Fedón — Plato ============= ΦΑΙΔΩΝ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/phae/ This file: https://plato-scroll.com/text/phae-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/phae.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/phae-b.txt - H.N. Fowler (Loeb, 1914): https://plato-scroll.com/text/phae-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/phae-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/phae-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [57a] Equécrates: ¿Tú en persona estuviste, Fedón, con Sócrates el día aquel en que bebió el veneno en la prisión, o bien lo oíste de boca ajena? [57a] Fedón: Yo en persona, Equécrates. [57a] Equécrates: ¿Qué es, pues, lo que dijo el varón antes de la muerte? Y ¿cómo murió?, que con gusto lo oiría, puesto que ninguno de los Fliasios viene ya a Atenas ahora, ni de allá llega extranjero alguno desde hace mucho tiempo quien Equécrates, pueda narrarnos claramente cómo se portó en tal ocasión, aparte de que, tomado el veneno, murió; de lo demás nada se dice. [57b] Fedón: ¿Ni siquiera acerca del juicio estáis enterados de Fedón, cómo sucedió? [58a] Equécrates: Sí, que este punto nos lo refirió alguien, y fuenos cosa de admirar el que, habiendo tenido lugar, tanto tiempo antes, sucediera que murió tan después. ¿Qué fue?, Fedón. [58a] Fedón: Casualidad pura, Equécrates; pues sucedió que la víspera del juicio se coronó la proa de la nave que a Delos envían los atenienses. [58a] Equécrates: Y eso, ¿qué es? [58a] Fedón: Se trata de la nave, como dicen los atenienses, en que Teseo, llevando cierta vez a Creta aquellos los “dos veces siete", los salvó y se salvó él mismo. Hicieron, pues. [58b] Fedón: entonces el voto a Apolo, como se cuenta, de que si se salvaban enviarían cada año a Delos una peregrinación, y desde entonces y siempre hasta ahora la envían cada año a este dios. Una vez comenzado lo de tal peregrinación les es ley purificar, durante tal tiempo, la Ciudad y no matar públicamente a nadie, antes de que llegue la nave a Delos y vuelva acá, lo cual, a veces, toma mucho tiempo, si acontece soplar vientos contrarios. La peregrinación comienza cuando el sacerdote de Apolo corona la proa de la nave, lo cual sucedió, como digo, la víspera del juicio. Por esta pasó Sócrates tanto tiempo en la cárcel, —el entre el juicio y la muerte. [58b] Equécrates: Y ¿qué sobre la muerte misma?, Fedón. ¿Qué se dijo, qué se hizo, quiénes de los amigos estuvieron con el varón? ¿O es que los arcontes no permitieron que estuvieran presentes, de modo que murió solitario de amigos? [58b] Fedón: De manera alguna, al revés: estuvieron presentes Fedón, algunos, y aun muchos. [58d] Equécrates: Trata, pues, de relatarnos todo esto de la más clara manera, a no ser que no tengas tiempo de vagar. [58d] Fedón: Lo tengo, e intentaré referíroslo; que recordarme de Sócrates, de lo que él dijo, u oírlo de otro, es para mí, de todo, lo más delicioso. [58d] Equécrates: Nos tienes, Fedón, de oyentes a mí y a estos otros; así que procura referirnos todo de la manera más exacta que pudieres. [58e] Fedón: Por cierto que, presente, me pasaron cosas de admirar, porque no me dio compasión por estar presente a la muerte de varón pariente, que me pareció bienaventurado Equécrates: de talante y de palabras. ¡Tan impertérrita y noblemente murió!; de modo que me acudió no ir él al Hades sin disposición divina y que, llegado allá, la pasaría bien Equécrates, y mejor que otro cualquiera; por esto no me entró compasión alguna, cual fuera natural ante presente desgracia; mas tampoco placer, como cuando nos dábamos según nuestra costumbre a la filosofía, que tales eran los discursos. Para decirlo sencillamente, la impresión presente era desacostumbrada mezcla, compuesta de placer y a la vez de pena, al considerar que estaba a punto de morir. Tal era la disposición común de los presentes; a ratos riendo, a ratos llorando; mas, especialmente, uno de nosotros: Apolodoro, que bien conoces su talante. [59b] Equécrates: Pues, ¿cómo no? [59b] Fedón: Y se mantuvo íntegramente igual. Aun yo y los demás estábamos conturbados. [59b] Equécrates: ¿Quiénes, Fedón, tuvieron la suerte de estar presentes? [59b] Fedón: De los coterráneos, ese mismo Apolodoro, y Critóbulo y su padre; además Hermógenes, Epígenes. Esquines y Antístenes; estuvo también Ctesipo el Peaneo y Menexeno y algunos otros de los coterráneos. Platón, creo, estaba enfermo, ec Equécrates. ¿Hubo extranjeros presentes? [59b] Fedón: Sí; Simmias el de Tebas y Cebes y Fedondes, y de Megara Euclides y Terpsión. [59b] Equécrates: ¿Qué?, estuvieron allá Aristipo y Cleómbrotos? [59b] Fedón: No, por cierto, que se dice estaban en Egina. [59b] Equécrates: ¿Alguien más estuvo presente? [59b] Fedón: Creo que éstos fueron casi todos. [59b] Equécrates: Pues bien, ¿cuáles fueron los razonamientos? [59b] Fedón: Intentaré referírtelos todos desde su principio. Ya Fedón, desde los días anteriores acostumbrábamos a reunirnos yo y los demás con Sócrates, convocándonos desde la mañana en la cárcel, donde tuvo lugar el juicio, pues estaba próximo la cárcel, Permanecíamos, pues, allá hasta que se abriera, conversando unos con otros, —que no se abría pronto. Una vez abierta, entrabamos donde Sócrates y pasábamos la mayo: parte del día con él. Por cierto que en esta ocasión nos reunimos antes, porque la víspera, al salir de la prisión por la tarde, nos enteramos de que había llegado de Delos la Fedón, nave. Nos convinimos, pues, en llegar lo antes posible a lo acostumbrado. Llegamos, y saliendo a nuestro encuentro el portero que solía atendernos, nos dijo que aguardásemos, hasta que nos lo indicara, pues “desatan”, dijo, “los Once Sócrates e indican cómo ha de morir en el día de hoy”. No tardó mucho tiempo; vino y nos indicó que Fedón, entráramos. Entrado que hubimos encontramos a Sócrates ya lavado, y a Jantipa —la conoces— con el hijo pequeño, y sentada a su vera. Cuando, pues, nos vio Jantipa, prorrumpió en esas exclamaciones acostumbradas en las mujeres: “Sócrates, esta es la última vez que te hablarán tus amigos y tú a ellos”. Mas Sócrates, mirando a Critón, le dijo: “Critón, que alguien la acompañe a casa”. Algunos, pues, de los de Critón, se la llevaron, golpeándose y gritando. Empero Sócrates Fedón, se sentó en el lecho, dobló la pierna, la frotó con la mano y frotándola dijo: "cosa extraña, por cierto, Varones, parece ser esa que los hombres llaman placer, que de admirable manera se comporta respecto de lo que parece ser su contraria: el dolor; por una parte no quieren las dos encontrarse en un hombre; mas, por otra, si uno persigue y acepta la una, casi necesariamente tiene que aceptar también la otra, cual si estuvieran las dos unidas por la cabeza. Y me parece, dijo Sócrates, que, de caer en cuenta de ello Esopo, hubiera compuesto un mito, cual que, queriendo dios separarlas de su pelea, al no poder, las dejó unidas por las cabezas; y por ello en quien se engendrare la una, acompañará después la otra, que es lo que parece pasarme a mí mismo; ido el dolor de la pierna por los grillos, llega, paréceme, de acompañante el placer”. Tomando, pues, la mano Cebes dijo: “por Júpiter! [60c] Sócrates: que bien hiciste, recordándomelo. Respecto de los poemas que compusiste explicando las fábulas de Esopo, al Sócrates, igual que el himno a Apolo, otros, y ayer Eveno, me preguntaron, qué significa el que, después de venido a prisión, los compusiste, no habiéndolo hecho nunca antes. Si, pues, pones algún cuidado en que tenga yo qué responder a Eveno, cuando otra vez me pregunte —que sé, me lo preguntará—, dime qué he de decirle”. [60d] —" Dile, Cebes”, añadió Sócrates, “la verdad: que no los compuse por querer llevarle la contra a él y la palma a sus poemas, lo que sé no fuera fácil; sino para tratar de saber qué significaban ciertos ensueños y así satisfacer a mi conciencia, dado el caso de que, repetidamente, me ordenaban componer tal clase de música. Tales eran los ensueños; que, en la vida pasada, frecuentemente me acudió el mismo ensueño, apareciéndoseme con diversa faz en diversos tiempos, diciendo siempre lo mismo: “Sócrates, compón y ejercítate en música”. Mas yo, en tiempos pasados, creí que lo que estaba haciendo era justamente lo que se me ordenaba y a lo que se me llamaba; y a la manera como animamos a los corredores, parecidamente el ensueño me animaba a hacer lo que estaba haciendo: componer música, que es la filosofía música suprema, —justamente lo que estaba haciendo. Mas ahora, pasado el juicio, e impedida mi muerte por la fiesta de ese dios, me pareció ser menester —después de repetirme tantas veces el ensueño su mandato de componer la popularmente llamada música— no desobedecerle, sino hacerlo; que me es más seguro no irme de aquí sin haber satisfecho a mi conciencia componiendo los poemas”, obedeciendo al ensueño. [61b] Así es como, ante todo, compuse el de en honor del dios cuya es la festividad presente; y después de lo del dios, considerando que el poeta debe, si se pone a serlo, componer mitos y no razonamientos, aparte de que no soy mitólogo, por ello los mitos que tenía a mano y sabía: los mitos de Esopo, los puse en verso, —así que los primeros que hallé. Di, pues, Cebes, esto a Eveno: "¡que le vaya bien!, y que, si es sabio, me persiga lo más veloz posible, que, al parecer, parto hoy, —así la mandan los atenienses”. [61c] Y Simmias dijo: “¡Qué encomienda, Sócrates, para Eveno; muchas veces me he encontrado con él; y por lo que siento, difícil cosa es que siga voluntariamente tu advertencia. [61c] —¿Por qué?, dijo Sócrates; ¿que Eveno no es filósofo? [61c] —Me parece que sí, respondió Simmias. [61c] —Tomará, pues, mi advertencia Eveno y cualquiera otro digno de esta ocupación, sólo que tal vez no se haga a sí mismo violencia que, dicen, no es lícito”. Y diciendo esto, apoyó sus pies sobre tierra y, sentado. [61d] continuó conversando. Mas Cebes le preguntó: “¿Cómo dices, Sócrates, que no es Lícito hacerse a sí mismo violencia, y, con todo, ha de querer el filósofo seguir al que muere? [61d] —Peo ¿qué?, Cebes; ¿que tú y Simmias, familiares de Filolao, no habéis oído de tales cosas? [61d] —Nada en claro, Sócrates. Mas aun yo mismo hablo sobre esto de oídas; así que, acerca de lo que, por suerte, haya oído no me recelo de hablar. Tal vez, pues, y, sobre todo, convenga al que está a punto de trasladarse allá considerar y hablar en mitos acerca de tal traslado, cuál creemos que sea, porque ¿qué de mejor hacer en el intermedio hasta que se ponga el sol? [61d] —¿Por qué, pues, se dice a veces que no es lícito suicidarse, Sócrates? Cuando Filolao vivía entre nosotros le oí decir eso mismo que tú dices: que no se debe hacer tal cosa; mas a nadie oí jamás algo en claro. [62a] —Pues, anímate, dijo Sócrates, que pudieras oírlo. Tal vez te parezca admirable que esto entre todo lo demás, sea cosa sencilla, y no le suceda al hombre, como en otras, que veces y a algunos les es mejor morir que vivir; mas a los que les es mejor morir, tal vez te parezca cosa de admirar El que a ellos no resulte piadoso hacerse tal bien a sí mismos, sino tener que aguardar bienhechor”. Mas Cebes, sonriendo mansamente y en su dialecto propio, dijo: «Júpiter es de ello sabidor». [62b] “Parecería”, dijo Sócrates, "puesta la cosa así, que fuere irracional; pero pudiera ser que hubiese alguna razón. Que, por cierto, de atenernos acerca de esto a la enseñanza llamada secreta, los hombres estemos en una especie de prisión y no sea lícito soltarse a sí mismo de ella ni huir —grande enseñanza me parece, y no fácil de entender. Sin embargo, Cebes, me parece estar bellamente dicho que los dioses son nuestros cuidadores y nosotros los hombres uno de sus tesoros. ¿O no te parece así? [62b] —A mí por cierto sí, respondió Cebes. —Sí, pues, dijo Sócrates, uno de tus tesoros se destruyera a sí mismo, sin indicarle tú tu voluntad de que perezca, ¿no lo llevarías a mal y, si tuvieras algún castigo, lo castigarías? [62b] —Por cierto que sí, dijo. [62b] —Tal vez, pues, desde este punto de vista no sea irracional el que no es lícito matarse, antes de que dios envíe algo ineludible, cual lo que tenemos de presente. [62b] —Parece verosímil, añadió Cebes. Mas lo que decías, Sócrates, que los filósofos están prestos a morir, resulta, Sócrates, desconcertante, si las cosas se han como dijimos: que dios es nuestro cuidador; y nosotros, sus tesoros; que no es razonable el que lleven a mal los más sensatos el salir de esta servidumbre en que precisamente son guardianes los mejores: los dioses. Nadie va a pensar que, libre, se cuidará mejor de sí mismo. Tal vez un insensato crea que se ha de huir de tal señor, sin caer en cuenta de que no hay que huir del bien, sino, más bien, permanecer en él lo más posible; así que insensatamente huiría. Empero hombre de seso desearía estar para siempre con el mejor que él. Sin embargo, Sócrates, parece verosímil lo contrario de lo que se estaba diciendo; porque es natural el que los sensatos lleven a mal el morirse, y que los insensatos se alegren”. Oyendo lo cual Sócrates, me pareció que se sentía tocado por el empeño de Cebes, y mirando hacia nosotros dijo: “Siempre encuentra Cebes razones, y no es fácil para dejarse convencer de lo que se diga”. Y Simmias añadió: "Mas ahora, Sócrates, me parece deber decir yo casi lo mismo que Cebes, ya que ¿por qué los varones sabios querrían huir de los que en verdad son mejores que ellos y separarse así de ellos? Y me parece que Cebes extiende a ti su razonamiento porque sobrellevas tan fácilmente el dejarnos a nosotros y a los dioses que, como tú confiesas, son los mejores señores. [63b] —Habláis justicieramente, dijo Sócrates; creo que decís que me es preciso defenderme de esto, cual en juzgado. [63b] —Precisamente así es, añadió Simmias. [63b] —Bien, pues, dijo él: trataré de defenderme ante vosotros de más convincente manera que ante los jueces; porque. Simmias y Cebes, si yo pensara que, en primer lugar, voy a llegar a donde otros dioses sabios y buenos, y, en segundo, donde hombres muertos, mejores que los de aquí, faltaría llevando a mal la muerte. Mas ahora sabed que espero llegar a donde varones buenos, punto que no sostendría demasiado; pero sostendría confiadamente más que cualquier otra cosa de éstas el que voy a donde dioses señores grandemente buenos; sabedlo bien, de manera que, por todo esto, no lo llevo a mal; pero estoy confiado en que hay algo para los muertos y en que, como desde antiguo se dice, les va mucho mejor a los buenos que a los malos. [63c] —¿Cómo, pues?, dijo Simmias, guardando en tu mente, Sócrates, ese pensamiento vas a irte, ¿o no lo compartirías con nosotros? Que me parece ser este bien común, y serlo para nosotros y que, al mismo tiempo, será tu apología si nos persuades de lo que dices. [63d] —Lo intentaré, pues, dijo. Mas, primero de todo, atendamos Critón y consideremos qué es lo que quiere, a mi parecer, desde hace rato, decir. [63d] —¿Qué?, dijo Critón, sino lo que desde hace rato me dice el que ha de darte el veneno: que es preciso hables y dialogues lo menos posible, porque se acaloran más los habladores, y esto no va bien para el veneno; en otro caso, a veces, es necesario beberlo los que tal hacen dos y aun tres veces”. Mas Sócrates añadió: “dejadlo en paz, que se prepare para dármelo dos veces y aun tres, si hiciere falta. [63e] —Ya me sabía tu respuesta, dijo Critón; mas no me deja en paz. [63e] —Déjalo, replicó Sócrates; que a vosotros cual a jueces quiero ya dar razón de por qué me parece verosímil el que varón dedicado en realidad de verdad de por vida a la filosofía ha de tener ánimos para morir y estar esperanzado de alcanzar Allá máximos bienes, apenas muera. Cómo esto sea así. [64a] Simmias y Cebes, es cosa que intentaré deciros. Porque los tocados rectamente de la filosofía se exponen que no quede oculto a los demás el que no intenten ellos mismos otra cosa que morir y estar muertos. Si, pues, esto fuera verdad, sería absurdo, por cierto, no esforzarse la vida entera sino por esto; mas, llegado tal paso, llevar a mal lo que antes animosamente emprendieron”. Y Simmias, riéndose, dijo: “¡Por Júpiter! Sócrates, no estaba para risas, mas me hiciste reír; porque, oyéndote hablar así, los más creo pensarán haberse dicho esto muy bien contra los filosofantes; y los nuestros concordarán con ellos enteramente en que en realidad de verdad los filosofantes estén de muerte, y que a ellos no se les ha ocultado cuán dignos son de que tal les pase. [64b] —Y dirían verdad, Simmias, fuera de eso de que a ellos no se les ha ocultado. Se les ha ocultado la manera cómo los verdaderamente filósofos mueren y de qué modo son dignos de morir y de qué clase de muerte lo son. Conversemos, pues. añadió, nosotros, dejándoles hablar. ¿Creemos que hay algo así como muerte? [64b] —Ciertamente, replicó Simmias, interviniendo. [64b] —¿Y qué? ¿No es otra sino la separación del alma respecto del cuerpo?; ¿y ser esto el morir: ponerse el cuerpo ser, él de por sí mismo, separado del alma; y, por su parte, el alma, separada del cuerpo, ponerse a ser ella de por sí mima? ¿Qué otra cosa sino ésta puede ser la muerte? [64b] —No sino esto, dijo. [64d] —Considera, pues, bueno de Simmias, si coincidimos en opinión; que de esto llegaremos a saber más acerca de lo que consideramos. ¿Te parece que es propio de varón filósofo tomar en serio esos llamados placeres, cual los de comer y beber? [64d] —De ninguna manera, respondió Simmias. [64d] —Y ¿qué acerca de los placeres Venéreos? [64d] —Absolutamente no. [64d] —Pues bien; ¿te parece que tal varón tendría en mucho los restantes cuidados del cuerpo, cual la posesión de finos vestidos, de calzado; y a los demás adornos corporales los apreciará o despreciará, no te parece, en proporción a la necesidad grande que de ellos tuviere? [64e] —Me parece que los despreciará, dijo, caso de ser verdaderamente filósofo. [64e] —¿Te parecerá, en total, dijo, que el quehacer del tal no lo es del cuerpo, sino, en la medida de su poder, apartarse de él, y convertirse al alma? [64e] —A mí si, ciertamente. [64e] —¿No se manifiesta, pues, ante todo, el filósofo en tales cosas: en desprender extremadamente, y más que los otros hombres, el alma de su comunidad con el cuerpo? [65a] —Así parece. [65a] —¿Creerán, por cierto, Simmias, los más de los hombres que quien nada halla de deleitable en tales cosas y no participa de ellas no es digno de vivir, y que casi pretende más bien morir quien en nada se preocupa de esos placeres de los que es medianero el cuerpo. [65a] —Dices enteramente verdad. [65a] —Y ¿qué acerca de la adquisición misma de conocimiento? ¿El cuerpo, es o no impedimento, si se lo deja tomar parte ben tal búsqueda? Digo algo así como: ¿poseen alguna verdad la vista y el oído humanos, o bien acaece lo que los poetas no cesan de repetirnos: que «con exactitud nada oímos ni vemos»? Y si éstas, entre las sensaciones corporales, no son ni exactas ni claras, despidamos las demás, porque todas las demás son inferiores a aquéllas. ¿No te lo parecen? [65a] —Enteramente, replicó. [65a] —¿Cuándo, pues, dijo, el alma está en contacto con la verdad? Por cierto que cuando emprenda considerar algo juntamente con el cuerpo, es claro que precisamente entonces será engañada por él. [65a] —Dices verdad. [65a] —¿No será, pues, en el razonamiento —en él, si en algo— donde se le hace patente al alma algo de los entes? [65c] —Si. Y ¿no razona mejor, precisamente cuando ninguna de tales cosas la perturbe: ni el oído ni la vista, ni dolor ni placer alguno, sino que el alma se esté ella consigo misma, dejando a sus anchas al cuerpo, y, en cuanto le sea posible ni comunique con él; ni tocada por él, apetezca lo Ente? [65c] — Así es. [65c] —¿Así que entonces será cuando el alma del filósofo desprecie máximamente el cuerpo y huya de él, mas busque estar ella consigo misma? [65d] —Tal parece. [65d] —Mas, ¿qué en cuanto a esto, Simmias: diremos que ha:, ¿q.? algo así como lo Justo mismo, o nada? [65d] —Lo diremos, por Júpiter! [65d] —¿Y algo así como lo Bello y lo Bueno? [65d] — ¿Cómo no? [65d] —¿Has visto alguna vez algo de esto con los ojos? (d gu o J [65d] —Jamás, respondió. [65d] — ¿Mas entraste en contacto con ello mediante alguna otra sensación de las corporales? Hablo de todas esas cosas, cual Magnitud, Salud, Fuerza; y en una palabra, de la esencia de todas las demás cosas: de lo que le toque de ente a cada una. ¿Que mediante el cuerpo intuye el alma lo más verdadero de ellas? O bien se ha así: quien de nosotros se prepare entender —de la más exacta manera en cada cosa de las que considere— lo que es ella, el tal se acercaría máximamente al conocimiento de cada una? [65e] —Ciertamente, pues. [65e] —¿Y no haría esto de la más pura manera quien, sobre todo, se dirigiera a cada cosa mediante el pensamiento mismo sin intercalar, al pensar, la vista; ni arrastrar con el razonamiento ninguna otra sensación, sino que sirviéndose del pensamiento mismo, en cuanto tal y puro, emprendiera cazar cada ente en cuanto tal y puro, separada máximamente de ojos y oídos; y, por decirlo así, del cuerpo íntegro, cual de perturbador e impediente de que el alma posea Verdad y Sapiencia, mientras comunica él con ella? ¿No será el tal, Simmias, si lo es alguno, quien dé en lo Ente? [66a] — Extraordinario es, Sócrates, cuán verdaderamente hablas, dijo Simmias. [66b] —De todo esto se sigue necesariamente, dijo, que los genuinamente filósofos se afirmen en esta opinión de tal manera que puedan hablar unos con otros de semejante manera: “parece como si un atajo nos condujera de modo que mientras en nuestras consideraciones tengamos, junto con la razón, el cuerpo, y que esté contaminada nuestra alma con tal mal, no llegaremos a poseer completamente lo que anhelamos, que decimos ser lo verdadero, porque el cuerpo nos depara toda suerte de molestias, a causa del necesario sustento. Más aún: nos sobrevienen enfermedades, entorpeciéndonos la cacería de lo Ente. El cuerpo nos rellena de amores, deseos, miedos, de tantos eídolos y bagatelas de toda clase, tanto que, como se dice con verdad, ni siquiera nos acude alguna vez pensar en lo Ente, por culpa de él; guerras, sediciones, luchas, ninguna otra cosa nos las apareja sino el cuerpo y sus deseos; que por la posesión de riquezas surgen todas las guerras. Empero necesitamos -_. riquezas por causa del cuerpo, sirviéndote así con tales cuidados. Por tal causa no nos quedan vacaciones para filosofar acerca de todas estas cosas. Mas lo peor de todo es que, cuando las tenemos y nos volvemos a considerar algo, interrumpiéndonos constantemente en nuestras investigaciones nos perturba, confunde y desconcierta tanto tanto que no podemos, por causa de él, percibir lo verdadero; queda, pues, demostrado que en realidad, si queremos llegar alguna vez a conocer puramente, hay que separarse de él y contemplar con el alma misma las cosas mismas; y entonces, como parece, estaremos donde deseamos y con aquello de que decimos estar enamorados: de [66e] — Sapiencia, y esto, una vez muertos, como lo demuestra el razonamiento; mas no, de vivos. Porque si estando en cuerpo no es posible conocer nada puramente, una de dos: o no habrá manera de alcanzar el saber, o morirnos. Que entonces llegará a estar el alma ella en sí misma, fuera del cuerpo; mas no, antes. [67a] Empero mientras vivamos, así parece, estaremos lo más cerca del Saber, si lo más posible dejamos de tratarnos con el cuerpo y de compartirnos con él, fuera de lo estrictamente necesario, y no nos dejamos empapar de su naturaleza; al contrario, nos purificamos de ella hasta que dios mismo nos separe. Y así puros, apartados de la insensatez del cuerpo, como es debido, conseremos y conoceremos por nosotros mismos todo lo puro, que es, tal vez, lo verdadero, pues no es lícito con lo no puro tocar lo puro”. De estas cosas, Simmias, es menester conversemos entre nosotros, y en tales pensemos los rectamente amantes-del-aprender. ¿No te parece así? [67b] —Absolutamente, Sócrates. [67b] —Sí, pues, añadió Sócrates, tal es verdad, compañero, gran esperanza hay para quien llegue a donde voy de poseer Allá, más que en parte alguna, aquello que, en la vida pasada, fue nuestro gran quehacer, de manera que la peregrinación actual, a mí ordenada, se inicia con buena esperanza, a mí y a todo varón que crea ha preparado su mente y purificándola. [67c] —Pues ciertamente, dijo Simmias. [67c] —¿Y no consiste la purificación en lo que hace rato dijimos en nuestro razonamiento: en separar lo más posible del cuerpo al alma y acostumbrarla a estarse ella para sí misma, recogida íntegramente y reconcentrada de su dispersión en el cuerpo y morando, en lo posible —ya desde ahora, y después— sola en sé misma, desatada, cual de cadenas, del cuerpo? [67d] —Ciertamente, dijo. [67d] —¿Y no es justamente lo que se llama “muerte” desate y separación del alma respecto de su cuerpo? [67d] —Absolutamente, replicó. [67d] —Ciertamente, decimos Desatarla. ¿No es lo que anhelan sobre todo y solos los rectamente filosofantes, y tal será la preocupación de los filósofos: desate y separación del alma del cuerpo, o no? [67d] —Así parece evidentemente. [67d] —Como se dijo, pues, al comienzo, ¿haría el ridículo un varón que se hubiera preparado toda la vida a vivir lo más cerca [67e] — posible de la muerte, y, en llegándole, lo tomara a mal? [67e] —Ridículo, ¿cómo no? [67e] —En realidad, Simmias, dijo, los rectamente filosofantes se preocupan de la muerte; y ella es lo que, a diferencia de los demás hombres, les es menos temeroso. Sácalo de esto: si se han opuesto de todas maneras al cuerpo y anhelan tener al alma, a ella consigo misma, si al sobrevenirles esto, tuvieran miedo y lo llevaran a mal, ¿no sería gran insensatez la de no ir de buena gana a donde, llegados, hay gran esperanza de caerles en suerte lo que durante su vida anhelaron?, —mas anhelaron por Sapiencia; y librarse de aquel que se les opuso y con quien consieron? Una vez muertos humanos donceles, mujeres e hijos, muchos son los que han querido voluntariamente ir al Hades, llevados de esta esperanza: la de ver allá y conser con los queridos. Quien ame, pues, en realidad de verdad, Sapiencia, y tome a pechos esta esperanza —no alcanzable en otra parte, digna de llamarse tal, sino en el Hades— ¿llevará a mal el morir, y no se irá contento Allá? Menester es creerlo así, si, compañero, es en realidad filósofo, que esto mismo le parecerá seguro: no alcanzar puramente, en parte alguna, sino en el Hades, a Sapiencia. Y si las cosas son como las dijimos, ¿no fuera gran insensatez si el tal temiera la muerte? [68b] —Grande, ¿por Júpiter!, lo fuera, dijo. [68b] —¿No te es, pues, añadió Sócrates, suficiente testimonio de que, si vieras que alguien, a punto de morir, lo lleva a mal, no es amante-de-Sabiduría, sino amante-de-Cuerpo?, —aparte de que el tal pudiera ser amante-de-Dinero, de Honra, o de los dos. [68c] — Así es en realidad, como lo dices, respondió. [68c] —Y la llamada “Valentía”, Simmias, dijo Sócrates, ¿no convendría eminentemente a los así dispuestos? [68c] —Sin duda, respondió. [68c] —Al igual, la Templanza —que también los más llaman “templanza”: no dejarse arrebatar por las pasiones, sino haberse respecto de ellas menospreciativa y morigeradamente— ¿no convendrá sólo a los que menosprecian el cuerpo y viven en Filosofía? [68c] —Necesariamente, respondió. [68c] —Si, pues, quieres, dijo Sócrates, parar mientes en la valentía y templanza de los demás, te parecerán absurdas. [68c] —¿En qué sentido?, Sócrates. [68c] —¿Sabes, respondió, que todos los demás tienen a la muerte entre los máximos males? [68c] —Por cierto que si, y mucho, contestó. [68c] —¿Por miedo, pues, de mayores males aguantan los valientes la muerte, cuando la aguantan? [68c] —Así es. [68c] — Así que todos, excepto los filósofos, son valientes por temer y por temor, aunque sea absurdo ser valiente por una especie de temor y de cobardía. [68c] —Así es enteramente. [68c] —Y ¿qué de los decorosos entre ellos?, ¿no les pasa eso mismo: son morigerados por una cierta intemperancia? ¿Diremos que esto es imposible?; con todo, su estúpida templanza resulta semejante a esto, pues por miedo se privan de otros placeres, bien deseables; y se apartan de unos, vencidos por otros? Y con todo llaman “intemperancia” a ser enseñoreado por placeres. Les sucede, pues, que, vencidos por unos deleites, dominan a otros. Lo cual resulta semejante a lo que decíamos: que en cierta manera son morigerados por intemperancia. [69a] —lo parece, pues. [69a] —¡Oh Simmias feliz!, que no vaya a resultar ésta la correcta compraventa de virtud: cambiar deleites por deleites, penas por penas, y miedo por miedo —y mayor por menor—, cual si se tratara de monedas. Solamente aquel cambio: el de por la moneda correcta por la que todo ha de cambiarse: por Sapiencia —vendiendo por ella todo y comprando todo por ella— es, en realidad de verdad, valentía, templanza y justicia y, compendiosamente, verdadera virtud, acompañada de Sapiencia, —sobrevénganle o váyanse placeres, miedos y todo lo a esto parecido. Empero separadas todas estas cosas de Sapiencia, e intercambiadas entre sí, es de temer que no pase tal virtud de una especie de silueta, y, en realidad de verdad, de esclavitud y de nada sano ni verdadero; mientras que lo verdadero, en realidad, es una cierta purificación de todo esto; y aun la templanza, la justicia, la valentía y más que más la sapiencia misma temo no sean sino una cierta especie de purificación. Y me parece que los que nos establecieron las iniciaciones no fueron vanos, sino que, en realidad y ya desde antiguo enigmáticamente, dijeron que quien llegare al Hades de profano y sin iniciación tendrá al Cenagal por asiento; mas el purificado e iniciado, llegado Allá, morará con los dioses; que, como se dice acerca de las iniciaciones «muchos son los tirsóforos, pocos los endiosados». [69d] Pero, según mi opinión, éstos no son otros sino los que rectamente hayan filosofado, de los que yo, a medida de mi poder, nada dejé por hacer en la vida. Más aún: me esforcé de todas maneras por serlo. Si, pues, rectamente me esforcé, y algo conseguimos, llegados Allá lo conoceremos con claridad, sí Dios lo quiere, —un poco más tarde; tal es mi parecer. Tal es, dijo. Simmias y Cebes, mi defensa de que, tal vez, dejándoos a vosotros, no me resienta con los señores de acá ni lo lleve a mal, pensando que allá, no menos que acá, me encontraré con señores y compañeros buenos; y bien fuera que os hubiera con mi apología convencido mejor que a los jueces atenienses”. En habiendo hablado así Sócrates. Cebes tomó la mano y dijo: [69e] — Algunas cosas, Sócrates, me parecen haber sido bellamente dichas, mas las referentes al alma son materia de grande desconfianza para los hombres; no sea que, separada del cuerpo, no esté ya en parte alguna, sino que en el día en que el hombre muere, se destruya y perezca; inmediatamente de separada del cuerpo, y partida de él, disípese, cual aliento o humo; vuele dispersa, de modo que nada de ella haya en parte alguna. Mas si estuviera en alguna parte —ella consigo misma— recogida y libertada de estos males que acabas de enumerar, grande y bella esperanza hubiera, Sócrates, de que fuera verdad lo que dices. Empero tal vez necesite de no pequeña exhortación y fe el que, muerto el hombre. [70b] exista el alma y retenga algún poder y sapiencia. [70b] —Verdad dices, Cebes; añadió Sócrates. Mas ¿qué debemos hacer? ¿Quieres que dialoguemos en mitos sobre si es verosímil que sea así o no? [70b] —Por mí, dijo Cebes, que gustosamente oiría cuál es tu opinión acerca de este punto. [70b] —Pues bien, continuó Sócrates, creo que, si alguien nos oyera, aun sin ser poeta cómico, diría que desvarío y no hablo de conveniente manera. Si te parece, pues, examinemos a fondo este punto. Considerémoslo de la manera siguiente: si tal vez las almas de los muertos estén o no en el Hades. Según una antigua tradición, recordémosla, de Aquí pasan Allá, vuelven acá y nacen de los muertos. Si las cosas fueran así, los vivientes se engendrarían, a su turno, de los muertos; ¿qué es esto sino que nuestras almas existirían Allá?; que no se reengendrarían si no existieran; y esto fuera suficiente testimonio de que existen, en caso de resultar realmente patente que los vivos no se engendran de ninguna otra cosa sino de los muertos. Que si esto no es así, nos hará falta otro razonamiento. [70d] —Seguramente, respondió Cebes. [70d] —No lo consideres, dijo Sócrates, tan sólo desde el punto de vista humano, si es que quieres aprenderlo fácilmente, sino desde el de todos los animales y plantas y, compendiosamente, de todo lo que admite generación. Acerca de todo veamos si todas las cosas no se engendran sino las contrarias de las contrarias, a las que acontezca serlo; cual la contrariedad entre bello y feo, justo-injusto, —y miles y miles de casos a éstos semejantes. Consideremos, pues, si no es necesario que cuantos tengan algún contrario no se engendren de otra cosa alguna sino de su contrario; como cuando algo se hace mayor, ¿no es necesario que, habiendo sido antes menor, se haga después mayor? [70e] —Si. [70e] —Y si se hace menor, ¿no se hará menor, después de haber sido mayor? [71a] —Sí es, respondió. [71a] —¿E igual de lo más fuerte lo más débil, y de lo más lento lo más veloz? [71a] —Pues, ¿cómo no? [71a] —Que, por tanto, dijo, ¿damos por suficientemente establecido que todo se engendra así: cosas contrarias de contrarias? [71a] —Ciertamente. [71a] —Y ¿qué de estotro?: Hay en este caso algo así como dos engendramientos entre ambos contrarios de todas las clases: ¿del uno al otro y, a su turno, del otro al uno? Así entre mayor y menor, aumento y disminución; ¿y llamaremos entonces a uno “acrecentarse”; al otro, “decrecer”? [71b] —Sí, respondió. [71b] —Y parecidamente respecto de discernirse y mezclarse, de enfriarse y calentarse y de lo demás; y aunque no dispongamos a veces de nombres para el caso, ¿no será necesario realmente que siempre pase así: que se engendren unos de otros, y que el engendramiento sea, caso por caso, entre sí? [71b] —Absolutamente, replicó. [71b] —¿Qué, pues?, dijo Sócrates, ¿hay algo que sea contrario al vivir, como lo es al despertarse el dormirse? [71c] —Ciertamente, respondió Cebes. [71c] — ¿Qué? [71c] —El morir, dijo. [71c] —Así que uno de otro se engendrarán, por ser contrarios, y habrá dos engendramientos entre los dos, siendo como son dos? [71c] —Pues ¿cómo no? [71c] —Te hablaré de uno de los dos apareamientos, dijo Sócrates, de los que tratábamos ahora, de él y de sus engendramientos; tú me hablarás del otro. Sea uno el dormir; otro, el despertarse; y digo que del dormirse se engendra el despertarse y del despertarse el dormirse, y que los engendramientos de tal par son uno el caer dormido; otro, el tomarse despierto. ¿Te es bastante, o no?, dijo. Lo es enteramente. [71c] —Dime, pues, añadió, parecidamente acerca de vida y muerte, ¿No afirmarás que lo contrario al vivir sea el morir? [71c] —Por cierto que sí. [71c] —¿Mas se engendrarán uno de otro? [71c] —Si. [71c] —Del viviente, pues, ¿qué es lo engendrado? [71c] —Lo muerto, respondió. [71c] —Y ¿qué es, dijo Sócrates, lo engendrado del muerto? [71c] —Es necesario, afirmó Cebes, convenir en que lo vivo. [71c] —¿Así que, Cebes, dijo, de los muertos los vivientes y de los vivientes los muertos se engendrarían? [71c] —Tal parece, respondió. [71c] — Están, pues, nuestras almas en el Hades? [71c] —Parece. [71c] —Y ¿de estos dos engendramientos, uno de ellos no está patente?; ¿que está o no patente el morirse? [71c] —Y mucho, respondió. [71c] —Pues ¿qué vamos a hacer?, dijo Sócrates. ¿Que habremos de rechazar el engendramiento contrario, dejando así coja la naturaleza?, o será preciso aceptar el engendramiento contrario al morir? [71c] — Absolutamente sí, contestó. [71c] — ¿Cuál será? [71c] —El revivir. [71c] —Sí, pues, dijo, hay revivir, ¿habría engendramiento de muertos hacia vivos, éste: el revivir? [71c] —Ciertamente. [72a] —Hemos convenido, según esto, en que los vivientes se engendran de los muertos, no menos que los muertos de los vivos; y, si las cosas son así, parece tenemos testimonio suficiente de que es necesario el que las almas de los muertos existan en algún lugar de donde puedan reengendrarse. [72a] —Me parece, Sócrates, dijo, que de lo convenido se sigue necesariamente el que esto sea así. [72a] —Ve ahora, Cebes, dijo Sócrates, que, me parece, no en vano convinimos. Porque si no se alternaran, al engendrarse. [72b] unas cosas con otras, girando cual un círculo, fuera, más bien, el engendramiento cual recta: de uno hacia su opuesto solamente, y no revirtiera una vez más hacia el otro ni diera la vuelta, ¿no te es claro que todo lo muerto terminaría por tomar la misma forma, sufriría igual suerte y se acabaría el engendrarse? [72b] —¿Qué dices? preguntó Cebes. [72b] —No es difícil, respondió Sócrates, entender lo que digo; porque al modo que, si hubiera el dormirse, mas el despertarse no se engendrara a su turno del durmiente, es claro que el estado final de todo reduciría a nonada lo de Endimión; que por ninguna parte se distinguirían, por pasarle él y a todas las demás cosas lo mismo que a él: dormir. Y si todas las cosas se mezclaran, mas no se discernieran, presto habríase realizado lo de Anaxágoras: «todo de una manera». De parecido modo, querido Cebes, si muriera todo partícipe de vida, si después de morir permaneciera lo muerto en tal forma, mas no reviviera, ¿no sucedería de toda necesidad que lo que fine muriera y nada viviera?; mas si los vivientes se engendraran de otras cosas, mas murieran, ¿qué remedio habría para que todas las cosas no desembocaran en el morir? [72d] —No me parece, Sócrates, dijo Cebes, que lo hubiera; así que, a mi parecer, dices enteramente verdad. [72d] —Pues, así, Cebes, continuó diciendo Sócrates, pasan tales cosas, y nosotros no nos engañamos confesándolo; mas, en realidad, hay revivir; y de los muertos se engendran los vivientes, y existen las almas de los muertos; y a las buenas les va mejor; y peor, a las malas. [72e] —Aparte, dijo Cebes tomando la palabra, que, Sócrates, si es verdad aquel tu acostumbrado razonamiento: que el aprendizaje viene a ser nada más que un recordatorio, es necesario, según él, que nosotros, en un tiempo anterior, hayamos aprendido lo que ahora recordamos. Lo cual fuera imposible si nuestra alma no hubiera existido en alguna parte antes de nacer en este su eidos humano; de manera que, por esto, pareciera ser inmortal el alma. [73a] —Pero, Cebes, añadió Simmias tomando la palabra, ¿cuáles son las pruebas?, recuérdamelas, que ahora no las recuerdo muy bien. [73a] —Es un razonamiento bellísimo, por cierto, dijo Cebes: que preguntados los hombres, caso de preguntarles bellamente, responden ellos mismos cómo son las cosas, aunque, si no se diera el caso de tener intrínseca la ciencia y la recta razón, no fueran capaces de hacer tal cosa. Además: si se pasa a diagramas o a algo parecido, todavía se echa de ver más claramente que las cosas son así. [73b] —Si con esto, Simmías, añadió Sócrates, no te convences, mira si no te lo parecerá considerándolo así: ¿desconfías, pues, sobre cómo el llamado “aprendizaje” sea recordatorio? [73b] —Desconfío no precisamente de esto, dijo Simmias, sino, añadió, necesita que me pase lo que tratamos: recordarme. Y casi casi por lo que Cebes emprendió decir me recuerdo ya y me persuado. Mas, por ello, no menos oiría ahora lo que estabas proponiéndote decir. —Era esto, dijo, ¿Convendremos, pues, en que si alguien se recuerda de algo, es preciso que, primero, lo haya de alguna manera sabido? [73b] —Ciertamente, respondió. [73b] —¿Convendremos además en que, cuando la ciencia adviene de esta manera, haya recordación? Y digo cuál es esta manera: si al ver uno algo, al oír, o tener cualquiera otra sensación, conoce no tan sólo eso, sino además piensa en otra cosa acerca de la cual no versa el conocimiento interior, sino otra diferente, ¿no afirmaríamos con justeza que se recuerda de aquello en que pensó? [73b] — ¿Cómo dices? [73d] —Como esto: son distintos los conocimientos sobre hombre y sobre lira. [73d] — ¿Cómo no? [73d] —Pues bien: ¿sabes que a los amantes, al ver lira o vestido o cualquiera otra cosa de las que sus donceles acostumbran usar les pasa esto: perciben la lira, mas en su mente perciben el eidos del doncel, poseedor de la lira? Pues esto es recordación; justo como si alguien viendo frecuentemente a Simmias se recordara de Cebes, y así de otros innumerables casos. [73d] —Innumerables, por Júpiter!, dijo Simmias. [73d] —¿Así que, añadió Cebes, tales casos lo son de recordación? ¿Lo son, sobre todo, cuando versen sobre cosas olvidadas ya por el tiempo e inatención? [73e] —Enteramente así, dijo. [73e] —Pues bien, añadió Sócrates: ¿puede uno, viendo caballo pintado o lira pintada recordarse de hombre, y viendo a Simmias pintado recordarse de Cebes? [73e] —Ciertamente que sí. [73e] —Y ¿viendo a Simmias pintado, recordarse de Simmias mismo? [73e] —Es posible, contestó. [74a] —Así que, a tenor de todos estos casos, acontece recordarse por lo semejante, unas veces; y otras, por lo desemejante? [74a] —Acontece. [74a] —Mas cuando uno se recuerda por lo semejante, ¿no le sucederá necesariamente considerar si falta algo en punto a semejanza respecto de aquello de que se recuerda? [74a] —Necesariamente. [74a] —Ve, pues, continuó, si lo siguiente se ha así: ¿diremos que hay algo así como lo Igual?; no hablo de un leño igual otro leño, ni de piedra igual a otra, ni de nada parecido, sino de algo aparte de todo esto: de lo Igual mismo. ¿Diremos que lo hay, a nada de eso? [74b] —Lo diremos, por Júpiter!, respondió Simmias; y es de admirar. [74b] —¿Y aun sabemos de ello su "lo que es”? [74b] —Sin duda, respondió. [74b] —¿De dónde sacamos tal ciencia? No, por cierto de lo que decíamos, al ver leños, piedras o cosas tales; ¿por éstas entendemos Aquello, a pesar de ser diverso de ellas? Considéralo de esta manera. ¿Hay piedras iguales, y también leños, que, siendo los mismos, a uno se aparecen iguales unas veces sí; pero a otros, no? [74b] —Ciertamente. [74b] —Pues bien: se te aparecen alguna vez las cosas iguales mismas como desiguales; mas la Igualdad, ¿como Desigualdad? [74c] —Jamás, Sócrates. [74c] —Así que no son lo mismo, continuó diciendo Sócrates, las cosas iguales mismas y lo Igual mismo. [74c] —En modo alguno me lo parece, Sócrates. [74c] —Mas de las cosas iguales, a pesar de ser diversas de lo Igual, ¿no concebiste y adquiriste conocimiento? [74c] —Verdaderísimamente hablas, dijo. [74c] —¿Siendo lo Igual semejante a ellas o desemejante? [74c] —De todas maneras. [74c] —No hay por cierto diferencia alguna, replicó Sócrates; mientras, viendo una cosa, por tal vista pienses en otra, semejante o desemejante, será necesario, dijo, que de ello se engendre recordación. [74c] —Ciertamente, pues. [74c] —Pues bien, añadió: ¿no nos pasa esto en el caso de leños y en los que llamábamos cosas iguales?; ¿nos parecen ser iguales tal cual lo es lo Igual mismo o bien les falta algo a las cosas iguales para ser tal cual lo es lo Igual mismo, o nada? [74c] —Y mucho que les falta, respondió. [74c] —¿Convendremos, pues, en que cuando alguien, viendo algo, piense: “ciertamente que esto que estoy viendo pretende ser cual Algo que es diferente de las cosas; mas le falta algo y no puede ser tal cual Aquello; es, más bien, inferior a Aquello”, sea necesario a quien tal piense tener la suerte de [74c] — haber presabido Aquello a lo que otro se asemeja, mas respecto del cual se ha deficientemente? [74c] —Necesariamente. [74c] —Pues bien: ¿aun a nosotros nos pasa o no esto mismo respecto de las cosas iguales y de lo Igual mimo? [74c] —Absolutamente así. [74c] —Es necesario, pues, que preconozcamos lo Igual antes del tiempo en que, viendo las cosas iguales, caímos en cuenta de que tales cosas propenden a ser cual lo Igual, mas se quedan en deficientes. [75a] —Así es. [75a] —¿Mas también coincidimos en que ni pensamos ni pudimos pensar en Ello, sino a partir de ver o tocar o de otra cualquiera de las sensaciones? Digo lo mismo respecto de todo ello. [75a] —Todo es lo mismo, Sócrates, respecto de lo que pretende declarar el argumento. No obstante, a partir de las sensaciones hemos de pensar que todo lo que en ellas hay propende hacia Aquello que es lo Igual mismo y que, con todo, es. [75b] respecto de Ello; deficiente. ¿O qué diremos? [75b] —Que así es. [75b] —Antes, pues, de comenzar a ver, a oír y todo otro sentir fue menester tener la Suerte de haber prehendido la ciencia de lo que es lo Igual mismo, si pretendemos, partiendo de lo sensiblemente igual, llegar adonde todo tiende a ser como Aquello, mas quédase en deficiente. [75b] —Así es necesario, Sócrates, a tenor de lo dicho. [75b] —No bien nacidos, ¿vemos, oímos y tenemos las demás sensaciones? [75b] —Ciertamente. [75b] —¿Será, pues, menester, diremos, haber adquirido previamente de todo ello la ciencia de lo Igual? [75b] —Sí. [75b] —¿Según esto, pues, antes de nacer, como parece, será preciso haberlo adquirido? [75b] —Parece. [75b] —Así, pues; si por una parte, e haberla adquirido antes de nacer, nacimos teniéndola, ¿sabríamos antes de nacer, y ya desde nacidos, no sólo lo Igual, sino aún lo Mayor y lo Menor y todo lo a esto parecido?; porque ahora tratamos de lo Igual tanto al menos como de lo Bueno mismo, de lo Justo y Pío y, como digo, acerca de todo aquello a lo que sellamos con “lo que es”; y de lo que preguntamos en las preguntas y respondemos en las respuestas. De manera que nos es necesario haberlo adquirido antes de nacer las ciencias de todo ello. [75d] —Así es. [75d] —Y si habiéndolas adquirido, no las olvidáramos, naceríamos sabiéndolas, y las sabríamos de por vida; porque “saber” es precisamente tener y retener la ciencia de algo, y no perderla; ¿o no es lo que llamamos “olvido”, Simmias, pérdida de ciencia? [75e] —Ciertamente, Sócrates, dijo. [75e] —Sí, pues, pienso, habiéndola adquirido antes de nacer, nacidos la perdiéramos, mas después sirviéndonos de las sensaciones acerca de lo sensible readquiriéramos tales ciencias [75e] —las que anteriormente tuvimos—, ¿no sería lo que llamamos “aprender” readquirir una ciencia ya casera? Llamándola “recordarse”, ¿no hablaríamos correctamente? [75e] —Ciertamente que sí. [76a] —Pareció, pues, evidentemente posible el que quien haya percibido algo por vista, oído o cualquiera otra sensación piense en otra cosa olvidada, a la que se acercaba por desemejante o por semejante; de modo que, como digo, una de dos: o nacimos sabiéndola y sabémosla todos de por vida, o bien respecto de esos que decimos “aprenden”, no les pasa sino recordar, en cuyo caso aprendizaje sería recordación. [76a] —Ási es en realidad, Sócrates. [76a] — ¿Qué elegiremos, pues, Simmias; que hemos nacido sabios o que posteriormente nos recordamos de ciencia anterior mente adquirida? [76b] —Al presente, Sócrates, no sé qué elegir. [76b] —Y ¿qué en cuanto a esto?: di qué eliges y qué te parece: varón sabio ¿acerca de lo que sabe podría dar razón, o no? [76b] —Necesariamente pudiera, Sócrates, dijo. [76b] —Y ¿crees que todos pudieran dar razón acerca de las cosas de que estamos hablando? [76b] —Bien lo quisiera yo, dijo Simmias; pero mucho me temo que mañana a esta hora no haya hombre alguno capaz de hacer tal dignamente. [76c] —¿Así que, Simmias, no te parece que todos los hombres las sepan? [76c] —En manera alguna. [76c] —¿Se recuerdan, pues, de lo que aprendieron? [76c] —Necesariamente. [76c] — ¿Cuándo adquirieron nuestras almas ciencia de Ellas? No, por cierto, desde que nacimos a hombres. [76c] —No por cierto. [76c] —Previamente, pues. [76c] —Sí. [76c] —Existían, según esto, Simmias, previamente las almas fuera de los cuerpos, antes de existir en forma humana, y tenían sapiencia. [76c] —A no ser que adquiramos al nacer todas estas ciencias, Sócrates; queda tal tiempo disponible. [76c] —Sea, compañero; ¿mas en qué otro tiempo las perdemos?, porque no nacimos teniéndolas, tal convinimos, o las perdemos en el mismo tiempo en que las adquirimos? ¿O pudieras señalar otro tiempo? [76c] —No otro alguno, Sócrates; no caía en cuenta de que estaba hablando vanamente. [76c] —¿Las cosas no serán, Simmias, dijo Sócrates, de la siguiente manera?: si, como estamos reafirmando, existen lo Bello, y lo Bueno y toda esa clase de esencias, y si a Ellas referimos todo lo de la sensación, si ellas existen de antemano y nos las encontramos siendo muestras, asemejando entonces todo esto a Ellas, será necesario que a la manera del ser de Ellas, así sea el de nuestra alma, aun antes de nacer; pero, si no existieran tales esencias, ¿otra sería nuestra argumentación? Mas así es; y ¿hay igual necesidad de que haya esencias y de que nuestras almas existan antes de nacer?; y si aquello no, ¿estotro tampoco? [76c] — Absolutamente, Sócrates, dijo Simmias, me parece ser igualmente necesario; y el razonamiento se escabulló hacia algo bello: hacia que parecidamente existieron nuestra alma antes de nacer y la Esencia, de la que ahora hablas. Que nada tengo para mí por tan evidente como que todo eso existe: la Bello, lo Bueno, y todo lo demás de que nos estás hablando; aparte de que me parece suficientemente demostrado. [77a] —Pero ¿y a Cebes?, dijo Sócrates; que es preciso también persuadirlo. [77a] —Le basta, a mi parecer, añadió Simmias: y eso que es el más obstinado de los hombres en punto a desconfiar de las razones; y aun pienso que no se necesita convencerlo de que. [77b] antes de nacer, nuestra alma existió. Que, después de muertos, exista, ni aun a mí me parece, Sócrates, dijo, estar demostrado. Queda en pie lo que decía ahora Cebes, y es afirmación de los más: que, muerto el hombre, se disipe el alma, y tal sea el final de su existencia. ¿Qué impide el que nazca, se componga de lo que sea y exista antes de llegar a cuerpo humano; mas que, después de llegada y separada de él, fina entonces y se corrompa? —Bien dices, Simmias, añadió Cebes; porque me parece que hemos demostrado tan sólo la mitad de lo debido: que nuestra alma existía antes de nacer; pero es preciso demostrar además que, una vez muertos, existirá no menos que antes de nacer, si es que la demostración ha de tener conveniente término. [77b] —Fa quedado demostrado ya. Simmias y Cebes, dijo Sócrates. Si queréis componer en uno el presente razonamiento con el ya admitido: que todo lo viviente se engendra de lo muerto; porque, si el alma preexiste, necesario le es, al ir 4 vivir y a ser engendrada, engendrarse no de otra cosa alguna sino de la muerte y del morir, ¿Cómo, pues, no será necesario que aun después de muerta exista, ya que es preciso que de nuevo nazca? Quede, pues, demostrado esto aun ahora, tal cual se dice. Sin embargo me parece que tú y Simmias con gusto tratáis un poco más de este razonamiento, y teméis infantilmente no pase en realidad eso de que, salida el alma del cuerpo, el viento la deshaga y disperse, sobre todo si acontece morir alguien no en calma de viento, sino en gran ventarrón”. [77e] —Riéndose Cebes, dijo: “como a miedosos tratas, Sócrates, de persuadirnos; a mejor cual si no lo fuéremos nosotros, mas como si hubiera un niño aún dentro de nosotros que tal temiera; intenta, pues, persuadirle de que no tema, cual al coco, a la muerte. [77e] —preciso es, pues, continuó diciendo Sócrates, que le cante cada día hasta que se desencante. [78a] —-¿Dónde, Sócrates, replicó, hallaremos cantor bueno en tales cantos; ya que tú, dijo, nos dejas? [78a] —Grande, por cierto, Cebes, es Hélade, dijo, y hay en ella varones buenos, aparte de razas de bárbaros. Preciso fuera recorrerla en busca de tal encantador, no ahorrando ni dineros ni trabajos, que no hay cosa más oportuna en que gastarlos. Y es menester buscarlo entre vosotros, pues pudiera ser que no encontraras fácilmente otros capaces de hacerlo mejor que vosotros. [78b] —Se hará así, dijo Cebes. Mas volvamos al punto de partida, si te place. [78b] —Que me place, pues ¿cómo no? [78b] —Bellamente hablas, añadió. Bien, pues, continuó diciendo Sócrates, esto es lo que hemos de preguntarnos: a qué cosa le pasa propiamente el padecer de tal padecimiento: el de disiparse; y en virtud de qué es de temer que pase eso y a cuál. Y, después de esto, considerar si hay alma, y, según ello, animarnos o temer por la nuestra. [78b] —Verdad dices, añadió. [78b] —Pues bien: ¿no le pasará propiamente tal padecimiento a lo compuesto y a lo que por naturaleza lo sea?: ¿lo de disiparse de igual manera a como se compuso? Mas si algo tiene la Suerte de ser incompuesto, ¿a tal, y sólo a él, le pasara propiamente el no padecer de tales cosas, —caso de pasarle alguien? [78b] —Me parece que así es, dijo Cebes. [78b] —¿Según esto, pues, todo lo que se haya siempre de una y la misma manera, es grandísimamente verosímil que sea incompuesto; mientras que las cosas que se han de diversa manera, y jamás de una misma, tales serán compuestas? [78b] —Así me lo parece. [78b] —Volvamos, pues, dijo, a lo mismo de que antes tratábamos. Aquella Esencia misma de la que, preguntando y respondiendo, probamos existir, ¿se comporta siempre de igual e idéntica manera, o algunas veces de otra? Lo Igual mismo, lo Bello mismo, lo que en cada cosa hay de ser, lo Ente, sufren algún cambio? O bien, lo que cada uno de ellos es, por ser idéntico y monoeidético ello en cuanto el mismo, ¿se habrá de ¿cual e idéntica manera, sin tolerar nunca jamás ninguna alteración de ninguna manera? [78d] —Es necesario, Sócrates, que así, según identidad, se comporte. [78d] —Y ¿qué respecto de esas cosas plurales, como hombres o caballos o vestidos o cualesquiera de tales cosas o iguales o bellas, o de todas las homónimas con Aquéllas? ¿Se han de idéntica manera, o bien todo lo contrario, a Aquéllas: cual no idénticas ni ellas consigo mismas ni entre sí de modo alguno, por decirlo así: jamás según identidad? [78e] —Así, dijo Cebes; jamás se han de idéntica manera. [78e] —Pues bien: a éstas tal vez las tocarías o las verías o las percibirías con las demás sensaciones. Mas a las que se han siempre según identidad, ¿sólo las captarías, cuando más, con el razonamiento de la mente, pues son las tales invisibles y no ojeables? [79a] —Dices entera la verdad, respondió. [79a] —¿Quieres, pues, que admitamos dos eídoses de entes: uno, el ojeable; otro, el invisible? [79a] —Supongámoslos, dijo. [79a] —Y ¿por cierto que lo invisible, por su parte, se ha siempre según identidad; mas lo ojeable, por la suya, jamás según ella? [79a] — Pongamos esto también, dijo. [79b] —Pues bien, añadió Sócrates, ¿uña cosa nuestra es el cuerpo; y otra, el alma? [79b] —Sin duda alguna, respondió. [79b] —¿A qué eidos diremos que es más semejante y congénere El cuerpo? [79b] —Es para todos evidente que a lo ojeable. [79b] — ¿Y qué respecto del alma?, ¿ojeable o invisible? [79b] —No por ojo humano, Sócrates, respondió. [79b] —Mas nosotros hablamos de ojeable y no ojeable respecto de la naturaleza de los hombres; ¿o estás pensando en alguna otra? [79b] —En la humana. [79b] —¿Qué diremos respecto del alma?: ¿es ojeable o inojeable? [79b] —No ojeable. [79b] —¿Invisible, por tanto? [79b] —Sí. [79b] — Así que el alma es más semejante con lo invisible que el cuerpo, mientras que éste lo es con lo ojeable. [79c] —De toda necesidad, Sócrates. [79c] —¿Y no hemos dicho también anteriormente que el alma, al servirse del cuerpo para considerar algo, mediante los ojos o por los oídos o por otra cualquiera sensación —que esto es considerar algo mediante el cuerpo; hacerlo por el intermedio de las sensaciones— es arrastrada por el cuerpo hacia lo que jamás se comporta idénticamente; di-vaga, se perturba y marca cual borracho, por tocar cosas tales? [79c] —Ciertamente. [79d] — Mientras que, cuando se recoge ella misma consigo misma, entonces dispárase hacia lo puro, hacia lo siempre presente, hacia lo inmortal y hacia lo que de idéntica manera se ha; y por ser ella congénere con eso, genérase también con Aquello, precisamente cuando se ponga a, y le resulte, estar ella consigo misma, y en su poder. Cesa entonces su vagar y compórtase con Aquello de idéntica e igual manera, ya que con lo tal está en contacto; y ¿a tal estado del alma no se llama “Sapiencia”? [79d] —De todas maneras, Sócrates, bella y verdaderamente hablas. [79d] —Y por lo dicho antes y por lo dicho ahora: ¿A qué te parece ser el alma más semejante y congénere en eidos? [79e] —Todos, aun el más atrasado, me parece, Sócrates, dijo, concederán, según el método seguido, que, en conjunto y en todo, el alma es más semejante a lo que se ha siempre de igual manera que a lo que no. [79e] —¿Qué, en cuanto al cuerpo? [79e] —A lo otro. [79e] —Mirémoslo también así: cuando cuerpo y alma están unidos, la naturaleza ordena que a uno le toque obedecer y ser mandado; y a la otra, mandar y dominar. Y según esto. [80a] ¿cuál te parece ser semejante a lo divino, y cuál de los dos lo mortal?; ¿o no te parece, más bien, que lo divino nació para mandar y dominar; pero lo mortal, para ser mandado y servir? [80a] —A mí, si. [80a] —¿A cuál, pues, se asemeja el alma? [80a] —Es evidente, Sócrates, que el alma, a lo divino; mas el cuerpo, a lo mortal. [80a] —Considera, pues, Cebes, dijo, si no se sigue de todo lo dicho que el alma es semejantísima a lo divino, inmortal. [80b] inteligible, monoeidético, indisoluble: a lo que se ha siempre de una y la misma manera, mientras que el cuerpo es semejantísimo a lo humano, mortal, polieidético, ininteligible, disoluble, y a lo jamás idéntico consigo mismo. ¿Tenemos, amigo Cebes, que decir algo en contra, o no es así? [80b] — No, no tenemos. [80b] —¿Qué, pues?; siendo las cosas así, ¿no convendrá al cuerpo disolverse prestamente; mas al alma, ser o absolutamente indisoluble o algo de esto? [80b] —Pues ¿cómo no? [80b] —Observa, pues, dijo, que, apenas muera el hombre, a lo visible de él: al cuerpo, y a lo que en lo visible tenga —que es lo llamado “cadáver'—, a lo que le es propio disolverse y dispersarse, no hay por qué le pase esto inmediatamente. Es natural que permanezca considerable tiempo si uno de bella constitución muere, y muere en conveniente estación. [80c] —y aun largo tiempo; porque decaído el cuerpo y embalsamado, como las momias en Egipto, casi todo se conserva hay que ver cuán extraordinario tiempo. Mas algunos miembros del cuerpo, aun putrefacto, cual huesos y tendones y otros por el estilo, son, por decirlo así, inmortales. ¿O no? [80c] —Sí. [80c] —Mas el alma, lo invisible, lo partido a esotro lugar noble, puro e invisible, que es en verdad el Hades: dios bueno y sapiente —a donde, si dios quiere, presto y con mi misma alma he de ir inmediatamente—, esta alma, tal y así nacida, separada del cuerpo ¿se desnaturalizará y perecerá presto, como dicen los más de los hombres? Bien lejos de esto, queridos Cebes y Simmias. Al revés, pasa mucho mejor: si el alma se aparta pura, sin arrastrar nada del cuerpo, por no haber, durante la vida, estado voluntariamente en comunión con él, huida, más bien, de él y recogida ella consigo misma, preocupada de continuo por esto —que no es otra cosa sino haber filosofado rectamente y cuidádose, en realidad, de morirse más fácilmente—, ¿no será esto preparación para la muerte? [81a] — Absolutamente. [81a] —Dispuesta así, ¿no se partirá a su semejante: a lo invisible, lo divino, lo inmortal y lo sapiente, a donde, llegada, le advengan la bienaventuranza, la liberación de desvaríos, insensatez, miedos y salvajes amoríos y de todos los demás males humanos o, cual se dice a tenor con los iniciados, “para pasar, en verdad, el restante tiempo con los dioses”? ¿Lo afirmaremos así, Cebes, o de otra manera? [81a] —De esta manera, por Júpiter!, dijo Cebes. [81b] Pero, si tal pienso, se parte del cuerpo maculada e impura, por haber consido siempre con él, haberlo mimado, amado, encantada por él y por los apetitos y placeres, tanto que no pensó haber algo verdadero fuera de lo corporal: de lo que se puede tocar, ver, beber y comer y servir para lo sexual; si se ha acostumbrado, por lo contrario, a odiar, temer y huir de lo umbrátil para los ojos, de lo invisible, de lo inteligible y captable por filosofía, ¿crees que el alma, por tal comportamiento, se separará a estar ella consigo misma, incontaminada? —No hay manera, dijo. [81b] —¿Estará, tal creo, captada por lo corporaloide que, por la conversación y convivencia con el cuerpo, consida de continuo con él y objeto de grandes cuidados, se le hizo connatural? [81b] —Ciertamente. [81b] —Así que, amigo, hay que tener al cuerpo por pelmazo, pesado, térreo y visible. El alma, pues, que lo tenga pesará, y arrastrada una vez más hacia el lugar visible, por miedo lo invisible y al Hades, «rondará», como se dice, «al derredor de monumentos y sepulcros»; por lo que se han visto con vista de ojos circuir los umbrátiles fantasmas de almas; que tales eídolos ofrecen aquellas almas, no separadas en pureza, sino partícipes de lo visible, y, por eso, con ojos se las ve. [81d] —Es verosímil, Sócrates. [81d] —Es verosímil, ciertamente, Cebes, el que tales almas no sean de las buenas, sino de las viles, forzadas éstas al error y a rondar por tales lugares en justo castigo de haberse alimentado de lo malo. Y errarán hasta que, en virtud del apetito de lo corporaloide concomitante, recaigan presas a cuerpo. Mas recaerán presas, como es verosímil, de aquellas costumbres de las que se dé el caso de haberse cuidado durante la vida. [81e] —¿En cuáles piensas, Sócrates? [81e] —En éstas: las que se hayan cuidado de glotonerías, violencias y borracheras, y no hayan rectificado, pasarán, es verosímil, a clases de asnos y parecidos animales. ¿No lo crees así? [82a] —De manera enteramente verosímil hablas. [82a] —Mas las que hayan preferido injusticias, tiranías y latrocinios, pasarán a las especies de lobos, halcones y milanos. Si no, ¿a qué otra parte, decimos, irían? [82a] —Sin duda a éstas, dijo Cebes. [82a] —¿No queda, pues, en claro, continuó diciendo Sócrates, que en los demás casos irá cada una según la semejanza con su cuidado? [82a] —Es claro, respondió: pero, ¿cómo no? [82a] —Así, pues, los más bienaventurados de todos, dijo, y los que van a óptimo lugar ¿no serán quienes se hayan cuidado de esas virtudes sociales y políticas llamadas “templanza” y “justicia”, engendradas en ellos por hábito y cuidado, mas sin filosofía y entendimiento? [82b] —¿En qué sentido, “los más bienaventurados”? [82b] —En el de que los tales revertirán a una especie política y domesticada, cual la de abejas, avispas u hormigas; o una vez más a la especie humana; y de ellos nacerán varones morigerados. [82b] —Es verosímil. [82c] —Mas a la clase de los dioses, a nadie —que no haya filosofado y partido enteramente puro— le es permitido llegar, fuera del amante-de-aprender. Por estos motivos, compañeros Simmias y Cebes, los rectamente filosofantes se apartan de todas las apetencias corporales; resístenlas; mas no se entregan a ellas por temor a mina doméstica o pobreza, como los más y los amigos-de-dinero; ni cual los amantes de honores y poder, por temor al des-honor y a los trabajos, se apartan por esto de ellas. [82c] —No sería decoroso, Sócrates, dijo Cebes. [82c] —No, por Júpiter!, continuó. [82d] —Pues bien, Cebes, a todas estas clases de hombres han de decir adiós los que se cuidan de sus almas y viven sin mimar al cuerpo, y sin seguir su misma ruta, pues no saben aquéllos a dónde van. Más bien creen ellos que no se debe hacer nada contrario a la filosofía, y, liberados y purifica dos por ella, dirígense, siguiéndola, a donde ella los condujere. [82d] —¿De qué manera?, Sócrates. [82d] —Os lo diré, replicó. Los amantes-de-aprender, dijo, saben que al tomar en sus manos al alma la filosofía, estaba el alma, dicho sencillamente, aherrojada y encolada con el cuerpo; forzada a ver, cual a través de prisión, los entes, —mas no a sí misma por sí mima— y revolcándose en total ignorancia. Empero lo más terrible de tal prisión, velo la filosofía, consiste en que eso proviene del apetito, cual si el preso fuera colaborador del propio aprisionamiento. Digo. [83a] pues: los amantes-del-aprender reconocen que, al tomar la filosofía posesión de sus almas, las anima suavemente e intenta liberarlas, mostrándoles que el conocimiento de ojos está relleno de engaños, y de engaños lo están el de oídos y el de las demás sensaciones; persuádeles la filosofía de que se retiren de ellas, fuera de lo que exija su necesario uso; exhórtales a que reconcentren y recojan al alma a sí misma, sin fiarse de nadie sino ella misma de si; que piense ella, en cuanto ella misma lo que de ellos, en cuanto ellos mismos tienen los entes; no teniendo por verdadero nada de lo que en otro, de diverso, vea; que todo esto es sensible y ojeable; mas lo que el alma ve es inteligible e invisible. El alma del verdaderamente filósofo no piensa en poner obstáculos a esta liberación; y así se aparta de placeres, apetencias, penas y temores en lo que pueda, pensando que, aun después de mucho sentir, temer, penar o apetecer, ningún mal le proviene de aquellos de los que creía tales, —cual enfermedad o gastos por apetencias; mas del que es máximo y extremo de los males, de ese padece y no cae en cuenta. [83c] —¿Cuál es?, Sócrates, dijo Cebes. [83c] —Que el alma de todo hombre se ve forzada a la vez a sentir y dolerse grandemente, y encima de esto a creer que el objeto que así, máximamente, la hace padecer, es objeto el más caro y el más verdadero, no siéndolo. Tales son, sobre todo, los visibles, ¿o no? [83c] —Ciertamente. [83c] —Y ¿no es justamente en esta impresión con la que, sobre todo, encadena el cuerpo al alma? [83c] — Cómo, por cierto? [83c] —Todo placer y dolor, cual si fuera clavo, la clava al cuerpo. [83d] la remacha y hace corporaloide, creyendo que todo eso es verdadero, tal cual lo dice el cuerpo. Por opinar, pues, a la una con el cuerpo y gozarse con sus cosas, se ve forzada, pienso, a hacerse con iguales mañas y víveres; tal, no puede partirse pura al Hades; sale rellena siempre de cuerpo; por lo cual recae, de nuevo y prestamente, en otro cuerpo, y crece, cual diseminada, en él. De todo lo cual le viene el quedar privada de lo divino, de lo puro y de la convivencia con lo mono-eidético. [83e] —Verdaderísimo es, Sócrates, lo que dices, —añadió Cebes. [83e] —A causa de esto, Cebes, los rectamente amantes-de-aprender son morigerados y valientes, y no por las causas que dicen los más. ¿Piensas que no? [83e] —Ciertamente que no. [84a] —Pues así razonaría el alma de varón filósofo. No creería que fuera preciso que la filosofía la desatara, y, desatada, se encadenara una vez más a placeres y penas, haciendo la fútil tarea de Penélope, destejiendo lo tejido. Ál contrario: conseguida tranquilidad total, siguiendo a la razón, siempre en ella, dada a la consideración de lo verdadero, de lo divino y de lo inopinable, alimentada de esto, cree que así se ha de vivir, mientras se viva; y que, una vez muerto, llegada a lo congénere y afín creerá haberse liberado de los males humanos. Criada así, nada terrible temerá. Simmias y Cebes; no, el disiparse, al abandonar el cuerpo, dispersada por los vientos; no, el salir difundida y el no estar ya en parte alguna”. Habiendo dicho esto Sócrates, hízose largo silencio. Pareció, a ojos vistas. Sócrates quedar absorto en las palabras dichas, y así los más de nosotros. Pero Cebes y Simmias cruzaron entre sí breves palabras. Mirándolos Sócrates, les preguntó: “¿Qué?” dijo; ¿“os parece que lo dicho deja algo que desear? El punto tiene, sin duda, sus sutilezas y objeciones, si uno se propone desarrollarlo suficientemente. Si pensáis en otra cosa, no digo nada. Mas, si os desconcierta algo de esto, no temáis vosotros mismos el hablarlo y discutirlo, caso de que algo de lo dicho os pareciere haberse de decir mejor, y aun llamadme en vuestra ayuda si creéis, más bien, salir mejor conmigo de vuestra dificultad”. Y Simmias replicó: “Por cierto, Sócrates, te diré la verdad, pues desde hace rato cada uno de nosotros empujaba y excitaba al otro preguntar, en parte por escucharte, mas en parte recelándonos de darte molestia, no te sea desagradable en la presente desgracia”. Mas en oyéndolos Sócrates, sonrió benévolamente, y dijo: “¡Ay!, Simmias; difícilmente convencería a los demás hombres de que no crea ser desgracia lo que me ha caído en Suerte, cuando ni a vosotros logro persuadíroslo: teméis más bien, me comporte ahora de peor humor que el de mi anterior vida; y pareciera cual si fuese inferior a los cisnes en profecía, ya que cuando éstos se sienten en trance de morir, habiendo cantado antes, cantan aún más y mejor entonces, regocijándose de estar a punto de ir donde el dios de quien son servidores. Mas los hombres, por su miedo a la muerte, desmienten lo de los cisnes, diciendo que cantan por pena con trenos a la muerte, sin considerar que ningún pájaro canta cuando tiene hambre, frío u otro sufrimiento; ni tampoco el ruiseñor, la golondrina o la abubilla, de los que se dice cantar, en trenos, su pena. Pero ni siquiera éstos me parecen cantar de pena, menos aun los cisnes; pienso. [85b] más bien, que, siendo de Apolo, son profetas; y previendo los bienes del Hades, cantan y se alegran particularmente en tal día, más que en el tiempo anterior. Yo mismo me tengo por consiervo de los cisnes; y, consagrado al mismo dios, no me siento inferior a ellos, en punto a virtud profética, recibida de nuestro señor, ni llevo peor que ellos el apartarme de esta vida. Por todo esto, es menester hablar y preguntar lo que quisiereis, mientras lo permitan los Once varones de los atenienses”, “Bellamente hablas”, replicó Simmias. “Yo mismo voy ca decirte mi dificultad, y en su turno Cebes dirá por qué no admite lo dicho. Me parece, Sócrates, como verosímilmente ti, que saber algo en claro acerca de este punto, durante la presente vida, es imposible o sobremanera dificultoso. Empero, fuera de varón muy flojo no tratar, de toda manera, acerca de lo dicho sobre ello, y no abandonarlo hasta haber agotado todas las consideraciones. Es preciso acerca de esto hacer una de estas cosas: o aprender o hallar cómo se han, o, si es imposible, aceptar lo mejor y más irrefutable de las doctrinas humanas; y, embarcados en ello, cual en balsa, navegar, entre peligros, la vida, a no ser que se la atraviese más seguramente y sin peligro sobre bajel más firme: alguna palabra divina. Por lo cual ahora no me avergüenzo yo mismo de preguntar, como tú lo haces acerca de esto; así no tendré que acusarme posteriormente de no haber dicho lo que me parece. Porque, Sócrates, considerando, para mí y con Cebes. [85e] lo dicho, no me parece del todo satisfactorio”. lo cual Sócrates replicó: “Tal vez, compañero, te lo parece según verdad. Pero, dime en qué manera es insuficiente”. [85e] —En eso, respondió: en que, acerca de armonía, lira y cuerdas dijera alguien eso mismo: que la armonía es algo invisible e incorporal, y que algo de bellísimo y divino hay en la lira acordada, aunque la lita misma y sus cuerdas sean cuerpos y corporaloides, y compuestas y aun térreas, y congéneres con lo mortal. Mas ¿qué?, si después de destrozar la lira, cortar y romper las cuerdas, alguno mantuviera, con tu misma razón, que era necesario existiera aún la armonía y no hubiera perecido?; porque no había artificio alguno para que exista ya la lira, rotas las cuerdas, que son mortaloides; mas no, para que pereciera de perecimiento la armonía, congénere como es con lo divino e inmortal, anterior como es a lo mortal. [86b] Dijera, más bien, ser necesario que en alguna parte exista aún la armonía misma; y que se han de pudrir madera y cuerdas antes que a la armonía le pase algo. Porque pienso, Sócrates, que lo mismo has tenido tú en mientes; suponemos, ante todo, que de cuerpo en tensión, y mantenido por caliente y frío, seco y húmedo y otras tales cosas, es nuestra alma, mezcla y armonía de estos mismos elementos, al estar ellos de bella y mensurada manera mezclados entre sí. Si, Co pues, por suerte, nuestra alma es una cierta armonía, es claro que, al relajarse desmesuradamente nuestro cuerpo o distenderse desmesuradamente por enfermedades y otros males, el alma tiene que inmediatamente perecer, por muy divina que sea, al modo que les pasa a las demás armonías en sonidos y en obras de artífices, mientras que los restos de cada cuerpo permanecen largo tiempo, hasta que se queman o pudren. Ve, pues, qué diremos contra este razonamiento. [86d] Sócrates: si alguien juzgara que, siendo el alma mezcla de los elementos del cuerpo, en la llamada muerte perece ella la primera. Mirándonos, pues, Sócrates, y sonriendo cual solía hacerlo, dijo: “correctamente hablas, Simmias. Si alguno de vosotros está más listo que yo, ¿por qué no responde?; porque, al parecer, ha dado Simmias, y no vanamente, en el clavo del razonamiento. Mas me parece necesario antes de contestar, oír primero qué es lo que Cebes opone al razonamiento, para que así, haciendo tiempo, consideremos qué vamos a decir; y, oído, o concordemos con ellos si nos pareciere consonante; mas si no, hagamos justicia al razonamiento. Di, pues, Cebes, añadió Sócrates, qué fue lo que te perturbó. [86d] —Digo, respondió Cebes, que el razonamiento me parece estar aún en la misma posición, y sujeto a la misma objeción, anteriormente dicha: que nuestra alma haya existido aun antes de venir a este nuestro eidos, no negaré que no haya sido dicho de agradable manera, y, si no resulta pesado decirlo, está más que suficientemente demostrado; mas no me lo parece eso de que, muertos, exista todavía. Ni concederé a la objeción de Simmias el que el alma no sea más fuerte y duradera que el cuerpo, porque en todas estas cosas me parece muchísimo superior”. “¿Por qué, pues”, diría el razonamiento, "desconfías aún, ya que como ves, la parte más débil, mue-to el hombre, existe aún? Y ¿no te parecerá que lo más duradero se salvará, necesariamente, durante tal tiempo? Además de esto considera estotro que voy a decir: Necesito, en mi opinión, de un símil, al igual que Simmias, porque me parece que lo que estamos diciendo es como si, acerca de un tejedor viejo muerto dijera eso mismo: que no pereció, sino que, sano y salvo, está en otra parte; y trajera cual testimonio el que el manto, tejido y llevado por él, está sano y salvo, y no pereció; y si se desconfiara de ello, se preguntara qué es más durable, el género de hombre o el de vestido en uso y llevado; y, si se le diera por respuesta que es más durable El género de hombre pensara habérsele demostrado que mucho más tiene que estar sano y salvo el hombre, puesto que lo menos durable no ha perecido. [87b] —Mas esto, Simmias, no es así; considera tú mismo lo que digo: todos admitirán que dice tonterías quien tal diga, porque ese tejedor, después de haber gastado y tejido muchos vestidos, pereció después de muchos; mas antes, pienso, que del último; pero no por esto es el hombre ni más frágil ni más débil que el vestido. Igual comparación vale del alma respecto del cuerpo y, diciendo lo mismo respecto de ellos, me parecería hablar apropiadamente así: que el alma, por su parle, es más duradera, mientras que el cuerpo es más débil y menos duradero. Y aun diría que cada alma gasta muchos cuerpos, sobre todo si vive muchos años, porque si el cuerpo cambiara y se destruyera, viviendo el hombre, y el alma retejiera siempre lo gastado, fuera, por cierto, necesario que, si el alma pereciera, tuviera un último vestido, y pereciera antes que él precisamente; mas, perecida el alma, el cuerpo pondría de manifiesto su natural debilidad y se disolvería, presto, podrido. De modo que, a tenor de este razonamiento, todavía no podemos atrevernos fundadamente creer que, después de muertos, exista de alguna manera nuestra alma. [88a] Si, pues, se concediera, aun más, al que dice lo que tú, otorgándole no sólo que existían nuestras almas en tiempo anterior al nacimiento, sino que nada obsta a que, después de muertos, las de algunos existan aún y hayan de existir y engendrarse muchas veces y, a su vez, morir —que es el alma algo tan naturalmente fuerte que puede soportar renacerse muchas veces— concedida todo esto, no otorgaría el que no sufra de tantos nacimientos y que, muriendo, no perezca del todo en alguna de tales muertes. Y diría que nadie sabe acerca de esa muerte y de esa disolución del cuerpo que trae consigo destrucción para el alma, ya que es imposible la perciba uno de nosotros. Si las cosas son así, nadie conviene hacerse el valiente, a no ser con valentía insensata, respecto de la muerte, si no tiene la demostración de que el alma es del todo inmortal e imperecedera; en caso contrario, necesariamente quien esté en trance de muerte temblará por su alma, no sea que perezca del todo en la inminente disolución del cuerpo”. Todos nosotros, escuchando lo que decían, nos sentíamos incómodos, como más tarde nos lo dijimos, porque, convencidos firmemente como estábamos por el razonamiento anterior, nos pareció perturbarnos una vez más y poner desconfianza no sólo en las predichas razones, sino aun en las que se iban a decir, con temor de no ser dignos jueces de nada o que tales materias no fueran de fiar. Equécrates. ¡Por los dioses!, Fedón, concuerdo con vosotros, porque, oyéndote ahora decir tales cosas, me pregunto ami mismo: “¿de qué razonamiento nos vamos aún a fiar?”. Que el razonamiento dado por Sócrates, de fuertemente convincente cayó ahora en increíble. De admirable manera este razonamiento: el de que nuestra alma es una cierta armonía se apodera de mí ahora y siempre, de modo que, dicho, me recordó haber asentido a él. Cual si comenzara, necesito grandemente de otra razón que me convenza de que con el muerto no se muere el alma. Así que, por Júpiter!, dime ¿CÓMO Continuó Sócrates el discurso?; o si, más bien, él, coma decís de vosotros, dio, o no, señales de descorazonamiento, ayudando tranquilamente al argumento. ¿Lo ayudó de suficiente o de deficiente manera? Refiérenos todo esto lo más exactamente posible. [88e] Fedón: Por cierto, Equécrates, que, habiendo admirado frecuentemente a Sócrates, jamás lo admiré más que en la presente ocasión. Que tuviera él algo que decir, tal vez no sea, Fedón, nada de extraño; empero lo que mayor admiración me puso fue, primero, de qué agradable, plácida y admirativa manera recibió el razonamiento de los jóvenes; después, qué agudamente percibió lo que sentíamos por tales razones; finalmente, qué bien nos curó y nos rescató de huidos y vencidos, y nos animó a seguir y considerar con él el razonamiento. Equécrates. ¿De qué manera? [89a] Fedón: Os lo diré. Por suerte, estaba yo sentado a su derecha Fedón, mano junto al lecho, sobre un taburete; él, bastante más elevado que yo. Tomándome, pues, la cabeza y aplanándome los cabellos del cogote —tenía por costumbre embromarme por mi cabellera— me dijo: “Tal vez mañana, Fedón, rapes. tu hermosa cabellera”. [89b] —Tal vez, Sócrates, respondí yo. [89b] —No, si me haces caso. [89b] —Y ¿si no?, dije yo. [89b] —Hoy cortaré yo la mía y tú la tuya, si se nos muere el razonamiento, y no podemos revivirlo. Y, si yo fuera tú, y se me escapara el razonamiento, haría juramento, como los Aqueos, de no dejarme crecer la cabellera antes de que, volviendo a la pelea, venciere al razonamiento de Simmias y de Cebes. [89b] —Pero, repliqué yo, se dice que «ni Hércules puede contra dos». [89b] —Mas llámame en tu ayuda, dijo, cual si fuera tu Yóleo, mientras haya luz. [89b] —Te llamaré, contesté, no como Hércules, sino como Yóleo Hércules. [89b] —En nada se diferencia, dijo. [89b] —Pero, ante todo, prevengámonos de que no nos pase algo. [89b] —¿Qué?, dije yo. [89d] —Que no resultemos, dijo él, misólogos, como otros resultan misántropos; porque a nadie, dijo, puede sobrevenir mal mayor que odiar los razonamientos. Del mismo temple se engendran misología y misantropía, porque la misantropía proviene de haberse, sin precaución, fiado en demasía de alguien: de creer que tal hombre era enteramente veraz, sano y de fiar, encontrándole, al cabo de poco, malo, infiel y otro. Cuando a alguien pasa esto muchas veces y, sobre todo, de parte de los que tenía por sus más caseros y compañeros, termina por teñir y odiar a todos, y por juzgar que nada hay de sano en nadie. ¿No has experimentado que así pasa? [89d] —Por cierto que sí, respondí yo. [89d] —¿No es, pues, dijo él, vergonzoso, y claro, que el tal se mete, sin arte acerca de lo humano, a tratarse con los hombres?; porque, si se tratara según arte, como se debe, juzgaría que los muy buenos y los muy malos son pocos; los medianos son los más. [90a] — ¿En qué manera?, dije yo. [90a] —De igual a como, respondió, sucede con lo muy pequeño y lo muy grande; ¿crees que hay algo más escaso que encontrar un hombre, un perro, o cualquier otra cosa, muy grande o muy pequeña? O bien, ¿veloz o lenta, fea o bella, blanca o negra?; ¿o no adviertes que, en todos estos casos, los ápices de los extremos son raros y pocos; mas los intermedios, abundantes y muchos? [90a] —Ciertamente que es así, repliqué yo. [90a] —Y ¿no crees, dijo él, que si hiciéramos un concurso de maldad, serían muy pocos los primeros, aun en este caso? [90b] —Verosímilmente, contesté. [90b] — Sí, verosímilmente”, dijo. “Mas en este aspecto no son semejantes, razonamientos y hombres. En esto tú conducías, y yo seguía; pero no en estotro: en sí alguno cree que un razonamiento es verdadero, mas sin el atte de razonamientos; y posteriormente, no mucho después, le pareciere falso, siéndolo a veces sí y a veces no, y en diversas veces diverso. Sobre todo sabes que los muy dados a razonamientos lógicos en pro y en contra terminan creyéndose sapientísimos, y pensando, ellos solos, que de las cosas ninguna es sana en nada, ni firme ninguno de los razonamientos, sino que todas las cosas, sencillamente, se revuelven arriba y abajo como en el Euripo, sin permanecer en nada tiempo alguno. [90e] —Sin duda, dije yo, es verdad lo que dices. [90e] —Así que, Fedón, dijo él, sería esto bien de lamentar si, habiendo algún razonamiento verdadero y firme y aun cognoscible —por haberse acostumbrado a esos razonamientos que, a los mismos, parecen unas veces verdaderos y otras no— no se culpara uno a sí mismo y a su falta de arte, sino terminase, por tal causa, echando alegremente la culpa sobre los razonamientos, y pasara el resto de su vida odiándolos y calumniándolos, privándose así de la verdad y ciencia de los entes. [90e] —Por Júpiter!, dije yo, lamentable fuera. [90e] —Primero, pues, dijo él, prevengámonos y no concedamos respecto del alma el que, de los razonamientos, tal vez ninguno sea sano; más bien somos nosotros los que aún no estamos sanos; y que varonilmente hemos de animarnos a estarlo, tú y los demás, en favor de toda la vida futura, y yo mismo por causa de la muerte; que temo comportarme yo mismo, al presente, acerca de este punto, no filosófica, sino, cual los muy deseducados, disputativamente, porque cuando los tales ponen algo en duda no se preocupan de cómo se ha aquello de lo que se trata, sino se esfuerzan en que lo que sostienen lo parezca a los presentes. Mas me parece que, al presente, me separo de ellos en esto: no me esforzaré en que lo que digo parezca verdadero a los presentes, sino a lo más por añadidura; más bien y sobre todo. [91b] cómo me parezca a mí haberse las cosas. Calcúlolo, compañero querido; ¡ve cuánto a ganar! Si, por suerte, fuera verdad lo que digo, ¡bella cosa sería creerla!; mas si nada hubiera para el muriente, no me haré desagradable, menos aún a los presentes, lamentándome el tiempo restante antes de morir. Mas esta mi ignorancia no perdurará, que fuera gran mal, sino terminará poco después. Preparado, pues, así, dijo Sócrates, me llego. Simmias y Cebes, al razonamiento. Mas vosotros, creedme, preocupándoos poco de Sócrates, y mucho más de la verdad, si os pareciere que digo algo de verdadero, concordad conmigo; pero si no, oponeos can toda clase de tazones, para que, por entusiasmo, no me engañe mí mismo y a vosotros, yéndome, cual la abeja, dejando clavado el aguijón. Vamos, pues dijo. Ante todo, recordadme lo que dijisteis, si pareciere que no lo recuerdo, porque, como pienso. Simmias desconfía y teme que el alma, aun siendo más divina y bella que el cuerpo, perezca a causa de ese su eidos Sócrates, de armonía. Mas Cebes me parece haber concedido ser el alma mucho más duradera que el cuerpo, aunque no quede en claro que, habiendo el alma gastado en muchas veces muchos cuerpos, al dejar el último cuerpo no perezca entonces ella misma, y sea muerte precisamente esto: perecimiento del alma, ya que el cuerpo no cesa un momento de destruirse. ¿No son, pues, estás cosas. Simmias y Cebes, las que tenemos que poner en consideración?”. Ambos concordaron en que lo son. [91e] — Pues bien”, dijo: “¿aceptamos todos los razonamientos anteriores, o unos sí y otros no? [91e] — Algunos sí, otros no, —respondieron ambos. [91e] —¿Qué, pues, continuó Sócrates, decís acerca de aquel razonamiento según el cual afirmábamos que el aprendizaje es recordación y que, si es así, necesariamente nuestra alma tuvo que preexistir en alguna parte, antes de estar encadenada con el cuerpo? [92a] —Por mi parte, dijo Cebes, me convenció entonces de admirable manera, y aun ahora me afirmo en él más que en otro alguno. [92a] —Por cierto, añadió Simmías, que yo mismo lo siento así, y mucho me sorprendería de si alguna vez me pareciera otra cosa”. Mas Sócrates dijo: “Es necesario, huésped tebano, que pienses otra cosa, si te afirmas en esa tu opinión de que Armonía es algo compuesto, y que el alma es una cierta armonía, resultante de lo corporal en tensión. Porque no vas admitir ese dicho tuyo de que existió primero una armonía compuesta, antes de que exista aquello de que necesariamente se compone. ¿O lo admitirás? [92b] —En modo alguno, Sócrates, dijo. [92b] —Advierte, pues, replicó, ¿no es eso lo que estás diciendo cuando sostienes que el alma existía antes de venir a eidos y cuerpo de hombre; mas que resulta compuesta de cosas que no existen? Porque armonía no es eso que te hace de comparación. Más bien: la lira y las cuerdas y los sonidos ho comienzan por estar armonizados; pero, al final, de toda ello surge la armonía, y es ella la que primero perece. ¿Cómo consonará, pues, este tu razonamiento con el otro? [92b] —No hay manera, dijo Simmias. [92b] —Pues bien, replicó Sócrates, conviene, de consonar con algún razonamiento, que consuene con el de armonía. [92b] —Conviene, respondió Simmias. [92b] —Este precisamente, dijo Sócrates, no consuena contigo. Considera, pues, cuál de los dos razonamientos prefieres: ¿que aprendizaje es recordación o que el alma es armonía? [92b] —Mucho más aquél, Sócrates, dijo Simmias, porque estotro procedió sin demostración, con un cierto símil y especiosidad, —de donde le viene la aprobación común de los hombres. Mas tengo conciencia de que los que, mediante símiles hacen demostraciones, son en los razonamientos meros charlatanes, y que si no se pone uno respecto de ellos en guardia, bien mucho engañan, tanto en geometría como en todo lo demás. Empero el razonamiento sobre la recordación y aprendizaje se formuló por hipótesis dignas de ser admitidas, pues se dijo que nuestra alma existía antes de venir al cuerpo, de manera parecida a como existe esa Esencia, poseedora de esa denominación de "ser lo que es”, —y que yo he admitido, tal es mi persuasión, como suficiente y correctamente demostrada. Me es, pues, necesario, al parecer, por estas razones, no admitir ni de mí ni de otro el que el alma sea armonía. [92d] —Y ¿qué, Simmias, añadió Sócrates, de estotro: piensas que la armonía o cualquier otro compuesta pueda comportarse de manera diferente a la que tengan las cosas de que se compone? [92d] —En modo alguno. [93a] —¿Ni hacer algo, como creo, ni padecer algo, fuera de lo que ellas hagan o padezcan? [93a] —De acuerdo. [93a] —Así que la armonía no puede guiar las cosas de que se compone, sino seguirlas. [93a] —Aceptado. [93a] —Bien lejos, pues, estamos de que una armonía mueva contrariamente o suene o se oponga en algo a sus partes propias. [93a] —Bien lejos, por cierto, dijo. [93a] —Y ¿qué de esto?: ¿toda armonía no es precisamente armonía según el modo como se la coajuste? [93a] —No entiendo, dijo Simmias. [93b] —¿No estaría, continuó diciendo Sócrates, mejor y más plenamente armonizada si sucede lo dicho, y sería entonces más armonía y mejor; mas si lo estuviera menos, fuera peor y menor? [93b] —Ciertamente. [93b] —¿Es lo mismo respecto del alma: que hasta en lo mínimo un alma es diversa de otra —en más y mejor o en menos y peor— en cuanto eso mismo de “ser alma”? [93b] —En modo alguno, dijo. [93b] —Pues bien, por Júpiter!, dijo. Se afirma que un alma posee inteligencia y virtud, y que es buena; otra, insensatez y maldad, y es mala. ¿Se dice esto verdaderamente? [93b] —Verdaderamente, por cierto. —De los que sostienen que el alma es armonía ¿qué dirá alguno de ellos son todas estas cosas —la virtud y la maldad— en el alma? ¿Tal vez otra armonía o desarmonía?, y que el alma, la buena, está armonizada y tiene en sí misma, siendo ya armonía, otra armonía; mas la desarmonía está desarmonizada, y no posee en sí misma otra armonía? [93b] —No tengo qué decir, contestó Simmias; mas es claro que algo parecido a esto diría quien suponga aquello. [93d] —Pero antes se convino, dijo Sócrates, en que un alma no lo es ni más ni menos que otra; mas la convención actual es que una armonía no es ni más ni superior, ni menos ni inferior, en eso de “ser Armonía”. ¿No es así? [93d] —Ciertamente. [93d] —Mas la que es ni más ni menos armonía no ha sido armonizada ni más ni menos. ¿Es así? [93d] —Lo es. [93d] —Pero la que no ha sido ni más ni menos armonizada, participará algo más o algo menos de Armonía, ¿o algo igual? [93d] —Algo igual. [93d] —Así pues, dado que un alma no es ni menos ni más alma que otra, ¿tampoco estará más o menos armonizada? [93d] —Así es. [93d] —Pasándole eso, ¿no participaría en nada más ni de la desarmonía ni de la armonía. [93d] —Pues no. [93d] —Pasándole eso, ¿participaría algo más de la maldad o de la virtud un alma que otra, sí la maldad fuera desarmonía, mas la virtud armonía? [93d] —Nada más. [93d] —Mejor aún, Simmias; de hablar correctamente, ninguna alma participará de la maldad, dado que el alma es armonía; puesto que siendo la armonía, perfectamente eso mismo: “Armonía”, en modo alguno participaría de la desarmonía. [94a] —No por cierto. [94a] —Ni el alma, siendo como es perfectamente alma, participará de la maldad. [94a] —Pues ¿cómo, a tenor de lo dicho anteriormente? [94a] —Según, pues, este razonamiento todas las almas de todos los vivientes, ¿no serán igualmente buenas, si a todas ellas les es natural eso de “ser almas”? [94a] —Así me parece, Sócrates, —dijo. [94a] —Y ¿bellamente parecerá, añadió Sócrates, haberse dicho y haber pasado esto a nuestro razonamiento, si la hipótesis fue correcta: la de que el alma “es” Armonía? [94b] —En manera alguna, respondió. ¿Qué, pues?, añadió Sócrates; de todas las cosas del hombre ¿qué otra dirás que manda sino el alma, —especialmente lo sensato de ella? [94b] —No otra, diría yo. [94b] —¿Condescendiendo con las pasiones del cuerpo u oponiéndoseles?; y quiero decir algo así como, haciendo calor y sed, arrastrarlo a lo contrario: a no beber; y teniendo hambre, a no comer, ni mil otras cosas en que vemos al alma oponerse a las del cuerpo. ¿O no? ce —Así ciertamente, pues. [94b] —Y ¿no convinimos, según lo antedicho, en que, por ser el alma armonía, no puede cantar contra lo que la entiesa, relaja, pone a vibrar; en que padecerá de cualquier otro padecimiento a manos de las cosas de que le acontece componerse; seguirlas, más bien, y de modo alguno guiarlas? [94b] —Convinimos en ello, respondió, ¿cómo no? [94b] —¿Qué pues?: ¿no nos parece ahora que el alma obra de manera totalmente contraria: guiando a todas aquellas cosas de que, dijera uno, se compone, oponiéndose a ellas casi toda su vida, mandando en ellas de todos los modos; castígalas duro unas veces, y con dolores, así en la gimnasia y medicina; otras, más suavemente; en unas cosas amenaza, en otras amonesta, dialogando con sus apetitos, pasiones y miedos, cual si fuera distinta con distintos?, —lo que hasta Homero hizo en la Odisea, donde dice Ulises: Golpeándose el pecho, apostrofó a su corazón con estas palabras: Aguanta, corazón; cosas peores que ésta aguantaste. [94e] ¿Crees que hizo estos versos concibiendo al alma como armonía y tal que la guiaran las pasiones del cuerpo, sino, más bien, que ella las guiara y mandase, siendo ella de algo mucho más divino que de armonía? [94e] —¡Por Júpiter!, Sócrates, así me parece. [94e] —Así, pues, óptimo, de manera alguna nos estará bien decir que el alma es una cierta armonía; que entonces, parece, no concordaríamos con Homero, poeta divino, ni con nosotros mismos. [95a] —Así es, respondió. Por una parte, pues, dijo Sócrates, la tebana Armonía nos ha sido, al parecer, adecuadamente benévola. Mas, Cebes, ¿cómo, dijo, y con qué razonamiento volveremos benévolo a Cadmo? [95a] —Me parece, dijo Cebes, que lo hallarás; que, al revés de lo que pensaba, condujiste de admirable manera el razonamiento contra la armonía; porque, mientras Simmias decía lo que le desorientaba, me hubiera en alto grado sorprendido de que alguien pudiera hacer algo contra él. Me pareció, pues, grandemente desconcertante el que no aguantara fan pronto el asalto de tu razonamiento. Según esto, pues, no me sorprendería si le pasara igual al de Cadmo. [95b] —¡Bueno de Cebes!, dijo Sócrates, no hables tan alto, no sea que un mal ojo nos eche a perder el razonamiento siguiente. Mas quédese esto al cuidado de los dioses; tratemos nosotros, yendo juntos al estilo homérico, de qué dices. Lo capital que buscas es: querrías que se te demostrara que nuestra alma es indestructible e inmortal; si varón filósofo, Ca punto de morir, confiado y creyendo en que, al morir, le irá bien, y mejor que si terminara su vida en otro género de vida, no habrá confiado con confianza insensata y estúpida. Mas declarar que el alma es algo fuerte, divinoide y anterior a nuestro nacimiento de hombre, en nada impide, dices, el que todo esto no indique inmortalidad, sino tan sólo que el alma es grandemente duradera y precedió, quién sabe cuánto tiempo; supo e hizo mil cosas. Pero no por ello fuera más inmortal. Por el contrario, el entrar en cuerpo humano le fue comienzo de disolución, cual si fuera enfermedad; desgraciada, vive toda esta vida; y, por final, deshácese en la llamada “muerte”. Mas dices no hace diferencia alguna el que venga una sola o muchas veces al cuerpo, en cuanto a eso de tenerla cada uno de nosotros. Bueno es tenerla quien no sea insensato, si no sabe ni tiene razones que dar acerca de que es algo inmortal. Tal es, pienso, Cebes, lo que dices. Y de intento lo resumo muchas veces para que nada se nos escape; y que, si quieres, añadas o quites algo. [95e] —Y Cebes dijo: De momento no deseo ni añadir ni quitar nada. Es lo que he dicho”. Recogióse Sócrates un tiempo, considerando algo para sí mismo. “No buscas, Cebes, cosa pequeña, dijo: porque sería absolutamente preciso investigar la causa del engendramiento y de la corrupción. Te explicaré, pues, sí quieres, lo que en este punto siento; después, si te pareciere ser de alguna utilidad, te servirás de ello para convencerte acerca de lo que dices. [96a] —Pues bien, lo quiero, respondió Cebes. [96a] —Escucha, que voy a hablar. Yo, de joven, Cebes, dijo, me entusiasmé, de admirable manera, por esa sabiduría que llaman “investigación de la naturaleza”. Parecíame excelso saber las causas de cada cosa: por qué se engendra y por qué perece cada una y por qué existe; daba vueltas y más vueltas en mí mismo considerando, primero, cosas como si cuando el calor y el frío de cierta manera se pudren, entonces, como dicen algunos, se constituyen los animales; si tal vez es la sangre o El aire o el fuego aquello por cuya virtud pensamos, o no lo es ninguna de estas cosas; mas si es el encéfalo el que nos proporciona las sensaciones de oír, ver, olfatear; de todo lo cual se engendrarían memoria y opinión; mas, de memoria y opinión, sedimentadas, se engendraría ciencia; pero, a la vez, considerando sus corrupciones y lo que pasa en Cielo y en Tierra, me pareció, al final, ser yo total y de natural un negado para tal investigación. Te traeré suficiente testimonio: de saber lo que a mí y a otros nos parecía saber evidentemente, llegué por virtud de estas consideraciones cegarme tanto que desaprendí lo que antes creía saber, entre muchas cosas, acerca de qué hace al hombre crecer. Pensaba, pues, anteriormente ser enteramente claro que crecía por comer y beber; que de los alimentos se le engendran cares a la carne, y huesos a los huesos; y según la misma razón se engendra en los demás lo a cada uno propio; que así, de poca materia, hácese después grande; y de igual manera de hombre pequeño engéndrase el grande. Así pensaba; ¿y no te parece razonable? [96d] —A mí que sí, respondió Cebes. [96d] —Considera además lo siguiente: parecíame suficientemente claro el que si de dos hombres juntos uno parecía mayor y otro menor, es que uno era mayor que el otro, pongo por caso, en una cabeza, y así de un caballo respecto de otro; y aun cosas más evidentes que éstas: me parecía que diez es mayor que ocho, por tener que añadir dos a este último, y que bicúbito era mayor que unicúbito, pues aquél excede a éste en una mitad de sí. [96e] —Pero ahora, dijo Cebes, ¿qué te parece acerca de esto? [96e] —¡Por Júpiter! respondió Sócrates, lejos de mí creer que conozco la causa de todo esto, yo que no acepto de mí mismo el que si alguien a uno añade uno, o bien el uno a que se añade resulte “dos”, o que el uno añadido y aquel a que se añade, en virtud de tal añadidura del uno al otro distintos, resulte “dos”. Porque me admiro de que cuando cada uno de ellos está fuera del otro, cada uno es uno, y no son entonces “dos”; mas, cuando se los aproxima el uno al otro, sea precisamente la causa de que se hagan "dos”, esa de ponerlos próximos. [97b] Ni puedo persuadirme de que, cuando se divide a “Uno”, la división fue la causa de que se hiciera "dos”; pues en el caso anterior pasó eso por aproximarlos, y añadir uno al otro; mas ahora pasa por apartarlos y separarlos uno de otro. Ni estoy ya cierto de saber por qué se engendra “Uno”; o, en una palabra, por qué una cosa se engendra o corrompe O es, siguiendo el tenor de este mismo método; tanteo al azar otra manera, mas no admito de modo alguno este método. Mas cierto día, oí a alguien leyendo un libro —que, decía, era de Anaxágoras— donde se decía que Inteligencia ordena el mundo y es causa de todo. Tal causa me impresionó, y me pareció de alguna manera bien el que Inteligencia fuera causa de todo; y creí que, si las cosas son así. Inteligencia ordenaba efectivamente todo y disponía cada cosa de la mejor manera. Si, pues, se quisiera hallar la causa de cada cosa: de cómo se engendra y corrompe, hay que hallar cuál le es la mejor manera de ser o de pasarle algo o de obrar. Y, según este razonamiento, no hay por qué el hombre considere acerca de sí y de las demás cosas sino qué es lo óptimo y más excelente, pues entonces necesariamente conocerá eso mismo, y lo malo, que es una misma la ciencia acerca de ellos, Considerando, pues, esto, pensaba, complacido, haber encontrado, para mí mismo y según razón, maestro acerca de los entes: a Anaxágoras quien me explicaría, ante todo, si Tierra es llana o redonda; y, formulado, me demostraría por ello la causa y la necesidad, diciéndome qué es lo mejor, y que lo mejor para la Tierra es ser tal. Y sí me dijera que se halla en el centro, demostrarme ademís que lo mejor le es estar en el centro; que si todo esto me resultara claro, dispuesto estaba a no desear ya otro eidos de causa. Y estaba aun dispuesto a darme así por enterado —respecto de Sol. Luna y de los demás astros, de sus velocidades relativas, de sus revoluciones y demás cambios — de qué manera les son para mejor tanto sus actividades como sus pasividades. Porque pensé que, al decir él que todo fue ordenado por Inteligencia, no aduciría una causa diferente, si no ésa de haberse todos ellos óptimamente en la manera como eran. Y pensé que asignaba “lo mejor” cual causa de cada cosa y de todas En común, y que ponía así de manifiesto el bien común ba todos. Por nada me apeara de esta esperanza; tomé, pues, ansiosamente los libros; los leí lo más deprisa que pude, para así conocer más presto la mejor y lo peor. Despedíme, compañero, de tan maravillosa esperanza, porque adelantando en la lectura vi que nuestro hombre no se servía para nada de Inteligencia ni exigía otras causas para ordenar las cosas, mas encausaba para ello a Aire, Eter. [98e] Agua y a otras cosas, muchas y raras. Y me pareció pasarle algo muy parecido a como si, diciendo alguien que todo lo que hace Sócrates lo hace por Inteligencia, emprendiendo después el señalar las causas de lo que hago, dijera, en primer lugar, que estoy sentado ahora aquí porque mi cuerpo se compone de huesos y tendones, y que los huesos son sólidos y tienen junturas que los separan unos de otros, mas los tendones pueden contraerse y relajarse, revistiendo ellos los huesos junto con las carnes y la piel que a todo ello contiene. Así que, oscilando los huesos en sus ligamentos, relajándose y contrayéndose, hacen los tendones que pueda yo doblar ahora los miembros; y, por tal causa, estoy aquí sentado, mis piernas dobladas. O bien, como si de nuestro diálogo encausara a otras cansas, cuales voces, aire, oído y otras mil de esta clase; y, descuidando las verdaderamente causas, dijera que, porque a los atenienses les pareció mejor Votar en contra mío, por eso precisamente es para mí lo mejor estar aquí sentada, y es más justo el que aguarde y soporte la pena que me han impuesto. Que, por el Perro!, pienso que estos tendones y huesos estarían o en Megara o en Beocia, llevados allá por una opinión acerca de lo mejor, si no juzgara más justo y bello, antes que huir y escaparme, el soportar en esta ciudad la pena que se me ordene. Empero llamar tales cosas “causas” es exagerado absurdo. Mas sí alguno dijera que, sin tener tales cosas como huesos y tendones y lo demás que tengo, no podría hacer lo que pienso, dijera verdad; mas, fuera mucha y grande ligereza decir que precisamente por ellas hago lo que hago y lo hago con Inteligencia, y no por elegir lo mejor; que esto es ser incapaz de distinguir entre lo que es ser causa de un ente, y lo que es aquello otro sin lo que la causa no sería causa; y en esto me parece que los más palpan, por decirlo así, en tinieblas, usando de nombre impropio para designar la causa. Por esto uno hará que la tierra permanezca quieta bajo el cielo, rodeándola con un remolino, mientras que otro la hará, cual artesa, llana, soportada por pedestal de aire; mas para que estén colocadas así de óptimamente en su actual posición. [99e] ni buscan una potencia, ni creen que tengan una fuerza daimoníaca propia; sino creen haber encontrado un Atlas más fuerte, más inmortal y más omnirreteniente; pero no piensan que, en verdad, lo bueno haya y deba religar y retener nada. Por mi parte haríame, justosísimamente, aprendiz de cualquiera acerca de cómo es tal causa; mas, como no la tengo, y me siento incapaz de encontrarla por mí mismo o aprenderla de otro ¿quieres, Cebes, dijo, que haga una exposición sobre cómo he llevado esta segunda navegación en búsqueda de la causa? [99e] —Superlativamente lo quiero, respondió Cebes. “Después de esto”, prosiguió Sócrates, “me pareció que, habiendo renunciado a considerar los entes, era preciso prevenirme bien para que no me pasara lo que a quienes ven y miran a Sol durante un eclipse: pierden algunos la vista, por no mirar su imagen en agua o cosa parecida. Tal pensaba yo; y temí enceguecer enteramente al alma mirando con los ojos las cosas, e intentando captarlas con cada una de las sensaciones. Me pareció ser preciso, acudiendo a las razones, mirar en ellas la verdad de los seres. Tal vez no se parezca del todo a lo que la asemejo; porque en modo alguno concedería que quien ve en razones los entes, los vea en imágenes más bien que en sus realidades. Lo emprendí, pues, así: poniendo por base, en cada ocasión, el razonamiento que juzgo más fuerte; lo que, a mi parecer, consuene con él lo pongo como real de verdad, tanto acerca de causas como de toda lo demás; pero, lo que no, póngolo cual no verdadero. Quiero explicarte más claro aún lo que digo, pues me parece que no lo aprehendes. [100a] —¡Por Júpiter!, no gran cosa, dijo Cebes. [100a] —Pues bien, dijo Sócrates, te lo diré; no es nada nuevo. [100b] sino lo que siempre, en otras oportunidades y en el pasado razonamiento, no ceso de decir. Voy a intentar ponerte de manifiesto el eidos de la causa de que estoy tratando; volveré de nuevo a lo corriente, y partiré de lo anterior con la suposición de que hay algo así como lo Bello mismo en cuanto tal, y lo Bueno, lo Grande y todo lo demás; lo cual, sí me das y concedes haber, confío, por su medio, ponerte de manifiesto y encontrar la causa por la que el alma es inmortal. [100c] —Te lo concedo, dijo Cebes; no tardes en intentarlo. [100c] —Considera, pues, dijo Sócrates, la continuación de aquello, ver si te lo parece como a mí. Paréceme que si hubiera algo bello, aparte de lo Bello mismo, no sería bello, por un algo distinto de Ello, sino por participar de tal lo Bello; y así diría respecto de lo demás, ¿Admites tal causa? [100c] —la admito, respondió. [100c] —Pues aun así, replicó, no entiendo ni puedo conocer esotras causas, ¡esas tan sabiondas! Mas si alguien me dijera que aquello por lo que algo es bello es o por tener color figura florecientes o algo por el estilo, envío a paseo todo eso, pues todo ello me perturba; y, simple y sencillamente, tal vez un poco simplonamente, tengo para mí que ninguna otra cosa hace a algo bello sino o la presencia o la comunión con aquello Bello, advéngale como le adviniere; pero en esto no me afirmo, sino en que por lo Bello hácense bellas todas las cosas bellas. Esto me parece ser lo más seguro para responderme a mi y a otro; y, ateniéndome ello, pienso no caer jamás; seguro, al responderme a mi y a otro cualquiera de que por lo Bello lo bello es bello. ¿No te lo parece también a ti? [100c] —Me lo parece. [100c] —Además: ¿por el Grandor lo grande es grande; por lo Mayor, lo mayor, y por la Pequeñez lo menor es menor? [100c] —Si. [100c] —No admitirías, pues, si alguien te dijera que uno es mayor que otro por la cabeza, y que otro es menor que otro En eso mismo; sino que insistirías en no decir otra cosa, sino que uno es mayor que otro por la Magnitud, y mayor precisamente por eso: por la Magnitud; y que lo pequeño es pequeño por nada más que por la Pequeñez, y es pequeño precisamente por la Pequeñez, temiendo, pienso, que se te enrostre la razón contraria, si dices que algo es mayor y menor por la cabeza; primero porque lo grande sería grande y lo pequeño pequeño por lo mismo; y, segundo, que lo mayor sería mayor por una cabeza que sea pequeña, lo que es una monstruosidad: que lo grande sea tal por algo pequeño. ¿No temerías esto?”. [101b] —Y Cebes, sonriéndose, dijo: “sí”. [101b] —¿Temerías, pues, decir que diez es mayor que ocho en dos y que lo superó por esta misma causa, y no más bien lo es en magnitud y por la Magnitud? ¿Y que lo bicúbito es mayor que lo unicúbito por la mitad, mas no por la Magnitud?; el miedo sería el mismo. [101b] —Ciertamente, dijo. [101b] —Ahora bien: ¿no pondrías cuidado en decir que la adición de uno a uno es causa de que surja el dos; o que lo es la división, de dividirlos?; y dirías en voz bien alta que no conoces otra manera de que cada cosa sea ella sino participando de la Esencia propia de la que cada una participa; y en los presentes casos no tienes otra causa alguna de surgir el dos sino participar de la Dualidad y de ella tiene que participar lo que vaya a ser dos; y de la Unidad, lo que haya de ser uno; mas esas divisiones y adiciones, y parecidas finuras, las enviarías a paseo, dejándolas a contestar por otros más sabios que tú. Mas «tú temerías», como se dice. [101d] «tu sombra» e inexperiencia; y agarrándote de lo seguro de la hipótesis responderías así. Empero si alguno atacara la hipótesis misma lo enviarías a paseo, y no responderías hasta que vieres si las consecuencias de ella consuenan o disuenan entre sí. Y si fuere preciso dar razón de ella, la darías tal vez poniendo parecidamente de base otra hipótesis: la que de las superiores te pareciere la mejor, hasta llegar a algo suficiente. A la vez no revolverías las cosas, cual los disputadores, dialogando acerca del principio y de sus consecuencias, si es que pretendieras hallar algo de ente en las cosas; que de los tales ni uno solo se preocupa de este punto. Por tan suficientes se tienen en sabiduría que pueden revolver la vez todo; y, no obstante, quedar ellos satisfechos de sí mismos. Mas si fueres filósofo, pienso que obrarías como digo”. [102a] —Verdaderísimamente dicho, respondieron a la una Simmias y Cebes. [102a] Equécrates: ¡Por Júpiter!, Fedón, que así parece ser; pues, en mi opinión. Sócrates ha hablado de manera admirable, y es evidente para cualquiera por poco entendimiento que tenga. [102a] Fedón: Ciertamente, Equécrates; e igual pareció a todos los presentes. [102a] Equécrates: E igual, a los que estuvimos ausentes, y escuchamos ahora. Pero ¿qué se dijo después? [102a] Fedón: Como creo, después de que se le concedió esto y se convino en que cada uno de los eídoses es algo real, y Fedón, que los participantes de ellos toman su nombre de los mismos, preguntó Sócrates a continuación: [102b] — Pues si dices así, añadió, cuando afirmes que Simmias es mayor que Sócrates; menor que Fedón, ¿dirás que en Simmias se hallan ambos: Grandor y Pequeñez? [102b] —Digo que sí. [102b] — Mas, añadió Sócrates, ¿convienes en que “Simmias es mayor que Sócrates” no es verdad tal como se dice en tales palabras; porque Simmias no resulta ser mayor que Sócrates por ser Simmias, sino por la Magnitud que acontece tener; ni es mayor que Sócrates porque Sócrates es Sócrates, sino porque Sócrates es pequeño respecto de la magnitud de aquél. [102b] —Es verdad. [102b] —Y de nuevo: ¿“Simmias es más pequeño que Fedón”, no porque Fedón es Fedón, sino porque Fedón es grande respecto de la pequeñez de Simmias? [102b] —Así es. [102b] —Así pues. Simmias recibe la denominación de pequeño y grande, por estar entre los dos; al grandor de uno de ellos. [102d] para que tal grandor supere, exhibe la pequeñez; mientras que lo que exhibe al otro es su grandor, que supera la pequeñez. Y sonriendo a la vez, dijo “pareciera que estamos hablando documentariamente, pero las cosas se han como digo”. Simmias convino con él. [102d] — Hablo así porque quiero que te parezca a ti lo que a mí; porque para mí es evidente no sólo que el Grandor mismo no puede querer ser a la vez grande y pequeño; mas que, ni aun entre nosotros, no acepta en modo alguno lo pequeño ni quiere ser superado; sino de dos cosas una: huye o se retira cuando se le acerca el contrario: lo Pequeño. O, si le adviene, se destruye. Mas, aun aguantando y aceptando la Pequeñez, no querrá ser otra cosa de lo que era. Al modo que yo, aceptando y aguantando la pequeñez, y siendo lo que soy, soy yo mismo pequeño; mas el Grandor, siéndolo, no se aventuraría a ser pequeño, Parecidamente: la pequeñez en nosotros no quiere ni hacerse mi ser grande; ni ningún otro de los contrarios, mientras sea lo que era, hacerse y ser lo contrario, sino que o se va o se destruye en tal caso. [103a] —Me parece evidente, dijo Cebes”. Oyendo lo cual uno de los presentes, quién fuera no lo recordaba bien, dijo: [103a] —1¡Por los dioses!; ¿no convinimos en los anteriores razonamientos en algo exactamente contrario a lo que decimos ahora?: que de lo pequeño se engendra lo grande y de lo grande lo pequeño, y que, simplificadamente, de los contrarios engéndranse los contrarios? Mas ahora me parece decirse que esto no pasaría jamás”. Y Sócrates volviendo la cabeza y escuchando, dijo: [103a] —"Varonilmente me lo recordaste, aunque no entiendes la diferencia entre lo dicho ahora y entonces, porque entonces se dijo que de una “cosa” contraria se engendra otra contraría. Mas ahora, que lo Contrario mismo no se hará jamás contrario a sí mismo, ni en nosotros ni en la naturaleza. Entonces, querido, hablábamos de los poseedores de los contrarios, denominando a los primeros con los nombres de los segundos; empero ahora, sobre los Contrarios mismos, poseyendo los cuales, los denominados llevan el nombre; respecto de Aquéllos decimos que no quieren engendrarse unos de otros”. ce Y, a la vez, mirando a Cebes, dijo: [103b] —"A ti, Cebes, dijo, ¿te perturbó algo de lo que se ha dicho? [103b] —Ahora no, respondió Cebes, aunque no digo que no me perturbe algunas veces. [103b] —Convinimos, pues, dijo Sócrates, simplemente en esto: jamás un contrario llegará a ser contrario a sí mismo. [103b] —Enteramente de acuerdo, respondió. Considera además, dijo, si convienes conmigo en estotro: ¿hay algo a que llames “caliente y frío”? [103b] —Yo, sí, ciertamente. [103b] —¿Son cual nieve y fuego? [103b] —¡Por Júpiter!, no lo dijera yo. [103d] —Así que ¿lo Caliente es diferente del fuego, y lo es de la nieve lo Frío? [103d] —Sí. [103d] —Mas te parecerá, pienso, según lo que dijimos anterior mente, que si la nieve recibe el Calor, ya no será lo que era: nieve y caliente, sino que, adviniéndole el Calor, o se retirará ella de él o perecerá. [103d] —Ciertamente. [103d] —Y a su vez el fuego, adviniéndole el Frío, o se retirará o perecerá; que no se atreverá, recibiendo al Frío, a ser ya lo que cra: fuego, y además frío. [103e] —Dices verdad, respondió. [103e] —Pasa, pues, dijo, respecto de algunas de estas cosas el que no sólo el eidos mismo es digno de llevar para siempre el mismo nombre, sino también son dignas de ello otras cosas que, sin duda, no son El, mas tienen siempre la forma de El, —sea la cosa la que fuere. Pero tal vez resultará más patente lo que digo, con esto: ¿es necesario que a lo Impar le caiga siempre en suerte el mismo nombre que le damos ahora, o no? [103e] —Sin duda, así es. [103e] —Ahora bien: ¿esto vale no solamente de tales cosas, porque de ellas pregunto, sino aun de alguna otra que no sea lo que es lo Impar, y, sin embargo, haya que llamarla con el mismo nombre por ser de su naturaleza el no ser abandonad: jamás por lo Impar? Digo que a la tal pase algo así como a la Tríada y a otros muchos casos. Considera el caso de la Tríada: ¿no crees que hay que llamarla siempre con tal nombre y con el de Impar, aun no siendo éste el mismo nombre que el de Tríada? Y, con todo, la Tríada, la Péntada y la mitad íntegra de los números están hechas de manera que, no siendo lo que Impar es, cada una de ellas es impar; y, de nuevo, Dos. Cuatro y estotra fila entera de Número, no siendo tampoco lo que Par es, sin embargo cada uno es siempre par. ¿Lo concedes o no? [104b] —¿Cómo no?, respondió. [104b] —Mira lo que quiero declararte, dijo, es esto: parece que no sólo tales contrarios no se admiten mutuamente; sino, además, todas las cosas que, no “siendo” contrarias entre sí contienen” siempre estos contrarios, ni aun éstas parecen admitir aquella idea que sea contraria a la contenida en ellas, sino que, al advenir ésta, o se destruyen o retroceden, ¿Y no diremos que el Tres se destruye y padecerá cualquier cosa antes de, permaneciendo tres, hacerse par? [104c] —Sin duda, respondió Cebes. [104c] —Que ciertamente no es, replicó, contraria la Díada a la Tríada. [104c] —Pues no lo es. [104c] — Así que no tan sólo los eídoses contrarios no aguantan al sobrevenirse mutuamente, sino que otras y otras cosas no aguantan contrarios sobrevinientes. [104c] —Verdaderísimamente dicho. [104c] —¿Quieres, pues, añadió Sócrates, que, si somos capaces, determinemos cuáles son las tales? [104c] —Ciertamente. [104c] —¿No serían, Cebes, dijo, las tales aquellas que, caso de poseer algo, no sólo tienen que poseer su idea, sino además siempre la de algo, contrario a algo? [104c] — ¡Cómo dices? [104c] —Como decíamos: sabes que lo que la idea de Tres domine, necesariamente no tan sólo ha de ser Tres, sino además impar. [104c] —Ciertamente. [104c] —A tal cosa, decimos, no le advendrá jamás la idea contraria a aquella forma que tal produzca. [104c] —No, por cierto. [104c] —Mas ¿lo producía la idea de Impar? [104c] — Sí. [104c] —Así que a Tres no le advendrá jamás la idea de lo Par. [104c] —No, por cierto. [104c] —Impartícipe, pues, de par está el Tres. [104c] —Impartícipe. [104c] —No-par, es, pues, la Tríada. [104c] —Si. [104c] —Decía, pues, que determinemos qué cosas, no siendo contrarias a algo, sin embargo no admiten al Contrario mismo; cual ahora la Tríada, aun no siendo contraria a lo Per, de manera alguna lo admite, puesto que le enfrenta siempre lo contrario; y la Díada se enfrenta a lo Impar; el Fuego. [105a] lo Frío, y otros muchos casos. Pero considera, si lo determinas así: no sólo lo Contrario no admite lo Contrario, sino que, además, aquello que enfrente algo contrario a aquello que le sobreviene, por enfrentarse a ello no admitirá en modo alguno la contrariedad de lo que se le enfrenta. Recuérdalo una vez más, que nada de malo tiene oírlo muchas veces; el Cinco no admitirá la idea de Par; ni Diez, que es lo doble, la de Impar. Pues bien: Diez no es, precisamente, contrario a otra cosa. Y, sin embargo, no admitirá la idea de Impar; ni uno-más-una mitad, y semejantes, ni la Mitad, ni un tercio y parecidos admiten la idea de Entero, —si es que me sigues, y te parece. [105b] —Me parece eso enteramente, respondió, y te sigo. [105b] —Dime, pues, de nuevo, desde el principio; y no me respondas igual a lo que pregunto, sino toma ejemplo de mí, que voy a hablar contra aquella respuesta segura, dada primeramente, viendo otra segura según lo dicho ahora. Porque si me preguntaras: ¿por virtud de qué se engendra en algo el llegar a estar caliente?, no te daré por respuesta esa segura, mas tonta, de por el “Calor”, sino estotra más sutil según lo dicho ahora: por el Fuego. Ni si me preguntas: ¿por virtud de qué se engendra en un cuerpo eso de enfermarse?, no diré que es por la “Enfermedad”, sino por la Fiebre; ni ¿por virtud de qué al número le adviene el llegar ser impar?, diré que por la “Imparidad”, sino por virtud de la Unidad, y así de lo demás. Ve si comprendes ya suficientemente lo que quiero. [105b] —Suficientísimamente, respondió. [105b] —Responde, pues, añadió Sócrates: ¿por virtud de qué se engendra en el cuerpo eso de llegar a estar vivo? [105b] —Por virtud del alma, respondió. [105d] —¿Que no pasa esto siempre así? [105d] — ¿Cómo no?, respondió. [105d] —El alma, pues, cuando domine en algo, ¿llegará aportándole Vida? [105d] —Llegará así, respondió. [105d] —¿Hay algo contrario a Vida, o nada lo es? [105d] —Lo hay, respondió. [105d] — ¿Qué? [105d] —Muerte. [105d] —Así que, como convinimos por lo dicho, ¿no admitirá jamás el alma lo contrario a lo que ella misma aporta? [105d] —Nunca jamás, respondió Cebes. [105d] —¿Qué, pues?: a lo que no admite la idea de par ¿qué nombre daremos ahora? [105d] —El de impar, respondió. [105d] —¿A lo que no admita lo de justo o a lo que no acepte lo de músico? [105d] —Inmúsico, a lo uno, dijo; injusto, a lo otro. [105e] —Sea: ¿cómo llamaremos a lo que no admita muerte? [105e] —Inmortal, respondió. [105e] —¿Así que el alma no admitirá muerte? [105e] —No. [105e] —Inmortal es, por tanto, el alma. [105e] —Inmortal. [105e] —Sea, pues, dijo; decimos que queda demostrado, ¿o no te lo parece? [105e] —Y más que suficientemente, Sócrates. [105e] —Pues bien, Cebes, añadió: si a lo impar conviniera necesariamente el ser imperecedero, ¿no sería imperecedero el Tres? [106a] — ¿Cómo no? Sí lo no-caliente fuera necesariamente imperecedero, cuando se aportara a la nieve lo caliente, ¿saldría la nieve salva inderretida?, que por cierto, no perecería; ni, a su vez, por permanecer tal, aceptaría el calor. Es verdad, dijo. [106e] —Parecidamente, pienso, si lo no-frío fuera imperecedero, cuando al fuego le sobreviene algo frío, ni se apagaría ni se destruiría, sino saldría salvo. [106e] —Necesariamente, dijo. [106e] —¿Y no habrá que decir lo mismo respecto de inmortal? Si lo inmortal es también imperecedera, imposible será que El alma perezca al ser atacada por la muerte; según lo dicho, no admitirá la muerte, y no llegará a estar muerta, al modo que el Tres no será, decimos, par; ni lo será lo impar; ni el uego, frío; ni el calor que hay en el Fuego será frío. Pero, dirá alguien: “¿qué impedimento hay en que lo impar, ciertamente no se haga par al sobrevenirle lo par, a tenor de lo convenido, mas en que, desaparecido lo impar, en su lugar surgiera lo par?”. Al que tal dijere tendríamos que oponerle el que no perece, porque lo no-par no es imperecedero quien concediere esto, podríamos oponerle más fácilmente que, sobreviniendo lo par, se irían lo impar y el Tres; y lo mismo opondríamos respecto del fuego y calor y casos parecidos. ¿No es así? [106e] —Ciertamente. [106e] —Así, también ahora, respecto de lo inmortal. Si se nos concede que es imperecible, el alma sería, además de inmortal, imperecible; mas si no se nos concediera, haría falta otro razonamiento. [106e] —Mas para este caso, dijo, no hace falta alguna; sobra decir que cosa alguna dejaría de admitir la corrupción, sí lo que: E a: es inmortal, siendo eterno, la admitiera. [106e] —Creo, dijo Sócrates, que todos convendrán en que el dios, el eidos mismo de Vida, y si cualquiera otra cosa es inmortal, no perecerán jamás. [106e] —“Todos los hombres, por Júpiter!, respondió, convendrán en eso; y más aún, como pienso, los dioses. [106e] —Puesto que lo inmortal es además incorruptible, ¿qué otra cosa puede ser el alma, caso de ser inmortal, sino indestructible? [106e] —Necesariamente. [106e] —Sobreviniéndole, pues, al hombre la muerte, lo mortal de Él, al parecer, morirá; mas lo inmortal iráse sano y salvo e indestructible, evadiéndose de la muerte. [106e] —Así parece evidentemente. [106e] —Muchísimo más, pues, añadió, Cebes, será algo inmortal indestructible el alma; así que en realidad nuestras almas estarán en el Hades. [107e] —Pues bien, Sócrates, dijo Cebes, yo no tengo nada que decir en contra, ni desconfiar de los razonamientos. Empero si Simmias u otro cualquiera tuviere algo que decir, bien está no callárselo, porque no sé a qué otro tiempo diferirlo, fuera del presente, si quiero decir a escuchar algo acerca de este punto. [107e] —Pero ni yo mismo, añadió Simmias, tengo por qué desconfiar acerca de lo dicho; mas, ante la magnitud del tema, y sin menospreciar la debilidad humana, me veo forzado, yo mismo, a desconfiar de lo dicho. [107e] —No sólo esto, Simmias, dijo Sócrates; mas habría que poner a consideración, y en mayor claridad las hipótesis primeras, aun siéndoos dignas de confianza. Y si las discutís suficientemente, seguiréis, tal creo, al razonamiento en cuanto le es posible al hombre seguirlo. Y si quedare en claro, no busquéis más. [107e] —Dices verdad, respondió. [107e] —Pero, varones, dijo Sócrates; justo es que penséis en que, si el alma es inmortal, hay que cuidarla no sólo durante ese tiempo en el que decimos “se vive”, sino durante todo él; que terrible es, y lo parece, el peligro, caso de descuidarla. Porque sí la muerte es evadirse de todo, albricias fuera para los malos eso de morir, siendo a la una separarse del cuerpo y de sus maldades, juntamente con el alma. Mas, ahora, puesto que el alma parece evidentemente ser inmortal, no hay para ella escapatoria alguna de los males, ni salvación, fuera de hacerse buena y sensata en superlativo. Porque el alma no llega al Hades con otras posesiones sino con las de educación y género de su vida; y, sobre todo, éstas como se dice, favorecen o perjudican al muerto, inmediatamente desde el comienzo de tal peregrinación. “Dícese que, apenas muerto cada uno, su daimonio [107e] —el que le cupo en suerte de por vida— se pone a conducirlo a ese lugar en que han de ser juzgados los allí reunidos para ir al Hades con aquel oto daimonio al que se ha encomendado el llevar Allá a los de acá; mas en habiéndoles cabido la suerte debida, y permanecido el tiempo necesario, otro guía los conducirá, tras muchos y largos períodos de tiempo, de nuevo acá. Tal peregrinación no es como la describe el Télefo de Esquilo, porque dice ser senda sencilla la que lleva al Hades; que, me parece, no es mi única ni sencilla, que en tal caso no hiciera falta guía alguno, ya que nadie erraría jamás caso de ser único el camino. Mas paréceme que, en realidad, tiene muchos desvíos y revueltas; lo digo ateniéndome al testimonio de los ritos y ceremonias de aquí. El alma ordenada y sensata obedece, y no desconoce lo que pasa; mas la que conserva el apetito por el cuerpo o, según lo que dije, la apasionada largo tiempo por él y por el mundo visible, resistiéndose mucho y sufriendo mucho, por violencia y de mala gana parte de aquí conducida por el daimonio asignado. Llegada a donde las demás, al alma impura que haya cometido asesinatos perversos o hecho cosas: parecidas y obras hermanas de éstas y de almas hermanas, la huirán todas, la evitarán todas; nadie querrá serle ni compañero ni guía; errará del todo despistada, hasta que pasen ciertos plazos, pasados los cuales. [108c] necesariamente será llevada a su morada debida. Empero al alma que haya pasado su vida pura y ordenadamente, cienle en suerte por guías y compañeros los dioses, y vase a habitar en lugar a ella apropiado. Hay, por otra parte, maravillosas regiones en la tierra; y no es ésta ni tal ni cual suelen suponerla los que sobre ella discurren de ordinario, —así me lo han persuadido”. Y Simmias dijo: ¿En qué sentido lo dices?, Sócrates. [108d] Que yo mismo he oído muchas cosas acerca de la tierra, mas no las que tú crees. Así que con gusto te oiría. [108d] —No creo, Simmias, disponer yo del arte de Glauco en narrar cuál son las cosas; mas narrarlas como verdaderas me parece cosa más difícil, aun para el arte de Glauco; y tal vez no sería yo capaz de ello, aparte de que, aun si lo supiera, me parece, Simmías, que mi vida no da para la magnitud del tema. Mas nada impide que tratemos de cuál creo sea la idea de la tierra y de sus regiones. [108e] —Pues esto bastará, replicó Simmias. [108e] —Estoy convencido, dijo Sócrates, de que, en primer lugar, la Tierra es redonda y se halla en el medio del Cielo y de que no necesita ni de aire ni de otra fuerza alguna para no caer; le basta para ello con que se mantenga la homogeneidad omnidireccional del Cielo consigo mismo y el propio equilibrio de la Tierra, porque una cosa en equilibrio, colocada en el centro de algo homogéneo, no tendrá hacia dónde inclinarse más o menos; parecidamente se mantendrá la tierra sin inclinación. Tal es mi primer convencimiento. [109a] —Y correcto, por cierto, añadió Simmias. [109a] —Además, continuó, creo que es la tierra algo grandísimo, y que nosotros, los que habitamos entre las columnas de Hércules y el Fasis, estamos en una pequeña parte al derredor del mar, algo así como hormigas o ranas al derredor de Charca; y que otros muchos habitan en otros muchos lugares parecidos, pues hay, por todas partes sobre la tierra, cavidades muchas y variadas, en ideas y en magnitud, a las que afluyen el agua, la niebla y el aire. Mas la Tierra misma descansa en el Cielo —pura en el puro, donde están los astros— que los más de los ocupados habitualmente en semejantes temas llaman “éter”; base de éste son las cosas dichas, que afluyen continuamente hacia las concavidades de la tierra. Mas nosotros, ignorando que habitamos en tales cavidades, creémonos sobre la superficie de la tierra, parecidamente a quien, morando en el fondo del océano, creyera que habita sobre el mar y viendo, a través del agua, el sol y demás astros, pensara que el mar es el cielo, no habiendo llegado jamás, por la profundidad del mar y debilidad suya. [109d] a ascender a su superficie, ni conseguido ver, asomándose y sacando la cabeza fuera del mar, estotro lugar, muy más puro y bello que el suyo, ni hubiera oído algo de quien lo hubiera visto. Esto mismo creo que nos ha pasado; porque, habitando en una concavidad de la tierra, pensamos estar sobre ella, y llamamos al aire “cielo”, cual si a través del aire, hecho cielo, discurrieran los astros. En realidad resulta lo mismo: que por debilidad y desidia no somos capaces de llegar a lo último del aire; porque, si alguno llegara a tal límite o, hecho alado, volara, pudiera emergiendo —al modo como ahora los peces, emergiendo del mar, ven lo de acá— ver lo de Allá; y si su naturaleza fuera capaz de aguantar tal espectáculo, podría reconocer que tal es el verdaderamente Cielo y la verdaderamente luz y cómo es verdaderamente la tierra. Porque esta tierra, estar piedras y el lugar íntegro de acá está corrompido y corroído, cual lo que se halla en el mar, por la salmuera; que nada digno de mencionarse crece en el mar y, por decirlo así, nada llega a perfección; mas si hay cavernas, arena, inmensidad de barro, y lagunas donde haya tierra; y, respecto de nuestras bellezas, nada hay en él de comparable. Mas Aquéllas, parecerían aun más distinguidas frente ba las nuestras. Si por cierto fuera bello contar un mito, es digna de oírse, Simmias, la calidad de las cosas de nuestra tierra en cuanto bajo el Cielo. [110a] —Por cierto, Sócrates, respondió Simmias, que con gusto oiríamos el mito. [110a] —Se dice, pues, compañero, continuó Sócrates, primero, que, si desde Arriba se mirara a nuestra tierra parecería —cual esos balones revestidos de doce piezas de cuero— abigarrada, coloreada a parches, respecto de lo cual los colores de acá resultarían muestras, cual las que usan los pintores. Mas desde Allá la Tierra entera está coloreada, y de colores mucho más resplandecientes y puros que éstos de acá; ya que una parte es púrpura, y admirable de belleza; otra dorada, otra blanca, más que cal y nieve, y compuesta parecidamente de otros colores, mis en número y más bellos de los que hemos visto nosotros. Además: esas mismas concavidades de la Tierra, rellenas de agua y de aire, ofrecen ya un cierto eidos de color, brillando en medio de la variedad de los demás colores, de modo que dan de Ella, un eidos de apariencia una, continua y variada. [110d] Pero en esta, por ser tal, crecen, a proporción, las cosas: árboles, flores y frutos; y según esa misma proporción montes y piedras son más bellos que los nuestros en punto a lisura, transparencia y colores. Esas nuestras piedras preciosas, tan apreciadas: sardónices, jaspes, esmeraldas y parecidas son retazos de aquéllas; nada hay Allá que no sea precioso y muy más bello que éstas. Y es la causa de ello el que aquellas piedras son puras y no corroídas ni corrompidas como las nuestras por la putrefacción y salmuera de lo que sobre ellas afluye, que es lo que en piedras, tierra, animales y plantas causa fealdad y enfermedades. Esa misma Tierra está adornada de todas estas cosas, además de oro, plata y parecidas, porque las tiene de manifiesto, y son muchas en número, grandes y en muchos lugares, de manera que tal Tierra resulta a la vista espectáculo para bienaventurados espectadores. Hay sobre ella animales muchos y variados, y hombres; algunos de ellos habitan en su medio, otros junto al aire, cual nosotros a la vera del mar; algunos en islas, junto al continente, circunfluidas de aire. Y, en una palabra, lo que agua y mar son para nuestras necesidades, eso mismo es allá el aire; y lo que para nosotros bel aire, para aquellos el éter. Las estaciones de tal Tierra tienen un tempero tal que los hombres no se enferman, y viven mucho mis que los de acá: y en vista, oído, sapiencia y todo lo a esto parecido, distan de nosotros con igual distancia que la que separa aire de agua, aire de éter, en cuanto a pureza. Hay además grutas y santuarios de dioses en los que, en realidad, los dioses moran, y de los que emergen voces, profecías y visiones de los dioses y otras tales convivencias de unos com otros; ven a Sol. Luna y astros tal cual son en sí, y de toda ello es acólito la bienaventuranza. Tal es en total la naturaleza de aquella Tierra y de su contorno. Mas hay por toda ella, circundando sus concavidades, muchas regiones; de ellas, unas, más profundas y amplias que las habitadas por nosotros; otras, más profundas, pero de menor abertura que las nuestras; otras, menores en profundidad que las de aquí, y más anchas. Todas ellas están entrelazadas mutuamente y de mil maneras, más estrecha o más ampliamente, y tienen pasos por los que fluye de unos a otros, cual a copas, el agua; hay de perennes ríos dilatadas extensiones bajo la tierra, y los hay de aguas frías y calientes; mucho fuego, y grandes ríos de él; muchos también de barro líquido, más o menos límpido, más o menos turbio, cual en Sicilia los ríos de barro que fluyen ante la lava, y la lava misma. De todos ellos se rellenan cada una de estas regiones, según que, en su turno, les llegue la inundación circulante. Todo ello se mueve arriba y abajo, cual si esta Tierra oscilara de algún modo; tal oscilación es, de natural, así: una de las aberturas de la tierra es mayor que las demás y atraviesa, perforándola, a la Tierra entera; de ella canta Homero por estas palabras: Allá, lejísimos, donde, bajo la tierra, el abismo es profundísimo; y, en otras partes, él y otros poetas llaman a tal abismo “Tártaro”, porque a esta abertura afluyen todos los ríos y por ella efluyen, cada uno a su manera, según las tierras por las que fluyan. Mas la causa de que todos los ríos afluyan y efluyan de ahí es que tal líquido no tiene ni fondo ni base; oscila y ondula arriba y abajo, y tanto el aire como bel viento hacen eso mismo que él; síguenle, pues. Y tanto cuando tal líquido tiende a lo superior de la tierra como cuando tiende a lo inferior, cual si respirara, el viento fluye espirando o inspirando; de parecida manera, el viento, al oscilar con tal líquido, da lugar tanto al salir como al entrar a terribles e irresistibles ventarrones. [112e] Cuando el agua se retira al lugar que llamamos inferior, de él fluye hacia tales ríos y los llena, cual los que bombean; mas cuando se retira de allá y tiende hacia acá, rellena los de acá una vez más; y los así rellenados fluyen por los canales y a través de la tierra, y en llegando a los lugares a que sus cuencas los conducen, forman mares, lagos, ríos y fuentes. De aquí, una vez más, se hunden en la Tierra; habiendo algunos recorrido amplias y muchas comarcas, otros, pocas y estrechas, desembocan, de nuevo, en el Tártaro, algunos más abajo de lo que regaban; otros, menos; mas todos afluyen más abajo de su desembocadura. Algunos caen por la parte contraria a la que efluyen; otros, por la misma. Los hay que una y muchas veces circunfluyen la Tierra, cual si fueran serpientes; descienden lo más posible, y se despeñan. Es posible descender al centro por ambas partes, pero no más allá de él, porque se levanta por ambas partes una pendiente, enfrente de ambos ríos. Hay, por cierto, otros muchos, grandes y variados ríos; mas entre todos ellos hay cuatro, de los cuales el mayor, más externo y circunfluyente, es el llamado Océano, y frente a él y circulando a la inversa está el Aqueronte que fluye por desiertos y lugares parecidos y, fluyendo subterráneamente, llega al lago Aquerusias, lugar al que llegan también las más de las almas de los muertos, de donde, habiendo permanecido los tiempos asignados, unas más largos, otras más cortos, son de nuevo enviadas a nacer de animantes. El tercero de estos ríos desemboca en la mitad de los otros dos, y cae, cerca de su nacimiento, a un lugar grande, quemado por gran fuego, y hace un lago mayor que nuestra mar costanera, bullente en agua y barro; de ahí fluye en círculo, turbio y barroso, circuyendo llega, entre otras partes, los confines del lago Aquerusias, sin mezclarse con el agua. Empero, tras muchas circunvoluciones subterráneas desemboca en lo más bajo del Tártaro; a este río llaman Piriflegetón, del cual surgen escupidas las lavas al llegar a tierra. Opuesto a éste, el cuarto cae, primero, a un lugar terrible y salvaje, tal se dice, de color total azul oscuro; río al que llaman Estigia; y a la laguna, que el río hace al desembocar, Estyx. Caído aquí, y recibidos en sus aguas terribles poderes, húndese en la tierra; circula en sentido contrario al Piriflegetón y sale a su encuentro en el lago Aquerusias por la parte contraria. El agua de este río no se mezcla con ninguna otra; también él, yendo circularmente, se precipita en el Tártaro, opuestamente al Piriflegetón; su nombre, el que le dan los poetas, es Cocito. Siendo esto así, cuando los muertos llegan al lugar al que los conduce el daimonio peculiar a cada uno, se juzga, ante todo, sobre quiénes han vivido bien y piadosamente y quiénes no. Y los que pareciere haber vivido medianamente, en llegando al Aqueronte y subiendo en las barcas destinadas a ellos, arriban en ellas al lago y en él moran; y, purificados de sus injusticias, pagando las penas, son absueltos, si en algo alguien faltó; mas cada uno recibirá la recompensa digna de sus buenas obras. Pero los que parecieren incurables por causa de la magnitud de sus faltas: por haber perpetrado muchos y grandes sacrilegios, asesinatos perversos, enormes y muchos u otros crímenes a éstos parecidos, el Destino adecuado arrójalos al Tártaro, de donde no saldrán. Mas los que pareciere haber cometido faltas sanables, sin duda, mas grandes —cual haber puesto violenta y airadamente las manos sobre padre o madre— y vivan lo restante de su vida arrepintiéndose de ello, o que de una u otra manera se hayan hecho homicidas, los tales caen necesariamente al Tártaro. Mas caídos, y pasado un año, los expulsa la corriente; los homicidas, por vía del Cocito; a los parricidas y matricidas por la del Piriflegetón; arrastrados hasta el lago Aquerusias, gritan y llaman: algunos, a los que asesinaron; otros, a los que ultrajaron; clamorosamente les piden y suplican que les permitan salir del lago y los acojan; y si lo obtienen, salen y cesan sus males; mas si no, son arrastrados al Tártaro y de allí de nuevo a los ríos, y no cesarán de padecer todo esta hasta que aplaquen a los que ofendieron. Tal es la pena impuesta por los jueces. Mas los que pareciere haber vivido de manera distinguidamente santa, éstos son los que, libres de todos estos parajes dentro de la Tierra y evadidos de ellos cual de prisiones, ascienden a la morada pura y habitan sobre la Tierra. De entre todos éstos, los purificados suficientemente por la filosofía, viven en adelante y enteramente sin cuerpos; llegan a moradas aún más bellas que no es fácil describir ni el tiempo presente da para ello. Por todo lo cual, Simmias, hay que practicar todo lo expuesto para así hacerse durante la vida con virtud y sapiencia. Que bello es el premio, y grande la esperanza. [114d] Ponerse fuerte en que las cosas son tal cual las he expuesto, no le está bien a varón de entendimiento; mas que sean así o algo así las referentes a nuestras almas y sus moradas, me parece, puesto que el alma es evidentemente inmortal, que es acertado y que vale la pena correr un peligro quien tal creyere; porque bello es tal peligro, y es preciso como encantarse a sí mismo con todo esto que por esto alargo desde hace rato el mito. Pero, precisamente por esto, ha de estar respecto de su alma, bien animado todo varón que, durante su vida, haya despedido los placeres corporales, y su ornato, cual extraños. [114e] — creyendo que hacen más bien lo contrario; mas que se esforzó respecto de los placeres del aprendizaje, adornando el alma no con ornato extraño sino con el propio: continencia. [115a] justicia, valentía, libertad y verdad. Así aguarda su partida al Hades, preparado para cuando lo llame el Hado. Vosotros, Simmias. Cebes y los demás, partiréis, dijo, cada uno a su tiempo. Empero a mí, diría un trágico, el Hado me llama ya, y es tiempo de ir al baño. [115a] —que parece ser mejor beber, bañado, el veneno—, así no tendrán las mujeres el trabajo de lavar al muerto”. En habiendo hablado así, dijo Critón: "Sea, pues, Sócrates. Mas ¿qué encomiendas nos haces respecto de tus hijos o de cualquier otro asunto?, que nosotros te las haríamos de la mejor gana. [115b] —Lo que siempre digo, Critón, replicó Sócrates, no es nada nuevo: que, si vosotros os cuidáis de vosotros mismos, haréis de buena gana —en favor mío, de los míos y de vosotros mismos— lo que hiciéreis, aun si no me lo prometéis ahora. Mas si os descuidáis de vosotros y no queréis vivir, siguiendo cual huellas lo dicho ahora y anteriormente, aun si me prometéis ahora muchas cosas y en firme, no haréis nada. ce —Nos esforzaremos, respondió Critón, en hacerlo así. Mas, ¿cómo te enterraremos? [115b] —Como queréis, dijo, si es que me agarráis y no me os evado”. Y sonriendo tranquilamente y mirándonos, dijo: “Amigos, no persuado a Critón de que soy el mismo Sócrates el que ahora está dialogando con vosotros y dando la última mano a lo dicho; sino que piensa que soy ya aquel quien bien pronto verá muerto, y pregunta cómo me enterrará. To que vengo diciendo desde hace mucho rato: que, después de bebido el veneno, no estaré ya con vosotros, sino habré partido a felicidades de bienaventurado, paréceme cual si los dijera a otro propósito: animaros a vosotros, y, a la vez, a. mí mismo. Garantizad a Critón, dijo, la garantía contraria a la que él dio a los jueces; él, la de que yo me quedaría; vosotros garantizadle de que no me quedaré, una vez muerto, sino de que partiré, para que así Critón lo lleve más fácilmente, no viendo mi cuerpo, o quemado o sepultado; y no lo lleve a mal, cual si me estuvieran pasando cosas terribles, y no diga en el entierro que expone a Sócrates o lo lleva a enterrar o lo sepulta. Sabe, pues, óptimo de Critón, añadió, que el no hablar bellamente no sólo es incorrección contra el hablar mismo, sino inyecta maldad en las almas. Hay, pues, que tomar coraje y decir que se entierra a mi cuerpo, y que lo entierras de la manera que te plazca y creas ser más legal”. Dicho esto, se levantó, y para bañarse pasó a otra pieza. Critón le siguió, pero a nosotros nos indicó que nos quedáramos. Nos quedamos, pues, dialogando acerca de lo dicho y reexaminándolo; pero tratando una vez más de la desgracia que nos sobrevendría, teniéndonos sencillamente por privados de padre, huérfanos de por vida. Mas después de que se bañó y se le trajeron los hijos [115e] —tenía dos pequeños, mas uno grande— y llegaron las mujeres de la familia, hablóles en presencia de Critón y encomendóles sus voluntades; a mujeres y niños indicó que se fueran, mas él volvió a nuestro lado. Y casi era ya la puesta del sol, que largo tiempo había pasado dentro. Vuelto y bañado, se sentó. Después de todo lo cual ya no habló mucho. Llegó el esbirro de los Once y, de pie junto a él, le dijo: “Sócrates, en nada tendré que retractarme respecto de ti como tengo que hacerlo con otros: que ec se encolerizan y me maldicen cuando les anuncio que han de beber el veneno, tal como lo mandan los magistrados. En todo este tiempo te conocí bien diferente, cual el varón más noble, manso y bueno de cuantos hayan aquí venido. Y aun ahora sé muy bien que no te encolerizas conmigo, sino con aquellos que sabes ser los causantes. Ahora, sabes lo que he venido a anunciarte; ¡adiós!, y trata de tomar ligeramente lo irremediable”. Y con lágrimas, y volviéndolo la espalda, se fue. Mas Sócrates mirándole dijo: “¡adiós!, lo haremos así”. Y a nosotros nos dijo: “qué civil es el hombre! Todo este tiempo me visitaba y a veces hablaba conmigo y era el mejor de los hombres, y aun ahora qué noblemente me llora! Pero, vamos Critón, obedezcámosle, y que me traigan el veneno, si es que está ya molido; mas si no, que se lo muela”. Y Critón, replicó: “me parece, Sócrates, que el sol está aún en los montes y todavía no se pone. Yo sé de otros que lo beben bien tarde después de que se les anunció, comiendo y bebiendo mientras tanto en grande, y pásanlo algunos en la compañía de los que quieren. Pero no te apresures, todavía hay tiempo”. Mas Sócrates replicó: "Esos que tú dices, Critón, deben tener sus razones para hacerlo así; que piensan, haciéndolo, ganar algo; pero yo tengo mis razones para no hacerlo, que nada creo ganar con beberlo un poco más tarde, sino hacer el ridículo ante mí mismo, aferrándome a la vida y temiendo donde nada hay que temer. Así que, digo, obedece y no hagas otra cosa”. En oyéndolo Critón hizo una seña al muchacho que estaba al lado, quien, saliendo, y tras bastante rato, volvió con el hombre que le debía dar el veneno; traíalo ya triturado. Viendo, pues. Sócrates al hombre dijo: "¡Sea!, óptimo; puesto que tú entiendes en esto ¿qué hay que hacer? [117a] —Ninguna otra cosa, contestó, sino, bebido, dar unas vueltas hasta que notes pesadez en las piernas; inmediatamente, sentarte. Así obrará el veneno mismo”. [117b] Y a la vez tendió la copa a Sócrates, quien tomándola con grandísima placidez, Equécrates, sin temblar ni cambiar la color y el semblante, sino mirando al hombre, cual toro [117b] —tal era su manera de mirar— añadió: "¿qué dirías acerca de hacer con esta copa una libación en honor de alguien? ¿Está permitido o no? [117b] —Trituramos, respondió, tanto cuanto creemos ser conveniente beber. [117b] —Lo sé, dijo Sócrates. Mas es conveniente y necesario rogar ca los dioses que resulte feliz la peregrinación de aquí para Allá. Que es lo que yo pido; y que sea así”. En diciendo que dijo esto, decidida, tranquila y calmadamente la apuró. Hasta entonces, los más de nosotros habíamos conseguido, de alguna manera, refrenar las lágrimas; mas, cuando vimos que bebía y terminaba de beber el veneno, ya no pudimos; a mí, violentamente y a raudales, se me fueron las lágrimas, de modo que, cubriéndome, lloré por mí mismo, no por él, sino por la desgracia de quedarme privado de tal varón y amigo. [117d] Critón se levantó y salió antes que yo, porque no era capaz de reprimir las lágrimas. Mas Apolodoro, quien había estado llorando todo el tiempo, prorrumpió en lamentos y no hubo ni uno de los presentes al que no forzara a lamentarse, a excepción, por cierto, de Sócrates. [117d] —"Qué hacéis”, dijo, “¡desconcertados! Que, por cierto, despedí a las mujeres sobre todo para que no se descomtw así, pues he oído que conviene morir con buenas y bellas palabras: tranquilizaos, pues, y sed fuertes”. [117e] Oyendo lo cual, nos avergonzamos y represamos las lágrimas. Mas él, poniéndose a dar vueltas, al decir que sentía las piernas pesadas se acostó de espaldas, tal como se lo indicó el hombre; quien palpándole y dejando pasar un tiempo, observaba pies y piernas; después, golpeándole con fuerza el pie, preguntóle si sentía algo. [117e] — No”, respondió. [118a] Después de lo cual palpóle, de nuevo, las piernas, y, subiendo, nos mostró así que se enfriaba y enrigidecía. De nuevo lo palpó y dijo que, cuando llegará el veneno al corazón, partiría. Ya casi se le había enfriado la región del bajo vientre, mas descubriéndose —estaba cubierto— dijo: [118a] Critón: debemos un gallo a Esculapio, dádselo, pues; y no os descuidéis. [118a] —Así será, respondió Critón. Mira si tienes aún algo que decir”. A tal pregunta no hubo respuesta. Pasado breve rato se movió, el hombre lo descubrió; sus ojos estaban fijos. Viendo lo cual Critón cerróle boca y ojos. Tal fue, Equécrates, el final de nuestro compañero; varón, diríamos nosotros, de entre aquellos con quienes convivimos el mejor, aparte del más sabio y justo.