Lisis — Plato ============= ΛΥΣΙΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/lysis/ This file: https://plato-scroll.com/text/lysis-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/lysis.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/lysis-b.txt - W.R.M. Lamb (Loeb, 1925): https://plato-scroll.com/text/lysis-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/lysis-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/lysis-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [203a] — Iba desde la Academia derecho hacia el Liceo por el camino fuera del muro, justo debajo de él; mas al llegar a la puertecilla donde está la fuente Pánops, encontré, por suerte, allí Hipótales, el de Jerónimo, y a Ctesipo de Peanía y con ellos a otros jóvenes, formando un grupo. Viendo Hipótales que me acercaba, dijo: Sócrates, ¿a dónde vas y de dónde vienes? —De la Academia, respondí, y voy derecho al Liceo. [203a] —Ven derecho a nosotros, replicó él, ¿Que vas a pasar de largo? Vale la pena. [203a] —¿A dónde dices, repliqué, y con quiénes de vosotros? [203a] —Ahí, dijo, señalándome, frente al muro, un recinto y una puerta abierta. Ahí pasamos, continuó diciendo, el tiempo nosotros mismos y otros muchísimos y bellos. [204a] —¿Qué es ese lugar y cuál el pasatiempo? [204a] —Es, respondió, una palestra recientemente construida; el pasatiempo es, casi siempre, de palabras, que gustosamente compartiríamos contigo. [204a] —Hacéis bellamente, dije; ¿alguien enseña ahí? [204a] —Tu compañero, respondió, y admirador: Mico. [204a] —¡Por Júpiter!, dije, que no es varón vil, sino competente sofista. [204a] —¿Quieres, pues, seguirnos, añadió, para que veas además los que hay allí? —Ante todo oiría con gusto en qué condición entro y quién es el bello. [204a] —A cada uno de nosotros le parece distinto, Sócrates, respondió. [204a] —Pero a ti, Hipótales, ¿quién? Dime justamente eso. El interrogado se sonrojó. [204a] —Y dije: Hipótales, hijo de Jerónimo, no me digas aún si estás enamorado o no de alguien, porque sé que no sólo estás enamorado, sino que andas ya muy avanzado en amor. En todo lo demás soy pobre e inútil, mas de alguna manera Dios me ha dado precisamente el ser capaz de reconocer a amante y amado. Oyendo lo cual, todavía se sonrojó mucho más. Dijo a punto Ctesipo: [204c] —Delicado es, Hipótales, el que te sonrojes y rehúses decir Sócrates el nombre. Mas si Sócrates pasa contigo no gran rato, se fastidiará oyéndolo de ti frecuentemente; que nos ha tapado las orejas, Sócrates, de tanto llenarlas con “Lisis”. Si está bebido, es lo más fácil que despertemos creyendo oír el nombre de Lisis. No es tanto de temer, aunque algo lo sea, lo que nos cuenta en conversaciones, como cuando se pone a inundarnos de poemas y prosa. Pero lo más terrible de todo es que hasta canta a su doncel con admirable voz, que no tenemos más remedio que oírla y aguantarla. Y ¡ahora, a una pregunta tuya se sonroja! [204c] —Lisis, añadí yo, es un joven, al parecer; y traigo por testimonio el que, oyendo su nombre, no lo reconocí. [204c] —Es que, dijo él, no lo llaman por su nombre; llámanlo aún por el del padre, por lo muy conocido que es. Creo que estás muy lejos de desconocer el eidos del doncel, que, por sólo él, se lo reconoce suficientemente. [204c] —Dime añadí, de quién es hijo. [204c] —Es el hijo mayor, respondió, de Demócrates de Exona. [204c] —Pues, Hipótales, dije yo, qué noble y floreciente amor encontraste de todas maneras! Hazme, pues, una exhibición de las que a éstos haces, para que vea si sabes qué es lo que ha de decir un enamorado acerca de su doncel, a él en persona o a los demás. [205a] —¿Das algún peso, Sócrates, dijo él, a lo que Ctesipo dice? [205a] —¿Niegas, dije yo, amar a quien dice éste? [205a] —No por cierto, respondió; pero no hago a mi doncel ni poemas ni prosas. [205a] —No está en sus cabales, dijo Ctesipo, sino delira y aun enloquece. [205a] —Y yo diga: Hipótales, no te pido oír tus versos o alguna oda, si es que la compusiste al jovenzuelo, sino tan sólo conocer tu estilo de tratar con tu doncel. [205a] —Este te lo dirá, respondió; porque los sabe y recuerda, si, como dice, me los hace entrar constantemente por los oídos. [205a] — Por los dioses!, añadió Ctesipo, así es; y son, por cierto, cosa de reír, Sócrates, porque ser amante y tener de intento la mente puesta en el doncel, mas no tener que decir nada peculiar, que no dijera cualquier muchacho, ¿cómo no va a ser cosa de gran risa?; que no compone y dice sino lo que celebra la ciudad entera sobre Demócrates, sobre Lisis, el abuelo del doncel, y sobre todos sus antepasados, a saber: sus riquezas, caballerizas y victorias en Delfos. Istmo y Nemea, con carros de a cuatro caballos y corceles; además de esto, cosas aún más viejas. Antes de ayer nos refería en un poema su hospitalidad para con Hércules, cómo por su parentesco con Hércules, sus antepasados recibieron a Hércules, nacido él mismo de Júpiter y de la hija del fundador de su pueblo; lo que cantan las viejas, y otras cosas por el estilo, Sócrates, todo esto es lo que cuenta y, cantándolo, nos fuerza que lo escuchemos. Mas yo, oyéndolo, dije: Hipótales ridiculísimo, ¿antes aún de haber vencido compones y te cantas el encomio? [205e] —Pero no es a mí mismo, Sócrates, respondió, que compongo o canto. [205e] —Te lo parece, dije yo. [205e] —Pero ¿cómo así?, replicó él. [205e] —Sobre todo, dije, para ti van tales odas, porque, si atrapas un tal doncel, en honra tuya resultarán tus dichos y tus cantos y, en realidad, encomio cual a vencedor que se hizo con tal doncel; mientras que, si se te evade, cuanto mayores hayan sido los encomios del doncel, tanto mis ridículo serás, privado de tales bellezas-y-bienes. [206a] Así que quien sea sabio en cuestiones de amor, amigo, no alaba al amado antes de capturarlo, temiendo lo que pueda acontecerle. Aparte de que los bellos, al sentirse alabados y ensalzados, llénanse de altanería y pretenciosidad. ¿No lo crees? [206a] —Yo, sí, dijo. [206a] —Y ¿cuanto más altaneros, tanto más irascibles resultan? [206a] —Tal parece. [206a] —Y ¿qué pensaras de un cazador que alborotare la caza, volviendo a la fiera más difícil de capturar? [206a] —Que, claramente, es mal cazador. [206b] —¿Así que fuera gran tontería no encantarla con palabras y odas, sino ensalvajarla? ¿No es así? [206b] —Así me parece. [206b] —Mira, pues, Hipótales, no hacerte culpable de todo esto por tus poesías, porque, pienso, que no querrás admitir que quien se perjudica a sí mismo por la poesía sea buen poeta, pues se perjudica a sí mismo. [206b] —No, por Júpiter!, respondió; que fuera gran sinrazón. e. Mas precisamente por esto, Sócrates, me junto contigo; y, si en algo puedes, aconséjame qué conversación o qué conducta resultaría favorable respecto de donceles. [206b] —No es fácil de decir, repliqué yo. Mas si quisieres que viniera él a hablar conmigo, tal vez podría mostrarte qué es lo que has de dialogar con él, en vez de lo que se dice hablas y cantas. [206b] — Pues no es nada difícil, respondió. Que si entras con Ctesipo y, sentado, conversas, creo que él mismo se acercará, pues es, Sócrates, amiguísimo de escuchar, aparte de que están celebrando las Hermeas; así que jovenzuelos y muchachos andan revueltos; vendrá, pues, a tí. Y si no, es íntimo de Ctesipo, por primo de Menexeno. Y da la suerte de que, entre todos, es Menexeno su gran camarada. Que Menexeno, pues, lo llame, si no se acerca de por sí. [206d] — Esto es, dije yo, lo que se ha de hacer. [206e] Y tomando a Ctesipo, entré en la palestra; los demás nos siguieron. Entrados, vimos que los muchachos, habiendo ya sacrificado y casi terminado lo concerniente a lo sagrado, jugaban a las tabas, todos ellos bien acicalados. Los más jugaban fuera, en el patio; algunos de ellos, en un rincón del vestuario, y jugaban a par e impar con muchas tabas, sacándolas de cestillas. Rodeábanlos, mirando, otros. Uno de ellos era Lisis; estaba de pie entre los muchachos y jovenzuelos [207a] — enguirnaldado, destacándose por su figura, digno de ser escuchado no tan sólo por bello, sino por bello-y-bueno. Mas nosotros, retirándonos al otro lado —allí había tranquilidad— dialogábamos sobre algo. Lisis se volvía frecuentemente para observarnos, con patentes ganas de acercarse. Por lo pronto no sabía qué hacer y temía acercarse solo. Mas Menexeno, a mitad del juego, salió del patio, y al verme a Menexeno, mí y a Ctesipo, se acercó y se sentó, Viéndolo, pues. Lisis lo siguió y sentóse con Menexeno. Otros también se acercaron y aun Hipótales, viendo que muchos estaban de pie, acercóse también ocultándose tras ellos, de modo que creyó no ser visto por Lisis, temiendo irritarlo; así colocado, escuchaba. Pero yo, mirando a Menexeno, dije: hijo de Demofonte ¿quién de vosotros dos es el de mayor edad? —Es punto disputable, contestó. [207b] —¿así que discutirías también sobre quién es el mejor nacido?, pregunté yo. [207b] —Claro que sí, respondió. [207b] —Y ¿parecidamente sobre cuál es el más bello? Se rieron ambos. [207b] —No preguntaré, dije, sobre cuál de vosotros es el más rico, pues sois amigos, ¿No es verdad? [207b] —De seguro, contestaron. Pues bien: se dice que “todo es común entre amigos”, de modo que nada en esto disentís, si es verdad lo que se dice acerca de la amistad, Coincidieron. Procedí, después de esto, a preguntar cuál de los dos era el más justo y más sabio, cuando un advenedizo se llevó a Menexeno, diciendo que lo llamaba el maestro-de-gimnasia; me pareció que le correspondía tomar parte en los ritos. Así que se fue; mas yo pregunté a Lisis: ¿Es verdad, Lisis, que te aman mucho tu padre y tu madre? [207b] —Y mucho, por cierto, respondió. [207b] —¿Así, pues, querrían que fueras lo más feliz posible? [207b] —¿Cóma no? [207b] —¿Mas te E que es feliz un hombre esclavo, quien no [207e] — tiene el poder de hacer lo que desea? [207e] —Por Júpiter!, no lo dijera yo, contestó. [207e] —Así que si tu padre y tu madre desean que seas feliz ¿no se esforzarán, claro está, de todas las maneras para que seas feliz? [207e] —¿Pues cómo no?, respondió. [207e] —¿Te dejan, pues, hacer lo que quieras y jamás te reprenden ni impiden hacer lo que deseas? [207e] —No, por Júpiter!, Sócrates; que me prohíben muchísimas cosas. [207e] — ¿Cómo dices?, pregunté yo. Quieren que seas bienaventurado, ¿mas te impiden hacer precisamente lo que quieres? Respóndeme: si deseares conducir alguno de los carros de tu padre, tomando las riendas en alguna carrera, ¿no te lo permitirían, sino lo impedirían? [208a] —¡Por Júpiter!, en modo alguno lo permitirían, contestó. [208a] —Mas ¿a quién lo permitirían? [208a] —A un cochero de los pagados por mi padre. [208a] —¿Cómo dices? ¿A un asalariado encargan, más bien que ti, hacer lo que quiere con los caballos?, ¿y además por ello le pagan? [208b] —Pues así es, contestó, [208b] —Mas te encargarán conducir una carreta de mulas, pienso; y si quisieres arrearlas con el látigo ¿te lo permitirían? [208b] —¡Qué de permitir!, contestó. [208b] —¿Cómo?, añadí yo; ¿a nadie le está permitido artearlas? [208b] —Por cierto que sí, respondió, al muletero. [208b] —¿Es esclavo o libre? [208b] —Esclavo, respondió. [208b] —¿Parece así que tienen en más a un esclavo que a ti, su hijo, y que le encargan de sus cosas antes a él que a ti y que a él le dejan hacer lo que quiera, mas a ti te lo prohíben? Dime, además: ¿te permiten gobernarte a ti mismo o ni siquiera eso te lo encomiendan? ¡Qué, dijo, me lo van a encomendar! [208c] —¿Así que otro te gobierna? [208c] —Ese: el pedagogo, respondió. [208c] — ¡Cosa terrible!, añadí yo, es que un libre sea gobernado por un esclavo. ¿Qué es lo que hace el pedagogo al gobernarte? [208c] —Me lleva, al maestro, respondió. [208c] — ¿Que también te gobiernan los maestros? [208c] —En todo, por cierto. [208d] —¿Así que es voluntad de tu padre someterte a muchísimos señores y preceptores? ¿Mas cuando vuelves a casa junto a tu mamá, ella sí que te permite, para que te sientas feliz, hacer lo que quieras con la lana o telar, mientras ella está tejiendo; y no te prohíbe tocar la rueca o la cardadora o cualquiera de los instrumentos de tejer? Y riéndose, dijo: Sócrates, por Júpiter!, que no sólo me lo prohíbe sino que me pegaría si los tocara. [208e] —¡Hércules! añadí yo; ¿es que has faltado en algo a tu padre o a tu madre? [208e] —No, por Júpiter!, palabra, —respondió. [208e] —¿Por qué, pues, te impiden tan severamente ser feliz y hacer lo que quieres?; y ¿por qué te mantienen lodo el día en constante servidumbre de modo que, en una palabra, nada puedes hacer de lo que deseas? Según esto, al parecer, de [209a] — poco te sirven tantas riquezas, puesto que todos mandan en ti más que tú; a pesar de tu noble cuerpo, que aun eso mismo lo apacienta y administra otro. Así que, Lisis, tú no mandas sobre nadie ni haces nada de lo que deseas. [209a] —Es que, Sócrates, aún no tengo edad, respondió. [209a] —Esto no fuera, hijo de Demócrates, impedimento, ya que, hasta cierto punto, tu padre y tu madre te encomiendan cosas sin esperar a que tengas la edad; porque cuando quieren que se les lea o escriba algo, eres tú el primero, en casa, a quien lo encargan. ¿No es así? hb — Así es, respondió. [209a] —En tal caso tú puedes escribir primero la carta que quieres y después otra; y lo mismo, respecto de leer. Y cuando tomas la lira ni padre ni madre te prohíben tender o distender la cuerda que quieras, pulsarla con los dedos o con el plectro. ¿O te lo prohíben? [209a] —No, por cierto. [209a] —¿Cuál será, pues, Lisis, la causa de que en estos casos no te lo prohíban y sí lo hagan en los anteriormente dichos? [209c] —Que, pienso, contestó, entiendo de estas cosas; y de aquéllas no. [209c] —Sea así, óptimo, dije yo; mas no es la edad lo que aguarda tu padre para encargarte todo, sino que en el día en que crea entiendas tú más que él, en ese día te encargará de sí mismo y de sus cosas. [209c] — Tal creo, respondió. [209c] —Mas ¿qué?, añadí yo; ¿para el vecino rigen los mismos limites que para tu padre, respecto de ti? ¿Crees que te encomendará la administración de su casa, cuando juzgare que tú sabes más que él de administración, o bien crees que él mismo la gobernará? [209c] —Me la encargará, pienso. [209c] —Bien, pues: ¿no crees que los atenienses te encargarán de sus asuntos cuando noten que tienes suficiente inteligencia? [209c] —Sí, ciertamente. [209c] —¡Por Júpiter!, añadí yo; y ¿qué del gran Rey?: ¿encomendaría a su hijo mayor, a quien toca el reino de Asia, preparar los manjares con la salsa que quiera, más bien que a nosotros, si llegados ante él, le demostráramos que nosotros entendemos mejor que su hijo de la preparación de manjares? [209c] —Es claro que nos lo encomendaría, respondió; y que no le permitiría echar nada, aunque a nosotros nos permitiría, si lo quisiéramos, echar un puñado de sal. [209c] —Pues ¿cómo no? [209c] —Y ¿qué si su hijo padeciera de los ojos?; le dejaría que se tocara los ojos, sabiendo que no es médico, ¿o lo impediría? [210a] —Lo impediría. [210a] —Mas si supiera que somos médicos, aun si quisiéramos, abriéndole los ojos, echarle ceniza, pienso que no lo impediría, creyendo correcto nuestro juicio. [210a] —Dices verdad. [210a] —Así que nos encomendaría a nosotros más bien que a sí mismo o a su hijo todo aquello en que le pareciéramos ser más sabios que ellos. [210a] —Necesariamente, Sócrates, respondió. [210a] —La cosa es, pues, así, querido Lisis: los asuntos en que hb hayamos llegado a ser sabios, nos los encomendarán todos: griegos y bárbaros, varones o mujeres; y en tales asuntos haremos lo que queramos, y nadie se propondrá estorbarnos; seremos, pues, libres en ellos y señores de los demás; y serán cosa nuestra, de la que reportaremos provecho. Mas respecto de lo que no tengamos conocimiento no se nos encargará que hagamos lo que nos parece; más bien lo impedirán en lo posible, y esto no sólo los extraños sino padre y madre, y sí hubiere alguien más de casa que ellos; nosotros, por el contrario, seremos en tales asuntos súbditos de otros y tales asuntos nos serán extraños, pues nada sacaremos de ellos. [210c] —¿Concedes que así será? [210c] —“Concedo. [210c] —¿Seremos queridos de alguien o alguien nos querrá en los asuntos en que seamos inútiles? [210c] —No por cierto, contestó. [210c] — Así que ni tu padre ni otro alguno te querrá en la medida en que seas inútil. [210c] —Parece que no. [210c] —Mas si te haces sabio, muchacho, todos te serán amigos y todos se harán tus familiares, puesto que serás útil y bueno. Pero si no, nadie será tu amigo, ni aun tu padre ni tu madre ni los familiares. ¿Se pueden abrigar, Lisis, grandes pensamientos, cuando ni siquiera se piensa? [210c] —¿Cómo sería posible?, respondió. [210c] —Sí, pues, necesitas aún de maestro, señal es de que no piensas. [210c] —Es verdad. [210c] —No puedes abrigar, pues, grandes pensamientos, si aún no piensas. [210c] —¡Por Júpiter!, me parece que no, Sócrates, respondió. Y yo oyéndole, eché una mirada a Hipótales, y por poco hago un disparate, ya que me acudía decir: Así es, Hipótales, como hay que dialogar con los donceles, humillándolos y cortándoles las alas; y no como tú, engallándolos y mimándolos. Viéndolo, pues, angustiado y embarazado por lo dicho, me recordé de que, tal como estaba colocado, quería ocultarse de Lisis. [211a] Me reprimí, pues, y atajé el discurso. En esto volvió Menexeno y se sentó junto a Lisis, en el mismo lugar del que se levantó. Entonces Lisis, graciosa y afectuosamente, a escondidas de Menexeno, hablándome quedo, dijo: Sócrates, lo que a mí me dices díselo a Menexeno. [211a] —A lo que yo repliqué: Díselo tú, pues atendiste a ello. Y mucho, respondió. [211a] —Trata, pues, dije yo, de recordarlo lo mejor posible para que claramente le repitas todo. Mas si de algo te olvidas, pregúntamelo de nuevo en la primera oportunidad. [211b] —De seguro lo haré, Sócrates, dijo; sábelo bien. Pero dile algo más, para que yo lo oiga antes de que sea hora de volver a casa [211b] —Tendré que hacerlo, repliqué yo, ya que tú lo pides. Pero mira de ayudarme si Menexeno se pone a refutarme. ¿O no sabes lo gran disputador que es? [211b] —Sí lo es, y mucho, por Júpiter!, respondió. Justamente por eso quiero que dialogues con él. [211c] —¿Para que me ponga en ridículo?, repliqué. [211c] —No, por Júpiter!; sino para que lo castigues. [211c] —¿Cómo?, dije yo; no es cosa fácil, porque es hombre temible, por discípulo de Ctesipo; ¿pero no ves que Ctesipo mismo está presente? [211c] —No te preocupes, Sócrates, de ninguno, me dijo, sino dialoga con él. [211c] —Dialogaré, pues, respondí yo. Estando hablando esto entre nosotros, dijo Ctesipo: ¿vosotros dos os dais banquete de palabras y no nos haréis partícipes? [211c] —Pues lo compartiréis, añadí yo. No comprende Lisis lo que digo, mas afirma creer que lo sabe Menexeno, y me pide que le pregunte. [211c] —¿Por qué, pues, no le preguntas?, dijo él. [211c] —Le preguntaré, respondí yo. Dime, pues, Menexeno, lo que voy a preguntarte: desde niño he deseado poseer una cosa, como otros otra; que hay quien desea poseer caballos, otro perros, uno oro, otro dineros. Pero a mí me dejan en paz tales cosas, mas estoy enamorado de poseer amigos, y querría hacerme con un buen amigo más que con la mejor codorniz o gallo según los hombres; y, por Júpiter! más que con caballo o perro. Y aun creo, por el Perro!, que preferiría más que poseer el oro de Darío el hacerme con un compañero, más aún que con el mismo Darío; tan amigo soy de tener compañeros! Viéndoos, pues, a vosotros, a ti ya Lisis, emociónome y me felicito de que, siendo tan jóvenes hayáis sido capaces de poseer breve y fácilmente esta posesión: que tú poseas presto y firmemente un tal amigo y El a ti, mientras que yo estoy tan lejos de tal posesión que ni siquiera sé de qué manera uno se hace amigo de otro; por ello querría preguntarte, como a experimentado, sobre este punto. Dime, pues: cuando uno ama a otro ¿quién resulta amigo de quién?: el amador, del amado; o el amado, del amador? ¿O no hay diferencia? [212b] —No me parece la haya, respondió. [212b] —¿Cómo así? repliqué yo, ¿ambos son mutuamente amigos, aun en el caso de que solamente uno ame al otro? [212b] —Así me lo parece, contestó. [212b] —¿Qué?, pues: ¿no es posible que el amador no sea correspondido en amor por aquel a quien ama? [212b] —Lo es. [212b] —Y ¿qué de estotro?: ¿es posible que el amador sea odiado?, que es lo que a veces pasa a los amadores de parte de los donceles, porque amándolos aquellos lo más posible creen que no se les corresponde, o que se los odia, ¿No piensas que esto es verdad? [212b] —Y gran verdad, respondió. [212b] —Y, en este caso ¿uno es el que ama y otro el amado? [212b] —Si. [212b] —Pero ¿quién es amador de quién?; ¿el amador lo es del amado, tanto que sea correspondido como si es odiado; o bien lo es el amado del — ¿o ninguno de los dos es, en este caso, amador, a no ser que ambos se amen? [212d] —Parece que fuera así. [212d] —Parécenos, pues, ahora algo diferente de lo que anteriormente nos pareció; porque entonces, si uno de los dos amaba, ambos eran amadores; pero ahora, a no ser que ambos se amen, ninguno de los dos es amador. [212d] —Tal parece ser, respondió. [212d] —Ssí, pues, el amador no es amable, a no ser que su amor sea correspondido. [212d] —Tal parece. [212d] —Según esto, no hay amadores de caballos si los caballos no les corresponden con amor, ni amadores de codornices, de perros, de vino o de los deportes; ni amadores de la sabiduría, si la sabiduría no les corresponde con amor, ¿O bien ama cada uno tales cosas, no Me a él ellas, mintiendo así el poeta al decir: Feliz, a quien aman hijos, no herrados caballos, perros amaestrados y hospedero en país extranjero? [212e] —No me lo parece, replicó. [212e] —¿Mas te parece decir verdad? [212e] —Sí. [212e] —Según esto, pues, lo amado es amable para el amador, al parecer, Menexeno, tanto que aquél lo ame como que lo odie; cual niños poco ha nacidos —que todavía no aman, mas que odian cuando los castigan a su madre o a su padre— son, aun odiándolos entonces, superlativamente amables a sus padres. [213a] —Así me parece ser, contestó. [213a] —Así que el amador no es amable, según tal razonamiento; mas es amable lo amado. [213a] —Tal, parece. [213a] —Y el odiado es enemigo, mas no el odiador. [213a] —Tal parece. [213a] —Así que muchos de los enemigos son amados, y otros son odiados por los amigos; y unos son amigos de sus enemigos; mas otros, enemigos de los amigos, si es verdad que lo amado es amable, mas no el amador. A pesar, querido compañero, de que es insensato, aun más, creo le es imposible al amigo ser enemigo y al enemigo ser amigo. [213b] —Pareces decir verdad, Sócrates, respondió. [213b] —Si, pues, fuera imposible esto, el amador sería amigo de lo amado. [213b] —Parece. [213b] —Y, a su vez, el odiador sería enemigo de lo odiado. [213b] —Necesariamente. [213b] —Nos acontecerá, pues, tener que convenir, como anteriormente, en que frecuentemente se es amigo de no amigo. [213c] frecuentemente aun de enemigo, cuando o uno ama a quien no lo ama o ama a quien lo odia. Frecuentemente también se es enemigo de quien no es enemigo, o también amigo, cuando o uno odia a quien no lo odia o cuando odia al que lo ama. [213c] —Es verosímil, respondió. [213c] —¿Pues qué haremos, repliqué yo, si ni los amadores son amigos ni los amados lo son, ni lo son los amadores y amados; que, aparte de estos casos, hay aún algunos otros en que resulten mutuamente amigos? [213c] —No, por Júpiter!, Sócrates, respondió; yo mismo no veo escapatoria. [213c] —¿No pudiera ser, Menexeno, que no hayamos del todo (correctamente investigado? [213c] —No me la parece, Sócrates, dijo Lisis. Y diciéndolo se sonrojó, que me pareció escapársele involuntariamente lo dicho por atender demasiado al diálogo, pues era patente tal su actitud mientras escuchaba. Mas yo, queriendo dar a Menexeno respiro, y movido por el amor de Lisis a la sabiduría, cambié de manera que las palabras se enderezaran a Lisis, y dije: Me parece, Lisis, que tienes razón en eso de que, si hubiésemos investigado correctamente, no hubiéramos errado tanto. No sigamos, pues, así, que me parecen estas consideraciones cual difícil camino. Revirtamos, pues, de esta manera: que me parece hemos de proceder en nuestra investigación siguiendo a los poetas, que ellos nos son cual padres y guías en sabiduría. No hablan en vacío, cuando se declaran sobre los amigos los que dé la suerte de serlo. Que el Dios mismo, dicen, hácelos amigos, haciéndolos encontradizos. Y dícenlo por semejante manera, como creo: Siempre hacia lo semejante conduce Dios lo semejante y los hace conocidos. ¿Que no te has encontrado con versos tales? [214b] —Sí, respondió. [214b] —¿Y no le has encontrado también en escritos de grandes sabios que dicen eso mismo: que lo semejante necesariamente es amigo de lo semejante? Y son los tales los que dialogan y escriben acerca de la naturaleza y del universo. [214b] —Dices verdad, respondió. [214b] —¿Y dicen bien?, añadí yo. [214b] —Tal vez, respondió. [214b] —Tal vez es verdad la mitad, tal vez todo; mas no lo comprendemos. Porque nos parece que cuanto el malo se acerque al malo, y se traten más, otro tanto se harán más enemigos, porque se perjudican, y es imposible que perjudicantes y perjudicados sean amigos. ¿O no es así? [214c] —Sí, respondió. [214c] —.De esta manera no resultaría verdad sino la mitad del dicho, puesto que los malos son semejantes entre sí. [214c] —Dices verdad. [214c] —Mas me parecen decir que los buenos son semejantes y amigos, mientras que los malos, como también se dice respecto de ellos, no son jamás semejantes ni aun ellos consigo mismos, sino arrebatados e inestables. Pero con lo desemejante consigo mismo y lo variable, no hay manera de ser semejante o amigo uno de otro. ¿No te lo parece así? [214c] —A mí sí, respondió. [214c] —Esto me parecen indicar, amigo, los que dicen que lo semejante es amigo de lo semejante, a saber: que sólo el bueno es amigo del bueno, mas que el perverso no puede jamás llegar a ser verdaderamente amigo ni del bueno ni del malo. ¿No te lo parece? Indicó que sí. Tenemos ya quiénes son amigos, porque el razonamiento nos declara que lo son los que sean buenos. [214c] —Así realmente me parece, contestó. También a mí, añadí yo, aunque me queda una dificultad en este punto. ¡Sea por Júpiter!; veamos qué es lo que sospecho. ¿Es el semejante, en cuanto semejante, amigo del semejante y es además útil el uno al otro? O bien será mejor así: ¿qué beneficio podría hacer un semejante a otro semejante cualquiera, o qué daño hacerle, que no pudiera hacerse uno a sí mismo?; ¿o bien sufrir algo que no pudiera sufrirlo de él mismo? ¿Cómo tales cosas serían amables para ellos, no reportándoles ayuda alguna? ¿Hay cómo? [215a] —No lo hay. [215a] —¿Cómo sería amigable lo que no es amable? [215a] —De ninguna manera. [215a] —Mas el semejante, por ser tal, no es amigo del semejante; ¿pero el bueno, en cuanto bueno, sería amigo del bueno, aunque no en cuanto semejante? [215a] —Tal vez. [215a] —Y ¿qué de estotro?: ¿el bueno en cuanto bueno no sería, en esa misma medida, suficiente para sí mismo? [215a] —Si. [215a] —Mas el suficiente no necesita de nadie por razón de su suficiencia. [215a] —Pues ¿cómo no? [215b] —Pero el que no necesita de algo, tampoco amaría nada. [215b] —Pues no. [215b] —Mas quien no ama no es amigo. [215b] —Parece que no. [215b] —¿Cómo, pues, los buenos nos serán, en principio, amigos para los buenos, cuando ni ausentes se desean —pues son seipsisuficientes, aun estando aquellos ausentes— ni presentes necesitan de ellos? ¿Qué artimaña, según esto, cabe para que los tales se estimen en grande? [215b] —Ninguna, respondió. [215b] —No serán, pues, amigos no estimándose gran cosa. —Es verdad. [215b] —Observa, Lisis, cómo aberramos. ¿No será que nos engañamos de todo en todo? [215b] — ¿Cómo así?, preguntó. [215b] —Hace tiempo oí a alguien decir —y ahora justamente me recuerdo— que lo semejante era lo más hostil que hay a lo semejante, y así también lo serían los buenos para con los buenos. Y lo que es más, traía de testigo a Hesíodo, quien decía así: Alfarero detesta a alfarero, bardo a bardo, mendigo a mendigo. [215d] Y así en todos los demás casos, decía parecidamente ser necesario que las cosas máximamente semejantes se rellenaran de mutuas envidias, emulaciones y enemistades; empero las desemejantísimas, de amistades; porque el pobre está necesitado de la amistad del rico, y el débil de la del fuerte para ayudarse; y el enfermo, de la del médico; y, en todo, el no sabio aprecia al sabio y lo ama. Y aun llevaba más allá y magnificentemente el razonamiento, diciendo que mucho faltaba para que lo semejante fuera amigo de lo semejante, cuando es justamente lo contrario, porque lo contrarísimo es grandísimo amigo de lo contrarísimo, que éstos tienen apetito uno del otro, mas no de lo semejante: así lo seco, de lo húmedo; lo frío, de lo caliente; lo amargo, de lo dulce; lo agudo, de lo romo: lo vacío, de la plenitud; y lo lleno, de la vaciedad; y lo demás, según la misma razón: que lo contrario es alimento para lo contrario, ya que lo semejante ningún goce reporta de lo semejante. Y, por cierto, compañero, que me parecía ingenioso, diciendo tales cosas, porque las expresaba bien y bellamente. Pero a vosotros, añadí yo, ¿cómo os lo parece? [216a] —Bello y bueno, al menos al oírlo, respondió Menexeno. [216a] —Diremos, pues, que lo contrario es máximamente amigo de lo contrario? [216a] —Ciertamente. [216a] —Sea, pues, repliqué yo; ¿mas no es absurdo, Menexeno? Pero inmediatamente estos varones supersabios, los antilógicos, nos asaltarán encantados, y preguntarán si lo superlativamente opuesto a la amistad no lo ces la hostilidad. ¿Qué les contestaremos? ¿O no tendremos que admitir que dicen verdad? [216b] —Necesariamente. [216b] —Según esto, pues, dirán: ¿lo hostil es amigo de lo amigo o lo amigo lo es de lo hostil? [216b] — Ninguna de las dos cosas, respondió. [216b] —Mas ¿lo justo es amigo de lo injusto; lo morigerado, de lo disoluto; lo bueno, de lo malo? [216b] —Me parece que no puede ser así. [216b] —Pero por cierto, repliqué, si algo es amigo de algo a causa de la oposición, necesario es que estas cosas sean amigas. [216b] —Necesario es. [216b] —Así que ni lo semejante es amigo de lo semejante ni lo es lo contrario de lo contrario. [216b] —Parece que no. [216c] —Mas pongamos atención en algo más no sea que se nos oculte que lo amigo no es, en verdad, nada de todo esto; así que tal vez resulte ser amigo de lo bueno lo que no es ni bueno ni malo. [216c] —¿En qué sentido lo dices? preguntó. [216c] —¡Por Júpiter!, respondí yo, no lo sé; aun más, en realidad me marea la rareza del argumento y, según el antiguo refrán, propendo a pensar que “lo bello es amable”, pues se parece algo suave, liso y blando, por lo cual tal vez fácilmente se insinúa y nos empapa en virtud de ser tal. Digo, pues, que lo bueno es bella. ¿No lo crees así? [216c] —Yo, sí, por cierto. [216c] —Digo, metiéndome a adivino, que de lo bello y de lo bueno es amigo lo que no es ni bueno ni bello. Por qué diciendo esto, hago de adivino, escúchalo. Me parece cual si hubiera tres géneros de cosas: uno, lo bueno; otro, lo malo; otro, lo ni bueno ni malo. ¿Qué te parece? [216c] —A mí, lo mismo, contestó. [216c] —Y me parece que ni lo bueno es amigo de lo bueno, ni lo es lo malo de lo malo, ni lo es lo bueno de lo malo. [216c] —cosa que ni el anterior argumento permitía. Queda, pues, que, si algo es amigo de algo, lo ni bueno ni malo es amigo o de lo bueno o de lo que sea tal cual es lo bueno, porque algo no va a hacerse amigo de lo malo. [216c] —Es verdad. [216c] —Mas tampoco, como dijimos, lo semejante es amigo de lo semejante. ¿No es así? [216c] —Sí. [216c] —Según esto, pues, ni de lo bueno ni de lo malo lo semejante, siendo tal, es amigo. [216c] —Parece que no. [216c] —Así, pues, tan sólo a lo que sea ni bueno ni malo acontece el hacerse amigo de lo bueno. [217a] — Necesario parece. [217a] —¿Bellamente, pues, muchachos, añadí yo, nos guía la que acabamos de decir? Pongámonos a considerar un cuerpo sano; no necesita de medicinas ni de asistencia; está bien así, de modo que nadie, sano, es amigo de médico, por causa de la salud. ¿No es así? [217a] —Nadie lo es. [217a] —Empero el enfermo, pienso, lo es por causa de la enfermedad. [217a] — ¿Cómo no? [217a] —Mas enfermedad es un mal, mientras que medicina es útil y buena. [217b] —Sí. [217b] —Empero el cuerpo, en cuanto cuerpo, no está ni bueno ai malo. [217b] —Así es. [217b] —Mas por razón de la enfermedad el cuerpo se ve forzado abrazar y amar la medicina. [217b] —Tal me parece. [217b] —Así que, por razón de la presencia del mal, lo que no es ni malo ni bueno hácese amigo de lo bueno. [217b] —Parece. [217b] —Es evidente que se halla bien, antes de ponerse malo por virtud de lo malo; porque, una vez malo, ya no desearía ni sería amigo de lo bueno, ya que dijimos ser imposible que lo malo sea amigo de lo bueno. [217b] —Es imposible. [217b] —Considerad lo que digo: digo que hay algunas cosas que son tales cual es lo presente ya en ellas; otras, no; como si alguien quisiera teñir algo de un color, estando ya presente en lo teñido tal tinte. [217b] —Sin duda. [217b] —¿No es entonces, en cuanto al color, lo así teñido, cual lo que le ha sobrevenido? [217b] —No entiendo, dijo. [217d] —Sea así, añadí yo: si alguien tiñera tus dorados cabellos con albayalde, ¿serían blancos o aparecerían blancos? [217d] —Parecerían, respondió. [217d] —Por cierto que la blancura le aparecería en ellos. [217d] —Sí. [217d] —Sin embargo no serían en modo alguno blancos, de manera que, presente la blancura, no son ni blancos ni negros. [217d] —Es verdad. [217d] —Mas cuando, querido, la vejez les imparta ese mismo color. [217e] entonces llegarán a ser lo mismo que lo presente: blanco por presencia de lo blanco. [217e] — ¿Cómo no? [217e] —Pues eso mismo es lo que estoy preguntando: ¿si algo está presente en alguien, es lo mismo lo que está siendo que lo que está teniendo?; ¿o sólo si “de alguna manera” algo está presente, lo será; y, si no, no? [217e] —Más bien así, respondió. [217e] —Lo ni malo ni bueno no será malo, por sólo estar, a veces, presente lo malo: mas hay veces en que llega a serlo. [217e] —Ciertamente. [217e] —Ssí, pues, cuando algo no es aún malo, a pesar de estar presente lo malo, esa misma presencia del bien hará que lo desee ser; mas la presencia que lo haga ser malo lo privará del apetito a la vez que del amor por lo bueno, ya que no será ya ni malo ni bueno, sino malo: que lo malo no era amigo de lo bueno. [218a] —Pues no. [218a] —Por esto decíamos que los que son ya sabios no son amantes de la sabiduría, tanto que sean dioses como hombres; mas que tampoco son amantes de la sabiduría los que son tan ignorantes que son malos; porque ninguno que sea mala o ignorante es amante de la sabiduría, Quedan, pues, los que tienen ese mal que es la ignorancia, sin haber llegado ser todavía, por tal mal, ni ignorantes ni estúpidos, sino que aún reconocen que no saben lo que no saben. Por esto es por lo que aman-la-sabiduría los que no son ni buenos ni malos; mas los que son malos o buenos no la aman, porque ni lo contrario respecto de lo contrario, ni lo semejante respecto de lo semejante, son amigos, a tenor de lo evidenciado en los razonamientos precedentes. ¿Recordáislo? [218b] —Muy bien, contestaron. [218b] —Ahora bien, continué yo. Lisis y Menexeno; hemos encontrado, sobre todo, qué es lo amigo y qué no lo es, porque dijimos que, tanto respecto del alma como del cuerpo y de cualquiera otra cosa, lo que es ni malo ni bueno resulta ser, co por virtud de la presencia del mal, amigo de lo bueno. Dijeron que sí a todo, y convinieron en que las cosas eran así. Por mi parte me regocijé extraordinariamente, cual cazador contento de lo cazado; pero a continuación, no sé de dónde me invadió desconcertante sospecha de que lo convenido entre nosotros fuera verdad. Fastidiado, dije inmediatamente: “Lástima. Lisis y Menexeno; que me temo ser un sueño nuestras riquezas”. [218b] —¿Cómo así?, replicó Menexeno. [218d] —Temo, respondí, que acerca de lo amigo, no haya sucedido lo que a hombres ensoberbecidos con tal clase de falsos razonamientos. [218d] —¿En qué sentido?, preguntó. [218e] AE de esta manera, respondí yo: quien fuera amigo ¿sería amigo de alguien o no? [218e] —Necesariamente lo sería, contestó él. [218e] —¿Y lo sería por causa de nada y para nada, o bien por causa de algo y por mor de algo? [218e] —¿Lo es, por ser amigo de aquello por cuya causa el amigo le es amigo a por no ser ni amigo ni enemigo? [218e] —No te sigo bien, contestó. [218e] —Es natural, dije yo; pero tal vez me sigas de esta manera; y pienso que aun yo mismo sabré mejor lo que digo. El enfermo, de que hablábamos, es amigo del médico. ¿No es así? [218e] —Si. [218e] —Y ¿no es amigo del médico por causa de la enfermedad y por mor de la salud? [218e] —Sí. [218e] —¿Mas la enfermedad es un mal? [218e] — ¿Cómo no? [218e] —Y ¿qué de la salud?, añadí yo: ¿es un bien o un mal o ninguna de las dos cosas? [218e] —Es un bien, dijo. [218e] — Decíamos, tal nos pareció, que el cuerpo, no siendo de sí ni bueno ni malo, por causa de la enfermedad —esto es: de lo malo— es amigo de la medicina, que es un bien. Por mor de la salud, pues, la medicina adquiere la amistad; mas la salud, el ser un bien, ¿No es así? [219a] —Sí. [219a] —¿Es la salud algo querido o no querido? [219a] —Querido. [219a] —Mas la enfermedad, ¿algo no querido? [219a] —Sin duda. [219a] —Así que lo ni malo ni buena, por causa de lo malo y de lo enemigo resultan ser amigos, de lo bueno, por mor de lo bueno y querido. [219a] —Tal parece. [219b] —Por mor de lo querido lo amigo es amigo por causa de lo enemigo. [219b] —Parece. [219b] —Sea así, dije yo; llegados a este punto, muchachos, refrenemos la mente para que no nos engañemos; dejo pasar eso de que lo amigo ha resultado ser amigo de lo amigo, y que lo semejante se ha hecho amigo de lo semejante, —lo que dijimos ser imposible. Mas pongamos atención en lo presente, no sea que lo dicho ahora nos engañe. La medicina, decimos, es querida por mor de la salud. [219b] —Si. [219b] —¿Así, pues, la salud es algo querido? [219b] —Enteramente. [219b] —Si algo es, pues, querido lo es por mor de algo. [219b] —Si. [219b] —Por ser tal algo querido, —si es que hemos de ser consecuentes con nuestra anterior convención. [219b] —Enteramente de acuerdo. [219b] —¿Y tal algo será, a su vez, querido por mor de algún otro querido? [219b] —Sí. [219b] — ¿No es, pues, necesario que nos neguemos ya a seguir este camino? ¿No es necesario llegar a algún principio que ya no nos remita a otra cosa querida, sino que nos conduzca aquella que sea la primariamente querida, por mor de la cual digamos que toda lo demás es querido? [219d] — Necesario es. [219d] —Esto es, pues, lo que digo: que las demás cosas que decimos ser queridas por mor de Aquella no nos engañen, cual si fueran realmente imágenes de ella. Sea ella lo primario: lo que es, en verdad, querido. Considerémoslo de esta manera: cuando uno tiene en mucho a algo —cual padre que, veces, prefiere a su hijo sobre todas sus cosas— el tal, por apreciar sobre todo a su hijo, ¿no tendría en mucho alguna otra cosa? Como si se enterara de que ha bebido cicuta, ¿no tendría en mucho al vino, si creyera con él salvar a su hijo? [219d] —Claro que sí, respondió. [219d] —¿E igual respecto del vaso que contiene el vino? [219d] —Ciertamente. [219d] —Mas en tal caso: ¿le es igual que se trate de una copa de arcilla o de su propio hijo, o de tres pintas de vino o del hijo? O propongámoslo así: todo ese cuidado ¿no se endereza, en Estos casos, hacia las cosas preparadas por mor de algo, sino hacia Aquello por mor de lo cual todo ello se procura? ¿No decimos frecuentemente que tenemos en mucho oro y plata? Sin embargo nada de esto es lo verdaderamente querido; lo que sobre todo tenemos en más es lo que parezca ser Aquello por mor de lo cual nos hacemos con oro y todas las demás conveniencias. ¿No lo diremos así? [220a] —Ciertamente. [220a] —Y ¿no valdrá igual razonamiento respecto de lo querido?; porque todo lo que decimos sernos querido lo es por mor de alguna otra cosa querida. Lo que es patentemente otra manera de decir lo mismo: que, en realidad, “querido” resulta ser aquello que es término de todas estas llamadas “querencias”. [220b] —Así parece ser, respondió, ¿Así que lo en realidad querido no es querido por mor de otro alguno? [220b] —Es verdad. [220b] —Descartemos, pues, esto: que lo querido no es querido por mor de otro querido. Pues bien: ¿lo bueno es querido? [220b] —Tal me parece. [220b] —Luego lo bueno es querido por causa de lo malo. Se ha. [220c] más bien, así: St de las tres cosas de que hemos hablado: de lo bueno, de lo malo, de lo que no es ni bueno ni malo, tomamos dos de ellas —dejando aparte lo malo, de modo que lo malo no afectara ni al cuerpo ni al alma ni a ninguna de las demás cosas que dijimos no ser, ellas “en cuanto ellas mismas”, ni malas ni buenas— ¿de nada nos serviría entonces lo bueno; habría, más bien, resultado inútil? Porque, si hada nos perjudicara, de ninguna ayuda necesitaríamos; y quedaría entonces manifiesto que por causa de lo malo amábamos y queríamos lo bueno, resultando ser lo bueno medicina de lo malo; y lo malo, enfermedad. Mas si no hay enfermedad, para nada se necesita de la medicina. ¿Así que lo bueno es, de suyo, querido por causa de lo malo sólo por los que estamos entre lo malo y lo bueno, mas lo bueno no necesita para sí mismo de nada? [220c] —Parece que así es, respondió. [220c] —Así que lo querido para nosotros es aquello que hace de término de las demás cosas de que dijimos ser queridas por mor de un Querido que en nada se asemeja a ellas; porque éstas se denominan queridas por mor de un querido, mientras que lo en realidad de verdad querido, parece ser de naturaleza enteramente contraria, pues: lo querido para nosotros quedó en claro serlo por mor de lo enemigo; de modo que, sí lo enemigo desapareciera, ya no nos sería querido, al parecer. [220c] —Me parece que no, a tenor de lo ahora dicho, contestó. [220c] —Pero yo repliqué: por Júpiter!, ¿de modo que si lo malo pereciera no habría ni hambre ni sed y nada de lo a esto parecido? ¿O habría hambre, caso de existir hombres y demás animales, pero no sería molesta?; y se darían sed y demás apetencias, mas no fueran malas, habiendo dejado de existir lo malo? ¿O resulta ridícula la pregunta de si habría eso entonces o no lo habría? Porque ¿quién lo sabría?; pero sí sabemos que ahora el hambre a veces daña y a veces ayuda, ¿No es así? [221a] —Sin duda alguna. [221a] — ¿De modo que el sediento y el apetente de todo esto, a veces lo apetecen con provecho y a veces con daño, y otras sin uno ni otro? [221b] —Seguramente. [221b] —Mas si cesaran los males, ¿de qué les aprovecharía a las cosas a que cayó en suerte no ser malas el que cesaran de serlo a la vez que los males? [221b] —De nada. [221b] —¿Los apetitos ni buenos ni malos existirán aun cuando cesen los males? [221b] —Parece que sí. [221b] —¿Es posible al que apetece y ama algo no querer lo que apetece y ama? [221b] —No me lo parece. ce —Así que, al parecer, habrá cosas queridas, aun habiendo cesado los males. [221b] —Si. [221b] —Si, pues, lo malo fuese causa de que algo fuera querido, en cesando lo malo, uno no sería querido de otro, pues, en cesando la causa, es imposible que exista aún aquello de lo que la causa es causa. [221b] —Correctamente dicho. [221b] —¿No convinimos en que quien quiere algo lo quiere por causa de algo; y no creímos entonces que lo ni bueno ni malo quiere lo bueno por causa de lo malo? Lisis 159 [221b] —Es verdad. [221b] —Mas ahora, al parecer, otra parece ser la causa de querer y ser querido. [221d] —Tal parece. [221d] —¿No acabamos de decir que, en realidad, el apetito es causa de la querencia, y que el apetente quiere lo apetecido, precisamente mientras lo apetece; al contrario lo que anterior mente llamamos “querido” resulta parlanchinería, cual poema alargado de intento? [221d] —Tal parece, respondió. [221d] —Con todo, añadí yo, quien apetece lo que le falta apetece eso precisamente. ¿No es así? [221d] —Si. [221e] —¿El falto, pues, quiere aquello que le falta? [221e] —Tal parece. [221e] —Mas resulta falto por habérsele quitado algo, -¿Cómo no? [221e] —Así que. Menexeno y Lisis, amor, amistad y apetito lo son de lo propio, —tal pareció y así parece. Convinieron en ello. [221e] —Así que si vosotros dos sois mutuamente amigos, es que, de natural, y de alguna manera, os sois parientes. [221e] —Exactamente, dijeron. [221e] —Y si, muchachos, uno apetece o ama al otro, añadí yo, no lo apetecería o amaría o querría si no fuera, por suerte y de alguna manera, pariente con el amado o según el alma o según alguna disposición, comportamiento o eidos de alma. [222a] —Enteramente así, dijo Menexeno; mas Lisis se calló. [222a] —Bien, añadí yo: quedó en claro que queremos necesariamente lo pariente por naturaleza. [222a] —Parece, respondió. [222a] —Es, pues, necesario que el amante genuino y no fingido sea querido por su doncel. lo cual Lisis y Menexeno asintieron con reparos; mas Hipótales, de gusto, cambió de mil colores. Mas yo, queriendo continuar con el razonamiento, dije: Si, por cierto, Lisis. y Menexeno, lo pariente y lo semejante se diferencian en algo, estaríamos, a mi parecer, explicando qué es “querido”; mas si aconteciera ser lo mismo semejante y pariente, no sería fácil rechazar la proposición anterior, a saber: que lo semejante, por la semejanza, es inútil al semejante; mas entonces fuera despropósito convenir en que lo inútil es querido. ¿Queréis, pues, añadí yo, borrachos como estamos por el razonamiento, que convengamos y digamos que son diversos pariente y semejante? [222b] —Sea así. [222b] —¿Diremos, pues, que lo bueno es pariente de todo y que lo malo es extranjero? ¿O bien que lo malo es pariente de lo malo, lo bueno lo es de lo bueno y que lo ni bueno ni malo malo es pariente de lo ni bueno ni malo? Dijeron parecerles que cada uno es pariente de su cada uno. [222d] —Una vez más, añadí yo, muchachos, hemos recaído en los razonamientos primeramente descartados acerca de la querencia, porque el injusto no será menos querido del injusto y el malo del malo que lo es el bueno del bueno. [222d] —Tal parece, respondió. [222d] —Y ¿qué?: digamos que lo bueno y lo pariente son lo mismo; ¿qué otra cosa es esto sino que el bueno es únicamente querido del bueno? [222d] —Sin duda. [222d] —Mas en cesto creíamos habernos refutado a nosotros mismos; ¿no lo recordáis? [222d] —Lo recordamos. [222e] —¿Para qué, pues, nos sirve este razonamiento? ¿No está claro que para nada? Así que necesito, como los abogados ante ju. de replantear todo lo dicho: si ni los amados ni los amadores, ni los semejantes ni los desemejantes, ni los buenos ni los parientes, ni los demás enumerados —que yo no recuerdo por su multitud—, ninguno de ellos es querido, yo no sé ya qué decir. [223a] Hablando así, pensaba provocar a alguno de los mayores cuando, cual daimonios, acercándose los pedagogos de Menexeno y de Lisis, con los hermanos de ellos, los llamaron y ordenaron que volvieran a casa; que ya era tarde. Primero nosotros y los circunstantes apartamos a los pedagogos. No se preocuparon en nada de nosotros, sino que, furiosos y en mal griego, no dejaron de llamarlos. Nos pareció que. [223b] bebidos como estaban por la fiesta, serían difíciles de amansar, así que, vencidos por ellos, disolvimos la reunión. Sin embargo, mientras se iban les dije: Lisis y Menexeno, hemos hecho el ridículo yo, varón anciano, y vosotros; porque estotros, al partir, dirán que creíamos nosotros ser amigo unos de otros —yo me pongo entre vosotros—, mas no fuimos capaces de encontrar qué es el Amigo.