Sobre la Virtud — Plato ======================= ΠΕΡΙ ΑΡΕΤΗΣ Translation/edition: J. D. García Bacca (UCV 1980–1983) · OCR sin revisión facsimilar Language: Spanish Read in Plato Scroll: https://plato-scroll.com/s/onvirt/ This file: https://plato-scroll.com/text/virtue-h.txt Other editions of this work: - George Burges: https://plato-scroll.com/text/onvirt.txt Sources and licences: https://plato-scroll.com/attribution.html Numbers in [brackets] are the edition's reference loci (Stephanus, Bekker, book.line, page...). Superscript numerals refer to the Notes at the end. [376a] —¿Es enseñable la virtud? ¿O no es enseñable?, sino que los varones buenos lo son de natural, ¿o de alguna otra manera? [376b] —No tengo por el momento nada que decir, Sócrates. [376b] —Consideremos eso mismo de estotra manera: Bien; si alguien quisiera hacerse bueno en esa virtud en la que son buenos los cocineros sabios, ¿de dónde le vendría? [376b] —Es claro que aprendiéndola de los cocineros buenos. [376b] —Pero, ¿qué?; si alguien quisiera hacerse buen médico, ¿a quién habría de acudir para hacerse buen médico? [376b] —Es claro, ciertamente, que a alguno de los médicos buenos. [376b] — ¿Mas si quisiera hacerse bueno en esa virtud por la que se hacen los carpinteros sabios? [376b] —A los carpinteros. [376b] -—Mas sí quisiera hacerse bueno en esa virtud por la que los varones se hacen buenos y sabios, ¿a dónde habría de ir para aprenderla? [376b] —Creo que también para ésta, caso de ser aprendible, habría que ir a los varones buenos; pues si no, ¿de qué otra parte? [376b] —Bien pues: ¿quiénes han sido entre nosotros varones buenos? Así veremos si son precisamente ellos quienes hacen buenos a los buenos. [376b] —Tucídides, Temístocles. Arístides y Pericles. [376d] —¿Podemos nombrar al maestro de cada uno de ellos? [376d] —No podemos, porque nada de esto se dice. [376d] —Pero, ¿qué?: ¿o nombrar a un discípulo de ellos, sea extranjero o conciudadano, libre o esclavo, sea el que sea, que pueda señalar el trato con ellos cual causa de haberse hecho sabio y bueno? [376d] —Tampoco, nada de esto se dice. [376d] -—¿No será que se recelaban de compartir su virtud con los demás hombres? [376d] —¿Para que no llegaran a ser sus rivales en la arte, cual se recelan cocineros, médicos y carpinteros? Porque no les beneficia el que haya muchos rivales en la arte, ni el convivir con muchos semejantes en ella a ellos. Parecidamente también, ¿no beneficia a los varones buenos el convivir con semejantes a ellos? [376d] —Ahora bien: ¿los buenos no son los mismos que los justos? [376d] --¿Hay, pues, alguno a quien beneficie el no vivir con varones buenos, sino con malos? [376d] —No puedo decirlo. [376d] -—Tampoco, pues, puedes decir esto: ¿si es obra propia de los buenos el dañar; mas de los malos, el ayudar, o al contrario? [376d] —Al contrario. [377a] —Luego los buenos ayudan; mas los malos, ¿dañan? [377a] —¿Hay alguien que prefiera recibir daño más bien que ser ayudado? [377a] —Absolutamente no. [377a] —Luego nadie prefiere convivir con malos más bien que con buenos. [377a] —Así es. [377a] —Luego ninguno de los varones buenos se recela de hacer a otro bueno y semejante a sí mismo. [377a] —Pues evidentemente, no, según este razonamiento. [377a] —¿Has oído que Temístocles tuvo un hijo: Cleofanto? [377a] —Lo he oído. [377b] —¿Está, pues, claro que no se receló Temístocles de hacer óptimo ni a su hijo, ni a nadie, —ya que era bueno? Lo era, —así lo afirmamos. [377b] —¿Sabes que Temistocles enseñó a su hijo a ser sabio y buen caballista: manteníase sobre los caballos recto y firme, y desde los caballos, recto, lanzaba la jabalina, y hacía otras cosas, muchas y admirables? Y le enseñó e hizo sabio en muchas otras cosas de las que se aprenden de maestros buenos. ¿No lo has oído de los viejos? [377b] —Lo he oído. [377c] —Luego nadie podría acusar de ser mala la naturaleza de tal hijo. [377c] —Pues no, en justicia, según lo que dices. [377c] —Pero, ¿qué de estotro?: que Cleofanto, el hijo de Temístocles, llegara a ser varón bueno y sabio en lo que fue sabio su padre, ¿se lo has oído alguna vez a cualquiera, joven o viejo? [377c] —No lo oí. [377c] —¿Creeremos, pues, que en aquello haya querido educar a su hijo, mas que en la sabiduría en que él fue sabio no lo haya hecho en nada mejor que lo hiciera cualquiera de sus vecinos, —en caso de que la virtud fuera enseñable? [377d] —Pues no es verosímil por cierto. [377d] —Ahora bien; tal era, para ti, el maestro en virtud de quien suponías lo era. Pero consideremos a otro: a Arístides que crió a Lisímaco; lo educó de la más bella manera con cuanto de maestros se disponía en Atenas; y, no obstante, no lo hizo varón mejor que otro cualquiera. Pues a éste, tú y yo lo hemos conocido de vista y con él nos hemos tratado. [377d] —Sabes que Pericles, a su vez, crió dos hijos: Páralo y Jantipo; del segundo me parece estuviste hasta enamorado. Y como tú sabes les enseñó a ser caballistas, sin duda en nada inferiores a ninguno de los atenienses; los educó en Música y demás clases de ejercicios y en las demás cosas que por arte se enseñan, en ninguno inferiores a nadie. Pero, ¿es que no quiso hacerles varones buenos? [377e] —Pero, Sócrates, tal vez llegaran a serlo de no haber muerto jóvenes. [377e] —Es bien natural que salgas a la defensa del doncel. Mas si la virtud fuese enseñable y Pericles fuera capaz de hacer buenos a sus hijos, los hubiera hecho sabios en la virtud propia de él mucho antes que en música y ejercicios. Mas temo no sea enseñable, ya que Tucídides, a su vez, crió dos hijos: Melesias y Esteban, en favor de los cuales no podrías decir lo que en favor de los hijos de Pericles dijiste, porque, como bien sabes, de ellos el uno vivió justo hasta la vejez; pero el otro, mucho más allá. Y por cierto que su padre los educó bien en todo y, aparte, resultaron los más bellos luchadores de Atenas. A uno de ellos lo encomendó a Xantias; el otro, a Eudoro, —a quienes se tenía entonces por los más bellos luchadores. [378b] —¿No es, pues, claro que hizo enseñar a sus hijos precisamente aquella enseñanza por la que tenía que pagar; mas respecto de la que nada había que pagar: la de hacerlos varones buenos, esa precisamente no se la iba a enseñar, si era enseñable? [378b] —Es ciertamente verosímil. [378b] —-Mas, tal vez. Tucídides era un cualquiera y no tenía muchos amigos entre los atenienses y los aliados. En realidad, era de gran casa y de gran poder en la Ciudad y sobre los demás griegos, de modo que, si eso fuera enseñable, encontrara o entre los coterráneos o entre los extranjeros alguno que se encargara de hacer buenos a sus hijos, si es que él no tenía para ello tiempo libre a causa de sus ocupaciones ciudadanas. Pero, compañero, temo que la virtud no sea enseñable. [378c] — Tal vez, no. [378c] —Pero si no es enseñable, ¿los buenos nacen naturalmente tales? Y considerándolo de esta manera, tal vez lo hallemos. Pues bien: ¿hay, según nosotros, caballos naturalmente buenos? [378c] —Los hay. [378c] —Así, pues, hay hombres poseedores del arte de reconocer el natural de los caballos buenos, —tanto, en cuanto al cuerpo, para carreras, como en cuanto alma los que sean briosos y no briosos. [378d] —Pues, ¿cuál es tal arte? ¿cuál su nombre? [378d] —La hípica. [378d] —Según esto, también parecidamente, en cuanto a los perros, ¿hay alguna arte para discernir el natural bueno o malo de los perros? [378d] —La hay. [378d] —¿Cuál es? [378d] —Además: ¿para oro y plata no tenemos tasadores quienes, revisándolos, disciernen lo mejor o lo peor? [378e] —Los hay. [378e] —Pues, ¿cómo los llamas? [378e] —Además: a los adiestradores les basta con mirar el natural de los cuerpos humanos para conocer cuál es el bueno y cuál no para cada clase de ejercicios; y de los cuerpos de viejos y jóvenes, cuáles llegarán a valer algo y cuáles dan grandes esperanzas de llevar a cabo las hazañas propias de cuerpo. [378e] —Así es. [378e] —Pues bien: ¿en qué se han de empeñar más las Ciudades, en que caballos, perros o sus semejantes sean buenos o en que sean buenos los varones? [378e] -—En que los varones sean buenos. [379a] —Pues bien: ¿crees que si hubiera naturales humanos buenos para la virtud, no habría que ingeniarse de todas maneras para que los hombres los reconocieran? [379a] —Es, por cierto, verosímil. [379a] —¿Puedes, según esto, nombrar una arte que trate de manifestar las naturalezas, precisamente las de los varones buenos, de manera que sea posible discernirlas? [379a] —No puedo. [379a] — Y, por cierto, que de máximo valor sería ella, y sus poseedores, porque nos descubriría, de entre nuestros jóvenes, ya desde niños, a quiénes llegarán a ser buenos; separando nosotros los buenos los enardaríamos oficialmente en la Acrópolis, cual a la plata, y aún más, a fin de que nada de malo les pase ni en combates ni en ningún otro peligro, sino queden de reserva cual salvadores y bienhechores de la Ciudad, apenas lleguen a mayores de edad. Temo, no obstante, que ni por naturaleza ni por aprendizaje se engendre la virtud en los hombres. [379b] —¿Cómo, pues, Sócrates, te parece se engendre si no se engendra ni por naturaleza ni por aprendizaje? [379c] —No creo, por cierto, que sea fácil declararlo; conjeturo, más bien, que es, sobre todo, un cierto don divino, y que los hombres resultan buenos al modo que los divinos entre los adivinadores y oráculos, porque éstos no resultan tales ni por naturaleza ni por arte, sino por inspiración de los dioses hácense y son tales, Parecidamente: los varones buenos, predicen ellos a las Ciudades lo que, en cada caso, sucederá y lo que está a punto de venir mucho más por inspiración divina y más Claramente que los oráculos. Esto mismo dicen aun las mujeres: que “tal varón es divino”. Y los espartanos, cuando alaban magnificentemente a alguien dicen de él que es “varón divino”. De esta misma expresión se sirve muchas veces aun Homero, y otros poetas. Y cuando dios quiere beneficiar a una Ciudad produce en ella varones buenos. Mas cuando una Ciudad está a punto de ponerse mal, hace dios que tal Ciudad expulse de sí misma a los varones buenos. Así que parece no ser la virtud ni enseñable ni cosa natural, sino que, a sus poseedores, les adviene por gracia divina.