El Banquete — Plato =================== ΣΥΜΠΟΣΙΟΝ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/symp/ This file: https://plato-scroll.com/text/symp-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/symp.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/symp-b.txt - W.R.M. Lamb (Loeb, 1925): https://plato-scroll.com/text/symp-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/symp-e.txt - Floyer Sydenham, ed. Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/symp-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [172a] Apolodoro: Me parece que sobre lo que me preguntáis no me encuentro del todo desprevenido. Pues precisamente antes de ayer, viniendo de mi casa de Falera a la ciudad, me divisó por la espalda uno de mis conocidos y, llamándome de lejos y jugando a la vez con la voz, me dijo: “¡He! ¡Falereo!, Apolodoro en persona, ¿qué no me aguardas?”. Y yo, deteniéndome, aguardé. Y me dijo: “Por cierto, Apolodoro, que te he estado buscando no hace mucho con voluntad de enterarme acerca de la reunión de Agatón y Sócrates. Alcibíades y los demás que, con ocasión del banquete, estuvieron presentes, y acerca de las razones que se dijeron sobre Amor; que no sé quién me las refirió “de oídas”, de habérselas oído a Fénix, el de Filipo; me dijo, con todo, que tú las sabías “de vista”. Por lo demás, nada de bueno me supo decir. Cuéntamelas, pues, tú, que es justo de toda justicia difundir, cual buenas nuevas, las palabras del amigo. Y ante todo dime: ¿estuviste tú mismo presente en esa reunión o no?”. Y yo le respondí: “Por cierto que bien parece no haberte referido nada de bueno el relator si crees que la reunión, por la que preguntas, ha tenido lugar hace poco, tan poco que yo haya podido estar presente”. "Por mí que así lo creía”, dije yo. ¿De dónde sacas tal cosa, Glaucón?, —respondí yo a mi vez. ¿No sabes, por lo que se ve, que Agatón está, desde hace muchos años, lejos de su casa y de su pueblo, y que no son todavía tres años los que me trato con Sócrates y he hecho una de mis diarias preocupaciones saber qué dice o qué hace? Que antes andaba a lo que saliere; y, creyéndome hacer algo, no pasaba de ser un infeliz, más infeliz que ninguno y no menos infeliz de lo que tú eres ahora; ¡y pensaba que era preciso hacer todo menos filosofar!, “En vez de bromear —dijo Glaucón— dime cuándo tuvo lugar esa reunión”. Y yo le respondí: “Cuando nosotros éramos aún niños, allá cuando Agatón triunfó en su primera tragedia, al día siguiente de las fiestas que por tal motivo ofrecieron, con sacrificios. Agatón mismo y los coristas”. "Hace, pues, muchísimo tiempo, según parece”, —dijo Glaucón. "Pero, entonces, ¿quién te la refirió? ¿Sócrates mismo?”. “No, por Júpiter! —repliqué yo; sino el mismo que la refirió a Fénix. Fue un tal Aristodemo, de Cydatenas, esmirriado, siempre descalzo. Y estuvo presente en la reunión por andar enamorado de Sócrates, y enamorado entre los que lo estaban más en aquellos días, a mi parecer. No sólo esto, que yo mismo pregunté ya a Sócrates sobre algunas cosas de lo que oí decir a Aristodemo, y convino en que las cosas pasaron como Aristodemo me las refirió”. “¿Por qué, pues —añadió Glaucón—, no me las cuentas por lo largo?; que, por cierto, el camino que nos falta andar de aquí a la ciudad viene como hecho para hablar y para escuchar”, Caminando, pues, hicimos largas palabras sobre ello; de manera que, como os dije al principio, no me encuentro del todo desprevenido. Si es menester, pues, que os las refiera también a vosotros, lo haré una vez más; que, por lo que a mí toca, cuando oigo a otros hacer palabra sobre filosofía o bien cuando yo mismo la hago, aun dejando aparte el provecho que creo sacar, me lleno de extraordinario júbilo. Bien al contrario cuando habláis vosotros, los ricos y los hombres de negocios: os me hacéis pesados y me dais lástima vosotros, y vuestros amigos, pues os creéis hacer algo y no hacéis nada. Aunque tal vez penséis que soy un desventurado; y creo que en verdad vosotros lo creéis así; empero, yo no creo que vosotros seáis unos desventurados, sino sé que lo sois, y lo sé bien sabido. [173d] Compañero: Siempre eres el mismo, Apolodoro; siempre estás hablando mal de ti y de los demás, y me parece sencillamente que tienes por unos infelices a todos menos a Sócrates, comenzando a contar por ti. No sé, por mi vida, de dónde ni desde cuándo te habrá venido el sobrenombre que tienes de “maniático”, aunque en tus palabras siempre lo eres, y te ha dado por ponerte agresivo con todos menos con Sócrates. [173e] Apolodoro: ¡Amigo del alma! Pero, ¿será tan evidente que, al pensar así sobre mí y sobre los demás, desvaríe como maniático? [174a] Compañero: No vale la pena, Apolodoro, de que discutamos ahora sobre este punto. Haz, más bien, lo que te hemos pedido y refiere cuáles fueron aquellos razonamientos. [174a] Apolodoro: — Fueron, más o menos éstos... Mejor: voy a intentar referíroslos por los mismos pasos con que Aristodemo me los refirió. [174a] Me contó, pues, Aristodemo, haber tenido la suerte de encontrarse con un Sócrates bien lavado y calzado de sandalias, cosas que el otro Sócrates solía hacer raras veces; haberle preguntado a dónde iba tan peripuesto, y haber respondido Sócrates: “Al banquete de Agatón; que, por cierto, ayer, horrorizado de la muchedumbre, hui de encontrarlo en las fiestas por la victoria, pero convine en hacer hoy acto de presencia. Y por esto mc arreglé de tan peripuesta manera para así ir bello a casa del bello. Pero tú —dijo Sócrates—, ¡¿Cómo estás de ánimos y de voluntad para ir, sin invitación, al banquete?”. [174b] “Y yo —me dijo Aristodemo— respondí: Estoy a lo que tú mandes”. [174b] “Sígueme, pues —contestó Sócrates—, que vamos a pervertir, dando de él otra versión, aquel proverbio: «A los convites de los buenos van por propio impulso los buenos». Que ya el mismo Homero no sólo se puso en peligro de pervertirlo, sino parece aún burlarse descaradamente de él, porque — habiendo creado un Agamenón bueno por distinguida manera en cosas de guerra, y un Menelao, flojo guerrero, con todo hizo que al sacrificio y al convite ofrecidos por Agamenón se presentase, sin invitación, Menelao, que así, no invitado, el varón peor fue al convite del mejor”. Oído lo cual, me dijo haber Aristodemo contestado: “Tal vez yo, malo como soy, esté expuesto, no como tú dices, Sócrates, sino como lo dice Homero, a ir sin invitación a banquete de varón sabio. Mira, pues, qué vas a decir en tu defensa por llevarme así; que yo no diré que voy sin invitación, sino invitado por ti”. “Cuando dos van juntos de camino” —dijo Sócrates— “aún hay tiempo para...” deliberar sobre qué diremos. “Vamos, pues”. Y hablando de semejantes cosas —me dijo Aristodemo— nos pusimos en camino. [174d] Mas Sócrates, recogiendo para sí sus pensamientos, se me fue quedando buen trecho atrás, y, deteniéndome para aguardarle, me mandó seguir adelante. [174d] Llegado Aristodemo a casa de Agatón, notó que la puerta estaba abierta; y me dijo haberle pasado algo muy gracioso: salió a su encuentro inmediatamente uno de los criados, lo condujo adonde se encontraban los convidados y advirtió que estaban a punto de comenzar el banquete. [174e] Mas, apenas lo vio Agatón, le dijo: “Aristodemo, si has venido por algún otro asunto, déjalo para otra ocasión, que ayer te busqué para invitarte y no hubo manera de verte. Pero, ¿cómo no traes a Sócrates?”, “Y yo —dijo Aristodemo— me volví, mas por ninguna parte vi a Sócrates, y eso que me venía siguiendo. Le dije pues, que yo mismo venía con Sócrates, invitado por él para el banquete presente”. [174e] “Obras en esto bellamente”, —añadió Agatón “Mas, ¿dónde está Sócrates”, — Hasta hace un momento venía siguiéndome; de manera que a mí mismo me sorprende dónde podrá estar”. “¿No irás a mirarlo?” —dijo Agatón al criado— “e introduce inmediatamente a Sócrates. Tú. Aristodemo —añadió Agatón— toma asiento junto a Eryxímaco”. [175a] “El criado —me dijo Aristodemo— le lavó los pies para que pudiera reclinarse en el lecho. Mientras tanto otro de los criados entró anunciando que Sócrates, retirado en los soportales de una casa vecina, estaba parado de pie, que lo había llamado y que no quiso entrar”. “Extraña cosa, por cierto, —dijo Agatón. Llámalo una vez más y no lo dejes ir”. [175b] Empero. Aristodemo me dijo haber dicho: "De ninguna manera; dejadlo en paz, que tiene esta costumbre. A veces le da por retirarse donde le acude y allí se queda de pie. Con todo, no tardará en venir, como creo; no lo molestéis, dejadlo en paz”. “Hágase así, pues, según tu parecer”, —me dijo Aristodemo haber contestado Agatón. “Mas vosotros, mis criados, servid a los demás el banquete; presentad, a vuestra discreción, lo que os venga en voluntad, puesto que no va haber maestresala que os dirija: cosa que hago hoy por vez primera. Así que, cual si fuerais vosotros los que me — hubieseis invitado a mí y a los demás a la comida, cuidad de merecer nuestras alabanzas”. [175c] Después de lo cual me dijo Aristodemo que se pusieron a comer, pero que Sócrates no venía; que Agatón mandó una vez, otra vez y muchas ir a buscar a Sócrates y que él otras tantas no lo consintió; que, por fin. llegó Sócrates, no demasiado tarde para lo que solía en tales casos, sino más o menos hacia la mitad de la comida; y que Agatón, que por su Suerte estaba sentado el último y a solas, le dijo: "Aquí, Sócrates; siéntate junto a mí para que, por contacto, goce de esa Sabiduría que en los soportales se te ofreció, porque es claro que se te hizo encontradiza y que le echaste la mano; en caso contrario, aún estuvieras allá”. Y, una vez tomado asiento, me dijo Aristodemo haber Sócrates soltado la voz a razones semejantes a éstas: “Bueno fuera, por cierto, Agatón, que, al ponemos en contacto unos con otros, cual agua que por hilo pasa de copa más llena a copa menos llena, así fluyera la Sabiduría entre nosotros, y pasara del más lleno al más vacío; que, si tal fuera, estimara en mucho hallarme reclinado junto a ti, pues estuviera cierto de llenarme a rebosar de grande y bella sabiduría, que la mía vana es y dudosa, a manera de sueño, mientras que es la tuya esplendorosa y difusiva, con tanto resplandor de sí, a pesar de tu juventud, que, cual golpe de luz, se descubrió antes de ayer en presencia de más de tres veces diez mil griegos que de ella fueron testigos”. “De broma estás, Sócrates”, —dijo Agatón, “Mas sobre este punto de la Sabiduría decidiremos según justicia tú y yo un poco más tarde, poniendo por juez a Baco. Ahora démonos primero al banquete”. Después de lo cual —me dijo Aristodemo—, habiéndose reclinado Sócrates en su lecho, y terminado de comer él y los demás, hechas las libaciones y entonados himnos al dios y lo demás que la práctica establece, le llegó su turno a la bebida. Entonces Pausanías, dijo, comenzó a hablar de semejante manera: “Veamos, varones, el modo de beber lo más ligeramente posible. Que yo, por mi parte, os digo que, en verdad, me encuentro aún muy cargado de lo que bebí ayer y necesito reanimarme; creo, además, que igual os pasa a muchos de — vosotros, Mirad, pues, la manera de beber lo más ligeramente posible”. Y dijo Aristodemo haber replicado Aristófanes de la siguiente manera: "Dices bien, Pausanias, que es menester, sea como fuere, darse a beber ligeramente, que yo mismo me cuento entre los anegados de ayer", Habiendo oído lo cual, dijo que Eryxímaco, el de Acumeno, se expresó a su vez por estas palabras: “Por cierto que habláis bellamente. Empero, os pido aún una cosa: que escuchéis cómo está Agatón de ánimos para eso de beber”. “Ni yo mismo me encuentro con ánimos”, —dijo que respondió Agatón. “Tendría, pues, por don de Mercurio —añadió Eryximaco— para todos nosotros, para mí y para Aristodemo, para Fedro y para los demás aquí presentes, el que vosotros, los potentados en beber, abdicaseis; que nosotros estamos siempre entre los impotentes. Sócrates no tiene voz en este punto, que es potentado en beber y en no beber, de modo que le contentará cualquier cosa que hiciéramos. Y puesto que, a mi parecer, ninguno de los presentes está con ánimos de beber copiosamente vino, tal vez no fuera del todo desagradable el que os dijese unas verdades sobre qué es eso de embriagarse. La medicina ha puesto en claro, según mi opinión, que la borrachera es, para los hombres, pesada de llevar; tanto que si de mí depende, no quisiera ir demasiado lejos en eso de beber, ni lo aconsejara a otro, aun dejando aparte lo que desde la víspera llevamos todavía en el cuerpo”. Mas en este punto, Fedro, el de Mirrino, tomó la palabra —dijo Aristodemo— por términos como éstos: “Tengo por costumbre, Eryxímaco, seguir en todo tu consejo, aun cuando no se trate de cosas médicas; mas en esta ocasión lo aceptan de común acuerdo los demás”. [176d] Lo cual, oído por todos, se convino en hacer de la reunión presente no borrachera, sino deleitable bebida. [176e] "Puesto que —continuó diciendo Eryximaco— queda a discreción de cada uno beber lo que le venga en gana, sin compromisos de ninguna clase; propondría además, que dejásemos a sus anchas a la flautista que acaba de entrar, y que toque para sí o, si le place, para las mujeres de dentro, y que nosotros, a nuestra manera, hagamos de la reunión de hoy banquete de palabras. ¿Sobre qué razones? Si convenís en ello os lo voy con toda mi voluntad a proponer”. [177a] Aristodemo me contó que todos vinieron en ello, y rogaron a Eryxímaco que hiciese la presentación de semejantes razones. Y que entonces dijo Eryxímaco: “Séanme principio de estas razones aquellas palabras de Eurípides en su Melanippa: «Que no es mío el mito» que voy a decir, sino del Fedro aquí presente. Porque Fedro me dice una vez y otra en son de queja y de reproche: «¿No es cosa de espanto, Eryxímaco, que hayan compuesto los poetas himnos y cantos en honor de tantos y tantos dioses, y que al Amor, tan antiguo entre los dioses y tan gran dios, ni uno solo de los magníficos poetas que han sido haya compuesto jamás encomio alguno? Y si te place da una vez más una mirada a los mejores sofistas: escriben a palabra suelta las alabanzas de Hércules y de otros, cual lo hace Pródico, sofista bueno en superlativo. Y no es esto, en verdad, lo más sorprendente: que hace tiempo di por casualidad con cierto libro en que se hacían admirables alabanzas de las sales por la utilidad que nos reportan, y otras muchas cosas a éstas parecidas pudieras ver ensalzadas en él. ¡Y que se den los hombres tan gran esfuerzo por tales cosas y que, por el contrario, ninguno de ellos se haya atrevido hasta el día de hoy a celebrar debidamente con himnos al dios Amor! ¡En tanto descuido tenemos puesto a tan gran dios!». Y sobre este punto me parecen bellas las razones de Fedro. Me pide, pues, el alma contribuir a este empeño con mi escote, y darme así un placer, al mismo tiempo que me parece estar en armonía con las circunstancias presentes el que todos los aquí reunidos hagamos un mundo de alabanzas a este dios. Si, pues, os parece así, tendríamos con ello suficiente motivo de conversación; y creería imprescindible el que cada uno de nosotros dijera su palabra de alabanza en honor del Amor, lo más bella que le sea posible; y que, comenzando por la derecha, dé principio Fedro, puesto que está sentado en primer lugar y puesto que es el padre de semejantes razones”. “Ninguno dará voto en contra, Eryxímaco” —dijo Sócrates, como Aristodemo me refirió. “No estaré yo entre los que se nieguen, puesto que afirmo no saber cosa alguna fuera de cosas de amor, ni se contarán entre ellos Agatón y Pausanias, ni de seguro Aristófanes a quien todo se le va en líos entre Baco y Venus, ni otro alguno de los que aquí veo presentes. Aunque la cosa no va a ir tan igual para los que estamos reclinados en lugares postreros; mas nos daremos por satisfechos si los anteriores dicen bellas y suficientes palabras. Comience, pues. Fedro con buena suerte y encomie al Amor”. [178a] Convinieron todos en ello, y según el parecer de Sócrates se ordenó. Lo que dijo cada uno de los presentes no lo recordaba punto por punto Aristodemo, ni yo me acuerdo de todo lo que él me dijo. Con todo, sobre las razones que me parecieron más notables y dignas de recuerdo os voy a hablar por el orden con que cada uno de los presentes las dijeron. [178a] «ἐκέλευον ἅπερ ὁ Σωκράτης. πάντων μὲν οὖν ἃ ἕκαστος εἶπεν, οὔτε πάνυ ὁ Ἀριστόδημος ἐμέμνητο οὔτ᾽ αὖ ἐγὼ ἃ ἐκεῖνος ἔλεγε πάντα· ἃ δὲ μάλιστα καὶ ὧν ἔδοξέ μοι ἀξιομνημόνευτον, τούτων ὑμῖν ἐρῶ ἑκάστου τὸν λόγον. πρῶτον μὲν γάρ, ὥσπερ λέγω, ἔφη Φαῖδρον ἀρξάμενον ἐνθένδε ποθὲν λέγειν, ὅτι μέγας θεὸς εἴη ὁ Ἔρως καὶ θαυμαστὸς ἐν ἀνθρώποις τε καὶ θεοῖς, πολλαχῇ μὲν καὶ ἄλλῃ, οὐχ ἥκιστα δὲ κατὰ τὴν γένεσιν. τὸ γὰρ ἐν τοῖς πρεσβύτατον» (Burnet, 178a) [178a] Como digo, pues, me refirió Aristodemo haber comenzada Fedro a hablar antes que otro alguno por semejantes palabras: “Gran dios es Amor, admirable para los hombres y para los dioses mismos, por muchas y varias razones, entre las mue no es la menor su nacimiento. Porque ya el contarse entre los — dioses como antiguo entre antiguos cosa es por cierto veneranda”, —dijo Fedro, “Y sirva esto de testimonio: no tiene Amor genealogía conocida, ni se le inventó por nadie, pueblo o poeta. Y aun Hesíodo dice solamente que primero se engendró caos: «... después, sin otro alguno de por medio. [178b] Tierra, la de amplias espaldas. [178b] universal asiento de sempiterna firmeza. [178b] y Amor...». Y por las mismas palabras conviene Hesíodo con Acusileo quien dice que después de Caos se engendraron estas cosas: Tierra y Amor. Y Parménides, hablando del engendramiento de las cosas, dice que: «La Génesis inventó en su mente, cual invención primera. [178b] de entre todos los dioses la primera, a Amor. Así que de todas partes se confiesa a la una que es Amor venerablemente antiguo, entre los antiguos y venerables. Y, siendo tal, es para nosotros causa de los mayores bienes; que no es preciso diga no haber bien más grande para el que está llegando a joven que un amante virtuoso, y para el amante, que un doncel predilecto. Porque a los hombres que se proponen llevar bellamente la vida hay que poner ante sus ajos, cual guía para toda ella, una cosa que ni el parentesco ni los honores ni las riquezas la puedan hacer tan bellamente, tan bellamente como la puede hacer Amor. ¿Y diré qué es eso que sólo puede hacer Amor? Sólo El puede poner vergüenza por lo feo; respetuoso amor por lo bello; que sin amor y vergüenza no hay manera de que ni particular ni Ciudad alguna lleven a cabo obras grandes y bellas. Porque me afirmo en que a cualquier varón tocado de amores, caso de salir a pública vergüenza por algún acto hecho o por ofensa cobardemente soportada, no le duele tanto la presencia vidente del padre ni la de los compañeros ni la de otro alguno cuanto la mirada de su doncel predilecto. Y esto mismo vemos de la parte del doncel así amado: que, al ser sorprendido por — sus amantes en algo feo, se avergüenza ante cada uno de diversa manera. Si, pues, se diese una traza para hacer Ciudad o componerse ejército de amantes por amor con sus donceles predilectos, no hubiera Ciudad mejor ordenada que la suya ni vergüenza más poderosa para rechazar lo malo, ni celo por la honra mutua mayores que los de ellos; y juntos en las batallas vencerían los tales, pocos y todo, por decirlo así, a todos los hombres. Que el varón enamorado no soportaría, a la vista del doncel predilecto, menos que a la de otro alguno, arrojar las armas o desertar de su puesto; antes preferiría morir mil veces. Ni hay amante tan vil que llegue hasta dejar abandonado al doncel o que no vaya a su socorro en los peligros; que, por villano que sea, vuélvelo Amor tan endiosado en valentía que pudiera pasar por tan valeroso como el que lo es más por naturaleza. Y sin rodeos: eso que dice Homero de que a algunos de los héroes Dios «des inspiró coraje», esto mismo es lo que, cual engendro de El en ellos, da a los amantes Amor. [179b] "Más aún: sólo a los amantes les viene de voluntad morir por otros, y les sale de voluntad a los hombres y les sale de voluntad aun a las mujeres mismas. Suficiente testimonio dio de esto a los griegos Alcestis, hija de Pelias; que a ella sola le salió de voluntad morirse por su varón, y eso que su varón tenía aún padre y madre; levantándose de esta — manera, por tal afecto de amor, tantos tantos sobre ellos que pudieron parecer extraños, y sólo por el nombre parientes de su hijo. Y obra tan cumplida deslumbró por su belleza no sólo a los hombres, mas también a los mismos dioses; en tal grado que, para distinguirla, le otorgaron cual don especial, reservado por ellos a los bien contados que han llevado a cabo grandes y bellas obras, el de poder sacar del Hades su propia alma; y siguieron a la de ella, aun fuera del Hades, con admiración por su hazaña. ¡Que tal es la particular manera como los dioses honran el esfuerzo y la valentía en el amor! Bien al revés: a Orfeo, el de Eagro, despidieron del Hades con las manos vacías, mostrándole nada más un fantasma de la mujer que buscaba, sin dársela en su realidad; porque, al parecer, como citarista que era, se le ablandó el ánimo y no se atrevió a morir por su amor, cual Alcestis; se dio más bien a imaginar trazas para bajar vivo al Hades. Y según esto le hicieron justicia: que murió a manos de mujeres. De bien contraria manera honraron a Aquiles, hijo de Tetis, y se lo llevaron a las islas de los bienaventurados; porque, advertido Aquiles por su madre que moriría si mataba a Héctor, pero que si no lo hacía volvería a su casa y moriría de viejo, tomó para sí resueltamente, el partido de ayudar a Patroclo, su amante, y, vengando su muerte, morir por él y seguir inmediatamente en su muerte al muerto. Y admiráronle los dioses por manera extraordinaria, y honráronle por no menos distinguida manera, puesto que tuvo en tanto a su amante. Esquilo tontea al decir que Aquiles estaba enamorado de Patroclo; cuando Aquiles era muy más bello que Patroclo y que todos los héroes juntos, y encima imberbe y mucho más joven que él, al decir de Homero. Porque, en realidad, muy mucho es lo que honran los dioses esta virtud: la del amor; con todo muy más la admiran, les sorprende y la premian cuando el amado ama al amante, que cuando el amante ama a su doncel, porque el amante es más divino que el doncel predilecto, ya que el amante está internamente endiosado. Por el cual motivo honraron los dioses a Aquiles mucho más que a Alcestis, llevándoselo a las islas de los bienaventurados. Y, en resumen, tales son mis palabras: que Amor es, entre los dioses, el más antiguo, el más venerable; el Señor de los Señores, en cuyas manos se encierran, para los hombres vivos, para los hombres idos, toda posesión de virtud y de bienaventuranza”. [180b] “Tales fueron las palabras de Fedro”, me dijo Aristodemo. Y otros dijeron otras de las que no se acordaba distintamente. Pasándolas, pues, por alto, me refirió las de Pausanias, quien comenzó diciendo: “No me parece, Fedro, que las razones hayan andado por buen camino, puesto que se han pregonado encomios de Amor sin discernimiento alguno; que si Amor fuera uno, fuera bello también el proceso; empero, como se da el caso de que Amor no es uno, lo más correcto será decidir ante todo a cuál de ellos se debe ensalzar”. [180d] Y sea lo primero decir qué amor se debe alabar, y después alabarlo en manera digna de su divinidad. Porque todos sabemos que Venus no está sin Amor; si, pues. Venus fuese una, uno sería también Amor; mas, puesto que Venus es dos, tendrá que haber dos. Amores. Pero, ¿cómo no van a ser dos este par de diosas?: la una, la antigua y veneranda, no nacida de madre, hija de Cielo, que por esto la llamamos “celestial”; la otra, más reciente: la hija de Júpiter y de Diona, a la que denominamos “popular”. Es, de consiguiente, necesario y correcto llamar “popular” al Amor que con la segunda colabora, reservando para el otro el nombre de “eclesial”. A todos los dioses hay que hacer el debido acatamiento; mas ahora voy a intentar hablaros tan sólo de los dos que me ha señalado la suerte. [180e] Toda acción hecha nada más que por hacerla, no es de suyo ni bella ni fea, —como no es ni una cosa ni otra lo que ahora estamos haciendo: beber o cantar o dialogar, que de estas cosas ninguna ces bella de por sí; únicamente por la manera como se haga podrá sobrevenirle lo uno a lo otro; lo bella y correctamente hecho, resulta bello; lo hecho de incorrecta manera nace feo. Parecidamente: no todo amar ni todo Amor es bello y digno de encomio, sino tan sólo el Amor que impele a amar de manera bella. Y por cierto que el Amor correspondiente a Venus la popular es, en realidad de verdad, plebeyo y hace sus faenas en lo que se presente; y tal es el amor con que aman los hombres viles. Que los tales aman, primero, tanto a mujeres como a donceles; además aman en ellos más los cuerpos que las almas; además aman de la manera más insensata, mirando únicamente a cumplir su querencia, sin preocuparse de si el modo es o no bello. De donde les acontece cumplir su querencia en lo que la suerte les depare, y tanto les da que sea bueno como que sea lo contrario. Que por algo tal Amor proviene de una diosa muy más reciente que la otra, y de diosa cuya generación fue obra conjunta de varón y de hembra. Bien al revés: por no haber sido la generación de Venus la celestial obra de hembra, sino únicamente de varón, el Amor perteneciente a ella es, ante todo, amor por los donceles, y proviene de diosa más antigua y veneranda, en quien el desdoro no tiene parte alguna; que por esto los tocados de tal amor vuélvense hacia lo varón, lo cual no es sino amar lo por naturaleza más fuerte, lo en inteligencia más rico. Y en esto se reconoce, entre los pederastas, a los impulsados en pureza por este Amor: en que no aman a donceles sino cuando comienzan a mostrar inteligencia, es decir: al acercarse a barbiponientes; porque, según mi parecer, los que comienzan a amar en tal sazón dan muestras de estar preparados para vivir en-común-y-en-un-ser cuan larga sea la vida; y, por no haberse engañado, escogiendo inconsideradamente a uno por joven, no lo dejan burlado ni lo abandonan para irse tras otra, Er!:pero. Es menester poner como ley la de no enamoriscarse de muchachos, para que no se pierdan, sin conocido provecho, grandes esfuerzos; que desconocido es cómo acabarán los muchachos en punto a maldad, virtud, cuerpo y alma. Y esto es lo que los buenos se imponen ellos mismos y por propia voluntad como ley. Y se ha de forzar en este punto parecidamente a los amantes vulgares, cómo les hacemos fuerza para que, en lo posible, no se den al amor de las mujeres libres. Que éstos son los que han hecho el mal nombre, y tan malo que no faltan ya quienes se atrevan a decir que es vergonzoso favorecer a los enamorados. Y lo dicen mirando a los tales, viendo cuán fuera de tiempo y de mesura es su amor; que para cualquiera acción hecha en orden y según ley, no dieran con justicia voto desfavorable. [181e] Además: en otras ciudades resulta cosa fácil entender la legislación sobre el amor, pues es sencilla; mientras que entre mnasofros y los espartanos resulta complicada. Porque en Elida, en Esparta y en Beocia, y entre los que no son sabios en palabras, rige sencillamente la ley de que es bello favorecer a 105 enamorados; y ninguno, viejo o joven, dirá que es vergonzoso; y esto, a mi parecer, para no tener que tomarse ante los jóvenes la faena de persuadirles por palabras de lo contrario, siendo como son gente de pocas palabras. Por opuesta manera: en Jonia y en otras muchas partes —en todas las dominadas por los tiranos— las leyes señalan tal amor por afrentoso; que entre los bárbaros, por obra de la tiranía, se tienen por afrentosos, además de este amor, el amor-a-la-gimnástica y el amor por la sabiduría; que no conviene, según pienso, a tales gobernantes el que se engendren en los gobernados pensamientos grandiosos ni vínculos y amistades fuertes, cosas que, sobre tedas las demás, prefiere engendrar Amor. Y por propia experiencia lo aprendieron los tiranos de nuestra tierra: que el amor de Aristogeíton y la amistad de Harmonio, al afirmarse, dieron al traste con su dominio. Por esto siempre y donde el favorecer a los enamorados pasa por cosa fea debe achacarse a la maldad del fundamento que es, por una parte, la arrogancia de los gobernantes; por otra, el afeminamiento de los gobernados. [181e] Y por contrario motivo: donde sin matices se tiene por bello, es que se asienta sobre un primitivismo de alma. De manera bien diversa y más bella que éstas se ha legislado sobre tal punto entre nosotros y, como decía, no resulta fácil conocerla cumplidamente. Piénsese, pongo por caso, en que decimos ser más bello amar en público que en secreto, ' y amar preferentemente a los bien nacidos y mejores, aunque sean feos. Y son de admirar las advertencias que hacemos todos al amante, y no por cierto cual si fuera vergonzoso lo que hace; antes nos parece bello si consigue su propósito, y vergonzoso sí no lo alcanza; y para poner mano en tal empresa la ley da amplia licencia al amante que tales admirables y extrañas obras hace, para enorgullecerse de ellas, obras de que cualquiera otro que se atreviera a hacerlas por un fin diverso de éste, y aunque tan sólo le diese por querer ponerlas en práctica, cosecharía de parte de la filosofía — espléndida cosecha de reproches. [183a] Que si le diera por tomar dinero prestado o procurarse dignidades o se atreviera a hacer cualquiera otra de las cosas fuertes que los enamorados hacen con sus donceles —aquella su manera de pedir con ruegos y súplicas, los juramentos que juran, dormir en sus puertas y esotro voluntario servir con servilidad tal, tanta y mayor que la de cualquier esclavo— se lo estorbaran los amigos y los enemigos, éstos echándole en cara tal adulación y servidumbre, aquéllos reprendiéndole y avergonzándose de su conducta. [183b] En cambio, al enamorada que tales cosas hace se le cuenten por gracias y aun las leyes le eximen dadivosamente de reproche, cual si lo que hace fuera obra por todas maneras bella. Empero, cosa de espanto es cual ninguna, y así lo dicen los más, que sólo el perjurio del perjura por amor no lo ponen en su cuenta los dioses, porque dicen que en asuntos de Amor el juramento no es juramento. [183b] Tales y todos estos son los privilegios que dioses y hombres han otorgado al amante, y que reconocen nuestras leyes. [183c] De lo cual, por cierto, pudiera alguno colegir que en esta nuestra Ciudad se tiene por cosa de todo en todo bella el amar y el dejarse amar por los enamorados. Empero, desde que los padres, encargando a pedagogos la vigilancia de los amados, no les permiten tratarse con los amantes —sobre los que le dan severas instrucciones al pedagogo— los compañeros y aun otros se lo reprochan, apenas ven algo de esto; y, lo que es peor, los de mayor edad ni reprenden a los que tales reproches hacen ni le paran las pasas, dándoles a entender que no proceden correctamente en sus reproches. Tal vez, pues, considerando esto, alguno creyera que tal conducta se tiene aquí por sumamente fea. La cosa me parece más bien ésta: como dije al principio, la cosa no es sencilla ni de por sí ni bella ni fea, sino hecha bellamente será bella y será fea si se hace feamente. Y, por de pronto, es malo el amante plebeyo que se prenda mas del cuerpo que del alma, porque no puede ser amante firme quien de cosa no firme se prende; pues tan pronto como se marchita la flor del cuerpo —que ésta es la qué ama Si ya sin darle una mimda”, avergonzándose de sus muchas palabras y largas promesas. En cambio, el amante que lo sea del natural bueno es firme de por vida, puesto que se fundió en uno con lo firme. [184a] Y quiere nuestra ley que a los tales se los pruebe bien y bellamente para así favorecer a unos y despedir a otros; y por estos mismos motivos anima a que se vaya en pos de los primeros y que se huya de los otros, poniendo a prueba de antemano y examinando a qué dase pertenece el amante, a cuál el amado. De esta manera y por esta causa se tiene por vergonzoso, primero, dejarse prender fácilmente; y esto, porque hay que dar tiempo al tiempo, que el tiempo parece someter a prueba bellamente la mayoría de las cosas. Después: pasa por vergonzoso prendarse de las riquezas y de las magistraturas políticas, y es vergonzoso si le ya mal dejarse abatir y ceder; y si le va bien, no mirar con desprecio poderes políticos y riquezas: que ninguna de estas cosas parece ser ni de las firmes ni de las seguras, aun dejando aparte el que no puede engendrarse de ellas amistad de buena raza. [184b] No queda, pues, para nuestras leyes, más que un solo camino a seguir, si ha de ser aún posible al amante congraciarse bellamente con su doncel predilecto; y por esto es ley el que, a la manera como a los amantes no se les contaba por cosa reprensible ni vituperable el esclavizarse a sus donceles predilectos con cualquiera clase de esclavitud voluntaria, de parecida manera quede aún otra y una sola clase de esclavitud voluntaria y no vituperable; y sea ésta la de esclavo por virtud. Porque es ley entre nosotros que si alguno quiere darse al servicio de otro, creyendo que por si medio llegará a hacerse mejor o en sabiduría o en cualquiera otra particular virtud, no se le tenga tal voluntaria esclavitud ni por vergonzosa ni por reprensible. [184c] Y es menester que estas dos leyes: la ley sobre pederastía y la ley sobre el amor-ala-sabiduría o a otra virtud cualquiera se avengan En una sola, si se quiere que el amante y su doncel predilecto se congracien con resultante bella. Que cuando van a la una amante y doncel, guardándose cada uno ley, sometiéndose el uno al doncel con quien se quiere congraciar en lo que sea justo someterse, y colaborando el otro en lo que sea justo colaborar con quien le hace sabio y bueno, el potentado en cordura mental o en otra virtud poniéndolas a contribución, el necesitado dándose a aprenderlas y a posesionarse de toda otra sabiduría, en este caso, aviniéndose en uno y lo mismo las dos leyes, sobrevendrá la belleza, y en belleza se congraciarán amante y doncel; no así en todos los demás casos. Y aun engañarse en el caso dicho nada tiene de vergonzoso; mientras que en todos los demás salen avergonzados el que se engaña y el que no se engaña. Porque sí se puso uno a dejarse querer porque su amante era rico, y resulta engañado y se queda con las manos vacías, que se descubrió que el amante era pobre, no por eso la vergüenza es menor, porque el tal ha dejado al descubierto que por dinero se sometiera en cualquier rosa, lo cual no es bello. Y por parecidas razones: si uno se propuso dejarse querer por un bueno para, por tal amistad con su amante, llegar a ser él mismo mejor, y con todo se engañare, por venir a descubrirse que el amante era perverso y no tenía entre sus tesoros el de la virtud, con todo y con esto tal engaño es bello engaño, porque parece el tal dejar patente constancia de que él de por sí, se había propuesto en su ánimo, ante todo y sobre todo, hacerse mejor y hacerse tal por amor a la virtud, lo cual es cosa bella entre las bellas. Así que en todo cuso es cosa bella congraciarse amante y doncel por amor a la virtud. Y éste es el Amor de la diosa celestial, y es él mismo celestial y digno de todo aprecio ante Ciudad y ante particulares, porque fuerza, al que según tal amor ama y al que según él es amado, a poner él mismo gran cuidado en las cosas de virtud. Todos los demás amores, por partida opuesta, son amores de la otra diosa: de la plebeya. Y éste es mi óbolo. Fedro —dijo Pausanias—, tal mi contribución, algún tanto improvisada, al Amor”. [185c] Y habiendo hecho pausa Pausanias —que tales asonancias me enseñan los sabios—, me dijo Aristodemo haberle tocado el turno de hablar a Aristófanes; mas que, por hartazgo o por otra cualquier causa, le dío hipo y no pudo hablar. Dijo, contado, a Eryximaco el médico, que un poco más abajo que él estaba reclinado: “Eryxímaco, es de justicia o que me pares El hipo o que hables por mí hasta que este hipo haga pausa”. [185d] A lo cual me dijo Aristodemo haber respondido Eryxímaco por semejantes palabras: “Haré las dos cosas: hablaré en lugar tuyo, y cuando a ese hipo le dé por hacer pausa, hablarás tú en mí lugar. Pero mientras yo hablare, si retienes de intento la respiración por un buen espacio, hará pausa el hipo; y si con esto no cesa, hazte gárgaras con agua; y si tan fuerte es, toma algo que te cosquillee la nariz y estornuda, que si lo haces una o dos veces, por muy fuerte que sea el hipo, cesará”. “No tardes en decir tu palabra —me dijo haber añadido Aristófanes— que yo haré todo esto”. [185e] Y me dijo Aristodemo haber hablado Eryxímaco por semejantes razones: “Me parece necesario, ya que Pausanias dio bello arranque a sus razones, mas no las llevó a conveniente término, que intente, que tenga que intentar yo ponerles razonable fin. [186a] Que Amor sea doble, cosa es que, a mi parecer, queda bellamente distinguida. Que Amor se encuentre no solamente en las almas de [os hombres y vaya hacia los hombres bellos, sino que sea amor de muchas otras cosas y se halle en muchas otras —en los cuerpos de todos los animales, en los que en la tierra se engendran y, para decirlo en una palabra, en los seres todos— es cosa que me parece haberlo yo vislumbrado mediante la medicina, por esta nuestra arte, y haber vislumbrado cuán grande es, cuán admirable, y cómo este dios abarca todo: las cosas humanas y las cosas divinas. [186b] Y daré comienzo a mis palabras con palabras de medicina para así hacer debido acatamiento al arte. La naturaleza de los cuerpos tiene en sí este doble amor; porque lo el ue de sano hay en el cuerpo y lo que de enfermo hay en él cosas son, según opinión recibida, diversas y desemejantes. Mas, diversas y todo, la una ansía por la otra, ama la una a la otra, aunque sea uno el amor que en lo sano se halla, y otro y diverso el que se da en lo enfermo. Que, por cierto, como decía poco ha Pausanias, bella cosa es dejarse querer por los hombres buenos; vergonzoso, por los perversos. De parecida manera, en los cuerpos mismos es bello, y debido, favorecer graciosamente a lo que de bueno y de sano haya en cada cuerpo, y esto es lo que ha recibido el nombre de “curativo”; vergonzoso es, por el contrario, hacer tales gracias a lo malo y enfermo; precisa, más bien, no favorecerlo, si es que se pretende llegar a “técnico”-en-el-arte. Porque el arte médica, para recapitular, es conocimiento científico de las apetencias corporales amorosas en punto a repleción y evacuación; y el que diagnostique con discernimiento sobre ellas —cuál es el amor bello y cuál el feo— será el mejor médico; y el que pudiera invertirlos de modo que el cuerpo llegase a poseer uno de los contrarios en vez del otro, y el que supiera infundir amor en el que no lo tiene, mas debiera tenerlo, y supiera expulsar convenientemente el que se le entró, tal fuera artesano excelente. Que es preciso que las cosas más enemigas se hagan dentro del cuerpo y en lo posible, amigas, y se amen unas a otras. Y son máximamente enemigas las máximamente opuestas: lo frío con lo caliente, lo amargo con lo dulce, lo seco con lo húmedo, y todas las oposiciones a éstas parecidas. [186e] Que por saber con saber-de-ciencia de estas cosas: de infundir amor y concordia, nuestro progenitor Esculapio, como lo afirman los poetas aquí presentes y yo convengo con ellos, estableció y compuso nuestra arte. Y así, como digo, la medicina está gobernada toda ella por este dios, y de parecida manera la gimnástica y la agricultura; que por lo que a la Música se refiere, resulta manifiesto, aun para los que en ello paren nada más por un momento la mente, que de ella vale lo mismo. Lo cual quiso tal vez decir Heráclito, aunque no lo diga con palabras bellas; porque dice que lo Uno «discuerda él mismo consigo mismo y consigo mismo él mismo concuerda; como, según esta misma manera, por el coajuste armónico del arco y de la lira, arco y lira discuerdan y concuerdan». Ahora que es contra toda cuenta-y-razón decir que la armonía discuerda, y más aún que la armonía es y se hace de discordancias. Empero, tal vez quiso decir que de preliminares discordancias entre lo grave y lo agudo, reducidos a concordia por el arte Musical, se engendró la armonía; puesto que no va a surgir armonía «πρότερον τοῦ ὀξέος καὶ βαρέος, ἔπειτα ὕστερον ὁμολογησάντων γέγονεν ὑπὸ τῆς μουσικῆς τέχνης. οὐ γὰρ δή που ἐκ διαφερομένων γε ἔτι τοῦ ὀξέος καὶ βαρέος ἁρμονία ἂν εἴη. ἡ γὰρ ἁρμονία συμφωνία ἐστί, συμφωνία δὲ ὁμολογία τις· ὁμολογίαν δὲ ἐκ διαφερομένων, ἕως ἂν διαφέρωνται, ἀδύνατον εἶναι· διαφερόμενον δὲ αὖ καὶ μὴ ὁμολογοῦν ἀδύνατον ἁρμόσαι· ὥσπερ γε καὶ ὁ ῥυθμὸς ἐκ τοῦ ταχέος καὶ» (Burnet, 187b) [187e] Y en la música y en la medicina, y en todas las demás artes, en las cosas divinas y en las humanas, hay que cuidar solícitamente, y en la medida de lo permitido, de ambos amores; que a los dos se los tiene dentro. Aun la compuesta alternancia de las estaciones del año está llena de ambos amores; que, como acabo de decir, cuando el calor y el frío, la sequedad y la humedad, por buena Ventura de ordenado amor se atemperen entre sí según armoniosa mezcla, llegan cargados, sin que nada se eche a perder, de buen año y de salud para los hombres, para las plantas y para los demás animales. Empero, cuando en las estaciones del año, Amor el desmesurado se hace más fuerte de lo debido, trae consigo gran destrucción y grandes injusticias. Porque las pestilencias gustan de engendrarse en semejantes coyunturas y lo mismo muchas otras destempladas enfermedades de animales y plantas; que las heladas, el granizo y el tizón se engendran de la redundancia y desorden de los elementos amorosos entre sí, la ciencia de todas las cuales cosas —las que a los movimientos de los astros se refieren y las que a las estaciones del año —ha recibido el nombre de “astronomía”. [188b] Pero hay aún más: todos los sacrificios, y el dominio entero de la arte adivinatoria —el de las cosas concernientes a los intercambios entre dioses y hombres— no tienen otra meta que la conservación o bien la curación del Amor. Porque toda impiedad se engendra muy a gusto en los que no se congracian con Amor el ordenado, ni lo honran cual se debe ni le hacen en toda obra el debido acatamiento, sino que se la dedican al otro y por estotro se rigen en las relaciones con parientes, vivos o muertos, y con dioses. Todas las cuales cosas fueron encomendadas al arte adivinatoria: vigilar amores y sanarlos; y es, según esto, el arte adivinatoria oficina general de amistad entre dioses y hombres para saber cuáles son los amores propios de hombres y hasta dónde se extienden en cosas de justicia y de piedad. ¡Tan múltiple y grande, más aún y compendiosamente, tan total es el poder que en sí tiene todo Amor por ser tal! Ahora que el Amor que se consume por lo bueno según cordura y según justicia es el que, tanto entre nosotros como entre los dioses, posee muy mayor poder y nos proporciona felicidad más acabada; y por El resultan posibles la mutua convivencia y aun la amistad misma con esos superiores nuestros que son los dioses. Con todo y lo dicho, tal vez se me pasen por alto y sin alabarlas mil otras cosas de Amor; mas no será voluntariamente por cierto. Si, pues, algo faltare, a ti, Aristófanes, te corresponde la faena de complementarlo; mas si te has propuesto en lu mente encomiar al dios de otra manera, encómialo de ella, puesto que ya ha hecho pausa tu hipo”. [189c] Me dijo, pues, Aristodemo, haber tomado Aristófanes la palabra, y haber hablado por semejante manera: "Por fin, por fin, hizo pausa el hipo; mas no antes de haberle ayudado con un estornudo; que, por cierto, me sorprende y admira que, para la compostura del cuerpo, sean menester todos estos cosel todo y de golpe apenas le administré el estornudo”. Y me dijo Aristodemo haber replicado Eryximaco: “Mira bien, bueno de Aristófanes, qué es lo que haces; te toca ya hablar y aún estás bromeando; me vas a obligar a hacerme guardián de — tus palabras, por si dices algo risible, cuando pudieras muy bien hablar en paz”. Y, riéndose, haber respondido Aristófanes: “Dices bien, Eryxímaco, y ten por no dicho lo dicho; pero no te me hagas el guardián, que lo que me temo no es precisamente ir a decir, en las palabras que me apremian, algo risible —que esto aun fuera ganancia y bien castiza de nuestra Musa—, sino algo ridículo”, "No te creas, Aristófanes”, —haber respondido Eryximaco— "que con éste tu rechazo te me vas a escapar; pon atención y habla como quien ha de dar razón-en-palabras, que tal vez sólo así, y si me lo parece, te dejaré en paz”. A lo cual haber respondido Aristófanes: “Eryxímaco, me tengo pensada una cosa y muy diversa de las que tú y Pausanias dijisteis. Porque, me parece, los hombres no han llegado aún en manera alguna a sentir en sí la potencia de Amor; que, de haberla sentido, le hubieran levantado magnificentes templos y altares, y hecho sacrificios grandiosos; y no como ahora, que nada de esto se le hace, ¡siendo así que se le debe todo ello y aún más, y en grande! Que es Amor, de entre los dioses, el más amable-para-con-los-hombres, solícito ayudador de ellos y remediador de aquellas cosas precisamente que, una vez remediadas, al género humano llevaran a suprema felicidad. Intentaré, pues, descubriros, a manera de introductor, el poder de Amor; vosotros, en retorno, haréis de maestros para los demás. Primero, con todo, es necesario que conozcáis cuál fue en su nacimiento la humana naturaleza y qué cosas le han pasado; que nuestra prístina naturaleza no fue la misma que es ahora, sino otra y diversa. Tres fueron, al principio, los géneros de hombres, y no dos, como ahora; macho y hembra; que había, además, un tercer género, común a ambos, del que no queda sino el nombre, que él, en su realidad, ha desaparecido. Porque lo machihembra fue, en su tiempo, real y con eidos y con nombre común, formado de ambos: de macho y de hembra; mientras que ahora no queda sino el nombre, y aun lo es de oprobio. Además: el eidos que a la vista presentaba cada hombre eta, en total, redondo, con espalda y pechos dispuestos en círculo; con cuatro maños, con dos rostros perfectamente iguales sobre un solo cuello circular; una sola cabeza sobre ambos y opuestos — rostros, cuatro orejas, dos pudendas, y todo lo demás a tenor y por semejanza con lo dicho. Caminaba recto, como ahora y en cualquiera de las dos direcciones, a voluntad; pero si le daba alguna vez por correr a toda prisa podían los hombres —cual ahora los acróbatas que, levantando las piernas en alto, don circulares volteretas—, apoyándose sobre las ocho miembros que tenían, moverse velozmente en círculo. Por estas razones tres eran los géneros de hombres: lo varón, primogénito engendro del Sol; lo hembra, de la Tierra; lo común de ambos, engendro de la Luna, que la Luna participa también de ambos. Por esto los tres géneros eran circulares, y circular era su marcha por ser semejantes a sus progenitores. Eran terribles por su robustez y por su fuerza; y con pensamientos tan grandiosos en sus mentes que la emprendieron con los dioses, y lo que cuenta Homero sobre Efialto y Oto, eso mismo se cuenta de ellos: que pusieron manos a la obra de escalar el Cielo para encumbrarse aun sobre los mismos dioses. Deliberaban, pues, entre sí. Júpiter y los demás dioses sobre qué tenían que hacer, y no daban con la salida; porque no lo era la de exterminarlos y extinguir a rayos tal linaje, cual el de los gigantes —puesto que con ello se les acababan los honores, y con los honores y con los hombres desaparecían los sacrificios—, ni había manera tampoco de permitir semejante desacato. [190c] Y, después de mucho pensarlo, habló Júpiter y dijo de esta manera: «Me parece haber dado con una traza para que haya hombres y cuse, con todo, su insolencia: debilitarlos. Voy, dijo, a dividir a cada uno en dos, con lo que resultarán más débiles y a la vez más útiles para nosotros por haber crecido en número. Andarán rectos sobre dos piernas Y si les da aún por insolentarse y no quieren llevar las cosas en paz, los dividiré, dijo, una vez más en dos, de modo que anden a saltos, sobre una sola pierna». Y, diciendo y haciendo, cortó a cada hombre en dos, como cortan las sorbas los que quieren ponerlas en conserva, cual los que con cabellos cortan los huevos. Y a medida que los iba cortando ordenaba a Apolo que diera media vuelta hacia el corte al rostro y a la mitad del cuello, para que, viendo cada hombre el espectáculo de su sajadura, se volviera más compuesto; y le mandó que lo demás lo curase. [190e] Apolo dio media vuelta al rostro; y, recogiendo de todas partes piel hacia lo que ahora llamamos vientre, cual se cierran con cordel las bolsas, unió la piel hacia la mitad del vientre, dejando esa abertura que se llama "ombligo”. Alisó casi todos los demás pliegues y enderezó el pecho, sirviéndose de instrumento parecido al que emplean los zapateros para suavizar las asperezas de las pieles, ajustándose a horma bella-para-el-pie. Dejó, con todo, algunos pliegues —alrededor del vientre y e ombligo mismo— para memoria de este prístino suceso. [191a] Cortada, pues, así en dos la humana naturaleza, se iba la una mitad hacia su otra mitad con ansias de unión, rodeándose los brazos en abrazo y en mutuo entrelazamiento, deseando hacerse otra vez en uno; y se morían de hambre y perecían de inanición por no querer una parte hacer nada sin su otra. Y cuando una de las partes moría, abandonando la otra, la así abandonada buscaba otra; se enlazaba con ella, tanto si fuese tal mitad de una mujer entera, mitad que $om llamamos “mujer", o mitad de varón; y así perecían. [191b] Compadecido Júpiter, aprestó otra traza; fue que de traseras cambió de lugar las pudendas y las puso delanteras —que hasta entonces las tenían los hombres por fuera y engendraban y parían no los unos en los otros, sino en tierra, cual las cigarras; cambiándolas, pues, al lugar delantero, hizo que la generación la hiciesen los unos en los otros: el varón en la hembra. Y precisamente por estos fines: para que, si se encontraban varón con mujer, en su unión engendrasen y por ella renaciese la raza; y si varón con varón, llegara su unión a una cierta saciedad, hiciesen una pausa y volvieran sus manos a otras obras y sus cuidados a otra vida. Y desde este suceso es el Amor entre los hombres innato y perenne recordatorio de nuestra prístina naturaleza, que ha tomado por empresa de sus manos hacer de dos uno y sanar la naturaleza humana. Es, pues, cada uno de nosotros contraseña de Hombre y cortado en dos, cortado cada uno en dos —de uno que era— cual las platijas. Y así va cada uno en busca de la otra parte de su contraseña. Los varones que sean cortes de aquel Todo que en otros tiempos se llamó “ Andrógino” son amantes de mujeres, «…» [191e] «Ἀπολλόδωρος: ὅσαι αὖ γυναῖκες φίλανδροί τε καὶ μοιχεύτριαι , ἐκ τούτου τοῦ γένους γίγνονται. ὅσαι δὲ τῶν γυναικῶν γυναικὸς τμῆμά εἰσιν, οὐ πάνυ αὗται τοῖς ἀνδράσι τὸν νοῦν προσέχουσιν, ἀλλὰ μᾶλλον πρὸς τὰς γυναῖκας τετραμμέναι εἰσί, καὶ αἱ ἑταιρίστριαι ἐκ τούτου τοῦ γένους γίγνονται. ὅσοι δὲ ἄῤῥενος τμῆμά εἰσι, τὰ ἄῤῥενα διώκουσι, καὶ τέως μὲν ἂν παῖδες ὦσιν, ἅτε τεμάχια ὄντα τοῦ ἄῤῥενος, φιλοῦσι τοὺς ἄνδρας καὶ χαίρουσι συγκατακείμενοι καὶ συμπεπλεγμένοι Ἀπολλόδωρος: τοῖς ἀνδράσι, καί εἰσιν οὗτοι βέλτιστοι τῶν παίδων καὶ μειρακίων, ἅτε ἀνδρειότατοι ὄντες φύσει. φασὶ δὲ δή τινες αὐτοὺς ἀναισχύντους εἶναι, ψευδόμενοι· οὐ γὰρ ὑπ᾽ ἀναισχυντίας τοῦτο δρῶσιν ἀλλ᾽ ὑπὸ θάῤῥους καὶ ἀνδρείας καὶ ἀῤῥενωπίας, τὸ ὅμοιον αὐτοῖς ἀσπαζόμενοι. μέγα δὲ τεκμήριον· καὶ γὰρ τελεωθέντες μόνοι ἀποβαίνουσιν εἰς τὰ πολιτικὰ ἄνδρες οἱ τοιοῦτοι. ἐπειδὰν δὲ ἀνδρωθῶσι, Ἀπολλόδωρος: παιδεραστοῦσι καὶ πρὸς γάμους καὶ παιδοποιίας οὐ προσέχουσι τὸν νοῦν φύσει, ἀλλ᾽ ὑπὸ τοῦ νόμου ἀναγκάζονται· ἀλλ᾽ ἐξαρκεῖ αὐτοῖς μετ᾽ ἀλλήλων καταζῇν ἀγάμοις. πάντως μὲν οὖν ὁ τοιοῦτος παιδεραστής τε καὶ φιλεραστὴς γίγνεται, ἀεὶ τὸ συγγενὲς ἀσπαζόμενος. ὅταν μὲν οὖν καὶ αὐτῷ ἐκείνῳ ἐντύχῃ τῷ αὑτοῦ ἡμίσει καὶ ὁ παιδεραστὴς καὶ ἄλλος πᾶς, τότε καὶ θαυμαστὰ ἐκπλήττονται φιλίᾳ τε καὶ Ἀπολλόδωρος: οἰκειότητι καὶ ἔρωτι, οὐκ ἐθέλοντες , ὡς ἔπος εἰπεῖν χωρίζεσθαι ἀλλήλων οὐδὲ σμικρὸν χρόνον. καὶ οἱ διατελοῦντες μετ᾽ ἀλλήλων διὰ βίου οὗτοί εἰσιν, οἳ οὐδ᾽ ἂν ἔχοιεν εἰπεῖν ὅ τι βούλονται σφίσι παρ᾽ ἀλλήλων γίγνεσθαι. οὐδενὶ γὰρ ἂν δόξειεν τοῦτ᾽ εἶναι ἡ τῶν ἀφροδισίων συνουσία, ὡς ἄρα τούτου ἕνεκα ἕτερος ἑτέρῳ χαίρει ξυνὼν οὕτως ἐπὶ μεγάλης σπουδῆς· ἀλλ᾽ ἄλλο τι βουλομένη ἑκατέρου ἡ ψυχὴ Ἀπολλόδωρος: δήλη ἐστίν, ὃ οὐ δύναται εἰπεῖν, ἀλλὰ μαντεύεται ὃ βούλεται, καὶ αἰνίττεται. καὶ εἰ αὐτοῖς ἐν τῷ αὐτῷ κατακειμένοις ἐπιστὰς ὁ Ἥφαιστος, ἔχων τὰ ὄργανα, ἔροιτο· τί ἔσθ᾽ ὃ βούλεσθε, ὦ ἄνθρωποι, ὑμῖν παρ᾽ ἀλλήλων γενέσθαι; καὶ εἰ ἀποροῦντας αὐτοὺς πάλιν ἔροιτο· ἆρά γε τοῦδε ἐπιθυμεῖτε, ἐν τῷ αὐτῷ γενέσθαι ὅτι μάλιστα ἀλλήλοις, ὥστε καὶ νύκτα καὶ ἡμέραν μὴ ἀπολείπεσθαι ἀλλήλων ; εἰ γὰρ τούτου ἐπιθυμεῖτε, ἐθέλω ὑμᾶς συντῆξαι καὶ» (Burnet, 191e–192d) [192e] Y la causa de esto no es otra sino que nuestra prístina 1 naturaleza era la dicha; y nosotros estábamos. íntegros; del anhelo, pues, y del perseguimiento de reintegración le vino el nombre a Amor. Así que, como digo, estuvimos antes de ahora en unidad; mas ahora, por mal de nuestros pecados, el — dios dividió en dos nuestra casa, como les pasó a los de Arcadia por obra de los espartanos. Es, pues, de temer que, si no nos conducimos comedidamente con los dioses, se nos descuartice una vez más y andemos dando vueltas cual los esculpidos en relieve y de perfil sobre las estelas, serrados por las narices, y hechos cual platijas. Por lo cual es preciso que todos, unos a otros, nos exhortemos a ser reverentemente píos hacia los dioses para, de esta manera, huir de algunas cosas y tener la Suerte de dar con aquellas otras a las que nos guía, cual — jefe y caudillo, Amor. ¡Que ninguno le lleve la contraria al Amor!; y se la lleva el que se vuelve aborrecible a los dioses. Que si nos hacemos a.miles a este dios y a El nos allegamos tendremos la suerte, a pocos en el día de hoy concedida, de encontrar y alcanzar aquellos donceles que sean los nuestros, —los de nosotros mismos. [193b] Y que no me venga Eryxímaco, en son de broma, a decir que bajo mano me refiero a Pausanias y a Agatón —que tal W vez, en efecto, los dos andan tocados de eso y son ambos a dos de natural íntegramente varonil; mas yo, por mi palabra, hablo para todos en bloque, varones y mujeres; y digo que nuestro linaje llegaría a bienaventurado si se nos cumpliese el Amor, y se encontrara para su Suerte cada uno con su predilecto, volviendo así todos a nuestra prístina naturaleza. Y si esto es lo mejor, lo que de entre lo presente, a ello más se acercare, tendrá que ser grandemente próximo a lo mejor. Y lo mejor de entre lo mejor es encontrarse uno para su … [193c] A Suerte con aquel doncel que sea como el nacido a la medida de sus pensamientos. Y al entonar himnos a dios, causa de — ello; tal vez con justicia los entonáramos especialmente a Amor, que El es quien al presente nos colma de mayores delicias al volvernos y devolvernos lo nuestro, y quien, para el futuro, nos ofrece mayores esperanzas de que, si tenemos para con los dioses la reverencia debida, haciéndonos resurgir a nuestra prístina naturaleza y sanándonos, nos hará bienaventurados y felices. [193d] Tal es, Eryximaco, mi palabra sobre Amor, bien diversa, por cierto, de la tuya; mas, como te supliqué, no pongas mis palabras en comedia, que hemos de escuchar aún lo que los demás tienen que decir; mejor, los dos restantes, que ya no quedan por hablar sino Sócrates y Agatón. [193e] “Pues bien' —me dijo Aristodemo haber respondido Eryxímaco—, "te cumpliré tu deseo porque, en verdad, tus palabras fueron tan deliciosamente dichas que si no supiera de buen saber lo formidables que son Agatón y Sócrates en cosas de amor, mucho, mucho me temiera no hallaran palabra que decir después de tantas y tan variadas como aquí han sido dichas. Con todo y eso, osadamente espero”. [193e] «Ἀλλὰ καλῶς λέγεις, ὦ Φαῖδρε, φάναι τὸν Ἀγάθωνα, καὶ οὐδέν με κωλύει λέγειν· Σωκράτει γὰρ καὶ αὖθις ἔσται πολλάκις διαλέγεσθαι. Ἐ γὼ δὲ δὴ βούλομαι πρῶτον μὲν εἰπεῖν ὡς χρή με εἰπεῖν, ἔπειτα εἰπεῖν. δοκοῦσι γάρ μοι πάντες οἱ πρόσθεν εἰρηκότες οὐ τὸν θεὸν ἐγκωμιάζειν ἀλλὰ τοὺς ἀνθρώπους εὐδαιμονίζειν τῶν ἀγαθῶν ὧν ὁ θεὸς αὐτοῖς αἴτιος· ὁποῖος δέ τις αὐτὸς ὢν» (Burnet, 194e) [194b] I. 2.—6 Agatón bellamente” —me dijo haber replicado Sócrates— "“si pensara de ti, ni aun por opinión, semejante vulgaridad; pues sé de buen saber que si por Casualidad, te encontraras con quienes te parecieran sabios tendrías en cuenta a esos, pocos y todo, muy más que a los muchos. Empero, no somos nosotros de esos pocos, puesto que nosotros estábamos allí presentes, y con los muchos hacíamos número. Si, pues, te tropezases, por suerte, con otros sabios, tal vez ante ellos te ruborizaras caso de que creyeras salirte feamente las cosas. O, ¿no es así?”. “Verdad dices" —haber respondido Agatón—. “Mas en caso de no salirte las cosas bellamente ante los muchos, ¿te avergonzarías parecidamente?”. [194d] Y me dijo Aristodemo haber tomado Fedro la palabra por semejante manera: “Agatón querido, si te pones a responder a Sócrates, nada le importará, resulte lo que resultare, el tema presente con tal de que, cual única condición, tenga con quién dialogar, cuanto más si es bello-de-ver. Que, por lo que a mí hace, me resulta delicioso oír dialogar a Sócrates; pero tengo ahora que preocuparme solícitamente por que se encomie a Amor, y recibir de manos de vosotros vuestra palabra, —de cada cual la suya. Denla, pues, cada uno de los dos a este dios y, en dándola que la hayáis dado, dialogad a vuestro talante”. “Bellamente dices, Fedro” —haber contestado Agatón; “ya nada me impide hablar, que para dialogar con Sócrates no han de faltarme multiplicadas ocasiones”. Quiero, ante todo, decir cómo debo hablar, y hablar después. Porque, a mi parecer, todos los que antes de mí han tomado la palabra no tanto han encomiado a este dios cuanto han felicitado a los hombres por los bienes de que, para ellos. El -es causa. Mas ni uno solo dijo que por ser el que es nos hace tales dones. Y, con todo, solamente hay una manera correcta de alabar algo, sea lo que fuere: decir palabra por palabra que uno, por ser tal, es causa de tales o cuales efectos. Según esto, pues, es de justicia que alabemos a Amor, primero y ante todo, por lo que él es, y después por sus dones. [195a] Y así digo que, si bien es cierto ser todos los dioses bienaventurados, y si además es Lícito decirlo sin provocar la envidia vengadora de ninguno de ellos, es Amor el más bienaventurado de todos; por ser entre todos el mejor y el más bello. Y es el más bello por estos motivos, de entre los cuales, Fedro,.cuento como primero el de ser el más joven de los dioses. Gran testimonio ofrece él mismo a la razón cuando huye a todo huir de la vejez, y eso que, evidentemente, es la vejez bien veloz, que se nos echa encima más de prisa de lo que fuera menester. Pues a Amor viénele de natural odiarla, y ni de Lejos se acerca a ella; bien al contrario. Amor es joven y con jóvenes siempre está, que bien y bellamente dicen unas palabras antiguas que «lo semejante anda siempre con su semejante». Mas conviniendo en muchas cosas con Fedro, no convengo en eso de que Amor sea más antiguo que Cronos y Jápeto; afirmo, por el contrario, que es el más joven de los dioses y siempre joven. En cuanto a aquellas cosas que, según los dichos de Homero y Parménides, y suponiendo que dijeran verdad, pasaron antiguamente entre los dioses, acontecieron no bajo imperio de Amor, sino bajo el de Necesidad; porque no hubiese habido ni castraciones ni aprisionamientos de unos por otros ni muchas otras violencias, si Amor hubiera estado entre ellos; uniéranlos más bien amistad y concordia, como sucede ahora desde que sobre los dioses reina Amor. [195c] Es, pues, joven; y, además de joven, delicado. Haría falta un poeta como Homero para poner en su punto la delicadeza de este dios. Porque al decir Homero que Até es diosa, y a la vez delicada —que lo eran sus pies—, lo dice por estas palabras: «Son, por cierto, sus pies delicados, pues no en tierra los posa; que los hace más bien caminar sobre humanas cabezas», que para declarar en palabras la delicadeza, bella es, a mi parecer, esta razón de que no pone sus plantas sobre duro, sino sobre suave. Pues bien: de esta misma razón echamos mano para mostrar que Amor es delicado, porque no posa — sus pies sobre tierra ni sobre cráneos, que no son por cierto cosa demasiado suave, sino que los pone sobre lo más suave de los seres, y en lo más suave hace su morada, ya que pone casa en las costumbres y en las almas de dioses y de hombres; y no en todas las almas por igual, pues si se encuentra con alguna de rudas costumbres se marcha; con las de suaves, por el contrario, como en su casa se queda. Si, pues, está de continuo por pies y por todas partes en contacto con lo más suave de los más suaves, necesario es de toda necesidad que sea él mismo suave por superlativa manera. [196a] Es el más joven; es el más delicado; y, además, flexible de eidos, que si fuese rígido no le fuera posible plegarse y replegarse de mil maneras, para así hacer pasar tan secretas su entrada primero y su salida de las almas. De la flexibilidad y proporción de su idea gran testimonio nos da su belleza de figura en la cual, por universal asentimiento, sobresale Amor; que entre Amor y fealdad hay guerra sin treguas. Y de la belleza de su tez, la estancia de este dios entre las flores sirva de indicio, puesto que no mora en cosa alguna, ni en cuerpo ni en alma, desflorados y marchitos; se queda, por el contrario, de asiento en lugares bien floridos y bien perfumados, y de ellos hace su morada. Sobre la belleza, pues, de este dios baste con lo dicho, aunque muy más se queda aún por decir. [196b] Y hablemos ahora de las virtudes de Amor de las cuales una y la mayor es la de que no puede ni hacer injuria a dios alguno ni recibirla de ninguno, ni hacerla a hombre ni de hombre alguno recibirla, porque, supuesto que de algo pueda padecer Amor, de violencia no padece, que violencia no puede ni tocar a Amor. Ni al hacer sus obras Amor hace violencia, puesto que todos se someten en todo y de buen grado a Amor. Ahora bien: convenios libres entre libres son justos, y así lo dicen «esas Reinas de la Ciudad que son las Leyes». [196c] Empero, además de la justicia. Amor participa en grande de la continencia; porque si de común consentimiento es propio de la continencia dominar sobre deleites y apasionamientos, no hay deleite mayor que el de Amor; así que, por ser menores los otros, serían dominados por Amor, y el Amor dueño y señor; y, por enseñorearse Amor de deleites y apasionamientos, fuera en distinguida manera continente. [196d] En cuanto a valentía, «ni Marte mismo puede enfrentarse con Amor», que no es Marte quien puede a Amor, sino sobre Marte puede Amor, —el amor de Venus, como se cuenta. [196d] Ahora bien: el dominador es más fuerte que el dominado; así que el que puede al valiente entre todos los valientes será valiente por insuperable manera. Quede dicho, con esto, acerca de la justicia, continencia y valentía de este dios. Réstanos hablar de su sabiduría, que, en cuanto sea posible, voy a procurar que nada falte. Y ante todo —a fin de hacer yo también a mi arte el debido acatamiento, cual lo hizo Eryxímaco a la suya— es este dios poeta tan sabio que aun a otros hace poetas; porque, apenas son tocados de Amor, todos, «aunque fueran antes negados a las Musas», renacen poetas. Y de este testimonio podemos echar mano para mostrar que Amor es, en resumen, poeta excelso, aun en toda producción poética de orden «λόγῳ κυβερνήτης, ἐπιβάτης, παραστάτης τε καὶ σωτὴρ ἄριστος, ξυμπάντων τε θεῶν καὶ ἀνθρώπων κόσμος, ἡγεμὼν κάλλιστος καὶ ἄριστος, ᾧ χρὴ ἕπεσθαι πάντα ἄνδρα ἐφυμνοῦντα καλῆς ᾠδῆς μετέχοντα ἣν ᾄδει θέλγων πάντων θεῶν τε καὶ ἀνθρώπων νόημα· οὗτος, ἔφη, ὁ παρ᾽ ἐμοῦ λόγος, ὦ Φαῖδρε, τῷ θεῷ ἀνακείσθω, τὰ μὲν παιδιᾶς, τὰ δὲ σπουδῆς μετρίας, καθ᾽ ὅσον ἐγὼ δύναμαι, μετέχων.» (Burnet, 197e) [197c] Y, según esto, me parece, Fedro, que por ser Amor el primero en superlativas belleza y bondad, es precisamente por ello, causa para los demás de semejantes efectos. Y me da por deciros en medio verso algo de lo que este dios hace, que él es quien pone: paz en los hombres; y en el mar bonanza; ni un soplo de viento en los vientos. [197c] y para las penas, sueño en lecho. El nos llena a rebosar de mutua intimidad, vaciándonos de extrañeza mutua; El es quien hace nos reunamos en juntas cual la presente, haciéndose El mismo guía en las fiestas, en los coros y en los sacrificios. Proveedor de dulzura, desterrador de dureza; amigo de dar benevolencia, nunca dador de malevolencia; condescendiente, benigno, espectáculo para sabios, amable a los dioses, deseado por los infortunados, poseído por los afortunados; padre de la delicadeza, de la ternura, de la elegancia, de las gracias, de los anhelos y apetencias; cuidadoso de los buenos, descuidado de los malos; en penalidades, temores, festines y discursos, piloto, abanderado, asistente y salvador de salvadores; de los dioses todos y de los hombres, gala; el mejor y más bello de los directores, al que es preciso siga en sus himnos todo varón que tome parte en aquella Oda que Amor entona y que con ella encanta las mentes de los dioses todos y de todos los hombres. Tal es la palabra "—dijo—' ¡oh! Fedro, que dedico a este dios; y, en cuanto estuvo en mi mano repartirla, entre regocijada y cuidadosamente medida”. [198a] En el mismo punto en que terminó de hablar Agatón, me dijo Aristodemo que todos los presentes rompieron en aclamaciones del jovenzuelo que había hablado de manera tan acomodada a sí y al dios; y que Sócrates, mirando a Eryxímaco, dijo: “¿Te parece aún, hijo de Acumeno, que no tenía por qué temer y que no dije más bien con previsión de adivino lo que entonces dije: que Agatón, hablando, estaría maravilloso y yo en aprietos?”. [198b] “En eso de que Agatón hablaría bellamente” —me dijo Aristodemo haber respondido Eryxímaco— “me parece haberlo tú dicho adivinatoriamente”. Mas no creo que vayas a desconcertarte, "Y, ¿cómo, feliz de ti?, —haber contestado Sócrates—', ¿no voy a apurarme yo y otro cualquiera teniendo que hablar inmediatamente después de palabras tan surtida y bellamente dichas. Y aunque entre ellas no hayan sido todas por igual admirables, ¿quién no se sintió arrebatado, al escuchar las postreras, por la belleza de los epítetos y de las frases. Así que, al pensar en mi ánima que no voy a poder decir ni de lejos — algo tan bello, de vergüenza hubiera salido escapado hace un instante si hubiera podido hacerlo; porque este discurso me trajo a la memoria a Gorgias, y me pasó de verdad lo que refiere Homero; temí que, al terminar su discurso, enviara Agatón contra el mío la cabeza de Gorgias: el orador potente en palabras, y me convirtiese en piedra muda. Y entonces me vino a la memoria el que estaba haciendo el ridículo, puesto que convine en tomar parte con vosotros para encomiar a Amor; y aun afirmé sentirme fuerte en cosas de amor, cuando — en verdad ni siquiera sé de buen saber cómo se debe componer para cada cosa su propio encomio. Que, por cierto, creía en mi ignorancia que para encomiar algo había que decir la verdad, y además una verdad que le perteneciera; y, de entre tales verdades, escogiendo las más bellas, disponerlas de la más apropiada manera. Y, según esto, me hacía grandes ilusiones de que iba a hablar bien, puesto que sabía de buen saber cómo alabar según verdad. Mas ahora, por lo que parece, no es éste el procedimiento de ensalzar bellamente, sino el de acumular sobre una cosa lo más grande y lo más bello, convéngale o no; y aun si no le viene bien, nada importa. Tal parece como si nos hubiéramos apalabrado para aparentar que encomiamos a Amor; y no, para sencillamente encomiarlo; y por esto, según creo, no dejáis palabra por mover, y todas a la cuenta de Amor; y decís que es tal y cual y causa de tales y cuales cosas, de manera que llegue a aparecer —es claro que a los ojos de los ignorantes, no naturalmente de los conocedores— cual superlativamente bueno y bello, y os creéis que así resulta la alabanza reverente y bella. Mas yo no sabía que tal fuera el modo de ensalzar y, sin caer en cuenta de ello, me avine a tomar parte con vosotros. «Lo prometió la lengua, no la mentes; despedíos, pues, de que encomie a Amor por semejante estilo, que no podría. Si, pues, aceptáis, diré de buen grado lo que me pareciere verdad; y lo diré a mi manera, no a la de vuestros discursos, para así no caer en ridículo. Mira, pues, Fedro, si te contenta tal estilo de discurso y tener que oír lo que, según verdad, diga de Amor, dejando que los términos y la colocación de las frases vengan según el paso de la Suerte”. [199b] Y me dijo Aristodemo haber respondido Fedro y los demás que hablase por la manera que él tuviera por conveniente. [199b] “Así, pues —haber dicho Sócrates—, permíteme, Fedro, que pregunte a Agatón una insignificancia para que, una vez avenidos en ella, pueda decir mi palabra”. “Concedido” —haber respondido Fedro—; “pregunta”. [199c] Después de lo cual —me refirió Aristodemo— comenzó Sócrates a hablar por semejante manera: “Por cierto. Agatón querido, que me pareció dabas a tus razones conveniente principio cuando dijiste que, ante todo y sobre todo, era menester mostrar quién es y qué tal es el Amor, y sólo después sus obras. Principio muy de admirar. Y puesto que por tan bellas y magnificentes palabras has descrito quién es y qué tal es el Amor, dime, además de lo ya dicho, lo siguiente: ¿Amor es, por ser tal, amor de algo o de nada? Y no pregunto si Amor es amor de padre o de madre —que sería pregunta ridícula esa de si Amor es amor de padre o de madre; sino cual si preguntara acerca de Padre, si Padre es ser padre de alguien o no, que de seguro me respondieras, caso de querer contestar bellamente, que ser Padre es serlo o de hijo o de hija. ¿No es así?”, “Enteramente”, respondió Agatón. “¿Y lo mismo habría que decir respecto de ser Madre?”. “Concedido igualmente”. “Pues bien"” —me dijo Aristodemo haber continuado Sócrates—, “respóndeme a algunas cositas más para que veas adónde voy. Si preguntara: pues, ¿qué?, hermano, por ser precisamente Hermano, ¿es ser hermano de alguien o no?”. “Es serlo de alguien”, dijo Agatón. “Y serlo de hermano o de hermana”. "Concedido”, “Intenta, pues —dijo Sócrates— aplicar esto mismo a Amor. ¿Es Amor amor hacia nadie o hacia — alguien?”. “Lo es hacia alguien, bien seguro”, “Pues guarda cuidadosamente esta afirmación y no se te vaya de la memoria; mas, por ahora, respóndeme a estotro: ¿ansía el Amor aquello que es objeto de amor o no?”, “Y mucho, por cierto”, respondió. [200a] "Y, ¿cuándo ansía y ama lo ansiado y amado: cuando la posee o cuando ho lo posee?”. [200a] “Según todas las apariencias, cuando no lo posee”, dijo Agatón. [200b] “Considera, pues —continuó Sócrates— si en vez de, según todas las apariencias, no habrá que decir que por Necesidad, el ansioso ansía lo que no tiene, o que si lo posee ya no está en ansias; que a mí, Agatón, me parece admirable— mente el que por Necesidad sea así. Y a ti, ¿cómo te lo parece?”, “Como a ti”, respondió. “Y dices bellamente, porque si uno es ya grande, ¿le van a entrar ganas de ser grande, y si es fuerte las de ser fuerte?”. “Imposible, según lo convenido”. [200b] “Y esto porque no va uno a estar falto de lo que está teniendo”. “Verdad dices”. “Porque —continuó diciendo Sócrates—, si siendo fuerte tuviese uno todavía ganas te ser fuerte, y siendo veloz las de ser veloz, y las de ser sano estándolo ya... —y porque tal vez alguno piense, en estos y parecidos casos, que los que están siendo y poseyendo tales o cuales cosas todavía ansían lo mismo que poseen, para que en esto no erremos, por esto repito; pues si piensas, Agatón, que los que de presente están en posesión de estas cosas las tienen que tener por Necesidad, tanto que las quieran como que no, ¿podrán todavía a alguno entrarle ganas de alguna de ellas? Mas cuando alguno dijese: «estoy sano y quiero sanar, y estoy rico y quiero ser rico; ansío, pues, lo mismo que tengo», le responderíamos que: ”Tú, hombre, tienes riquezas, salud y fuerzas; mas lo que quieres es asegurar para el porvenir la posesión de todas estas cosas, puesto que ahora, de presente, quiéraslo o no, las tienes”. Mira, pues, si cuando dices que «ansío por lo mismo que de presente tengo», no dices esto sino estotro: «Quiero asegurar para el futuro lo que de presente tengo». “ ¿Convendrías o no en esto?”. [200c] Y me dijo Aristodemo haber asentido Agatón, y continuado diciendo Sócrates: “Así, pues, respecto de aquello que o no está aún hecho o no se posee, se amará precisamente eso de poseerlo a salvo en el porvenir y tenerlo ya presente por siempre jamás”. [200d] Lo admitió Agatón del todo. “Así, pues, este tal y cualquier otro de los ansiosos ansía o lo que no está todavía terminado y listo o lo que no tiene a mano; y hacia estas cosas —hacia lo que uno no tiene, hacia lo que uno no es, hacia lo que a uno le falta— van las ansias y hacia ellas va el Amor”. A todo asintió Agatón. [200e] “¡Tente!, pues” —me dijo Aristodemo haber dicho en este punto Sócrates—, “y reafirmémonos una vez más en lo admitido: primero, ¿el Amor lo es hacia algunas cosas?; segundo, ¿y hacia aquellas precisamente que el Amor note a faltar?”. “Así es”, dijo. “Además, pues, de éstas recuérdate qué otras dijiste en tu discurso ser objetos del Amor; y, si lo quieres, yo te las recordaré. Creo que, más o menos, dijiste que por el Amor a las cosas bellas se les arreglaron las suyas a los dioses, que hacia las feas no hay amor. ¿No lo dijiste así, más o menos?”. “Lo dije”, respondió Agatón. [201a] “Y lo dijiste, por cierto discretamente, compañero”, — añadió Sócrates. “Y si esto es así, el Amor sería Amor de la belleza y no de la fealdad”. “Convenido”. ¿Y no convinimos parecidamente en que se ama lo que a uno le falta y no tiene aún?”. “Sí”, dijo Agatón. “Luego el Amor está falto de belleza y no la posee”. “Así es por necesidad”, dijo. "Pues bien: ¿Dirás que es bello lo que de belleza esté falto y en ninguna manera la posea?”. “No, por cierto”. “Y si es así, ¿ concederás todavía que sea bello Amor?”. [201b] Y me dijo Aristodemo haber respondido Agatón: "Estoy a un paso, Sócrates, de no entender ni palabra de lo que antes dije”. [201c] “Con todo, lo dijiste bellamente, Agatón”, —respondió Sócrates; “mas contéstame aún a esto poco: ¿no te parece que las cosas buenas son a la vez cosas bellas?”. “Me lo parece”. “Si, pues. Amor está falto de lo Bello, y lo Bueno es a la vez bello, ¿estará igualmente falto de lo Bueno?”. “Sócrates” —haber respondido Agatón—, “"no puedo resistirte con palabras; sean, pues, las cosas como tú las dices”. [201c] “A la Verdad es a lo que no puedes resistir con palabras, amado Agatón”, —dijo Sócrates; “que resistir a Sócrates no es por cierto cosa difícil. A ti, pues, te voy a dejar ya en paz”. [201d] Os referiré, pues, unas palabras que acerca del Amor oí en cierta ocasión de boca de una mujer mantinea, Diótima, sabia en éstas y otras muchas cosas, cual en retardar para los atenienses por diez años y mediante ciertos sacrificios el azote de la peste. Ella fue mi maestra en cosas de amor. Intentaré, pues, relataros las palabras que me dijo, partiendo de lo que aceptamos en común Agatón y yo; y, si me es posible, haré yo sola el gasto de palabras. Es preciso, Agatón, proceder según tu plan y explicar primero y ante todo quién es y cuál es el Amor, y después sus obras. Y me parece cosa fácil hacerlo siguiendo el orden de las respuestas que en aquella ocasión dio la extranjera a mis preguntas. [201e] Más o menos le dije yo a ella lo que ahora Agatón a mí: que Amor era gran dios; que el Amor era amor hacia lo bello; mas ella me refutó con las mismas palabras que yo a Agatón, y por mi mismo razonamiento mostró que Amor no es ni bello ni bueno. [202a] «—¿Qué dices? —repliqué a Diótima—, ¿será, pues. Amor feo y malo?». [202a] Y ella me respondió. [202a] «—¡Silencia, por Dios! ¿O crees que lo que no sea bello tiene que ser por necesidad feo?». [202a] «—¿Y que, parecidamente, lo que no sea sabio tiene que ser ignorante? ¿O no te has dado cuenta de que hay un término medio entre sabiduría e ignorancia?». [202a] «—Y, ¿cuál es?» «—¿No sabes "—me dijo—" que el opinar correcto y dar aun sin llegar a tener su razón, no es ciertamente con saber de ciencia; —porque, ¿cómo pudiera ser ciencia una cosa no razonada? Pero tampoco es ignorancia, ya que. [202a] sería ignorancia si puede, tal vez, dar en lo que la cosa Está, pues, en algún modo la opinión recta entre sapiencia e ignorancia». «Dices verdad», —respondí yo. «Así que. [202b] esto, no fuerces las cosas tanto que lo que no es bello que ser feo; y ser malo lo que no es bueno. Y por manera, dado que conviniste tú mismo en que Amor es ni bueno ni bello, no pienses lo más mínimo que haya ser feo y malo, sino algo intermedio entre estos dos extreme dijo, «—Y con todo "—repuse yo—” todos convienen en que es gran dios». «—Mas cuando hablas de todos” —repliqué—¹ ¿te refieres a los no entendidos o a los entendidos?». «—A todos en conjunto». «—Pero, ¿cómo van a convenir, Sócrates, en que sea gran "—me dijo riendo—” aquellos que afirman que ni tan es dios?». «—Y, ¿quiénes son esos? —dije yo a mi vez. «—Uno de ellos, tú; otro, yo», —me replicó. «—Y, ¿qué razón me das para esto?», —añadí. Y ella dijo: «Una fácil; porque dime: ¿no sostienes que todos dioses son bienaventurados y bellos? ¿O te atreverías a afirdarse entre los dioses alguno que no sea bello y bien«—No seré yo, por Júpiter!, quien tal cosa sostenga», «—Y, ¿no llamas bienaventurados precisamente a los que lo bello y lo bueno?». «—Enteramente de acuerdo». «—Pero, ¿no has convenido en que Amor, por carecer lo bueno y de lo bello, ansía eso mismo de que carece?y. «—En efecto, lo concedí». «—¿Cómo, pues, podrá ser dios quien no tiene parte en bello y en lo bueno?». «—En manera alguna lo será, al parecer», «—¿Ves, pues *—añadió—”, cómo ni tú mismo tienes dios a Amor?». [202d] «—¿Qué será, pues, Amor?, “—dije yo”. ¿Mortal?». [202d] «—Menos aún, por cierto». [202d] «—Pero, en fin, Diótima, ¿qué es?». [202e] «—Un gran daimonio, Sócrates, puesto que todo lo daimoníaco está entre lo divino y lo mortal». [202e] «—Y, ¿cuál es su oficio?», —pregunté. [202e] «—Por interpretar y conducir hasta los dioses las cosas de los hombres y hasta los hombres las de los dioses, de los hombres las súplicas y los sacrificios, de los dioses los mandatos y el trueque de los sacrificios, hace, cual intermediario de ambos, de complemento; y de esta manera el Todo mismo ha quedado vinculado consigo mismo una vez más. A través de El fluyen el arte adivinatoria entera y las artes de los sacerdotes, tanto las concernientes a los sacrificios, iniciaciones y encantamientos como la vaticinatoria íntegra y la magia; que dios no se mezcla con hombre; mas por medio de Amor tienen lugar todos los tratos y comunicaciones entre dioses y hombres, dormidos o despiertos. Y será varón daimoníaco el que en tales cosas sea sabio; mas el que lo sea en otras cosas, manuales o artesanales, no pasará de menestral. Y entre estos daimonios que son muchos y de todas clases, uno es Amor». [203a] «—¿Quiénes son su padre y su madre?», —le pregunté. [203a] «—Cosa larga de contar, —me respondió—; no obstante, te la diré». [203b] «El día que nació Venus hicieron los dioses gran festín; entre los dioses se hallaba Expedito, el hijo de Inventiva. Terminado el banquete, y al olor de los manjares, vino Apurada a pedir limosna y se puso junto a la puerta. En éstas, Expedito, borracho de néctar —que vino y aún no lo había—, salió y se fue a la glorieta de Júpiter y allí, de pesadez, se durmió. [203b] Entonces sus propios aprietos propusieron a Apurada la trampa de que se hiciese dar un hijo de Expedito; yogó, pues, con El y concibió a Amor. Por lo cual le viene a Amor de — nacimiento ser del séquito y formar en el cortejo de Venus, puesto que fue engendrado el día de su natalicio; y así, porque Venus es bella, le está natural a Amor ser amante de lo Bello. Como hijo, pues, de Expedito y de Apurada encuéntrase Amor en situación bien peculiar. Porque primeramente anda Amor siempre en apuros; y le falta mucho para ser delicado y bello, como de El piensan los más; anda, por el contrario, seco, sucio, descalzo y errabundo; eterno durmiente al raso sin otra cama que el suelo, los caminos o los umbrales de las puertas. Que, en virtud de la naturaleza de su madre, es casero de la indigencia. Mas, por parte de su padre, anda siempre al acecho de lo Bello y de lo Bueno; es valiente, decidido, terco; terrible cazador, maquinador eterno; apasionado por saber, expeditivo, filosofante de por vida, brujo formidable, pocimero y sofista. De natural no es ni inmortal ni mortal; a veces, cuando le salen bien las cosas, en un día florece y vive; y otras veces, en un día se muere. Mas, en virtud de la naturaleza de su padre, vuelve de nuevo a la vida; pero todo lo que con sus expedientes allega se le va de entre las manos, de modo que Amor nunca está ni sin recursos ni con riquezas. Está, además, entre sabiduría e ignorancia; y las cosas son de esta manera: ninguno de los dioses filosofa ni desea — llegar a sabio, puesto que ya lo es; y, parecidamente, si cualquier otro es sabio, tampoco filosofará. Mas tampoco filosofan los ignorantes ni desean hacerse sabios, porque esto tiene de insoportable la ignorancia; sentirse satisfecho de sí mismo quien no es ni bueno ni bello ni inteligente, que nada desea quien, por pensar que nada le falta, de nada se siente falto. [204a] «—Y, ¿quiénes, Diótima, son los filosofantes “—repuse yo—', puesto que no son ni sabios ni ignorantes?». [204b] «—Hasta para un niño es ya evidente “—me respondió—”" que son los que en medio de estos dos extremos se hallan; y entre tales intermediarios está Amor. Porque Si, por una parte, es la sabiduría bella entre las cosas más bellas; y si, por otra. Amor es amor por lo Bello, necesario será de toda necesidad que Amor sea filósofo, amante-de-la-sabiduría, y que, por ser amante-de-la-sabiduría esté entre sabio e ignorante. Y la causa de todo le viene de nacimiento, porque nació de padre sabio y lleno de recursos, mas de madre no sabia y llena de apuros; y tal es la naturaleza de este daimonio, querido Sócrates. Y nada de particularmente extraño tiene lo que — pensaste acerca del ser de Amor; que me parece, a juzgar por tus mismas palabras, entendiste por Amor lo amado y ro lo amante. Y por esto, en mi opinión, te pareció Amor soberanamente bello; que lo amable es, en realidad, bello y delicado y perfecto y beatificable, mientras que la idea de lo amante es muy diferente, y tal como te expliqué». Mas yo le respondí: «—Sea así. Extranjera de bellas palabras; pero si tal es Amor, ¿para que les va a servir a los hombres?». «—Esto es precisamente, Sócrates, lo que voy a intentar enseñarte por las siguientes palabras, “—dijo”. Por una parte, pues, tal es Amor y tal su nacimiento; por otra. Amor es amor hacía lo Sello, como tú dices. Mas si alguien nos preguntara: ¿qué cosa ama Amor en las cosas bellas. Sócrates y Diótima? Te lo preguntaré más claro de estotra manera: el que ama las cosas bellas, ¿qué ama en ellas?». Y yo le respondí: «—Hacérselas suyas». [204d] «—Pero esta respuesta “—me dijo—" exige aún otra pregunta: ¿qué será de aquel que haga suyo lo Bello?». «—No tengo aún a mano “—repliqué—” para esta pregunta la correspondiente respuesta». [204e] «—Pero si, cambiando la pregunta “—me dijo—”, y echando mano de lo Bueno en vez de lo Bello, te preguntara alguien: veamos, Sócrates, te pregunto: el que ama los bienes, ¿qué es lo que en ellos ama?». «—Hacérselos suyos», —respondí. [205a] «—Y, ¿qué será de aquel que haga suyos los bienes?». [205a] «—Esto ya es más fácil de responder "—dije yo—”; será dichoso». [205a] «—Así que “—añadió ella—' por la posesión de los bienes son dichosos las dichosos; de manera que ya no es preciso preguntar para qué quiere ser dichoso el dichoso, sino que nos parece haber llegado con esto a respuesta terminal». «Dices verdad», —añadí. [205a] «—Y, ¿piensas que esta voluntad y este tal amor es común 1 todos los hombres, de manera que todos quieran hacerse suyos para siempre jamás los bienes? Y si no es así, ¿cómo?». «Así es “—respondí—” común voluntad a todos». «Pues, ¿cómo. Sócrates “—dijo ella”—, si todos y siempre aman la misma cosa?, ¿por qué decimos que no todos aman, sino que unos sí y otros no?». [205b] «—A mí mismo me extraña», —respondí. [205b] «—Pues no te extrañes “—añadió—”'; hemos separado un particular eidos de amor y le hemos dado por nombre el mismo de “amor”, nombre que se da también al Todo, mientras que para las demás partes del amor echamos mano de otros nombres». «—¿Hay algún otro caso parecido?», —pregunté. [205c] «—Por ejemplo éste: sabes de buen saber que poesía es algo polimorfo; porque toda causa que haga pasar una cosa cualquiera del no ser al ser es poesía, de modo que las manipulaciones de todas las artes son poesía; y los artífices, poetas». «—Verdad dices». [205c] «—Y, no obstante "—continuó ella—' sabes también de buen saber que no se los llama “poetas”, sino que tienen otros nombres; y es que de la poesía en conjunto se ha separado una partecita: la concerniente a la música y a la métrica; y se la llama, no obstante, con el nombre del Todo; que, en efecto, a tal partecita sola se denomina “poesía”; y a los poseedores de tal partecita de la poesía, “poetas”». «Dices verdad», añadí. «Parecidamente, pues, respecto del amor. Constituye el núcleo capital toda clase de apetencias por los bienes y por la dicha Amor, para todos el más grande y más dúctil, puesto que algunos están dados a él de muchas y variadas maneras: en forma de amor al dinero, en la de afición a la gimnástica, en la de amor-por-la-sabiduría; y, con todo, no se dice ni que amen ni que sean amantes. [205d] Empero, los que siguen esforzadamente un particular eidos de amor se llevan el nombre del Todo: el de “Amor”, y de ellos se dice que aman y que son amantes». «A un paso estás de decir verdad», —añadí yo. [205e] «—Y por cierto “—continuó ella—” que anda en palabras un razonamiento según el cual los que van a la búsqueda de su otra mitad son precisamente los que aman. Empero, mi razonamiento afirma que el amor no lo es ni de la mitad ni del Todo, a no ser, compañero, que por suerte Todo o mitad sean buenos; porque los hombres mismos quieren amputarse sus propios pies y manos si les llega a parecer que, a pesar de ser propios, están malos; que, a mi parecer, no es a lo de cada uno a lo que cada cual se aferra, a no ser que se dé el nombre de bueno a lo propio de cada uno y el de malo, a lo ajeno. Que, en verdad, no aman los hombres otra cosa alguna sino lo Bueno. ¿O no te parece así?». [206a] «¡Por Júpiter!, a mí, por cierto, no otra cosa». [206a] «—Así, pues — "prosiguió ella”—, ¿se puede decir sin más que los hombres aman lo Bueno?». [206a] «—Pues bien: ¿no habrá que añadir "—dijo—” que aman también hacer suyo, de sí mismos, lo Bueno?», «—Hay que añadirlo». [206a] «—Y, ¿tal vez, pues “—continuó diciendo—”. añadir que aman no tan sólo hacerlo suyo, sino hacerse con ello para siempre jamás?». «También hay que añadir esto». [206a] «—Es, pues, compendiosamente Amor “—dijo ella—”, amor por hacer cada uno de lo Bueno peculio eterno». «Superlativamente verdad es lo que afirmas». «—Si, pues, en esto consiste siempre el amor “—continuó diciendo ella—”, ¿cuál será el empeño, cuál la tensión en las acciones y en la manera de perseguir lo Bueno que merezcan ser llamados “amor”? Y, ¿cuál será de hecho, la obra del amor? ¿Puedes responder?». «—No estuviera por cierto admirando tu sabiduría. Diótima “—le respondí—', no hubiera venido para aprender de ti estas mismas cosas.». «—Pues bien "—continuó ella—' yo te lo diré. La obra del amor es engendramiento según cuerpo y según alma». «Cosa de adivinanza es lo que dices “—añadí yo—” y no lo entiendo». [206c] «—Te lo declararé “—me dijo, y prosiguió": todos los hombres, Sócrates, engendran de cuerpo y de alma; que, cuando llegan a cierta edad, le dan a nuestra naturaleza urgentes ganas de engendrar. Mas no le viene la querencia de engendrar en lo feo, sino en lo Bello. Y, por de pronto, es engendramiento el ayuntamiento de varón y de hembra; y es esta acción cosa divina, y esto es lo que de inmortal se halla en el animal, mortal y todo como es: procreación y engendramiento, cosas ue, de toda imposibilidad, no pueden hacerse entre discordantes. Y en discordia están lo feo y todo lo divino; concuerdan, por el contrario, entre sí lo divino y lo bello. [206d] Interviene, pues. Belleza en el engendramiento, con Sorteadora y Ejecutiva. Y por esto, cuando el que está con pujos de engendrar encuentra algo bello, se sosiega, derrámase entre delicias, procrea y engendra; mas si se halla con feo se reprime; triste y dolorido se retrae, ciérrase sobre si y no engendra; guardándose a duras penas las urgencias de procrear. De ahí los grandes transportes que ante lo bello sobrevienen al que está en punto de engendrar y dar a luz, ya que lo bello libra, al — así preñado, de grandes dolores de parto». «Porque. Sócrates “—me dijo—”, el Amor no es amor por lo bello, como tú piensas». «—Pues, ¿de qué lo es?y. «—De engendramiento y procreación en lo bello». [206e] «—Así es, en efecto», —dijo ella. [206e] «Y, ¿por qué, pues, precisamente de engendramiento? Porque la generación es para lo mortal inmortalidad y nacimiento perpetuados, puesto que, según lo convenido, el deseo de — inmortalidad tiene que acompañar al deseo por lo Bueno, ya que Amor es apetencia por hacer cada uno de lo Bueno su peculio eterno. Así que, según tal razonamiento, el Amor tiene que ser ansias de inmortalidad». [207a] «Todo esto y mucho más me enseñó mientras hacía palabra sobre cosas de Amor; y una vez, entre muchas, me preguntó: ¿Cuál piensas, Sócrates, ser la causa de este tal amor y apetencia? ¿No has notado por tus sentidos mismos en qué riguroso trance caen los animales todos, pedestres y alados, cuando les entran las ganas de engendrar: que enferman todos ellos, sufren de mal de amores; primero y ante todo en su carnal y mutuo ayuntamiento; después en sus cuidados por la prole; y por ella están prestos a pelear aun los más débiles con los más fuertes, y por ella a morir; y para alimentarla consumirse ellos de hambre y hacerles tantas y tantas cosas? Que si tal vez pudiera creerse que los hombres hacen tales cosas por razón “—añadió—”, ¿cuál será en las bestias la causa de semejantes amorosos comportamientos? ¿Tienes algo que responder?». [207c] «Y yo le dije una vez más que nada de buen saber sabía». [207c] Y entonces ella continuó: «¿Cómo piensas, pues, llegar, si es que llegas, a fuerte en cosas de Amor si no entiendes ni éstas?». «Pues por todo ello precisamente, Diótima, he venido a ti, como te decía ahora mismo, que bien sé la falta que me hace un maestro. Pero dime tanto la causa de esto como de lo demás concerniente a lo de amor». [207d] «—Si, pues "—continuó diciendo—”. Amor es por su naturaleza tal cual queda ya repetidamente dicho, no tienes por qué admirarte, ya que, en este caso, y por una y la misma razón con la dicha, la naturaleza mortal busca de continuo en la medida de sus posibilidades el ser inmortal. Pero solamente lo puede de esta manera: por la generación, pues mediante ella deja en vez de las cosas viejas otras nuevas; que aun en la vida misma, por la que cada uno de los vivientes animados se llama viviente y es él mismo viviente, se tiene, cual si fuera uno y el mismo, a quien desde niñito llegó a viejo. Y no se le llama el mismo, porque precisamente conserve en sí mismo de alguna manera las mismas cosas, sino porque está en perennemente renovado nacimiento, aunque deje que se pierdan algunas cosas de las que están en forma de cabellos, de carnes, de huesos, de sangre y de cualquier parte del cuerpo. Mas no sólo según el cuerpo, que también según el alma jamás están firmes en un ser cosas tales cuales temple, costumbres, opiniones, apetencias, placeres, aflicciones, temores, todas las cuales cosas y cada una de ellas se nos nacen unas veces, se nos mueren otras. Y es todavía más desconcertante lo que con — los conocimientos científicos acontece; que no sólo se nos nacen algunos y se nos mueren otros, y así jamás permanecemos los mismos ni siquiera por virtud del conocimiento científico, sino que lo mismo parece sucederles a todos y a cada uno de los conocimientos científicos en particular; porque la palabra "empeño” significa cuidado de que no se nos vaya la ciencia, que es el olvido partida de la ciencia; tal empeño por el contraría, produce en nosotros un redomiciliamiento nuevo de la ciencia en vez del perdido, y así se salva para la vida la ciencia y así le llega a parecer la misma. Porque es ésta una artimaña por la que se salva vitalmente todo lo mortal —que no se salva por modo de identidad total y completa consigo mismo, cual la divino—, sino porque lo que se cne de viejo, — y por viejo se va, deja en su lugar algo nuevo que es como lo viejo fue. Y por esta artimaña, Sócrates, “—continuó diciéndome ella—"', participa de la inmortalidad la mortal, sea cuerpo u otra cosa cualquiera, que no hay otra manera para que lo mortal sea inmortal. No te admires, pues, de que todos, por naturaleza, reverencien a sus propios renuevos; que del afán por la inmortalidad se siguen en todos aquel empeño y el amor». [208b] Habiendo oído lo cual, admiré el razonamiento y, tomando la palabra, le dije: «Sapientísima Diótima, ¡ojalá fueran así las cosas en realidad de verdad!». [208c] Y ella, a si vez, cual consumada sofista, me contestó: «Tenlo por seguro, Sócrates; porque si te pones a mirar con los ojos el amor de los hombres por la honra, y no miras a la vez con los de la mente lo que acabo de decir, tendrás por sorprendentemente irracional esa ambiciosa actitud en que el amor por la nombradía pone a los hombres. [208d] “para asentar por tiempo eterno fama inmortal” y por ella, y más que por los propios hijos, están prestos los hombres a correr toda suerte de peligros, derrochar dineros, pasar cualesquiera trabajos y dar encima de todo sus vidas. Porque, ¿piensas “—continuó diciéndome—” que Alcestis hubiera muerto, que Aquiles habría muerto para seguir en su muerte a Patroclo, que nuestro Codro se hubiese adelantado a morir en favor del reinado de sus hijos, si no pensaran que iban a hacerse «por tal valentía eterna memoria»: la que nosotros ahora tenemos de ellos? Ni remotamente “—me dijo—”; tengo más bien para mí que todos los hombres famosos, y tanto más cuanto mejores sean, lo hacen todo con vistas a tales actos de valentía inmortal y de inmortal renombre, porque están tocados del amor por lo inmortal. Empero "—prosiguió diciendo—”, los fecundos según el cuerpo se dan sobre todo a las mujeres y son de esta manera amantes, procurándose, a su parecer, mediante la procreación de hijos, inmortalidad, memoria y bienandanza «para todo el tiempo por venir»; mas los que lo son según el alma., que hay “—dijo—” quienes — están preñados de alma, muy más que de cuerpo, y de cosas de que es propio del alma empreñarse y parir. Y, ¿cuáles son las que le está bien al alma empreñarse y parir? Inteligente cordura y toda otra virtud; de las cuales son progenitores todos los poetas y, de entre todos los artífices, los renombrados por inventores. [209a] Empero, "—prosiguió—”, con mucho la mayor y más bella de las inteligentes corduras es la que tiene que habérselas con el ordenado embellecimiento de Ciudades y casas, cordura que ha recibido el nombre de mesura y justicia. Cuando uno, pues, — desde joven se siente empreñado de ellas, por estar endiosado de alma y, llegada la edad, le vienen pujos de procrear y engendrar, busca, a mi parecer, en su derredor algo bello en que engendrar, que ante lo feo se vuelve impotente; y ya en trance de procrear, se ayunta de preferencia con cuerpos bellos más bien que con feos; y si, por suerte, halla en cuerpos bellos alma bella, generosa y bien nacida, se abraza por modo extremado con el todo de ambos, y para tal hombre flúyenle bella y prestamente razonamientos sobre la virtud y sobre cuál debe ser el varón bueno, cuáles los objetos de sus cuidados, y toma entre manos su educación. [209c] Porque, a mi parecer, al contacto y al trato con lo Bello, procrea y engendra lo que antes tenía en preñez; y lo hace en presencia de lo Bello; y en su ausencia, por su presencia en la memoria; y en común crían lo engendrado en grado tal que, entre éstos, es el ayuntamiento muy mayor entre los padres, y la amistad mucho mejor asentada, puesto que los hijos de tal unión son más hermosos y menos mortales. [209d] Que todos preferirían, mirando a Homero. Hesíodo y de más poetas buenos, y envidiando la descendencia que de sí dejan —que, por ser tal, les reporta eterna fama y memoria— haber engendrado tales hijos más que los humanos. Y si quieres "—continuó diciendo—' considera qué tales hijos dejó Licurgo de sí en Esparta, salvadores no sólo de Esparta, sino, por decirlo así, de la Grecia. Venerado es también, entre vosotros. Solón por su parto en leyes; y en otras muchas partes otros muchos varones, griegos y bárbaros, han dado a luz obras numerosas y bellas, engendrando toda variedad de virtudes; de entre las cuales obras, muchas que han llegado a sagradas, son engendros de tales hijos; mas, ni en lugar ni modo alguno, de los humanos. [210a] En tales cosas de amor tal vez tú mismo, Sócrates, pudieras iniciarte; mas no sé si serías capaz de llegar hasta la consumación y revelación de Amor, a pesar de que, en una iniciación correcta, ordénanse aquellos pasos a éstos. Te las explicaré, pues, yo mismo “—prosiguió—” y no perdonaré esfuerzo alguno; intenta tú, por tu parte, y cuanto esté en tu mano, seguirme. Es preciso, pues "—continuó diciendo—", que quien haya de acometer derechamente esta hazaña comience ya de joven a irse tras los cuerpos bellos; y primeramente, si el guía guía a derechas, darse a amor uno solo y engendrar en Él razonamientos bellos. A continuación es preciso caer en cuenta de que la belleza que en un cuerpo cualquiera. reside es hermana de la que en otro se hallare, de modo que, si es preciso — perseguir lo Bello en su eidos, grande locura será no tener por una y la misma la Bella que por sobre todos los cuerpos está extendido. [210b] Quien todo esto considere resucitará amante de todos los cuerpos bellos y, por desprecio, cejará en el extremado amor de uno. [210b] Después de lo cual ha de llegar a tener por muy más estimable que la de los cuerpos la belleza que en las almas reside, en tanto grado que ponga, aun en aquellas de alma discreta en humilde flor de cuerpo, su contentamiento, su amor, sus cuidados, sis engendros de razones cual las dichas, buscando precisamente a aquellas que mejoren a la juventud. [210c] Así se sentirá impelido, una vez más, a contemplar la belleza propia de las hazañas y de las leyes, y caerá en la idea de que toda esta particular belleza es de un solo género, con lo cual tendrá la del cuerpo por bien poquito cosa. [210c] A partir de las hazañas habrá que encaminarle a las ciencias, a fin de que vea, esta vez, la belleza científica; y, teniendo así ante los ojos una belleza muy mayor, ya no los ponga en una sola cosa, cual esclavo, preso del amor de un mancebo, de un solo hombre, de una sola hazaña; y se vuelva, por tal servidumbre, vil y corto de razones; tórnese más bien hacia el grandísimo piélago de lo Bello, y entregándose a su contemplación, dé a luz muchas, bellas y magnificentes palabras y razonamientos entre inagotable amor-por-la-sabiduría. Y así, hasta que, robustecido ya y crecido, se descubra a sus ojos en idea una cierta ciencia: aquella que lo es de una Belleza tal cual te voy a decir. Intenta tú “—añadió—” fijar tu mente — lo más que te fuere posible. [210e] Cuando pues, en materia de amor uno haya llegado, guiado cual niño, hasta aquí, habiendo contemplado paso a paso y por orden las cosas bellas, en marcha ya hacia la meta de sus amorosos intentos descubrirá, cual golpe de luz en ojos, algo maravillosamente Bello por naturaleza: aquello precisamente, Sócrates, por lo que se dieron antes tantos y tan trabajosos pasos: Belleza, ante todo y sobre todo, eterna en su ser, no engendrable, no perecible, sin crecientes ni menguantes; y, además, no bella por una cara y fea por otra, ni bella unas veces sí y otras no, ni relativamente bella o relativamente fea, ni bella aquí y fea allá, ni bella para unos y para otros fea; ni se dará ya a imaginar fantasiosamente para lo Bello rastro, manos ni otra cosa alguna en las que entra a partes el cuerpo, ni tan sólo alguna manera de palabras o de conocimiento científico, ni que lo Bello se halle en otro diverso, —pongo por caso: en animal, en tierra, en cielo o en alguna otra cosa; que lo Bello está de por sí mismo consigo mismo en eternamente solitaria unicidad de eidos, mientras que todas las demás cosas bellas participan de Él según modo tal que, por el engendramiento de unas o por la pérdida de otras, en nada resulta El acrecido, en nada disminuido, impasible en absoluto. [211b] Cuando, pues, alguno, ascendiendo desde las cosas de acá, mediante enderezado amor a los donceles, comience u ver con sus ojos la Beldad aquella, estará ya a un paso del fin. Porque en esto consiste ir derechamente en cosas de amor o dejarse guiar así por otro: en comenzar por las bellezas de acá y, sirviéndose de ellas como de peldaños, ir ascendiendo con aquella Beldad por meta, desde un cuerpo bello a dos, y desde dos, a todos; desde todos los cuerpos bellos, a todas las bellas hazañas; y desde las hazañas, a las bellas enseñanzas, para, desde éstas, terminar en aquella otra Enseñanza que no lo es de otra cosa alguna, sino de aquella otra Belleza en donde, por fin, se — conoce lo que es en sí mismo lo Bello. [211d] Aquí debiera el hombre vivir, caso de tener que vivir en alguna parte, querido Sócrates —"continuó diciendo la extranjera de Mantinea”—, dado a la contemplación de la Belleza misma, que, si una vez llegares a verla con vista-de-ideas, no te parecerá ser bella ni cual oro o ropajes, ni tampoco cual los niños o los jóvenes bellos a cuya vista te extasías, y estáis dispuestos, si hubiera manera, tú y otros muchos de los que no tenéis ojos sino para vuestros predilectos ni tiempo más que para ellos, a pasaros sin comer ni beber, entregados tan sólo a su contemplación y compañía, ¿Qué pensaremos, pues, "—continuó diciendo—" si se le diera a alguno ver con vista-de-idea lo Bello en sí mismo: sencillo, puro, sin mezcla; no infectado de carne ni de colores ni de tantas otras mortales naderías? ¿Qué, si pudiera ver lo Bello divino en la solitaria unicidad de eidos? ¿Crees, — prosiguió'— que fuera liviana vida la de un hombre dado Allá a tal visión, mejor dado a su contemplación, a la que Le es debida y en su compañía? [212a] Y, ¿no te parece “—añadió—” que aun en este mundo le será dado al vidente y sólo al vidente que esté viendo lo Bello en lo que tiene de visible dar a luz no eidolillos de virtud —puesto que no está en contacto con eídolo alguno—; sino virtudes de verdad, ya que con lo verdadero está consiendo? Y quien dé a luz y críe virtud verdadera, ¿no tiene ya en sí un principio de amistad con los dioses, y el de ser inmortal más que otro alguno de los hombres?». [212a] Tales fueron las razones. Fedro y demás amigos, que Diótima me dio y con las que me persuadió; y, persuadido de ellas, intento a mi vez persuadir a los demás de que, para hacerse con este tesoro, no hallará la naturaleza humana colaborador más eficaz que Amor. Por lo cual yo aseguro por mi palabra ser imprescindible que todo varón reverencie a Amor, y yo mismo trato reverentemente las cosas de amor y me ejercito especialmente en ellas y no ceso de recomendarlo a los demás; y ahora y siempre encomio, en la medida de mis fuerzas, el poder y la virilidad de Amor. Si te place, pues, Fedro, toma estas mis palabras y acéptalas cual “encomio” a Amor; mas si no fueran merecedoras de tal nombre dales, para denominarlas, el que mejor te pareciere. [212c] En hablando que habló Sócrates, me dijo Aristodemo haber alabado todos sus palabras, a excepción de Aristófanes, quien intentó decir algo, al recordar que ciertas palabras de Sócrates iban dichas por otras suyas; mas que en tal punto se oyeron grandes golpes en la puerta del atrio y mucho ruido, como de borrachos, y una voz de flautista y la de Agatón diciendo a los criados: "¿Que no vais a ver quién es? Y si - es uno de mis allegados llamadle; si no, decidle que no bebemos, que descansamos”. [212d] Y haberse oído no mucho después en el atrio la voz de Alcibíades, en gran borrachera y preguntando a gritos dónde estaba Agatón y ordenando se le llevara a Agatón; y que se le condujo, sostenido por la flautista, junto con algunos otros de sus acompañantes, adonde estaban los convidados; se quedó en pie sobre el umbral de la puerta, coronado de enmarañada corona de hiedra y violetas, cintas innumerables sobre la cabeza, y haber dicho: “Salud, Varones, ¿admitís por comensal un bien bebido borracho o nos vamos, después de poner a Agatón su guirnalda, que es a lo que hemos venido? Que ayer —dijo— no me fue posible venir; mas vengo hoy con cintas en mi cabeza para que, quitándolas de la mía, ciña la más sabia y bella de las cabezas, —y como lo digo lo hago. ¿Que os burláis de mí porque estoy borracho? Pues, aunque os riáis, yo bien sé que digo la verdad. Pero decidme ahora mismo después de lo dicha: ¿entro o no?, ¿beberéis conmigo o no?”. [213a] Y me dijo Aristodemo que todos por aclamación le invitaron a entrar y tomar lecho, y que también Agatón lo llamó; entró, pues, llevado por sus hombres, quitándose mientras tanto, como para ceñir a otro, las cintas; así que, a pesar de tener ante sus mismos ojos a Sócrates, no lo vio; se sentó, pues. Sócrates, al verlo, le hizo lugar. Y, una vez sentado, abrazó y coronó a Agatón, mientras Agatón decía a los criados: "Descalzad a Alcibíades para que haga de tercero entre los que aquí nos reclinamos”. [213b] “Perfectamente —añadió Alcibíades—; pero, ¿quién es ese nuestro tercer comensal?”. [213b] Y me dijo Aristodemo que, volviéndose Alcibíades, vio a Sócrates, que, al verlo, se quedó de una pieza y que dijo: “¡Por Hércules! ¿Qué es esto?; ¿Sócrates en persona? Para echarme una vez más el lazo te reclinaste aquí, presentándote de golpe, como acostumbras, donde yo menos espero encontrarte. ¿A qué viniste? ¿Por qué te reclinas precisamente aquí y no junto a Aristófanes u otro cualquiera de los que son o les da por hacerse los graciosos, sino que te has dado mañas para reclinarte junto al más bello de los que aquí dentro están?”. [213c] Y haber respondido Sócrates: “Mira de defenderme, Agatón, que el amor de este hombre para conmigo me da no poco trabajo, porque desde que, tiempo atrás, se enamoró de mí, ya — no me está permitido ni mirar ni hablar a un solo de los bellos, y por los celos y envidias que le entran hace cosas de admirar; me insulta y a duras penas tiene quietas las manos. Mira, pues, de que no haga ahora algo de esto; ponte de por medio, caso de que eche mano de la fuerza; defiéndeme, que me horroriza terriblemente esta su maniática afición de enamorado”. [213d] “Nada de intercesores entre tú y yo —me dijo Aristodemo haber añadido Alcibíades—, ya me vengaré en otra ocasión. Ahora, Agatón, dame parte de las cintas, para que ciña de este hombre la admirable cabeza y no me reproche de que ceñí la tuya y no lo hice a continuación con la de quien, siempre y no sólo ayer como tú, vence en palabras a todos los hombres”. [213e] Y, diciendo y haciendo, me dijo haber tomado algunas de las cintas; con ellas ciñó a Sócrates, y se reclinó. Y después que se hubo reclinado dijo: “Bien, pues, varones; tenéis cara de abstemios y no os lo voy a consentir; hay que beber tal como lo convinimos. Me constituyo a mi mismo en príncipe del beber hasta que bebáis como se debe. Tráigame, pues, Agatón, si es que la hay, una copa bien grande. No hace falta; que me traiga el criado aquella vasija”, —dijo, viendo que podía contener holgadamente más de ocho cotylos. Y, una vez llena, la apuró él primero, y mandó que se la llenase de nueva para Sócrates, diciendo: “Respecto de Sócrates, Varones, mi artimaña no dará resultado porque cuanto se le pida, otro tanto beberá hasta apurarlo y sin emborracharse”. [214a] Y me dijo Aristodemo que, en escanciando que escanció el criado. Sócrates bebió, y que Eryxímaco dijo: “¿Qué estamos haciendo, Alcibíades? Bebemos simplemente como sedientos, sin decir a la copa una palabra, sin dar a la copa un canto”. A lo cual Alcibíades respondió: "¡Oh! Eryxímaco, óptimo hijo de prudentísimo padre, plácemes”. [214b] “También para ti" —replicó Eryximaco. “Pero, ¿qué vamos a hacer?”. [214b] “Lo que tú mandes, pues es preciso obedecerte, «que varón médico vale él solo por muchos»: ordena, pues, a tu talante", “Escucha, pues”, —dijo Eryximaco. “Antes de entrar tú nos pareció conveniente que cada uno de nosotros, comenzando por la derecha, dijera a su tiempo unas palabras sobre el Amor, lo más bellas posible, y encomiara así a Amor. Todos nosotros hemos hablado ya; mas, puesto que tú no has hablado aún, y si has bebido en grande, es de justicia que digas unas palabras; y en diciéndolas que las dijeres, ordena a Sócrates lo que quieras, y Sócrates al de su derecha, y así los demás”. [214c] “Muy bien dicho, Eryxímaco”, —contestó Alcibíades. “Ahora que no es equitativo enfrentar palabras de borracho a palabras de abstemios. [214d] “Además. Eryxímaco dichoso, ¿te convenció algo de lo que hace un momento dijo Sócrates? ¿O no sabes que en todo vale precisamente lo contrario de lo que dijo? Porque si en presencia de éste alabo a otro que él, sea dios u hombre, no me soltarán sus dos manos”. [214d] “¿No hablarás como es debido?", —replicó Sócrates. [214d] “¡Por Neptuno!, —dijo Alcibíades—” “no me replíques, que en tu presencia no alabaré a nadie”, “Si, pues, te place” —dijo Eryximaco— “hazlo así y haz el elogio de Sócrates”. [214e] «Πῶς λέγεις; εἰπεῖν τὸν Ἀλκιβιάδην· δοκεῖ χρῆναι, ὦ Ἐρυξίμαχε; ἐπιθῶμαι τῷ ἀνδρὶ καὶ τιμωρήσωμαι ὑμῶν ἐναντίον; Οὗτος, φάναι τὸν Σωκράτη, τί ἐν νῷ ἔχεις; ἐπὶ τὰ γελοιότερά με ἐπαινέσαι; ἢ τί ποιήσεις; Τἀληθῆ ἐρῶ. ἀλλ᾽ ὅρα εἰ παρίης. Ἀλλὰ μέντοι, φάναι, τά γε ἀληθῆ παρίημι καὶ κελεύω λέγειν. Οὐκ ἂν φθάνοιμι, εἰπεῖν τὸν Ἀλκιβιάδην. καὶ μέντοι οὑτωσὶ ποίησον. ἐάν τι μὴ ἀληθὲς λέγω, μεταξὺ ἐπιλαβοῦ, ἂν βούλῃ, καὶ εἰπὲ ὅτι τοῦτο ψεύδομαι· ἑκὼν γὰρ εἶναι οὐδὲν» (Burnet, 214e) [215a] ¡Varones!: el elogio que yo pretendo hacer de Sócrates va a ser por símiles. Tal vez él crea que así lo tomo a broma; mas el símil no va por broma, que va en pos de la verdad. [215a] Compañero: pues, que es él parecidísimo a los silenos; a esos que, cual es de ver en los talleres de escultura, algunos artífices representan sentados, con siringas o flautas; y que, al abrirlos por la mitad, dejan ver dentro estatuas de dioses. Y digo más: que se parece al sátiro Marsyas; y de que, según el eidos, te asemejes a ellos, Sócrates, ni aun tú mismo puedes dudar. [215b] Y escucha a continuación cómo también en lo demás te pareces a ellos. [215b] Porque, ¿eres o no sátiro desvergonzado? Si no lo confiesas presentaré testigos. [215b] ¿No eres, además, flautista? Y por cierto muy más admirable que Marsyas, porque éste encantaba a los hombres por la virtud que de su boca salía, mas sirviéndose de instrumentos cual de ellos se sirven los que ahora tocan en flauta los aires de Marsyas, —porque aun los mismos que Olimpo tocó digo que los aprendió de Marsyas, cual de maestro; y tanto que los toque en flauta flautista excelente como que los toque flautista. mediocre, solamente ellos lo ponen a una poseso, y descubren, por ser tales aires divinos, quiénes sienten necesidad de los dioses y del complemento de las iniciaciones. [215b] Mas tú te distingues de él tan sólo, ¡y es esto tanto!, en que, sin instrumentos, con desnudas palabras, haces los mismos efectos; que, en verdad, cuando oímos hablar a otro, por más que en sus asuntos sea excelente orador, no nos importa por decirlo así nada de nada; mas cuando uno te oye hablar u oye a otro referir tus palabras, aunque el relator sea bien mediocre, óigalas mujer o varón o mancebo, nos das el golpe de gracia y quedamos posesos. Yo mismo, Varones, si no estuviera dando tan cuidadosas pruebas de hallarme borracho, bajo juramento os diría qué impresión me hicieron y me hacen aún ahora sus palabras, que cuando las oigo se me sobresalta el corazón muy más que a los corybantes, y hacen sus palabras que se me vayan mis lágrimas, y a muchísimos otros les pasa lo mismo. [215e] Mas cuando escucho a Pericles o a otro cualquiera de los buenos oradores, me parece que hablan bellamente, pero no me sucede nada de lo dicho, ni se me alborota el alma, ni me rebelo contra mi condición de varón esclavizado. Empero, por el influjo de este Marsyas sentí muchas veces que me parecía no valer la pena de vivir la vida que llevo. [216a] Y no dirás, Sócrates, que esto no sea verdad. [216a] Y aun en este momento me-sé-muy-bien que, de prestar mis oídos a tus palabras, no podría endurecerme, y me pasaría lo de siempre; porque me obligaría él a admitir que, a pesar de faltarme tantas y tantas cosas, todavía descuido las mías y me meto en las de los atenienses. A la fuerza, pues, como contra sirenas, cierro mis oídos y salgo huido para que no se me pase el tiempo sentado junto a él, y llegue a viejo. Y ante éste, solo de entre todos los hombres, me pasa lo que nadie creyera de mí, que de nadie me avergüenzo: el avergonzarme en su presencia. [216b] Porque me sé muy bien que no pudiera contradecirle y dejar de hacer lo que él me ordena; mas apenas me separo de él, me dejo vencer por las apreciaciones de los más. Soy, pues, su desertor y su fugitivo; y cuando lo veo me avergüenzo por mis promesas. Y muchas veces vería con gusto el que ya no estuviera entre los hombres; mas si esto sucediese sé muy bien que me dolería muchísimo más, de manera que ya no sé qué hacerme con este hombre. Y los efectos que obran los flautistas los ha hecho sobre mí y sobre otros muchos este sátiro. [216c] Acabáis de oírme lo semejante que es con aquellos a quienes lo asemejé, y cuán maravillosos son sus poderes. Pero tened por bien sabido que ninguno de vosotros lo conoce; yo os lo descubriré, puesto que he comenzado. Mirad bien, por una parte, la inclinación amorosa de Sócrates por los bellos: los ronda constantemente y se queda encandilado; mas, por otra parte, nada conoce y nada sabe; así lo sostiene. Y esto, ¿no Es de sileno? [216d] Lo es, y mucho. Y le sirve de envoltura externa: es el sátiro esculpido. Mas si lo abrís por dentro, no creeréis, varones comensales, el colmo de su templanza; porque sabed que nada le importa si uno es o no bello, que lo desprecia tanto que — nadie lo creyera; ni si es rico, ni si tiene alguna de esas dignidades tan envidiadas por la plebe. A sus ojos todos estos tesoros no valen nada y nosotros somos nadie —daos por aludidos—, y entre ironías y juegos gasta toda su vida entre los hombres. Mas cuando le da por ponerse serio y se abre, no sé aún si alguien llegó a ver su estatuaria interior. Yo la vi una vez, y las estatuas me parecieron tan divinas y doradas, tan acabadamente bellas y admirables, que sin remedio y por lo — breve había que hacer lo que mandara Sócrates. [217a] Creyendo, pues, que tomaba él en serio mi edad-en-flor, lo tuve por albricias; y mi buenaventura, por admirable, cual si estuviera en mi mano, dándome graciosamente a Sócrates, oír de él toda lo que sabía. ¡Por tan admirable tenía yo mi edad en flor! Reflexionando, pues, sobre ello, en vez de guardar mi anterior costumbre de no estar solo a solas con él sin acompañamiento alguno, despedí en una ocasión al compañero y me quedé a solas con él. Y es imprescindible que os diga toda la verdad. [217b] Poned atención y, si falseo algo, rectifícalo, Sócrates. [217b] Estaba, pues, varones, solo y a solas, y pensaba que sin más dilación me hablaría cual el amante habla al doncel predilecto cuando se encuentra sin testigos; y no cabía ya de contento. Mas nada de esto sucedió; dialogó conmigo según acostumbraba; pasó conmigo el día, se fue y me dejó. En otra ocasión lo invité a gimnasia y lu ejercitamos juntos para ver así de tentarlo. Se ejercitó, luchó cuerpo a cuerpo conmigo muchas veces y sin testigos, y no es menester deciros que nada en total conseguí. Puesto que nada podía por este camino, me pareció llegado el momento de llevar las cosas por la fuerza y sin dejarle escapatoria, y ya que había puesto manos a la obra quería saber en qué paraba. [217c] Y sencillamente, con la intención de tenderle una trampa, cual hace el amante con su doncel predilecto, lo invité un día a comer. No aceptó sin más dilaciones, pero se dejó persuadir al cabo de un tiempo. Esta vez llegó, comió y quiso marcharse; y yo, de vergüenza, lo dejé ir. Una vez más le tendí la misma trampa: comimos, conversamos hasta ya muy entrada la noche y cuando se quiso partir, haciéndole notar que era ya muy tarde, lo forcé a quedarse. [217d] Se echó, pues, a descansar en el lecho contiguo al mío, en el mismo en que había comido, —y en la habitación nadie más que nosotros dormiría... [217d] Hasta aquí la cosa ha sido bella de decir, y se pudiera — contar ante cualquiera. Lo siguiente no lo oyerais por cierto de mí si, ante todo, como dice el refrán, «en el vino, con niños o sin niños, no estuviese la verdad»; y si, además, una vez puesto a elogiar a Sócrates no me pareciera injusto ocultar un acto suyo de soberano desdén. Además: me acontece lo que al mordido de víbora: que, según se dice, sólo a los mordidos se decide a contar lo que le pasa, cual si sólo ellos fueran capaces de entender y excusar comprensivamente lo que le forzare a decir o a hacer la potencia del dolor. Mordido, pues, estoy por lo más doloroso y en lo más sensible al dolor de mordedura; que llagado o mordido estoy en el corazón o en el alma, o como sea menester llamarlo, por el amor-a-la-sabiduría, que obra con virulencia mayor que Exo de víbora cuando se apodera de alma joven y bien nacida y le hace obrar y decir quién sabe qué, —ejemplos a la vista: los de Fedro, Agatón, Eryxímaco, — Pausanias, Aristodemo. Aristófanes (no hay por qué nombrar a Sócrates) y los de tantos otros; que todos vosotros habéis participado del frenesí y báquicos transportes de filósofo. Escuchadme, pues, todos; y excusad comprensivamente lo que entonces hice y lo que ahora he dicho. [218b] Siervos, profanos, paganos, «cerrad con puertas bien grandes vuestras orejas». [218b] Apenas, pues, varones, se extinguió la linterna y se hubieron ido los criados, me pareció no deber ya disfrazar las Cosas, sino decirle libremente lo que pensaba”. [218c] Y dije, sacudiéndole: “No, por cierto”, —me contestó. [218c] “¿Sabes lo que me está pareciendo?”. “¿Precisamente, qué?”, —dijo. [218c] “Me parece —continué yo diciendo— que tú eres el único amante digno de mí, y estoy viendo que te resistes a declarármelo. Por lo que a mí hace, juzgaría insensato no darte graciosamente esto y cualquier otra cosa, mía o de mis amigos, que te hiciere falta, porque para mí no hay nada más antiguo y-venerable que mejorarme hasta hacerme óptimo, y para este fin no me parece haber colaborador más amaestrado que tú. [218d] Pues bien: no haberme dado graciosa y enteramente a tal varón me avergonzaría ante los sensatos muchísimo más de lo que me avergonzara ante los insensatos, que son los más, por haberlo hecho”. Habiendo oído lo cual, con esa ironía tan suya y tan habitual me dijo: “Oh Alcibíades querido! Estoy por creer que no eres un ligero, si son reales de verdad las — Cosas que de mí dices, sobre todo si se diese en mí ese poder por cuya virtud pudieras mejorar, pues vieras entonces en mí una belleza asombrosa y de todo en todo diferente de la belleza de tu forma; y si, poniendo los ojos en ella, pretendes participar y trocar así belleza por belleza, no pienses que vas a sacar poca cosa de mí; que intentas nada menos que hacerte, en Jugar de con bellezas discutibles, con la verdad misma de lo Bello, y en realidad estás pensando cambiar «oro por bronco». Pero. Alcibíades feliz, reflexiónalo mejor; no te engañes, que soy nada. Cierto que la vista intelectual llega a ver sutilmente cuando la de los ojos comienza a declinar; mas tú estás todavía muy lejos de este caso”. Y yo, habiéndole oído, respondí: “Lo que tenía que decirte queda ya dicho, y dicho exactamente como lo pensé; a ti te corresponde ahora considerar lo que te parezca mejor para ti y para mí”. [219a] "Bellamente dicho —me contestó; así que, en adelante y de común acuerdo, haremos lo que nos pareciere mejor en éstas y en las demás cosas”. [219b] Y yo, en oyendo que oí esto, creí que con mis palabras, cual con voladoras flechas, lo tenía ya herido. Levanteme, pues, y sin dejarle decir ni una palabra más, lo envolví con mi mismo manto —era invierno—, me metí bajo su raída capa y ceñí con mis dos brazos a éste, en verdad daimoníaco y admirable varón; y, acostado así, pasé la noche entera. [219c] Y no podrás decir, Sócrates, que mienta en lo más mínimo. [219c] “Pues bien: de todo esto salió él tan triunfante que hasta despreció, se mofó de mi edad en flor e insultó aun aquello mismo en que me creía ser algo, varones jueces, —que de jueces os pongo para juzgar sobre tan soberano desdén de Sócrates; porque sabed, por dioses y por diosas!, que me levanté, habiendo dormido con Sócrates, ni más ni menos que silo hubiera hecho con padre o hermano mayor. Después de esto, ¿cuáles creéis serían mis pensamientos? [219d] Por una parte me sentía afrentado; por otra admiraba la índole de este varón, su continencia, su virilidad, pues había dado por suerte con un hombre de tal comedimiento y fortaleza cuales nunca pensé hallar. [219d] No tenía, pues, por qué encolerizarme y quedar así privado de su compañía, ni daba tampoco con traza alguna para atraérmelo. [219e] Sabía de buen saber que era muchísimo más, y por más partes invulnerable al dinero, que Ayax al hierro; y se me había ido de entre las manos el único medio por el que confiaba atraparlo. [219e] Y daba a su derredor vueltas y más vueltas, sin hallar escape, esclavizado por él cual nunca lo estuvo hombre de hombre. [219e] Todas estas cosas me pasaron antes de que hiciéramos en común la campaña de Potidea; fuimos durante ella comensales. [219e] Y, primero, no sólo me daba mil vueltas en los trabajos a mí, sino a todos los demás; cuando, cosas que pasan en las campañas, teníamos que aguantar la falta de víveres por hallarnos cortados, nadie resistente como él; pero ninguno tampoco como él para gozar de un buen rancho, cuando lo había, o de lo que hubiese; y aunque no le da por beber, si se le obliga puede a todos. [220a] Y, lo que es muy más admirable, borracho jamás vio hombre alguno a Sócrates; de lo cual, a mi parecer, vais a tener inmediatas pruebas. En cuanto a soportar las inclemencias del invierno —y los inviernos son allí terribles— hizo cosas de admirar, y, entre otras, en una ocasión de helada terrible cual W — ninguna, mientras que todos los demás o no salíamos de las tiendas o si alguno salía lo hacía arrebujado de las prendas más raras, bien calzados y vendados los pies con fieltro y pieles de ovejas, éste y en esta ocasión salía con la misma capa que en otras solía llevar y, descalzo, caminaba sobre el hielo más fácilmente que, calzados, los demás. [220b] Los soldados rasos le miraban con malos ojos, cual si con ellos lo despreciaran. [220c] Y para este punto basta con esto. [220c] «Mas esto es lo que otra vez hizo y soportó tan esforzado varón» en otra ocasión, durante una campaña. Vale la pena de oírlo. Recogido el pensamiento en la consideración de algo, había permanecido en pie y en el mismo lugar desde el amanecer; y, aunque no le venía, no se marchó, sino que se quedó de pie buscándolo. [220c] Era ya mediodía; hombres lo observaban con todos sus sentidos y, admirados, decíanse unos a otros: «Sócrates, desde el amanecer, está de pie cavilando». [220c] Cuando llegó la noche algunos de los jonios dieron por terminado su servicio, cenaron y, puesto que era verano, sacaron al aire libre y extendieron por tierra sus cosas para así dormir a la fresca, mientras observaban si Sócrates continuaría de pie durante la noche. Y en pie permaneció hasta que nació la aurora y se levantó Sol. Entonces ofreció sus oraciones a Sol, partió y se fue. [220d] Y ahora, si lo queréis, en las batallas; es justicia que se le debe hacer: érase aquélla por la que los generales me dieron condecoración insigne. Pero sólo a este hombre y no a otro alguno debo la vida; estaba yo herido y no me quiso abandonar, sino salvarse él conmigo y mis armas. Y en aquella ocasión, Sócrates, insistí ante los generales en que te dieran a tí las insignias, acto de que no vas a reprenderme, ni siquiera a rechazar por falso. [220e] Pero los generales, por consideración a mi rango, decidieron darme a mí las insignias, empeñándose éste, más que los generales mismos, en que yo y no él fuese quien las recibiera. [220e] Mas fue, por cierto, cosa de ver a Sócrates, Varones, cuando el ejército se retiró huido de Delios. Yo estaba allí de soldado de caballería; éste, de infante armado. En contraste con la dispersión de los demás, se retiraban éste y Laques. [221a] Por casualidad me tropecé con ellos, y en viéndolos que los vi me apresuré a darles ánimos, y les dije que por nada los abandonaría. Y en este apuro me pareció Sócrates muy más bello-de-ver que en Potidea; que el ir yo a caballo me quitaba algo el miedo, y así noté antes que nada cuánto aventajaba la serenidad a la de Laques; me pareció, además. Aristófanes —y esto es cosa tuya— que andaba por allí «cuello erguido, de pavo; ojos, en flecha», midiendo con imperturbables miradas a amigos y enemigos, viéndose a las claras y de leguas que si alguien tocara a tal varón respondería con esforzada defensa. Por esto se retiraban seguros él y su compañero, que en las batallas nadie se atreve con gente decidida y sólo se persigue a los que, perdida la cabeza, se dan a la fuga. [221c] Otras muchas cosas y admirables de seguro tendrán otros que alabar en Sócrates; y entre ellas habrá de seguro también hazañas que de otros se pudieran igualmente contar, mas sólo Sócrates es digno de admiración plenaria, pues a ningún otro hombre se asemeja, ni a los que fueron ni a los que de presente son. Porque con Aquiles, tal cual fue, se pudieran comparar Brasidas y tal cual Pericles, con Néstor y Antenor y otros más que se pudieran hallar; y entre otros cabría señalar de esta manera otros parecidos. [221d] Empero, nuestro hombre es algo tan raro, él y sus palabras, que ni de lejos ni buscándolo mucho se pudiera hallar, no sólo entre los recientes, pero ni entre los antiguos, otro como él, a no ser que lo asemejásemos a él y sus palabras no con alguno de los hombres, sino con los que dije: con los silenos, con los sátiros. [221d] Porque, y esto se me pasó por alto al principio, son también sus palabras semejantísimas a silenos, una vez abiertos. [221e] Porque si se pone uno a escuchar las palabras de Sócrates tal vez parecerán de pronto risibles, que de nombres y frases ridículas se presentan exteriormente revestidas, cual piel de sátiro desvergonzado; porque habla de asnos y albardas, de herreros, zapateros y curtidores, y da la impresión de hablar siempre de las mismas cosas y por las mismas palabras, de modo que cualquier hombre inexperto o no avisado las tomaría a risa. Empero, si se abren sus palabras, y, una vez dentro de ellas, se les mira con ojos-de-idea, se encontrará primero que tienen en sí inteligencia interior; después, que son divinísimas, que atesoran en sí mismas toda una imaginería de virtudes, y tan dilatadas son y tan universales sus palabras que abarcan cuanto debe servir de meta al que haya de hacerse Tales son las cosas, Varones, por las que yo alabo a Sócrates; y entreveradas con ellas dije, en son de queja, mis agravios, que por cierto no soy yo solamente quien los ha padecido, sino también Cármides, hijo de Glaucón, y Eutidemo, hijo de Diocles, y otros innumerables de los que, cual de donceles predilectos, finge ser amante para, por una cierta inversión, convertirse de amante en predilecto. [222b] Y te lo aviso, Agatón: no te engañes; saca de mis desgracias consejo y precaución, y no saques verdadero ese refrán de que «al necio, la letra con su sangre le entra». [222c] En terminando de hablar Alcibíades, se desató una risa general, pues la desenvoltura de sus palabras descubría bien su enamoramiento por Sócrates. [222c] Y, tomando la palabra, me dijo Aristodemo haber hablado Sócrates de semejante manera: “Me parece, Alcibíades, que no estás bebido; que si lo estuvieras no hubieras podido con tanto tiento, finura y circunloquios, disimular el motivo de las razones que has dicho, motivo que, cual apéndice, pusiste al final de tu discurso, como si no lo hubieses dicho todo él para malquistarme con Agatón con esas tus pretensiones de que sólo te ame a ti y a ningún otro, y de que Agatón sea exclusivamente amado por ti y ni por uno solo más. [222d] Pero no te ha valido; todo ese drama tuyo de sátiros y silenos ha quedado al descubierto. [222d] Así que. Agatón querido, no le dejes salirse con la suya; toma tus precauciones para que nadie nos malquiste a ti y a mí”. [222d] A lo cual me dijo haber respondido Agatón: “Así es, Sócrates; un punto más, y dices la verdad; y lo saco, cual de fehaciente testimonio, de que, para desunirnos uno de otro, se reclinó en medio de los dos. [222e] Mas no le valdrá; voy a reclinarme a tu lado”. [222e] “Perfectamente —replicó Sócrates; reclínate en este lecho bajo el mío”. [222e] “¡Oh Júpiter!, —exclamó Alcibíades, ¡Qué cosas tengo que aguantar de este hombre! En todo quiere llevarme la ventaja. Al menos. Sócrates admirable, permite que se siente Agatón en medio de nosotros”. [222e] “Imposible, —replicó Sócrates; tú acabas de hacer mi elogio y me toca, por turno, elogiar al de mi derecha. Sí, pues. Agatón toma lecho bajo el tuyo, ¿crees que hará a su vez mi elogio antes de que yo haya hecho el suyo?”. [222e] Deja las cosas como están, daimoníaco Alcibíades, y no te entren celillos por el elogio que al doncel dedique, que me urgen las ganas de encomiarlo. [223a] “¡Magnífico!, —exclamó Agatón. Ahora sí que no me quedo en este lugar, Alcibíades; pase lo que pasare me cambio para que Sócrates haga mi elogio”. [223a] “Una vez más lo de siempre, dijo Alcibíades. Presente está Sócrates, el invencible acaparador de donceles bellos; y, qué traza fácil y segura encontró para que éste se sentara a su lado!”. [223b] Se levantaba, pues, Agatón, para reclinarse junto a Sócrates cuando, de repente, llegó gran golpe de juerguistas y, encontrándose por casualidad con las puertas abiertas, que salía no sé quién, entráronse sin más y se dejaron caer en los lechos. [223b] Se armó gran tumulto; ya no hubo manera de poner orden, y a todos se forzó a beber sin razonable medida. [223b] Y me dijo Aristodemo que Eryximaco. Fedro y algunos otros se levantaron y se fueron; que a él lo tomó el sueño y se durmió largo rato, —era la estación de las largas noches: que se despertó con el día, cuando ya cantaban los gallos, y vio, despierto, que unos dormían, que otros eran idos, que Agatón. Aristófanes y Sócrates, solos entre todos, estaban desvelados y por la derecha se escanciaban de una gran copa, y que Sócrates les hablaba. [223c] Aristodemo me dijo que no recordaba sus razones, pues al comienzo de ellas estaba ausente por dormido; mas que, capitalmente. Sócrates les obligó a admitir que, de componer según ciencia, un mismo varón sabría hacer comedia y tragedia y que quien, por arte, sea compositor de tragedias lo será también de comedias. [223c] Lo admitieron por fuerza, pues habían seguido somnolientos sus razones. [223d] Primero cayó dormido Aristófanes; después, cuando ya clareaba el día, Agatón; Sócrates los acomodó en sus lechos, se levantó y se fue. [223d] Aristodemo me dijo que él, cual de costumbre, siguió a Sócrates quien, llegado al Liceo, se bañó como si una vez más hubiera de gastar en palabras el resto del día, y que, habiéndolo pasado así, hacia el atardecer se retiró a su casa para descansar. ## Notes [1] Pasaje adaptado. El facsímil está truncado en este punto y el texto se interrumpe a mitad de palabra; lo aquí suplido es del editor, a partir del original griego, y no procede de la traducción de J. D. García Bacca.