Menexeno — Plato ================ ΜΕΝΕΞΕΝΟΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/menex/ This file: https://plato-scroll.com/text/menex-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/menex.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/menex-b.txt - R.G. Bury (Loeb, 1929): https://plato-scroll.com/text/menex-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/menex-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/menex-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [234a] Sócrates: ¿Del ágora, o de dónde?, Menexeno. [234a] Menexeno: Del ágora, Sócrates, —del Consejo. [234a] Sócrates: ¡¿Qué, en especial, tienes que ver con el Consejo? ¿O no está ya claro que, por creerte llegado al final de tu educación y filosofía, y teniendo ya lo suficiente de ellas piensas dedicarte a cosas mayores, y mandar sobre nosotros a fin de que vuestra casa no deje de proporcionarnos continuamente un solícito cuidador? [234b] Menexeno: Si tú, Sócrates, me permites y aconsejas mandar, me animaré a ello; mas si no, no. Hoy, por cierto, me encaminaba al Consejo, enterado de que el Consejo está a punto de escoger quién dirá la oración fúnebre, porque sabes se disponen a hacer los funerales. [234b] Sócrates: Bien lo sé; pero, ¿a quién escogieron? [234b] Menexeno: A nadie: la aplazaron para mañana. Creo, no obstante, que escogerán a Arquino o a Dión. [234b] Sócrates: Y por cierto, Menexeno, que morir en la guerra me parece ser de muchas maneras bello, porque se obtiene bella y magnificente sepultura, aun si uno muere pobre; y aunque se sea un cualquiera, cáele la Suerte de jue lo elogien varones sabios y que no elogian como les salga sino después de preparar durante largo tiempo sus discursos. Y tan bellamente elogian que, diciendo de cada uno lo que le corresponde, o no, y adornándolo con bellísimos nombres encantan a nuestras almas, a la vez que, encomiando de todas las maneras a la Ciudad y a los muertos en la guerra, a nuestros progenitores, a todos los antepasados, y aun elogiándonos a nosotros mismos, los aún vivientes, hasta yo mismo, Menexeno, me siento grandemente ennoblecido por sus elogios; y cada vez me quedo encantado oyéndolos, convencido de haberme hecho, en un instante, mejor, más noble, más bello. Y casi todas las veces, y aun siempre, vienen conmigo y conmigo escúchanlo algunos extranjeros, ante los cuales, en ese instante, resulto más respetable, porque me parece que sienten lo mismo respecto de mí y de la Ciudad: que la tienen por más admirable que antes, persuadidos por el orador. Y a mí, me dura esta respectabilidad días, —más de tres. La palabra y voz del orador se adentra, tan resonante, por las orejas que, apenas en el cuarto ó quinto día, me recuerdo de mí mismo y caigo en cuenta de en qué lugar de la tierra estoy; que, hasta entonces creo, tan sólo hallarme en las islas de los bienaventurados. ¡Tan hábiles son nuestros oradores! [235c] Menexeno: Siempre estás, Sócrates, burlándote de los oradores. Esta vez, por cierto, creo que el escogido no saldrá tan bien parado, porque la selección se hizo tan tan de sopetón que el orador tenga tal vez, sin remedio, que improvisar. [235d] Sócrates: ¿Cómo así?, cándido; que los tales tienen disponibles discursos, aparte de que improvisar, en tales casos, no es difícil. Porque si se hubiera de elogiar a los atenienses ante los del Peloponeso, o a los del Peloponeso ante los atenienses, falta hiciera de buen orador para persuadirlos y que sacara renombre. Mas cuando hay que ganárselo ante los mismos a quienes se alaba, no es gran cosa parecer buen orador. [235d] Menexeno: ¿No lo crees, Sócrates? [235d] Sócrates: Ciertamente que no, por Júpiter! [235d] Menexeno: ¿Que te crees capaz tú mismo de hablar si fuera preciso y te escogiera el Conseja? [235d] Sócrates: Nada, por cierto, Menexeno, de sorprendente fuera, aun para mí, el que fuese capaz de hablar, que, por Suerte, he tenido de maestra en retórica a una, y nada mediocre: la misma que ha hecho a otros muchos buenos oradores; pero a uno eminente entre los griegos: a Pericles, hijo de Jantipo. [235d] Menexeno: ¿Quién es ella? ¿O no es evidente que estás hablando de Aspasia? [235d] Sócrates: Pues de ella hablo; y de Como, hijo de Metrobio, que los dos son mis maestros, el uno, de música; la otra, de retórica. Ciertamente, pues, nada tiene de sorprendente el que varón así educado resulte grandilocuente. Más aún: cualquiera peor educado que yo, mas educado por Lampros en música, o en retórica por Antifonte de Ramnonte, sería capaz de ganar renombre ante los atenienses alabando a los atenienses. [236a] Menexeno: Y, ¿qué tendrías para decir, si hubieras de hablar? [236a] Sócrates: Yo, de mi cosecha, tal vez nada. Mas ayer precisamente escuchaba a Aspasia haciendo, por sus pasos, un discurso fúnebre sobre tal tema, porque, lo mismo que tú dices había ella oído: que los atenienses estaban a punto de escoger al orador; así que desarrolló, improvisando, algo de lo que debía decirse; lo demás, teníalo ya pensado, de manera que me pareció componía el discurso funeral que pronunció Pericles, y que ensartaba ella sobras de él. [236b] Menexeno: ¿Te recordarías, pues, de lo que dijo Aspasia? [236b] Sócrates: Sí no me falla la memoria, que de ella misma lo aprendí y por poco recibo golpes por lo que olvidaba. [236c] Menexeno: ¿Qué, pues?, ¿no me lo repetirás? [236c] Sócrates: Pero de manera que no lleve a mal la maestra si hago público su discurso. [236c] Menexeno: En modo alguno lo llevará, Sócrates; habla, que me dará gran placer, tanto que lo que quieres decir sea de Aspasia como de cualquier otro, con tal, solamente, de que hables. [236c] Sócrates: Pero tal vez te rías tú de mí, si, de viejo, te pareciere que aún bromeo. [236c] Menexeno: En modo alguno, Sócrates; habla, sea como sea. [236c] Sócrates: Pues bien: sea por darte gusto; tanto que si me urgieras a bailar desnudo, casi casi lo hiciera por darte gusto, ya que estamos solos. Escucha ya: Habló, pues, ella, ya desde el comienzo sobre los muertos mismos, haciéndolo de semejante manera: “Con obras, acaban de obtener éstos de nosotros lo que les era debido, recibido lo cual están emprendiendo el Predestinado viaje, despedidos solemnemente y en común por la Ciudad; mas, en privado, por sus familiares. Pero ahora, con palabras, la ley ordena, y es un deber, hacer a tales varones el homenaje que falta. Que a obras bien hechas y a acciones viénenles de palabras bellamente dichas memoria y honor de los oyentes. Tal ha de ser todo discurso que pretenda alabar adecuadamente a los muertos, exhortar benévolamente a los vivientes, urgiendo a descendientes y hermanos a que imiten las virtudes de ellos; mas a padres, madres —y si quedaren algunos de los anteriores progenitores—, a todos ellos, consolación. ¿Cuál sería, a juicio nuestro, un discurso evidentemente tal? ¿O por dónde comenzaríamos correctamente a ensalzar a varones buenos que, de vivientes, hicieron por su virtud el gozo de los suyos, y que trocaron su muerte por la salvación de los aún vivientes? Me parece preciso, por natural, que según la manera como se hicieron buenos, según esa misma se los ensalce. Mas se hicieron buenos por nacidos de buenos. Encomiemos, pues, primero, lo de bien nacidos; después, su crianza y educación. Y, además de esto, exhibamos cómo hicieron sus obras: de qué manera evidente bella y digna de ellas. [237b] Primero: lo de bien nacidos les vino del origen de sus progenitores, —nada de advenedizos ni que descubriera que sus descendientes lo eran de extranjeros, venidos de otra parte a establecer su casa en el país, sino autóctonos, morando y viviendo, en realidad, en su patria, y criados no por madrastra, cual los otros, sino por madre: la región en que moraban; y que ahora, muertos, descansan en un lugar de familia: el de quien los parió, crió y recibió en su seno. Así que lo más justo es hacer, primero, los honores a la madre misma; que así, a la vez, queda honrada su noble nacimiento. [237c] Es nuestro país digno de ser ensalzado por todos los hombres, no solamente por nosotros, por muchas y varias razones; de ellas la primera y máxima la de, por suerte, ser “amado-por-los-dioses”. Sírvanos de testimonio de estas palabras aquella riña y juicio de los dioses que se lo disputaron. País que los dioses ensalzaron, ¿cómo no ha de ser justo lo ensalcen los. hombres todos? Pero un segundo elogio, justo, sería el de que en aquel tiempo, cuando de la tierra entera «ἐν ᾧ ἡ πᾶσα γῆ ἀνεδίδου καὶ ἔφυε ζῷα παντοδαπά, θηρία τε καὶ βοτά, ἐν τούτῳ ἡ ἡμετέρα θηρίων μὲν ἀγρίων ἄγονος καὶ καθαρὰ ἐφάνη, ἐξελέξατο δὲ τῶν ζῴων καὶ ἐγέννησεν ἄνθρωπον, ὃ συνέσει τε ὑπερέχει τῶν ἄλλων καὶ δίκην καὶ θεοὺς μόνον Σωκράτης: νομίζει. μέγα δὲ τεκμήριον τούτῳ τῷ λόγῳ, ὅτι ἥδε ἔτεκεν ἡ γῆ τοὺς τῶνδέ τε καὶ ἡμετέρους προγόνους. πᾶν γὰρ τὸ τεκὸν τροφὴν ἔχει ἐπιτηδείαν ᾧ ἂν τέκῃ, ᾧ καὶ γυνὴ δήλη τεκοῦσά τε ἀληθῶς καὶ μή, ἀλλ᾽ ὑποβαλλομένη, ἐὰν μὴ ἔχῃ πηγὰς τροφῆς τῷ γεννωμένῳ. ὃ δὴ καὶ ἡ ἡμετέρα γῆ τε καὶ μήτηρ ἱκανὸν τεκμήριον παρέχεται ὡς ἀνθρώπους γεννησαμένη: μόνη γὰρ ἐν τῷ τότε καὶ πρώτη τροφὴν ἀνθρωπείαν Σωκράτης: ἤνεγκεν τὸν τῶν πυρῶν καὶ κριθῶν καρπόν, ᾧ κάλλιστα καὶ ἄριστα τρέφεται τὸ ἀνθρώπειον γένος, ὡς τῷ ὄντι τοῦτο τὸ ζῷον αὐτὴ γεννησαμένη. μᾶλλον δὲ ὑπὲρ γῆς ἢ γυναικὸς προσήκει δέχεσθαι τοιαῦτα τεκμήρια: οὐ γὰρ γῆ γυναῖκα μεμίμηται κυήσει καὶ γεννήσει, ἀλλὰ γυνὴ γῆν. τούτου δὲ τοῦ καρποῦ οὐκ ἐφθόνησεν, ἀλλ᾽ ἔνειμεν καὶ τοῖς ἄλλοις. μετὰ δὲ τοῦτο ἐλαίου γένεσιν, πόνων ἀρωγήν, ἀνῆκεν τοῖς Σωκράτης: ἐκγόνοις: θρεψαμένη δὲ καὶ αὐξήσασα πρὸς ἥβην ἄρχοντας καὶ διδασκάλους αὐτῶν θεοὺς ἐπηγάγετο: ὧν τὰ μὲν ὀνόματα πρέπει ἐν τῷ τοιῷδε ἐᾶν ἴσμεν γάρ οἳ τὸν βίον ἡμῶν κατεσκεύασαν πρός τε τὴν καθ᾽ ἡμέραν δίαιταν, τέχνας πρώτους παιδευσάμενοι, καὶ πρὸς τὴν ὑπὲρ τῆς χώρας φυλακὴν ὅπλων κτῆσίν τε καὶ χρῆσιν διδαξάμενοι. Σωκράτης: γεννηθέντες δὲ καὶ παιδευθέντες οὕτως οἱ τῶνδε πρόγονοι ᾤκουν πολιτείαν κατασκευασάμενοι, ἧς ὀρθῶς ἔχει διὰ βραχέων Σωκράτης: ἐπιμνησθῆναι. πολιτεία γὰρ τροφὴ ἀνθρώπων ἐστίν, καλὴ μὲν ἀγαθῶν, ἡ δὲ ἐναντία κακῶν. ὡς οὖν ἐν καλῇ πολιτείᾳ ἐτράφησαν οἱ πρόσθεν ἡμῶν, ἀναγκαῖον δηλῶσαι, δι᾽ ἣν δὴ κἀκεῖνοι ἀγαθοὶ καὶ οἱ νῦν εἰσιν, ὧν οἵδε τυγχάνουσιν ὄντες οἱ τετελευτηκότες. ἡ γὰρ αὐτὴ πολιτεία καὶ τότε ἦν καὶ νῦν, ἀριστοκρατία, ἐν ᾗ νῦν τε πολιτευόμεθα καὶ τὸν ἀεὶ χρόνον ἐξ ἐκείνου ὡς τὰ πολλά. καλεῖ δὲ ὁ μὲν αὐτὴν Σωκράτης: δημοκρατίαν, ὁ δὲ ἄλλο, ᾧ ἂν χαίρῃ, ἔστι δὲ τῇ ἀληθείᾳ μετ᾽ εὐδοξίας πλήθους ἀριστοκρατία.» (Burnet, 237d–238d) Reyes, por cierto, los tenemos siempre; algunos, unas veces, según nacimiento; otras, por elección. Pero las más de las veces el pueblo manda en la Ciudad; aunque da gobierno y poder a los que, en cada caso, le pareciere ser los mejores. Y ni por enfermedad, pobreza, padres desconocidos, a nadie se excluye; ni por los contrarios se le honra con cargo, —cual en otras ciudades. Sino una sola norma: que el reconocido por sabio a bueno sea quien gobierne y mande. Empero, la causa de tal régimen político es, entre nosotros, la igualdad de nacimiento, porque las otras ciudades están constituidas por hombres de clases desiguales y variadas; así que, desiguales también son sus regímenes políticos, —tiranías y oligarquías, y viven teniendo unos pocos a los demás por esclavos; y éstos, a aquéllos, por dueños. Mas nosotros y los nuestros —todos hermanos por nacidos de la misma madre— no tenemos por digno haya entre nosotros ni esclavos ni dueños. Por el contrario: la igualdad-de-nacimiento, que es la según naturaleza, nos fuerza a buscar la igualdad-según-ley, y a no someternos, mutuamente, uno a otro ninguno, sino por reputación de virtud y sapiencia. [239a] Por lo cual, criados en total libertad, tanto los padres de éstos, como los nuestros, y ellos mismos, y bellamente nacidos, dieron a luz ante todos los hombres —tanto en privado como en público— muchas y bellas obras, convencidos del deber de luchar por la libertad contra los griegos en favor de los griegos, y contra los bárbaros en favor de todos los griegos. Que, por cierto, contra Eumolpo y Amazonas —y aun otros anteriormente— invasores del país, cómo se defendieron, y cómo defendieron a los argivos contra los cadmeos, a los heraclidas contra los argivos, el tiempo resulta breve para dignamente referirlo, aparte de que los poetas, celebrándolo en Música, difundieron por doquier, y bellamente, su virtud. Si, pues, emprendiéramos nosotros adornar eso mismo con sencillas palabras, quedaríamos patentemente en segundo lugar. Dejaré, pues, de lado todo esto —tal es mi parecer—, ya que ha recibido lo que se le debía. Mas de lo que ningún poeta ha sacado renombre digno de tan digna causa, y que aún está puesto en olvido, eso precisamente me parece deber recordarse, ensalzándolo y ofreciéndolo virgen a otros para que lo pongan en odas y en cualquier otro género de poemas, de manera adecuada a quienes lo hicieron. Hablo, de entre tales hazañas, ante todo de ésta: A los persas, dueños de Asia, y puestos a esclavizar a Europa, los detuvieron los hijos de esta tierra, nuestros padres, a los que es justo y necesario, ante todo, ensalzar recordando su virtud. Es preciso verla, si se la ha de ensalzar bellamente, refiriéndose, al hablar de ella, a aquel tiempo en que el Asia entera era ya esclava de un tercer Rey, —de ellos el primero fue Ciro quien, una vez libertados por alto designio suyo los persas, sus propios conciudadanos, esclavizó a la vez a los medos, sus dueños, y mandó sobre la restante Asia hasta Egipto; mas su hijo, sobre Egipto y Libia, hasta donde era posible llegar; el tercero, Darío, por tierra llevó las fronteras de su imperio hasta los escitas, pero con sus naves dominaba mar e islas, tanto que nadie se tenía por capaz de oponérsele. Esclavizada estaba de mente la humanidad entera, ¡y tantos, tan grandes y bellísimos pueblos tenía esclavizados íntegramente el imperio persa! [240a] Mas acusándonos Darío a nosotros y a los eritreos de conspirar contra Sardes, envió, con tal pretexto, cincuenta miríadas de hombres en transportes y navíos, —trescientos navíos, con Datis por comandante, diciéndole volviera trayendo a eritreos y atenienses, si quería guardar su propia cabeza. Puso, pues, velas hacia Eritrea, contra varones de la más alta reputación, entre los griegos de entonces, en cuestiones de guerra, y no pocos en número; en tres días los sometió a ellos; mas, para que ninguno escapara, al país lo rastrilló de la siguiente manera: en llegando sus soldados a las fronteras de Eritrea, desplegándose de mar a mar y cogidos de las manos, atravesaron el país entero, a fin de poder decir al Rey que ninguno se les había escapado. Con el mismo designio descendieron de Eritrea hasta Maratón, cual si estuviera todo listo para llevarse también a los atenienses, una vez subyugados, en la misma inevitable redada con los eritreos. Algo de esto era ya un hecho; algo, empresa aún; mas a eritreos y atenienses ninguno de los griegos los socorrió, a excepción de los espartanos, —y aun llegaron al día siguiente de la batalla. Todos los demás, aturdidos, contentándose con haberse por de pronto salvado, quedáronse quietos. Por cierto, que puesto uno en tal paso, reconocería quiénes realmente fueron los valientes que, en Maratón, aguantaron el ímpetu de los bárbaros, castigaron su arrogancia y, primeros en alzar los trofeos de victoria sobre los bárbaros, llegaron a hacerse guías y enseñar a los demás el que no era invencible el poder de los persas, sino que, íntegras, muchedumbre y riqueza ríndense al valor. Pues bien: de tales varones afirmo que son nuestros padres no sólo de los cuerpos, sino también de la libertad, —de la nuestra y de la de todos los que en este continente habitan. Porque con la vista puesta en esa hazaña, y las posteriores batallas, los griegos, haciéndose discípulos de los de Maratón, se atrevieron a correr, en favor de lá libertad, toda clase de peligros. [240e] En este discurso el primer premio había de otorgarse a ellos; mas el segundo, para los vencedores en las batallas navales de Salamina y Artemisia. Por cierto que, de estos varones, habría muchas cosas que relatar: qué asaltos aguantaron por tierra y por mar, y cómo los rechazaron. Pero recordaré lo que de ellos me parece más bello: haber continuado y llevado a su término la hazaña de Maratón. Porque los de Maratón mostraron a los griegos solamente que, por tierra, era posible rechazar unos pocos a los bárbaros; mas, que lo fuera por mar, era aún ignoto; y los persas tenían fama de ser invencibles por mar a causa de su número, riqueza, artes y fuerza. Pues bien: de los varones que entonces lucharon en batallas navales es precisamente digno de alabanza el que, en los griegos, disiparon tal temor y dejaron así de temer a la multitud de navíos y varones. De ambos: de los que en Maratón lucharon y de los que en la batalla naval de Salamina proviene el haberse los demás griegos educado, aprendido y acostumbrado a no temer a los bárbaros, ni a los que vinieran por tierra ni a los que por mar. [241c] Como tercera hazaña menciono la de Platea, común ya a espartanos y atenienses, quienes por su número y valor aseguraron la salvación de Grecia. Todos ellos rechazaron al mayor y más grave peligro; y por este su valor los encomiamos nosotros ahora, y en el futuro los posteriores. Empero, aun después de esta hazaña, muchas ciudades griegas estaban de parte de los bárbaros; y decíase que el Rey mismo estaba pensando en un nuevo ataque contra los griegos. Es, pues, de justicia el recordarnos de quienes, limpiando y expulsando del mar a todos los bárbaros, perfeccionaron la salvación, fin de las hazañas de los anteriores. Fueron éstos los de la batalla naval de Eurimedonte, los de la campaña contra Chipre, los que partieron a Egipto y otras muchas partes, de quienes hay que recordarse y darles gracias porque hicieron que, por miedo, el Rey se preocupara de su propia salvación y no de tramar la perdición de los griegos. [241e] Y tal fue la guerra sostenida por nuestra Ciudad entera contra los bárbaros y en favor de sí misma y de los de la misma lengua. Mas hechas las paces, y en honor nuestra Ciudad, sobrevínole lo que les gusta a los hombres caiga sobre los exitosos; primero, los celos; después de los celos, la envidia; lo que hizo que, contra su voluntad, se pusiera nuestra Ciudad en guerra con los griegos. Tras de lo cual, sobrevenida la guerra, enfrentáronse con los espartanos en Tanagra combatiendo en favor de la libertad de los beocios. La batalla quedó indecisa, mas la decidió el acto siguiente: se retiraron de ella y partieron, abandonando a quienes ayudaban; mas los nuestros, vencedores en Enofites, tras tres días de lucha, hicieron, según justicia, volver a los injustamente exiliados. Así que ellos, los primeros después de las guerras pérsicas, ayudando, en favor de la libertad, a unos griegos contra otros griegos, llegaron a ser varones buenos y libertadores de sus ayudados; fueron también los primeros que, honrados por la Ciudad, reposan en este monumento. [242c] Después de esto, generalizada la guerra, todos los griegos se pusieron en campaña contra nuestro país; lo devastaron, pagando indignamente las gracias que a la Ciudad le debían. Venciéronlos los nuestros en batalla naval, tomando de prisioneros en Esfaguía a sus jefes. Pudiendo matarlos, les perdonaron la vida; los devolvieron e hicieron las paces, convencidos de que con los de la misma raza la guerra debe terminar con la victoria, y por la rabieta privada de una Ciudad no destruir la comunidad griega; mas contra los bárbaros, guerra hasta su destrucción. Dignos de alabanza son, pues, estos varones que descansan aquí después de haber hecho una guerra en que demostraron que, si acaso alguien dudaba de que en la anterior guerra hubo otros mejores que los atenienses, tal duda era falsa. Mostraron ellos entonces a una Grecia escindida que vencedores en tal guerra, apresados los jefes de los demás griegos, con quienes antes y en común vencieron a los bárbaros, eran capaces ellos, a solas, de vencerlos. [242e] Después de esta paz sobrevino una tercera guerra, imprevista y terrible, en que perecieron muchos valientes que aquí reposan; muchos de ellos, cerca de Sicilia, ostentando multitud de trofeos alcanzados por defender la libertad de los leontinos para socorrer, según lo jurado, a los cuales, navegaron hasta aquellos lugares. Mas lo largo de la navegación, el estado confuso de la Ciudad, escindida en facciones, y sin poder para socorrerlos, hizo que tuvieran que renunciar a ello en un golpe de mala Suerte. Pero de sus mismos enemigos y adversarios en la guerra recibieron mayores elogios por su moderación y valor que los que de ellos recibieron sus amigos. Muchos murieron en las batallas navales de Helesponto, habiendo capturado en un día todos los navíos enemigos, vencidos muchos otros. Al hablar de la manera terrible e inesperada como esta guerra surgió, me refiero a que los demás griegos llegaron a tanto encono de su enemiga contra la Ciudad que entraron en negociaciones privadas con el peor enemigo: el Rey, a quien en común con nosotros expulsaron para que, una vez más, viniera: el bárbaro, contra los griegos. Hiciéronse entonces patentes la energía y el valor de la Ciudad, porque, creyéndola vencida ya del todo, y los navíos atrapados en Mitilene, ayudándolos con otros sesenta, embarcados en ellos, resultaron, según común consentimiento, óptimos varones por vencedores de los enemigos, y libertadores de los amigos; mas, por una Suerte, indigna de ellos, no pudieron sus cuerpos ser rescatados del mar, y reposar aquí. Débenseles eternas memoria y alabanzas. Por su valor vencimos no solamente en aquella batalla naval, sino en la restante de la guerra; por ellos esta Ciudad adquirió la reputación de invencible, aunque batalle contra ella la humanidad entera. Y es reputación verdadera. Que por nuestras propias disensiones hemos sido vencidos; no, por otras causas; que aun ahora no estamos vencidos por aquéllos; que nosotros mismos nos vencimos y por nosotros mismos fuimos vencidos. [243e] Después de esto, vueltas tranquilidad y paz con los otros, la guerra civil la hicimos de tal manera entre nosotros que, si fuera el Sino de los hombres escindirse en facciones, nadie pediría para su propia Ciudad enfermarse de otra manera. Porque desde el Pireo y desde la Ciudad, ¡con qué amabilidad y familiaridad se trataban unos ciudadanos con otros y, contra lo que era de esperar con los demás griegos! Y, ¡con qué moderación pusieron fin a la guerra con los de Eleusis! Y de todo esto no hubo otra causa sino el real parentesco que aportó amistad firme entre congéneres, no de palabras sino de obras. [244a] De los muertos, unos a manos de otros, durante esta guerra hay que hacer memoria, y reconciliarlos, como nosotros lo podemos, con plegarias y sacrificios en esta oportunidad, invocando a quienes mandan sobre ellos, ya que nosotros mismos estamos reconciliados. Que no por maldad ni enemistad, sino por Malaventura, pelearon unos con otros. Pero nosotros mismos, los vivientes, somos testigos de esto: que, siendo de su misma raza, nos perdonamos mutuamente lo que hicimos y la que padecimos. [244b] Después de esto, perfectamente nosotros en paz, la Ciudad se quedó tranquila; perdonó a los bárbaros el que se defendieran bien de lo que ella, injustamente y sin necesidad, les hizo padecer; mas irritada con los griegos, recordando que los beneficios de ella recibidos los devolvieron con esa gracia de concertarse con los bárbaros, apoderarse de los navíos que en su oportunidad los salvaron, destruyendo nosotros nuestras murallas para evitar cayeran las suyas. Determinada, pues, la Ciudad a no defender ya a griegos, puestos a esclavizarse unos por otros, ni por los bárbaros, así vivía la Ciudad; y, por ser tal el estado de nuestro ánimo, creyeron los espartanos haber nosotros, los paladines de la libertad, haber decaído, y ser ya el momento de ponerse ellos a esclavizar a los demás. Esto es lo que hicieron. [244d] Y, ¿qué falta hace añadir más? Que hablaría no de cosas antiguas ni a otros hombres sucedidas, después de las dichas; porque nosotros mismos sabemos cuán espantados y urgidos recurrieron a nuestra Ciudad los primeros de los griegos: argivos, beocios y corintios; y lo más divino de Todo: aun a tan grandes apuros llegó el Rey que, a su derredor, no halló pudiera venirle la salvación de parte alguna sino precisamente de esta Ciudad que tanto se empeñó en destruir. Y por cierto que si de algo se quisiera acusar, en justicia, a esta Ciudad, lo único correcto fuera decir que se la acusaría de ser demasiado compasiva y criada del vencido. Y por cierto que entonces no fue capaz de ponerse fuerte y mantener hasta el final su resolución de no ayudar de entre los amenazados de esclavitud a ninguno de los que con ella se portaron injustamente. Mas cedió y ayudó. A los griegos, ella misma los ayudó, liberándolos de esclavitud, de manera que estuvieron libres hasta que, de nuevo, ellos se esclavizaron a sí mismos. Al Rey, no se atrevió a ayudarlo, por reverencia a los trofeos de Maratón. Salamina y Platea; mas con sólo permitir que le ayudaran exiliados y voluntarios lo salvó, —tal es la común opinión. Pero amurallada, y reconstruidas las naves, aceptó guerrear cuando se la forzó a ello; y en favor de los de Parios hizo la guerra a los espartanos. [245b] Mas el Rey tuvo miedo de nuestra Ciudad al ver que los espartanos desistían de la guerra marítima. Queriendo desertar, reclamaba a los griegos del continente que anteriormente le habían entregado los espartanos si es que iba a aliarse con nosotros y demás aliados, creyendo que no lo querríamos, para así tener un pretexto para su deserción. Pero los demás aliados le engañaron; porque corintios, argivos, beocios y demás aliados consentían en tal entrega; convinieron y juraron en entregar los griegos del continente si estaba dispuesto a pagarlo. Solamente nosotros no nos atrevimos ni a entregarlos ni a jurar. [245c] Tan generoso, libre, firme y sano es el carácter de nuestra Ciudad; y natural el odio a lo bárbaro por ser puramente griegos, sin mezcla de bárbaros. Porque ni pélopes, ni cadmeos, ni egipcios ni dánaos ni tantos otros —bárbaros por naturaleza, mas griegos por ley— cohabitan con nosotros. Pero griegos, lo somos nosotros y habitamos sin mezcla de bárbaros; por lo cual infuso está en la Ciudad, y es puro, el odio a naturaleza extranjera. Una vez más, pues, nos quedamos a solas por no querer cometer esa acción, vergonzosa y sacrílega, de entregar griegos a bárbaros. Vueltos, pues, a la misma situación, anterior a la guerra que perdimos, gracias a dios terminamos la guerra ahora mejor que entonces, porque salimos de la guerra conservando murallas, navíos y nuestras propias colonias. ¡Tan contentos quedaron con terminarla nuestros enemigos mismos! Por cierto que también en esta guerra perdimos varones buenos, obstaculizados por el mal terreno en Corinto; por la traición, en Lequeo. Pero buenos también los que libraron al Rey, y expulsaron del mar a los espartanos. Yo, por cierto os los recuerdo; mas vosotros habéis de ensalzar conmigo y honrar a tales varones. [246a] Y tales son las hazañas de los varones que aquí reposan, y las de tantos otros como murieron en defensa de la Ciudad. Muchas y bellas son las dichas; pero son todavía más numerosas y bellas las posteriores; porque no serían suficientes muchos días y noches a quien se pusiera a relatarlas todas. Recordándolos, pues, es preciso que todo varón exhorte a los descendientes de ellos a que, como en la guerra, no deserten de su puesto: el de sus progenitores, ni se retiren a la retaguardia cediendo a la cobardía. Yo mismo, pues, hijos de varones buenos, os exhorto ahora y, en el tiempo que me restare de vida, siempre que encuentre a uno de vosotros os recordaré y urgiré a que os esforcéis en ser cuando mejores mejor. Al presente es de justicia el que os diga lo que nuestros padres creían deber recomendarnos a los que quedábamos, si a ellos les pasaba algo al afrontar un peligro. Os repetiré lo que de ellos oí y lo que ahora, si pudieran, os dirían gustosos, a juzgar por lo que entonces dijeron. Dijeron, pues, esto: «¡Hijos!, de que lo seáis de padres valientes, lo que estáis presenciando da pruebas; siéndonos factible vivir no bellamente, bellamente elegimos morir, más bien que hacer caer sobre vosotros y vuestra posteridad oprobio alguno, avergonzar a nuestros padres y a todos sus progenitores, teniendo por invisible la vida de quien los avergüenza, y que ni hombres ni dioses son amigos suyos ni sobre la tierra ni bajo la tierra, una vez muerto. Habéis, pues, de recordaros de nuestras palabras: cualquier obra que hiciereis, sea la que fuere, hacedla cual ejercicio de la virtud, sabiendo vosotros que, sin ello, todo lo demás: riquezas y empresas es feo-y-malo. Porque ni la riqueza trae consigo belleza para quien la posee con cobardía, —que el tal se enriquece, mas no para sí; ni belleza y robustez de cuerpo, domiciliadas en cobarde-y-malo, no resplandecen de conveniente, sino de inconveniente manera; ponen más en descubierto a su poseedor y trasparece su cobardía. Y toda ciencia, separada de justicia y de las demás virtudes, es evidente picardía; y no, sabiduría. Por lo cual, primero, postrero y durante toda la vida tratad de poner totalmente todo vuestro empeño en superarnos cuanto más mejor en renombre tanto a nosotros como a nuestros progenitores. Que si no, sabedla bien: si os vencemos en virtud, tal victoria os trae vergüenza; mas la derrota, caso de ser derrotados, bienaventuranza. Pero la mejor manera de ser nosotros vencidos y vosotros vencedores fuera tratar de no abusar de la reputación de vuestros progenitores ni malbaratarla, sabiendo que para varón que se tenga en algo no hay nada de más vergonzoso que hacerse honrar no por lo suyo, sino por la reputación de los progenitores. Son, ciertamente, para los hijos los honores de los padres bello y magnificente tesoro; pero gastar un tesoro, tanto de dinero como de honor, y además no transmitir a los descendientes nada, por carecer de riquezas y renombre propios, es algo vergonzoso-y-cobarde. Y si de esto os ocupáis, llegaréis vosotros cual amigos a amigos, nosotros, cuando el Hado os tome, cual os corresponde, a su cuidado. Mas si habéis sido descuidados y malignos, nadie os recibirá benévolamente. Dése, pues, esto por dicho a vuestros hijos. [247c] Pero en cuanto a nuestros padres, quien los tenga, y a nuestras madres, hay que exhortarlos de continuo a llevar mansamente las desgracias que tal vez les sobrevinieron, y no añadir nuestros lamentos, que no necesitarán de que alguien les aumente las penas, porque la desgracia que les cayó se las proporcionará. Más bien, que, curados y apaciguados, recuerden que los dioses escucharon lo que sobre todos ellos les pedían: Que no les pedían fueran inmortales sus hijos, sino valientes y afamados; tales son los máximos bienes, y la Suerte se los deparó. Mas no es fácil el que, a varón mortal, le salga durante su vida todo a medida de sus deseos. Soportando varonilmente las desgracias mostraránse ser, en realidad, padres de varoniles hijos, y serlo ellos mismos; mas, si se abatieren, darán que sospechar o que no son nuestros padres o que nuestros ensalzadores nos mienten. Nada de esto ha de pasar, sino, más bien, el que ellos sean, de hecho, nuestros máximos ensalzadores lo mostrarán dejando ver que, en realidad, son varones, padres de varones. [247e] Viejo, ciertamente, es el dicho “nada en demasía”; y bellamente dicho parece, ya que, en realidad, está bien dicho. Porque varón que haga depender de sí mismo todo lo conducente a bienaventuranza o lo a ella próximo —y no oscile según lo que a otros hombres les pase de bueno o de malo, de modo que también lo suyo tenga que ir a la deriva— es el mejor preparado para la vida; él es el morigerado; él, el valeroso y sapiente; y el, quien, véngale riquezas e hijos o desaparezcan, obedecerá, mejor que nadie, al refrán, porque mostrará no alegrarse ni entristecerse “en demasía”, —por confiar en sí mismo. Por tales nos tenemos; y que lo son los nuestros es voluntad y afirmación nuestra. Y como tales nos mostramos ahora; sin pensar ni temor “en demasía”, aun si en este momento hubiera que morir. Suplicamos, pues, a padres y madres que con este temple de ánimo pasen el resto de la vida y sepan que a nosotros no nos serán lo más agradable ni sus lamentos ni sus gemidos. Que si algo de los vivos sienten los muertos, nos displacería sobre todo el que se molestaran a sí mismos por llevar pesadamente las desgracias; mas el llevarlas ligera y moderadamente nos placería sobre todo. Que, por cierto, lo nuestro va a tener ya el final más bello que cabe a hombres; así que están mejor honras que lamentos. En cuanto a nuestras mujeres e hijos nos hemos cuidado tanto de su sustento, como de que piensen en lo de acá, y así pondrán en olvido, sobre todo, la mala Suerte y vivirán de manera más bella, ordenada y agradable a nosotros. [248d] Baste con este mensaje de parte nuestra para los nuestros. Mas a la Ciudad le suplicaríamos cuide solícitamente de nuestros padres e hijos; a éstos, educándolos decorosamente; a aquéllos, manteniéndolos dignamente en su ancianidad, —pero sabemos bien que, aun sin suplicárselo nosotros, se cuidará Ella de suficiente y solícita manera». [248d] “Tal es, pues, hijos y parientes de los muertos, el mensaje que ellos nos encargaron y que os transmito yo con mi mejor voluntad y mayor interés. Y os pido yo mismo de parte de ellos: a los hijos, que imiten a sus padres; a éstos, que estén bien seguros de que nosotros, en privado y en público, cuidaremos de vuestro sustento en la ancianidad y en especial siempre que cualquiera de nosotros se encuentre con alguien pariente de los muertos. Mas vosotros mismos conocéis bien la solicitud de la Ciudad, que, habiendo establecido leyes en favor de los hijos de los muertos en guerra, se cuida también solícitamente de los progenitores, y ha ordenado a los magistrados supremos, más en especial aún que a los demás ciudadanos, vigilen para que no se perjudique en nada a sus padres y madres. Pero en cuanto a los hijos la Ciudad misma se cuida de su crianza; esforzándose en que ignoren completamente su condición de huérfanos, toma ante ellos, mientras sean niños, el oficio de padre; y cuando llegan a edad varonil perfecta, envíalos a sus posesiones, bella y totalmente armados, mostrando y recordando, al darles los instrumentos de la valentía paterna, las hazañas del padre, a la vez que, con los mejores augurios, envíalos a gobernar el hogar paterno, gobernándolo, revestidos de armas, con la fuerza. Empero, a los muertos no cesa jamás la Ciudad de honrarlos; año por año hace, en común, y para todos, lo establecido, lo que, en particular, hace para cada uno; además de esto añade juegos gímnicos e hípicos y de toda clase de Música. Y, sencillamente, toma para sí el oficio de heredera e hijo de los muertos, por una parte y, por la otra, el de padre respecto de los hijos; la de tutor, para sus parientes, cuidándose solícitamente de todos y en todo durante todo el tiempo futuro. Animados por esto, habéis de sobrellevar más resignadamente esta desgracia. Seréis así más queridos a muertos y a vivos, y facilitaréis el cuidar y el ser cuidados. Ahora ya, vosotros y todos los demás, en común, dadas a los muertos las lamentaciones de ley, partid”. [249c] Tal es, Menexeno, el discurso de Aspasia de Mileto. [249d] Menexeno: ¡Por Júpiter!, Sócrates, feliz llamas a Aspasia si, aun siendo mujer, es capaz de componer tales discursos. [249d] Sócrates: Si no lo crees, acompáñame y lo oirás decir a ella misma. [249d] Menexeno: Muchas veces, Sócrates, me he encontrado con Aspasia, y sé de lo que es capaz. [249d] Sócrates: Pues, ¿qué?, ¿no la admiras y no le das las gracias ahora por su discurso? [249d] Menexeno: Y muchas gracias, Sócrates, que doy por este discurso a ella, —o a quien te lo dijo, sea quien sea; aparte de que tengo que dar muchas gracias a quien lo repitió. [249e] Sócrates: Bien estaría; pero no me denuncies; así, aun otras veces, te comunicaré muchos y bellos discursos de ella. [249e] Menexeno: No temas, no te denunciaré; sólo, si me los comunicas. [249e] Sócrates: Así será.