Timeo — Plato ============= ΤΙΜΑΙΟΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/tim/ This file: https://plato-scroll.com/text/tim-h.txt Other editions of this work: - David Horan: https://plato-scroll.com/text/tim.txt - Benjamin Jowett: https://plato-scroll.com/text/tim-b.txt - R.G. Bury (Loeb, 1929): https://plato-scroll.com/text/tim-c.txt - Greek text: https://plato-scroll.com/text/tim-e.txt - Thomas Taylor (1804): https://plato-scroll.com/text/tim-g.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [17a] Sócrates: Uno, dos, tres; pero, querido Timeo, ¿dónde está el cuarto de los convidados ayer, mas invitantes hoy? [17a] Timeo: Alguna indisposición le sobrevino, Sócrates; que voluntariamente no iba a perderse esta reunión. [17a] Sócrates: ¿Así que es tarea tuya y de éstos llenar la parte del ausente? [17b] Timeo: Absolutamente; y, en lo posible, no fallaremos; pues no sería justo el que, convidados por ti ayer, cual a huéspedes es debido, no nos esforzáramos, nosotros los restantes, al invitarte en nuestro turno. [17b] Sócrates: ¿Recordáis, pues, de cuántos puntos y de que [17b] Timeo: De algunos nos acordamos; mas de cuántos n», tú, presente, los recordarás. Pero mejor, si no te resulta pesado, retómalos brevemente y desde el principio, pura que así e asienten más en nosotros. [17c] Sócrates: Así será. De los razonamientos dichos ayer por mí acerca de régimen político era el capital el de cuál y con cuáles varones resultaría patentemente el mejor, según mi. [17c] Timeo: Y por cierto, según todos nosotros, el descrito por ti es el más racional. [17c] Sócrates: ¿No comenzamos por separar, dentro de él, la clase de los agricultores —y las demás artes— de la clase de los defensores? [17c] Timeo: Sí. [17c] Sócrates: Y habiendo dado a cada uno un solo quehacer: el adaptado a él según naturaleza e individualidad, y a cada uno su arte, dijimos, respecto de los que han de ser defensores de todos, que han de ser tan sólo guardianes de la Ciudad, tanto si alguno de fuera como sí de dentro va a hacerle algún mal; juzgando clementemente a sus subordinados, ya que son amigos por naturaleza; empero, duramente, en las batallas, a los que encuentren de enemigos. [18a] Timeo: Pues así es del todo. [18a] Sócrates: Porque dijimos, creo, que la naturaleza de los guardianes ha de ser, a la vez, briosa y filósofa, ambas cosas excelentemente a fin de que puedan ser rectamente clementes para con los unos; duros, para con los otros. [18a] Timeo: — Sí. [18a] Sócrates: Mas, ¿qué en cuanto a crianza?; ¿no ha de criárselos en gimnástica y Música y en todos los aprendizajes que les son adecuados? [18a] Timeo: — Absolutamente. [18a] Sócrates: Respecto de los así criados, se dijo que no han de tener ni oro ni plata ni posesión alguna cual peculio propio; sino, cual auxiliares, recibir de sus encomendados por tal guardia un sueldo, moderado cual para morigerado; mas gastarlo en común, en régimen de mutua convivencia, sin otra solicitud alguna fuera de la virtud, en vacación de cualquier otro quehacer. [18b] Timeo: Esta se dijo, y de esta manera. [18b] Sócrates: Además: se dijo, recordémoslo, respecto de las mujeres que, por ser próxima su naturaleza con la de os hombres, habría que coajustarlas, y encomendar a todas las ocupaciones por igual, tanto en guerra como en los demás quehaceres. [18c] Timeo: Así se dijo esto, y de esta manera. [18c] Sócrates: Mas, ¿qué en cuanto a la cría de hijos?, ¿o Es que por su misma novedad, es esto mejor de recordar?; porque establecimos que lo referente a casamientos y a hijos ha de ser común todo a todos, inventando trazas para que nadie jamás reconociera al nacido como propio; tengan, por el contrario, todos a todos por parientes: por hermanos y hermanas, a los que estén dentro de conveniente edad; a los de inmediatamente superior o de mayor edad, por padres y progenitores de padres; mas a los de menor, por descendientes e hijos de descendientes. [18d] Timeo: Sí; que también esto, tal cual lo dices, es fácil de recordar. [18d] Sócrates: Empero, a fin de que resulten lo antes posible óptimos de natural, ¿no recordamos haber afirmado que gobernantes y gobernantas han de darse ocultamente trazas, en cuestión de arreglos matrimoniales, para que, mediante sorteo, salgan apareados, buenos y malos, cada uno, con los sus semejantes; y no resulten de ello enemistades mutuas, por tener a la Suerte cual causa del apareamiento? [18e] Timeo: Lo recordamos. [19a] Sócrates: ¿Afirmamos además que se había de criar «los hijos de los buenos; mas a los de los malos, enviarlos ocultamente a otra Ciudad? ¿Empero, observándolos crecer, se debían devolver continuamente a la Ciudad los dignos; mas a los indignos en ella, cambiarlos por los vueltos, enviándolos «tal parte? [19a] Timeo: Así se dijo. [19a] Sócrates: ¿No hemos, con esto, recorrido ya lo de ayer, cual va bien para una recapitulación? ¿O es que, querido Timeo, deseamos algo más de lo dicho, por omitido? [19b] Timeo: De ninguna manera, Sócrates; que esto fue precisamente lo dicho. [19b] Sócrates: Oíd, pues, ya, a continuación, qué es lo que estoy sintiendo respecto del régimen político que hemos descrito. Que lo que siento paréceme ser algo así como si contemplando alguien animales bellos —o dibujados o verdaderamente vivientes, mas en reposo— le vinieran ganas de contemplarlos en movimiento, y luchando encarnizadamente por algo de lo tenido cual conveniente para los cuerpos. Eso mismo es lo que estoy sintiendo yo respecto de la Ciudad que describimos. Con gusto oiría a quien en palabras describiera las luchas de tal Ciudad, las que emprende contra otras Ciudades, con adecuada preparación para guerra y, durante ella, exhibiendo cuán apropiada es su educación y adiestramiento tanto en acciones reales como en los tratos verbales con cada Ciudad. [19c] Pues bien. Critias y Hermócrates, cosas son éstas en que me reconozco no ser tal vez capaz de encomiar adecuadamente a tales varones y a tal Ciudad. Por la que a mí se refiere, esto nada tiene de sorprendente. Mas la misma opinión tengo respecto de los poetas tanto de los antiguamente sidos como de los que ahora existen; y esto, no porque menosprecie la clase de los poetas; sino porque es evidente que la raza de los imitadores imitará más fácil y mejor aquello en que se crió; mientras que lo que cae fuera de ello, dificultoso es imitarlo bien con obras, pero muchísimo más difícil es hacerlo con palabras. En cuanto a la clase de los sofistas, la creo grandemente experta en muchos, bellos y variados razonamientos; temo, no obstante, que, por andariega de ciudad u ciudad, y no tener jamás domicilio propio, se halle desorientada respecto de esas cosas que varones a la vez filósofos y políticos harían y dirían, tratándose entre ellos, de obra y de palabra, en guerra y en batallas. No queda, pues, sino la clase de nuestra condición que participa, a la vez, de esas dos, por naturaleza y crianza Porque Timeo, aquí presente, de Locris: la Ciudad mejor gobernada en Italia, además de no ser inferior a nadie de los de allá en cuanto a riqueza y nobleza, ha tenido en sus manos los cargos y dignidades máximos de su Ciudad, aparte de que, según mi opinión, ha llegado a la cumbre de la filosofía íntegra. De Critias, todos los aquí presentes sabemos que no es un ignaro en nada de lo que estamos tratando; en cuanto a Hermócrates, hemos de creer a tantos que testifican de que su natural y crianza son adecuados para todo lo que tratamos. Por lo cual, pensando entre mí ayer que vosotros me pediríais describir lo referente al régimen político, me felicité en mi alma, por saber que, si vosotros lo queríais, nadie continuaría de más perfecta manera el razonamiento. Porque, de los actuales solamente vosotros nos indicaríais, respecto de una Ciudad puesta en plan de guerra, todo lo a ella conveniente. Habiendo, pues, dicho yo lo que se me ordenó, os ordené a vosotros lo que ahora estoy diciendo. Convenios, pues, tras considerarlo en común, en devolverme ahora el bienvenido regalo de los razonamientos, que estoy preparado para ello y dispuestísimo sobre todo, para aceptarlo. [20c] Hermócrates: Por cierto, Sócrates, que, como '“Timeo aquí presente dijo, en nada flaqueará nuestro empeño ni hay excusa alguna para que no lo hagamos. Tanto que ayer, «apenas , partidos de aquí, y llegados a nuestro alojamiento donde Critias, quien nos hospeda —y aun antes, durante el camino— consideramos estos puntos. Precisamente Critias nos hizo una introducción al tema partiendo de antigua tradición oral; repítela ahora, Critias, al amigo aquí presente, a fin de que vea con nosotros si es pertinente o no a la ordenado. [20d] Critias: Lo haré, por cierto, si le parece también a Timeo, tercer copartícipe. [20d] Timeo: Por cierto que me lo parece. [20d] Critias: Escucha, pues, Sócrates, una leyenda, grandemente desconcertante; mas enteramente verdadera, referida cierta vez por Solón, el mayor de los siete Sabios. Era Solón familiar y gran amigo de Drópides, nuestro bisabuelo, romo el mismo Solón lo dice frecuentemente en sus poemas; mas Drópides refirió a nuestro abuelo Critias —quien de viejo, nos lo recordaba— que, entre grandes, admirables y antiguas hazañas de esta Ciudad, borradas por obra del tiempo y desgracias humanas, una hay de ellas, y la máxima de todas, que ahora nos convendría recordar, y devolverte el favor, a la vez que encomiar en nuestros himnos a la diosa, en este su festival, de la debida y verdadera manera. [21a] Sócrates: Bien dicho. Mas, ¿cuál es esa tal hazaña —descrita por Critias, según lo oído a Solón—, no cosa de palabras sino realmente hecha, antiguamente, por esta Ciudad? [21a] Critias: — Te lo diré, por haber oído de varón no joven tan antigua leyenda. Que entonces era Critias, como él mismo decía, casi casi ya de noventa años; mas yo, de unos diez. Dio la coincidencia de ser para nosotros la Cureotis de la Apaturia; lo habitual siempre en tal fiesta nos pasó entonces a los muchachos: nuestros padres nos pusieron premios por recitar. Declamáronse muchos poemas de muchos poetas; y, por ser novedad en aquel tiempo, la mayoría de los muchachos cantamos los de Solón. Uno de los contribales dijo, o porque se lo parecía entonces o por hacer una gracia a Critias, que, en su opinión, había sido Solón sapientísimo en todo; mas, en poesía, el más noble de todos los poetas. Conmoviose grandemente el viejo —lo recuerdo muy bien— y sonriéndose dijo: «Si no hubiera tomado, Amynandro, la poesía cual actividad accesoria, sino en serio, cual otros, y hubiera terminado la leyenda que de Egipto trajo aquí, y si, por las disensiones y otros males que a su vuelta halló, no hubiera tenido que descuidarla, por cierto, según mi opinión, ni Hesíodo ni Homero ni otro alguno de los poetas hubiera llegado a ser jamás más famoso que El». «Pero, ¿cuál era tal leyenda, Critias?», —dijo Amynandro. «Acerca», replicó Critias, «de una hazaña, la máxima y más digna de renombre que todas, llevada a cabo por esta Ciudad precisamente; mas cuya noticia, por obra del tiempo y desaparición de sus actores, no llegó acá». «Refiérenos», añadió Amynandro, «desde el principio qué, cómo y de quiénes dijo Solón haberla oído cual verdadera». [21e] «En el delta de Egipto», continuó diciendo Critias, «donde, a la cabecera, la corriente del Nilo se divide en dos, hay un distrito llamado “Saítico”, cuya ciudad más grande es Sais, de la que era rey Amasis. Tienen por fundadora de ella a una diosa; su nombre egipcio es Neit; en griego, Atenea, cual ellos mismos dicen. Son grandes amigos de los griegos y afirman ser, en cierto grado, de nuestra familia. Llegado allá, refería Solón, haberse hecho grandemente afamado entre ellos; y que, preguntando en cierta ocasión sobre lo antiguo a los sacerdotes más peritos en tales cosas, refería haber hallado que ni él mismo ni otro griego alguno sabía, por decirlo así, nada de nada de ellas. Y que queriendo en una ocasión llevarlos a hablar sobre lo antiguo, haber intentado referir lo más antiguo de lo de aquí: de Foroneo, llamado “el Primero”, y de Niobe; y haber contado el mito de Deucalión y Pyrra: cómo las pasaron después del diluvio, y la genealogía de sus descendientes; y que recordando paso a paso cuántos años eran los desde lo referido, haber intentado calcular el tiempo total. Y haber dicho entonces uno de los sacerdotes, bien grandemente viejo: "Solón, los griegos sois siempre niños, y no hay griego viejo". Oyendo lo cual, haber Solón replicado: “¿En qué sentido lo dices?”. “Todos sois”, haber respondido él, “jóvenes de alma; no tenéis en ella ninguna opinión, envejecida por luenga tradición oral; ni conocimiento alguno, cano por obra del tiempo”. Causa de aquello es precisamente ésta. Además: muchas y variadas destrucciones ha habido de la humanidad, y las habrá, las mayores por obra del fuego y del agua, aunque otras más breves por obra de mil y mil cosas diferentes. Porque lo que aun entre vosotros se cuenta: que una vez Faetón, hijo de Júpiter, enyugando la carroza de su padre, mas, no pudiendo conducirla por el camino del padre, incendió todo en la superficie de la tierra y él mismo, fulminado, pereció, dícese esto en forma de mito; mas la verdad es que de la distorsión entre los cuerpos que se mueven según el cielo y los que al derredor de la tierra, y de su prolongación durante largo tiempo, resulta destrucción, por gran fuego, de la superficie de la tierra, Son entonces los habitantes de montes, de lugares elevados y secos. [22c] los que perecen, más bien que los domiciliados junto a ríos y mar. A nosotros, el Nilo, en tantos casos salvador, creciendo entonces nos salvó de tal desgracia. Mas cuando los dioses, puestos a purificar con agua la tierra, la inundan, sálvanse en los montes boyeros y pastores; pero a los de vuestras ciudades arrástranlos al mar los ríos. En cuanto a esta región, ni entonces Ai nunca el agua anega los campos; más bien, naturalmente asciende toda de abajo hacia arriba. Por lo cual, y por tales causas, dícese que lo más antiguo se ha conservado aquí. Mas es verdad que, en cualquier lugar donde frío o calor excesivos no lo impidan, hay siempre raza humana, a veces numerosa, a veces menor. Cuanto, pues, o entre vosotros, o aquí, o en otra Jugar del que nos lleguen noticias, pasó de bello a de grande o de cualquier modo destacado, todo ello, escrito, se ha salvado desde antiguo en los templos. Mas entre vosotros, y en otros, apenas sucede algo consígnaselo siempre por escrito o por todos los medios de que las Ciudades necesitan; pero una vez más: al cabo de los habituales años sobreviéneles, cual plaga, diluvio celestial; no deja de vosotros sino a los iletrados e incultos; de manera que, una vez más, renacéis cual, al principio, jóvenes, sin saber nada de lo que aquí, o entre vosotros, pasó en los antiguos tiempos. Así que, Solón, las genealogías que de lo vuestro relataste no se diferencian gran cesa de cuentos de niños; primero, porque no as acordáis sino de una inundación de la tierra, habiendo antes habido muchas; después, no sabéis que en vuestra tierra se engendró las más bella y mejor raza de hombres, de los que venís tú y toda la Ciudad, por virtud de una pequeña semilla, inclusiva de lo actualmente vuestro. Mas esto cayó en olvido, por haber los supervivientes muerto sin saber escribir, durante muchas generaciones. Era entonces, Solón, antes de la inundación máxima, la presente Ciudad de Atenas la mejor preparada para la guerra; y, para todo, la con mejores leyes y más excelentemente regulada. Dícese que en ella nacieron obras más bellas y regímenes políticos más bellos que todos los de cuantas ciudades bajo el Cielo han llegado a nuestros oídos». [23d] Oyendo lo cual, dijo haberse Solón grandemente admirado y empeñado en pedir a los sacerdotes que le refirieran paso a paso todo y con precisión lo referente a aquellos antiguos ciudadanos. [23d] Y que el sacerdote dijo: «no hay nada de reservado, Solón; y lo diré en favor tuyo y de vuestra Ciudad; mas, sobre todo, en gracia a la diosa a quien cayera en suerte, quien crió y educó la vuestra y esta ciudad; antes, por cierto, la vuestra, hace miles de años, tomando de Tierra y Vulcano semilla para vosotros; después, la nuestra. En cuanto u este nuestro mundo, según se halla escrito en los libros sagrados, sus años son de ocho mil en número. Acerca de los ciudadanos, de hace nueve mil te declararé brevemente, además de algunas leyes, la hazaña más bella realizada por ellos. La precisión en todo esto quede para otra vez, cuando, sin urgencia, lo recorramos con esos libros en la mano. En cuanto a las leyes, compáralas con las de aquí, porque hallarás que existen aun ahora y aquí entre vosotros los paradigmas de las de entonces. Y primero, la clase sacerdotal, separada bien aparte de las demás; después de ella, la de los artesanos; cada uno operario de lo suyo, sin entre meterse en lo de otro; y la de los pastores, cazadores y agricultores. Además, la clase militar, adviértelo, está aquí bien separada de todas las clases; no ocupada en nada fuera la guerra, cual les fue ordenado por la ley. Además: su tipo de armas es escudos y dardos con los que nosotros, los primeros en Asia, nos armamos, al modo que en aquellas vuestras regiones, a vosotros primero os instruyó la diosa. Respecto a sapiencia, ves cuánta atención puso aquí la ley, ya desde el comienzo, al orden cósmico, descubriendo hasta la adivinatoria y la medicina para la salud; todo en favor de lo humano, por ser ellas divinas; y temiendo en la ley todos los conocimientos que a ellas siguen. Habiendo, pues, la diosa establecido tal organización y coordinación íntegra, fundó primero vuestra Casa, eligiendo ella el lugar en que habéis nacido, notando ella en él lo bien mezclado de las estaciones, que así produciría los más sapientes varones. Por ser, pues, la diosa, amante de la guerra y de la sabiduría, y para que tal lugar fuera a producir varones a Ella semejantísimos, primero eligió lugar, después fundó en él vuestra Casa. La habitáis, pues, servidos de tales leyes, y an más: bien regidos por ellas, excediendo en toda virtud a todos los hombres, cual es natural en quienes han sido engendrados y educados por dioses. Así que son de admirar, y están escritas aquí, muchas y grandiosas hazañas de vuestra Ciudad; pero una las excede a todas en magnitud y Porque relatan los escritos cómo vuestra Ciudad paró una fuerza, ¡y cuán grande!, que avanzaba, insolente e impetuosa. [24d] sobre toda Europa y Asia a la vez, salida de allá: del océano Atlántico. Porque tal océano era entonces navegable: que tenia ante su embocadura —a la que vosotros denomináis, o llamáis, “Columnas de Hércules'— una isla, mayor que Libia y Asia Juntas; desde ella había entonces para los viandantes paso a las demás islas; y desde las islas, a todo el continente que, frente a ellas, circunda tal realmente mar. Lo interior a esa embocadura de que hablamos, esto —lo nuestro— parece puerto de estrecha entrada. Mas aquel océano lo es realmente, y la tierra que enteramente lo circunda llamaríase, verdaderamente, “continente”. Pues bien: en esa isla “Atlantis” se constituyó con la de los reyes una grande y maravillosa fuerza que dominó la isla entera, y muchas otras islas y partes del continente. Además: de lo interior del estrecho, dominaban en Libia hasta casi Egipto, y en Europa hasta Toscania. Pues bien: toda esta fuerza, congregada y unificada, intentó la empresa de esclavizar, de una acometida, todos los lugares: el vuestro, el nuestro y el interior al estrecho. Pues bien: en tal ocasión, Solón, el poderío de vuestra Ciudad resplandeció por su virtud y fuerza ante todos los hombres, porque al frente de todos por su buen ánimo y por cuantas artes bélicas hay, en algunos casos conduciendo a los griegos en otras, solitaria por necesidad, por abandonada de otros, metida en extremados peligros, dominando a los invasores, alzó los trofeos e impidió se esclavizara a los no aún esclavizados; pero a los que habitamos dentro de las fronteras de Hércules, a todos, sin reservas, nos liberó. Pero posteriormente, sobreviniendo descomunales temblores e inundaciones, llegó un día y noche terribles en que a todos vuestros guerreros se los tragó, de golpe, la tierra; y, parecidamente, la isla Atlantis, tragada por el mar, desapareció. Por esto, aun hoy en día, es intransitable e inexplorable tal océano, estorbándolo el superficial barro que la isla, al asentarse, produjo». [25d] Acabas de oír, compendiosamente dicho, Sócrates, lo que contó cual oído a Solón el viejo Critias. Por cierto que, al hablar tú ayer sobre régimen político, y sobre los varones a que te referías, me sorprendí recordando lo que acabo ahora de decir y notando cuán genialmente, por suerte, y no fuera de tema trajiste casi íntegra la relación de Solón. No quise, por cierto, hablar entonces mismo, porque, después de tanto tiempo, no la recordaba perfectamente. Pensé, pues, me sería necesario recapacitar, primero, todo conmigo mismo perfectamente, y así hablar. Por esto acepté ayer prestamente lo por ti ordenado, convencido de que sometiendo a consideración un discurso satisfactorio —lo que en todos estos asuntos es lo de mayor trabajo— tendríamos nosotros mejor éxito en el presente. Así que, como dijo Hermócrates, apenas salido yo ayer de aquí se la referí a éstos, tal cual la recordaba; y, partido de ellos, reflexionando toda la noche, recuperé casi enteramente la relación. Como se dice: «¡lo aprendido de niños, cuán maravillosamente se enmemoria!». Pues bien: yo no sé si podría recordar todo lo que oí ayer; pero me sorprendería grandemente de que se me escapara algo de lo que of hace ya tantísimo tiempo, pues lo escuché entonces con gran placer y divertimiento, además del empeño que el viejo puso en enseñarme, ya que se lo pregunté repetidas veces, —de manera que me quedó firme e indeleble cual diseño al encauste. Aparte de que, apenas amanecido, lo referí a los presentes, para facilitar nuestros discursos. [26c] Así que, Sócrates, estoy preparado para hablar de aquello a que todo esto apuntaba; y no sólo, en resumen, sino cual lo escuché; detalladamente. En cuanto a los ciudadanos y a la Ciudad que ayer, en mito, nos describiste, transponiendo ahora y aquí todo eso a lo verdadero, supondremos que, verdaderamente, aquella Ciudad es ésta, y afirmaremos que los ciudadanos verdaderos que concebías son los progenitores nuestros, de los que el sacerdote hablaba. Concuerdan enteramente;, y no disonaríamos, si dijéramos que son los en aquel tiempo existentes. Tratemos de esto en común e intentemos todos dar lo merecido al tema por ti propuesto. Hay, pues, que considerar, Sócrates, si este tema nos va bien o si no habremos de buscar ya otro en su lugar. [26e] Sócrates: Mas, Critias, en vez de éste, ¿qué otro tomaríamos que fuera mejor y más adecuado al sacrificio propio de la presente fiesta de la diosa?, que es grandísima cosa el que no sea mito fingido, sino verdadera leyenda. ¿Cómo, pues, y de dónde sacaríamos otros, despidiendo éstos? No hay cómo. [26e] Por buena suerte, habéis de hablar vosotros; y yo, escuchar a mi vez, descansando ahora del discurso de ayer. [27a] Critias: — Atiende, pues, Sócrates, a la disposición que hemos dado a los regalos. Nos pareció que Timeo, por ser de entre nosotros el más entendido en astronomía, y haber hecho máxima tarea suya saber acerca de la naturaleza de el Todo, hable el primero, principiando por el origen del Mundo, y terminando en la naturaleza del hombre. Y que yo, después de él, tome de él hombres engendrados por la palabra; mas de ti, algunos distinguidamente educados, e introduciéndolos, según palabras y ley de Solón, ante vosotros cual jueces, hacer de ellos ciudadanos de esta Ciudad —ellos, los atenienses de entonces— de los que, por desaparecidos los dio la tradición de las escrituras sagradas; en adelante haría ya mi discurso cual sobre ciudadanos y atenienses existentes. [27b] Sócrates: Paréceme que se me repaga el convite de razones de perfecta y magnificente manera. A continuación, pues, Timeo, te tocaría, al parecer, hablar, una vez invocados, según es de ley, los dioses. [27b] Timeo: En efecto, Sócrates, todos, por poco buen sentido que tengan, al emprender cualquier acción, pequeña o grande, invocan siempre a dios. Mas nosotros que nos disponemos a hacer un discurso sobre el Todo —sobre si es engendrado o ingénito—, es necesario, para no desvariar del todo, invocar a dioses y diosas, pidiendo sobre todo el que hablemos de todo de manera a ellos debida; después, a la nuestra. Y quedan así invocados los dioses. Pero nuestra petición ha de ser la de que aprendáis vosotros presto, y yo explique claramente, mi pensamiento acerca, sobre todo, de lo propuesto. [27d] Según, pues, mi opinión, hay que comenzar por distinguir entre qué es lo que está siendo siempre, mas sin tener advenimiento, y qué es lo que está adviniendo siempre, mas que nunca está siendo. Aquello, por estar siendo siempre e idénticamente, es captable con pensamiento razonante; estotro, por adviniente y pereciente, es, a su vez, opinable propiamente con no raciocinante sensación; mas, en realidad, jamás está siendo, Además: todo lo adviniente viene al ser necesariamente por virtud de alguna causa, pues es imposible que, sin causa, tenga advenimiento. Cuando, pues, el Artífice, mirando constantemente a lo que se ha de idéntica manera, y sirviéndose de . ello cual de paradigma, enrealice la idea y virtud de tal paradigma, todo resultará de este modo necesaria y perfectamente bello; mas cuando mire a lo adviniente, sirviéndose de adviniente paradigma, nada resultará bello. Ahora bien: en cuanto a todo el Cielo, o Mundo —o llámeselo con cualquier otro nombre que, sobre los demás, prefiramos— hay que considerar, ante todo, lo que se supone se ha de considerar desde el principio acerca de todo: st existe desde siempre, sin tener, en modo alguno, inicial advenimiento; o si ha advenido, comenzando con algún comienzo. Ha advenido, porque es visible, tangible y tiene cuerpo. Mas todo lo que es tal, es sensible; pero lo sensible, por captable con opinión ensensibilizada, es patentemente adviniente y advenido. Ahora bien: afirmamos que lo adviniente viene necesariamente al ser por virtud de alguna causa. Tarea: encontrar al Productor y Padre de este Todo; mas, encontrado, resulta imposible hablar de él a todos, Reconsideremos, pues, respecto de el Todo, precisamente según cuál de los paradigmas el Arquitecto lo enrealizó: según el que se ha de la misma e idéntica manera, o según el adventicio. Ahora bien: si este mundo es bello, y bueno el Artífice, es claro que miró a lo eterno; que si no —no es licito ni decirlo— a lo adventicio. Mas es para todos evidente que miró a lo eterno, porque es este mundo el más bello de las advenibles; y El, el mejor de los causantes. Venido así al ser, resultó — hecho según lo captable con razonamiento y pensamiento, y de esta misma manera se ha. Con estos principios por base, es de toda necesidad necesario que este mundo sea imagen de algo. Ahora bien: lo mejor de todo es principiar por st natural principio. Se ha de tratar, pues, de imagen y de su paradigma de manera que los razonamientos resulten congéneres con las cosas mismas de que son intérpretes. Así que de lo permanente y firme, y con lo patentemente permanente e invariable, se ha de tratar, en lo posible, con razonamientos irrefutables e inmovibles, sin faltar nada en este punto. Mas los razonamientos sobre lo asemejado a un paradigma, por ser lo semejado imagen, han de estar siendo ellos, según razón, imágenes de los paradigmas, porque Esencia se ha a Advenimiento como Verdad a Creencia. Si, pues, Sócrates, no resultamos capaces de tratar sobre tantas y tantas cosas como dioses y advenimiento de el Todo con razonamientos de todo en todo concordantes ellos entre sí y rigurosamente exactos, no te admires; pero si no os ofrecemos nada más que imágenes, hay que contentarse, recordándonos que yo, el que habla, y vosotros los jueces, no tenemos más naturaleza que la humana, de manera que, aceptando acerca de esto un mito verosímil, no conviene investigar ya nada más allá. [29d] Sócrates: Muy bien, Timeo; y como lo indicas hay que aceptarlo íntegramente. Y pues hemos aceptado con admiración tu proemio, continúa y termina para nosotros tu discurso. [29d] Timeo: Digamos ya mediante qué causa el Compositor compuso Advenimiento y este Todo. Era bueno; mas en el bueno no nace jamás reserva alguna de algo; libre de ella, se propuso hacer todas las cosas máximamente parecidas a sí mismo. Quien aceptara, pues, de manos de varones sapientes este cual principio supremo de Advenimiento y de Mundo, aceptaríalo correctisimamente. Porque queriendo Dios que todas las cosas fueran buenas y que, en lo posible, nada hubiera de imperfecto, por eso, recibiendo todo lo visible no en estado de reposo sino en el de discordante y desordenado movimiento, sacolo del de desorden al de orden, convencido de que éste es absolutamente mejor que aquél. Al Buenísimo no le estuvo bien ni le está el hacer otra cosa sino lo Bellísimo. Puesto, pues, a pensar, halló que de las cosas naturalmente visibles no resultaría nunca más bella una cosa irracional que una racional, tomadas todo a todo. Por otra parte, es imposible que a algo sin alma advenga razón. Según este razonamiento, el Compositor del universo coajustó razón con alma, alma con cuerpo, de manera que resultara haber llevado a cabo algo bellísimo y una obra naturalmente óptima. Se ha, pues, de decir a tenor de tal verosímil razonamiento que este Mundo llegó a ser un viviente con intrínsecas verdaderamente alma y razón, por providencia de Dios. [30c] Con tal principio por base, hemos de decir lo siguiente a él; a semejanza de ¿cuál viviente el Compositor lo compuso? Porque no vamos a juzgar por digno el que lo sea ninguno de los que, por naturaleza, están en el eidos de parte, ya que nada de lo parecido a imperfecto resultaría alguna vez bello. Afirmaremos, por el contrario, que tal Viviente es, más que cualquier otra cosa, semejantísimo a algo cuyas partículas sean los emás vivientes, uno por uno y en cuanto género; porque, abarcando en' sí mismo todos los vivientes inteligentes, los posee, al modo que este Mundo está compuesto de todas las criaturas visibles: nosotros y las demás. Queriendo, pues. Dios asemejarlo sobre todo a la más bella de las inteligentes y en todo la más perfecta, compuso un Viviente uno y visible, que, en el interior de sí mismo, tuviera todos cuantos vivientes son, por naturaleza, congéneres con él. ¿Hemos llamado, pues, correctamente “uno” a Cielo, o sería más correcto hablar de muchos y aun de infinitos? Llámeselo "uno”, si es que ha de estar elaborado según el paradigma; porque el Viviente que abarque todos cuantos vivientes inteligentes haya no admitiría ser segundo con otro; porque habría de haber, de nuevo, otro viviente distinto: el que abarcara a aquellos dos, del cual serían, ellos, dos partes; y de éste se diría más correctamente ser semejante no ya a aquellos dos, sino al que abarca a ambos. Para que, pues, este viviente se asemeje, en cuanto a unicidad, al Viviente omniperfecto, precisamente por esto el Hacedor no hizo ni dos ni infinitos mundos; por el contrario, el Cielo, venido al ser, es y será éste, uno y unigénito. [31b] Mas lo adveniente ha de ser corporaloide: visible y tangible. Empero, sin fuego, nada resultaría visible; ni tangible, sin algo de sólido; ni sólido, sin tierra. Por lo cual, puesto a componer según principios el cuerpo del Todo, hizolo Dios de fuego y tierra. Mas no es posible que dos cosas solas se compongan de manera bella sin una tercera, porque ha de haber en medio un cierto vínculo coajustador de ambas. Empero, el más bello de los vínculos es aquel que una máximamente en unidad a sí mismo y a los vinculados. Mas esto es precisamente lo que la analogía hace, por naturaleza, de la más bella manera; porque, si entre tres cosas cualesquiera: números, masas o potencias hay un medio, lo que sea el primero respecto de él eso mismo será él respecto del último; y, una vez más, lo que sea el último respecto del medio eso mismo será el medio respecto del primero; si se hace al medio primero y último, primero y último hacen, ambos, de medios; así que todos los términos pasan a hacer lo mismo entre sí; y, por hacer lo mismo, todo resultará uno. Si, pues, el cuerpo de El Todo hubiera de ser plano, sin profundidad alguna, bastaría con un medio para vincularse él mismo con sus términos. Ahora bien: convenía fuera solidiforme. Empero, a lo salido no lo coajusta nunca un medio, sino siempre dos. Así que colocando Dios agua y aire cual medios entre fuego y tierra, y rehaciéndolos de modo que, en lo posible, se hayan entre si según la misma cuenta-y-razón: que lo que es fuego respecto de aire, eso sea aire respecto de agua, y que lo que es aire respecto de agua, lo sea agua respecto de tierra, coajustó y compuso un Cielo visible y tangible. Y por esto, y precisamente de éstos y de cuatro en número, surgió el cuerpo del Mundo enracionalizado mediante analogía, en firme Amistad por ello, de modo que, coincidiendo en identidad consigo mismo, resulta indisoluble por todos —a excepción de quien lo coajustó. [32c] La composición del Mundo agotó íntegramente cada uno de los Cuatro, porque el Compositor lo compuso de [fuego, agua, aire y tierra íntegros, no dejando fuera ni parte alguna fi poder de ninguno de ellos; pensolo así, para que, primero, resultara de partes perfectas un Viviente íntegro y superlativamente perfecto. Además de esto, único, para que no sobrara nada con que hacer otro; pero, además, para que ni envejeciera ni enfermara, comprendiendo que a un cuerpo compuesto la caliente, lo frío, y todo cuanto tiene gran fuerza, circundándolo y cayendo intempestivamente sobre él, lo disuelven y hacen que se corrompa, aportando enfermedades y vejez, por Esta causa y según este razonamiento lo coajustó tal que fuera un Todo de todos los todos, perfecto, sin vejez, sin enfermedad, Diole, por otra parre, una figura adaptada y congénere con él. Mas a viviente que hubiera de incluir en sí mismo todos los vivientes, la figura adaptada sería la que comprendiera en sí todas cuantas figuras hay. Por lo cual lo torneó esferoide y circular —distante igualmente y por todas partes de medio a extremos— que es, de todas las figuras, la más perfecta y semejante a sí misma, creyendo ser miles de miles veces menor lo semejante que lo desemejante. Alisó en círculo y exactísimamente todo lo externa de ella, por muchas razones: - no necesitaba para nada de ojos, pues nada de visible quedaba fuera; ni de oídos, pues nada había de audible; ni había aire circundante, necesario a la respiración; ni era menester tener órgano alguno por el que recibir el alimento, y evacuar a su vez al que quedó indigesto; que nada salía, nada entraba, en Él, de parte alguna —pues nada había—, porque fue hecho con tal arte que sus propios desechos le sirvieran de alimento propio y que toda afección y acción proviniera de él mismo y en él mismo quedara, porque creyó su Compositor que ser seipsisuficiente le sería mejor que necesitar de algo. Por no hacerle falta alguna manos con que agarrar o defenderse de algo, creyó El ser en vano añadírselas; lo mismo, pies o cualquier clase de aparatos para apoyarse. Le asignó por movimiento el apropiado a su cuerpo, que es, de entre los siete, el apropiado a inteligencia y sapiencia; por esto mismo haciéndolo rodar en él mismo lugar y en sí mismo hizo que quedara revolviéndose con movimiento circular; mas descartó los seis movimientos restantes, librándolo así de sus aberraciones; y por no necesitar para tal circulación de ningún pie, prodújole sin piernas y sin pies. [33d] Tal fue, en total, el calculado razonamiento hecho por el Dios que ya lo estaba siendo acerca del que iba en su momento a ser dios; hízolo liso, llano, igual desde todas partes al medio, íntegro, y cuerpo perfecto de cuerpos perfectos. En su medio colocó al alma y la extendió por el Todo, y aun recubrió con ella lo externo de su cuerpo. Compuso así Cielo, único y solitario, cual círculo que encircula rueda; capaz, por su virtud, de convivir él consigo mismo, sin necesidad alguna de nadie, W conocido y amigo suficiente él para sí mismo. Por todo lo cual resultó hecho dios bienaventurado. [34b] En cuanto al alma, la acabamos de tratar nosotros cual posterior al cuerpo; no así, el dios: concibióla cual primera, porque no iba a cejar que, al coajustarlos, lo más antiguo fuere gobernado por lo más joven; aunque nosotros, por participar grandemente de lo accidental y casual, hablemos también así. Mas el compuso lo que es por nacimiento y virtud primario y más antiguo: el alma, antes que el cuerpo, cual señora y Bo- … [35a] bernadora del gobernado, de estos materiales y de esta manera: De la Esencia impartible y siempre idéntica, y de la partible: la engendrada en cuerpos, hizo, mezclándolas a ambas. [35a] un tercer e intermedio eidos de esencia: mezcla de naturaleza de lo Idéntico y de la de lo Diverso; y, según esto mismo, com- 1 puso ese medio entre lo impartible de éstas y lo partible en cuerpos. Y, por ser tres, tomó, las tres; mezclolos todos hasta dar unidad de idea, aunque, por ser la naturaleza de lo Diverso, difícil de mezclar con lo de lo idéntico, la coajustó a la fuerza. Mezclándolos, no obstante, con la esencia, y, habiendo hecho de los tres uno, repartió a su vez tal Todo en convenientes Lotes; cada Lote, mezcla de Idéntico. Diverso y E esencia. Mas comenzó a repartir de esta manera: tomó, primero. [35a] del Todo un Lote; después de él, tomó otro doble que él; un tercer Lote, dos tercios del segundo, o triple que el primero; un cuarto, doble que el primero; un quinto, triple que el tercero; un sexto óctuplo que el primero; un noveno, veintisiete veces el primero. Después de lo cual completó los intervalos dobles y triples, recortando del Todo otros: Lotes aún, y poniéndolos en medio de éstos, de manera que en cada intervalo hubiera dos medias: una, la que excede a y es excedida por la misma parte de los extremos; la otra, la que excede a y es excedida por algo igual en cuanto al número. Habiendo hecho intervalos de 3/2, 4/3 y 9/8, como vínculos, dentro de los intervalos anteriores, completó todos los de 4/3 con el ; 9 intervalo de E quedando de cada uno de ellos una partecita: el intervalo que queda de ella que tiene por cuenta-y-razón de número a número la de 256/243 Con lo cual la mezcla de la que repartió todo eso, resultó ya íntegramente gastada. Escindió este compuesto entero en dos partes iguales longitudinalmente, y aplicando la mitad de la una sobre la de la otra, en forma de cruz, las dobló en círculo, tocándose consigo cada una, y ambas en el lugar opuesto al de aplicación. Echólas a rodar al derredor de sí mismas según ese movimiento que circula en el mismo lugar y de la misma, manera; e hizo que uno de los círculos fuera externo; el otro, interno. Ordenó que el movimiento externo fuera el de la naturaleza de lo Idéntico; mas el interior, el de la de lo Diverso. Al de lo Idéntico lo echó a rodar lateralmente hacía la derecha; al de lo Diverso diametralmente, hacia la izquierda. Mas dio el poder a la circulación de lo Idéntico y uniforme, porque a ella sola la dejó inescindida; mientras que a la interior, escindiéndola en seis lugares para siete círculos desiguales, según cada uno de los intervalos doble y triple, tres cada uno de ellos, ordenó que tales círculos marcharan en direcciones mutuamente contrarias; tres, con velocidad igual; los otros cuatro, con desigual entre sí y respecto de los tres, mas llevados según razón numérica. [36d] Empero, en habiendo resultado la compostura íntegra del Alma según la mente del Compositor, construyó después dentro de ella todo lo corporiforme, y, uniendo centro del uno con centro de la otra, los coajustó. Mas el Alma, entretejida enteramente desde el centro hasta el extremo Cielo, cubriéndolo circularmente desde fuera, con revolución de sí en sí misma, comenzó, con divino comienzo, vida incesante e inteligente para siempre jamás. El cuerpo de Cielo resultó, ciertamente, visible; mas ella, invisible, pero partícipe de razonamiento y armonía, hecha, por el Mejor de todos los entes inteligentes y eternos, la mejor de lo producido. [37a] Por ser mezcla compuesta de tres Lotes: de la naturaleza de lo Idéntico, la de lo Diverso y de Esencia, dividida según cuenta-y-razón y reajustada, recirculando sobre sí misma, cuando toque algo que tenga dispersa su esencia, ' también indivisa, va diciendo en palabras, mientras a sí entera se mueve, qué es idéntico con qué y qué diverso de qué y respecto de qué, sobre todo, dónde y cómo y cuándo, sucede, dentro de lo adviniente, el que una cosa sea pasiva o esté siendo en relación a otra o respecto de las que se han siempre idénticamente. [37b] Esta palabra: la que resulta idénticamente verdadera, tanto al versar sobre lo otro como sobre lo idéntico, la que sin voz y sin eco se desliza en lo por ella movido, cuando versa sobre lo sensible —y a la vez el círculo de lo Diverso, en marcha correcta, lo anuncia al alma entera— da origen a opiniones y creencias firmes y verdaderas; mas cuando versa sobre lo racional —y, a la vez, el círculo de lo Idéntico, en bello giro, lo declara— inteligencia y ciencia llegan, necesariamente, a perfección. En qué ente advenga tal par de casos, si alguien dijere ser tal ente diverso de Alma, tal aserto será todo menos verdadero. [37c] Cuando el Padre que lo engendró lo vio moverse y vivir cual maravilla para los eternos dioses, se admiró; y, complacido, le acudió terminar de hacerlo aun más semejante al paradigma. Y por ser éste Viviente eterno, se propuso hacer tal a este Todo en cuanto fuera posible. De suyo la naturaleza del viviente es eterna; lo que no es posible es adaptarla perfectamente a lo engendrado. Se ingenió, pues, para hacer una cierta movible imagen de Eternidad; y, al coordinar a la vez el Cielo, hizo de Eternidad, permaneciente en unidad, una imagen eterna progrediente según número, que es precisamente lo que hemos llamado “Tiempo”. Porque, no habiendo ni días ni noches, ni meses ni años antes de advenir Cielo, simultáneamente con su compostura se dio trazas para producirlos. Son todos ellos partes de Tiempo, y lo son lo “era" y lo “será”: eídoses de advenimiento de Tiempo, que, al aplicarlos al ser Lo eterno, no caemos en cuenta hacerlo incorrectamente; porque decimos que “era”, “es” y “será”, cuando, dicho según verdad, únicamente le conviene lo de "es"; mas lo de “era” y lo de “será” conviene se digan de lo que adviene progresivamente en Tiempo, ya que ambos son movimiento. Mas a lo que se ha siempre de idéntica e inmoble manera no le va bien ni lo de hacerse más viejo ni lo de más joven a lo largo del tiempo, ni lo de haberse hecho alguna vez, ni lo de estar hecho ahora ni lo de haber de ser en otra vez; y, en general, nada de lo que advenimiento aporta a las cosas que en lo sensible se mueven. Todo esto son eídoses de advenir un Tiempo imitador de eternidad, y circulante según número. Aún más: nada de riguroso tiene eso de “lo advenido es advenido”, '“lo adveniente es adviniente”, “lo porvenir es porvenir”, “el no ser es no ser”. Aunque tal vez no sea conveniente oportunidad discutir eso ahora y con rigor. Advino, pues. Tiempo con Cielo, á fin de que, venidos a la vez, a la vez también se disuelvan, si es que les sobreviene alguna vez disolución; y advino según el paradigma de la naturaleza eterna, a fin de que resulte, en lo posible, lo más semejante a él. Por cierto que El Paradigma está siendo por toda la eternidad; mas el Cielo ha sido —está siendo-y-estará siendo de principio a fin durante todo el tiempo. [38b] En virtud de tales razonamientos y pensamiento de Dios respecto de la generación de Tiempo, a fin de que quedara hecho Tiempo, hizo Sol. Luna y los otros cinco astros —que tienen por nombre “planetas”— para definir y guardar los números de Tiempo, Mes, en habiendo hecho el Dios los cuerpos de cada uno de ellos, los colocó en las órbitas que sigue la revolución de lo Diverso, —siete éstas para aquellos siete. A Luna, en el círculo primero alderredor de Tierra; a Sol, en el segundo sobre la Tierra; al Lucero matutina y al llamado “astro Sagrado de Mercurio”, en órbitas de curso y velocidad iguales a la de Sol, a las que, no obstante, tocó potencia contraria a él. Por lo cual Sol. Mercurio y el Lucero matutino se adelantan y atrasan entre sí. En cuanto a los demás astros, si hubiera que describir todas las causas de las posiciones en que los colocó, tal discurso, por secundario, daría más trabajo que el tema a que se ordena. Más adelante, tal vez, con suerte y tiempo libre les llegue a estos puntos la explicación debida. [38e] Cuando, pues, cada uno de estos astros, con cuya colaboración había que realizarse Tiempo, llegó a su propia órbita, y resultaron vivientes de cuerpos enlazados por vínculos animados, y cada uno aprendió lo a él prescrito: revolverse a lo largo de la órbita de lo Diverso —que es oblicua, atraviesa y es dominada por la de Idéntico— algunos de ellos se mueven según círculo mayor; otros, según menor; más deprisa, los que en menor; más despacio, los que en mayor. Los astros de revolución más veloz, respecto del movimiento de Idéntico, se adelantan a los que van más lentos, que parecen adelantarse a ellos; porque ál marchar simultáneamente en dos direcciones opuestas, el movimiento de Idéntico, que es el más veloz de todos, retorciendo en hélice todos los otros círculos, hace aparecer como más próximo al astro más lejano y más lento. Mas a fin de que hubiera una cierta medida evidente para sus relativos movimientos —lentos y veloces— según los que marchan circularmente en sus ocho órbitas, colocó Dios, en el círculo segundo respecto de Tierra, a Luz —que ahora llamamos “Sol'—, a fin de que, sobre todo, luciera para” todo el Cielo y participaran de número los vivientes a quienes conviniera, aprendiéndolo del movimiento de Idéntico y Semejante. De este modo, pues, y por esto surgieron Noche y Día, que es el periodo de la circulación —que es una a la vez que la más inteligente. Surgió Mes, cuando Luna, después de recorrer su propio círculo, se adelanta a Sol; y Año, cuando Sol da la vuelta entera al propio círculo. En cuanto a los períodos de los demás astros, no son conocidos por los hombres, fuera de unos pocos de entre los muchos, ni les dieron nombres, ni, mirados, los conmensuran numéricamente unos respecto de otros, así que no saben, para decirlo con una palabra, que esas sus errancias, aunque en multitud, realmente incontable y admirablemente recomplicada, están siendo Tiempo. Sin embargo, no es por ello menos posible concebir que el número perfecto de Tiempo colmará el Año perfecto cuando las velocidades relativas de los ocho períodos, llegadas cada una a su término, se recapitulen, conmensuradas con el círculo de Idéntico y Semejantemente movido. Según esto y para esto surgieron cuatro astros, marchando por Cielo, retornan; precisamente para que Este Todo resultara lo más semejante posible al Viviente perfecto e inteligente, en su imitación de la naturaleza eterna. [39e] En cuanto a lo demás, ya con el advenimiento de Tiempo, quedaba hecho semejante a Aquel de que era imagen; empero. [39e] rA por no haber comprehendido aún todos los vivientes dentro de si mismo surgidos, era en esto todavía desemejante con El Rehizo esta falta suya, remodelándolo según la naturaleza del Paradigma. Así, pues, al percibir Inteligencia las ideas intrínsecas propias de lo que es el Viviente —cuáles y cuántas hay en él—, pensó que este Todo había de poseer tales y tantas. Ahora bien, son cuatro: uno, el género celestial de los dioses; — otro, el de los alados y transaéreos; tercer eidos el de los acuáticos; cuarto, el de los pedestres y de secano. A la idea de lo divino elaborola totalmente de fuego, para que fuera lo más brillante y bello ae ver; y asemejándola al Todo, hízola bellamente circular y colocándola en la inteligencia del Supremo, cual acompañante suyo, y distribuyéndola circularmente por todo el Cielo llegó a ser ornamento verdadero, recamado y total. A cada uno de los divinos ajustó dos movimientos, uno por el que estando en el mismo lugar y de la misma manera, piensa en sí mismo sobre lo mismo siempre lo mismo; otro. que va hacia adelante, dominado por la revolución de Idéntico y Semejante, mas, respecto de los cinco Movimientos, está inmoble y en reposo, a fin de que cada uno de ellos resulte cuanto más perfecto mejor. Por esta causa advinieron cuantos de los astros, por ser vivientes divinos, son inerrantes, eternos y permanecen revolviéndose siempre en el mismo lugar y de la misma manera; mas los que revierten y tienen errancia, tal cual anteriormente se la describió, según ella vinieron al ser. En cuanto a Tierra, nuestra nodriza —enrollada alderredor del polo extendido por el universo— arreglose El para que fuera guardiana y artesana de Noche y Día; ella, la primera y más antigua de cuantos dioses vinieron al ser dentro de Cielo Mas respecto de sus danzas corales, entrecruces mutuos, reversiones circulares y progresiones relativas de sus órbitas, —qué dioses se hacen encontradizos en las conjunciones y cuántos en las oposiciones, cuáles se adelantan a otros, y según qué tiempo se oculta cada uno de ellos a nosotros, y, en su turno, reapareciendo envían, a los incapaces de calcular, terrores y signos de lo que posteriormente sucederá—, fuera trabajo vano hablar de ello sin la ayuda visual de instrumentales imitaciones. Pero bástenos aquí con esto; y, acerca de la naturaleza de los dioses visibles y engendrados, lo dicho llegue a su fin. [40d] Mas respecto de los demás daimonios tanto el hablar como el conocer de su engendramiento nos superan; hase de creer a los que anteriormente lo explicaron, por ser descendientes de dioses, como afirmaban, y por conocer bien conocidos a quienes fueron sus antepasados. No se puede, pues, desconfiar de hijos de dioses, aunque hablen sin demostraciones verosímiles y necesarias; mas como aseveran tratarse de asuntos domésticos, hemos de seguir a la ley, y creerlo. Así que aceptémoslo; y háblese, según ellos, de la generación de tales dioses. De Tierra y Cielo nacieron cual hijos Océano y Tethys; de éstos, Forkys. Cronos y Rea, y su descendencia; de Cronos y Rea, Júpiter. Hera y todos los que, como sabemos, se llaman sus hermanos; y de éstos, a su vez, otros descendientes. [41a] Empero, una vez que todos los dioses —tanto los que luminosamente circulan, como los que aparecen en la medida que lo quieren— llegaron a nacer, el Hacedor de este Todo les habló con palabras como éstas: «¡dioses de Dioses!, las obras de las que yo soy artífice y padre son indisolubles, a no ser que yo lo quiera. Aunque todo lo unido sea disoluble, querer disolver lo bellamente coajustado y bien estable fuera cosa de malvado. Así que, por advenidos al ser, no sois ciertamente ni inmortales ni indisolubles absolutamente, mas ni seréis disueltos ni tendréis por Sino la muerte; que os ha caído en Suerte mi voluntad, vínculo mayor y más poderosa que los que, al nacer, os vincularon. Pues bien: aprended, explicado, lo que os estoy diciendo: Dentro del género de lo mortal hay tres cosas no engendradas aún; y, mientras no lo sean, el Cielo quedará imperfecto, porque no contendrá en sí mismo todos los géneros de vivientes, lo que es imprescindible si ha de llegar a ser ajustadamente perfecto. Mas si por mi virtud vienen al ser y participan de vida equipararíanse con dioses. Para que, pues, sean mortales y a la vez este Todo sea realmente todo, es natural emprendáis vosotros ser artífices de tales vivientes, imitando la manera como hice yo al engendraros a vosotros. Respecto de cuanto en ellos conviene sea y se llame parecido a los inmortales —lo denominado “divino” y “rector” tanto en ellos como en vosotros, si queréis seguir siempre la justicia— yo seré quien, bajo previa forma de semilla y de principio, se lo regale. En cuanto a lo demás, entretejiendo Vosotros con lo inmortal lo mortal, elaborad vivientes, preparad alimentos y, dándoselos, hacedlos crecer, y, cuando perecieren, recibidlos». [41d] Tal dijo; y, una vez más, en aquella vasija —donde, agitándola, hizo la mezcla del Alma de Todo— vertió los restos. de la anterior, mezclándolos casi de la misma manera; mas no eran ya de uno y el mismo grado de pureza, sino de segundo o tercero. Mas en habiendo compuesto tal Todo, lo dividió en tanto número de almas cuantos astros y repartió a cada uno la suya; y haciéndolas montar a cada una en algo así como su carroza, les mostró la naturaleza del Todo; comunicóles las leyes del Destino: que el primer nacimiento estaba ordenado fuera para todas el mismo, a fin de que ninguna se sintiera menospreciada por El; mas que, una vez sembradas cada una en el órgano de Tiempo propio a cada una, habían de llegar a hacerse, entre los vivientes, los más píos adoradores de Dios. Empero, por ser doble en sexo la naturaleza humana, seria uno de ellos el superior: el que, más adelante, se llamaría “varón”. Mas por necesidad, una vez implantadas en cuerpos, algo entrará y saldrá de sus cuerpos; primero, sería necesario surgiera en todos sensación, una e innata, por causa de las afecciones violentas; segundo, querencia, mezclada de placer y dolor; además temor y ánimos, y todo lo a éstos consiguiente y todo lo que, por naturaleza, es contrariamente distinto. Dominadores de esto, vivirían justamente; dominados, injustamente. Quien haya vivido bien el tiempo a él apropiado, revertirá a su morada: la del astro a que legalmente pertenece; y tendrá una vida bienaventurada y coadaptada. En caso de fallar en esto, se transformará, en el segundo nacimiento, en la naturaleza de mujer; y si, aun en ella, no cesara su maldad, se continuará transformando, según el tipo de su maldad, en una naturaleza bestial, semejante a este tipo que ella engendró; y no cesarán, en tales cambios, los trabajos sino cuando se coajuste al período de Idéntico y Similar, que en sí mismo tiene; y dominando, con razón, esa turbamulta de fuego, agua, aire y tierra, alborotada e irracional, y posteriormente adherida, revierta al eidos de su prístino y mejor estado. En legislando que legisló esto en favor de ellos, a fin de no ser posteriormente concausa de lo malo que cada uno hiciere, sembró a unos en Tierra, a otros en Luna, a otros en los restantes órganos de Tiempo. [42d] Después de tal siembra, encomendó a los dioses jóvenes moldear cuerpos mortales; en cuanto a lo restante: lo que se haya de añadir al alma humana —esto y lo consecuente a lo otro—, presidir su ejecución, y gobernar al viviente mortal de la manera más bella y mejor posible, a no ser que él en algo se haga a sí mismo causa de males. [42e] Y en habiendo ordenado así todo esto, quedóse en su propio y debido estado. En quietud El, sus hijos, pensando en el encargo del padre, lo ejecutaron; asiendo el principio inmortal del viviente mortal, e imitando al Artífice de ellos, tomando prestados del Mundo porciones de fuego, tierra, agua y aire, cual si hubieran de devolver lo tomado, lo coajustaron en unidad no con vínculos indisolubles, cual los que a ellos mismos los unen; mas lo reforzaron con clavijas, numerosas e invisibles por su pequeñez; habiendo hecho, con todo ello el que cada cuerpo sea uno, liaron los períodos del alma inmortal al cuerpo con sus afluyentes y efluvios. Pero, liadas así las almas con grande río, ni lo dominaban ni eran por él dominadas; más bien eran llevadas, y Llevaban, de modo que el viviente estaba íntegro moviéndose, procedía, por cierto, de manera desacompasada, irracional y a la buenaventura, por tener en sí todos los seis movimientos; así que procedía hacia delante y atrás, hacia derecha e izquierda, hacia abajo y arriba, errante en total por esos seis lugares. Aun siendo grande la oscilación de aflujo y reflujo, producida por la alimentación, todavía. era mayor el tumulto que, en cada viviente, causaban los impactos de cuerpos colindantes, cuando el cuerpo de alguno tropezara con fuego, proveniente de cuerpo extraño y externo o también con sólido térreo o líquida oleada de aguas o atrapado en una tempestad de ventoleras transportadas por el aire, y los movimientos de todo esto cayeran, llevados por el cuerpo, sobre el alma. Por lo cual tales movimientos se llamaron “sensaciones”; y aun ahora, todas ellas así se llaman. Entonces y al presente, traen consigo plenaria y máxima conmoción; muévense con el vehículo perpetuamente fluyente y sacuden fuertemente las revoluciones del alma; atacan completamente el movimiento de Idéntico; fluyendo en dirección contraría a él, frénanlo én su comienzo y progreso; mientras que agitan el movimiento de Diverso de manera que —en los tres correspondientes intervalos: los del doble y triple, y en las medias y conexiones y que no son íntegramente disolubles, sino por el Compositor— retuercen todo lo retorcido, e introducirían en los círculos toda clase de fracturas y disrupciones, cuantas fueran posibles, de modo que, dificultosamente coajustadas, se mueven, ciertamente, mas se mueven irracionalmente, —unas veces, al revés; otras, oblicuamente; a veces, supino, como se halla alguien, supino, apoyando la cabeza en tierra, y levantando hacia arriba los pies, respecto de otro, que, entonces y en tal posición, la derecha de quien así está parece, a quienes lo miran, izquierda; y la izquierda, derecha, —las de uno a las de los otros. Lo mismo que en este caso y parecidos pasa, particularmente, a las revoluciones; cuando sobrevienen a algo que se halle fuera del género de Idéntico y de Diverso, entonces “Idéntico con algo” y “Diverso de algo”, aplicados a ellas cual contrarios a lo verdadero, resultan denominaciones falsas y sinsentido; no hay, entonces, respecto de tales revoluciones periodo alguno ni principal ni rector; al incidir desde afuera con tales revoluciones algunas sensaciones y, coincidir con ellas, son coarrastradas éstas y el bajel íntegro del alma; parecen entonces dominantes las combinadas mismas. Por razón de todas estas afecciones resulta, ahora cual al principio, que el alma, al ser religada a cuerpo mortal, es inicialmente ininteligente. Mas cuando entre menor corriente de aumento y alimentación, y las revoluciones, puestas en calma, siguen a su vez su propio camino y se estabilizan más y más progresando el Tiempo, rectificanse entonces ya las revoluciones según la figura propia de la marcha natural de cada uno de los círculos; aplicaseles correctamente lo de Diverso e Idéntico, terminando por hacer inteligente a quien las posea. Si además alguien, por añadidura, se hace con esa alimentación correcta que es la educación, resulta perfectamente íntegro, sano, y evadido de la máxima enfermedad. Mas el descuidado volverá —una vez más, después de una vida transcurrida coja en lo vital — imperfecto e ininteligente al Hades. Esto sucederá ciertamente más tarde; pero, en cuanto a lo propuesto ahora, hay que describirlo con superlativa precisión. Lo anterior a esto: lo referente al advenimiento de los cuerpos, según las fases de engendramiento, y al del alma: por qué causas y providencias de los dioses se engendró, echando mano de lo más verosímil, recorrámoslo, así también, paso a paso. [44d] Por ser dos las revoluciones divinas, y ser esférica la figura del Todo, imitándolas las impusieron a ese cuerpo esférico que ahora denominamos "cabeza”, —lo más divino y señor de todo lo que en nosotros hay. A ella entregaron los dioses, al coajustarla, el cuerpo entero cual sirviente, con la intención de que participara de cuantos movimientos hubiera. Para que, pues, no rodara sobre la tierra, en sus múltiples y variados altibajos, y, sin desconcertarse, subiera a los altos y se saliera de los bajos, diéronle el cuerpo cual vehículo y buena solución. Adquirió, por esto, el cuerpo longitud, y brotáronle cuatro miembros extensibles y flexibles, artificio divino para marchar; agarrándose con ellos y apoyándose en ellos, resultó posible marchara por todos los lugares, llevando en alto la recamara de lo en nosotros más divino y sagrado. De esta manera y por esto brotaron en todos piernas y manos. Mas, por juzgar los dioses que lo de delante es más respetable y principal que lo de detrás, por esto nos dieron el marchar casi siempre hacia delante. Era, pues, preciso que el hombre tuviera la delantera del cuerpo definida y desigual; por lo cual, primero, respecto de la vasija de la cabeza, pusieron en ella el rostro, religando en él órganos para todas las providencias propias del alma; y ordenaron que la parte rectora fuera, precisa y naturalmente, la delantera. [45b] Mas, respecto de los órganos: construyeron, ante todo, los ojos portaluces, religándolos allí por una causa como ésta: hallaron trazas para hacer un cuerpo con cuanto del fuego no quema, sino proporciona esa plácida luz, casera de cada día. Por ser el fuego puro, interior y nuestro, hermano con el del día, hicieron los dioses que fluyera, a través de los ojos, suma y densamente, todo él; pero comprimieron especialísimamente El de enmedio de los ojos, de manera que detuviera todo el que fuera más grueso, dejando pasar solamente el puro. Así, pues, cuando la luz meridiana circunda la corriente de la visión, coincidiendo entonces semejante con semejante, confundidos ambos, componen un cuerpo familiar a lo largo de la recta visual de los ojos hasta que la luz que de dentro sale se atasque en la que, sobre ella, cae de fuera. Así que, por tal semejanza, las propiedades del todo resultan semejantes; y al tocar él a cualquier objeto o ser tocado él por los movimientos de ellos por todo el cuerpo hasta el alma proporcionan esa sensación que llamamos “ver”. Pero salido a [:noche, queda cortado el fuego congénere, pues, saliéndose a lo desemejante, se altera El mismo y se apaga, que ya no le es connatural el ae colindante, puesto que no tiene fuego. Cesa, pues, de ver, y aun resulta introductor del - Sueño. Porque los párpados —invento de los dioses para salvar la vista—, cuando, como es su natural función, se cierran ambos, refrenan la potencia del fuego interior; y tal potencia refluye y aun aplana los movimientos interiores; aplanados, adviene la quietud; cuando ésta es grande, sobreviene un sueño, ligero en ensueños; pero, una vez reprimidos algunos movimientos mayores, los que quedaren, y en los lugares en que quedaren, aportan otras tales y tantas imágenes que, imitadas de lo de dentro o de lo de fuera, son recordadas al despertarse. [46a] Y no es ya nada difícil de comprender lo referente a la formación de imágenes en los espejos y en todo lo que sea límpido y liso; porque de la combinación mutua entre el fuego interior y el exterior, cada vez que en la lisura forman ellos una unidad, múltiple en ritmo, vienen necesariamente a luz todos esos fenómenos, resultantes de compaginarse en lo liso y brillante el fuego que hacia el rostro va con el que de la vista sale, aunque lo izquierdo aparezca a la derecha, porque el contacto tiene lugar entre partes contrarias de la visión sobre partes contrarias del objeto, a diferencia de lo que suele suceder en un disparo. Empero, por el contrario, lo de la derecha aparece a la derecha, y lo de la izquierda a la izquierda, cuando la luz incidente es invertida en lo que incide; lo cual Sucede cuando un espejo liso, al adquirir profundidad por los lados repele la parte derecha de la visión hacía la izquierda, y estotra hacia la otra. [46c] Mas al girar ese mismo espejo longitudinalmente respecto del rostro, hace que éste aparezca íntegramente invertido, por repeler lo inferior del rayo hacía arriba y, a su vez, lo de arriba hacia abajo. [46c] Son todo esto causas auxiliares de las que Dios se sirve, cual de ministros, para llevar a término, en lo posible, la idea de lo óptimo. Pero la mayoría tiénenlas, no por concausas, sino por causas de todo: que enfrían y calientan, solidifican y disuelven, y obran efectos tales cual éstos. Lo cual es no ser capaces de tener razón alguna ni inteligencia de nada, porque hase de afirmar que es el alma, de entre todos los entes, el único apropiado para poseer inteligencia; es ella el único invisible; mas fuego, agua, tierra y aire están siendo todos ellos cuerpos visibles. Así que el enamorado de inteligencia y ciencia ha de perseguir, cual primeras, las causas de naturaleza mental; y, cual secundarías, cuantas, movidas por otras, resultan, a su vez, necesarios motores de otras. Asimismo hemos ya de hacer nosotros: discernir «ambos géneros de causas, separando las que son artífices con inteligencia de lo bello y de lo bueno y las que, privadas de mente, producen siempre Casuales e irregulares efectos. [46e] En cuanto, pues, a las concausas de que los ojos tengan la potencia que ahora poseen, baste con lo dicho; pero hase de hablar a continuación sobre cuál sea la obra máxima de los ojos, para la cual el Dios nos los ha regalado. La vista, según mi razonamiento, resultó sernos causa del máximo beneficio: que, de todos los actuales razonamientos referentes al Todo, ninguno jamás se hubiera hecho por los que no están viendo ni astros ni Sol ni Cielo. [47a] Mas ahora, día y noche, vistos, meses y períodos anuales han aportado el artificio del número, por una parte; por otra, nos han dado la noción de Tiempo y, a investigar, la naturaleza de el Todo. De lo cual sacamos la Filosofía, en general, que, de entre los bienes, don de dioses al género de los mortales, ninguno jamás mayor ni nos vino ni nos vendrá. Afirmo, pues, que tal es el bien máximo de los ojos; pero, en cuanto a los otros, a los menores, ¿para qué celebrarlos? El no filósofo, si se quejara de estar ciego a éstos, se lamentaría vanamente. Digamos que la causa de esto para nosotros, es ésta: que Dios encontró esa manera de darnos la vista para que, contemplando en el Cielo las circulaciones de la inteligencia, las aplicásemos precisamente a las circulaciones de muestro discurso, por ser éstas congéneres con aquéllas, —las imperturbables, a las perturbadas; aprendiendo, pues, de ellas y participando de la natural corrección de sus razonamientos, por imitación de las absolutamente inerrantes circunvoluciones del Dios estabilizaríamos las interiores nuestras errantes. [47b] Una vez más, el mismo razonamiento respecto de sonido y oído: por lo mismo y para lo mismo nos fueron dados por los dioses. Porque la palabra se ordena a eso mismo, aportando el máximo lote para ello; y cuanto de la música, usando del sonido, sirve para el oído, fue dado en favor de armonía. Mas la Armonía, cuyos movimientos son congéneres con los períodos interiores del alma, fue dada por las Musas a quien de ella haga inteligente uso —no, para irracional deleite, a lo ue ahora parece servir— sino cual aliada de nuestra alma, desafinada en sus períodos, en la lucha por reordenación y sinfonía propias. A su vez, ritmo nos fue dado por Ellas, cual La auxiliar, a causa de ese estado de desmesura y falta de gracia en la mayoría de nosotros. [47e] Lo anteriormente explicado, salvo pequeñas excepciones, ha puesto de manifiesto las obras de Inteligencia; pero es preciso, además, contraponer con lo racional lo que de Necesidad ha procedido, porque la génesis de este Mundo surgió cual mezcla de combinar Necesidad e Inteligencia. Mas al dominar Inteligencia a Necesidad, persuadiéndola a que conduzca hacia lo Optimo cuantas más de las cosas producidas mejor, resultó que, vencida de esta misma manera Necesidad por inteligente persuasión, ya desde el principio quedó constituido este Todo. [47e] Luego, si como algo adviene, de ese mismo modo se ha de hablar, en realidad, de él, habrá que mezclar además ese eidos de cansa errática y según su manera propia de obrar, Retrocedamos, pues, una vez más, aquí, y retomando para este mismo punto otro, y conveniente principio, cual lo hicimos con lo anterior hemos de principiar ahora, una vez más, desde el principio. Hemos de considerar la naturaleza misma de fuego, agua, aire, y tierra, y sus propiedades antes de la generación del Cielo, porque ninguno de los de ahora ha declarado aún su generación; y cual a conocedores de qué es fuego y los demás, decimos que son principios, poniéndolos cual elementos de el Todo, aunque sólo varón de cortos alcances los asemejaría en cuanto a eídoses a sílaba, con una cierta verosimilitud. Mas ahora, sea así nuestro cometido: acerca de principio de todo, o principios o lo que acerca de esto nos parezca, no se hable por el momento, si no por otra razón, sino porque, según la presente manera de exposición, resulta dificultoso declarar nuestros pensamientos. No creáis, pues, que yo hable de ello; ni siquiera yo podría convencerme a mí mismo de que tomo correctamente en mis manos el encargarme de tamaña empresa. Guardando, pues, lo inicialmente dicho: el poder de razonamientos verosímiles, intentaré, como al principio, decir, más bien más que menos, lo verosímil respecto de cada cosa y de todas en conjunto. Y ahora, ya al principio del tema dicho, invoquemos a Dios salvador para que nos lleve, sanos y salvos, desde una exposición desconcertante y desacostumbrada hasta lo opinado según verosimilitud. [48e] Hágase, pues, respecto del principio de el Todo una distinción mayor que la anterior; porque entonces distinguimos póvov Exketvo a Mpodayopeúeiv TÉ LA dos eídoses; mas ahora hemos de declarar un tercero y diferente género. Para lo anteriormente dicho bastaba con dos; uno de tales eidos hacía de base, cual paradigma, inteligible y eternamente idéntico; el segundo, imitación del paradigma, estaba sujeto a engendramiento, y visible. No distinguimos entonces un tercero, pensando que con dos era suficiente. Mas ahora parece que el razonamiento nos fuerza a intentar declarar en palabras un tercer eidos, dificultoso y confuso. ¿Qué natural poder, pues, se ha de suponer posee? Mayormente, el de ser sustentáculo de todo advenimiento, algo así cual nodriza; lo dicho es, ciertamente, verdadero; pero hay que explicarlo de más clara manera. Es, no obstante, dificultoso de suyo, y especialmente porque es necesario haber previamente puesto en discusión, para este punto, lo referente a Fuego y su séquito. Ahora bien: es dificultoso decir, respecto de cada uno de ellos, a cuál hay que llamar realmente “agua” más bien que “fuego”, y a cuál atribuir “algo determinado” más bien que a todos y a uno por uno, de manera que se emplee una terminología de fiar y firme. ¿Cómo hablaríamos, pues, tras verosímil discusión, de esto mismo, de cómo y de qué? Primero: lo que ahora llamamos “agua”, condensado, creemos verlo hecho piedras y tierra; mas, disuelto y desmenuzado. Es entonces lo mismo que viento y aire. Empero aire, quemado, es fuego; a su vez, fuego, contraído y extinguida, vuelve de nuevo a la idea de aire; y, una vez más, aire, concentrado y condensado, resulta nube y niebla; y de ellas, comprimidas todavía más, agua; del agua, una vez más, tierra y piedras, transmitiéndose así, en círculo, tal parece, unos a otros el don de engendramiento. De esta manera, por no aparecerse jamás cada uno aparte de los otros, ¿quién no se pondrá en ridículo a sí mismo al afirmar estrictamente "cuál” está siendo uno determinado y no otro? No lo hay; es, por el contrario, más seguro para quienes se pongan a hablar de esto, hacerlo de este modo: a lo que vemos está haciéndose constantemente diverso de diversas maneras, cual el fuego, no denominarlo “éste” sino “algo-así”; ni a agua, “ésta”, sino siempre “algoasí”; ni jamás a ningún o'ro, cual si tuviera firmeza, llamarlo nada de lo que, señalando con el término “esto precisamente”, y sirviéndonos de él, creemos se refiere a “algo determinado”, porque, por no permanecer, se evade él de esas palabras: de “esto precisamente” y de "esto”, y de todas las que indican las cosas cual siendo permanentes. Por el contrario, no llamar: las una por una “ésta”, sino “algo-así”, que es lo constantemente semejante respecto de cada una y de todas en conjunto. [49e] por moverse en círculo. Según lo cual llámese "fuego” lo que en el universo esté siendo “algo-así”, y todo lo que tenga engendramiento. Pero, 'en lo que” aparece constantemente cada cosa de las advinientes y “de lo” que, en su turno, se desprende, solamente a eso hay que denominar con lo de “esto” y con lo de “esto precisamente”; mientras que a lo que es "tal o cual”; caliente o blanco o cualquier otro de los contrarios o a todo lo que de ellos resultare, no llamar con ninguno de aquellos términos. [50a] Esforcemos en hablar aún una vez y más claro de esto; porque si a quien está moldeando en oro toda clase de figuras y no cesa de remodelar cada una en todas, se le indicara una de ellas y se le preguntara "qué es”, lo con mucho más seguro para hablar con verdad fuera decir “es” oro; mas respecto de triángulo y demás figuras que en oro van surgiendo, no decir jamás que él es tal o cual, pues, por cierto se cambian mientras se les pone nombre; mas si prefiriera aceptar cual seguro eso de "algo así”, darse por contento. [50b] Pues el mismo razonamiento, en cuanto a la naturaleza del receptáculo de todos los cuerpos: hay que llamarla siempre “idéntico”, ya que, en modo alguno, se sale de su propia eficiencia, porque recibe constantemente todas las cosas y no toma jamás je ninguna manera forma alguna semejante a ninguna de las adentrantes, ya que es, por su naturaleza, base y masa amasable para todo, movida y aun configurada por las adentrantes; mas aparece a veces diversa, a través de ellas. Empero, las cosas adentrantes y salientes son siempre imitaciones, improntas hechas por los entes eternos, de una cierta manera dificultosa de explicar y admirable, que para otra ocasión remitimos. [50c] Al presente, pues, hay que distinguir conceptualmente tres géneros: el de lo "adviniente”, el “en que” adviene y aquel “de que”, por imitación, procede lo adveniente. Además: conviene asemejar el "receptáculo” a madre; aquello "de que”, a padre; “lo entre ellos nacido”, a engendro; y comprender que, si la impronta ha de estar lista para ofrecer a la vista toda clase de variedades, aquello “en lo que' se asentará la impronta no resultaría bien preparado para ello, a no ser que estuviera informe respecto de todas aquellas ideas que esté a punto de recibir, sea de donde fuere, ya que, en caso de estar siendo semejante a alguna cosa de las adentrantes, al recibir algunas de naturaleza contraria o de totalmente diversa resultaría mala semejanza de ellas, por dejar traslucir $u aspecto propio. Por lo cual lo que haya de recibir en sí mismo todo género de eídoses, ha de estar vacío de todos, cual en el caso de los ungüentos bienolientes se procura, primero, artificialmente tal estado, y hácese que sean lo más posible inodoros los líquidos recipientes de olores. Y cuantos se ponen a moldear figuras en algo suave, no dejan en modo alguno que quede de manifiesto ninguna figura, y consiguen hacerlo homogeneizándolo para que resulte lo más liso. Esto mismo, pues, también respecto de lo que vaya a recibir, todo él, muchas veces y bellamente, las semejanzas provenientes de todos los entes inteligibles y eternos; le conviene, por naturaleza, estar vacío de todo eidos. Por ly cual, a la madre de lo nacido visible y totalmente sensible, y al receptáculo, no llamemos ni “Tierra”, ni “aire”, ni “fuego”, ni “agua”, ni nada de lo que de éstos procede ni de lo que ellos proceden; es, más bien, un cierto eidos de cosa invisible, amorfa, omnirreceptora, mas participante, de manera superlativamente desconcertante, de lo inteligible; y no nos engañaremos llamándola dificultosísimamente aprensible. [51b] Por lo ya dicho puede conjeturarse, acerca de su naturaleza, que la manera más correcta de hablar de ello sería: es “fuego”, la parte de él que en cada caso esté fogueada; "agua”, la humedecida; "tierra” y "“aire”, la que, en la medida en que sea los esté imitando. [51b] Pero hay que considerarlos definiendo mejor precisamente algo así como: ¿hay algo que sea “fuego”, “él en cuanto Él mismo, y todas esas cosas de las que decimos parecidamente estar siendo cada una "ella en cuanto ella misma”; o bien esas cosas que vemos y cuantas otras sentimos mediante el cuerpo son las únicas que son verdaderamente reales; pero, fuera de éstas, no hay de ninguna manera ni en ningún lugar otra, de modo que, en vano, estamos continuamente hablando de haber algo así como un eidos inteligible de cada cosa, lo cuál no es sino palabrería? No fuera, pues, digno sostener la afirmación de que es así, dejando lo presente sin juicio y sin sentencia, ni sobrecargar un discurso largo con un apéndice no menos largo. Mas si hubiera cómo hacer breve un discurso grande, tal fuera lo máximamente oportuno. [51d] Y en este sentido deposito mi voto Si inteligencia y opinión verdadera son dos géneros, existen, con toda certeza, ellos en cuanto ellos mismos, esos eídoses insensibles para nosotros, tan sólo inteligibles; mas si, cual les parece a algunos, opinión verdadera en nada se diferencia de inteligencia, hay que poner como más firme todo lo que mediante el cuerpo sentimos. Ahora bien: hase de afirmar que son dos, porque separados se engendraron, y desemejantes se mantienen. Una de ellos engéndrase en nosotros mediante enseñanza; el otro, por persuasión; y uno de ellos acompáñase siempre de razonamiento verdadero; el otro es irracional; uno es inmovible por persuasión; el otro, cambiable por ella; de opinión hay que afirmar participa todo varón; mas de inteligencia, los dioses; pero una pequeña clase de hombres. [52a] Siendo esto así, hase de convenir en que hay algo que posee por identidad un eidos ingenerable e indestructible, sin aceptar en sí mismo algo diverso que de otro diverso venga, y sin salirse de sí hacia otro diverso; por lo demás, invisible, y de cualquier otra manera insentible; esto es, por cierto, lo que a intelección le cayó cual Lote contemplar. Empero, lo homónimo y semejante con él es algo secundario, sentible, engendrable, traído y llevado siempre, engendrado en un lugar y, en su turno, expelido de él, aprehensible mediante opinión acompañada de sensación. Mas el tercer género está siendo, eternamente, “Local”, incapaz de Corrupción, disponible asiento para todo cuanto tiene generación; captable él mediante un cierto razonamiento bastardo, dificultosamente creíble, mas no mediante sensibilidad. Aun, al mirarlo, estamos tratándonos con un ensueño, y afirmamos que necesariamente todo ente está en algún lugar y tiene local; mientras que es nada lo que no esté ni en tierra ni en alguna parte, respecto de Cielo. No llegamos, despiertos, a poder, definiendo, decir la verdad acerca de todo esto y de lo con ello hermanado ni sobre lo referente a la naturaleza insomne y que está verdaderamente haciendo de fondo de esa de la ensoñación, despiertos a una imagen ciertamente, ya que ni eso mismo sobre lo que surge es algo de ella, traída y llevada constantemente cual fantasma por algo diverso; por lo cual tiene que surgir en otro, asiéndose, como sea, de la esencia, so pena de ser absolutamente nada. Mas es ayuda para lo realmente real este razonamiento verdadero, por riguroso: que mientras algo sea, por una parte. [52c] LA diverso de otro, y estotro diverso de él, jamás uno de los dos llegará a engendrarse en el otro dando algo uno, de modo que simultáneamente lleguen a ser uno mismo y dos. [52d] Sea, pues, éste el razonamiento razonado que doy a mi voto. Recapitulando: que hay Ente. Local y Advenimiento, tres, de tres maneras, aun antes de que Cielo adviniera. [52d] Mas que la nodriza de Advenimiento —húmeda, ígnea, receptora de las formas de tierra y aire, paciente de todo lo demás que a esto sigue— aparécese con toda clase de formas Empero, por no estar rellena de potencias ni homogéneas ni equilibradas, no está ella misma equilibrada en nada; al contrario, estremécese, balanceada del toda irregularmente por aquellas formas y, a su turno, movida, las estremece. A $u vez, las cosas movidas, cribadas, están continuamente yéndose las diversas a diversas partes, a la manera como las agitadas y cernidas por las cribas e instrumentos para purificar el trigo; las densas y pesadas van a una parte, mas las huecas y ligeras van asentándose en otro sitio. Así también los cuatro géneros, sacudidos por el Receptáculo; movido él mismo cual instrumento productor de sacudidas, deslinda máximamente unas de otras las más desemejantes; pero compele a reunirse máximamente a las semejantes. Por lo cual hasta aquellos cuatro géneros tenían, por diversos, diversos locales, aun antes de que, de ellos, surgiera, organizado, el Todo. Antes de esto, todos ellos se portaban de irracional y no mesurada manera. Mas, al arrancar a organizarse bellamente el Todo, fuego, agua, tierra y aire tenían, al principio, algunos vestigios de ser tales, dispersos por todas partes cual es verosímil le pase a cuanto esté lejos de Dios. Siendo tal entonces su natural estado, lo primero fue darse configuración mediante eídoses y números. Que Dios los compuso, en lo que tue posible, de la más bella y mejor manera, partiendo de no estar siéndose así, quede, ante todo,:firmado cual principio básico para nosotros. [53c] Pero bien: se trata ahora de emprender declararos mediante no acostumbrado razonamiento la coordinación y origen de cada uno de ellos. No obstante, como disponéis de los métodos instructivos, necesarios para demostrar lo que se va a decir, me seguiréis. [53c] Primeramente, pues: que fuego, tierra, agua y aire sean cuerpos es cosa clara ya aun para cualquiera. Ahora bien: el eidos “cuerpo” tiene, además de todo lo otro, profundidad. Mas, de toda necesidad, la naturaleza de “superficie” ha de circundar, a su vez, la profundidad. Mas la superficie recta; la de base plana se compone de triángulos. Mas todos los triángulos salen, en principio, de dos triángulos; cada uno de ellos tiene un ángulo recto; los demás, agudos. Uno de estos triángulos tiene el ángulo recto dividido por la mitad y enmarcado de parte y parte por lados iguales; el otro, dividido en partes desiguales según lados desiguales. Tal es para nosotros, el principio fundamental de fuego y de los demás elementos, — puestos a proceder con necesidad según razonamiento verosímil. Empero, los principios superiores u estos principios los sabe - Dios y, de los varones, quien a Él le sea querido. Pues bien: hemos de decir cuáles serían los cuatro más bellos cuerpos, desemejantes entre sí, mas capaces de engendrarse unos de otros, al disolverse cualesquiera de ellos, porque, si acertamos en esta tendremos la verdad acerca de la generación de tierra y fuego, y de los que, según cuenta-y-razón, están en medio de ellos; en tal caso, pues, no concederemos a nadie el que haya cuerpos visibles más bellos que éstos, cada uno en 'su género. Hay, pues, que esforzarse en coarmonizar estos cuatro géneros de cuerpos, tan distinguidos en belleza, y afirmar que hemos captado suficientemente su naturaleza. Ahora bien: de los dos triángulos, el isósceles posee una sola naturaleza; mas, el escaleno, infinitas. Así, pues, de entre las infinitas hemos de seleccionar la más bella, si es que hemos de comenzar de la debida manera. Si, pues, alguien puede decir que ha seleccionado lo más bello que sea más bello para compuestos, que «mande el tal, no como enemigo, sino cual amigo» que lo está siendo. Pongamos, pues, que de la multitud de triángulos, pasando por alto los demás, únicamente es bellísimo el triángulo equilátero, compuesto resultante cual tercero de dos. Pero, ¿por qué? Largo fuera de razonar. No obstante, para quien lo refutare y hallara que no es así, «amables premios hay dispuestos». Pues bien: selecciónense dos triángulos de los que se monten el cuerpo del fuego y los de los otros elementos; uno de ellos el isósceles; el otro, el que tenga siempre el cuadrado de su lado mayor igual a tres veces el cuadrado del lado menor. Hay que definir ahora más lo que anteriormente quedó dicho de no clara manera, pues parecía como si los cuatro géneros se engendraran todos ellos, mutuamente unos a otros; tal parece no está correctamente imaginado, porque, ciertamente, de los triángulos seleccionados engéndranse los cuatro géneros; tres de ellos, del que tiene los lados desiguales; mas únicamente el cuarto resultó coajustado por el triángulo isósceles. Así que no es posible el que todos ellos se disuelvan unos en otros de manera que se engendren de unos pocos cuerpos grandes muchos pequeños, y al revés; mas sería posible, respecto de tres; porque todos ellos han provenido, naturalmente de un triángulo, y, al disolverse los mayores. Se compondrán de ellos muchos pequeños, recibiendo las figuras a ellos convenientes; y, a su vez, cuando muchos cuerpos pequeños se dispersan en triángulos, darían por resultado final, una vez unificados, uno grande de masa unidad, con un eidos diferente. Quede, pues, esto dicho acerca de su mutua y generación. [54d] Lo siguiente sería decir con qué eidos advino al ser cada uno de ellos y de cuántos números coincidentes provienen. Ahora bien: comenzará el eidos que sea primario y menos compuesto; mas será elemento suyo el triángulo que tenga una hipotenusa doble en longitud que el lado menor. Al coajustar a lo largo del diámetro dos de tales triángulos, y hacer esto tres veces, arreglando los diámetros y los lados pequeños respecto de un mismo punto cual centro, queda engendrado de tales triángulos —seis en número— uno equilátero. Mas, al combinar cuatro triángulos equiláteros, según tres ángulos planos, hacen un ángulo sólido, resultante inmediato del más obtuso de los ángulos planos. Mas tales ángulos, una vez perfectos, componen un eidos sólido que divide la circunferencia entera en partes iguales y semejantes. El segundo sólido, a su vez, se compone de los mismos triángulos, de ocho triángulos equiláteros precisamente, que hacen un ángulo sólido de cuatro planos; una vez formados seis de ellos, el segundo cuerpo queda, a su vez, terminado. Mas el tercero se compone de dos veces sesenta elementos compaginados, pero de doce ángulos sólidos, cada ángulo circundado por cinco triángulos planos y equiláteros, resultando tener veinte triángulos equiláteros por bases. Y en habiendo engendrado estos tres sólidos, retirose el primero de los triángulos elementales; mas a la naturaleza del cuarto la engendró el triángulo isósceles; compuesto de cuatro de éstos, vueltos hacia el centro los ángulos rectos, resultó hecho un cuadrángulo equilátero; compaginados seis de ellos, dieron al fin ocho ángulos sólidos, cada uno de ellos coajustado por tres ángulos planos rectos. La figura del cuerpo así compuesto resultó cúbica, teniendo seis bases planas cuadrangulares y equiláteras. Mas habiendo aún un quinto compuesto, lo gastó el Dios para dibujar el Todo. [55c] Si razonando cuidadosamente sobre todo esto, alguien no supiera decir si ha de haber pluralidad de mundos ilimitada o tener límite; que fueran ilimitada, creería ser dogma de realmente un inexperimentado en lo que se ha de ser experimentado; pero que es más conveniente decir que son uno o cinco los venidos al ser; quedándonos en esto, nuestras dudas serían más verosímiles. Pues bien: según razonamiento verosímil nos indica Dios que ha venido al ser uno solo; mas otros, mirando tal vez a otras cosas, opinarán de otra manera. Déjese esto; pero repartamos entre fuego, tierra, agua y aire los géneros que nuestro razonamiento acaba de engendrar. Demos el eidos cúbico a tierra, porque de los cuatro géneros es la tierra el más inmoble de los cuerpos y el más plástico; y es máximamente necesario el que sea tal el cuerpo poseedor de máximamente firmes bases. Empero, de los triángulos, admitidos ya desde el principio, la base de lados iguales es naturalmente más firme que la de desiguales, y, respecto del plano compuesto de ambos, el cuadrángulo equilátero resultó de base más estable, en sus partes y en todo, que el triángulo equilátero. Por lo cual, reservándolo para Tierra, salvaremos el razonamiento verosímil; a su vez, para Agua, el eidos menos movible de los restantes; el más movible, para luego; el intermedio, para Aire. Además el Cuerpo más pequeño, para Fuego; el máximo, para Agua; el intermedio, para Aire. Además, el más afilado, para Fuego, el segundo para Aire, el tercero para Agua. Respecto de todos esos eídoses el cuerpo que tenga menos base resultará necesariamente más movible, a la vez que de todos el cortante y más afilado de todo, —aparte de ser el más ligero, por compuesto de un mínimo de partes idénticas; el segundo ha de tener en segundo lugar estas mismas propiedades; y en tercero, el tercero. [56b] Pues bien: tanto según razonamiento correcto como según verosímil, el sólido engendrado con eidos de pirámide ha de ser elemento y semilla de Fuego; al segundo en orden de generación llamémoslo “elemento y semilla” de Aire; al tercero, de Agua. [56b] Ahora bien: a todos ellos hay que concebirlos como tan pequeños que, por su pequeñez, ninguno, uno por uno . de cada género, nos resulte visible; mas, aglomerados muchos, sus bultos sean visibles. Además: respecto de las proporciones referentes 1 las masas, a los movimientos y a las demás potencias hase de pensar que Dios los coarmonizó, según cuenta-y-razón, de todas las maneras como la naturaleza de la necesidad se somete o Voluntariamente o persuadida, coarmonizándolas Él así, por exactitud, según perfecta cuenta-y-razón. [56c] Ahora bien: Por todo lo anteriormente dicho aceres de los géneros, se comportarían con grandísima verosimilitud de esta manera: Tierra, caso de encontrarse con Fuego y disuelta por su afiladura, continuará moviéndose, tanto que tal disolución tenga lugar en Fuego mismo como en una masa de aire o de agua, hasta que coincidiendo, por caso, sus partes una vez más en algún lugar y coarmonizándose ella entre sí, resulte Tierra, porque jamás Tierra llegaría a tener otro eidos. Empero, de Agua, desmenuzada por Fuego, y aun por Aire, pudiera resultar un compuesto de un cuerpo de Fuego y dos de Aire. Mas de las fracciones de Aire, al disolverse una parte de él, resultarían dos cuerpos de Fuego. Y de nuevo, cuando Fuego queda circundado de Aire. Agua o algo de Tierra, un poco de él dentro de mucho de ellos, y se mueve llevándoselo ellos, y movido y vencido se desmorona, compónense dos cuerpos de fuego en un eidos total de aire. Dominado y desmenuzado Aire, de dos todos y medio de él resultará, compacto, el eidos de Agua; uno y todo. [56e] Pues bien: razonemos-y-calculemos una vez más sobre esto así: cuando alguno de los demás géneros, capturado por Fuego y dentro de él, queda cortado por lo afilado de sus ángulos y según sus lados cesa de ser cortado al acomodarse a su naturaleza; porque cada uno de los géneros, por ser semejante e idéntico consigo mismo no puede ni introducir alguna transmutación ni padecer nada por virtud de algo que esté siendo de la misma y semejante manera. Pero, si mientras esté pasando a ser de otro género, lucha, débil él contra otro más fuerte, no cesará de disolverse. A su vez, cuando cuerpos más pequeños están dentro de mayores, cercados pocos por muchos, se apagan desmoronados; si se dejan componer según la idea del dominante, cesan de apagarse; y resulta de Fuego Aire, de Aire Agua; mas si luchan, al encontrarse, contra estos géneros o también contra algo de los otros, no cesan de disolverse hasta que, o expulsados de todas partes y disueltos, salgan huidos hacia lo congénere; o vencidos, haciéndose de muchos uno semejante al dominante, se queden de domésticos con él Aún más: a causa de estas afecciones todos intercambian de lugar, porque todos los de cada uno de los géneros se van separando hacia su propio lugar a causa del movimiento de Receptáculo; mas los que van haciéndose desemejantes a sí mismos, pero semejantes a otros, son llevados, por la temblequera, al lugar de aquellos con los que se hicieron semejantes. [57c] Por tales causas se engendraron, pues, todos los cuerpos Inmixtos y primarios. Mas de que, dentro de tales eídoses, hayan venido al ser otros géneros, distintos de ellos, hase de encausar a la composición peculiar de cada uno de los elementos, no sólo por haberse injertado en cada uno de ellos, y desde el principio, un triángulo de cierta magnitud, sino otros menores y aun mayores, tantos en número cuantos géneros haya dentro de los eídoses. Por lo cual, mezclados consigo mismos y entre sí resultan infinitos en variedad, lo que han, por cierto, de tener ante la vista quienes se pongan a emplear sobre Naturaleza verosímil razonamiento. [57d] Acerca, pues, de qué modo y con qué concomitantes vinieron al ser movimiento y reposo, grandes estorbos habría para el subsecuente razonamiento, sin inicial convención. Algo de lo a ellos pertinente queda ya dicho; además de eso añádase estotro: no hay cómo movimiento consienta en estar siendo dentro de uniformidad. Ahora bien: es difícil, más bien imposible, el que lo que será movido esté siendo sin lo que será moviente, y lo moviente sin lo a mover. Mas no hay movimiento, ausentes ellos; pero que ellos lleguen a ser uniformes, es imposible. Así que pongamos siempre reposo dentro de uniformidad; mas movimiento de parte de inuniformidad. A su vez, la desigualdad es causa de la naturaleza de lo inuniforme. Pues bien: quedó explicado el origen de desigualdad; mas no dijimos cómo es que cada uno de tales cuerpos, separados ya según sus géneros, no hayan aún cesado de moverse y arrastrarse unos a otros. Hablemos de ellos una vez más, así: La revolución de el Todo, tan pronto comprehendió los géneros, por ser circular y por tender, de natural, a concentrarse en sí misma, los comprime a todos, y no permite que quede local alguno. Por la cual, sobre todo. Fuego ha penetrado a través de todas las cosas; en segunda lugar, el aire, ya que, de natural, es segundo en sutileza; y parecidamente, los demás; Bl porque los constituidos de partes mayores han dejado mayor vacío en la composición; los de más pequeñas, menor. Ahora bien: la reconcentración de la comprensión empuja los cuerpos pequeños hacia los vacíos intermedios de los grandes. Cuando, pues, están los pequeños junto a los grandes y los pequeños desintegran a los grandes, mas los grandes los reintegran,:todos ellos se trasladan, arriba y abajo, hacia sus propios lugares, pues, al transmutarse la magnitud de cada uno, transmútase la posición de sus lugares. Así y por esto, manteniéndose calva la producción de inuniformidad aporta ésta incesantemente el constante movimiento, actual y futuro, de ellos. [58c] A continuación de esto hase de considerar que hay muchos géneros de Fuego, cual “llama”; y ese que de la llama sale, y que no quema, mas aporta “luz” a los ojos; y esotro, que, extinguida la llama, queda en el "“rescoldo”. Parecidamente respecto de Arre: el más traslúcido es el llamado con el nombre de “éter"; éste, cuando muy opaco, es “neblina” y “oscuridad”; y otros eídoses anónimos, originados por la desigualdad de los triángulos. Los géneros de Agua, son, primariamente, dos; uno, el género “líquido”; otra, el “fusible”. En cuanto al líquido, por contener de los géneros de Agua todos los pequeños que estén siendo desiguales, resulta movible él de por sí mismo y por otro, a causa de la inuniformidad y de la idea de la figura. Mas el otro género, el de cuerpos grandes y uniformes, es más estable que el primero, y pesado por solidificado por uniformidad. Mas entrando en él Fuego y disolviéndolo, expulsa la uniformidad, y, perdida, participa más de movimiento. Pero, al hacerse bienmovible es impelido por el aire, adyacente y dispersado sobre tierra. Por desintegrarse sus masas recibió la denominación de “derretirse'”; por extenderse sobre tierra, la de “fluidez”, según cada una de tales afecciones. A su vez: porque, al salirse el fuego del agua no sale hacia un vacío, el aire adyacente impelido mézclase con la masa líquida, aún bien movible, empujándola, y a sí mismo con ella, hacia los aposentos del fuego. Empero, la masa líquida, recobrando una vez más la uniformidad —ya que salido es el fuego, artífice de la inuniformidad— queda establecida en identidad consigo misma. A tal salida del fuego se llamó "enfriamiento”; mas a la confluencia, partido él, género de lo "solidificado”. [58e] De todas estas clases de aguas, las que denominamos "fusibles”, la que resulta más densa procede de cuerpos los más sutiles y uniformes; es un género monoeidético, con brillante y amarillo matiz de color, posesión la más preciada: “oro"; colado a través de piedra, se solidificó. Mas a ese retoño de oro, rígido por denso y negruzco, se llamó “adamante”. Mas a ese género, próximo al oro por sus partes, poseedor de más de un eidos, en cuanto a densidad más denso que el oro, continente de pequeña y fina parte de tierra —resultando así más rígido, más ligero, por tener dentro de sí grandes intersticios: género de aguas, lustrosas y sólidas— cofundido, resultó “bronce', Empero, la parte de tierra mezclada con él al resepararse uno de la otra, hácese de por si visible; llámase “orín”. [59c] En cuanto a los demás casos, no es ya nada complicado, dé entera cuenta y razón de ellos quien persiga la idea de explicaciones verosímiles. Por ella si uno, para reposar, pone de lado los razonamientos acerca de las eternas realidades, dándose a la consideración de los razonamientos verosímiles acerca de engendramiento, llegará a poseer placer sin remordimientos, haciendo de su vida moderado y sensato divertimiento. [59d] Dejando lo presente de esta manera, discurramos sobre lo mismo a continuación según sus propias verosimilitudes, de estotra manera: del agua, mezclada con fuego, cuanta sea fina y fluida se llama “fluida” precisamente por el movimiento y por el camino según el que rueda sobre la tierra; además "suave", porque, siendo sus bases de menor asiento que las ce la tierra, ceden. Cuando este género se queda a solas, separado ya de fuego y aire, hácese más uniforme; pero, al salirse ellos, se recomprime; y, solidificado así, la parte a la que, por encima de la tierra, le pase más esto, llámase “granizo”; mas la que encima de la tierra, “hielo”; a la que menos, por semisólida aún, si está por encima de la tierra, “nieve'; mas la que condensada encima de la tierra, proveniente de rocío, llámase “escarcha”. [59e] Pero la mayoría de los eídoses de aguas, mezclados entre sí, tal género en conjunto, son los llamados “jugos”, por Colados a través de plantas terrestres; mas, resultando desemejantes unos de otros por las mezclas, los más de tales géneros se han quedado anónimos; fuera de cuatro, todos ellos de eídoses ígneos, especialísimamente ilustres, recibieron nombres de tales eídoses. “Vino”, el calorífico del alma a la vez que del cuerpo. El suave y dispersor de la vista y, por ello, brillante y esplendente de ver, grasoso de apariencia, es el eidos de , “aceite"; brea, aceite de castor y aun el de oliva y otros de la misma eficacia. Mas el disolvente, hasta su natural estado, de las constricciones bucales, proporcionando por tal virtud dulzura, recibió sobre todos y de todos la denominación de “miel”. Mas ese género espumoso, disolvente de la carne por quemarla, secretado por todos los jugos, se denominó "agraz”. [60b] Eídoses de tierra: el colado a través de agua resulta cuerpo pétreo de esta manera: cuando el agua mezclada con él se corta durante la mezcla, transmútase en idea de aire; mas, hecho aire, evádese a su propio lugar. Ahora bien: no quedó vacío alguno sobre ellos, así que expulsa al aire adyacente, el cual, a su vez, siendo pesado, expulsado y derramado al derredor de la masa de tierra, grandemente la oprime y conjuntamente la empuja hacia los sitios de los que asciende el nuevo aire. Pero la tierra, comprimida por el aire de manera indisoluble por el agua, da por compuesto “piedra”; más bella, la compuesta de partes iguales, uniforme, transparente; más fea, la por lo opuesto. Mas el otro eidos de tierra: el totalmente exento de humedad por la rapidez del fuego, resultó un compuesto más frágil que el primero; a tal género hemos dado por nombre el de “arcilla”. Pero hay un caso en que, subsistiendo la humedad, la tierra resulta fundida por el fuego; cuando se enfríe, resulta el eidos de arcilla color negro. Pero hay un par de eídoses que, de esta misma manera, quedan a solas, fuera de tal mezcla de mucha agua, por ser de partes más finas de tierra, y salinos; al llegar a estar semisólidos y, de nuevo, solubles por el agua, el eidos purificador de aceite y tierra es del género “lejía”; mas el que se armoniza bien con las combinaciones propias de la sensación bucal, resultó ser, según razón y ley, el cuerpo, amable para los dioses, de las “sales”. Los eídoses, mezcla de ambos, no son solubles por agua; mas sí, por fuego. Compónense por algo así como esto: fuego y aire no derriten masas de tierra, porque, siendo, de natural, sus partes más pequeñas que los intersticios de su contextura, y pasando, no forzadas, a través de grandes y amplios espacios, dejando insoluble a la tierra, resultan infusibles; mas las partes de agua, por ser, de natural, mayores, atravesándola a la fuerza, disuelven y derriten a la tierra, porque caso de no condensarse a la fuerza, solamente el agua la disuelve; mas condensada así, sólo el fuego la disuelve, porque no queda entrada sino para el fuego. A su vez, la condensación forzada del agua disuélvela solamente el fuego; pero la menos fuerte, fuego y aire, ambos, la disuelven; éste según los intersticios: aquél, además, según los triángulos. Mas al aire, condensado a la fuerza, nada lo disuelve, sino según sus triángulos elementales; pero, no forzado, solamente lo derrite el fuego. En cuanto a los cuerpos compuestos por mezcla de tierra y agua, mientras el agua ocupe los intersticios de la tierra y estén comprimidos a la fuerza, por no tener entrada las partes del agua que de fuera advienen, circulan al derredor de su masa entera, dejándola sin fundir. Empero, las partes de fuego, adentrándose en los intersticios del agua, lo que el agua en la tierra, eso es lo que hacen ellos en el agua; por lo cual sucede que éstas sean las solas causas de que el cuerpo compuesto, derretido, fluya. En este - Caso, los cuerpos que tengan menos de agua que de tierra constituyen el género íntegro de "“vidrio”, y los eídoses de piedras se [laman “fusibles”. Pero los que tengan más de agua constituyen todos los cuerpos céreos y aromáticos. [61b] Y quedan casi del todo declarados los eídoses, tan variados en figuras, combinaciones e intercambios; pero hay que intentar dilucidar por qué causas adviénenles sus afecciones. Pues bien: primero, todos los eídoses mencionados han de ser siempre sensibles. Mas todavía no hemos discurrido acerca de la generación de carne y de lo a ella perteneciente, ni de cuánto del alma es mortal. Mas sucede que no se puede tratar suficientemente de esto, aparte de cuánto sea sensible a tales afecciones; ni de esto, sin aquello; pero, de los dos, a la vez, es casi imposible. Así que se ha de comenzar por asumir uno de los dos, revirtiendo otra vez a lo asumido. Pues, a fin de que se hable de las afecciones a continuación de su generación, séanos previo lo perteneciente a cuerpo y alma. [61d] Primero pues; veamos en qué sentido llamamos “caliente” a fuego, considerándolo de esta manera: parando mientes en cómo se verifica el que fuego divida y corte nuestros cuerpos. Que tal afección sea algo de afilado, todos casi lo sentimos. [61e] Mas, respecto a la finura de los lados, al afilado de sus ángulos, pequeñez de las partes y rapidez de su moción —en todo lo cual es potente y corta siempre con cortadura fina lo que encuentre— hase de contar, recordémoslo, con la génesis de su figura que, sobre todo, es su naturaleza, y no otra, la que dividiendo y desmenuzando en partes pequeñas nuestros.cuerpos nos proporciona, verosímilmente, esa afección que ahora llamamos “caliente”, y su nombre. La afección a ésta contraria está patente; sin embargo, que no quede, en modo alguno, sin explicación. Pues bien: al adentrarse en un cuerpo las partes más grandes de los líquidos que lo rodean, expeliendo las más pequeñas, no pudiendo éstas meterse en el sitio de aquéllas, comprimen nuestra humedad, de modo que, en vez de lo inuniforme y movido producen, con su acción, mediante uniformidad, inmovilidad y compresión. Mas lo así, extranaturalmente, comprimido, lucha, según su naturaleza, revolviéndose hacia lo contrario. Pues bien: en esta lucha y tal agitación consisten “temblequera” y “escalofríos”; y esta afección en conjunto y lo que la produce reciben el nombre de "frío”. [62b] Es “duro” todo aquello a lo que cede nuestra carne; pero “suave”, a lo que cede a la carne; así que son correlativos. Mas cede cuanto es de base pequeña; pero lo que esté siendo de bases cuadrangulares; por grandemente basado resulta eidos indeformable; y lo que llegue a la máxima densidad es máximamente inextensible, “Pesado” y “ligero" quedarían clarísimamente explicados examinándolos junto con la así llamada naturaleza de “abajo” y “arriba”, pues que haya, de natural, dos ciertos lugares opuestos, ocupantes cada uno la mitad del universo —el de “abajo”, hacia el que se dirige todo lo que tenga alguna masa corporal; otro, el de “arriba”, hacia el cual va todo contra su querencia— de ninguna manera es correcto pensarlo, porque, siendo esférico el cielo en total, todos los extremos que resulten equidistantes del medio es preciso, naturalmente, que sean homogéneamente extremos; en cuanto al medio, por distar con igual medida respecto de los extremos en eso de oponerse a ellos, hay que pensar ser centro de todos. Pues bien: siendo de natural así el Mundo, quien ponga arriba o abajo alguno de los cuerpos mencionados, ¿no perecerá, y justamente, darles un nombre absolutamente inadecuado? Porque del lugar medio en él no es justo se diga el que ésta, de natural, ni “abajo” ni “arriba”; sino: que está de por sí en el “medio”. Mas el circuito no está ni en medio ni tiene parte alguna de sí mismo que, respecto de otra, sea más o menos diferente en eso de “hacia el centro" o hacia alguna de las opuestas. Pero respecto de lo que es, de natural y de toda manera, homogéneo, atribuyéndole nombres contrarios, ¿cuáles y de qué manera creería uno predicarlos bellamente? Porque si hubiera algo sólido, equilibrado, en medio de el Todo, no sería jamás arrastrado hacia ninguno de los extremos, a causa de su total homogeneidad. Pero aun si alguien marchara en círculo al derredor de él, al detenerse, llamaría “abajo” y “arriba” muchas veces, antípoda él de sí mismo, a un mismo lugar. Porque se acaba, por cierto, de decir que el Todo es esférico de eidos, no es de sensato llamar a un lugar “abajo”; pero, a otro “arriba”. [63a] Pero respecto de dónde proceda el que se hayan denominado así, y el que nos hayamos acostumbrado, mediante ellos, a decir en quiénes realmente se hallan y a dividir de esta manera el Cielo íntegro, nos convendremos, necesariamente, en estos puntos, suponiendo estotros: si en ese lugar de el Todo que, como el más suyo, ocupa la naturaleza del fuego y hacia el que, condensado, iría sobre todo, se estableciera alguien y, teniendo poder para ello, separara partes del fuego y las pesara poniéndolas en los platillos, levantara la balanza, arrastrara al fuego, violentándolo, hacia ese desemejante: hacia el aire, es evidente que violentará más fácilmente parte pequeña que parte grande, porque, de dos partes levantadas simultáneamente por una fuerza, necesariamente seguirán a la fuerza la mayor más; la menor, menos, por tender hacia abajo; y la mayor se llamará “pesada”, y llevada hacia “abajo”; mas la menor, “ligera”, y hacia “arriba”. Ahora bien: esto mismo es lo que hemos de notar hacemos en este nuestro lugar: la tierra; de pie sobre ella, separamos diversas clases de tierra, y, aun a veces, tierra pura; arrastrámosla, por fuerza, hacía ese desemejante: hacia el aire, y contra naturaleza, —que ambas se agarran de lo congénere. Pero lo más pequeño sigue más fácil y antes que lo más grande a quien los fuerce hacia lo desemejante. Lo hemos llamado, pues, “ligero”; y al lugar al que por fuerza lo llevamos, “arriba”; al caso contrario a éste, "pesado” y "“abajo”. Es necesario, pues, que se hayan de diferente manera cada uno respecto de sí mismo por ocupar las masas de los géneros Jugar contrario unas a otras; porgue lo que en un lugar está siendo ligero, respecto de lo que está siendo leve en el lugar contrario; y respecto de lo pesado, lo pesado, y de lo abajo, lo abajo y de lo arriba, lo arriba, encontraremos que todos ellos son contrarios, oblicuos y del todo diferentes entre sí en engendrarse y en ser. Ahora bien: acerca de todo esto hay que tener en cuenta una cosa: que es, para cada uno de ellos, el camino hacia lo congénere lo que lo hace, mientras se mueve, pesado; y al lugar, hacia el que se mueve, abajo; mas a lo que de otra manera se ha, hacia lo otro. Pues bien; acerca de estos casos dense por señaladas éstas como sus causas. [63e] A su vez, respecto de la causa de esas afecciones de "'eso” y “áspero”, cualquiera pudiera explicarla a otro, pensándolo bien; porque lo áspero lo aporta dureza mezclada con irregularidad; lo primero, regularidad mezclada con densidad. [63e] Empero, queda aún esa afección máxima entre las comunes a todo el cuerpo que es causa de los placeres y dolores en los casos recorridos y que contiene cuantas afecciones se poseen mediante las sensaciones de las partes del cuerpo y a las que acompañan a la vez, e intrínsecamente, padecimientos y placeres. Así, pues, aprehendamos las causas de tal afección concerniente a todo lo sensible e insensible, recordándonos de que anteriormente distinguimos entre la naturaleza bienmovible y malmovible, porque de esta manera, hemos de perseguir todo lo que intentamos captar; ya que cuando a lo, por naturaleza, bienmovible le sobreviene, aunque no sea sino ligera afección, unas partes transmiten, en círculo, obrando sobre otras, esa misma afección, hasta que, llegadas a la mente, anuncien el poder del agente. Mas, lo contrario, por asentado y no proceder en modo alguno según círculo, resulta él so'o el afectado; mas no -mueve a otra de las partes adyacentes, de manera que, no transmitiendo unas partes a otras la primitiva afección, quédase ella en ellos sin moverse hacia el viviente íntegro, resultando insensible el paciente. Tal es el caso de huesos, pelo y de cuantas partes tenemos mayormente térreas; el anterior, lo es de vista y oído sobre todo, por hallarse intrínseco en ellos ese máximo poder: el de fuego y aire. [64c] Ahora bien: lo referente a placer y dolor ha de concebirse de este modo: la afección que, innatural, violenta e intensamente nos sobreviene es dolorosa; mas la que a naturaleza nos devuelve, si intensa, es placentera; si mansa y poco a poco, resulta insensible. Mas lo contrario a estos casos, contrariamente: todo lo que adviene con facilidad, mas sin participar ni de dolor ni de placer, es máximamente sensible. Tales son las afecciones propias del campo visual que, como se dijo anteriormente, llega a hacerse, durante el día, un cuerpo connatural con el nuestro; que, efectivamente, no producen ellas ni cortes ni quemaduras ni padecimiento alguno doloroso, ni placeres al revertir, una vez más, a su propísimo eidos; pero sí le son superlativas en intensidad y claridad las sensaciones de lo que la afecte, y lo son las de cuantas cosas ella, con su rayo, toque, porque nada hay de violento tanto en su difusión romo en su recogimiento. Empero, los cuerpos compuestos de partes grandes, por ceder dificultosamente al agente y transmitir así al todo, los movimientos, tienen placeres y penas; penas en caso de alterarse; mas placeres, al revertir y establecerse en lo mismo. Empero, los cuerpos que sufren de poco en poco de fluxiones y evacuaciones, mas de rellenos súbitos y de mucho en mucho, resultan insensibles a la evacuación; pero sensibles, al relleno; no aportan, ciertamente, penas a la mortal del alma, sino máximos placeres, caso evidente, el de los perfumes. Mas todo lo que se altera de golpe y revierte poco a poco y difícilmente a estar en sí mismo, produce lo contrario a lo anterior, lo que resulta patente respecto de quemaduras y cortes del cuerpo. [65b] En cuanto a las afecciones comunes al cuerpo entero y a las denominaciones que de ellas les vienen a los agentes, baste con lo dicho Mas de lo que pasa en nuestras propias partes, sean las afecciones o las causas de que proceden, hemos de intentar hablar en la medida de nuestras fuerzas. [65c] Primero, pues: hase de dilucidar, en lo posible, lo referente a los sabores, punto del que omitimos hablar anteriormente por ser afección peculiar de la lengua. También esto, como otras muchas cosas, resultan de ciertas difusiones y recogimientos; pero, además de esto,'sírvense, algo más que las otras afecciones, de aspereza y lisura. Porque cuantas partes térreas se adentran por las venillas —que, cual tentáculos de la lengua, se extienden hasta el corazón— al caer sobre las partes húmedas y suaves de la carne, y fundirse, contraen las venillas y las secan; cuando son más gruesas, parecen ser astringentes, pero si menos gruesas, ásperas. De ellas, las que raspan las venillas y lavan toda la cavidad bucal, si lo hacen más de lo conveniente y la atacan tanto tanto que disuelvan su propia naturaleza, cual es poder propio del natrón, reciben, todas ellas, el nombre de “amargo”; pero las inferiores en virtud al natrón, usadas moderadamente en cuanto a raspar, parecen salinas; y, sin rudo amargor, nos resultan más agradables. Por otro lado, las que participan del calor bucal, y son por él suavizadas, inflamadas, y quemando ellas a su vez al calentador, son llevadas, por su ligereza, hacia arriba: hacia los sensorios de la cabeza, cortando cuanto caiga a su alcance, por estos poderes se llamó a todo eso “pungente”. A su vez, lo previamente afinado por LA putrefacción, adentrado en las venas estrechas y hallándose conmensurado con las partes térreas y las de aire que allí se encuentran, llega hasta hacer que, moviéndose las más al derredor de las otras, fermenten; y. fermentadas, se depositen al derredor, e introducidas en unos huecos hagan otros, preparados para rodear a las que advinieran. Puesta así, ul derredor del aire, una vacuola húmeda —a veces térrea, a veces pura— resultan vasitos de aire, vacuolas húmedas y periféricas; las de humedad pura circundan transparentes, teniendo par nombre el de “burbujas”'; las de humedad térrea, movida y bullentes allí mismo, reciben la denominación de “hervor” y ' fermentación”, la causa de tales acaecimientos atribúyese a y llámase "ácido”. Empero, acaece algo contrario a todo lo aquí dicho en caso de una condición previa y contraria: cuando la estructura de las partículas que se adentran en las húmedas sea, de natural, casera con el estado de la lengua, aceitándola, suaviza, por una parte, las gruesas; mas a las innaturalmente contraídas o derramadas, a éstas las concentra; a aquéllas, las relaja; y a todas asiéntalas máximamente en su naturaleza. A tal remedio, por resultar deleitoso y benéfico para todo padecimiento violento, se lo llama “dulce”. [66d] Y de esto, de esta manera. Mas en cuanto a la facultad del olfato, no hay muchos eídoses; porque los olores, en conjunto, son un semigénero; pero ningún eidos ha llegado a tener la conmensuración adecuada para poseer un olor; que nuestras venas son, respecto de ellos, más estrechas de lo debido respecto de los géneros de tierra y agua; y demasiado anchas respecto de los de fuego y aire; por lo cual nadie jamás sintió un olor de ellos sino el de cosas humedecidas o putrefactas o derretidas o evaporadas, porque los olores se han engendrado precisamente en medio «e la transmutación de agua en aire y del aire en agua; que están siendo todos los olores humo a neblina; de ellos, el de durante el paso de aire a agua, es neblina; el de agua a aire, humo; por lo cual todos los olores son más ligeros que el agua; pero más densos que el aire. Manifiéstanlo cuan- 0, interponiendo algo en las vías respiratorias, conduce alguien hacia sí mismo violentamente el aliento, porque entonces no atraviesa con él olor alguno, sino que el aliento, privad. de olores, él solo pasa. Por esto las variedades de olores han quedado anónimas, por no proceder de eídoses, ni muchos ni simples; tan solamente se habla aquí de dos eídoses evidentes: el de lo deleitoso y el de lo penoso; no de ellos el rudo y violento asiéntase en toda esa cavidad que está entre nuestra cabe- Za y ombligo; el otro, aplaca esa misma cavidad y hácela revertir agradablemente a su natural estado. [67a] Puestos a considerar esa parte nuestra —el tercer sensorio: el del oído— hase de hablar de qué causas ocasionan sus afecciones. En general, pues, afirmamos que “sonido” es ese golpe que, por virtud del aire y mediante orejas, encéfalo y sangre llega, transmitido, hasta el alma; mas el movimiento que de ella parte, iniciado en la cabeza, mas terminado al derredor del asiento del hígado, afirmamos ser el oír; todo ese movimiento, si es rápido, se oye cual agudo”; si es más lento, cual “grave'”; el uniforme, se oye cual “llano" y "“liso”; mas el contrario, “áspero”; el intenso, “fuerte"; mas todo el contrario, “plano”. [67c] Pero de su sinfonía se tratará precisamente en lo a decir posteriormente. [67c] Nos queda aún un cuarto género de sensorio que ha de dividirse por tener dentro de si ese gran conjunto de variedades que, en total, denominamos “pigmentos”: llama que de cada cuerpo fluye, poseedora de partículas coajustadas. para sensación. En cuanto a la visión, anteriormente se habló de las causas de su engendramiento. Acerca, pues, de los colores fuera lo más conveniente discurrir sobre ellos aquí y con adecuado razonamiento. De las partículas, procedentes de otras cosas y que sobre la vista caen, unas son pequeñas; otras, mayores; otras, iguales a las partículas de la vista misma. Las iguales, pues, resultan insentibles; llamámoslas además “diáfanos”. Pero las mayores y menores —éstas, recogedores de la vista; aquéllas, dispersoras— resultan hermanas con las calientes y frías, envoltura de la carne; y con las astringentes, envoltura de la lengua. Son afecciones idénticas todas las que llamamos antes “pungentes” por ser caloríferas, tanto las blancas como las negras, sólo que nacidas éstas en otro género, mas con: diversas apariencias, por tales causas. Denomínaselas, pues, así: “blanco”, a lo que dispersa la vista; a su contrario, “negro”; a esa moción más rápida y que, siendo de un género diverso de fuego, cae sobre y dispersa la vista hasta los ojos y traspasa y disuelve violentamente los canales de los ojos, fluyendo de ellos, cual “bulto de fuego y agua”, llamámoslo “lágrimas”. Empero, por ser tal moción fuego —haciéndose encontradiza con la contraria, salta un fuego, cual relámpago; otro, adéntrase y se extingue en lo húmedo— surge, en tal revoltijo. [68a] , toda la variedad de colores. A tal acaecimiento llamamos “deslumbrancia”; pero a lo que lo produce hemos dado el nombre de “brillante y deslumbrante”. Mas el género intermedio de fuego, en llegando al humor vítreo y en mezclándose con él, no resulta deslumbrante; sino que, por mezclarse el resplandor del fuego con tal humor, da por resultado un color sanguíneo; designámoslo con el nombre de "rojo”. Lo brillante, mezclado con rojo y blanco, resulta "amarillo”. Pero, cuánto de cada uno con cuántos, aun si alguien lo supiera no tiene sentido decirlo, ya que nadie sería capaz de hablar de ello ajustadamente: ni según necesidad ni según verosímil razonamiento, Rojo, mezclado con negro y blanco, resulta “púrpura”; mas "violeta”, cuando, mezclados y requebrados, se los amasa bien con negro, “Castaño”, resulta de la mezcla de amarillo y gris; y “gris”, de la de blanco y negro; “ocre', de blanco mezclado con amarillo, Blanco, al sobrevenir a brillante y caer en negro saturado, termina en color “azul oscuro”; mas azul oscuro mezclado con blanco, en "azul claro"; y castaño, con negro, en “verde”. En cuanto a los demás, resulta evidente por estos casos, asemejándolos a qué mezcla quedaría a salvo una verosímil explicación. -Mas si alguien, considerando esto, emprendiera el ponerlo efectivamente a prueba, desconocería cuál es la diferencia entre la naturaleza humana y la divina: que Dios es capaz de saber y poder mezclar muchos en uno y, a su turno, disolver uno en muchos; pero ningún hombre, ni lo hay ahora, ni tal vez lo haya jamás, capaz de ninguna de esas dos cosas. [68d] Pues bien: venidas ya al ser, necesariamente y de esta manera todas estas cosas, el Artífice de lo más bello y bueno, al ir a producir un dios —el seipsisuficiente y más perfecto— echó mano de las ya engendradas, y se sirvió de sus causas, cual de auxiliares; reservándose él para sí distribuir lo de “bien” entre todo lo producido. Pues bien: es preciso distinguir dos eídoses de causas: uno el necesario, otro el divino; y buscar en todas las cosas el eidos divino, a fin de adquirir vida bienaventurada en lo que nuestra naturaleza lo soporte; mas el necesario, por mor del otro, pensar que, sin él, no es posible ni percibir ni captar ni de alguna otra manera participar de lo que es meta única de nuestros esfuerzos. [69a] Pues bien: ya que, ahora, cual si fuésemos carpinteros tenemos dispuesta la materia: los géneros, cribados de las causas con las que ha de tejerse el razonamiento restante. [69a] regresemos, una vez más y por lo más corto, al principio, y rápidamente llegaremos al mismo punto del que partimos hacia aquí; e intentaremos poner a lo anterior un final y aun una cabeza, en armonía con nuestro mito. Como se dijo, pues, al principio, estando todas estas cosas en estado de desorden el Dios introdujo en cada una de ellas respecto de sí misma, y de unas con otras, conmensuraciones, tantas cuantas, y de la manera que, fuera posible para que resultaran proporcionales y conmensurables. Porque, entonces, si participaban de algo de esto, a no ser por azar, ni había, en modo alguno, algo digno que decir: de lo que ahora tiene nombre —cual fuego, agua y así de lo demás. Primero, pues, ordenó todo esto; después, construyó con ellos este Todo: un Viviente que en sí mismo los contiene 1 todos: mortales e inmortales. Y de las cosas divinas. El mismo hízose Artífice; pero ordenó fueran artífices en la generación de los mortales sus propios hijos. [69c] Quienes, imitándole, tomaron el principio inmortal del alma; diéronle a continuación por contorno el cuerpo mortal, y por vehículo el cuerpo entero y domiciliaron en él otro eidos [69c] —éste, mortal — de alma: el continente en sí mismo de esas afecciones terribles e imprescindibles: primero, el deleite, máximo cebo del mal; después, las penas, fuga de bienes; además, audacia y miedo, insensatos consejeros ambos; la corajina, mala de persuadir; la esperanza, buena de conducir. Y mezclando el gran Emprendedor, éstas con sensación irracional y con amor, compusieron, de inevitable manera, el género de lo mortal. Por esto, temerosos de mancillar lo divino, a no ser absolutamente necesario, trasladando, fuera de él, a otra recámara del cuerpo el domicilio de lo mortal, construyeron, a fin de que lo divino quedara fuera, un istmo y frontera para cabeza y pecho, colocando entre ellos el cuello. Así que, entre pecho y pecho —en el llamado “tórax”— pusieron preso lo que de mortal tiene el alma. Y porque hay una parte de él que es mejor, y otra, peor, hicieron una división en la cavidad del tórax, y cual separando cámara de mujeres de cámara de hombres colocaron en medio de ellas de tabique el diafragma. A lo del alma que de valentía y coraje participa domiciliáronlo, por amante-devencer, más cerca de la cabeza, entre diafragma y cuello, a fin de que, obedeciendo a razón, dominara por la fuerza juntamente con la razón el género de los apetitos, cuando no quisieran a las buenas obedecer de ninguna otra manera a las órdenes y razones de la acrópolis. Al corazón —nudo de las venas, y fuente de la sangre que, poderosa, circula por todos los miembros— colocáronlo en el cuarto de armas, a fin de que, cuando hierve de ira el ánimo, anunciando la razón que alguna acción perjudicial en algo suyo se le prepara —o desde fuera o también por alguna de las interiores apetencias — rápidamente. [70a] mediante todos los canales, todos los sensorios del cuerpo. [70a] sintiendo las advertencias y amenazas, las obedecieran y de todas maneras las siguieran, -—dejando que sea lo mejor en ellos lo que así, en todos ellos, domine. En cuanto a los latidos del corazón, al prever los peligros y despertarse el ánimo, conociendo que tal hinchazón proviene, en los animosos, del fuego, inventaron, cual socorro, e implantaron la idea de pulmón. Idea, primero, suave y exangüe; después poseedora internamente de alvéolos perforados, cual esponja, a fin de que, al recibir aliento y bebida, se enfríe, aportando respiro y alivio en la combustión. Por esto recortaron canales desde la traquiarteria al pulmón, y lo pusieron, cual almohadilla, al derredor del corazón, a fin de que, cuando el coraje llegue, en Él, al colmo, golpeando en mullido, y enfriándose, sufre menos y pueda someterse más, aun encorajinado, a la razón. [70d] A la parte apetitiva del alma por comidas y bebidas, demás cosas de las que se tiene necesidad por la naturaleza del cuerpo, la domiciliaron entre diafragma y linderos del ombligo, arreglándola, en todo ese lugar, cual pesebre para la alimentación del cuerpo; y atáronla aquí cual creatura salvaje, mas necesariamente coadaptada para alimentar a cualquier género mortal que hubiera de venir al ser. A fin, pues, de que tal parte —amarrada constantemente al pesebre, y para que haga el menor tumulto y ruido posible, domiciliada bien lejos de la parte consejera— dejara a la superior en paz para aconsejarle acerca de lo conveniente a todos: comunidad y privados, por esto precisamente diéronle tal oficio en ese lugar. Mas sabiendo que no llegaría a entender razón —aunque de alguna manera participara de una cierta sensibilidad para razones, sin llegar a serle natural el preocuparse de ellas, conduciríase, más bien, tal parte del alma por eídolos y fantasmas, de noche y aun de día—, queriendo Dios evitarlo compuso la idea de hígado y púsolo dentro de aquella cámara; halló maneras de que fuera denso; suave, brillante, dulce, con algo de amargo; a fin de que el poder de los pensamientos, que de la inteligencia parte lo atemorizara cuando sirviéndose —como de espejo receptor de improntas y presto exhibidor de eídolos— de esa parte de amargor del hígado, le haga sentir una amenaza, rápidamente difundida por todo él; apareciera entonces de biliosos colores y contrayéndose lo hiciese a todo él arrugado y grueso; mas en cuanto al lóbulo, pasajes y puertas, a algunos los dobla, de rectos que eran, y comprime; a otros, tapándolos y cerrándolos, produciría dolores y bascas. Pero, a su turno, cuando un cierto soplo de tranquilidad, procedente de la mente, dibuja los fantasmas contrarios, dando así al amargor calma de movimiento y de querer tocarse con la naturaleza a él opuesta, sirviéndose del dulzor connatural al hígado mismo y restituyendo a todo su rectitud, suavidad y libertad, haría a ese lote de alma, alojado cual contorno del hígado, plácido y sereno, en mesurado pasatiempo nocturno, con adivinatorios ensueños, ya que no le es dado participar de razón y pensamiento. [71d] Recordándose, pues, nuestros compositores del mandato paterno cuando les encargó hacer al género mortal lo mejor que pudieran, rectificaron así lo débil en nosotros, poniendo la adivinatoria en el hígado a fin de que, de alguna manera, estuviera en contacto con la verdad. Que Dios dio precisamente a la insensatez humana la adivinatoria, sea suficiente señal el que nadie, en su juicio, echa mano de la adivinatoria, - aun de la endiosada y verdadera, fuera del caso de que, por el sueño, esté impedida la facultad de pensar o lo esté por enfermedad o desvaríe por algún trance de inspiración. Mas es propio del sensato reflexionar sobre lo que recuerda se le dijo en ensueños o despierto, mas bajo el poder de la adivinatoria o del estado de inspiración. Y, respecto de todo lo que en visiones vio, ha de discernir, mediante el razonamiento, qué de malo o de bueno futuro, pasado o presente indican, y para quién. Mas no es tarea de quien está aún en trance o permanece en él, la de juzgarlo, durante él, aparecido o dicho; que, bien y desde antiguo, se dice que eso de «obrar y conocer tanto lo de uno mismo coma a sí mismo sólo compete al sensato». Por lo cual es ley que únicamente el género de los profetas se siente a juzgar acerca de lo endiosadamente adivinado. Llámanlos “adivinos” algunos que ignoran totalmente que no son ellos adivinos, sino intérpretes de voces y apariciones; pero muy más justamente se los denominaría "profetas de lo adivinado”. [72b] Por esto es lo que es la naturaleza del hígado y está, de natural, en el lugar que dijimos: en favor de la adivinatoria. [72b] Más aún: viviente el individuo, proporciona el hígado los más evidentes signos; mas, privado aquél de la vida, hácese ciego y las adivinaciones resultan demasiado confusas para indicar Á su vez, la contextura del órgano vecino al hígado, también asentado en las entrañas, a su izquierda, fue hecha en favor de él: para mantenerlo constantemente brillante y limpio, cual borrador —preparado y siempre -listo y a mano— para espejo. Por lo cual cuando, al derredor del hígado llega a haber algunas impurezas por enfermedades del cuerpo, la huecosidad del bazo, tejido poroso y exangüe, las limpia y las absorbe a todas. De lo que proviene el que, rellenado por tales desperdicios, se haga grande y purulento; e inversamente, al quedar purificado el cuerpo, reduciéndose, se contraiga a su propio estado. [72d] Así que, respecto de las partes del alma, cuántas tengan algo de mortal, y cuántas de divino, y dónde, con cuáles y por qué razón unas estén domiciliadas fuera de otras, solamente afirmaríamos ser esto verdad en caso de que, como se dice, «Dios lo dijera con nosotros». Quede dicho, por nosotros, lo verosímil; y tanto ahora, y aún más, si lo consideramos, hemos de correr el peligro de decirlo, —y quede dicho. [72d] Persigamos de igual manera lo que a esto sigue; queda aún por decir lo referente a cómo se engendró el cuerpo. Lo mejor de todo fuera que se compusiera según un razonamiento-y-cálculo como éste: Los Compositores de nuestro género conocían nuestra futura incontinencia en cuanto a bebidas y comidas, y que, a causa de nuestro avorazamiento, consumiríamos mucho más de lo moderado y necesario. A fin de que, pues, las enfermedades no destruyeran brevemente el género mortal y, aún imperfecto, llegara prestamente a acabarse, previendo los Compositores todo esto pusieron al denominado “bajo vientre” cual receptáculo para tener lo superfluo de bebida y comida; y engendraron, arrollados, los intestinos para que, no pasando rápidamente el alimento, no necesitara el cuerpo pedirlo rápidamente una vez más; y por lo insaciable de la glotonería resultara, en definitiva, el género mortal íntegro falto de filosofía y de gracia, desobediente a lo más divino de lo que en nosotros hay. En cuanto a huesos, carnes y todo lo de tal naturaleza, la cosa es así: para todos ellos en conjunto el principio se halla en la génesis de la médula, porque los vínculos de la vida, una vez unida el alma con el cuerpo, reunificados en la médula enraizaron el género mortal. Pero la médula misma se engendró de otras cosas, porque, de los triángulos primarios, destrabados y lisos, aptos máximamente por su exactitud para dar fuego, agua, aire y tierra, separándolos Dios, aparte cada uno en su género, y mezclándolos entre sí en conveniente medida, puesto a inventar universal semilla para todo lo mortal, elaboró de ellos la médula; y, después de ello, plantando los géneros de alma, los vinculó con ella; y a la médula misma, ya en la repartición inicial, la dividió sin más en tales y tantas figuras cuantas iba a tener cada uno de los eídoses de alma. Y «esa parte de la médula que iba a recibir en sí, cual campo, la semilla divina, moldeándola redonda por todas partes, diole el nombre de "“encéfalo”, ya que, al llegar a su perfección cada viviente, la vasija que lo rodeara había de ser la cabeza. Mas lo que iba a contener lo restante y mortal del alma dividiolo según figuras redondeadas a la vez que alargadas; al conjunto llamó “médula”; y echando en ella los vínculos del alma entera, cual áncoras, elaboró ya a su derredor nuestro cuerpo en conjunto; no, por cierto, sin haber primero formado al derredor de la médula un cobertizo, todo él, de huesos. [74a] Mas compuso lo óseo de esta manera: habiendo cernido tierra, pura ya y suave, la hiló y humedeció con médula; después de lo cual la puso al fuego; después la sumergió en agua; de nuevo, al fuego; y otra vez, al agua, Transplantándola, pues, muchas veces de uno al otro consiguió hacerla insoluble por ambos. Sirviéndose de ella, torneó, al derredor del encéfalo, una esfera ósea; y dejó en ella una estrecha salida; y al derredor de la médula de cuello y espalda moldeó vértebras de hueso y las extendió cual espigones óseos, a partir de la cabeza, a lo largo de todo el tronco. Y asegurada así toda la semilla, la incluyó en cercado pétreo, añadiéndole articulaciones, sirviéndose del poder de lo Diverso, cual intermediario entre ellas, favorecedor de movimiento y flexión. Mas convencido de que el comportamiento de la naturaleza ósea es más rígido e inflexible de lo debido, y de que, si más veces se la pasara por fuego y de nuevo se la humedeciera, se pudriría, destruyendo prestamente su interior semilla, por esto se ingenió para hacer el género de tendones y carne de manera que, con los tendones, quedaron liados todos los miembros y, al contraerse y relajarse al derredor de los espigones, resultara el cuerpo , flexible y extendible. A la carne, hízola protección contra calores; previsión, contra fríos; pero, además, para que fuera algo así cual los vestidos acolchonados, que ceden suave y mansamente ante los cuerpos. Hizo, por otra parte, que la carne tuviera dentro de sí misma humedad caliente, a transpirar en verano y humedecer por de fuera a todo el cuerpo, proporcionándole doméstico frescor; mas, a su turno, en invierno, defenderlo adecuadamente con tal fuego contra las heladas que desde fuera le sobrevienen y circundan. Pensando en esto, nuestro Modelador mezcló y coarmonizó agua, fuego y tierra, cual si fueran cera; y, componiendo de ácido y salado un fermento, lo mezcló con ellos, y resultó constituida la carne, jugosa y suave. A la naturaleza de los tendones la hizo de una mezcla de hueso y de no fermentada carne, cual término medio en poder entre ambos; como color, usó el amarillo. De lo cual proviene el que los tendones posean un poder de mayor tensión y rigidez que las carnes, por una parte; pero, por otra, se su poder más suave y fluido que los huesos. Circundando Dios con ellos huesos y médula, religándolos entre sí con tendones, ocultolos después a todos ellos con carne. [74e] A los más enalmados de los huesos los encerró en un mínimo de carnes; mas a los internos con un mínimo de alma, en muchas y densas. Además: en las junturas de los huesos, a no ser que la razón mostrara claramente haber alguna necesidad, insufló poco de carne a fin de que ni por hacer de obstáculo a la flexibilidad volvieran a los cuerpos de mal llevar, por dificultosamente movibles, ni por ser muchas y densas y prensándose demasiado unas a otras produjeran, por rigidez, insensibilidad; e hicieran a todo lo del pensamiento, más tardo de memoria y más obtuso. Por esto, muslos, piernas, región lumbar, los huesos de antebrazos y brazos, las demás partes nuestras inarticuladas y los huesos interiores —que, por la escasez de alma en la médula, están vacíos de inteligencia— rellenolos a todos ellos de carnes; mas a las partes inteligentes, menos, —fuera del caso en que compuso la carne misma en favor de sensaciones, cual es el eidos de la lengua. Pero a la mayoría de las partes, de aquella otra manera. Porque naturaleza que, por necesidad, ha de engendrarse y acrecerse no admite, en modo alguno, a la vez huesos densos, muchas carnes y. En éstas, presta sensación. Que si todo esto quisiera coincidir, lo tuviera sobre todo y más que todos la contextura peculiar a la cabeza; y el género humano, por tener, a disposición de sí mismo, una cabeza cárnea, con tendones y fuerte, poseyera tal vez una vida doble, múltiple, más sana y libre de penas que la presente. Ahora bien; a los artífices de nuestro engendramiento, puestos a pensar si harían un género longevo y peor o brevievo y mejor, les pareció ser de todo en todo preferible vida corta y excelente a más larga y vulgar. Por lo cual cubrieron la cabeza con hueso ligero; pero no con carnes y tendones, ya que flexiones no iba a tener. Por todo lo cual quedó unida al cuerpo de todo hombre una cabeza más y mejor sensitiva e inteligente, pero más débil. [75d] Por esto también y de Parecida manera, al poner Dios los tendones en lo bajo de la cabeza los encoló, circular y homogéneamente, al derredor del cuello; religó con ellos la extremidad de las mandíbulas bajo el nacimiento del rostro; el resto de los tendones distribuyólo entre todos los miembros, conectando articulación con articulación. [75d] En cuanto a esa nuestra potencia: la de la boca, los que la arreglaron la hicieron tal cual ahora está dispuesta, con dientes, lengua y labios en vista a lo necesario y mejor; la entrada, inventaron fuera para lo necesario; mas la salida, para lo mejor; porque es necesario que todo cuanto entre proporcione alimentación al cuerpo; pero el manantial de palabras que hacia afuera fluye y a la inteligencia sirve es, de todos los manantiales, el más bello y mejor. [75e] Por otra parte, no era posible dejar que la cabeza fuese solamente de simple hueso, a causa de lo inversamente extremoso en las estaciones; ni que, a su vez, por recubierta, resultara estúpida e insensible para ver a causa de la masa de carnes. Así a que, de la sustancia carneiforme, no reseca, se separó una película más ancha, circundante, —la ahora llamada “piel”. Pero ésta, reunificada ella consigo misma por virtud de la humedad que al encéfalo rodea, y desplegándose en círculo, revistió la cabeza. Empero, ascendiendo por debajo de las costuras la humedad, remojó tal película y la encerró sobre la coronilla, cual lo hiciera un nudo. Mas las costuras resultaron multivariadas en eidos por la potencia de los períodos del alma y de la alimentación, siendo más cuanto mayores sean los conflictos entre ellos; y menos, cuando menores. Pues bien: lo divino agujereó con fuego y circularmente toda esa piel; mas, perforada y evadida la humedad a través de ella. [76b] Ea salió lo que había de líquido y caliente puro; mas lo mezclado, componente también de la piel, levantado por tales movimientos, se extendió grandemente hacia afuera con una finura igual a los agujeros. Empero, repelido, a causa de la lentitud, por el aire externamente circundante, se arrolló, a su vez, dentro y Echó raíces bajo la piel. Así fue como pasó el nacimiento del género “cabello” en la piel; por cordiforme, congénere con ella; pero más rígido y denso que ella por constricción del frío; separado de la piel, cada pelo, enfriado, se constriñó. Con el cabello nuestro Hacedor hizo peluda la cabeza, sirviéndose de las causas dichas, con el pensamiento de que, en lugar de carne, tuviera que hacer él para el encéfalo de seguro y ligero techo, y proporcionara suficiente sombra y cobertura en verano e invierno; mas sin llegar a ser obstáculo alguno e impedimento para una buena percepción. [76d] Y al derredor de los dedos, en ese entrelazamiento de tendones, piel y hueso, mezclada de los tres y secada, formose una piel, dura y común a todos ellos, fabricada ciertamente con ellos cual concausa, mas elaborada por la superlativa causa: la Inteligencia, en vistas a lo porvenir. Que nuestros Compositores sabían;¡¿le de varones procederían mujeres y los demás animales; y sabían, además, que la mayoría de tales criaturas, y para muchas cosas, tendrían necesidad de los servicios de las uñas; por lo cual, en los recién engendrados hombres, hicieron nacer el tipo de uña. Pues por esta razón, y con tales designios, de la piel nacieron pelos, y uñas en las extremidades. [76e] Pero cuando hubieron connacido todas las partes y miembros del Viviente mortal, por necesaria consecuencia tenía que contener su vida, fuego y aire; y porque, disuelto y vaciado por ellos, perecería; inventaron los dioses una traza para socorrer al viviente. Porque, mezclando con la naturaleza humana otra naturaleza congénere con ella, siémbranla con 'otras ideas y sensaciones de modo que resulte viviente diverso. Por cierto, árboles, plantas y semientes hay, ahora, domesticados para nosotros por la labranza; que, antes, no hubo sino las especies Silvestres, por más antiguas que las domesticadas. Ahora bien: todo lo que efectivamente. participe del vivir, llamaríaselo correctamente y en justicia “viviente”. Pues bien: el eidos de que estamos hablando —el tercer eidos de alma: del que se dice estar aposentado entre diafragma y ombligo, y no haber nada en él de opinión, razonamiento e inteligencia— participa. [77b] no obstante, de sensación placentera y dolorosa, junto con apetencias. Pasivo continuamente en todo, revolviéndose él mismo en sí mismo al derredor de sí mismo, rechazando el movimiento que de lo externo proceda, más sirviéndose del Casero, no está dotado por nacimiento, considerando tal naturaleza, para razonar sobre algo de lo suyo propio. Por lo cual, ciertamente vive y no es sino viviente; mas quedó fijo y enraizado por carente de movimiento propio y espontáneo. [77c] En habiendo implantado nuestros superiores en nosotros los inferiores todos estos géneros de cosas como alimento, canalizaron nuestro cuerpo mismo cortando canales, cual en los jardines, a fin de que, como por afluyente manantial, se irrigara. Y primero, bajo las junturas de la piel y de la carne recortó dos ocultos canales: dos venas espaldares, —que gemelo es, de hecho, el cuerpo, con derechas e izquierdas. A esas venas las dispuso a lo larga del espinazo, encerrando ellas entre sí la generante médula, a fin de que ésta floreciera cuanto más mejor; y para que, al derramarse hacia las demás partes, desee allí hacia abajo, con fácil fluencia, proporcionara uniforme riego. Después de esto, repartiendo las venas al derredor de la cabeza y entreenlazándolas, las estiraron y torcieron En dirección opuesta, a unas de derecha a izquierda del cuerpo; a otras, de izquierda a derecha, para que, junto con la piel, sirvieran de vínculo entre la cabeza y el cuerpo, ya que la cabeza no estaba rodeada circularmente, en la coronilla, por tendones; y aún más, a fin de que las impresiones sensitivas que, de ambas partes del cuerpo provienen, llegaran bien claras a todo él. Después ya de esto, dispusieron la irrigación algo así como de esta manera que percibiremos más fácilmente conviniéndonos previamente en esto: que todo lo compuesta de partes más pequeñas encierra las mayores, mas lo compuesto de mayores no puede hacerlo con las menores. Ahora bien: de todos los géneros es el fuego el de más pequeñas partes, por lo cual se desliza a través del agua, tierra y aire, y de cuantas cosas de éstas se componen; mas nada puede encerrarlo. Lo mismo hay que pensar respecto de muestro vientre: 'encierra, cuando llegan a él, comidas y bebidas; mas no puede hacerlo con aire y fuego, por ser éstos de partes más pequeñas que las constitutivas suyas. De éstos, pues, se sirvió Dios para la irrigación desde el vientre hacia las venas, entretejiendo, cual butrino, un entramado de aíre y fuego, con un par de butrinos interiores en la entrada; de ellos, a uno lo retejió bifurcado; U a partir de los butrinos internos, extendió al derredor, y por todo el entramado, hasta sus extremidades, algo así como cuerdas. A las partes internas del tejido las compuso, a todas, de fuego; mas los butrinos internos y envoltura son aeriformes. Tomando lo cual, circundó con ello al viviente modelado, de esta manera: a ambos' butrinos internos los hizo salir a la boca; mas, siendo un par, a uno de ellos lo hizo salir, por el camino de la traquiarteria, al paladar; al otro, a lo largo de la traquiarteria, al vientre. Mas reescindiendo al primero, a cada uno de los butrinos parciales dioles salida juntamente en los canales de la nariz, de manera que, cuando uno de los canales, camino de la boca, no marcha, las corrientes de éste y las de aquél se complementan. El resto de la envoltura del butrino hízola crecer al derredor de cuanto nuestro cuerpo tiene de hueco; e hizo que, a veces, todo esto por ser aire confluyera suavemente a los butrinos internos; mas, a veces, refluyen en él precisamente los butrinos internos. Por estar el cuerpo ahuecado, hizo que el tejido a través de él entre, y de nuevo salga; mas los rayos del fuego, encerrados dentro de él, hizo que acompañaran en cada una de esas direcciones al aire saliente; lo que, mientras el viviente mortal se conserve, no llegará a cesar. Pues bien: a este género de proceso, el Impositor de denominaciones, decimos, le impuso el nombre de “inspiración” y "expiración”. Mas toda esta obra y afecciones tales se engendraron para alimentar y hacer vivir irrigado y enfriado a nuestro cuerpo; porque, al entrar y salir la respiración, síguela, coadaptado, el fuego interior; mas al oscilar y pasar a través del vientre se apodera de los alimentos y bebidas; los disuelve entonces, los desmenuza, condúcelos a través de las salidas por las que pasa; los encamina hacia las venas, cual de fuente a canales; y hace fluyan las corrientes de las venas a través del cuerpo, cual de tubería. [79a] Pero una vez más consideremos cómo pasa la respiración, y sirviéndose de qué causas llegó a ser lo que ahora es. Pues es así: puesto que no existe de ninguna manera vacío en el que pudiera adentrarse cosa alguna de las que se mueven, nuestro aliento se mueve hacia afuera, por lo cual es ya evidente para cualquiera el que no se adentra en un vacío, sino que expele de su sitio a lo adyacente; lo así expelido expulsa siempre á lo adyacente; y, por tal necesidad, todo lo expulsado lo es hacia el sitio de que el aliento salió; entrando allí y rellenándolo, sigue al aliento; y todo esto pasa simultáneamente, cual rueda giratoria, por no existir, de ninguna manera, el vacío. Por lo cual la región de pecho y la del pulmón, emitido el aliento, rellénase de nuevo por el aire que rodea al cuerpo que se filtra al interior a través de las carnes ahuecadas y se lo fuerza a circular. A su vez, el aire rechazado, que a través del cuerpo sale, fuerza a circular a la inspiración por el camino de la boca y el doble camino de las narices. Hase de poner cual causa principal de esto ésta precisamente: todo viviente tiene sumamente calientes las partes interiores que la sangre y las venas rodean, cual si tuviera en sí mismo fuente de fuego. Y, en efecto, asemejamos a esta región con la trama de butrino: en que toda ella estaba entretejida y distendida en el medio por fuego, y lo demás de ella: todo lo externo, por aire. Ahora bien: hase de convenir en que, por naturaleza, lo caliente va hacia afuera, a su propia región, cual hacia su congénere. Mas por haber dos salidas, una hacia afuera: por el cuerpo; otra, por la boca y narices, cuando el fuego tira por una dirección empuja al aire al derredor de la otra, que, así empujado, al caer sobre él el fuego, se calienta, mientras que el aire saliente se enfría. Mas cambiando así de lugar el calor y haciéndose más calientes las partículas que van por la otra salida, inclinándose de nuevo lo así más caliente en tal dirección, llevado hada su misma naturaleza, empuja al aire hacia la otra. [79e] Mas el aire, pasando por lo mismo y devolviendo eso mismo, forzado por ambos procesos hace, cual rueda llevada de aquí a aquí, que se produzcan la inspiración y la respiración. [79e] Además: de esta manera hemos de perseguir las causas de lo que pasa en las ventosas medicinales, y las causas de la deglutición y las de los proyectiles —de los que, disparados, — se levantan de la tierra, y de los que recaen sobre ella; y qué sonidos parecen veloces y lentos, agudos y graves, pareciéndonos unas veces discordantes a causa de la desemejanza del movimiento que en nosotros producen; otras, acordes, por la semejanza. Porque los sonidos más lentos alcanzan a los movimientos de los precedentes y más veloces cuando éstos están ya para cesar y han llegado a velocidad semejante a aquella con la que los más lentos, cuando más tarde con ellos colidan, los mueven; mas, por alcanzarlos y no imprimirles movimiento diferente, no los perturban; sino que comienzan por imprimirles una moción más lenta, concorde con la del más veloz. [80b] EA al ir la de éste cesando; al llegar por el contacto 1 semejanza resultó una mezcla de agudo y grave que, surgida por imitación de la armonía divina en las mociones mortales, proporciona a los ininteligentes placer, mas a los inteligentes intelectual delicia. [80b] Además: en cuanto a todas las corrientes de aguas, caídas de rayos, maravillas de atracción por el electrón y piedra heraclia, no hay, por cierto, en nada de todo esto atracción alguna; mas por no darse el vacío y girar estos cuerpos unos al derredor de los otros, separándose y reuniéndose, cambiando todos de sitio va cada uno al propio, resultará claro, para quien tales maravillas investigue debidamente, que pasan por entrelazamientos mutuos. [80d] Además: lo de la respiración —que es de donde el razonamiento partió— procedió, como anteriormente se dijo, de la misma manera y por los mismos medios: el fuego corta los alimentos; oscila interiormente al seguir al aliento, y rellena, en tal oscilación conjunta, las venas del vientre, por entrometer en ellas lo dividido por él mismo; y por esto, en todos los Vivientes, las corrientes de la alimentación llegaron a fluir por el cuerpo entero. Por recién cortadas y por compuestas de partes congéneres —unas, de frutos; otras, de cereales— Dios las insertó en nosotros para esto precisamente: para ser alimento. En virtud de tal mezcla tienen multivariados colores; mas casi siempre el colorante corriente es el rojo; producido, naturalmente, por ser el fuego el que los divide y deslíe. Por lo cual el color de la corriente que por el cuerpo fluye -amó ese aspecto que describimos; lo llamamos “sangre”, nutrimento de las carnes y del cuerpo entero; regadas por ella, cada parte del cuerpo rellena el fondo de la vaciado. Mas el proceso de tal relleno y evacuación verificase de igual manera a como en el Todo se mueve todo: que todo lo congénere se mueve hacia sí mismo. Porque lo que exteriormente nos circunda está de continuo disolviendo, repartiendo y enviando a cada eidos lo a él afín. A su vez, las partículas de sangre, desmenuzadas en nuestro interior y circundadas, cual bajo cielo, por la contextura de cada viviente, tienen que imitar la moción de el Todo. Llevada, pues, cada una de las partículas, internamente desmenuzadas, hacia su congénere, rellena de nueva lo entonces vacío. Cuando sale más de lo que afluye, destrúyese todo viviente; pero cuando menos, acrécese. Pues bien: al estar nueva la contextura del viviente entero —por tener aún recientes los triángulos, cual si hicieran de puntales— adquiere fuerte y mutua cerradura, resultando suave de contextura su masa entera, por recién engendrada de médula y alimentada de leche. Ahora bien: los triángulos contenidos en ella, provenientes de fuera, y de los que se hacen los comestibles y bebibles, por ser, respecto de sus propios triángulos, más viejos y débiles. [81c] los divide y domina con los nuevos, y hace se agrande el viviente por alimentarlo de muchas y semejantes sustancias. [81c] Pero cuando la raíz de los triángulos se debilita por haber luchada mucho y durante mucho tiempo de muchas maneras, no puede ya dividir los triángulos entrantes de la alimentación, haciéndolos semejantes a los suyos; aunque resulten ellos fácilmente divisibles por los que de fuera entran. Dominado en esto, todo animal decae; y tal acaecimiento denomínase “vejez”. Finalmente, cuando los vínculos de los triángulos en la médula, antes coajustados, no resisten ya, deshechos por el trabajo, aflojan, a su vez, los vínculos del alma; desatada naturalmente así, vuélase con placer; porque todo lo que va contra la naturaleza es doloroso; mas lo que pasa según ella es placentero. Pues bien: la muerte, la que adviene por enfermedades y heridas, es dolorosa y violenta; mas la que, con la vejez, va hacia un fin natural, resulta ser la menos penosa de las muertes, y pasa más bien con placer que con pena. [81e] De qué provengan las. enfermedades es, de alguna manera, claro para cualquiera. Porque, siendo cuatro los géneros de los que se integra el cuerpo —tierra, fuego, agua y aire— El exceso y el defecto antinaturales de ellos y el traslado de la propia a extraña región, o, puesto que de fuego y de los demás hay, de hecho, más de un género, cualquier viviente que admita lo no conveniente a sí mismo, todo ello y lo a esto parecido aportará disenciones y enfermedades. Porque todo lo que adviene o se cambia contra naturaleza, de frío que antes estaba se calienta; de estar seco, hácese después húmedo; lo ligero, pesado; y sufre toda clase de transformación y de tedas las maneras. Porque, en efecto, afirmamos que solamente lo mismo, añadido a y sustraído de lo mismo, de la misma manera y según razón, permitirá que lo mismo permanezca sano y salvo, en sí mismo. Mas lo que desborde esto en algo, saliendo o “entrando, traerá consigo múltiplemente variadas alteraciones e infinitas enfermedades y corrupciones. Ahora bien: por * haber contexturas secundarias, constituidas según naturaleza, surge una segunda clase de enfermedades a considerar por quien quiera comprenderlas. Porque estando cointegrados de aquellos géneros, médula, huesos, carnes y tendones —y aun la sangre, aunque de otra manera, de ellos ha surgido—, la mayoría de las demás enfermedades sobrevienen como las anteriores. Empero, las máximas resultan graves por esto: cuando el proceso del engendramiento de las contexturas secundarias se invierte, precisamente entonces se corrompen, porque, naturalmente, carnes y tendones engéndranse de la sangre; los tendones, de la fibrina, por su parentesco; mas las carnes, de ese coagulante que se coagula apenas separado de la fibria; lo que de tendones y carnes sale, por ser a la vez, viscoso y grasoso, encola la carne con la sustancia de los huesos y además, alimentándolos, aumenta el hueso mismo que rodea a la médula. Pero, a su vez, lo rezumado a través de la densidad de los huesos resulta ser el género más puro, suave y grasoso de triángulos; filtrado y goteado por los huesos humedece la médula. Producida cada una de estas cosas según este orden, sigue, por secuela, casi siempre la salud; mas si según el inverso, las enfermedades. Porque cuando, corrompida la carne, envía a su vez 19 corrompido a las venas, juntándose con el aire, la sangre, abundante y grandemente variada en las venas, varía de colores y amargor, y aun de propiedades acres y salinas, y contiene bilis, suero y flegmas de toda clase. Porque todo lo invertido y corrompido comienza por destruir la sangre misma y, no aportando ya alimento alguno al cuerpo, pasa a todas las partes mediante las venas, sin mantener ya el orden de los naturales períodos; pues estando en enemistad cada cosa consigo misma, por no gozar ninguna de sí misma, y en guerra. con lo que del cuerpo está constituido y asentado en su local, lo están corrompiendo y disolviendo, Cuanto, pues, de lo más antiguo de la carne se disuelva, hácese indigestible y ennegrece por antigua combustión; mas, recomido por todas partes, resulta amargo y cae pesado 1 todo lo que del cuerpo no esté aún corrompido. Entonces, lo negro de color adquiere, en vez de amargor, acritud, diluyéndose más lo amargo; pero, otras veces, el amargor, impregnado en sangre, adquiere color más rojo; pero mezclado con éste lo negro, el de verdusco. Pero a veces se mezcla el color amarillo con lo amargo, cuando la carne nueva se derrite por obra del fuego: que rodea a la llama. [83c] El nombre común a todo esto es el de "bilis"”, dado a por algunos médicos o por alguien que, siendo capaz de mirar casos muchos y desemejantes, vio, no obstante, en ellos un determinado e intrínseco género digno de aplicarse, cual nombre, a todos. Los demás casos que se dicen ser eídoses de bilis adquirieron, según el color, la propia designación. [83c] En cuanto al suero: el cuajo de la sangre es suave; pero el de bilis negra y ácida resulta agrio cuando se mezcla, por el calor, con el poder de la sal; se lo llama "flegma ácida”. Mas el mezclado con aire y producido por putrefacción de carne fresca y tierna, ventoso y encerrado por un fluido, formándose, a causa de esto, burbujas, una por una de ellas invisibles por pequeñas, dando, no obstante, el conjunto de ellas un bulto visible, con un color que parece a la vista blanco por la espuma producida, —de toda esta putrefacción de la carne tierna coimpregnada de aire diremos que es “flegma blanca”. [83d] Á su vez: el suero de flegma recién formado es “sudor” y “lágrimas” y todo lo demás derramado por el cuerpo en sus diarias purgas. Todo esto llega a ser instrumento de enfermedades cuando la sangre no se rellena de alimentos y bebidas naturales, sino que recibe, contra las leyes de la naturaleza, el material de lo a ella contrario. Al descomponerse, pues, bajo el poder de las enfermedades partes sueltas de la carne, mas permaneciendo sus bases, el poder de tal ataque redúcese a la mitad, porque tiene cómo recobrarse fácilmente. [83e] Pero siempre y cuando el vínculo de carnes con huesos enferma y ya no se separa ella misma de ellos y de los tendones, haciendo de alimento al hueso, mas de vínculo respecto del hueso, pero resulte gruesa y salina en lugar de grasosa. Suave y viscosa, por reseca a causa de mal régimen, —entonces, a todo lo que tal pase se desmorona, a su vez, bajo las carnes y los tendones, retirándose de los huesos. Mas las carnes, desprendidas de las raíces, dejan los tendones desnudos y rellenos de salmuera; mas, recayendo ellas a la corriente sanguínea, agravan más las anteriormente mencionadas enfermedades. Pero, graves y todo como son, para los cuerpos, tales padecimientos, resultan aun mayores los a ellos precedentes: cuando el hueso no recibe, a causa de la densidad de la carne, suficiente inspiración, calentado por el moho, decae y no admite alimento; sino, al contrario, desmoronándose, revierte a alimento que, entonces, pasa a las carnes; la carne, cayendo sobre La bilis, mezclada con la sangre, hace gravísimas todas las anteriores enfermedades. Pero lo peor de todo: cuando la sustancia de la médula enferma o por deficiencia o por algún exceso, trae por última secuela las mayores y más potentes causas de muerte al fluir necesariamente en sentido inverso la naturaleza entera del cuerpo. [84c] Al tercer eidos de enfermedades hay que dividirlo, según su origen, en tres clases: el que procede de aire; el que, de flegma; el que, de bilis. Porque cuando el pulmón, distribuidor del aire para el cuerpo, no mantiene libres las salidas, taponado por mucosidades, entonces el aíre por una parte no saliendo, mas, por otra, entrando más de lo conveniente, corrompe las partes privadas de respiración. Pero, por disolver y distorsionar las venas mismas, y disolver el cuerpo y tener en mitad de él al diafragma, queda el pulmón encogido, y prodúcense, por ello, millares de enfermedades dolorosas, acompañadas de gran sudor. Mas, frecuentemente, al desintegrarse en el cuerpo la carne, el aire producido, no pudiendo salir trae los mismos padecimientos que los aires que de fuera han entrado; que llegan a máximas cuando, rodeando el aire los tendones y las venas adyacentes e hinchándolos, estira los grandes tendones y los tendones contiguos hacía atrás respecto de aquéllos. En efecto: de padecer tal tensión conjunta se denominaron tales enfermedades "“tétanos” y “retrotétanos”. Aun el remedio de ellas es rudo, porque las solventan, sobre todo, ataques de fiebre. [85a] También la flegma blanca resulta peligrosa a causa del aire recogido por las burbujas; mas, si tiene respiraderos hacia afuera del cuerpo, resulta más benigna; pero motea el cuerpo de manchas blancas y cría las enfermedades del mismo género que ellas. Pero mezclada con bilis negra y, difundiéndose por las circunvoluciones de la cabeza, que son las más divinas, las perturba; durante el sueño actúa más benignamente; pero, al atacar a los despiertos, resulta más dificultosa de eliminar. Mas por ser enfermedad de naturaleza sagrada llámasela con toda justicia "sagrada”. La flegma acre y salina es manantial de todas las enfermedades que resulten catarrales; y han recibido toda clase de nombres porque los lugares a que Fluyen son de toda clase. [85b] Cuantas enfermedades se llaman “inflamatorias” —por lo de quemarse e inflamarse el cuerpo— todas ellas se originan de bilis. Pues bien: al darse un respiradero exterior, y hervir, emite toda clase de erupciones; mas, encerrada dentro, produce muchas enfermedades de estilo "quemaduras de fuego”. Pero la mayor de todas es cuando la bilis, mezclada con sangre pura, saca a la fibrina del lugar propio, que es estar diseminada por la sangre para que mantenga coajustadas delgadez y densidad y no se derrame, por el calor, cual líquido desde lo poroso del cuerpo m resultando difícilmente movible por demasiado densa, dé vueltas y vueltas en las venas. [85d] Lo oportuno en esto lo conserva la fibrina por la génesis misma de su naturaleza. Cuando se la recoge de sangre muerta y conservada en frío, derrámase lo demás de la sangre; mas, st se la deja, consolídase prestamente con el frío circundante la sangre. Por tener, pues, tal poder la fibrina sobre la sangre, la bilis —que procede naturalmente de sangre vieja y, a su turno, partiendo de la carne, se disuelve en ella— al caer, caliente y húmeda, poco a poco al comienzo, sobre y dentro de ella, la solidifica por tal poder de la fibrina; pero, consolidada y violentamente enfriada, trae consigo internos fríos y temblor. Mas cuando la bilis afluye más abundante, dominando con su propio calor a la fibrina, agítala hasta desordenarla con su hervor y, si llegara a dominarla suficientemente hasta el final, penetrando hasta la sustancia de la médula y quemándola, desataría de por sí las amarras del alma, cual si fuera nave, y la pondría en libertad. Mas cuando es poca ia bilis y el cuerpo resiste a la disolución, ella es la dominada y o bien derrámase por todo el cuerpo o es expulsada a través de las venas hacia el vientre inferior o superior; y expulsada así del cuerpo cual - fugitiva de ciudad en guerra civil, produce diarreas, disentería y todas las enfermedades de tal clase. Pues bien: cuando el cuerpo se enferma sobre todo por exceso de fuego, se producen constantes quemaduras y fiebres; cuando por el de aire, fiebres diarias; cuando por el de agua, tercianas. ya que ésta es más lenta que aire y fuego; pero cuando por el de tierra —que es, en cuarto lugar, el más lento de estos cuerpos— por purgarse en períodos temporales de a cuatro, produce las cuartanas, —difíciles de curar. [86b] Y tal es la manera como vienen a engendrarse las enfermedades del cuerpo. En cuanto a las del alma, provenientes de tal estado del cuerpo, la manera es ésta: convengamos en ue “demencia” es enfermedad del alma. Pero hay dos géneros de demencia: el uno, la locura; el otro, la ignorancia. Cualquier paciente de tal padecimiento tiene uno de los dos; llámeselos “enfermedad”. Hase de mantener que placeres y penas excesivos son las máximas enfermedades del alma; porque cuando un hombre está gozoso en demasía o, por el contrarío, padeciendo en demasía penas, tiende a agarrar, como y cuando sea, una cosa y huir de otra; no es capaz.ni de ver ni de oír Correctamente nada; se debate, más bien; y entonces, menos que nunca, es capaz de razonamiento alguno. En quien se produce en la médula semen abundante y a riadas —cual árbol recargado de frutos más de la ajustada medida— se dan y lega a tener, por eso, muchas congojas, pero también muchos placeres en los apetitos y en los consiguientes resultados, llegando a estar, por tan grandes placeres y penas, enloquecido la mayor parte de la vida; enferma e insana el alma por culpa del cuerpo. Se lo reputará no por enfermo, sino por voluntariamente malo. Pero la verdad es que la incontinencia en lo afrodisiaco —causada, en su mayor parte, en ese estado de fluidez a raudales de algo corporal por la porosidad de los huesos— ha llegado a ser enfermedad del alma. Y, en efecto, todo lo que, en tono de reproche y cual si fuera maldad voluntariamente querida, se llama “incontinencia en el placer", no merece, en rigor, reproche, porque nadie es voluntariamente malvado; que el malvado se hace malvado a causa de un cierto estado habitual malo del cuerpo y malacrianza; ambas cosas, odiosas a todos y ue sobrevienen al que no las quiere. Y una vez más; respecto de las penas, efectiva y parecidamente el alma adquiere, mediante el cuerpo, muchos males. [86e] Porque cuando los hombres procedentes de flegmas ácidas y salinas, y cuantos son amargos y biliosos, errando a través del cuerpo no consiguen ventilación encerrados dentro, mezclando sus propios vapores con el movimiento del alma, quedan confundidos, causando en el alma enfermedades de toda clase, —mayores y menores, pequeñas y grandes. Metidos tales humores en las tres regiones del alma, a la que cada uno de ellos ataque la motea de los eídoses de carácter y genio difíciles; la motea de atrevimiento y cobardía, y, a la vez, de desmemoria y tontería. Además de esto; cuando, con hombres de tal condición, resultan parecidamente malos regímenes políticos, y hácense malos discursos, privados y públicos, en las ciudades; además, cuando no se aprende desde la niñez ninguna lección que lo remedie, todos los malos llegamos a ser malos de esta manera; por dos causas involuntarísimas. Por ello hay que encausar siempre a los progenitores más bien que a la progenie, a los criadores más bien que a las criaturas; hay que esforzarse —como una pueda, mediante crianza, tareas y enseñanzas— en huir de la maldad; pero agarrar lo contrario. Pero esto, por cierto, es asunto de otra clase de razones. [87c] De nuevo, a lo complementario de esto: lo concerniente a los remedios de cuerpo y mente, por qué causas se obtengan, ha una vez más de dársele verosímil y adecuado tratamiento, porque es más justo se razone sobre lo bueno más detenidamente que sobre lo malo. En efecto: lo bueno es bello; mas lo bello no es des-mesurado; así, pues, viviente que haya de ser bello tiene que ser con-mensurado. Empero, de las conmensuraciones, unas, las pequeñas, las discernimos sensiblemente y sobre ellas razonamos; pero con las más importantes y grandes nos comportamos irracionalmente. Porque, respecto de salud y enfermedad, virtud y vicio no hay con-o-desmesura mayor que la del alma misma respecto del cuerpo mismo. Nada de esto consideramos; ni pensamos en que cuando un eidos más débil e inferior hace de vehículo de un alma fuerte y en todo grande —y cuando, al revés, pasa en esto lo contrario— el viviente, en cuanto todo, no es bello, porque está desmesurado respecto de las máximas con-mensuraciones. Empero, el viviente que se haya de opuesta manera resulta para quien pueda mirarlo el más bello y amable de todos los espectáculos. Al modo, pues, que un cuerpo, patilargo o asimétrico respecto de sí mismo por cualquier otro exceso, es feo; a la vez que, en trabajos comunes es para sí mismo causa de gran fatiga, de muchas torceduras y caídas por la torpeza de movimientos, o sea: de males por miles, esto mismo hay que pensar también respecto de ese conjunto de ambos que llamamos “viviente": que, cuando en él, por estar el alma en gran apasionamiento, resulta más fuerte que el cuerpo, remeciéndolo íntegro rellénalo interiormente de enfermedades; y cuando el alma se da intensamente a aprender e investigar, lo deshace; a su vez, cuando el alma dada, en público o en privado, 1 enseñar y discutir con razones, le sobrevienen controversias y rivalidades, inflama al cuerpo, lo destroza y acatarra; engaña a la mayoría de los llamados médicos, haciendo que encausen a lo que no es causa. [88a] Además: cuando un cuerpo, grande y rebosante de alma, resulta uñido por nacimiento con entendimiento pequeño y L débil —por haber en la naturaleza humana dos apetencias: la de alimentación por parte del cuerpo, la de sapiencia por parte de lo más divino de lo nuestro— predominan los movimientos de la parte más potente y acrécense los de ella; mas hacen a lo del alma obtuso, tardo y desmemoriado, produciendo en ella esa máxima enfermedad: la ignorancia. Para ambos, no hay sino una manera de salvarse: no mover al alma sin el cuerpo, ni al cuerpo sin el alma, a fin de que, protegidos ambos, resulten equilibrados y sanos. El matemático o cualquiera de los que se ejercitan en algo cuidadosa e intensamente mediante el entendimiento han de proporcionar al cuerpo movimiento, tratado según la gimnástica; mas quien modele solícitamente el cuerpo, ha de recompensar, a su vez, los movimientos del alma, sirviéndose de música y de toda clase'de filosofía, si quiere ser, con justicia, llamado “bello”; y, a la vez, con rigor, “bueno”. [88c] Pero, según esto mismo, hay que cuidar también de las partes, imitando el eidos de el Todo. Porque, quemado o enfriado interiormente el cuerpo por lo que en él entra, y, en otra vez, 'resecado o humedecido por lo de fuera, y sufriendo las secuelas de ambos movimientos, siempre que, estando en reposo, entregue el cuerpo a tales movimientos, dominado por ellos perece del todo. Pero, si alguien imita lo que hemos llamado “criador y nodriza” de el Todo, y no deja sobre todo y jamás que el cuerpo quede en reposo, sino que lo mantiene en movimiento y, produciendo continuamente en él algunas vibraciones, lo defiende contra los movimientos internos y externos naturales y haciéndolo vibrar moderadamente arregla ordenadamente entre sí y según afinidades mutuas cuanto de errante pasa en el cuerpo y sus partes —a tenor del precedente razonamiento hecho al hablar nosotros de el Todo— no permitirá, poniendo un contrario junto a otro contrario, que se produzcan en el cuerpo guerras y enfermedades, sino que, poniendo amigo junto a amigo, aportara, obrando así, salud. [89a] En cuanto a los movimientos, el mejor lo es el de sí mismo por sí mismo, porque es el máximamente congénere con el movimiento intelectual y el de el Todo. El que por virtud de otro, es inferior; mas es pésimo el que, estando el cuerpo descansando y en reposo, lo mueve mediante otros y parte a parte. Por lo cual, respecto de las purgas y recomposiciones del cuerpo, el mejor es el gimnástico; el segundo, el oscilatorio, tanto en botes como en cualesquiera translados que no produzcan cansancio. El tercer eidos de movimiento —útil alguna vez para quien no tenga más remedio; pero, por lo demás, de manera alguna aceptable para quien tenga entendimiento— es el medicinal que resulta de purgas con drogas; porque no se ha de irritar con drogas enfermedades que no ofrezcan gran peligro; porque toda recomposición de una enfermedad se parece, de alguna mañera, a la naturaleza del viviente. Y porque la constitución de las enfermedades tiene, desde su origen, determinados tiempos de vida, cada una y su género entero, también el viviente, por ser tal, nace teniendo predeterminada la vida [89b] —aparte de lo que, por Necesidad, le pase— porque, ya desde el comienzo, los triángulos de cada uno se coajustan de modo que su poder baste para un cierto tiempo, que, tal vez, no llegue la vida a vivirlo hasta el límite. Y de,la misma manera respecto de la constitución de las enfermedades; siempre que alguien, con drogas, las destruya contra lo predeterminado en el tiempo, es como si quisiera que las enfermedades de pequeñas se hagan grandes y a la vez de pocas muchas. Por lo cual, en la medida en que uno disponga de tiempo, ha de educarlas con dieta; pero no irritar, con drogas, a un mal rebelde. [89d] Respecto del viviente, cual todo, y de esa su parte; la corporal, cómo uno vivirá, sobre todo, de manera racional educándose y siendo educado por sí mismo, dese por dicho. Empero, más y primero, se ha de preparar, en lo posible, al futuro educador para que sea superlativamente bello y bueno en tal pedagogía. Mas discurrir acerca de esto con rigor, resultara ello solo y de por sí suficiente trabajo; pero, como accesorio y secuela de lo anterior, no sería consideración fuera de propósito terminar el razonamiento de esta manera: conforme a lo que hemos dicho muchas veces: que hay domiciliados en nosotros, y en tres lugares, tres eídoses de alma, cada uno, de hecho, con sus propios movimientos, hablemos también ahora, así y brevemente, de ellos. El eidos inactivo y en reposo de sus propios movimientos llega a ser necesariamente el más débil; pero el que en ejercicio, el más fuerte. Por lo cual se ha de procurar que sus movimientos relativos resulten conmensurados. Respecto del eidos más señorial de nuestra alma hay que considerar esto: que Dios nos lo ha dado a cada uno cual “daimonio”; que este eidos de alma, tal afirmamos, habita en el ápice de nuestro cuerpo; y que —diciendo que nos “ levanta, por no ser planta terrenal sino celeste, de la tierra hacia el cielo, pariente nuestro— hablaríamos correctísimamente; porque, suspendiendo de él —origen primero de nuestra alma— cabeza y raíz, lo divino enderezaría el cuerpo entero. Pues bien: en quien se entregue a las apetencias y rivalidades y en ello ponga gran trabajo engendráranse, por necesidad, opiniones, mortales todas ellas. Y aún más: en la medida en que le es posible sobre todo al mortal, nada le faltará para ser mortal, ya que así ha crecido Pero quien se haya esforzado en aprender y pensar verdadero, y ejercitádose muchísimo, más que en ninguna otra cosa suya, en esto, de toda necesidad pensará lo inmortal y lo divino, caso de acertar con la verdad, en la medida que cabe participe de la inmortalidad la naturaleza humana; nada le faltará en esto. Mas por el continuo cuidado de lo divino y por tener bien y decorosamente tratado al daimonio, su cohabitante, será bienaventurado de distinguida manera. Ahora bien: para todos y en todo lo único a cuidar es dar a cada uno alimentación y movimientos apropiados. Con la parte divina en nosotros nos son movimientos emparentados los discursos y revoluciones de el Todo. A ellos ha de seguirlos cada uno, rectificando las revoluciones, distorsionadas en la cabeza por el nacimiento; aprendiendo bien aprendidas las armonías y revoluciones de el Todo; que, a tono con la prístina naturaleza, el pensante se asemeja a lo pensado; asemejado, conseguirá ese fin: el de vida óptima propuesta, para el presente y futuro, a los hombres por los dioses. [90e] Ahora bien: lo que, desde el principio, se nos asignó: Discurrir sobre el Todo hasta la génesis de la naturaleza humana” parece estar casi terminado, porque, acerca de los demás vivientes, cómo se engendraron, basta con breve recordatorio, pues no hay necesidad alguna de alargarse; tal sería la manera de tratar de todo ello que uno tendría por la más adecuada. Sea, pues, dicho de esta manera: De los varones engendrados, cuantos fueron cobardes y pasaron la vida en injusticias, cambiaron en la segunda generación, y según verosímil razonamiento, su naturaleza por la de mujeres. Y en ese mismo tiempo, y según eso mismo, dispusieron los dioses el amor conyugal, creando en nosotros un viviente animado; y otro, en las mujeres, e hicieron a cada uno de esta manera: con el pasaje de salida para la bebida —por donde los fluidos que a través del pulmón y por debajo de los riñones llegan y se descargan, oprimidos por el aire en la vejiga— perforaron los dioses un hueco en la recondensada médula que de la cabeza desciende por el cuello y a lo largo del espinazo, —a la que anteriormente llamamos “esperma”. Mas la médula, por estar animada y tener un respiradero, insertó en la salida misma de este viviente apetencia de emisión, llevando a su final la querencia de engendrar. Por. lo cual, en los varones, resultó la región natural de las partes pudendas, desobediente y autócrata, cual viviente sordo a razón, dominadora; tal es su empeño: dominar en todo por sus querencias de tábano. Mas en las mujeres, a su vez, y por las mismas causas, cuando las llamadas “matriz” y “útero”: viviente interior anhelante de hacer hijos se queda infructífero durante mucho tiempo, fuera de tempero, llévalo a mal y de mala gana yerra de todas las maneras por el cuerpo; tápona las salidas del aliento, y no dejando respirar mete al cuerpo en extremados atascos y trae consigo enfermedades, muchas y variadas, hasta que conjugándolos a ambos la apetencia y el amor, cortando el fruto, cual de árboles, y sembrando en la matriz, cual in labrantío, vivientes invisibles por su pequeñez e informes, y separándose de nuevo, crezcan dentro hasta grandes, después de lo cual, venidos a luz, quede terminada la génesis de los vivientes. [91d] Así es, pues, como las mujeres, y todo lo femenino, se engendró. [91d] Mas el linaje de los pájaros provino —por transformación en plumas de los pelos— de los varones, inofensivos por cierto, mas ligeros; razonadores sobre lo Alto, pero, convencidos, por su simplicidad, de que, acerca de lo Alto, las demostraciones más seguras son las obtenidas mediante la vista. En cuanto al linaje pedestre y salvaje: procedió de los hombres que en nada se sirvieron de la filosofía ni siquiera se fijaron en la naturaleza de los cielos, porque ni tan sólo se sirvieron de las circunvoluciones cerebrales, sino que siguieron, cual guías del alma, a los pectorales. Por tales ocupaciones, pues, los miembros anteriores y las cabezas tienden, arrastrados por su parentesco con la tierra, a apoyarse en ella y a adquirir cráneos alargados y multiformes en la medida en que las circunvoluciones se redujeron por falta de ejercicio; y, de ellos, el género cuadrúpedo y multipedo procedió, naturalmente, de tal previo, poniendo Dios más bases en los más amantes, para.que así tendieran más hacia la tierra. Mas, por cuanto en los superlativamente amantes de ellos y, en general en los que extienden su cuerpo entero sobre la tierra, ya no hay necesidad alguna de pies, hiciéronlos los dioses nacer ápodos y reptantes sobre la tierra. El cuarto género: el acuático, se engendró de los hombres superlativa y máximamente insipientes y tontos, a los que sus remodeladores no juzgaron dignos ni aun de respiración pura, por tener impura el alma con toda clase de maldad; en vez, pues, de aire para respiración sutil y pura los echaron al agua, a respirarla turbia y profundamente. De ese se engendró la tribu de los peces, la de las ostras y en conjunto la de todo lo acuático, correspondiendo justicieramente a superiorísima ignorancia inferiorísima estancia. Y según esto, efectivamente, todos los vivientes, entonces y ahora, cámbianse unos en otros, por alternancia en pérdida o ganancia de razón y sinrazón. [92c] Pues bien: afirmemos ahora que ha llegado ya a su final nuestro razonamiento sobre el Todo; porque habiendo recibido en sí los vivientes, mortales e inmortales, completó así este Mundo, resultó ser viviente visible, comprehensor de lo visible, dios sensible, imagen del inteligible, superlativamente grande, bueno, bello y perfecto: este Cielo, que está siendo uno y unigénito.