Protágoras — Plato ================== ΠΡΟΤΑΓΟΡΑΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/prot/ This file: https://plato-scroll.com/text/prot-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/prot.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/prot-b.txt - W.R.M. Lamb (Loeb, 1924): https://plato-scroll.com/text/prot-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/prot-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/prot-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [309a] Compañero: ¿De dónde vienes, Sócrates? ¿O no es evidente que de ir en pos de Alcibíades, el muchacho en flor? Por cierto que, viéndolo hace poco, me pareció bello varón ya; varón, sin duda, Sócrates, sea dicho entre nosotros, y de ya crecida barba. [309a] Sócrates: Pues bien, ¿y qué? ¿No alabas a Homero, por decir que la edad más agraciada es la del bozo, que es ahora la de Alcibíades? [309b] Compañero: Ahora bien,.¿que no vienes de donde el? Y, ¿cómo se porta contigo el joven? [309b] Sócrates: Me pareció que bien, y no menos el día de hoy; porque se puso de mi parte en la conversación, ayudándome así. Pues bien, acabo de salir de donde él. Algo, extraño por cierto, quiero decirte: a pesar de estar presente, no paré mientes en él; y aun me olvidé de él frecuentemente. [309c] Compañero: ¿Qué de cosa tan grave pasaría entre ti y él?, porque no habrás hallado, de seguro, en esta ciudad, otro más bello. [309c] Sócrates: Y mucho más que él. [309c] Compañero: ¿Qué dices?, ¿conciudadano o extranjero? [309c] Sócrates: Extranjero. [309c] Compañero: ¿De dónde? [309c] Sócrates: De Abdera. [309c] Compañero: ¿Y tan bello te pareció ser ese extranjero que se te apareció más bello que el hijo de Clinias? [309c] Sócrates: ¿Cómo, afortunado, no va a aparecerse más bello lo sapientísimo? [309c] Compañero: ¿Así que vienes de encontrarle con algún sabio?, Sócrates. [309d] Sócrates: Sí, por cierto, sapientísimo, entre los de ahora, si te parece ser Protágoras sapientísimo. [309d] Compañero: ¿Qué dices? ¿Que Protágoras llegó a la ciudad? [309d] Sócrates: Pues hace ya tres días. [309d] Compañero: ¿Y acabas de estar con él? [309d] Sócrates: Diciendo y oyendo muchísimas cosas. [310a] Compañero: ¿Por qué, pues, no nos refieres lo tratado, si es que nada te lo impide?; siéntate aquí; el muchacho se levantará. [310a] Sócrates: Sea, pues; os agradeceré que me escuchéis. [310a] Compañero: Y nosotros a ti, si nos lo refieres. [310a] Sócrates: Así que doble agradecimiento; escuchad, pues: Precisamente la noche pasada, mucho antes del alba, Hipócrates, el hijo de Apolodoro, y hermano de Fasón, golpeó fuertemente con el bastón la puerta; y, apenas abierta, se entró sin más, excitado y diciendo a grandes voces: «Sócrates, ¿estás despierto o duermes?». Y yo, reconociendo su voz, dije: [310b] Sócrates: ¿qué nuevas me traes y —«Ninguna que no sea buena», añadió. «Bueno, dila» —repliqué: «¿Cuál es? y ¿porqué viniste a esta hora?», «Llegó Protágoras» —respondió, parándose a mi lado. «Hace ya unos días; ¿ahora te enteras? —añadí, «¡Por los dioses!», replicó, «desde ayer tarde». Y, echando mano del taburete, se sentó a mis pies y dijo: «al anochecer, por cierto; llegaba muy tarde de Enoé, porque Sátiro, mi criadito, se escapó; intentaba decirte que lo perseguiría, mas otra cosa me lo hizo olvidar». Llegado, pues, cenamos y cuando nos disponíamos a descansar, me dijo mi hermano: «Protágoras ha llegado». Me propuse entonces mismo venir; mas me pareció demasiado avanzada ya la noche. «Empero, apenas apenas el sueño disipó la fatiga, levantándome inmediatamente me vine acá». Mas yo, conociendo como conozco sus varoniles arrebatos le dije: «Y a ti, ¿qué?; ¿que en algo te es injusto, Protágoras?». Y riéndose, contestó: «Sí, por los dioses!, Sócrates; en qué únicamente él es sabio y no me lo hace ser a mí», —«Mas, por Júpiter!, añadí; si le pagas en plata y lo convences, también a ti te hará sabio». —«¡Oh. Júpiter y dioses!; sí todo se redujera a eso, que no ahorrara nada ni mío ni de los amigos. Acudo ahora a ti, precisamente para que le hables en mi favor, porque, por una parte, soy demasiado joven, y, por otra, jamás he visto a Protágoras ni oídole hablar; que yo era aún niño, cuando vino aquí por primera vez. Todos, Sócrates, alaban a tal varón y afirman ser sapientísimo en hablar. Pero, ¿por qué no vamos ya a donde él, para encontrarlo dentro?; he oído que para donde Calías, el de Hipónico. Vamos, pues». Mas yo le dije: «No vayamos aún, bueno de Hipócrates, que es demasiado pronto; levantémonos, salgamos al patio, y, con unas vueltas, hagamos tiempo hasta que se haga de día. Después, vayamos. La mayor parte del tiempo Protágoras la pasa dentro; de manera que, anímate, lo sorprenderemos, muy probablemente, adentro». Después de lo cual, levantándonos nos pusimos a dar unas vueltas por el patio; mas yo, para poner a prueba la fuerza de Hipócrates y observarlo, le pregunte: «Dime, Hipócrates, intentas ver a Protágoras gastando de tu dinero para pagarle sus servicios en tu favor; ¿a quién te encomiendas y que va a hacerte? Cual si, dirigiéndote a tu homónimo. Hipócrates de Cos, el asclepiádeo, dispuesto a gastar de tu dinero para pagarle sus servicios en favor tuyo, y si se te preguntare: Dime, vas a gastar tu dinero, Hipócrates, en honorarios a Hipócrates, ¿por ser quién? ¿Qué responderás?». [311c] — Diría, contestó, que por ser médico. [311c] — Y para ser, ¿qué? [311c] Pródico: respondió. [311c] Mas si llegándote a Polícleto, el argivo, o a Fidias, el ateniense, pensaras pagarles sus servicios en favor tuyo, y se te preguntara: «¿piensas pagar de tus dineros a Polícleto y Fidías, por ser ellos?., ¿qué? ¿Qué responderías? [311c] — Diría que por ser escultores. [311c] — Para hacerte... ¿qué? [311c] —Es claro que escultor». [311d] Sea, repliqué; mas llegándonos ahora yo y tú a Protágoras, estamos dispuestos a pagarle por los servicios que te haga, —si basta con nuestros medios, con ellos le persuadiremos; mas, si no, gastaremos, los de los amigos. Si, pues, alguien, viéndonos tan grandemente interesados en ello, nos preguntara: «decidme. Sócrates e Hipócrates, pensáis gastar los dineros en Protágoras, por ser... ¿qué? ¿Qué le responderíamos? ¿Qué otro nombre oímos dar a Protágoras? De Fidias, el de escultor; de Homero, el de poeta; parecidamente, ¿cuál es el que oímos dar a Protágoras?». [311e] — Dan a este varón, Sócrates, el nombre de “sofista”, respondió. [311e] — ¿Así que, por ser sofista, gastaremos en él de nuestro dinero? [312a] Y si además se te preguntara: «¿te diriges a Protágoras, para llegar a ser... ¿qué?». [312a] Y respondió, —ruborizándose, ya amanecía, de modo que se echó de ver: «si es algo semejante a lo anterior, claro está que para llegar a ser sofista». [312a] — Mas, por los dioses!, añadí: ¿no te avergonzarías de presentarte cual sofista ante los helenos? [312a] — Sí, por Júpiter!, Sócrates; si hay que decir lo que pienso. [312a] — Mas no supongas, Hipócrates, que lo que vas a aprender de Protágoras sea cual lo que aprenderías de un maestro en gramática, en cítara o en deportes, pues de ellos aprendiste algo, no en plan de arte, cual si fueras a hacerte artífice, sino en plan de educación, que es lo apropiado a persona privada y libre. [312b] — Tal me parece ser más bien, contestó, el tipo de enseñanza a aprender de Protágoras. [312b] — ¿Sabes, pues, lo que estás a punto de hacer, o no estás en claro?, añadí. [312b] — Que estás a punto de entregar tu alma a los cuidados de un varón que llamas “sofista”; pero me sorprendería que supieras qué es eso de sofista. Aunque si lo ignoras, no sa?:es a quién entregas tu alma, ni si eso es bueno o malo. [312c] — Dime, pues, ¿qué crees ser eso de “sofista”? [312c] — Como lo dice el nombre, respondió, “sofista” es el entendido en cosas sabias. [312c] — Mas, repliqué, ¿no se puede decir también de pintores y arquitectos que son entendidos en cosas sabias? Empero, si alguien nos preguntara: ¿en qué cosas sabias son entendidos los pintores?, le diríamos que lo son en elaboración de imágenes, y así de lo demás. Pero si alguien nos preguntara: el sofista, ¿en qué cosas sabias es entendido? ¿Qué le responderíamos?: que es entendido en elaborar... ¿qué? [312d] — ¿Qué otra cosa diríamos ser, Sócrates, sino entendido en adiestrar para hablar? [312d] —Y tal vez, añadí, diríamos verdad, aunque no suficientemente, porque nuestra respuesta pide aún otra pregunta: ¿sobre qué el sofista hace diestros en hablar?; a la manera como el citarista hace diestros, sin duda, en hablar sobre lo que él sabe: sobre lo de cítara. ¿No es así? [312e] — Bien, pero, ¿sobre qué hace el sofista diestros en hablar? Es claro que sobre lo mismo que sabe. [312e] — Y, ¿qué es eso sobre lo que el sofista es sabio y lo hace ser al aprendiz? [312e] — ¡Por Júpiter!, contestó, aún no tengo qué responderte. [313a] Y continué diciendo: «Pues bien: ¿sabes qué peligro corres al exponer así tu alma? Si tuvieras que encomendar a alguien tu cuerpo, corriendo el peligro de que se hiciera bueno o malo, considerarías muy mucho si encomendarlo o no, y llamarías a consulta a amigos y familiares, pensándolo durante días. Mas acerca del alma, a la que tienes por mejor que el cuerpo, y acerca de lo cual, de ser bueno o malo, depende el que todo lo tuyo resulte bien o mal, acerca de esto ni a tu padre ni a tu hermano ni a ninguno de tus compañeros consultaste si encomendabas o no tu alma al extranjero llegado; sino que, como dices, lo oyes por la tarde, llegas de madrugada, y no tomas consejo alguno sobre si confiarte o no a él; mas sí estás dispuesto a gastar lo tuyo y lo de tus amigos, convencido ya de que, cueste lo que costare, has de entregarte del todo a Protágoras a quien, como dices, ni lo conoces ni has discutido jamás con él; mas lo llamas “ sofista”; pero resulta que no sabes qué es eso de sofista. ¿A eso te vas a entregar?» [313c] Habiendo oído lo cual, dijo: «tal parece por lo que dices». [313c] — ¿Así que sofista, Hipócrates, resulta ser una manera de buhonero o mercader en provisiones de que se alimenta el alma? Tal me lo parece ser. [313c] — ¿Que el alma se alimenta de algo?, Sócrates. [313c] — De lo aprendido, contesté. Y, compañero, que el sofista, alabando lo que vende, no nos engañe, cual lo hacen mercader y buhonero respecto del alimento corporal. Porque Éstos no saben, respecto de las provisiones, lo que es bueno o malo para el cuerpo; al vender alaban todo; ni lo saben los compradores, a no ser que dé la Suerte de que alguno sea experto o médico. De la misma manera, los que, de gira por las ciudades, tratan en y venden al por menor enseñanzas a quien esté deseoso de ellas, alaban todo lo que venden, aunque tal vez, óptimo, algunos ignoren si algo de lo que venden es bueno o malo para el alma; y parecidamente les pasa a los compradores, fuera del caso de que alguno de ellos sea médico de almas. Si, pues, tienes la suerte de saber qué enseñanzas son buenas o malas, estarás seguro al comprarlas a Protágoras o a otro cualquiera. Mas, si no, mira, bienaventurado, no juegues a dados y pongas en peligro lo más querido. Porque mucho mayor peligro hay en la compra de enseñanzas que en la de comestibles, pues, comprados al buhonero o comerciante comestibles y bebidas, es posible llevárselos en recipientes diversos de uno y, antes de incorporárselos bebiendo o comiéndolos, es posible, depositándolas en casa, aconsejarse llamando a un entendido en qué se ha de comer o beber, y qué no, cuánto y cuándo. Así que no hay gran peligro en la compra. Empero, no hay para las enseñanzas, recipiente diverso de uno, sino que, necesariamente, pagado el precio, hay que llevarse en el alma misma lo enseñado; y, aprendido, irse, perjudicado o aprovechado. Esto es, pues, lo que hemos de poner en consideración de nuestros mayores, ya que nosotros somos aún demasiado jóvenes para decidir sobre tamaño asunto. «Ahora, tal como lo intentábamos, vayamos y oigamos al varón, y, oído, tratemos de ello con otros, porque, no está aquí solamente Protágoras, sino Hipias, el de Elis, y creo que también Pródico, el de Ceos; aparte de otros muchos y sabios». Tratado lo cual, partimos; mas, al llegar ante la puerta, nos detuvimos conversando sobre algo que nos había acudido por el camino. Para , que no quedase, pues, incompleto, conversábamos detenidos ante la puerta hasta ponernos de acuerdo. Me parece, pues, que el portero, un eunuco, nos llegó a oír; estaba, probablemente, fastidiado por la multitud de sofistas que acudían a la casa; así que apenas llamamos a la puerta, abrió y viéndonos, dijo: «¡Bah!, unos sofistas; no está para nadie». Y a la vez, con ambas manos y con toda la furia de que era capaz, cerró de un golpe la puerta. Nosotros llamamos otra vez; mas él, a puerta cerrada, contestándonos dijo: «Hombres, ¿no habéis oído que no está para nadie?», «Buen hombre, repliqué, ni venimos por Calías ni somos sofistas. No temas; venimos deseosos de ver a Protágoras. Así que anúncianos». De mala gana nos abrió la puerta. Entrados, sorprendimos a Protágoras dando vueltas en el pórtico; dábanlas juntamente con él, a un lado Calías el de Hipónico y su hermano de madre, Páralo; el de Pericles, y Cármides, el de Glaucón; al otro lado, Jantipo, el otro hijo de Pericles, y Filipido, el de Filomelo, y Antómoiro de Mande, de máxima fama entre los discípulos de Protágoras, —aprende según arte a ser futuro sofista. Los que por detrás le acompañaban, oyendo lo que se hablaba, parecían ser, en su mayor parte, esos extranjeros que Protágoras se lleva de cada upa de las ciudades por las que pasa, encantándolos con su voz, cual Orfeo; y, encantados por la voz, síguenle ellos. En el coro había también algunos de los coterráneos. Viendo yo tal coro, me afectó grandísimamente el cómo se las arreglaban tan bellamente para no entorpecer al quedar frente a Protágoras; pues cuando se volvía él, y los otros con él, se dividían los oyentes, correcta y ordenadamente, en dos partes; y, girando en círculo, reuníanse siempre atrás de bellísima manera. “Pero después divisé”, como dice Homero, a Hipias de Elis, sentado en un sillón en la parte opuesta del pórtico; y, sentados a su derredor en bancos, a Erixímaco el de Acumeno. Fedro de Myrrino. Andrón el de Androtía y, de los extranjeros, a algunos conciudadanos de Hipias, y otros. Al parecer estaban preguntando a Hipias algunas cosas sobre la naturaleza; y otras, astronómicas, sobre los cuerpos celestes. Hipias, sentado en el sillón, discernía y explicaba lo preguntado por cada uno. [315d] “Divisé también a Tántalo”, que Pródico de Ceos se hallaba en Atenas; estaba en un cuarto que servía a Hipónico de depósito; mas que ahora, por la multitud de visitantes, Calías. [315d] vaciándolo, hizo de él recibidor para los extranjeros. Pródico estaba aún en cama, envuelto, al parecer, en muchas pieles y mantas; en lechos próximos a él, estaban reclinados Pausanias de Ceramea; y con Pausanias un joven, muchachito aún, tal me pareció, de bello y buen natural, en todo caso hermosísimo de idea. Me parece haber oído que su nombre era Agatón; y no me sorprendería de que fuera el doncel de Pausanias. Ese era el muchacho; aparecieron también los dos Adimanto: el hijo de Cépido y el de Leucolofido, y algunos otros. De qué conversaran, no pude desde afuera percibirlo, por más empeño que tenía de oír a Pródico, ya que me pareció este varón sabio en todo, y divino. Mas, por lo profundo de su voz, resonaba en la habitación algo así como un zumbido que volvía indiscernible la conversación. [316a] Acabábamos de llegar, cuando, tras nosotros entraron Alcibíades el bello, como dices tú y yo concedo, y Critias, el hijo de Calisero. [316a] Entrados, pues, nosotros, discutimos aun algunos pequeños puntos; y una vez revisados, nos acercamos a Protágoras, y yo dije: «Protágoras, venimos a ti yo e Hipócrates». —¿Queréis, preguntó, que dialoguemos a solas o con los otros? [316b] — Nos es igual, respondí; oye para qué hemos venido, y tú verás. [316b] — ¿Pata qué, pues, venís?, preguntó. [316b] — Este Hipócrates, es coterráneo, hijo de Apolodoro, de grande y afortunada casa; de natural, en nada inferior a los de su edad. Desea, me parece, llegar a ser famoso ante la Ciudad, a lo cual, cree, llegará con tu trato. Considera, pues, tú, si ha de conversar, acerca de ello, él solo ante nosotros solos, o también con otros. [316c] — Haces bien, Sócrates, pensando así sobre mí; porque, cuando varón extranjero llega a grandes ciudades y en ellas persuade a los mejores jóvenes de que, dejando su trato con otros —sean familiares o extraños, más viejos o más jóvenes— se vengan con uno, porque con la compañía de él mejorarán, necesario es que quien tal hace tome sus precauciones; que no son, en este asunto, pequeñas las envidias, malevolencia e intrigas. Mas te aseguro que la arte sofística es antigua; sólo que los antiguos varones que con ella se trataron mano a mano, temiendo hacerse odiosos por ella, la ocultaron disfrazándola unos de poesía, cual Homero y Hesíodo; otros, de iniciaciones y oráculos, cual Orfeo. Museo y los suyos. Algunos otros, sospecho, de gimnástica, como Icos de Tarento. [316d] La y un sofista aún viviente y en nada inferior a ninguno: Heródico de Selimbria, oriundo de Megara. Disfrazáronla de música vuestro Agatocles, gran sofista, y Pytóclides de Ceos, y muchos otros. Todos los cuales, como digo, temerosos de que se les envidiara por tales artes, se sirvieron de otros parapetos. Mas yo, en esto, no me dejo llevar por todos ellos, porque, creo, no alcanzaron lo que pretendían; ya que no consiguieron ocultar ante los poderosos en las ciudades la finalidad de tales disfraces; la mayoría, por decirlo así, nada siente; celebra lo que ellos proclaman. No poder escaparse, quien lo está intentando, sino quedar al descubierto, gran locura es en quien lo intenta, y necesariamente vuelve malevolentes a los hombres, porque llegan a tener al tal por pillo en lo demás. Eché, pues, yo por un camino del todo contrario al de ellos; y confieso ser sofista y educar hombres, y creo ser mejor esto que aquella otra precaución: confesar, más bien que denegar. Además de ésta, otras precauciones he tomado, de manera que, dicho sea ante dios, no sufra perjuicio alguno por confesar ser sofista. Y eso que hace ya muchos años estoy en el arte; que, sumados, son también muchos mis años. No hay ni uno de todos vosotros de quien, por la edad, yo no fuera ya padre. De modo que me es mucho más agradable, si tal queréis, el que tratemos del asunto ante todos los que están dentro. [317c] Mas sospechando yo que pretendía dar muestras de sí y hacerse el bello de ver ante Pródico e Hipias, cual si hubiésemos venido por enamorados de él, le pregunté: «¿que no hemos llamado nosotros a Pródico e Hipias, y sus acompañantes, a que nos oigan?». [317d] — Pues del todo así es, respondió Protágoras. [317d] ¿Queréis, pues, dijo Calías, que dispongamos la sesión de manera que dialoguéis sentados? [317d] Pareció muy conveniente. Complacidos todos nosotros, por futuros oyentes de varones sabios, echando mano a bancos y lechos los dispusimos junto a Hipias, ya que allí estaban ya los bancos. En esto llegaron Calías y Alcibíades trayendo a Pródico —a quien levantaron de su lecho— y a las acompañantes de Pródico. [317e] Cuando todos hubimos tomado asiento. Protágoras dijo: «Ahora bien, Sócrates; ya que también éstos están presentes, habla sobre lo que, hace poco, me recordabas en favor de este muchacho». Y yo dije: «se trata, Protágoras, ahora de lo mismo de antes: por qué vinimos. Hipócrates, aquí presente, se halla descoso de tu compañía. Mas dice le gustaría enterarse de qué sacará de ella. Tal es nuestra razón». [318a] Tomando, pues, la palabra. Protágoras dijo: «Jovencito, de mi compañía sacarás, el mismo día que la inicies, volver «casa mejorado, y lo mismo al día siguiente. Y siempre, día a día, progresarás hacia mejor». Oyendo yo lo cual, añadí: «Protágoras, no tiene nada de sorprendente lo que dices, sino de verosímil, porque aun tú, siendo de tanta edad y tan sabio, si alguien te enseñara lo que tal vez no supiera, haríaste mejor. Mas no se trata de esto; sino de que, si cambiando de repente y grandemente Hipócrates de deseos, deseara la compañía de ese joven, recién aquí domiciliado: Zeuxipo de Heraclea, y se llegara a él, cual ahora a ti, y oyera de él lo mismo que de ti: que de su compañía saldría cada día mejorado y adelantado». Mas le preguntara: «¿en qué me aseguras salir mejorado y en qué adelantado?». Y le respondiera Zeuxipo: «que en pintura». Y si conviviendo con Ortágoras el Tebano, y oyendo de él lo mismo que de ti, le preguntara: «en qué mejoraría día a día conviviendo con él», respondería que «en flautística». De la misma manera dile al muchacho, y a mí que por él te pregunto: «Hipócrates, este precisamente, tratándose con Protágoras, aunque no sea sino un día, saldrá mejorado, y en los demás días, en cada uno, progresará, Protágoras, ¿hacia qué y en qué?». [318d] Habiendo oído de mí, lo cual Protágoras, contestó: «Bellamente preguntas, Sócrates, y a lo bellamente preguntado me place responder. Por allegarse a mí Hipócrates, no le pasará lo que le pasaría allegándose a cualquier otro de los sofistas, porque los tales estropean a los jóvenes; escapados éstos de unas artes, llévanlos y fuérzanlos ellos una vez más a caer en otras, enseñándoles cálculo, astronomía, geometría y música, —y a la vez miró hacia Hipias. Empero, allegado a mí, aprenderá no otra cosa sino precisamente aquello por lo que viene. Este aprendizaje consiste, respecto de los asuntos domésticos, en recto juicio de cómo administrar perfectamente la propia casa; y, respecto de los de la Ciudad, en cómo podrá, de superlativa manera, tratar y hablar de ellos. [319a] — No sé, añadí, si sigo la que dices; porque me parece te refieres a la arte política y te comprometes a hacer de los varones buenos ciudadanos. [319a] — Eso mismo es, Sócrates, respondió, la nueva que anuncio. [319a] — Por cierto, añadí, bello artefacto posees, si es que lo posees. A ti, no te voy a decir sino lo que pienso. Porque, Protágoras, no creía que eso fuera enseñable; mas, por decirlo tú, no tengo cómo dudar de ello. Pero es justo que te explique de dónde saco el que no sea enseñable, y que unos hombres no lo puedan proporcionar a otros hombres. Afirmo yo, cual los demás helenos, que los atenienses son sabios, pues veo que cuando nos reunimos en asamblea, al tener que hacer algo la Ciudad en asuntos de construir, enviamos a buscar, de consejeros, a los constructores; EN cuestiones de navíos, a los navieros, y así en todo lo que se tiene por aprendible y enseñable. Empero, si alguien, a quien no consideran entendido, se mete a darles consejos, tanto que sea bello coma rico o noble, no por esto lo aceptan, sino se burlan y abuchean hasta que se retire, turbado, quien se metió a hablar, o bien los alguaciles se lo llevan sin más o lo sacan por orden de la presidencia. Así es como se comportan respecto de lo que tienen por cosas de arte. Empero, cuando hay que deliberar acerca de?a administración de la ciudad, levántase a aconsejarles en eso tanto un constructor como un herrero, zapatero, comerciante, naviero, rico, pobre, noble, plebeyo, y nadie le reproche, como a aquellos otros, el que sin haberlo aprendido ni tenido maestro especial alguno, tome en sus manos el aconsejar. Es así, claramente, porque creen que no es Enseñable. No sólo es así respecto de los asuntos públicos de la Ciudad; también en privado los más sabios y mejores de los ciudadanos no son capaces de transmitir a otros la virtud política que poseen. Porque Pericles, padre de estos jóvenes. [319e] los educó bien y bellamente en lo que halló maestros; pero en lo que él mismo es sabio ni los educa ni los encomienda a otro; rondan y ramonean, cual animales sueltos, a ver si. [320a] por suerte, encontrarán ellos mismos esa virtud. O si quieres. [320a] aquí esta Clinias, el hermano más joven de este Alcibíades; el mismo Pericles, su tutor, temiendo tal vez que lo corrompiera Alcibíades, lo apartó de él y encargó de su educación a Arifrón; quien antes de seis meses se lo devolvió, no hallando qué hacer con él. [320b] De muchísimos otros puedo hablar, que, siendo buenos. [320b] no hicieron jamás a nadie mejor, ni de los de casa ni de los extraños. Mirando, pues, a esto, Protágoras, no creo que la «ἀπέδωκε τούτῳ οὐκ ἔχων ὅτι χρήσαιτο αὐτῷ. καὶ ἄλλους σοι παμπόλλους ἔχω λέγειν, οἳ αὐτοὶ ἀγαθοὶ ὄντες οὐδένα πώποτε βελτίω ἐποίησαν οὔτε τῶν οἰκείων οὔτε τῶν ἀλλοτρίων. ἐγὼ οὖν, ὦ Πρωταγόρα, εἰς ταῦτα ἀποβλέπων οὐχ ἡγοῦμαι διδακτὸν εἶναι ἀρετήν: ἐπειδὴ δέ σου ἀκούω ταῦτα λέγοντος, κάμπτομαι καὶ οἶμαί τί σε λέγειν διὰ τὸ ἡγεῖσθαί σε πολλῶν μὲν ἔμπειρον γεγονέναι, πολλὰ δὲ μεμαθηκέναι, τὰ δὲ αὐτὸν ἐξηυρηκέναι. εἰ οὖν ἔχεις ἐναργέστερον ἡμῖν ἐπιδεῖξαι ὡς» (Burnet, 320b) [320c] «Σωκράτης: διδακτόν ἐστιν ἡ ἀρετή, μὴ φθονήσῃς ἀλλ᾽ ἐπίδειξον. Σωκράτης: ἀλλ᾽, ὦ Σώκρατες, ἔφη, οὐ φθονήσω: ἀλλὰ πότερον ὑμῖν, ὡς πρεσβύτερος νεωτέροις, μῦθον λέγων ἐπιδείξω ἢ λόγῳ διεξελθών; Σωκράτης: πολλοὶ οὖν αὐτῷ ὑπέλαβον τῶν παρακαθημένων ὁποτέρως βούλοιτο οὕτως διεξιέναι. δοκεῖ τοίνυν μοι, ἔφη, χαριέστερον εἶναι μῦθον ὑμῖν λέγειν. Σωκράτης: ἦν γάρ ποτε χρόνος ὅτε θεοὶ μὲν ἦσαν, θνητὰ δὲ γένη Σωκράτης: οὐκ ἦν. ἐπειδὴ δὲ καὶ τούτοις χρόνος ἦλθεν εἱμαρμένος γενέσεως, τυποῦσιν αὐτὰ θεοὶ γῆς ἔνδον ἐκ γῆς καὶ πυρὸς μείξαντες καὶ τῶν ὅσα πυρὶ καὶ γῇ κεράννυται. ἐπειδὴ δ᾽ ἄγειν αὐτὰ πρὸς φῶς ἔμελλον, προσέταξαν Προμηθεῖ καὶ Ἐπιμηθεῖ κοσμῆσαί τε καὶ νεῖμαι δυνάμεις ἑκάστοις ὡς πρέπει. Προμηθέα δὲ παραιτεῖται Ἐπιμηθεὺς αὐτὸς νεῖμαι, νείμαντος δέ μου, ἔφη, ἐπίσκεψαι: καὶ οὕτω πείσας νέμει. νέμων δὲ τοῖς μὲν ἰσχὺν ἄνευ τάχους προσῆπτεν, Σωκράτης: τοὺς δ᾽ ἀσθενεστέρους τάχει ἐκόσμει: τοὺς δὲ ὥπλιζε, τοῖς δ᾽ ἄοπλον διδοὺς φύσιν ἄλλην τιν᾽ αὐτοῖς ἐμηχανᾶτο δύναμιν εἰς σωτηρίαν. ἃ μὲν γὰρ αὐτῶν σμικρότητι ἤμπισχεν, πτηνὸν φυγὴν ἢ κατάγειον οἴκησιν ἔνεμεν: ἃ δὲ ηὖξε μεγέθει, τῷδε Σωκράτης: αὐτῷ αὐτὰ ἔσῳζεν: καὶ τἆλλα οὕτως ἐπανισῶν ἔνεμεν. ταῦτα δὲ ἐμηχανᾶτο εὐλάβειαν ἔχων μή τι γένος ἀϊστωθείη: ἐπειδὴ δὲ αὐτοῖς ἀλληλοφθοριῶν διαφυγὰς ἐπήρκεσε, πρὸς τὰς ἐκ Διὸς ὥρας εὐμάρειαν ἐμηχανᾶτο ἀμφιεννὺς αὐτὰ πυκναῖς τε θριξὶν καὶ στερεοῖς δέρμασιν, ἱκανοῖς μὲν ἀμῦναι χειμῶνα, δυνατοῖς δὲ καὶ καύματα, καὶ εἰς εὐνὰς ἰοῦσιν ὅπως ὑπάρχοι τὰ αὐτὰ ταῦτα στρωμνὴ οἰκεία τε καὶ αὐτοφυὴς ἑκάστῳ: καὶ Σωκράτης: ὑποδῶν τὰ μὲν ὁπλαῖς, τὰ δὲ [θριξὶν καὶ] δέρμασιν στερεοῖς καὶ ἀναίμοις. τοὐντεῦθεν τροφὰς ἄλλοις ἄλλας ἐξεπόριζεν, τοῖς μὲν ἐκ γῆς βοτάνην, ἄλλοις δὲ δένδρων καρπούς, τοῖς δὲ ῥίζας: ἔστι δ᾽ οἷς ἔδωκεν εἶναι τροφὴν ζῴων ἄλλων βοράν: καὶ τοῖς μὲν ὀλιγογονίαν προσῆψε, τοῖς δ᾽ ἀναλισκομένοις ὑπὸ τούτων πολυγονίαν, σωτηρίαν τῷ γένει πορίζων. ἅτε δὴ οὖν οὐ πάνυ τι σοφὸς ὢν ὁ Ἐπιμηθεὺς ἔλαθεν αὑτὸν Σωκράτης: καταναλώσας τὰς δυνάμεις εἰς τὰ ἄλογα: λοιπὸν δὴ ἀκόσμητον ἔτι αὐτῷ ἦν τὸ ἀνθρώπων γένος, καὶ ἠπόρει ὅτι χρήσαιτο. ἀποροῦντι δὲ αὐτῷ ἔρχεται Προμηθεὺς ἐπισκεψόμενος τὴν νομήν, καὶ ὁρᾷ τὰ μὲν ἄλλα ζῷα ἐμμελῶς πάντων ἔχοντα, τὸν δὲ ἄνθρωπον γυμνόν τε καὶ ἀνυπόδητον καὶ ἄστρωτον καὶ ἄοπλον: ἤδη δὲ καὶ ἡ εἱμαρμένη ἡμέρα παρῆν, ἐν ᾗ ἔδει καὶ ἄνθρωπον ἐξιέναι ἐκ γῆς εἰς φῶς. ἀπορίᾳ οὖν σχόμενος ὁ Προμηθεὺς ἥντινα σωτηρίαν τῷ ἀνθρώπῳ εὕροι, Σωκράτης: κλέπτει Ἡφαίστου καὶ Ἀθηνᾶς τὴν ἔντεχνον σοφίαν σὺν πυρίἀμήχανον γὰρ ἦν ἄνευ πυρὸς αὐτὴν κτητήν τῳ ἢ χρησίμην γενέσθαι καὶ οὕτω δὴ δωρεῖται ἀνθρώπῳ. τὴν μὲν οὖν περὶ τὸν βίον σοφίαν ἄνθρωπος ταύτῃ ἔσχεν, τὴν δὲ πολιτικὴν οὐκ εἶχεν: ἦν γὰρ παρὰ τῷ Διί. τῷ δὲ Προμηθεῖ εἰς μὲν τὴν ἀκρόπολιν τὴν τοῦ Διὸς οἴκησιν οὐκέτι ἐνεχώρει εἰσελθεῖν πρὸς δὲ καὶ αἱ Διὸς φυλακαὶ φοβεραὶ ἦσαν εἰς δὲ τὸ τῆς Ἀθηνᾶς καὶ Ἡφαίστου οἴκημα τὸ κοινόν, ἐν ᾧ Σωκράτης: ἐφιλοτεχνείτην, λαθὼν εἰσέρχεται, καὶ κλέψας τήν τε ἔμπυρον τέχνην τὴν τοῦ Ἡφαίστου καὶ τὴν ἄλλην τὴν τῆς Ἀθηνᾶς δίδωσιν ἀνθρώπῳ, καὶ ἐκ τούτου εὐπορία μὲν ἀνθρώπῳ τοῦ» (Burnet, 320c–321e) [322a] Partícipe, pues, así el hombre de dote divina, fue, por tal parentesco con dios, primeramente el único de los animales que adoró a dioses y se puso a construirles altares e imágenes; después, con arte, articuló presto voz y nombres, e inventó casas, vestidos, calzado, camas y alimentos de la tierra. Provistos así los hombres, comenzaron por vivir dispersos, que no había ciudades; destrozábanlos las fieras, por ser ellos en todo más débiles que ellas. Érales la artesanía suficiente ayuda para la alimentación, mas deficiente para combatir con las fieras; porque no tenían aún la arte política, de la que es parte la guerrera. Buscaron cómo juntarse y salvarse, fundando ciudades; mas, juntos, se perjudicaban por no tener la arte política, de modo que, volviéndose a dispersar, perecían. Temiendo, pues, Júpiter, que nuestra raza desapareciera del todo, envió a Mercurio trayendo a los hombres pundonor y justicia, a fin de que buenas maneras ciudadanas y vínculos de amistad los reunificaran», Preguntó, pues. Mercurio a Júpiter de qué modo daría los hombres justicia y pundonor: «¿tal como se reparten las demás artes, así repartiré éstas?, que se han repartido así: con uno que posea la arte medicinal es suficiente para muchos cualesquiera, y así pasa también respecto de los demás artesanos. ¿De este modo. [322c] LA pues, pongo en los hombres justicia y pundonor, o los reparto a todos?». —A todos, replicó Júpiter, y que todos participen de ellos, porque no llegaría a haber Ciudades, si algunos pocos participaran de justicia y pundonor, cual pasa en las demás artes. Y de parte mía pon por ley que quien no sea capaz de tener su parte de pundonor y justicia sea muerto, cual apestado». De esta manera y por esto, Sócrates, tanto atenienses como los demás, cuando se trata de habilidad arquitectónica o de otra artesanía, piensan que sólo unos pocos han de intervenir con su consejo; y si alguno, fuera de estos pocos, se mete a aconsejar, no lo soportan, como tú dices; y es razonable, como yo digo. Mas cuando van a aconsejar sobre negocios de política, que han de proceder siempre según justicia y buen sentido, aceptan razonablemente a todo varón, cual propio de todos el tener tal virtud, o bien no habría Ciudades. Tal es, Sócrates, la causa de esto. Mas para que no creas engañarte en que, realmente, todos los hombres piensan que todos participan de justicia y demás virtudes políticas, acepta esta prueba: en las demás destrezas, como tú dices, si alguien afirma ser buen flautista, igual en cualquiera otra arte, mas no lo es, los demás se burlan o se enfurecen; y viniendo sus familiares repréndenlo por loco. Mas en punto a justicia o cualquiera otra virtud política, si saben que alguien es injusto, y aun si el tal dice, de sí mismo. [323b] ante muchos, que eso es verdad —eso mismo: “decir verdad”. [323b] que, en los otros casos, se lo tiene por modestia—, aquí pasa por locura; y afirman que todos han de sostener ser justos. [323b] tanto si lo son como si no lo son, o declaran loco a quien no se finja justo; cual si fuera necesario el que todos, de una manera u otra, participen de justicia, o deje de contarse - entre los hombres. [323c] Digo, pues, que razonablemente todos aceptan, cual consejeros en esta virtud, a cualquier varón, por estar convencidos de que todos la poseen. Que no les venga por naturaleza ni espontáneamente, sino que es engendro, en quien se engendrase, por enseñanza y solícito cuidado, es lo que, después de lo anterior, trataré de mostrar. Respecto de los males que creen los hombres hacerse unos a otros por naturaleza o por azar, nadie se enfada, reprueba, enseña o reprende a los que así se comporten, pretendiendo que no sean tales. Compadécense, más bien; como, ¿quién es tan insensato que pretenda algo de eso con feos, pequeños o débiles? Saben, creo que tales cosas les vienen a los hombres por naturaleza o suerte, —las bellas, igual que sus contrarias. Mas las cosas buenas que creen engendrarse en los hombres por solicitud, ejercicio y enseñanza, si alguien no las tiene —sino tiene las malas, a éstas contrarias— son ocasión de que surjan por ello enfados, reprimendas y reproches. Una 38 ellas es la injusticia; y lo es la impiedad; y, en compendio, todo lo contrario a la virtud política. Que en tal caso todos se enfadan, unos con otros, y se lo reprochan. Es, pues, claro que tal virtud es adquisible por solicitud y aprendizaje. Porque, Sócrates, si quieres parar mientes en qué se puede sacar de castigar a los malhechores, esto mismo te enseñará creer los hombres que la virtud es adquisible; porque nadie castiga a los malhechores pensando precisamente en qué, o por qué, obraron mal, a no ser quien se vengue irracionalmente cual fiera. Empero, quien trata de castigar según razón no se venga por causa de la injuria pasada, pues no conseguiría el que lo hecho no haya sucedido; sino en vistas a lo futuro, a fin de que no vuelvan a perjudicar a nadie ni él mismo ni otro que vea el castigo. Según esto, pues, quien tal piensa cree que tal virtud es enseñable, ya que se castiga para disuadir. Tienen, pues, tal opinión todos aquellos que se desquitan en privado o en público; y se desquitan y castigan los demás hombres a los que, según su opinión perjudiquen a alguien, y hácenlo no menos los atenienses, tus conciudadanos. De manera que, a tenor de este mismo razonamiento, son los atenienses de los que piensas que tal virtud es adquisible y enseñable. Que tus conciudadanos acepten razonablemente el consejo político de un herrero o zapatero y que tengan tal virtud por enseñable y proveíble, dalo, Sócrates, por suficientemente demostrado, —tal es mi parecer. Queda aún una dificultad que te desconcierta en el caso de varones buenos: por que esos varones buenos enseñan a sus hijos cosas pertinentes a otros maestros, y hácenlos así sabios en ellas, mas en nada los mejoran en esa virtud justamente en que ellos son buenos. Acerca de esto, Sócrates, ya no te daré un mito, sino un razonamiento. Considéralo, pues: ¿hay o no hay algo precisamente de que todos los ciudadanos hayan de participar, sí ha de haber Ciudad? Pues, si no es esto, no hay nada que desate la dificultad que te desconcierta. Pues, si lo hay, y esto precisamente no lo son ni la carpintería ni la herrería ni la cerámica, sino la justicia, templanza y ser. [325a] ra piadoso, y en compendio lo que denomino virtud de varón; si de esto precisamente han de participar todos y en todo varón ha de hallarse eso; si intenta aprender o hacer algo, ha de obrar según eso, y no, sin eso; o si al que no lo tenga hay que enseñárselo y castigarlo, tanto que sea niño como varón o mujer, hasta que, castigado, mejore. Empero, si castigado y enseñado, no obedece, se lo ha de expulsar de las Ciudades por incurable, o matarlo. Si las cosas son así, y son así de natural, considera qué extraños resultan los varones buenos si enseñan a sus hijos todo menos esto. Porque hemos demostrado que lo tienen por enseñable en privado y en público; mas siendo enseñable y cultivable, enseñan a sus hijos cosas cuya ignorancia no tiene pena de muerte. Empero, las que para sus hijos, si no las aprenden o se cultivan en virtud, tienen por pena muerte, destierro y, además de muerte, confiscación de propiedades, y, por decirlo resumidamente, mina doméstica, ¿no van a enseñarles precisamente éstas y cuidarlos solícitamente de ellas? Así hay que creer lo hacen, Sócrates. [325c] Comenzando desde niños, y mientras vivan, los enseñan y reprenden. Apenas comienzan a comprender lo que se les dice, nodriza, madre, pedagogo, y aun el padre mismo, todos se empeñan en que el niño resulte óptimo; respecto de cada obra y palabra le enseñan y señalan "“esto es justo”; pero “estotro, injusto”; “esto es bello”, "estotro, feo"; “esto es pío”, “estotro, impío”; “haz esto”, “no hagas esto”. Y si obedece de buena gana, bien; mas si no, enderézalo, cual a tronco retorcido y doblado, con amenazas y golpes. Después, envíanlos a la escuela, recomendando a los maestros el que pongan mucho mayor cuidado en la buena conducta de los niños que en letras y cítara. Esméranse en ello los maestros; y cuando han aprendido las letras y van ya a entender lo escrito, cual ya entendieron lo hablado, darles, sentados ya, a leer obras de buenos poetas y fuérzanlos a que las memoricen, que, en ellas, hay muchas advertencias, descripciones, alabanzas y encomios de antiguos y buenos varones; así el niño, por emulación, los imitará y anhelará hacerse como ellos. A su vez, los maestros de cítara, en esto como en lo otro, se cuidan grandemente de moderar a los jóvenes para que no hagan nada de malo; además, en habiendo aprendido cítara, enséñanles obras de otra clase de buenos poetas: los melódicos, extendiendo así sus conocimientos en cítara; y se esfuerzan en que ritmos y armonías se aposenten en las almas de los niños para que los domestiquen y, domesticados por bellos ritmos y bellas armonías, resulten aprovechados en hablar y obrar, porque la vida entera del hombre ha de ser rítmicamente bella y armoniosamente bella. Aún más, después de esto envíanlos a un adiestrador para que, mejorados en cuerpo, sirvan mejor a una mente, ya buena, y no hayan de resultar cobardes, por debilidad corporal, en guerras y otras ocupaciones. Y esto es lo que hacen los que más pueden, que son los más ricos; son precisamente los hijos de éstos quienes, comenzando de tempranísima edad a frecuentar las escuelas, salen de ellas más tarde. Salidos de manos de los maestros, la Ciudad, a su turno, los obliga a aprender las leyes y vivir según ellas, cual modelos, a fin de que no obren ellos por sí y ante sí al azar, sino que, a la manera ¿como los maestros-de-escritura escribiendo en silabario las letras para los niños no hábiles aún en escritura darles el silabario y los obligan a escribir guiándose por las letras, así también la Ciudad escribe en silabario las leyes, hallazgos de legisladores buenos y antiguos, y obliga a que, según ellas, se mande o sea mandado. Mas castiga a quien se salga de ellas; y el nombre que, entre vosotros y en todas partes, se da a tal castigo, es el de “corrección”, —cual si el castigo justo rectificara. Poniéndose, pues, Sócrates, tanto cuidado acerca de la virtud, lo mismo en privado como en público, ¿te sorprende y desconcierta eso de que la virtud sea enseñable? No hay que sorprenderse; más aún sorprendente fuera, si no resultara enseñable. [326e] ¿Por qué, pues, muchos hijos de padres buenos resultan casquivanos? Apréndelo: no tiene nada de sorprendente, caso de ser verdad, como dije antes; que, si la Ciudad ha de subsistir, la virtud no ha de ser asunto privado de nadie. Si una Ciudad no pudiera subsistir sin que todos fuéramos flautistas, cada uno en la medida de sus fuerzas, y tanto en privado como en público todos enseñaran eso a todos, y reprendieran quien no tocara bellamente la flauta; no lo encelaran, cual sucede ahora respecto de los secretos de las demás artes, sino, cual respecto de lo justo y legal que nadie encela o encubre nada, porque, creo, a todos en nuestro trato mutuo nos favorecen justicia y virtud; por esto todos nos: esforzamos en explicar y enseñar a todos lo justo y lo legal; si, pues, parecidamente, en la flautística pusiésemos todo empeño , y esplendidez en enseñarnos unos a otros, ¿Crees, dijo, Sócrates, que de flautistas buenos nacerían hijos, flautistas buenos, más bien que malos? Creo que no; sino que hijo nacido, de quien sea, con naturales dotes para flautística, en creciendo llega probablemente a famoso; mas el no dotado de natural, sea de quien fuere, quédase de innominado. Muchas veces el flautista bueno resulta uno malo; pero muchas veces, de uno malo, uño bueno. Mas pudieran ser todos ellos flautistas aceptables comparados con los legos y los enteramente ignorantes en flautística. [327c] Parecidamente en el caso presente: el más injusto de los educados según leyes y entre hombres te parecería ser justo y diestro en tales asuntos si hubiera que parangonarlo con hombres sin educación, juzgados y leyes, y Sin nada de esa fuerza que obliga a preocuparse constantemente de la virtud; y fueran salvajes como los que el año pasado, en el Leneo, exhibió el poeta Ferécrates. Por cierto que, de hallarte entre tales hombres, cual se hallan en tal coro los misántropos, apreciarías grandemente la suerte de encontrar a Euríbato y Frinondas, y suspirarías añorando la maldad de los hombres de aquí. Mas ahora te das ese lujo, Sócrates, porque todos son maestros en virtud, cada uno a medida de su poder, aunque ninguno te lo parezca. [328a] Además: es como si buscaras un maestro de griego; que no verías ni uno; ni, creo, si buscaras quién, entre nosotros, enseña a los hijos de los artesanos esa misma arte que han aprendido del padre y de sus amigos, diestros en la misma arte. Quién enseñara, además, a éstos, no creo, Sócrates, fuera fácil señalarles maestros; mas es facilísimo respecto de los inexperimentados. Parecidamente, respecto de Virtud y de todo lo demás. En todo caso es de agradecer el que haya alguien que aventajándonos, por poco que sea, en Virtud, nos estimule a ella. [328b] Por cierto que yo me creo ser uno de ellos y que, de manera distinguida, ayude a alguno de los demás hombres en punto a lo bello-y-bueno; y que, dignamente, gane estipendio por lo que hago. Y, aún más: que así se lo parece al mismo aprendiz. Por esto, he hecho por norma del estipendio ésta: cuando alguien ha aprendido conmigo las lecciones, me dé, si así lo quiere, el precio que pongo; mas si no, yendo al templo señale con juramento en cuánto estima lo enseñado; y que pague eso. [328c] Tal es, Sócrates, dijo, lo que, en mito y razonamiento, te he explicado respecto de que la virtud es enseñable y que tal lo juzgan los atenienses, y que nada tiene de sorprendente el que de padres buenos resulten hijos malos; y de padres malos, buenos; porque, aun los hijos de Polícleto, coetáneos de Páralo y de Jantipo, aquí presente, son unos nadie en comparación con su padre; y parecidamente otros, de otros artesanos. Mas de esto no se debe aún acusarlos, porque todavía hay esperanza, —que son jóvenes. Con tan magnificente exhibición, cesó Protágoras de hablar. [328d] Por largo rato, encantado, estuve yo mirándole cual si fuera a decir algo más, ¡tal era mi deseo de oírle! Mas cuando noté que, en realidad, había cesado de hablar, convocando, por decirlo así, mis fuerzas, y mirando a Hipócrates, dije: Hijo de Apolodoro, cuánto te agradezco el que me incitaste a venir aquí porque tengo en mucho el haber oído lo que he oído de Protágoras, pues, anteriormente, no creía hubiera modo de hacer buenos a los buenos; mas ahora estoy convencido de ello, fuera de una pequeña dificultad suplementaria que, evidentemente. Protágoras explicará con facilidad, después de haber explicado del todo las otras, tan numerosas y graves. Por cierto que si, acerca de estos mismos puntos, se reuniera alguien con uno cualquiera de los oradores públicos, probablemente oiría estos mismos razonamientos de boca de Pericles o de algún otro de los diestros en hablar; pero si se les pregunta algo, cual si fueran libros, no saben ni responder ni preguntar a su turno; y aun si se les repregunta, por poco que sea, sobre lo dicho por ellos, ] cual vasijas de bronce resuenan, golpeadas, largamente, a no ser que se ponga encima la mano, así los oradores, preguntados por cosas pequeñas, extiéndense en larga carrera de palabras. Empero, Protágoras, aquí presente, es capaz de hablar en largos y bellos discursos, como ha quedado patente: y es también capaz, de preguntado, responder brevemente; y, preguntando, aguardar y aceptar la respuesta, —para lo que pocos están preparados. [329b] Así que, Protágoras, poco me faltaría para tener todo, si me respondieras a esto: afirmas que “la virtud es enseñable”; en cuanto a mí, caso de convencerme alguien, me L convences tú. Mas, oyéndote hablar, una cosa me sorprendió; satisfaz en ella a mi alma, Dijiste, pues, que Júpiter envió a los hombres justicia y pundonor; y muchas y repetidas veces La dijiste en tus razonamientos que justicia, templanza, piedad y todo, compendiosamente, cual si fuera algo uno, es Virtud. Pues bien: explícame en riguroso razonamiento este punto: si la virtud es algo uno, siendo partes suyas justicia, templanza, piedad; o si todas, de las que acabo de hablar, son nombres de una misma y única realidad. Tal es lo que vehementemente aún anhelo. [329d] — Pues es cosa fácil de responder, Sócrates, dijo; las cosas por las que preguntas son partes de algo uno: de la Virtud. [329d] — ¿Acaso, repliqué, a la manera como son partes las partes de un rostro: boca, nariz, ojos y oídos; o cual las partes de oro, que en nada se diferencian unas de otras, ni entre sí ni respecto del Todo, a no ser en magnitud y pequeñez? [329e] — Me parece, Sócrates, que de la primera manera: cual se han respecto del rostro en conjunto las partes del mismo. [329e] — En tal caso, añadí, ¿participan de tales partes de la virtud unos hombres de una; otros, de otra, o necesariamente si se posee una se tienen todas? [329e] —En modo alguno, respondió; ya que muchos son valientes, mas injustos; otros, justos, pero no sabios. [330a] — Así que son partes de la virtud, pregunté, ¿sabiduría y valentía? [330a] — Por cierto que lo son más que todas, respondió; y es, entre todas las partes, máxima la sabiduría. [330a] — ¿Cada una de tales partes, añadí, ¿es de por sí algo diverso de otra? [330a] — ¿Y tiene cada una de ellas peculiar poder? Tal como en el rostro, que el ojo no es cual el oído, ni el poder es el mismo; ni de los demás ninguno es como el otro, ni en poder ni en lo demás. De la misma manera, pues: ¿las partes de la virtud no son una como la otra, ni en sí mismas ni en su poder? ¿O no es claro haberse así, caso de parecerse al paradigma? [330a] — Así se han Sócrates, respondió. [330a] — Mas yo dije: así que entre las partes de la virtud. [330a] no hay ninguna que sea lo que es ciencia; ni lo que es justicia, ni tal cual es valentía, ni lo que es templanza, n [330a] — No, respondió. [330a] — Ahora bien, proseguí: consideremos en común la calidad propia de cada una de ellas. Y ante todo, esto: ¿la justicia es alguna cosa, o ninguna? Pues a mí me parece que lo es; ¿y qué a ti? [330c] — También a mí, respondió. [330c] — Pues bien: si alguien nos preguntara a mí y a ti: decidme, «Protágoras y Sócrates, esa misma cosa, a la que disteis el nombre de “justicia”, ¿es ella misma algo justo o injusto?» [330c] — Yo le respondería que “justo"; ¿cuál sería tu voto?, ¿el mismo que el mío o diferente? [330c] — El mismo, contestó. [330c] — Así que, diría yo, respondiendo al interrogador: “justicia” es tal cual “justo”; ¿así también tú? [330d] —Mas si continuara preguntando: «¿afirmáis, pues, haber algo así cual piedad?». Lo afirmaríamos, tal creo. [330d] — «¿Afirmáis según esto que es también una cierta cosa? ¿Lo afirmaríamos o no?». [330d] Asintió también a esto. [330d] — «Mas respecto de esa misma cosa, ¿afirmáis que es, de natural, algo así como impía o piadosa?». Llevaría a mal la pregunta, respondí, y diría: «¡Hable comedidamente, hombre! Que cualquier otra cosa se despida de ser piadosa si la piedad misma no ha de serlo» Y tú, ¿no responderías así? [330e] —Si, pues, continuara preguntándonos: «¿Y qué de lo que hace un momento decíais? ¿Que no os oí correctamente? Me pareció que afirmábais que las partes de la virtud se han unas respecto de otras de manera que no hay ni una de ellas que sea cual la otra». A lo cual, respondería, por mi parte, que en lo demás oíste correctamente; pero oíste mal si piensas que yo dije eso, porque fue justamente Protágoras quien respondió así; yo lo pregunté. Mas si dijera: [331a] Protágoras: ¿dice éste verdad? ¿Afirmas tú que una parte de la virtud no es como otra? ¿Es tuya tal aserción?». ¿Qué le responderías? [331a] — Es necesario admitirla, Sócrates, respondió. [331a] — ¿Qué le responderemos, Protágoras, admitido esto por nosotros, si nos pregunta además: «¿así que la piedad no es algo así como “justo” ni la justicia es algo así como “piadoso”, sino algo así cual “no piadoso”; la piedad, por su parte, es algo así como “no justo”, así que algo “injusto”; mas la justicia, algo “impío”?». ¿Qué le responderemos? Yo por mí le diría que la justicia es algo “pío” y que la piedad es algo “justo”; y por ti, si me lo permites, respondería lo mismo: que, o bien son lo mismo justicia y piedad, o bien, que son algo semejantísimo; y sobre todo, que justicia es tal cual piedad, y piedad cual justicia. Pero considera si prohibirme responder así o estás de acuerdo con la respuesta. [331c] —No me parece, Sócrates, dijo, que la cosa sea tan sencilla como para conceder que la justicia es algo “piadoso” y que la piedad es algo “justo”. Más bien me parece haber alguna diferencia. «Pero, ¿en qué está la diferencia?, dije, porque si te place séanos tanto justicia algo “piadoso” como piedad, algo “justo”». [331c] —No, repliqué yo; que no pido en modo alguno se ponga a discusión eso de “si te place esto” y “si te parece”; sino, “a mí y a tí”; eso de “a mí y a ti” lo digo creyendo que se discutirá óptimamente el razonamiento si se le quita eso de “si”. [331d] — «Sin embargo, dijo, en algo se parece la justicia a la piedad, porque de una u otra manera cualquier cosa se parece a otra; que hay como lo blanco se parezca a lo negro, lo duro a lo suave, y aun las cosas que pareciera son contrarísimas entre si. Y respecto de las que antes afirmamos tener poderes diferentes, y no ser la una cual la otra —las partes de la cara— de una u otra manera se asemejan y una es algo así como otra, de modo que, según esto, todas las cosas son, si te place argüir así, semejantes entre sí. Empero, no es justo ni llamar “semejantes” a las que tengan algo de semejantes, por poquísimo que sea; ni “desemejantes”, a las que tengan algo de desemejante». [331e] — Mas, sorprendido, le dije: «¿así que, según tú, lo justo y lo pío se han entre sí de manera que tengan un poquito de semejante?». [332a] — De ninguna manera así, replicó; que ni tú mismo me parece lo crees. [332a] — Pues bien, dije; ya que me parece llevas a mal esto. [332a] dejémoslo correr, mas consideremos otro punto del que hablaste: «¿hay algo a que llamas “insensatez”?». Lo admitió. [332a] — ¿No es la sabiduría algo enteramente opuesto a tal cosa? [332a] — Me lo parece, contestó. [332a] — Cuando los hombres obran recta y provechosamente, ¿no te parece ¡)ue entonces, por obrar así, son templados?, ¿o lo contrario? [332a] — Así que son templados por la templanza. [332b] —Según esto quienes no obren rectamente, ¿obran insensatamente y no son templados al obrar así? [332b] — Me lo parece también a mí, dijo. [332b] — ¿Así que obrar insensatamente es lo contrario a obrar templadamente? Lo admitió. [332b] — ¿Así que lo hecho insensatamente se hace por insensatez, mas lo templadamente, por templanza? Lo admitió. [332b] — Así que, si algo se hace por fuerza, ¿hácese forzadamente?; y si por debilidad, ¿débilmente? Le pareció así. [332b] — Y si con velocidad, ¿velozmente?; y si con lentitud, ¿lentamente? Lo afirmó. [332b] — Y si algo se hace de la misma manera, ¿se hace por virtud de mismo? Y si contrariamente, ¿por virtud de contrario? Asintió. [332b] — Pues bien, proseguí, ¿hay algo así como bello? Lo admitió. [332b] — ¿Hay, fuera de lo feo, algo que le sea contrario? [332b] — No lo hay. [332b] — Bien: ¿hay algo así como bueno? [332b] — Lo hay. [332b] — excepción de lo malo, ¿hay algo que le sea contrario? [332b] — No lo hay. [332b] — Bien: ¿hay en la voz algo así como agudo? Lo afirmó. [332b] — Fuera de lo grave, ¿hay algo que le sea contrario? [332b] — No, respondió. [332b] — ¿Así que añadí, a cada uno de los contrarios hay tan sólo un contrario, y no muchos? Lo admitió. [332d] — Ahora bien; proseguí; contemos nuestras concordancias. ¿Concordamos en que para un contrario hay sólo un contrario, y no muchos? Concordamos en ello. [332d] — ¿Y en que lo hecho contrariamente se ha hecho por virtud de contrarios? Lo afirmó. [332d] ” —¿Admitimos que se ha hecho de manera contraria lo se hace insensatamente a lo que se hace templadamente? afirmó. — ¿Y en que lo hecho templadamente se ha hecho por de templanza?; mas lo insensatamente, ¿por insensatez? — Si, pues, se hace contrariamente, ¿habríase hecho por de un contrario? — Sí. — ¿Mas hácese unas veces algo por virtud de templanza; por insensatez? — Sí. — ¿De manera contraría? — Ciertamente. — ¿Así que por ser contrarios? —Sí. — ¿Así que insensatez es contrario de templanza? — Tal parece. — Recuerda, pues, que anteriormente convinimos en que es contraria a sabiduría. Lo concedió. — ¿Y en que para un contrario no hay sino otro conafirmó. [333a] Protágoras: ¿de cuál de los razonamientos nos desharedel que “para un contrario no hay sino otro contrario”; de aquel otro que dijimos: “que sabiduría es algo diverso templanza, que ambas son partes de virtud, y que, además ser algo diverso, son desemejantes ellas y sus poderes. [333a] lo son las partes del rostro”? ¿De cuál nos desharemos?, ambos a dos, estos razonamientos no están gran cosa musicalmente dichos; que no consuenan ni en melodía en armonía. ¿Cómo van a consonar, si es necesario el que un contrario no haya sino un otro contrario, y no muchos; respecto de la insensatez, que es una, parecen ser consabiduría y templanza? ¿Es así, Protágoras, dije, o otra manera? Lo admitió, aunque de muy mala gana. [333b] — ¿Según esto, pues, serían una sola cosa la templanza la sabiduría? De hecho nos pareció anteriormente que la y la piedad eran casi casi lo mismo. ¡Vamos!, P roañadi, no desfallezcamos; terminemos de considerar resto. ¿Te parece que quien obre injustamente, al obrar [333c] — Me avergonzaría, Sócrates, dijo, de admitir eso, aunque muchos son los que lo afirman. [333c] — ¿Enderezaré, pues, el razonamiento contra ellos o contra ti? [333c] —Si te place, respondió, enderézalo primero contra ese razonamiento: el de la mayoría. [333c] — Me es igual, mientras seas tú quien me responda si tal es o no tu opinión. Sobre todo quiero poner a prueba tal razonamiento; tal vez, por cierto, suceda el que yo, el interrogador, y el interrogado, resultemos puestos a prueba. [333d] Protágoras comenzó por hacérsenos el interesante, alegando ser dificultoso el razonamiento; mas después accedió a contestar. [333d] — Pues bien, dije; volviendo al principio, respóndeme: ¿te parece que algunos injustos son templados? [333d] — ¿Llamas a ser templado ser bien sensato? Lo afirmó. [333d] — ¿Mas ser bien sensato es aconsejarte bien al ser injustos en algo? [333d] —¿Lo es, añadí, si por obrar injustamente les va bien o si mal? [333d] — Si bien. [333d] — ¿Hay, pues, dices, cosas buenas? [333d] — Lo digo. [333d] —¿Y son precisamente buenas, pregunté, las beneficiosas a los hombres? [333d] — Sí, por Júpiter!, respondió; con tal de que les sean beneficiosas las llamo “buenas”. [333e] Y me pareció que Protágoras estaba ya molesto, apretado y desconcertado para responder; cuando, pues, caí en cuenta de ese su estado, puse cuidado, y le pregunté afablemente, diciendo: «¿te refieres, Protágoras, a las cosas que no son beneficiosas para hombre alguno, o a las que en modo alguno lo son? ¿Llamarías “buenas” a tales cosas? [334a] — De ninguna manera, respondió; sé de muchas cosas que no son beneficiosas para los hombres, —tales alimentos, bebidas, medicinas y mil y mil otras; mas otras son beneficiosas. Algunas, ni lo son ni no lo son para hombres; pero sí, para caballos; algunas, lo son sólo para ganado mayor; otras, para perros; algunas, para ninguno de éstos, mas sí para árboles; algunas son buenas para las raíces del árbol; mas ra perjudiciales para los pimpollos, cual el estiércol que es bueno echado a las raíces de todas las plantas; mas, si te da por echarlo a vástagos y ramas tiernas, lo corrompe todo. Que aun el aceite es malísimo para toda planta; enemiguísimo para el pelo de todos los animales, a excepción del hombre, —que para pelo y cuerpo humanos el aceite es grande ayuda. Tan vario y versátil es lo bueno que, en este caso, resulta bueno para lo externo del cuerpo humano; pero malísimo, para lo interno. Por lo cual los médicos desaconsejan su uso a los enfermos, a no ser en pequeñísima cantidad cuando se trata de comer; únicamente la que baste a extinguir esa desazón que manjares y condimentos producen en las sensaciones olfativas». [334c] Dicho, pues, lo cual por él, alborotáronse los presentes, cual si hubiera hablado bien, mas yo dije: «Protágoras, sucede que soy olvidadizo; de modo que, si se me habla largo, se me olvide de qué se trataba. A la manera, pues, que si se diera el caso de ser yo duro de oído, creerías ser preciso, puesto a dialogar conmigo, hablarme más alto que a los otros, así ahora, en favor de este olvidadizo, recorta las respuestas y hazlas más breves, si es que he de seguirte. [334d] — ¿Cómo quieres que te responda más breve?, dijo; ¿que responda más breve de lo debido? [334d] — De ninguna manera, respondí. [334d] — ¿Así que lo debido?, dijo. [334e] — ¿Te responderé, pues, cuan largo crea yo deberse, o cuanto lo creas tú? [334e] — Pues bien, dije, he oído que eres capaz aun tú mismo de enseñar a otro, lo mismo hablando largamente, si lo quieres así, sin que nada se pierda del razonamiento; y de manera parecida, brevemente, tanto que nadie te gane en hablar más Sócrates, dijo; con muchos hombres me he peleado ya a razonamientos; mas si hiciera lo que pides: que fuera el oponente quien dispusiera la manera de hablar, y según ella hablara yo, no habría yo llegado, patentemente, a ser mejor que todos, ni a tener Protágoras un nombre entre los Mas notando yo que ni él mismo estaba satisfecho de sus anteriores respuestas y que, de buena gana, no querría dialogar, haciendo él de respondedor, creí que ya no tenía por qué estar presente en tal conversación, y dije: «Protágoras, se me hace incómodo el que continuemos conversando de manera contraria a tu opinión; mas si quisieras dialogar de modo que pueda seguirte, dialogaré contigo, ya que, como se dice de ti, y tú lo afirmas de ti mismo, eres capaz de conversar en breviloquio y en longiloquio, pues eres sabio. Mas yo soy incapaz de longiloquios, aunque bien querría ser capaz de ellos. Empero, tú, potente en ambos, habrías de ser condescendiente con nosotros, en favor de la conversación. Mas ya que no lo quieres, y yo no tengo tiempo libre, y no podría quedarme a oír cómo te extiendes en largos razonamientos, tengo que irme, y me voy, a pesar de que me sería no desagradable el oírte». [335c] Con tales palabras me levantaba como pata irme; cuando, al levantarme, Calías, con su mano derecha, me tomó del brazo, y con la izquierda me agarró de este manto, y dijo: «No te dejaremos ir, Sócrates, porque si te vas, nuestro diálogo no continuará igual de bien; te pido, pues, que te quedes con nosotros, pues nada me sería más agradable que oíros dialogar a ti y a Protágoras. Haznos, pues, a todos nosotros este favor». [335d] Á lo cual yo dije —ya estaba levantado como para salir— «Hijo de Hipónico, por cierto que siempre he admirado tu amor a la sabiduría; mas especialmente ahora lo alabo y aprecio, de manera que bien querría hacerte este favor, si me pidieras algo posible. Empero, en este caso es como si me pidieras que conversara con un corredor cual Crisón, el de Himera, en su mejor forma; o que corriera con a siguiera a los corredores de carreras a larga distancia o a los de carrera de un día, mas te dijera que mucho más que tú de mí me pido yo a mí acompañar a tales corredores, mas no puedo. Pero, si te empeñas en vernos correr en la misma carrera a mí y a Crisón, pídele que se me ponga al paso, pues él ' puede correr lentamente, mas yo no puedo velozmente. Si pues, deseas oírnos a mí y a Protágoras, pídele que, tal como al principio me respondió brevemente y además a lo preguntado, me responda también así. Si no es así, ¿qué manera habrá de dialogar? Porque creía que conversar dialogando unos con otros y arengar al pueblo eran cosas diferentes». I «Mas vez, dijo Sócrates, a.cl¡ue Protágoras cree que en justicia y derecho le es lícito dialogar de la manera que él quiera; y tú, a tu vez, de la que quieras». [336b] Aquí intervino Alcibíades diciendo: «No lo dices bellamente, Calías; porque precisamente Sócrates admite no dominar longiloquios, y lo cede a Protágoras; mas me sorprendería de que se retirase ante alguien en eso de ser capaz de dialogar y saber dar y recibir razones. De modo, pues, que si Protágoras admite ser inferior a Sócrates en dialogar, bástele a Sócrates; mas si se le enfrenta, dialogue preguntando y respondiendo, no extendiéndose en largo razonamiento para cada pregunta, ni rebatiendo las razones y rehusando dar razón, sino dilatándose hasta que la mayoría de los oyentes se olviden sobre qué versaba la pregunta. Salgo yo garante de que Sócrates no se olvidará de ello; no, porque eso de que sea olvidadizo lo dice por broma. Me parece, pues, más equitativo lo que dice Sócrates, porque cada uno ha de manifestar el pensamiento propio». [336d] Después de Alcibíades habló Critias, creo. «Pródico e Hipias, me parece que Calías está grandemente por Protágoras, mientras que Alcibíades es siempre aficionado a pelear en todo lo que emprenda. En modo alguno hemos de tomar partido en tal pelea en favor de Sócrates ni de Protágoras, sino pedir a ambos que no disuelvan, a mitad, la reunión». [337a] En acabando de decir esto. Pródico añadió: «Me parece que has hablado bellamente, Critias, porque quienes tomamos parte en tales razonamientos hemos de ser oyentes en común de ambos dialogantes, mas no iguales a ellos, porque no es lo mismo; haber en común de oírlos no es repartir la atención igualmente entre ellos, sino dar mayor al más sabio; menor, al menos instruido. Por mi parte. Protágoras y Sócrates, juzgo que se os conceda discutir entre vosotros sobre los razonamientos, mas no reñir, porque aun los amigos discuten benévolamente con los amigos, mas riñen entre sí los dispares y los enemigos. De esta manera, bellísimamente resultaría nuestra reunión, porque, hablando así vosotros, ganaríais grandemente en prestigio ante nosotros, los oyentes, aunque no en alabanzas; que el prestigio se aposenta en almas de los oyentes sin doblez, mientras que frecuentemente se alaba de palabra contra lo que se opina; tales los mentirosos. Por otra parte, nosotros los oyentes nos regocijaríamos por ello; no nos deleitaríamos, porque se regocija quien aprende algo y se lleva en si mente algo de sapiencia; mas se deleita quien come o recibe cualquier otro deleite corporal». [337c] En terminando de hablar Pródico, muchos de los presentes dieron muestras de aprobarlo; después de Pródico tomó la palabra Hipias el sabio, y dijo: «Varones presentes. [337c] creo que todos vosotros sois congéneres, familiares y conciudadanos por naturaleza, no. por ley, porque lo semejante es por naturaleza congénere con lo semejante; empero, la ley, tirano de los hombres, violenta en muchas cosas a la naturaleza. Es, pues, vergonzoso, el que sepamos la naturaleza de las cosas —siendo como somos los más sabios de los griegos, y habiendo concurrido precisamente por esto a la Presidencia misma de la Sabiduría en Grecia y, dentro de esta Ciudad, a la mayor y más dichosa casa de ella— y no demos muestras dignas de tal dignidad, sino que disputemos entre nosotros, cual lo hicieran los más ligeros de los hombres. Os pido, pues, y aconsejo. Protágoras y Sócrates, convengáis en que intermediemos de árbitros: tú, Sócrates, no exijas ese eidos de diálogo rigurosamente breve, si no le place a Protágoras; da rienda suelta a los razonamientos para que luzcan ante nosotros magnificentes y de bellos rasgos. A su vez, que Protágoras no despliegue todo el velamen y, dándose a la brisa; se escape al océano de las palabras, perdiendo de vista la tierra. Echad ambos por la mitad. Hacedlo, pues, así; obedecedme y elegid un director, supervisor y presidente que ponga vigilante mesura en la longitud de vuestros respectivos razonamientos». [338b] Agradó esto a los presentes; lo alabaron todos; y Calías dijo que no me dejaba marchar y los demás pidieron que escogiera supervisor. «Repliqué que sería una vergüenza elegir árbitro para los razonamientos. Porque, añadí, si el elegido ha de ser inferior a nosotros, no sería correcto el que supervigile un inferior a los superiores; si igual, tampoco fuera correcto, porque un semejante a nosotros hará lo mismo que nosotros, de manera que superfluamente se lo elegiría. ¿Pero elegiréis uno mejor que nosotros? En verdad, creo, es imposible elijáis a alguien más sabio que Protágoras, precisamente. Mas si elegís uno realmente no mejor, aunque digáis serlo, también resultará para él una vergüenza el haberle elegido un supervisor, cual si fuera un cualquiera. En cuanto a mi, nada me importa. Empero, para que resulte lo que deseáis: la reunión y nuestro diálogo, quiero hacerlo así: si Protágoras se decide a no responder, que pregunte él, yo responderé y «la vez trataré de mostrarle la manera como yo digo ha de La responder el respondiente. Mas después de que haya respondido yo a todo lo que él quiera preguntar, le toca a él dar el mismo trato a mí razonamiento. Si no pareciese estar dispuesto a responder a lo precisamente preguntado, yo y vosotros, conjuntamente, le exigiremos lo que vosotros a mí: que no estropee la reunión. Para esto no hace falta supervisor; todos, conjuntamente, supervisaremos». Pareció a todos haber de hacerse así. No lo quería gran cosa Protágoras; no obstante se vio forzado a admitir que preguntaría; y una vez que hubiera suficientemente preguntado, le tocaría, respondiendo, dar brevemente razón. [338e] Comenzó, pues, a preguntar más o menos de la siguiente manera: «Pienso, o digo, Sócrates, que la parte mayor y mejor en la educación de un varón es la de ser fuerte en poemas; lo cual es ser capaz de percibir, en lo dicho por los poetas, lo correctamente hecho y lo que no; saber separarlo y dar razón cuando sobre ello se le pregunte. Según esto la pregunta versará ahora sobre lo mismo que yo y tú estábamos discutiendo: sobre la virtud, sólo que transportándolo a poesía. Tal será, la única diferencia. Pues bien: en cierto lugar dice Simónides a Escopas, el hijo de Creón de Tesalia: Para un varón, dificultoso es, por cierto, hacerse bueno: Cuadrangular en manos y pies y mente. [339b] irreprochablemente formado. [339b] Conoces la oda, ¿o te la recito entera? [339b] A lo cual repliqué: no hace falta alguna. Da la casualidad de haberla yo trabajado con gran cuidado. [339b] — A punto lo dices, añadió. ¿Te parece, pues, estar bella y correctamente compuesta, o no? [339b] — Muy bella y correctamente, respondí. [339b] — ¿Mas te parece bellamente compuesta, si el poeta se contradice a sí mismo? [339b] — No, respondí. - [339b] — Pero, hombre, lo he considerado suficientemente. [339c] — Sabes que, más adelante de la oda, dice en cierto lugar: Para mí, no está cantado a tono lo de Pítaco. [339c] aunque dicho por sabio mortal; dice: “dificultoso es ser bueno”. [339c] ¿Caes en cuenta de que es él mismo quien dice esto y lo anterior? [339c] — Lo sé, respondí. [339c] — ¿Te parece, pues, que esto concuerda con aquello? [339c] — Me lo parece, —y a la vez me entró el temor de que hubiese algo de eso. ¿Que a ti no te lo parece?, pregunté. [339d] — Pues, ¿cómo me parecería concordar él consigo mismo diciendo ambas cosas? Primero supuso ser dificultoso el que un varón sea bueno de verdad; mas, progresando un poco el poema, se olvidó de ello y reprendió a Pítaco, quien dice lo mismo que él: “dificultoso es ser bueno”, y se niega a admitir el que hable concordemente consigo mismo. Aunque al reprender a quien dice lo mismo que él, es claro que se reprende a sí mismo, de modo que no está correctamente dicho o lo anterior o lo posterior». [339d] En diciendo esto, dio a muchos de los oyentes ocasión de alboroto y alabanza; de pronto, cual golpeado por buen boxeador, me sentí ciego y mareado por tales palabras y por el común alboroto. Después, te diré la verdad, a fin de darme tiempo para considerar qué dice el poeta, me volví hacia Pródico y llamándole le dije: «Pródico. Simónides es, sin duda, conciudadano tuyo. Es, pues, de justicia que ayudes a tal varón. Creo, pues, que acudo a ti, cual dice Homero, lo hizo Escamandro, cercado por Aquiles, llamando en su auxilio a Simois, diciendo: Hermano querido, aguantemos ambos a la una la fuerza del varón. [340a] Parecidamente yo acudo a ti para que Protágoras no arruine a Simónides. Que rectificar lo de Simónides en su favor requiere tu oído musical por el que distinguir entre “querer” y “desear”, que no son lo mismo, y para otras muchas y bellas cosas que acabas de decir. Considera ahora si te parece lo mismo que a mí: que no me parece contradecirse a sí mismo Simónides. Comienza, pues, Pródico, por declarar tu pensamiento: ¿te parece que es lo mismo, o diverso, “hacerse” y “ser”? [340b] — Diverso, por Júpiter!, respondió Pródico. [340b] — Dije, pues, yo: ¿no declaró Simónides mismo en las primeras palabras su propio pensamiento de que “dificultoso es para un varón hacerse verdaderamente bueno”? [340c] — Dices verdad, respondió Pródico. [340c] — Mas reprende a Pítaco, añadí yo, no, cual cree Protágoras, por decir lo mismo que él, sino por decir otra cosa. Porque lo que dijo Pítaco, no es, como dice Simónides, que sea dificultoso “hacerse” bueno, sino "serlo”. Mas, Protágoras, como dice Pródico, no es lo mismo “ser” y “hacerse”. Pero si no es lo mismo ser y hacerse, no se contradice a sí mismo Simónides. Aunque tal vez Pródico y otros muchos afirmarían con Hesíodo que es dificultoso hacerse bueno, porque “ante la virtud, pusieron los dioses sudor; mas, cuando se ha llegado a su cumbre, fácil después resulta poseerla; aunque, antes, dificultoso”». [340d] Oyendo lo cual. Pródico me lo alabó. Mas Protágoras dijo: «Tu rectificación, Sócrates, tiene un error mayor que el que pretendías rectificar». [340d] A lo cual respondí: «Mal me resultó, al parecer, Protágoras; soy algo así cual médico ridículo: mi remedio agrava la enfermedad». [340e] — Pues, así es, dijo. [340e] — Grande ignorancia fuera, replicó, en el poeta si hubiera dicho que poseer la virtud es algo tan sencillo, cuando es lo más dificultoso de todo, y así se lo parece a todos los hombres. [340e] —Y yo dije: ¡Por Júpiter!, oportunamente y por suerte está aquí Pródico para razonar con nosotros; y por suerte, Protágoras, la sabiduría de Pródico parece ser, desde mucho tiempo atrás, divina, o por provenir ya desde Simónides o aun de más antiguo. Mas tú, en tantas otras cosas experto, parecieras inexperto en ésta, no como yo, que, por discípulo precisamente de Pródico, soy en ella experto. Me parece que no estás entendiendo que Simónides no tomó eso de “dificultoso”, cual lo tomas tú, sino, cual respecto de “tremendo”, me reprende a cada momento Pródico mismo cuando, al alabarte a ti o a otro, digo que Protágoras es varón sabio y "tremendo”; y me pregunta: ¿no te da vergüenza de llamar “tremendo” a lo “bueno”? Porque “tremendo”, dice, es algo “malo”; por eso nadie habla de riqueza “tremenda”, de paz “tremenda”, de salud “tremenda”, en estos casos, sino de enfermedad “tremenda”, de guerra “tremenda”, de pobreza “tremenda”, que son casos de males terribles. Posiblemente, pues, también respecto de “tremendo” tanto los de Quíos como Simónides lo toman o como malo, o cual alguna otra cosa que tú no entiendes. Preguntemos, pues, a Pródico, porque es justo lo preguntemos a quien es del mismo dialecto que Simónides. ¿Qué indicaba Simónides con “dificultoso”, Pródico? [341c] — Por esto, Pródico, dije, reprende a Pítaco: por decir que es “dificultoso” ser bueno; que es como si le oyésemos decir que es “malo” ser bueno. [341c] — Pero, Sócrates, dijo: ¿qué otra cosa crees dijo Simónides y por qué otra crees que reprendió a Pítaco sino por ésta; no saber discernir correctamente las palabras, por ser lesbio y criado en lengua de bárbaros? [341c] — ¿Oyes, Protágoras, añadí, lo que acaba de decir Pródico? ¿Tienes algo qué decir en contra? [341d] A lo cual Protágoras respondió: «ni de lejos la cosa es así; mas yo sé que también Simónides entendió por “dificultoso” lo que todos nosotros: no, lo malo, sino lo que no sea fácil, por requerir mucho trabajo. [341d] — Pues yo también pienso, Protágoras, que Simónides lo entendió así y que Pródico piensa lo mismo, sólo que bromea y trata de ponerte a prueba a ver si eres capaz de defender tu propia sentencia; de que Simónides no entienda por “dificultoso” “malo”, es prueba la frase inmediatamente siguiente, pues dice: Solamente dios tendría tal privilegio. [341e] En caso de decir precisamente que “es malo ser bueno” no va a añadir a continuación que solamente dios posee eso, y atribuirle tan sólo a dios tal privilegio, pues Pródico llamará insolente a Simónides, y no fuera realmente de Quíos. Cual me parezca ser el pensamiento de Simónides en esa oda, trataré de decírtelo, si quieres ponerme a prueba en lo que dices acerca de los versos; mas si prefieres, te escucharé». [342a] Oyéndome Protágoras decir esto, respondió: «como tú lo quieras, Sócrates». Mas Pródico e Hipias, los dos a la una, me lo exigieron, e igualmente los demás. [342a] «Pues bien, dije, qué me parezca de esta oda, trataré de explicároslo; que la filosofía es en Creta y Lacedemonia más antigua y abundante que entre los helenos; y hay en esas tierras, grandísimos sofistas; mas niegan serlo, y hacen figura de ignorantes para no dar muestras de que, por sabiduría, dan mil vueltas a los helenos, cual los sofistas de quienes hablaba Protágoras; mas se crea les dan mil vueltas por guerreros y valientes, pensando que, si se conociera por qué, todos se ejercitarían en ello precisamente: en sabiduría. [342b] En efecto lo han ocultado, y han engañado a los imitadores de Lacedemonia en nuestras ciudades; y así algunos de ellos para imitarlos quiébranse las orejas, fájanse de correas. [342c] dedícanse a gimnasia, llevan capas cortas, cual si por tales cosas los lacedemonios dominaran a los helenos. Mas cuando los lacedemonios quieren tratar sin reservas con sus sofistas, y se les hace ya pesado reunirse en secreto, expulsan oficialmente a tales laconizantes extranjeros; y si algún otro extranjero hay de residente, reúnense con los sofistas a ocultas del extranjero. No permiten a ninguno de los jóvenes ir a otras ciudades —cual no lo permiten los Cretenses— a fin de que no desaprendan lo que ellos les han enseñado. Hay en tales ciudades no sólo varones, sino aun mujeres de grandiosos pensamientos en materia de educación. Pero conoceríais que digo verdad en esto, y que los lacedemonios han sido perfectamente educados en filosofía y argumentos, en lo siguiente: si alguno quiere tratarse con el más vulgar de los lacedemonios, encontrará al comienzo parecerle flojo en razonamientos; mas después, inesperadamente, durante la conversación, le disparará, cual diestro dardero, una frase, digna de mención, breve y comprimida, de manera que se echará de ver que el interlocutor no es superior en nada a un niño. Tanto algunos de los actuales como de los antiguos, han percibido esto mismo: que hablar lacónicamente resulta ser más bien amor a la sabiduría que amor a la gimnasia; sabidores de que ser capaces de hablar con tales frases es propio de hombre perfectamente educado. Entre ellos están Tales de Mileto. Pítaco de Mitilene. Bías de Priene, nuestro Solón, y Cleóbulo de Lindo y Mysón el de Quen, y séptimo entre ellos era tradicionalmente el lacedemonio Quilón. Todos ellos fueron celosos, amantes y discípulos de la educación lacedemonia; y cualquiera reconocería en ellos tal tipo de sabiduría en aquellas frases, breves, dignas de memoria, atribuidas a cada uno; que ellos, reunidos, dedicaron en común, cual primicias de la sabiduría, a Apolo en su templo de Delfos, escribiendo lo que anda, por cierto en todas las lenguas: “conócete a ti mismo”, “nada en demasía”. ¿Para qué digo esto?, porque tal era en filosofía el estilo de los antiguos: la brevedad lacónica. Y de Pítaco circulaba privadamente entre los sabios encomiada por ellos aquella frase: “Es dificultoso ser bueno”, Simónides, por amante de la fama en sabiduría, advirtió que, si venciera a esa frase, cual a famoso atleta y se apoderara de ella, adquiriría él mismo gran fama entre los hombres; así que contra ella y con esta finalidad de intentar desprestigiarla, compuso, a mi parecer, el poema entero. [343c] Consideremos todos en común si es verdad lo que digo, porque, de inmediato, el comienzo del poema parecería locura si, pretendiendo decir que "“dificultoso es a un varón el hacerse bueno”, insertó después “por cierto”. Porque no parece tener gran sentido tal inserción, a no ser suponiendo que Simónides hable en plan de enfrentarse a la frase de Pítaco. Pítaco dice que “es dificultoso ser bueno”; mas Simónides lo pone en duda diciendo: No; sino “hacerse bueno” 1 es, “por cierto”, lo dificultoso para un varón, Pítaco; y dice Simónides, “verdaderamente” y no “en verdad bueno”; a “bueno” no añade lo de “en verdad”. Que entre las cosas I haya algunas que son verdaderamente buenas y otras que son, por cierto, buenas; mas, por cierto también, no lo son verdaderamente, resultaría patente simpleza, y no algo de Simónides. Lo de “verdaderamente” hay que tomarlo y trasponerlo a otra parte del poema; cual si sobreentendiéramos en lo de Pítaco: supongamos que Pítaco hablara, y Simónides respondiera, diciendo aquél: «Hombres, “dificultoso es ser bueno”»; y respondiendo éste: «Pítaco, no es verdad lo que dices; porque para un varón no “ser” sino “hacerse” bueno y cuadrangular en manos, pies y mente, irreprochablemente formado, es lo “verdaderamente” dificultoso». [344a] De esta manera échase de ver que “por cierto” es una inserción; y que “verdaderamente” tiene su lugar correcto al final. Todo lo siguiente prueba que así se dijo. Muchas cosas hay, respecto de cada una de las palabras del poema, que demuestran lo bien que ha sido hecho: magnífico en gracia y coafinación. Mas resultaría largo recorrerlo así. Empero, descorramos su tipo e intención en conjunto, lo que resulta, sobre todo, refutación de la sentencia de Pitaco por el poema entero. [344b] Progresando un poco, después de tal frase, dice, cual si discurseara, “que es verdaderamente dificultoso el que un varón se haga bueno”, y que es, por cierto, posible por algún tiempo; mas que en “haciéndose”, permanezca en tal estado y “sea” varón bueno, como dices tú, Pítaco, es algo imposible y no humano, que solamente dios tendría tal privilegio; Que no hay como no “sea” malo varón sobre quien se abate desconcertante desgracia. [344c] Pues bien: ¿sobre quién se abate desconcertante desgracia en el gobierno de nave? Es claro que no sobre un cualquiera, que un cualquiera está siempre desprevenido; así, pues, como no hay manera de derribar a quien está echado, sino tal vez se derribe a quien está de pie, de modo que se lo haga estar echado, mas no a quien esté ya echado, parecidamente al bien preparado lo abata tal vez desconcertante desgracia; mas, respecto de quien jamás está preparado, no hay caso. Una grande y repentina tempestad desconcertaría a un piloto; y una mala estación lo dejaría, por lo pronto, sin recursos a un agricultor; y parecidamente a un médico. Al bueno precisamente le pasa el hacerse malo, según nos lo testifica otro poeta, al decir: Nada obsta a que varón virtuoso sea unas veces malo; Empero, al malo no le pasa el “hacerse” sino el “ser” siempre y necesariamente malo; de manera que al abatirse imprevisible desgracia sobre varón bien prevenido, sabio y bueno, no hay como no sea malo. Mas tú afirmas, Pítaco. [344e] que es dificultoso “ser” bueno; “hacerse” bueno es, sin duda. [344e] dificultoso, pero posible; mas “serlo” es imposible. [344e] Todo varón es bueno, si le va bien; Pero malo, si mal. [345a] ¿Qué irá bien respecto de letras?, y ¿qué hará irle bien al varón en letras? Es evidente, que aprenderlas. [345a] ¿Qué obra es apta para hacer un buen médico? Es evidente que aprender a curar enfermos. Mas el malo, lo hará malamente; ¿quién, pues, “se hará” mal médico? Es evidente que esto pasará ante todo, a quien sea médico, después, a quien sea buen médico, porque quien sea tal, podría aún hacerse” malo. Empero, nosotros, legos en medicina, no podríamos jamás “hacernos”, por mal que lo hagamos, ni malos médicos, ni carpinteros ni nada de esta clase; mas quien, aun haciéndolo mal, no se hiciera médico, es evidente que tampoco se haría mal médico. Parecidamente un varón bueno se haría tal vez malo o con el tiempo o por la fatiga o por enfermedad o por cualquier otro accidente, porque hay tan sólo una cosa que va mal: carecer de ciencia. Empero, el varón malo no se haría, alguna que otra vez, malo; pues lo es siempre. Si ha de hacerse malo, preciso es que comience por hacerse bueno. De manera que esta parte del poema pretende decir: “ser” varón bueno no capacita para continuar “siendo” bueno; mas el mismo varón es capaz de “hacerse” bueno y aun malo. Empero, “por más tiempo y óptimos son los amados por los dioses”. Quede todo esto dicho respecto de Pítaco; por lo siguiente del poema resultará aún más claro; pues dice: Por lo cual, puesto a buscar lo que es imposible suceda. [345c] no echaré vanamente mi lote de vida a esperanza irrealizable: hallar hombre irreprochable entre cuantos nos alimentamos de los frutos de la ampliamente asentada tierra. [345c] De encontrarlo, os lo anunciaré. [345d] Tal dice; y así de grandiosamente, a lo largo del poema entero, prosigue desarrollando la sentencia de Pítaco: Mas alabo y amo a todos los que voluntariamente no hagan nada de vergonzoso; que, contra Necesidad, ni los dioses Lo cual está dicho en el mismo sentido. Porque no era Simónides tan poco instruido como para decir que alababa a quien voluntariamente nada hiciera de malo, cual si hubiere quienes hicieran voluntariamente el mal. Por mi parte estoy casi seguro de que no hay entre los varones sabios quien crea haber hombre alguno que voluntariamente yerre ni que haga voluntariamente cosas feas y malas; saben, por el contrario, muy bien que quienes hacen cosas feas y malas las hacen involuntariamente. Según esto, aun Simónides no dice , que alabe a quien no haga el mal voluntariamente; eso de “voluntariamente” lo dice de sí mismo. Bien sabía que, frecuentemente, varón bello-y-bueno tiene que violentarse para hacerse amigo o alabador de alguno; cual pasa a varón, frecuentemente, caerle antipáticos madre, padre, patria o algo a ellos parecido. Pues bien: cuando eso pasa a los malos, es cual si se complacieran en ver, reprender, sacar a luz pública y acusar las faltas de parientes o patria, para que, si los descuidan, nadie se lo eche en cara ni les reprochen tal descuido; de esta manera agravan la reprensión y sobreañaden a las enemistades inevitables otras voluntarias. Por el contrario, dice que los buenos se hacen violencia para ocultar tales cosas y alabar a los suyos; y sí, por perjudicados, se enfadan con parientes o patria, aplácanse y se reconcilian, esforzándose en amar y alabar a los suyos. Muchas veces pienso que el mismo Simónides creía tener que alabar y encomiar a tirano o tipo parecido, no voluntariamente, sino forzado. Por lo cual dice a Pítaco: «Yo, Pítaco, no te reprendo precisamente porque soy amigo de reprender, ya que me contento con varón que no sea malo ni demasiado intratable. [346b] Varón salutífero sabe ayudar con justicia a la Ciudad. [346b] A él no lo reprenderé yo. [346b] Que no soy amigo de reprensiones. [346b] Que la raza de los tontos es infinita, de manera que si alguien se complace en reprender, tiene más que suficiente reprendiendo a esos. [346b] Bellas son, realmente, todas las cosas en que no haya mezcla de feo». [346d] Mas no dice Simónides esto cual si dijera que es blanco todo lo que no esté mezclado de negro, pues fuera de muchas maneras ridículo; dícelo porque él mismo acepta que haya términos medios, no reprensibles. “Y no busco”, afirma, “un hombre irreprochable, entre los que nos alimentamos de los frutos de la ampliamente asentada tierra”, y que, “hallado, os lo anunciaré; en caso de exigir esto, a nadie podría alabar; me basta con que sea mediano y nada malo haga, que yo a todos amo y 'alabanceo” y aquí se sirve de un vocablo de Mitilene, cual si dijera a Pítaco: “A todos 'alabanceo' y amo de buena gana” —y aquí quien lo diga ha de separar “de buena gana” de “a cuantos nada de feo hagan”;, mas hay a quienes “de mala gana, alabo y amo”. Así que a ti, Pítaco, si hablas modestamente y con verdad, jamás te reprendería. Pero ahora, porque parece cual si dijeras verdad, ' mas mientes grandemente en materias gravísimas, por esto te reprende. [347a] Tal es lo que, a mi parecer. Pródico y Protágoras, dije, ¿qué pensó haber dicho Simónides en esta oda. [347a] A lo cual añadió Hipias: «Me parece, Sócrates, que has expuesto bien y por sus pasos el poema. Por cierto, que yo también tengo un buen discurso sobre él, —os lo exhibiré, si lo queréis». [347b] A lo cual Alcibíades dijo: «Sí, Hipias; pero, otra vez; ahora es de justicia cumplan sus mutuos compromisos Protágoras y Sócrates; si Protágoras quiere preguntar, que responda Sócrates; mas si prefiere responder a Sócrates, que ' pregunte Sócrates». [347b] A lo cual dije: «encomiendo, por mi parte, a Protágoras que elija de ambos casos el que más agradable le sea. Pero, si prefiere que dejemos correr lo de odas y versos, me placería, Protágoras, el que, considerándolo yo contigo lleváramos a su final lo que, al principio, te pregunté. Porque me parece que dialogar sobre poesía es semejantísimo a esas borracheras colectivas de gente viles y plazueleras; porque los tales, incapaces como son, por falta de educación, de conversar con voces propias y discursos propios, pagan caro a los flautistas, alquilando así la voz ajena de las plantas, y con tal ajena voz conversan entre sí. Mas cuando los que se reúnen a beber son buenos y educados, no verías ni flautistas ni bailarines ni arpistas; que ellos son capaces de conversar entre sí y con su propia voz, sin tales frivolidades y niñerías, hablando y oyendo cada uno a su tiempo y orden, aunque beban su buena cantidad de vino. Parecidamente también reuniones como ésta, integrada de varones cuales decimos ser los más de nosotros, no necesitan para nada de ajena voz ni siquiera de la de poetas, a quienes no resulta hacedero preguntar sobre lo que dicen, al aducirlos muchos en sus discursos; unos afirman que el poeta pensaba esto; otros, que estotro, —dialogando así sobre un punto imposible de decidir. Envían a paseo tales varones semejantes tipos de reuniones; L reúnense ellos consigo mismos, tomando y dando pruebas en sus mutuos razonamientos. Me parece que a los tales hemos, yo y tú, de imitar sobre todo; y, dejando de lado a los poetas, hacer nuestros razonamientos nosotros entre nosotros mismos, poniendo a prueba a la verdad y a nosotros mismos. Si, pues, te place preguntar, estoy preparado y listo a responderte. Mas si lo prefieres, te pones tú a mi servicio, para llevar a su término lo que dejamos a mitad en lo tratado». [348b] Habiendo yo dicho esto, y algo más. Protágoras no declaraba qué haría. Dijo, pues, Alcibíades, mirando a Calías: «¿Te parece, Calías, que está haciendo bien Protágoras, no queriendo declarar si era él quien iba a dar razón, o no? No me parece que lo quiera. Pero tanto que dialogue, como que diga que no quiere dialogar, una vez enterados nosotros por él de esto, que Sócrates dialogue con otro, o cualquiera otro con quien quiera». Mas Protágoras, avergonzado, a mi parecer, por las palabras de Alcibíades y por los ruegos, tanto de Calías como de casi todos los presentes, condescendió en dialogar e indicó que se le preguntara, que él respondería. [348c] Dije, pues, yo: «Protágoras, no pienses que quiero dialogar contigo y poner a consideración solamente lo que me trae siempre desconcertado, porque creo que Homero dice algo importante con cuando dos marchan juntos, el pensamiento de uno se adelanta al del otro, pues todos los hombres somos cada vez más ricos en inventivas, para toda obra, palabra y pensamiento. Mas si uno, a solas, piensa algo, inmediatamente busca, hasta encontrar, a quien exhibirlo y con quien asesorarse. Por esto mismo también dialogaría contigo más placenteramente que con ningún otro, convencido de que has estudiado perfectísimamente y más que nadie lo que es conveniente conozca persona razonable, y, en especial, la virtud. ¿Quién otro, sino tú?; te tienes por bello-y-bueno no solamente cual otros razonables para sí, mas incapaces de hacer tales a otros; pero tú eres bueno para ti y eres capaz de hacer buenos a otros. Y estás tan seguro de ti mismo, que a diferencia de los que hacen de esta arte un secreto, ante todos los helenos te proclamas públicamente a ti mismo y te das el nombre de “sofista”; te has declarado maestro en educación y virtud y has sido el primero en tenerte por digno de cobrar por ello salario. ¿Cómo, pues, no habría de acudir a ti para, preguntándonos mutuamente, considerar todo esto? No hay otro medio. [349a] Acerca de lo que comencé por preguntarte, deseo ahora, una vez más y desde su principio, me recuerdes unas cosas, pongamos a consideración otras. La pregunta fue, creo, ésta: “sabiduría, templanza, valentía, justicia y piedad: ¿estos cinco nombres lo son de una realidad, o a cada uno de ellos hacen de sujeto una esencia propia y una cosa peculiar, poseedora del poder de cada uno, no pudiendo ser una la otra?”. Afirmaste que tales nombres no lo son de una cosa sino que cada uno de ellos descansa sobre una esencia peculiar a cada uno, mas siendo todos ellos partes de Virtud; no cual las partes del oro, semejantes entre sí y con el todo de que son partes, sino cual las partes de la cara que son desemejantes respecto del todo y entre sí, cada una con su propia potencia. Si ahora, como entonces, te parece lo mismo, dilo; mas, si de otra manera, defínela, que no tengo razón alguna en contra de que lo digas ahora de otra manera, porque no me sorprendería de que lo dijeras entonces para ponerme a prueba». «Te digo, pues, Sócrates, respondió, que todas ellas son partes de la virtud y que cuatro de ellas son, sencillamente, afines entre sí, mas la valentía se diferencia grandemente de todas aquéllas. Pero en esto conocerás que digo verdad: hallarás que muchos hombres superlativamente injustos, impíos, disolutos e ignorantes son, no obstante, distinguida y superlativamente valerosos». [349d] «Tente, dije: lo que dices es digno de consideración. ¿A los valientes llamas corajudos, u otra cosa? [349e] —Sí, y además impetuosos ante lo que, por temor, retroceden muchos. [349e] — Pues bien: ¿afirmas que la virtud es algo bello y que. por ser bello, te ofreces a tí mismo de maestro? [349e] — Es ella lo más bello, replicó, si no desvarío. [349e] — ¿Es fea una parte de ella; otra bella; o toda ella, bella? [349e] — Toda ella es bella, en el máximo grado posible. [350a] — ¿Sabes quiénes se zambullen atrevidamente en las lagunas? [350a] — Por cierto que sí; los buzos. [350a] — ¿Por saber hacerlo o por otra razón? [350a] — Por saberlo. [350a] — ¿Quiénes se atreven a pelear a caballo?: ¿los caballistas o los que no lo son? [350a] — Los caballistas. [350a] — ¿Y quiénes con broqueles? ¿Los broqueleros o los que no lo son? [350a] — Los broqueleros. Y así de todo lo demás, si es esto lo que buscas, dijo; que los entendidos son más corajudos que los no entendidos, y lo son ellos mismos después de aprender más que antes de aprender. [350b] ¿Mas no has visto, dije, darse quienes, ignorantes de todo eso, se atreven, no obstante, caso por caso, a todo? [350b] — Por cierto que sí, contesté; y demasiado corajudos. [350b] — ¿Tales atrevidos son también valerosos? [350b] — Por cierto que fuera, replicó, algo vergonzoso li valentía, pues los tales son locos. [350c] — ¿Cómo llamas, pues, pregunté, a los valientes?; ¿si no, lo de “corajudos”? [350c] — Aun ahora, los llamo así, respondió. [350c] — Los tales, repliqué, aun siendo corajudos, no parecen ser valientes, sino locos. [350c] — Mas, antes, los superlativamente sabios eran superlativamente corajudos, pero siendo superlativamente corajudos eran valientísimos. ¿Según, pues, este razonamiento la sabiduría sería valentía? [350c] — No recuerdas bellamente, Sócrates, dijo, lo que dije respondiéndote. Preguntado por ti, admití que los valientes son corajudos. Pero no se me preguntó además, si los corajudos son valientes; porque, de preguntármelo entonces, hubiera dicho: que “no todos”; mas no demostraste en modo alguno que mi admisión: “los valientes son corajudos” no fuera correcta. A continuación muestras tú que los sabios son más corajudos que los no sabios, sean esto ellos mismos u otros; y en esto piensas consistir el que la valentía y la sabiduría sean lo mismo. Procediendo de esta manera llegarías a pensar que aun la fuerza es sabiduría, porque, primero: de proceder así me preguntarías si los forzudos son potentes, y lo afirmaría; después, si los sabios en luchar son más potentes que los en eso no sabios, y que lo son aquéllos respecto de sí mismos después de o antes de aprender, —y lo afirmaría. Caso de haber admitido esto, te estaría permitido, sirviéndote de estas mismas aserciones, decir que, según mi admisión, la sabiduría es fuerza. Mas yo, ni aquí ni en parte alguna, admito que los potentes sean forzudos; mas sí, por cierto, que los forzudos son potentes, porque no es lo mismo potencia y fuerza, que la potencia proviene, sin duda, o de ciencia o de locura o de furor; mas la fuerza proviene de naturaleza y buena alimentación del cuerpo. Así que, en el caso anterior, no son lo mismo coraje y valentía; de donde resulta que, sin duda, los valientes son corajudos, mas no el que los corajudos sean, todos, valientes, porque el coraje náceles a los hombres de arte, de furor o de locura, cual la potencia; empero, la valentía proviene de naturaleza y buena alimentación del cuerpo. [351b] — ¿Dices, Protágoras, pregunté, que algunos hombres viven bien; y otros, mal?». [351b] Lo afirmó. [351b] — ¿Te parece que viviera bien un hombre, en caso de vivir apenado y quejoso? [351b] — No, respondió. [351b] — Mas, si llegara al término de la vida, habiéndola vivido agradablemente, ¿no te parece que la habría vivido bien? [351b] — Me lo parece, respondió. [351c] — ¿Así que vivir agradablemente es bueno; mas desagradablemente, malo? [351c] — Sí, en caso de que viviera complaciéndose en lo bello, contestó. [351c] — Que, Protágoras, no vas a llamar, aun tú como la mayoría, malas a ciertas cosas agradables; y buenas, a algunas penosa. Porque yo digo: ¿por ser una cosa agradable, es yu por eso no buena?, déjese aparte el resultado. Y, a su vez, lo penoso, parecidamente, no por ser penoso, es malo. [351c] — No sé, Sócrates, respondió, si he de contestar así, tan sencillamente, como tú preguntas: "“si las cosas agradables son, todas ellas, buenas; y las desagradables, malas”. Me parece más seguro responder —no sólo con una respuesta al caso, sino para todo lo restante de mi vida— que de entre las cosas agradables hay algunas buenas; y, a su vez, que algunas de las penosas no son malas, aunque haya algunas que lo son, y hasta una tercera clase que no es ninguna de ambas: las ni malas ni buenas. [351d] — ¿Llamas agradable, pregunté, a las que participan del placer o lo producen? [351d] — Absolutamente, respondió. [351e] — Lo que digo es: si, en la medida en que son agradables no son buenas, mi pregunta es: si el placer mismo no es bueno. [351e] — Como dices, Sócrates, respondió, considerémoslo caso por caso; y si nos parece tal resultar, según el razonamiento, que, considerados, agradable y bueno son y parecen lo mismo, lo concederemos. Mas si no, lo discutiremos entonces, precisamente. [351e] — ¿Prefieres, dije, dirigir tú la consideración o que yo la dirija? [351e] — Es de justicia, respondió, que tú la dirijas, ya que desde el comienzo mandas en ella. [352a] — Bien, pues; tal vez se nos aclare de esta manera: si considerando el aspecto de un hombre o respecto de la salud o de cualquier otro estado del cuerpo, a la vista del rostro o de las extremidades de las manos, le dijera: descúbreme también pecho y espalda para que te examine mejor. Algo así es lo que deseo respecto de nuestra consideración; viendo, por lo que afirmas, cuál es tu disposición respecto de bueno y agradable, necesito decir algo así: Vamos, Protágoras, descúbreme tu pensamiento y actitud respecto de ciencia. ¿Son parecidos o no a los de la mayoría de los hombres? Porque a la mayoría no le parece ser la ciencia algo ni fuerte ni guía ni rector; ni piensan tenga que ver algo con esto, ya que, frecuentemente, aun teniendo un hombre ciencia, la ciencia no lo rige, sino rígelo otra cosa, a veces la pasión; a veces, el placer; unas veces, la pena; otras, el amor; muchas, el miedo; sencillamente piensan acerca de la ciencia que es cual esclavo a rastras de todo lo demás. ¿Algo así te parece también a ti acerca de ella?, o, ¿qué es la ciencia algo bello, y cual rectora del hombre; de modo que quien conozca lo bueno y bello no será dominado por nada ni hará nada fuera de lo que la ciencia ordenara, resultando la sapiencia ayuda suficiente para el hombre? [352c] —Me parece, Sócrates, lo mismo que dices; a la vez que me parecería vergonzoso a mí, más que a madre, afirmar que sabiduría y ciencia no son, de entre todos los quehaceres humanos, los más importantes. [352d] — Bellamente dicho, añadí, y según verdad, pues sabes que la mayoría de los hombres no nos hacen caso ni a mí ni a tí; afirman, por el contrario, que, aun conociendo muchos lo mejor, no lo quieren practicar, pudiéndolo hacer: hacen. [352d] más bien, otras cosas. Y a cuantos pregunté cuál era la causa de ello, me confesaron: el ser vencidos por placer, pena o algo de lo que acabas de nombrar; forzados por algo de esto hacen lo que hacen. [352e] — y muchas otras cosas incorrectas, Sócrates, dicen los humanos. Ven, pues, y trata conmigo de convencer a los hombres y enseñarles qué les pasa cuando dicen ser vencidos por los placeres y no hacer, por causa de ellos, lo mejor, a pesar de conocerlo. Tal vez al decir nosotros que vosotros, hombres, no habláis correctamente, sino os engañáis, nos preguntarían: “Protágoras y Sócrates, si eso que nos pasa no es ser vencidos por el placer, entonces, ¿qué es?; y, ¿qué afirmáis vosotros ser? Decídnoslo”. [353a] — Pues bien, Sócrates: ¿hemos de considerar esa opinión de la mayoría de los hombres cuando afirman que eso les acaece? [353a] — Creo, respondí, que esto tiene su importancia para descubrir nosotros cuál sea la relación de la valentía con las demás partes de la virtud. Si, pues, mantienes lo que hace poco nos pareció: que yo dirija de la manera que juzgue mejor y más esclarecedora, sígueme. Si no quieres, si no te place, lo dejaré correr. [353b] —Al revés, Sócrates; hablas correctamente. Pon punto final cual lo pusiste inicial. [353b] — Si, pues, proseguí, se nos preguntara una vez más: ¿qué afirmáis vosotros ser eso que nosotros decíamos ser vencidos por los placeres? Por mi parte les diría: “escuchad; que yo y Protágoras intentaremos explicároslo. ¿Qué otra cosa, hombres, afirmáis sino pasaros frecuentemente al ser vencidos por comidas, bebidas y sexualidades, todo ello placeres, que, reconociendo ser malos, no obstante lo hacéis?”. [353b] — Lo admitirían. [353b] — Tú y yo les preguntaríamos entonces una vez más: ¿en qué sentido afirmáis que son malos? ¿En que por un momento proporcionan deleite y son cada uno deleitoso o en que posteriormente producen enfermedades, pobreza y son preparación para otros muchos males? ¿O que, aun en el caso de que nada de esto posteriormente aporten, producen sólo goce; no obstante lo cual serían males, porque enseñan simplemente a gozar, sea como fuere? ¿Creemos, Protágoras, que darían otra respuesta fuera de que no son males por la La producción momentánea de placer, sino por lo que más adelante engendran: enfermedades y otros males? [353e] —Creo, dijo Protágoras, que la mayoría respondería eso. [353e] — ¿Así que, por causar enfermedades, causa penas?, ¿y por causar pobreza, causa penas? Lo admitirían, creo. Protágoras lo admitió. [353e] — ¿No os parece, pues, hombres, que, como afirmamos yo y Protágoras, todo eso es malo solamente porque termina en penas y priva de otros deleites? ¿Lo admitirían? [354a] Nos lo pareció a ambos. [354a] Y qué si, una vez más, les preguntásemos lo contrario: “hombres, los que decís que, por otra parte, hay cosas buenas penosas, ¿no os referís a cosas tales cual las provenientes de gimnasia, milicia, tratamientos médicos por cauterios, rajaduras, medicamentos, rígidas abstinencias, todo lo cual es, ciertamente, bueno, mas penoso? ¿Lo afirmarían?”. Convino en ello. [354a] — ¿Así, pues, llamáis buenas a esas cosas porque producen, por un momento, congojas y dolores extremados o porque, para el tiempo restante, engéndranse de ellas salud, bienestar para los cuerpos, salvación para las Ciudades, señorío sobre otras y riquezas? Lo afirmarían, creo. Concordó. [354b] — ¿Son, empero, buenas precisamente porque terminan en placeres, respiro y retiro de penas? ¿O tenéis de reserva algún otro fin, mirando al cual las lamáis buenas, fuera de ese: deleites y penas? Lo afirmarían, como creo. [354b] — También me lo parece a mí, dijo Protágoras. [354c] — Así que perseguís el deleite cual algo bueno; ¿mas huís de las penas, cual de mal? Concordó. [354c] — ¿Pensáis, pues, que las penas son un mal, y un bien el placer, ya que al gozarlo lo llamáis “malo”, precisamente cuando os priva de mayores placeres de los que trae consigo u os prepara penas mayores que los placeres en ellos contenidos? Porque si al goce mismo llamáis “malo” respecto de algo distinto y considerándolo respecto de otro fin, tendríais como declarárnoslo; mas no lo conseguiréis. [354d] —Ni a mí me lo parece, añadió Protágoras. [354d] — ¿Pues no es de repetir lo mismo de igual manera respecto de padecer?: ¿que llamáis “bueno” a un padecer cuando os libra de mayores penas de las en él contenidas u os proporciona deleites mayores que las penas? Porque, si miráis a un fin diferente del que hablo, cuando llamáis “bueno” al padecer mismo, tendrías cómo decírnoslo; mas no lo conseguiréis. [354e] — Dices la verdad, añadió Protágoras. [354e] — Una vez más, continué diciendo, si me preguntáis, hombres, “¿por qué insistir en repetir lo mismo, sobre lo mismo, de muchas maneras?”, replicaría: excusádmelo; primero, porgue no es fácil poner de manifiesto a qué llamáis 'ser vencidos por los placeres”. Después, porque en esto se basan todas las demostraciones. Pero aun es posible ahora una retirada si tenéis cómo afirmar que el bien es algo diverso del placer; o que el mal es algo diverso del padecer. ¿O es que os basta con pasar la vida deleitablemente, sin penas? Mas si os basta, y no tenéis nada más a que llamar “bueno o malo” que a lo que en deleites y penas termina, escuchad lo siguiente, porque os digo que, de ser las cosas así, ponéis en ridículo a tal razonamiento al decir que, frecuentemente, conociendo el hombre que es malo lo malo, sin embargo lo hace, pudiendo no hacerlo, guiado y desconcertado por los deleites. Por otra parte repetís que, conociendo lo bueno el hombre, no quiere hacerlo, vencido por placeres momentáneos. Mas que todo esto sea ridículo, quedará declarado si no nos servimos simultáneamente de muchos nombres: deleitoso-penoso, bueno-malo, sino, por ser evidentemente dos cosas, las llamamos con dos nombres; primero, con “bueno y malo”; después, con “deleitoso y penoso”. Puesto lo cual, digamos: “conociendo el hombre que lo malo es malo, no obstante lo hace”. Si, pues, alguien nos pregunta: ¿por qué?, afirmaremos: por vencido, ¿Por quién?; que nos lo diga él, ya que nosotros no podemos decir: que “por el placer”, ya que, en lugar de “placer”, lo bueno tomó otra nombre. Le responderemos diciendo: “por vencido”. “¿Por quién?”, —preguntará. “¡Por Júpiter!, afirmaremos, ¿por quién sino por lo Bueno?”. Mas si da la coincidencia de que nuestro interrogador sea insolente, se reirá y dirá: “por cierto que es ridículo lo que decís: si alguien hace el mal, conociendo que es mal, y sin necesidad de hacerlo, ¡es que está vencido por el bien! ¿No es, preguntará, digno el que el bien venza en nosotros al mal, o es digno?”. Puestos a responder afirmaremos: “evidentemente, no es digno, porque en nada se ofendería al que llamamos “vencido por los deleites”. “;¿En qué, tal vez nos diga, es indigno el bien frente al mal, o L el mal respecto del bien? ¿O no lo es sino cuando en algo sea uno mayor y otro menor: o uno más veces; otro, menos? Fuera de esto, no tendremos más que de en vez de pequeños bienes, mayores males”. Sea, pues, así. [355e] Cambiemos una vez más, respecto de este mismo punto, los nombres de deleitoso y penoso; y digamos: “el hombre hace”... —antes, por cierto, dijimos, “el mal”— digamos ahora que hace “lo penoso”; conociendo que lo es, vencido por lo deleitoso, que es, evidentemente, indigno de vencer. Y, ¿en qué otro aspecto es indigno el deleite respecto de las penas, sino en los de mutuo exceso y defecto? Lo cual pasa al ser uno respecto de la otra mayor y menor, más y menos. Porque si alguien dijera qué grande diferencia hay, Sócrates, entre deleite momentáneo respecto de lo deleitable y penoso postergable, ¿en qué otra cosa se diferencia, replicarías, sino por deleite y pena?, que no hay otra diferencia. Pero cual hombre hábil en pesar, reuniendo lo deleitoso y reuniendo lo penoso, lo próximo y lo remoto, colóquelo en la balanza, y diga cuál es mayor. Porque si pesas deleitoso respecto de deleitoso, hay que preferir siempre lo mayor y lo más; mas si penoso frente a penoso, preferir lo poco y lo menor. Pero si deleitoso respecto de penoso, y si lo penoso es sobrepasado por lo deleitoso —tanto que lo próximo sobrepase a lo remoto, como que lo remoto a lo próximo— hay que hacer aquello que, hecho, encierre deleite. Mas si lo deleitoso es sobrepasado por lo penoso, no hay que hacer nada. Preguntaría: “hombres, ¿hay alguna otra relación entre ellos?”, Sé que no tendrían otra cosa que decir. Asintió a ello. [356c] — Si esto es así, diré, respondedme a estotro: “¿no parece a vuestra vista que la misma magnitud de cerca es mayor; y de lejos, menor? ¿O no es así?”. [356c] Lo afirmarán. [356c] — ¿Y parecidamente respecto del grosor y número? ¿Y también sonidos iguales, de cerca son más fuertes; de lejos, más débiles? [356c] Lo afirmarían. [356c] — Si, pues, consistiera el que obremos bien en por una parte hacer y tomar lo de gran magnitud; mas, por otra, en huir y no hacer lo de pequeña, ¿cuál nos sería evidente manera de salvación: vital? ¿Lo sería la arte mensurativa o el poder de lo aparencial? ¿O no es éste el que nos descarría, hace que tomemos y dejemos veces y más veces las mismas cosas, y nos arrepintamos tanto en las acciones como en las elecciones de lo grande y de lo pequeño?; ¿mientras que el arte mensurativa haría impotente a tal aparencial, y, descubriéndonos lo verdadero, haría que el alma tuviera permanente tranquilidad en lo verdadero, salvando así la vida? [356e] ¿Convendrían, pues, los hombres con nosotros en que la salva la arte mensurativa, u otra? [356e] Convino en que la mensurativa lo es. [356e] — «Pues bien: si nos fuera la salvación vital en-la elección de par e impar, cuándo es preciso elegir correctamente lo más, cuándo lo menos —o comparando algo consigo mismo, o uno con otro, en cuanto a próximo o remoto—, ¿qué fuera lo que nos salvara la vida? ¿No sería una ciencia? Y puesta que se trata de exceso y defecto, ¿no sería tal ciencia la arte mensurativa? Y puesto que de impar y par, ¿qué otra lo fuera sino la aritmética? ¿Admitiríanlo los hombres, 6 no?». [357a] Le pareció a Protágoras que lo admitirían. [357a] — «Bien, pues, hombres: puesto que, evidentemente, la salvación de la vida consiste en la recta elección entre placer y pena —en lo de más y menos, mayor y menor, más remoto y más próximo—, ¿no es la arte mensurativa evidentemente la primera, por tratar de exceso y defecto y considerar la igualdad entre ellos? [357b] — Mas, por ser mensurativa, tal vez necesariamente es arte y ciencia». [357b] Lo admitirán. [357b] — «Por cierto, qué arte y ciencia sea ésta, otra vez lo consideraremos; mas con que sea ciencia, nos basta para la demostración que yo y Protágoras hemos de hacer referente a vuestra pregunta. Le preguntásteis, recordadlo, cuando convinimos en que nada hay de más poderoso que la ciencia; así que, donde esté presente, puede siempre sobre placer y todo lo demás. Pero vosotros afirmábais que muchas veces el placer domina aun sobre el hombre sabio; pero, al no convenir en esto con vosotros, nos preguntásteis inmediatamente: "Protágoras y Sócrates, si no hay algo así como 'ser vencidos por el placer, ¿qué es eso que nos pasa?, ¿qué decís vosotros es? Decídnoslo. Sí, de inmediato, os hubiésemos entonces respondido: es “ignorancia”, os hubierais reído de nosotros. Pero ahora reítos de nosotros, y os reiréis de vosotros mismos. Porque habéis admitido que, por falta de ciencia, yerran los A que yerran en la elección de placeres y penas, que son bienes y males; y no sólo por falta de ciencia, sino en especial de esa, admitida ya antes por vosotros: la mensurativa. Por otra parte, sabéis también vosotros que tina acción errada, por falta de ciencia, es acción hecha por ignorancia. Así que esto es precisamente "ser vencido por el placer": “ignorancia”, la máxima, de la que Protágoras, aquí presente, dice ser médico, y lo son también Pródico e Hipias. Empero, vosotros, por pensar que es algo distinto de ignorancia, ni vais ni enviáis a vuestros hijos a los maestros en ello: a estos sofistas, cual si no fuera algo enseñable; sino que, preocupados por lu plata, y no dándosela a ellos, os portáis mal en privado y en público. Esto es, por cierto, lo que habríamos respondido a la mayoría». Pero después de a Protágoras os preguntaré a vosotros: Hipias y Pródico. Sea la pregunta para los dos: «¿os parece que lo que digo es verdadero, o falso?» [358a] A todos les pareció ser superlativamente verdad lo dicho. [358a] —«¿Así que admitís, continué diciendo, que lo deleitable es bueno; y lo penoso, malo? Pido a Pródico precisamente que deje de lado la distinción de nombres; porque tanto que a deleitable llames “delicioso” o “jocunda” como que disfrutes, sea por lo que sea o como sea, dando a todo — ello nombres, respóndeme, óptimo Pródico, a lo que pretendo». [358b] Consintió, sonriéndose, Pródico, y lo mismo los demás. [358b] —«Y qué, varones, dije, respecto de esto: ¿no son bellas todas las acciones tendientes a vivir indolora y placenteramente? ¿Y no es la obra bella buena y beneficiosa?». [358b] Lo admitieron. [358b] — «Si, pues, añadí, lo deleitable es bueno, nadie que sepa o juzgue haber algo mejor que lo que hace o le Es posible hacer irá a hacer lo bueno, pudiendo hacer lo mejor; ni juzgará que ser vencido en esto sea otra cosa que ignorancia; ni que mandar en eso mismo sea algo distinto de sabiduría». [358c] Les pareció a todos. [358c] — «Pues bien; ¿llamáis “ignorancia” a tener opiniones falsas y engañosas respecto de asuntos de gran importancia?». [358c] También esto les pareció bien. [358c] — «Así que, continué, nadie va de buena gana tras lo malo o tras lo que juzgue ser malo; ni, al parecer, entra en la naturaleza humana ir voluntariamente hacia lo que crec ser malo, en vez de ir hacia lo bueno. Y cuando se vea forzado a elegir entre uno de dos males, nadie elegirá el mayor; pudiendo elegir el menor». [358d] Tal les pareció todo esto a todos ellos. [358d] — «Ahora-bien, añadí: ¿Llamáis a algo “temor y miedo”, a lo mismo que yo? Te hablo a ti, Pródico. Llamo así a una cierta expectación de un mal, tanto que vosotros la llaméis “miedo” como “temor”». [358d] A Protágoras. e Hipias les pareció que eso era temor 6 también miedo; mas a Pródico, que era temor, mas no miedo. [358e] — «Nada de eso importa, Pródico, dije; mas sí, esto: si lo anterior es verdadero; - ¿qué hombre irá tras lo que teme, pudiendo ir tras lo que no? ¿O no será esto imposible, a tenor de lo admitido?, porque admite tener por malo lo que teme. Mas, respecto de lo que tiene por malo, nadie, voluntariamente, ni va tras ello ni lo acepta». [359a] También pareció así esto a todos. [359a] — «Supuesto lo cual, añadí. Pródico e Hipias, que defienda ahora Protágoras si la primera respuesta es de alguna manera correcta o lo es de todas las maneras; porque entonces afirmó que de las cinco partes de la virtud, ninguna era como la otra, sino que cada una poseía su peculiar poder. No me refiero a esto, sino a lo que posteriormente dijo, pues posteriormente afirmó que cuatro de ellas eran aceptablemente semejantes entre sí. No obstante, una de ellas: la valentía, se diferenciaba grandísimamente de las otras; mas, dijo, lo conocería yo por la siguiente prueba: hallarás, Sócrates, haber hombres superlativamente impíos, injustos, disolutos e ignorantes que, no obstante, son superlativamente valerosos. En lo cual conocerás cuán mucho la valentía se diferencia de las demás partes de la virtud. A mí, de inmediato, me sorprendió grandemente la respuesta, y, aún más, después de haber examinado este asunto con vosotros. Le pregunté, pues, si llamaría “corajudos” a los valientes; y aun “arrojados”, replicó. ¿Te acuerdas, Protágoras, dije, de haber respondido así?». [359c] Lo admitió. [359c] — «Pues bien, añadí: explícanos, ¿respecto de qué cosas dices que los valientes son arrojados?, ¿respecto de las mismas que lo son los cobardes? [359c] No, respondió. [359c] — ¿Así que, respecto de diferentes? [359c] — ¿Que los cobardes se abalanzan sobre las irritantes; mas los valientes, sobre las terribles? [359c] — Así, Sócrates, lo dice la gente. [359d] — Dices verdad, añadí; mas no es esto lo que pregunto, sino, según tú, ¿respecto de qué los valientes son arrojados? ¡Respecto de lo terrible, convencidos de que lo es, o respecto de lo que no es terrible? [359d] — Pero, respondió, ya quedó demostrado en los razonamientos que hiciste que esto es imposible. [359d] — En esto, repliqué, dices verdad; de manera que, si esto quedó correctamente demostrado, nadie se abalanzará sobre lo que crea ser terrible, ya que ser uno vencido por sí mismo se manifestó cual ignorancia suprema». [359d] Lo admitió. [359d] — «Mas todos —tanto cobardes como valerosos— se abalanzan contra lo que los encorajina; así que tanto los cobardes como los valerosos se abalanzan sobre lo mismo. [359e] — Sin embargo, Sócrates, replicó, sobre algo totalmente contrario se abalanzan los cobardes y los valerosos; éstos, sin más, quieren ir a la guerra; aquéllos, no lo quieren. [359e] —Ir a la guerra, repliqué, ¿es algo bello o vergonzoso? [359e] —Si, pues, es bello, también es bueno; en ello convinimos anteriormente, porque convinimos en que todas las acciones bellas son buenas. [359e] — Dices verdad, y continúa pareciéndome así. [359e] — Correctamente, por cierto, añadí. ¿Quiénes, afirmas, no quieren ir a la guerra, siendo algo bello y bueno? [360a] — Los cobardes, respondió. [360a] — ¿Es que, pregunté, si algo es bello y bueno es también deleitable? [360a] — Pues en ello se convino, respondió. [360a] — ¿Así que los cobardes no quieren ir a lo que reconocen ser más bello, mejor y más deleitable? [360a] — Mas si admitimos esto, respondió, corrompemos lo anteriormente admitido. [360a] — ¿Y qué del valeroso? ¿No se abalanza sobre lo más bello, mejor y más deleitable?». Es necesario admitirlo, respondió. [360a] -«Ási que, en general, los valerosos, cuando temen, no temen con temores feos ni son corajudos con corajes feos? [360a] — Es verdad, respondió. [360a] — Peto, si no son feos, son bellos, ¿no es así?». Lo admitió. [360a] — «Pero si son bellos, ¿también son buenos? [360a] — ¿Así que los cobardes [los corajudos] y los locos, por el contrario, temen con feos temores, y encorajínanse con feos corajes?». [360a] Lo admitió. [360a] — «¿Encorajínanse fea y malamente, no por otra cosa sino por estupidez e ignorancia? Así es, respondió». [360a] — pues bien, a aquello por lo que los cobardes son cobardes, ¿llamas “'cobardía” o “valentía”? [360c] — Llámolo “cobardía”, respondió. [360c] — Mas, ¿no nos pareció claro que los cobardes lo son por ignorancia de lo terrible? Ciertamente, respondió. [360c] — ¿Precisamente, pues, por esta ignorancia son cobardes?». Lo admitió. [360c] — «Pero, ¿no admitiste que la cobardía es precisamente aquello por lo que son cobardes?» Asintió. [360d] — «¿Así que la ignorancia de lo terrible y no terrible sería cobardía?» Indicó que sí. [360d] — «Empero, añadí, la valentía es ciertamente lo contrario a cobardía». Lo afirmó. [360d] — «¿Según esto, pues, la sabiduría acerca de lo terrible y no terrible de las cosas es contraria a la ignorancia de ello?». [360d] Aún asintió con un gesto. [360d] — «Pero, ¿la ignorancia de ello es cobardía?» [360d] Muy de mala gana hizo el gesto de asentir. [360d] — «¿Así que la sabiduría acerca de lo terrible y no terrible de las cosas es valentía por ser contraria a la ignorancia de ello?». [360d] Ya no quiso hacer aquí el gesto de asentir; y se calló. Mas yo, proseguí: «¿Cómo así, Protágoras?, ¿ni afirmas ni niegas lo que te pregunto? [360d] — Determínalo, tú mismo, respondió. [360e] —Lo haré, dije, preguntándote aun una sola cosa: ¿te parece aún, como al principio, haber hombres superlativamente ignorantes,-mas superlativamente valerosos? [360e] — Ganas de vencer tienes, Sócrates, dijo, haciendo que te responda. Pues bien, te hago esta gracia; y digo que, a tenor de lo admitido, me parece ser imposible. [360e] — Por cierto, añadí, que no te pregunto todo esto sino porque quiero estudiar lo concerniente a la virtud y qué es eso: la virtud, pues sé que, aclarado esto sobre todo, quedaría patente lo que yo y tú, en su turno, hemos larga y razonadamente explicado; yo, diciendo que la virtud no es enseñable; tú, que es enseñable. Y me parece que, cual si fuera un hombre, el actual resultado de nuestros razonamientos nos acusa y se burla; y, si tuviera voz, me parece decir: “qué absurdos sois! Sócrates y Protágoras; tú, Sócrates, habiendo antes dicho que la virtud no es enseñable, te contradices ahora. [361b] intentando demostrar que son ciencia todo eso: la justicia, la templanza y la valentía; de esta manera sería lo más enseñable la virtud. Por cierto que si la virtud fuera algo diferente de ciencia, como intenta demostrar Protágoras, es evidente que no sería enseñable. Mas si patente y enteramente resultare ser ciencia, como es tu empeño, Sócrates, sorprendente sería que no fuera enseñable. Mas Protágoras asentó anteriormente que era enseñable. Ahora, parece empeñarse en lo contrario: que, casi casi, es evidentemente todo menos ciencia. Y así resultaría lo menos enseñable”. Pues observando yo, Protágoras, que todo esto perturbadora y terriblemente da vuelta y más vueltas, tengo grandes ganas de que se esclarezca, y querría que, habiendo recorrido esto, desembocásemos en qué es la virtud; y que, una vez más, consideráramos, respecto de ella, si es enseñable y no lo es; a fin de que el Epimeteo aquel, equivocándose, no nos engañe más y más veces durante esta investigación. Que en aquel mito es más de mi agrado Prometeo que Epimeteo; de él me ayudo y, prometeicamente, pongo en práctica todo esto a lo largo de toda mi vida; y como decía al comienzo, si tú quisieras, me fuera agradabilísimo considerarlo largamente contigo». A lo cual dijo Protágoras: «alabo, Sócrates, tu empeño y el discurso de tus razonamientos. Por lo demás, no creo ser mala persona; y muchísimo menos, envidioso de nadie; a muchos, en efecto, he dicho de ti que eres a quien, de entre los que casualmente trato, sobre todo admiro; y ciertamente mucho más que a los de tu edad. Y digo que no me sorprendería de que llegaras a ser uno de los afamados en sabiduría. Pero de esto trataremos otra vez, cuando quieras, porque ya me es hora de ir a donde dije que iba». [362a] —Así se debe hacer, añadí, si te parece. También para mi es ya desde hace rato hora de ir a donde decía; mus me quedé, en gracia de Calías, el bello. [362a] Dicho y oído lo cual, nos fuimos.