Fedro — Plato ============= ΦΑΙΔΡΟΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/phdr/ This file: https://plato-scroll.com/text/phdr-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/phdr.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/phdr-b.txt - H.N. Fowler (Loeb, 1914): https://plato-scroll.com/text/phdr-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/phdr-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/phdr-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [227a] Sócrates: ¿A dónde y de dónde, querido Fedro? [227a] Fedro: De donde Lisias, el hijo de Céfalo, Sócrates; y, pues desde la aurora me pasé allí sentado todo el tiempo, a donde voy ahora es a pasearme fuera de las murallas. Mas obedeciendo a Acumeno, colega tuyo y mío, hago mis paseos por los caminos, pues dice ser menos cansados que paseos por las calles. ' [227b] Sócrates: Y lo dice bellamente, compañero. Por lo que parece, pues, ¿estaba Lisias en la Ciudad? [227b] Fedro: Sí, por cierto: donde Epícrates, en la Moryquía: esa casa junto al templo de Júpiter Olímpico. [227b] Sócrates: Y, ¿sobre qué versó la conversación? ¿O está claro que Lisias os convida a banquete de discursos? [227b] Fedro: Lo sabrás si tienes tiempo libre para oír a un paseante. [227b] Sócrates: ¿Pues qué? ¿No piensas que tengo yo, con Píndaro, “por cosa superior al descanso” escuchar tu conversación con Lisias? [227c] Fedro: Caminemos, pues. [227c] Sócrates: Habla, si te place. [227c] Fedro: Pues, por cierto, Sócrates, que te está bien el oírla, ya que el tema sobre el que tratamos recayó, no sé cómo, sobre cosas de amor; porque Lisias tenía escrito un ensayo de conquista amorosa de un bello doncel, y no por un amante. Y esto mismo está, por cierto, bien aderezado, pues dice en él que se debe hacer don de sí al no amante más bien que al amante. [227c] Sócrates: ¡Qué generoso! ¡Ojalá escribiera que se debe — favorecer más al pobre que al rico, al viejo que al joven!, y otras tales cosas que tan bien nos irían a mí y a otros muchos. ¡Qué civiles y democráticas eran, por lo visto, las razones! Mas son tales mis deseos de oírte que, aún si paso a paso y según el método de Heródico, hicieras tu camino hasta Megara, llegases a las murallas y te volvieras, no te soltaría. [227d] Fedro: ¿Qué dices, óptimo de Sócrates?; ¿piensas que lo que el más diestro de los oradores contemporáneos, Lisias, compuso reposadamente en mucho tiempo pueda yo, simple como soy, acordarme de ello cual se merece? ¡Qué más quisiera! Y por cierto que tendría su posesión por más preciosa que la de mucho oro. [228a] Sócrates: Fedro, si no te conociera, es que me habría olvidado de mí mismo. Pues bien: no hay nada de lo que dices; que sé muy bien que aquél no se contentó con oír el discurso e Lisias una sola vez, si no que, oído una, le obligó a que de principio a fin se lo releyese muchas, a lo cual accedió Lisias de buena gana. Pero ni esto le pareció bastante, pues, en acabando, tomó el libro, remiró lo que más le apetecía y en estas cosas se pasó sentado desde el amanecer; y, cansado, salió, en mi opinión, por el Perro!, a pasear con el discurso bien aprendido, a no ser que fuera muy largo. [228b] Se paseaba, pues, fuera de las murallas para entrañárselo, cuando tropezó con quien se muere por oír discursos y, en viéndola que lo vio, le dio el alma que tendría ya quien bailara a su tono, y lo invitó a proseguir con él su camino. Mas pidiéndole tal enamorado de cuentas-y-razones que se las diera, se hizo de rogar como si no tuviera ganas de decirlas; pero, al fin, se decidió a hablar, y las dijera aun a forzado auditorio. [228c] Pídele, Fedro, a ese, que lo que de todas maneras habrá de hacer, lo haga presto. [228c] Fedro: En verdad me va a resultar mejor hablar como pudiere, que me parece no vas a soltarme antes de que de una manera u otra te lo diga. [228c] Sócrates: Pues me parece que así es en verdad. [228d] Fedro: Lo haré, pues, así. [228d] En realidad de verdad, Sócrates, no llegué a aprenderme, más que todo, las palabras, pero sí comprendo casi todas aquellas en que se hablaba de las diferencias entre las cosas del amante y las del que no lo es. Y las voy a recorrer por sus pasos y capitales, haciendo que el principio sirva de comienzo. [228d] Sócrates: No sin antes mostrar, amigo del alma, qué es lo que tienes en la izquierda bajo el manto, porque conjeturo que es el discurso mismo. Ahora que, si es así, convéncete de que, aún queriéndote lo mucho que te quiero, no consta ni — mucho menos que, de estar presente Lisias, me encomendara a tus cuidados. Vamos, pues, enséñalo. [228e] Fedro: Basta, Sócrates; que echaste por tierra la esperanza que tenía de ejercitarme contigo. Pero, ¿dónde quieres que nos sentemos y lo leamos? [229a] Sócrates: Volvámonos desde aquí, y vayamos Iliso abajo; después nos sentaremos donde más tranquilo nos pareciere. [229a] Fedro: A buen tiempo, me parece, voy descalzo; que tú lo vas siempre. Fácil nos será, pues, caminar refrescando los pies riachuelo abajo, y además, no desagradable, especialmente en esta época del año y hora del día. [229a] Sócrates: Guía, pues; y mira mientras tanto dónde podremos sentarnos. [229a] Fedro: ¿Ves aquel altísimo plátano? [229a] Sócrates: Bien, ¿y qué? [229b] Fedro: Que hay allí sombra y viento apacible y césped para sentarse o tenderse a voluntad. [229b] Sócrates: Guía, pues, si te place. [229b] Fedro: Dime, Sócrates, ¿no se cuenta que precisamente en uno de estos lugares del Iliso Boreas raptó a Oritia? ¿O bien de la colina de Marte?, porque también se cuenta estotro relato: que de allí, no de aquí, fue raptada. [229b] Sócrates: En efecto, así se cuenta. [229b] Fedro: ¿Y no será precisamente de aquí, donde el riachuelo parece gracioso, límpido y transparente, lugar a propósito para juegos entre doncellas? [229c] Sócrates: No de aquí, sino de dos o tres estadios más abajo, donde vadeamos para ir al' santuario de Agra, que allí exactamente hay un altar de Boreas. [229c] Fedro: No había caído en cuenta. Mas dime, por Júpiter!, Sócrates: ¿Crees ser verdad este relato místico? [229c] Sócrates: Pues nada tendría de extraño el que no lo Creyera, como no lo creen los sabios. Y, puesto en plan de Sabio, diría que el viento Boreal empujó a Oritia hacia las piedras próximas, mientras jugaba con Farmaqueia, y a éste su final se llamó rapto por Boreas. Pero a mí, Fedro, aun y haciéndoseme deliciosos estos y semejantes relatos, me parecen más bien cosas para varón decidido, incansable y no muy de envidiar; porque, fuera de otros motivos, después de enderezar esto tendrá que hacerlo con esotro eidos de los Hipocentauros y además con el de Quimera, y se verá inundado por la turba de Gorgonas y Pegasos, por la muchedumbre de otros y variados esperpentos y por la desconcertante naturaleza de ciertos monstruos, de todas las cuales cosas si uno emprende, por descreído y por una sabiduría su tantico salvaje, dar verosímil explicación, bien tiempo le hará falta. [229e] Pues yo, para tales cosas, en modo alguno, lo tengo. Y la causa de ello es que no puedo conocerme a mí mismo, según la inscripción délfica. Y me parece ridículo que, ignorando aún esto, me ponga a considerar lo ajeno. Así que, con permiso de tales cosas, y aceptando lo que sobre' ellas comúnmente se tiene, me doy, como acabo de decir, a la consideración no de ellas sino de mí mismo, aunque yo resulte tal vez o fiera más pluricompleja y resabiada que Tifón o animal más sencillo y mañero, con una cierta parte de naturaleza divina y otra de suerte sin grandes tufos. [230a] Y ahora, compañero, interrumpiendo estas razones, ¿no era este el árbol hacia el que nos guiabas? [230b] Fedro: Este mismo era. [230b] Sócrates: Pues, por Hera!, es bien bello el paraje; que este plátano es grandemente amplio y alto, bella la altura del sauzgatillo, y muy bella su sombra; y, como está ya en punto de flor, nos ofrece bien perfumado lugar. La fuente, por su parte, corre bajo el plátano con suelta gracia y frescor de aguas, testigos nuestros pies. El templo aquel parece serlo de algunas Ninfas o de Aqueloo, a juzgar por las doncellas y estatuas. Y si te place, ¡cuán extremadamente delicioso y amable es aquí el soplo del viento, acompañamiento armonioso y veraniego del coro de cigarras! Pero lo más delicadamente a punto es el césped que, en medio de hostil desierto, ha crecido lo bastante para que, al reclinar la cabeza, se descanse bien bellamente. De manera que te atrajo, amigo Fedro, el mejor lugar. [230c] Fedro: Pero tú. Sócrates admirable, pareces estar totalmente desorientado, pues, de juzgarte por lo que dices, das sencillamente la impresión de extranjero y no de coterráneo; y así me parece que no sólo no has salido de la Ciudad para viajar más allá de las fronteras, pero que ni siquiera estuviste fuera de sus murallas. [230d] Sócrates: Compréndeme, óptimo de Fedro. Soy amigo-de-aprender. Mas ni los campos ni los árboles me quieren enseñar nada; mas sí, los hombres de la Ciudad. Pero me parece que has dado con el remedio para sacarme; pues a la manera como se conduce al ganado hambriento meneando ante él una ramita o algún fruto, así parece que me vas a hacer recorrer el Ática entera, o lo que quisieres, poniéndome delante razones en libros. Llegados, pues, ya aquí, yo pienso tenderme; tú, mientras tanto, elige la posición que tengas por más cómoda y, elegida, lee. [230e] Fedro: Escucha, pues. [230e] “Mi caso, bien lo conoces; y has oído además que pienso habernos pasado todo de la más conveniente manera. Mas no me juzgo infeliz porque me falte precisamente llegar a ser amante tuyo. Que se arrepienten aun de lo que bien hicieron aquellos a quienes se les colmó el apetito; pero a los que no, jamás les llegará el tiempo de arrepentirse, pues no por necesidad sino por voluntad —con esa voluntad con la que se quiere lo mejor para los de casa— obran bien a medida de sus fuerzas. [231a] Además: los amantes tienen la mirada puesta en qué cosas suyas han ido mal por causa del amor y qué bienes han hecho y, añadiendo a la cuenta los trabajos, juzgan presto haber dado ya a los amados lo que graciosamente les era debido. Empero, a los no amantes no les cabe la excusa de que por causa del amor descuiden las cosas propias, ni tienen que poner en balanza amor y trabajos pasados, ni encausar por los disentimientos a los familiares; de manera que, descartados tantos males, no les queda más remedio que poner decididamente manos a la obra y otorgarles lo que, a su parecer, una vez hecho será de su agrado. [231c] Además: si son dignos de todo aprecio los amantes porque aman tan extremosamente a los amados que están prestos a hacerles gracia de sí en palabras y obras, aun con peligro de volverse odiosos a los demás, fácil es de conocer, si dijeren la verdad, que prefieren sus nuevos amores a los antiguos; y es fácil también de ver que maltratarán a éstos si a aquéllos se les pone en la cabeza, ¿Cómo, pues, será posible abalanzarse a negocio tan ocasionado que no lo emprendiera ni el más experto en evasivas?; que los amantes mismos confiesan andar enfermos más bien que en sus cabales; y darse cuenta de que desvarían, mas no pueden contenerse. ¿Cómo, pues, dándose perfecta cuenta de ello podrían juzgar que hacen bellamente al querer lo que en tal estado los pone? Y por cierto que si te propones escoger para ti de entre los amantes al mejor, entre bien pocos podrás elegir; mas, entre muchos, si de entre los demás hombres te pones elegir el más conveniente para ti mismo; de manera que es muy mayor la esperanza de que tengas la Suerte de encontrar entre tantos al digno de tu amistad. [231e] Para el caso de que temas esa ley ya establecida según la cual de la publicación de lo oculto nacen los reproches: Es verosímil que los amantes, creyendo que a los demás les parece su suerte tan envidiable como a sí mismos, se suelten a hablar y se gloríen en mostrar a todos que no han sido en vano sus penas. Los no amantes, al contrarío, se llevan, por dueños de sí mismos, en vez de la gloria humana la mejor parte. [232a] Además: los negocios de los amantes andan en muchas lenguas; y muchos ojos son los que los han visto acompañar a los amados y tomar sobre sí tal faena, de modo que, cuando ven a amantes y amados en conversación, interpretan tales compañías por querencia cumplida ya o en urgencias de cumplirse. A los no amantes, por el contrario, nadie se mete a ponerles causa por tales compañías, pues cosa sabida es que conversar con alguien ha de hacerse o por simple amistad o por cualquier otro placer. [232b] Mas si te entrare miedo, por parecerte cosa difícil, constancia en amistad y porque, de cualquier modo que surja — una diferencia, la desgracia será común y para ti máximo perjuicio, puesto que diste lo de más valor, te entrará verosímilmente mucho mayor miedo por los amantes, pues en su extremosa susceptibilidad creen que todo se conjura para su daño; y por este motivo estorban la compañía de sus amados con otros amantes, y temen que los ricos se los arrebaten con sus dineros y que los bien cultivados cobren con su trato ascendiente sobre ellos, y andan prevenidos contra la influencia de cada uno de los que poseen cualesquiera — bienes. Persuadiéndote, pues, que te apartes de ellos, dejarte en soledad de amigos. Pero si atendiendo a lo tuyo propio llegas a pensar mejor que ellos, vendrá el rompimiento. Pero los que, por suerte, no están enamorados, y por virtud llegaron al cumplimiento de sus deseos, no se encelan de los compañeros de sus amados, más bien odian a los que no lo quieren ser, creyendo que los tales los desprecian y que los compañeros los ayudan, de manera que tal comportamiento les dará muy mayores esperanzas de amistad que de rompimiento. [232e] Añádase que a la mayoría de los amantes acomete corporal querencia antes de conocer la índole del amado y experimentar sus secretas cualidades, de modo que no les está claro si, apaciguada la querencia, querrán todavía ser amigos; no es probable, por el contrario, que por tales complacencias amengüe respecto de los no amantes la amistad de quienes comenzaron por ser amigos y después vinieron a tales obras que son, más bien, como prendas seguras de lo venidero. [233a] Más aún: muy mayor provecho reportarás de creerme a mí que de ceder a tu amante; que los amantes alabarán, sin comparar con lo óptimo, tus palabras y obras, ya por temor de disgustarte, ya porque su querencia les estraga el juicio. Y así es, en efecto, lo que el amor descubre: que al desgraciado le hace pensarlo peor aun en cosas que para los demás nada tienen de aflictivas; mas el amor con Dicha los fuerza a encontrar adorables hasta las más insignificantes. De manera que, respecto de los enamorados, mucho mejor está el compadecerlos que el envidiarlos. [233b] Pero si me haces caso, no intimaré en primer lugar contigo para cultivar placeres de presente, sino intereses con porvenir; ni vencido del amor, sino vencedor de mí; no levantaré fuertes rabias sobre fútiles motivos; sino sobre grandes, ligeros y lentos enfados; para faltas involuntarias, comprensión y perdón; cauta prevención, contra las voluntarias. Todo lo cual son fehacientes pruebas de durable amistad. [233c] No obstante, si te objetara que no es posible fuerte amistad sin una Lote de amor, menester será que reflexiones - que en tal caso no la haríamos grande ni de los hijos ni de los padres ni de las madres, ni llegaríamos a tener amigos fieles, quienes no por tal querencia sino por conveniencias de otra clase se nos allegaron. [233d] Además: si hay que otorgar nuestros favores sobre todo a los que de ellos hayan mayor necesidad, conveniente será hacerlos, así en este como en los demás casos, no a los colmados ya sino a los más indigentes, porque, liberados de males máximos, máximo también será su agradecimiento. Y — así no vale la pena invitar para comidas privadas a los amigos, sino a los pordioseros y apretados del hambre, que estos tales amarán y seguirán, se agolparán a las puertas, sabrán cuál ninguno apreciarlo, lo agradecerán y no poco, y pedirán para los tales toda clase de bienes; aunque tal vez no sea conveniente favorecer a los más necesitados, sino a los que pueden agradecerlo más y mejor, y a los dignos del don antes que a los pedigüeños; y a los que, llegados a viejos, te darán de sus bienes, más bien que a los regodeadores de tu edad en flor; ni a quienes se vanagloríen ante los demás de sus éxitos, sino a los que,.por pudor, se callen en público; y tampoco a quienes se esforzarán por breve tiempo, sino a aquellos cuya amistad perdurará uniformemente firme toda la vida; y en modo alguno a quienes, apaciguada la querencia, les dará por buscar pretextos para romper, sino a aquellos — otros que, aun marchitada la flor de tu edad, mostrarán entonces precisamente sus virtudes. [234b] Haz acuerdo, pues, de lo dicho, y reflexiona que los amigos recriminan en los amantes tal empresa por mala; y que nadie, por el contrario, reprendió jamás a alguno de los suyos por no ser amante, cual sí, por no serlo, se quisieran mal a sí mismos. [234b] Tal vez, pues, me preguntarás si te exhorto a hacer don de ti a los que no te amen; y te responderé que ni el amante mismo te aconsejaría tal comportamiento respecto de todos — los que te aman, porque, tomando las cosas según razón, no todo es digno por igual de favores, y aunque los quieras ocultar a los demás no es tampoco posible hacerlo. Es preciso, pues, que de ello nos resulte a ambos provecho, sin daño alguno. [234b] Tengo para mí que con lo dicho basta; si tú, no obstante, echas de menos algo, por pensar que se nos fue de las manos, pregunta. [234b] ¿Cómo te parece el discurso, Sócrates?; ¿no está dicho, aun dejando aparte otras cosas, con superexcelsas palabras? [234d] Sócrates: Daimoníaca, compañero; y tanto que me pusieron fuera de mí. Mas me pasó, Fedro, por tu medio y mirándote (que, mientras leías, parecióme salirte en gozo a la cara el discurso; pensando, pues, que sobre estos puntas sabías tú más que yo, te seguí y, siguiéndote, me emborraché como lo está esa tu divina cabeza. [234d] Fedro: Sea; ¿pero así no parece que te burlas? [234d] Sócrates: ¿Te parece que me burlo y no que lo tomo en serio? [234e] Fedro: En manera alguna, Sócrates; pero dime según verdad, por Júpiter, el de la Amistad!; ¿crees darse algún otro griego que sobre este punto pudiera decir otras cosas mejor y más copiosamente? [234e] Sócrates: Pues, ¿qué?, ¿habremos de alabar tú y yo un discurso precisamente si su autor dijo lo que debía, o si tan sólo torneó cada una de las palabras clara, precisa y redondeadamente? Caso de hacerlo, sería en gracia tuya, pues a mí por mi nulidad se me escapó todo menos la retórica, única cosa a que atendí; y no creería que Lisias mismo se contentara solamente con esto. Me pareció, pues, Fedro, si tú no dices lo contrario, que repetía dos y aun tres veces las mismas cosas, cual si no encontrara manera de decir muchas sobre la misma; o tal vez no se haya preocupado de esto; mas sí me pareció presumía, con juvenil ostentación, de poder decir en diversas maneras lo mismo, y siempre con expresión igualmente perfecta. [235b] Fedro: No es objeción, Sócrates, pues todo eso lo posee con excelencia este discurso, que nada se le pasó por alto de lo que sobre la materia presente era digno de decirse. de modo que contra nada de lo dicho por él habrá quien pueda hablar o más copiosamente o con mayor alteza. [235b] Sócrates: Pues en este punto ya no puedo ceder, porque los sabios antiguos, hombres y mujeres, que sobre tal materia hablaron y escribieron, me refutaran, si, en gracia tuya, lo concediera. [235b] Fedro: ¿Quiénes son ésos?; ¿de quién has oído jamás Cosas mejores que éstas? [235c] Sócrates: En este momento no sabría decírtelo; aunque está claro que las habré oído de alguien, tal vez de Safo la bella o de Anacreonte el sabio o de algunos de los escritores. Y, ¿en qué testimonio me afirmo?: en que me está rebosando, daimoníaco, el pecho de cosas contrarias a las dichas y no peores, por cierto, que ellas. Sé muy bien, por conocer íntimamente mi ignorancia, que de tales pensamientos ni uno solo viene de mí mismo. Fuentes extrañas, pues, —y no queda en mi opinión más salida— mediante el oído me llenaron a rebosar, cual vaso. Mas por mi indolencia me he olvidado hasta de cómo y de quiénes he oído tales cosas. [235d] Fedro: Bellisimamente dicho, bien nacido de Sócrates; pero no te exigiré me digas de quiénes y cómo lo oíste. Haz precisamente lo que dices y prometes: algo mejor y no menor que lo del libro y distinto, que yo te prometo a mi vez, a semejanza de los nueve arcontes, ofrendar en Delfos una estatua de oro de tamaño natural, y no sólo la mía sino la tuya. [235e] Sócrates: Eres adorable, Fedro, y en verdad de oro, si crees que digo haber errado en todo Lisias, y ser yo capaz, por tanto, de oponer cosas que nuevas a todas las suyas, que esto, a mi parecer, no le pasa ni al más infeliz de los escritores. [235e] Mas respecto de la materia del discurso; decir que es menester darse graciosamente al no amante de preferencia al amante, ¿quién será capaz de encontrar algo nuevo si renuncia a temas tan inevitables cual los de encomiar la sensatez de uno y censurar la insensatez de otro? Creería, más bien, que se han de dejar, y conceder benévolamente, tales temas al orador, alabando en ellos no tanto la invención cuanto la disposición; al contrario, en temas no necesarios y difíciles ensálcese la invención sobre la disposición. [236a] Fedro: Me avengo a lo que dices: porque, a mi parecer, fue mesuradamente dicho. He aquí, pues, lo que voy a hacer: te daré por supuesto que el amante está más enfermo que el no amante. Ahora en cuanto a las demás cosas, si dices otras más cumplidas y de mayor alteza, véate de bien trabajada estatua en Olimpia, junto a la ofrenda de los Cypsélidas. [236b] Sócrates: ¿Lo tomaste en serio, Fedro, porque me metí bromeando bromeando con tu doncel? ¿Crees que en verdad osé decir algo nuevo y variado contra semejante sabiduría? [236b] Fedro: Estás ya incurriendo, querido, en parecidas faltas, porque no vas a tener más remedio que hablar como eres; y a fin de no vernos forzados a cambiar de papeles, cosa dura de llevar aun para los comediantes, repórtate y no quieras obligarme a decir aquello: «Sócrates, si no te conociera es que me habría olvidado de mí mismo»; y «se moría de ganas de hablar, pero lo disimulaba», Persuádete, pues, de que no partiremos de aquí hasta que en palabras saques del pecho lo que dijiste tienes en él. Solos estamos, y en despoblado; soy más joven y fuerte que tú... [236d] Después de la dicho, «a buen entendedor.». No quieras llevar las cosas por la fuerza; dilas más bien voluntariamente. [236d] Sócrates: ¿Pero no ves. Fedro dichoso, que voy a hacer el ridículo, simple como soy, improvisando sobre los mismos puntos que poeta tan excelso? [236d] Fedro: ¡¿No caes en cuenta de tu posición? Pues si no cejas de lucirte a mi costa, tengo ya al alcance de la mano algo con que hacerte hablar. [236d] Sócrates: No lo digas aún. [236d] Fedro: ¿Que no?, —pues por cierto que la digo; y es un juramento: «Te juro por...», —¿por quién, por qué dios? ¿Quieres que por este plátano? «En verdad en verdad, si no me dices tu discurso ante el plátano que aquí de cuerpo presente está, que nadie, nunca, jamás haga ante ti o le lea otro discurso alguno». [236e] Sócrates: ¡Maldición!, criminal. ¡Cómo has dado con la buena manera de forzar a un varón amante-de-discursos para que haga lo que le exijas! [236e] Fedro: ¿Te queda aún salida? [236e] Sócrates: Ninguna más, después de tal juramento; porque, ¿cómo me sería posible privarme de tales banquetes? [237a] Fedro: Habla, pues. [237a] Sócrates: ¿Sabes cómo lo voy a hacer? [237a] Fedro: ¿Cómo? [237a] Sócrates: Me cubriré para hablar; así se acabará más presto mi discurso y, no viéndote, la vergüenza no me hará perder el hilo. [237a] Fedro: Habla; en lo demás haz lo que quieras. [237a] Sócrates: Acudid. Musas canoras, poseedoras de este sobrenombre o por el eidos de vuestro canto, o por la raza musical de los Ligures. “Tomad parte en el mito que me fuerza a decir el buenísimo aquí presente, a fin de que si ya antes le parecía su compañero sabio en discursos, de aquí en adelante se lo parezca aún más”. [237b] “Erase, pues, un jovencito, casi mejor un muchacho bellísimo; sus amantes, sin número. Había, con todo, entre ellos uno más astuto que los demás, aunque no menos enamorado, quien le dio a entender que él precisamente no le amaba. Y en cierta ocasión, cortejándolo, le persuadió justamente de que se deben hacer favores al no amante antes que al amante; y se lo dijo por palabras como éstas: "En cualquier negocio, jovencito, sólo hay una manera de comenzar para quienes se propongan deliberar bellamente; y es, por necesidad, saber de qué se trata; si no, con igual necesidad se errará. Y sin embargo, los más no caen en cuenta de su ignorancia acerca de la esencia de las cosas, y cual si la conocieran de buen saber no se ponen sobre ella de acuerdo al principio de sus consideraciones; y, progresando en ellas, pásales lo que era de prever: no concordar ni consigo mismos ni con los demás. Que no nos suceda, pues, a ti y a mí lo que en otros reprendemos; y puesto que el tema presente trata de si ha de hacerse amistad con el no amante antes que con el amante, convengámonos en poner una definición acerca del amor, qué es y cuál su virtud; y ho mirando otra cosa y refiriendo lo demás a ello, consideremos si reporta utilidad o detrimento. [237d] "Que el amor sea una cierta clase de apetencia, cosa es para todos evidente, y cosa sabida, que aun los no amantes apetecen lo bello. [237d] "Hay en cada uno de nosotros, es cosa de pensarlo, dos ideas, principios las dos y las dos también guías, a cuya dirección nos sometemos: una de ellas, la innata, es el apetito de — placeres; la otra, especie de pensamiento adventicio, es la aspiración hacia lo Optimo. Las dos van unas veces concordes; peléanse otras en nosotros; vence en ocasiones una. [237e] + triunfa en otras la otra. Y se da el nombre de «templanza» a esa fuerza por la que el pensamiento nos fuerza y conduce racionalmente hacia lo Optimo; mientras que desde siempre se llamó «intemperancias» al apetito que mande en nosotros precisamente por arrastrarnos hacia el placer. Es la intemperancia plurívoca, plurimembre y plurieidética; y cualquiera de sus ideas que se tome irracionalmente da al poseedor, como nombre, el suyo propio, —denominación ni bella ni gran cosa de digna. [238a] "Así de apetito de comer que domine sobre la razón, sobre lo mejor y sobre las demás apetencias, recibe el nombre de «glotonería», y lo da a su vez por nombre propio al dominado por él. Y es claro qué título se llevarán el apetito de beber, convertido en tirano, y el poseso y guiado por él. Y respecto de los nombres hermanos de éstos, correspondientes a apetitos hermanos —en trance de eternos déspotas— ya es conocido cuáles deban emplearse. Con todo lo cual queda patente a dónde se dirijan las anteriores palabras; pero siempre más claro es decirlo que no decirlo. Así, pues, el apetito que sin razones domine sobre pensamiento rectamente encaminado, gravite hacia el placer de la belleza y, reforzado fuertemente por apetitos congéneres con él en ganas de corporales bellezas, venza y guíe, toma por nombre el de Fuerza y por esto se le ha llamado Amor”. [238c] Pues bien, querido Fedro, ¿no te parece a ti, como me lo está pareciendo a mí, que estoy en trance divino? [238c] Fedro: Absolutamente, Sócrates; pues contra lo en ti habitual te arrebató bello tío de palabras. [238c] Sócrates: Escúchame y calla. En realidad me está pareciendo ser este lugar divino, de modo que si, a veces conforme avanza el razonamiento, resulto poseso de las Ninfas, no te admires, que por esto las palabras presentes no andan lejos de sonar a ditirambos. [238d] Fedro: Verdaderísimamente dicho. [238d] Sócrates: Pues tú eres la causa de ello. Escucha ahora lo siguiente, a no ser que se aparte de mi lo que sobre mí siento venir. Mejor, encomendémoslo al cuidado de dios, y dirijamos de nuevo la palabra a nuestro jovencito: “Bien, pues, rico; queda ya dicho y definido cuál sea el objeto de nuestra deliberación; fijando ahora los ojos en él continuemos tratando sobre cuál sea el provecho, cuáles los daños que sobrevendrán verosímilmente de parte del amante y del no amante al que les haga don de sí. [239a] Ahora bien: el dominado por el apetito, el esclavo del placer, convierte al amado en instrumento del mayor deleite posible, que al enfermo se le hace deleitable lo que no le — contraría, y aborrecible lo superior y lo igual. Luego tal amante no sufrirá de buena gana en su doncel ni superioridad ni igualdad; trabajará, por el contrario, en rebajarlo y empobrecerlo. Pues bien: inferior es el ignorante al sabio, el cobarde al viril, el corto de palabra al orador, el tardo al listo: tantos males de mente, y aun otros mayores, son los que este tipo de amante causa por necesidad en el amado, si el amado los tiene de natural, deleitándose en ellos y cultivando otros para que le nazcan; en caso contrario, presto se le irá al deleite. Es además y sin remedio celoso; y aparta del amado la compañía de muchos otros que pudieran ayudarle grandemente a hacerse hombre, causándole así grande daño, y aun grandísimo si por tal compañía hubiera de haber llegado a grandísima inteligencia. Pues justamente este es el Caso respecto de la divina filosofía de la cual, por temor de ser menospreciado, pretenderá apartar bien lejos el amante a su doncel; y pondrá en juego mil artimañas para que el amado lo ignore todo y todo lo vea por los ojos del amante y, una vez en tal estado, sería el amado deleitosísimo para el amante, dañosísimo para sí. De manera que, respecto de la mente, el varón enamorado no es de provecho alguno ni como guía ni cual compañero. [239c] ”Mas en lo que respecto al trato y solicitud por el cuerpo del amado qué tales sean los cuidados de quien se tenga por señor, y persiga sin descanso no lo bueno sino lo deleitable, es el punto siguiente a considerar. Pondrá los ojos, en tal persecución, sobre doncel tierno y no sobre macizo, ni sobre el criado a pleno sol sino en el que lo fue entre sol y sombra; ni hecho a viriles fatigas ni a forzados sudores, y sía delicado y no varonil régimen, acicalado de colores y adornos extraños a falta de propios, junto con otras cosas a éstas anejas y todas necesarias. No vale, pues, la peña, claro está, de proseguir este punto, sino, definido ya el capital, pasar a otro. [239d] En guerra y otros trances grandiosos cobran audacia los enemigos a lá vista de tal cuerpo; tiemblan por él amigos y amantes. Pasémoslo por alto, que es cosa manifiesta, y tratemos de la siguiente: qué provecho o qué daño reportará cada uno para sí del trato y dirección del amante. [239e] "Claro es que, para todos, y muchísimo más para el amante, cuál sería su regocijo si el amado quedara huérfano, ante todo, de los amables, benévolos y divinos bienes: padre y madre, parientes y amigos; y aceptara que el amado se viera privado de ellos por creerlos estorbos y censores de su deleitosísima convivencia. [240a] "Más aún; amado con riqueza en oro o en cualquiera otra posesión no es, a su parecer, ni tan fácil de prender ni, preso, de manejar a placer; de lo cual se sigue de toda necesidad que tales amantes tendrán celos de donceles con riqueza en bienes; se alegrarán, en cambio, de su ruina. [240a] "Y sobre esto desearán tales amantes que sus donceles permanezcan el mayor tiempo posible sin mujer, sin hijos, sin hogar, apeteciendo tan sólo cosechar para sí, cuanto más tiempo mejor, la dulcedumbre de sus frutos. Y no son éstos los únicos males. No obstante no sé qué daimonio mezcló en los más, y, por un momento, placer. Así, con el adulador, mala bestia y peor calamidad, mezcló la naturaleza un cierto placer, no sin su gracia. No faltará quien os reprenda por dañoso tener querida y cantidad de otras tales criaturas y ocupaciones que tan deliciosas por un día nos resultan. En contraposición: la asiduidad cotidiana del amante llega a ser, además de perjudicial, insoportablemente desagradable para el “doncel. Es sentencia en antiguas palabras que «los de una edad con los de la misma se deleitan», porque, a mi parecer, la igualdad de años lleva la de placeres, y semejanza trae consigo amistad; y, no obstante, tiene sus límites tal camaradería. [240c] "Añádase que, según dicho universal, «lo forzado se vuelve siempre pesado»; lo cual, aun dejando aparte desigualdades en edad, vale sobre todo del trato entre amante y doncel, porque amante mayor de edad no suelta de buena gana al amado de menor, ni de día ni de noche; y el amado se siente empujado, constreñido, aguijoneado y conducido por haberse Dado en delicioso pasto a ojos, oídos X tacto de quien, por todos los sentidos, quisiera estar sintiéndole, y así queda el amado sujeto al amante con los bien ajustados vínculos del placer. Y, ¿qué exhortaciones, qué gustos dar al amado capaces de hacerle llevadera convivencia tan uniformemente prolongada de modo que no le resulte por todo extremo desagradable estar viendo figura entrada en años y sin flor-de-edad, con otras cosas compañeras de éstas, no agradables de oír en palabras, cuanto menos de sentir en obras, cual es estar expuesto, de continuo y sin escape, a manoseos, vigilancias malignas y sospechosas por cualquier motivo y ante todo el mundo, a tener que escuchar elogios excesivos y extemporáneos, E igualmente reproches que no se toleran al amante abstemio y que, además de insoportables, llegan a injuriosos cuando está bebido, por servirse entonces de lenguaje desenfadado, latoso y desenvuelto? [240e] Y por cierto que, mientras ama, resulta el amante dañoso y desagradable; mas, cuando cesa el amor, ya no se puede confiar en él ni para lo futuro, tiempo justamente para el - que tantos juramentos y súplicas había hecho y con los cuales retuvo a duras penas la convivencia presente e hizo soportable su sobrecarga con la esperanza de bienes. Llegó el tiempo de pagar. Cambió por dentro de dueño y de guía; en vez de amor y locura, lo son ya entendimiento y sensatez; se transformó en otro sin que el doncel la notara; y exígele el doncel paga por lo pasado, recordándole dichos y hechos cual si hablara con el mismo hombre. Este, a su vez, no osa por vergüenza decir que no es ya el mismo, y no halla por otra parte objeciones contra las promesas y juramentos de aquel su primer e insensato principio. Mas ahora que está ya en sus cabales y con seso no quiere volver a las pasadas, no sea que comience por asemejarse a aquél y termine otra vez por serlo. Y así se trueca tal amante en desertor y fugitivo irresistible de su pasado; cayó la concha de la otra cara, cambióse él mismo y cual saeta salió huido de sí. El amado, por su parte, se dará a perseguirlo, poniendo indignado por testigos a los dioses; mas no cayó en cuenta al principio de que es preciso hacer gracias de sí no a un amante, inevitablemente insensato por ser tal, sino más bien al que no lo sea y esté en sus cabales; de no hacerlo así, se entregaría necesariamente a inseguro, díscolo, celoso, desabrido, dañoso para sus bienes, dañino para la salud de su cuerpo, pero muy más grande dañador de la índole del alma, lo más preciado en verdad que hay y habrá para dioses y para hombres. [241c] “Preciso es, pues, jovencito, pensárselo bien y caer en cuenta de que la amistad del amante no nace con buenas y bellas intenciones, sino, cual en el caso de la comida, dé La ganas a saciar; ¡así aprecian a los corderos los lobos, «así aman a su doncel los amantes»!”. [241d] Pues esto es todo, Fedro; ya no oirás de mi boca ni una palabra más; da por terminado el discurso. [241d] Fedro: Pues creía que andabas por la mitad y que ibas a decir lo correspondiente al que no es amante, a saber: que a él se deben hacer los favores, mostrando con palabras cuántos bienes hay en ello. ¿Por qué, pues Sócrates, interrumpes precisamente ahora? [241e] Sócrates: ¡¿No caes en cuenta. Fedro dichoso, que mi voz suena ya a épica y no a ditirambos, y esto acerca de recriminaciones? Pues si me pongo a elogiar al otro, ¿en qué genero poético lo haré? ¿No ves que a poder de las Ninfas, a las que de intento me entregaste, llegaré a caer en verdadero trance divino? Digo, pues, en una sola palabra que cuanto reprendíamos en uno se encuentra, por el contrario, en el otro en forma de bienes, ¿Para qué, pues, largos discursos? Basta para los dos con lo dicho. Y ahora pásele a este mito lo que le sea debido, que yo vadeo el río y me escapo antes de que me fuerces a algo mayor. [242a] Fedro: Aún no, Sócrates; deja que pase el calor; ¿no ves que casi casi estamos al mediodía, en la llamada “meridiana”? Aguardemos, pues, y dialoguemos mientras tanto sobre lo dicho. Cuando refresque nos iremos. [242a] Sócrates: Eres divino en eso de discursos, Fedro; y sencillamente admirable, porque en mi opinión muchos han hecho discursos durante tu vida, mas ninguno ha hecho más que tú o forzado a otros de alguna manera a hacerlos. Exceptúo en esto a Simias el 'Tebano; a los demás, los puedes y de mucho; y aun ahora me parece vas a ser causa de que pronuncie yo otro más. [242b] Fedro: No declares guerra. ¿Cómo y qué tal es ese discurso? [242b] Sócrates: En el preciso momento, mi buen Fedro, en que iba a atravesar el río me sobrevino aquella señal daimoníaca, habitual en mí, que me detiene cuando voy a hacer — ciertas cosas; y me pareció oír una voz que de ella venía y no me dejaba pasar sin antes purificarme, cual si en algo hubiera faltado contra lo divino. Que soy en verdad adivino, no por cierto en grande, sino cual principiante en letras: en lo que basta justo para mí. [242c] Pues ya sé claramente en qué he faltado. El alma, compañero, es, en alguna manera, adivina, porque algo me pasó ya aun antes de decir mi discurso, y se me enturbió la vista de miedo de que, cómo dice Ibyco, ante los dioses: «perdiese la honra, a cambio de la humana». [242d] Ahora me doy cuenta de cuál es la falta. [242d] Fedro: ¡¿Cuál dices ser? [242d] Sócrates: Espantable, Fedro; espantable es el discurso que hiciste y el que me forzaste a pronunciar. [242d] Fedro: ¿Cómo así? [242d] Sócrates: Por simple y, en cierta manera, por impío, ¿cuál podrá haber de más espantable? [242d] Fedro: Ninguno, si es que dices verdad. [242d] Sócrates: Pues, ¿qué?, ¿no tienes a Amor por hijo de Venus y además por un dios? [242d] Fedro: Así se cuenta por cierto. [242d] Sócrates: Mas no lo es ni según el discurso de Lisias ni según el tuyo, —el que, encantado por ti, salió de mi boca; que si Amor fuese, como en efecto lo es, dios o algo divino, no sería malo; mas, como si fuera malo, los dos discursos presentes hablaron de él, y en esto pecaron ambos contra Amor. [242e] Además: sus simplezas son muy corteses; y sin decir — palabra alguna, sana y verdadera, aparentan solamente ser algo; sólo, pues, gozarán de prestigio engañando a hombrecillos. [243a] Tengo, pues, que purificarme, querido. Y para los que pecan contra la mitología hay una antigua purificación de que no se apercibió Homero, mas sí Estesícoro. Privado de la vista por haber hablado mal de Helena, no desconoció el error cual Homero; más bien, como músico que era, conoció la causa y se apresuró a componer aquellos versos: «no son éstas, palabras verdaderas; no te embarcaste en naves bellamente ensambladas ni te arrimaste a las ciudadelas de Troya». [243b] Y en terminando que terminó de componer la así llamada “Palinodia”, en el mismo instante recobró la vista. Pues La bien: voy a ser, en este punto justamente, más avisado que ellos; y así, previniéndome contra castigo por haber hablado mal de Amor, intentaré cantarme la palinodia, desnuda la cabeza; y no, como hasta ahora, cubierta por vergüenza. [243b] Fedro: De cuantas cosas dijiste, Sócrates, ninguna para mí más agradable que ésta. [243c] Sócrates: Y es así, mi buen Fedro, porque caes en cuenta cuán desvergonzadamente hablaron los dos discursos: éste y el leído en el libro. [243c] Que si nos hubiese escuchado alguien de índole bien nacida y templada, enamorado de otro, o bien amado anteriormente por alguno de iguales prendas, el decir que, por pequeñeces, se levantan entre los amantes terribles animosidades, que tienen celos y malevolencias para con sus donceles, ¿no juzgara, piénsalo, que se le hablaba de gente criada entre marineros y no de nadie que haya visto el espectáculo de amor con libertad? ¿Y no crees que ni de lejos admitiría lo que hemos reprochado a Amor? [243d] Fedro: Tal vez, por Júpiter!, Sócrates. [243d] Sócrates: Pues, por mi palabra, que avergonzado ante tal hombre, y temblando ante el Amor mismo, anhela mi alma lavarse con potables palabras de la salmuera de las oídas. Y aconsejo a Lisias escribir, lo antes posible, que se debe, en igualdad de circunstancias, hacer don de si más bien al amante que al no amante. [243d] Fedro: Ten por sabido que así se hará; porque, tan pronto hayas tú hecho el elogio del amante, obligaré sin — escape a Lisias a que escriba de nuevo un discurso sobre este mismo tema. [243e] Sócrates: Lo creo, mientras seas el que eres. [243e] Fedro: Ánimo, pues, y habla. [243e] Sócrates: Mas, ¿dónde para aquel mancebo a quien dirigíamos la palabra, para que oiga estotro; no sea que, por no oírlo, se precipite y haga don de sí a quien no le ame? [243e] Fedro: Está junto a ti, y bien cerca, y presente a tu voluntad. [243e] Sócrates: Así, pues, hermoso mancebo, reflexiona que el discurso precedente era de Fedro, hijo de Pytocles, varón de Myrrina; mientras que el presente lo es de Estesícoro, hijo de Eufemio de Himera, y va a decir más o menos así: “"«no es ealahm verdadera» la que dice que, presente un amante, se deba hacer don de sí más bien a quien no lo sea, dando por motivo que el primero está loco; y el segundo, cuerdo. Bellamente se afirmara, si fuera la locura, sencillamente, un mal. Pero es el caso que los máximos de entre los mayores bienes nos nacen en accesos de locura, dada cual don divino certificado. Porque en trances de locura la profetisa de Delfos y las sacerdotisas de Dodona hicieron en favor de la Grecia muchas y bellas obras, privadas y públicas, y menguadas o nulas en estado de cordura. Y si habláremos de la Sibila y de cuantos, sirviéndose de endiosadas artes adivinatorias, orientaron con sus palabras a muchos en muchos cosas del porvenir, nos dilataríamos hablando de lo universalmente conocido. [244b] “Digno de constancia es, por cierto, el que los primitivos — institutores de nombres no consideraran la locura ni como vergüenza ni cual oprobio, que en tal caso no hubieran asociado a la más bella de las artes, a la discernidora del porvenir, ese mismo nombre y llamádola con él arte “maniática”, o adivinatoria. Al contrario: por ser bella, cuando por lotería divina sobreviene, le impusieron, convencidos, tal nombre de “manía”. [244c] Ahora que los modernos, por incapaces en cosas de belleza, interpolaron una? y resultó el nombre de arte maniática o adivinatoria. Lo mismo pasa con esotra arte de gente sensata, investigadora del porvenir mediante las aves y otros signos, arte que por conferir a las opiniones (o/esis) humanas, mediante discurso, razón (075) e información segura (historía) recibió de los Antiguos el nombre de oyo-20-histike o de opinión-razonada-e-informada, mientras que los modernos la llaman ahora oyoonistike, con la larga solemnidad de la omega. Cuanto, pues, excede en perfección y dignidad el arte adivinatoria o maniática a la oyonística o arte de informar y razonar una opinión, y cuanto excede el nombre de una al de la otra, y las obras de la primera a las de la segunda, otro tanto supera en belleza, según testimonio de los Antiguos, la manía a la sensatez, que aquella proviene de dios; y ésta, de los hombres. [244d] “Pero hay más: aun para aquellas grandísimas enfermedades y trabajos que, efectos de ignorados y viejos castigos, se dan en ciertas razas, encontró la manía-adivinatoria, sobre— viniendo y profetizando por medio de quienes convenía, halló el medio de apartarlos; acogerse a plegarias y adoración de los dioses. De ahí que la manía-adivinatoria, por haber encontrado ritos purificatorios e iniciaciones, haga a quien la poseyere sano y sabio en presente y para el futuro, inventando para el adivino de verdad y en el poseso evasivas para los males presentes. [245a] "Pero hay una tercera clase de posesión y locura-adivinatoria: la que de las Musas viene. Si se apodera de un alma delicada y pura, la despierta, la embriaga de odas y de toda clase de poesía; ella fue quien embelleció tantas y tantas obras, por miles de miles, de los antiguos, y quien educa a su posteridad. Mas quien se llegare a las puertas de la poesía sin estar tocado de locura de Musas, confiado en que la arte le bastará para ser poeta, es un fracasado, aparte de que la poesía de quien está poseso de sí mismo, palidece frente a la de quien está poseso de locura de Musas. [245b] "Tantas y otras más que se pudieran añadir son las obras bellas originadas cuando la locura procede de dioses. No hay, pues, por qué tenerle miedo, ni dejarnos desconcertar por ese espantable razonamiento de que se debe preferir la amistad de sensato a la de apasionado. Llévese, con todo, el premio de victoria si, además de aquéllo, demostrare estotro: que los dioses no envían a Amor con vistas al provecho del amante y del amado. Nosotros demostraremos justamente lo contrario: que tal locura es un don de los dioses para suprema bienaventuranza de ambos. [245c] "La demostración no será creíble para los pertinaces, mas la creerán los sabios. [245c] "Y sea lo primero hacerse con ideas verdaderas sobre la naturaleza del alma, de la divina y de la humana, mirando en ellas sus afecciones y sus obras. [245c] ”Y sea este el principio de la demostración: Toda alma es inmortal, porque es inmortal lo que se está moviendo a sí mismo. Al contrario: lo que mueve a otro y por otro es movido, cuando cesa el movimiento cesa en él la vida. Solamente lo que a sí mismo se mueve no para nunca de moverse, porque no se sale de sí mismo, y es él para las demás cosas movidas manantial y principio de movimiento. [245c] ”Ahora bien: Principio es algo ingénito, porque de necesidad todo lo engendrado se engendra por virtud de Principio; mas Principio de nadie se engendra, que, si Principio se engendrara de algo, no se engendrara de principio alguno. [245d] «ἀρχὴ δὲ ἀγένητον. ἐξ ἀρχῆς γὰρ ἀνάγκη πᾶν τὸ γιγνόμενον γίγνεσθαι, αὐτὴν δὲ μηδ᾽ ἐξ ἑνός· εἰ γὰρ ἔκ του ἀρχὴ γίγνοιτο, οὐκ ἂν ἔτι ἀρχὴ γίγνοιτο. ἐπειδὴ δὲ ἀγένητόν ἐστιν, καὶ ἀδιάφθορον αὐτὸ ἀνάγκη εἶναι. ἀρχῆς γὰρ δὴ ἀπολομένης οὔτε αὐτή ποτε ἔκ του οὔτε ἄλλο ἐξ ἐκείνης γενήσεται, εἴπερ ἐξ ἀρχῆς δεῖ τὰ πάντα γίγνεσθαι. οὕτω δὴ κινήσεως μὲν ἀρχὴ τὸ αὐτὸ αὑτὸ κινοῦν. τοῦτο δὲ οὔτ᾽ ἀπόλλυσθαι οὔτε γίγνεσθαι δυνατόν, ἢ πάντα τε οὐρανὸν» (Burnet, 245d) [246a] "Y acerca de la inmortalidad baste con lo dicho. En cuanto a su idea hay que decir lo siguiente: cuál sea la idea del alma, objeto es de explicación dilatada y de todo en todo divina; hablar, empero, de ella por símiles, es ya cosa humana y menos pretenciosa. [246a] "Se parece el alma a una fuerza doble, resultante de y nacida en dos: en un tronco de alígeros caballos y en un cochero. [246a] Caballos y cocheros de los dioses son, todos ellos, buenos y de buena raza; los de los demás, mezclados. Y primeramente centre nosotros el conductor es cochero de un par de caballos, de los cuales uno es de por sí bello, bueno y de la raza de los bellos y de los buenos, mientras que el otro es de la contraria y contrario; así que, por necesidad, la faena de conducir nos resulta pesada y dificultosa. [246b] "Pues bien: ¿en qué sentido a un viviente se le llama mortal o inmortal? Intentaremos explicarlo. [246b] ”Un alma total tiene a su cuidado todo lo inanimado; hace la ronda en todo el cielo, y nace en diversas partes con — diversos eídoses. Cuando está siendo perfecta y alada, marcha por las alturas y gobierna todo el universo; mas cuando se le caen las alas, va atraída hasta que se apodere de ella algo sólido. Ahí pone casa; toma térreo cuerpo que parecerá moverse a sí mismo en virtud de la fuerza del alma. ”No disponemos ni de una sola razón bien razonada de lo que es la inmortalidad, porque ni vemos ni entendemos suficientemente a dios; fingimos en su lugar un cierto viviente inmortal, con alma y con cuerpo nacidos en indisoluble unión para siempre jamás. Mas sea de esto, y dígase, lo que dios quiera. Hagamos, empero, una suposición acerca de la causa por la que se abaten las alas, y por la que cae el alma. Es algo así como ésta: "La natural fuerza del ala consiste en levantar lo pesado, conduciéndolo ascensionalmente a la morada en que habita el linaje de los dioses. Y por esto participa de lo divino el ala muchísimo más que cualquiera otra de las cosas corporales. [246d] "Ahora bien: lo divino es bello, sabio, bueno y todo — cuanto haya por el estilo; y de esto se nutre y con esto sobre todo se desarrolla la aleamenta del alma; mientras que por los contrarios —la fealdad y lo malo— se deteriora y perece. [246e] ”El conductor máximo en Cielo, Júpiter, guiando alada carroza va el primero, embelleciéndolo todo, cuidando providentemente de todo. Síguele el ejército de dioses y daimonios en once órdenes bellamente distribuido. Unicamente Vesta, la Hogareña, quédase sola en la casa de los dioses. [247a] "Entre los demás dioses los que ponen orden en este número de doce son Dioses príncipes en el orden que a cada uno se le haya designado. Y hay también dentro de Cielo muchos y beatificantes espectáculos y caminos por los que discurre el linaje de los bienaventurados dioses, cada uno en su quehacer propio; el séquito es siempre voluntario y potestativo, pues Envidia está excluida del coro de los dioses. Cuando se dirigen a fiestas y banquetes marchan escalando cumbres hacia el ápice de la bóveda cubierta por el Cielo. Las bellamente equilibradas y conductibles carrozas de los dioses ascienden con facilidad; las otras, a duras penas, que el caballo de mala raza pesa, tira hacia la tierra y resiste al cochero que no lo haya bellamente amaestrado. Aquí se le presenta al alma tarea y combate extremos. Las almas denominadas inmortales, llegadas a la cumbre, sálense fuera; levántanse sobre la espalda del Cielo, y, así levantadas, condúceles en ronda su circular movimiento y contemplan el espectáculo de lo que fuera del Cielo hay. [247c] “Ninguno de los poetas de acá ha celebrado aún en himnos este lugar supracelestial, ni lo celebrará jamás como se debe. [247c] Es, con todo, más o menos así: y hay que atreverse a poner en palabras lo verdadero, puesto que especialmente sobre Verdad razonamos. Una esencia (que lo es en realidad, sin color alguna, sin figura e intangible, espectáculo exclusivo para ese piloto del alma que es la inteligencia, objeto — peculiar de la ciencia verdadera, ocupa precisamente este lugar. [247d] "Pues bien: la razón de dios, nutrida en inteligencia y ciencia pura, al igual que la razón de toda alma preocupada por obtener alimento apropiado, habiendo visto-con-ideas y por un tiempo el ser-en-su-realidad le entra amor por lo verdadero, y del espectáculo de lo verdadero se nutre y en él se complace hasta que la circular revolución la vuelva al punto de partida. [247d] "Y mientras tal período dure tiene ante sus ojos a Justicia misma; está ante ellos Templanza; ve la Ciencia, no la afectada por el devenir ni la que es diversa según esas diversas cosas llamadas ahora por nosotros entes, sino aquella otra Ciencia que versa sobre Aquello que es ser-en-realidad. Y una vez, parecidamente, apacentada del espectáculo de los seres que lo son en realidad, desciende al interior del Cielo; vuelve a casa y, en llegando, instala el cochero los caballos en el establo, échales ambrosía, y néctar además por bebida. [248a] "Tal es la vida de los Dioses. [248a] "De entre las demás almas, la mejor, siguiendo a los dioses, consigue levantar la cabeza del cochero hacia el lugar fuera del Cielo; y, arrebatada por su circular revolución, a pesar de los caballos llega a ver, con dificultad es cierto, los en realidad seres; alma hay que a veces saca la cabeza, otras se le hunde y, haciendo fuerza a los caballos, vio unas cosas y otras no. Las almas restantes, todas anhelos por alturas, entran en el séquito; faltas de fuerza, las arrebata y sumerge la revuelta aglomeración, y se patean y empujan entre sí, al intentar adelantarse unas a otras. Armase grandísimo tumulto, confusión y sudor. De ahí que muchas almas, por impericia de los cocheros, queden lisiadas; y el plumaje de muchas, grandemente maltrecho. Pero todas, tras fatigas sin cuento, se alejan sin iniciarse en la contemplación del ser, y, lejos ya de él, sírveles de alimento la opinión. Que tales y tantos esfuerzos se enderezaban a ver-con-vista-de-ideas dónde se * halla la planicie de la Verdad, que en los prados de Allá está el pasto conveniente para la parte más excelsa del alma, y de él se nutre la naturaleza de las alas aligeradoras de alma. [248c] "Y el decreto de Adrastea [La Irresistible] es el siguiente: cualquier alma que, habiendo formado en el séquito de dios, haya visto-con-vista-de-ideas algo de las realidades de verdad, quede libre de penas hasta otra vuelta; y, si puede hacer siempre eso mismo, exenta quede de males para siempre. Cuando, empero, por no haber podido seguir, no haya visto nada, y a manos de un cúmulo de Azares gravite pesadamente bajo un colmo de olvido y maldad, y por tal peso se le dobleguen las alas y caiga a tierra, entonces es de ley que en su primer nacimiento no se injerte en ninguna naturaleza animal. El alma, por el contrario, que haya visto con-vista-de-ideas la mayoría de las realidades de verdad, injértese en simiente de varón nacido para amante de lo bello, para músico o para enamorado; el alma de segundo rango, en simiente de rey justo, de guerrero o de gran capitán; la de tercero, sea alma de político, intendente o financiero; la de cuarto, séalo de gimnasta, amigo de trabajos o de hombre nacido para la cura de cuerpos; la de quinto rango tenga vida de adivino o de — iniciador; con la sexta armonizará poeta o cualquiera otro de los dados a imitación; con la séptima, artesano o labrador; con la octava, sofista o demagogo; con la novena, tirano. [248e] ”Y en todos estos casos quien haya llevado vida justa obtendrá Lote mejor; quien injusta, peor. Que sólo al cabo de diez mil años llega cada una de las almas al estado mismo de donde partió. ¡Tanto tiempo ha de pasar para que le — nazcan alas!, —excepto al alma de quien sin dolo haya filosofado o según filosofía haya sido amante-de-donceles. [249a] "Si por tres períodos consecutivos de mil años eligen tales almas este género de vida nácenles las alas en tal trimilenario período, y en el año tres mil de él quedan libres; mientras que las demás, al terminar su primera vida, tócales su juicio; y, una vez juzgadas, van algunas de ellas a subterráneos correctorios para allí cumplir su sentencia; mientras que otras, aligeradas por la justicia, van a un determinado lugar del Cielo, donde llevarán una vida digna de la que — vivieron en el eidos de hombre. Empero, en el año mil, tanto a las unas como a las otras les llega el momento de sacar por suertes y aceptar su segunda vida, recibiendo cada una la que ella para sí se haya querido. Es el punto en que alma «ἀνθρώπου εἴδει ἐβίωσαν βίου. τῷ δὲ χιλιοστῷ ἀμφότεραι ἀφικνούμεναι ἐπὶ κλήρωσίν τε καὶ αἵρεσιν τοῦ δευτέρου βίου αἱροῦνται ὃν ἂν θέλῃ ἑκάστη· ἔνθα καὶ εἰς θηρίου βίον ἀνθρωπίνη ψυχὴ ἀφικνεῖται, καὶ ἐκ θηρίου ὅς ποτε ἄνθρωπος ἦν πάλιν εἰς ἄνθρωπον. οὐ γὰρ ἥ γε μήποτε ἰδοῦσα τὴν ἀλήθειαν εἰς τόδε ἥξει τὸ σχῆμα. δεῖ γὰρ ἄνθρωπον συνιέναι κατ᾽ εἶδος λεγόμενον, ἐκ πολλῶν ἰὸν αἰσθήσεων» (Burnet, 249b) [249b] humana entra en la vida de bestia, y sale de bestia y vuelve vio la Verdad, jamás llegará precisamente a forma humana. [249b] Es menester, en efecto, que el hombre propiamente dicho entienda según eidos, yendo desde multiplicidad de sensaciones hacia unidad, cerrada por razonamiento. Y en esto consiste el recordarse nuestra alma de aquellas cosas que una vez vio con vista-de-ideas, mientras acompañaba a dios y miraba desde arriba lo que ahora decimos ser, y levantaba su mente hacia el ser-realmente. Por esto, pues, únicamente el entendimiento del filósofo está alado, ya que en la medida de sus fuerzas está por la memoria y constantemente con aquellos seres que a dios hacen ser divino. El varón, pues, que de tales recordatorios derechamente se sirviere, al terminar su iniciación en misterios perfectos llegará a ser él solo en realidad de verdad perfecto. Apartado de los intereses humanos, vuelto hacia lo divino, tiénenlo los más por loco, y se les pasa por alto que está endiosado. [249d] Tal es el término del razonamiento íntegro acerca de la cuarta locura; que, cuando alguien ve la belleza de acá abajo y recordándose de la verdadera echa alas, y con las nuevas alas y ansias no puede volar y, cual pájaro, pone sus ojos en lo alto, y en descuido lo de abajo, causa sobrada tiene para quedar tocado de locura. Así que, entre todos los endiosamientos, éste es el mejor y de lo mejor tanto para el poseso como para quien de él participe; y por la posesión de esta Locura quien ama lo bello recibe el nombre de amante. Pues, como queda dicho, toda alma de hombre ha visto por naturaleza el espectáculo de los seres, de otra manera no hubiera llegado a ser este particular animal. Mas no es cosa fácil para toda alma recordarse de las cosas de Allá por las de acá, ni para las que sólo brevemente las vieron ni para las que, caídas acá abajo, tuvieron la malaventura de llegar a olvidar, arrastradas a lo malo por ciertas circunstancias, los sagrados espectáculos que presenciaron. Pocas quedan con suficiente poder de recordación; y, a éstas, una semejanza que vean cFe aquellos seres dáles golpe de gracia y ya no son dueñas de sí mismas, sin llegar a saber, con todo, qué es lo que les está pasando; y no pueden suficientemente discernirlo, porque en las imitaciones de acá abajo no se descubre en manera alguna el brillo propio de Justicia ni el de Templanza, y lo mismo respecto de cuanto hay de valioso para las almas. [250b] "Sólo mediante confuso instrumental y a duras penas, unos pocos llegan a contemplar en las imitaciones lo genuino e imitado. Entonces fue para ellos el momento de ver-con-vista-de-ideas lo Bello en su esplendor; entonces, cuando unidos al coro de los bienaventurados, formando también nosotros en el séquito de Júpiter, cada uno con su dios, vieron espectáculos y beatificantes visiones, y se iniciaron en aquel misterio que es de justicia llamar de todos el más bienaventurado. Misterio que orgiásticamente celebramos cuando, por Suerte, estábamos aún Íntegros, e impasibles para cuantos males el tiempo posterior nos tenía guardados; y se nos iniciaba en apariciones perfectas, simples, inmutables y beatíficas, a vista de ojos, entre resplandores de pureza, que puros estábamos aún y no marcados con esa señal que ahora llamamos cuerpo, pertinaz acompañante, prisioneros como ostras. Gracias sean dadas por esto a Memoria que haciéndonos añorar lo pasado, dilató tan largamente nuestras presentes palabras. [250c] "Como decíamos, pues, entre aquellos seres de verdad resplandecía la Belleza; mas, llegados acá, tenemos atisbos de ella, la esplendorosísimamente clara, a través de la más clara de nuestras sensaciones; porque es la vista de ojos la más aguda de las sensaciones que mediante cuerpo nos llega. Mas el Pensamiento no se deja ver; que, si parecidamente flechara la vista con claro eídolo de sí, levantaría en nosotros amores terribles, —y lo mismo hicieran las demás realidades amables. Por el momento sólo a la Belleza ha caído en suerte la de ser a la vez lo más esplendoroso y lo más amable. [250d] "Sin embargo, ni el iniciado de mucho tiempo atrás, ni el pervertido, son velozmente arrebatados y conducidos allá; a la Belleza misma, partiendo de acá: de la contemplación de las cosas denominadas bellas. No las mira reverentemente el pervertido; se entrega más bien al placer y se pone a andar o engendrar prole según ley de cuadrúpedo y, haciendo de la insolencia camarada, no teme ni se avergüenza de perseguir placeres contra naturaleza. [251a] "Quien, a la inversa, es recién iniciado, quien de aquellos seres en verdad fue gran espectador, cuando descubre en un rostro deiformes visos, belleza hermosamente reproducida, o cualquiera idea en cuerpo, estremécese primero y sobreviénele algo de aquellos transportes antiguos; después, absorta la mirada, adóralo como si fuera dios y, si no temiera parecer extremadamente loco, ofrecería a los donceles sacrificios, cual La a imagen de dios, cual a dios. Y es que, en el punto de tal visión, apodéranse de él, cual ataque de escalofrío, trasudores y calor desacostumbrados, porque, entrándosele por los ojos los efluvios de la Belleza, se caldeó; que por tales efluvios se reanima la naturaleza de las alas; y, caldeado, espónjanse los gérmenes que, endurecidos y encerrados, no pudieron antes germinar; bajo la afluencia del alimento hínchase, y pónese a crecer, el cañón del ala desde la raíz hasta el eidos entero del alma, puesto que, en otro tiempo, todo su eidos fue alas. Hierve, pues, toda ella en sí y rebulle; y lo que les pasa durante la dentición a los que están echando los dientes, —picazón y desasosiego— eso mismo siente el alma de quien comienza a echar alas: arde, desasosiégase, cosquilléale el naciente plumaje. Cuando, pues, posa los ojos en la belleza de un joven, recibe de allí efluvios y ríos de partículas, que por esto se llaman “Anhelos”, que la reaniman y caldean; aplácanse entonces sus dolores, reposa en gozo. [251d] “Cuando, por el contrarío, está fuera de tal corriente se reseca; y sécanse a la vez los poros de los canales por los que se abre paso la pluma y, cerrados así, interceptan su germinación. El ala, entonces, encerrada con el Anhelo salta cual palpitante pulso, urga los canales, cada pluma el suyo, de manera que, aguijoneada por todas partes el alma entera, se enfurece y gime, a la vez que goza, pues posee en recuerdos la Belleza. [251d] Tan desconcertante mezcla de sentimientos la aflige; enfurécese por la encerrona y, enloquecida, no puede descansar — las noches, ni durante el día reposar en nada y corre desalada hacia donde se figura saciará su vista: en poseedor de Belleza. Y una vez visto, encáuzase hacia él los anhelos y se suelta lo hasta entonces obstruido; cobra aliento, aplácanse aguijones y torturas y cosecha en un momento el más - delicioso de los placeres. Nada lo sacará de aquí a las buenas, y a nadie apreciará por sobre lo Bello; madres, hermanos, camaradas, todos están puestos en olvido; nada le importa que por incuria se le pierdan los haberes; desprecia en bloque las normas y los buenos modales de que hasta entonces se gloriaba; préstase a esclavo y a dormir donde se le permita, lo más cerca del deseado. Y es que, además de venerar al poseedor de la Belleza, encontró en él, en él solo, médico para sus grandísimos trabajos. [252b] «ἔχοντα ἰατρὸν ηὕρηκε μόνον τῶν μεγίστων πόνων. τοῦτο δὲ τὸ πάθος, ὦ παῖ καλέ, πρὸς ὃν δή μοι ὁ λόγος, ἄνθρωποι μὲν ἔρωτα ὀνομάζουσιν, θεοὶ δὲ ὃ καλοῦσιν ἀκούσας εἰκότως διὰ νεότητα γελάσῃ. λέγουσι δὲ οἶμαί τινες Ὁμηριδῶν ἐκ τῶν ἀποθέτων ἐπῶν δύο ἔπη εἰς τὸν ἔρωτα, ὧν τὸ ἕτερον ὑβριστικὸν πάνυ καὶ οὐ σφόδρα τι ἔμμετρον· ὑμνοῦσι δὲ ὧδε —» (Burnet, 252b) [252b] «Dan los mortales a Amor el nombre de “alado”; «ἔχοντα ἰατρὸν ηὕρηκε μόνον τῶν μεγίστων πόνων. τοῦτο δὲ τὸ πάθος, ὦ παῖ καλέ, πρὸς ὃν δή μοι ὁ λόγος, ἄνθρωποι μὲν ἔρωτα ὀνομάζουσιν, θεοὶ δὲ ὃ καλοῦσιν ἀκούσας εἰκότως διὰ νεότητα γελάσῃ. λέγουσι δὲ οἶμαί τινες Ὁμηριδῶν ἐκ τῶν ἀποθέτων ἐπῶν δύο ἔπη εἰς τὸν ἔρωτα, ὧν τὸ ἕτερον ὑβριστικὸν πάνυ καὶ οὐ σφόδρα τι ἔμμετρον· ὑμνοῦσι δὲ ὧδε —» (Burnet, 252b) [252c] "Pues bien: de entre los seguidores de Júpiter, el preso de Amor puede con el imponente peso del Dios cuyo nombre es «Alas». Mas cuando Amor se apodera de secuaces y conmilitones de Marte y llegan a creerse maltratados por sus amados, vuélvense asesinos y están prestos a sacrificarse a sí mismos y a sus donceles. Y parecidamente respecto de cada uno de los dioses del que se fue corista; se vive para honrarlo e imitarlo en la medida de las fuerzas; y mientras se conserve inmaculado durante esta su primera generación a la vida, inmaculada también será la manera de su trato y afección hacía los amados y hacia los demás hombres. [252d] ”Además: cada cual a su manera elige de entre los bellos un amor y, cual si fuera en realidad un dios, lo adora y hace de él para sí ídolos: objeto de adoración y arrobamiento. Los que son de Júpiter buscan en cierta manera a Júpiter en el alma del amado, pues miran si es de naturaleza filosófica y señorial y, cuando una vez encontrado, se dan a amarlo, hacen todo lo posible para que de hecho llegue a ser tal. Y si antes no pusieron manos a tal empresa, al hacerlo ahora apréndenlo por sí mismos o de quien pudieren; y a dar felizmente con la naturaleza de su Dios, por haber tenido sin escape fija intensamente la mirada — hacia ese Dios. Y cuando por virtud del recuerdo llegan a tocarlo y quedar por él endiosados, todo hábitos y empresas pasa a manos de él, en la medida que es posible al hombre entrar a partes con Dios. Y acreciéntase su amor al amado, porque a él ponen por causa de tales efectos; y aunque los hayan sacado de Júpiter, escanciándolos, cual las Bacantes, en el alma del amado, hacen de él, a medida de sus fuerzas, imagen asemejadísima con su Dios. [253a] ”Mas los que formaron en el séquito de Hera búscanse un amado de alma imperial; y, encontrado, condúcense hacia él en todo por semejante manera. Los que, a su vez, son de Apolo o de otro cualquiera de los dioses procuran, acompasando sus pasos con los de tal Dios, que tal resulte el natural de su doncel; y, una vez alcanzado esto, mediante buenos ejemplos suyos, consejos a los donceles y ordenada educación, encaminan las capacidades de cada uno hacia las hazañas propias e idea de su Dios, sin emplear para con sus donceles celos o maquinaciones de esclavo; pretenden, al contrario, ante todo y sobre todo, hacerlos perfectamente conformes consigo mismo y con el Dios para cuyo honor son. [253c] Tal es su empeño, tal la intención de los que aman según verdad; y, si a tenor de lo dicho realizan sus intentos, ¡será tan bella y beatificante la iniciación del amado, por un amigo enloquecido por Amor y en plan de conquista! [253c] "De conquistado a poseído se lo llevará de la siguiente manera: Según el comienzo de este mito dividimos a cada alma en tres partes, dos con eidos de caballo y una tercera con eidos de cochero. Quédenos ahora este punto por firme. De — entre los caballos, decíamos, uno es bueno, otro no. Empero, no dijimos particularmente en qué consistieran la virtud del bueno y la maldad del malo. Ahora es el momento de tratarlo. [253d] "De los dos, el de constitución más bella es de eidos esbelto, miembros equilibrados, erguidos de cerviz, ligeramente aguileño, blanco a la vista, negro de ojos, amante de la gloria con mesura y pundonor, y compañero en glorias verdaderas; déjase guiar sin golpes, con simple mandato, con sencilla palabra. [253e] El otro, resabiado, corpulento, disparejamente compuesto, duro de cerviz, grueso de testuz, chato de rostro, negra la color, grises los ojos, sanguinario, camarada de insolencia y petulancia, peludo de orejas, sordo, forzado obediente a aguijonado látigo. Cuando, pues, el cochero, a la vista ya del objeto amado, enardecida toda el alma por tal sensación, no puede ya con el cosquilleo y aguijonazos del deseo, el caballo dócil al cochero, refrenándose entonces como siempre por pundonor, reprime la querencia de abalanzarse sobre el amado. Empero, el otro caballo que no atiende ni a puntas ni a látigo ” del cochero dispárase en violento salto y, poniendo en toda clase de apuros a su pareja y al cochero, los fuerza a precipitarse sobre el doncel y traerle a la memoria los dones Venéreos. [254a] Al principio aquellos dos se resisten; se indignan cual forzados a cosas abominables y contra ley; pero, al fin, cuando la maldad no respeta ya barreras, terminan por dejarse llevar, conviniendo y cediendo a tales imposiciones. Y así llegan hasta el amado y descúbrese ante sus ojos la deslumbrante aparición del doncel. Y en viéndolo que lo ve el cochero, arrebatásele la memoria hacia la naturaleza de lo Bello, y vuelve a verla acompañada de Sapiencia y levantada sobre sagrado pedestal. [254b] "A su vista, temor y reverencia lo hacen retroceder y le fuerzan a tirar de las riendas con vigor tal que los caballos se sientan sobre sus ancas; uno de ellos, de buena gana, pues no recalcitra; el otro, el indómito, contra todo su querer. Y mientras retroceden, se le empapa al uno el alma entera de reverente y temeroso sudor, mientras que el otro, aplacado el dolor del bocado y de la caída, y recobrado apenas el aliento, prorrumpe en furiosas invectivas y en malas palabras contra cochero y pareja de tiro, cual si por cobardía y falta de virilidad hubieran abandonado puesto y común empresa. Y los fuerza una vez más a proseguir; y a duras penas obtienen de él que lo deje para otra ocasión. Empero, llegado el tiempo convenido, recuérdaselo a los fingidos desmemoriados; los fuerza, relincha, obliga con tirones a acercarse para aquello mismo, para lo dicho, al doncel. Y una vez cerca, encabrítase, despliega la cola, tasca el freno, tira con desvergüenza. Mas el cochero sintiendo más que nunca aquel otro sentimiento, cual si topara con barrera, con mayor violencia que nunca tira hacia atrás del bocado del caballo insolente; pone en carne viva mal hablada lengua y quijadas, y haciendo dar en tierra patas y ancas, «entrégalo a los dolores». [254e] "Cuando el mal caballo haya hecho muchas veces esta misma experiencia, depondrá su insolencia y seguirá humildemente las prescripciones del cochero y, cuando vea lo Bello, desfallecerá de terror. Resultado: que el alma del amante seguirá al doncel con reverencia y temblor, dedicándosele con igual y tanta devoción como si fuera Dios, sin ficción alguna por parte del amante, sintiéndolo en realidad de verdad; y aun al amado mismo nácele entonces amistad hacia su devoto: y si en tiempos pasados le llegaron a persuadir calumniosamente camaradas y otros de que era vergonzoso volverse accesible al enamorado y por tal motivo lo rechazó, progresando El tiempo, la edad y la fuerza de las cosas lo han conducido ya a otorgarle su amistad, porque no está predestinado el malo para amigo del malo ni el bueno para no ser amigo del bueno. [255b] Aceptado, pues, y admitido a palabras y a trato, la benevolencia natural del amante dará, de cerca, golpe de gracia al amado, pues advertirá que todos los demás juntos, amigos y familiares, no pueden ofrecerle Lote de amistad comparable con el del amigo endiosado. [255b] “Y pasado en tales acciones conveniente tiempo, junto con el trato asiduo en gimnasios y demás reuniones, saltará copiosa hacia el amante la fuente de aquel río que Júpiter, enamorado de Ganymedes, llamó «Anhelo». Una parte de ella se sumirá en el amante mismo; otra, una vez lleno a rebosar, se desbordará hacia afuera; y a la manera como viento y eco, rebotando en liso y sólido, vuelven a donde salieron, así retorna el río de lo Bello a través de los ojos hacia el bello. Y éntrese por donde se entrare en el alma, llega y la hinche, reaviva los canales de las plumas, e impúlsalas a desarrollarse en alas; y ha llenado también a rebosar el alma del amado. [255d] Ama, pues, sin saber a quién; no se explica lo que le pasa ni hallará palabras para decirlo; a la manera de quien enfermó de ojos por mirada de otro, que no sabe explicárselo, pues mirándose cual en espejo en el amado, se olvidó de sí. A presencia del amado aplácansele, al igual que a él, los dolores; en ausencia, renacen deseo y ser deseado, pues en vez de Amor tiene eidolillo de Amor. Mas no lo llama Amor ni aun cree lo sea, sino amistad; desea, por manera parecida aunque menos fuerte que la del amante, ver de ojos, tocar, besar, dormir juntos. Y es grandemente verosímil que tras estas cosas vengan presto estotras: juntos en el lecho, de los dos caballos del amante el desenfrenado tiene algo que decir contra el cochero y juzga debidos pequeños goces en pago de tamaños trabajos; el del doncel, por su parte, sin decir palabra, henchido y desconcertado, rodea con sus brazos al amante y bésalo cual si acariciara al más benévolo de los amigos; y mientras así están no sería capaz, por su parte, de ” negar favor alguno al amante si por ventura lo pidiese; mas su pareja y el cochero se oponen por pudor y por razón. [256a] "Si, pues, guiado por lo mejor de la mente llegare victoriosamente a filosófica y ordenada vida, la pasarán también acá con dicha y en concordia, continentes y mesurados, poniendo en cadenas lo que engendra la maldad en el alma, dando libertad a lo que cría virtudes. Y llegados al fin de la vida, alados ya y ligeros, habrán vencido en uno de los tres certámenes olímpicos de verdad, bien tan grande que no lo pueden proporcionar mayor al hombre ni la humana sabiduría ni la locura divina. [256b] "Mas si llevaren vida baja, sin amor-a-la-sabiduría y con amor-a-la-honra, pudiera muy bien pasar que, durante borracheras u otro cualquiera descuido, tomen por sorpresa los dos caballos indómitos cada uno a su alma; y, puestos a la una, escojan y realicen lo que los más tienen por la más feliz de las elecciones. Y realizado, lo repetirán en adelante, mas no con frecuencia, que tales obras no llevan la plenaria aprobación del alma. [256c] Amigos son, sin duda, éstos; mas lo son mucho menos que aquellos que perseveran en mutua amistad durante el amor en acto y fuera de él, convencidos de haberse dado y recibido las máximas seguridades de que ya no será lícito, desatándolas, trocarse en enemigos. [256d] “Y al término de la vida, sálense del cuerpo, sin alas por cierto, mas con impelentes deseos de nuevas alas, recompensa de seguro no menguada de la amorosa locura, porque es de ley que quienes emprendieron ya la supracelestial peregrinación no vayan a la subterránea región de las sombras; lleven, por el contrario, vida de luz, en dichosa y común peregrinación, con simultáneo nacimiento de alas, por gracia de su amor. [256e] Tantos, tales y tan divinos jovencito, son los dones que de la amistad del enamorado proceden; mientras que la familiaridad del que no es amante, aleada de prudencia mortal, administrada mortal y parsimoniosamente, engendra en el alma del amado una falta de libertad que la plebe ensalza cual virtud y que le valdrá por añadidura peregrinar, desatentado, nueve millares de años alrededor y bajo la tierra. [257a] Acepta. Amor querido, como ofrenda y expiación, esta palinodia; la más bella y mejor según todo nuestro poder, dicha entre otras cosas con poéticas palabras, por imposición de Fedro. [257a] “Perdón para mis primeras palabras, gracias para estotras; sé benévolo y propicio; no retires de mí ni estropees por ira esta técnica amorosa, don tuyo a mí; otórgame, por el contrario, más y más que al presente, estar en favor ante los bellos. [257b] "Y si en lo pasado te dijimos Fedro y yo alguna palabra dura, pónla a cuenta de Lisias, padre de este razonamiento; haz que cese de hablar semejantes palabras y se convierta «la filosofía, como su hermano Polemarco, para que, convertido, no tenga su amante, aquí presente, que andar indeciso como ahora, sino que, pura y simplemente y en compañía de filosóficas razones, encamine su vida hacia Amor”. [257b] Fedro: Uno a tu plegaria la mía, Sócrates, y hágase si ha de redundar en mayor bien nuestro. [257b] En cuanto a tu discurso, hace rato que me ha puesto en admiración cuánto por obra tuya supera en belleza al primero, de manera que temo no me parezca Lisias rastrero, si por ventura quisiere enfrentar con el tuyo otro. Que, por cierto. Sócrates admirable, uno de los políticos le reprendía poco ha y le reprochaba eso mismo y, entre los reproches, le llamó "logógrafo”. Pero tal vez por amor propio se abstenga de hacerlo ante nosotros. [257c] Sócrates: Cosa de risa, joven, es lo que dices; y te equivocas ampliamente acerca de tu amigo si piensas que por tales ruidos le va a entrar miedo, y hasta te crees que el reprensor dijo lo que dijo en plan de reproche. [257d] Fedro: Así lo parecía, Sócrates, pues aun tú mismo sabes que los grandes potentados y los más respetables entre los ciudadanos se avergüenzan de poner por escrito sus discursos y dejarlos a la posteridad, temerosos de que corriendo los tiempos, se les llame sofistas. [257e] Sócrates: Se te ha pasado por alto aquello de «dulce recodo», Fedro; y, aun dejando de lado eso del recodo, olvidas que los políticos de grandes vuelos se complacen en ser escritores y en dejar escritas sus palabras; y, en efecto. cuando escriben algún discurso, se regodean en las alabanzas, tanto que comienzan inscribiendo los nombres de quienes, en cualquiera ocasión, los hubieran alabado. [258a] Fedro: ¿Cómo dices?, que no lo entiendo. [258a] Sócrates: ¿No adviertes que en el comienzo mismo de todo escrito político consta por escrito ante todo el nombre del aprobante? [258a] Fedro: ¿Cómo? [258a] Sócrates: “Ha parecido al Consejo o al Pueblo” 0 a ambos —tal es más o menos la fórmula— “a propuesta de tal...”; y el escritor habla entonces de sí mismo con gran solemnidad y encomio; después de lo cual, desplegando ostentosamente su sabiduría ante los aduladores, compone a veces bien largo escrito. Y, ¿no te suena todo ello a discurso hecho , [d para escrito? [258b] Fedro: No otra cosa a mí, por cierto. [258b] Sócrates: Pues bien: si tal discurso se tiene, su autor sale del teatro rebosante de gozo; mas si no se lo transcribe y se queda el autor sin copia de su discurso y cual no digno de ser escritos, duélense él y sus amigos. [258b] Fedro: Y mucho. [258b] Sócrates: Claro indicio, por tanto, de que no desprecian tal práctica sino que la admiran. [258b] Fedro: Pues, así es. [258b] Sócrates: Ahora bien: cuando un orador o un rey, con poderes como los de Licurgo. Solón o Darío, se ha hecho capaz de llegar a ser en una Ciudad escritor inmortal, ¿no se tiene, aun en vida, él mismo a sí mismo por igual a los dioses?; y, a la vista de sus escritos, ¿no piensa eso mismo de él la posteridad? [258c] Fedro: Y mucho. [258c] Sócrates: ¿Piensas, pues, que uno cualquiera de los políticos, sea cual fuere su animosidad hacia Lisias, le reprocharía eso mismo de ser escritor? [258c] Fedro: No es probable, por lo que dices, pues se reprocharía a sí mismo sus deseos. [258d] Sócrates: Es, pues, cosa para todos manifiesta que nada tiene de vergonzoso escribir discursos. [258d] Fedro: No hay por qué. [258d] Sócrates: Mas en mi opinión es ya cosa fea no hablar y escribir con belleza sino fea y malamente. [258d] «Σωκράτης τοῦτο μὲν ἄρα παντὶ δῆλον, ὅτι οὐκ αἰσχρὸν αὐτό γε τὸ γράφειν λόγους. τί γάρ; ἀλλ᾽ ἐκεῖνο οἶμαι αἰσχρὸν ἤδη, τὸ μὴ καλῶς λέγειν τε καὶ γράφειν ἀλλ᾽ αἰσχρῶς τε καὶ κακῶς. δῆλον δή. τίς οὖν ὁ τρόπος τοῦ καλῶς τε καὶ μὴ γράφειν; δεόμεθά τι, ὦ Φαῖδρε, Λυσίαν τε περὶ τούτων ἐξετάσαι καὶ ἄλλον ὅστις πώποτέ τι γέγραφεν ἢ γράψει, εἴτε πολιτικὸν σύγγραμμα εἴτε ἰδιωτικόν, ἐν μέτρῳ ὡς ποιητὴς ἢ ἄνευ μέτρου ὡς ἰδιώτης.» (Burnet, 258d) [258d] Fedro: Es claro. [258d] Sócrates: ¿Cuál es, pues, la manera de escribir bellamente o no? ¿Nos hace falta alguna, Fedro, preguntar acuciosamente a Lisias sobre este punto o a otro cualquiera de los que hayan escrito algo o hayan de escribir, sea escrito público o privado, con métrica cual los poetas o sin métrica como uno cualquiera? [258e] Fedro: ¿Preguntas si nos hace falta? Pues, ¿para qué otros placeres sino para éstos, valga la palabra, se ha de vivir?; que no para aquellos otros de los que sólo se goza si les ha precedido dolor; y casi casi son tales todos los placeres Sócrates, corazón por la cual justamente se los llama serviles. [258e] Sócrates: Me parece que tenemos tiempo para tales preguntas. Y me parece además que las cigarras, cantando sobre nuestras cabezas, y dialogando entre ellas, como en lo fuerte del estío, nos están mirando. Si vieran, pues, que nosotros dos nada menos, como los más al mediodía, no conversamos sino que sesteamos y cedemos a la seducción de sus cantos por pereza mental, se rieran con justicia de nosotros, tomándonos por esclavos que se les vinieron a refugiar aquí, coma ovejas para echar la siesta junto a la fuente. Mas si nos viesen conversar y pasar junto a ellas, cual navegantes no vencibles por encanto de Sirenas, tal vez nos diesen complacidas aquel regalo que de parte de los dioses tienen para darlo a los hombres. [259b] Fedro: Pero, ¿tienen algo así?, porque me parece no haber oído hablar de él. [259b] Sócrates: En verdad, en verdad que no le está bien a varón amante-de-Musas no haber oído hablar de semejantes Cosas. [259b] Cuéntase, pues, que las cigarras fueron en otro tiempo hombres de los nacidos antes que las Musas. Nacidas, empero, las Musas, y aparecido el canto, a algunos de ellos los sacó tan fuera de sí el placer que, cantando cantando, descuidaron comer y beber, y sin darse cuenta murieron. Y desde entonces procede de ellos el linaje de las cigarras, que ha recibido cual don de las Musas el de vivir sin comer, y poder, no obstante, cantar sin comer ni beber, y así hasta la muerte; y, juntándose después de ella con las Musas, notificarles quién de acá las honra y a quién de ellas en particular. Y así notificando a Terpsícore quiénes la han honrado en los coros, vuélvenla benigna para con ellos; y parecidamente a Erato, con los dados a cosas de amor; y por semejante manera a las demás según el eidos de honor apropiado a cada una. [259d] Empero, a Calíope, la más antigua y veneranda, y a Urania, su segunda, notifícanles quiénes son los que pasan su vida en filosofía, honrando así la música de estas dos Musas que, entre todas y sobre todas, dan sobre el Cielo, sobre lo divino y humano razones difundidas en bellísimas voces. [259d] Por muchas razones, pues, se ha de hablar y no sestear al mediodía. [259d] Fedro: Hablemos, pues. [259e] Sócrates: Consideremos la cuestión poco ha propuesta: cuál será la manera bella de decir y de escribir un discurso y cuál no. [259e] Fedro: Está claro. [259e] Sócrates: ¿No será menester que en las cosas bien y bellamente dichas se contenga como principio el pensamiento del que las está diciendo, pensamiento que sepa-con-ideas la verdad de lo que en cada momento va a decir? [259e] Fedro: Sobre este punto, querido Sócrates, tengo oído lo siguiente: que no es imprescindible para quien haya de ser orador saber qué es, en real'dad, lo justo, sino lo que por justo tiene la plebe, pues ella es la que juzga; ni qué sea, en realidad, lo bueno o lo bello, sino lo que parezca a la plebe, —que por las apariencias, no por la verdad, se convence. [260a] Sócrates: «No hay que rechazar», Fedro, «las palabras» que pronuncian los sabios, sino considerarlas, no ser que digan algo; y así no despachemos lo que acabas de decir. [260a] Fedro: Correctamente dicho. [260a] Sócrates: Considerémoslo, pues, así. [260a] Fedro: ¿Cómo? [260b] Sócrates: Si intentara persuadirte de que salieres a pelear contra los enemigos porque posees caballo, mas ni tú ni yo supiéramos nada acerca de Caballo, y yo supiera acerca de ti solamente esto: que, a juicio de Fedro. Caballo es, de entre todos los animales domésticos, el que tiene mayores orejas... [260b] Fedro: Sería ridículo, Sócrates. [260b] Sócrates: No, aún no. Mas si pretendiera esforzadamente persuadirte, componiendo en alabanza del asno un discurso en cfue le diera por nombre el de “caballo”, y afirmara que vale toda la pena tener tal tesoro de animal en casa y para el ejército, pues sirve para combatir montada y es de gran ayuda para llevar bagajes y tantas otras cosas,. [260c] Fedro: Sería ya el colmo del ridículo. [260c] Sócrates: Pero, ¿no es preferible amigo ridículo a enemigo discreto? [260c] Fedro: Es evidente. [260c] Sócrates: Cuando, pues, el orador, ignorando bueno y malo, se ponga a persuadir a una Ciudad, igualmente ignorante, no acerca de «sombra de asno», ponderándola cual si fuera de caballo, sino acerca del mal cual si fuere bien; mas, preocupándose de las opiniones de la plebe, persuada a hacer el mal en lugar del bien, ¿qué fruto de lo que sembrá, piensas, recogerá según esto el arte retórica? [260d] Fedro: Uno, no muy recomendable. [260d] Sócrates: Mas, Fedro bueno, ¿no habremos insultado más de lo debido al Arte de las palabras?, quien tal vez nos replicara: “¿qué tonterías estáis diciendo, admirables? A ninguna de los que ignoran lo verdadero fuerzo yo a que aprenda el arte de hablar; mas, si mi consejo vale algo, antes de adquirirme poséase la verdad, Proclamo, con todo, que sin mí no sirve gran cosa para persuadir según arte el saber alguien con saber-de-ideas qué son las cosas”. [260e] Fedro: Y al decirlo así, ¿hablara con justicia? [260e] Sócrates: Digo que sí, —si las razones aducidas en favor de ella testifican que es arte. Porque me parece como si estuviera oyendo otras razones que vienen y testifican que miente, que no es arte, sino simple pasatiempo. «No hay, ni habrá jamás, dice el Laconio, arte auténtica sin estar en contacto con la Verdad». [261a] Fedro: Vengan, pues, tales razones, Sócrates; preséntalas aquí; examina qué es lo que dicen y cómo. [261a] Sócrates: Comparecer, pues, nobles criaturas, y persuadid a Fedro, padre de bellos infantes, de que, si no ha filosofado suficientemente, no será capaz de hablar jamás sobre nada. Que responda Fedro. [261a] Fedro: Preguntad. [261a] Sócrates: ¿Que no sería el arte retórica, tomada con integridad, algo así como una psicagogía mediante razones, no sólo en los juzgados y demás lugares de pública reunión sino en privado, una e idéntica, verse sobre cosas pequeñas o grandes, sin hacerse más honorable por tratar de asuntos importantes que de livianos, mientras sean rectos? ¿Así es como has oído hablar de este punto? [261b] Fedro: No, por Júpiter!, no del todo así: que se habla y escribe según esta arte en los procesos judiciales y se habla según ella además en las asambleas populares, y no he oído se extienda a más. [261b] Sócrates: Pero, ¿es que sólo has oído hablar de las «Artes oratoriam» de Néstor y de Ulises, que, en sus ratos de ocio ante Troya, redactaron; y no llegaste a ofr las de Palamedes? [261b] Fedro: Pues, por Júpiter!, que no de las de Néstor: a no ser que estés disfrazando a Gorgias de Néstor; y a Trasímaco y Teodoro, de Ulises. [261b] Sócrates: Tal vez. Mas dejémoslos en paz, y dime: ¿qué hacen en los tribunales los oponentes? ¿No es, cierto, contradecirse? ¿O qué diremos hacen? [261b] Fedro: Precisamente eso. [261b] Sócrates: ¿Lo mismo acerca de lo justo que de lo injusto? [261b] Fedro: Sí. [261b] Sócrates: Según esto, pues, ¿quién así hablare con arte hará parecer lo mismo una vez como justo y, cuando lo quisiere, como injusto?... [261d] Fedro: Cierto de algún modo. [261d] Sócrates: Y en las asambleas populares, ¿hará parecer a la Ciudad las mismas cosas una vez como buenas y otras, al revés, como malas? [261d] Fedro: Así es. [261d] Sócrates: ¿No sabemos, pues, que el Palamedes de Elea razonaba con tal arte que hacía parecer a los oyentes las mismas cosas como iguales y como desiguales también, como unas y plurales, cual permanentes y, a la vez, como movidas? [261d] Fedro: Bien que lo sabemos. [261d] Sócrates: Luego no se emplea solamente el arte de — contradecir en juzgados y asambleas populares, sino, al parecer, y supuesto que exista, se daría para todos los tipos de discurso una sola arte por cuya virtud cualquiera de los potentes en palabra sería capaz de hacer todo semejante a todo y con los medios que pudiere, y, si otro lo hace también, mas lo oculta, sacarlo a luz pública. [261e] Fedro: ¿En qué sentido lo dices? [261e] Sócrates: Creo que se aclarará si seguimos este procedimiento: ¿dónde se engendra mejor una ilusión: entre cosas muy desemejantes o poco desemejantes? [262a] Fedro: En las poco desemejantes. [262a] Sócrates: Pues bien: si la transición es gradual, tu llegada a lo contrario pasará más desapercibida que si la hicieres a grandes pasos. [262a] Fedro: ¿Como no? [262a] Sócrates: Es preciso, pues, que quien pretenda engañar a otro, sin ser víctima de su propio engaño, distinga según exactas ideas semejanzas y diferencias entre los seres. [262a] Fedro: En verdad, es necesario. [262a] Sócrates: Quien, pues, ignore la verdad de cada cosa, ¿será capaz de conocer y distinguir respecto de la cosa desconocida su semejanza, pequeña o grande, con las demás? [262b] Fedro: Imposible. [262b] Sócrates: Evidentemente, pues, a los que juzgan contra la realidad de verdad y se engañan se les entró tal accidente a través de ciertas semejanzas. [262b] Fedro: Así en efecto sucede. [262b] Sócrates: ¿Hay, pues, manera de ser tan hábil en graduales transiciones, conducidas en cada cosa a través de semejanzas desde una realidad hasta su contraria, y, con todo escapar uno mismo a tal peligro, aun sin conocer lo que es cada uno de los seres? [262b] Fedro: No la hay jamás. [262b] Sócrates: Pues, compañero, la arte de palabras que despliegue el ignorante de la verdad, mas cazador de opiniones, resultará al parecer, ridícula y sin arte alguna. [262b] Fedro: Así parece. [262b] Sócrates: ¿Quieres, pues, ver si en el discurso de Lisias que contigo traes, y en los que dijimos nosotros, hay algo vacío de arte o lleno de ella? [262b] Fedro: Más que nada, porque estamos hablando desnudamente sin presentar convenientes ejemplares. [262b] Sócrates: Pues, por suerte, al parecer, se dijeron aquí dos discursos.que ofrecen a quien conozca la verdad ocasión ejemplar para, jugando con palabras, descaminar a sus oyentes. Y de esto.echo la culpa, Fedro, a las divinidades de este lugar: pudiera ser también que estos intérpretes de las Musas, que sobre nuestras cabezas cantan, nos hubieran insuflado tal on, que yo, de mí, nada tengo de esta arte de la palabra. [262d] Fedro: Sea como dices; pero cuando menos explícame qué afirmas. A [262d] Sócrates: Reléeme el comienzo del discurso de Lisias. [262e] Fedro: «Mi caso, bien lo conoces, y has oído además que pienso habernos pasado todo de la más conveniente manera. Y no me juzgo infeliz porque me falte precisamente llegar a ser amante tuyo. Que se arrepienten aun aquellos.». [262e] Sócrates: Basta. ¿En qué falta, pues, Lisias?, y, digámoslo, ¿qué compuso sin arte? ¿Es esto? [263a] Fedro: —Sí. [263a] Sócrates: ¿Y no es para todos manifiesto que sobre ciertos puntos de éstos estamos de acuerdo y discutimos en otros? [263a] Fedro: Me parece comprender lo que dices; con todo explícalo un poco más claramente. [263a] Sócrates: Cuando alguien pronuncia el nombre de hierro o plata, ¿no pensamos todos en la misma cosa? [263a] Fedro: Absolutamente. [263a] Sócrates: Pero y ¿cuándo se pronuncia el de justo o bueno? ¿No va cada uno por las suyas, disintiendo unos de otros y cada uno consigo mismo? [263a] Fedro: Pues así es en verdad. [263b] Sócrates: Concordamos, pues, en unas cosas y. En otras no. [263b] Fedro: Así es. [263b] Sócrates: ¿Y en cuál de los dos casos nos engañamos más fácilmente, y en cuál de ellos tiene mayor poder el arte retórica? [263b] Fedro: Es claro que en casos de desorientación. [263b] Sócrates: Según esto, pues, quien vaya a emprender el arte retórica debe ante todo dividir según reglas tales casos y hacerse con un carácter distintivo de cada uno de los dos eídoses: de aquel en que la plebe va necesariamente desorientada; y de aquel en que no. [263c] Fedro: El que tal llegare a poseer, Sócrates, bello eidos por cierto tuviera entendido. [263c] Sócrates: ¿Además, es menester, en mi opinión, no pasar por alto sino percibir agudamente respecto del caso particular de que se va a tratar, a cuál de los dos géneros pertenece. [263c] Fedro: Naturalmente. ' [263c] Sócrates: Pues bien: ¿diremos que el Amor entra en la clase de las cosas sujetas a duda o en la de las que no lo están? [263c] Fedro: A las sujetas a duda, por cierto. ¿O crees que hubieras podido decir lo que acerca de él acabas de decir «que es perjudicial para amado y amante y, al revés, que por Ventura es el mayor de los bienes»? [263d] Sócrates: ¡Magníficamente dicho! Pero dime, pues yo por el entusiasmo no me acuerdo perfectamente, si al comienzo del discurso definimos a Amor. [263d] Fedro: Sí, por Júpiter!, y con rigor extremado. [263d] Sócrates: — ¡Ay!, ¡y cuán superiores en el arte de la palabra son, por lo que dices, las Ninfas, hijas de Aqueloo y de Pan, hijo de Mercurio; respecto de Lisias, hijo de Céfalo! O no sé lo que me digo, o ¿es que Lisias, ya desde el principio de su discurso sobre lo del amor, nos obligó a suponer que el Amor es un particular ser entre los seres, el que él quiso; y, ordenando ya todo respecto precisamente de él, dio término al resto del discurso? ¿Quieres que una vez más releamos el comienzo? [263e] Fedro: Si tal te parece; mas no se encuentra allí lo que buscas. [263e] Sócrates: Lee, para que yo lo oiga de él mismo. [263e] Fedro: «Mi caso, bien lo conoces; y has oído además que pienso habernos pasado todo de la más conveniente manera. Y no me juzgo infeliz porque me falte precisamente llegar a ser amante tuyo. Que se arrepienten aun de lo que bien hicieron aquellos a quienes se les colmó el apetito...». [264a] Sócrates: Muy lejos, al parecer, anda de hacer lo que buscamos quien intenta seguir la corriente del razonamiento, no desde su principio sino desde el final, de espaldas y al revés; y comienza por lo que, al terminar, diría el amante al doncel. ¿Dije algo, Fedro, cabeza querida? [264b] Fedro: Por cierto, Sócrates; que, en verdad, el razonamiento versa sobre lo que de suyo es final. [264b] Sócrates: Y, ¿qué de lo restante? ¿No parece haber hecho un revoltijo con todas las razones? ¿O se descubre la necesidad de que lo dicho en segundo lugar tenga que ocupar El segundo y no lo ocupe cualquiera otra cosa de las dichas? A mí, ignorante integral, me pareció que, no sin dignidad, el escritor iba diciendo lo que le venía. Pero tal vez conozcas tú alguna necesidad de orden logográfico por la que dispuso las cosas en esa relación de unas a continuación de otras. [264b] Fedro: Bondad tuya es eso de juzgarme por suficiente y exacto discernidor de sus razones. [264c] Sócrates: ¿Convendrás, sin embargo, —así lo pienso— en que todo discurso ha de constituirse a manera de viviente con un cierto cuerpo que sea suyo, de modo que no esté sin pies ni cabeza, sino con partes medias y extremidades, convenientemente escritas y compuestas entre sí y respecto del todo? [264c] Fedro: Pues, ¿cómo no? [264c] Sócrates: Considera, según esto, si el discurso de tu está o no en este caso; y encontrarás que en nada de aquella inscripción grabada según dicen algunos la tumba de Midas el Frigio. [264d] Fedro: ¿Cuál es y sobre qué suceso? [264d] Sócrates: Es más o menos esta: «Virgen de bronce soy; sobre el sepulcro de Midas descanso y mientras navegue el agua y los grandes árboles florezcan permaneceré aquí sobre tan llorada tumba, diciendo a los que por ella pasaren: aquí yace enterrado Midas». Nada de la inscripción se altera si se pone un verso en primer o en último lugar. Supongo que lo notas. [264e] Fedro: Te estás burlando de nuestro discurso, Sócrates. [264e] Sócrates: Dejémoslo, pues, en paz para que no te aunque, verdaderamente, abunda en ejemplos que. [264e] nos ayudarían, cuidando naturalmente de no más de lo debido. Vengamos a los otros razonamientos, pues, en mi opinión, había en ellos algo digno de para quienes pretenden estudiar la idea de [265a] Fedro: ¿A qué te refieres? [265a] Sócrates: A que eran contrarios, pues decía uno de que era preciso hacer de sí don para el amante; y el [265a] Fedro: Y, ¡cuán virilmente lo dijeron! [265a] Sócrates: Creí que ibas a decir la palabra verdadera: alocamente», pues esta era la que buscaba, ya que afirser el amor una cierta locura, ¿Es así? [265a] Fedro: Sí. [265a] Sócrates: Ahora bien: hay dos eídoses de locura: una proviene de enfermedades humanas; otra, producida por trastrueque divino de nuestros comportamientos habituales. [265b] Fedro: Absolutamente cierto. [265b] Sócrates: Y dividimos la locura divina en cuatro paradscritas a cuatro dioses, atribuyendo a Apolo la inspiración adivinadora, a Baco la iniciadora en “misterios, la poética la las Musas, la cuarta a Venus y a Amor, proclamando por fin la supremacía de la locura amorosa. Pero no sé cómo, mientras describíamos figuradamente la pasión amorosa, —tocando tal vez alguna verdad, pasando otras cosas por alto, haciendo una no del todo sospechosa mezcla de razones— juega jugando compusimos en mesuradas y reverentes razones un himno mítico a tu dueño y mío. Fedro; a Amor, guardián de muchachos bellos. - [265c] Fedro: Y por mi palabra que no fue desagradable de ofr. [265c] Sócrates: 'Tomemos este punto: cómo se las arregló el discurso para pasar de reprensión a elogio. [265c] Fedro: ¿En qué sentido lo dices? [265c] Sócrates: Me parece que, en conjunto y en realidad de verdad, todo fue un juego; pero en algunas de las cosas que al azar se dijeron jugamos con dos eídoses que, si se pudieran captar con arte, no fuera por cierto desagradecida faena. [265d] Fedro: ¿Cuáles? [265d] Sócrates: Abarcando en una mirada lo múltiplemente disperso conducirlo a una idea para que, quien haya de definir cada cosa en particular, ponga en claro qué es lo que en rigor pretende enseñar. [265d] No otra cosa se hizo ahora acerca de Amor; se definió, bien o mal, qué es, y por tal medio el discurso halló para decir bellas y consigo mismas concordes palabras. [265d] Fedro: Y, ¿Cuál, Sócrates, es el otro eidos de que hablabas? … [265e] Sócrates: El poder inverso: dividir según eídoses, según naturales articulaciones, sin ponerse a descuartizar parte alguna a la usanza de mal cocinero. Más bien, como los dos discursos presentes que tomaron la demencia cual uno y común eidos. Y así como de un cuerpo nacen dobles y homónimos ' miembros, designados como siniestro y derecho, de semejante manera los dos discursos dichos han considerado la locura mental cual si naciera en nosotros de un solo eidos. Mas uno de ellos lo ha cortado por la parte izquierda y vuéltolo a cortar, y no ha cejado hasta que, encontrando en estas partes un cierto amor siniestro, dióle, y en justicia, nombre de oprobio; mientras que el otro discurso, llevándonos hacia la parte derecha de la locura, descubrió en ella, a pesar de la igualdad de nombre con la primera, un cierto amor divino y, en descubriéndolo, alabó en él la causa de nuestros mayores bienes. [266b] Fedro: Dices la verdad de la verdad.; [266b] Sócrates: Por mi palabra, Fedro, que estoy enamorado de tales divisiones y reconducciones que le hacen a uno capaz de hablar y de pensar. Además: si descubro en alguien aptitud para mirar hacia unidad y capacidad natural para dar una mirada a la pluralidad, lo persigo y «sigo-sus huellas cual si fuesen las de un dios». Y a los que tal puedan -hacerles doy por ahora, dios sabe si es 9 no denominación -correcta, el nombre de "“dialécticos”. Pero dime tú ahora, ¿cómo se ha de llamar a los que de ti y de Lisias aprenden tales cosas?, o ¿no es ésta aquella arte de palabras por cuya virtud 'Trasímaco y los demás llegaron a ser sabios en hablar, y hacer tales a quienes se decidan a ofrecerles dones como a reyes? [266c] Fedro: Varones reales son, mas no entendidos en lo que preguntas. Con todo me parece que das su nombre correcto a este eidos al llamarlo “dialéctico”;- pero lo Retórico se nos escapa todavía, me parece. [266d] Sócrates: ¿Qué dices? ¿Puede darse algo bello que, aun privado de eso, lo acoja el atte? No desdeñemos tú y yo decir qué queda para la retórica. 1 [266d] Fedro: Grandísimo número de cosas, Sócrates; las de los libros que sobre el arte retórica se han escrito. [266d] Sócrates: Bellamente me lo recordaste. La primera, creo, es el proemio, o cómo se debe hablar al comienzo del discurso. ¿A tales coses llamas —¿no es así?— refinamientos del arte? [266e] Fedro: Sí. [266e] Sócrates: La segunda es la narración con los testimonios en su favor; la tercera, indicios probatorios; la cuarta, verosímiles conjeturas. Y creo que, además de la prueba de creer; habla de otra prueba suplementaria el varón de Bizancio, óptimo ilusionista de la palabra. [266e] Fedro: ¿Te refieres al hábil Teodoro? [267a] Sócrates: Pues claro; y me refiero a la refutación y a la refutación suplementaria, que deben hacerse en acusaciones y defensas. Y, ¿no traeremos a colación al bellísimo Eveno de Paros, inventor primero de la insinuación y del elogio indirecto?, y aun algunos dicen que compuso en versos, en gracia de la memoria, reproches por indirectas, porque es varón sabio. Y, ¿dejaremos dormir en paz a Tisias y a Gorgias quienes descubrieron ser verosimilitud más veneranda que verdad, que hacen por virtud de la palabra parecer lo pequeño grande y lo grande pequeño, bajo forma arcaica lo nuevo y lo contrario bajo nueva, y que encontraron para cualquiera asunto concisión de palabras lo mismo que indefinida “amplificación”? Oyéndome Pródico en cierta ocasión tales cosas se rió y me dijo que sólo él había encontrado lo que al arte del discurso concierne; que no deben ser los discursos ni largos ni cortos, sino mesurados. [267b] Fedro: Sapientísimamente dicho, ¡oh Pródico! [267b] Sócrates: Y, ¿no hablaremos de Hipias? Porque presumo que el extranjero de Elis unirá su voto al nuestro en favor de Pródico. [267b] Fedro: ¿Cómo no? [267b] Sócrates: En cuanto a Polo, ¿cómo no hablar de sus «Museos de palabras», tales como reduplicación, estilo sentencioso y figurado, y aquellos vocablos que Lycimnio le regaló para composición de «Belleza de lenguaje»? [267c] Fedro: Pero, Sócrates, ¿no pertenecen tales cosas a Protágoras. [267c] Sócrates: Sí, muchacho, son de él la corrección de palabra y otras cosas muchas y bellas. Los discursos largos en lamentos acerca de vejez y pobreza son, a mi parecer, dominios artísticos del potente calcedonio, varón descomunal, como Él mismo lo dice, para enfurecer muchedumbres y aplacar con su canto a las enfurecidas, poderosísimo por igual para difundir y disipar calumnias. [267d] En cuanto al final de los discursos parece que todos opinan lo mismo, llámenlo unos resumen y otros con otro nombre. [267d] Fedro: ¿Te refieres a la recapitulación: detallado y final recordatorio de lo que se ha dicho a los oyentes? [267d] Sócrates: De ello hablo. Y si tú tienes alguna otra cosa que decir acerca del arte de los discursos... [267d] Fedro: Pequeñas, y no nada dignas de decirse. [268a] Sócrates: Dejemos las pequeñas. Veamos, por el contrario, bajo mayor luz, cuándo y qué virtud artística poseen las otras. [268a] Fedro: Y bien poderosa, Sócrates, sobre todo en las asambleas populares. [268a] Sócrates: La tienen en efecto; con todo. Fedro daimoníaco, mira si no te parece a ti como a mí que la trama está un poco suelta. [268a] Fedro: Muéstrame cómo. [268a] Sócrates: Dime: si alguien, acercándose a tu colega Erixímaco o a su padre Acumeno, les dijera: «sé administrar a los cuerpos lo conveniente para calentarlos y, si quiero, para enfriarlos también, y, si me parece, hacerles vomitar o, si al revés me place, desaguarse interiormente y otras tales cosas innumerables. Y, por saberlas, me tengo por médico y aun puedo hacer que otro lo sea, dándole esta mi ciencia», ¿qué crees tú le dijeran oyéndole hablar así? [268b] Fedro: ¿Qué otra cosa sino preguntarle si conoce además a quiénes, cuándo y hasta dónde hay que hacer cada una de tales cosas? [268b] Sócrates: Y si replicase: «no hace falta alguna, porque juzgo que quien de mi haya aprendido aquellas será capaz e hacer las que entran en tu pregunta». [268c] Fedro: Dirían, creo, que tal hombre está loco; puesto que con alguna lectura libresca o casual trato con medicamentos se tiene por médico, sin saber en verdad ni palabra de esta arte. [268c] Sócrates: Pues, ¿qué? y, ¿si alguien acercándose a Sófocles y a Eurípides, les dijera que sabe componer sobre asuntos pequeños luengas parrafadas, y pequeñas sobre bien grandes, y, a voluntad, compasivas y sus contrarias terroríficas, amenazadoras... y cosas por el estilo y creyera que, enseñando tales cosas, transmite el don poético de tragedia? [268d] Fedro: También éstos, Sócrates, se reirían de quien creyera que la tragedia no es sino composición de esos elementos, conveniente para sus mutuas relaciones y acomodada al todo. [268d] Sócrates: Pienso, no obstante, que no lo insultarían agriamente; lo tratarían más bien cual músico que se encontrara con un varón, convencido de saber armonía porque sabe cómo hacer dar a una cuerda su sonido más grave y el más agudo, que no le diría ásperamente: «desgraciado, mala — sangre!», sino que le hablaría, músico como es, más dulcemente, así: «es preciso, Excelencia, saber tales cosas si se ha de llegar a armonizador; no obstante, aun poseyendo esa tu habilidad, se podrá no saber nada de armonía. Tú sabes nada más los convenientes preliminares, necesarios para la armonía, mas no los conocimientos armónicos mismos». [268e] Fedro: Correctisimamente. [269a] Sócrates: Y parecida respuesta daría Sófocles a quien, ante él y Eurípides, se vanagloriara de lo mismo: «sabe lo preliminar a la tragedia, no lo trágico mismo»; y en su caso diría Acumeno: «sabe lo previo a la medicina; no la medicina misma». [269a] Fedro: Enteramente. [269a] Sócrates: Y, ¿qué pensamos dijeran Adrasto el melífluo, y Pericles, si nos oyesen hablar de artificios tan extremadamente bellos cual los descritos: estilo conciso, estilo figurado y todo lo demás que dijimos haber de examinarse a plena luz?, ¿contestarían ásperamente, como por rudeza hemos hecho tú y yo, con descomedidas palabras, a los que, por escrito u oralmente, hubiesen dado tales cosas por arte retórica?; por ser más sabios que nosotros, ¿no nos dirían con un golpecito?: «Fedro y Sócrates, no hay que tomárselo a mal, sino “comprender que quienes no sepan qué sea proceder dialécticamente no pueden saber definir “qué sea” lo retórico; y por tal causa se creyeron haber inventado la retórica, cuando sólo tenían en la mano los conocimientos preliminares y necesarios para tal arte, y, enseñando tales cosas a los demás, pensaron haberles enseñado a perfección la retórica. En cuanto a hablar persuasivamente de ellas y ensamblarlas en un todo, ¡menuda faena!, se las habrán de arreglar por sí, mismos sus discípulos cuando hablen». [269b] Fedro: Pues probablemente, Sócrates, tal sea el arte que en sus enseñanzas y escritos dan estos varones por retórica, y me parece que han sido tus palabras verdaderas. Pero en tal caso: ¿cómo y de dónde será hacedero procurarse una arte que, en realidad de verdad, sea retórica y persuasiva? [269d] Sócrates: Eso de poder hacerse, Fedro, perfecto púgil en palabras, probablemente y hasta tal vez necesariamente se consiga como en los demás: si de natural te viene ser orador, llegarás a orador elocuente sobreañadiendo ciencia y cuidadoso estudio; si cualquiera de estas cosas te faltare, por su falta quedarás en imperfecto. Mas para lo que el orador ha de tener de arte no me parece método el que siguen Lisias y Trasimaco. [269d] Fedro: ¿Cuál, pues? [269e] Sócrates: Probablemente, óptimo de Fedro, nadie llegó a ser más perfecto orador que Pericles. [269e] Fedro: ¿Cómo así? [269e] Sócrates: Todas las grandes artes exigen, además de una cierta facilidad, naturaleza de elevadas miras, que de aquí parece venirles esa su alteza y cumplida eficacia. Todo lo cual poseyó Pericles, sin contar su buen natural, porque, coincidiendo con un hombre como Anaxágoras, llenóse a rebosar de altos pensamientos, llegando a la naturaleza de la Inteligencia y de la no-inteligencia, asuntos a los que dedicó Anaxágoras largas razones, y de las cuales sacó Pericles eran partido para el arte de la palabra. [270a] Fedro: ¿En qué sentido lo dices? [270b] Sócrates: Uno y el mismo es el procedimiento del arte médica y de la retórica. [270b] Fedro: ¿Cómo así?. [270b] Sócrates: En ambas hay que analizar una naturaleza: en una de ellas, la del cuerpo; en otra, la del alma, si, en vez de rutina y experiencia, se pretende, administrando según arte al primero medicinas y alimentos, infundirle salud y robustez, y a la otra, con razonamientos y arreglado régimen de vida, darle la confianza y virtud deseadas. [270b] Fedro: Probablemente es así, Sócrates. [270c] Sócrates: ¿Crees, pues, ser posible pensar acerca de la naturaleza del alma algo digno de ser dicho, sin conocer la naturaleza de Todo? [270c] Fedro: Si se ha de dar fe a Hipócrates, el Asclepiádeo, ni tan sólo acerca del cuerpo se puede pensar así, sin emplear este método. [270c] Sócrates: Y lo dices bellamente, compañero. No obstante es necesario, además de Hipócrates, poner a prueba la razón, y ver si concuerdan él y ella. [270c] Fedro: Asiento. [270c] Sócrates: Considera, pues, qué es lo que acerca de la naturaleza dicen Hipócrates, y la verdadera razón. Acerca de una naturaleza cualquiera hay que discurrir así: primero, ¿es simple o polieidético aquello en lo que querríamos llegar a “técnicos”, capaces de hacer tales a otros? Considerar después, caso de ser simple, su virtud: para qué le nació; si la tiene para obrar o para padecer algo de alguien. Mas si es polieidética, una vez hecha la enumeración, considerar respecto de cada una lo que se miró en el caso de una sola; para qué se hizo: ¿para obrar algo o para padecer algo de alguien? [270d] Fedro: Así parece, Sócrates. [270d] Sócrates: Cualquiera otra manera de proceder se asemejará a pasos de ciego, mientras que no se podrá comparar ni con ciego ni con sordo quien según arte proceda en cualquier asunto. Por el contrario: quien enseñe a hablar según arte hará ver con exactitud, evidentemente, la esencia de la naturaleza de la cosa a la que dirigen los discursos. Tal cosa no será otra que el alma. [270e] Fedro: De seguro. [271a] Sócrates: Según esto, pues, será la meta de todos sus esfuerzos intentar producir persuasión en el alma. ¿Es así? [271a] Fedro: Sí. [271a] Sócrates: Es claro, de consiguiente, que Trasimaco y cualquier otro que se dé a enseñar en serio arte retórica, comenzará por describir con toda exactitud y hacer ver respecto del alma si es de natural una y homogénea o si, a la manera de cuerpo, es polieidética; y a esto llamamos poner de manifiesto una naturaleza. [271a] Fedro: Enteramente de acuerdo. [271a] Sócrates: Y sea lo segundo: cuál es su natural acción y sobre qué; cuál su natural pasividad y bajo quién. [271a] Fedro: De seguro. [271b] Sócrates: Tercero: ordenados ya los géneros de discursos y de almas, y las afecciones propias de ellos, hará recuento de las causas, y adaptará cada clase de discurso a cada tipo de alma, mostrando por qué causa una alma por ser tal asiente de necesidad a tales discursos, y tal otra disiente. [271b] Fedro: Bellísimo fuera, a mi parecer, de ser así. [271b] Sócrates: No se encontrará por cierto jamás, querido, otra manera de hablar o escribir según arte exposición o discurso acerca de este u otro punto cualquiera. Empero, los escritores de hoy, de quienes has oído hablar, trampean y juegan al escondite con las artes de la palabra, a pesar de que conocen a maravilla lo concerniente al alma. Hasta que no escriban, pues, y hablen de la manera debida no creeremos que escriban según arte. [271c] Fedro: ¿Y cuál es esa manera? [271c] Sócrates: No es cosa fácil explicarlo con palabras justas; con todo quiero hablar de cómo se debe escribir, si se pretende, en la medida de lo posible, hacerlo según arte. [271c] Fedro: Habla, pues. [271c] Sócrates: Puesto que la virtud del discurso consiste en ser psicagogía, quien intentare llegar a orador deberá saber por necesidad cuántos eídoses de alma hay; que son tantos o cuántos, tales o cuales; de lo que proviene el que los hombres sean unos así y otros asá. Y una vez dilucidado este punto, viene el de los discursos: son de tantos o cuantos eídoses y cada eidos es tal o cual. A tales hombres se los persuade fácilmente de tales cosas con tales discursos, y esto por tal causa precisamente. Tales otros, por el contrario, no se dejarán fácilmente persuadir por esas mismas razones. Así que es preciso, una vez entendido suficientemente este punto, poder, hasta con los sentidos, seguir después su rastro, observando cómo se realiza y obra en la práctica; en caso contrario no llegará a saber más de lo que oyó durante los cursos. Mas cuando se sienta ya capaz de decir qué cosas persuaden a quién, y llegado el caso, pueda, por una especie de sentimiento inmediato, decirse en verdad a sí mismo: «éste es, y — ésta es aquella naturaleza sobre la que en otro tiempo versaron los discursos; ahora te está presente en su realidad; es el momento de aplicarle aquellas razones para persuadirla de esto u estotro», quien posea todo esto y conozca además el tiempo de hablar y el de abstenerse de hacerlo, y discierna la oportunidad de un discurso conciso, de pésame, vehemente, y de todos los eídoses de discursos que haya aprendido, habrá Llevado esta arte a perfección y belleza extremadas; hasta entonces, no. Mas si al hablar, enseñar o escribir le faltare algo de esto, ya no podrá uno decir que habla según arte, que vencerá quien no se dejare persuadir. [272b] «Pues bien. Fedro y Sócrates», dirá tal vez nuestro escritor: «¿os parece así o se habrá de explicar de otra manera la llamada arte de la palabra?» [272b] Fedro: Imposible, Sócrates, que haya otra, aunque la tarea no parece por cierto pequeña. [272b] Sócrates: Dices la verdad. Y por esto hay que volver de arriba a abajo todos estos razonamientos, y examinar si, por ventura, aparece por alguna parte camino más breve y llevadero para esta arte, a fin de no seguir en vano uno largo y difícil cuando es posible corto y suave. Y si tienes modo de ayudarme, puesto que has oído a Lisias y a otros, haz un esfuerzo para recordármelo y decírmelo. [272c] Fedro. Si nada más consistiera en esforzarme, pudiera hacerlo; mas no me es posible así sin más y ahora. [272c] Sócrates: ¿Quieres, pues, que te diga yo lo que acerca de este punto tenga oído de otros? [272c] Fedro: Ciertamente. [272c] Sócrates: Se dice, Fedro, que «es de justicia dejar hablar al Jobo». [272d] Fedro: Hazlo, pues. [272d] Sócrates: Dicen que no es menester tomarse tan solemnemente las cosas ni remontarse tan alto con vueltas y más vueltas; porque, como dijimos al comienzo de estas razones, a quien vaya para cumplido orador no le hace falta en manera alguna poseer la verdad ni para tratar de asuntos justos o buenos, ni con los hombres tampoco, que son lo que , naturaleza o educación los hicieron. Ni en los tribunales mismos se preocupa nadie en lo más mínimo de verdad, sino de lo convincente; y lo convincente es lo verosímil y a ello debe atender quien según arte se proponga hablar. A veces no precisa ni tan sólo relatar los hechos, si pasaron de inverosímil manera; basta con lo verosímil tanto para la acusación como para la defensa. Persiga, pues, el orador de todas manera lo verosímil, despida con buenas palabras lo Fedro, verdaporque si tal hace a lo largo de todo el discurso le proporcionará arte cumplido. [273a] Fedro: Acabas de referir, Sócrates, las razones mismas de quienes se las dan de “técnicos” en el arte de la palabra. Recuerdo que antes tocamos brevemente este punto que parece ser de grande importancia para quienes a tales asuntos se dediquen. [273a] Sócrates: Pero, por cierto, tú que has recorrido paso a paso y cuidadosamente a Tisias, haz que nos diga si lo — verosímil le parece ser otra cosa que la opinión de la plebe. [273b] Fedro: ¿Qué otra pudiera ser? [273b] Sócrates: Por cierto que, en virtud de este invento sabio y técnico a la vez, escribió: "si un hombre débil y viril se ha metido con otro fuerte, mas cobarde, quitándole el manto u otra cosa, y por esto lo llevaren ante tribunal, ni uno ni otro deberán decir la verdad. El cobarde no irá a decir que se metió con él a solas el viril, mientras que éste insistirá en su réplica en que estaban solos, y empleará sobre todo — esta razón: «¿cómo siendo el que soy pude emprendérmelas con éste, siendo el que es?»”. Pero el cobarde no irá a declarar su cobardía; y así, cuantas mentiras aporte, otros tantos argumentos regalaría a su contrincante. [273c] En los demás asuntos no otra es la manera de hablar según arte. ¿No es así, Fedro? [273c] Fedro: Ciertamente. [273c] Sócrates: ¡Ah! Parece como si Tisias hubiera descubierto una arte tremendamente oculta; haya sido él u otro, y venido su nombre de donde sea. Mas, compañero, ¿responderemos o no a Tisias?... [273d] Fedro: ¿Qué? [273d] Sócrates: ”Que, ¡oh Tisias!, antes de que vinieras estábamos casualmente diciendo que esa tal verosimilitud La se engendraba en la mayoría por semejanzas con la verdad; en cuanto a las semejanzas dijimos largamente poco ha que quien conoce-de-idea la verdad sabe siempre encontrarlas bellísimamente. Si, pues, tienes alguna otra palabra que decir acerca de esta arte, la escucharemos; si no, asentiremos a lo que se acaba de explicar: que quien no sepa contar y discernir las naturalezas de los futuros oyentes ni dividir los seres según eídoses y no sea tampoco capaz de abarcar cada cosa según unidad y con una idea, jamás llegará a «técnico» en razones y palabras, en cuanto le es posible al hombre. Posesión es ésta que sin mucho ejercicio no se alcanza, y es preciso que el varón prudente tome sobre sí este trabajo no para hablar y tratar con hombres, sino para poder decir cosas gratas y hacer, a la medida de sus fuerzas, obras del todo agradables a los dioses. [273e] Así que, ¡oh Tisias!, nuestros mayores sabios afirman que hombre cuerda no se preocupará de agradar a consiervos, a no ser por apéndice, sino a señores buenos y de buenas cualidades. De manera que si la vuelta es larga, no te admires, que por las grandes cosas hay que dar muchas vueltas, al revés de lo que tú crees. Y afirma nuestro razonamiento -que, si uno se lo propone, aun las grandes cosas por las vueltas resultan acrecibles en belleza. [274a] Fedro: Bellísimamente dicho, Sócrates, a mi parecer, si es que hay alguien que de ello sea capaz. [274a] Sócrates: Pero, en fin, tómese por empresa de sus manos lo bello, y pásele a uno en este punto lo que le pasare. [274b] Fedro: Enteramente de acuerdo. [274b] Sócrates: Y baste con esto acerca del arte de la palabra y de la que no lo es. [274b] Fedro: Bien. [274b] Sócrates: Falta, con todo, tratar de la propiedad e impropiedad en los escritos, de qué manera se habrían bellamente, y de los modos de impropiedad. ¿Es así? [274b] Fedro: Sí. [274b] Sócrates: ¿Sabes, pues, el modo de que, al ocuparse o hablar acerca de discursos, se agrade máximamente a dios? [274b] Fedro: No, en absoluto, ¿y tú? [274c] Sócrates: Por cierto que hay en este punto leyenda de nuestros antepasados; ellos sabrían lo que haya de verdad. Mas si nosotros mismos encontráramos la verdad, ¿tendríamos que preocuparnos ya de opiniones humanas? [274c] Fedro: ¡Donosa pregunta! Mas di lo que afirmas haber oído. [274c] Sócrates: He oído, pues, que hubo en Naúcratis de Egipto un Dios, de los antiguos allí; cuya ave sagrada recibió el nombre de Ibis; y este daimonio, el de Teut: Primer inventor del número y del cálculo, de la geometría y de la astronomía, del ajedrez y los dados, y lo que es más, de la escritura. [274d] Reinaba a la sazón sobre Egipto entero Thamos, desde aquella gran ciudad del Egipto superior que los griegos llaman Tebas de Egipto; y a su Dios, Ammón. Viniendo, pues, a él Teut le mostró sus artes, y le dijo ser menester comunicarles a los demás egipcios. Preguntóle el otro cuál era la utilidad propia de cada una; y, habiéndola explicado, según que le pareció bellamente o no bellamente dicho, censuró o alabó. [274e] Muchas fueron las cosas, como se cuenta, que sobre cada una de las artes en pro y en contra Thamos y Teut se dijeron. [274e] Mas cuando se llegó a la escritura, dijo Teut: «He aquí, ¡oh Rey!, una enseñanza que hará a los egipcios más sabios y memoriosos, que con ella se inventó el remedio para memoria y sabiduría». Quien a su vez contestó: «¡Oh artífice de artífices!, Teut; uno es el capacitado para dar a luz las cosas de arte; otro, el apto para juzgar del Lote de daño o provecho que reportarán quienes las emplearen. Y en este caso tú, padre de la escritura, le has atribuido por benevolencia lo contrario de sus efectos, porque la escritura producirá el olvido precisamente en las almas de los que la aprendieren por descuidar la memoria, ya que, confiados en lo escrito, desde afuera y por extrañas improntas, y no desde dentro y de sí mismos, les vendrá la reminiscencia. Inventaste, pues, no remedio para la memoria sino para la des-memorialina. [275a] »En cuanto a sabiduría, proporcionarás a los discípulos su apariencia, no su realidad de verdad, porque te resultarán resabidos, no instruidos; parecerán grandes conocedores, siendo en realidad ignorantes de casi todo, y además insoportables en el trato, pues resultarán sabios aparentes en vez de sabios reales». [275b] Fedro: ¡Con qué facilidad, Sócrates, compones relatos egipcios y de donde quieres! [275b] Sócrates: Querido, otros afirmaron que en el santuario de Júpiter de Dodona salieron de un roble las primeras palabras adivinatorias. Y a estas gentes, por no ser como vosotros los jóvenes, sabias, les bastaba en su simplicidad escuchar lo que decían robles y piedras, con sólo que dijeran verdad. Para ti, por el contrario, hay tal vez que distinguir quién lo dice y de dónde es, porque no miras solamente si las cosas son así o así. [275c] Fedro: Pegas bien; y me parece que, sobre la escritura, las cosas son como el Tebano las dijo. [275c] Sócrates: Por tanto quien piense haber dejado tras sí en la escritura un arte y quien, a su vez, lo reciba cual si de las letras hubiere de sacar algo en claro y en salido, extremara su simplicidad y desconocería en su realidad de verdad al oráculo de Ammón si cree que palabras escritas valen para mucho más que para rememorar lo escrito a quien ya lo [275d] Fedro: Exactísimamente. [275d] Sócrates: Terrible cosa, Fedro, es esa semejanza tan verdadera que se da entre escritura y pintura; que las criaturas de ésta preséntanse cual cosas vivas, mas si se les pregunta algo se callan con grande y venerando silencio. Lo mismo hacen las palabras escritas: creyeras que entienden lo que dicen; mas si, con intención de aprender, les preguntas algo de lo que dicen, indican por signos una y la misma cosa — siempre. Y una vez escrita, toda palabra meda en todas direcciones, hacia los entendidos exactamente lo mismo que hacia los que en nada se interesan por ella, y ro sabe a quiénes debe decirse y a quiénes no. Si se la trae a despropósito, si contra justicia se la calumnia, necesita siempre de paterno socorro, porque ella de sí no puede ni defenderse ni ayudarse. [275e] Fedro: También esto lo dijiste correctisimamente. [276a] Sócrates: Y, ¿qué en cuanto estotro?: ¿consideramos cómo se engendra otro discurso, genuino hermano del primero, y de qué manera llegará a hacerse mejor y más poderoso que él? [276a] Fedro: ¿De qué discurso hablas y cómo dices se engendra? [276a] Sócrates: Del que se escribe con ciencia en el alma del aprendiz, poderoso a defenderse a sí mismo, sabedor de a quiénes debe hablar y callar. [276a] Fedro: ¿Hablas de la palabra de conocedor-con-idea, palabra viviente y animada, de la que la palabra escrita dijérase con justicia no ser sino eídolo? [276b] Sócrates: Así es del todo. Pero dime: un labrador inteligente, cuidadoso de las semillas y con voluntad de que lleven frutos, al sembrarlas durante el verano en algunos jardincillos de Adonis, ¿se alegrará en serio de ver cómo en ocho días se ponen bellos? O de hacerlo, ¿no será por juego y en gracia de la fiesta? Que si lo toma en serio, utilizará el arte agrícola, sembrará en terreno apropiado y se dará por satisfecho si la sementera llega a sazón en ocho meses. [276b] Fedro: Así es, Sócrates, que en un caso lo tomará en serio, y en otro de otra manera: de la que dices. [276b] Sócrates: Mas del sabio en cosas justas, bellas y buenas, ¿habremos de decir que tiene para sus propias semillas menos inteligencia que el labrador? [276b] Fedro: En manera alguna. [276b] Sócrates: No irá, pues, en serio a «escribirlas con agua» negra, sembrando mediante la pluma con discursos, impotentes para ayudarse a sí mismos con razones, impotentes por igual para enseñar suficientemente la verdad. [276b] Fedro: No es verosímil, por cierto. [276d] Sócrates: No lo es, en efecto. Al contrario, por juego sembrará y escribirá esos jardincillos de letras, —tal me parece; mas, en caso de escribirlos, atesorará para sí en ellos memorialines para cuando le llegue la desmemoriada vejez y para cuantos sigan sus mismas huellas; se deleitará viendo sus delicados brotes; y mientras otros echarán mano a otras niñerías, buscando su refrigerio en banquetes y en otras cosas hermanas de ellos, me parece que aquél pasará su tiempo divirtiéndose en vez de con aquéllas con estotras cosas que digo. [276e] Fedro: De bien bella diversión hablas, Sócrates, en parangón con las otras: de la que quien puede divertirse con palabras, componiendo mitos acerca de la justicia y demás cosas de que tú hablas. [276e] Sócrates: Pues así es, en efecto. Fedro querido. Mas los esfuerzos en este punto resultan más bellos cuando, sirviéndose del arte dialéctico y tomando alma apropiada, se plantan y siembran con ciencia palabras tales que se basten para ayudarse a “sí mismas” y a su sembrador, y no sean - estériles sino fecundas en otras semillas con que otras palabras, nacidas en naturales diversos, sean a su vez capaces de reproducir “lo mismo”, inmortalmente y para siempre, haciendo a quien las poseyere feliz lo más: que le es posible al hombre. [277a] Fedro: Muy más bellamente dicho. [277a] Sócrates: Pues, ahora, convencidos en estos puntos, podemos, Fedro, decidir aquellos otros. [277a] Fedro: ¿Cuáles? [277a] Sócrates: Aquellos que, por quererlos ver-con-ideas, nos llevaron a éste: que pusimos en tela de juicio aquel reproche contra Lisias acerca de la escritura de los discursos y sobre los discursos mismos, cuáles se escribirían según arte o sin arte. Este punto de «según arte o sin arte» me parece haber sido convenientemente declarado. [277b] Fedro: Así me lo parece también. Recuérdamelo con todo una vez más. [277b] Sócrates: Hasta que se vea-con-ideas la verdad de cada cosa sobre que se habla o escribe, y resulte uno capaz de definir toda cosa por sí misma y, una vez definida, sepa dividirla de nuevo según eidos hasta llegar a lo indivisible y discerniendo parecidamente la naturaleza del alma, encuentre para cada naturaleza su eidos apropiado, disponga y adorne su discurso de manera que a alma compleja dé complejos y omniarmonizados discursos, y sencillos a la sencilla, entonces y no antes llegará a dominar al arte en lo que según su naturaleza se puede manejar el linaje de las palabras, no en lo que vale para enseñar ni en lo que sirve para persuadir, —cosa que todo el discurso precedente nos descubrió. [277b] Fedro: Así, en efecto, pareció. [277d] Sócrates: Y, ¿qué acerca de si será bello o feo decir o escribir un discurso y en qué sentido, una vez hecho, resultará o no reprochable? ¿No pusieron en claro las cosas que poco ha se dijeron...? [277d] Fedro: ¿Qué? [277d] Sócrates: Que si Lisias u otro cualquiera hubiera escrito alguna vez o hubiese de escribir en privado o en público como legislador un documento político o, por escribirlo, creyera encerrarse en él virtud y claridad grandes, sería en este caso baldón para el escritor, se lo diga alguno o no; porque ignorar, despierto o dormido, lo concerniente a justicia e Injusticia, bueno y malo no puede en verdad pasar sin grandísima reprensión, aunque plebe entera lo alabe. [277e] Fedro: No, en efecto. [277e] Sócrates: Mas en cuanto a aquel que en la palabra escrita sobre cualquier asunto creyera entrar por necesidad una buena parte de juego y que no hay razonamiento, en métrica o sin métrica, digno del gran esfuerzo de escribirlo o decirlo, —cual lo dijeron los recitadores de rapsodias para persuadir sin discernimiento ni instrucción— y que los mejores discursos escritos sólo valen en realidad-de-verdad cual memorialines para los que ya lo saben-con-ideas; creyera, no obstante, que en los discursos educativos y en los dichos con el fin de enseñar lo justo, bello y bueno, si en realidad se los escribe en el alma, en ellos solos hay evidencia, perfección y valioso esfuerzo, y creyera que tales discursos deben ser llamados con su nombre, cual hijos legítimos, —y llamar primogénito al que, por ser invento suyo, esté siendo en él; y segundones, a los engendros del primero; y hermanos, a los que se engendraron debidamente en otras almas de otros— y que despida cortésmente a los demás, este tal varón, Fedro, está a punto de ser lo que tú y yo estamos pidiendo para ambos. [278b] Fedro: Quiero y pido para mí sin reserva lo que dices. [278b] Sócrates: Y con esto nos divertimos ya mesuradamente a propósito de discursos. Ve, pues, y di a Lisias que, habiendo nosotros dos bajado hasta el arroyo y santuario de las Ninfas, oímos de ellas palabras que nos encomendaron trasmitir a Lisias y a quienquiera componga discursos, a Homero lo mismo que a cualquier otro compositor de poesías con o sin La canto; y en tercer lugar, a Solón y a todos los que en asuntos políticos pongan algo por escrito y le den el nombre de leyes: «si alguno de vosotros compuso tales escritos con conocimiento de lo verdadero y teniendo cómo defender contra objeciones lo escrito, y se siente él mismo capaz de demostrar qué poca cosa son sus escritos, no habrá que llamarle con nombre tomado de “escritor", sino con el de la meta de sus esfuerzos». [278d] Fedro: ¿Qué nombre, pues, le otorgarás? [278d] Sócrates: Llamarle con el de “sabio”, me parece, Fe- [278d] Fedro: excesivo, que sólo conviene a dios. El de “filósofo”, u otro parecido, le vendría mejor, y fuera más acomodado. [278d] Fedro: Y no, por cierto, fuera de lugar. [278d] Sócrates: Mas a quien nada tuviere de más valioso que lo de que lo compuso o escribió volviendo detenidamente de arriba abajo las palabras, uniéndolas, separándolas, ¿no le — dieras en justicia el nombre de poeta o el de escribiente de discursos o leyes? [278e] Fedro: Por cierto que sí. [278e] Sócrates: Dile, pues, esto a tu amigo. [278e] Fedro: Y tú, ¿qué vas a hacer? En modo alguno hay que pasar de largo ante el tuyo. [278e] Sócrates: ¿Quién es él? [278e] Fedro: El bello Isócrates. ¿Cuál será el mensaje para él, Sócrates? ¿Qué diremos de él? [278e] Sócrates: Que es aún joven, Fedro; con todo quiero decirte lo que le auguro. [279a] Fedro: ¿Qué es? [279a] Sócrates: Me parece que en dotes naturales para discursos es superior a Lisias; y en cuanto a temperamento moral, más genuino. Nada, pues, tendría de sorprendente que, avanzando en edad y en esa misma elocuencia que ahora está emprendiendo, aventajara, cual si fueran niños, a todos los que alguna vez trataron de discursos. Y aún más: que si no se satisficiere con ellos, tal vez lo guíe a mayores cosas otro más divino impulso, porque, amigo, en la mente de este varón puso la naturaleza una cierta filosofía. He aquí, pues, mensaje que, de parte de estos dioses, llevaré a Isócrates, predilecto doncel; tú, aquel otro, al tuyo que es Lisias. [279b] Fedro: Así será. Pero vámonos, que el calor es ya benigno. [279b] Sócrates: ¿No estaría bien el que, antes de partirnos. [279b] una plegaria a los dioses de este lugar? [279b] Fedro: Naturalmente. [279b] Sócrates: “¡Oh. Pan querido y demás dioses cuantos sois de estos lugares! Dadme la belleza interior, y que pertenencias exteriores consuenen amigablemente con las Llegue a tener al Sabio por el Rico, y sea mi foren tal otro tanta que nadie, fuera del Temperado, pueda y conducirla”, ¿Pedimos algo más, Fedro?, —que a mí me basta con petición. [279c] Fedro: Asóciame a esa tu plegaria, que «entre amigos es común». [279c] Sócrates: Vayámonos.