemente y con mucho, los más bellos y los mejores, pero los de los demás o que los sigan de cerca o si disuenan de ellos resulten ridiculísimos? ¿De qué manera pensamos hayan en las Ciudades de escribirse las leyes, que aparezca lo escrito con modales de padre y madre amorosos y sensatos, o, con los de tirano y déspota que ordenan y amenazan, y en escribiéndolo en muros, se despreocupan? Consideremos, pues, también respecto de lo presente sí nosotros, discurriendo sobre leyes, trataremos de hablar de aquella manera, podámoslo hacer o no, pero poniéndonos animosamente a hacerlo; y, andando por este misma camino, que nos pase lo que nos haya de pasar. Que sea para bien, y, si dios lo quiere, sería así. [859b] Clinias: Bellamente hablaste; hagámoslo como dices. [859b] Ateniense: Pongamos, pues, primero en consideración, tal como lo emprendimos, rigurosamente, lo referente a saqueos sacrílegos, robos en general, y toda clase de crímenes; y no llevemos a mal si, mientras legislamos, dejamos establecidas algunas cosas, pero otras estén aún en consideración, porque estamos haciéndonos legisladores, pero no lo somos aún, —tal vez lo resultemos. Si parece, pues, se considere lo dicho de la manera que dije, considerémoslo. [859c] Clinias: Pues en absoluto [859c] Ateniense: Acerca de todo lo bello y justo tratemos de ver a fondo precisamente esto: en qué concordamos ahora y en qué diferimos entre nosotros mismos que afirmaríamos esforzarnos, más que en cualquier otra cosa, en distinguirnos de la mayoría; y a su vez ellos mismos, la mayoría, respecto de sí mismos. [859d] Clinias: — ¿Pensando en qué diferencias nuestras lo dices? [859d] Ateniense: Trataré de explicarlo. Acerca de justicia en general, de hombres y obras y acciones justas. convenimos todos en que, de alguna manera, son bellas, de modo que si alguien se empeñara en que los hombres justos, si por caso fueran feos de cuerpo, son —en virtud de justicia, poseída precisamente cual carácter y en superlativo— perfectamente bellos, nadie que hablara así parecería hablar fuera de tono. [859e] Clinias: — ¿Correctamente, pues? [859e] Ateniense: Tal vez. Pero veamos si es bello todo lo que está conexo con justicia, y, dentro de todo, están también nuestras pasiones, casi iguales en número con las acciones. [859e] Clinias: Pues bien, ¿y qué? [859e] Ateniense: Toda acción, que sea justa. casi en la medida en que participe de lo Justo, participa también de lo Bello. [859e] Clinias: ¿Cómo así? [859e] Ateniense: Así pues también respecto de una pasión que participe de lo Justo, conceder que, según esa proporción, resulte bella, ¿no sería discurrir desafinadamente? [860a] Clinias: Es verdad. [860a] Ateniense: Mas si convenimos en que uña pasión es justa, mas fea, ¿desafinarían lo Justa y lo Bello por haber dicho que lo Justo es feísimo? [860a] Clinias: ¿En qué sentida dices esto? [860a] Ateniense: Nada difícil de percibir. Porque las leyes poco antes establecidas por nosotros parecerían proclamar lo absolutamente contrario a lo ahora dicho. [860a] Clinias: ¿Á qué? [860b] Ateniense: Pusimos que el ladrón sacrílego y el enemiga de las leyes bien establecidas han en justicia de morir; y, al ir a legislar sobre muchísimos de tales casos, nos frenamos al ver que hay en multitud y magnitud infinitas pasiones tules que siendo las más justas de todas las pasiones, son las más feas de todas. De ser así, ¿No se nos aparecerán lo Justo y lo Bello, a veces, como del todo idénticos, pero, a veces, como contrarísimos? [860b] Clinias: Está a pique de ser así. [860c] Ateniense: Pues por esto, precisamente, para la mayoría lo Bello y lo Justo se les ofrecen desafinadamente escindidos. [860c] Clinias: Pues lo parecen evidentemente, Extranjero. [860c] Ateniense: Pues bien, Clinias, veamos un: vez más cómo lo nuestro se ha respecto de esto mismo en cuanto a concordancia. [860c] Clinias: ¿De concordancia, cuál y para cuál? [860c] Ateniense: En los razonamientos anteriores, creo haber dicho yo explícitamente, pero si no antes, suponed que estoy ahora diciendo. [860c] Clinias: ¿Qué? todo, involuntariamente malos; mas, si esto es así, por necesidad sigue a esto el razonamiento que viene a continuación. [860d] Clinias: ¿A cuál te refieres? [860d] Ateniense: Que el injusto es, por cierto, malo; pero el malo lo es involuntariamente. Mas no tiene sentido racional el hacer involuntariamente lo voluntario; así que el injusto parecería, a quien sostuviera que la injusticia es involuntaria, hacer involuntariamente lo injusto; y, más aún, lo he de admitir yo, porque con eso afirmo que todos involuntariamente hacen lo injusto. Y si alguien, por ganas de vencer o de vanagloria afirma que los injustos lo son, por cierto, involuntariamente, mas que son muchos por cierto los que voluntariamente hacen injusticias, mi sentencia es aquélla, y no ésta. ¿De qué manera, pues, estaría yo mismo acorde con mis propias palabras? Si. Clinias y Meguilo, me preguntarais: “Si esto es así, Extranjero, ¿qué nos aconsejas sobre la legislación para la Ciudad de los Magnetes? ¿Legislar o no?". "Pues, ¿cómo no?", responderé. "¿Separarás, pues, definitoriamente para ellos injusticias involuntarias y voluntarias, e impondremos mayores castigos a las faltas e injusticias voluntarias; pero menores, a las otras? ¿O a todas por igual, por no haber, en modo alguno, injusticias voluntarias?”. [860e] Clinias: Hablas, por cierto, correctamente, Extranjero; y, ¿de qué nos servirá esto para lo que estamos hablando? [860e] Ateniense: Bellamente lo preguntaste. Primero, por cierto, nos servirá para esto: [860e] Clinias: ¿Para qué? [860e] Ateniense: Recordemos que bellamente decíamos ahora mismo que, respecto de lo Justo, bien grandes serían nuestra confusión y desafino. Retomándolo, preguntémonos a nosotros mismos: "Sin haber salido de esta desorientación bien orientados ni haber definido en qué se diferencian entre sí esos dos eídoses que, según todas las Ciudades y todos los legisladores sidos, son dos eídoses de injusticias: las voluntarias y las involuntarias, ¿así, hasta se legisla? Mas la sentencia que acabamos — justo de pronunciar, cual dicha de parte de dios, con sólo haber dicho esto, ¿se irá sin dar razón alguna de que estuvo correctamente dicha?; ¿de qué manera se la impondrá cual ley?" No la hay; sino que es necesario que, de alguna manera, antes de legislar sobre esto aclarar que los eídoses son dos, y sus diferencias, para que, cuando a uno de los dos se le imponga su castigo, todos sigan el razonamiento y sean capaces de juzgar, de algún modo, si el impuesta lo está o no ajustadamente. [861b] Clinias: Bellamente, Extranjero, nos parece lo dices; porque de dos cosas, una: o no hay que decir, según nosotras, que todas las injusticias sean involuntarias o comenzar por aclarar mediante definición que no está esto correctamente dicho. [861d] Ateniense: Pues bien: de este par de cosas, la una me parece totalmente inaceptable: la de no decir la verdad cual la pienso, —porque esto no sería ni legal ni pío. Mas, ¿de qué manera serían dos eídoses, en caso Íige que no se diferenciaran uno de otro por lo de involuntario y voluntario? De alguna otra manera, pues, se ha de intentar, sea como sea, aclararlo. [861d] Clinias: De todas las maneras, por cierto, Extranjero; que, en otro caso, no somos capaces de entenderlo. [861e] Ateniense: ¿Así será. Pues bien; por cierto que, al parecer, muchos son los daños que resultan de los contactos y tratos entre los ciudadanos; y lo voluntario y lo involuntario abunda en tales casos. — [861e] Clinias: Pues, ¿cómo no? [861e] Ateniense: No habiendo, pues, supuesto que todos los daños sean injusticias, no se piense igualmente que también las injusticias resulten, en tales casos y de esa misma manera, dobles: unas, involuntarias; otras, voluntarias; porque, en total, los daños involuntarios no son, ni en número ni en magnitud, menos que los involuntarios. Mas atended a si hablando así digo lo que voy a decir, o si nada de nada. Porque. Clinias y Meguilo, no digo que si alguien perjudica en algo a otro, no voluntaria, sino involuntariamente, falte a la justicia, por cierto involuntariamente, y que, según esto, se legisle en la ley que tal injusticia es involuntaria; pero tampoco establecerá el que tal perjuicio no sea, en manera alguna, injusticia, resúltele a alguien el perjuicio mayor o menor; que, muchas veces —si vale mi opinión— diremos que el causante de un beneficio hace una injusticia cuando el beneficio no resulta tal; porque en efecto, amigos, ni si alguien da a otro cualquier cosa, ni si, por el contrario, se la quita, no hay que llamar sin más a esto justo o injusto, sino si haciéndolo de manera o modo justos favorece a perjudica a alguien en algo. Esto precisamente es lo que toma en cuenta tal legislador, y ha de mirar hacia estás dos cosas: hacia injusticia y hacia perjuicio; y a lo perjudicial ha de hacerlo, en lo posible, inocua con las leyes: salvando lo perecible, volviendo a levantar lo caído por obra de alguien, lo muerto o herido sanándolo; y una vez compensada con dones cada uno de los perjuicios entre agentes y pacientes, hase de intentar establecer, mediante las leyes, perpetua amistad en lugar de disensión. [862c] Clinias: Por cierto que está esto bellamente. [862c] Ateniense: Ahora bien: en cuanto a los perjuicios y ganancias injustas, si, con una acción injusta, hace uno que otro gane, de todo ello, lo que sea sanable, cual si fueran enfermedades del alma, curarlo; mas tal curación de la injusticia hemos de decir que procede de esta manera: [862c] Clinias: ¿De cual? [862d] Ateniense: De ésta: que si obra uno injustamente en grande o en pequeño, la ley lo instruya y fuerce, de toda manera, a que, de nuevo, no se atreva a hacerlo voluntariamente, jamás o muchísimas veces menos. [862d] aparte de pagar por el perjuicio. Y esto, a con obra o con palabras, con placeres o penas, con honras o deshonras, con castigos pecuniarios o dones y aun con cualquier otro procedimiento, se hará que se odie la injusticia; se ame o no se odie, lo que es, de suyo, lo Justo. Tal es la obra de las leyes más bellas. Mas a quien, en sentir del legislador, sea en esto incurable, ¿qué castigo le impondrá, y qué ley? Reconociendo que para todos los tales vivir no les es, ni aun a ellos mismos, lo mejor, y que, separados ellos de la vida, los otros ganarían el doble, pues, por una parte, son ejemplo para no obrar injustamente, mas, por otra, hacen que la Ciudad se vacíe de varones malos, siendo esto así, es necesario que el legislador castigue con muerte tales crímenes; pero, en modo alguno, otros. [863a] Clinias: Parece, por cierto, que lo dicho por ti está en su justo medio, pero seríamos más agradable oírte explicar aún más claramente cómo lo de injusticia y perjuicio se diferencian y lo voluntario e involuntario varían según estos casos. [863a] Ateniense: Hay que intentar, pues, hacerlo como exigís, y hablar. Porque está claro que, acerca del alma habláis entre vosotros, y os escucháis diciendo que, por ser el coraje en ella o una cierta afección o una cierta parte de su naturaleza, posesión enmaterializada —irascible y peleona—, trastorna con irracional violencia muchas cosas. [863b] Clinias: Pero, ¿cómo no? [863b] Ateniense: Cierto que proclamamos no ser el placer idéntico con el coraje; más bien, decimos, manda aquél sobre éste por virtud de una fuerza contraria con persuasión junta a engaño, no por violencia, hace todo lo que quiera su querencia. [863b] Clinias: Y mucho. [863c] Ateniense: Diciendo que la ignorancia es la tercera de las causas de las faltas, no se mentiría; sería, por cierto, mejor que el legislador la dividiera en dos: una, la sencilla, a la que tendrá por causa de faltas ligeras; otra, doble, cuando uno yerre dominado no sólo por la ignorancia, sino también por creerse sabio, cual si conociera perfectamente lo que, en modo alguno, conoce; acompañada de fuerza y prepotencia la pondrá cual causa de las faltas graves y descomunales; mas acompañada de debilidad, lo es de las faltas de niños y ancianos; las tendrá, ciertamente, por faltas; les impondrá a ellos, cual a culpables, leyes, aunque las más suaves de todas, y temperadas de máxima comprensión. [863d] Clinias: Es razonable lo que dices. [863d] Ateniense: Según esto, respecto de placer y de coraje decimos casi todos que uno nos vence; que otro, es el vencido; y que así pasa. [863d] Clinias: Pues de todo en todo. [863d] Ateniense: Mas que, respecto de ignorancia, uno de nosotros venza, otro sea El vencido, jamás lo hemos oído. [863e] Clinias: Verdaderísimo. [863e] Ateniense: Mas decimos que todos ellos nos empujan hacia nuestra querencia, frecuentemente a la vez tirando de cada uno hacia cosas contrarias. [863e] Clinias: Pues, muchísimas veces. [863e] Ateniense: Pues bien: respecto de lo justo e injusto —de lo que estoy hablando— podría ahora definirlo claramente, sin confusión alguna. A la tiranía de coraje, miedo, placer, pena, envidias y apetencias sobre el alma —dañen o no— llamo, con pleno sentido, “injusticia”. Mas al aprecio por lo óptimo —de cualquiera manera que Ciudad o particulares piensen tender hacia él, si tal aprecio, dominando sobre las almas, ordena íntegramente a todo varón, aunque en algo salga perjudicado— hase de decir que todo lo hecha de esta manera es justo, y la es lo que cada uno haga obedeciendo a tal autoridad; y es esto lo mejor para la vida entera del hombre, aunque, en opinión de la mayoría tal perjuicio sea injusticia involuntaria. Pero no estamos ahora para dificultosa discusión acerca de nombres; sino ya que han quedado declarados tres eídoses de faltas, es lo primero el encerrarlos aún más en la memoria. Uno de tales eídos es, según nosotros, el de pena, al que hemos denominado “coraje y miedo”. [864b] Clinias: Perfectamente, por cierto. [864b] Ateniense: El segundo, el de placer y apetencias: el tercero, y diferente, el de abandono de esperanza y de la opinión verdadera hacia lo óptimo. Dividido éste en tres de dos maneras, dio por resultado cinco eídoses, como estamos diciendo, para los cuales cinco eídoses se han de imponer leyes diferentes entre sí según dos géneros. [864c] Clinias: ¿Cuáles son? [864c] Ateniense: El uno, el de lo hecho por actos violentos y patentes; el otro, el de lo hecho ocultamente y con alevosía; hay veces en que lo hecho lo es por ambos a dos. Para este caso sería la más severas leyes, si se les diera la parte debida. [864c] Clinias: Es, pues, razonable. [864c] Ateniense: Después de esto volvamos, pues, al punto de que partimos para llegar aquí, terminando lo referente a imposición de leyes. Quédannos, creo, establecidas las referentes a los saqueadores de lo divino y a los traidores; pero además las sobre destructores de las leyes con disolución del régimen político vigente. Algo de esto tal vez lo haga alguno en estado de locura o dominado por enfermedad o por demasiado avanzado en vejez, o por infantilismo, —no hay diferencia alguna entre tales casos. Si algo de esto está en claro para los jueces elegidos para cada caso, por informarlo el actor del hecho o quien mire por él, quien en tal estado se halle sea juzgado cual contraventor de la ley; que pague simple y totalmente el daño con que haya dañado a alguien; pero exímasele de las demás penas, fuera del caso de que, habiendo matado a alguien, no estén sus manos limpias de asesinato, en cuyo caso, marchándose a otro país y lugar, viva allá exiliado por un año; pero si vuelve antes del tiempo definido por la ley, o si pone los pies en cualquier parte del propio país, los guardianes-de-Ley lo encerrarán por dos años en prisión pública; y cumplidos, suélteselo. [865a] No hay inconveniente alguno en que, cual comenzamos, tratemos, hasta el final, de establecer las leyes de todos los eídoses de asesinato; y, primera, hablemos de los violentos e involuntarios. Si alguien, en lucha o concurso públicos —durante los mismos o posteriormente por los golpes recibidos — mató a amigo; o parecidamente, en guerra o por ejercicios pertinentes a guerra, por estar practicando jabalina desnudos de cuerpo, o, con algunas armas, imitando la guerra real, purificando según la ley traída de Delfos para tales casos, quede puro. Mas respecto de todos los médicos, sí el asistido muere contra la voluntad de ellos, queden limpios según la ley. Mas si alguien con sus propias manos, mas involuntariamente, mata a otro, —sea con su propio cuerpo, desnudo o con instrumento o proyectil, a dándole a beber o a comer algo, o aplicándole fuego o frío, o privándolo de aliento, sea con el cuerpo propio o mediante cuerpos de otros, todos estos casos sean cual por “de con propias manos”. Mas pague en justicia esta pena precisamente: si mata a esclavo, pensando en que se lo hubiesen hecho al propio indemnice en tanto al dueño del muerto, y quede exento de castigo, o incurra en multa doble del valor del muerto; mas de eso de “valor” sean los jueces quienes hagan la estimación. Empero, respecto de los matadores en los juegos empléense purificaciones mayores y más; de esto decidirán los intérpretes elegidos por los dioses. Si se trata del esclavo propio, purificado quede legalmente exento de asesinato. Si, involuntariamente, matare a un libre, purifíquese con las mismas purificaciones que el matador de esclavos, —mas no menosprecie un cierto mito, contado por los antiguos. Se cuenta que el muerto violentamente, que haya vivido con mente de libre, se encorajina, apenas muerto, contra el fautor: y lleno a rebosar él mismo de miedo y temor por la violencia sufrida, y viendo que su asesino ha vuelto a sus habituales costumbres, éntrale temor y, perturbado, él mismo, perturba, cuanto puede, al fautor: a él y a sus actos, teniendo por aliada a su memoria. Por lo cual es menester que el fautor se aleje de la víctima durante todas las — estaciones de tal año y deserte de todos los lugares familiares de toda la patria. Mas si el muerto es un extranjero, evite también el país del extranjero durante el mismo tiempo. Si a esta ley obedece voluntariamente, el pariente más próximo del muerto, que haya visto todo lo acaecido, tenga comprensión y, haciendo con él las paces, se portaría del todo comedidamente. Mas si desobedece y sin primero purificarse se atreve a acudir a templos y sacrificar, pero, además, no quiere cumplir con los llamados “tiempos de exilio”, el pariente más próximo del muerto persiga, por asesinato, al matador para el culpable, todos los castigos sean duplicados. Mas si el pariente más cercano no persigue por tal crimen al matador, sea perseguido y cercado él mismo por tal mancha, pues la víctima hace recaer sobre él la pasado. Lo perseguirá cualquiera en justicia y según ley, y lo forzará a alejarse durante cinco años de su patria. Mas si un extranjero mata involuntariamente a un extranjero domiciliado en la Ciudad, persígalo cualquiera según esas mismas leyes; si es meteco, exíliese por un año; si del todo extranjero, además de purificarse, tanto que haya matado a extranjero, como a meteco, como a ciudadano, exclúyasele por toda la vida del país en que manden estas leyes. Mas si vuelve contra ley, los guardianes-de-Ley castíguenlo con muerte; y si tiene alguna hacienda, entréguenla al pariente más próximo de la víctima. Pero si vuelve contra su voluntad, cual si el mar lo arroja a tierra, quédese en el mar pies en agua, aguardando embarcación; mas si algunos lo sacan a tierra a la fuerza, la primera autoridad que casualmente haya en la Ciudad lo suelte, y envíelo, sin más daño, allende la frontera. Mas si alguien mata con sus propias manos a un libre, y lo hecho hecho fue por ira, hay que distinguir, ante todo, dos casos; “se ha hecho por ira”, cuantos de repente, y sin deliberación de matar, en un ataque súbito de furor acabando con alguien a golpes o algo así, e inmediatamente se arrepienten de lo sucedido; “por ira también”, cuando ultrajados de palabra u obra deshonrosas, persiguiendo el vengarse matan, posteriormente, a alguien, con voluntad de matar, y de lo hecho ho se arrepienten. Así que hase de poner, al parecer, dos clases de asesinatos, ambos originados, casi por igual, de ira, a los que más justamente se los llamaría “intermedios” entre voluntario e involuntario; no ciertamente a cada uno por igual, sino por semejanza parcial; por una parte, quien se guarda la ira, y no de golpe y sopetón, sino de propósito, y pasando tiempo, se venga, parécese a asesino voluntario; empero, quien sin almacenar la rabia, sino de improviso, de inmediato y sin propósito la emplea, resulta semejante, por una parte, a involuntario; mas no es el tal de todo en todo involuntario, sino semejante a involuntario. Por la cual resulta dificultoso delimitar respecto los asesinatos hechos por ira si han de ponerlos las leyes cual voluntarios o, a algunos, cual involuntarios. Lo mejor, por cierto, y lo más verdadero, fuera ponerlos cual semejantes, mas distinguirlos por deliberación e indeliberación; y a los que con deliberación e ira matan, imponerles según ley los castigos más graves; mas a los que indeliberadamente y de sopetón, más suaves; porque lo que se asemeja a mayor mal ha de ser castigado más gravemente; lo que a menor, menos gravemente. Así deben hacerlo también nuestras leyes. [867c] Clinias: Por cierto, que de todo en todo. [867c] Ateniense: Revirtiendo, pues, a lo anterior, digamos: si uno mata con sus propias manos a un libre, mas tal hecho ha sido hecho indeliberadamente, en un ataque de ira, sufra, por lo demás, el castigo debido a quien sin ira mató; mas exíliese necesariamente por dos años, en castigo de su iracundia. Mas quien por ira, pero con premeditación haya matado, en cuanto a lo demás como anteriormente, y al modo que el otro se exilió por dos años, exíliese él por tres, castigado más tiempo por la mayor magnitud de la ira. En cuanto al reingreso, hágase así en estos casos. Es, por cierto, difícil imponer legislación rigurosa, porque hay veces en que, de ambos, el que la ley clasifica cual el más peligroso es el más manso; mas, otras, el más manso sería el más peligroso; Éste, obraría más salvajemente en caso de asesinar; aquél, más mansamente. Pero las más de las veces pasan las cosas de la manera ahora dicha. De todo esto han de conocer los guardianes-de-Ley. Cuando para cada uno de aquellos llegue a su término el tiempo de exilio, envíen los guardianes a doce de entre ellos, cual jueces, a las fronteras del país, para examinar aún más claramente el comportamiento de los exiliados durante tal tiempo, y hacer de jueces sobre su arrepentimiento y admisión. Mas ellos, que se atengan a lo juzgado por tales jueces. Mas si cualquiera de ellos, una vez vuelto, vencido de nuevo por la iracundia, hace lo mismo, exiliado, que ya no vuelva; pero, si vuelve, sufra lo mismo que el extranjero que regresa. [868a] Quien mate a esclavo propio, purifíquese; pero si a uno de otro, por ira, pague al dueño el doble del daño. Mas a cualquiera de tales matadores que no obedezca a la ley, sino que, aun no purificado, macule ágora, concursos y otros lugares sagrados, quien lo quiera instituya juicio contra el más cercano pariente del muerto y contra el matador, y fuércelos a uno a actuar, al otro a pagar el doble por daños y perjuicios; lo pagado, que se lo quede él mismo según la ley. Si un esclavo mata por ira a su dueño, los parientes del matado hagan del matador lo que quieran, mas de ningún modo ni manera lo dejen con vida; y quedan purificados. Mas si un - esclavo, que lo es de otro, mata por ira a un libre entreguen los dueños al esclavo a los parientes del muerto; mas éstos han de matar al fautor de la manera que quieran. Si lo que sucede, aunque pocas veces, padre o madre mata por ira a golpes o de otro modo violento a hijo o a hija, que se purifiquen con las mismas purificaciones que los otros, y se exilien por tres años. Mas, después de regresar los asesinos, sepárense mujer de varón, y varón de mujer, y ya no más de engendrar conjuntamente hijos, ni participen jamás de la mesa ni de los actos sagrados de aquellos a quienes, él o ella, privaron de hijo o hermano. Mas a quien sea impío y desobediente en esto sométalo a juicio por impiedad quien lo quiera. Mas si varón mata por ira a su mujer legítima, o mujer que haga eso mismo, y de igual manera, a su varón que se purifiquen con las mismas purificaciones y cumplan tres años de exilio. Después de vuelto quien tal hizo, no tome parte jamás en los actos sagrados de sus hijos ni sea su comensal. Al desobediente —sea progenitor o progenie—sométalo a juicio por impiedad quien lo quiera. Y si mata hermano a hermano o hermana, o hermana a hermano o hermana, en cuanto a purificaciones y anualidades, lo mismo que se dijo respecto de padres e hijos, debe decirse también respecto de éstos; quien a hermanos privó de hermano y a padres de hijos; jamás sea comensal de ellos ni copartícipe de ritos sagrados; si alguno desobedeciere, sometido por esto a juicio a tenor de la dicha ley sobre impiedad, lo sería con justicia. Si alguno llega a dominar tan poco su iracundia hacia sus progenitores que, en el furor de la ira, se atreva a matar a alguno de sus progenitores, si el muerto, antes de morir, absuelve voluntariamente de asesinato al fautor, en purificándose éste cual los ejecutores de asesinato voluntario, y en habiendo hecho lo demás como ellos, quede puro; mas si no es absuelto, quien tal hizo quede sometido a muchas leyes: por ultraje quedaría sometido justamente a las penas extremas, y parecidamente, por impiedad, y por robo sacrílego, por haber robado el alma del progenitor, de manera que, si fuera capaz de morir él mismo muchas veces —tanto el parricida como el matricida— por haber hecho eso por iracundia sería justísimo muriera de muchas muertes. Porque a quien, aun por defenderse de la muerte —en trance de ser muerto por los padres—, ninguna ley le permitirá matar a padre o madre —que dieron a luz su existencia natural—, sino mandará que aguante y sufra todo antes que hacer eso; ¿qué otra justa pena le convendría según ley? Quede, pues, establecida la pena de muerte para quien por ira mate padre o madre. Pero hermano que mate a hermano, en combate, durante una sedición o algo semejante, defendiéndose contra quien atacó primero, por matarlo cual a enemigo quede puro; y si ciudadano a ciudadano, parecidamente, y extranjero a extranjero. Pero si matare en defensa citadino a extranjero o extranjero a citadino, quede según eso mismo puro. Y si esclavo a esclavo, parecidamente. Mas si esclavo en defensa propia mata a libre, quede expuesto a las mismas leyes que el mató a padre. Lo que se dijo en caso de asesinato respecto de la absolución por el padre, valga eso mismo acerca de toda absolución de actos tales, si cualquiera absuelve a cualquiera voluntariamente, por haber resultado involuntario el asesinato; y haya purificaciones para el autor y se de un año su exilio legal del país. Y lo que de violento, involuntario y por iracundia pasa en asesinatos dese por ajustadamente dicho. Mas en cuanto a lo que de voluntario y con toda malicia y deliberación pase en ellos por dejarse vencer por placeres, apetencias y envidias, de esto tras aquello hemos de hablar [869e] Clinias: Correctamente lo dices. [869e] Ateniense: Una vez y, ante todo, digamos, en lo posible, respecto de estos casos cuántas serían las causas. La máxima es el apetito dominador de un alma enfurecida por los deseos. Y es precisamente, aquí y sobre todo, esa ansía, la mayor y más potente, y que en la mayoría se halla: ese poder, el de posesión insaciable e infinita de dinero, que engendra apetencias por miles de miles a causa de la naturaleza y de la perniciosa falta de educación. Pero de esta perniciosa educación son causa las perniciosas alabanzas que la fama hace de la riqueza ante los griegos lo mismo que ante los bárbaros; porque juzgándola, sin más, el primero de los bienes, siendo el tercero, perjudican a la posteridad y a sí mismos. Porque la verdad, la más bella y mejor de todas, que de la riqueza se ha de decir ante todas las Ciudades es que existe en favor del cuerpo; y el cuerpo en favor del alma. Ahora bien: siendo los bienes aquello por cuya causa existe, de suyo, la riqueza, estaría ella en tercer lugar, después de virtud del cuerpo y del alma. Este razonamiento enseñaría, pues, que quien pretenda ser bienaventurado no ha de buscar enriquecerse, sino enriquecerse justa y sensatamente; y de esta manera, no surgirían en las Ciudades asesinatos, a purificar necesariamente por otros asesinatos. Mas ahora, lo que al comienzo de esto decíamos, esto precisamente es una y la mayor causa de los máximos procesos judiciales por asesinato voluntario. Mas la segunda es, en el alma, esa disposición ambiciosa, engendradora de envidias —mala compañía aun para el poseso mismo de envidia—, y, en segundo lugar, para los mejores en la Ciudad. Pero la tercera son esos temores, cobardes e injustos, causantes, por cierto, de muchos asesinatos cuando uno ha hecho a alguien, o ha hecho que le hicieran algo que querrían que madre, además de ellos, supiera que acaban de pasar o han pasado. Eliminan, pues, con la muerte a tales denunciadores cuando no pueden hacerlo de otra manera. Para todos estos casos sirve de proemio lo dicho. Y, además de esto, esa razón con que muchos de los que toman en serio, respecto de este punto, las iniciaciones persuaden grandemente a los oyentes: que de tales hechos se toma venganza en Hades. Y que, al volver aquí, necesariamente han de pagar el natural y justo castigo, padeciendo la mismo que él hizo, terminando su vida, con la misma suerte, a manos de otro. Mas al convencido y bien atemorizado por este proemio no le hace falta, además de esto, el que una ley ensalce la justicia de tal castigo; pero para el desobediente díctese por escrita esta Ey: Quien con premeditación e injustamente mate con sus propias manos a cualquiera de los de la estirpe, primero exclúyaselo de los lugares legales; que no manche ni santuarios ni ágora ni puertos ni cualquier otra asamblea pública, haya o no quien se lo conmine al autor, porque lo conmina la ley y conminándolo para toda la Ciudad, está y estará siempre a luz pública. Mas quien debiendo perseguirlo no lo haga, y conminándoselo no lo excluya, estando él de entre los parientes del muerto dentro del grado de primo de parte de varones y de mujeres, primero caiga sobre él mismo la mancha y la enemistad de los dioses, porque la maldición de la ley atrae hacia él la otra; segunda, quede sometido a juicio por quien quiera vengar al muerto. Mas quien quiera vengar observando las purificaciones del caso y todo lo demás que, acerca de ello, impuso dios como legales, cumplido todo ello y proclamando la denuncia, vaya y fuerce al autor a soportar la aplicación legal de la pena. Que todo esto haya de hacerse acompañado de plegarías y sacrificios a los dioses que de tales cosas cuidan: de que no haya asesinatos en las Ciudades, es cosa fácil para el legislador demostrarlo patentemente. Mas quiénes sean tales dioses y cuál sería el modo, más correcto hacia lo divino, de proceder para introducir tal clase de procesos. judiciales, legíslenlo los guardianes-de Ley junto con los exégetas, adivinos y dios, e introduzcan tales procedimientos judiciales. Que sean jueces de ello los mismos que se dijo juzgaran principalmente sobre los saqueadores de lo sagrado; el culpable sea castigado con muerte y no se lo sepulte en la tierra de la víctima, a causa de su impudencia, además de su impiedad. Quien huya y no quiera someterse a juicio, huya con eterna huida. Mas si alguno pone el pie en alguna parte del país del asesinado, el primero de los familiares del muerto que casualmente lo encontrare, o de los ciudadanos, mátelo impunemente, o, préndalo, y entréguelo a las autoridades que juzguen sobre procesos a muerte. Mas, a la vez, el delator dé garantías sobre a quién y sobre qué lo delata; mas presente garantes que el presidente de los jueces sobre tales casos juzgue dignos de fe, —tres garantes dignos de le quienes garanticen que lo presentará a juicio. Mas si o no quiere o no puede alguno comparecer, que la autoridad, apresándolo, lo dé a guardar encadenado y entregue al juicio penal. Mas si alguien no mató, ciertamente, a otro ton sus manos, mas premeditó su muerte, y, siendo causante de tal muerte o con premeditación y alevosía, y sin purificar su alma del asesinato, habitare en la Ciudad, procédase también en este caso judicialmente de la misma manera, a excepción de lo de garantía; al perdedor, concédasele sepultura familiar; en cuanto a lo demás, procédase con él de la misma manera como anteriormente se dijo. Sea lo mismo para el caso de extranjeros contra extranjeros, de ciudadanos y extranjeros entre sí, de esclavos contra esclavos, respecto de con-las-propias-manos y conspiración, a excepción de lo de garantía; como se dijo, garantías han de darla los asesinos con-propias-manos; mas éstos también han de dar garantías a la vez al denunciante del asesinato. Si un esclavo mata voluntariamente a un libre —sea con sus propias manos o por conspiración— y perdiere el juicio, el ejecutor público de la Ciudad llévelo hacia el sepulcro del muerto, desde donde vea el túmulo; azóteselo tantas veces cuantas el captor ordenare; mas si el asesino vive tras apaleado remáteselo. Si alguien matase a un esclavo no porque haya hecho algo injusto, sino por miedo de que resulte delator de sus obras vergonzosas y malas, o por otra razón parecida, a la manera como quedaría sometido a juicio por asesinato si hubiera matado A un ciudadano, así también sea sometido a lo mismo y por lo mismo por haber matado a tal esclavo de esa manera. [872c] Mas si efectivamente suceden casos en que legislar es cosa terrible y, en modo alguno, agradable, mas no legislar resulta imposible —en casos de asesinatos de parientes con propias manos o mediante conspiración, de asesinatos totalmente voluntarios e injustos, que, las más de las veces, suceden en Ciudades mal administradas e instruidas, pero sucedería algo de eso aun en el país en que no se tomara precauciones, —hace falta, pues, repetir la leyenda hace poco referida; tal vez oyéndola alguno de nosotros resulte capaz de abstenerse más voluntariamente por tales motivos de asesinatos, sobre todo de los más impíos. Pues este mito, o leyenda, o lo que haya de denominárselo, dice claramente por boca de antiguos sacerdotes que Justicia —la vengadora de la sangre familiar— aplica, vigilante, la ley de que ahora mismo se ha hablado; y decretó que el fautor de algo de eso sufra por necesidad lo mismo que hizo. Si alguien mató a su padre, habrá de sufrir el que los hijos se atrevan a hacer con violencia eso mismo a su tiempo; si mató a su madre, le será necesario nacer tomando la naturaleza femenina, y nacido en ella, dejar la vida, posteriormente, a manos de sus hijos. Porque para sangre común, así mancillada, no hay otra purificación; ni puede lavarse lo mancillado antes de que el alma que lo hizo expíe asesinato con asesinato, semejante con semejante, y aplaque, propiciándola, la ira de toda la parentela. El temor de los dioses ha: de hacer evite uno tales venganzas. Mas si sobreviniera a algunos la malaventurada calamidad de atreverse, de intento, a separar del cuerpo el alma de padre, madre, hermanos o hijos, la ley del legislador mortal impone sobre tales casos, esto: las proscripciones de lugares legales queden en vigor, y las garantías sean las mismas que anteriormente se indicaron. Si alguno resulta culpable de tal tipo de asesinato, por matar a alguno de los dichos, los esbirros de los jueces, y las autoridades, lo harán matar; echándolo, desnudo, fuera de la Ciudad en una trifurcación de caminos determinada, llevando cada uno una piedra y arrojándola a la cabeza del cadáver quede la Ciudad entera purificada; después de lo cual, llevándolo a las fronteras del país arrójenlo fuera, insepulto, según la ley. [873c] Mas quien mate a lo más casero de toda y a lo llamado “más querido”, ¿qué habrá de sufrir? Hablo de quien se mate a sí mismo, de quien violentamente se despoje del lote para él predestinado, y no por ordenarlo en justo juicio la Ciudad ni forzado por haberle caído una malaventura insufrible e inescapable, ni porque la suerte le hizo partícipe de alguna vergüenza inevitable e invisible, sino que él se impuso, por flojera y por cobardía de invirilidad, una pena injusta. Para este caso, por lo demás, dios sabe lo que ha legalmente de hacerse en cuanto purificaciones y sepultura; interrogados sobre esto exégetas y leyes pertinentes, los parientes más cercanos por raza han de hacer lo que se les ordene. Mas, para los que así fenecen, los sepulcros, primero, esté cada uno a solas; tampoco uno junto a otro; después, en los linderos de cada uno de las doce distritos que estén yermos e innominados, enterrarlos a ellos infamados; no señalando los sepulcros ni con estelas ni con nombres. [873d] Pero si un animal, bestia de carga u otro, mata a alguien, a no ser que lo haga en un concurso de los establecidos públicamente para premios, persigan los parientes del muerto al matador por homicidio, juzgando sobre el caso los agrónomos a los que, y a cuantos, lo encomiende el pariente; mátese al culpable y expúlseselo allende las fronteras del país. Mas si un inanimado priva a un hombre de su alma —no siendo un rayo o algo así cual tiro venido de dios—, mas de esotras cosas que matan a alguien por caerle encima o caer él sobre ellas, el pariente por linaje haga sentar de juez de ello al más cercano de los vecinos, purificándose a sí mismo y a toda la parentela; al culpable, exílieselo, tal como se dijo en el caso de animales. [874a] Mas si aparece un muerto, pero se desconoce al occisor y, a pesar de buscarlo no descuidadamente, no se lo halla, se harán las mismas delaciones que en los otros casos: acusar en el ágora al autor por asesinato, y que el heraldo conmine allí al occisor de tal y tal, culpable de asesinato, que no entre en templos ni en todo el país de la víctima; que si se lo ve y reconoce, morirá; e insepulto, será arrojado fuera del país de la víctima. Sea ésta, para nosotros, ley expresamente puesta sobre asesinato. Y sobre esto así y hasta aquí. Respecto de los casos en que el occisor quedaría correctamente purificado, valga esto: Ladrón que de noche se meta en casa para robar algo, quien lo prenda y mate quede puro; quien en defensa propia mate a salteador quede puro; y si alguien hace violencia en cosas Venéreas a mujer libre o jovenzuelo, ser muerto impunemente por alguno de los ofendidos por tal violencia: por padre o hermanos o hijos; si varón sorprende a su cónyuge en el acto de ser violada, y mata al violador, quede, según la ley, puro; y si socorriendo a su padre —o a madre, hijos, hermanos o a la madre de sus hijos— que nada de impío haya hecho, mata a alguien, quede enteramente puro. [874d] Esto, pues, acerca de crianza y educación de alma durante la vida, que si, por Suerte, las tiene la hacen visible; pero si por caso no, todo lo contrario; y sobre muertes violentas, qué castigos hayan de hacerse, ha quedado ya legislado. Lo referente a crianza y educación del cuerpo, ya se dijo. Mas lo conexo con esto: respecto de los actos de violencia mutua, hechos involuntaria o voluntariamente, hay que definir, en lo posible, lo que son y cuántos son, y qué castigos tendría cada uno adecuados al caso. Correctamente, al parecer, se legislaría sobre esto, después de sobre aquello. [874e] Aun el más incapaz de quienes se meten a ordenar las leyes colocaría en segundo lugar después de lo de muertes lo de heridas y mutilaciones por heridas. En efecto, las heridas, cual se dividieron los asesinatos, han de dividirse, por una parte, en involuntarias unas; otras, por iracundia; otras, por miedo; mas, por otra, en cuantas voluntarias se producen con premeditación. Respecto de todos estos casos hay que comenzar por declarar precisamente: que es necesario imponer - leyes a los hombres y que vivan según leyes; si no, en nada se diferenciarán de las más salvajes de las fieras. La causa de esto es ésta: que la naturaleza humana no nace suficientemente dotada, tanto que conozca lo conveniente al hombre respecto a régimen político, y, aun conociéndolo, pueda y quiera siempre hacer lo mejor. Porque resulta dificultoso conocer lo primario: que en arte política, en la verdadera, hay que ocuparse no de lo privada sino de lo común, porque lo común coyunge; mas lo privado destroza las Ciudades; y que tanto a lo común como a lo privado, a ambos, les conviene el que lo común, más bien que lo privado, esté bellamente establecido. Pero segundo: que si, además de reconocer uno que esto es naturalmente así, lo toma, y al arte lo conjunta con ello, mas, después de esto, gobierna irresponsablemente y cual autócrata en la Ciudad, no podrá ser fiel a este dogma ni vivir durante su vida cultivando en la Ciudad lo considerado como común, cual siguiendo lo privado a lo común; sino que su naturaleza mortal lo empujará constantemente hacia avorazamiento y egoísmo; huyendo irracionalmente de lo penoso, persiguiendo el placer, antepondrá, más bien, ambos a lo más justo y mejor; y hecha oscuridad en su alma terminará por rellenar de toda clase de males a ella y a la Ciudad entera. Mas si algún hombre, nacido por Suerte divina con natural capacidad, pudiera tomar para sí esto, para nada necesitaría de leyes que sobre él mandaran, porque ninguna ley ni ordenanza es más poderosa que la ciencia, ni es de Ley el que la inteligencia sea ni sierva ni esclava de nadie, sino gobernadora de todo, si, en realidad a es, de natural, hombre verdadero y libre. Mas, ahora, no lo hay en ninguna parte y de ninguna manera, a no ser brevemente; por lo cual hay que elegir lo segundo: ordenanzas y ley, que ven y miran a lo frecuente, mas no pueden al todo. [875d] Esto se ha dicho precisamente por esto: Ordenamos ahora que haya de sufrir o pagar quien hiera o haga daño a otro. A la mano de todos está respecto de todo esto interrumpir correctamente diciendo: "¿de qué feridor estás hablando, feridor en qué, de quién, cómo y cuándo?, porque hay en esto miles y miles de casos, y grandísimamente diversos entre sí”, por lo cual es imposible tanto el encomendar a los tribunales el que juzguen de todo esto como de nada. Por cierto que, de entre todas, hay una cosa que es necesario encomendarles la juzguen: respecto de cada caso, ¿sucedió o no sucedió? Mas no encomendarles nada de lo referente a si hay que castigar por algo y a si qué haya de sufrir el malhechor en algo; sino que tenga que legislar él sobre toda, pequeño y grande, es casi casi imposible. [876a] Clinias: ¿Qué se sigue, pues, racionalmente de esto? [876a] Ateniense: Esto precisamente: que algunos casos han de encomendarse a tribunales; mas otros no han de encomendárselos, sino ha de legislarlos él de por sí. [876a] Clinias: ¿Cuáles, pues, ha de legislar y cuáles dejar al juicio de las tribunales? [876a] Ateniense: Después de esto, lo más correcto fuera decir estotro: que en Ciudad donde los tribunales sean débiles y mudos, disimulando sus opiniones, y decidan por voto secreto, y, lo que es más terrible que esto, cuando juzgan no en silencio, sino en pleno tumulto, cual los teatros, alabando a gritos y reprobando al orador de turno, bien mal suele pasarlo entonces la Ciudad entera. Pues bien: legislar, quien no tiene más remedio, para tales tribunales, no es cosa, ciertamente, favorable; no obstante, no hay más remedio que encomendarles “ordene” los castigos para los casos más pequeños; empero, para los mayores “legisle” él mismo explícitamente, si es que alguien legisla, alguna vez, en tal régimen político. Empero, en Ciudad en que los tribunales estén, en lo posible, correctamente constituidos, bien formados los futuros jueces y aprobados tras riguroso examen, es correcto, y está bien y bellamente hecho, el que se encomiende en la mayoría de los casos al juicio de tales jueces respecto de los declarados culpables lo de qué han de sufrir o pagar. No se nos lleve a mal ahora el que no legislemos, para ellos, sobre estos casos mayores y más frecuentes que aun los jueces más flojamente educados podrían discernir y aplicar a cada transgresión la pena debida al daño y al acto. Pero ya que legislamos para quienes, tal creemos, han resultado jueces bien preparados para esto, hay que encargarles la mayoría de los casos. Mas lo que tantas veces dijimos e hicimos en la legislación anterior de las leyes, el hablar del esboza y tipos de castigo: dar a los jueces los paradigmas para no salirse jamás de la justicia, fue entonces lo más correcto y es, aún ahora. lo que debe hacerse, —al revertir ya a las leyes. [876e] Quede establecido para nosotros lo referente a heridas de este modo: si alguien pensando deliberadamente matar a un cierto conocido, excepto si la ley lo permite, lo hiere, sin poder llegar a matarlo, no merece piedad quien tal haya pensado y herido de esa manera ni tenerle más deferencia que si lo hubiera matado; obligarle a que se someta a juicio por asesinato. Mas por respeto a su no totalmente mala suerte y al daimonio quien compadeciéndose de él y del herido, desvió de éste, golpe incurable; mas de aquél, suerte y calamidad inexpiable, agradeciendo, pues, a su daimonio, y no contradiciéndolo, hay que descartar lo de muerte del feridor, mas depórteselo de por vida a alguna ciudad vecina, dejándole que recolecte los frutos de toda su hacienda. El daño con que dañó al herido, págueselo al herido; mas estímelo el misma tribunal que para el juicio penal, y los mismos jueces que juzgaron sobre asesinato si hubiere muerte a resultas de la herida. [877b] Si hijo hiere a sus padres, o esclavo a su dueño, parecidamente, con premeditación, el castigo sea muerte; y si hermano a hermano o hermana o hermano a hermano o hermana hiere y resulte culpable de la herida por premeditación, —parecidamente sea el castigo muerte. Mas si mujer, con intención de matar, hiere a su varón, o varón a si mujer, huyan con eterna huida. Mas en cuanto a su hacienda, si tienen hijos o hijas, aún pequeños, encargárselos a los tutores y que éstos se cuiden de ellos cual si fueran huérfanos. Mas si fueran ya varones, quédeles a los hijos la obligación de alimentar al desterrado, mas su hacienda poséanla ellos. Si aquel a quien tales calamidades pasan no tiene hijos, reuniéndose los parientes por parte de varones y mujeres hasta los hijos de los primos del exiliado, junto con los guardianes-de-Ley y sacerdotes, tras deliberación instituyan un heredero para esta casa: la cincuenta mil cuarenta de la Ciudad, discurriendo de esta manera y por esta razón: que ninguna casa de las cincuenta mil cuarenta es de su habitante ni de su linaje entero tanto como lo es, sea pública o privada, de la Ciudad; que, en efecto, la Ciudad ha de poseer sus propias casas de modo que sean, en la medida de su poder, santas y bienaventuradas superlativamente. Cuando, pues, alguna casa sea tan desgradada, a la vez que tan impía, que el poseedor no deje en ella hijos, mas haya muerto, soltero o viudo, sin hijos, culpable de asesinato voluntario o de algún otro crimen de las que por ser contra dioses o ciudadanos la pena explícitamente establecida para ellos en la ley es la de muerte, o si varón sin hijos esté desterrado con destierro perpetuo, lo primero es purificar y reconsagrar solemnemente tal casa según la obligación legal; después, reúnanse, cual se acaba ahora mismo de decir, los familiares junto con los guardianes-de-Ley para considerar cuál es, dentro de las de la Ciudad, la familia de mejor reputación en cuanto a virtud, a la vez que bienaventurada por tener más hijos. Por lo cual, al padre y a los antecesores en linaje les asignarán un hijo cual si fuera de ellos, dándole el nombre de ellos por causa pública; que sen él para ellos, progenitor, mantenedor del hogar y ministro de lo santo y sagrado, con mejor suerte que su padre; elevando así sus plegarias institúyanlo heredero según la ley. Mas al culpable, dejarlo que repose in-nominado, sin hijos, sin lote familiar, cuando tales calamidades le hayan sobrevenido. [878b] Pero no en todas las cosas, tal parece, hay un límite que se mezcle con otro límite; mas en los casos en que hay algo común intermedio entre ellos, este intermedio entre límites extendiéndose hasta tocar con cada uno de ellos resultaría intermedio de ambos. Pues bien: respecto de lo involuntario y voluntario, lo que se hace por iracundia dijimos ser tal Respecto, pues, de las heridas causadas por iracundia, sea ley: Si hay un culpable, primero que pague el doble del daño, si la herida resulta sanable; mas el cuádruple, si es de las incurables; pero si es sanable, mas sobreañade al herido grandísima vergüenza e insultos, que pague el triple. Mas en cuantos casos, al herir a alguien no sólo perjudique al paciente sino también a la Ciudad, volviéndolo incapaz de socorrer a la patria contra los enemigos, que el tal pague aparte de lo otro, el perjuicio causado a la Ciudad; haga, pues, además de su servicio militar, el del inválido y ocupe en el orden de batalla el puesta de él; o sí no lo hace, sométalo quien lo quiera a juicio legal por deserción en campo de batalla. En cuanto al valor del daño, si doble o triple o cuádruple, ordénenlo los jueces que lo condenaron. Si uno hiere, de esa misma manera, a otro, los dos de la misma parentela, los padres y parientes hasta los hijos de los primos por parte de mujeres y varones, mujeres y varones reunidos determinen se pase la estimación del daño a los parientes naturales; si tal estimación resulta discutible, los parientes por parte de los varones sean los estimadores principales; pero si aun ellos no pueden hacerlo, que se lo encomiende en instancia final a los guardianes-de-Ley. Pero de hijos contra padres, los jueces de heridas tales es necesario sean de más de sesenta años de nacidos, cuyos hijos no sean adoptivos, sino verdaderos; respecto del culpable, determinar si el tal ha de morir o sufrir algo mayor que eso, o no más bien algo no mucho menor. Y no juzgar a pariente alguno del autor, aunque tenga de nacido tanto tiempo cuanto dicta la ley. Pero si un esclavo hiere por ira a un libre, el dueño entréguelo al herido para que haga con él lo que quiera; si no se lo entrega, que él mismo repare enteramente el daño. Pero si alguien alegare?uc ha sido una maquinación convenida entre el esclavo y el herido, póngaselo en duda. Peto sí no gana, pague el triple del daño; mas si gana, someta a juicio por plagio al que intrigó con el esclavo. Quien involuntariamente hiera a otro, pague por daño simple, porque no hay legislador alguno capaz de mandar sobre el Azar, siendo jueces los designados para el caso de hijos contra padres, y estimen el valor del perjuicio. [879b] Todos los casos antedichos son, según nosotros, casos de violencia; mas también de violencia lo son todos los del género “maltrato”. Respecto de tales casos todo varón hijo y mujer han de pensar siempre de esta manera: que para dioses y para hombres que hayan de salvarse y ser bienaventurados ancianidad es más venerable, y no por poco, que la juventud. Así que maltrato que, en Ciudad, padezca anciano por obra de joven es cosa?ea de ver y odiosa-1-los-dioses; mas es de buen parecer el que joven maltratado por anciano soporte mansamente tal acceso de cólera, reservándose para sí mismo tal honra para su vejez. Sea, pues, así la ley: que cada uno, entre nosotros reverencie de palabra y obra al más viejo que él; mas a quien pase a otro con veinte años de edad, sea aquél varón o hembra, trátelo con miramientos, y téngalo por padre o madre; y reténgase, en gracia a los dioses genesiacos, de poner sus maños en todos los de una edad tal que pudieran haberlo engendrado y parido. Así y de esta manera también reténgase respecto de un extranjero, residente desde mucho tiempo o llegado recientemente; ni, agrediendo ni defendiéndose, se atreva en modo alguno a a hacer entrar en razón al tal a golpes. Mas si cree que ha de castigar a extranjero insolentado que esté atreviéndose a golpearlo, préndalo y condúzcalo ante esa autoridad que son los astínomos; mas reténgase de pegarle a fin de que estar bien lejos de atreverse a maltratar a un coterráneo. Mas los astínomos préndanlo y júzguenlo, con grandes miramientos hacia el dios del extranjero; si parece que el extranjero maltrató injustamente al coterráneo, dando al extranjero con el látigo tantos golpes cuantos él mismo propinó, aplaquen la audacia del extranjero. Pero si no faltó, amenazando y reprendiendo al que lo trajo, suelten a ambos. Si uno pega a otro de su edad o a otro sin hijos que le preceda en edad, y un viejo a otro viejo, y si un joven a otro joven, defiéndase de manera natural, sin proyectiles, a manos desnudas; pero si uno mayor de cuarenta años tiene la audacia de pelear con alguien, sea que él principie a se defienda, llamándolo “salvaje, ineducado y esclavo de natural”, llevaría lo que se le debe con tal injuriosísimo juicio. Y sí resultare fácilmente persuadible con tales exhortaciones, sería de buen guiar; mas el difícil de persuadir, y a quien nada le importe el proemio, prepárese a recibir la ley siguiente: Si alguien pegare a otro mayor que él de veinte años o más, primero, quien, por caso esté presente, si no es de la misma edad ni más joven sepárelos, o sea un cobarde ante la ley; si es de la edad del agresor o uno más joven, defienda a la víctima cual a hermano o padre o ascendiente mayor. Además: sea sometido a juicio penal por maltratos quien, como se dijo, se atreva a pegar a otro más viejo; si pierde el juicio, encarcéselo por no menos de un año; pero si los jueces lo condenan a más, tal tiempo de condena predomine. Pero si un extranjero o uno de los metecos pega a uno mayor que el de veinte años o más, respecto de la ayuda de los presentes la misma ley tenga la misma fuerza; mas el vencido en tal juicio penal, si es extranjero y no residente, pague la pena con dos años de prisión; pero si además de meteco es desobedientes a las leyes, prisión por tres años, a no ser que el tribunal estime que la pena sea por tiempo mayor. Pero pénese también al que asistiendo a cualquiera de estos casos no haya ayudado a tenor de la ley; si es de la clase de máximo contribuyente, una mina de multa; si de segunda, cincuenta dracmas; si de tercera, treinta; mas veinte, si de la cuarta. Hagan de tribunal en tales casos los estrategas, taxiarcas, filarcas e hiparcas. [880d] De las leyes, tal parece, unas están hechas en favor de los hombres de bien, para enseñarles, tratándose de qué manera unos a otros vivirían amistosamente; mas otras, para quienes huyen de la educación, por de natural inflexible y que nada los ablanda lo suficiente para no ir hacia la maldad Total. Estos precisamente son los autores de los discursos que vamos a hacer; para ellos, en efecto, el legislador tendría que imponer unas leyes que, querría, no se usaran jamás. Porque quien se atreve a poner sus manos sobre padre, madre o progenitores de éstos, usando alguna vez de violencia y malos tratos, sin temor de la ira ni de los dioses de Arriba ni de los llamados “subterráneos Vengadores”, sino que, creyendo saber lo que en modo alguno sabe, despreciando lo dicho por los Antiguos y por todos, infringe la ley, a éste le hace falta el más extremado de los deterrentes. No la es la muerte; mas los llamados tormentos en Hades son aún más extremados que ella; y a pesar de llamárselos así con grandísima verdad, en nada consiguen disuadir a tales almas, porque, en otro caso, no se darían jamás matricidios, y esas audacias impías de golpes contra los demás progenitores; es, pues, preciso que los castigos de tales casos no se queden. [881b] a ya aquí, en esta vida, en lo posible y en nada, atrás de los de Hades. Después de esto, sea dicho estotro y de esta manera: Quien se atreviere a pegar a á)padre, madre, o padres y madres de éstos, no estando poseso de locura, primero, cual en casos anteriores, el casualmente presente socórralos; y al meteco o extranjero que los socorrió invíteselo a sentarse en primera fila en los concursos; mas si no los socorre, salga expulsado con expulsión perpetua del país. Al no meteco que los socorriere, alábeselo; mas si no socorre, repréndaselo. Esclavo que socorra, quede libre, mas si no socorre, péguesele con el látigo cien golpes, si lo sucedido sucedió en el ágora; mas si fuera del ágora, en la villa, que lo castigue el astínomo residente; pero si en algún campo del país, los jefes de los agrónomos. Si el casualmente presente es un coterráneo —jovenzuelo, varón, mujer: cualquiera que ser— socorra, dando al “impío” este nombre. Pero quien no socorra, que aguante la maldición de Júpiter, el protector de familia y padres, según Ley. Mas si alguno resulta culpable de maltrato a los progenitores, Primero, salga expulsado con expulsión perpetua de la villa, a otro país; y exclúyaselo de todo lo sagrado; 1 quien no se excluyere, que los agrónomos lo castiguen con golpes, y de la manera que quieran; y, si vuelve, castígueselo con muerte. Si alguno de los libres come o bebe con el tal o comunica con él con cualquier clase de comunidad, 9 aunque ho sea sino, al casualmente encontrarlo, saludarlo voluntariamente, no entre en el templo ni en ágora ni, en general, en Ciudad antes de haberse purificado, teniéndose por contagiado de funesta malaventura. Mas si desobedeciendo a la ley mancilla, contraviniendo a la ley, templos y Ciudad, el que de las autoridades se aperciba de ello y no lo lleve a Juicio, al tomarle cuentas sea precisamente esto contra él una de las mayores acusaciones. [882a] Mas si un esclavo pega a un libre, sea extranjero o citadino, quien casualmente esté presente socórralo o pague con el castigo señalado según la tasa; los presentes, junto con el golpeado, prendan al esclavo y entréguenlo al perjudicado; quien, recibiéndolo, póngale grillos en los pies y dele cuantos azotes quiera; y, sin estropearlo para su dueño, entrégueselo cual a propietario legal. Pero sea la ley: esclavo que pegue a un libre, a no ser que lo manden las autoridades, su dueño lo recibirá, atado, de manos del golpeado; no lo suelte antes de que el esclavo convenza al golpeado de que merece, desatado, vivir. Valga legalmente esto mismo para todos los casos de esta clase entre mujeres, de mujeres contra varones y de varones contra mujeres. [884a] Ateniense: Después de lo referente a maltratos, dictamínese para todos los casos de violencia cual únicamente legal esto precisamente: Que ninguno de los extraños se lleve o saque nada, ni siquiera emplee nada del prójimo, sin el consentimiento del propietario, porque de esto se han originado, en lo pasado, presente y futuro, todos los males dichos. Pero los mayores entre los restantes son las insolencias y demasías de los jóvenes, que llegan a máximas cuando van contra lo público, lo sagrado o contra partes comunes a tribales, y a cualesquiera otra clase de poseedores en común. Mas en segundo y secundario lugar, lo que contra templos y sepulcros privados; en tercer lugar, lo contra padres —aparte lo anteriormente mencionado— cuando se los insulta. Cuarto género de demasía: cuando alguien, sin miramiento hacia las autoridades, saca, se lleva o usa algo de ellas sin su consentimiento; pero quinto género, sería el político: demasías contra cada ciudadano, que claman por juicio penal. A tales casos sueltos hay que dar legislación común. Respecto de robo sacrílego se dijo ya resumidamente, haya sido de manera violenta u oculta, qué penas han de imponerse. Mas respecto de cuanto de palabra o de obra se propase uno al hablar u obrar contra los dioses hay que decirle, sometido a exhortación, lo que habrá de sufrir. Y es precisamente esto: Nadie que esté persuadido según las leyes de que hay dioses, perpetró jamás voluntariamente obra impía ni soltó palabra indebida, a no ser en uno de estos tres casos: o que, como decía, no esté convencido de que los haya; o, en segundo lugar, crea que los hay, mas no se preocupan de los hombres; o, tercero, que son fácilmente persuasibles por sacrificios y ceden a las súplicas. [885c] Clinias: ¿Qué les haremos, pues, o qué les diríamos? [885c] Ateniense: Bueno de Clinias, escuchemos primero de ellos lo que adivino dicen burlándose y despreciándonos. [885c] Clinias: ¿Qué, por cierto? [885c] Ateniense: Tal vez, en son de broma, dirían: “Extranjeros de Atenas. Esparta y Cnosos, decís verdad”. Porque de nosotros algunos, por cierto, no creemos de ninguna manera ni modo en que haya dioses; otros, en que sean tales cuales vosotros decís que son, Juzgamos, pues, nos es debido, cual vosotros lo juzgáis respecto de las leyes, el que, antes de amenazarnos rudamente, tratéis primero de convencernos y enseñarnos que hay dioses, dándonos de ello pruebas adecuadas, y que son ellos más que suficientemente menos para no volverse contra la justicia, seducidos por ciertos dones. Pues, por cierto, que ahora oyendo eso y cosas tales de boca de los llamados los mejores de los poetas, oradores, adivinos, sacerdotes y otros, por miles y miles, no nos sentimos la mayoría inclinados a no hacer lo injusto, sino en caso de hacerlo, tratamos de subsanarlo. De parte de legisladores que dicen de sí ser no salvajes sino mansos, juzgamos se nos debe, primero, tratar de persuadir, si no de manera mucho mejor que la de otros que dicen haber dioses, al menos mejor en cuanto a verdad; y, tal vez, tal vez, nos dejaríamos convencer por vosotros. Si, pues, decimos algo comedido, tratad de lo que, cual previo, os pedimos. [885e] Clinias: Pues bien, Extranjero, ¿no parece cosa fácil decir con verdad que hay dioses? [886a] Ateniense: ¿Cómo? [886a] Clinias. Primero, por cierto, lo son Tierra, Sol. Astros y el Todo de todos, y lo tan bellamente ordenado de las estaciones, distribuido por años y meses; y que todos —griegos y bárbaros— creen que hay dioses. [886a] Ateniense: Me temo, feliz de ti —porque no diría me avergüenzo—, que los perversos nos vayan a despreciar. Porque vosotros, de seguro, no ignoráis la causa de su disentimiento con nosotros; sino que creéis que únicamente por impotencia para dominar placeres y apetitos sus almas se precipitan hacia vida impía. [886b] Clinias: Pero, ¿qué otra causa habría, Extranjero, además de ésta? [886b] Ateniense: Una que, por vivir vosotros casi enteramente afuera, no la sabrías, sino se os ocultaría. [886b] Clinias: ¿A cuál te estás ahora refiriendo? [886b] Ateniense: A una cierta ignorancia grandemente perniciosa, con apariencia de ser máxima sapiencia. [886b] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [886b] Ateniense: Hay, entre nosotros, discursos puestos por escrito que no los hay entre vosotros, por virtud de vuestro régimen político, tal pienso; algunos, por cierto, en variadas métricas; otros, hasta sin métrica, que tratan de los dioses; los más antiguos tratan de cómo se engendró la naturaleza primera del Cielo y de lo demás; mas, desde tal principio, progresando no mucho, llegan hasta la generación de los dioses, y cómo, engendrados, se tratan mutuamente; cosas que, a los oyentes, por ser antiguos no les resulta fácil juzgar sobre si están bellamente o no bellamente dichas en otro aspecto. Por cierto que por respeto y honor a los padres, yo no diría, puesto a alabar, ni que las dichas sean provechosas, ni que, en general, se hayan realmente dicho. Dejemos, por cierto, y despidámonos de los antiguos, y háblese de ello de la manera que sea agradable a los dioses. Mas a lo que nos cuentan los modernos y sabios encausémoslo por ser a su manera causantes de males. Pues los discursos de los tales producen esto precisamente: cuando yo y tú traemos pruebas de que hay dioses, aduciendo a Sol, Luna. Astros y Tierra, como realmente dioses y divinos, los convencidos por tales sabios dirían que por ser ellos Tierra y piedras en nada son capaces de preocuparse de los asuntos humanos, —dicho esto bien condimentado con razonamientos persuasivos. [886e] Clinias: Duras palabras, Extranjero, acabas de decir, aun si fuera respecto de un solo discurso; pero, ahora, los hay muchísimos, así que tus palabras fueron aún más duras. [886e] Ateniense: Bien, ¿pues qué?; ¿qué decimos?; ¿qué hemos de hacer? ¿Nos defenderemos cual si se nos acusara ante hombres impíos que huyen de tal legislación diciendo que hacemos algo terrible poniendo por ley que hay dioses? O dejándolos buenamente ir, ¿volveremos una vez más a las leyes para que el proemio no nos resulte más largo que las leyes? Porque el discurso, así extendido, no resultaría abreviado en nada si a los apetentes de impiedad demostráramos ajustadamente con razones algunas cosas de las que dijeron habíanse de llevar por la vía de razones; mas a otro lo lleváramos por vía de miedo; a otro, haciéndole ir por la de repugnancia; después de lo cual legisláramos ya sobre lo conveniente. [887b] Clinias: Pero, Extranjero, muchas veces, por cierto, y en poco rato, hemos hablado de esto mismo: que, al presente, no hay por qué preferir la brevilogía a la longitud, porque, como se dice, «nadie azuzándonos, nos persigue»; que fuera, por cierto, ridículo y vil parecer que preferimos lo más breve a lo mejor. Hay, y no pequeña, diferencia en que, sea como sea, tengan alguna fuerza persuasiva nuestros razonamientos sabre que hay dioses y que son buenos por honrar a la justicia, bien a diferencia de los hombres, porque fuera esto, casi de cierto, para nosotros, en favor de todas las leyes el más bello y mejor de los proemios. Sin que nada, pues, nos repela ni azuce, empleemos la fuerza que tengamos en persuadir tales razonamientos; sin dejar de lado nada, Tratémoslos, en lo posible, de adecuada manera. [887c] Ateniense: Las palabras que acabas ahora de decir me parece ser invitación a plegaria, tan entusiastamente te extiendes!; nada ya de ir a hablar; hacerlo. Vamos, pues: ¿Cómo, sin alguna ira, hablaría uno de que hay dioses? Porque es necesario llevar a mal, y odiar a esos que son causa de que se hayan hecho, y hagan ahora, tales razonamientos, por no creer en los mitos que, desde pequeñuelos, alimentados aún de leche, oyeran de nodrizas y madres, recitados cual encantamientos, entre broma y serio, y oídos entre sacrificios y plegarias, y viendo esos espectáculos que los acompañan y que tan agradabilísimamente ve el jovencito y oye hacer a los sacrificadores y tomarlos con máxima seriedad sus padres en favor de sí mismos y de ellos, cual si dialogaran en sus plegarias y súplicas con dioses máximamente reales; y a Sol y Luna, en sus salidas, y en sus ocasos, están oyendo hablar, y viendo, que todos: griegos y bárbaros, tanto en adversa como en próspera fortuna, hácenles prostraciones y adoraciones, no cual si no fueran reales, sino cual si lo estuvieran máximamente siendo, y de manera alguna dando a sospechar que no sean dioses. Cuantos menosprecian todo esto sin razón suficiente, como dirían cuantos tengan por poco que sea de inteligencia, nos fuerzan a decir lo que decimos: ¿cómo podría uno, haciéndolos entrar en razón con mansos razonamientos, enseñarles a la vez acerca de los dioses, primero, que los hay? Mas hay que atreverse, porque no es preciso que, a la vez, estemos locos, unos de nosotros por glotonería de placer; otros, por airarnos contra ellos. Vaya pues, para los así pervertidos de mente una admonición, no airada, tal como ésta, y digámoslas mansamente: “Hijo, eres joven; el tiempo, al avanzar, hará que muchas cosas de las que ahora piensas, cambiando se pasen a las contrarias, Aguarda, pues, hasta entonces el hacerte juez de estas cuestiones, las máximas; de las cuales la mayor es la que ahora tienes en nada: pensando correctamente sobre los dioses vivir bellamente o no. Pero, primero, acerca de ellos, te voy a indicar algo grande que, jamás, te parecerá falso, y es esto precisamente: ni tú solo ni tus amigos sois los primeros que, por primera vez, hayan tenido tal opinión respecto de los dioses; siempre hay más o menos quienes padecen de tal enfermedad. Por haberlo presenciado en muchos de ellos, te diría esto precisamente: que ninguno de los que, de jóvenes, tuvieron tal opinión acerca de los dioses: la de que no los hay, pasó la vida y llegó a vejez persistiendo en tal pensamiento, Persistieron, ciertamente, acerca de los dioses estas dos actitudes, —si no en todos, persistieron en algunos; que hay ciertamente, dioses, mas que en nada se preocupan de los hombres; y lo que lo sigue: que, ciertamente, se preocupan, pero que son fácilmente propiciables por inciensos y súplicas”. Aguardarás, pues, si me crees, hasta que se te haga en lo posible clara y firme la opinión acerca de ellos, reflexionando el pro y el contra, tomando informes de otros; mas, sobre todo, del legislador. Durante tal tiempo no te atrevas a ser impío en nada de lo referente a dioses, porque quien legisla para ti, ahora y más adelante, ha de tratar de enseñarte qué hay respecto de esto. [888d] Clinias: Bellísimamente, Extranjero, hemos hablado hasta ahora. [888d] Ateniense: De todo en todo. Meguilo y Clinias; pero se nos pasó por alto el que hemos caído en sorprendente razonamiento. [888d] Clinias: ¿A cuál, por cierto, te refieres? [888e] Ateniense: Ál que, en opinión de la mayoría, es el más sabio de todos los razonamientos. [888e] Clinias: Dilo aún más claramente. [888e] Ateniense: Dicen algunos que todas las cosas —que son, fueron y serán— lo son, fueron y serán, unas por Naturaleza, otras por Arte, otras por Azar. [888e] Clinias: Pues, ¿y no bellamente? [888e] Ateniense: Verosímil es el que varones sabios hablen correctamente; siguiéndolos, pues, consideramos en qué estén acaso pensando aquéllos. [889a] Clinias: Perfectamente. [889a] Ateniense: Parece, dicen, que, de las cosas, las mayores y más bellas son obra de Naturaleza y Azar; pero las más pequeñas, del Arte que, recibiendo, por cierto, de Naturaleza, hechas, las obras grandes y primarias, modela él y construye todas las pequeñas, —a las que, por cierto, llamamos todos “artificiales”. [889a] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [889b] Ateniense: En éste; y aún lo diré más claramente. Fuego, Agua. Tierra y Aire, existen, dicen, por virtud de Naturaleza y Azar; mas ninguno de ellos, por la de Arte. En cuanto a los cuerpos secundarios: los de tierra, sol, luna y astros nacieron de Ellos, por ser estotros enteramente inanimados; mas llevados de aquí para allá cada uno de ellos por el azar peculiar de la potencia de cada uno, a medida que coincidían se coarmonizaban, cual de casa: caliente con frío, seco con húmedo, suave con duro, y todo lo que surgió por mezcla de contrarios se mezcló entre sí por necesidad según Azar; y de esta manera y según esto y así se engendraron el Cielo íntegro y toda lo del Cielo, y, a su turno, animales y plantas, todos, una vez engendradas de aquéllos todas las estaciones, no por Inteligencia, dicen, ni por dios alguno, ni por arte, sino, lo que nosotros decimos, por Naturaleza y Azar. Mas nacida Arte posteriormente y posterior a ellos, mortal nacida de mortales, engendró, finalmente, ciertos juguetes, partícipes no gran cosa, de Verdad, sino cual eídolos de la misma familia, cuales son los que engendran pintura, música y cuantas artes son auxiliares de éstas. Mas, de las artes, las que algo de valioso engendran son precisamente las que asocian su propia potencia con la naturaleza, —cual medicina, agricultura y gimnástica. Y por cierto que es pequeña la parte de la política, dicen, la asociada con Naturaleza; pero la mayor parte, con Arte; así que la legislación, íntegra, no está asociada a Naturaleza, sino a Arte, cuyas reglas no son verdaderas. [889e] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [889e] Ateniense: En que, dicen ellos, Clinias, feliz, primero, que dioses los hay por arte, no por naturaleza, sino por ciertas leyes; y que éstas son diversas en diversas partes según los legisladores lo hayan, concordes consigo mismos, convenido. Además: respecto de lo bello, algunas cosas lo son por naturaleza, otras por ley; mas, respecto de lo justo, no hay, en modo alguno, cosa que lo sea por naturaleza; sino los discutidores pasan entre ellos la vida discutiendo y cambiando constantemente eso; mas cada cosa de las cambiadas, mientras dure, está vigente, engendrada por arte y las leyes, mas no, ciertamente, por alguna naturaleza. Todo esto, amigos, de parte de varones sabios para hombres jóvenes, sean ellos particulares o poetas, quienes afirman que lo Justo, en superlativo, es lo que un vencedor imponga a la fuerza; de donde proceden en hombres jóvenes esa impiedad de que no hay dioses tales cuales la ley manda deben concebirlos; y esas sediciones de quienes los arrastran contra la vida correcta según naturaleza: que consiste en vivir dominando por la Verdad a los demás, y no esclavizando, según ley, a otros. [890b] Clinias: ¡Qué discurso el tuyo!, Extranjero; y qué daño el de los hombres jóvenes!, en público, ciudades y casa particulares. [890b] Ateniense: Por cierto, Clinias, que dices la verdad. ¿Qué crees, pues, haya de hacer el legislador, puestas las cosas así desde tanto tiempo atrás? ¿De pie, en medio de la Ciudad, reducirse a amenazar a todos los hombres que no afirmen haber dioses y que no piensen, creyéndolo, ser tales cual la ley dice son? ¿Y acerca de lo bello, justo y todo lo más importante, el mismo discurso; y respecto de cuanto se refiera a virtud y vicio, que deben pensar en practicarlo de la manera que el legislador interprete la ley escrita; pero a quien no se preste buenamente a obedecer a las leyes, a uno habrá que matarlo, a otro castigarlo con golpes y cadenas, a otros deshonores, a otros con pobreza y exilio? Pero al imponer a los hombres las leyes, ¿no tendrá manera de añadir á los discursos persuasión para, en lo posible, amansarlos? [890d] Clinias: De ninguna manera, Extranjero; por pequeña que sea, respecto de eso, alguna persuasión, el legislador, par poco digno que sea, no se ha de cansar, sino, como se dice, «gritando a pleno pulmón», ir en socorro de la doctrina antigua: que hay dioses y lo demás que acabas de referir; y ayudar con la ley misma y la arte a que los hay o por naturaleza o por algo no menos potente que naturaleza, si son, por cierto, engendros de Inteligencia, a tenor de la recta razón, como parece evidente lo dices tú; y yo, ahora, te creo. [890e] Ateniense: Animosísimo Clinias, pero, ¿qué? ¿No es difícil seguir de cerca tales razonamientos, dichos así de muchos, amplios y, encima de esto, bien largos de suyo? [890e] Clinias: Pero, ¿qué?, Extranjero. Hablando de borrachera y música, nosotros mismos los aguantamos así de grandes; mas, ¿no los aguantaremos acerca de dioses y de los tales? Por cierto que en favor de una legislación inteligente no hay ayuda mayor; porque los ordenamientos legales, una vez puestos por escrito, quedan enteramente firmes porque tienen que dar razón refutante en todo tiempo, de modo que no hay que temer ni que, al principio, resulten pesados de oír, —que esto se prestara a que los reconsidere muchas veces el tardo en aprender; ni si largos, mas útiles; por lo cual no hay razón alguna para, ni me parece piadoso, el que todo varón no socorra, en la medida de sus fuerzas, a tales razonamientos. [891a] Megilo: Me parece, Extranjero, que Clinias dice lo mejor. [891a] Ateniense: Y más aún por cierto, Meguilo, hay que hacerlo como dice. Porque si tales razonamientos no estuvieran diseminados en todos los hombres, por decir la que se dice, no habría necesidad alguna de razonamientos defensores de que hay dioses; pero ahora es necesario. Destruidas, pues, las máximas leyes por hombres perversos, ¿a quién más que al legislador le compete socorrerlas? [891b] Megilo: No lo hay. [891b] Ateniense: Pero dime, una vez más. Clinias —que también tú has de tomar parte en los razonamientos—, porque parece afirmar quien habla de Fuego, Agua. Tierra y Aire que son ellos lo primario-y-primero de toda lo demás y darles a ellos precisamente el nombre de Naturaleza; mas que el alma es posterior a ellos. Mas me parece que, en realidad, no sólo al azar, se nos indica eso en el razonamiento. [891c] Clinias: Pues, y mucho. [891c] Ateniense: Pues, por Júpiter!, hemos hallado algo así como la fuente de esa insensata opinión de cantos hombres se ha puesto siempre a investigar lo de la Naturaleza. Considéralo, examinando cada razón: porque no es pequeña la diferencia si apareciera que quienes han echado mano de tales razonamientos impíos, y, para otros, hacen de jefes, ni siquiera emplean bien, sino erradamente, las razones. Que me parece, por cierto, haberse así [891d] Clinias: Bien dicho; pero trata de explicarnos de qué manera. [891d] Ateniense: Parece, por cierto, que hemos de echar mano de razonamientos desacostumbrados. [891d] Clinias: No te retraigas, Extranjero, porque comprendo piensas que te sales de lo de legislación si hemos de echar maño de tales razonamientos. Pero si no hay otra manera, sino ésta, de hablar de los dioses —ahora llamados tales según ley— que lo están correctamente, háblese, admirable Extranjero, de ésta, casi diciendo un no acostumbrado razonamiento como éste: a la causa primera de generación y corrupción de todas las cosas, a Ella, la declararon haber nacido no la primera, sino la postrera; los razonamientos que han producido el alma de los impíos; pero a lo postrero, lo declararon anterior. De aquí que hayan errado acerca de la esencia, realmente tal, de los dioses. [892a] Clinias: Aún no comprendo. [892a] Ateniense: Por cierto, compañero, que están a pique de desconocer casi todos ellos respecto del alma cuál es su ser y qué poder tiene; acerca de ella ignoran, entre otras cosas, lo de su nacimiento: que es en esto la primera, nacida antes que todos los cuerpos; y que, más que otra cosa alguna, de todas las transmutaciones y transformaciones de ellos, es ella principio. Pero si esto es así, ¿no es necesario el que lo congénere con el alma haya nacido antes que lo emparentado con el cuerpo, por ser ella más antigua que el cuerpo? [892b] Clinias: Necesariamente. [892b] Ateniense: Así que opinión, previsión, inteligencia, arte y ley procederían a lo duro, suave, pesado y ligero. Además: las obras y actividades, artísticas, grandes y primeras, en lo que tienen de primeras, procederían del arte; mas las naturales y la naturaleza —a la que dan este nombre, y “no correctamente'— serían posteriores y originadas por arte e inteligencia. [892c] Clinias: ¿Cómo “no correctamente”? [892c] Ateniense: Por “naturaleza” quieres decir engendramiento de lo primero-primario; pero si el alma ha de aparecer cual algo primario-primero —y no. Fuego ni Aire—, por engendrada el alma entre lo primero-primario, se diría casi casi correctísimamente que existe, privilegiadamente, por naturaleza. Siendo esto así, se demostraría el que el alma es más antigua que el cuerpo; en otro caso, de manera alguna. [892c] Clinias: Verdaderísimamente lo dices. [892c] Ateniense: ¿Así que lo que a esto sigue se dirige a establecer esto mismo? [892d] Clinias: Como que sí. [892d] Ateniense: Guardémonos, por cierto y de todas maneras, de un razonamiento engañoso; no sea que, aun siendo nosotros viejos, y él bueno para jóvenes, nos convenza y se nos huya haciéndonos quedar en ridículo, y demos la impresión de que, por emprender lo mayor, se nos escape lo menor. Considerémoslo pues: a la manera que si hubiéramos nosotros tres de atravesar río de gran corriente, yo —que se da el caso de que soy el más joven y grandemente experimentado en corrientes— dijera que es preciso, primero, que yo trate, a solas, de atravesarlo, y dejándoos a vosotros en lugar seguro, que mire si es vadeable aun para vosotros, viejos como sois, o cómo se ha; y en descubriendo que lo es, llamaros y, con tal experiencia, vadearlo junto; mas si para vosotros no fuera vadeable, que el peligro se quedara para mí, parecería que hablo ajustadamente. Pues bien: el razonamiento que estamos a punto de hacer es más dificultoso, y casi casi tal vez invadeable, dado lo que son vuestras fuerzas; para que, pues, arrastrándoos, no os aturda y maree, y para que, preguntando a no habituados a responder, no os entre vergüenza, indecorosa y desagradable, me parece ser preciso proceder ahora de esta manera: preguntarme, primero, a mí mismo, y, después de ella, responderme yo a mí mismo, oyéndome vosotros desde lugar seguro; y así recorrer el razonamiento íntegro, hasta que se termine lo referente al alma y quede de manifiesto el que es el alma anterior al cuerpo. [893a] Clinias: Nos parece, Extranjero, haber tú hablado óptimamente; haz coma lo dices. [893a] Ateniense: Bien pues. Si alguna vez se ha de invocar a dios, sea así ahora; para demostrar que existen, cosa de ellos mismos, invoquémoslos con todo empeño; y agarrados cual de cable seguro, descendamos al razonamiento presente. Y si, acerca de tales cuestiones, se me acosa con preguntas como éstas me parece lo más seguro responder así: “Extranjero, cuando alguien dice: ¿reposado todo; nada se mueve? ¿O es todo lo contrario: que algunas cosas se mueven, mas otras reposan? Diré: algunas, ciertamente, se mueven; mas otras reposan. Pues bien: ¿Y unas hacen eso en un solo puesto, otras en muchos? Y respecto de las que dices que pueden quedarse quietas en el centro, ¿afirmaremos que se mueven en él, cual da vueltas la circunferencia de los círculos, de la que se dice estar quieta? —Sí— Pero sabemos que con tal movimiento de rotación giran a la vez el círculo máximo y el mínimo, repartiéndose tal movimiento a sí mismo en los pequeños y mayores según proporción, siendo menor o mayor según cuenta-y-razón. Por lo cual, en efecto, llegó a ser fuente de todos esos prodigios: moverse ajustando lentitudes y velocidades a los círculos grandes y pequeños; caso, creeríase, imposible de realizarse, — Verdaderísimamente dicho.— Pero respecto las que se mueven en muchos lugares, paréceme hablas de cuantas se mueven por traslación, cambiando continuamente de un lugar a otro; y que, a veces, tiene por base un cierto centro; a veces, muchos, por ir rodando. Pero siempre las encuentrandizas unas con otras sepáranse de las que reposan; mas enfréntanse a las móviles en dirección contraria y, en llegando a coincidir sus centros y lo intermedio entre éstos confúndense en uno. —Pues digo que esto es tal cual lo dices.— Y por cierto que, al confundirse, acrécese tal uno; mas, al dividirse, corrómpese, precisamente cuando permanezca la constitución propia de cada uno; pero si no permanece, en ambos casos perece. ¿Cuando pasa qué, engéndrase Todo? Es claro que cuando el principio, puesto a crecer, llegue a la primera transmutación, y de ésta a la próxima, y, en llegando a tres, se haga sensible a los sentientes. Pues bien: transmutándose así y trasladándose así, engéndrase todo. Pero está, realmente, siendo, mientras perdure; mas, al transmutarse hacia otra constitución, corrómpese íntegramente”. Pues bien: ¿no hemos hablado, amigos, refiriéndonos al número de eídoses de movimiento, de todas, menos de dos? [894b] Clinias: ¿Cuáles dos, por cierto? [894b] Ateniense: Casi justamente. Clinias bueno, aquellos que son el objetivo de toda esta nuestra actual consideración. [894b] Clinias: Explicalo más claramente. [894b] Ateniense: ¿Que no era su objetiva el [894b] Clinias: Pues absolutamente. [894b] Ateniense: Pues bien: sea uno de tales movimientos el capaz siempre de mover cosas diferentes, mas incapaz siempre de moverse a sí mismo, —es una clase; pero el otro: el capaz siempre de moverse a sí mismo y a otras cosas tanto por composición, descomposición, aumento como por lo contrario, generación, y corrupción, es, a la vez, otro de la clase total de movimientos. [894b] «λαβεῖν μετ᾽ ἀριθμοῦ, πλήν γε, ὦ φίλοι, δυοῖν; Κλεινίας ποίαιν δή; Ἀθηναῖος σχεδόν, ὠγαθέ, ἐκείναιν ὧν ἕνεκα πᾶσα ἡμῖν ἐστιν ἡ σκέψις τὰ νῦν. Κλεινίας λέγε σαφέστερον. Ἀθηναῖος ψυχῆς ἦν ἕνεκά που; Κλεινίας πάνυ μὲν οὖν. Ἀθηναῖος ἔστω τοίνυν ἡ μὲν ἕτερα δυναμένη κινεῖν κίνησις, ἑαυτὴν δὲ ἀδυνατοῦσα, ἀεὶ μία τις, ἡ δὲ αὑτήν τ᾽ ἀεὶ καὶ ἕτερα δυναμένη κατά τε συγκρίσεις ἔν τε διακρίσεσιν αὔξαις τε καὶ τῷ ἐναντίῳ καὶ γενέσεσι καὶ φθοραῖς ἄλλη μία τις αὖ τῶν πασῶν κινήσεων. Κλεινίας ἔστω γὰρ οὖν. Ἀθηναῖος οὐκοῦν τὴν μὲν ἕτερον ἀεὶ κινοῦσαν καὶ μεταβαλλομένην ὑφ᾽ ἑτέρου θήσομεν ἐνάτην αὖ, τήν τε ἑαυτὴν κινοῦσαν καὶ ἕτερον, ἐναρμόττουσαν πᾶσιν μὲν ποιήμασι, πᾶσιν δὲ παθήμασι, καλουμένην δὲ ὄντως τῶν ὄντων πάντων μεταβολὴν καὶ κίνησιν, ταύτην δὲ δεκάτην σχεδὸν ἐροῦμεν. Κλεινίας παντάπασι μὲν οὖν. Ἀθηναῖος τῶν δὴ δέκα μάλιστα ἡμῖν κινήσεων τίν᾽ ἂν προκρίναιμεν» (Burnet, 894b) [894b] Clinias: Sea, pues, así. [894b] Ateniense: Así que pondremos como noveno al movimiento que, siempre, mueva a otra cosa y sei mudado por otra; mas al que se mueva a sí mismo y a otra cosa, coajustándose a "“toda” dase de actividades y a “todas” las pasividades —llamado, realmente, “transmutación y movimiento” de todo lo real— diremos ya que es el décimo. [894b] Clinias: Pues perfectamente. [894b] Ateniense: Pues bien: de estos diez "movimientos”, ¿a cuál preferiríamos, juzgando con mayor corrección, por ser de todos el más potente y destacadamente eficaz? [894d] Clinias: Es necesario afirmar que se destaca miles de miles de veces más el movimiento capaz de moverse a sí mismo; todos los demás son subalternos. [894d] Ateniense: Bien dicho. Pues de lo que acabamos de decir, y no correctamente, ¿no hay que corregir una o dos cosas? [894d] Clinias: ¿De cuáles hablas? [894d] Ateniense: Lo dicho acerca del décimo, se dijo casi incorrectamente. [894d] Clinias: — ¿Cómo? [894d] Ateniense: Qué es el primero en generación y en poder, —se dijo según razón; pero, después de él, tenemos cual segundo al acabado de llamar, desconcertadamente, “noveno”. [894e] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [894e] Ateniense: En éste: Cuando una cosa transmita a otra, y estotra a otra, y así siempre, ¿habrá según nosotros, de entre ellas, alguna vez algo así como un primer transmutador? Y, ¿cómo, lo movido por otro, será, alguna vez, primero en alterar?, —pues es imposible. Pero cuando uno que se mueve “a sí mismo” altera a otro, y estotro a otro, y resultan movidas así miles y miles de cosas, ¿qué otro principio habrá del movimiento total de ellas sino esa transmutación que se pone a moverse “a sí misma"? [895a] Clinias: Bellísimamente lo dices; hay que concedértelo. [895a] Ateniense: Pues bien: añadamos, además, y respecto de esto, algo; y respondámonos una vez más a nosotros mismos. Si, a la vez, se detuviera y reencontrara toda generación, como la mayoría de los tales se atreven a decir, de entre los movimientos nombrados, ¿cuál tendría que hacerse movimiento primero-primario?, —por cierto que el que se mueve “a sí mismo”, porque, de otro anterior, jamás le sobrevendría, ya que en ellos no había, anteriormente, transmutación alguna. Principio primero, pues, de todos los movimientos que se produzcan en las cosas en reposo y en las movidas lo está siendo ese movimiento que "a sí mismo” se mueve; del que afirmaremos ser necesariamente el más antiguo y más potente de todos los transmutantes; mas del alterado por otro-y-motor de otros, diremos que es secundario. [895b] Clinias: Verdaderísimamente dicho. [895c] Ateniense: Ya que estamos en este punto del razonamiento, respondamos a estotro: [895c] Clinias: ¿A cuál? [895c] Ateniense: Si viéramos que ese primer movimiento ha surgido en algo de eidos de tierra, agua, fuego, separado o en mezcla, ¿qué diríamos haber pasado en el tal? [895c] Clinias: ¿Me preguntas acaso si diremos que vive, ya que se mueve él a sí mismo? [895c] Ateniense: Sí. [895c] Clinias: Que vive; pues, ¿cómo no? [895c] Ateniense: Pero, ¿qué?; cuando en algunos vemos alma, ¿es otra cosa o eso mismo que aquéllo? ¿Habrá de convenirse en que vive? [895c] Clinias: No otra cosa. [895d] Ateniense: 'Tente, pues, por Júpiter!; ¿no querrías pensar respecto de cada objeto tres cosas? [895d] Clinias: ¿De cuáles hablas? [895d] Ateniense: Una, por cierto, la esencia; una, la definición de la esencia; otra, el nombre. Además: que hay acerca de todas las cosas dos cuestiones. [895d] Clinias: ¿Cómo dos? [895d] Ateniense: A veces, adelantamos el nombre, y pedimos la definición; pero otras, adelantando la definición, preguntamos por el nombre. [895d] Clinias: ¿Queremos con esto decir ahora algo así como...? [895d] Ateniense: ¿Cómo qué? [895e] Clinias: Hay cosas, además de números, que se dividen en dos; en el caso del número, el nombre es “par'; mas la definición es “número dividido en dos partes iguales”. [895e] Ateniense: Sí. Eso es la que digo. Mas, ¿to decimos lo mismo en ambos casos, sea que, preguntados acerca de la definición, demos el nombre; sea que, acerca del nombre, la definición? Y con el nombre “par” y con la definición “número dividido en dos partes”, ¿no indicamos lo mismo? [895e] Clinias: Pues de todo en todo. [895e] Ateniense: De lo que tiene por nombre “alma”, ¿cuál es su definición? Tenemos otra que no sea la dicha: "¿movimiento capaz de moverse él a sí mismo?”. [896a] Clinias: "Moverse a sí mismo”, ¿afirmas que, cual definición, tiene esa misma esencia a la que todos damos el nombre de “alma”? [896a] Ateniense: Lo afirmo. Pero, si esto es así, ¿echamos aún a faltar no haber demostrado suficientemente que “alma” está siendo idéntica con el principio de la generación y movimiento de todas las cosas —presentes, pasadas y futuras— y de sus contrarios, ya que quedó en claro ser ella, para todas, causa de transmutación y movimiento? [896b] Clinias: ¡¿No; sino quedó demostrado suficientísimamente el que alma es la más antigua de todas las cosas, por nacida cual principio de movimiento? [896b] Ateniense: Pues bien: el movimiento que nace en uno mediante otro, mas no le proporcione jamás moverse en nada “a sí mismo”, es secundario, ¿y lo es tantas veces cuantas alguien quiera contarlo con números, por ser tal movimiento transmutación de un cuerpo realmente inanimado? [896b] Clinias: Correctamente. [896b] Ateniense: Luego, correcta y debidamente habríamos dicho lo más verdadero y perfecto acerca del alma: que, para nosotros, nació anterior al cuerpo; mas que el cuerpo es algo secundario y posterior, siendo, de natural, el alma quien manda; él, el mandado. [896c] Clinias: Pues verdaderísimamente. [896c] Ateniense: Recordemos, pues, lo que anteriormente admitimos: que si quedara en claro ser el alma más antigua que el cuerpo, lo del alma sería también más antiguo que lo del cuerpo. [896c] Clinias: Pues absolutamente. [896c] Ateniense: Caracteres, costumbres, quereres, razonamientos, opiniones verdaderas, precauciones y recuerdos habrían nacido anteriores a longitudes, anchuras y profundidades y fuerza de los cuerpos, si lo es el alma respecto del cuerpo. [896d] Clinias: Necesariamente. [896d] Ateniense: Pues bien: ¿no será necesario, en consecuencia de esto, convenir en que el alma es causa de lo bueno, de lo malo, de lo bello y feo, de lo justo e injusto, y de todos los contrarios, ya que afirmaremos ser causa de todo? [896d] Clinias: Pues, ¿cómo no? [896d] Ateniense: Pues bien: de alma que administra y habita, cual en casa, en todo lo que de cualquiera manera se mueva, ¿no habrase de decir también que administra, cual casa propia, el Cielo? [896e] Clinias: Como que sí. [896e] Ateniense: ¿Una alma, o muchas? Muchas, responderé yo por vosotros. Pero en ningún caso pongamos menos de dos: la capaz de realizar toda obra buena, y la que lo contrario. [896e] Clinias: Con gran corrección lo has dicho. [897a] Ateniense: Sea. Así que Alma dirige todo lo que hay en Cielo, tierra y mar con esos movimientos propios de Ella, que tienen por nombres los de querer, mirar, cuidarse, deliberar, opinar, correcta o falsamente, gozosa, apenada, atrevida, temerosa, odiando, amando, y con toda clase de movimientos congéneres con éstos; o movimientos primario-activos que, tomando por colaboradores a los secundarios de los cuerpos, los dirigen a todos hacia crecimiento y consunción, descomposición y composición, y hacia los movimientos que a éstos siguen: calor y frío, peso y ligereza, duro y suave, blanco y negro, amargo y dulce, de todo lo cual se sirve el alma, que, por estar constantemente absorbiendo la Inteligencia divina, y estar siendo así correctamente dios, dirige —cual-a-niños, todas las cosas hacia su rectitud y bienaventuranza; mas si se consocia con demencia, produce todo lo contrario a eso. Ponemos que sea esta así, ¿o disentimos aún sobre si se ha de otra manera? [897b] Clinias: De ningún modo. [897b] Ateniense: Pues bien; ¿de qué género afirmamos ser por nacimiento un alma dominadora de Cielo. Tierra y de la Revolución celestial? ¿Del sapiente y colmado de virtud, o del que nada de ambas cosas posee? ¿Queréis, pues, que a esto respondamos de esta manera? [897c] Clinias: ¿De cuál? [897c] Ateniense: Si, admirable Clinias, afirmamos que, en conjunto, la trayectoria y traslación de Cielo, y de cuantas cosas en El hay, tienen naturaleza semejante y marchan de manera genéricamente igual al movimiento, circulación, razones-y-cálculos de Inteligencia es claro que ha de afirmarse ser el alma óptima la que se cuida solícitamente del universo íntegro y la que lo guía por el mismo camino que el suyo. [897c] Clinias: Correctamente. [897d] Ateniense: Mas si marcha loca y desordenadamente, es la mala. [897d] Clinias: También esto es lo correcto. [897d] Ateniense: ¿Cuál es, pues, la naturaleza del movimiento de la Inteligencia? Esta es ya, amigos, pregunta difícil de responder sapientemente. Por lo cual es justo que, para la respuesta, os asocie ahora conmigo. [897d] Clinias: Bien dicho. [897d] Ateniense: Pues bien: para que no nos pase cual a los que de frente miran a Sol que se les hace de noche en mediodía, no respondamos cual si hubiéramos de ver con ojos mortales y conocer adecuadamente a Inteligencia. Pero mirar hacia la imagen de lo preguntado será un más seguro ver. [897e] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [897e] Ateniense: Al que, de aquellos diez movimientos, seí semblanza de Inteligencia, tomémoslo por imagen; de la cual, recordándome yo con vosotros, daré una respuesta común. [897e] Clinias: Bellísimamente hablarías. [897e] Ateniense: De lo de entonces recordemos ahora esto precisamente: que, respecto de todas las Cesas, pusimos que unas se mueven; mas que otras reposan. [897e] Clinias: — Sí, das, unas se mueven en el mismo lugar; mas otras pasan por muchos. [898a] Clinias: — Así es. [898a] Ateniense: De este par de movimientos, el que se mueve en un solo Jugar ha de moverse necesariamente y siempre al derredor de su centro, siendo una cierta imitación de torneadas esferas; y ser él el movimiento, de todos el más propio y semejante a la circunvolución de la Inteligencia. [898a] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [898a] Ateniense: Si decimos que se mueven, por cierto, ambos —Inteligencia y movimiento que pasa en un lugar— del “mismo” modo y manera, y en el “mismo” lugar y al derredor de lo “mismo” y hacia lo “mismo” según una sola cuenta-y-razón y un solo orden, asemejándolo a desplazamiento de torneada esfera no daríamos tal vez la impresión de ser en palabras desmañados artesanos de bellas imágenes. [898b] Clinias: — Correctisimamente lo dices. [898b] Ateniense: Pues bien: el movimiento que no se realice jamás de la “misma” manera ni según “mismidad” ni en el “mismo” lugar ni al derredor de lo “mismo” ni hacia lo “mismo” ni en un lugar ni en el Universo ni con un cierto orden ni con una cierta razón, ¿no sería pariente de toda clase de demencia? [898b] Clinias: Lo sería verdaderísimamente. [898c] Ateniense: Ahora bien: no resulta ya nada difícil decir explícitamente que, ya que Alma es, según nosotras, la que circunda-y-guía Todo, haya de decirse que tal circulación de Cielo la hace necesariamente, cuidándose solícitamente de ella y organizándola, o el Alma óptima o la contraria. [898c] Clinias: ¡Extranjero!, pero según lo acabado de decir, ni siquiera es piadoso hablar de otra manera sino de ésta: que, o un alma o muchas, son las que tienen todo ese poder de conducir circularmente todo eso. [898c] Ateniense: Bellísimamente, Clinias, seguiste los razonamientos; mas escucha aún estotro² [898d] Clinias: — ¿Qué? [898d] Ateniense: A Sol y Luna y demás astros, si Alma los guía en círculo a todos, ¿no lo hace también con cada uno? [898d] Clinias: ¿Cómo así? [898d] Ateniense: Hagamos sobre uno razonamientos que, adaptándolos, nos parezcan evidentemente valer para todos los astros. [898d] Clinias: — ¿Sobre cuál? [898d] Ateniense: De Sol, todo hombre ve, por cierto, al cuerpo; mas al alma, nadie; porque ni siquiera se ve la de otro cuerpo alguno de los vivientes, en vida o muerto. Pero grande, no: obstante, es la esperanza de que tal género de realidad haya resultado, naturalmente, insensible para nuestros sentidos corporales, mas inteligibles, solamente para la Inteligencia. Con ella y su pensamiento, aprehendamos sobre ella esto: [898e] Clinias: ¿Qué? [898e] Ateniense: Si Alma guía a Sol, no erraremos gran cosa diciendo que lo hace de una de tres maneras: [898e] Clinias: ¿De cuáles? [898e] Ateniense: O interiorizada en ese Cuerpo circunvolviente y luciente lo organiza en todas sus partes, al modo que en nosotras lo hace nuestra alma circulando por todas partes; o proporcionándose de fuerza para sí misma un cuerpo de Fuego o de Aire, cual es sentencia de algunos, impele violentamente en un cuerpo otro cuerpo; o, tercero, ella, despojada de cuerpo, y por tener ciertos poderes, superiores a prodigio, lo guía. [899a] Clinias: Sí, es necesario que, haciendo una de esas cosas, conduzca Alma el Todo. [899a] Ateniense: Detente, pues, aquí: a esa misma Alma, sea que, dentro de Sol cual en carroza, nos envíe a todos Luz, sea que desde fuera, sea de otro modo o de otra manera, es preciso que todo varón la tenga por diosa, ¿Es así? [899a] Clinias: Sí; al menos que no haya llegado al colmo de la insensatez. [899b] Ateniense: Acerca de todos los astros y Luna, años, meses y estaciones todas, qué otro razonamiento daremos sino este mismo; y ya que Alma o almas, son claramente causas de todo eso, buenas en toda virtud, ¿afirmaremos ser diosas, sea que, por estar siendo en cuerpos que están siendo vivientes, coordinen el Cielo íntegro, sea de otro modo y de otra manera? ¿Hay quien confesando esto sostenga que el Todo no esté colmado de dioses? [899c] Clinias: No hay nadie, Extranjero, que sea tan insensato. [899c] Ateniense: Así que. Meguilo y Clinias, dejemos de lado a quien, tras lo anterior, no crea que haya dioses, —diciéndole definidamente las alternativas. [899c] Clinias: — ¿Cuáles? [899c] Ateniense: O que nos enseñe que no hablamos correctamente al poner que sea Alma generatriz primera-primaria de Todo y lo que dijimos seguirse de esto, o que si no puede decir algo mejor que lo nuestro, nos escuche y viva el resto de su vida creyendo en dioses. Veamos, pues, si a los que no creen en dioses hemos dado ya suficientes pruebas de que hay dioses, a si falta algo. [899d] Clinias: Eso es, Extranjero, lo que menos de todo falta. [899d] Ateniense: Así que, con esto, llegue a su término nuestro razonamiento. Mas a quien crea haber dioses, pero no preocuparse ellos de los asuntos humanos, exhortémosle diciendo: “Optimo, ya que crees ciertamente en dioses, tal vez algún parentesco divino sea el que te esté conduciendo hacia lo connatural que es honrarlos y creer que Existen. Pero las suertes, en privado y en público, de hombres malos e injustos, que en verdad no son bienaventurados -—aunque ante la opinión pasen tales suertes por ser grande, mas no exactamente bienaventuradas— tal vez te llevan hacia impiedad; suertes no correctamente celebradas ni en lengua de Musas ni, a la vez, en lenguas corrientes. O bien, viendo a ciertos hombres llegar a vejez extrema, dejando a los hijos de los hijos en los máximos honores, tal vez te esté ahora perturbando o por estar viéndolo en todos ellos o por conocerlo de oídas o, sobre todo, el ver con tus propios ojos esos casos de tantas y tan terribles impiedades mediante las que algunos han llegado desde lo ínfimo a tiranías y a lo máximo. Entonces, y por todo esto, no queriendo tú, evidentemente, a achacar a los dioses, por tu parentesco con ellos, el ser causa de tales cosas, arrastrado a la vez por tal sin-razón y por no poder enfadarte con los dioses, llegaste a este tu estado presente: Creer que existen, mas que desprecian y no se cuidan de los asuntos humanos. A fin, pues, de que no llegue a mayores, hasta impiedad, esa tu opinión presente, sino a que seamos nosotros capaces de, al acercarse ella, rechazarla algo así como solemnemente con razones, tratemos conectando el razonamiento que sigue con el que, al principio, desarrollamos contra quien no crea en modo alguno en dioses, sirvámonos de éste para lo presente. Pero vosotros. Clinias y Meguilo, aceptad, como anteriormente, el responder en lugar del joven. Mas si algún tropiezo sobreviniere al razonamiento, tomándolo yo, como hasta ahora pasaré, en lugar de vosotros, el río”. [900c] Clinias: Correctamente lo dices: hazlo tú así, y nosotros haremos en lo posible lo que dices. [900c] Ateniense: Mas, tal vez, tal vez, no sería nada difícil demostrarle que los dioses se preocupan de pequeñeces no menos sino más que de lo notablemente grande. Porque, ciertamente, escuchó, por estar presente lo que acabamos de decir: que, por ser buenos en toda virtud poseen la de preocuparse solícitamente de todo, que les es la más propia. [900d] Clinias: Y mucho que lo escuchó. [900d] Ateniense: Así que, después de esto, examinemos en común y digamos en qué virtud confesamos ser ellos buenos. Veámoslo: ¿afirmamos que es una virtud la de poseer temperancia e inteligencia; mas un vicio, poseer lo contrario? [900d] Clinias: Lo afirmamos. [900e] Ateniense: Peto, ¿qué?; ¿Valentía es una virtud?; mas cobardía, ¿un vicio? [900e] Clinias: Pues absolutamente. [900e] Ateniense: Y afirmaremos que lo de éste es cosa fea; ¿mas lo de aquélla, bella? [900e] Clinias: Necesariamente. [900e] Ateniense: Y que de ser muestro algo, lo es todo la vil; ¿mas diremos que nada de esto —ni grande ni pequeño— se halla en los dioses? [900e] Clinias: Y esto, y así, lo aceptarían todos. [900e] Ateniense: Pero, ¿qué?: ¿pondremos entre las virtudes del alma a descuido, ociosidad e indolencia? ¿O qué dices? [900e] Clinias: Y, ¿cómo? [900e] Ateniense: Pero, ¿entre lo contrario? [900e] Clinias: — Sí. [900e] Ateniense: ¿Así que lo contrario, entre lo contrario? [901a] Clinias: Entre lo contrario. [901a] Ateniense: Pues bien: ¿indolente, descuidado y ocioso —a quien el poeta llamó semejante, sobre todo, «Zángano sin aguijón»— nos lo resultaría cualquiera de los tales? [901a] Clinias: Y lo llamó correctísimamente. [901a] Ateniense: Así que no ha de decirse de dios que tenga ese carácter que él mismo detesta, ni animar a quien trate de decir de él algo de eso. [901a] Clinias: No, por cierto; pues, ¿cómo? [901b] Ateniense: En efecto: que respecto de alguien a quien competa peculiarmente hacer o cuidarse de algo, se diga que su inteligencia se cuida de lo grande, mas se descuida de lo pequeño, alabándolo con tal razón, ¿no desafinaríamos de todo en todo? Mirémoslo de esta manera: quien tal hace, ¿lo hace según dos eídoses, sea dios u hombre? [901b] Clinias: ¿De cuáles estamos hablando? no hay diferencia alguna por descuidar pequeñeces o, ¿si hay diferencia, por comodonería o indolencia las descuida? ¿O el descuido proviene de otra parte? Porque cuando sea imposible cuidar de todo, habrá precisamente entonces que descuidar lo pequeño y lo grande quien, sea dios o un cualquiera, no se cuide de ello por falta de poder y resulte por esto impotente para cuidar. [901c] Clinias: — Porque, ¿cómo? [901c] Ateniense: ¿Ahora bien: que a nosotros tres nos respondan esos dos; ambos admiten que hay dioses; pero uno de ellos, que son sobornables; el otro, que descuidados de pequeñeces. Primero: ambos afirmáis que los dioses conocen, ven y oyen todo; que no es posible se les oculte nada de lo que conocen y ven y oyen sentidos y ciencias. Decís que así es. ¿O cómo? [901d] Clinias: — Así. [901d] Ateniense: Pero, ¿qué?: ¿pueden ellos todo aquello para lo que tienen poder mortales e inmortales? [901d] Clinias: Pues, ¿cómo no convendría uno en que esto es así? [901e] Ateniense: Por cierto que en que sean buenos y óptimos convinimos, aun siendo, nosotros, cinco. [901e] Clinias: Y en firme. [901e] Ateniense: Pues bien: ¿no es imposible El convenir en que hagan algo, sea lo que fuere, por comodonería e indolencia, siendo ellos tales cuales convinimos en que son? Porque, en nosotros, de cobardía la ociosidad es hija; mas de ociosidad e indolencia lo es la comodonería. [901e] Clinias: Verdaderísimamente dicho. [901e] Ateniense: Ciertamente que, por ociosidad y comodonería, ninguno de los dioses se descuida, porque en ninguno hay cobardía. [901e] Clinias: — Correctísimamente dicho. [902a] Ateniense: Resta, pues, que si descuidan pequeñeces y menudencias referentes al Todo, o la harían por conocer que nada, nada de eso, hay que cuidar, o, ¿qué restaría, sino por lo contrario a conocer? [902a] Clinias: Nada. [902a] Ateniense: Afirmemos, pues, excelente y óptimo amigo, que dices que, o por ignorantes y debiendo cuidarse, se descuidan por ignorancia, o que conociendo se debe —cual se dice hacen los hombres más flojos: que sabiendo hay por hacer cosas mejores que las que hacen—, ¿no lo hacen vencidos por ciertos placeres y penas? [902b] Clinias: Pues, ¿cómo? [902b] Ateniense: ¿Qué, pues, los asuntos humanos no son parte de la naturaleza animada, a la vez que es el hombre, de entre todos los animales, el-más-reverente-de-los-dioses³ [902b] Clinias: Pues lo parece. [902b] Ateniense: Por cierto que dijimos ser todos los animales mortales posesión de los dioses, (e los que también lo es el Cielo íntegro. [902b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [902b] Ateniense: Diga ya, pues, cualquiera que eso es pequeño o grande respecto de los dioses, porque, ni en uno u otro caso, no estaría bien nos descuidaran nuestros poseedores, por ser los más cuidadosos y los mejores. Además de esto miremos estotro: [902c] Clinias: — ¿Qué? [902c] Ateniense: Lo referente a sensación y facultad: ¿no son, por naturaleza, contrarias entre sí en cuanto a facilidad y dificultad? [902c] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [902c] Ateniense: Que resulta más dificultoso ver y oír lo pequeño que lo grande; pero llevar, manejar y cuidar lo pequeño y menudo es, para todos, más fácil que la contrario. [902d] Clinias: Y mucho, ciertamente. [902d] Ateniense: Ordenado a un médico el que cure un cuerpo entero, si quiere y puede tomar a su cuidado lo más importante, mas descuida partecillas y pequeñeces, ¿llegará a poner al Todo en bello estado? [902d] Clinias: En manera alguna. polpac Nayyávr]. e «Κλεινίας καὶ πολύ γε. Ἀθηναῖος ἰατρῷ δὲ προστεταγμένον ὅλον τι θεραπεύειν, βουλομένῳ καὶ δυναμένῳ τῶν μὲν μεγάλων ἐπιμελεῖσθαι, τῶν μορίων δὲ καὶ σμικρῶν ἀμελοῦντι, ἕξει ποτὲ καλῶς αὐτῷ τὸ πᾶν; Κλεινίας οὐδαμῶς. Ἀθηναῖος οὐ μὴν οὐδὲ κυβερνήταις οὐδὲ στρατηγοῖς οὐδ᾽ οἰκονόμοις, οὐδ᾽ αὖ τισὶν πολιτικοῖς οὐδ᾽ ἄλλῳ τῶν τοιούτων οὐδενί, χωρὶς τῶν ὀλίγων καὶ σμικρῶν πολλὰ ἢ μεγάλα: οὐδὲ» (Burnet, 902d) [902d] Ateniense: Tampoco, por cierto, ni pilotos ni generales ni administradores ni políticos ni otro cualquiera de los tales, nadie, lo mucho y lo grande sin la poco y lo pequeño, porque ni sin las piedras pequeñas, dicen los albañiles, se asientan bien las grandes. [902e] Clinias: Porque, ¿cómo? [902e] Ateniense: No juzguemos pues, jamás, a dios por más inhábil que artesanos mortales que, respecto de sus correspondientes obras, cuanto más diestros sean tanto más exacta y acabadamente ejecutan, con la misma arte, lo pequeño y lo grande. Mas no juzguemos que dios, que es sapientísimo y quiere y puede cuidar todo, no vaya a cuidar en modo alguno de lo pequeño —que es, por cierto, fácil de cuidar, cual lo haría un ocioso o perezoso para no incomodarse por el trabajo— sino de lu grande. [903a] Clinias: No admitamos en manera alguna, Extranjero, esta opinión acerca de los dioses, porque pensaríamos con pensamiento en manera alguna ni piadoso ni verdadero. [903a] Ateniense: Paréceme que hemos ahora ya, mucho y adecuadamente discutido con el amigo-de-encausar a los dioses por descuidados. [903a] Clinias: — SÍ. [903a] Ateniense: Al menos, por forzarle con los razonamientos a confesar que no habla correctamente; me parece que necesita además hasta de algunos mitos que lo encanten. [903b] Clinias: ¿De cuáles, buen Ateniense? [903b] Ateniense: Convenzamos al jovencito con estas razones: que el Cuidador del Todo ha ordenado todas las cosas en vistas a la conservación y virtud del Todo; de ellas, aun cada parte padece y obra, en lo posible, lo a ella pertinente. Pero para cada una de ellas hay jefes que ordenen continuamente hasta lo más pequeño de pasión y acción, y elaboren hasta el último y final detalle la obra. De ella, una partícula, también la tuya, cicatero, tiende, mirándolo continuamente, al Todo, y eso que es pequeñísima; mas a ti se te pasa por alto en este punto que toda generación lo tiene por fin, de modo que a la vida del Todo haga de base una realidad bienaventurada; pero no te tiene a ti por fin, sino tú a él. Porque todo médica y todo artesano en su arte hace todo en favor del Todo; tendiendo hacia lo mejor en el conjunto, hace la parte en favor del Todo, y no al Todo en favor de la parte. Mas tú lo llevas a mal por ignorar la manera cómo lo que te pasa resulta ser lo mejor para el Todo y para ti, según el poder propia de generación comunal. Mas porque el alma, atenida continuamente al cuerpo —a veces, a uno; a veces, a otro— transmútase con toda clase de transmutaciones, causadas por "sí misma” o por otra alma, no le queda al jugador de dados otra cosa que hacer sino mudar una pieza buena a lugar mejor, y una mala a peor, a fin de que le salga la Suerte adecuada «las conveniencias de cada uno. [903e] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [903e] Ateniense: En el de que fuera más cómo a los dioses tener cuidado del Todo, —en este sentido me parece decirlo. Porque sin estar mirando uno constantemente al Todo modelara transformándolo todo: cual fuego, en agua-con-alma, y no, todas las cosas de una, o de muchas una en participando las cosas de una primera, segunda y tercera generación se haría infinita la multitud de cambios en la organización del universo. Mas, ahora, qué maravillosa comodidad para el Cuidador del Toda! [904a] Clinias: De nuevo, ¿en qué sentido lo dices? [904a] Ateniense: En éste: Cuando nuestro Rey vio que todas las actividades están animadas y que hay en ellas gran virtud, mas también maldad, pero que todo lo nacido es imperecedero, aunque no eterno: que lo es Alma y Cuerpo —como la son los dioses reconocidos por ley— porque jamás habría habido generación de vivientes, caso de perecer uno de los dos, y se apercibió El de que hay algo que, por naturaleza, es siempre provechoso: todo lo bueno el alma, mas que cuanto de malo hay en ella, daña, viendo El con una mirada todo esto, inventó la manera de disponer cada parte de modo que la futura victoria de la virtud, y derrota del vicio, resultaran en el Todo sumamente fáciles y óptimas, Inventó, por cierto, en favor de este Todo que lo que resultara de calidad, se aposentara siempre y necesariamente en sede de calidad, y en qué lugares. Mas en cuanto 1 las causas de la generación de tales cualidades lo dejó a la voluntad de cada uno de nosotros, porque cual sean las apetencias y cual sea uno de alma, tal será, casi siempre, y de esa manera, y con gran frecuencia, cada uno de nosotros. [904b] Clinias: Pues es lo verosímil. [904b] Ateniense: Transmútase, pues, así, todo lo que de alma participa: por poseer en “sí mismo” la causa de tal transmutación. Mas, transmutándose, es arrastrada según El orden y ley del Hado. De las costumbres, las más pequeñas, por transmutarse menos, marchan por lo llano del espacio; pero las mayores y más injustas caen hacia lo profundo y hacia los lugares llamados “Abajo”, que, por llamarlos ellos Hades y con otros nombres conexos con éstos, grandemente los espantan y llenan de pesadillas durante la vida y separados de sus cuerpos. Más aún: cuando el alma se transmuta, en cuanto a vicio o virtud, por su propia decisión y por trato habitual con ellas, cuando, por impregnada de virtud divina, hácese distinguidamente tae trasládase también a distinguido lugar, transportada por camino santo hacia otro lugar mejor y nuevo. Mas cuando lo contrario, cambia hacia lo contrario el asiento de su vida. [904e] Tal es la sentencia de los dioses, dueños del Olimpo, niño o jovenzuelo que te crees descuidado por los dioses: “que lo peor vaya a juntarse con las almas peores; pero lo mejor, con las mejores; y que, en vida y en toda clase de muerte, pase lo que es ajustado pase: hacer que afines vayan hacia afines”. [905a] De esta sentencia ni tú, ni ningún otro de los desgraciados, se gloriará jamás de haberse, huyendo, evadido; quienes la pusieron la colocaron por sobre todas las demás sentencias, y se la debe, absolutamente bien, aceptar, porque ella no se despreocupará de ti, aunque, haciéndote el pequeño, te metas en lo profundo de la tierra, ni, haciéndote el sublime vueles hasta el Cielo; sino que pagarás la pena debida, sea que permanezcas aquí o que hayas ido al Hades o que se te haya transportado a lugar aún más inaccesible. Valdría el mismo razonamiento también respecto de aquellos que tú, viendo que de pequeños llegaron a ser grandes a fuerza de impiedades o malhechurías tales, creías haber llegado a ser de desgraciados bienaventurados, y que, en sus acciones, cual en espejos, pensaste haber contemplado la universal despreocupación de los dioses, —sin ver cómo la contribución de todas ellas se coajuste en el Todo. ¿Cómo, tú, el más valentón de todos, piensas no deber reconocerla? Que, sin conocerla, nadie vería jamás un modelo para la vida, mi sería capaz de aportar razón de por qué es bienaventurada a malaventurada. Si, pues, Clinias, y este nuestro Consejo de ancianos, te convencen de que en lo referente a los dioses no sabes lo que dices, bellamente dios mismo colaboraría contigo. Mas si te hiciera aún falta otra razón, escucha, la que vamos ya a decir contra lo tercero, por poca inteligencia que aún tenga: Que haya dioses y que se preocupen de los hombres, afirmaría que nosotros lo hemos de manera no enteramente débil demostrado; mas que los dioses se dejen sobornar por los injustos, aceptando sus dones, no hay que concedérselo a alguien; y ha de refulárselu a medida de nuestras fuerzas y de toda manera. [905d] Clinias: Bellísimamente hablado, y hagámoslo como lo dices. [905d] Ateniense: Pues bien, por los dioses mismos!: ¿de qué manera serían sobornables. por nosotros, si pudieran serlo? ¿Y quiénes de ellos y por qué cualidad de ellos? Es, por cierto, necesario el que sean jefes quienes hayan de gobernar perennemente el Cielo íntegro. [905e] Clinias: — Así es. [905e] Ateniense: Pero, ¿con qué clase de jefes son afines? ¿O quiénes lo son con éstos, de modo que podamos nosotros asemejarlos cual pequeños con grandes? ¿Serían los tales cocheros de bigas en concursos o pilotos de barcos? ¿O tal vez se asemejarían a comandantes de ejércitos; e se parecerían a médicos empeñados en guerra contra enfermedades en favor de los cuerpos, o a agricultores preocupados por miedo a las habituales estaciones peligrosas para el nacimiento de plantas, o también a guardianes de rebaños? Mas puesto que hemos convenido en que el Cielo está colmado de muchos bienes, pero también lo está de sus contrarios, que son más que aquéllos, es, por cierto, afirmamos, inmortal tal batalla, y exige admirable vigilancia; mas son aliados nuestros dioses juntamente con daimonios; mas a su vez, somos nosotros posesiones de dioses y daimonios. Mas destrúyennos injusticia y desmesura con insensatez; aunque nos salvan justicia y templanza con sapiencia, —su morada: las potencias anímicas de los dioses; aunque algo de ello, aquí mismo, se pudiera ver claramente notar en nosotros. Cierto que hay almas moradoras de Tierra, poseedoras de injustas presas, evidentemente bestiales; prosternadas ante almas de perros guardianes o de pastores o de déspotas, los mayores y más extremados, tratan aquéllas de persuadir a éstas con halagos de palabras y con encantamientos de plegarias de que cual lo dicen los decires de los malos, les sea factible ganar más y más entre los hombres sin que nada de malo les pase. Pero decimos que ese pecado, ahora nombrado: el de ganar y-ganar, se llama “enfermedad” en cuerpos carnales, en estaciones del año y en años de peste; mas en Ciudades y regímenes políticos, esto, cambiado de nombre, se llama “injusticia”. [906c] Clinias: Pues absolutamente. [906c] Ateniense: Esto mismo, por cierto, hay que decir a quien diga que los dioses perdonan a los hombres injustos y sus injusticias, si algo se les reparte de las injusticias; cual si los lobos repartieran menudillos de sus presas a los perros, mas éstos, amansados por tales dones, les dejaran saquear el rebaño. ¿No es éste el razonamiento de quienes afirman ser sobornables los dioses? [906d] Clinias: Pues éste es, en efecto. [906d] Ateniense: Pues bien: ¿a cuáles de los anteriormente nombrados podría uno cualquiera de los hombres asimilar a los dioses en eso de guardianes, sin hacer soberanamente el ridículo? ¿A pilotos que, pervertidos por libación de vino y grasa de víctimas, dejen volcarse nave y pasajeros? [906e] Clinias: En manera alguna. [906e] Ateniense: Pero tampoco a cocheros, alineados ya para concurso, a quienes se persuada con dones dar traidoramente la victoria a otras bigas. [906e] Clinias: Afrentosa comparación harías diciendo tales palabras. [906e] Ateniense: Tampoco, a estrategas ni a médicos ni a agricultores ni a pastores ni aun a perros encantados por lobos. [906e] Clinias: ¡Ojo a lo que dices!; porque, ¿cómo fuera? [907a] Ateniense: Mas de entre todos los guardianes, ¿no son, según nosotros, todos los dioses los mejores guardianes, y de lo mejor? [907a] Clinias: Y con mucho. [907a] Ateniense: Pues bien: ¿de los guardianes de las cosas más bellas —y excelentes precisamente en guardar para virtud— afirmaremos ser peores que perros y hombres mediocres que tal vez no traicionarían jamás a la justicia por dones dados impíamente por varones injustos? [907b] Clinias: De ningún modo; ¡palabras insoportables y, de entre todas, las totalmente impías!; quien sostenga tal opinión se expondría a ser juzgado, y justísimamente, cual el peor y más impío de todos los impíos. [907b] Ateniense: Pues bien: Respecto de las tres proposiciones: que hay dioses, que son solícitos, que son totalmente insobornables contra justicia, ¿afirmaremos haberlo suficientemente demostrado? [907b] Clinias: Pues, ¿cómo no?; estamos unánimes en votar a favor de tales sentencias. [907b] Ateniense: Por cierto que se las pronunció, de alguna manera algún tanto fuerte, por ganas de triunfar de los hombres malos. Mas, querido Clinias, tales ganas de triunfar lo eran precisamente por esto: para que, en caso de vencer con razones, no crean tener licencia de hacer lo que quieran, y piensen lo que, cuanto y lo que sea, acerca de los dioses. De esto, por cierto, procedió el hablar con juvenil entusiasmo; mas si algo, aunque sea poco, hemos hecho para persuadir de alguna manera a estos varones de que se odien a sí mismos, mas abracen de algún modo las costumbres contrarias, bellamente estuviera dicho nuestra proemio acerca de las leyes sobre impiedad. [907d] Clinias: Pues, es de esperar; mas si no, este género de razones no da para encausar a un legislador. [907d] Ateniense: Después del proemio, sería correcto viniera un razonamiento que hiciera cual de intérprete de las leyes, conminando a todos los impíos que se conviertan de sus maneras de vivir a las piadosas. Mas para los no obedientes sea ésta la ley acerca de impiedad: Si alguien es impío en palabras o en obras, quien casualmente esté presente defienda a las leyes denunciándolo a las autoridades, y, de éstas, los primeros que se enteren llévenlo ante el tribunal designado, para tales casos, según las leyes. Mas si alguna autoridad, habiéndolo oído no lo hace, sométala a juicio por impiedad quien quiera se la castigue, en favor de las leyes. Si resultare culpable, que el tribunal castigue a cada uno de los impíos con castigo por cada una de las impiedades. Pues bien: impóngase para todos prisión. Mas de las tres prisiones que hay en la Ciudad, una, en los alrededores del ágora, sea para presos comunes, para salvaguardar a los más sus cuerpos; mas, en los alrededores del Consejo nocturno en funciones, la llamada “correctorio”; una, por fin, hacia el centro del país, donde el lugar esté desierto y sea lo más salvaje posible; tenga por sobrenombre alguno referente a castigo. Por haber tres causas por impiedad: las que ya expusimos, mas haciéndose de cada una de tales causas dos, resultarían seis géneros a distinguir dentro de los delincuentes contra lo divino, —que los seis no exigen penas, ni iguales ni semejantes. Porque, entre los que no creen en absoluto que haya dioses, los hay de natural carácter justo, y nacen con odio a los malos; y, por repugnarles la injusticia, ni siquiera se sienten tentados a tales actos, y huyen de los hombres no justos y adhiérense a los justos. Pero en otros, a la opinión de que todo está desierto de dioses, viene a añadirse falta de dominio de placeres y penas, a la vez que potente memoria y agudeza de mente. No creer en dioses sería en ambos afección común; pero, en cuanto a perjudicar a los demás hombres, este género traería males menores; aquél, mayores. Porque éste se desbordaría en palabras licenciosas sobre los dioses, sacrificios y juramentos, y, por burlarse de los otros, tal vez los hiciera tales cual él, en caso de no castigarlo. Mas aquél, pensando, por cierto, como éste, mas con fama de buen natural, está lleno, no Obstante, de dolo y arterías. De los tales salen, ya listos, muchos adivinos y consumados en toda clase de magia. Pero salen también de los tales, a veces, tiranos y demagogos y generales, insinuadores de privadas iniciaciones y maquinaciones de los denominados “sofistas”. De estos habría, por cierto, muchos eídoses, mas los valiosos para el establecimiento de leyes son dos: de ellos, el simulador criminal merece no solamente una ni dos muertes; mas el otro necesita de amonestación y prisión, Parecidamente: también el creer en el descuido de los dioses engendra otros dos eídoses; y el que sean sobornables, otros dos. [908e] Pues bien: hechas así estas distinciones, a los que resultaron tales por denuncia sin malicia, sin pertinacia de carácter, el legislador encargado ponga por ley correctorio por no menos de cinco años; pero durante este tiempo no se trate con ellos ninguno de los ciudadanos, a excepción de los que son parte del Consejo nocturno, que tratarán de hacerlo entrar en razón y salvarle el alma. Mas cuando les llegue el tiempo de salir de prisión, si alguno de ellos pareciere estar sensato, pase a vivir con los sensatos; pero si no, y queda a deber una vez más la misma pena, castígueselo con muerte. Mas cuantos resulten cual fieras porque, además de no creer que haya dioses y creer sean o descuidados o sobornables, despreciando a los hombres se meten a guías de las almas de muchos de los vivientes, y sostienen ser guías de las almas de los difuntos y prometen persuadir a los dioses, —a los que embrujarían con sacrificios, plegarias y encantamientos; y que, por amor al dinero, emprenden arruinar desde su base particulares, casas enteras y ciudades, al que parezca culpable de esto condénelo el tribunal según la ley a estar preso en la prisión central del país; que jamás se acerque a ellos libre alguno; que reciban de los sirvientes la alimentación ordenada por los guardianes-de-Ley. Difunto, arrójeselo, insepulto, fuera de las fronteras; mas si algún libre colabora en sepultarlo, quede sometido a discreción de quien lleve al juicio por impiedad; si dejare hijos, aptos para ciudadanos, los cuidadores de los huérfanos cuídenlos cual si, en realidad, fueran huérfanos, con no menor cuidado que a los demás, a partir del día en que su padre sea declarado culpable. [909d] Pero ha de establecerse una ley común para todos estos casos, que haga falte menos la mayoría de ellos de palabra y obra contra los dioses, y que los vuelva menos insensatos por no poder ya comerciar con lo divino contra la ley. Sea, pues, ésta la ley, impuesta simplemente para todos en conjunto: “Nadie tenga en casas particulares santuarios; pues cuando a uno le vengan ganas de sacrificar, vaya a sacrificar a los templos públicos, y entregue las ofrendas a los sacerdotes y sacerdotisas, a los que está encomendada la consagración de ellas. Pero las plegarias sean en común: las suyas y las de quienquiera asociarse a ellas”. Hágase esto por estos motivos: no es fácil fundar santuarios y dioses; hacer esto correctamente requiere en alguien gran inteligencia. Y es costumbre de mujeres —de todas ellas especialmente y de los débiles— en todas las ocasiones, peligros y apuros, cuando en ellos se encuentran, y al contrario también, cuando salen de un apuro, consagrar siempre lo primero que esté a mano, ofrendar sacrificios, prometer ofrendar santuarios a dioses, daimonios e hijos de dioses; y despertadas por el miedo a mitad de visiones y ensueños, recordando parecidamente muchas otras visiones, buscando remedios para cada una de ellas, llenan de altares y santuarios todas las casas y todas las aldeas; pero además edifícanlos en lugares libres y en donde algo de tales cosas pasa. Por todo lo cual hay ue obrar según la ley que se acaba de dictar; pero además je esto, por causa de los impíos, a fin de que no haciendo en esto fraudes en la práctica —fundando santuarios y altares en casas particulares, creyendo ocultamente volver propicios a los dioses con sacrificios y plegarias— no aumenten al infinito su propia iniquidad y se acumulen sobre ellos y sobre quienes se los encomiendan, si son mejores que ellos, las quejas divinas; y así toda la Ciudad pague por los impíos, —de alguna manera justamente. Mas dios no tendrá quejas contra el legislador, porque la ley establecida será ésta: no tener en las casas particulares santuarios de dioses; mas si se descubriere que alguno los tiene diversos de los públicos, y en ellos celebra cultos, si los tiene, varón o mujer que no hayan hecho injusticia alguna e impiedad graves, quien lo haya notado, denúncielo a los guardianes-de-Ley quienes le ordenarán lleve su santuario privado a uno público; si no obedece, castígueselo hasta que lo lleve; pero si se descubriere que ha pecado de impiedad con impiedad, no de niño, sino de varón —sea porque fundó santuarios en privado o porque en los públicos sacrificó a dioses cualesquiera— por sacrificar en estado de impureza, castígueselo con muerte. En cuanto a que sea o no niñería, júzguenlo los guardianes-de-Ley, y, según sea, llévenlo al tribunal, e impóngasele la pena debida a impiedad. [913a] Ateniense: Después de esto, lo referente a tratos mutuos necesita de conveniente ordenamiento. Lo más simple sería algo así como: “nadie toque, en lo posible, nada de mis cosas; ni mueva de lugar ni siquiera lo más pequeño, de ningún modo y manera, a no ser convenciéndome”. De esta misma manera obraría yo respecto de la de los demás, si tengo buen sentido. [913a] Hablemos, pues, en primer lugar de un tesoro, de esos que alguien puso de reserva para sí mismo o para los suyos. Jamás pediría yo a los dioses encontrarlo; ni, encontrado, lo cambiaría de lugar, ni, tampoco, lo comunicaría a los llamados “adivinos”, quienes, de una u otra manera, me aconsejarían llevarme lo depositado en Tierra, porque, jamás, llevándomelo, tal adquisición de dineros me aprovecharía tanto cuanto, no llevándomelo, se acrecentarían en mí virtud y justicia, por adquirir así posesión mejor en mejor parte de mí; y, por estimar a justicia en alma como superior u riqueza, preferir poseerla en mi esencia. Y lo bien dicho por muchos: «no mover lo que no se mueve», esto mismo habría tal vez que decir en este caso cual si fuera uno de esos. Pero hay que fiarse de los mitos que sobre esto dicen que tales cosas no aprovechan al linaje de los hijas. Pero a quien preocupándose de los hijos, y, descuidando al legislador de tal ley, y no obedeciéndole, se lleve lo que él mismo no depositó ni lo depositó algún fiador de padres, corrompiendo una ley de las más bellas —fórmula legal simplicísima, y, en modo alguno, indigna de varón noble, quien dijo: «lo que no depositaste, no te lo lleves», el despreciador de ambos legisladores y que se lleva no algo pequeño que él mismo no depositó, sino algo grande, cuando es bien grande el tesoro, ¿qué pena habrá de sufrir? De parte de los dioses, dios lo sabe; pero el primero que lo vea denúncielo, si pasa eso en la Ciudad, a los astínomos; pero, si en el ágora de la Ciudad, a los agoránomos; si en el resto del país descúbralo a agrónomos y a sus jefes. Sobre lo descubierto, envíe la Ciudad delegación a Delfos; lo que el dios decida acerca del . dinero y su sustractor, ejecútelo la Ciudad sometiéndose a los oráculos de dios. Y si el delator es hombre libre, adquiera opinión de virtuoso; mas si no lo delata, la de malo; pero si es esclavo, por haber hecho la delación haríalo, correctamente, libre la Ciudad, dando al dueño su precio; mas si no lo delata, castígueselo con muerte. [914b] La continuación de esto sería seguir esta misma disposición legal respecto de materias pequeñas y grandes. Si alguien ha dejado algo suyo, voluntaria o involuntariamente, en alguna parte, quien lo hallare déjelo estar allí, pensando que el daimonio de caminos guarda tales cosas consagradas 1 la diosa o la ley. Quien desobedeciendo en esto las levante y se las lleve a casa, si es esclavo y la cosa es de poco valor, el adulto no menor de treinta años que lo encontrare azótelo con buena cantidad de golpes. Pero si es libre, además de la reputación de inlibre y legalmente insociable, pague al depositario diez veces el valor de lo llevado. Si alguien encausa a otro por retener algo, mayor o menor, de sus bienes, y éste confiesa tenerlo, mas no ser de él, y esté tal bien inscrito, como manda la ley, ante los magistrados, llámese ante el magistrado al tenedor; y éste, preséntese. Si, descubierto el objeto, aparece inscrito en los registros como de uno de los contendientes, désele y que se lo lleve. Mas si es de otro de los no presentes, quien de los dos ofrezca suficientes garantías en favor del ausente de que le entregará lo que a él se le quitó, lléveselo. Si la cosa en litigio no está inscrita ante los magistrados, guárdesela, hasta que llegue el juicio, bajo custodia de los tres más viejos de entre los magistrados; si la cosa bajo secuestro es un animal, quien lo pierda en juicio pague a los magistrados la alimentación; pero los magistrados han de decidir la lite en tres días. [914e] Todo varón sensato trate a su esclavo y sírvase de él para lo que quiera, dentro de lo piadoso; en favor de otro, familiar o amigo, detenga al fugitivo para conservárselo. Pero si alguien se apodera de un liberto cual si se llevara un esclavo, quien lo detuvo suéltelo, mas el soltado presente tres garantes de solvencia, y quede, según ello, suelto; mas si alguien lo suelta sin este requisito, sea perseguido por violencia y, capturado, pague, por el daño a aquel a quien se lo quitó, el doble del valor inscrito. Deténgase aun a un liberto si alguno de éstos no sirve cuidadosamente, o no suficientemente a sus libertantes. Servicios: tres veces cada mes visitar al libertante en su hogar, inquiriendo qué de justo y posible a la vez debe hacer, y, respecto de casamiento, hacer lo que al pasado dueño pareciere. Pero no le sea permitida enriquecerse más que su libertante; lo que pase de eso, sea del dueño. Que el liberto no resida más de veinte años, sino que, cual los demás extranjeros, se marche llevándose toda su hacienda, a no ser con asentimiento de las autoridades y de su libertante. Pero si la hacienda del liberto, o de los demás extranjeros, fuera en algo mayor que la contribución de tercera clase, a partir del día en que eso pase, en pasando desde ese día treinta días tome lo suyo y márchese, y al tal no le concedan las autoridades prórroga alguna de residencia. Mas si alguno desobedeciendo en este punta, apresado, resulte culpable ante tribunal, condéneselo a muerte, y sus cosas pasen a dominio público. Los procesos judiciales sobre esto háganse ante los juzgados tribales, a no ser que, antes, hayan ellos resuelto tales quejas mutuas ante vecinos o ante jueces elegidos por ellos. [915c] Pero si alguien echa mano, cual si fuera suyo, a animal o a cualquiera cosa de las de otro, quien la detente remitirá a éste al vendedor de ella o al dador comprobado y con derecho a darla —u otro de los que pueden dar, cual dueños, algo a otro— dentro de los treinta días, si se trata de ciudadano y aun de meteco de los que están en la Ciudad; dentro de cinco meses, si se trata de regalo a huésped, que se haya hecho mientras Sol pasa del trópico de verano al de invierno. Cuantas cosas cambie por venta o por compra uno con otro, hágase entregándolas en el local señalado para cada una en el ágora, y recibiendo entonces mismo el precio; cámbiese así; y, en modo alguno, en otra parte; ni venta ni compra de nada se haga a crédito. Pero, si cambia de otra manera o en otros locales una cosa cualquiera por otra cualquiera, haciéndose mutua confianza en tal cambio, háganlo sabiendo que sobre lo así vendido no hay, según lo ahora mismo dicho, recurso legal. Pero en cuanto a aportes para sociedades, hágalos quien lo quiera, de amigo a amigo; mas si surgiera un diferendo acerca del aporte, tráteselo recordando que no habrá respecto de ello para nadie recurso legal. Todo vendedor que reciba por algo un precio no menor de cincuenta dracmas ha de permanecer en la Ciudad diez días; el comprador conozca la casa del vendedor, en gracia de las quejas que en estos casos suelen surgir, y de las rescisiones señaladas por la ley. Mas la rescisión legal y la que no sea de esta manera: si uno ha vendido esclavo enfermo de lisis o mal de piedra, estranguria o de la llamada “enfermedad sagrada”" —o de otra enfermedad, oculta a la mayoría, grave y difícilmente curable, de cuerpo a de mente— si lo vendió a médico o a gimnasta, no haya lugar a rescisión para los tales en tal caso, ni si habiéndolo dicho de antemano la verdad se lo vende a alguien. Pero si algún entendido vende algo de eso a un imperito, el comprador rescinda la venta dentro de los seis meses, a no ser que se trate de la “sagrado”, —por tal enfermedad sea permitido hacer la rescisión dentro del año. Juzguen de ello tres médicos, de los seleccionados de entre los propuestos en común; mas quien pierda el juicio pague el doble del precia de lo vendido. Mas si pasó entre imperitos, haya lugar a rescisión, tal cual lo anteriormente dicho, y decisión judicial; mas el perdedor pague simplemente el precio. Si vende a un asesino, un enterado a otro enterado, no haya lugar a rescisión de tal venta. Si se lo vendió a no enterado, tenga lugar la rescisión apenas se aperciba de ello el comprador; mas que el juicio tenga lugar ante los cinco más jóvenes de entre los guardianes-de-Ley; mas si consta que el vendedor lo sabía, purifique la casa del comprador según la ley de los intérpretes, y pague al comprador el triple del precio. [916d] Quien cambie moneda por moneda —o cambio cualquiera de animales por animales o de no animales por no animales— délo todo libre de fraude, y acépteselo siguiendo la norma legal. Aceptemos, como en el caso de otras leyes, un proemio referente a toda esta maldad. 'Todo varón ha de tener el fraude por mentira y engaño, por ser todo ello de un solo género aunque la mayoría acostumbre, hablando mal, a traer el corriente dicho: que «hecho caso por caso “oportunamente” eso», estaría muchas veces correctamente hecho. Mas dejando sin ordenamiento ni definición eso de “oportuno”, dónde y cuándo, por tal fórmula se perjudican, y salen perjudicados, unos a otros. Pero no está bien el que el legislador deje esto sin delimitar; es preciso, por el contrario, que ponga siempre en claro los límites, mayores o menores. Pues bien: delimitémoslos ahora: Nadie, en nada —invocando a los dioses—, mienta, engañe o defraude, ni de palabra ni de obra, si no ha de hacerse odiosísimo a los dioses. Tal es quien jura en falso sin consideración alguna para con los dioses; en segundo lugar lo es quien miente en presencia de sus superiores. Mas superiores lo son los mejores respecto de los peores; los viejos, hablando en general, respecto de los jóvenes; por esto también son superiores los padres a los descendientes; y los varones, a mujeres y niños, y los gobernantes a los gobernados. Reverenciarlos todos a todos ellos sería lo debido en cualquier y en todo régimen, y, sobre todo, en los regímenes políticos de que partió nuestro presente discurso. Todo el que, en el ágora, defraude en algo, miente, engaña y perjura al invocar a los dioses a mitad de las leyes y prevenciones de los agoránomos; ni es respetuoso para con los hombres, ni reverente para con los dioses. Por cierto que es práctica íntegramente bella no tomar en vano los nombres de los dioses, que así se comporta de hecho la mayoría de nosotros en la mayoría de los casos respecto de los dioses: con pureza y santidad. Pero si no obedeciere, la ley sea ésta: Quien venda en el ágora algo no diga jamás dos precios de lo que vende; diga, simplemente, uno; y, si no lo obtiene, retire la mercancía; y correctamente la vendería ese día otra vez, si no pide en él por ella ni más ni menos. Nada de alabanzas de lo que vende, nada de juramentos; mas si alguien no obedece esto el citadino casualmente presente —-de edad no menor de treinta años— reprenderá al que jura, y castíguelo impunemente; si no se preocupa, y no obedece, quede expuesto a reproches por traición a las leyes. Mas al vendedor de algo falsificado, al que no haya sido posible persuadir con las actuales razones, cualquiera de los presentes ue caiga en cuenta y sea capaz de probar el fraude, probándolo ante las autoridades, si es esclavo llévese lo falsificado, y lo mismo si es meteco; mas a ciudadano que no lo pruebe, decláreselo públicamente culpable de robar a los dioses; mas si lo prueba, dedique la mercancía a los dioses, señores del ágora. Quien quedare al descubierto vendiendo algo falsificado, además de perderlo, en cuantos dracmas estime el precio de lo vendido, con otros tantos latigazos sea castigado, latigazo por dracma, por el heraldo que proclame en el ágora por qué se lo va a azotar. En cuanto a fraudes y malhechurías entre vendedores, los agoránomos y los guardianes-de-L.ey, asesorados por los expertos en cada mercancía, pongan por escrito lo que ha de hacer el vendedor, y lo que no; y pónganlo ante la fachada del agoranomio, escrito en una estela, para que sean leyes indicativas y claras para los traficantes en el ágora. Sobre lo pertinente a los astínomos se habló suficientemente en lo anterior; si pareciera faltar algo, reuniéndose con los guardianes-de-Ley y escribiendo lo que se cree faltar, pongan en una estela ante el astinomio las disposiciones primeras y las segundas: "normas para su oficio”. [918a] A las prácticas fraudulentas siguen, pisándoles los pies, las prácticas de buhonería. Mas acerca de ésta en general daremos, primero, consejo y razón, imponiéndole posteriormente ley. Todo comercio al por menor no ha surgido para daño de Ciudad; todo lo contrario, es algo natural; porque, ¿cómo no va a ser un bienhechor quien a la abundancia de mercancías de toda clase, des-con-mensurada y desigual, la haga igualada y con-mensurada? Hemos de afirmar que en esto consiste el poder de la moneda; y, en este punto, hay que decir lo que se ba de ordenar al comerciante. Asalariado. hostelero, y otros oficios —unos más decorosos, otros menos decorosos— todos ellos pueden hacer precisamente esto: facilitar auxilio a las necesidades y equirrepartición a los bienes. Veamos de dónde viene eso de parecer no bello ni decoroso, y de dónde tal calumnia, a fin de que si no al todo —al menos, pues, a partes— lo curemos con una Jey. No es, al parecer, cosa de poca monta, ni que requiera poquito de virtud. [918c] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [918c] Ateniense: Pequeño es el género de hombres, amigo Clinias —y pocos nacen, y aun criado con sumo cuidado—, que al estar tentado por necesidades y apetitos, sea capaz de dominarse mirando a co-medimiento; y que, cuando pudiera hacer grandes dineros, se mantenga sobrio y prefiera a lo mucho lo co-medido. Mas la muchedumbre de los humanos se comporta de manera del todo contraria: exige lo necesario sin medida, y pudiendo ganar mesuradamente prefiere ganar insaciablemente; por esto todo género de buhonería, comercio y hostelería, está tan desprestigiado y aun se lo cuenta entre lo feo y oprobioso. Porque, si lo que Jamás pase, ni pasará. a los varones mejores de todas partes —ridículo, ciertamente, es decirlo, mas se dirá— se los forzara a hacer de hosteleros, buhoneros o de cosas tales durante un tiempo, o a las mujeres a tomar parte en algo de esa por algún caso de necesidad, conoceríamos lo que cada uno de esos oficios tiene de amable y de agradable; y si se practicara según incorruptible cuenta-y-razón honraríamos a todo eso cual a madre y nodriza. Pero, ahora, cuando alguien, para buhonear, se va a lugares desiertos, alejados de todos los caminos, levanta casas para acoger en agradable descanso a quienes se hallen en apuros o para a los acosados violentamente por salvajes tempestades proporcionar bienvenida calma o a los calorones refresco cuando, después de esto, no los recibe cual compañeros, ofreciéndoles los tan agradables regalos a huéspedes, secuelas de la recepción, sino, tratándolos cual enemigos apresados, les hace pagar el mayor, más injusto e inexcusable de los rescates, de éstos y tales crímenes han provenido, y correctamente, las acusaciones contra tal clase de socorro en apuros. Es, pues, necesario que el legislador les ponga, en toda caso, remedio. Por cierto que es correcto el proverbio antiguo: «dificultoso es pelear con dos, y contrarios», cual en el caso de muchas enfermedades, y en otros. Pues bien: ahora, la pelea es, en esto, contra dos: pobreza y riqueza; ésta corrompe al alma humana con molicie; aquélla, con penalidades, la encamina a desvergüencería. Pues, ¿qué socorro habría contra tal enfermedad en una Ciudad regida por razón? Primero, por cierto, emplear el menor número posible de la clase “buhoneros”; después, encomendarla a hombres tales que, de su corrupción, no le venga gran daño a la Ciudad; tercero, respecto de los mismos que toman parte en tales oficios, hallar una traza para que no suceda fácilmente el que costumbres de desvergüencería y bajeza se apoderen, sin obstáculo, del alma. [919d] Después de lo acabado de decir, sea, respecto de esto y con buena Suerte para nosotros, ley: De entre los Magnetes -cuya Ciudad, rectificándola, la vuelve dios a fundar— ninguno de los propietarios jefes de los cinco mil cuarenta Hogares, se haga ni voluntaria ni involuntariamente ni buhonero ni comerciantes ni poseedor de cualquiera clase de servicios a particulares de rango no igual al suyo, a no ser a padre, madre y a ascendientes de ellos y a todos los más viejos que él, a los que, por libres, sirva libremente. Lo de “libre o no libre'", no es, por cierto, fácil de legislar; júzgueselo por las distinciones Supremas de aversión o aprecio que hayan recibido éstos de aquéllos. Quien tome parte en alguna arte de buhonería, de la clase de no libre, acúselo por escrito cualquiera de vergüenza para la taza, ante los tenidos por primeros en virtud; mas si pareciere mancillar con un oficio indigno el hogar paterno suyo, métaselo en prisión por un año, y que deje tal oficio; si reincide, dos años; y cada vez que se lo coja en eso, no se cese de meterlo en prisión por tiempo doble del anterior. Segunda ley: Ha de ser meteco 9 extranjero quien se meta a buhonero. En tercer lugar, y tercera ley: a fin de que los tales sean lo mejores posible o lo menos malos posible, ya que con ellos hemos de cohabitar en la Ciudad, los guardianes-de-Ley han de pensar que no nos han de guardar solamente de aquellos que no es fácil vayan contra la ley y resulten malos, por estar bien educados por nacimiento y crianza; sino de los que no sean tales, y se ocupen en ocupaciones que tienen una fuerte propensión que los incita a hacerse malos; de éstos nos han más bien de guardar. Esto, pues, acerca de buhonería —que, por ser variada, y abarcar muchas clases de oficios: tantos cuantos haya de haber en la Ciudad, por creerlos ser necesarios de toda necesidad—, es preciso que se reúnan a tratar de ello los guardianes-de-Ley y los expertos en cada clase de buhonería, como lo ordenamos anteriormente respecto de fraude, negocio afín a éste. Mas, una vez reunidos, vean qué entrada y qué gusto proporcionan al buhonero una ganancia mesurada, y establezca por escrito y hagan guardar gasto y entrada fijados, de algunas cosas los agoránomos; de otras, los astínomos; de otras, los agrónomos. Y de esta manera, probablemente la buhonería sería provechosa a cada uno de ellos, mas perjudicaría únicamente a quienes de ella se sirven en la Ciudad. [920c] Acerca de cuando alguien no cumpla, a pesar de lo convenido en el contrato —a no ser porque ley o decreto la prohíban, o confiese haberlo hecho forzado por injusta violencia, o si involuntariamente se lo impidió caso imprevisible hágase juicio de estos y otros casos de convenio incumplido ante los juzgados tribales, si es que no han podido antes arreglarlo ante árbitros o vecinos. [920c] Consagrada a Vulcano y Minerva es la clase de aquellos artesanos que, con sus artes, han proveído en conjunto a … nuestra vida; mas a Marte y Minerva, aquellos otros que están salvando con otras artes, defensivas, las obras de aquéllos; es, pues, de justicia el que a esos dioses esté consagrada estotra clase de artesanos. Todos ellos, en efecto, pasan el tiempo cuidando país y pueblo; unos, por cierto, de jefes en las batallas de guerra; mas otros, elaborando, por salario, instrumentos y productos; por cierto que a los tales no les estaría bien falsificarlos, por reverencia a los dioses sus progenitores. Mas si alguno de los artesanos no ha terminado, por su culpa, en el tiempo convenido, una obra, faltando a la reverencia debida al dios que le da con qué vivir, creyendo, por del todo ciego de mente, que dios, por pariente, será comprensivo, primero quedará sometido al juicio de tal dios; [921a] Megilo: quede establecida para él la siguiente ley: quede a deber el precio de la obra que no entregó al cliente; y ejecútela gratuitamente, nueva una vez más, en el tiempo convenido. Y a quien toma un trabajo aconséjale la ley lo que al vendedor aconsejó: no intentar ponerle precio mayor; sino, simplemente, el debido; esto mismo ordena también al que toma un trabajo, porque el artesano conoce, por cierto, el precio debido. En las ciudades de libres, por tanto, no ha de intentar jamás el artesano, mediante su arte —que es cosa, por naturaleza, patente y no mentirosa— y sus artificios, trampear a los particulares; pero haya para el perjudicado recurso legal contra el perjudicante. Mas si quien encarga algo al artesano no paga correctamente el salario, a tenor del convenio legalmente hecho, despreciando así a Júpiter protector y a Minerva comunitarios, éstos y él, del mismo régimen político —y, por amor de pequeña ganancia, disuelva los vínculos de tan gran comunidad— venga esta ley en auxilio del vinculo que, con los dioses, tiene la Ciudad: quien habiendo recibido una obra no entregue el precio en el tiempo convenido, pague el doble; si pasa un año, a pesar de que cuanto uno deja en prestado no produzca, en otros casos, interés, pague él mismo un óbolo por mes y dracma; mas recursos legales para estos casos sean ante los juzgados de cada tribu. [921d] Mas puesto que nos acordamos, bien largamente, de los artesanos, es justo se hable, como complemento, de las que son, en la guerra, artesanos de salvación: generales y otros técnicos en ella, —que éstos, como aquéllos, son cual otra clase de artesanos. Si alguno de éstos, pues, toma una obra pública, voluntariamente o por orden, y la ejecuta bellamente, dénsele, en justicia, las honras que son el salario de varones guerreros; la ley no se cansará jamás de ensalzarlo. Mas si habiendo prometido hacer una de las bellas obras pertinentes a la guerra, no la entrega, la ley se lo reprochará. Dejemos, pues, establecida acerca de esto esta ley, mezclada de alabanza, —que es ley consejera, no obligatoria, para la masa de los ciudadanos: honrar a cuantos varones buenos son salvadores de la Ciudad entera, o por sus valentías o por sus ardides guerreros, en segundo lugar, porque, como a primeros, el máximo honor déseles a los capaces de respetar, de distinguida manera, las órdenes escritas de los buenos legisladores. [922a] Lo más principal de los tratos con que se tratan entre sí los hombres —a excepción de lo referente a orfandad y al cuidado de los huérfanos por tutores— déselo por casi enteramente reglamentado; así que, después de lo que se acaba de decir, es necesario ya reglamentar esto de una u otra manera. Principio para esto son: los deseos de los moribundos en cuanto a disposición de sus bienes, y los accidentes de los que en modo alguno dispusieron. Dije, Clinias, “necesario” mirando lo quisquilloso y dificultoso del asunto, porque no es posible dejarlo sin ordenamiento, ya que cada uno procedería en muchas cosas de manera diferente de los otros y contraria a las leyes y a las costumbres de los vivientes y aun a las de ellos mismos antes de ponerse a tratar, si se concede, así de simplemente, el que sea testamento válido El que cada uno haga, en cualquier estado se halle, hacia el final de la vida. Que la mayoría, en efecto, nos portamos, en cierto modo, insensata y turbadamente cuando creemos estamos ya para morir. [922b] Clinias: ¿En qué sentido lo dices, Extranjero? [922b] Ateniense: En que, Clinias, hombre que está para morir se pone pesado y lleno de razones grandemente recelosas y malévolas hacia los legisladores. [922b] Clinias: ¿Cómo? [922b] Ateniense: Que por pretender disponer de todo cual señor acostumbra hablar con iracundia. [922d] Clinias: ¿Qué dice, pues? [922d] Ateniense: Terribles cosa es, ¡dioses!, dice, el que no me sea lícito en modo alguno dar o no dar lo mío a quien quieta, y a uno más, a otro menos, de cuantos se han portado patentemente conmigo mal o bien, dando unos suficientes pruebas en las enfermedades; otros, en la vejez y demás variadas contingencias. [922d] Clinias: Pues bien, Extranjero, ¿no te parece que hablan bellamente? [922e] Ateniense: Blandos, Clinias, me parece haber sido los que antiguamente legislaron, y haber legislado mirando y discurriendo bien poco sobre los asuntos humanos. [922e] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [922e] Ateniense: Por temor. Clinias bueno, de tales dichos, pusieron por ley el que cada uno disponga, simplemente de la manera que absolutamente quiera, de lo suyo. Mas yo, y tú en tu Ciudad, daremos a los que están en trance de morir una respuesta más consonante, así: “¡Queridos, diremos, y simples vivientes un día!, dificultoso os es conocer tanto qué cosas son vuestras como a vosotros mismos, cual lo dice la inscripción de Delfos, en el momento presente. Pues bien: yo, por ser legislador, declaro por ley que ni vosotros ni vuestros haberes son de vosotros mismos, sino lo son de vuestra raza, —la anterior y la posterior y futura; y, aún más, de la Ciudad son la raza íntegra y la hacienda. Y siendo esto así, si sobornándoos alguien con adulancias, zarandeados vosotros como estáis por enfermedades y vejez, os persuadiere a disponer contra lo mejor, no condescenderé voluntariamente; que legislaré en todo esto mirando a lo mejor para la Ciudad íntegra y para la raza, poniendo, como es justo, lo de cada uno en lugar secundario. Mas vosotros, comportándonos para con nosotros mansa y benévolamente, seguid el camino por el que os está encaminando ahora la humana naturaleza; mas nosotros nas cuidaremos, solícitamente y lo mejor posible, de todos los vuestros, —y no de unos sí, de otros no”. Pues bien: tales sean, Clinias, los consuelos y proemios para los vivos y moribundos; mas la ley sea ésta: Quien redacte testamento para disponer de lo suyo, y sea padre de hijos, inscriba de primero de entre sus hijos al que juzgue digno de ser el heredero; pero, de los demás hijos, a quién dé cual adoptivo a otro que lo acepte por heredero, inscríbase también esto. Pero si de los hijos le queda alguno no hecho heredero de algún lote —al que, según la ley, es de tenor se lo envíe a una colonia— séale lícito al padre dar a éste de los demás bienes lo que quiera, menos de los del lote familiar y de lo que a su mantenimiento pertenezca. Y, si son más, distribuya en partes el padre, como quiera, lo sobrante de tal lote. Al de los hijos que esté siendo ya jefe de la casa, nada de darle de lo demás; y parecidamente a hija, no dar una parte a la que tenga garantizado futuro varón; a la que no, darle una parte. Pero si alguno de los hijos o también de las hijas resulta venirle. Posteriormente al testamento, un lote de tierra, déjelo al veredero de quien dispuso el testamento. Pero si el testador no deja varones, sino hembras, a la hija que él quiera dará metido, mas a éste lo dejará de hijo, inscribiéndolo cual heredero. Pero si a alguien se le muere un hijo, niño aún, antes de que pueda llegar plenamente al varón, sea hijo natural o adoptivo, designe —aun en esta malaventura— por escrito quien redactó el testamento quién ha de hacerle de segundo hijo, con mejor ventura. Pero si dicta testamento quien carece totalmente de hijos, separe la décima parte de los bienes adquiridos, y, si quiere regalarla a alguien, regálesela. Pero lo demás, dándolo todo al hijo adoptivo, hágalo hijo suyo, según ley, irreprensible y tranquilamente. Pero si uno tiene hijos que necesiten de tutores, y muere habiendo hecho testamento y designa por escrito como tutores para los hijos a cualesquiera —y a cuantos quiera, que voluntariamente acepten serlo— tal elección de tutores, hecha según tal escrito, resulte válida. Pero si alguien muere sin haber hecho testamento alguno, o falta la elección de tutores, que sean tutores principales los más próximos parientes por parte de padre y madre, dos por parte de padre, dos por parte de madre; uno, de los amigos del difunto; y a éstos los guardianes-de-ley instituirán de tutores para J huérfano que lo necesite. Y tengan a su cuidado lo pertinente a la tutoría en general y a los huérfanos quince de los más ancianos de los guardianes-de-Ley, siempre según edad y repartiéndose en grupos de a tres, un año tres, el siguiente año otros tres diferentes, hasta que los cinco períodos se cierren en círculo. Y, en lo posible, jamás se abandone esto. [924c] Pero si alguien muere absolutamente intestado y dejando hijos necesitados de tutoría, provéase a esa necesidad de los hijos según estas mismas leyes; pero, si muere por accidente imprevisto y deja hembras, perdónese benévolamente al legislador el que de dos de las tres partes de lo que les es debido haga dote para las hijas, tanto para transmisión a proximidad de la raza como para conservación del lote patrimonial. Lo tercero que el padre habría considerado es —mirando las costumbres y caracteres de todos los ciudadanos— quién le convendría de hijo para ser novio de su hija; mas esto déjelo correr, por lo imposible de tal consideración. Así que, para estos casos, póngase, en lo posible, esta ley: si el intestado deja hijas, de tal muerto un hermana por parte de padre o por parte de madre, uno sin lote patrimonial, tome a la hija y el lote del difunto; mas si no hubiera hermano, mas sí hijos de hermano, parecidamente, si están en la relación adecuada de edad. Pero si no hay ni uno de éstos, mas sí un hijo de hermana, lo mismo; sea cuarto, un hermano de padre; quinto, un hijo de él; sexto, un descendiente de hermano del padre. De esta manera la raza proceda siempre de raza, según proximidad cuando alguien no deje sino hijas, progresando a través de hermano e hijos de hermanos o hermanas, —en una generación, ante todos los hijos de los varones; después, los de las hembras. En cuanto a lo proporcionado o desproporcionado del tiempo de casamiento entre ellos, el juez, júzguelo mirando desnudos a los varones; mas viendo desnudas hasta el ombligo a las hembras. Mas si la familia carece de parientes hasta el grado de nietos del hermano, y, parecidamente, hasta el de hijos del abuelo, a cualquiera de los demás ciudadanos que, con consentimiento de los tutores, elija a hija, libremente ella, libre él, hágaselo heredero del difunto y novio de la hija. Pero, en nuestra Ciudad podría haber, hay a veces, penuria de muchas cosas, y más tales ciudadanos; si, pues, alguna hija, no hallándolos entre los del lugar, ve a alguno de los enviados a una colonia, mas tenga por razonable hacer de él heredera de los bienes paternos, si es de los parientes, entre en posesión de la herencia siguiendo los pasos ordenados por la ley; pero si es de fuera de la parentela, y están fuera de ella los de la ciudad, sea señor de casarse en virtud de la elección de los tutores y de la hija del difunto y, regresando a casa, tome posesión del lote patrimonial del intestado. Respecto de quien muera intestado, sin hijos, varones o hembras: manténgase respecto de él en lo demás la ley anterior, pero una hembra y un varón de la familia entren con iguales derechos legales en posesión de la casa ya yerma; sea de ellos la herencia por este orden: primero, hermana; segundo, hija de hermano; tercero, hijo de la hermana; cuarto, hermano del padre, y quinto, hijo del hermano del padre; la sexta sería hija de la hermana del padre; cohabiten éstas con aquéllos según grado de proximidad y según legalidad religiosa, tal cual lo legislamos anteriormente. [925d] No nos disimulemos lo pesadas que resultan tales leyes al ordenar a un miembro de la familia se case con un pariente, de modo que parezca no consideramos los miles y miles de impedimentos que les viene a los hombres de tales ordenanzas por no querer ninguno obedecerlas —antes preferirían padecer cualquier otra cosa— cuando se trata de casarse o ser casado con quienes de entre los obligados padecen enfermedades o defectos corporales o mentales. Tal vez pareciera a algunos que el legislador no se preocupa de nada de esto; mal pensado. En favor, pues, del legislador y del legislado sirva algo así como de proemio común éste: los obligados por la ley han de ser comprensivos para con el legislador, ya que, preocupándose por lo común, tal vez no podría satisfacer, a la vez, las desgracias privadas que de ello les vengan. Pero, a su vez, comprensión para con los obligados por la ley, ya que, a veces, es verosímil no puedan cumplir lo ordenado que ordena sin conocerlas. [926a] Clinias: Frente a esto, Extranjero, ¿qué sería más cónsono hacer? [926a] Ateniense: Es necesario, Clinias, elegir árbitros para las relaciones entre tales leyes y los obligados a ellas. [926a] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [926a] Ateniense: Hay veces en que un sobrino, hijo de padre rico, no querría voluntariamente tomar por esposa a la hija de su tío, por desgana o por tener la mirada puesta en matrimonio mejor. Hay otras, en que el legislador, al imponer la máxima de las calamidades, forzaría a desobedecer a la ley, forzando a — casarse con afectados de locura u otras calamidades de cuerpo o de alma, que a quien las tiene hacen la vida invisible. [926b] Acerca, pues, de esto, quede, para nosotros, establecida esta ley: si algunos protestan contra las leyes establecidas sobre testamento, sobre otras cualesquiera materias y especialmente sobre casamientos, alegando que el legislador, en caso de estar vivo y presente no forzaría ya a cumplirla —ni a casarse ni a ser cesado— a quienes están entonces forzados a hacer una de estas dos cosas, mas alguno de los familiares o algún tutor insiste, el legislador dicte que a los huérfanos y huérfanas se les den de árbitros y padres los quince guardianes-de-ley. Quienes sobre esto disputen remítanse al juicio de ellos; lo que ellos decidan cúmplanlo. Mas, si a alguien pareciere que se da en esto a los guardianes-de-Ley más poder del debido, llévese esto ante el tribunal de los jueces selectos quienes juzguen sobre el litigio. Al perdedor, impóngale el legislador por pena reprensión y pública vergüenza, — pena más grave, para quien tenga entendimiento, que gran multa pecuniaria. [926d] Ahora bien: para niños huérfanos, hay algo así como un segundo nacimiento; porque, después del primero, hay, para uno, las llamadas “crianza y educación”; mas, después del segundo, realizado en desierto de padres, hay que inventar alguna traza para que esa malaventura de la orfandad les resulte a los quedados huérfanos calamidad lo menos miserable posible. Primero, pues, háseles de poner por ley en lugar de sus progenitores a los guardianes-de-Ley por padres, no inferiores en esto a ellos; y ordenamos que tres de ellos se cuiden cada año de aquéllos cual de hijos propios; y a ellos y a los tutores dedicaremos un proemio adecuado sobre la crianza de huérfanos. [926e] Oportunamente, pues, hemos, evidentemente, hecho las anteriores consideraciones; que las almas de los muertos tienen, aun después de muertas, un cierto poder con el que intervienen en los asuntos humanos. Verdaderas, por cierto, son, mas largas, las razones que, sobre esto, circulan; pero se ha de creer también en las demás leyendas sobre tales asuntos por ser tantas y tan grandemente antiguas; mas, a su vez, creer a los legisladores en eso de que así lo son, a no ser que resulten totalmente faltas de sentido. Pero si esto es, 3: suyo, así, hay que temer, primero, a los dioses de Arriba, que son sensibles a la soledad de los huérfanos; después, a las almas de los que en paz descansan, de las que es especialmente propio y natural cuidarse de sus propios descendientes, y que aprecian al que les tengan atenciones y desprecian a los desatentos. Pero, además, respecto de la alma de los aún vivos, mas viejos ya, y con las máximas honras - -que de esto se felicita toda Ciudad bien regida por leyes—, los hijos de sus hijos, amándolos, viven placenteramente. Y en esto oyen fino los viejos, y ven fino; y son benévolos para los que se portan en esto justamente; mas irrítanse sobre manera con quienes ultrajan a huérfanos y desamparados, a los que tienen por depósito el mayor y más sagrado. Sobre todos éstos han de parar mientes legislador y autoridad, por poca inteligencia que tengan; y preocuparse de la alimentación y educación de los huérfanos; y, cual si contribuyeran con algo en favor propio y de los suyos, hacer, en lo posible, y de todas las maneras, beneficios. Pues bien: quien obedeciere a este mito, previo a la ley, y en nada se propase contra los huérfanos, no sabrá de buen saber lo que es en estos casos la cólera del legislador; mas el desobediente, e injusto contra privado de padre o madre, pague el doble del valor del daño que pagaría quien haga daño al que tiene ambos. Mas respecto de la restante legislación para tutores y autoridades que se ocupan de huérfanos y de los cuidados de los tutores: si no tuvieran aún paradigma para criar niños libres: para criar ellos los suyos propios y cuidar solícitamente los asuntos familiares, además si no tuvieran sobre esto leyes adecuadamente explícitas, habría alguna razón para imponer leyes tutoriales, por ser de carácter grandemente peculiar, distinguiendo con variadas disposiciones la vida de huérfanos de la de los que no lo son. Pero de hecho, en todo esto no tiene entre nosotros grandes diferencias un hijo huérfano respecto de los que tienen padre; aunque en cuanto a honras, deshonras y en cuidados no plazca, en modo alguno, igualarlas. [928a] Por esto, pues, a la legislación sobre huérfanos la reforzó la ley con exhortaciones y amenazas, Sería, pues, grandemente oportuna una amenaza como ésta: quien sea tutor de hembra o de varón y quien de entre los guardianes-de-Ley esté encargado de vigilar cuidadosamente al tutor, no dé menores muestras de afecto al que le cayó la mala suerte de la orfandad que a sus propios hijos, ni se cuide menos de los bienes del pupilo que de los propios; al menos esfuércese en que sea más que de los suyos. [928b] Todo tutor tenga a ésta por única ley sobre huérfanos. Mas si alguno obra en esto de manera contraria a esta ley, castigue el magistrado al tutor; mas el tutor, llevando ante el tribunal de los jueces seleccionados a tal magistrado, presunto culpable, castígueselo con una multa doble a la que en el tribunal impuso él. Pero si a los familiares, o a aun otro de los ciudadanos, les pareciere que el tutor se descuida o malversa, lléveselo ante el mismo tribunal. Si resultare culpable, pague el cuádruple de tal falta; sea la mitad para el niño, la otra mitad, para quien introdujo el juicio. Pero, a su vez, cuando un huérfano llegue a pubertad, si cree que se le tuteló malamente, tenga derecho, hasta por cinco años de salido de tutoría, a pedir juicio sobre la tutoría. Si uno de los tutores resulta culpable, que el tribunal estime lo que ha de sufrir o pagar; pero si es uno de los magistrados —quien, por descuido, parezca haber perjudicado al huérfano— estime el tribunal cuánto ha de pagar al niño; si, por maldad, además de la multa quede despedido del cargo de guardián-de-Ley. Pero el Común de la Ciudad instituya para el país y la Ciudad otro guardián en lugar de aquél. [928d] Surgen en padres respecto de sus propios hijos, y de hijos respecto de sus progenitores, diferendos mayores de lo que fuera menester, en que los padres creerían deber legislar el legislador el serles permitido, si lo quieren, negar por boca del heraldo ante todos que el hijo sea aún su hijo ante la ley. Pero, a su vez, que a los hijos les sea permitido, cuando los padres estén en fea situación por enfermedades a vejez, que se los declare dementes. En realidad, esto suele pasar por los caracteres de hombres malvados; porque cuando la maldad está en una sola parte —cual en padre malo, mas hijo bueno, o al contrario— no surgen las calamidades provenientes de tal enemistad. Ahora bien: en otra régimen político, un hijo públicamente repudiado no quedaría, necesariamente, privado de ciudadanía; mas en éste, en que han de valer precisamente estas leyes, es necesario el que el sinpadre salga de casa y se vaya a otro país, porque a las cinco mil cuarenta casas no hay cómo añadir una. Por esto, de quien tal pena haya de padecer en justicia han de renegar no solamente su padre sino su raza íntegra. Para tales casos ha de darse una ley cual ésta: a quien le acometa esa disposición de ánimo, en modo alguno dichosa, de desear, con justicia o sin ella, sacar de la parentela a quien engendró y crió, no le está permitido hacerlo ni ligera ni inmediatamente; primero, convoque a sus parientes hasta sobrinos; y, parecidamente, a los de su hijo, por parte de madre; acúselo ante ellos, probando que merece ser públicamente renegado por todos los de la raza, mas dé también al hijo igual derecho de palabra respecto de que no merece sufrir nada de eso. Y si los persuade y recoge más de la mitad de los votos de los parientes —sin que se cuenten en ellos los votos de padre, madre y acusado, y los de cuantos, mujeres o varones, no tengan edad— séale permitido al padre renegar públicamente del hijo; mas no, en modo alguno de otra manera. En cuanto al repudiado públicamente: si alguno de los ciudadanos quiere tomarlo por hijo, no haya ley que prohíba hacerlo, porque el carácter de los jóvenes está siempre naturalmente expuesto a cambiar durante la vida con muchas clases de cambios. Mas si tras diez años nadie desea adoptar al repudiado, los que se cuidan de los mozos a enviar a las colonias cuiden también de que aquél, y los tales, tomen decorosamente parte en tales envíos. [929d] Pero si alguna enfermedad, o vejez o también rudeza de maneras o todo ello junto, hacen que alguien se comporte, u diferencia de la mayoría, cual demente, —y no lo noten los demás, pero sí quienes con él conviven; mas arruine la casa por ser de ella señor; pero el hijo no sepa qué hacer y se resista a introducir proceso judicial por demencia, sea para esto ley, primero: acudiendo a los más ancianos de los guardianes-de-Ley explique la malaventura del padre. Estos, en habiéndola suficientemente considerado, aconséjenle sobre si ha de introducir o no el proceso. Si lo aconsejan, hagan I de testigos y a la vez de conjueces con el encausante. Si pierde el padre, no sea ya, durante el tiempo restante, dueño de disponer de lo suyo, ni aun de lo mínimo, y cual niño viva en casa el resto de la vida. [929e] Pero si varón y mujer no se conllevan en modo alguno por malavenidos de carácter, diez varones de entre los guardianes-de-Ley, siempre de los medianos en edad, y parecidamente diez mujeres de las que tratan de casamientos, es preciso se ocupen de tales casos. Y si pueden reconciliarlos, quede esto vigente; mas si el oleaje de las almas puede más que ellos, busquen, en lo posible, quiénes con cada uno hagan casa. Pero es verosímil el que los tales sean no mansos de carácter; tratar de coajustarlos con adecuados caracteres, más tranquilos y mansos. Si los discordantes o no tienen hijos o pocos, hacer la nueva unión en favor de los hijos. Mas si tuvieren bastantes hijos es preciso hacer tanto separación como coyunda en favor de la convivencia y cuidado mutuos. Si muere una mujer dejando hijos varones y hembras, la ley impuesta sería consejera, no obligante: criar a los hijos, sin traerles una madrastra. Si no los hay, el viudo ha de casarse, hasta que engendre hijos en número suficiente para la casa y la Ciudad. Mas sí muere el varón dejando suficientes hijos, la madre se quedará para criarlos; mas si pareciera estar demasiado joven para vivir saludablemente sin varón, los parientes se reunirán con las mujeres encargadas de los casamientos, y hágase la que acerca de esto pareciere a éstas y a aquéllos. Si no hay hijos, hágase en favor de hijos; suficiencia exacta de hijos sea por ley varón y hembra. Cuando conste que el hijo es progenie de padres determinados hace falta decidir a cuál el hijo debe pertenecer. Si una esclava se coayuntó con esclavo o libre o liberto. El nacido pertenece totalmente al dueño de la esclava; mas si una libre se coayunta con esclavo, pertenezca el nacido del esclavo al dueño de éste; mas si es nacido de hombre libre y de esclava suya, o de mujer libre y de esclavo suyo, y sea esto del dominio público, las mujeres enviarán a otro país al hijo de la mujer junto con el padre; mas al del varón, hagan lo mismo los guardianes-de-Ley, con la madre. [930e] Descuidar a los padres nadie —ni dios ni hombre sensato— lo aconsejaría jamás a nadie. Mas hase de tener en cuenta que el siguiente proemio acerca del culto de los dioses abarca, correctamente, lo referente a honrar a los padres, y deshonrarlos. Las leyes antiguas referentes a los dioses son, para todos, de dos clases: porque a algunos de los dioses los honramos por estar claramente viéndolos, mas a otros, erigiéndoles estatuas, —imágenes de ellos; honrando a las cuales, aunque inanimadas, creemos honrar a aquellos dioses, animados, y obtener por ello gran benevolencia y gracias. Para aquel en cuya casa padre, madre, padres y madres de éstos —imposibilitados por la edad— hacen de fundamento, nadie piense jamás haber para sí mismo, teniendo en casa tal monumento hogareño, otra estatua más poderosa, si es que el poseedor le rinde culto de correcta manera. [931b] Clinias: Pero, ¿de qué clase de corrección estás hablando? [931b] Ateniense: Os lo diré, porque, amigos, vale la pena oír tales cosas. [931b] Clinias: Dilas sin más. [931b] Ateniense: De Edipo contamos que, despreciado por sus hijos, imprecó sobre ellos lo que, por cierto, todos celebran haber los dioses escuchada y cumplido de perfecta manera; de Amintor, que airado con Fénix, su hijo, haberlo maldecido; y de Teseo, que a Hipólito, y otros a otros, miles y miles de casos en que resultó evidente el que los dioses escuchan a los padres contra los hijos, porque es justísimo escuchen a padre que maldice a sus hijos, más que a cualquier otro que maldiga a otros. Que a padre o madre deshonrados creer alguien, y es natural, los escuche dios en sus plegarias contra los hijos. Mas a honrados y bien contentos, y que, por esto precisamente, solicitan constantemente en sus plegarias a los dioses bienes para los hijos, ¿pensaremos que ellos no las escuchan por igual, y se los repartan? [931c] No serían jamás justos repartidores de bienes, lo que afirmamos ser mínimamente decoroso en dioses. [931d] Clinias: Mucho, por cierto. [931d] Ateniense: Así que pensemos, como decíamos hace bien poco, que ante los dioses, no poseeríamos estatua más veneranda que padre o abuelo avanzados en vejez, y madres en el mismo estado; de que se los mime con honras, gózase dios, porque, si no, no escucharía sus súplicas. Admirable, por cierto, según nosotros, son tales estatuas de progenitores, bien diferentes de las inanimadas, porque rindiéndoles nosotros aquéllas culto, por ser animadas asocian siempre sus plegarias a las nuestras; y si las despreciamos, lo contrario; mas las otras, ni lo uno ni lo otro; de modo que si se trata correctamente a padre, abuelo y todos los tales, se poseería de todas las estatuas la más poderosa para atraer el favor divino. [931e] Clinias: Bellísimamente dicho. [931e] Ateniense: Todo varón sensato teme, pues, y reverencia las plegarias de los padres, por saber que se han cumplido en muchos y muchas veces. Estando, pues, esto ordenado así por la naturaleza, son, para los buenos, un regalo divino progenitores viejos que lleguen al confín de la vida, y que, idos, los añoren grandemente los jóvenes; mas, para los malos, son bien de temer. Honren, pues, todos a sus propios progenitores con todas las honras aquí puestas por ley, asintiendo a los presentes razonamientos; pero si, como se dice, «alguno se hiciere el sordo» a alguno de estos proemios, para los tales valdría correctamente esta Jey: Si en esta Ciudad alguien se porta, contra lo debida, descuidadamente hacia sus padres, y no atiende ni cumple las voluntades de ellos más que las de los hijos y la de todos los descendientes suyos y más que las suyas propias, quien tal sufra denúncielo, él o por mensajero, ante tres de los más ancianos de los guardianes-de-Ley o bien ante tres de las mujeres encargadas de los casamientos. Aquéllos se cuidarán de ello, castigando a los culpables, aun con golpes y prisión, a los jóvenes, —hasta que lleguen a varones de treinta años; mas a las mujeres castígueselas con los mismos castigos, hasta diez años más. Si más allá de tales años no se corrigen de tal descuido hacia los padres, y aun los maltratan, sean llevados ante tribunal de ciento y un ciudadanos, que sean los más ancianos de todos. Determine el tribunal qué es lo que el culpable haya de pagar o sufrir, sin que excluyan expresamente nada de cuanto un hombre puede pagar o sufrir. Pero si el maltratado no pudiera denunciarlo, quien de los libres se entere denúncielo a los magistrados; si no lo hace pase por malo, y sométalo cualquiera a juicio por daños. Pero si un esclavo lo denuncia, quede libre; y si es esclavo de los maltratantes o de los maltratados, libérenlo los magistrados; si lo es de algún otro ciudadano, el tesoro público entregue al dueño su valor. Quede encomendado a los magistrados el que nadie, por vengarse de la denuncia, lo maltrate. [932d] En cuanto a drogas con que uno perjudica a otro: se dividen en dos clases: algunas de ellas son mortales; mas respecto de los demás daños con que uno perjudica a otro, voluntaria y premeditadamente, mediante bebidas, comidas o ungüentos, de esto nada se ha tratado, porque tratarlo lo dificulta el haber dos clases. de drogas, propias del género humano, una de la que acabamos de tratar: la que daña por la natural acción de cuerpo sobre cuerpo; pero otra, que mediante sortilegios, encantamientos y las llamadas “ligaduras”, convence por una parte a quienes se atreven a dañar a otros de que pueden efectivamente hacerlo, mas por otra convence a éstos de que son dañados más que por nada por los que pueden encantar. Acerca de todo esto no es fácil saber ni cómo se realiza ni, si se la supiera, fuera sencillo convencer a otro. Mas no vale la pena intentar convencer a las almas de los hombres tan desconfiadas unas hacía otras en esto, de que, si alguna vez en alguna parte figurines moldeados en cera —sea en puertas, sea en trifurcación de caminos, sea en tumbas de sus propios padres— han de menospreciar todo eso, por no estarles nada en claro qué pensar acerca de ello. Dividiendo, pues, en dos partes la ley concerniente a drogas, según los dos modos de intentar administrarlas, primero es preciso avisar y aconsejar que no se ha de intentar hacer esto ni metiendo miedo, cual a niños, a la mayoría de los hombres, ni forzando al legislador y al juez a que sanen a los hombres de tales miedos; que, primero, quien se mete a dar tales drogas no sabe lo que hace, ni respecto de los cuerpos, si no es entendido en medicina, ni en cuanto a sortilegios, si 10 Es por caso, o adivino o teratólogo. Díctese sobre drogas esta ley: quien drogue a otro o a otro de los suyos con droga dañina, mas no mortal —pero a algo de sus ganados o colmenas, sea con daño mortal u otro—; si por caso es médico, y se le halle culpable por drogar, condéneselo a muerte; mas si es simple particular, impóngale en esto la pena el tribunal. Mas si por servirse de ligaduras, ensalmos, algunos encantamientos o endrogamientos tales pareciere uno haber sido el maléfico, si es adivino o teratóscopo sea muerto; mas si, sin adivinación, resulta culpable de endrogamiento, aplíquesele lo mismo; que también en esto imponga el tribunal lo que a ellos les parezca deber sufrir o pagar. [933e] Quien por robo o violencia perjudique a otro pagará al perjudicado indemnidad mayor por perjuicio mayor; castigo menor, por menor; pero en todo caso castíguesele hasta que quede subsanado el perjuicio. Pero para cada perjuicio pague además cada uno una pena accesoria, con finalidad de correctivo; si dañó por estupidez causada por otro que abusó de su juventud o de algo tal, pena más ligera; mas si por estupidez propia suya, a causa de incontinencia en placeres o penas, o por irremediable acceso de miedo, cobardía, apetitos, envidia, ira, pena más grave —no para que pague la pena del mal hecho, no porque haya como deshacer lo hecho—, sino para que otra vez, por un tiempo o para siempre, odie la injusticia él y los que lo hayan visto hacerla, o para que se alivie en gran parte de tal calamidad. Para todos estos fines, y mirando hacia casos tales, las leyes, cual arquero no malo, han de apuntar a una pena según la gravedad, con finalidad, en cada caso, de correctivo y de completa compensación. Es preciso que el juez ayude, con su actuación, al legislador en esta tarea, cuando alguna ley le encomiende estimar él qué ha de sufrir el juzgado o qué pagar; mas él, cual pintor, garantizar con su firma que las obras han seguido a la ley escrita. Pues, precisamente ahora. Meguilo y Clinias, esto es lo que hemos de hacer de la más bella y mejor manera: dictar, cuáles han de ser nominalmente los castigos para toda clase de robos y actos de violencia, de manera que accedan a legislar con nosotros dioses e hijos de dioses. [934b] Á loco, que no se lo eche de ver en Ciudad. Los parientes, que lo guarden en casa, de la mejor manera que sepan; o paguen una multa: el contribuyente de primera, cien dracmas, tanto que falte por no vigilar a esclavo como a libre locos; el contribuyente de segunda, cuatro quintos de mina; el de tercera, tres quintos; el de cuarta dos quintos. Pues bien: hay muchos locos, y lo son de muchas maneras. Acabamos de hablar de los que lo son por enfermedades, mas los hay que lo son por de natural rabioso y mala crianza; quienes, por pequeño acto inamistosa, sueltan grandes voces, profieren graves insultos entre ellos. De ningún modo ni manera está bien el que haya alguien tal en bien regulada Ciudad. Respecto de todos ellos y de toda clase de insultos sea ley ésta: Nadie insulte a nadie. Quien dispute con otro hágalo con razones y exhíbalas ante el otro disputante y los presentes, evitando totalmente el injuriar. Porque de imprecaciones y maldiciones mutuas, y de lanzarse entre ellos con nombres vergonzosos frases de mujerzuelas —"de palabra”, primero, que es cosa ligera— resultan “de obra” odios y enemistades gravísimas; porque quien las dice complácese en tan desagradable acción, hartando en su ánimo a la rabia de malos manjares. Cuanto la educación amansó del alma, volviéndolo de nuevo salvaje, hace que viva cual fiera rabiosa, por aceptar complacientemente en su ánimo tal hiel. Es frecuente, y costumbre general, pasar más allá, y decir algo de ridículo acerca del contrario. De los así acostumbrados, no hay jamás ninguno que no haya o estropeado totalmente las buenas maneras o echado a perder gran parte de la dignidad anímica. En gracia a esto, nadie, jamás, y por nada hable así ni en lugar sagrado ni en sacrificios públicos ni en concursos, ni en ágora ni en juzgado ni en ninguna clase de convención; quien en esto comenzó sea castigado, a jamás compita por premio alguno, por no haberse preocupado de las leyes ni hecho lo ordenado por el legislador. Pero si, en otros lugares, quien inició la insultadera, o quien se defendió, no evitan tales palabras, el más viejo de los casualmente presentes salga 1 defensa de la ley, separando a golpes a quienes se dejan complacientemente llevar por la ira, —cual compañera; si no, quede incurso en el castigo ordenado. [935c] Decimos, pues, que quien se halla envuelto en insultadera es incapaz de no buscar y decir burlas. También esto lo vituperamos, cuando se hace por ira. Pero, ¿qué de ese empeño de los cómicos en burlarse de los hombres?, ¿lo admitimos si, sin ira, se meten a hacer comedia a costa de los ciudadanos? ¿O distinguimos dos maneras de hacer o no broma?; y que a quien la hace le esté permitido ridiculizar, sin ira; ¿mas hacerlo de intento y con ira, no le esté, como decimos, permitido a nadie? En modo alguno ha de revocarse esto; mas a quién le esté o no permitido, esto Es lo que habremos de legislar. Al poeta de comedia o de yambos o de melodía musical no le esté permitido ni de palabra ni por símiles, ni con ira ni sin ira, ridiculizar en manera alguna a ningún ciudadano; mas si alguien desobedece, que el jurado-de-premios lo expulse del país el mismo día, o castígueselo con tres minas, consagradas al dios en cuyo honor sea el concurso. Mas a los que anteriormente dijimos serles lícito el hacerlo, séales lícito, entre ellos, sin ira, en juego; pero no les sea lícito, en serio y con mutua ira. Discernirlo, quede encomendado al encargado de la educación íntegra de los jóvenes. Y lo que éste apruebe, estele permitido al poeta presentarlo en público; pero lo que desapruebe, ni él la exhiba ante nadie, ni que se descubra haberlo mostrado a nadie —esclavo o libre— so pena de ser reputado de malo y desobediente a las leyes. [936b] De compadecer es no el hambriento o quien de algo así padezca, sino lo es el morigerado que posea alguna destreza o parte de ella, y le sobrevenga, a pesar de ello, alguna calamidad; porque resultaría de admirar si, siendo alguien —esclavo o libre— de tal calidad, quedara totalmente abandonado, tanto que llegara a extremada indigencia, en un régimen político y Ciudad ajustadamente administrados. Por lo cual el legislador establezca, sin miedo, una ley como ésta: Nadie mendigue en nuestra Ciudad; si alguien se mete a hacerlo, recolectando con inacabables súplicas con qué vivir, sáquenlo, del ágora los agoránomos; de la villa, el cuerpo de los astínomos; mas los agrónomos expúlsenlo del resto del país, allende la frontera, de modo que el país quede enteramente limpio de tal animal. [936c] Si esclavo o esclava daña algo de un extraño, sin que el perjudicado haya sido concausa o por inexperiencia o por cualquier otra falla no excusable, el dueño del actor del daño subsane el daño enteramente o entregue al actor mismo de él. Pero si el dueño encausado afirma que se le encausa para quitarle el esclavo, por connivencia artera entre dañante y dañado, el pretendido dañado sea juzgado por malas artes; y si el dueño gana, páguesele el doble del valor del esclavo, valor estimado por el tribunal; mas, si pierde, subsane el daño y entregue al esclavo. Y si un animal de yugo o caballo, o alguna otra de tales bestias destroza algo de un vecino, pague el daño de la misma manera. [936e] Si voluntariamente alguno no quiere rendir testimonio, quien de él necesite que lo cite; mas el citado preséntese al juicio; y si sabe y quiere testificar, que testifique; mas si afirma no saber, jurando por los tres dioses: Júpiter. Apolo y Temis que no sabe, déjeselo ir. Pero si el citado para testigo no se presenta a la cita, responda del daño según lu ley. Si alguien trae por testigo a algún juez en funciones, en prestando éste su testimonio no juzgue en tal proceso. Sea permitido a mujer libre hacer de testigo y convocar uno, si tiene ya cuarenta años; e introducir un proceso, si no tiene marido; mas viviendo el varón, sólo puede testificar. A esclava y esclavo y 1 niño sólo les está concedido el testificar y convocarlos caso de asesinato, si dan garantías suficientes de permanecer disponibles durante el proceso, en caso de que se objete contra la veracidad de su testimonio. Cualquiera de las dos partes puede objetar contra el testimonio íntegro y alguna parte, si afirman que alguien ha testificado en falso, antes de que se hayan dado la sentencia. Que los magistrados guarden las objeciones, selladas por ambas partes, y pónganlas a disposición de los objetantes por falsedad, contra los testimonios. Pero si alguien es cogido dos veces en mentira al testimoniar, que ninguna ley le obligue a que testifique ya; mas si tres veces, ya no les está permitido testimoniar; pero si, cogido í tres veces, se atreve a testimoniar, quien lo quiera llévelo ante la autoridad; ésta, entréguelo al tribunal; si resulta culpable, condéneselo a muerte. De los testimonios juzgados — sospechosos por parecer testimoniar en falso y haber dado ello la victoria al acusador, si se ha juzgado según más de la mitad de tales testimonios, anúlese la sentencia dada según ellos a favor del vencedor; mas discútase y dictamínese si el juicio se dio o no según ellos; y según lo que se dictamine, sea lo uno o lo otro, póngase fin de esta manera al anterior proceso. [937d] Muchas cosas bellas hay en la vida humana; pero a las más de ellas nácenles, accesoriamente, algo así cual Pestes que las manchan e infectan. la justicia, por cierto, ¿no es para los hombres, algo bello que ha domesticado todo lo humano? Siendo Ella bella, ¿cómo juzgar nosotros con Ella no nos resultaría bello? Pues aun siendo tal, una cierta malicia la calumnia, ostentando el bello nombre de “arte”, arte que afirma ser, primero, artificio de juzgar —artificio de justificarse y de justificar a otro capaz de vencer, sean 6 no justas las acciones sobre que verse un juicio determinado; victoria que la dan tal arte y los discursos que ésta da, —si se da, a su vez, dinero. Pues bien: tal artificio —sea arte o empirismo o rutina sin arte— es absolutamente preciso que no surja en nuestra Ciudad. Exija el legislador que se obedezca y no se diga nada contra Justicia; o irse a otro país. Para obedientes la ley calla; para desobedientes la voz de la ley dice: Si parece que alguien pone en tentación la potencia de lo justo en las almas de los jueces para pervertirlas, y pleitos y repleitea según la oportunidad, y aboga por lo que sea, acuse cualquiera al tal de pervertir la justicia y también de abogado perverso. Júzgueselo ante el tribunal de los selectos. Si sale perdiendo, castíguelo el tribunal, tanto que parezca haberlo hecho por amor al dinero, como por ganas de vencer; y si por ganas de vencer, estime el tribunal por cuánto tiempo no puede ni recurrir a juicio ni hacer de abogado. Mas si por amor al dinero, y si es extranjero, que salga del país para nunca jamás regresar, bajo pena de muerte; si es citadino, que muera por haber estimado el amor al dinero sobre todo lo demás. Y si alguien es condenado dos veces por lo de ganas de vencer, que muera. [941a] Ateniense: Si alguien, dándoselas falsamente de embajador, o heraldo, de la Ciudad hace de embajador ante otra Ciudad, o, enviado, no transmite el mensaje para el que fue enviado de embajador; o, a su vez, enviado de embajador o heraldo de parte de enemigos a de amigos se descubre no haber transmitido correctamente su mensaje, la acusación en estos casos sea algo así como por haber tratado impíamente y contra ley los mensajes y órdenes de Mercurio y Júpiter. Si resulta culpable, estímese qué ha de sufrir o pagar. [941b] Robar cosas es propio de no libres; arrebatarlos es de desvergonzados. Ninguno de los hijos de Júpiter tuvo ganas y se metió a hacer, deleitándose, ninguna de las dos cosas, ni con dolo ni con violencia. Nadie, pues, se deje convencer, engañado descuidadamente en esto, por poetas ni especialmente por ciertos mitólogos, y robando y arrebatando crea no hacer nada de feo, sino la que los mismos dioses hacen, porque esto no es ni vero-símil. Quien tal hace contra la ley, no es jamás ni dios ni hijo de dioses. De esto, como Es debido, sabe el legislador más que todos los poetas juntos. Quien, pues, se convenza de nuestras razones es feliz; y lo sería para siempre; mas el desconfiado, que luche, además, con una ley cual ésta: Quien robe del tesoro público algo, grande o pequeño, ha de ser condenado por igual, porque quien roba lo pequeño la roba con el mismo amor, aunque con potencia menor; y quien se lleva la mayor parte de un depósito que él no ha hecho, falta a la justicia cual si se llevara todo. La ley, pues, no juzga deba castigarse en justicia a cualquiera de esos dos por lo menor del robo, sino porque aquél es tal vez curable; mas éste, incurable. Mas si alguien demuestra ante tribunal que un extranjero o un esclavo ha robado del tesoro público, tráteselo cual verosímilmente curable; el juicio verse acerca de lo que ha de sufrir o qué multa pagar. Pero al citadino criado, como lo habremos criado, si se lo coge saqueando, violentando a la patria, sea?7 fraganti o no, castígueselo, casi casi, cual si fuera ya incurable, con muerte. [942a] Para campañas militares hay mucho que aconsejar y muchas leyes a propósito; pero la máxima es que nadie —varón o hembra— esté jamás sin jefe; que el alma de nadie se acostumbre, ni en serio ni en juegos, a la costumbre de hacer algo de por sí mismos y a solas; sino que en todo —guerra y paz— esté de continuo mirando al jefe y viva siguiéndole, gobernado rapidísimamente por él, —cual cuando mande detenerse, marchar, ejercitarse, lavarse, alimentarse, despertarse por la noche para la guardia y mensajes; y en los combates mismos, no perseguir a alguien ni retirarse ante alguien sin declararlo los jefes; y, en una palabra, que el alma aprenda, con hábitos, a no hacer nada —ni pensar ni discurrir— a solas de los demás; sino que la vida de todos resulte, siempre y lo más posible, a la una, a la vez y común, porque ni hay ni habrá jamás algo más potente que esto ni mejor ni más técnico para salvación y victoria en una guerra. En esto hay que ocuparse en la paz, ya desde la niñez misma: en mandar S(lte otros y en ser mandado por otros. Mas insubordinación hay que arrancarla de la vida entera de todos los hombres, y de las bestias sometidas a los hombres. [942d] Aún más: toda danza coral ha de danzarse con la mira puesta en la excelencia guerrera; y ejercitarse en toda flexibilidad de cuerpo y destreza de manos, con la misma finalidad; y dominarse en cuanto a comidas, bebidas, mal tiempo y su contrario, y cama dura. Y lo más importante: no estropear la fuerza de cabeza y pies recubriéndolos de protecciones ajenas, destruyendo la protección propia que en pelos y suelas proporciona la naturaleza, ya que, por ser cabeza y pies las extremidades del cuerpo, salvas ellas, consérvase en máxima potencia el cuerpo entero, —y lo contrario, si lo contrario; y éstos son los máximos servidores del cuerpo entero; aquélla, el jefe supremo, poseedor, por su propia naturaleza, de todas las más señoriales sensaciones. [943a] Pues bien: parece necesario que el joven oiga este elogio de la vida guerrera. Mas la ley es ésta: salir a campaña el reclutado y el destinado a algún servicio. Pero si alguien falta por algún malestar, sin permiso de los jefes, se le encausará ante los jefes del ejército por abandono de servicia cuando vuelvan de la campaña; pero serán jueces los que hayan hecho la campaña: aparte, hoplitas, caballeros, y las demás armas, parecidamente, cada una; mas juzguen caballeros a caballeros, y los demás, según esto mismo, a los legalmente de su clase. Pero si uno resulta culpable, no pueda jamás pretender a distinción alguna por méritos de guerra ni encausar a otro por abandono ni acusar a nadie por nada de guerra. Pero, además, el tribunal decidirá qué haya de sufrir o pagar. Después de esto, juzgados ya los procesos por deserción, convoquen de nuevo los jefes a cada una de las armas para juzgar al aspirante, en cada una, a distinción por méritos de guerra; de una anterior, no presente nada: ni testimonios ni dichos de testigos dignos de confianza; pero sí, los referentes a la campaña reciente. Premio de victoria sea, para cada caso de éstos, corona de olivo; mas la depositará en el santuario de los dioses guerreros que prefiera, con una inscripción que dé testimonio, durante toda su vida, de la distinción, juzgada por de primera, y de las por segunda y tercera. Pero si en campaña, sin permiso de los jefes se va uno a casa, sea acusado de deserción ante los mismos que en el caso de abandono de servicio; y si resulta culpable, sean los castigos los anteriormente impuestos. [943d] Respecto de todo castigo impuesto a cualquier varón, todo varón ha de tener el temor de imponérselo en falso, ni voluntaria ni, en lo posible, involuntariamente, porque, dícese que Justicia es hija de Pudor, y se dice con verdad; mas falsedad es enemigo natural de Pudor y Justicia. En los demás casos, procurar no faltar a la justicia; pero, especialmente, en el de abandono de armas en combate, para no errar en el caso de abandonos necesarios, tratándolos con el insulto de “feo”, imponiendo pena no merecida a quien no la merece. No es, por cierto, fácil en cada caso distinguir uno de otro; no obstante ha de intentar la ley, sea como sea, distinguirlos. Sirviéndonos de un mito, diríamos: si en el caso de Patroclo, si se recobrara —lo que a miles y miles ha pasado— después de llevado a su tienda sin armas —sin aquellas primeras armas que dice el poeta regalaron los dioses a Peleo en sus bodas con Tetis, y que quedaron en poder de Héctor— sería permitido a tantos y tantos cobardes ms¡ul— tan al hijo de Menoitio por abandono de armas. Además: cuántos perdieron las armas arrojadas desde lo alto de las rocas o al mar o por gran avalancha de agua que, de repente, se los llevó en medio de los trabajos de gran tempestad, o ¡cuántos de tales casos, por miles y miles, cabría traer cual consuelo para embellecer tan fácilmente calumniable malaventura! Hay, pues, que distinguir, en lo posible, malaventura, grande y difícilmente soportable, de la contraria. Así que, en los insultos, hay que hacer una cierta distinción de palabras, porque la de “arrojó” no se emplearía con justicia en todos los casos: mas sí, la de “abandonó” las armas. Porque el caso de aquel a quien le fueron arrebatadas con la verosímil fuerza no sería “arrojar”, parecido al de quien las “abandona”; que se diferencian de todo en todo. Dictamine, pues, así la Ley: Si asaltado uno por enemigos, y armado, no se les enfrenta y defiende, sino voluntariamente las abandona o arroja, pagando con cobardía vida fea en lugar de, con valentía, vida bella y bienaventurada, condénese tal pérdida de armas con la pena de quienes las “arrojan”; mas respecto del otro caso dicho, el juez considérelo cuidadosamente, porque al malo hay siempre que castigarlo por cobarde, a fin de que mejore; mas no, al malaventurado, pues nada se saca. Pues bien: ¿qué castigo sería de infligir a quien invierte, por arrojarlas, la potencia defensiva de las armas?, porque no puede el hombre hacer lo contrario que dícese hizo dios: transformar a Quemeos de Tesalia de mujer en varón natural; porque a varón que arroja las armas, sería, de alguna manera, la más adecuada de las transformaciones la de un nacimiento inverso a aquél otro: transformación de varón en mujer, cual castigo para él. Ahora bien: lo más próximo a esto, en vistas 1 su amor por la vida —a fin de que no corra peligro en lo que le reste de vida, sino que viva el mayor tiempo posible presa de su mala acción— sea, para tales casos, la ley ésta; Varón que resulte culpable de haber arrojado vergonzosamente las armas de guerra, a éste, ni general alguno ni jefe alguno de los que mandan en guerra lo empleen de varón soldado, ni se le asigne puesto alguno. Pero si no se cumple, que el Rectificador lo rectifique, ordenando al malhechor que pague, si es contribuyente de primera, mil dracmas; si de segunda, cien minas; si de tercera, tres minas; si de cuarta, una mina Mas el condenado por cobarde, aparte de excluírselo, cual es natural lo sea, de peligros viriles, pague una multa de mil dracmas, si es contribuyente de primera; cinco, si de segunda; tres, si de tercera; y, parecidamente, como los de antes, una, si es de la cuarta clase. [945b] Acerca de los rectificadores, ¿qué convendría dijéramos, ya que de los magistrados, unos lo son por salidos a suerte y por un año; otros, para más años y escogidos de entre candidatos? De entre ellos, ¿quién resultaría competente rectificador, quién de ellos, si, doblándose bajo tal carga, hace algo de torcido, por falta de capacidad suya respecto de la dignidad del cargo? Por cierto que no es nada fácil encontrar a Gobernante de gobernantes excelso en virtud. No obstante, hemos de intentar hallar algunos rectificadores divinos, porque la situación es ésta: hay muchas oportunidades de disolución de los vínculos de un régimen político, cual las hay para nave o viviente, vínculos llamados “tendones, ligamentos y extensores”, llamando así con muchos hombres a una naturaleza, que es una, aunque esté por muchos lugares diseminada. Pero hay una oportunidad, y no pequeñísima, de que se salvaguarde o vaya a disolverse un régimen político, y es ésta: si los rectificadores de los magistrados son mejores que ellos —y son, en punto a justicia, irreprensibles y de irreprensible manera— florecen entonces y son bienaventurados país y ciudad íntegros. Mas si lo referente a la rectificación de los magistrados procede de otra manera, desátase entonces la Justicia que conectaba en unidad todas las instituciones políticas; y, por ello, toda autoridad, una de otra, se dispersa, y, por no navegar hacia lo mismo, hacen a la Ciudad de una muchas, y, llenándola de facciones, brevemente la derruyen. Por lo cual es preciso que los rectificadores sean, de todo en todo, admirables en to?ia virtud. Finjamos una cierta manera de producirlos: Cada año, después de pasar Sol de verano a invierno, ha de reunirse la Ciudad íntegra en el precinto común, propiedad de Sol y de Apolo, para presentar cada uno de los ciudadanos al dios a tres varones a quienes cada uno tenga por ser en todo mejores que los demás, —excluidos él mismo y los menores de cincuenta años. De los precandidatos, los de más votos seleccionarlos; dividirlos en dos mitades si son en número par; y, si en impar, sacar a uno: al que obtuvo menos, dejando las dos mitades discriminadas por el gran número de votos; si algunos tienen igual número y hacen a tal mitad mayor, sacar tal excedente, eliminando por juventud; reteniendo a los demás, se repite la votación hasta que queden tres con número desigual de votos. Mas si todos o dos de ellos los tienen iguales, encomendándolo a la buena Moira y al Azar, se sacará por sorteo al vencedor y al segundo; a ellos y al tercero se los coronará con laurel, y, en habiéndoles otorgado a todos los premios, proclamar que la Ciudad de los Magnetes, salvada dichosamente una vez más por dios, presenta públicamente a Sol a “los Tres mejores” varones de Ella, dedicándolos, según la ley antigua, cual suprema ofrenda a Apolo y a Sol conjuntamente, por tanto tiempo cuanto sigan en tal cargo. Durante el primer año nombren oficialmente Doce Rectificadores, que lo serán hasta que le lleguen a cada uno de los Tres los setenta y cinco años. Queda, por lo demás, lo de añadir siempre Tres cada año. Los doce dividirán en doce partes todos los cargos de autoridad, empleando toda clase de pruebas dignas de libres. Habiten, durante el tiempo de su cargo, en el recinto de Apolo y Sol, —en el que fueron elegidos. Y en algunas cosas juzgará cada uno en privado —en otras, en común todos— a las autoridades de la Ciudad, poniendo en escrito público en el ágora lo que cada autoridad ha de sufrir o pagar según el juicio de los rectificadores. Si alguna de las autoridades no reconoce haber sido juzgada justicieramente, lleve ante los jueces “selectos” a los rectificadores, y, si alguno sale libre de rectificaciones, acuse a los rectificadores mismos, si lo quiere; mas si pierde, y ha sido condenado a muerte por los rectificadores, sea sencillamente muerto, —no hay más remedio; pero, respecto de las otras penas que puedan pagarse al doble, que pague el doble. [946e] Sobre las rectificaciones de los rectificadores mismos hay que oír cuáles son y de qué manera se harán. Durante su vida, para aquellos a quienes la Ciudad íntegra juzgó dignos de las máximas distinciones haya en toda asamblea “solemne asientos de primera fila. Aún más: en todos los sacrificios, espectáculos públicos y demás actos sagrados comunes y celebrados en común por los griegos, envíese a éstos de presidentes de toda clase de espectáculos públicos; que éstos solos, de entre todos los de la Ciudad, estén adornados con corona de laurel; y sean todos ellos sacerdotes de Apolo y Sol; mas de sumo sacerdote anual sea designado el primero de la lista de los sacerdotes que lo han sido el año anterior; cada año lleve su nombre, que sirva de medida numérica del tiempo, mientras la Ciudad exista. [947b] Fenecidos, que exposición, cortejo y sepelio sean diferentes de los de los demás Ciudadanos. Todo vestido sea blanco y nada de trenos ni lamentaciones; un coro de quince doncellas y otro de quince varones rodeen por ambos lados al féretro; canten, por turno, cual himno, uno compuesto para que los sacerdotes lo canten por turno cada uno, en canto que los declare, durante todo el día, “bienaventurados”. A la aurora, que lleven el féretro al sepulcro cien de los jóvenes que los parientes del difunto hayan vista frecuentar los gimnasios. Precedan los solteros, revestido cada uno del aparato guerrero; los caballeros con sus caballos; los hoplitas con sus armas, y parecidamente los demás. Al derredor del féretro vayan, delante, los muchachos cantando el himno patrio, y, detrás, las doncellas, seguidas de cuantas mujeres hayan salido ya de la edad de procrear; detrás, sacerdotes y sacerdotisas sigan a este entierro, que es puro, aunque se les prohíba seguir a otros, a no ser que la Pitia, para casos así y de esta manera, lo conceda. Haya para ellos tumba cavada bajo tierra, rectangular, abovedada, de piedras embebientes y, en lo posible, indesgastables; tenga lecho de piedras, paralelamente dispuestas. En él se depositará al ya “bienaventurado”; recubriéndolo en círculo; se plantará al derredor bosque sagrado de árboles, menos por un lado, de manera que el sepulcro admita por este lado ampliación para el resto del tiempo, sin necesidad de recubrir a los ya depositados. Cada año se establecerá para ellos concursos de música, —uno gímnico y otro hípico. Tales son las recompensas para quienes hayan escapado de rectificaciones. [947e] Pero si alguno de ellos, confiado en haber sido elegido, ostenta la naturaleza humana, pervirtiéndose posteriormente a la elección, mande la ley que lo encause quienquiera hacerlo. Mas el debate se hará en á juzgado y de una manera como ésta: Primero, entren en este tribunal guardianes-de-Ley; después de ellos, los rectificadores vivientes; además, el tribunal de los “selectos”. El acusador acuse al acusado con acusación que diga: "es indigno 'tal y tal' de las distinciones y cargos habidos”. Si el acusado es cogido, prívesele de cargo, de sepulcro y de los demás honores otorgados. Mas si el perseguidor no obtiene la quinta parte de los votos, pague, si es contribuyente de primera, doce minas; otro, si lo es de segunda; si lo es de tercera, seis; si de cuarta, dos. [948b] Es digno de admiración Radamanto por la llamada “discreción” en los juicios, porque vio bien que los hombres de entonces creían evidente el haber realmente dioses; y era verosímil, porque en aquel tiempo la mayoría de ellos eran hijos de dioses, de los cuales él era uno, según se cuenta. Le pareció, pues, bien pensado el que a ningún juez humano hay que encomendar el juzgar, sino a los dioses; por lo cual sus sentencias eran simples y prestas, porque, en cada litigio, exigiendo juramento de cada uno de los litigantes, se salía de él presta y seguramente. Pero ahora que una parte de los hombres, decimos, no creen en modo alguno en que haya dioses; que otros piensan que no se ocupan de nosotros, que lo es opinión de los más y peores que, por aceptar los dioses un poco de aromas y adulaciones cooperan con ellos en grandes despojos y los descargan de grandes castigos en muchos casos, la artimaña de Radamanto no sería ya, entre los hombres actuales, la conveniente en los juicios. Cambiadas, pues, las opiniones de los hombres sobre los dioses hay que cambiar también las leyes; porque es preciso que en las fórmulas judiciales las leyes inteligentemente puestas eliminen los juramentos entre las partes litigantes; y que quien introduce acción judicial contra alguien haga por escrito la acusación, mas no sobreañada juramento; y que quien se defiende, parecidamente, entregue por escrito sus denegaciones, no juradas, a los magistrados, porque es terrible, siendo tantos los juicios en la Ciudad, saber bien sabido que poco falta para que la mitad de los ciudadanos sean perjuros; y se juntan tranquilamente en comensalías, otras clases de asambleas y reuniones privadas. [948e] Establézcase, pues, por ley: que jure juez que se disponga a juzgar; que quien instituya autoridades para la comunidad haga eso mismo, o por juramento o mediante votos que él saque de los templos; también, juez de coros, y presidentes y árbitros en toda clase de música, concursos gímnicos e hípicos y de cuantos, según la opinión humana, proporcionan ganancia al perjuro. Pero en cuantos casos parece evidente haber gran ganancia para el denegante que, encima, jura, estos casos los resuelvan entre sí los contendientes mediante los procedimientos judiciales, pero sin juramentos. Y los presidentes no favorezcan de ninguna manera el que para mayor confianza en lo que uno dice, jure o impreque sobre sí mismo y su raza maldiciones, o emplee súplicas indecorosas o mujeriles lamentaciones; sino exponga lo justo en decente lenguaje, y escuche siempre hasta el final; pero si no, cual si hablara fuera de tema, háganlo los magistrados volver siempre al tema de que se trata. Pero de extranjero a extranjero acéptense, como hasta ahora, juramentos entre ellos si así lo quieren, y dénselos válidamente, porque no envejecerán en la Ciudad, no haciendo nido en Ella, ni engendrarán, de ordinario, otros criados cual ellos que sean “señores” del país. Y respecto de léxico judicial entre todos ellos hágase el juicio de esta misma manera. [949c] En cuantos casos un libre desobedezca a la Ciudad, y no merezca ni prisión ni muerte —referentes a cotos en ciertas fiestas o procesiones solemnes u otras ceremonias o servicios comunes que tiene por finalidad sacrificio por la paz o contribuciones para la guerra— en todo esto la primera necesidad es imponer los correspondientes castigos. De los que no obedezcan, los magistrados que Ciudad y Ley han establecido, tomarán prendas; mas las prendas de los que aún desobedezcan sáquense a venta; el dinero pertenezca a la Ciudad. Si hace falta mayor castigo, impónganles los debidos castigos las correspondientes autoridades, llevándolos ante el tribunal hasta que quieran hacer lo ordenado. [949e] Respecto de una Ciudad que no hace dineros sino de lo proveniente de la tierra, ni por comercio, ha de haberse decidido qué deba hacer respecto de salidas de los ciudadanos al exterior o de la acogida de huéspedes de fuera. El legislador, por tanto, ha de aconsejar acerca de esto, primero, en lo posible persuadiendo. Mas el intercambio entre Ciudades tiene por efecto natural la mezcla de toda clase de costumbres, por introducir novelerías unos extranjeros en otros extranjeros. Lo cual, por cierto, a Ciudades bien regidas políticamente según correctas leyes, les traería el mayor de los perjuicios; pero respecto de la mayoría, por en absoluto no bien regidas por leyes, nada importa el que se revuelvan, tanto por recibir extranjeros como por irse ellos a otras Ciudades más fiesteras, cuando a alguien de ellas le apetezca salir del país como quiera y cuando quiera, sea joven, sea viejo. Pero, a su vez, no recibir a otros ni salir ellos jamás a otra parte, no es aceptable en absoluto. Más aún: daría esto la apariencia de salvaje e insociable ante los demás hombres, y que se apliquen a esas llamadas “xenofobias” y maneras soberbias y rudas nombres oprobiosos, que tales parecerían ser. Pero, jamás, hay que menospreciar el parecer o no parecer buenos ante los demás. Que por mucho que la mayoría esté alejada de la virtud realmente tal, no lo está tanto respecto de juzgar quiénes, de los demás, son malos y quiénes buenos. Al revés: hay algo de divino y de bien dirigido aun en los malos, tanto que muchísimos, aun de los grandemente malos, distinguen en sus palabras y opiniones los mejores de las peores entre los hombres. Por lo cual bella advertencia es para la mayoría de las Ciudades la de hacer aprecio de la buena reputación ante la mayoría de ellas. Cierto que lo más correcto y mejor es, en siendo, verdaderamente, bueno, salir así a la caza de vida reputada de buena. Mas en caso de no serlo, varón que se dé a ser perfecto salga en modo alguno a tal caza. Y por cierto que a la Ciudad que en Creta está fundándose le convendría adquirir ante los hombres la reputación, más bella-y-mejor, de virtuosa. Pero todo hace esperar, por lo que parece, que si resulta fundada según lo dicho, sea una de las pocas Ciudades entre las ciudades y países bien regidos por leyes, en que Sal y los demás dioses tienen puestos los ojos. [950d] Hay que obrar, pues, respecto de viajes a otros. países y lugares, y respecto de acogida de extranjeros, así: primero, 1 joven menor de treinta años no se le permita de ningún modo ni manera salga del país; y an más, ni a ningún particular, a no ser de heraldo, embajador o alguna clase de observador a servicio público. Mas las salidas del país por razón de guerra o ejercicios militares no merecen se las cuente por salidas oficiales, cual si lo fueran. Pero a Apolo Pítico, a Júpiter en Olimpia, a Nemea y al Istmo hay que enviar embajadores que participen de los sacrificios y juegos en honor de estos dioses. Enviar, en lo posible, cuantos más mejor; que sean, a la vez, los más bellos y los más buenos, que, en asambleas religiosas y congresos de paz, den buena fama y opinión a la Ciudad, haciendo de tal aporte a la fama de ella el complemento de su fama y opinión en asuntos de guerra. Pero, en volviendo a casa, enseñarán a los jóvenes que en cuanto a ley —precisamente las referentes a régimen del político— las de las otras ciudades son inferiores. Hay que enviar a otros de observadores, a los que permitan ir de tales los guardianes-de-Ley. Si algunos de los ciudadanos desean observar con mayor detenimiento el comportamiento de los demás hombres, ninguna ley se lo impida, porque Ciudad sin — experiencia de lo que son hombres malos y buenos, no podría Jamás, por falta de trato, ser cumplidamente civilizada y perfecta, mi, a su vez, salvaguardar sus leyes sin tenerlas por conocimiento, sino únicamente por costumbre. Porque, en medio de la mayoría, hay siempre algunos hombres divinos —no muchos—, con los que vale cualquier pena tratarse; hacen, no más numerosos en las Ciudades regidas por buenas leyes que en las que no. Tras las huellas de los cuales ha de ir siempre el habitante en Ciudades regidas por buenas leyes; recorriendo mar y tierra ha de buscar quien esté no corrompido a quien le confirme, por una parte, en cuanto de lo legal esté entre los suyos bellamente establecido, y buscar a quien rectifique, por otra, lo defectuoso, en caso de haberlo. Porque sin tal observación y búsqueda, jamás Ciudad permanecerá en estado de perfección; ni si tal observación y búsqueda se hacen de mala manera. [951c] Clinias: ¿Cómo, pues, habrían de hacerse ambas? observador nuestro tenga más de cincuenta años de nacido; además, de entre los afamados en otras cosas, séalo él en ellas; y lo de guerra véngale como nacido, si es que por designación de los guardianes-de-Ley ha de ir a otras Ciudades; mas no se envíe ya de observador al mayor de sesenta años. Habiendo observado durante los años que quiera de los diez y en volviendo a casa, preséntese ante el Concejo de los Vigilantes lo de leyes; compóngase éste de jóvenes y viejos; reúnase cada día obligatoriamente de aurora a salida de Sol; compóngase, primero, de los sacerdotes que hayan conseguido las máximas distinciones; después, de los guardianes-de-Ley, doce, siempre los más viejos. Además, el Cuidador general de educación, —el nuevo y los salidos de tal cargo. Cada uno de ellos preséntese no solo, sino con un joven de entre treinta hasta cuarenta años, —el que le haya placido llevar. Para ellos la reunión y las conversaciones versen siempre sobre leyes y sobre la administración de la Ciudad, y de si algo de notable en otros lugares se les ha informado respecto de eso; además, acerca de enseñanzas, cuanto de ellas les pareciere, en este punto, ayudar a que aprendan lo referente a leyes de manera más clara, que de no aprenderlo así les parecerían más oscuras y menos evidentes. Lo que de todo esto seleccionen los más viejos, apréndanlo con todo empeño los jóvenes; mas si alguno de éstos pareciere indigno de la invitación, al invitante repréndalo el Consejo entero; pero de entre los jóvenes, a los más distinguidos consérvelos la Ciudad; ponga en ellos los ojos y obsérvelos, especialmente, y honre a los rectos; y si bajan a peores que la mayoría de los jóvenes, deshonrarlos más que a éstos. Pues bien: a este Consejo acudirá inmediatamente de llegado el observador de lo referente a leyes entre los otros hombres; y si halló a algunos con fama de saber algo sobre legislación, educación o crianza, o si él mismo volvió con pensamientos propios, comuníquelo al Consejo entero. Y si pareciere haber vuelto ni empeorado ni mejorado en nada, agradézcasele su gran empeño. Peto si grandemente mejorado, alábeselo grandemente aun en vida, y, muerto, el Consejo en pleno hónrelo, cuanto pueda, con adecuadas honras. Mas si pareciere claramente haber vuelto pervertido, que no se reúna con nadie, ni joven ni de mayor edad, dándoselas de sabio. Si obedece 1 los magistrados, viva cual particular; pero si no, muera, en caso de que el tribunal lo haya cogido metiéndose en algo de lo pertinente a educación y leyes. Pero, si mereciendo ser llevado ante tribunal, ninguno de los magistrados lo lleva, quede tal mala nota sobre tales magistrados para cuando se juzgue sobre las distinciones supremas. [952d] Pues bien: tales son las condiciones del "viajero”; si uno las tiene, déjeselo viajar. Mas, después de este punto, hay que acoger amablemente al extranjero visitante. Los extranjeros de quienes se ha de tratar de alguna manera son de cuatro clases. El primero, perfecto y constante, es el “veraniego”, que, cual las aves de paso, es casi casi regular en sus visitas; y de éstos, los más llegan por mar, sencillamente cual volátiles, a comerciar por mor de dinero, durante la estación de verano, en las demás Ciudades. Al tal las autoridades señaladas para esto recíbanlo en ágoras, puertos y edificios públicos de fuera de la ciudad, mas junto a ella, vigilando que ninguno de tales extranjeros introduzca novelería alguna; repártanles correctamente justicia; trátenlos las necesarias, pero poquísimas, veces. El segundo es el realmente observador de cuanto es observable con ojos y de cuanto de música lo es con oídos. Para todos los tales hay que tener preparados alojamientos junto + los lugares sagrados, con el afecto hacia extranjeros “hombres”; han de cuidarse de los tales, y acomodarlos, los sacerdotes y sacristanes, hasta que, habiendo permanecido un tiempo co-medido para ver y oír aquello por mor a lo cual vinieron, partan sin haber hecho ni padecido daño alguno. Que los sacerdotes hagan, para con ellos, de jueces, sea que alguien les haya hecho algún perjuicio, o que alguno de ellos haya hecho a otro, perjuicio que quepa dentro de cincuenta dracmas; pero si la queja es de por más, que el juicio de los tales se haga ante los agoránomos. [953b] A una tercera clase de extranjero ha de acogérsela oficialmente: al que llega de otro país con alguna misión oficial. Corresponde recibirlo únicamente a estrategas, hiparcos y taxiarcos. El cuidado de los tales ha de tomarlo, junto con los pritanes, solamente aquél de ellos que lo tome en calidad de huésped. Mas cuarto, tal vez llegue alguno —caso raro— que viene de otro país cual correspondiente a nuestros observadores. Primero, que no tenga menos de cincuenta años de nacido; además de esto, que se proponga ver algo bello, diferente en punto a belleza de lo de las demás ciudades, o bien mostrar algo de eso mismo a otra Ciudad. Vaya, sin más, cualquiera de éstos, y sin invitación a «las puertas de los ricos y sabios», por ser él otro de ellos. Vaya, pues, a la casa del Cuidador general de educación, confiando ser adecuado huésped para tal hospedero, o a la de alguno de los premiados en certamen de virtud. Conviva con ellos, enseñando unas cosas, aprendiendo otras; parta, honrado cual amigo por amigos, con dones y debidos honores. Según estas leyes hay que acoger a todos los extranjeros y extranjeras de otro país, y enviar a los nuestros, honrando a Júpiter hospitalario, sin expulsar al extranjero con nuestras comidas y sacrificios, cual lo hacen ahora gentes del Nilo, —ni hacerlo con pregones salvajes. [953e] Garantía con que uno garantice garantícela en forma explícita, poniendo de común acuerdo, por escrito y ante no menos de tres testigos toda esa transacción si no pasa de mil dracmas; y ante o menos de cinco, si pasa de mil. Es garante también el proveedor que venda cualquier cosa de quien venda sin derecho o de quien no sea digno de toda confianza; mas sean sometibles a juicio lo mismo el proveedor que quien se la entrega. [954a] Si alguien quiere hacer un registro en propiedad ajena, vaya desnudo o con túnica sin cinturón, jurando previamente por los dioses legalizados que, porque espera hallar lo suyo, hace tal registro. El otro, abra al registro la casa, lo sellado de ella y lo no sellado. Mas si alguien no deja que rebusque quien quiere registrar, lleve éste a juicio al renuente y declare el valor de lo buscado. El perdedor, pague el doble del valor del objeto buscado. Pero si el señor de la casa está de viaje, los moradores abran al registro lo no sellado; mas lo sellado, reséllelo el registrante; y ponga de guardián durante cinco días a quien quiera. Si el señor está ausente más tiempo, lleve a los astínomos y registre, abriendo aun lo sellado; pero, ante los familiares junto con los astínomos, sélleselo como antes. [954c] Para los casos de posesiones dudosas haya un límite de tiempo; si durante él se posee algo, no esté ya permitido disputar. En cuanto a terrenos y casas aquí, no hay lugar «dudas. Pero en cuanto a otras cosas que alguien posca, si se sirve de ellas abiertamente en villa, ágora y lugares sagrados y nadie las reivindica, mas afirme uno que las ha estado buscando todo ese tiempo —pero sea patente que el otro no las ha estado escondiendo— si el uno ha estado poseyendo así cualquier cosa, y el otro buscándola, no esté permitido ya que, pasado el año, nadie reivindique tal posesión. Pero si la usa no en villa ni en ágora, mas patentemente en campo, pero en cinco años nadie la reclama, pasados los cinco años, ya no esté permitido reclamársela. Pero si no la usa en casa de la villa, la prescripción sea de tres años; pero si la posee ocultamente en campo, sea de diez años; pero si en el extranjero, cuando se la encuentre no haya prescripción alguna contra recuperación. [954e] Si alguien impide violentamente a otro comparecer ante la justicia —sea a él o a testigos, sea ese otro esclavo suyo o de un extraño—, dese el juicio por nulo e inválido; si es un libre, además de la nulidad vaya a prisión por un año, y quien lo quiera sométalo a juicio por atentado contra la libertad. Pero si alguien impide a la fuerza que se le presente un competidor en concursos de gimnástica, música, u otro diferente, denúncielo cualquiera ante los presidentes. Estos den a quienquiera libertad de entrar al concurso. Pero, si no pueden hacer esto, en caso de que venza en el concurso el impediente, den el premio de la victoria al impedido y que éste se inscriba de vencedor en los templos que quiera; mas al impediente no le esté permitido jamás poner ni tableta ni inscripción referente a tal concurso, tanto que, en él, haya sido vencida, como que vencedor. [955b] Si alguien oculta cualquier objeto robado, sabiendo que lo es, quede sometido a la misma pena que el ladrón; si oculta a exiliado, el castigo sea muerte. [955b] Cada uno ha de tener por amigo y por enemigo al mismo que tiene la Ciudad por tal. Pero si alguien hace privadamente con algunos la paz o la guerra, aparte de la comunidad, el castigo sea, aun para el tal, muerte. Pero si una parte de la Ciudad hace, por sí y ante sí, paz o guerra contra otros, leven los estrategas a los causantes de tal acción ante tribunal; para el culpable la pena sea muerte. [955c] Los servidores de la patria han de servirla sin recompensas; no haya clase alguna de pretextos ni frases que alaben, cual la de “hay que aceptar recompensas por lo bien hecho; no, por lo mal”, porque eso no es fácil de conocer, y, conociéndolo, ser firme. Lo más seguro es que quien la escuche obedezca a esta ley: “nada de servir por recompensas”. El desobediente, convencido en juicio, simplemente muera. [955d] En cuanto a contribuciones en dinero en favor de la comunidad. Por muchos motivos es preciso que cada uno haga evaluar su hacienda, y que los jefes de las tribus den cuenta por escrito a los agrónomos de los ingresos propios del año, de modo que, habiendo dos clases de contribuciones, la hacienda pública emplee lo que quiera emplear, decidiéndolo anualmente; sea que se lleve una parte del estimado total, o una del ingreso anual de cada uno, aparte de lo a aportar para las comensalías. [955e] En cuanto a ofrendas a los dioses, es preciso que varón co-medido las haga con-medida. Por cierto que Tierra y Hogar de la casa son, para todos, algo consagrado a todos los dioses. Así que nadie consagre, por segunda vez «los dioses lugar alguno sagrado. Además: oro y plata son —en otras Ciudades, en particulares y templos— objetos de envidia; marfil, de cuerpo que ha abandonado al alma, no es ofrenda bienvenida; hierro y bronce, son instrumento de guerra; mas de madera, pero de una pieza, ofrende uno cuanto quiera; y de piedra, parecidamente, para lugares sagrados comunes; de tejido, no más de lo que hace una sola mujer durante un mes. De colores, lo más adecuado a dioses sería el blanco, sobre todo en tejidos; tintes, no añadirlos sino en adornos de guerra. Pero dones más divinos fueran aves y pinturas: las que un pintor puede terminar en un solo día. Las demás ofrendas sean imitaciones de éstas y según ellas. [956b] Una vez que, respecto de la Ciudad entera, se haya señalado cuántas y cuáles partes ha de haber, y se haya tratado de las leyes acerca de las transacciones —en lo posible, de las más importantes— quedaría el cómo deben verificarse los procesos. De los tribunales, pero el de primera instancia los jueces lo serían por elección: los que en común elijan perseguidor y perseguido. Más adecuado les sería el nombre de “árbitros” que el de “jueces”. En el de segunda instancia, jefes de barrio y de tribu; de los divididos según las doce partes; ante ellos, si no se llegó a decisión judicial en el de primera, vayan a luchar, con peligros de mayor castigo; el perseguido, si es vencido por segunda vez, pague la quinta parte del valor señalado en la acusación escrita. Si, recusando esos jueces, quiere alguien luchar en tercera instancia, lleve el juicio ante los jueces “selectos”. Mas, si es vencido de nuevo, pague la mitad más uno de lo estimado. Pero si el perseguidor, vencido en el de primera instancia, no se queda en paz, sino recurre al de segunda, si vence reciba la quinta parte; si es vencido, pague esa misma porción de la pena judicial. Pero si recurren al tribunal de tercera instancia, recusando las anteriores sentencias, el perseguido, vencido, pague, como se dijo, la mitad más uno; pero el perseguidor, la mitad de lo estimado. De elecciones de tribunales y relleno de vacantes, de instalaciones de servicios para cada clase de autoridades, tiempos en que han de hacerse cada una de esas cosas, votaciones y aplazamientos y todo cuanto sea necesario hacer para los procesos judiciales —sorteos de prioridad y posterioridad, respuesta y citaciones obligantes, y todo lo demás afín con esto—, de ello hablamos ya anteriormente; mas «es bello repetirlo correcto dos y aun tres veces». Respecto de lo pequeño y fácil, hallar lo que es legal, si lo dejó abandonado legislador viejo, ha de rellenarlo el legislador joven. Ciertamente que los tribunales privados, así constituidos, lo estarían ajustadamente; mas respecto de los públicos, comunes, y de las reglas que han de emplear las autoridades para administrar lo concerniente a su respectivo cargo, hay en muchas Ciudades cosas —no pocas ni despreciables — legisladas por honorables varones, de las cuales los guardianes-de-Ley, reuniéndose y retocándolas, han de proveerse de lo adecuado al régimen político vigente, poniéndolas a pruebas experimentales hasta que les parezca evidentemente que cada una de ellas está suficientemente fundada; pero, entonces, imponiéndolas definitivamente y sellándolas de “inmoble”, usarlas por el resto de la vida. Mas en lo referente a silencio y discreción verbal de los jueces, y a sus contrarios, y a cuanto se aparta de lo tenido por justo-bueno-y-bello en las demás Ciudades, de algo de ello se habló; de otras cosas se hablará hacia el final. Juez que se proponga ser imparcial en justicia ha de mirar hacia todo esto y poseyéndolo por escrito, aprenderlo, porque de todo lo aprendible lo más importante para que el aprendiz resulte mejorado sería lo referente a la imposición de leyes, si estuvieran correctamente puestas; sino, en vano, “la ley —pausa nosotros, divina y admirable— poseería nombre afín al de entendimiento”. Y aun respecto de las demás sentencias —de que se hacen, de algunas, elogios y vilipendios en poemas; de otras, en prosa, sea en escritos, sea en todas las conversaciones diarias y se las pone en duda por ganas de discutir, y, a veces, se las acepta con grandemente vanas adhesiones —todo esto lo pondrían a prueba evidenciadora los escritos de legislador. Débelos guardar en “sí mismo” cual antídotos contra los demás discursos el buen juez, recto “él mismo” y rectificador de la Ciudad, proporcionando a los buenos constancia y acrecentamiento en lo justo; pero a los malos, conversión, en lo posible, del estado de ignorancia, disolución, cobardía y, en compendio, de toda injusticia, —a aquellos de los malos cuyas opiniones sean curables. Mas a aquellos en quienes sean éstas realmente Trama vital, administrando a almas así dispuestas, cual remedio, la muerte —lo que con justicia se habría dicho ya muchas veces—, llegarían a ser, para la Ciudad íntegra, dignos de elogio tales jueces y directores de jueces. [958a] Después de que los procesos anuales hayan quedado definitivamente sentenciados, es preciso que se ejecuten según esta legislación: primero, la autoridad que haya sentenciado entregue al vencedor todos los bienes del perdedor, a excepción de lo que es necesario posca; inmediatamente después del voto, pregónelo el heraldo, oyéndolo los jueces. Pero si en el mes siguiente a los meses judiciales, no ha habido componenda con el vencedor, de voluntario a voluntario, la autoridad que haya sentenciado entregue, consecuentemente, al vencedor los bienes del perdedor. Pero si éste no tiene de dónde, mas le faltare menos de un dracma, no podrá hacer proceso judicial contra nadie, antes de completar todo lo debido al vencedor. Pero los otros sean dueños de hacerle proceso. Si alguno, sentenciado, obstaculiza a la autoridad que lo ha sentenciado, llévenlo los injustamente obstaculizados ante el tribunal de los guardianes-de-Ley; si resulta culpable de ello sea condenado a muerte cual destructor de la Ciudad íntegra y de las leyes. [958c] Después de esto, para varón engendrado y criado, que, además, haya engendrado y criado hijos, intervenido ajustadamente en contratos, hecho justicia si es que a alguien perjudicó y se la haya hecho otro, haya envejecido con las leyes y en Moira, el final le resultaría cosa natural. Respecto, pues, de los finados, sea varón o hembra, qué sea de lo mandado cual ley por los dioses subterráneos y los de Aquí lo que deba hacerse, sean los exégetas los encargados de declararlo. Mas no haya tumbas en parte alguna de tierras laborables, ni monumento pequeño ni grande; pero parcelas que, por su naturaleza, valgan para solamente esto: para, recibidos, ocultar los cuerpos de los difuntos de la manera menos dolorosa para los vivos, rellenarlas. Pero cuantas tierras la Tierra, por madre, quiere, naturalmente, que produzcan alimentos para los hombres, nadie ni vivo ni muerto prive de ellas a quien de nosotros de ellas vive. Pero que el montículo de tierra no sea más alto del que en cinco días lo terminan, trabajando, cinco hombres. No hacer pilares de piedra mayores de lo que haga falta para inscribir, a la más, cuatro estilos heróicos sobre los encomios de la vida del difunto. Quede, primero, expuesto en el interior; pero no más tiempo del necesario para descubrir al aletargado y al realmente muerto. Mas trasladarlo al tercer día al sepulcro sería, humanamente, co-medido. Pero es preciso hacer confianza al legislador cuando dice, entre otras cosas, que el alma se distingue enteramente del cuerpo, y que lo qué en esta vida nos proporciona a cada uno el que existamos no es otra cosa sino el alma; mas el cuerpo nos sigue, a cada uno de nosotros, cual silueta; que bellamente se dice que los cuerpos de los cadáveres son eídolos de los finados; mas que lo que cada uño de nosotros, es, en realidad, es lo llamado “alma inmortal”, que va a dar razón de sí ante otros dioses, tal cual la ley patria lo dice, —cosa alentadora para el bueno, temerosa para el malo; mas, para el ya finado, ayuda no grande. Al viviente debieron ayudar todos los parientes para que, en vida, viviera en grandísimas justicia y santidad y, muerto ya, tras la vida de acá no tuviera nada que pagar por errores maliciosos. Por ser esto así, no hay que dar por arruinada la casa de sí mismo, pensando que lo es precisamente ese montón de carnes sepultado; sino pensar que ese hijo o hermano o cualquiera de los que uno, más apenado, sepulta ha partido, terminado y cumplido su Destino. Pero a lo que está de cuerpo presente, tratarlo bien, gastando con la mesura debida a altar inanimado de subterráneos dioses. Pero lo mesurado y la manera menos indecorosa, lo adivinará el legislador. Sea, pues, ésta la ley: Para el contribuyente de primera clase, gastos totales de sepultura, sean no mayores de cinco minas; para el de segunda, tres minas; dos, para el de tercera; una, para el de cuarta, sería gasto co-medido. [959d] Muchas cosas es preciso que haga un guardián-de-Ley, y que se ocupe de muchos; de entre éstos, viva ocupándose, más que de nadie, de niños, varones y de hombres de toda edad. Aún más: el final de todos presídalo un guardián-de-Ley: el que los familiares del finado tomen de supervisor; cuéntesele por bello el que lo perteneciente al finado se haya hecho bella y comedidamente; y, por feo, si no bellamente. Exposición y lo demás háganse según lo que haya llegado a ser ley. Mas a la ley de la Ciudad hay que dejar que imponga cosas como éstas: ordenar, o no, llorar al finado quede sin forma legal; mas prohíba lamentaciones y proferir gritos fuera de la casa; impida se lleve al muerto públicamente por las calles, y que, al pasar por las calles, se grite; que esté fuera de la Ciudad antes del día. Sea esto lo legal, y de esta manera, respecto de esta materia; quien obedezca quede exento de castigo; mas quien no obedezca a un guardián-de-ley sea castigado por todos con el castigo que a todos, en común, les parezca. Respecto de las demás prácticas respecto de finados en cuanto a sepultura, e insepultos— parricidas, sacrílegos y todos los de tal clase—, queda dicho y legalmente establecido por leyes, —de modo que nuestra legislación habría llegado a su fin. [960b] Mas ninguna cosa llega a su fin por, simplemente, hacerla, poseerla o fundarla, sino cuando se ha encontrado para lo engendrado perfecta y perpetua salvaguardia. Entonces, ya, creer que se ha hecho todo lo que debía hacerse; mas que, antes estaba el Todo inacabado. [960c] Clinias: Bellamente lo dices, Extranjero; pero lo dicho ahora, ¿por qué lo dices?; explícate más claramente. [960c] Ateniense: Muchas cosas de los antepasados, Clinias, están bellamente celebradas en himnos; pero, no menos, los atributos de las Parcas. [960c] Clinias: — ¿Cuáles? [960c] Ateniense: Que Láquesis es la primera; Cloto, la segunda; Atropos, la tercera, salvadora de los destinos, por semejante a la salvadora de lo hilado que es la tercera retorcida y lo hace irreversiblemente fuerte. Y así también hay que proporcionar a Ciudad y ciudadanos no solamente salud y salvaguarda a los cuerpos, sino además legalidad de la buena en las almas. Pero, más, salvaguarda de las leyes. Mas me parece claro que les falta a nuestras leyes esto: de qué manera haya de engendrarse en ellas el poder natural de “irreversibilidad”. [960d] Clinias: No hablas de una pequeñez, si no es posible hallar alguna manera de que todo adquiera de por sí tal cualidad. [960e] Ateniense: Pues es, ciertamente, posible, como se me hace ahora de todo en todo evidente. [960e] Clinias: Pues bien: en modo alguno nos separaremos antes de haber proporcionado eso mismo a las leyes dictadas; porque es ridículo que, trabajando en vano, se construya algo, sea lo que sea, sobre algo en nada firme. [960e] Ateniense: Correctamente me animas, y hallarás en mí otro tal. [960e] Clinias: Bellamente, por cierto, hablas. ¿Cuál, pues, dices, sería tal salvaguardia, y de qué manera lo sería para nuestro régimen político y nuestras leyes? [961a] Ateniense: ¿No decimos, que, en nuestra Ciudad, ha de haber un Consejo, algo así como éste?: diez de los guardianes-de-Ley, los más viejos; todos los ganadores de las máximas distinciones han de reunirse constantemente con ellos, además, a quienes viajaron al exterior para investigar si habría algún preservativo de leyes fuera oportuno oírlos y, si pareciere, tras examinados en ese punto, que han regresado sanos y salvos, sean miembros dignos del Consejo. Además de éstos, cada uno ha de llevar de adjunto un joven, no menor de treinta años de nacido, comenzando por juzgar de si es digno de ello por su natural y crianza. Á tal joven presentarlo ante los demás; y si se lo parece también a éstos, admítaselo de adjunto; pero si no, el juicio sobre ello sea un secreto entre ellos y, especialmente, para el descalificado. El Consejo ha de reunirse al amanecer, a fin de que quede a todos algún tiempo libre para las demás ocupaciones, privadas y sobre todo, comunitarias. ¿No dejamos razonado algo así en nuestros anteriores razonamientos? [961b] Clinias: Pues ciertamente. [961b] Ateniense: Volviendo, pues, a lo referente a este Consejo, diría algo así: Afirmo que, si se lo echara cual áncora de la Ciudad íntegra —áncora que tenga todo lo adecuado para serlo—, se salvaría todo lo que queremos salvar. [961b] Clinias: ¿Cómo, realmente? [961b] Ateniense: A continuación, sería nuestra oportunidad, en caso de explicarnos correctamente, de no cejar en nuestro empeño. [961b] Clinias: Y bien bellamente lo has dicho; hazlo tal como lo piensas. [961d] Ateniense: Pues bien, Clinias; respecto de cada cosa hay que pensar cuál sea el verosímil Salvador en cada una de sus obras, como en el animal lo son, máximamente por cierto, y por naturaleza, ambas: alma y cabeza. [961d] Clinias: 'Una vez más, ¿en qué sentido lo dices? [961d] Ateniense: En que la virtud de ambas proporciona, por cierto, a todo animal salvación. [961d] Clinias: ¿Cómo? [961d] Ateniense: Al alma, al engendrarse en ella entendimiento, —además de lo otro; a la cabeza, vista y oído, —además de lo otro. En resumen: entendimiento, mezclado y hecho uno con los más bellos de los sentidos, sería justísimamente llamado “Salvación” de cada animal. [961d] Clinias: Pues lo parece. [961e] Ateniense: Lo parece en efecto. Mas, ¿mezclado “dónde” con los sentidos el entendimiento sería la salvación de navíos en tempestades y bonanzas? ¿No es “en la nave” el capitán, y a la vez los marineros, quienes mezclando sus sensaciones con el entendimiento gobernante vuelvan a sí mismos y lo perteneciente a la nave? [961e] Clinias: Como que sí. [961e] Ateniense: Ninguna falta hacen en esto muchos paradigmas. Sino basta con que pensemos en casos cual los de ejércitos o cuerpos. ¿Proponiéndose qué meta estrategas y medicina —toda arte de servicio— darían rectamente en la salvación? Aquélla, ¿no, con la de vencer y dominar a los enemigos?; ésta, la de médicos y sirvientes, ¿con la de procurar al cuerpo salud? [962a] Clinias: Pues, ¿cómo no? [962a] Ateniense: Médico que ignore lo concerniente a cuerpo —a lo que ahora llamamos “salud”—, o estratega, lo de “victoria” —o todo lo demás ya recorrido—, ¿hay cómo mostraran tener acerca de ello entendimiento? [962a] Clinias: Y, ¿cómo? [962a] Ateniense: Pero, y ¿qué respecto de Ciudad? Si alguien se mostrara ignorante de a qué meta —la de la política— mirar primero, ¿lo apellidaríamos en justicia "jefe'; y después, sería capaz de salvar precisamente lo que no sabe, en modo alguno, ser la meta? [962b] Clinias: Y, ¿cómo? [962b] Ateniense: Así ha de ser también ahora, al parecer. Si la fundación de nuestra colonia ha de llegar a la perfección, ha de haber algo que en esto conozca, ante todo, lo que llamamos “la meta”, —la que para nosotros sea “meta política”. Después, de qué modo alcanzarla, y quién, en esto, aconsejaría bellamente o no, —primero, respecto las leyes mismas; después, acerca de los hombres. Mas si de tales cosas está vacía la Ciudad, nada tiene de sorprendente el que, por falta de entendimiento y sensibilidad, obre, en cada caso y en cada asunto, a la aventura. [962c] Clinias: Dices la verdad. [962c] Ateniense: Pues bien: ¿en qué parte o función de nuestra Ciudad está, adecuado y listo, un tal órgano de vigilancia? ¿Podemos indicarlo? [962c] Clinias: No, por cierto, claramente, Extranjero. Pero si hay que conjeturar, el razonamiento presente parece apuntar al Consejo que dijiste ahora mismo debe reunirse por la noche. [962d] Ateniense: Bellísimamente lo supones, Clinías; y es, por cierto, preciso el que —cual nos lo indica el presente razonamiento— posea tal Consejo toda clase de virtud; sobre la cual manda lo que no yerre por apuntar a muchas metas, sino, mirando a una sola, hacia ella, precisamente y siempre, vayan, por decirlo así, todos los tiros. [962d] Clinias: De todo en todo, pues, así es. [962d] Ateniense: Pues bien: ahora comprenderemos que nada tenga de sorprendente el que lo enlegalizado por las Ciudades ande erradizo, porque en cada Ciudad cada una de las legislaciones mira a otra parte. Y también nada de sorprendente es el que, para unos, lo característico de la justicia consista en que haya algunos que gobiernen en la Ciudad, sean ellos mejores o peores; para otros, en enriquecerse, resulten o no esclavos de otros; pero, para otros. [962e] «ὅπως ἄρξουσί τινες ἐν τῇ πόλει, εἴτ᾽ οὖν βελτίους εἴτε χείρους τυγχάνουσιν ὄντες, τοῖς δ᾽, ὅπως πλουτήσουσιν, εἴτ᾽ οὖν δοῦλοί τινων ὄντες εἴτε καὶ μή, τῶν δ᾽ ἡ προθυμία πρὸς τὸν ἐλεύθερον δὴ βίον ὡρμημένη: οἱ δὲ καὶ σύνδυο νομοθετοῦνται, πρὸς ἄμφω βλέποντες, ἐλεύθεροί τε ὅπως ἄλλων τε πόλεων ἔσονται δεσπόται, οἱ δὲ σοφώτατοι, ὡς οἴονται, πρὸς ταῦτά τε καὶ τὰ τοιαῦτα σύμπαντα, εἰς ἓν δὲ οὐδὲν διαφερόντως τετιμημένον ἔχοντες φράζειν εἰς ὃ τἆλλ᾽ αὐτοῖς δεῖ βλέπειν.» (Burnet, 962e) [963a] Clinias: Pues bien, Extranjero, ¿no estaría la nuestra desde hace mucho tiempo correctamente puesto? Porque afirmamos deber estar siempre todo la de las leyes mirando hacía una meta, y convinimos en que se llamara, de manera absoluta correcta, precisamente “Virtud”. [963a] Ateniense: Sí. [963a] Clinias: Mas pusimos cuatro partes en la virtud. [963a] Ateniense: Pues, así es realmente. [963a] Clinias: Y que Entendimiento es el rector de todas ellas, hacia el que, todo lo demás y las tres partes de ella, han de, por cierto, mirar. [963a] Ateniense: Lo sigues bellísimamente, Clinias. Sigue, pues, a lo restante, porque dijimos ya que es Aquello único a que ha de mirar el entendimiento del capitán, del médico y del general. Mas estamos discutiendo ahora aquí sobre lo del político; y cual si preguntáramos a un hombre, le diríamos: "“Admirable, pero tú, ¿hacia qué mira tiendes?, ¿qué es Aquello único —que, por cierto, el entendimiento del médico puede señalarlo claramente—, mas tú, aun siendo, por cierto, y cuál tú lo afirmarías, el sapiente entre los sapientes, no puedes nombrar?". O vosotros. Meguilo y Clinias, ¿podéis, en su lugar, decirme de articuladamente qué es precisamente eso, —a la manera como yo en favor de otros, y constantemente para vosotros, lo definí? [963c] Clinias: En manera alguna, Extranjero. [963c] Ateniense: Pero, ¿qué es Aquello que hay en empeñarse en verlo conjuntamente en aquellos en que está? [963c] Clinias: De en qué “aquellos” hablas. [963c] Ateniense: Caso: cuando dijimos haber cuatro eídoses de Virtud, es claro ser necesario afirmar que cada uno es uno, precisamente por ser cuatro. [963c] Clinias: ¿Cómo así? [963c] Ateniense: Y por cierto que a todos ellos atribuimos lo de "uno”, porque de Valentía decimos ser virtud; y de Sapiencia, ser virtud, y de las otras dos, cual si estuvieran realmente siendo no muchas cosas sino únicamente esto: Virtud. [963d] Clinias: Pues absolutamente, por cierto. [963d] Ateniense: Por una parte, en qué se diferencien esos dos pares entre sí y hayan recibido “dos” nombres —y así de los otros—, decirlo no es nada de difícil; pero, por otra, por qué les dimos “un” nombre: “Virtud”, a ambos —y a los otros—, ya no es tan hacedero. [963d] Clinias: ¿En qué sentido lo dices? [963d] Ateniense: No tiene nada de dificultoso el aclarar lo que digo. Repartamos, pues, entre nosotros pregunta y respuesta. [963d] Clinias: De nuevo, ¿en qué sentido lo dices? [963e] Ateniense: Pregúntame por qué, dando a ambos dos “un” nombre: "Virtud”, insistimos en decir que son dos: el uno, Valentía; el otro, Sapiencia. Pues te diré la causa: Que de uno de ellos: de la Valentía, que versa sobre el miedo, participan aun las bestias, y aun es habitual en los más pequeños de los niños, porque, sin razonamiento, y por naturaleza, el alma hácese valiente; pero sin, razonamiento, ni hubo nunca, ni hay, ni habrá jamás alma sapiente o inteligente, que esto es diverso de aquello. [963e] Clinias: Es verdad lo que dices. [963e] Ateniense: "En qué se diferencian ambas, y sean dos”, lo has recibido de mí en el razonamiento: “de (qué manera sean una y la misma cosa”, tú, a tu turno, dámelo. Pero piensa que estoy preguntando además de qué manera siendo cuatro son uno; y, en mostrando tú que son uno, pregúntame, a mi turno —te corresponde—, de qué manera son cuatro. Y, después, precisamente, de esto, consideremos —respecto de cualquiera de las cosas que tienen nombre y, además, definición— si quien adecuadamente las conozca haya de saber solamente el nombre; mas ignore la definición. O si no es una vergüenza que quien se tenga en algo ignore todo eso aun respecto de cosas eminentes en grandeza y belleza. [964b] Clinias: Pues la parece. [964b] Ateniense: Pues bien: para legislador y guardián-de-Ley, y para quien se crea distinguirse de todos en virtud y que por ella alcanzó los mayores premios, ¿hay algo mayor que eso mismo de que estamos hablando: Valentía, Templanza, Justicia, Sapiencia? [964b] Clinias: Y, ¿cómo? [964b] Ateniense: ¿Acerca, pues, de esto, los exégetas, los maestros, los legisladores y los guardianes de otros, ¿no han de distinguirse de los demás —de quien necesita conocer y saber, o de quien necesite ser reprendido, y, si falta, castigarlo— por enseñar y declarar perfectamente cuál es el poder de maldad y virtud, sino que sea un poeta venido a la Ciudad, o uno que dice de sí ser educador de jóvenes, quienes den la apariencia de ser mejores que el ya vencedor en toda clase de virtud? Además: en una Ciudad tal que, en ella, no haya guardianes satisfactorios de palabra-y-obra, suficientemente conocedores de lo pertinente a Virtud, ¿qué tiene de sorprendente el que tal Ciudad, por estar desguarnecida, padezca de lo que tantas de las ciudades actuales padecen? [964d] Clinias: “Nada, y es lo verosímil. [964d] Ateniense: Pues, ¿qué? ¿Hemos de hacer lo que decimos ahora, o cómo? ¿Hemos de preparar guardianes que sean los más rigurosos de todos, de palabra-y-obra, en lo pertinente a Virtud? ¿O de qué manera se asemejará nuestra Ciudad a la cabeza y sentidos de los sapientes, por haber ya en ella tal guardia? [964d] Clinias: ¿De qué manera, pues, Extranjero, y de qué modo estamos hablando para asemejarla a algo de eso? [964e] Ateniense: Es claro que, por ser la Ciudad el cráneo, en algo así como en su suprema cumbre estarán los más jóvenes de los guardianes, elegidos de los de mejor natural, los más agudos en todo lo del alma, para ver el círculo de la Ciudad entera; velando, transmitir a la memoria lo sentido por los sentidos; para los más viejos, hagan de mensajeros de todo lo concerniente a la Ciudad. Mas que los asemejados a Entendimiento por pensar eminentemente sobre muchas cosas, y dignas de mención —los ancianos— deliberen, y empleando de ayudantes en el Consejo a los jóvenes, salven, así en común, ambos, realmente la Ciudad íntegra. ¿Diremos que así o de otra manera haya que organizarla? ¿Los tendrá a todos por iguales, y sin distinguir rigurosamente cuáles son criados y además educados? [965a] Clinias: Pero, ¡admirable!, es imposible. [965b] «Ἀθηναῖος ἰτέον ἄρα ἐπί τινα ἀκριβεστέραν παιδείαν τῆς ἔμπροσθεν. Κλεινίας ἴσως. Ἀθηναῖος ἆρ᾽ οὖν ἧς δὴ νῦν σχεδὸν ἐφηψάμεθα, τυγχάνοι ἂν οὖσα ἧς χρείαν ἔχομεν αὕτη; Κλεινίας παντάπασι μὲν οὖν. Ἀθηναῖος οὐκοῦν ἐλέγομεν τόν γε πρὸς ἕκαστα ἄκρον δημιουργόν τε καὶ φύλακα μὴ μόνον δεῖν πρὸς τὰ πολλὰ βλέπειν δυνατὸν εἶναι, πρὸς δὲ τὸ ἓν ἐπείγεσθαι γνῶναί τε, καὶ γνόντα πρὸς ἐκεῖνο συντάξασθαι πάντα συνορῶντα; Κλεινίας ὀρθῶς. Ἀθηναῖος ἆρ᾽ οὖν ἀκριβεστέρα σκέψις θέα τε ἂν περὶ ὁτουοῦν ὁτῳοῦν γίγνοιτο ἢ τὸ πρὸς μίαν ἰδέαν ἐκ τῶν πολλῶν καὶ ἀνομοίων δυνατὸν εἶναι βλέπειν; Κλεινίας ἴσως. Ἀθηναῖος οὐκ ἴσως, ἀλλ᾽ ὄντως, ὦ δαιμόνιε, ταύτης οὐκ ἔστιν σαφεστέρα μέθοδος ἀνθρώπων οὐδενί. Κλεινίας σοὶ πιστεύων, ὦ ξένε, συγχωρῶ δή, καὶ ταύτῃ πορευώμεθα λέγοντες. Ἀθηναῖος ἀναγκαστέον ἄρ᾽, ὡς ἔοικεν, καὶ τοὺς τῆς θείας πολιτείας ἡμῖν φύλακας ἀκριβῶς ἰδεῖν πρῶτον τί ποτε διὰ» (Burnet, 965b) [965e] Clinias: Nada menos que eso, por el Dios de los extranjeros!, Extranjero, de dejar correr este punto, ya que nos parece estás hablando de él correctísimamente. Pero, ¿de qué traza se serviría uno para esto precisamente? [966a] Ateniense: No hablemos aún de una traza; comenzaremos, primero, por asegurarnos por común acuerdo entre nosotros de si hace falta o no. [966a] Clinias: Mas de seguro hace falta, si es ella posible. [966a] Ateniense: Pero, ¿qué es eso “de seguro”?: ¿no pensamos eso mismo acerca de Bello y de Bueno?: ¿que nuestros guardianes han de conocer no solamente de qué manera son muchos, sino además cómo cada uno de Ellos es uno y de qué manera? [966a] Clinias: Parece ser casi Casi necesario comprender precisamente cómo es uno. [966b] Ateniense: Para ¿qué?, ¿comprenderlo, sin duda, mas sin poder demostrarlo con razonada demostración? [966b] Clinias: Y, ¿cómo?, ¿qué estás hablando de una mentalidad de esclavo? [966b] Ateniense: Pero, ¿qué? Acerca de todo lo valioso, ¿no diremos lo mismo: que quienes hayan de ser guardianes, realmente tales, de las leyes han de saber, realmente, lo referente a su verdad, y ser capaces de interpretarlas de palabra-y-razón y acompañarlas con las obras, juzgando según ellas lo bellamente sucedido y lo que no bellamente, según naturaleza? [966b] Clinias: Pues, ¿cómo no? [966c] Ateniense: Pues bien: ¿no es algo de lo más bello lo referente a los dioses —lo que con tanto empeño explicamos: que los hay y de cuán gran poder son, evidentemente, señores; y saber en qué medida le es al hombre posible conocer eso; y condescender en que la mayoría de los de la Ciudad sigan únicamente a lo que dictan públicamente las leyes, mas no recomendar para tomar parte en la guardia a quien no se dé íntegramente al trabajo de adquirir certeza total respecto de lo concerniente a dioses?, ¿y que tal recomendación sea la de no elegir jamás para guardián-de-Ley a quien no sea divino y haya trabajado largamente en ello, y la de no seleccionarlo para los premios por virtud? [966d] Clinias: Pues es justo, como dices, que al perezoso o impotente en tales cosas se lo aparte lejos de los bellos en ellas. [966d] Ateniense: Pues bien: ¿sabemos que hay dos pruebas que conducen a la fe en dioses, expuestas por nosotros en lo anterior? [966d] Clinias: — ¿Cuáles? [966d] Ateniense: Una, la que dijimos se refiere al Alma; que es la más veneranda y divina de todas las cosas en que el movimiento, una vez engendrado y prendido en ella, les proporcionó a ellas eternamente fluyente esencia. Otra, la referente a la traslación, tan ordenada, de astros, y de toda lo demás de que Entendimiento, en habiendo ordenado decoradamente, el Todo, es Señor. Porque quien esté viendo esto, no flojamente y como un cualquiera, jamás ninguno de tales hombres es, de natural, tan feo que no le pase lo contrario a lo que prejuzgan los más, porque en efecto, piensan éstos que quienes en astronomía, y otras artes, manejan tales cosas con la necesidad propia de ella, llegan a ser ateos, por estar contemplando, tal creen, que todo acontece por necesidad; pero no, por pensamiento de una voluntad puesta a realizar, cual fin, los bienes. [967a] Clinias: Pero, ¿cómo habría esto pasado? [967a] Ateniense: Como dije, es ahora todo lo contrario de que cuando los pensantes pensaban que los astros eran inanimados. Ciertamente que, aun entonces, se les atribuían maravillas; y cuantos percibían su exactitud, sospechaban lo que ahora es, realmente, opinión establecida: que, de ser inanimados, jamás emplearan cálculos tan maravillosos en exactitud, —si no poseyeran Entendimiento. Y algunos se atrevieron, aun entonces, a correr el peligro de decir que Entendimiento era el Ordenador-y-decorador de todo cuanto a Ciclo pertenece. Mas estos mismos erraron una vez más —acerca de la naturaleza de alma— en eso de que es anterior a los cuerpos; y concibiéndola, al revés, como más joven, transtornaron, una vez más, por decirlo así. Todo; pero aún más, a sí mismos. Porque todo lo que ante sus ojos luminosamente tenían —astros trasladados según Cielo—, les pareció estar relleno de piedras, tierra y otros muchos cuerpos inanimados que son los repartidores de las causas en el universo entero. Así se produjeron entonces muchas acusaciones de ateísmo, y disgustos que por esto se padecen. Y además de los insultos que a los poetas les cayeron, los que cayeron a los filosofantes, al asemejarlos a perras, ladrando en vano a la luna; y otras cosas insensatas de decir. Pero, como se dijo, ahora es todo lo contrario. [967d] Clinias: — ¿Cómo? [967d] Ateniense: No hay como ninguno de los mortales llegue a ser firmemente reverente para con los dioses si no admite esas dos cosas que se acaban ahora de decir: que el alma es la más antigua de las cosas en que toma parte generación, que es algo inmortal y que manda sobre todos los cuerpos; y además de esto, lo tantas veces repetido: que, en los astros, es Entendimiento el rector de todos los seres; y de esto adquiere antes los necesarios conocimientos; y contemplando a la vez la comunidad de esto con la Música, lo aplique de manera armoniosa a ocupaciones y leyes de la conducta; y sea capaz de dar cuenta-y-razón de cuanto las tenga. Mas quien no sea capaz de añadir esto a las virtudes populares no resultará, jamás, gobernante idóneo para la Ciudad íntegra, sino ayudante de los otros gobernantes. Es, por cierto ahora necesario. Clinías y Meguilo, ver si a todas las leyes dichas, y explicadas, añadiremos estotra: que, en favor de la salvación de la Ciudad, el Consejo nocturno de las autoridades ha de ser, legalmente, el Salvaguardián, tomando parte en toda la educación explicada. ¿O cómo lo haremos? [968b] Clinias: Pero, ¡Excelencia!, ¿cómo no añadirlo, si es que de alguna manera, y en breve, lo podemos? [968b] Ateniense: Aprestémonos todos a la una a hacerlo que, con vosotros, yo me animaría a ser el promotor —que, además de mí, hallaré tal vez otros— por mi experiencia en esto, y la reflexión, bien continua, que de ella en mí ha surgido. [968b] Clinias: Pero, Extranjero; más que por ningún otro camino, por éste hemos de marchar, y casi nos guía el dios por él. Pero, ¿cuál sería la correcta manera de hacerlo?, —hablemos ahora de esto, e investiguémoslo. [968b] Ateniense: No es posible. Meguilo y Clinias, legislar acerca de tal Consejo, hasta que se lo haya organizado. Pero, entonces, hay que legislar sobre qué ha de versar su autoridad. Pero, ya desde ahora, su preparación nos resultaría instructiva, hecha en compañía, —si es que correctamente lo hacemos. [968b] Clinias: ¿Cómo? De nuevo, ¿qué diremos quieres decir con ello? [968b] Ateniense: Primero, por cierto, catalogar un catálogo de cuántos serían aptos para la condición de guardia por sus edades, por su diligencia de aprender y por el carácter y costumbres habituales. Pero, después de esto. [968d] qué hayan de aprender, nó es fácil ni de descubrir, ni. [968d] descubierto por otro, hacerse su discípulo. Pero además de esto. [968d] en cuanto al tiempo, quiénes y cuánto hayan de tomarse y tomar para cada cosa, vano fuera decirlo por escrito, porque a los mismos aprendices no les resultaría claro que lo aprendan en el tiempo debido antes de que en el interior del alma hubiera nacido ciencia a cada enseñanza aprendida. Así que. [968d] por cierto, no fuera correcto decir que toda lo dicho es “indecible", por no aclarar nada de lo dicho el “decirlo” de manera “previa”. [968d] Clinias: Si esto, pues, es así, Extranjero, ¿qué se ha de hacer? [968d] Ateniense: "“Lo dicho”, amigos, parece cual si estuviera para nosotros “en entredicho”. Y si queremos arriesgar todo lo de régimen político, echando los dados, como dicen, a “tres seises” o “a tres unos”, hay que hacerlo. Yo me arriesgaré con vosotros formulando y explicando lo que para mí es ya dogma respecto de la educación y crianza, —ahora, y una vez más, puestas a discusión en estos razonamientos. No ces, por cierto, pequeño el peligro, ni a otros les iría bien el correrlo. Pero a ti, Clinias, te exhorto a correrlo de intento. Porque de esta Ciudad de los “Magnetes” —o de otro nombre de que dios la haga heredera— sacarás grandísima fama si correctamente la organizas, o no escaparás jamás de ser tenido por el más audaz de todos los que te suceden. Si, pues, compañeros queridos, este nuestro Consejo llega a realizarse, a él ha de entregársele la Ciudad. Y «ninguna duda acerca de esto le cabe», por decirlo así, «a ninguno» de los actualmente legisladores. En realidad, quedará, casi casi, realizado en vela lo que, no mucho antes, cual si fuera ensueño, intentábamos en el razonamiento, mezclando en cierta manera con él una imagen de comunidad entre cabeza e inteligencia, si es que, por suerte en favor nuestro, los varones elegidos rigurosamente, educados de conveniente manera —y, educados, habiten en la acrópolis del país— resulten perfectos guardianes, cuales nosotros, en nuestra vida anterior, no sabemos hayan surgido otros para, por su virtud, salvar. [969c] Megilo: Clinias querido, por todo lo que ahora acabamos de decir, o hay que renunciar a fundar la Ciudad o no dejar se vaya este Extranjero; sino, con súplicas y toda clase de trazas, hay que hacerlo partícipe en la fundación de la Ciudad. [969d] Clinias: Lo dices verdaderísimamente, Meguilo; y yo lo haré así; y tú, colabora. [969d] Megilo: Colaboraré. ## Notes [1] Pasaje adaptado. El facsímil está truncado en este punto y el texto se interrumpe a mitad de palabra; lo aquí suplido es del editor, a partir del original griego, y no procede de la traducción de J. D. García Bacca. [2] Pasaje adaptado. El facsímil está truncado en este punto y el texto se interrumpe a mitad de palabra; lo aquí suplido es del editor, a partir del original griego, y no procede de la traducción de J. D. García Bacca. [3] Pasaje adaptado. El facsímil está truncado en este punto y el texto se interrumpe a mitad de palabra; lo aquí suplido es del editor, a partir del original griego, y no procede de la traducción de J. D. García Bacca.